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Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente cover

Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente

Chapter 30: CAPITULO XXIII.
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About This Book

El relato reconstruye la expedición al Mediterráneo oriental emprendida por fuerzas catalanas y aragonesas, describiendo sus campañas frente a turcos y griegos. Se apoya en papeles antiguos, escritores catalanes y fuentes griegas para reunir descripciones de operaciones, asedios, desplazamientos de tropas y relaciones diplomáticas. El autor combina detalles tácticos y comentarios políticos con notas genealógicas y biográficas en la prefación. El texto muestra un estilo culto y clásico, influido por modelos romanos, que alterna rigor documental con reflexiones sobre el valor y la administración militar.

CAPITULO XXII.

Págase la gente de guerra por órden de Andronico con moneda corta, de donde nacieron nuevos alborotos.

Forzado Andronico, de la necesidad, con astucia y fraude Griega, mandó librar la moneda de plata que se dió á los Embajadores para hacer el pagamento, muy menoscabada, y falta en más del tercio de su antiguo valor, y quiso que la recibiesen los soldados como si fuera muy entera. Los capitanes poco advertidos del engaño, fácilmente se dejaron persuadir, y solicitados de los soldados que casi amotinados pedian sus pagas, tomaron el dinero, y le trajeron á Galípoli, donde se tomó muestra, y repartió con quejas y sentimientos; pero al fin con solo el nombre de que los pagaban, aunque conocieron la falta, se sosegaron. Diferentemente lo hicieron los Genoveses poco después, que concertados con el Emperador por cierta cantidad de dinero den envidiar su armada contra los Catalanes, pagándoles con esta misma moneda se la volvieron á enviar, y deshicieron la armada. Cuando los Aragoneses y Catalanes contentos con el dinero de las pagas quisieron pagar los huéspedes Griegos, y darles entera satisfacion, reusaron recibir la moneda al precio que se les daba, y como la comida y sustento necesario no sufre dilaciones, forzaban á los Griegos á que se las diesen, y recibiesen la moneda. Con esto se fueron alterando los Griegos, y los Catalanes á buscar la comida con las armas, con que todos los pueblos de aquella comarca quedaban desiertos. Andronico con infinitas quejas de los desórdenes y demasías de los soldados, se inclinó á seguir el parecer de su hijo, y poner remedio eficaz y violento á tantos daños. Pudiéranse atajar, si la diversidad de cabezas que habia en nuestro ejército, tuvieran entera autoridad con los súbditos, y ellos estuvieran unidos; porque siempre, que un Príncipe usa de trazas tan indignas de su obligacion, como fué dar á los Catalanes moneda tan falta por su antiguo precio, y no mandar con universal edicto que la recibiesen todos los súbditos de su Imperio al mismo precio, es dar ocasion cierta de venir á rompimiento el pueblo y la milicia. Tiénese por cierto que este medio fué trazado por entre ambos Emperadores Andronico y Miguel, para que los Catalanes maltratasen á los Griegos, y ellos ofendidos tomasen las armas para su venganza, con que les pareció que los Catalanes quedarian perdidos, y ellos libres de su obligacion. Salió bien la traza, porque los nuestros faltos de dinero, se entraban por las aldeas y pueblos grandes, y se hacian contribuir, y en hallando resistencia, con la acostumbrada licencia militar maltrataban de manos y de lengua á quien se les oponia. Nicephoro Autor Griego, como de la parte ofendida, cuenta largamente los excesos de aquella milicia, y muchos más Jorge Pachimerio, que dando lugar á su pasion, muerte con mayor malignidad; Pero Montaner niega que los Catalanes se mostrasen implacables y crueles con los Griegos; antes dice que les ayudaban y socorrian, porque con la furia de los Turcos, los fieles de las Provincias de la Asia, huyendo de tan cruel servidumbre, se recogian á Constantinopla, y perecian en los muladares de hambre y de miseria, sin que á los Griegos les moviese á lástima la desdicha de los que tenian por compañeros y amigos; y que los Catalanes con mucha liberalidad y largueza socorrian á muchos que padecían en este comun trabajo. El crédito que se debe dar á estos Historiadores el que leyese esta relacion puede facilmente ser juez, precediendo primero la noticia de sus caridades. Nicephoro y Pacimerio Griegos, y en muchas partes poco cuidadosos de escribir la verdad, ofendidos por comunes y particulares agravios de los nuestros, lejos de las ocasiones, Montaner español, testigo de vista de todos estos sucesos, y que la llaneza de su estilo, y del tiempo que escribió, parece que aseguran la verdad de los acontecimientos que refiere.

El emperador Andronico temiendo que Roger descubiertamente no tomase las armas contra él, y siguiese la voluntad de los Catalanes, ofendidos del engaño que hubo en las monedad de sus pagas, quiso que el Príncipe Maruli general de los Romeos que militaban con Roger en el Oriente, fuese de su parte á traerle á Constantinopla, y le asegurase de su voluntad, que siempre habia sido de hacerle merced, y engrandecerle, y juntamente le ordenó que dijese á su hermana Irene que se viniese con él, por parecerle que tendría autoridad con el hierno para persuadirle lo que importase. Llegó con esta embajada Maruli á Galípoli, y Roger claramente le respondió que no pensaba salir de Galípoli sin hacerse más sospechoso á los suyos con asistir en Constantinopla. Irene tambien se escusó por la falte de salud, que no le daba lugar de ponerse en camino. Con esto Maruli volvió á Constantinopla, y desengañó al emperador, que si no pagaba el ejército por entero no habia de tratar de conciertos. Con todo este desengaño porfió segunda vez por medio de su hermana, á persuadirle que pasase al Oriente con algun socorro que le enviaria, porque Philadelphia estaba en mayor aprieto que el año antes, y que la necesidad que padecían no perdonaba aún á los muertos. Bien quisiera Roger obedecer al Emperador, pero los soldados estaban más irritados que nunca, y si Roger entónces mostrára gusto de dársele al Emperador peligrára su autoridad y vida.

En este tiempo Berenguer de Entenza, viendo que todo estaba lleno de sospechas y miedos, y que los Griegos le miraban como Catalan, y los Catalanes entraban en desconfianza de su fé, porque estaba cabe el Emperador en lugar tan supremo, y que aquello no podia ser sino estando de su parte, aprobando lo mal que el Emperador lo hacia con ellos; finalmente estando ya las cosas de los Catalanes, y Andronico, en términos que no se podia estar neutral, ni ser medianero entre estas diferencia sin gran riesgo de perderlos á todos, Berenguer se resolvió de acudir á su primera obligacion, y preferir á su particular acrecentamiento el público honor y estimacion de la nacion, que estaba cerca de perderse. Pidió licencia á Andronico para volverse á Galípoli, y aunque el Emperador con ruegos y dádivas le procuró detener, no dejó de embarcarse en dos galeras que tenia al puerto de Blanquernas por la puerta del Emperador, y dice Pachimerio, que se embarcó con el semblante triste, y que mostraba el combate de pensamientos que llevaba. De la galera volvió á enviar al Emperador treinta vasos de oro y plata que le habia dado, y añade el mismo autor, que las insignias de la dignidad de Megaduque las arrojó en el mar, mostrando que desde entonces renunciaba la amistad del Imperio. Esta accion que en los Griegos se condena por muy infame y vil, fué la más digna de alabanza que este gran caballero hizo en el Oriente, porque ni las honras ni los cargos no le pudieron apartar de lo justo; ejemplo grande para los que quieren introducirse con daño del bien público, y reputacion de la patria, como á muchos acontece, que olvidados de lo que deben á su sangre y á su naturaleza, la dejan maltratar por pequeños intereses, que las más veces de las veces de ellos no les queda sino solo la infamia por premio de su ruindad.

Estando ya para partirse Berenguer, el Emperador le envió á llamar muchas veces, sin que pudiese creer que Berenguer le dejaria. Ofreciéronle al Emperador ciertos hombres de Malvasia de acometer las dos galeras de Berenguer, y vengar la poca estimacion que hacia de su amistad, y juntamente cobrar ellos una galera, que tenian á partido en servicio de Berenguer, pero el Emperador no permitió que se ejecutase, porque pensó reducirle. Aquella noche Berenguer se hizo á la vela, y se vino á Galípoli, donde halló todas las cosas llenas de mil sospechas y recelos.

CAPITULO XXIII.

Da el Emperador Andronico en feudo á los Capitanes Catalanes y
Aragoneses las Provincias del Asia.

