¿Qué se han hecho la vida presente, la agitación actual, la inquietud activa de este minuto angustioso del mundo? ¿Dónde están las noticias de la guerra europea, el estremecimiento de la lucha universal, la preocupación de los problemas modernos, el miedo visionario, la esperanza nerviosa que me sacuden incesantemente el espíritu? Todo se ha desvanecido en esta ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este laberinto de calles morunas y palacios castellanos, en esta plazoleta, en cuya tierra gris se alarga ridículamente mi sombra, junto a este paisaje misterioso que la luna envuelve y deslíe.
Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que el río sacaba el pecho fuera, y empezaba a narrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y de amor. Y el espectro de la intrépida Isabel, mujer de Fernando de Aragón, el astuto, cruza, paso a paso, rodeada de su séquito de damas y pajes, rumbo al claustro de San Juan de los Reyes. A distancia, recatado y severo, revestido con la armadura resplandeciente y sonante, sigue la comitiva, como presa de un penoso ensimismamiento, el prodigioso capitán don Gonzalo Fernández de Córdova, Condestable del reino de Nápoles, orgullo de la época, domador de la gloria. ¿Estará acaso enamorado el Gran Capitán? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para mí, la crónica de don Hernando del Pulgar, y me aclara las alusiones obscenas de las Coplas de Mingo Revulgo.
* * *
¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la canta. Después de rodeos y tanteos, como Dios me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en mi cuarto, abro el balcón, insaciado todavía de curiosidad e interés. El callejoncito, la cinta de tiniebla, conserva aún el resplandor de su lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora tiene una luz más, en la altura de un muro, frente a mi balcón, en una ventana abierta. De ella sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, atisbo el interior. Inclinada sobre una máquina de coser, una mujer trabaja. Desde donde estoy puedo ver un pedazo de la casa pobre: algunas sillas, el lecho, una cómoda, un cuadro. Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver el rostro. Mas un canturreo, a bocca chiusa, me hace pensar en la juventud, tal vez en la belleza, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgido por la existencia real, abandono los recuerdos de las gestas gloriosas, los desfiles suntuosos del Romancero, las arrogancias del Cid, la entrada del Rey Alfonso, y compongo con los últimos hilos de la fantasía—la Penélope eterna—un cuentecito becqueriano.
La vida provinciana me revela sus tristezas de ahora.
La muchacha y yo, frente a frente, sin conocernos, velamos. Toledo duerme profundamente en un silencio conmovedor.
II
SOL DE CASTILLA
DE codos en el carcomido antepecho, a la orilla del desfiladero, en cuyo fondo corre la pulida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la frescura de la mañana. Bajo las brillazones del sol, los campos toledanos tienen una grave y serena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada y acotada por compactas arboledas, muestra una placidez majestuosa como de inmensa huerta conventual. Los olivares trepan por el collado frontero, en inmensas manchas verdinegras, por entre las cuales asoman su blancura reluciente las viejas casas de campo, que de lejos, por su pesada fábrica, por su apariencia claustral, causan la impresión de monasterios diseminados en el monte.
Al pie del peñón abrupto en que se asienta la ciudad, sobre el ocre rojizo de la tierra, se agrupa pintorescamente el caserío del Arrabal y las Covachuelas. Y un puente arcaico levanta, atravesando el río, sus tres fuertes y sobrios arcos. En el confín se profundiza el azul ceniciento del horizonte.
