LOS BAILES CAMPESTRES
En una ocasión, hallándose en la romería de San Juan, ó en la de San Pedro, ó en la de San Roque, ó en la de Santiago, ó en la de los Mártires, pues la crónica no lo fija bien; hallándose, digo, en una de estas romerías más de nueve petimetres santanderinos, y no menos de diez damiselas de copete, y hallándose más que regularmente aburridos, lo cual es de necesidad en una romería mientras en ella no se hace otra cosa que ver, oir y brujulear, resolvieron los primeros proponer á las segundas, con las respetuosas salvedades de costumbre, un honesto entretenimiento que, ajustándose en lo posible al carácter del sitio y de la ocasión, fuese digno de las distinguidas personas que se aburrían. Las pudibundas jóvenes aceptaron la propuesta en cuanto al fin. Por lo que hace al modo; los atentísimos galanes, después de discurrir breves instantes, no hallaron, así por razón de honestidad como por razón de sitio, causa, etc., nada más á propósito que un baile improvisado. Las mujeres de entonces, como las de ahora, juzgaban de buena fe que no era un abuso de lenguaje, ó cuando menos, un error de observación, la honestidad, del baile; y no dudaron un instante en aceptar el propuesto, con tal que fuese por lo fino, y no al grosero estilo de los populares, como los que tenían delante y formaban el principal objeto de la romería; exigencia que manifiesta bien claro, que también, en el concepto de aquellas escrupulosas beldades, las cabriolas y escarceos, según que se ejecuten de abajo arriba (more plebeyo) ó de acá para allá y en derredor (more aristocrático), son pecaminosos y groseros, ó edificantes y solemnes…. Digo, pues, que se aceptó la proposición del baile con la restricción consabida, y añado que los proponentes se adhirieron á ella con tanta mayor decisión, cuanto que, á fuer de señores, nunca entró en sus ánimos bailar de otra manera. Acto continuo se procedió á la ejecución del pensamiento. Para teatro de la fiesta se eligió una pradera separada de la romería por un regato, ó por un seto transparente, pues sobre este punto tampoco están las crónicas muy de acuerdo, y para orquesta se ajustaron, por horas, un violinista y un gaitero trashumantes, de los muchos que había en la romería, y acaso los únicos que á la sazón se hallaban desocupados. No estaban los sedicientes músicos muy diestros en materia de aires señoriles, pero eran muy amables y pacientes los obsequiosos petimetres; y á fuerza de piafes y silbidos, lograron enseñar al violinista el wals de las patatas. No así al gaitero, que era de suyo más torpe; pero, en cambio, sabía tocar el «Ay, ay, ay, mutillac», el cual aire se aceptó para rigodón, baile que ni de oídas conocía el violinista. Adquiridos tan indispensables elementos, dióse principio, á las seis de la tarde, á la distinguida diversión, con no poca sorpresa y hasta admiración de la gente menuda, que invadió bien pronto la pradera, formando ancho y respetuoso círculo alrededor de los danzantes. Por aquel entonces aún no se conocía en España la polka, y el baile de los señores no solamente no se había aclimatado entre la gente del pueblo, sino que aun entre los señores mismos eran limitadísimos los aptos para un lance improvisado como el que se refiere. Y por cierto que debía de haber algo de ignominia en ser de los ineptos, porque es cosa averiguada que, antes de confesarse tal uno de ellos, córam pópulo, deslizábase rápido, y primero se dejaba descuartizar que presentarse á media legua del baile.
El de que voy hablando concluyó al anochecer; y como fué tan grato á los que en él tomaron parte, hablaron éstos del asunto en la ciudad, cundió su fama en paseos y salones, y, por si iban mal dadas, aprendieron á bailar los jóvenes que aún no sabían, y los que sabían mal, se perfeccionaron. Los que pasaban por núcleo de la elegancia y daban el tono en el pueblo, tomaron el lance todavía más por lo serio, y convencidos de que con el aspecto que la cosa presentaba se hacía indispensable su concurrencia en bien de la culta sociedad, que oficialmente parecía aceptar la innovación, no dudaron en hacer un sacrificio, comprometiendo, desde luego, hasta cuatro músicos de profesión para la próxima romería.
Á la cual concurrió el señorío en doble número que á las anteriores, llevado de la tentación de la orquesta, con cuya salsa, y la buena disposición en que se hallaban los ánimos, se hizo una pepitoria de bailoteo que tuvo que ver.
Tanto, que en la siguiente romería hubo hasta seis músicos y venticinco parejas de primera fuerza.
Y así creciendo siempre la fama y el éxito de los bailes campestres, llegaron á hacerse de primera necesidad en todas las romerías próximas á la ciudad, y á tal altura permanecieron durante algunos años.
Al cabo de ellos, notóse que la afluencia de curiosos era sobradamente numerosa; se temió, no sin fundamento, un atropello feroz en el caso probable de una paliza popular; vióse, con justificable desagrado, que el gremio de modistas y de costureras, aprovechándose de los perdidos ecos de la orquesta, bailaba también á su compás en un prado inmediato; y, por último, se observó con indignación que más de una pareja de aquel campo, intrusándose á la descuidada en el vecino, danzaban en él después con una familiaridad que rayaba en provocación.
Á todo esto, la polka había atravesado ya la frontera, y se establecía entre nosotros, no como un huésped, sino como un conquistador. Recordarán ustedes que había sombreros á la polka, y pantalones á la polka, enaguas á la polka y hasta natillas á la polka. Los chicos la tarareaban en la calle, y las fregonas la piafaban en la fuente; vinieron maestros de allende el Pirineo que la enseñaban en veinte lecciones, y las tomaban con avidez la jóvenes distinguidas y los hombres elegantes. Con aquella conquista famosa los salones de baile sufrieron una transformación radical; porque la polka no era un baile, sino todo un sistema, toda una época. No se olvide que en la polka primitiva había su poco de dislocación, mucho contoneo, y que hasta se exigían, para bailarla en regla, tacones de metal en las botas. De modo que bailar la polka era dar un espectáculo, punto más curioso que el que dar pudieran la Güy Stephan ó la Petra Cámara. Pero este espectáculo, si bien en los salones de la ciudad era de buen tono ante una escogida y culta concurrencia, delante de un populacho grosero y sobre la yerba de un prado de Cueto ó de Miranda, se prestaba á mil inconvenientes, el menor de los cuales era el ridículo.
Por eso, y por las observaciones y peligros que más atrás apunté, los señores bailarines de las romerías determinaron amparar su diversión favorita con un muro sólido y elevado, contra la curiosidad irreverente de la muchedumbre.
Y hete aquí que junto al campo de la romería se alquiló una huerta de altas tapias, y se sorrapeó una parte de ella, y se puso á la puerta un hombre con orden terminante de no dejar entrar á nadie que no fuese presentado ó acompañado por alguno de los señores que mandaban allí.
Con esta garantía de seguridad y de independencia, los bailes campestres adquirieron nuevo vigor, y los autores de tan saludable pensamiento merecieron bien de la culta sociedad santanderina.
Pasaron así algunos años, y los elegantes directores de la ya popular diversión veraniega, cediendo á los rigores del tiempo, que en su marcha inalterable todo lo agosta, lo arruga y lo encanece, tuvieron que abandonar como actores aquel teatro, y limitarse al papel más cómodo, aunque menos deleitoso, de espectadores.
La generación que se presentó á sucederlos en el cargo que dejaban, considerando, á la primera ojeada, que celebrándose algunas romerías á mucha distancia de la población, era preciso, para volver con el crespúsculo á casa, suspender el baile apenas empezado, ó empezarle con los garbanzos aún entre los dientes; considerando además que para las señoras, rendidas de brincar, era demasiado largo y penoso y hasta peligroso, el camino por las callejas de San Juan y San Pedro, y considerando otras varias circunstancias no menos graves, y, por último, que la gente del buen tono nada tenía que ver con las rosquillas, cazuelas de guisado, perés y otros groseros excesos de las romerías.
Decretó que en adelante los bailes campestres, respetando, enhorabuena, como motivo de ellos, las romerías, tendrían lugar, por las de San Juan, San Pedro y San Roque, en las huertas de la Atalaya, y por las de Santiago y los Mártires, en las de Miranda. Y así se hizo con gran éxito y por largo tiempo.