El Emperador deseaba dividir los Catalanes entre sí, para después poderles castigar más á su salvo. Volvió á persuadir á Roger lo que antes por medio de Canavurio familiar ministro de Irene su suegra, el cual después de ir y venir muchas veces de Constantinopla á Galípoli, concertó el mayor negocio para los Catalanes, que se pudo desear para su grandeza y aumento, si como se les ofreció se les cumpliera; pero la insolencia de los soldados, la envidia de los Griegos, la instancia del hijo trocó el amor y aficion que Andronico tenía á nuestras cosas en mortal aborrecimiento; y así se determinó entre el Emperador y su hijo dar aparente y honrosa satisfacion á los Catalanes, y ocultamente trazar su perdicion y ruina; aunque esto no lo dicen los Historiadores, dejase fácilmente entender por lo que después se hizo. Andronico por medio de este Canavurio, forzado del temor de las armas de los Catalanes, y del socorro que la fama habia publicado que venia de Sicilia, y que con tan largas pagas estaba el fisco y cámara imperial destruida, y que las rentas del Imperio no eran suficientes para los gastos ordinarios y forzosos, y que como á Príncipe le tocaba prevenir el remedio, y ellos como Capitanes obligados y amigos debian ayudarle á poner en ejecucion lo que á todos les importaba igualmente. Al fin se concertó entre el Emperador y Roger, después de largas y pesadas consultas, lo siguiente. Que desde luego diese Andronico las Provincias de la Asia en feudo á los Ricos hombres, y caballeros Catalanes y Aragoneses, con obligacion que siempre que fuesen llamados y requeridos por él, ó por sus sucesores, acudiesen á servirle á su costa, y que el Emperador no estuviese obligado á dar después de la conclusion de este trato sueldo á la gente de guerra, solo les habia de socorrer cada un año con treinta mil escudos, y con ciento veinte mil modios de trigo, dándoles el dinero de las pagas corridas hasta el dia de este concierto. Con este trato quedaron nuestras cosas, al parecer, en suma grandeza; porque los Catalanes se vieron señores de todas las Provincias de Asia, así por dárselas el Emperador en paga de sus servicios, como porque las ganaron con las armas, y libraron de la servidumbre de los Turcos: títulos que cualquiera de ellos era bastante á darles el derecho de señorío de todas ellas. Esta fué una de las cosas más señaladas de esta expedicion, y que más puede ilustrar la nacion Catalana y Aragonesa; pues cuando los Romanos, vencido Mithridates, ganaron el Asia, alcanzaron una de sus mayores glorias, y lo que el valor de tantos famosos Capitanes y ejércitos conquistó en muchos años, lo adquirieron los nuestros en menos de dos, y si con engaños y traiciones no les atajaran su fortuna, quedaron absolutos señores y Príncipes de la Asia, y quizá si se conserváran, detuvieran los Turcos en sus principios, y no les dieran lugar á dilatar ni engrandecer los límites inmensos del Imperio que hoy poseen.

Estos conciertos se juraron delante de la imagen de la Virgen, costumbre antigua de aquel Imperio. En esta donacion concuerdan Pachimerio y Montaner, solo el Griego difiere en una circunstancia, porque dice, que Andronico exceptuó algunas ciudades, que no quiso que se incluyesen en la donacion.

CAPITULO XXIV.

La gente de guerra con mayor furia que antes se alborota, porque tiene alguna desconfianza de Roger.

El Emperador Andronico para cumplimiento del juramento hecho, envió á Teodoro Chuno que llevase á Roger los conciertos firmados y sellados con sellos de oro, y treinta mil escudos, y las insignias de César, y que el trigo estaba ya recogido para entregarle á quien Roger ordenase. Caminaba la vuelta de Ripi Teodoro, y como cuerdo y practico junto á Ripi se detuvo, porque supo que las cosas de Galípoli, y de los catalanes se iban empeorando. Resolvió de no pasar adelante hasta saber de cierto el estado de las cosas, á más de que temia á Roger por estar ofendido de un hermano suyo que estaba en Cancilio, de donde muchas veces habia salido con gente armada en su daño. Así parece que por cierta providencia envió á Canavurio que fuese antes á la hermana del Emperador, para que primero á ella le diese aviso de lo que pasaba, y juntamente volviese á sagnificarle la disposicion y estado del nuevo motin, porque su persona y el dinero no lo queria aventurar sin más seguridad de la que tenía. Pasó adelante, caminando siempre muy despacio, para dar tiempo á Canavurio que se pudiese informar, y volverle á encontrar antes del peligro. Junto á Brachialio tuvo nuevas llenas de sospechas, porque tuvo aviso que Roger no recibiera las insignias de César por no hacerse más sospechoso á los suyos, de quien ya comenzaban á tener alguna desconfianza, por verle rico y honrado, y ellos defraudado de su sueldo. Temió Teodoro, y resolvió de asegurarse, retirándose al fuerte de Ripi donde estuvo algunos dias. Como vió que no se sosegaba la gente, temió que si los Catalanes entendieran que él estaba en Ripi con treinta mil escudos, no le acometiesen para quitarle el dinero; y así una noche con gran secreto con todos los recaudos que traía se fué á Constantinopla, y dió razon al Emperador de lo que le habia detenido, y forzado á volver atrás sin ejecutar su órden. Roger juzgó que convenia para su reputacion, y seguridad satisfacer al ejército de las sospechas viles de su fé, y así ordenó á las principales cabezas del ejército que se viniesen á Galípoli, dejando aseguradas las plazas que tenian á su cargo, Juntos todos les dijo, que los trabajos y peligros que habian padecido por el aumentó y bien de la nacion Catalana y Aragonesa, no merecían tan mala correspondencia como tener duda de su fidelidad: que él habia probado su intencion en la guerra de Sicilia, sirvieron al Rey, y gobernando siempre gente Catalana, y con ser aquellos tiempos tan sospechosos, nadie se atrevió á ofenderle: que en las guerras del Asia habia acudido á la obligacion que fué llamado, y que el Emperador aunque le habia hecho muchas honras, no las tenía él por iguales á sus servicios, y cuando lo fueran, que él no era hombre que por correponder á ellas olvidaría las obligaciones que tenía en primer lugar: que el Emperador le queria hacer César, y que él no queria más recibir honras sin que á ellos se les diese entera satisfacion, y que por solo venirles á socorrer y animar habia salido de Constantinopla, y dejado al Emperador que le queria detener y acrecentar; que él estaba resuelto de correr la fortuna que ellos, y que si el Emperador con su ejército les acometiere, procuraría por el juramento hecho ceder si pudiese á su rigor, pero que cuando conviniese, forzosamente habian de venir á las armas, y las suyas siempre se habian de emplear en la defensa comun contra los Griegos. Con esta plática Roger aseguró su crédito, y los Catalanes satisfechos de sus sospechas, y así con el reconocimiento que siempre, le dieron disculpa de los recelos mal fundados de algunos.

En este mismo tiempo sucedió para mayor descrédito de nuestras armas, que los Turcos acometieron la Isla del Jio, que estaba á cargo de Roger y los suyos, y casi toda ella la tomaron, sino fueron algunos que se pudieron retirar á la fortaleza en cuarenta barcos que pudieron juntar, y estos tambien se perdieron lastimosamente rotos y deshechos de una furiosa tormenta junto á la Isla de Sciro. Con esta pérdida los ánimos de los unos y de los otros se fueron irritando. Los Griegos porque les pareció que los Catalanes, ya que les molestaban tanto con las ordinarias contribuciones, no fuesen bastantes para defenderles del rigor y sujecion de los infieles; los Catalanes tambien atribuyeron esta perdida á la dilacion de Andronico, en no cumplirles lo que tantas veces se les habia ofrecido, y que si se les pagara con tiempo, pudieran ellos acudir á su obligacion, y defender lo que estaba á su cargo; la falta de dinero les obligó á que con mayor desorden le fuesen á buscar por todos los lugares de Thracia.

CAPITULO XXV.

Concluyese el trato de pasar al Oriente, y Roger recibe las insignias de
César, y dinero.

A los oidos de los Emperadores Andronico y Miguel llegó lo que Roger públicamente dijo; y ofendidos gravemente, quisieron con el ejército que tenian junto en Andrinopoli acometer el de los Catalanes, pero Andronico á persuasion de Azan cuñado de Roger; á quien poco antes habia dado la dignidad de Panipersebastor, mandó á su hijo que no lo ejecutase, esperando siempre por medio de su sobrino reducir á Roger, á quien Azan escribió la justa indignacion del Emperador, y que la mayor disculpa que podria dar seria pasar el ejército en Asia, y comenzar la guerra. Respondió Roger á su cuñado, y al Emperador en la misma conformidad y escribió: que la necesidad le habia obligado á dar de palabra satisfacion á todo el ejército, porque si no lo hiciera, se acabáran de confirmar en sus sospechas, y que sin duda le matáran: que él siempre seria fiel y reconocido á las muchas honras y mercedes que de su mano habia recibido, y que si de lengua le habia ofendido fué, porque los Catalanes no le ofendieran con efecto, tomando por cabeza otro Capitan que libremente les dejara ejecutar su ímpetu; que se sirviese de socorrerles con algo, porque de otra manera no se atrevia á reducirlos, porque él apenas tenía mil hombres que le obedeciesen. Con esta carta el Emperador volvió á mandar á su hijo que no les ofendiese, pero que impidiese sus correrias.