Pero el día avanza, y es preciso entrar en el corazón de Toledo para visitar sus tesoros. Desde Madrid preparé mis datos y me tracé un plan. Las muchas guías bibliográficas me ayudaron a necesitar lo menos posible de los ciceroni locuaces y vulgares. Ocupé a uno de ellos, tan sólo para que me orientase, con prohibición absoluta de explicación y comentario. Penetro en la ciudad, que a estas horas, las diez de la mañana, parece no haber despertado todavía. En el aire de vetustez de estas calles estrechas, zigzagueantes, penumbrosas, apenas hay indicios de movimiento. Por un empinado callejón va, delante de mí, una mujer del pueblo, de pañuelo en el busto, falda corta y alta, medias azules y alpargatas plomizas. Después, la soledad; después, una beata anciana, y otro trecho solitario; y un sacerdote que haldea; y al cabo de mucho tiempo, en una plazolilla toda gris de polvo, un hombre arriando sus cargados borricos que andan soñolientos, cuellicaídos, moviendo sobre la frente el bordado adorno de la cabezada. Un rechinante carrito de verduras. Un militar de uniforme azul. Y nada más. Calles, plazas, tapias, todo hermosamente ruinoso; todo plácidamente mudo. La irregularidad y la variedad de líneas y masas en las fachadas, son de una irresistible fuerza evocadora. Una puerta de herradura, que tiene los ladrillos carcomidos, y parece una boca abierta que enseñara los dientes cariados. La columnilla de un lindo ajimez, cubierta de negruzcas mordeduras. Una saliente y tupida reja, con su tejado triangular y sus ménsulas de hierro mohoso. De cuando en cuando, una placa incompleta de azulejos desteñidos. De distancia en distancia, las fachadas destartaladas de una casa señorial, de un palacio con sus puertas cerradas, de las que cuelgan los historiados aldabones. Una fuente de brocal gastado, en torno de la cual unas cuantas mujeres calladas, han dejado, en el suelo, sus cántaros blancos. Una niña, sentada en la escalerilla de un postigo, tatarea. Remotísimamente, un organillo de Berbería, toca una canción madrileña. Y nada más. Las casas, que tienen abierto el portón, me dejan fisgar una celosa entrada moruna, con sus tableros policromados; un ángulo de patio con sus tiestos florecidos. Muy pocas figuras humanas, muy pocas voces. Toledo está vacío; Toledo está abandonado; Toledo es el cementerio de sus antiguos moradores.
Es necesario llegar al centro para percatarse de que Toledo, aunque débilmente, vive. Por allí viene un grupo de canónigos; por allá cruza un gran automóvil atiborrado de oficiales; los vendedores ambulantes vocean; las tiendas se suceden y se aprietan en las vías de lento tránsito. En los salones del café hay varias mesas ocupadas. La gente marcha sin apresuramiento ni apreturas, en un escaso y pobre desfile. Mas todo este lienzo provinciano está aquí como prestado, como forzado. Es de un chocante anacronismo. Las piedras y las personas no se ponen de acuerdo. Las piedras ostentan fiereza y grandeza; las gentes, sencillez y apocamiento. La alegría de las piedras es fastuosa y suntuosa; la de las gentes es humilde y amanerada. Las piedras se han vestido de encajes y adornado con relabrados de orfebrería, o bien se atavían de hierro, embrazan escudos, soportan cascos y cargan bordaduras heráldicas; o bien se ahuecan para recibir santos de mármol; o llevan sobre los pulidos cerramientos retablos esculpidos. Las gentes carecen de elegancias presuntuosas, y visten provincianamente, sin excesos de lujo, sin ostentaciones vanidosas.
Las piedras poseen una elocuencia oriental; saben historias, narran fábulas, conocen la poesía árabe, hablan latín y recitan versículos hebraicos. Las gentes parecen despreocupadas y hasta olvidadas de tanta sabiduría. Las piedras son viejas, están desmoronándose por todas partes, pero pregonan eviternidad. Las gentes dejan entrever su sello perecedero y caduco. Y es que las piedras viven; recuerdan tristezas, placeres, heroísmos, sacudimientos de libertad, esfuerzos de piedad. Y las gentes entre las piedras, viven también, aunque una existencia rebajada, callada y obscura, que se asemeja y acerca a la muerte. El alma, vigorosa y maravillosa, irradia de las piedras, y tímida y desmañada se esconde en las carnes...
