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Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente cover

Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente

Chapter 27: CAPITULO XX.
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About This Book

El relato reconstruye la expedición al Mediterráneo oriental emprendida por fuerzas catalanas y aragonesas, describiendo sus campañas frente a turcos y griegos. Se apoya en papeles antiguos, escritores catalanes y fuentes griegas para reunir descripciones de operaciones, asedios, desplazamientos de tropas y relaciones diplomáticas. El autor combina detalles tácticos y comentarios políticos con notas genealógicas y biográficas en la prefación. El texto muestra un estilo culto y clásico, influido por modelos romanos, que alterna rigor documental con reflexiones sobre el valor y la administración militar.

CAPITULO X.

Vencen los Catalanes y Aragoneses á los turcos.

Por el aviso que Roger tuvo de como los Turcos estaban cerca, temiendo perder tan buena ocasion si advertidos de la llegada de los nuestros se previnieran, ó retiraran, juntó el campo, y en una breve platica les dijo, como el siguiente dia queria da sobre los alojamientos de los enemigos, fáciles de romper por estar descuidados. Propusoles la gloria que alcanzarian con vencer, y que de los primeros sucesos nacía el miedo, ó la confianza, y que la buena ó mala reputacion pendia de ellos. Mandó que no se personase la vida sino á los niños, porque esto causase más temor en los Bárbaros, y nuestros soldados peleasen sin alguna esperanza d que vencidos pudiesen quedar con vida. Dispuesto el órden con que se habia de marchar, dió fin á la platica. Oyéronle con mucho gusto, y aquella misma noche partieron de sus alojamientos á tiempo que al amanecer pudiesen acometer á los Turcos. Guiaba Roger con Marulli la vanguardia con la caballería, y llevaba solos dos estandartes, en el uno las armas del Emperador Andronico, y en el otro las suyas. Seguia la infantería hecho un solo escuadron de toda ella, donde gobernaba Corbarán de Alet Senescal del ejército. Llevaba en la frente solas dos banderas, contra el uso comun de nuestros tiempos, que suelen ponerse en medio del escuadron como lugar más fuerte y defendido. La una bandera llevaba las armas del Rey de Aragon Don Jaime, y la otra las del Rey de Sicilia Don Fadrique; porque entre las condiciones que por parte de los Catalanes se propusieron al Emperador, fué de las primeras, que siempre les fuese lícito llevar por guia el nombre y blason de sus Príncipes, porque querian que adonde llegasen sus armas, llegase la memoria y autoridad de sus Reyes, y porque las armas de Aragon lastenian por invencibles. De donde se puede conocer el grande amor y veneracion que los Catalanes y Aragoneses tenian á sus reyes, pues aún sirviendo á Príncipes extraños, y en Provincias tan apartadas, conservaron su memoria, y militaron debajo de ella: fidelidad notable, no solo conocida en este caso, pero en todos los tiempos. Porque no se vió de nosotros Príncipe desamparado por malo y cruel que fuese, y quisimos más sufrir su vigor y aspereza, que entregarnos á nuevo señor. No fué preferido el segundo al primogénito. Siempre seguimos el órden que el cielo, y naturaleza dispuso, ni se alteró por particular aborrecimiento ó aficion, con no haber apenas Reino donde no se hayan visto estos trueques y mudanzas.

Pasaron los nuestros á media noche la muralla, ó reparo que divide el cabo de tierra firme, y al amanecer se hallaron sobre los Turcos, que como en parte segura, y á su parecer lejos de enemigos, estaban sin centinelas, reposando dentro de sus tiendas con descuido y sueño. Cerró Roger y Marulli con la caballería, metiéndose por las tiendas y flacos reparos que tenian con grande ánimo. Siguiéronle los Almugavares con el mismo, dando un sangriento y dichoso principio á la nueva guerra. Los Turcos á quien la furia y rigor de nuestras espadas no pudo oprimir en el sueño, al ruido de las armas y voces despertaron, y con la turbacion y miedo que semejantes asaltos suelen causar en los acometidos, tomaron las armas para su defensa, pero fueron pocos, divididos y desarmados, con que su resistencia fué inútil y sin provecho contra el esfuerzo y gallardia de nuestra gente, que ya lo ocupaba todo. Pelearon los Turcos con desesperacion, viendo á sus ojos despedazar y degollar á sus más caras prendas, de gente que ni aún por el nombre conocían. Alcanzose cumplidísima victoria, dejando en el campo muertos de los Turcos tres mil caballo, y diez mil infantes. Los que quedaron vivos fueron los que reconociendo con tiempo el desorden y pérdida, y que los Catalanes eran impenetrables á los golpes de sus dardos, se pusieron en seguro con la huida, y el que querer muchos hacer lo mismo después les causó mas presto la muerte, por que ocupados en retirar sus hijos y mujeres, dejaban la batalla, y luego perecian. La presa fué grande, y los niños cautivos muchos. Refiere Nicéforo, Griego de nacion, y enemigo declarado de la nuestra, el espanto y terror que causó en los Turcos este primer acometimiento con estas mismas palabras: «Como los Turcos vieron el ímpetu feroz de los Latinos, (que así llama á los Catalanes) su valor, su disciplina militar, y sus lucidas y fuertes armas, atónitos y espantados huyeron, no solo lejos de la ciudad de Constantinopla, pero más adentro de los antiguos límites de su Imperio.» Nuestra gente siguió el alcance poco rato, por no tener la tierra conocida, y volvieron aquella misma noche al cabo, por tener el alojamiento reconocido y seguro.

CAPITULO XI.

Retirase el ejército par invernar en el cabo de Artacio sus alojamientos.

Dieron aviso al Emperador del buen suceso de su victoria, enviando cuatro galeras con riquísimos presentes para entre ambos Príncipes, Andronico y Miguel, y en nombre de los soldados se envió á María muger del Megaduque Roger lo más precioso y rico de la presa. Causó notable admiracion entre los Griegos la brevedad con que se alcanzó tan señalada victoria, y el pueblo la celebró con alabanzas, libre del temor de los Turcos, que insolentes con las victorias alcanzadas de los Griegos de la otra parte del estrecho amenazaban la Ciudad, con los alfanges desnudos; pero casi toda la nobleza, que como fuera justo debiera mostrarse más agradecida á tan grande beneficio, manifestó el veneno de sus ánimos, que la envidia de la agena felicidad no dió lugar á que se pudiese mas encubrir. Los privados de Andronico, y las personas de mayor estimacion de su nacion, comenzaron á temer nuestras fuerzas, juzgándolas por superiores á las que ellos tenian, y que dentro de casa tanto poder en manos de extranjeros era cosa peligrosa. Estas platicas y discursos las alentaba el Emperador Miguel, incitado de un oculto sentimiento que causó en su ánimo la victoria, porque algunos meses antes habia pasado el estrecho con un ejército poderosísimo, y por miedo de los Turcos ó poca seguridad de los suyos, se retiró con gran pérdida de su reputacion, sin travar ni aún una pequeña escaramuza con el enemigo; y como los Catalanes siendo tan pocos vencieron á los que él no se atrevió acometer con tan excesivo número de gente, de esto nació su corrimiento, y de él un grande aborrecimiento y deseo de nuestra perdicion. Los Príncipes sienten mucho que haya quien se les iguale en valor, y aún en la dicha aborrecen á quien se les aventaja, porque el poder no sufre virtud y partes aventajadas en ageno sujeto, y más cuando en su competencia sucede el aventajarse. Si una baja y vil emulacion de un Príncipe en hacer versos causó la muerte á Lucano, ¿Cuánto mayor fuera si de valor y fortuna se compitiera? Y así no se debe tener por Captan cuerdo el que intenta una empresa errada por su Príncipe, si ya n quiere competir con el del Imperio.

Con el buen suceso que tuvieron no trataron de pasar adelante, ni seguir la victoria: cosa que les hizo perder reputacion, y fué ocasion de hacer muchos excesos en aquella comarca, que irritaron gravemente el ánimo de los naturales y Griegos. Cuando quisieron entrar la tierra á dentro, comenzó el primer dia de Noviembre á entrar con tanto rigor el invierno, con vientos frios y agua que les detuvo. Los rios por sus crecientes sin poderse vadear, la campaña esteril llena de enemigos, los caminos difíciles por donde se habia de marchar para socorrer á Philadelphia, eran causas bastantes para diferir cualquier empresa. Roger con el parecer y consejo de sus Capitanes se resolvió de invernar en Cizico, lugar acomodado por la fortaleza del sitio, y abundancia de las vituallas, y porque el año siguiente fuese menos embarazosa la salida que si hubieran de partir de Grecia, y embarcar y desembarcar la caballería tantas veces, cosa de suyo tan molesta. Dieron luego aviso al Emperador de esta resolucion y aprobóla con mucho gusto, porque era lo que más le convenia, por tener el ejército alojado en la frente del enemigo, y apartado de Constantinopla y de los demás pueblos Griegos, donde no faltáran quejas y pesadumbre, aunque cerca de tres meses anduvieron alojados por Asia sin efecto, trabajando la tierra con insoportables contribuciones. Mandó Andronico que con mucha diligencia se llevasen por mar las vituallas que no se hallaban en el cabo, con que pasaron los nuestros un invierno muy apacible. El Megaduque Roger envió con cuatro galeras por su mujer María. El órden que se tuvo en los cuarteles para escusar pendencias entre los soldados y sus huéspedes, fué el siguiente. Los soldados nombraron seis de su parte, y los de la tierra otros tantos, para que de comun parecer y acuerdo se pusiese precio á las vituallas: porque encareciéndose más de lo justo fuera gran descomodidad para los soldados, y dándose á un precio muy bajo no resultase en notable daño de los huéspedes, á más que faltára el comercio y provision ordinaria que acudia de todas partes con abundancia. Ordenose á Fernando Aones Almirante, que con la armada fuese á invernar á la isla de Jio, puerto seguro y vecino de las Costas enemigas. Es el Jio isla de las más señaladas del mar Egeo, por nacer en ella sola el Almaste, cosa que negó naturaleza á las demás partes de la tierra.