Este período de los bailes campestres, que pudiera llamarse su edad media, bien merece una especial mención. Entonces entré yo en escena; quiero decir que empecé á bailar en ellos. Y lo advierto, no tanto por motivar la historia que, á fuer de agradecido, voy á hacer, cuanto porque tengan más fuerza de verdad los detalles que apunte.
Y sucedía entonces que una comisión, nombrada por elección de la que cesaba, formaba una lista con los nombres de las personas que juzgaba dignas de tan señalada honra. Esta lista se presentaba á cada uno de los inscritos en ella, quien ponía al margen de su nombre su conformidad, á no tener luto reciente, ó estar enfermo de gravedad. La primera vez que se me buscó á mí con tal objeto, creí desmayarme de emoción; y con mano trémula escribí en el correspondiente lugar del catálogo un SÍ tan gordo como dos ciruelas. Y no extrañe nadie el suceso. Tenía diez y nueve años, precisamente la edad, entonces, en que sentándole á uno mal los juegos y entretenimientos de los muchachos, no podía, sin embargo, entrar en la esfera de acción de los hombres; y así, sin saber á qué zona arrimarse, porque en ambas estorbaba, le aquejaba cada pesadumbre que le partía. Además, en las listas de socios para los bailes de campo no figuraba sino lo escogido de la juventud del pueblo, según el criterio de la comisión; de manera, que verse llamado por ella en lances semejantes, era la declaración solemne y oficial, no solamente de que salía uno de la categoría de chiquillo y entraba en la de mozo, sino en la de mozo distinguido, activo y útil. No era uno masa, no era vulgo. Con tan honrosa credencial, estaba yo autorizado para saludar en el paseo á las señoritas más encopetadas, para tomar sorbete en el salón principal del Suizo, para codearme con los hombres elegantes, y, sobre todo, para entrar sin obstáculo en los círculos cuyas puertas se cerraban, por razón de lustre, á la inmensa mayoría de mis conciudadanos. ¿Era esto costal de paja? Queda, pues, bien justificada mi emoción al poner el primer sí donde le puse.
El mismo corredor de las listas nos entregaba la víspera del baile una credencial de socio y tres billetes de convite, impresos en cartulina, con letras de oro, y rubricados por la comisión. Distribuídos éstos con las más exquisitas precauciones, á fin de que los objetos de nuestras atenciones no fuesen indignos de la dignidad de la fiesta, llegábase uno con la credencial á la huerta de Aspeazu, ó á la de mi amigo Mazarrasa; y allí estaba lo bueno; es decir, un gran cuadro de terreno al aire libre, cuidadosamente sorrapeado y regado; dos docenas de farolillos de vidrio y hoja de lata, fijos sobre otros tantos mangos de cabretón, que le circuían; ocho ó diez músicos agrupados en un ángulo, y el mismísimo repartidor, que guardaba la puerta y recibía los billetes. Nada digo de la concurrencia, porque ya se sabe que era lo más selecto de la población. Pues bien, todo ello junto no nos costaba al día siguiente más de tres pesetas á cada socio. ¡Con tan liviano presupuesto se procuraba á la florida juventud santanderina el más apetitoso deleite de cuantos ofrecérsele podían!
Saboreándole como un niño un caramelo, con temor de que se acabase, consumía cada baile de los cuatro ó cinco que se le daban en todo el verano; de modo que era una pena que desgarraba el alma ver en tales ocasiones aproximarse la noche.
Si ésta se presentaba serena y despejada, menos mal, porque se encendían los farolillos y continuaba la danza otra hora más; pero si Cabarga se encapotaba y era la brisa húmeda, síntomas infalibles de lluvia inmediata, daba la comisión las órdenes oportunas á los músicos, después de tomar las de las señoras; y allí nos tenían ustedes bajando á Santander, al compás de un pasodoble, cada uno con su cada una, ofreciéndoles aquí la mano para saltar una zanja, y allá el pañuelo para sacudir el polvo…. ¡Y era de ver, si llovía, cómo las delicadas sílfides, sacando fuerzas de flaqueza, arremetían con el lodo, cubriéndose el busto con la falda del vestido! ¡Y era hasta de admirar aquella procesión de blancas enaguas, iluminadas apenas por la mortecina luz de los veinticuatro faroles que enarbolaban los más obsequiosos acompañantes, á guisa de maceros ó reyes de armas, en sus diestras!
«¡Aquí de don Quijote!», pensaba yo una noche que tal sucedía. «¿Qué hiciera con nosotros el valeroso manchego, si en esta guisa nos hallara? ¿No arremetería furioso contra esta muchedumbre, tomándola por escuadrón de fantasmas, ó por sarta de disciplinantes? ¿Creería, si se lo jurasen, que erais, entre tanto barro y azotadas, como vais, por la cellisca, las más mimadas flores del hermoso jardín de la Montaña?»
Si al llegar á la población no había llovido ni cabía temor de que lloviera ya, hacía alto la comitiva en la Alameda chica, ó en el Muelle, frente al Suizo; y en cualquiera de estos dos sitios continuaba la danza hasta las once…. Y cuidado con reirse, jóvenes pizpiretas de hoy, que empezáis á bailar á la hora en que, rendidos, lo dejábamos nosotros; que aún no soy viejo, y, sin embargo, bailé en dos ocasiones y en distintos años (¡Dios me lo perdone!) delante de la Capitanía del Puerto; lo cual quiere decir que, si no vosotras, algunas de vuestras hermanas me sirvieron allí de pareja; ¡allí, sobre las mismas losas en que se arrastran las narrias y se celebran los cabildos de los mareantes de Abajo, y se bergan las barricas de aceite!
Pero estos inconvenientes, á pesar de justificarlos la costumbre, no podían menos de obrar de una manera desagradable en el ánimo de los hombres llamados á fomentarla y á perfeccionarla en lo posible. Así fué que un día, dándose á pensar muy seriamente sobre el asunto, concluyeron con este fundadísimo razonamiento: «Toda vez que no formamos ya parte de las masas, y somos independientes, y nada tenemos que ver con las fiestas de la muchedumbre, ¿por qué hemos de dar nuestros bailes precisamente en días de romería? Y si, prescindiendo, como debemos prescindir, de esta causa, elegimos los que más nos acomoden del verano para bailar, ¿por qué no hemos de hacerlo á la puerta de casa y con toda tranquilidad?»—Y aquellos infatigables reformadores columbraron al punto en el barrio de Santa Lucía, la huerta de Noriega; en la cual huerta había un juego de bolos, y el cual juego de bolos estaba rodeado de un cobertizo de tablas, á modo de pesebrera; y exclamaron:—Voi-ci notr'affaire, es decir, aquí está lo que necesitamos: amparo contra el relente y la lluvia, proximidad al hogar de cada uno, é independencia absoluta. Para corresponder á este esfuerzo, los demás socios se comprometieron á serlo, por lo menos, de cuatro bailes en cada temporada, lográndose de este modo que en la primera se diesen seis, de los cuales el menos favorecido se acabó á las once, porque había empezado á las ocho, por aquello de que estaba á la puerta de casa. Cubrióse, para alguno de ellos, el salón-bolera con un pabellón ó bóveda de rústicas guirnaldas; y con esta mejora y otras análogas, pasó la cuota individual por encima de cinco pesetas.
Al siguiente año se alumbró la huerta con gas; y como á sus fulgores se veía muy claro, presentáronse las damas, muy compuestas, á las nueve; no empezaron á bailar hasta las diez; las más rendidas lo dejaron á las doce…, y subió la cuota á treinta reales.
Estos despilfarros puede decirse que señalan el comienzo de la era moderna de los bailes campestres de Santander.
Entretanto, las costureras, que habían venido siguiéndolos desde los prados de San Juan hasta las huertas del Alta, y rindiéndoles culto á sus propias expensas, prescindieron también del motivo de las romerías para bailar, y también se bajaron á la población para bailar más tranquilas, y pujaron el alquiler de la mismísima huerta de Santa Lucía, y no hallaron sosiego hasta que lograron bailar en ella con el mismo gas y el propio decorado de las señoras, aunque en distintos días.
Éste y otros disgustos análogos pusieron á los provocados en la necesidad de hacer un esfuerzo heroico…, y le hicieron á fe mía.
