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Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente

Chapter 48: CAPITULO XLI.
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About This Book

El relato reconstruye la expedición al Mediterráneo oriental emprendida por fuerzas catalanas y aragonesas, describiendo sus campañas frente a turcos y griegos. Se apoya en papeles antiguos, escritores catalanes y fuentes griegas para reunir descripciones de operaciones, asedios, desplazamientos de tropas y relaciones diplomáticas. El autor combina detalles tácticos y comentarios políticos con notas genealógicas y biográficas en la prefación. El texto muestra un estilo culto y clásico, influido por modelos romanos, que alterna rigor documental con reflexiones sobre el valor y la administración militar.

CAPITULO XXXIV.

Los pocos que quedaron en Galípoli dan barreno á todos los navios de su armada.

Preso Berenguer de Entenza, y muertos los mejores caballeros y soldados que les siguieron, quedaron solo en Galípoli con Rocafort su Senescal, mil y dos cientos infantes, y doscientos caballos, y cuatro caballeros buenos soldados, Guillén Siscar, y Juan Perez de Caldés Catalanes, y Fernando Gori, y Ximeno de Albaro Aragoneses, y con ellos Ramon Montaner Capitan de Galípoli. Este tan poco número de gente defendió aquella plaza, y cuando supieron que Berenguer con su armada se habia perdido, y que el socorro, que esperaban habia de venir por su mano ya no tenia lugar, y aunque reconocieron el peligro cierto, no perdieron el animo, antes cobrando de la adversidad mayor esfuerzo, dieron ejemplo raro á los venideros de lo que se debe hacer en casos, donde el honor corre riesgo de que alguna mal advertida resolucion manche su limpieza, conservada largos años sin notas de infamia. Tuvieron consejo, y en él hubo diferentes pareceres. Hubo algunos que les pareció forzoso el desamparar á Galípoli, y que tratar de defenderla era desatino. Que se embarcasen en sus navios y fuesen la vuelta de la isla de Metellin, porque con facilidad la podrían ganar, y con la misma defenderla, de donde correrían aquellos mares con mas seguridad suya, y daño del enemigo, y que sus pocas fuerzas no daban lugar á mayor satisfacion. Fué tan mal recibido este consejo de los mas, que con palabras llenas de amenazas le contradijeron, y determinaron que Galípoli se defendiese, y que fuese tenido por infame y traidor el que lo rehusase. Estimaron en tanto su determinacion, que por quitarse el poder de mudarla, barrenaron los navios, con que perdieron la esperanza de la retirada por mar, que dándoles la que abriesen sus espadas en los escuadrones enemigos. Siguieron el ejemplo de Agatocles en Africa, y le dieron á Hernando Cortés en el nuevo mundo, entreambos celebrados en la memoria de los hombres por los mas ilustres que el valor humano pudo emprender. Agatocles Rey de Sicilia pasó con una armada á la Africa contra los Cartagineses. Hechada su gente en tierra, hechó á fondo sus navios, con que forzosamente hubo de vencer, ó morir; pero este tenia mas confianza y razon de vencer, porque llevaba consigo treinta mil hombres, y la guerra solamente contra Cartago. Los Catalanes se hallaron pocos, lejos de su patria, y la guerra contra todas las naciones del Oriente. Superior á la mayor alabanza fué la determinacion de Cortés; porque ¿quien pudo en ignotas Provincias, distando inmenso espacio de su patria, hechar á fondo sus navios, y escoger una muerte casi cierta por una victoria imposible, sino un varon á quien Dios con admirable providencia permitió que fuerse el que á su verdadero culto redujese la mayor parte de la tierra?. No quiero hacer juicio si éste, ó el de los Catalanes fué mayor hecho, porque pienso que son entreambos tan grandes, que fuera hacerles notable injuria, si para preferir alguno, buscaremos en el otro alguna parte menos ilustre, por donde le pudiéramos juzgar por inferior. Españoles fueron todos los que lo emprendieron, sea comun la gloria.