Azan que deseaba conservar á su cuñado Roger, persuadió al Emperador que le volviese á enviarlo que Teodoro Chuno poco antes le llevaba, y que con esto pasaria á la Asia, y así el Emperador le envió las insignias de César, y el dia de la resurrecion de Lázaro, fué vestido y aclamado por César, y se le dieron treinta y tres mil escudos, y cien mil modios de trigo, pero resueltamente le mandó el Emperador que despidiese toda la gente, solo se quedase con mil hombres. Roger mostró con aparente demostraciones que obedecia, pero con secreto disponia sus consejos para cualquier acontecimiento. Envió á Berenguer de Entenza parte de su gente que ya estaba declarado por rebelde y enemigo del Imperio; la otra envió á Cizico Metellin donde ya habia guarnicion de Catalanes. Recogió, á más del trigo que el Emperador le daba, otra mayor cantidad de la que los Catalanes recogieron de las contribuciones.

CAPITULO XXVI.

Partese Roger á verse con Miguel Paleólogo, contradicelo María su mujer, y los demás Capitanes.

En este tiempo que los Catalanes andaban llenos de tantos temores y esperanzas, ya Andronico y Miguel trazaban de que manera podian hacer un castigo señalado en ellos, y castigar con sumo rigor su atrevimiento; que aunque esto claramente no lo dicen los Historiadores Griegos, el efecto lo publicó, y descubrió su alevosia. La desdichada suerte de Roger abrió el camino para que esto se ejecutase, con gran seguridad de los Griegos, y notable pérdida nuestra. Llegóse el tiempo de la partida de Grecia para proseguir la guerra, y Roger determinó de ir á verse con Miguel Paleólogo para darle razon de lo que se habia tratado con su padre en materia de la guerra, y pedirle dinero, como Nicephoro dice. Pero María mujer de Roger, y su madre y hermanos, que como ladrones de casa conocían bien la condicion de los suyos, sentian muy mal de esta ida, y María, como á quien más le importaba, advirtió á su marido en secreto que no se fuese, ni se pusiese voluntariamente en las manos de Miguel, y que no ofreciese la ocasion á quien con tanto cuidado la buscaba; que advirtiese cuán huérfana quedaba ella, cuán desamparados los suyos si faltase su gobierno; que no fiase tanto de su ánimo; que no diese crédito á sus palabras, nacidas no solo de su cuidado pero de ciertas y seguras señales que tenia de que Miguel Paleólogo procuraba su ruina. Todas estas razones acompañadas con lágrimas y ruegos dijo María á su marido Reger, porque como Griega, y persona tan íntima de la casa del Príncipe, aunque se recelaba de ella porque no descubriese sus trazas, como todo este recto llegaban á su noticia muchas, que como mujer cuerda y cuidadosa de la vida del marido pudo advertir, y descubrir algo de lo que se maquinaba contra él. Hizo poco caso Roger de sus consejos, y ella cuanto menos recelo descubria en el marido, tanto más crecia su cuidado, y procuraba intentar algunos medios para persuadirle; y el que debiera ser más eficaz, fué llamar á los capitanes más principales del ejército, y descubrióles sus justas sospechas, para que pidiesen á Roger que suspendiese su ida de Andrinopoli para visitar á Miguel Paleólogo. Al fin todos los Capitanes juntos á instancia de María, cuyas sospechas no les parecian vanas, fueron á Roger, y le pidieron que dejase, ó si quiera, difiriese la jornada hasta estar más asegurado y satisfecho del animo de Miguel. Respondióles resueltamente que por ningun temor que le pusiesen delante dejaria de hacer su viage, y cumplir con obligacion tan forzosa como visitar á Miguel, y quien debia el mismo respecto que al Emperador su padre; que si antes de partir de Grecia para la jornada de Asia no se le daba razon de todos sus consejos y determinaciones, era darle ocasion desavenirse con ellos, cosa de grande incoveniente para la conservacion de todos ellos, que los recelos de María su mujer nacian del amor y temor de perderle, y que pues eran sin otro fundamento no era justo que le detuviese.

Llamado Roger de su fatal destino, ni advirtió su peligro, ni advertido lo temió. Muchas veces por mas avisos que un hombre tenga no puede escapar de la muerte y fines desastrados; aunque Dios nos advierte con señales manifiestos y claros, puede tener una loca confianza que nos quita el discurso para que no veamos los peligros donde está determinado nuestro fin y castigo. En este caso de Roger, ni su buen discurso, ni el conocimiento grande de la naturaleza de los Griegos, ni los avisos de su mujer, ni los ruegos de los suyos, pudieron detenerle para que voluntariamente no se entregáse á la muerte. Resuelto ya de partirse, María su mujer con todos los de su casa no quiso quedarse en Galípoli, porque como tenía por cierta nuestra perdicion, no le pareció aventurarse, pues la obligacion de asistir en Gailipoli faltaba con ausentarse su marido. Mandó Roger que Fernando Aones con cuatro galeras la llevase á Constantinopla, y él con trescientos caballos, y mil infantes, dejando en su lugar á Berenguer de Entenza. Caminó la vuelta de Andrinopoli; dicha por otro nombre Orestiade, Ciudad principal de Thracia, y Corte de muchos Emperadores y Reyes, y que entónces lo era de Miguel, Zurita quiera que Andrinopoli y Orestiade sean lugares diversos, porque no llegó á su noticia que esta Ciudad tenia entrambos nombres, Nicephoro la llamó Orestiade con el nombre mas antiguo, y Montaner Andrinopoli, que fué el mas moderno; y el que entónces le daban los Griegos, y el que hoy conserva con poca diferencia.

Supo el Emperador Miguel á 22, de Abril como el César Roger venia, porque Azan su cuñado se lo hizo saber. Alteróse extrañamente Miguel de esta venida, y con un caballero de su casa le envió á preguntar, una jornada antes que llegase, si el Emperador su padre se lo habia mandado ó el movido de su sola voluntad. Respndió el César con palabras llenas de humildad que solo iba para darle obediencia, y mostrar la servitud que le debia, y juntamente para conferir con él el viaje que habia de hacer al Oriente. Con esta respuesta se sosegó Miguel, y mostró que gustaba de su venida. Envió luegó á recibirle con la benignidad y cortesía que convenia. Era Miércoles de la segunda semana de la Pascua que llaman de Santo Thomás. Vióse aquella misma noche con el Emperador, de quien fué recibido y acariciado con grandes demostraciones de amor.

CAPITULO XXVII.

Matan á Roger con gran crueldad los Alanos, estando comiendo con los
Emperadores Miguel y María, y á todos los que fueron en su compañía.

