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Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos. cover

Escuela de Humorismo: Novelas.—Cuentos.

Chapter 18: V
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About This Book

A collection of short, comic narratives and sketches that lampoon everyday social and bureaucratic situations, beginning with a self-deprecating prologue in which the author mocks his own endeavor. Episodes concentrate on misunderstandings, officious rituals, family squabbles, and petty pretensions, using brisk dialogue and situational irony to expose human foibles. The tone stays light and satirical, alternating anecdotal vignettes and longer humorous tales that emphasize timing, wordplay, and the absurdities of routine life.

—«¡Pedro!... ¡Pedro!... ¡Pedro!»—Nadie le contestó. Los sollozos le ahogaron en la garganta el nombre de su hijo, de su Pedro... ¡de su Pedrín!—«Ah, maldita mujer... ¡maldita, sí!... ¿Quién tenía la culpa de lo que sucedía, sino ella? Pedro no estaba en la lancha... Pedro se había tirado al mar para matarse, como único medio de olvidar á la causante de sus desdichas... ¡Y él que se había echado á dormir tan tranquilo!... Pero, ¡Dios Santo!... ¿Cómo suponer que Pedro abrigara aquellas intenciones? No, no era posible aquello; no era posible que su hijo se hubiera matado así... de aquella manera... estando junto á su padre. El viejo recorrió afanosamente con la vista todos los rincones de la embarcación buscando un objeto... un papel...; algo, en fin, que aclarara sus dudas horribles.» Una ronca exclamación se escapó de su oprimido pecho, al fijarse en la proa de la lancha: allí, hechas un reguño, vió las ropas de Pedro. Un júbilo inmenso, una alegría delirante hizo temblar al señor Jaime, como un azogado. Abalanzóse sobre aquella prendas, y entre risas y sollozos, entre palabras entrecortadas y suspiros ahogados, las estrechó centra su pecho, besándolas con loco frenesí.—«Ya lo decía yo, ya lo decía... ¡No se ha matado, no!... Si se hubiera tirado al mar para ahogarse, no se hubiera preocupado de quitarse la ropa. El dejarla aquí es indicio de que quiso ponerse en condiciones de poder nadar para llegar á... ¿adónde, Dios, adónde? A tierra, sin duda; ¿pero con qué objeto? ¿Qué idea ha podido sugerirle el recuerdo de esa...? ¿Habrá querido poner en práctica su deseo de ir á Madrid, de escaparse, puesto que en tierra sabe que yo lo vigilo?

Lo que sea, no es aquí donde he de averiguarlo; y si es esto último, como me figuro, quizá todavía nada en dirección á tierra, y en ese caso... pronto le alcanzará la Carlota

El señor Jaime, para no detenerse en levar el ancla, sacó de la cesta de las provisiones un cuchillo de ancha y afilada hoja, y de un tajo cortó el cabo de aquélla; luego hizo virar la lancha con un remo y la Carlota, cabeceando un momento, como caballo que se impacienta, ciñó el viento con la vela y hendió con su afilada proa las tranquilas aguas.

El viejo, entornando los ojos, miraba con creciente ansiedad; pero nada descubría. La distancia á tierra, poco más de una milla, era poca cosa para un nadador como Pedro, y no tenía miedo de que le hubieran faltado las fuerzas; un calambre... tampoco era de temer.—«Sin duda—pensó—que se tiraría al mar en cuanto yo me quedé dormido... y, en ese caso, es seguro que llegó á tierra hace tiempo; que se puso el traje nuevo; que cogió sus ahorros, y que carretera adelante camina ya en busca del ferrocarril.»

Poco faltaba á la Carlota para ganar la costa, cuando el señor Jaime creyó distinguir un objeto informe que se movía á impulsos del agua.—«¿Qué es aquello que se ve allí, Jaime?»—se dijo sintiendo que el corazón le saltaba del pecho.—«Aquello... aquello es... A ver: orza... orza un poco, Jaime... Así... ¡Qué el diablo me lleve si aquello que sube y baja en el agua no es...!»

Y el pobre viejo, con voz que la alegría hacía parecer desesperada, empezó á gritar:—«¡Pedro!... ¡Pedro!... Sí, sí; es Pedro, es mi Pedro...»

La Carlota, con su rápido andar, acortaba por momentos la distancia que la separaba del objeto que flotaba en las aguas.

El señor Jaime, abandonando el timón y la vela, saltó por encima de los bancos, hasta la proa de la lancha.

La Carlota, falta del impulso del viento, y sólo con la velocidad adquirida, llegó hasta el cuerpo del infortunado Pedro, que, ahogado, era mecido por el agua, dándole suavemente con la roda, como si quisiera acariciarlo.

El desdichado padre, al ver que aquel cadáver era el de su hijo, el de su Pedro... abrió los brazos y, sin proferir ni una exclamación, cayó de espaldas en la lancha.

La Carlota siguió rozando el cuerpo del pobre Pedro, como si quisiera decirle que estaba allí... que subiera á su bordo para reanudar la marcha...

IV

Desde aquella terrible tarde en que, á hombros, había subido á la casuca á su pobre Pedro; desde aquella terrible noche que pasó él solo velando el cadáver de su hijo; desde que, al día siguiente, le hubo dejado enterrado junto á su madre, el señor Jaime no había vuelto á entrar en su casa, á la cual ya miraba como á panteón de su felicidad. Aquella noche espantosa, el pobre viejo creyó volverse loco, y no aseguramos nosotros que su razón quedara muy completa.

Tampoco volvió á embarcarse en la Carlota; la vela, los remos y el timón fueron trasladados á la habitación que hacía las veces de almacén, y ella fué amarrada en su pequeño puerto, al abrigo de unas elevadas rocas.

Flaco, encorvado, perdidas por completo las energías, aniquilado, en suma, pasaba la mayor parte del día en el pequeño cementerio del pueblo, donde su mujer y su hijo estaban enterrados el uno junto al otro. Por las noches dábase á vagar por los acantilados, y cuando el cansancio le rendía, íbase hacia la casuca, se echaba junto á ella y desde allí contemplaba el mar, desde allí miraba á la Carlota, que, amarrada, parecía participar de las tristezas de su dueño. En el bolsillo guardaba la llave de su morada; pero un día que quiso entrar en ella, creyó morir; no pudo atravesar el umbral de aquella puerta, no se atrevió á turbar el silencio de muerte que allí dentro reinaba.

Gastadas las economías de Pedro en su entierro, el señor Jaime carecía de recursos; pero no por eso, al pronto, le faltó lo indispensable: los vecinos, los otros pescadores de la aldea y las mujeres, sobre todo, desvivíanse por atender al pobre viejo... ¡Era tan desgraciado! La una un poco de pan; la otra un pedazo de carne; aquí le hacían entrar hoy para que comiera caliente; allá apartaban un poco de la cena, y Pepina, la chica mayor de la casa, echaba hacia él acantilado en busca del señor Jaime, para que se lo comiera. Pero poco á poco, y á medida que la terrible impresión que causó la muerte de Pedro se fué borrando de la memoria de las gentes, algunos dieron en observar que, unos más, otros menos, todos tenían desgracias que contar; que había que conformarse con ellas, y que ya iba siendo hora de que el señor Jaime se conformara con la suya: ni era el único padre que había perdido á su hijo, ni lo sería. Tenía casa, y si no entraba en ella, era porque no le daba la gana; porque todo aquello de que se moriría de pena allí dentro y demás cosas que decía, no eran más que tonterías; todos tenían casas, y no porque se muriera alguno de la familia se iban los demás á vivir al campo. Tenía una hermosa lancha, que podía vender, ya que él era demasiado viejo para ir solo á pescar; porque todo aquello de no quererse desprender de ella, porque la lancha era como algo suyo, de lo que no podría desprenderse sin perder la vida, no eran más que chocheces de viejo. En el pueblo había muchos que cuando vinieron mal dadas, tuvieron que vender la lancha y todo lo que fué preciso para poder subsistir, y por eso nadie se murió, que precisamente para no morirse es para lo que la vendieron. Y, sobre todo, ¡qué caramba!, ellos eran pobres también y harto hacían con remediarse ellos mismos.