CAPITULO XXXV.

Salen los nuestros de Galípoli á pelear con los Griegos, y alcanzan de ellos señaladísima victoria.

Después de barrenados los navios, contentos de verse fuera de peligro de perder la reputacion con la retirada, dispusieron su gobierno. Dieron á Rocafort doce Consejeros por cuyo parecer se gobernase. Esta eleccion se hacia por los votos de la mayor parte del ejército, y su poder en los consejos era igual al de Rocafort, y él ejecutaba lo que por parecer de los demás se rresolvia. Hicieron sello para sus despachos, y patentes, con la imagen de San George, y escritas en su orla estas letras: Sello de la Hueste de los Francos que reynan en Thracia y Macedonia. Prudentemente á mi juicio pusieron en lugar de Catalanes Francos, por ser nombre mas universal, y menos aborrecido, y quisieron mostrar que aquel ejército era compuesto de casi todas las naciones de Europa contra los Griegos, y que era causa comun de todos el socorrerles. Por grandeza de ánimo tengo no estrecharle los hombres al nombre de su patria, porque con este nombre no se extrañasen los Españoles de otras Provincias, Italianos, y Franceses sino dilatarle por todo el orbe de la tierra; patria comun de todos los vivientes.

El enemigo se venia llegando á las murallas de Galípoli y estrechaba á los sitiados, y como en las ordinarias escaramuzas, aunque con mayor daño de los Griegos, se perdia gente de nuestra parte, resolvieron de salir á pelear con todas sus fuerzas, y aventurar en un trance de una batalla su vida, y libertad; consejo que le deben seguir los que no pueden largo tiempo conservar la guerra. No se hallaron en Galípoli para salir á pelear entre infantes y caballeros mil y quinientos, puesto que Nicephoro dice, que fueron tres mil; pero el autor escribió por relacion de los Griegos á quien el temor pudo engañar, y parecer doblado el número de los enemigos. Levantaron un estandarte antes de salir á pelear con la imagen de San Pedro pusieronle sobre la torre principal de Galípoli con grandes demostraciones de piedad, puestos de rodillas, después de haber hecho una breve oracion al santo, invocaron á la Virgen. Al tiempo que empezaron la Salve con devotas aunque confusas voces, estando el cielo sereno les cubrió una nuve, y llovió sobre ellos, hasta que acabaron, y luego de improviso se desvaneció. Quedaron admirados de tan gran prodigio, y sintieron en sus corazones grandes afectos de piedad y religion, con que les creció el ánimo, y tuvieron por cierta la victoria, pues con tan claras señales el cielo les favorecia. Reposaron aquella noche, no con poco cuidado de que fuese la última de su vida. Sábado por la mañana que fué el siguiente, á los 21 de Junio salieron de sus murallas y reparos. El enemigo dejado por guarda de sus Reales que estaban en el siguiente, Brachilao dos millas de Galípoli parte de su ejército con ocho mil caballos y mayor número de infantes se adelantó á pelear. Los nuestro hecharon su caballería por el lado izquierdo de su infantería abrigándose por el derecho del terreno algo quebrado. Guillén Perez de Caldés, Caballero anciano de Cataluña, llevaba el estandarte del Rey de Aragon, Fernan Gori el de Don Fadrique Rey de Sicilia, que olvidados de sus Príncipes, jamás olvidaron su memoria. El de San George dieron á Gimeno de Albaro, y Rocafort encomendó el suyo á Guillén de Tous. Las centinelas que estaban en lo alto de las torres de Galípoli dieron la señal de acometer, porque descubrian mejor al enemigo que venia mejorándose por los collados. Cerraron de una y otra parte con gallardia y fué tanta la furia del primer encuentro, que afirma Montaner que los que quedaron dentro de Galípoli les parecio que todo el lugar venia al suelo, á semejanza de terremoto.