Con el buen acogimiento que Miguel hizo á Roger y á los suyos, creyeron que las sopechas de María fueron sin fundamento, y vivían tan sin cuidado ni recelo del daño que tan vecino tenian, que divivididos y sin armas discurrian por la Ciudad como entre amigos y confederados. Estaban dentro de ella los Alanos con George su General, cuyo hijo mataron en Asia los Catalanes. Estaban tambien los turcoples, parte debajo del gobierno del búlgaro Basila, la otra obedecia á Meleco. Los Romeos estaban debajo del gran Primicerio Casiano, y del Duque y gran Príncipe de Compañías llamado Etriarca. Todos estos tuvieron por sospechosa la venida de Roger, y que solo venia á reconocer las fuerzas de Miguel, con pretesto de darle la obediencia, y según ellas disponer sus consejos. El que mas alteraba y movia los ánimos contra Roger y los Catalanes, era George cabeza de los Alanos; que con deseo de tomar satisfaccion intentaba todos los medios que podia; finalmente, ó fuese por solo su motivo, ó con permision y órden del Emperador Miguel; el dia antes de partida de Roger, estando comiendo con el Emperador Miguel y la Emperatriz María, gozando de la honra que sus Príncipes le hacian, entraron en la pieza donde se comia George Alano, Meleco Turcople con muchos de los suyos Gregorio; el primero cerró con Roger, y después de muchas heridas con ayuda de los suyos le cortó la cabeza, y quedó el cuerpo despedazado entre las viandas y mesa del Príncipe, que se presumia habia de ser prenda segurísima de amistad, y no lugar donde se quitase la vida á un Capitan amigo, y de tantos y tan señalados servicios, huésped suyo, pariente suyo y como tal, honrado en su casa, en su mesa y en presencia de su mujer y suya. No se pudieron juntar, á mi parecer, mayores circunstancias para acrecentar la infamia de este caso, hecho por cierto indigno de lo que tiene nombre y obligaciones de Príncipe, que las mas principales son las que mas se apartan de parecer ingrato y cruel, aunque es verdad que los Príncipes raras veces se reconocen por obligados, y cuando se tienen por tales, aborrecen la persona de quien les tiene obligados, pero esto no llega á tanto que perdiendo de todo punto el miedo á la fama, descubiertamente le acaben y destruyan. Lo cierto es que comúnmente puede mas en un Príncipe un pequeño disgusto para castigar, que grandes y señalados servicios para perdonar, ó disimular algunas ofensas de poca, ó ninguna consideracion. ¿Pero qué maldad hay que no acometa un Príncipe injusto si se le antoja que importa para su conservacion? Porque el juicio y castigo de Dios á quien solo se sujetan y temen, le miran tan de lejos, que apenas le descubren no acordándose por cuan flacos medios vienen á ser castigados, pues la mano de un hombre resuelto suele quietar Reynos y vidas.

Este desastrado fin tuvo Roger de Flor de edad de 37 años, hombre de gran valor, y de mayor fortuna, dichoso con sus enemigos, y desdichado con sus amigos, porque los unos le hicieron señalado y famoso Capitan, y los otros le quitaron la vida. Fué de semblante áspero, de corazon ardiente, y diligentísimo en ejecutar lo que determinaba, magnífico, liberal, y esto le hizo General, y cabeza de nuestra gente; pues con las dadivas grangeó amigos que le pusieron en este puesto, que fué uno de los mayores, fuera de ser Emperador, ó Rey, que hubo en aquellos tiempos. Dejó á su mujer preñada, y después parió un hijo que Montaner refiere que vivia en el tiempo que él comenzó su historia. Nicephoro solo dice, que junto al palacio del Emperador Miguel le mataron, sin decir por cuyo órden fué, ni quien lo hizo; pero Pachimerio concuerda con Mantaner en lo mas esencial, porque refiere, que salido el César fuera de la Cámara Imperial, después de haber comido con los Emperadores, le envistieron los Alanos de George, y que Roger viéndose acometido se retiro hácia donde estaba la Emperatriz Augusta, y cayó muerto junto á ella, atravesado de una estocada por las espaldas, y que cuando le llegó la nueva á Miguel, que estaba en otro cuarto de su palacio, del suceso de Roger, y que todo estaba alborotado por las muertes que los Alanos ejecutaban en los Catalanes descuidados, perdió casi el sentido, y preguntó si la Emperatriz habia recibido algun daño y si estaba segura; pero luego supo la ocasion de la muerte de Roger, y mandó que George viniese á su presencia, y le preguntó la ocasion que habia tenido para hacer la muerte de Roger, y que le respondió. Que porque el Imperio tuviese un enemigo menos. Así disculpa Pachimerio esta maldad; pero ya que Miguel expresamente no fué Autor de esta muerte, pero por lo menos la consintió, y dejó de castigarla, con que se hizo participante del delito.

No se satisfacieron los Alanos con solo la muerte de Roger, porque al mismo tiempo acometieron todos los Catalanes y Aragoneses que estaban en su compañía, y con atroces muertes los despedazaron, y dice Pachimerio, que Miguel mandó á su tio Teodoro que detuviese á los Alanos y á las demas naciones, que encarnizadas con nuestras sangres salieron de Andrinopoli á degollar todos los que topasen de nuestra nacion, que habia muchos alojados por aquellas aldeas, y que esto lo hizo Miguel porque temió que los suyos no fuesen vencidos, y que su ímpetu no les perdiese. Con esto me parece que claramente se descubre el ánimo de Miguel, que fué sin duda de acabarles á todos. Toda la gente de acaballo que estaba junta acometieron á todos los Catalanes y Aragoneses dentro de la ciudad, y fuera de ella; pero algunos heridos y maltratados tomaron las armas, y perdieron la vida que les quedaba con igual daño del enemigo. Escaparon solo tres caballeros de esta lastimosa tragedia, puesto que Nicephoro dice, que escapó la mayor parte. El uno se llamaba Ramon Álquer, hijo de Gilabert Álquer natural de Castellon de Ampurias, los otros dos eran Guillén de Tous, y Berenguer de Roudor de Llobregat, los demás aunque no murieron luego, fueron entonces puestos en hierros, y después con mayor crueldad quemados, como después se referirá por relacion de Pachimerio. Estos tres caballeros defendiéndose valerosisamente ganaron una Iglesia, y apretándoles mucho en ella, se hubieron de retirar á una torre de ella, peleando con tanta desesperacion desde lo alto que no fué posible, por masque se procuró, matarles ni rendirles. Miguel después de haber ejecutado su crueldad, quiso ganar fama de piadoso y clemente, y así mandó que nadie les ofendiese, y dióles salvo conducto para volver á Galípoli. Nicephoro difiere algo de Montaner en este hecho, porque dice, que Roger fué con solos doscientos caballos á Andrinopoli, y no para solo verse con Miguel, y darle cuenta de lo que se habia determinado en materia de la guerra, como Montaner escribe, sino para pedirle dinero, y cuando lo rehusase hacérselo dar por fuerza. Estas son palabras de Nicephoro, y á lo que yo puedo entender dichas con poco acuerdo de lo que antes habia referido, que Miguel estaba en Andrinopoli con un poderoso ejército, y no parece que un Capitan tan prudente como Roger, á quien los mismos Griegos llaman, siempre que se ofrece ocasion, hombre de gran prudencia, hiciese tan gran desatino, como lo fuera ir con solos trescientos de á caballo á amenazar un Emperador, que se hallaba dentro de una Ciudad grande, y con un ejército poderoso.

CAPITULO XXVIII.

La gente de guerra toma descubiertamente las armas contra los Griegos, y en diferentes partes del Imperio se matan los Catalanes y Aragoneses.

La gente de guerra que estaba con Berenguer de Entenza y Rocafort, les pareció tentar el último medio para que Andronico les pagase. Enviaron al Emperador tres embajadores, para que resueltamente le dijesen, que si dentro de quince dias no se les acudia con parte de lo mucho que se les debia, les era forzoso apartarse de su servicio, dar lugar á que sus armas alcanzasen lo que su razon y justicia nuca pudo. Recibió el Emperador estos tres Embajadores, que fueran Rodrigo Perez de Santa Cruz, Arnaldo de Moncortes, y Ferrer de Torrellas, y en presencia de la mayor parte de sus Consejeros y Ministros, y con mucha aspereza les dijo: que el Imperio de los Griegos no estaba tan acabado y destruido, que no pudiese juntar ejércitos poderosos para castigar su atrevimiento y rebeldía, y aunque eran muchos los servicios que le habian hécho en la guerra de Oriente, ya los habian borrado con sus excesos y demasías, y con la poca obediencia y respeto que tenian á su corona: que él haria lo que tocaba y fuese razon; en lo demas les aconsejaba, que no se precipitasen con desesperacion á lo que tan mal les estaba, y que no pidiesen con violencia lo que con la misma se les podia negar; que la fidelidad de que ellos tanto se preciaban se perdia, si las mercedes se pedian por fuerza á su Príncipe. Sin querer oir su respuesta, ni dar lugar á más satisfaccion, les mandó el Emperador, que con mas acuerdo se resolviesen y le hablasen. Después dentro de pocos dias llegó la nueva á Constantinopla de la muerte de Roger, y de algunas crueldades que los nuestros hicieron en Galípoli, y el pueblo se levantó contra los Catalanes, según dice Pachimerio; pero Montaner refiere, que en un mismo tiempo en todas las Ciudades del Imperio se degollaron los Catalanes por órden de Andronico, y Miguel. Puede ser que en esto Montaner ande algo apasionado, atribuyendo toda la culpa á los Emperadores; pero lo que yo tengo por cierto, que el pueblo irritado ejecutó esta maldad y ellos no la atajaron.