En medio de la indiferencia que por todo sentía, en medio del estado de idiotez en que el viejo cayó, no dejaba de alcanzársele que tenían razón; así, pues, para acabar con las murmuraciones, decidió aceptar el puesto que, para guardar las vacas, le ofreció el alcalde de la aldea, contemporáneo suyo y amigo de la niñez. «Después de todo, ¿qué más podía apetecer? Vivir siempre en el campo, entre aquellos animales, más nobles que la mayoría de las personas.» Empezó su nueva vida; el pescador trocóse en apacentador de vacas. Todas las mañanas, al amanecer, íbase hacia el monte con ellas, llevando en un zurroncillo el modesto yantar del día. Pero es el caso que, dondequiera que se hallaba, el pensamiento del viejo estaba siempre muy lejos, y, por lo tanto, poca ó ninguna atención prestaba al ganado, que campaba por sus respetos; con frecuencia le ocurría que, llegada la noche, no se daba cuenta de que el ganado, cansado de esperar, se echaba á dormir en el campo. Más de una vez tuvo que ir el hijo del alcalde en su busca; y era de oir al muchacho:

—¡Eh, señor Jaime!... ¿Se ha quedado usted dormido ó es que está usted chocho?

Volvía en sí, sobresaltado, el señor Jaime; sonreía dulcemente, por toda respuesta, á las groseras palabras del pilluelo, y recogiendo el ganado volvía á casa, donde aún había de escuchar cosas más desagradables.

Estas y otras causas dieron lugar á que el alcalde le tratara cada vez más áspera y desconsideradamente, diciendo que el abuelo estaba ya chiflado y no servía para nada. No recordaba, al hablar y al proceder como lo hacía, que ambos habían jugado juntos siendo niños; no recordaba que se distinguieron, entre todos los chicos de la aldea, por el gran cariño que se profesaban; por regla general, el corazón del hombre no se acuerda nunca de cuando fué corazón de niño... ¡Qué lástima!

Los pilluelos de la aldea le hacían burla y le tiraban piedras. Él los miraba sin enojo y sonreía, sonreía tiernamente al contemplarlos y no se quejaba de las pedradas que recibía; él también había tenido un niño, un precioso chiquillo, tan guapo como su madre... que sabe Dios si alguna vez habría tirado también piedras contra algún pobre viejo. Pero no; Pedro no había tirado nunca piedras contra un desvalido, que ni su madre ni él le habían permitido nunca tal desmán.

Un día, no pudiendo ya sobreponerse á la angustia que le dominaba, el señor Jaime, después que hubo encerrado el ganado y que hubo escuchado unos cuantos insultos de todos los de la casa, que ya le trataban como á un idiota, salióse sigilosamente de ella y se fué á los acantilados, al lado de su querida casita, junto á la cual durmió. ¡Qué consuelo sintió junto á ella! Momentos hubo en que creyó oir rechinar la puerta y que su Carlota y su Pedro salían á buscarle tendiendo sus amorosos brazos para aprisionarle en ellos. ¡Pero todo fué un sueño! Allá abajo estaba la lancha amarrada en su puertecito.

Al otro día, en toda la mañana se movió del mismo sitio. Sentado en el suelo, con las piernas recogidas, los brazos cruzados sobre las rodillas y apoyada en ellos la cabeza, el señor Jaime parecía madurar algún proyecto, alguna resolución extrema. Por la tarde viósele por el campo recogiendo florecillas silvestres, que, más tarde, fué á depositar sobre las tumbas de los seres queridos, ante las que se le vió orar fervorosamente; al anochecer volvió al acantilado.

V

Serían las doce de la noche, cuando el señor Jaime, con paso vacilante, se acercó á su antigua morada. Con mano temblorosa buscó la llave en uno de los bolsillos de su derrotado pantalón, y no sin gran trabajo, la introdujo en la cerradura, que resistió al primer intento; cedió, por fin, al segundo, y la puerta se abrió, no sin gran escándalo de sus mohosos goznes.

Precipitóse el anciano, más bien por desfallecimiento de sus energías que por mandato de la voluntad, en la primera habitación, y dejándose caer sobre el banco que en otro tiempo sirviera de mesa á él y á su hijo, prorrumpió en convulsivos sollozos.

Largo rato permaneció en aquel estado. Cuando el caudal de sus lágrimas se hubo agotado, incorporóse penosamente y con la vista recorrió la estancia, mirando amorosamente los objetos que en ella había: allí estaba todo, todo lo que había sido testigo de su felicidad.

Un profundo suspiro, un quejido del alma desgarrada resonó en aquel cuartucho.

El señor Jaime, cambiando de aspecto y recobrando, al parecer, sus perdidas energías, dió á entender con su nueva actitud que alguna resolución inquebrantable le había llevado allí. En efecto: empezó á recoger todos cuantos muebles y objetos de madera había en la casa y con ellos formó un montón junto á uno de los tabiques, hecho de tablas; bajo ellos puso la vela de la Carlota, y sobre ella arrojó el alquitrán que contenía un pequeño cubo que en un rincón había; recogió los remos y, arrastrándolos por uno de sus extremos, los sacó fuera de la casa; descansó unos momentos y después los condujo, con no poco trabajo, hasta la embarcación.

¡Pobre Carlota! Despintada completamente, parecía haber envejecido tanto como el amo. Al sentir que aquél volvía á su bordo, mecióse suavemente en el agua, sintiéndose revivir. El señor Jaime sufrió una nueva congoja. Repuesto de ella y una vez embarcados los remos, empezó una nueva tarea; la de lastrar la lancha con gruesos pedazos de roca desprendidos de las peñas. Cuando el calado de la Carlota hubo aumentado, á juicio del señor Jaime, lo necesario, suspendió la operación y regresó á la casuca. A lo lejos se sintió el reloj de la iglesia que daba dos campanadas lentas y solemnes...

Entró el viejo en la casa; pasó una última mirada por su recinto; cogió del hogar un cuchillo de afilada punta, que se puso en la faja, buscó en sus bolsillos una mugrienta caja de fósforos, encendió uno y lo aplicó á la vela impregnada de alquitrán. Cuando vió que las llamas hacían presa en los objetos amontonados encima, salió de la casa, cuya puerta cerró con llave y descendió lo más rápidamente que pudo hasta la Carlota. Una vez en ella, de pie, mirando hacia la casa, esperó.

El semblante fúnebre, amarillo, del señor Jaime había cambiado completamente de expresión: sonreía y parecía el ser más feliz de la tierra; sus ojos habían recobrado el brillo y la viveza de la juventud, y un ligero tinte sonrosado cubría sus mejillas.

Del interior de la casa empezaron á salir por sus muchas grietas y rendijas, hilos de espeso y negro humo; poco después vióse brillar en el tejado un punto rojo.

—¡Ahora!—exclamó el viejo. Con el cuchillo cortó las amarras de la lancha, y con un remo fincó con fuerza para sacar á la Carlota de su puertecito. Cuando ésta salió al mar, el marinero colocó los remos en los toletes y empezó á bogar lentamente. El punto rojo que apareciera en la techumbre de la casa fuése bien pronto agrandando, hasta convertirse en un penacho de llamas.

El señor Jaime, desde el banco en que remaba, veía cómo éstas devoraban el hogar en que nació.

Cuando por la intensidad del fuego comprendió que ya nada ni nadie podría salvarla, el viejo marinero dejó de remar; quitó los remos y los dejó sobre los bancos. La Carlota, que navegaba perezosamente á causa de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los remos... ¡ella, que siempre navegó rápida y gallarda con la vela!, se detuvo casi instantáneamente.

—Ahora nosotros, todos los que quedamos, á un tiempo—murmuró el señor Jaime.