* * *
En el corredor de la casa del Greco, sentado en la banca mural de ladrillos gastados, me recreo, mirando el jardín. No es grande, y las paredes que lo limitan son bajas. Desde él, en el sitio en que estoy, se ve ascender la ciudad; se ven las líneas de las casas subir, suavemente escalonadas, hasta recortar el horizonte diáfano. Es un espectáculo de época; es el siglo XVI que se pone delante de mí, en muros severos, de ventanas simétricamente dispuestas, con su fría austeridad de monasterio. El jardín está caprichosamente sembrado de plantas que florecen, y que, sin embargo, por su verde polvoroso, por su aspecto mustio, producen la impresión de que son tan viejas como el edificio. Una fuentecilla secular deja caer, desde la altura de su gastado pilón de piedra, su chorro cansado y turbio. El sol, en plenitud, sobredora este rincón, apacible y huraño.
Los pilares leprosos del corredor, proyectan hacia dentro, y en oblicuo, una cinta de sombra. ¡Qué paz siente el espíritu, qué alejamiento, qué anonadamiento! ¡Ah, casa decrépita, senil palacio del avariento Samuel Levi y del refinado y diabólico Enrique de Villena, cómo se conoce que te habitaron hombres exquisitos, almas contemplativas y sutiles! El Greco te aderezó y te adaptó a su raro y admirable sentido estético. Albergaste un día la riqueza; escondiste en tus subterráneos el tesoro de Aladino; otro día encubriste la mágica sabiduría, y bajo tu techo abrió las alas, llamado por el cabalístico conjuro, el ángel Asrael; pero lo que vale en ti más que todo es haber tenido la gloria de abrigar los ensueños luminosos del Arte. Domenico Theotocopuli, descansando en este mismo lugar, concibió las visiones celestiales, el séquito de ángeles alargados y de figuras que parecen copiadas en cóncavos espejos. Tal vez aquí, en una hora como ésta, mientras, frente al caballete, untaba sobriamente en la paleta sus cuatro colores favoritos, hablaba de cosas ascéticas con su amigo el venerable maestro Fray Juan de Avila.
Toledo entero está lleno de este espíritu enfermo de la divina locura del genio. Toledo es del Greco; nadie le puede disputar esta soberanía. Es su dominio, su feudo, su monumento.
He visitado las iglesias, los palacios, las fortalezas, las ruinas, las mezquitas, las sinagogas; el portento de la Catedral, que sobrecoge como el misterio del más allá; el alcázar poblado de espectros esplendentes.
El arte mudéjar, la arquitectura muzárabe, las maderas incrustadas de nácar, las techumbres sobrecargadas de marfil, han removido en mí el mundo fantástico de los recuerdos. Las joyas, de trémula pedrería; las vestiduras, de brocado magnífico; las capas magnas, de gemados diseños; los tapices, de colorido inmarcesible, me han herido los ojos con deslumbramientos de milagro. El sepulcro de don Alvaro de Luna, el sarcófago del Cardenal Mendoza, la espada de Alfonso VI, las insignias del Cardenal Cisneros, el San Francisco de Asís de Mena, limpiaron en mi fantasía el panorama de la historia. He soñado leyendas, he recitado romances, viendo templar una hoja de acero, junto a una vieja fragua, y contemplado, en su capilla silenciosa, al Cristo de la Vega.
Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni me ha producido emoción más honda que el rincón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví, quién sabe cuántos siglos, en el breve tiempo en que logró mi alma alcanzar la elevación del éxtasis, ante el muro que sostiene el prodigio del Entierro del Conde de Orgaz.
* * *
Al concluir mi larga meditación en el jardín de la casa del Greco, del formidable inmortalizador de la España devota y caballeresca, enderecé mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé la plaza del Zocodover; pasé por debajo del arco de la Sangre y me detuve frente a un caserón pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgranaba, materialmente, un veterano coche de camino. Era la posada del Sevillano. Un forastero pobre, de aspecto hidalgo, de aguileño rostro, manco y gallardo, se hospedó en esta posada. Llamábase, el tal, Miguel de Cervantes Saavedra.
Y cuéntase que en alguno de estos aposentos escribió una de las fábulas más hermosas y típicas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído hablar por ahí de La Ilustre Fregona?...
FIN