En Constantinopla se levantó el pueblo, y acometió los cuarteles á do estaban los Catalanes, y como si fueran á caza de fieras les iban degollando y matando por la Ciudad. Después de haber degollado muchos, fueron á casa de Raul Paqueo, pariente de Andronico, y suegro de Fernando Aones el Almirante, y pidió el pueblo que luego se les entregasen los Catalanes que habia dentro; y porque esto no se hizo tan presto como ellos quisieron, pegaron fuego á la casa con que se abrasó todo cuanto habia dentro, y aquí tengo por cierto que los tres Embajadores y el Almirante perecieron. El Patriarca de Constantinopla salió á reprimir la multitud amotinada, y sin hacer efecto con mucho peligro se retiró. La mayor dificultad que se ofreció para no poder oprimir á los Catalanes todos á un tiempo, fué por estar Galípoli bien defendido, y los que estaban alojados en las aldeas con las armas en la mano, y mas adbertidos que los otros que estaban en diferentes partes.

Miguel temiendo que los de Galípoli sabida la muerte de Roger no le acometiesen, mandó que el gran Primicerio fuese con todo lo grueso del ejército sobre Galípoli. Ejecutóse luego, y con la caballería mas ligera se enviaron algunos Capitanes, para que les acometiesen antes que pudiesen ser avisados. Cogieron á la mayor parte divididos por sus alojamientos, en sus lechos, y en sumo descanso; porque entre los que tenian por amigos les parecia inútil el cuidado de guardarse. Entró esta caballería por algunos casales, pasando por el rigor de la espada todos los Aragoneses y Catalanes que toparon. Las voces y gemidos de los que cruelmente se herian y mataban, avisaron á muchos que se pudieron poner en seguro, y la codicia de los vencedores, que ocupados en el robo dejaban de matar, tambien dió lugar á que muchos se escapasen. En Galípoli, aunque lejos, se sintió el ruido y voces confusas, con que los nuestros tomaron las armas, y quisieron salir á reconocer la campaña, y certificarse del daño que temian; pero Berenguer de Entenza y los demás Capitanes detuvieron el ímpetu de los soldados, que en todo caso querian que se les diese franca la salida; y como la obediencia de aquella gente no estaba en el punto que debiera, no se atrevió Berenguer á enviar algunas tropas á batir los caminos, y tomar lengua, porque temió que tras de ellas seguiria el resto de la gente, y quedaria Galípoli sin defensa, de cuya conservacion pendia la salud comun.

Discurríase variamente entre los nuestros la causa de tanto alboroto en las campañas y caserias vecinas de Galípoli. Decian unos que los Griegos oprimidos de la gente militar se habrian conjurado, y tomado las armas para alcanzar su libertad; otros que atravesando aquel angosto espacio de mar los Turcos, acometian sin duda á nuestros cuarteles; pero en esta variedad de discursos jamás pudieron atinar la verdad de caso tan inhumano. Con la noche y confusion del caso algunos de los nuestros llegaron á Galípoli libres, y solo dieron noticia de que dentro de sus casas, en sus alojamientos, habian sido acometidos de gentes militar y armada.

CAPITULO XXIX.

Berenguer de Entenza, y los que estaban dentro de Galípoli, sabida la muerte de Roger, deguellan todos los vecinos de Galípoli, y el campo enemigo los sitia.

Estando en esta turbacion tuvieron aviso cierto de la muerte de Roger, y de la universal matanza de los Catalanes y Aragoneses en Andrinopoli, y juntamente de la que en la comarca de Galípoli se ejecutaba por órden de Miguel. Fué tanta la rabia y corage de los Catalanes, que dice Nicephoro, y concuerda con él Pachimerio, aunque Montaner lo calla, que mataron á todos los vecinos de Galípoli, no perdonando á sexo ni edad, y Pachimerio encarece mas la inhumanidad del caso diciendo; que hasta los niños empalaban: fiereza y maldad abominable si fué verdad, aunque se puede dudar por ser Griega y enemigo este Autor. Pero si en algun exceso tiene lugar la disculpa fué en este, pues con el ímpetu de la cólera la ejecutaron contra los Griegos que tuvieron delante, en satisfacion de otra mayor crueldad hecha por ellos con mucho acuerdo y sin causa. Desde este punto todo fué crueldad rabia, y furor de entreambas partes, que parece que la guerra no se hacia entre hombres sino entre fieras. Pero sin duda que las crueldades de los Griegos excedieron sin comparacion á las que hicieron los Catalanes, porque nunca violaron el derecho de las gentes, ni ofendieron á sus enemigos de bajo de palabra, ni seguro; aunque en otras cosas los nuestros anduvieron muy sobrados, y no guardaron las leyes de una guerra justa; pero la ocasion de esto fué no quererlas guardar los Griegos, con que quedan bastantemente disculpados los Catalanes y Aragoneses en esta parte, pues forzosamente la guerra se hubo de hacer con igualdad. Juntáronse los Capitanes con harta confusion y sentimiento á tratar de su remedio. Estaban en un estado tan lastimoso, que aun los mismos enemigos se podian compadecer de su miseria. Perdidos todos sus servicios, con que algun tiempo pensaba alcanzar quietud y descanso; perdida la reputacion por el castigo, porque con él se habia dado ocasion para que todo el mundo les tuviese en poco, pues tras tantas victorias merecían tal premio; muertos gran parte de sus amigos, y su muerte á los ojos.

Hallábase á la sazon Galípoli sin bastimentos, y sin fortificacion alguna, cuando los enemigos que allegaban al número de treinta mil infantes, y catorce mil caballos, entre las tres naciones de Turcoples, Alanos y Griegos se pusieron casi sobre sus murallas, amenazando á los nuestros un lastimoso fin; porque el Emperador Miguel junto las fuerzas que pudo de Thracia y Macedonia, á mas de la gente que ordinariamente llevaba sueldo del Imperio; y para dar mas calor se salió de Andrinopoli, y se fué á Panphilo, y de allí envió al gran Duque Eteriarca á Basila, y al gran Bausi Humberto Palor á Brachialo cerca de Galípoli, para apretar mas los cercados. La primera resolucion que se tomó fué fortificar el arrabal, porque el enemigo no le ocupase, y no llegase sin perder gente y tiempo, cubierto de las casas, á nuestros fosos y murallas, aunque en esto no dejaba de haber dificultad por ser grande el espacio de los arrabales, y desigual para su defensa el pequeño número de nuestra gente. Hecho esto, determinaron de enviar Embajadores al Emperador Andronico, que en nombre de toda nuestra nacion se apartasen de su servicio, y le retasen, para que ciento á ciento, ó diez á diez conforme el uso de aquellos tiempos combatiesen en satisfaccion de su agravio, y de la muerte afrentosa de Roger, y de los suyos, hecha tan alevosamente por Miguel su hijo, y por los demás Griegos. Enviáronse un caballero que Montaner llamado Síscar, y á Pedro Lopez Adalid, y dos Almugavares, y otros tantos marineros; que eran de todas las diferencias de milicia que habia en nuestro ejército; y esto fué antes que se supiese en Galípoli la muerte de los tres Embajadores primeros, que fueron por órden de Berenguer de Entenza. En tanto que se esperaba la última resolucion de Andronico por medio de estos Embajadores, el enemigo poderoso en la campaña apretó el sitio de Galípoli, y los nuestros con su valor acostumbrado, con salidas y escaramuzas ordinarias le fatigaban y detenian.

CAPITULO XXX.

Tienen los nuestros consejo, síguese el de Berenguer de Entenza, no por el mejor, pero por ser del mas poderoso.