Media docena de esos hombres de buen gusto, que á todo van á un baile más que á bailar, se hicieron las siguientes reflexiones: «Que la pasión de la danza tiene hondas raíces en la buena sociedad de este pueblo, es innegable: nosotros la hemos visto bailar sobre el húmedo retoño de las praderas, entre las coles y cebollinos de las huertas, sobre los guijarros de la Alameda y sobre los adoquines del Muelle; derretirse los sesos bajo un sol africano á las cuatro de la tarde, por llegar á las cinco á la romería y bailar en ella hasta las siete, volver después, al crespúsculo, medio á tientas, por callejas y senderos, y aliquando meterse en barro hasta las corvas…, y siempre impávidas, y siempre pidiendo ¡más! Esta devoción raya en fanatismo, y está exigiendo á gritos un templo que vamos á proporcionarle nosotros, sin miedo de que nos falte nunca el concurso de los fieles para sostener el culto.»
Y alguno de aquellos hombres, con un desprendimiento digno de su carácter, anticipó una cantidad efectiva, en la cual los duros entraban por miles. Adquiriéronse terrenos y plantas y arbustos al efecto, y vinieron jardineros de extranjis, que cobran caro, eso sí, pero que bordan cuanto ejecutan en el arte; y allá van candelabros, y allá van surtidores, y canastillas, y glorietas, y toldos y diabladuras. Arreglado el salón al gusto de los más flamantes modelos, redactóse una constitución fundamental; elevóse, según ella, á doce el número de bailes en cada verano, y el de los de compromiso para cada socio, y la cuota de éstos á dos duros por cada uno de aquéllos, y se prohibió la entrada en el salón, en noches de fiesta, á toda persona del pueblo que se hubiese negado á ser suscriptor. Imprimióse una lista con los nombres de más de doscientas personas barbadas que aceptaron las bases citadas, y otras que no necesito citar, y, por último, encomendóse la administración y casi dirección de todo este laberinto, á la Guantería, acto que, por sí solo, daba la vida, el calor y la perdurabilidad á aquel cuerpo tan bizarramente construído.
Como vivo y elocuente testimonio de la exactitud de mis ponderaciones, ahí está, entre las dos Alamedas, enfrente del antiguo Reganche, y cada día más frondoso, más cultivado, más pulido, más bello, el famoso jardín, ó salón de Bailes de Campo, delicia de los madrileños, y asombro de los castellanos de Amusco y Becerril, que nos visitan durante la estación de los baños de mar.
Las fiestas que en él se celebran no afectan ya peculiar y exclusivamente á un grupo determinado de personas: son otros tantos acontecimientos que preocupan, agitan y remueven á las tres cuartas partes de la población: á la una, porque es la que baila allí; á la otra, porque va á ver bailar, ó á pasearse por los jardines, ó á cenar en el ambigú; y á la otra, porque … juzguen ustedes: la otra tiene que subdividirse en tres grupos: el destino del primero es situarse en la calle de Vargas, frente á la puerta del salón, donde se pasa dos horas, á pie firme, como un soldado ruso, escuchando la música y contemplando el alumbrado del local; el segundo se coloca en la Alameda chica para revistar escrupulosamente los trajes de las señoras que van á bailar; y el tercero, se encierra en casa para en un caso de apuro, disculpar al día siguiente, con un supuesto dolor de cabeza, su ausencia del baile, que en rigor, fué motivada por la falta de un vestido, ó de un billete de invitación, ó de ambas cosas.
Entre la gente que baila y brujulea, se halla la gran mayoría de los forasteros que á la sazón residen en la ciudad; con lo cual queda dicho que el salón campestre, en los quince años que cuenta de vida, hase visto hollado por los pies más insignes que en aristocracia, belleza, política, ciencias, artes, literatura, armas … y tauromaquia, ha producido y sostiene el suelo español. Y por si tanta honra pareciese escasa al lector, quiero que sepa que también regias plantas de dos dinastías se han deslizado sobre el polvo de aquel rústico pavimento. ¿Á qué decir más en abono de sus timbres de nobleza?
De su crédito en la plaza, pregúntese á Romea, Teodora Lamadrid, Arjona, la Ristori y otras celebridades escénicas. Todas ellas, al buscar en el domingo, día clásico de huelga y despilfarro en los laboriosos pueblos de provincias; al buscar, repito, en el domingo el desquite de las flojedades de entrada de toda la semana, se han hallado con el baile campestre que les arrebataba, en masa, la concurrencia más cara, más abundante y más lujosa, es decir, el alma del negocio. Por eso, antes que con el público, estos artistas insignes dieron últimamente en la feliz ocurrencia de ponerse de acuerdo con la junta directiva del baile, que, en honor de la verdad, casi siempre ha accedido á respetar los días festivos, dejándolos para dar culto á Talía y Melpómene, visto que la saltarina Terpsícore no se ha de ver desairada aunque toque á función en noche de Difuntos.
Sobre este pueblo ha llovido en pocos años cuantas plagas son imaginables: crisis económicas que han reducido á polvo en una noche fortunas tradicionales; epidemias asoladoras que han diezmado las familias y cubierto de luto á la población. Todo en ella ha cambiado de aspecto á los rudos embates de la calamidad, todo … menos los bailes campestres, que entre las ruinas del comercio y la melancolía del luto, se les ha visto retoñar al verano siguiente más concurridos, más ruidosos y más animados que nunca. Sin embargo, el mismo público que gime y se lamenta durante el invierno, es el que baila en el verano. ¡Inescrutables misterios de la humanidad, que yo respeto y admiro!
Por eso los tales bailes son la única curiosidad que podemos ofrecer ya en Santander á los forasteros que nos visitan durante el estío; el único aliciente, el mejor cebo.
Y en verdad que es muy justificable el afán con que le tragan los unos, y la especie de orgullo con que se le brindan los otros. Nuestro salón campestre, en una noche de baile, es una cosa encantadora; aquel conjunto de bellezas, así humanas como rústicas y de artificio; aquel enjambre de mujeres hechiceras, arrastrando el lujo y la vaporosidad de sus trajes y prendidos entre el otro lujo exuberante de la vegetación, á media noche, á la luz misteriosa que producen los destellos del gas quebrándose en el verde follaje de los árboles; los ecos de la invisible orquesta, el ambiente, la…. Vamos, que tiene aquello algo de fantástico que no se comprende bien á no contemplarlo.
Los famosos jardines parisienses de Mabille son muchos más espléndidos que los de la calle de Vargas; el lujo de las mujeres que en aquéllos bailan, quizá es más deslumbrante que el de las que asisten á éstos; pero ¡qué diferencia entre el efecto que en el ánimo produce la contemplación de uno y de otro cuadro! Lo primero que lamenta un hombre honrado en Mabille, al ver aquellas beldades, hez de la sociedad, verdaderos sepulcros blanqueados, entregarse á los más repugnantes alardes de impudor, entre las frenéticas dislocaciones del obsceno cancán, es que á tanto y tan asqueroso vicio se haya erigido un templo tan hermoso; y como consecuencia de tan oportuna lamentación, échase uno á considerar lo que aquello sería y el apacible deleite que ofreciera si, en lugar de las turbas de impúdicas artificiales bellezas que se subastan allí, haciendo, para lograrlo mejor, una repugnante gimnasia, lo poblaran mujeres honradas y de buena educación.
Pues bien, este deseo se cumple hoy en Santander por una rarísima excepción entre todos los pueblos de España. En algunos de ellos, y por motivos extraordinarios, se ha visto bailar en el campo á la gente del buen tono, una vez, dos, tres … las que ustedes quieran; pero repetirse estos bailes con tal éxito y de manera que la repetición haya llegado á crear una necesidad pública, una costumbre característica ya de toda una clase social, precisamente la más remilgada y escrupulosa, gloria es que, por extraño privilegio, corresponde á Santander.
—Y ¿por qué?—me han preguntado al notarlo más de un forastero.
