APÉNDICES
I
(DE LA «MONJA-ALFÉREZ», DE MONTALBÁN.)
(Jornada II, escena VII.)
En San Sebastián, que es villa,
En la provincia soberbia
Guipuzcoana, la más rica,
A quien el mar lisonjea,
Pues que llega á sus murallas
A contribuir las perlas,
Si bien de las olas se hacen,
Y olas después quedan hechas,
Nací, Don Diego; mas ¿cómo
Te podrá decir mi lengua
Que nací mujer? perdone
Mi valor tan grande ofensa.
Nací mujer, en efecto,
De antigua y noble ascendencia;
Es mi nombre Catalina
De Erauso, que mi nobleza
Me dió este noble apellido,
Bien conocido en mi tierra.
En la edad, pues, si se escucha.
Que es cuando la lengua apenas
Dicciones distintas forma,
Juzgaba naturaleza
Violenta en mí, pues desnuda
De la mujeril flaqueza
Me ocupaba, haciendo afrenta
A Palas, cuando vió á Venus
Pasar los muros de Grecia:
La labor que es ejercicio
De la más noble doncella,
La trocaba por la espada:
Las cajas y las trompetas,
Me daban mayores gustos
Que las músicas compuestas.
Pero mis padres, mirando
En mí condición tan fiera,
En un convento, que es freno
De semejantes soberbias,
Me metieron. ¡Ay, Don Diego!
¡Quién explicarte pudiera
La rabia, el furor, la ira,
Que en mi corazón se engendra
En ocasión semejante!
Mas remito estas certezas
A las violentas acciones
Que has visto en mí en esta tierra.
Once años, y once siglos
Pasó allí mi resistencia,
Casi á imitación del fuego
Cuando le oprime la tierra:
Mas viendo que se llegaba
La ocasión en que era fuerza
Hacer justa profesión,
Ayudada de tinieblas
Y femeniles descuídos,
Dejé la clausura honesta,
Quiero decir el convento,
Y penetrando asperezas.
Montes descubriendo y valles,
Troqué el vestido: que alientan
Las desdichas con venturas,
Cuando los males comienzan.
Llegué á la corte, y Don Juan
De Idiáquez, que entonces era
Presidente, conociendo
Mi guipuzcoana nobleza,
Teniéndome por varón,
Por paje me admite, á fuerza
De peticiones que hice
Para obligar su grandeza.
Supo todo esto mi padre,
Vino á Madrid: mas resuelta
Y animosa, á Madrid trueco
Por Pamplona, ciudad bella.
Á Don Carlos de Arellano
Serví en ella; mas la ofensa
De un caballero atrevido,
A quien dí muerte sangrienta,
Me ausento de allá, y partí
A la ciudad á quien besa
El Betis los altos muros,
Sevilla al fin, real palestra
De los que siguen á Marte;
Al fin seguí á Marte en ella.
En la armada me embarqué
Indiana, llegué á la tierra
Que á España la fertiliza
De oro que cría en sus venas,
Hubo con el Araucano
Soberbio sangrienta guerra;
Hálleme en ella, mostré
El valor que en mí se encierra:
Yo sola en la escaramuza
Que vi trabada primera,
Maté..... mas esta alabanza
Díganla voces ajenas,
Que yo no te diré más
De que en la ocasión primera
Me dió Don Diego Sarabia
De sargento la jineta,
Y después, no pasó mucho,
Me honrara con la bandera
Que honró á Gonzalo Rodríguez,
Muerto á las manos soberbias
De bárbaros araucanos:
Puesto que su muerte cuesta
Muchas vidas á los indios,
Y á mí heridas inmensas,
Que si en mi pecho las miras
Te daran clara evidencia.
II.
(DE «LA MONJA ALFÉREZ», DE CARLOS COELLO).
(Romance primitivo del acto I, escena VI.)
Al pie de un erguido monte
Que el mar Cantábrico azota,
San Sebastián, linda perla
Aprisionada en su concha,
Levanta la sien, saliendo
Como Venus de las ondas.
Allí nació ha veinte años,
De su patria ultraje y honra,
Una mujer, un prodigio,
Que admira, asusta y asombra.
Era desde los albores
De su niñez venturosa,
Tan fuerte y ágil de cuerpo,
De espíritu tan indómita,
Que el crédulo vulgo duda
Lo que la fama pregona.
Esperando corregirla,
Hízola su padre monja.....
Bramó la fiera, acosada
Por el dolor y la cólera;
Pidió al ingenio la ira
Su intervención protectora,
Y al fin se huyó del convento
De la noche entre las sombras.
Al despuntar la mañana,
Catalina reflexiona
Que lleva por donde marcha
Su delación en su ropa;
Que el que huye, aunque huellas deje,
Ni las mira, ni las borra.
En un castañar penetra,
Y con un vaquero topa,
Que, después de requebrarla,
Quiere pasar á las obras.
Riñe con él Catalina
Y por el monte lo arroja;
Mira después que está herido,
Y su traje se acomoda,
Con el que, en hábito hombruno,
Hace su entrada en Vitoria.
Luchando con la desgracia,
En vez de achicarse, toma
Mayor altivez, más brío
Aquel corazón de roca:
Y la fugitiva es paje,
Y mercader, y blasona
De espadachín, y da tanto
Que hacer á jueces y á rondas,
Que su casa es casi siempre
La cárcel ó la parroquia:
Ó vive presa en la una,
Ó refugiada en la otra.
Y este romance que digo
No es romance, que es historia
De Catalina de Erauso,
Por todo el mundo famosa.