CAPITULO XII.

Ferran Jimenez de Arenós se aparta de los suyos.

Las cosas de mar y tierra, concertadas en la forma dicha, se pasaba el invierno con sosiego y mucha conformidad, pero luego nuestras fuerzas se fueron enflaqueciendo con algunas divisiones y discordias civiles. Ferran Jimenez de Arenós, caballero de gran linage, y buen soldado, se desavino con Roger sobre el gobierno de sus gentes, y pareciéndole desigual la competencia, se apartó del ejército con los suyos, y volviéndose á Sicilia, pasando por Athenas se quedó á servir á su Duque, que le recibió agradecido, y honró con cargos militares, en cuyo servicio se detuvo hasta que la necesidad de sus amigos en Galípoli le llamó y volvió á juntarse con ellos, aventurando como buen caballero la libertad y la vida. Pachimerio dice, que la ocasion de apartarse Ferran Jimenez de Roger fué, porque muchas veces le advirtió que reprimiese y castigase los soldados, y como vió que en esto no andaba como debia, se apartó de su compañía con los que le quisieron seguir. ¡Notable fuerza de inclinacion, que apenas se apartaba el peligro de las armas extranjeras, cuando ya las competencias y guerras civiles se encendian entre ellos!.

En abriendo el tiempo, el Megaduque Roger, y su muger María se fueron á Constantinopla con cuatro galeras á tratar con el Emperador de la jornada, y á pedirle dinero para hacer pagamento general antes que el ejército saliese en campaña. Miguel estaba en Constantinopla, y queriendo Roger visitarle y darle razon de lo que pensaba hacer aquel año, no le dió lugar, porque se tenía por ofendido del mal tratamiento que habia hecho á los de Cizico sus vasallos. Esto dice Pachimerio. Lo cierto es, que Roger alcanzó de Andronico el dinero con tanta largueza, que pudo dar dobladas pagas; liberalidad grande, si la falta de hacienda y dinero con que se hallaba, permitiera que se le pudiera dar este nombre. Tiénese por virtud heróica en un Príncipe la liberalidad si en ella concurren dos calidades, tener que dar, y que se lo merezca á quien se dá, y cualquiera de estas dos que falte no es liberalidad sino injusticia; y así aunque Andronico repartió las mercedes en personas de grandes merecimientos, como le faltó la primera calidad, que es tener que dar, túvose por muy excesivo este donativo, y por hierro muy grave, porque estaba el fisco y cámara Imperial tan destruida, que no podia acudir á las pagas ordinarias, ni á otros gastos forzosos del Imperio. No hay cosa mas perniciosa que el dinero recogido para la defensa comun, desperdiciarle en gastos voluntarios, y cuando la necesidad aprieta, acudir á nuevas impuestos y pechos, dando por razon y causa justa el aprieto la falta que nace de sus excesos y demasías. Las imposiciones son justas, cuando es forzosa la necesidad que obliga á ponerlas, pero cuando el Príncipe consume la hacienda con dádivas ó gastos impertinente y excesivos, ninguna justificacion pueden tener, pues solo proceden de sus desórdenes ó descuidos.

Trataron Roger, y el Emperador de cómo se habia de hacer la guerra aquel año, y Andronico solo le encargó el socorro de Philadelphia, lo demás dejó al arbitrio de los demas Capitanes y suyo; porque desde lejos y antes de las ocasiones mal se puede ordenar lo que conviene, ni tomar parecer cierto en cosas tan inciertas y varias como se ofrecen en una guerra. Dejó Roger á su mujer María en Constantinopla, y navegó con sus cuatro galeras la vuelta del cabo el primer dia de Marzo del año mil trescientos tres. Luego que llegó se pasaron las cuentas con los huéspedes, tomose muestra general, y se halló que los soldados en poco más de cuatro meses, que fué el tiempo que invernaron, habian gastado las pagas de ocho, y algunos de un año. Sintió Roger el exceso y desorden de los soldados, que como Capitan prudente y práctico, conoció el mal, aunque como dependia su autoridad del arbitrio de los soldados, no se atrevió á poner el remedio que convenia, porque no se disminuyese ó perdiese. Mal puede un Capitan conservar un ejército con puntual y estrecha obediencia, si el poder y fuerzas con que los ha de castigar le dan ellos mismo; de que nace la insolencia y libertad.

Roger conociendo el tiempo, satisfizo los huéspedes, pagando todo lo que habian gastado en mantener los soldados, y no quiso se les descontase de su sueldo; y así les quedó libre el dinero de las cuatro pagas, que luego les dió, y tomando Roger sus libros de las raciones y cuentas, donde constaba de los gastos excesivos que los soldados habian hecho, los quemó en la plaza pública de Cizico, con que quedaron todos obligados y agradecidos á su liberalidad. Los autores Griegos dicen que Cizico y toda su comarca quedó destruida por las crueldades y robos de los Catalanes, y que temiendo el Emperador Andronico que Roger no alargase el salir en campaña, por la mala disciplina y poca obediencia de los soldados, envió su hermana á los últimos de Marzo á Cizico, para que exhortase á Roger su yerno saliese con el ejército, pues el tiempo y la ocasion convidaban á la guerra, y los soldados recien pagados saliesen con más gusto.

CAPITULO XIII.

Parte el ejército á socorrer á Philadelphia y vencen á Caramano Turco
General de los que la tenian sitiada.

El deseo que tenía Roger de salir en campaña, ayudado de la persuasion de su suegra, hizo que luego se pusiese en ejecucion la salida, y así se señalo para los nueve de Abril. Estando apercibiéndose ya todos para el viaje, dos Massagetas ó Alanos esperando en un molino que les moliesen un trigo, llegaron algunos Almugavares á tratar con descompostura una mujer que estaba dentro á tomar la harina, salieron á la defensa los Alanos, y entre otras razones que dieron contra Roger su capitan fué decir: que si les daban tales ocasiones, harian del Megaduque Roger lo que hicieron del gran doméstico. Este fué Alejos Raul, que en una fiesta militar le mataron estos á traicion de un flechazo. Refirieron estas palabras á Roger, y por su mandado ó consentemiento aquella misma noche los Almugavares dieron sobre los Alanos, y si la oscuridad de la noche y el cuidado de los vecinos nos les defendiera, los degolláran todos. Murieron muchos, y entre ellos un mozo valiente hijo de George, cabeza de los Alanos. A la mañana volvieron á troparse, y quedaron los Catalanes superiores habiendo muerto más de 300 Alanos; y si no temiera á los vecinos de Cizico, á quien por los malos tratamientos tenian irritados, que no tomasen las armas, y se pusiesen de parte de los Alanos, lo hubieran sin duda degollado á todos. Por este caso se apartó la mayor parte de los Alanos del ejército de Roger; solo quedaron con él hasta mil, que con promesas y ruegos los detuvieron. Roger quiso con dinero aplacar al padre por la muerte del hijo, pero Gregorio menospreció el dinero, y al agravio del hijo muerto se añadió la afrenta del ofrecimiento: con que el bárbaro quedó irritado, aunque encubrió la ofensa para mayor venganza.