Con un pedazo de cuerda ató los remos fuertemente á uno de los bancos; después, con otra cuerda, ató sus pies al palo de la lancha. Miró nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas empezaba á decrecer por falta de combustible, sacó el cuchillo de la faja, y, arrodillándose, empezó á quitar madera de junto á la quilla, con la afilada punta.

Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna á su paso. Allá, á lo lejos, se veían las llamas que consumían los restos de la casuca; algunos vecinos se movían junto á ella, como sombras proyectadas por una linterna mágica.

El señor Jaime trabajaba con afán, y, por fin, el agua empezó á penetrar en la lancha: poco á poco, primero; más rápidamente, después.

El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruzó las manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclamó con voz entrecortada por los sollozos:—«Al fin vamos á reunirnos de nuevo.»

El agua, precipitándose por encima de las bordas de la Carlota, hundió á ésta rápidamente, ahogando las últimas palabras del infeliz pescador.

Bajo las aguas sintióse al desgraciado agitarse desesperadamente durante unos segundos; después... ¡nada!... El agua recobró su alterada tranquilidad...

El fuego habíase ya extinguido... La luna, horrorizada, negó su luz al terrible cuadro, ocultándose tras un negro nubarrón...


Al amanecer, un vaporcito mercante pasó por aquel lugar, revolviendo con las paletas de su hélice las tranquilas aguas, que amorosas guardaban en su seno al viejo pescador...

Epílogo.

Han pasado quince años. Rodaleda, sintiendo el influjo de la vecina capital, que había llegado á ser uno de los principales puntos de veraneo, había progresado de una manera notable.

El pueblo, en sí, permanecía el mismo; que en esto sucede con los pueblos lo que con las personas: unas se transforman con los años, otras permanecen apegadas á su tiempo y sus ranciedades; pero, en cambio, toda la parte de la costa había variado completamente de aspecto. La carretera había sido arreglada. A lo largo de ésta se habían edificado numerosos hoteles y casas de recreo, con bellos jardines y pequeños muelles, los que estaban en el lado del mar. Numerosos coches y automóviles circulaban por aquel camino; un tranvía eléctrico corría por el lado izquierdo, hasta el monte Padruco, en el que se había edificado un hermoso «Hotel para viajeros» y donde existían algunos restaurants para recreo de los veraneantes que concurrían á ellos para comer, disfrutando de un panorama bellísimo.

Un lujoso faetón, arrastrado por dos hermosos caballos bayos, avanzaba por la carretera en dirección á Rodaleda. Ocupaban el pescante un señor gordo, mofletudo, ya encanecido, que era el que guiaba, y una hermosa mujer que, al parecer, había entrado ya en el otoño de la vida; detrás de ellos un menudo lacayo avisaba con agudas voces á los peatones que se interponían ante el coche.

Al llegar á la entrada de Rodaleda, frente por frente á la casa que habitara Julia, el señor detuvo violentamente los caballos. El lacayo, saltando con ligereza al suelo, corrió á sujetar de las riendas á los fogosos animales.

Descendió el caballero trabajosamente, y dió la mano á la señora para que lo hiciera.

—¿Es aquí?—preguntó el acompañante de la señora.

—¡Sí!—replicó ella, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de la casa.

El señor, acercándose á los caballos, dióles algunas palmadas en el cuello, llamándolos al mismo tiempo por sus nombres; después siguió á la señora, que no era otra que Julia, la bella aldeana de otros tiempos.

Hallábase ésta perpleja é indecisa ante la puerta cuando llegó él.

—¿Qué pasa?—preguntó.

—¡Que la puerta está cerrada!

—¡Bah!

Tanteó el caballero la resistencia que podía ofrecer aquélla, con un empujón, y viendo que ésta no podía ser mucha, le aplicó una fuerte patada; la puerta, medio carcomida por el tiempo, se abrió de par en par.

—¡Ya está abierta!... Ya puedes entrar... y despachar cuanto antes. Mira que es gusto venir á recrearse en cosas viejas, feas... y desagradables. No comprendo que se tenga capricho en ver los lugares donde se han pasado miserias y privaciones.

—Hombre... ¡es la casa donde nací!

—Sí, no digo que no; pero la casa donde naciste se halla en la actualidad con el techo hundido, cayéndose de vieja... y llena de alimañas.

—¡Pues no entres tú!—dijo Julia algo contrariada.

—De eso puedes estar bien segura. Por eso te he dicho que despaches pronto.

Y el caballero volvió hacia el coche, mientras Julia, previo remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cántaro; el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y derrengada mesa. Julia contempló los objetos de aquella estancia y acto continuo penetró en la alcoba. El primer objeto en que se fijó su vista fué el collar que permanecía sobre la almohada tal y como Pedro lo había dejado. Lo cogió con mano temblorosa y estuvo mirándolo largo rato.

—«Yo creí que lo había perdido aquel día—dijo limpiándolo con su fino pañuelo de batista.—¡Pobre Pedro!... ¡Pobre niño!...—murmuró con emoción.

Julia, sintiendo su corazón angustiado, guardó en el seno el collar y salió á la primera habitación; paseó su mirada por ella nuevamente... y en seguida traspuso la puerta de entrada.

—Vamos, ¿has terminado?—dijo al verla salir el caballero, con tono de aburrimiento.

—Sí, hombre, sí; ya he terminado—respondió Julia maquinalmente y absorbida, al parecer, por un pensamiento.

—¿Qué te ocurre ahora?

—Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no sé cómo podremos cerrarla.

El caballero prorrumpió en ruidosas carcajadas; cuando hubo reído á su gusto, exclamó:

—Ten cuidado no te vayan á robar.

—No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no quiero dejarla á merced de nadie.

Nueva explosión de risa en el señor gordo. Julia, encendida como la grana, mirábale con ira... con odio. En aquel momento, un jovenzuelo flaco, sucio y desarrapado, se acercó tímidamente, mirando fijamente á Julia.

—Ahora que esto se está poniendo de moda y que se está construyendo tanto por aquí, pronto harán desaparecer ese adefesio, para levantar en su lugar alguna buena finca.

—Ese adefesio es mío, y nadie podrá hacerlo desaparecer sin mi consentimiento; y el que quiera edificar una buena finca, no lo hará seguramente en este solar.

El caballero, sin parar su atención en el tono agresivo de Julia, se encogió de hombros. Julia habíase fijado en aquel jovenzuelo que, á pocos pasos, estaba mirándola embelesado. Acercóse á él; aquel rostro no le era desconocido.

—¿Cómo se llama usted?—preguntó Julia al individuo en cuestión.

—Pascual—contestó tímidamente el interrogado.

—¿El hijo de la Pepona?

El jovenzuelo contestó que sí con un movimiento de cabeza, sin dejar de mirar á Julia ni un momento.

—¿No te acuerdas de mí?—preguntó ésta.

Movimiento de duda en el aludido.

—Soy Julia... Julia... ¿No te acuerdas?

El muchacho asintió con otro movimiento de cabeza, pues el hablar parecía habérsele bajado á los talones, y siguió mirando como si estuviera hipnotizado.

Pensó Julia un momento y luego, encarándose con Pascual, le dijo:

—Te voy á dar un encargo, ¿lo cumplirás? ¿Sí? Bueno, pues mira: toma este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva dentro de dos ó tres días, ¿me entiendes? No te pesará. He de hablar contigo y has de contarme muchas cosas.

La voz del caballero resonó malhumorada, diciendo:

—A este paso nos tendremos que volver á casa sin llegar al Padruco... ¡Vaya una tardecita!

Separóse Julia de Pascual, después de cambiar con él las últimas palabras, y corrió hacia el hombre gordo.

—¡Qué impaciente eres, hijo mío!—dijo subiendo al carruaje.

—¡Y tú qué pesada!—replicó él ocupando su asiento en el pescante, junto á Julia.—¿Y quién es ese personaje con el que te has mostrado tan generosa?

—Ese personaje era hace quince años un rapacillo—respondió Julia dando un suspiro.

—¿Te vas á poner tierna ahora?

—¿Y por qué no? Recordando aquellos tiempos...

—Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas á contar la historia del imbécil del pescador que se mató...