—¿Por qué vuela el ave?; ¿por qué corre el gamo?—les he respondido yo;—y ¿por qué se dan los dátiles en Berbería, y las naranjas en Murcia, y el arroz en Valencia? Pues por causas análogas, por razones idénticas se dan aquí los bailes campestres, como en ninguna otra parte; y en vano se afanarán ustedes por aclimatarlos en sus respectivos países, como fuera ocioso que nos empeñáramos nosotros en propagar en éste la palmera, el guayabo … ó las academias. Los bailes campestres germinan y se desarrollan aquí espontáneamente, como la hiedra y los poleos, y viven y se reproducen, á pesar de todos los pesares, y son un artículo veraniego de primera necesidad, un rasgo peculiarísimo que forma parte de nuestro carácter, un detalle de nuestro tipo, como, en concepto de los señores de Madril que nos conocen de oídas, las sardinas, las narrias, los cuévanos y las amas de leche.
Deben, pues, desechar su pesadumbre aquellos seres pusilánimes que temen que llegue un día en que el salón-jardín de la calle de Vargas cese en el destino que hoy tan gloriosamente cumple. En todo caso, si ese templo se destruyese, pues condición es de toda humana obra el ser efímera y perecedera, otro tan suntuoso se alzaría de contado para sustituirle: yo lo fío[16]. Sin teatro y sin escuelas podríamos vivir; ¡pero sin bailes campestres!… ¡Horror!
1872.
FOOTNOTES:
[Footnote 16: La profecía se ha cumplido este año. En el jardín de la calle de Vargas se acaba de construir un Circo ecuestre; pero los bailes se han trasladado al espacioso salón del Casino el Sardinero.
(Nota del A. en 1885.)]
EL FIN DE UNA RAZA
I
Nos despedimos de él diez y seis años ha, y ya era viejo entonces. Iba Muelle arriba, descollando su gigantesca arboladura sobre un enjambre de pescadoras y granujas que le rodeaban. Gemían unas, suspiraban otras, y se secaban los ojos muy á menudo con la orilla del delantal, ó con el dorso de la mano, mientras hormigueaban entre ellas los muchachos con el escozor de la curiosidad. Hablaba él con todos sin mirar á nadie, forjando los secos razonamientos á empellones, como si derribara las palabras de sus hombros y les diera el acento con los puños. Quien sólo le viera y no le escuchara, tomárale por fiero capataz de un rebaño de esclavos, y no por el paño de lágrimas de aquella turba de afligidos.
En tanto, cerca del promontorio de San Marín balanceábase un buque del Estado, arrojando de sus entrañas de hierro, entre sordos mugidos, espesa columna de humo que el fresco Nordeste impelía hacia la ciudad, como si fuera el adiós fervoroso con que se despedían de ella, y de cuanto en ella dejaban, quizá para siempre, agrupados junto á la borda, los valientes pescadores santanderinos, arrancados de sus hogares por la última leva.
Yo la describí entonces con sus menores detalles, y los nombres de sus héroes llegaron más allá de las fronteras de su tierra patria, no por virtud del artista que trazó el cuadro, sino por la importancia del sujeto de él. Pero de todos aquellos nombres, ninguno sonó tan recio como el de Tremontorio, el arisco y hercúleo marinero del Cabildo de Abajo, curtido por todos los climas y batido por todos los mares del mundo. Esta preeminencia, y alguna razón de arte, que se expondrá en sitio conveniente de este cuadro, me obligan á trazarle para que sepa el curioso lector qué fué de aquel castizo personaje desde que, en la apuntada solemne ocasión, se separó de él el último de los granujas que le habían rodeado, y solo y triste y refunfuñando, comenzó á subir lentamente los carcomidos é inseguros peldaños de la escalera de su casa.
Al llegar al fementido buhardillón en que le conocimos, trancó la puerta por dentro, sentóse con dificultad sobre un casi invisible taburete de pino, cargó la pipa, encendióla, chupó; y cuando espesas nubes de humo le envolvían la cabeza, la dejó caer entre sus nervudas, angulosas y curtidas manos, después de afirmar los codos sobre las rodillas. Así permaneció largo rato, oyendo los alaridos que de vez en cuando lanzaba la mujer del Tuerto en el buhardillón contiguo. Luego notó que le llamaban, y gruñó al conocer la voz; pero, aunque de muy mala gana, alzóse del banquillo y salió al balcón. En el de la otra buhardilla le esperaba la mujer del Tuerto, con los párpados hechos ascuas, las greñas sobre los ojos, la cara embadurnada con la pringue de las manos disuelta en lágrimas, en mangas de camisa, desceñido el refajo y medio descubierto el enjuto seno.
Al ver á Tremontorio, comenzó á gemir y á echar por la boca preguntas y exclamaciones á torrentes, mientras revolvía el bardal de su cabellera con las puntas de los trémulos y crispados dedos de sus manos.
—¿Se fué el venturao de Dios?… ¡Mariduco de mis entrañas!… ¿Lloraba, tío Miguel?… ¿Sa alcordó anguna vez de mí?… ¡Dígamelo, tío Tremontorio, que se me está partiendo el alma de pura congoja!… ¿Irá muy lejos?… ¿Volverá?… ¿Tardará mucho?… ¡Ay de mí, probe!… ¡Sola me dejó y sin arrimo!… ¡Hasta el de las inocentes criaturas me falta!… ¡Las que parí, tío Miguel; las que crié á mis pechos! ¡Me las han arrancao de casa!… ¡Bien sé yo quién!… ¡Bien sé yo por qué!… ¡Pero al otro mundo no ha de ir á pagarlo la muy sinvergüenza, cuentera y borrachona!…
Y en esto miraba al balcón de su suegra, echando todo el desaliñado busto fuera de la balaustrada. Tremontorio no hacía más que contemplarla por debajo de sus cejas grises, pero, ¡qué celajes de su mirada! No la dulcificó el viejo marinero cuando la sardinera volvió á encararse con él; antes bien, cargó de nubes el ya tempestuoso cariz de su entrecejo, y por toda respuesta á tantas preguntas y declamaciones, largó á su vecina, á quemarropa, con la voz de un cañonazo, esta sola palabra:
—¡Bribona!
En seguida viró en redondo, con la calma y la solemnidad de un navío de tres puentes; se encerró en su guarida, tendióse sobre el jergón, y así le cogió la noche.
También había vuelto del Muelle el tío Bolina, y encerrado estaba en casa con su mujer y sus nietezuelos, desnudos, sucios y medio atolondrados desde la despedida de su padre, el atribulado Tuerto.
Al ver la sardinera que por aquel día no había modo de reñir con nadie desde el balcón, encerróse también en su caverna; sacó de un escondrijo una botella de aguardiente, bebióse cerca de la mitad; y cuando los vapores de aquel veneno comenzaron á adormecerla, acercóse balbuciente y con paso mal seguro á la sucia y fementida cama, y en ella se desplomó, revolcándose allí como cerdo en su pocilga.
II
Cambié de observatorio, por razones que no le importan un rábano al lector, y durante tres años nada supe de estos personajes. Un día me llevaron mis recuerdos y mis inclinaciones á visitar la calle en que los había conocido. Busqué con afán la casa que habitaron; pero no di con ella. En su lugar se alzaba otra flamante, con balcones de hierro y vidrieras con cortinillas. Ni rastros quedaban allí de la gente que yo iba buscando. Pregunté por ella á un antiguo convecino, y me dió estas noticias solas:
Al año de marcharse el Tuerto, que aún andaba en la Armada, murió de viejo su padre, el tío Bolina; y la viuda de éste, seis meses después, de soledad … y también de vieja. Entonces recogió la sardinera sus hijos, y desapareció con ellos de la casa y de la calle. Cuando ya Tremontorio juzgaba excesiva la soledad de su buhardillón, pues la vecindad de Bolina era una necesidad para su alma, aunque él creía otra cosa, antojósele al propietario derribar la casa y construir otra capaz de más lucidos inquilinos; con lo cual, el célibe pescador trasladó sus penates á una bodega de la calle del Arrabal, donde vivía desde entoces, dedicando, como de costumbre, á hacer redes primorosas, todo el tiempo que le dejaba libre la lancha en que tenía una soldada.
Andando los meses, volví á verle en el Muelle, unas veces con el cesto de los aparejos al brazo y el sueste en la cabeza, de vuelta de la mar; y otras arrimado á las jambas de una puerta, silencioso y encorvado, como esas cariátides de la Arquitectura que sostienen bóvedas con las espaldas. Y no le vi más en mucho tiempo.