Este suceso alargó la partida hasta los primeros de Mayo, que salieron de Cizico seis mil con nombre de Catalanes, mil Alanos, y las compañias de Romeos debajo del gobierno de Marulli; pero todos sujetos, y á órden de Roger. Iva tambien Nastago gran Primicerio. Llegaron con estas fuerzas á Anchirao, y de allí con gran valor y confianza, que sí lo dice Pachimerio, fueron á sitiar á Germe; lugar fuerte donde los Turcos estaban, y entendida por ellos la resolucion, con sola la fama de su venida dejaron el lugar, y se retiraron. Pero no pudo ser esto tan á tiempo, que su retaguardia no fuese gravemente ofendida de los Catalanes. De allí pasaron á otro lugar que la historia de Pachimerio no le nombra, solo dice que estaba dentro para su defensa Sausi Crisanislao famoso soldado y Capitan de Búlgaros, á quien mandó ahorcar con doce de sus soldados los más principales, sin decir con certeza la ocasion de este castigo; solo se presume, que habrian defendido mal algun lugar que estaba á su cargo, ó entregado alguna fortaleza, y queriendo Sausi disculparse atravesó razones con Roger, que le movieron á meter mano á la espada, y herirle, y después fué entregado á los que le habian de ahorcar. Los Capitanes Griegos detuvieron la ejecucion, y alcanzaron de Roger el perdon; porque le advirtieron el disgusto que tendria el Emperador Andronico si castigase un hombre de tanta calidad, y tan buen soldado, sin haberle dado razon. Era Crisanislao uno de los capitanes Búlgaros que prendió Miguel padre de Andronico en la guerra de la Chana, y detenido gran tiempo en prision fué puesto en libertad por Andronico, y honrado en cargos militares, y en gobiernos de Provincias, y entónces se hallaba en esta parte de Frigia ocupado en servicio del Emperador. Luego de allí pasó el ejército á Geliana camino de Philadelphia, donde le llego aviso á Roger de algunos lugares fuertes que ocupaban los Turcos, significándole la violencia que padecían, y por carta le suplicaban les ayudase, pues eran Romeos que se dieron á la fuerza del tiempo, y que se querian levantar contra los enemigos.

Roger les respondió que estuviesen de buen ánimo, que él les socorrería. Con esto pasó adelante á meter el socorro en Philadelphia, que era el principal intento que llevaban, Caramano Alisurio que la tenía sitiada, cuyo gobierno se extendía por esta Provincia, con el aviso que tuvo de la venida del ejército de los Catalanes, levantó el sitio con la mayor parte de su ejército, y caminó la vuelta de ellos, con deseo de vengar la rota del año antes que los Catalanes dieron á sus compañeros. Esto pareció que le convenia, y no aguardarlos sobre Philadelphia; ciudad grande, y con gente armada, que animada del ejército amigo saldria á pelear. Dejó algunos fuertes guarnecidos, con que le pareció que los de la ciudad no intentarian el salir, pero dos millas lejos al amanecer se reconocieron de una y otra parte, y se pusieron en órden para pelear. El ejército de los Turcos llegaba á ocho mil caballos y doce mil infantes Caramanos todos, los mas valientes y temidos de toda la nacion, superiores en número á los nuestros, pero muy inferiores en el valor, en la disciplina, en la ordenanza militar, y en las armas ofensivas y defensivas; solo habia igualdad en el ánimo y deseo de pelear. Roger dividió en tres tropas su caballería, Alanos, Romeos y Catalanes, y Corbaran de Alet, á cuyo cargo estaba la infantería, la dividió en otros tantos escuadrones, y hecha señal de acometer se envistieron con gallardo ánimo y bizarría. Travóse la batalla muy sangrienta para los Turcos, por que los Catalanes más prácticos en herir, y más seguros por las armas de ser ofendidos, hacian grande daño en ellos con muy poco suyo. Junto á los conductos de la ciudad fué donde más reciamente se envistieron. Pero los Turcos valientes y atrevidos no dejaban por todos los caminos que podian de ofender á los nuestros, y poner en duda la victoria, que hasta al medio dia anduvo varia; pero el valor acostumbrado de los Catalanes la hizo declarar por su parte con notable daño de los Turcos. Escaparonse huyendo hasta mil caballos, de ocho mil que entraron en la batalla, y solos quinientos infantes, y Caramano Alisurio se retiró herido. De los nuestros perecieron ochenta caballos, y cien infantes. Rehechos sus escuadrones, pasaron la vuelta de Philadelphia, siguiendo lentamente al enemigo, y temiendo alguna gran emboscada de sus copiosos ejércitos. Los Turcos de los fuertes, sabida la rota, los desampararon, y fueron siguiendo su Capitan vencido. Fué la presa y lo que se ganó en esta batalla, segun Montaner, de mucha consideracion.

Con esta victoria comenzaron á levantar cabeza las ciudades de Asia, viendo que los nuestros habian dado principio á su libertad, que los Turcos tenian tan oprimida. Llegó esta opresion á tanto extremo, que les quitaban las mujeres y los hijos para instruirles en su secta. Profanaban los templos y monasterios tan antiguos, donde habia depositados tantos cuerpos de Santos, y grande memoria de nuestra primitiva Iglesia que tanto floreció en aquellas Provincias, trocando el verdadero culto en falsa y abominable adoracion de su profeta. Pero como por los justos juicios de Dios estaba ya determinada la destruicion y servidumbre de todo aquel Imperio y nacion, fué de poco provecho para alcanzar entera libertad todo lo que los nuestros hicieron, antes parece que se confirmó con esto su perdicion; pues cuando los grandes remedios no curan la dolencia porque se dan, es casi cierta la muerte. Nuestros Capitanes se detuvieron antes de entrar en Philadelphia, reconociendo algunos lugares vecinos adonde se pudieron haber retirado y rehecho; pero todo lo hallaron libre de los Turcos; á quien el miedo hizo alargar muchas leguas.

CAPITULO XIV.

Entra en Philadelphia el ejército victorioso. Ganánse algunos fuertes que el enemigo tenía cerca de la ciudad, y dan segunda rota á los Turcos junto á Tiria.

Libres los de Philadelphia del sitio, que tan apretados les tuvo por el valor de las armas de los Catalanes, salieron á recibir el ejército los magistrados y el pueblo, con Teolepto su Obispo, varon de rara santidad, y por cuyas oraciones se defendió Philadelphia más que por las armas del ejército que la guardaba. Entraron las tropas de nuestra caballería primero, con los estandartes vencidos y ganados de los Turcos. Seguían después el carruaje lleno de los Despojos enemigos, y gran número de mujeres y niños cautivos, y algunos mozos reservados para el triunfo de la entrada. Las compañías de infantería eran las últimas, y en medio de ellas las banderas y los Capitanes más señalados, con lucidísimas armas y caballos, que como cosa nunca vista de los de Asia, les causó grande admiracion. No hubo en aquella entrada soldado por particular que fuese, que no vistiese seda ó grana, aunque en aquel tiempo los Turcos no usaban trajes costosos, pero entre los despojos de los Griegos habian alcanzado gran cantidad de ropa y vestidos de mucho precio, que en esta victoria se cobraron. Detuviéronse quince dias en la ciudad, entretenidos con las fiestas y regocijos que se les hicieron; porque fué cosa notable el amor y el respecto con que les trataron los naturales, como quien reconocia de ellos la libertad y la vida que tan aventuradas las tuvieron. La necesidad siempre es agradecida, pero con el beneficio que recibe, seacaba.

Roger salió de Philadelphia á poner en libertad á algunos pueblos de que estaban apoderados los Turcos, y entre otros á Culla algunas leguas mas adelante hacia el Levante de la Ciudad; pero sabida la retirada y huida de su ejército, se retiraron los turcos. Los naturales los recibieron abiertas las puertas, como quien escapaban de tan dura servidumbre, pareciéndoles que con esto alcanzarian perdon de haberse entregado antes fácilmente á los Turcos. Roger perdonó la multitud del pueblo, pero castigó gravemente á muchos. Cortó la cabeza al Gobernador, y al más principal viejo del regimiento condenó á la horca. Estuvo un rato pendiente de ella sin morir, y atribuyendolo á milagro cortaron la soga los que estaban presente, y le libraron.

Volvió el ejército á Philadelphia, y según Pachimerio dice, Roger recogió muchos ducados, y se hizo contribuir más de lo que debiera; por sentirse ya en la Ciudad la falta de bastimentos, por ser muy populosa de suyo, y tener dentro el ejército, después de haber padecido un largo sitio que fué tan apretado que una cabeza de jumento se vendió por un precio increíble. Nastago Duque y Primicerio del Imperio, que militaba en este ejército con Roger, se apartó de él y se fué á Constantinopla, porque no podia ver como Griego maltratar á los naturales, y las demasías que Roger hacia con ellos; y así llegado á Constantinopla quiso que el Emperador le yese, y como esto se le negó por los deudores y amigos de la mujer del Megaduque, á l que yo puedo entender, se fué al Patriarca, y por su medio el Emperador dió oidos á las quejas que traia contra Roger, de que se encendió en el Palacio una gran discordia entre los amigos y émulos del Megaduque.

Pareció á los Capitanes del ejército que convenia hechar primero al enemigo de las Provincias marítimas, porque no quedase poderoso á las espaldas, y porque la vecindad de su armada les diese más fuerzas y seguridad. Con esta determinacion partieron luego de Philadelphia para Niza, Ciudad de Licia, y de allí á Magnesia la que está en la ribera del rio Meandro, donde apenas llegó Roger cuando dos ciudadanos de Tiria vinieron á pedirle socorro diciendo; que la Ciudad no estaba bastantemente fortificada que pudiese defenderse de los terribles asaltos del enemigo, y que si el socorro se tardaba, era cierto el perderse: que los Turcos con poco cuidado se podian coger á tiempo que estuviesen derramados por aquellas vegas, y hacer alguna buena suerte, con grande honra del ejército y provecho suyo: que en llegando la noche se retiraban á los bosques, y salido el sol volvían á talar y destruir la campaña. Roger con la mayor presteza y diligencia que pudo tomó la gente más desembarazada y suelta, y fué la vuelta de Tiria para meterse dentro de ella antes del dia. Llegó á ser tan buen tiempo, que los Turcos ni le pudieron descubrir, ni sentir, habiendo caminado treinta y seis millas en diez y siete horas.