No pudieron los Griegos contra soldados tan practicos y valientes, aunque con tanta desigualdad, salir con victoria. Dieron luego la vuelta hacia sus reales, donde pensaron rehacerse. Los que quedaron en su defensa, viendo su gente rota, salieron á detener al enemigo que con furia y rigor increible venia ejecutando su victoria. El nuevo socorro de gente descansada detuvo algo á los vencedores, porque era lo mejor del ejército; pero repetido el nombre de San George cerraron con igual ánimo, y segunda vez vencieron á los Griegos, ganándoles sus alojamientos. Volvieron las espaldas Umbertos Polo Basilia, y el grande Eteriarca. Siguióse el alcance veinte y cuatro millas hasta Monocastano, degollando siempre sin resistencia alguna porque la huida les hizo dejar las armas con que apretados pudieran defenderse de los nuestros, que esparcidos, cansados y pocos, les seguían; pero la vileza de los Griegos era tanta, que refiere un Autor que por las heridas en el rostro no osaban volverle, aunque con solo este riesgo se pudieran defender; ultima miseria á que puede llegar un hombre cuando teme las heridas mas que la infamia. La mayor parte de los Griegos vencidos murieron ahogados, porque seguidos de los Catalanes de quien no esperaban buena guerra sino afrenta, y muerte, se arrojaban en los barcos y leños de la ribera, cargando en ellos mas gente de la que pudieran llevar, con cuyo peso, con la priesa de los que entraban venian al fondo y se habrian, ayudando á esta pérdida los propios Catalanes, que metidos en el agua á cuchilladas, y asidos de los bordes de los barcos, les forzaban á echarse en el agua ó morir. Con la noche dejaron el alcance, y cerca de la media volvieron á Galípoli sin haber reconocido los despojos que el enemigo les dejaba, juzgando por mayor ganancia quitar vidas, y derramar sangre de los que con tanta impiedad quitaron las de sus compañeros y amigos. A la mañana salieron á recoger la presa, y fué de manera que tardaron ocho dias en retirarla dentro de Galípoli, vestidos de seda y oro, en aquel tiempo mas estimados por no ser tan comunes, en gran cantidad, armas lucidas, y joyas de mucho precio, tres mil caballos de servicio, y bastimentos en tanta abundancia, que en muchos dias no se pudiera temer en Galípoli falta de ellos. Murieron de los vencidos veinte mil infantes y seis mil caballos y de los nuestros un caballo, y dos infantes; no me atreviera á referirlo por parecerme caso imposible, si Autores de mucho crédito no refirieran semejantes acontecimientos. Paulo Orosio escritor antiguo y Christiano, cuenta de Agatocles, que degolló con dos mil hombres treinta mil Cartagineses con su General Annon, y él perdió solos dos hombres.

CAPITULO XXXVI.

Previenese Miguel Paleólogo para venir sobre Galípoli, los nuestros á pelear con el tres jornadas lejos, y entre los lugares de Apros, y Cipsela se da la batalla, sale de ella Miguel vencido, y herido.