Ocurrió por entonces en España uno de esos acontecimientos que hacen raya en la historia de los pueblos; marejadas de fondo, como diría Tremontorio, cuyas ondas, bajo un cielo sereno, sin saberse en dónde nacen, son más impetuosas á medida que caminan; y llegan á la costa, y baten sus peñascos, y no hay entre ellos cueva, ni boquete, ni escondrijo donde la furia no meta su desgreñada cabeza con pavoroso estruendo, ni puerto tan seguro que no reciba sus espumas y sienta estremecerse el limpio cristal de sus aguas. Así se hizo sentir la fuerza de aquel acontecimiento excepcional, hasta en los hogares más apartados del calor de la política y de las pasiones de partido.
En otra parte he hablado yo del desdeñoso estoicismo de los mareantes de Santander enfrente de la maravillosa transformación que venía verificándose en esta ciudad, así en lo moral como en lo material. El empuje de este vértigo reformista derribaba sus apiñadas viviendas y secaba los fondeaderos tradicionales de sus lanchas; pues se echaban al hombro los pobres harapos de su ajuar, buscaban otro agujero en que meterse con ellos y un nuevo sitio en que fondear sus embarcaciones, sin volver la vista atrás, ni dárseles una higa por todo el ruido y aparato de la nueva civilización que los iba acorralando poco á poco. Para ellos no había en el mundo cosa seria y bien ordenada sino la mar, y la mar la había hecho Dios con el exclusivo objeto de que pescaran en ella los matriculados. Esta mar, es decir, cuanto de ella abarca la vista de un marinero desde la punta de Cabo Mayor; sus celajes, sus pescados, sus brisas y sus tormentas; las costeras del besugo, del bonito, de la sardina; los asuntos del Cabildo; el escaso valer del otro (jamás hubo avenencia entre el de Arriba y el de Abajo), y lo poco más que pudiera relacionarse con estos particulares, eran el mundo de estas honradas gentes. Todo lo restante no valía á sus ojos una sula. Fuera del gremio, no conocían á nadie en el pueblo; y de las diversas clases y categorías de éste, sólo citaban alguna que otra vez, pero como quien habla de cosas del otro mundo, á los comerciantes del Muelle. Así vivían apegados, desde tiempo inmemorial, á lo exclusivamente suyo: y en usos, traje, acento, y hasta lengua, fueron siempre en Santander lo que el peñasco en la mar: bello para el artista; un estorbo para los múltiples fines de las humanas ambiciones.
En tal estado de virginidad recibió esta gente las primeras noticias del acontecimiento de que íbamos hablando. No hay para qué decir que no hizo maldito el caso de él. Pero cuando, abiertas las válvulas á todos los pareceres y á todas las ideas, fué llegada la hora de echarse cada cual, á campo-travieso, en busca de terreno para alzar una cátedra en él, ¿qué doctor, por corto que fuera de alcances, no había de descubrir, á la primera mirada, el mejor de los terrenos para aquellos fines en la pura, tradicional, primitiva sencillez de la clase marinera? Así fué que, lloviendo sobre ella apóstoles de la flamante doctrina, comenzó á reblandecerse al son de tantos himnos y jaculatorias, y acabó por quedar encantada sin saber de qué, como el hombre de las selvas al oir las melodías de una flauta. Desde entonces se lanzó, con la pasión de los niños en libertad, á balbucir palabras, que no entendía, del nuevo vocabulario político; á las manifestaciones públicas; al club y á las urnas electorales, siendo muy de advertir que en este entusiasmo iban siempre delante las hembras, las cuales hubieran llegado á emular las glorias de las calceteras de Robespierre, si las circunstancias lo hubieran exigido. Jamás se ha visto una transformación más radical ni en menos tiempo.
Sin embargo, no hubo medio de meter el diente á Tremontorio. Estaba fondeado á dos anclas en su puerto natural, y no había fuerzas humanas que le sacaran de allí.
—¡Á pedricar al limbo, tiña, que está lleno de inocentes!—decía á los catequistas que se atrevían á hablarle … desde lejos.—¡Pero á mí!… Yo ya sé que si quiero comer tengo que jalar del remo y jugarme la vida en la mar seis veces á la semana…. ¡Allí sus quisiera yo ver, tiña!
Si se le replicaba que precisamente para mejorar las condiciones del oficio era para lo que se le quería atraer al partido, añadía hecho un veneno:
—Pamemas, tiña; que si tan bueno fuera lo que tenéis á la mano, no vos acordarais de ofrecérmelo á mí; sus lo guardarais para vusotros, retiña…. ¡Si soy mule viejo!… ¡no vus canséis en calarme la sereña!
Y no mordía la ujana, el muy ladino.
En éstas y otras, presentósele un día el Tuerto con las manos en los bolsillos y la cara hecha un vinagre.
—¿De onde vienes, tiña?—le preguntó el viejo mareante, abrazando con cariño, pero muy admirado, al aparecido.
—Del departamento—respondió el Tuerto.
—¡Del departamento! ¿Pues no mandaste carta de allá, hace ocho días, para mí á Patuca, que sabe leer y escrebir?
—Cierto.
—Pus ná me decías entonces de venir tan aína. ¿Cómo es eso, tiña?
—Porque al otro día de escribirle á usté se prenunció la gente de la freata.
—¡Tiña! ¿Y tú también?
—No, señor…; pero me vi revuelto en la tremolina, sin saber cómo.
—¿Y á cuántos prenunciaos colgaron de las gavias?
—Á denguno.
—¡Retiña! ¿Cuándo se vió eso?… ¿Y serás capaz de venirte sin licencia?
—No, señor; traigo un pase.
—Pos ¿quién te le dió, cuando debieron haberte leído la sentencia de muerte?
—Un cabo de cañón y un terrestre de mucha soflama que mandaban allí.
—¿Y el señor comendante y los oficiales?
—Harto tuvieron que hacer con tomar puerto en la cámara, después de tumbar á media docena de prenunciaos.
—Pero, retiña, ¿cómo no te ahorcaron al saltar á tierra?
—Porque se tuvo por bueno el pase que me dieron á bordo, firmado por el terrestre.
—¿Y eres tú capaz de tomar cosa anguna de un terreste que se mete á mandar en una freata de guerra?
—¡Pero si no había otro remedio, puño!; y además, yo era ya cumplido, y de un día á otro tenían que despacharme.
—¡Con su cuenta y razón, tiña; no de ese modo!… ¡Un terrestre! ¡Á la Ferrolana pudo haberse atracado él á repartir licencias cuando dábamos la vuelta al mundo! ¡Bien saben ellos ónde se meten!… ¡Harto será, tiña, que no te güelvan á llamar; porque la ley es ley, y el que la hace la paga, si no es hoy, mañana!
—Pues, puño, con golverme por onde vine…. Así como así, pa ver lo que yo acabo de ver, morirse es mejor, cuanti más golver al servicio.
—¿Qué vistes, hombre?
—¡Lo último, puño; lo último que me quedaba que ver! Y créalo, tío Tremontorio: más me apesaumbra esto, que el venir con el pase del terrestre.
—Pero ¿qué vistes?
—¡Pásmese, hombre! Ahora mesmo, al pasar por el Muelle, he visto á la mi mujer vestida de comedianta, con un gorro á modo de pimiento, una casulluca con estrellas, y un pendón lleno de letreros, y más de un centenar de babiecas detrás de ella echando vivas yo no sé á qué.
—Eso es de todos los días, hijo; y no te pasmara si hubieras visto lo que yo voy viendo. Pero no tiene ella la culpa, tiña; que si no la pagaran por eso, no lo hiciera.
—¡Tarascona!…; la he de romper los pocos huesos que la dejé sanos….
Pero, ¿y los hijos, tío Tremontorio? ¿Qué será de ellos con esa madre?
Quiero ir ahora mismo á su casa para recogerlos.
—¿Á su casa, tiña? ¿Ónde está ella? ¿Sabe naide si tiene casa la tu mujer?
—¿Pus ónde duerme, puño?
—Onde le coge la cafetera, hijo; con el ite de que no la suelta dende que anda con esa arbolaura por las calles.
—¿Y los hijos?