Vino la mañana, y los Turcos comenzaron á bajar á la llanura, y llegarse á la ciudad, y ya estaban cerca de las puertas para hacer sus acostumbrados acometimientos, cuando Corbaran de Alet Senescal salió á rebatirlos con doscientos caballos y mil infantes. Cargó sobre ellos con tanta gallardia, que les rompió y degolló la mayor parte, pero la que quedaba entrera en reconociendo á los nuestros se fué retirando hacia la aspereza de la montaña. Corbaran les siguió con parte de la caballería; pero como los caballos de los turcos estaban desembarazados, y los nuestros cargados con el peso de las armas, llegaron á la falda del monte á tiempo que los Turcos temerosos y cuidadosos solo de sus vidas, habian dejado los caballos, y mejorándose de puesto, porque tomaron los altos de donde mejor se podian guardar y ofender, impidiendo la subida á sus enemigos. El Senescal con mejor ánimo que consejo, mandó que se apeasen los suyos, y él hizo lo mismo, y acometió segunda vez á los Turcos; pero como ellos estaban en lo alto, y tenian algunos reparos con piedras, y flechazos defendían la subida, y tiraban golpes más seguros y ciertos á los que más se señalaban, Corbarán, como valiente y esforzado caballero, era de los que más les apretaban por su persona, y para subir con más ligereza, y andar más suelto, se quitó las armas, después el morrion, ocasion de su muerte; porque le dieron un flechazo en la cabeza, de que luego murió, con cuya pérdida los demás se retiraron.

Con la muerte de tal Capitan trocóse la victoria de este dia en tristeza y sentimiento; porque perder una buena cabeza suele causar algunas veces inconvenientes y daños de mayor consideracion, que no lo es el provecho que resulta de la victoria que se adquiere con su muerte. Sintiólo Roger mucho, que le tenia concertado de casar con una hija suya, y puesta en su persona su mayor esperanza. Perdio la vida Corbarán con más honroso fin, que los demás Capitanes, porque cayó con la espada en la mano, y en la misma victoria, y no por manos de traidores como otros compañeros suyos. Es corto el discurso de los hombres que se tiene por gran desdicha lo que se pudiera contar entre los prósperos sucesos de la vida. Prévinole á Corbarán una muerte honrada á otra cruel y afrentosa, pues corriera, como es de creer, el mismo riesgo que los demás Capitanes. Enterrándole en un templo dos leguas de Tiria, á donde dice Montaner, que estaba el cuerpo de San Jorge. Hiciéronle compañía diez Cristianos, que solos murieron en aquel encuentro. Levantáronle un sepulcro de mármol, y honráronle con grandes obsequias, pues solo para cumplir con su memoria se detuvieron ocho dias. De Tiria despacharon órden á su armada, que estaba en la Isla del Jio, para que lo más presto que pudiese pasase á Tierra firme de la Asia, y que se detuviese en Ania aguardando segunda órden.

CAPITULO XV.

Llega Berenguer de Rocafort con su gente á Constantinopla, y por órden del Emperador se junta con Roger en Epheso.

Berenguer de Rocafort llegó de Sicilia por este tiempo á Constantinopla con algunos vajeles y dos galeras, y con dos cientos hombres de á caballo, y mil Almugavares, habiendo cobrado ya del Rey Cárlos el dinero que le debia, y restituido los castillos de Calabria que estaban en su poder. Mandóle luego Andronico, que navegando la vuelta de la Asia, procurase juntar sus fuerzas con las de Roger; y así con mucha brevedad llegó al Jio, adonde halló á Fernando Aones de partida, y juntos llegaron á Ania, de donde avisaron á Roger don dos caballos ligeros de la venida de Rocafort con los suyos. Llegó esta nueva antes de salir de Tiria, y causó generalmente en todo el campo grandísimo contento, así por la gente que Rocafort traía, que era mucha y escogida, como por la opinion que tenía de muy valiente y esforzado Capitan. Envió luego Roger á visitarle con Ramon Montaner, y con órden de que se partiese luego de Ania, y viniese á Epheso, dicha por otro nombre Altobosco. Partió Montaner con una tropa hasta de veinte caballos, y con alguna gente practica, para que le guiasen por caminos desviados, por no encontrarse con los Turcos, que ordinariamente corrian la tierra, y salteaban los caminos más pasageros. Valióle á Montaner poco esta diligencia y cuidado, porque muchas veces hubo de abrir camino con la espada; llegó al fin á la Ciudad de Ania libre de estos peligros. Dio á Rocafort la bien venida de parte de los suyos, y le dijo lo que Roger ordenaba acerca de su partida. Rocafort obedeció, y dejando para la guarnicion de la armada quinientos Almugavares, con lo restante de la gente tomó el camino de Epheso, adonde llegó acompañado de Montaner dentro de dos dias. Esta ciudad es una de las más señaladas de toda el Asia por su famoso templo dedicado á la diosa Diana. Fué no solamente reverenciada de los romanos, pero de los Persas y Macedones, que tuvieron antes el Imperio, y todos conservaron sus inmunidades y derechos, sin que se mudasen jamás mudándose los Imperios: tanto era el respecto con que veneraban los antiguos las cosas que se persuadian que tenian algo de divinidad y religion. Pero el mayor título que esta Ciudad tiene para ser famosa y célebrada, es haber puesto en ella el Apóstol y Evangelista San Juan los primeros fundamentos de la fé. De este Santo referiré lo que Montaner escribe, que por referirlo en esta misma historia, no parece ageno de la nuestra.

Dicen que en esta Ciudad de Epheso está el sepulcro donde San Juan se encerró cuando desapareció de los mortales, y que poco después vieron levantar una nube en semejanza de fuego, y que creyeron que en ella fué arrebatado su cuerpo, porque después no pareció. La verdad de esto no tiene otro fundamento mayor que la tradicion de aquella gente, referida por Montaner. El dia antes de San Juan, cuando se dicen las vísperas del Santo, sale un maná por nueve agujeros de un mármol que esta sobre el sepulcro, y dura hasta poner del sol del otro dia, y es tanta cantidad, que sube un palmo sobre la piedra, que tiene doce de largo y cinco de ancho. Curaba este maná de muchas y graves dolencias, que con particularidad las refieren Montaner.

Después de cuatro dias que Rocafort y Montaner llegaron á Epheso, entró tambien Roger con todo el ejército. Alegráronse todos de ve á Rocafort amigo y compañero en todas las guerras de Sicilia, por el socorro que les traia, que hallándose lejos y en tierras enemigas fué de grande importancia, y aumentó mucho las fuerzas de los Aragoneses. Diósele luego el oficio de Senescal que vacó por muerte de Corbarán, y para que en todo le sucediese, le dió Roger su hija por mujer, habiendo sido primero concertada con Corbarán; porque con este nuevo parentesco aseguraba Roger la condicion y aspereza de Rocafort, aparejada para intentar cosas nuevas. Dióle cien caballos para la gente que traía, con armas de á caballo, y cuatro pagas. En Epheso, dice Pachimerio, que Roger y los Catalanes hicieron notables crueldades para sacar dinero, cortando miembros, atormentando, degollando los desdichados Griegos, y que en Metellin un hombre rico y principal llamado Macrami fué degollado, porque prontamente no quiso dar cinco mil escudos que le pidieron: licencia militar y atrevimiento ordinario en gente de guerra mal disciplinada.

Roger, todo el dinero, caballos y armas que recogió de las contribuciones de las ciudades vecinas envió á Magnesia con una buena escolta; porque en esta ciudad como la más fuerte de aquellas provincias, determinó poner su asiento para invernar. De Epheso se fueron todos juntos á la Ciudad de Ania, adonde estaba Fernando Aones con la armada. Hiciéronles un grande recibimiento á Roger y á Rocafort los soldados que se hallaban en Ania, saliéndoles á recibir con grande alegria y regocijo; porque ya les parecia que juntos eran bastantes á recuperar el Asia, hechando de ella á los Turcos. Roger agradeció y satisfizo este buen recibimiento, dando una paga á todos los soldados de la armada; y porque Tiria quedaba desarmada y sin defensa, determinaron que se enviase alguna gente para su seguridad. Fué Diego de Orós hidalgo Aragones, buen soldado, con treinta caballos y cien infantes; porque con esto les parecia que quedaria en defensa la Ciudad y su comarca, fiando más en la reputacion de sus armas, que en el número de la gente: que muchas veces alcanza la reputacion lo que no pueden las fuerzas.

CAPITULO XVI.

Reprimen los nuestros el atrevimiento de Sarcano Turco. Llegan nuestras banderas á los confines de la Natolia y Reino de Armenia.