Había entre los capitanes de Galípoli diversas opiniones sobre el modo de hacer la guerra; y así convino que las principales cabezas se juntasen en consejo para resolverse. Berenguer de Entenza dijo: si el valor y esfuerzo de hombres que nacieron como nosotros, amigos y compañeros, en algun trabajo y desdicha pudiera faltar, pienso sin duda que fuera en la que hoy padecemos, por ser la mayor y mas cruel con que la variedad humana suele afligir los mortales, el ser perseguidos, maltratados, y muertos, por los que debiéramos ser amparados y defendidos. ¿De qué sirvieron las victorias, tanta sangre derramada, tantas Provincias adquiridas, si al tiempo que se esperaba justa recompensa debida á tantos servicios, con bárbara crueldad se ejecuta contra nosotros lo que vemos, y apenas damos crédito? Por mayor suerte juzgo la de nuestros compañeros que murieron sin sentir el agravio, que la nuestra que habemos de perecer con tan vivo sentimiento; porque dejar de tomar satisfacion de tantas ofensas, y retirarnos á la patria, fuera indigno de nuestro nombre, y de la fama que por largos años hemos conservado, ni los deudos ni amigos nos recibieran en la patria, ni ella nos conociera por hijos, si muertos nuestros compañeros alevosamente no se intentará la venganza, y se borrará con sangre enemiga nuestra afrenta. Las pocas fuerzas que nos quedan, avivadas con el agravio, al mayor poder se podian oponer, y mas favorecidas de la razon que tan claramente está de nuestra parte. Vuestro ánimo invencible en la dificultad cobra valor, y en el mayor peligro, mayor esfuerzo. El Asia quedó libre de la sujecion de los Turcos por nuestras armas, nuestra reputacion y fama tambien lo ha de quedar por ellas; y si Grecia se admira de tantas victorias, hoy sentirá el rigor de vuestras espadas que no supo conservar en su favor y defensa. Todos nos deben de tener por perdidos, ó por lo menos navegando la vuelta de Sicilia con los navios y galeras que nos quedan; pero su daño les desengañará, que ni el ánimo les acovardó, ni el agravio antes de su venganza permitió nuestra vuelta. Defender á Galípoli, es lo que ahora nos importa, por estar á la entrada del estrecho, de donde se puede impedir la navegacion y trato de estos mares, siempre que no corrieren por ellos armadas superiores á la nuestra, y así es forzoso buscar bastimentos y dinero para sustentarle. Los socorros tenemos lejos, tardos, y quizá dudosos, porque á nuestros Reyes ocupan otros cuidados mas vecinos. Todos los Príncipes y naciones que nos rodean son de enemigos, no hay que esperar otro socorro sino el que estos navios y galeras que nos quedan podran alcanzar de nuestros contrarios. Con esto haremos dos cosas importantes, buscar el sustento que nos va ya faltando, y divertir al enemigo del sitio que tanto nos aprieta, y puesto que la guerra se deba hacer como ya está determinado, es bien que sea en parte donde los enemigos no esten tan superiores, y se pueda mas fácilmente alcanzar alguna victoria, para que el crédito y reputacion de nuestras armas vulva á su debido lugar y estimacion. Las costas de estas Provincias vecinas viven sin recelo, pareciéndoles que nuestras fuerzas no son bastantes á defendernos en Galípoli, y en tanto que el sitio durare no dejaremos estas murallas. Este descuido parece que nos ofrece una ocasion cierta de hacerles mucho daño, si con nuestras galeras y navios acometemos estas islas y costas de su Imperio; y pues soy autor del consejo, lo seré de la ejecucion. A las últimas palabras de Berenguer de Entenza Rocafort se levantó con semblante y voz alterada, señales de su ánimo ocupado de la ira y venganza, dijo: El sentimiento y pasion con que me hallo por la muerte de Roger, y de nuestros Capitanes y amigos, no es mucho que turbe la voz y el semblante, pues enciende el ánimo para una honrada y justa satisfacion. Por el rigor de nuestro agravio, mas que por la razon; debiéramos hoy de tomar resolucion; porque en caos semejantes la presteza y poca consideracion suelen ser útiles, cuando de las consultas suelen dificultades. Retirarnos á la patria mengua y afrenta de nuestro nombre seria, hasta que nuestra venganza fuese tan señalada y atroz como lo fué la alevosia y traicion de los Griegos; y así en este punto siento con Berenguer de Entenza; pero en lo que toca al modo de hacer la guerra opuestamente debo contradecirle, porque paréceme yerro notable dividir nuestras fuerzas, que juntas son pequeñas y desiguales al poder del enemigo que nos sitia. Yo doy por cierto y constante que Berenguer robe, destruya, y abrase las costas vecinas como él ofrece; ¿pero quién nos asegura que al tiempo que él estuviere corriendo los mares, los pocos que quedaren en Galípoli no sean perdidos? ¿Y entonces Berenguer á donde podrá su armada, donde los despojos de su victoria? ¿No le queda puesto ni lugar seguro hasta Sicilia; pues yo por mas cierto tengo el perderse Galípoli si él sacáre la gente que está en su defensa para guarnecer la armada, que seguro de su victoria. Todos los Capitanes famosos ponen su mayor cuidado en socorrer una plaza que el enemigo tiene sitiada, y para esto aventuran no solo lo mejor y más entero de su campo, pero todas sus fuerzas? ¿Y Berenguer estando dentro se ha de salir? ¿Quién asegura al soldado que su ida ha de ser para volver? el miedo y el recelo comun no se pueda quitar, aunque sangre y hechos claros son seguras prendas para los que nacieron como él. Nuestra venganza ya no pide remedios tan cautos y dudosos, ni á nosostros nos conviene el dilatar la guerra por ser poca antes de ser menos; ejecutemos la ira. Aventurese en un trance y peligro nuestra vida; y así mi último parecer es, de que salgamos en campaña, y debemos la batalla á los que tenemos delante.

Y aunque por la muchedumbre del ejército enemigo se puede tener la muerte por más cierto que la victoria, la causa justa que mueve nuestras armas, y el mismo valor que venció á los Turcos vencedores de los Griegos, tambien puede darnos comfianza de romper sus copiosos escuadrones, y abatir sus águilas como se abatieron sus lunas; y cuando en esta batalla estuviere determinado nuestro fin, será digno de nuestra gloria que el último término de la vida nos halle con la espada en la mano, y ocupados en la ruina y daños de tan pérfida gente. Prevalió este último parecer en los votos de los que se consultaban por ser el mas pronto, aunque de más peligro, y de mas gallardia; pero el poder de Berenguer de Entenza, mayor entonces que el de Rocafort, no dió lugar á que la ejecucion fuese la que determinó la mayor parte. Y Ramon Montaner y dice, que las razones y ruegos de muchos no le pudieron hacer mudar de parecer.

En este medio tuvieron aviso, que el Infante Don Sancho de Aragon habia llegado con diez galeras del Rey de Sicilia á Metellin é iria al archipiélago, y de las mas vecinas á Galípoli. Berenguer de Entenza y los demás Capitanes enviaron luego á suplicarle viniese á Galípoli, á tomarles los homenages y juramento de fidelidad por el Rey de Sicilia. Encarecieron su peligro y el descrédito del nombre de Aragon si no los socorria; subditos que le habian hecho tan ilustre y tan grande. Don Sancho mostró luego con su presta resolucion el deseo de su bien y conservacion. Partió de Medellín con sus diez galeras y vino á Galípoli, donde fué recibido con universal aplauso, creyendo que les ayudaria para tomar entera satisfacion de sus agravios, sirviéndole con parte de los pocos bastimentos y dinero que tenian, y sin precisa obligacion de obedecerle, todos le reconocieron por cabeza.

CAPITULO XXXI.

Los embajadores de nuestro ejército á la vuelta de Constantinopla por órden del Emperador fueron presos y muertos cruelmente en la Ciudad de Rodesto.