—Los hijos, si no hay quien por caridá los recoja á las puertas del Muelle por la noche, allí se la pasan á la timperie…. Bien sé yo, tiña, quién los quita el hambre y los da abrigo muchas veces; pero uno no puede estar en todas partes, ni ellos acuden á uno siempre que debieran…. Porque, retiña, la verdá es que se han hecho ya á la bribia; y por el carís que traen, van á hacer buena á su madre.
El Tuerto no quiso oir más, y salió de la bodega de Tremontorio, echando llamas por los torcidos ojos y maldiciones por la boca.
III
Creía el valiente veterano de la Ferrolana que, aunque con trabajillos, lograría irse haciendo á los nuevos resabios del gremio, y vivir en paz, si no á gusto, los pocos años que le quedaban de vida; y por conseguido lo daba ya, cuando cayó sobre sus anchas espaldas el peso insoportable de un infortunio con que jamás había soñado. Este golpe de muerte fué la abolición de las matrículas y la supresión de los cabildos, decretadas por el Gobierno imperante.
Creyó volverse loco con la noticia, y tardó muchos días en tragarla por cierta. Cuando no pudo negarla, no le cabía en su casa, y se largaba á la ajena, ó al Muelle, á desahogar la ira con el primer camarada que hallaba á sus alcances.
—No hay otro remedio que tragarlo, tío Tremontorio—le decían otros pescadores un tanto desengañados; pues cuando pidieron, por extrañas sugestiones, la abolición de las matrículas con el fin de verse libres de las levas, nadie les dijo, ni ellos lo cavilaron, que al desprenderse de una carga tan pesada, perdían, en consecuencia, el monopolio del mar y del puerto, que era la recompensa de ella.
—¡Que no hay otro remedio!—exclamaba Tremontorio, haciendo crujir los puños.—¡Eso lo veremos, tiña! ¿Quién lo ha mandao?
—El gubierno de arriba.
—¿Quiénes son esos gubiernos pa meterse en la hacienda de los mareantes? ¿Qué saben ellos de cosas de la mar?
—El que manda, manda, tío Tremontorio.
—¡No en mi casa, tiña!
—Pues la ley es ley ahora y siempre.
—¡Por eso mesmo: á la ley me agarro, y viva la de nusotros!
—Pero una ley mata á otra, y la nueva es la que vale.
—En lo terrestre, pase; pero no en lo de la mar!
—Pero, hombre, y dempués de bien desaminao, ¿qué vale too ello? Y aunque valiera, si nos quitan las levas….
—¡Las levas … retiña! Siempre las tenéis delante de los ojos pa espantarvos el sueño…. Dos me cogieron á mí, y vos digo que no me pesa ahora que salí de ellas…. Más debiera espantarvos esto otro…. Si, señor, tiña; y ciegos sois si no lo habéis visto bien claro. Con esa orden de arriba, se dice «abro la puerta á la mar…»; y allá voy yo, y allá vas tú…, y allá van ellos, ¡tiña!…; porque detrás de nusotros podrá ir, con la ley en la mano, el raquero del Puntal, el chalupero de las Presas y toos los tiñosos de la costa de la badía…. Y esto no lo aguanto yo, retiña; que la mar se hizo pa los hombres que deben andar en ella y han andao siempre, ¿Ónde se ha visto que la gente del muergo sea quién pa dir conmigo á la pesca de altura?… Ves digo que no tendréis vergüenza si vos dejáis igualar por esa grumetería…. ¡Pos dígote al respetive de lo de los cabildos! ¿Qué semos ya los mareantes sin ellos? ¿Aónde vas tú? ¿Aónde voy yo, que valgamos dos luciatos? Quiere decirse, tiña, que, de hoy palante, tanto da ser callealtero como de nusotros…; toos seremos unos…. ¡Pa ellos estaba, retiña!
—Too eso está muy bueno; pero considere que está escrito en ley allá arriba, y que de na sirve lo que nusotros estipulemos acá abajo.
—Ya verás si sirve, tiña. Por de plonto, sepan esos gubiernos que
Tremontorio no güelve más á la mar con esa ley.
Y no volvió el testarudo veterano. Las redes le dieron para casa y pan, y el canon de su lancha para compaño. Pero advirtió, andando el tiempo, que, á pesar de la nueva ley, la mar no había sido profanada por los anfibios de la costa de la bahía; y como además se aburría mucho estando siempre en tierra, y la mar le jalaba como de cosa propia, resolvióse á estudiar el punto más á fondo, por si podían conciliarse su tesón y sus deseos. La nueva ley abolía, es cierto, la antigua matrícula; pero exigía, en cambio, una inscripción que daba á los inscritos privilegios parecidos á los que tuvieron los matriculados; y en cuanto á los cabildos, también quedaba algo, á modo de gremio, para sustituirlos.
No le llenó el ojo nada de esto á Tremontorio, pero, al cabo, era algo que ponía centinelas á la puerta de la mar; y como además le ponderaron mucho las ventajas sus compañeros de fatigas, y él tenía grandes deseos de conformarse, conformóse, aunque á regañadientes, y volvió á su lancha.
Para entonces, los diez años corridos desde que le conocimos en la La leva, ya sesentón habían hecho honda mella en su persona. Estaba más encorvado, más flaco, algo trémulo, y con la greña, las patillas y las cejas enteramente blancas, muy ásperas y muy largas. Pero su vestido, como su carácter, era el de siempre: el mismo gorro catalán, la misma camisa de bayeta verde sobre la de estopa interior, los mismos calzones pardos de ancha campana y amarrados á la cintura con una correa, y los mismos zapatos, sin tacones y sin lustre, sobre el pie desnudo.
Consigno este dato, porque á la sazón no era ya este traje el característico del oficio. En los años pasados desde el consabido acontecimiento, la gente marinera había ido confundiéndose en todo con la terrestre, así en ideas como en hábitos y costumbres. Lo cual no dejaba de exasperar á Tremontorio, y dábale á menudo ocasión de fulminar sus embreados apóstrofes sobre los pinturines pescadores que caían por su banda.
En una de estas ocasiones le vi yo en el Muelle. Estaba hecho una tempestad, en medio de un grupo heterogéneo y abigarrado, aunque se componía exclusivamente de marineros. La verdad es que, siendo Tremontorio el único que se hallaba en carácter allí, y, como si dijéramos, en su propia casa, parecía el intruso y el pegadizo entre tantos degenerados.
—Ya se ve, tiña—decía cuando yo pasaba, y por eso me detuve á escuchar:—dende que vais al voto y á esos pedriques con el señorío pudiente, y andáis tan empavesaos, ¿que vus ha de paicer este patache carbonero? Pus, tiña, de mi madera sois, con toa esa fantesía; y el más ó el menos de trapo, no le hace al casco tener los fondos mejores…. Ni barrunto que de ayer acá vos haya caído denguna herencia de repente, pa echarvos tanta guinda…. Onde se ve la gente es en la mar, ¡retiña!; ¡y que se diga muy recio si en más de tres duros y medio[17] que ya cuento, le he pedido á anguno remolque allí!
Replicóle uno que «el andar bien portao no quitaba fuerza ni valor á la presona».
—¡Taday, niquitrefe!—díjole Tremontorio con el mayor desprecio.—Si sois valientes entoavía y jaláis del remo como yo, es porque lo habéis mamao, y allá vos queda…. Eso es del cabildo de abajo, sépastelo bien…. ¡Retiña, qué gracia!… Pero que vos dé otro tanto la vida que traéis…. ¡Surbia vos dará!
—Y lo que usté no guipa, porque ya está fuera de combate—respondiéronle en son de zumba.
—¡Pintura, digo yo á eso!—replicó el veterano con mucho retintín;—aunque bien desaminao el ite de ese particular, ¿qué tenéis ya que recibir de naide? ¿Qué vus falta? Vusotros, el relós de plata; vusotros, la bota fina; vusotros, el camisolín de plegues; vusotros, la cachucha de rasolís…. Pus ya, retiña, por poco más, echarvos el bastón y la casaca, y dirvos al Suizo con los señores del Muelle, á tomar chocolate con esponjao y leer los boletines de arriba…. Las rentas no han de faltarvos pa sostener el señorío, porque ya tenéis una ración de hambre y otra de necesidá…. ¡Retiña con la piojera de tres gavias!