Tuvieron nuestros Capitanes consejo del camino que tomarian, y concordaron todos en que volviesen otra vez hácia las Provincias Orientales y pasados los montes, entrasen en Pámphila, adonde les pareció que estarian las mayores fuerzas de los Turcos, y habria ocasion de venir con ellos á batalla, que este fué siempre el intento principal que se llevaba; porque siendo nuestro ejército tan pequeño, no se podia hacer la guerra á lo largo, y ocupar Ciudades y lugares, habiendo de dejar en ellas guarnicion, porque era dividir y deshacer sus fuerzas; y así pareció siempre acertado caminar la vuelta de los Turcos, y pelear con ellos. Pero en tanto que se trataba de poner en ejecucion la salida, Sarcano Turco con saber que el ejército de los Catalanes estaba dentro de la Ciudad, se atrevió á correr su vega llevando á sangre y fuego cuanto se le puso delante. Pagó presto su atrevimiento y locura; porque salieron los nuestros sin aguardar órden, ni esperar los Capitanes: tanto les ofendia la osadía de este Bárbaro, y dieron con tanta presteza sobre él y los suyos, que aunque luego quiso retirarse, no pudo sin mucho daño, porque se halló tan empeñado que hubo de pelear para huir. Siguieron los nuestros el alcance hasta la noche, y volvieron á la Ciudad con nuevos brios, dejando muertos en la campaña de los enemigos mil caballos y dos mil infantes: cosa apenas creida de los que quedaron dentro de la ciudad, porque la salida fué muy tarde, y con mucho desorden.

Roger y los demas Capitanes considerando cuán dañosa les pudiera ser la detencion, si los soldados advirtieran el peligro de la jornada y camino que intentaban, con el gusto de la victoria pasada, quisieron que dentro de seis dias marchase el campo. Partieron de Ania, y atravesaron la Provincia de Caria, y todo aquel inmenso espacio de Provincias que están entre la Armenia y el mar Egeo, sin que hubiese enemigo que se les opusiese. Marchaba el campo según la comodidad de los lugares muy de espacio, consolando los pueblos Cristianos, y animándoles á su defensa, y con universal admiracion de todos los fieles eran recibidos los nuestros, alegrándose de ver armas Cristianas tan á dentro, las cuales los que entonces vivian jamás vieron en sus Provincias, aunque su deseo siempre las llamaba y esperaba; pero la flojedad de los Griegos nunca les dió lugar á que las viesen, hasta que el valor de los Catalanes y Aragoneses se las mostró.

CAPITULO XVII.

Pelean con todo el poder de los Turcos los Catalanes y Aragoneses en las faldas del monte Tauro, y alcanzan de ellos señaladísma victoria.

Poco antes que llegasen á las faldas del monte Tauro, que divide la Provincia de Cicilia de Armenia la menor, hicieron alto, y trataron de que primero se reconociesen las entradas y pasos peligrosos, sospechando siempre, como sucedió, que el enemigo no les aguardase. En tanto que esto se consultaba, nuestra caballería que reconocia la campaña, descubrió el ejército enemigo que aguardaba el nuestro entre los valles de las faldas del monte. Tocóse arma en ambos ejércitos, y los Turcos viéndose descubiertos, y que su traza habia salido vana y sin fruto, se resolvieron luego de salir á lo llano, y acometer á los nuestros que venian algo fatigados del camino, antes que pudiesen descansar ni mejorar de puesto. Había en el campo de los Turcos veinte mil infantes, y diez mil caballos, y la mayor parte de ellos eran de los que habian escapado de las rotas pasadas. Tendióse su caballería por el lado izquierdo, y la infantería por el derecho la vuelta del campo Cristiano. Opusose Roger con su caballería á la del enemigo, que por la frente y costado cerró con la nuestra. Rocafort con su infantería, y Marulli hizo lo mismo, habiendo primero los Almugavares hecho su señal acostumbrada en los encuentros más arduos, que era dar con las puntas de las espadas y picas por el suelo, y decir: despierta hierro; y fué cosa notable lo que hicieron aquel dia, que antes de vencer, se daban unos á otros la enhorabuena, y se animaban con cierta confianza del buen suceso.

Travóse la batalla en puesto igual para todos, con grandes y várias voces, peleándose valerosamente, porque pendia la vida y libertad de entre ambas partes de la victoria de aquel dia. Si los nuestros quedáran vencidos por ser poco prácticos en la tierra, y tener tan lejos la retirada, fuera cierta su muerte, ó lo que se tuviera por peor quedar cautivos en poder de aquellos Bárbaros ofendidos. Los Turcos tenian tambien igual peligro; porque los naturales de aquellas Provincias Cristianas á donde estaban, viéndoles rotos y vencidos, les acabáran sin duda, satisfaciendo en ellos una justa venganza. En el primer encuentro, por la multitud y número infinito de los Bárbaros, se corrió gran riesgo, y estuvo la victoria muy dudosa, pero cobraron nuevo ánimo y vigor; porque los Capitanes repitieron segunda vez el nombre de Aragon, y desde entonces parece que esta voz infundió en los enemigos temor, y en los nuestros un esfuerzo nunca visto. Y como ya de una y otra parte se habia llegado á los golpes de alfanjes y espadas, en que los nuestros tenian tanta ventaja por las armas defensivas, luego se comenzó á inclinar la victoria por nuestra parte. Los Catalanes ejecutaban en los vencidos su rigor y furia acostumbrada en las guerras contra los infieles, que aquel dia en los Turcos todo fué desesperacion, ofreciéndose á la muerte con tanta determinacion y gallardia, que no se conoció en alguno de ellos muestras de quererse rendir, ó fuese por estar resueltos de morir como gente de valor, ó porque desesperaron de hallar en los vencedores piedad. En tanto que sus brazos pudieron herir siempre hicieron lo que debian, y cuando desfallecían con el semblante y los ojos mostraban que el cuerpo era el vencido, no el ánimo. Los nuestros no contentos de haberlos hecho desamparar el campo, les siguieron con el mismo rigor que pelearon en la batalla. La noche y el cansancio de matar dió fin al alcance. Estuvieron hasta la mañana con las armas en la mano. Salido el sol, descubrieron la grandeza de la victoria, grande silencia en todas aquellas campañas, teñida la tierra en sangre, por todas partes montones de hombre y caballos muertos, que afirma Montaner, que llegaron á número de seis mil caballos, y doce mil infantes, y que aquel dia se hicieron tantos y tan señalados hechos en armas, que apenas se pudieran ver mayores; y con encarecer esto no refiere alguno en particular, con grande injuria y agravio de nuestros tiempos, pues tales hazañas merecieran perpetua memoria.

Quedó con tanto brio nuestra gente después de esta victoria, y tan perdido el miedo á las mayores dificultades, que pedian á voces que pasasen los montes, y entrasen en la Armenia, porque querian llegar hasta los últimos fines del Imperio Romano, y recuperar en poco tiempo lo que en muchos siglos perdieron sus Emperadores; pero los Capitanes templaron esta determinacion tan temeraria, midiendo, como era justo, sus fuerzas con la dificultad de la empresa.

CAPITULO XVIII.

Con la entrada del invierno vuelven los nuestros á las Provincias marítimas. Rebelanse los de Magnesia, poneles sitio Roger, pero llamado de Andronico, le levanta, y llega á la boca del estrecho con todo el ejercito.

Detuviéronse ocho dias en el lugar de la victoria, y fueron pocos para recoger la presa. Prosiguieron su camino hasta un lugar que Montaner llama Puerta del hiero; término, y raya de la Natolia y Armenia. Detúvose tres dias Roger dudoso del camino que tomarian, pero al fin viendo cerca el Otoño, y hallándose tan á dentro de las Provincias que aún no estaban bien aseguradas á su devocion, se resolvió con el parecer de sus Capitanes, de volver á la Ciudad de Ania, y pasar en ella el invierno, hasta que fuese tiempo de salir en campaña; pues aquel año se habia roto cuatro veces al enemigo, y recuperado tantas Provincias. Nicephoro dice, que por faltar las espías y gente práctica en la tierra dejaron de pasar adelante; porque sin ella fuera cosa muy peligrosa, y Roger era tan diestro Capitan, que no se aventurára temerariamente. Hacinase las jornadas muy cortas, porque no pareciese que la retirada era por algun temor, caminando por los puestos que tenian ya reconocidos á la ida. En esta retirada cargan los Historiadores Griegos á los nuestros de insolentes y crueles, que hicieron más daño en las Ciudades de Asia que los Turcos enemigos del nombre Cristiano; y aunque creo que fueron algunos los daños, pero no tantos como ellos lo encarecen. Porque el tiempo que los nuestros estuvieron en Asia, fué muy poco, y éste le ocuparon siempre en vencer y alcanzar señaladas victorias de sus enemigos, de donde les resultaba infinita ganancia de las presas que hacian, que eran tantas, que algunas veces las dejaban, ó por no poderlas llevar, ó por estimarlas en poco; pero yo doy por verdadero lo que dicen los Griegos, más no por eso se les puede quitar la gloria de sus victorias. ¿Qué ejército se ha visto que diese ejemplo de moderacion y templaza, y más el que alcanza muy á tarde sus pagas? No hay duda que un ejército amigo mal disciplinado, es tan dañoso en una Provincia como el del enemigo; y así los Griegos la mayor parte de sus historias entretienen en las quejas de estos daños, encareciéndolos más de lo que debe un Historiador.