De nuestra nacion enviados los Embajadores á fin de romper los conciertos que tenian con el Emperador, y hecho esto desafiarle, con harto peligro llegaron á Constantinopla, y puesto, ante el Bailio de Venecia, y la potestad de Génova, y de los Consules de los Anconitanos, y Pisanos, Magistrados y cabezas de estas naciones que tenian trato y comunicacion en las Provincias del Imperio, dieron las manifiestas siguientes. Que habiendo entendido que por órden del Emperador Antronico, y su hijo Miguel en Andrinopoli, y en los demás lugares de su Imperio, se habian degollado todos los Aragoneses y Catalanes que se hallaron en ellos, tanto soldados como mercaderes, viviendo ellós debajo de su proteccion y amparo por cuya satisfacion los Catalanes y Aragoneses de Galípoli estaban resueltos de morir, y que estimaban en tanto su fé y palabra, que querian antes de romper la guerra, que constase, como ellos en nombre de todos los de su nacion se apartaban de los conciertos y alianzas hechas con el Emperador; y que así los públicos instrumentos de allí adelante fuesen inválidos y de ningun valor, y que le retaban de traidor, y ofrecían de defender lo dicho en campo, ciento á ciento, ó diez á diez, y que esperaban en Dios que sus espadas serian el instrumento con que su justicia castigaria caso tan feo; pues á más de violar la fé pública, matando los extrangeros, que pacíficos y descuidados trataban en sus tierras, habian dado cruel y afrentosa muerte á quien les habia librado de ella, defendido sus Provincias, abatido sus enemigos, y engrandecido su Imperio. Que la insolencia de los soldados no era bastante causa para que contra ellos se ejecutará tan inhumana resolucion. Castigáranse los soldados culpados á medida de sus delitos, sin que sus servicios les sirvieran de moderar la pena. Diéranles navios, y con que volver á la patria, que bastante castigo fuera enviarles sin premio; pero sin perdonar á sexo ni edad llevando por un parejo inocente y culpados, malos y buenos, habia sido suma crueldad. Dado el manífiesto; el Bailio de Venecia con los demas dieron razon al Emperador de esta Embajada, y queriendo tratar de algun acuerdo, no se pudo concluir, estando los ánimos tan ofendidos, y cualquier palabra y fé tan dudosa; y así se tuvo por conveniente para entreambas partes una guerra declarada que una paz mal segura; que adonde falta la fé, el nombre de paz es pretexto y materia de mayores traiciones. Respondió el Emperador, que lo sucedido contra los Catalanes y Aragoneses no habia sido hecho por su órden; y que así no trataba de dar satisfaccion, siendo verdad que poco antes mandó matar á Fernando Aones el Almirante, y á todos los Catalanes y Aragoneses que se hallaron en Constantinopla, que habian venido con cuatro galeras acompañando á María mujer del César, á su madre y hermanos, aun Montaner aprieta mas el hecho, pues dice que el propio dia se ejecutaron estas muertes. Pidieron los Embajadores, que se les diese seguridad para su vuelta á Galípoli; fuele luego concedido, dándoles un comisario, con trato se partieron á Rodesto, treinta millas lejos de Constantinopla, y por órden del comisario que les acompañaba fueron presos hasta veinte y siete con los criados y marineros, y en las carnecerías públicas del lugar les hicieron cuartos vivos. Esta maldad me parece que puede disculpar todas las crueldades que se hicieron en su satisfaccion, porque ninguna pudo llegar á ser mayor que violar con tan fiera demostracion el derecho universal de las gentes, defendido por leyes humanas y divinas, por inviolable costumbre de naciones políticas y bárbaras. Este desdichado fin tuvieron las finezas de un Capitan poco advertido. Dignas de alabanza son cuando hay seguridad en la fé y palabra del Príncipe enemigo, pero cuando está dudosa, por yerro tengo el aventurarse. Nuestro Rey el Emperador Cárlos V. pasó por Paris y se puso en las manos de su mayor émulo, fué su confianza tan alabada como la fé de Francisco; pero si la Reyna Leonor no avisara á Cárlos su hermano de lo que se platicaba, fuera la confianza juzgada por temeridad y la fé por engaño, con que claramente se muestra, que alabamos, ó vituperamos por los sucesos, no por la razon. Berenguer de Entenza hizo notable yerro en enviar Embajadores á Príncipe de cuya fé y palabra se podia dudar, porque quien con tanta alevosia y crueldad quitó la vida á Roger y á los suyos, de creer es que en todo lo demás no guardara fé, ni diera por legítimos Embajadores á los que venian de parte de los que él tenia por traidores; á más de que habiendo en los vecinos de Galípoli ejecutado tan gran crueldad, se habia de temer otra mayor siempre que la ocasion se la ofreciera.

CAPITULO XXXII.

Envianse Embajadores á Sicilia, y sale Berenguer con su armada, gana la
Ciudad de Recrea y vence en tierra á Calo Juan hijo de Andronico.

Luego que se supo en Galípoli la muerte de sus Embajadores, que no se puede con palabras encarecer lo que alteró los ánimos, y encendió los corazones á la venganza, el verse maltratar tan inhumanamente de los que debieran ser amparados y defendidos. Cargaba todos los dias sobre Galípoli gente de refresco, y apretaban á los de dentro, mas con el impedirles que no entrasen bastimentos por tierra, que con las armas. Berenguer de Entenza, y todos los Capitanes, con la resolucion que habian tomado de no salir de Grecia sin haberse vengado, prevenian socorros, y así les pareció que hiciesen dueño de sus armas al Rey Don Fadrique, y que le jurasen fidelidad para obligarle mas á su defensa. Este fué su principal motivo, aunque al Rey con razones de mayor consideracion, y de mayor utilidad le persuadian. Recibió el juramento de fidelidad en nombre del Rey Don Fadrique un caballero de su casa, que se llamaba Garcilopez de Lobera, soldado que seguia las banderas de Berenguer, y juntamente le eligieron por su Embajador al rey con Ramon Marquet, ciudadano de Barcelona, hijo de Ramon Marquet ilustre Capitan de mar, á lo que yo presumo, del gran Rey Don Pedro, y Ramon de Copons, para que fuesen testigos del juramento de fidelidad que habian prestado en manos de Garcilopez de Lobera, y le diesen larga relacion del estado en que se hallaban; que si en su memoria tenia sus servicios, se acordase de darles favor, pues en ellos no solamente interesaban ellos, pero su aumento y grandeza; que advirtiese la puerta que le abrian ellos para ocupar el Imperio de Oriente; y que se valiese de su venganza y desesperacion, pues ellos ya estaban aventurados. Partiéronse los tres Embajadores á Sicilia, con que la gente quedó con algunas esperanzas de que Don Fadrique les socorrería; porque siempre, aunque sean muy flacas, animan y alientan á los muy necesitados. El Infante Don Sancho á la partida de estos mensajeros ofreció, no sólo de seguir y acompañar á Berenguer en la jornada que tenia dispuesta, pero asistirles con sus diez galeras hasta que se supiese el ánimo y voluntad del Rey. Entenza en nombre de todos aceptó el ofrecimiento, y agradeció al Infante el haber tomado tan honrada resolucion, dígna de un hijo de la casa de Aragon. Con esto apresuró Berenguer su partida, y embarcó la gente, pero al tiempo que quiso salir, Don Sancho mudó de parecer, olvidado de la palabra que poco antes habia dado, y faltando á su mismo honor, y reputacion; cosa que causó en todos novedad, ver en tan poca distancia tomar tan diversas y encontradas resoluciones, sin haberse podido ofrecer por la cortedad del tiempo nuevos accidentes, que le pudieran obligar. Y si los pudiera haber de tal calidad que obligarán á romper palabras dadas con tanto fundamento y razon, no se puede averiguar, por lo que los antiguos no dejaron escrito la causa que pudo mover al Infante á tomar resolucion tan en descrédito suyo; pero por lo que respondió á Berenguer cuando le pidió que cumpliese su palabra, que fué decir solamente, que así cumplia el servicio de su hermano, se puede presumir que advirtió el Infante, que habia paces entre Andronico y Don Fadrique, y que sin expresa órden suya no habia de ocupar sus galeras en daño de un Príncipe amigo. Esto bien me parece que pudiera disculpara al Infante para no quedarse, cuando no lo hubiera ofrecido, pero empeñada su palabra, y viendo maltratar los mejores vasallos y súbditos del Rey su hermano, grande desconocimiento y mengua fué el no asistirles y ayudarles; porque ya Andronico, degollando á los Catalanes y Aragoneses que se hallaban en su Imperio, rompió las paces primero.

Berenguer con sentimiento que debia, según él refiere en su relacion que envió al Rey Don Jaime II. de Aragon, dijo al tiempo que se partia, cuando sus ruegos y razones no le pudieron detener, que el Infante fué como le plugo y no como hijo de su padre. No perdieron los nuestros ánimo con la partida de Don Sancho, ni verse desamparados de la mayor fuerza les hizo mudar parecer. Berenguer de Entenza embarcó en cinco galeras, dos leños con remos, y diez y seis barcos, ochocientos infantes, cincuenta caballos, y salió de Galípoli la vuelta de la isla de Marmora llamada de los antiguos Propontide. Llegó á ella, echó su gente en tierra, y saqueó la mayor parte de sus pueblos, degollando sus moradores, sin perdonar edad ni sexo, destruyendo y abrasando los pudiera ser de algun provecho y comodidad; porque como fué esta empresa la primera que ejecutaron después de tantos agravios, mas se dió á la venganza que la codicia. Con la misma presteza y rigor volvió Berenguer á las costas de Thracia, y continuando los buenos sucesos, después de algunas presas de navios, acometió á Recrea, Ciudad grande y rica, y con poca pérdida de los suyos la entró á viva fuerza. Ejecutóse en los vencidos el rigor acostumbrado, y recogido á los navios y galeras lo mas lucido y rico de la presa, entregaron á la violencia del fuego los edificios; porque hasta las cosas insensibles y mudas quisieron que fuesen testigos y memoria de su venganza. Andronico tuvo aviso de la pérdida de Recrea, en tiempo que juzgaba á los pocos Catalanes huyendo la vuelta de Sicilia, y para atajar los daños que Berenguer hacia de toda aquella ribera de mar, que los Griegos llamaban de Natura, mandó á Calo Juan Déspota su hijo, que con cuatrocíentos á caballo, y la infantería que pudiese recoger se opusiese á Berenguer, y le impidiese el hechar gente en tierra. Junto á Puente Régia supo Berenguer que Calo Juan venia, y el número y calidad de sus fuerzas, y aunque en lo primero se juzgó por muy inferior, en lo segundo le pareció que aventajaba á su enemigo, y así resolvió de hechar su gente en tierra, y recibir á Calo Juan, que avisado tambiem por sus corredores, como Berenguer con su gente habian puesto el pié en tierra, apresuro el camino, temiendo que no se retirasen, porque nadie pudiera creer, que ricos y llenos de despojos quisieran los nuestros aventurarse sino forzados. Llegaron con igual ánimo á envestirse los escuadrones, y en breve espacio se mostró claramente, que el valor es el que da las victorias, y no la multitud, porque los nuestros quedaron vencedores siendo pocos, y los Griegos rotos y degollados, siendo muchos. Calo Juan escapó con la vida, y llegó á Constantinopla destrozado. Andronico hizo tomar las armas al pueblo, porque toda la gente de guerra estaba sobre Galípoli, y temió que Berenguer no le acometiese la Ciudad. Esta rota se dió el ultimo dia de Mayo del año 1304. Fueron tan prontas estas victorias, y alcanzadas en tan diversas partes, y tan á tiempo, que los Griegos juzgaron por mayores nuestras fuerzas, y que no era uno solo Berenguer el que les hacia daño, sino muchos.