La buena dicha de nuestras armas puso en cuidado al Emperador Andronico, y á Miguel su hijo, porque nunca creyeron que gente tan poca se les pudiera dar, y forzarles á poner todas las fuerzas del Imperio para su ruina. Con el suceso de Galípoli, resolvieron los Emperadores de juntar sus gentes, y dar sobre los nuestros antes que pudiesen de Cataluña, ó de Sicilia llegar socorros. De estas prevenciones y aparatos de guerra fueron los nuestros avisados por una espía Griega, que Montaner envió con harto recelo de que volviese, porque otras de la misma nacion, que á diversas partes se enviaron, no volvieron. Catalanes no podian servir en esta ocupacion, porque siempre eran conocidos, aunque con traje, y lenguaje Griego se procuraban encubrir. Con este aviso se resolvieron todos de salir á buscar al enemigo la tierra adentro resolucion tan gallarda como cualquiera de las otras que tomaron. No pienso yo que tantas finezas ni bizarrías se puedan haber leído en otras historias, y así algunas veces temo que mi crédito y fe se ha de poner en duda; pero advertido el que esto leyere que Nicephoro Gregoras, y Pachimerio autores Griegos, y por serlo enemigos, y Montaner Catalan concuerdan en lo que parece más increíble, tendrá por verdad lo que escribimos. Montaner refiere que la principal causa que les movió á seguir este consejo fué verse ya ricos, y prósperos, y temer, que la sobrada aficion de sus riquezas, y el temor de perderlas, no les hiciera perder algo de su reputacion. Siguiendo los consejos mas cautos, y menos honrosos, dejaron en Galípoli de guarnicion donde quedaban su hacienda, mugeres y familia cien Almugavares, y partieron la vuelta de Andrinopoli, plaza de armas de aquel ejército que se juntaba contra ellos, con firme determinacion de pelear con Miguel, aunque fuese asistido del mayor poder de su Imperio. Caminaron tres dias por Thracia, destruyendo y talando la campaña; llegaron á poner una noche sus cuarteles á la falda de un monte poco áspero. Las centinelas que pusieron en los altos descubrieron de la otra parte grandes fuegos; enviaronse reconocedores, y poco después volvieron con dos Griegos prisioneros, de quien se supo la ocasion de los fuegos, que fué por estar Miguel acuartelado con seis mil caballos, y mayor número de infantes, entre Agros y Cipsela, dos Aldeas pequeñas aguardando lo restante del campo. Quisieron algunos que aquella misma noche se atravesase la montaña que les dividia, y diesen sobre los enemigos descuidados, y no me parece que aprobaron este consejo, no sé por que razon; puesto que forzosamente se habia de pelear con ellos, mas facil fuera con la obscuridad y confusion de la noche aventurarse, que aguardar la mañana cuando siendo tan pocos pudieran ser mejor reconocidos. Después de haberse todos confesado, y recibido el Sacramento de la Eucharastia, hicieron un solo escuadron de su infantería, y la caballería dividida igualmente en dos tropas á cada lado del escuadron la suya, y otro escuadron dejaron en la retaguarda para socorrer á donde la necesidad le llamase. Caminaron la vuelta del enemigo; al salir del sol se hallaron de la otra parte de la montañuela, de donde descubrieron al enemigo mas poderoso de lo que la espia les dijo, y fué, porque dos horas antes llegó la mayor parte de su ejército que le faltaba. Reconoció el enemigo su venida y como entre infantes y caballos no llegaban á tres mil los nuestros, juzgaron que venia á rendir las armas, y entregarse á la clemencia de Miguel; y esto lo tuvieron por tan cierto que ni querian tomar las armas ni salir de sus cuarteles. Pero Miguel que con tanto daño suyo conocia por experiencia el valor de sus enemigos, sacó su gente, y él se armó, y puso á caballo, ordenando los escuadrones en esta forma. La infantería repartida en cinco escuadrones á cargo de Teodoro tio de Miguel, General de toda la milicia, que habia venido del Oriente en el cuerno siniestro puso las tropas de caballería de los Alanos y Turcoples á cargo de Basila, en el cuerno derecho se puso la caballería mas escogida de Thracia y Macedonia, con los Valasco y los aventureros á órden del gran Etriarca; en la retaguarda quedó Miguel con los de su guarda, y parte de la nobleza que asistia á su defensa. Acompañábale el Despota su hermano, y Senacarib Ángelo, que este dia no quiso tener gente de guerra á su cargo, por hallarse ocupado en la defensa del Emperador, y tener cuidado de la seguridad de su persona. Reconoció Miguel sus escuadrones, y animados á la batalla, vinieron cerrando. Los nuestros divididos en cuatro escuadrones con gran ánimo y resolucion los primeros con quien se toparon fueron los Alanos Turcoples, que su caballería envistió el primer escuadron de Almugavares, que invencible quebrantó su furia, tanto, que dice Pachimerio, que luego se retiraron huyendo. Aunque Nicephoro dice, que los Masagetas y Turcoples cuando tocaron las trompetas para envestir, huyeron, porque tenian resuelto de no servir al Emperador, y los Turcoples tenian trato con los Catalanes. De cualquier manera que ello fuese, ó después de haber envestido, ó antes, huyeron, y la infantería descubierta por el siniestro lado de toda la caballería que le sustentaba, quedó, dice Nicephoro, como la nave sin arbol y sin velas en la mayor furia de la tempestad. Parte de nuestra caballería, que se habia juntado de Almugavares y marineros, habia desmontado y acometido á pie por aquella parte. La ocasion que tubieron para desmontar estas tropas, fué solo por hallarse inútiles en este genéro de servicio, y que si