Veniáse el ejército retirando hácia Magnesia, donde Roger tenía la mayor parte de sus riquezas y tesoro, cuando les llegó aviso de los de Magnesia, como Ataliote su Capitan se habia rebelado; y degollado la guarnicion de los Catalanes que Roger habia dejado, y alzádose con sus tesoros que habia recogido dentro de la Ciudad. El caso pasó de esta manera.

Magnesia era una Ciudad fuerte y grande, y por entre ambas cosas difícil de ganar si los ánimos de los naturales estaban unidos. Sucedió que Roger mal advertido les entró á pedir, que para cuando él volviese le tuviesen á punto caballos y dinero para socorrer su gente. Ellos valiéndose del aborrecimiento que los Alanos, que estaban dentro, tenian á los Catalanes, y movidos de la codicia de hacerse dueños de los tesoros que Roger habia recogido, se resolvieron de tomar las armas, y rebelarse. Comunicado su consejo con Ataliote, y aprobado por él, les pareció ponerle en ejecucion; porque como antes vivian á modo de Ciudad libre, temian venir en sujecion. Los ciudadanos eran muchos y armados, los Alanos tambien, y los graneros con abundancia de trigo, armas, dineros y otros pertrechos militares; finalmente recibiendo fé y juramento entre sí de valerse unos á otros, pasaron á cuchillo parte de los Catalanes que estaban dentro, parte prendieron, y los pusieron en cárceles muy seguras. Con esto se confirmaron en su rebelion; porque no hay cosa que más la asegure un hecho semejante, cuando la atrocidad quita la esperanza del perdon. Este hecho no le parece al Griego Pachimerio que lo refiere digno de vituperio, antes lo aprueba y alaba; con que claramente se debe tener por apología más que por historia la suya.

Sabida la rebelion de los de Magnesia por Roger, quiso castigarla luego; y así con parte de los Alanos que le seguían, de los Romeos, y con todos los Catalanes fué á poner sitio á la ciudad para castigarla, como merecia tan fea maldad. Hizo venir con notable diligencia máquinas y artificios para batirla, y á pocos dias dió un asalto general, en que fueron rebatidos los nuestros con grande mofa y escarnio de los cercados, y á Roger con palabras injuriosas le afrentaban. Quiso Roger romperles los conductos, pero ellos advertidos hicieron una salida con que impidieron el efecto. El cerco se continuaba, y en ese mismo tiempo les vino un despacho de Andronico en que les mandaba, que dajado el sitio de Magnesia, viniese á juntarse con Miguel su hijo, para socorrer al Príncipe de Bulgaria cuñado de Roger, porque un tio suyo se le habia levantado con parte del estado, y estaba en punto de perderse si no se le acudia presto con socorro. Tengo por muy cierto, que este levantamiento fué fingido por Andronico, por dar alguna razon aparente para sacar los nuestros de Asia, de quien temió siempre, que acreditados con tantas victorias se alzarian con ella, negándole la obediencia, y para obligar más á Roger, le puso delante el peligro de su cuñado. A estos daños vive sujeto el Capitan que sirve á Príncipes tiranos ó pequeños, en quien siempre la sospecha y recelos tienen el primer lugar en sus consejos. Dichoso el que obedece y sirve á grande y poderoso Monarca, en cuya grandeza no puede caber ofensa nacida del aumento de su vasallo. Para tener por ciertos estos movimientos, me hace gran dificultad el ver que no trata Nicephoro de ellos, antes bien dá diferente causa porque los nuestros no pasaron adelante con sus victorias, que fué el miedo grande de Andronico, y sin duda este fué el que detuvo la buena dicha de los nuestros, y el que impidió que no se restaurasen todas las Ciudades y Provincias del antiguo Imperio de los Romanos. Estas son las mismas palabras de Nicephoro: «Roger, después de haberse juntado en consejo, resolvió de replicar al Emperador, y en tanto ver si podia ganar á Magnesia, pero la resistencia de los de dentro fué de manera, que Roger se hubo de retirar con pérdida de reputacion y gente, y aunque llegó á tratar de concierto con ellos, con solo que le volviesen el dinero, no lo pudo alcanzar. Por esto y porque los Alanos se despidieron, trató Roger de levantarse del sitio, dando por disculpa que el Emperador se lo mandaba; pero muchos no dejaron de tener un oculto sentimiento de salir de aquellas Provincias sin castigar los Magneositas, y dejar lo que habian ganado á la furia y rigor de los Bárbaros, que luego las habian de ocupar viéndolas sin defensa. No faltaban entre los soldados ordinarios algunos, que con secretas pláticas alteraban los ánimos para nuevos movimientos, diciendo: ¿Qué nos importaba haber vencido tantas veces, si se nos quita el premio de las manos? ¿Para esto salimos de nuestra tierra, y del regalo de la patria; para tener por recompensa del peligro de la vida tantas veces aventurada una pequeña paga? ¿Después de ganada una Provincia sacarnos de ella, y darnos por galardon de tantos servicios una nueva y peligrosa guerra? Los Capitanes y la demás gente de lustre aunque disimulaban, y en lo exterior se dejaban engañar, sentian mal de esta partida, y creyeron que más habia nacido de los recelos de Andronico, que de los movimientos de Bulgaria. Llegaron los nuestros á la ciudad de Ania, y de allí tomaron el camino hasta la boca del estrecho por todas aquellas Provincias marítimas, navegando siempre la armada al paso que ellos marchaban por tierra. Con esta órden llegaron al Cabo que está en el estrecho, en frente de Galípoli, que Montaner llama Boca de Aner. Avisaron de allí al Emperador como estaban á punto para embarcarse, aguardando nueva órden para partirse. Quedó contentísimo Andronico de que los Catalanes le hubiesen obedecido, y alabándoles por cartas su puntualidad en cumplir sus órdenes, les hizo saber como los movimientos de Bulgaria con solo la fama de que venia el ejército de los Catalanes se sosegaron.» Esto es lo que dice Montaner; Pero Pachimerio parece que refiere con más verdad la ocasion que tuvo Andronico en este segundo despacho de decir que ya estaba todo sosegado; porque Miguel Paeologo su hijo á persuasion de los Griegos ofendidos, y de los soldados de otras naciones que tenia en su servicio, que como inferiores en número y valor temian á los Catalanes, escribió á su padre Andronico que no queria que Roger se juntase con su ejército, porque temia guerras civiles, y que la insolencia de los Catalanes no la pudiera sufrir, si con la misma libertad que en Asia habian de proceder y vivir, y que Gregorio cabeza de los Alanos estaba con él ofendido por la muerte de su hijo, y que viendo á Roger y á los suyos, sería ocasion de algun gran rompimiento. Con esto Andronico le pareció que sería conveniente buscar algun medio para que esto se compusiese; y así mando á su hermana Irene, y á su sobrina María, que se fuesen luego á Galípoli, y tratasen con Roger, que dajando la mayor parte de su ejército en Asia, con solos mil hombres escogidos pasase á juntarse con Miguel. Consultó el caso Roger con los más principales Capitanes, y á todos les pareció cosa peligrosa el dividir sus fuerzas, y sospecharon luego que esto no fuese principio de alguna muy grande traicion; y así Roger respondió á su suegra, que él no se hallaba con ánimo bastante de persuadir á los Catalanes que se dividiesen, pasando mil de ellos á Grecia, y que los demás quedasen en Asia. La suegra volvió al Emperador, y le dió razon de lo que habia pasado con su yerno. Con esto se acabó la guerra de Asia en poco más de dos años; corto espacio de tiempo para tan señalados hechos, bastantes á ilustrar un siglo entero.

CAPITULO XIX.

Alojase el ejército en la Thracia Chersoneso, y Roger parte á
Constantinopla.