—Tú no te matarías, si yo te abandonara, ¿verdad?

—¡No, por cierto!

—Porque tú no me quieres como me quería aquél.

—No sé si te quiero más ó menos; pero lo que si sé, es que si todos los que has querido y has abandonado... ó te han abandonado, hasta nuestros días... se hubieran matado, excuso decirte.

Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono despectivo, sintió que la sangre se agolpaba en el corazón; sintió un arrebato de ira que la impulsaba á insultarle; pero la dignidad, maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisión á los amos, durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse.

Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas, y al través de ellas vió la dulce imagen de Pedro.

El señor gordo volvió la cabeza para mirar á Julia, y al verla en aquella actitud, exclamó con tono agrio:

—Si vas á tomarlo por lo dramático, más vale que te tires al mar, chiquilla.

Julia comprendió que se la avisaba de que no era aquella su misión; su misión junto al amo era la de sonreir y alegrarle la vida; si tenía penas, allá ella con las que fueran; él no tenía nada que ver con eso.

—Vas llamando la atención... y la cosa no es muy agradable.

Efectivamente: los ocupantes de otros carruajes que se cruzaban con el del señor gordo, fijábanse en Julia.

Esta, comprendiéndolo, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí misma, y la sonriente máscara, eterna careta de su vida, volvió á su rostro; tragó su asco, su odio hacia aquel hombre que tan groseramente la había tratado, que tan brutalmente le había recordado su esclavitud, y las palabras alegres y cariñosas volvieron á brotar de sus labios para complacerle.

¿Para qué disgustarle, para qué romper la cadena, si detrás de aquél tendría que venir otro que sería igual?

El señor gordo, para desfogar su disgusto, fustigó fuertemente á los caballos, que, no acostumbrados á un trato semejante, salieron al galope, arrastrando velozmente al carruaje, entre una densa polvareda, hacia el monte Padruco...

Juan Pacheco

La operación fué laboriosa; pero al fin se consiguió extraer la bala, que había penetrado en la parte superior del muslo derecho del soldado Juan Pacheco, más conocido por el sobrenombre de Pelotón desde que, por su larga permanencia en el de los torpes, había llegado éste á estar constituído por él solamente.

Con sumo cuidado se le condujo desde la sala de operaciones del hospital militar en que se hallaba, á una de las camas preparadas para recibir á los heridos de la acción librada pocas horas antes.

Cuando los efectos del cloroformo se extinguieron, Pelotón, á causa de los violentos dolores que sentía en la herida, pues la bala había interesado el hueso, empezó á quejarse con toda la fuerza de sus pulmones, que era mucha, pues los tenía capaces de dar cabida á un ciclón.

Al oir los quejidos del herido, una hermana que á prevención había quedado junto al lecho, trató de consolarle amorosamente:

—Tenga paciencia, hermano, que otros han sufrido mucho más... ¿Qué sabe usted lo que son dolores fuertes?—decíale como supremo argumento.

Suspendió Pelotón unos segundos sus lastimeros lamentos para mirar con ojos extraviados á la hermana, como dando á entender que no le parecía una razón muy convincente el que otros hubieran sufrido más, para que él no estuviera viendo las estrellas.

La fuerza del dolor y el estado de debilidad en que el herido se encontraba, pronto le dejaron sumido en un estado grande de postración.

Cuando Pelotón abrió los ojos nuevamente, el primer quejido de la serie que se disponía á lanzar, quedó contenido en sus labios por la sorpresa que experimentó.

Entre las muchas señoras que caritativa y generosamente desempeñaban el cargo de enfermeras en aquel hospital, había una, llamada Doña Amparo, que atraía la atención de cuantos la veían, por su radiante hermosura. Se podía apostar, sin miedo á perder, que no tenía más de veinticinco años. Morena, de ojos grandes y negros, como su pelo, que cubría, en parte, con una cofia blanca como la nieve. Su semblante, algo aniñado, tenía una expresión dulce y bondadosa, la sonrisa, un poco tristona, jugueteaba continuamente en sus finos y rojos labios. Si hubiera sido más alta, habría parecido delgada; pero, dada su mediana estatura, sus carnes estaban en lo justo para que las formas guardaran un admirable concierto. Era el tono de su voz tan suave y persuasivo, que, cuando suplicaba algo, era una orden para el que la oía. El aroma de todas las flores de la tierra parecía encerrado en aquella mujer, y no había allí herido alguno que no sintiera aliviarse sus sufrimientos cuando ella se acercaba: tal era la mujer que Pelotón vió ante sí.

Doña Amparito, como la llamaban más comúnmente, enfriaba con la cuchara el caldo de una taza que tenía en la mano.

—¿Se siente usted más aliviado?—preguntó á Pelotón.

Este, sintiendo que la lengua se le volvía un estropajo, contestó con un movimiento afirmativo de cabeza.

—Pues á tomar ahora este caldito y á seguir descansando... ¿verdad?

Y decía aquello de una manera, con un tonillo, que no había más remedio que tomarse el caldo sin replicar.

Desde aquel momento, Doña Amparito vino á ser una obsesión para el pobre soldado, y éste á convertirse en el punto negro de las hermanas de la Caridad y de las demás enfermeras; todas temblaban cuando tenían que acercarse á la cama de Pelotón para algo.

El herido oponía una resistencia heroica á tomar nada que no viniera de manos de la bella enfermera. ¿Qué culpa tenía él de que los alimentos le nutrieran más... de que las medicinas le produjesen mejor efecto cuando ella se las daba que cuando se las daban las otras?

Y no es que las demás señoras, como las hermanas, no fueran cariñosas con él... ¡qué disparate!...; es que aquélla... aquélla tenía un modo de hacer las cosas que... ¡vamos!... él no se lo sabía explicar, pero cuando ella se acercaba, con ella venía la salud, la vida, la alegría... ¡Si daba gusto sufrir para que ella consolara con sus palabras llenas de amor y de ternura! ¿Es que tenía él la culpa de tener fe en que con sus cuidados se había de poner bueno? ¿Que las hermanas se enfadaban? ¿Que los médicos le reñían? ¿Que ella misma le había reprendido alguna vez por su terquedad? Ella, hasta regañando, daba gusto oirla, y en cuanto á los demás... ¡los demás, que le presentaran el artículo de las Ordenanzas en que se prohibía tener fe en una persona! ¡Porque fe y nada más era lo que él sentía por aquella señora tan guapa! Y decían que era viuda de un capitán, muerto en la campaña aquella, y que por honrar la memoria de su esposo se había consagrado á cuidar á los heridos mientras durara la guerra.

—¡Viuda!—decíase Pelotón.—¡Qué cochino enemigo habrá sido el que ha matado al marido! ¡Pobrecita!

Llegó para Pelotón el terrible momento: había quedado cojo; pero estaba curado, dado de alta, con la licencia absoluta en el canuto y con una cruz en el pecho.


Mohino y cabizbajo salió Juan del hospital. No sabía lo que le pasaba; iba triste, y no sabía por qué. Al abandonar el hospital le parecía abandonar el lugar de toda alegría y de toda felicidad que pudiera haber en la tierra. De todos se había despedido, y aunque aún le sonaba en los oídos el tono socarrón con que el médico le había dicho: «Cuídate, Pelotón, que aunque estás curado... no estás bueno», lo que aún le parecía estar oyendo eran las palabras de ella:—«Ya ha cumplido usted con la patria; ahora á cumplir con los padres... y con la novia, porque usted tendrá novia.»—¡Congrio, si tenía novia!... ¡La moza más garrida y más guapa de Cornejilla la Vieja!... Y por cierto, que Dolores, que así se llamaba, no debía estar muy satisfecha del novio, porque, á decir verdad, las cartas que la había escrito desde el hospital habían sido bien cortas... y bien lacónicas.

II

Describir, ¡qué digo describir!, dar idea, siquiera aproximada, del entusiasmo con que fué recibido Pelotón en Cornejilla la Vieja, sería tarea punto menos que imposible. Chillando los chicos delante, gritando los hombres detrás, y saludando con los pañuelos, desde puertas y ventanas, las mujeres, fué llevado en hombros hasta el Ayuntamiento, donde fué agasajado y festejado por demás.