Dijo, miró con ira á los zumbones que le rodeaban, y rompió el cerco, bamboleándose al andar, como buque de mucho porte que toma la barra seguro de llegar al puerto.
FOOTNOTES:
[Footnote 17: Más de setenta años.]
IV
Amaneció un día con el viento al Sur, casi en calma: el cielo, sonrosado con algunas nubes aturbonadas; la bahía, como un espejo; la mar, como un lago; la temperatura, á placer; el campo, verde y fragante; las flores, meciéndose sobre los tallos; los árboles, entreabriendo sus hinchadas yemas y asomando por ellas las tiernas esmaltadas hojas, que se estremecían y se desplegaban al sentir por primera vez el calor de los rayos del sol vivificante; la sonora voz de las campanas de todos los templos, llenando de armonías el espacio; y el movimiento y la circulación, interrumpidos por la solemnidad de los días anteriores, restableciéndose bulliciosos en todas las arterias de la población.
—¡Hermoso día!—exclamaban las gentes de tierra, encaminándose á continuar los suspendidos negocios, ó frotándose las manos á la puerta del almacén, ó contemplando la naturaleza desde las entreabiertas vidrieras del gabinete. Y el fervoroso cristiano que volvía del templo, lleno su corazón de místicos regocijos; y el célibe egoísta que, empuñando el roten, se desperezaba á la puerta de su casa, dispuesto á emprender el higiénico paseo extramuros; y el labrador afanoso que arreaba la yunta y dirigía el arado para abrir el primer surco en su heredad; y el bracero menesteroso … cada cual, á su manera, saludaba con himnos del corazón aquel inolvidable Sábado de Gloria de 1878.
Así llegó el sol á la mitad de su carrera, y el afán de los hombres al descanso del mediodía. Entonces se alzaron súbitamente remolinos de polvo en las calles de la ciudad; azotó la cara de los transeuntes una ráfaga de viento húmedo y frío; oyóse el chasquido de algunas vidrieras sacudidas contra la pared; cubrió los cerros del Oeste un velo achubascado; nublóse repentinamente el sol; tomó la bahía un color verdoso con fajas blanquecinas y rizadas, y comenzó á estrellarse contra las fachadas traseras de la población una lluvia gruesa y fría.
—Un galernazo—dijo la gente con mucho sosiego.—Después del Sur, era de esperar.
Y el que tenía qué, se puso á comer; y el que había comido ya, se tendió á dormir la siesta ó á chupar el clásico cigarro delante de una taza de café.
Según la gente de tierra, no había ocurrido hasta entonces cosa que no fuera en Santander muy natural y corriente; y en verdad que no era para dejar pálido á nadie la rotura de algunos vidrios, unos cuantos paraguas vueltos del revés, tal cual sombrero arrancado de su correspondiente cabeza, y alguna que otra falda encaramada más arriba de lo acostumbrado.
Y, sin embargo, uno de aquellos instantes, pasados casi inadvertidamente para la gente de la ciudad, había producido, á la vista de ella, como quien dice, el desastre más espantoso que registran los cántabros anales.
Noticias de él fueron los alaridos que comenzaron á oírse luego por las calles, entre la gente marinera; madres clamando por sus hijos; esposas por sus maridos; hijos por sus padres; hermanas por sus hermanos. Aquello era una desolación, y sus clamores atravesaban el alma como un puñal. Corrían los desventurados pálidos los rostros y los ojos sin lágrimas, porque para los grandes dolores no existe el consuelo de ellas, buscando en los ojos de los demás una respuesta que nadie podía darles, y el contristado espectador se agregaba á ellos y los seguía como si el mismo infortunio le empujara. El rumbo de tan tristes cortejos era el Muelle, donde había ya una muchedumbre con los ojos clavados en la boca del puerto. El temporal había cesado casi por completo en tierra, y de la mar sólo se veía una parte de su furia, estrellándose espumosa y rugiente sobre las tristes Quebrantas. Conocíase una parte del desastre: lo que de él habían presenciado los pescadores de tres lanchas, únicas que hasta aquella hora habían logrado volver al puerto. Citábanse nombres y se pintaban escenas de horror y de heroísmo. Las lanchas habían llegado medio anegadas; sus tripulantes, con la palidez de la muerte en el semblante, mudos y consternados, con las ropas ceñidas al cuerpo, empapadas en agua; muchos de ellos, con el hercúleo torso desnudo. No les aterraba solamente la idea del peligro en que se habían hallado, pues de otros no menores habían salido con sereno espíritu, sino el cuadro de muerte y desolación que habían contemplado sus ojos entre la furia de la galerna.
Hablábase mucho en los apretados corrillos; oíanse los lamentos de los que ya nada esperaban y de los que temían, y no faltaba quien, para desvanecer tristes presentimientos, hiciera risueños cálculos; pero siempre flotaba sobre el llanto y las conversaciones, como respuesta á una pregunta que no se cesaba de hacer, esta frase:
¡Todas están allá!
¡Todas! ¡Nunca esta palabra tuvo sonido tan triste y pavoroso! Todas; es decir, todas las lanchas de altura estaban en la mar, y sólo tres habían vuelto al puerto.
Corriendo aquellos minutos, que parecían siglos, vióse otra, y luego la quinta, rebasando del promontorio de San Martín. Cada una de ellas fué saludada con un rumor que no puede pintarse con palabras ni con sonidos.
Cerca ya del anochecer, y después de dos horas de esperar en vano los que en el puerto lloraban, y cuando la vista más sutil no había podido distinguir desde los puntos más elevados de la costa ninguna lancha en la mar, y había tiempo sobrado para tener noticias de las que pudieran haberse refugiado en boquetes ó ensenadas, faltaban siete.
Preguntóse por ellas á todos los puertos y fondeaderos del litoral; pero aquellas preguntas se cruzaban en el camino con otras análogas que los preguntados hacían á Santander, y sólo sirvieron para dar á conocer en su horrible extensión el desastre de aquel día memorable. Desde Fuenterrabía á Cabo Mayor, había hundido el azote de la galerna en los abismos del mar, TRESCIENTOS OCHO hombres en brevísimos instantes. En este espantoso cúmulo de víctimas, tocábanle SESENTA al gremio santanderino. ¡Jamás la muerte acechó á los hombres con mayor astucia, ni los hirió con más implacable saña!
Aunque la caridad, virtud de los cielos, amparó entonces, como siempre, por igual á todos los desvalidos, cada corazón sintió lo que estaba más patente en su memoria, y la mía la ocupó toda Tremontorio.
Preguntando por él, supe que también había salido á la mar aquel día, y que era de los pocos que se habían salvado de la catástrofe, casi milagrosamente; pero que, con lo terrible del trance, los golpes y la frialdad del agua, á sus muchos años, habíase puesto á punto de morir.
No me satisfice con estas noticias, y quise verle, y lo conseguí.
Le hallé tendido en un pobre lecho, pálido, cadavérico; pero muy tranquilo y en reposo. Cuidábale otro marinero, que á su lado estaba de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho. No me era extraño este personaje; y, en efecto, después de contemplarle unos instantes, conocí en él al Tuerto. Pero, ¡qué viejo, qué encanecido, qué anguloso y encorvado le hallé!
Como mi presencia no podía chocar allí en aquellos días en que la caridad no cesaba de llamar á las puertas de los náufragos, logré que el viejo pescador me recibiera mucho mejor de lo que yo esperaba de su rudeza habitual.
—Y ¿cómo se encuentra usted ahora?—llegué á preguntarle.
—Con el Práctico á bordo[18] desde ayer—me respondió con su voz de siempre, aunque más premiosa.
—Será por exceso de precaución—díjele, comprendiendo su náutica alegoría y deseando darle alientos.
—¡Qué precaución ni qué … tiña!—me replicó muy fosco!—Soy ya casco viejo, vengo desarbolao, el puerto es obscuro y la barra angosta…; ¿para cuándo es el práctico, si no es para ahora mesmo?
—Tiene usted razón—le dije, viéndole tan sereno.—En estos trances se prueba el temple del espíritu.—Ya veo que el de usted no necesita remolque.
—No, gracias á Dios, que me da más de lo que merezco. Ochenta años; no haber hecho mal á nadie en una vida tan larga; haber corrido tantos temporales, y venir á morir en mi cama, como buen cristiano y al lado de un amigo, ¿no fuera cubicia y desvergüenza pedir más, retiña?