no dejáran los caballos no pudieran pelear. Los demás escuadrones de infantería, libres de la mayor parte de la caballería enemiga que les pudiera dañar, cerraron por la frente tan vivamente, que degolladas las primeras hileras donde estaban sus mas lucidos y valientes soldados, todo lo demas de la infantería se puso en huida aunque la caballería de Thracia y Macedonia, como la mejor y de mayor reputacion de aquellas Provincias, mantuvo por gran rato su puesto peleando con nuestra caballería, y defendió uno de sus escuadrones que no fuese roto, hasta que los Almugavares le abrieron por el otro costado, y por la frente, y entonces su caballería con mucha pérdida dejo el puesto, huyendo la vuelta de Cipsela. Miguel, como buen Príncipe y valiente soldado viendo sus escuadrones rotos, y caballería, parte retirada, y parte deshecha, y en quien tenia puesta la mayor esperanza de vencer, sacó su caballo la vuelta del enemigo, y luego repentinamente quedó el caballo sin freno, y se arrojo á vuelta de los enemigos, detenido de los que estaban en su guarda hubo de subir en otro caballo, y sin tener por mal agüero el haber perdido el freno su caballo, se metia por lo mas peligroso, y con gran presteza animaba unos y socorria á otros, cuando con amenazas, cuando con ruegos, llamando á sus Capitanes y Maestres de Campo por sus nombres, que volviesen las caras, que resistiesen, que no perdiesen aquel dia con tanta mengua la reputacion del Imperio Romano. Los soldados y Capitanes, perdido una vez el miedo á su fama, y puesto en ejecucion caso tan feo como desamparar la persona del Príncipe, tambien la perdieron á sus ruegos y quejas, porque cuanto mayor es la infamia de un hecho, tanto más dificil es el arrepentimiento. Entonces Miguel quiso con el ejemplo, ya que no pudo con las palabras, obligarles, y juzgando por grande afrenta no aventurar su vida por la de los suyos vuelto á los pocos que les seguían, les dijo: Ya llegó tiempo, compañeros y amigos, en que la muerte es mejor que la vida, y la vida mas cruel que la misma muerte. Muerase con reputacion, si se ha de vivir con infamia. Y levantando el rostro al cielo, pidiendole su ayuda, se arrojó con su caballo en medio de los nuestros. Siguieronle hasta ciento de los más fieles, y por un grande espacio puso la victoria en duda; tanto puede en semejantes ocasiones la persona del Príncipe que se aventura. Hirió á muchos y mató á dos. Un marinero catalan llamado Berenguer, que en la jornada de este dia se halló sobre un buen caballo, y con lucidas armas despojos de la victoria pasada, anduvo entre los enemigos tan bizarro, que Miguel por entrenabas causas le tuvo por algun señalado Capitan de nuestra nacion, y con deseo de mostrar su esfuerzo, se fué para él, y le dió una cuchillada en el brazo izquierdo. Resolvió sobre Miguel el marinero con tanta presteza, que sin darle tiempo de sacar su caballo, á golpes de maza le hizo saltar el escudo, y le hirió en el rostro, y al mismo tiempo le mataron á Miguel el caballo, y le tuvieron casi rendido, pero algunos de su guarda le socorrieron valientemente, y uno de ellos le dió su caballo con que se salvó. Quedando muerto por librar á su príncipe, Miguel perdida la mayor parte de su gente, y libre del peligro por su valor y por su dicha, se salió de la batalla, llevado más por la fuerza de los suyos, que por su voluntad. Intentó muchas veces volver á cobrar la reputacion pérdida, pero siempre fué detenido, y su coraje rebentó en lagrimas. Retiróse dentro del Castillo de Apros, con que la victoria se declaró por nosotros. No se siguió el alcance, porque entendieron siempre que á los Griegos les quedaban fuerzas enteras para volver segunda vez á pelear, y temieron alguna emboscada, según Pachimerio dice, y añade, que fué particular providencia de Dios el miedo que tuvieron los Catalanes de la emboscada, para detenerles que no ejecutasen la victoria, donde perecieran muchos más; y Miguel llegara á sus manos. Contentáronse con quedar señores del campo, y aguardar la mañana que les desengañaría de sus sospechas. Toda aquella noche se estuvo con las armas en la mano. Llegó la mañana, y reconocieron que su victoria habia sido con entero cumplimiento. Acometieron á Apros el mismo dia, que defendido solo de sus vecinos, fácilmente se entró. En este lugar se detuvieron ocho dias, para que los heridos se curasen y los demás descansasen del trabajo y fatiga de la batalla. Súpose luego como la gente que Miguel aguardaba, y según los espías refirieron ya se le habia juntado antes de la batalla, y que todo estaba vencido. Perecieron, según Montaner del enemigo diez mil caballos, y quince mil infantes; de los nuestros veinte y siete y nueve caballos. Retirado Miguel dentro de Apros, no se tuvo por seguro, y aquella misma noche se salió, y se fué á Pambhilo y de allí á Didimoto donde estaba su padre, de quien, cuenta Nicephoro que fué reprehendido gravemente, porque puso su persona tan atrevidamente en tanto riesgo, que lo que en un soldado, ó Capitan se debia de alabar, en un Emperador era digno de reprehension; palabras nacidas de la aficion de un padre, más que de lo que debiera aconsejar si no lo fuera, porque no sé yo que tenga el Príncipe mayor obligacion de aventurarse, que la que Miguel se aventuró, cuando ve sus escuadrones deshechos, su reputacion en peligro, su gente muerta y sus estados pérdidos. ¿Qué Príncipe de los celebrados en la memoria de las gentes dejó de poner su vida al mayor riesgo, cuando la importancia y la grandeza del caso és de tal calidad?.