Allí, en el salón de sesiones, en medio de un griterío ensordecedor, el Alcalde propuso que se diera á la plaza del pueblo el nombre de Juan Pacheco; un concejal dijo que era mucho mejor asignarle una pensión; otro, que hacer las dos cosas; por último, se acordó dejar el asunto para la primera sesión.

En todo aquel día pudo Juan disponer cinco minutos de su persona; todos le asediaban con preguntas y más preguntas, y más de cien veces tuvo que repetir cómo había recibido la herida.

¿Y por la noche en casa de Dolores? Si apenas pudo preguntarla:

—¡Hola!... ¿Cómo estás, chica?

Nada; á contar de nuevo la acción, y á decir cómo había luchado contra dos... y cómo á los dos los había hecho polvo; cosa que no le parecía de mayor cuantía, porque es lo que decía él:

—El que uno sea torpe pa aprender la instrucción no es razón pa no ser listo en dar leña antes que se la den á uno.

El caso es que Pelotón seguía siempre el relato hasta su salida del hospital, y que, si bien era parco en lo que al hecho de armas se refería, era de oir cómo se eternizaba hablando de Doña Amparito.

Contemplábale Dolores con ojos fijos, y oíale sin rechistar. No parecía muy contenta la moza, que digamos, y algún pesar oculto parecía dominarla.

Los cinco ó seis primeros días fueron de ajetreo continuo para el héroe: hoy comía aquí, mañana cenaba allá... Y luego, á casa de la novia, á repetir el hecho ante los padres y las visitas, y á entusiasmarse hablando de la linda enfermera. Dolores, que en los días transcurridos aun no había escuchado de su novio ni una palabra cariñosa, hacía puntilla, sin levantar cabeza en todo el rato.

Al séptimo día, el mozo decidió quitarse ya el uniforme y vestir, como antaño, el pantalón de pana y el chaquetón de paño burdo; lo cual que fué como dar la señal para que empezara á decaer el entusiasmo público, y para que el Ayuntamiento, que aun no se había puesto de acuerdo, cesara en las discusiones de que si había de ser el nombre á la plaza, la pensión, ó las dos cosas á la vez.

Aquella noche hubo protestas por parte de los padres de la novia, porque se había quitado las prendas militares. Dolores, que parecía muy nerviosa, nada dijo, y escuchó por milésima vez los elogios que su novio hacía de aquella tan decantada Amparito.

A la hora de despedirse, y cuando le llegó el turno á ella, díjole á Pelotón, muy bajito:

—Juan, si quieres hacer el favor, espera junto á la reja de mi cuarto, que he de hablarte sin que nadie nos oiga.

Algo le sorprendió al mozo el encargo; pero cumplióle y esperó donde se le había pedido.

Poco tardó Dolores en salir á la ventana llevando un paquetito en las manos. Al verla Juan, exclamó:

—Más impaciente me tenías, que el día que te esperé aquí mismo pa que me dijeras que sí... que me querías... ¿Qué te sucede?

—Poca cosa—replicó Dolores, con no poca sequedad—. Quería, en primer lugar, darte este paquete.

Tomó Juan el paquete que Dolores le alargaba, y examinando el contenido, lanzó una exclamación:

—¡Congrio...! ¡Estas son mis cartas!

—Y todos cuantos regalos tengo tuyos—añadió Dolores.

—¿Es que no tienes sitio pa guardarlos?

—Lo he tenido, y lo tengo... pero no sé si lo tendré en lo sucesivo.

—¿Qué quiés decir con eso?

—Que todo tiene su límite, Juan, y que mi paciencia ha llegado al suyo; que desde que has venido no sabes hablar más que de tu bendita Doña Amparo, sin que hayas encontrado ocasión de decirme: «Dolores, cuánto he penao porque no te veía». Que, sin saberlo, nos has enterado á todos de que estabas enamorao como un burro, que cada uno se enamora como lo que es, de tu Doña Amparito, y que, como yo soy moza que tiene derecho á que el hombre que se case con ella no piense más que en su mujer, pues se me ha ocurrido que tú debes volverte á la guerra á que te den otro tiro, ó marcharte donde quieras... porque ¡vamos! que tú á mí... ¡tú á mí no me cuentas más lo que te ha pasado con ella!

Y la hermosa hembra, echando lumbre por la cara, cerró con fuerza la ventana.

Juan, que parecía haberse quedado atontado con aquel discurso, quiso impedirlo con la mano; pero sólo consiguió que medio le pillara un dedo.

Sacudió la mano con fuerza, y chupóse después el dedo para mitigar el dolor que, á lo que parece, sirvió para devolverle el habla.

—¡¡Recongrio...!! ¿Pues no se atreve á decir que estoy enamorao de la otra...? Lo que tú tienes es que estás enrabiada porque ves que yo... y que ella... y que tú... ¡Y que puedes esperar sentada, si piensas que yo he de venir á rogarte...! ¡A mí con humos...!

Y Pelotón, recogiendo el paquete que había dejado caer al suelo por la fuerza del dolor del dedo, salió de allí botando, y tan deprisa como le permitía su cojera.

III

Sentados á la sombra de un mísero y solitario olivo, Pelotón y Meleno descansaban de la labor del campo y daban fin de un menguado almuerzo; mejor dicho, Meleno era el que lo consumía casi por entero, porque á la legua se veía que Juan no podía tragar bocado, según lo tristón y cariacontecido que se hallaba.

Su padre era el dueño de la única tahona que había en el pueblo, y él alternaba el trabajo de la fabricación del pan con la labranza de algunas tierras que tenían, en las que sembraban trigo, que luego empleaban en el negocio.

—¿Y nada más te dijo?—preguntó Meleno, que así le llamaban por el horror que tenía á cortarse el pelo, engullendo un pedazo enorme de tortilla.

—¡Nada más!—suspiró Pelotón.—Después cerró la ventana con tanto aire, que me cogió este dedo... y mira cómo tengo la uña: parece de pez, por lo negra.

—Pues... ¿sabes lo que te digo?—respondió Meleno.

—¿Qué?

—Que la Dolores no te ha obsequiao con las calabazas por lo que me has dicho.

—¿Por qué iba á ser, entonces?

—Porque ella sabe muy bien que es la moza más hermosa del pueblo; porque ella es muy presumidica... ¡y razón tiene para serlo!..., y porque se me está figurando que desde que te ha visto cojo se le ha ido todo el amor por los talones.

—¡Congrio!... ¡Tú has dao en el clavo, Meleno!—dijo Pelotón dando un berrido.—¡Mira que confundir el amor con el agradecimiento!... ¡Hay que ver!

—Se comprende que te hubieras enamorao, si hubieras sido capitán, pongo por caso...

—¡Siquiá teniente; hombre, siquiá teniente!

—¡Pero siendo un triste soldao!

—¡Y pensar que en estas tierras que labramos ha de nacer el trigo con que, en casa, he de amasar el pan que se ha de comer esa descastada!

—Y el burro de su marido; porque es de suponer que no la faltará con quien casarse.

—Si fuera pa la otra, Meleno, ¡con qué gusto lo amasaría... y con qué gusto metería mi corazón dentro de una libreta pa que ella se lo comiera!—dijo Juan soltando unos lagrimones.

—¡Eso es agradecimiento! Aquí quisiera yo ver á la Dolores, á ver si se atrevía á decir que estabas enamorao... ¡Pero, en fin, á lo hecho, pecho... y no pienses más en ello!

Pelotón, sin replicar palabra, clavó el arado en la tierra, empuñó las riendas y la mancera y, arreando la yunta, empezó de nuevo su trabajo abriendo profundos surcos en el suelo, que iba regando con lágrimas...


No obstante lo afirmado por Meleno, pasó tiempo, y hay quien asegura que Dolores sigue soltera, y no por falta de pretendientes...