Lo admirable de estas palabras está en que eran ingenuas, como todas las que salieron de la misma boca durante tantos años.
Seguimos hablando por el estilo, cuidando yo de encomendar la menor parte de la tarea al enfermo para no fatigarle, y conduje la conversación al extremo que deseaba.
Y pregúntele, después de encauzada á mi gusto:
—Pero, ¿no hay algún síntoma, algún anuncio de esos temporales?
—¡Anuncio!…—exclamó Tremontorio mirándome, con una sonrisa más amarga que el agua de las olas.—¡Anuncio, retiña!… ¡Pues si hubiera anuncio de eso!… Está usté en su lancha como la hoja en el árbol, ni quieto ni andando; la tierra á la vista, la mar como una taza de caldo; un si es ó no es de turbonada al horizonte…. ¡Retiña!, na, porque así se puede estar un mes entero…. Este carís no es pa que naide pique las amarras…. Pues, de súpito, le da á usté en la cara un poco de brisa; oserva usté el Noroeste, y ve usté venir, echando millas, á modo de una jumera, encima de una mancha parda que va cubriendo la mar, con un rute rute, que no paece sino que el agua se despeña por las costas abajo. Al verlo y al oirlo, la sangre se cuaja en el cuerpo, y los pelos se ponen de punta; arma usté los remos, isa una miaja de trapo pa ver de correr por delante; y, ¡tiña!, antes que se dé la primer estropá, ya está aquello encima.
—¿Á qué llama usté aquello?
—¿Aquello?… Aquello, señor, yo no sé qué sea, si no es la ira de Dios que pasa; aquello es la última; la de abrir la escotilla de las culpas y encomendarse á la Virgen Santísima; la de dejar la tierra para sinfinito y clamar por los suyos los que tienen en ella las alas del corazón.
—Bien; pero, ¿qué sucede allí en esos momentos terribles?
—Y ¿lo sabe anguno, por si acaso?… ¡Retiña!; faltan ojos y tiempo pa mirarlo…. Está usté en un jirvor de espuma, que zarandea la lancha como si fuera cascara de nuez; ese jirvor se levanta, se levanta…, y vuelve á bajar; y al bajar, cae sobre usté; y al caer, usté no sabe si caen peñas ó qué cae, porque quebranta y ajoga al mesmo tiempo; y al abrir usté los ojos, ¡tiña!, ni hombre, ni lancha, ni remo, ni costa, ni cielo, ni ná. ¡Allí no hay más que estruendo y golpes, y espuma y desamparo!…; ¡ni voz para clamar á Dios, porque en aquella tremolina no se oye uno á sí mesmo! Un trastazo le echa á pique, y otro le saca á flote; la cabeza se atontece, y el que mejor sabe anadar, trata de olvidarlo pa acabar cuanto antes.
—Pues á usted de algo le ha servido el saber nadar, puesto que logró salvarse donde tantos otros perecieron.
Miróme el hombre con torvo ceño, y díjome con profundísima convicción:
—¡Ni pizca, tiña!
—¿Cómo salió usted á tierra, si no?
—Porque Dios quiso, y ciego será quien no lo vea.
Metióme en mayor curiosidad esta respuesta, y rogué al valiente pescador que me contara el suceso. Resistióse á complacerme, con bruscas evasivas, y entonces tomó parte en la conversación el Tuerto, y me dijo:
—Verá usté lo que pasó, señor, porque juntos nos salvamos los dos. Llevónos la galerna, en un decir Jesús, á dos cables de San Pedro del Mar; y cuando contábamos que no pararíamos hasta embarrancar en la arena, un maretazo, como yo no he visto otro, nos puso la lancha quilla arriba. Al salir yo á flote, de todos mis catorce compañeros no quedaba más que éste, á unas seis brazas de mí. Á los demás—añadió el Tuerto con voz trémula y muy conmovido,—no he vuelto á verlos hasta la hora presente. Como la lancha había quedado entre dos aguas, tuve la suerte de agarrarme á ella; pero ese infeliz se vió sin otro amparo que sus remos naturales, y no era poco, porque, á saber anadar, no hay merluza que le meta mano. En esto, la mar nos fué atracando el uno al otro; y ya estábamos al habla, cuando la suerte le puso un remo delante. Agarróse á él y descansó una miaja. Pero notaba yo que no se valía más que de un brazo para agarrarse, y no sacaba el otro hacia el remo, ni le movía para ayudarse.—«¡Anade y atráquese—le gritaba yo,—hasta que llegue á darle una mano, que dispués ya podrá agarrarse á la lancha!.—¡Qué más quisiera yo que poder anadar, retiña!—me respondió.—Pues ¿por qué no puede?—Porque me jalan mucho los calzones. Paece que tengo toa la mar metida en ellos; y á más á más, se me ha saltao el botón de la cintura.—¡Arríelos, puño!—¡Tiña, que no puedo!—¿Por qué?—Porque esta mañana se me rompió la cinta del escapulario, y le guardé en la faldriquera.—¿Y qué?—Que si arrío los calzones, se va á pique con ellos la Virgen del Carmen[19].—¿Y qué que se vaya, hombre, si no es más que la estampa de ella?—Pero está bendita, ¡retiña!; y si ella se va á fondo, ¿quién me sacará de aquí, animal!» Hay que tener en cuenta, señor, que la mar era un infierno, y tan pronto nos sorbía como nos soltaba. Á cada palabra un maretazo nos tapaba el resuello, ó nos cubría con más de diez brazas; y al salir á flote, no hallaba uno quien le respondiera, ó asomaba por onde menos era de esperar. Dios quiso que no nos separáramos cosa mayor en aquel tiempo, que fué mucho menos del que yo empleo en contarlo; porque la sola vista de otro ser humano le anima á uno á bregar en tales casos. ¡No sabe usté la agonía que se pasaba en el instante en que al salir á flote se veía uno solo! Volviendo al caso, digo que al hablar este compañero las últimas palabras que yo he repetido, vínose encima de mí sin saber cómo, y agarróse á la lancha. Al mismo tiempo se alzó á barlovento una mar como no ha visto igual hombre nacido: pensé que aquél era el fin, no de nuestras vidas, sino del mundo entero; desplomósenos encima, y para mi cuenta, entonces, allí fenecimos, porque ni más vi, ni más oí, ni más sentido me quedó que una chispa de él para acabar una promesa que estaba haciendo á la Virgen del Mar (y cumplí al otro día, como era justo). Pero, á lo que paece, aquel desplome de agua nos echó á tierra con la rompiente, porque allí nos alcontramos los dos al volver del atontamiento, cerca de unos baos de la lancha y con astillas de ella entre las manos. Vino gente, nos recogió, nos dió abrigo, y aquí nos trajo: al señor, en el estado en que usté le ve, ó poco menos; y á mí, como si nada hubiera pasado, que de algo vale el no ser viejo y haber sorbido mucha desgracia. Lo cierto es, señor, que si el estar los dos vivos no es un milagro de Dios, no he visto cosa que más se le asemeje.
—¿De modo que usted—dije al Tuerto con la intención de saber algo de su vida desde que volvió del servicio,—ha dejado su casa por venir á cuidar á su amigo?
—Mi casa es ésta—respondió secamente el Tuerto.
—¿No tiene usted familia?
—Me queda un hijo, que anda navegando en un vapor; todo lo demás está ya en el otro mundo…, no contando al señor, que ha sido un padre para mis hijos y para mí.
Muy poco más duró nuestra conversación. Al despedirme, tendí la mano á aquéllos heroicos y honrados marineros, y dije al moribundo Alcides del Cabildo de Abajo:
—Hasta la vista, amigo.
—Y ¿por qué no, tiña!—me respondió, dando á mis palabras mayor alcance del que yo les había dado.—Mareantes sernos todos de la mar de acá, y en rumbo vamos del mesmo puerto. Si el diablo no nos le cierra, yo mañana y usté otro día, en él hemos de fondear.
—Quiéralo Dios así—repuse desde lo íntimo de mi corazón, pensando en las virtudes de aquel hombre admirable.
FOOTNOTES:
[Footnote 18: Recibido el Viático.]
[Footnote 19: Hecho y dicho rigorosamente históricos.]