Embarcóse el ejército en las galeras y navíos de su armada, y siguiendo el órden que tenian del Emperador Andronico, atravesaron el estrecho, y desembarcaron. Toda la gente en la Thracia Chersoneso, tomando por plaza de armas y principal cabeza de sus alojamientos á Galípoli, Ciudad en aquel tiempo tenida por la más principal de la Provincia, puesta casi á la boca del estrecho que mira al Norte. Estiéndese este Isthmo ó chersoneso de Tracia setenta millas á lo largo, y seis en ancho, y en algunas partes menos de tres. Por la parte del Oriente le baña el mar del estrecho, llamado de los antiguos Helesponto, que divide la Europa del Asia. Ciñele el mar Egeo por la parte del ocaso y medio dia, y por el Setentrion el mar del Propontide, llamado en nuestros tiempos de Marmora. Fué en lo pasado este Isthmo morada de los Cruseos, y hubo en la parte que se continúa con la Tierra firme Lisimachia, celébre por su fundador Lisímaco, que le dió el nombre, y Sexto, lugar conocido por los amores de dos infelices amantes. Pero al tiempo de los Catalanes y Aragoneses llegaron á esta Provincia apenas parecian sus ruinas; solo en las de la antigua Lisimachia habia un castillo llamado Ejamille, y muchas aldeas y poblaciones pequeñas á donde los nuestros se alojaron en tanto que pasaba el rigor del invierno, tomando, como tengo dicho, á Galípoli, Ciudad de mediana poblacion, por principal fuerza y presidio para la defensa comun. Guardóse el mismo órden en los alojamientos que el año antes se tuvo en el cabo de Artacio, quedando al parecer todos satisfechos y sosegados, se fué Roger á Constantinopla con cuatro galeras, y con parte de la infantería más escogida á verse con el Emperador Andronico, y darle la enhorabuena de la restauracion de tantas provincias del Asia, y recibir juntamente mercedes y honras debidas á tantas victorias. Llegaron á la ciudad los nuestros acompañando su General, y con universal admiracion de todos les recibieron y acompañaron hasta el Palacio, donde el Emperador con demostraciones y palabras nunca antes usadas le honró, y Roger después de haberle dado entera relacion del estado de las Provincias que puso en libertad, le pidió dinero para hacer pagamento general. Repondió el Emperador con mucho cumplimiento, diciendo, que era muy debedo á su valor no dilatar pagas tan bien ganadas, y que él se las mandaria librar luego. Pero aunque esta respuesta en lo exterior fué la que Roger podia desear, quedo el Emperador muy desabrido de esta demanda, porque después de tan grandes presas, y despojos riquísimos de las Provincias conquistadas, pedirle luego una pequeña paga, era señal de una codicia insaciable, y que difícilmente todo el poder del Imperio Griego la pudiera satisfacer. Lo que alcanza el soldado en premio de la victoria sirve más para el gusto que para la necesidad, y así se distribuye con mucha largueza en juegos, en camaradas, y en banquetes; pero la paga se estima siempre como cosa que se dá en precio de su trabajo, y de su sangre, y acude con ella á su necesidad, y siente mucho que ésta se le niegue, ó se dilate, y más cuando el Príncipe gasta con gran largueza en una vana ostentacion de su Magestad, y deja de acudir á esta obligacion, en la cual se funda y apoya la verdadera grandeza de los Reyes.

CAPITULO XX.

Berenguer De Entenza con nuevo socorro llega á Constantinopla, donde se le dió el cargo de Megaduque, y á Roger le ofrecieron el de César.

Roger quedó en la Ciudad algunos dias solicitando al Emperador su despacho, y á los ministros de su hacienda que maliciosamente ocultaban el dinero, y ponian dificultades y estorbos en los medios y arbitrios que se daban para su cobranza: artes usadas siempre de los que manejan hacienda de Príncipes. Aunque en esta detencion concurria el Emperador.

En este medio llegó á Galípoli Berenguer de Entenza, hombre conocido por su sangre y valor, llamado con grande instancia del Emperador Andronico, que aunque Berenguer tenía ya ofrecido que le vendría á servir, envió segunda vez por él con embajada particular, ofreciendo hacerle muy aventajadas mercedes. Partió de Mecina Berenguer solicitado de este segundo llamamiento, y llegó á Grecia con algunas galeras, y cinco bajeles armados, y en ellos mil Almugavares, y trescientos hombres de á caballo, toda gente muy lucida. Detúvose en Galípoli diez dias, donde fué recibido con notable gusto de toda la nacion, hasta saber lo que Roger ordenaba, á quien envió dos caballos para que le diesen aviso de su llegada. Holgóse mucho Roger de tener á Berenguer de Entenza en su compañía, porque habia entre los dos estrechísima amistad, y grandes obligaciones para conservarla. Escribióle que viniese luego á Constantinopla, porque el Emperador querria honrar su persona como se contenia en dos cartas del mismo Emperador, con sellos pendientes de oro, que juntamente con la suya le enviaba. Con esto Berenguer de Entenza se fué á Constantinopla, y luego acompañado no solamente de Roger, y de todos los de nuestra nacion, pero tambien de muchos Griegos principales, que en público profesaban nuestra amistad, entró en el Palacio Imperial. Recibióle Andronico con semblante alegre, pero con ocultos temores y sospechas, porque los Catalanes se aumentaban, no solo en reputacion, pero con nuevos suplementos de gente. Y aunque Andronico procuró con particular instancia, que Berenguer viniese á servirle, fué antes que los Catalanes alcanzasen tantas victorias de los Turcos. Pero después que por ellas creció su estimacion, tuvo por sospechosa compañía tan poderosa dentro de su casa, y Pachimerio dice, que el Emperador no le quiso recibir á su sueldo, porque venia con más compañías de gente que él pedia.

Roger de Flor entre las muchas partes que le hicieron famoso, fué el ser agradecido, y reconocer en público sus obligaciones á Berenguer de Entenza, que en los tiempos que pobre y desvalido llegó á Sicilia, le amparó y ayudó á levantar su fortuna. Pidió licencia al Emperador para renunciar el oficio de Megaduque en Berenguer, dando por motivo su valor y nobleza igual á la de los Reyes, y que caballero de tan alta sangre era justo que tuviese el primer lugar en el ejército. Berenguer de Entenza con igual correspondencia suplicó al Emperador, que el título de César que le ofrecía fuese servido de darle, á Roger; persona de tantos servicios, y por el casamiento de su nieta adoptado en la casa Real, pocas veces usada, no solo en los tiempos presentes, pero ni en los antiguos, donde la moderacion y templaza parece que tuvieron alguna estimacion. Roger poderoso en riquezas, acreditado con victorias, estimado por el nuevo parentesco, Berenguer por sangre y por valor ilustre, parece que entre ambos pudieran tener razon de pretender el supremo lugar, pero las mismas calidades que les debieran incitar á la emulacion, fueron las que les moderaron, juzgando por muy aventajadas las agenas, y por muy inferiores las propias.

El siguiente dia después de la llegada de Berenguer, asistiendo toda la nobleza de la Corte, así extranjeros como naturales, Roger de Flor, habida licencia de Andronico, se quitó el bonete, insignia de su dignidad de Megaduque, y juntamente con el sello, baston y estandarte de su oficio, le entregó á Berenguer; rehusólo, y sin duda no lo admitiera, si el Emperador resueltamente no se lo mandara. Causó en los Griegos gran admiracion la cortesía de Roger, y Andronico la celebró, y honró con otra más señalada merced, ofreciendo á Roger título de César, uno de los mayores de su Imperio; con que entre ambos quedaron obligados, y los Griegos ofendido de ver que Andronico diese el título de César desusado ya en aquel imperio por sospechoso á los Príncipes. En los tiempos antiguos, cuando floreció el Imperio Romano, llamar á uno César, era señalarle por su sucesor, como lo es entre los Emperadores occidentales el Rey de Romanos, en Francia el Delphin, y en nuestra España el Príncipe. Pero declinado ya el poder de los Romanos, después de dividido el Imperio, los Emperadores Griegos daban solamente el título de César, sin algun derecho de sucesion; pero siempre quedó estimado este oficio, puesto que solo era sombra de lo que fué. Túvose después por el primero, hasta que la dignidad de Sebastocrator fué preferida, cuando Alejos Commeno dió su segundo lugar en el Imperio á Isacio. Esta tambien perdió después su precedencia y autoridad, cuando el mismo Alejos, por quedar sin hijo varon, casó su hija primogénita Irene, con Alejos Paleólogo, dándole título de Déspota, que es lo mismo que llamarle á uno señor, y fuera sin duda Emperador si no muriera antes que su suegro; de suerte que la dignidad de César en aquel Imperio es la tercera, por ser la primera la de Déspota, y la segunda la de Sebastocrator. Dice Curopalates que estas tres dignidades no tienen particular ocupacion á que acudir, y que al César le llaman señor; palabra tenida por soberbia, y debida solo á Dios en los tiempos antiguos aún de los mismos Emperadores, pues leemos de Augusto, de Tiberio, y de algunos otros que jamás consintieron que les llamasen señores. Tratavanle de Magestad al César, el bonete que llevaba era de oro y grana, y su remate casi como el del Emperador, la capa de grana, las media y zapatos de color celeste, y la silla como la del mismo emperador, pero sin águilas, iba junto al Emperador en las públicas entradas y acompañamientos, y vivia dentro de su Palacio. Todo este suceso que se ha referido es conforme se saca de lo que Montaner en su historia, y Berenguer en sus relaciones no dejó escrito. Pero George Pachimerio en el cap. II del libro 12 refiere con alguna variedad este suceso; y así me ha parecido no confundirlo con lo de arriba, ya que no los podia conciliar, para que el que lo leyere pueda con claridad hacer juicio de lo que le pareciere más verdadero.