Dolores
(Segunda parte de «Juan Pacheco».)

Firme y decidido era el propósito que habíamos hecho de no volver á Cornejilla la Vieja por nada de este mundo; pero tales y tan alarmantes son las noticias que llegan hasta nosotros acerca de nuestro antiguo amigo Juan Pacheco, que nos vemos obligados á quebrantar nuestros propósitos, en gracia á la antigua y buena amistad que con él nos une.

Desesperado, en efecto, anda el bueno de Pelotón. La noche que Dolores le había puesto de patitas en la calle, dándole aquellas tan grandes calabazas, firmemente había creído Juan que aquello no había sido sino hijo del orgullo y de la soberbia, del despecho que había causado en la moza el oir ponderar tanto las excelencias de aquella Doña Amparito, que tan solícita y cariñosamente le había cuidado en el hospital; y por eso Juan, tachando aquel acto de arbitrario y falto de toda razón y fundamento, se había ido á su casa chupándose el dedo que medio le había espachurrado con la ventana, y afirmando, con toda la entereza propia de un varón ofendido, que no sería él quien diera su brazo á torcer, ni fuera á doblar la cabeza en demanda de olvido y reconciliación.

—«¿Que ella había tomado el rábano por las hojas, confundiendo la gratitud con el amor? Bueno; pues mejor. Sí, estaba enamorado como un animal, según ella misma había dicho. ¡Todo lo que quisiera! Pero ir él á doblar la cabeza... ¡congrio!... eso sí que no... ¡Pues estaría bueno! Si eso pasaba de solteros, ¿qué iba á suceder después de casados? ¡No, no... y no! Mas no era ese el motivo por el que Dolores había realizado aquel acto, á todas luces injusto; eso no había sido más que un pretexto como otro cualquiera; Meleno se lo había hecho ver bien claro: el verdadero motivo era su cojera; esa, esa era la verdadera madre del cordero, y no otra. Bien claro se veía que aquella arrogante moza, cuya belleza era famosa, no sólo en el pueblo, sino en todo el contorno, tenía á menos casarse con un cojo... ¡Mala peste en ella y en todas las mujeres guapas! Por el solo hecho de ser bonitas, ya creen que todo se lo merecen.»

Pero es el caso, que como en cosas de amor más entereza suele mostrar la mujer que el hombre, resultó que así como Dolores cada vez se mostraba más firme en su resolución, Juan, por el contrario, cada día flaqueaba más en la suya; y fuera porque al no ver ya á la Doña Amparo, que ojos que no ven, corazón que no siente, el recuerdo de ella y la impresión que le causaron se fuera borrando poco á poco del corazón de Juan; fuera porque nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, ó fuera porque, en realidad, nunca había dejado de querer á Dolores, es lo cierto que el hombre empezó á sentir unos desfallecimientos y desmayos que bien parecía que la vida se le iba en ellos; que tan delante de los ojos tenía siempre la imagen de ella, que en todo el día veía otra cosa, y que aquellos desmayos que sentía, trocábanse á veces en raptos de furor que le empujaban hacia casa de la moza para ver con qué derecho le había dado aquellas calabazas. Tomaba, en efecto, el camino de la casa; pero es el caso que siempre, al llegar, sentía desfallecer su entereza y se veía asaltado por mil dudas y vacilaciones. Veinte veces avanzaba y otras tantas retrocedía, hasta que, por último, y renegando de todo lo renegable, íbase á su casa y se ponía á trabajar, asegurando que lo menos que debían hacer con él era ahorcarlo, ya que no tenía valor para ponerse enfrente de Dolores.

El estado en que llegó á verse Juan, repercutió en el pueblo, y no faltó quien propusiera ir á ver á Dolores, para rogarla que volviera de su acuerdo; porque lo cierto era que, desde que Juan estaba tan desesperado, no había Cristo que comprara un panecillo con el peso justo ni con el cocido en su punto.

Recurrir al padre de Juan, dueño de la tahona, era cosa inútil: aparte del cariño paternal que profesaba á su hijo, era tal la admiración que sentía por él, desde que volvió de la guerra en calidad de héroe, que se sentía incapaz de reprender á aquel vástago que tanto lustre daba á la dinastía de los Pachecos de Cornejilla la Vieja.

Se pensó en acudir al Alcalde para que llamara al orden al panadero; pero como quiera que aquél era carnicero, y también se quedaba en el peso con lo que podía, resultó que su llamada al orden sólo sirvió para que el padre de Juan lo mandara á paseo; y como no había más panadería en el pueblo que aquélla, el problema del pan llegó á convertirse en un problema sin solución.

Juan pasaba de los períodos de exaltación á los de un decaimiento profundo con la mayor rapidez; y eran tales sus lamentaciones, en estos últimos, que á buen seguro que de ser él un poco más decidido, ya hubiera hecho un disparate gordo.

Siempre que podía, procuraba hacerse el encontradizo con Dolores; pero de nada le servía, porque la chica le huía como si fuera el demonio.

¿Es que Dolores le había dado calabazas efectivamente porque tuviera á menos casarse con un cojo? ¡No! Dolores seguía queriendo á Juan lo mismo que antes, más quizá, porque también ella admiraba un poquitillo el valor de que Pelotón había dado pruebas en la guerra; pero Dolores estaba herida en lo vivo, desde que se dió cuenta de que su novio estaba enamorado, bien que sin saberlo, de aquella Doña Amparo; y no era ella mujer que sufriera esto. Sufría tanto ó más que Juan; pero no se daba á los arrebatos que éste: guardaba sus penas en el corazón, para ella sola, y mostrábase afable y cariñosa con las gentes; al revés que Juan, que no había guapo que se acercara á decirle una palabra.

No pasó inadvertida, ni mucho menos, para la chica, la mudanza que se operaba en su ex novio, y que éste cada vez podía menos vivir sin ella; pero guardábase muy bien de que él encontrara ocasión de hablarla: muy segura tenía que estar de que Juan había vuelto á la realidad para perdonarlo... ¡aunque se estuviera muriendo por hacerlo. ¿Que Juan sufría mucho? ¡Más había sufrido ella oyendo aquellos interminables relatos de lo que le había sucedido con aquella bendita señora!

Al fin, sucedió lo que tenía que suceder, tratándose de una moza tan hermosa como Dolores: los mozos del pueblo, que al principio se habían abstenido de decirla nada, pensando que la riña con Juan sería cosa pasajera, al ver que ésta se prolongaba y que ello parecía cosa seria, empezaron á cortejar á la moza.

Esquiva se mostró ella con todos, y no muy decididos ellos; pero al fin, hubo uno que se aventuró á espetarla su declaración.

Cuando esto llegó á oídos de Juan, creyó que se volvía loco; pero cuando creyó rabiar, fué cuando supo que el atrevido había sido Meleno... ¡su mejor amigo!

Saber esto, y echar á correr hacia una tierra en la que el Meleno se hallaba binando tranquilamente, fué todo uno.

Cuando Meleno se vió venir á Juan, en aquella actitud tan fiera, tembló por sus narices, pues demasiado sabía á lo que venía, y los puños que tenía. «Pero, ¿no era libre la Dolores para hacer lo que quisiera, puesto que habían reñido?»

No pudo seguir adelante en sus razonamientos, porque, lo mismo fué llegar Juan junto á Meleno, y que caer sobre éste una lluvia horrible de puñetazos. Y con tanta fuerza daba Juan, y tan malamente se defendía Meleno, que, á no ser por otro mozo del pueblo que á la sazón pasaba por la carretera, muy próxima al lugar del suceso, seguramente que allí se pusiera el punto final á la historia de Meleno.

Trabajo, y no poco, le costó al otro mozo lograr separarlos; pero pudo conseguirlo, no tanto por la abundancia de sus fuerzas, como por agotamiento de las de Juan, á fuerza de moler á su contrario.

Jadeantes y sudorosos, cada cual por su estilo, quedaron todos tres.