CAPITULO XXXIII.

Prision de Berenguer de Entenza con notable pérdida de los suyos.

Con tan dichoso principio como tuvieron nuestras armas contra los Griegos gobernadas por Berenguer de Entenza, pareció pasar adelante, y valerse de la fortuna y tiempo favorable, siendo el fin y remate de una victoria el principio de otra. Resolvieron los nuestros acometer los navios que estaban surgidos en los puertos y riberas de Constantinopla, y quemar sus atarazanas; empresas de mayor nombre que dificultad. Navegaron para ejecutar su determinacion por la playa entre Pactia y el cabo de Gano con buen tiempo; pero al amanecer, descubriendo velas de la parte de Galípoli, tomáronse pareceres sobre lo que se debia hacer, viéndose cortados para volver á Galípoli, y todos conformes se metieron en tierra, y puestas en ella las proas lo mas cerca que pudieron, las popas al mar, porque en aquellas que las proas no iban guarnecidas de artilleria, la mayor defensa era lo alto de las popas. Tomaron las armas, y bien apercibidos aguardaron lo que las diez y ocho galeras intentarian, que venian á dar sobre las nuestras. Estas diez y ocho galeras eran de Genoveses, que ordinariamente navegaban aquellos mares, porque su valor, ó codicia les llevaba por lo mas remoto de su Patria, como á los Catalanes de aquel tiempo. Reconocidos de una y otra parte los Genoveses fueron los primeros que les saludaron, con que los nuestros dejaron las armas, y como amigos y aliados se comunicaron y hablaron. Advirtieron luego los Genoveses por lo que oyeron platicar de los sucesos, que Berenguer habia tenido la mucha ganancia que les resultaria, y el gusto que darian al Emperador Andronico y á los Griegos, si prendiesen á Berenguer, y le tomasen sus galeras. Y juzgando por menor inconveniente romper su fé y palabra, que dejar de las manos tan importante y rica presa, enviaron á convidad á Berenguer de Entenza, dándole palabra de parte de la Señoria que no se les haria agravio, ni ultraje alguno, que viniese á honrar su Capitana, donde tratarian algunos negocios importantes á todos. Con esto Berenguer sin advertir en lo pasado, y en los daños en que su confianza le habia puesto, se fué á la Capitana, donde Eduardo de Oria con otros muchos caballeros le recibió y acarició. Comieron y cenaron juntos con mucho gusto y amistad, tanto que Berenguer se quedó á dormir en la Capitana, prosiguiendo hasta muy tarde algunas platicas en razon de su conservacion. A la mañana cuando quiso volverse á su galera, Eduardo de Oria le prendió y desarmó, y otros Genoveses hicieron lo mismo con los demas que le acompañaban y las diez y ocho galeras dieron sobre las nuestras desapercibidas y descuidadas. Ganáronse luego las cuatro con pérdida de 200 Genoveses; pero la galera de Berenguer de Víllamarin que tuvo algun poco de tiempo para ponerse en defensa, la hizo de manera, que con tener sobre sí diez y ocho proas, no la pudieron entrar hasta que todos los que la defendían fueron muertos; sin escaparse un hombre solo; tanta fué la obstinacion con que peleando murieron en el combate de esta sola galera 200 Genoveses, y fueron mucho mas los heridos. Pachimerio dice, que los Genoveses aquella noche que llegaron á juntarse con las galeras Catalanas despacharon secretamente una de sus galeras á Pera, dándole aviso que estaban con los Catalanes, los cuales le decian que Andronico estaba indignado contra ellos, y que les queria castigar, y que les persuadian que juntos acometiesen á Constantinopla. Llegado el aviso á Pera, los Genoveses dieron razon al Emperador, y que é les ordenó que les acometiesen, ofreciendo de hacerles muchas mercedes, y así al otro dia ejecutaron lo referido. Este lastimoso fin tuvo la jornada de Berenguer mal determinada, bien ejecutada, digan de mayor fortuna, ¡pero qué difícilmente los consejos humanos pueden prevenir casos semejantes!. Dicurrióse en la determinacion de esta jornada entre los Capitanes de los peligros que pudieran sobrevenirle, y con ser tantos y tan variados los que se propusieron, fué este accidente ni imaginado, ni previsto; con que claramente se muestra, que los juicios de los hombres aunque fundados en razon no pueden prevenir los de Dios. Al Infante Don Sancho se debe culpar, porque fué la mas cercana causa de esta pérdida. Si como debiera acompañara á Berenguer, fueran las victorias que se alcanzaron mayores, los Genoveses no se atrevieran, y las fuerzas de Galípoli se aumentaran; con que la guerra se hiciera con mayores ventajas y reputacion. Berenguer con serviles prisiones fué llevado con algunos caballeros de su compañia á Pera; y porque temieron que Andronico no se les quitase para satisfacer en su persona los daños recibidos, le pasaron á la Ciudad de Trapisonda, puesta en la ribera del mar de Ponto, donde los Genoveses tenian factoria, y le tuvieron en ella hasta que las galeras volvieron. Los Genoveses hicieron una cosa bien hecha; porque luego que tomaron las galeras Catalanas se vinieron á Pera, sin querer entregar ningun prisionero á los Griegos, ni vender cosa de la presa, aunque el Emperador les acarició y honró.

Con este buen suceso trató el Emperador con los mismos Genoveses, que emprendiesen de echar á los Catalanes que estaban en Galípoli, y ellos se lo ofrecieron que les diese seis mil escudos. Fué contento Andronico de darlos, y así se los envió; pero ellos como gente atenta á la ganancia pesaron el dinero, y hallándole falto se lo volvieron á enviar. Andronico replicó que les satisfaría el daño, y entonces ya no quisieron, porque informados mejor de lo que emprendian no les pareció igual paga. Supo el Emperador que traian á Berenguer preso, procuró con amenazas y ruegos que se le entregasen, y ultimamente ofreció por su persona veinte y cinco mil escudos. Todos se le negó, temiendo, á lo que yo sospecho, que el Rey de Aragon no hiciese gran sentimiento, si Berenguer tan grande y principal vasallo suyo padeciera afrentosa muerte en poder del Emperador Andronico, el cual tentó el medio mas eficaz que pudo, ofreciendo á ciertos patrones de estas galeras, para que con algun engaño se le entregase, ocho mil escudo, y diez y seis pares de ropas de brodecado; pero descubierto el trato, no quisieron que Andronico tentase alguna violencia, y así se partieron, dajando muy desbrido al Emperador. A la entrada del estrecho, Ramon Montaner de parte de los que quedaban en Galípoli llegó con una fragata á pedir á Eduardo de Oria le diesen la persona de Berenguer, y ofreció el dinero que pudieron recoger por su rescate, que fueron hasta cinco mil escudos; pero los Genoveses no quisieron, ó por parecerles poca la cantidad, á lo que tengo por mas cierto, ó por no irritar el ánimo de Andronico si ponian en libertad un enemigo suyo, en puesto que se tenia por sus mayores enemigos, de donde con mayor daño pudiese segunda vez destruir sus Provincias, y asolar sus Ciudades. Desesperado Montaner de alcanzar su libertad, dióle parte del dinero que trahia, y le ofreció que en nombre del ejército se enviarian Embajadores al Rey de Aragon, y al de Sicilia, para que se satisfaciese agravio tan notable, como prender debajo de seguro un Capitan de Rey amigo.