Determinado ya el Emperador de recibir á Berenguer de Entenza, le envió á llamar muchas veces, que se decia estaba en Galípoli, y para asegurarle le envió sus patentes con sellos pendientes de oro, en que le prometia con juramento, que queriéndose quedar le trataria con buena voluntad, y ánimo amigable, y que cuando se quisiese ir no lo impediría. Berenguer recibidos los despachos, con la fé y palabra del Emperador, se fué á Constantinopla con dos navíos, pero llegado, no quiso salir fuera de ellos, y envió el aviso al Emperador de su llegada. Mandóle luego al Emperador llamar, y le envió coches y caballos para que entrase con mucha autoridad y honra, pero Berenguer ni quiso salir de los navíos, ni obedecer, pidiendo que el Emperador le enviase en rehenes á su hijo el Déspota Juan. Pareció esto mal así al Emperador, como á todos, pues no se fiaba de su palabra y juramento; y así le dejó muchos dias en los navíos. Finalmente llegándose el dia de Navidad le envió á llamar, diciéndole que estuviese de buen ánimo pues le habia asegurado con su fé y palabra. Estuvo dudoso mucho tiempo, hasta que se desengañó, y se fué al Emperador, de quien fué magníficamente recibido, pero siempre se retiraba á los navíos, á donde el Emperador tuvo siempre cuenta de regalarle. El dia de Natividad le tomó al Emperador el juramento de fidelidad, y con esto le dió la dignidad de Megaduque del Senado, y le dió la vara dorada, invencion nueva del Emperador, y le vistieron al modo y uso de Senador, con que dejó sus navíos, y se fué á posar á Cosmidio donde estaban sus Catalanes, que algunos de ellos fueron tambien honrados con títulos y mercedes grandes; y desde entónces Berenguer tuvo grandes autoridad con los privados, y en los consejos de Andronico. En el juramento de fidelidad que hizo Berenguer disimuló su engaño, dando muestras de verdad y llaneza; pues habiendo de jurar que sería amigo de los amigos del Emperador, y enemigo de sus enemigos, exceptuó á Fadrique de los enemigos, porque decia que le habia jurado antes amistad. Esto pareció á los inteligentes que encerraba en sí algun gran secreto, más de lo que exteriormente parecia; otros lo tomaron bien, diciendo que como fué fiel á Fadrique, así lo sería al Emperador, con que ganó opinion y gloria, siguiendo la sentencia de Platon, de cuanta importancia sea el parecer bueno y justo para ganar opinion, y poder engañar.

CAPITULO XXI.

Los Genoveses persuaden al Emperador la guerra contra los Catalanes, y Miguel Paleóloga hace lo mismo, y alborotase en Galípoli la gente de guerra.

Los Genoveses de Pera, que poco antes fortificaron y engrandecieron con fosos y murallas, fueron los primeros que hicieron sospechosas nuestras armas, y pusieron duda en nuestra fidelidad, diciendo al Emperador Andronico, que tenian nuevas de Poniente, que se preparaba una grande y poderosa armada para acometer las Provincias del Imperio á la primavera, y que esto lo tenian por cierto por manifiestas conjeturas; y que los Catalanes que antes estaban en su servicio, y los que después con Berenguer de Entenza vinieron, estaban unidos para su daño, y no para su defensa, porque se correspondian secretamente con los de Sicilia; y que el hermano bastardo de Don Fadrique Rey de Sicilia se entendia que venia con doce navíos para juntarse con ellos, y que para entonces aguardaban el declararse, y poner en ejecucion sus intentos. Estos fueron los embustes con que los Genoveses quisieron destruir los Catalanes, y ellos introducirse, y hacerse muy confidentes, y celosos del bien comun del Imperio. Aconsejaron á Andronico, segun dice Pachimerio, que acometiese desde luego á los Catalanes con guerra descubierta; que ellos tenian cincuenta navíos en órden, y que con otros tantos que se armasen por el Emperador, ó se les diese dinero á ellos, aunque fuese en largos plazos, los pondrían ellos en la mar; y que á esto solo les movia ver á los Griegos maltratados, la tierra que ya tenian por patria maltratada y destruida de los que vinieron para defenderla. No dió el emperador por entonces crédito á los Genoveses, creyendo que eran quimeras fingidas de su maldad y envidia, nacida desde que pusieron los Catalanes el pié en Grecia. La fé y juramento prestado de los Catalanes tambien lo aseguraba; pero respondióles que agradecia su cuidado, y lo que se dolian de los trabajos de los Griegos. Mandóles que callasen, y que él consultaria lo que se debia hacer, y que consultado lo ejecutaria.

En este mismo tiempo la honra y merced que Andronico hizo á Berenguer, irritó el ánimo de Miguel Paleólogo para nuestra ruina, y persuadido de los Griegos comenzó luego á tratar de ella, intentando para esto todos los medios más eficaces que pudo, atropellando leyes divinas y humanas. Estaban los Griegos tan envidiosos y soberbios, que con rabia y furor increíble, aunque con algun secreto, andaban maquinando traiciones y alevosias; con lengua y manos solicitaban á Miguel ya mal afecto contra nosotros, encareciendo la gran reputacion de las armas de los Catalanes, y que ocupaban los supremos cargos de su Imperio, en grande mengua de su Magestad, y deshonor suyo. Creyeron siempre los Griegos que nuestros Catalanes fueran como los Alanos y Turcoples, que no se les levantaban los pensamientos á más que vivir con una triste y miserable paga; pero cuando vieron provehidos en ellos los oficios de César, Megaduque, Senescal y Almirante, y que tenian brios para aspirar á los que quedaban, advirtieron su daño, y comenzaron á sentirse de que las fuerzas y honras del Imperio se pusiesen en manos de extranjeros. Al tiempo que entre los Griegos corrian estas pláticas y sentimientos, los soldados de los presidios por parecerles que la paga se dilataba, maltrataron á los Griegos de los pueblos donde estaban alojados: mal forzoso de la guerra, y que difícilmente el rigor militar de los más insignes Capitanes lo ha podido atajar. Miguel Paleólogo atento á todas las ocasiones de calumniar toda nuestra nacion, se valió de esta, para persuadir á su padre, diciendo: que si no se atajaba luego la insolencia de los Catalanes, sería la total perdicion del Imperio, y de su casa, porque no contentos con la paga y sueldos tan excesivos, y con los despojos riquísimos del Asia, oprimian los pueblos amigos para satisfacer su codicia; que no por haber vencido á los Turcos quedaba el Imperio libre de servidumbre, si se esperaba más insufrible, y cruel de los Catalanes, en cuya mano estaba puesta la libertad comun: que en vano la habia recuperado su abuelo Miguel Paleólogo, hechando á los Latinos del Imperio, si segunda vez se les habia de entregar voluntariamente: que esto estaba muy cerca de suceder si no se atajaba su insolencia: que les quedaban aún sus fuerzas á los Griegos si sus trazas saliesen vanas para que de cualquier manera se oprimiese á los Catalanes: que la obligacion en que le habian puesto con librar sus Provincias de los Turcos, ya su arrogancia y mala correspondencia lo habia borrado, y sus victorias merecian nombre de agravios, no de servicios, pues en vez de establecer sus armas en una segura paz el Imperio, hacian nueva guerra á los pueblos amigos con intolerables contribuciones, y malos tratamientos.

Andronico apretado de la persuasion del hijo, y de sus privados, que continuamente con quejas y sentimientos lloraban la miseria de los Griegos en tanto deshonor suyo, mostró luego contra los Catalanes el efecto de su pláticas, respondiendo á Roger, y á Berenguer que le pedian dinero para la guerra, que no les queria pagar hasta que hubiesen pasado á la Asia, y diesen principio á la guerra; lenguaje nunca antes usado de Andronico, que hasta entonces fué más largo en hacerles merced, y darles dinero, que solícitos ellos en pedirle. La respuesta de Andronico llegó á los oidos de los de Galípoli, y fué tan grande el alboroto y motin que causó en todo el campo, que forzaron á los Capitanes á tomar las armas para acometer los lugares del Imperio, y apoderarse de algunas fuerzas y presidios. En tanto que Andronico dilataba el darles satisfacion, mostraron gran sentimiento de sus dos Capitanes Roger y Berenguer, por parecerles que con su peligro y sangre se querian engrandecer, y que por no disgustar al Emperador de quien esperaban sus mayores acrecentamientos, no le apretaban como debieran, para que se les diese á ellos pagas tan bien merecidas. Estas sospechas llegaron á tanto, que resolvieron de enviar Embajadores al Emperador, pidiendo que les pagasen, y que continuarian su servicio con mucha fidelidad, castigando los excesos de los que se atreviesen á ofender y maltratar los pueblos amigos. Esta embajada tan cortés, dice Pachimerio que fué por el miedo que tuvieron del ejército de Miguel Paleólogo, que se habia juntado para reprimir su atrevimiento y osadía. Recibida del Emperador esta embajada, luego le pareció imposible el satisfacer por las grandes pagas que le pedian, pero por no llegar á rompimiento, y á una guerra declarada, les remitió á Berenguer de Entenza, para que por su medio se quietasen con darles parte del dinero que le pedian. Contentarónse por entónces con el dinero que se les dió, y con él se fueron á Galípoli donde ya habia llegado Roger con su mujer, suegra y cuñado, que quisieron acompañarle, y tambien, á lo que yo sospecho, por tener Roger cerca de sí á Irene su suegra y hermana del Emperador, como en rehenes, por si acaso contra él se quisiese proceder como rebelde, cuando el alboroto y motin pasára más adelante.