—¡Pero, hombre!... ¡Parece mentira que dos amigos tan... amigos como vosotros, hagáis esto!—dijo el mozo, tercero en la refriega.

—¿Amigo yo de ese... charrán?—replicó Juan despreciativamente, liándose á la cintura la caída faja.

—Bueno. ¿Se puede saber á qué ha venido esto?—preguntó Meleno, arreglándose, á su vez, los desperfectos.

—¡Demasiao sabes tú á lo que viene! Pero, mira, para que lo sepas mejor, te voy á decir, para tu gobierno, que mientras yo viva, ni tú, ni quien valga más que tú, le ha de decir na á la Dolores. ¿Te has enterao?

—¿Es que se va á hacer monja?

—Se hará... lo que le dé la gana; eso te tiene á ti sin cuidao. Lo que no tienes que olvidar es que mientras yo aliente, no habrá quien se acerque á la Dolores pa decirla «buenos ojos tienes»... ¡Por éstas!

Y al decir esto, Juan hizo una cruz con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, dando en ella tan fuerte beso, que más parecía besar en fresca boca de mujer que en dedos propios y no muy limpios.

Más ganó Juan con este hecho, para su causa, que con todo lo que hasta entonces había intentado; porque no bien supo Dolores lo ocurrido, cuando sintió que toda su entereza se venía á tierra, y que se le deshacía la capa de hielo con que cubriera su corazón: ella conocía muy bien á Juan, y, por lo tanto, sabía muy bien que aquello no era bravuconería, sino cariño puro y de la mejor ley.

Decidió, pues, la moza, suavizar sus rigores para con Juan y hasta perdonarlo, como ya en su fuero interno lo había hecho; pero antes se propuso hacerle rabiar un poco, y á ello ajustó desde entonces su conducta.

Ya no huía las ocasiones de encontrarse con él; aunque procuraba no dar lugar á que la hablara, porque sabía que esto era lo que más le desesperaba.

La primera vez que se encontraron, que fué en la plaza, Dolores iba acompañada de una amiga. Al ver á Juan, ambas cuchichearon un momento entre risas contenidas, lo cual causó en aquél un azoramiento terrible. Tentado estuvo de volver atrás para no cruzarse con ellas; pero comprendiendo que esto era una retirada vergonzosa, siguió avanzando. Al cruzarse con ellas, sintió decir á Dolores, en voz alta y bien clara:—«La verdad, chica, que hay hombres brutos.»—Y á renglón seguido, dos alegres carcajadas resonaron en sus oídos, haciéndole el efecto de un escopetazo.

Juan, que al oir lo dicho por Dolores se había quedado parado en seco, pensando que aquello de bruto iba por él, al oir las risas de las dos amigas, salió de estampía, poniéndose colorado como un tomate.

—«¡Congrio! ¿Qué duda había de que Dolores le había llamado bruto, y de que se iban riendo de él?»

Pero esto era una señal de que Dolores no le quería, y si Dolores no le quería, aquello era también señal de que él no podía vivir; porque esa era la verdad: él no podía vivir ya sin Dolorcicas.

De tal manera se le metió corazón adentro la idea de que la moza no le quería ni pizca, que el hombre cayó en la melancolía más terrible; y olvidándose del quehacer á que se dirigía, echó carretera adelante, deseoso de hallar algún sitio donde estar pudiera á solas con sus tétricos pensamientos, sin ver ni hablar á nadie; que no hay nada que haga tomar tanto asco á las gentes, como las desgracias amorosas.

Andando, andando, vino á dar con sus huesos en Fuente Nueva, lugar algo distante del pueblo, donde se encuentran los tres únicos árboles que hay en el lugar, y que se mantienen á expensas de la humedad que les presta la fuente que da nombre al sitio.

Sentóse en el suelo, apoyando la espalda en el tronco de uno de aquellos árboles, y sacando un interminable pañuelo de entre los pliegues de la faja, lo pasó repetidamente por sus húmedos ojos.

Después que hubo llorado un buen rato, quedóse mirando á la fuente, y luego á los árboles. Cuando se hubo cansado de mirar á todas partes, cuando hubo ablandado todas las piedras que por allí había con unos suspiros que para sí los hubiera querido D. Quijote en su época de penitencia, soltó una serie de «congrios» interminable, y otra de «recongrios» más larga aún; añadió después que se hacía la tal en Meleno y que se iba á hacer la cual en todo el pueblo; soltó tres bufidos que levantaron una nube de polvo de la carretera, y cayó en honda meditación.

Aquella situación era insostenible, y era preciso ponerle fin. Para lograr esto, lo primero que hacía falta era encontrar ocasión de hablar con Dolores... y Juan creyó haberla encontrado: Dolores se sentaba todas las tardes á coser á la puerta de su casa; iría allí, y quieras que no, tendría que oirle.

Para no demorar tal resolución, decidió ponerla en práctica al siguiente día.

Llegó, aunque muy despacio para Pelotón, el día siguiente, y llegó la tarde. Juan, contoneando la cojera más de lo acostumbrado, y haciendo un acopio de energías inverosímil, llegó hasta la puerta de la casa de su tormento y quedó parado en ella sin decir palabra.

Dolores, en efecto, estaba cosiendo, en la puerta de la casa; Juana, la criada, cosía también, sentada al lado del ama, y ambas charlaban. Dolores, que inclinada sobre la costura vió la sombra de una persona que se paraba en la puerta, levantó la cabeza para ver quién era. Al ver á Juan y, sobre todo, al ver la cara tan compungida, á la par que fiera, que traía, sintió grandes deseos de echarse á reir; pero se contuvo. Quedóse mirándole un momento, y después, con el tono más natural del mundo, dijo á la Juana, á la par que ella lo hacía:

—Recoge la costura, Juana, que vamos á tener visita.

—¿Que vamos á tener visita ha dicho usted?

—Sí, mujer. ¿No sabes que en viendo á un cojo es visita segura?

Juan tosió dos veces seguidas; Dolores, con la mayor seriedad, metióse portal adelante con el cestillo de la labor. Juana, mirando á Pelotón y no comprendiendo lo que pasaba, se encogió de hombros y siguió á su ama.

Al ver cómo le dejaban plantado, Juan soltó un «congrio» formidable; el puño izquierdo lo llevó á las narices, apretando en ellas como si quisiera desgajarlas; con la mano derecha se echó la zarpa á la gorra, y de tal modo comenzó á tirar de ella, que una de dos: ó soltaba la gorra, ó con ella se llevaba la cabeza.

Dolores, desde una puerta entornada, veía á Juan en aquella actitud desesperada, y gozaba en ello; que sabido es lo que agrada á una mujer ver sufrir por ella al hombre á quien quiere, y Dolores quería, y mucho, á Juan.

Al fin éste dejó de tirar de la gorra, no sin que ésta hubiera dado de sí en forma que podía servir para cabeza mucho mayor, y dejó quietas las narices; tosió fuerte varias veces, subióse la faja con ambas manos, y soltando otro «congrio», que hizo desternillarse de risa á Dolores, se ausentó de allí, marcando la cojera de una manera espantosa.

Al día siguiente, cuando el pan se puso á la venta, hubo un motín en el pueblo, porque panecillo había que no llegaba á los cien gramos, ni mucho menos, y es lo que decían las mujerucas:—«¿Por qué no le dará la locura por hacer los panecillos dobles?»

II

Malamente pasó aquella noche Juan Pacheco. Lo mismo fué meterse en la cama que empezar á saltar en ella, como si el colchón estuviera sembrado de alfileres, y es el caso que, con tanto saltar, no hacía más que agitar en su cerebro la idea que aquella tarde había nacido en su pensamiento: matarse. ¿Qué podía esperar de Dolores después de la burla que había hecho de su cojera? ¡Nada! Pues si no podía esperar nada de Dolores, él estaba de más en la vida. Otras muchas cosas pensó; pero á todas renunció, por no encontrarlas viables; porque si en un principio le pareció una buena idea la de ponerle fuego por los cuatro costados al pueblo, luego pensó que era una barbaridad, de la que podía resultar que se achicharraran los buenos y se pusieran en salvo los malos, como Dolores y Meleno.

Sería la una de la madrugada cuando, después de mucho deliberar, resolvió ser él solamente el que se quitara de en medio; lo que no pudo resolver fué el modo de hacerlo, porque se tuvo que levantar para hacer la hornada; pero esta idea se le coció á él en la mollera, mientras el pan se cocía en el horno: se quitaría la vida segándose la garganta con la navaja barbera que tenía su padre para afeitarse. Pero cortarse el cuello así, sin que aquella descastada lo viera, para que no le saliera el susto del cuerpo en toda la vida, era una tontería. ¿Iría á casa de Dolores y se daría el tajo delante de la familia? ¡Bah! ¡No le dejarían! ¿Y cómo hacer?

Estas dudas vino á resolverlas, hacia las ocho de la mañana, un amigote de Juan: «Dolores había ido á Cornejilla la Nueva hacía un momento.»

Dolores, en efecto, iba muchos días á comer con sus tíos, labradores de Cornejilla la Nueva, que distaba de la Vieja cosa de un kilómetro, y regresaba por la tarde. Las dos Cornejillas comunicaban por medio de un camino vecinal, por el que no podían transitar carros, á causa de su angostura; este camino, poco antes de Cornejilla la Vieja, se veía cortado por un pequeño barranco de dos metros de ancho, que se salvaba por medio de unos tablones que no tenían otra sujeción que su propio peso, ni más seguridad que la buena intención de los caminantes; allí mismo resolvió Pelotón hacer la barbaridad.

Cuando Dolores regresara, él, que estaría esperando... ¡zas!... se rebanaría el cuello y se dejaría la cabeza colgando de un pedacillo de carne, para que no hubiera duda en la identificación.

¡Ya vería aquella mujer sin corazón quién era Juan Pacheco!

La impaciencia le tenía de tal modo inquieto, que, no bien hizo que comía, pues no era cosa de atracarse, según su costumbre, estando próximo á morir, cogió la navaja, se la metió en el bolsillo y... ¡hala para el barranco!... que desde aquel día sería célebre. Cuando llegó, miró la hora en un abultado reloj de plata, que bien pudiera hacer el oficio de tartera quitándole la máquina, y vió que aun faltaban dos horas largas para que Dolores regresara, según la que tenía por costumbre. ¡Cuántas veces la había acompañado por aquel camino... cuántas!

Dióse Juan á meditar sobre todo lo ocurrido antes de la guerra, en la guerra y después de la guerra, sacando en consecuencia á qué extremos llegan los hombres por su mala cabeza; porque ahora que lo miraba fríamente, no dejaba de comprender que Dolores tenía razón... hasta cierto punto. Lo cierto es que cuando él vino de la guerra no hablaba de otra cosa más que de Doña Amparo, y, si es verdad que sólo la gratitud era la que movía su lengua, el caso es que él no se había ocupado de decirle á su novia ni una palabrica dulce; y esto, con las cartas tan llenas de cariño y de zozobra por el estado de su salud, que ella le había escrito, la verdad era que no estaba bien, y le parecía natural que Dolores se hubiera enfadado; que mujer era, y, al fin y al cabo, las mujeres no pueden comprender que un hombre piense en otra sin estar enamorado de ella. Pero también aquel engaño de citarle en la ventana, haciendo que él creyera que sería porque ella se estaba muriendo por decirle algo, y salir luego con aquella andanada, aquellos modales, aquel modo de cerrar la ventana dándole con ella en las narices y medio espachurrándole un dedo, que bien negra tuvo la uña días y más días... ¡tampoco aquello estaba bien! ¿Que había dado lugar á ello? Sí, señor; si no lo negaba; pero no estaba bien aquello, ¡congrio!, no estaba bien.

Cuanto más pensaba Juan, más lío se hacía con sus ideas, y á vuelta con ellas, siempre venía á parar al mismo punto: Dolores tenía razón.

«Pero si tenía razón, lo menos que podía, que debía hacer, antes de largarse el tajo, era decírselo y aun pedirle perdón. ¿Y quién era el guapo que lo hacía, si no había un Dios que se acercara á hablarla? ¡Ah! Si él hubiera podido hablarla, no hubieran llegado las cosas al extremo que habían llegado; que moza que á él le dejara hablar, era moza perdida, según las cosas que sabía decirle.»

La idea de hablarle antes de morir se aferró de tal modo á su pensamiento, que ya no pensó en otra cosa que en lograrlo. Cuando ya desesperaba de conseguirlo, se le ocurrió un modo que consideró como infalible: quitaría las tablas que servían de puente y, así, no pudiendo pasar, no tendría más remedio que detenerse y escucharle, bien que ello fuera desde la otra orilla. «¿Y si se volvía para atrás? ¡Congrio! ¡Si se volvía para atrás, de un salto se ponía al otro lado del barranco, la cogía de un brazo, y quieras que no, tendría que oirle!»

En esto estaba Juan, cuando, á lo lejos, vió avanzar una mujer por el camino vecinal: ella era sin duda alguna. Con gran entusiasmo puso Pelotón manos á la obra. Las tablas eran pesadas; pero fuerzas tenía él más que sobradas, y así, cuando Dolores, que ella era, llegó al barranco, se encontró con que no podía pasar.

Juan, haciéndose el desentendido, afilaba un palitroque con la navaja barbera, haciéndose la ilusión de que, de un momento á otro, iba á sentir á Dolores que le llamaba para que hiciera el favor de poner las tablas en su sitio.

Dolores, que desde el primer momento comprendió lo que Juan había hecho, y por qué lo había hecho, sintió una gran alegría y sonrió al pensar en el chasco que se iba á llevar el mozo, si estaba esperando á que ella le pidiera que franqueara el paso. Juan, más nervioso que una damisela, y mirando de reojo á Dolores, sacaba astillas y más astillas del palitroque, de modo que pronto acabara con él, y no acabara con los dedos por milagro.

Dolores, que se había sentado en un montoncillo de tierra, tarareaba, por lo bajo, una canción.

El mozo, que tomaba aquella actitud de Dolores por la más despreciativa que mujer alguna pudiera tomar para despreciar á un hombre, empezó á sudar y trasudar y á pensar que, en vista de que ella no decía nada, debía decirlo de él... pero que no se le ocurría nada.

«Y ¡qué guapa estaba la condenada! ¡También tendría que ver eso de matarse y que viniera otro con sus manos lavadas y se llevara aquel pedazo de gloria! ¡¡Recongrio!!»

Y tal era la cara que Juan ponía, que Dolores, que de hito en hito le miraba, sintió ganas de reir y tuvo lástima del pobre Juan.

No llevaba traza de terminar aquella situación, por cuanto Dolores no tenía intención de despegar los labios, y á él no se le ocurría por donde empezar. Tanto coraje le causó esto, que ello sirvió para desatarle la lengua.

—¿Te vas á estar así hasta la noche?—dijo.

Volvió lentamente la cabeza Dolores, para mirarle, y contestó con la mayor gravedad:

—No sé que te pueda importar mucho el que me esté ó no me esté; pero, de todos modos, bien se comprende que aquí me tengo que estar hasta que venga alguien que vuelva las tablas á su sitio y se pueda pasar.

—¿Y no estoy yo aquí para ponerlas?—replicó Juan con creciente coraje.

—Entonces, ¿para qué te has tomado el trabajo de quitarlas?

—¿Y si no hubiera sido yo?

—No puede ser nadie más que tú, porque no hay otro en el pueblo que tenga más mala sangre.

—¿Que yo tengo mala sangre? Ahora mismo vas á verlo—exclamó Juan, que, como se ve, perdía en seguida los estribos—. Yo he sido el que ha quitado las tablas, sí, señor, yo he sido; pero no te creas que las he quitado para detenerte y estarme recreando en mirarte, que moza con tan mal corazón como el que tú tienes, no es para que la mire nadie: las he quitao pa que no tengas más remedio que ver de lo que es capaz Juan Pacheco.