Con esta victoria, la mayor parte de la Provincia de Thracia quedó por despojos de los nuestros. Las Ciudades populosas y fuertes no padecieron en esta comun tempestad, porque siendo los Catalanes tan pocos, no se querian ocupar en asaltar murallas, donde forzosamente habian de perder gente, y si algunas tomaron, fué porque el descuido del enemigo les convidó para que lo pudiesen hacer, sin aventurarse mucho. Los moradores de las aldeas y poblaciones de Griegos de toda la Provincia, sabida la pérdida de su ejército, dejaron sus casas, y sus haciendas, y el trigo que estaba ya para recoger, y peregrinando por reinos vecinos, acrecentaron el temor de nuestra venganza; y dice Pachimerio que entraba de todas parte infinita gente huyendo, y que parecia Constantinopla la espera de Empedocles. Fué ocasion esta victoria de que sucediese en Andrinopolis un caso lastimoso á los Catalanes que estaban presos desde la muerte de Roger, que llegaban al número de sesenta. Tuvieron aviso de la victoria de Apros, animarónse á intentar su libertad. Estaban en una cárcel fuerte de una torre, rompieron los grillos, y acometieron una puerta no la pudieron abrir, subieron á lo alto de la torre para reconocer algun camino de su libertad, no fué posible hallarle, y como desesperados de hallara piedad en los Griegos, desde arriba, con las armas que pudieron alcanzar, pelearon valientemente con los ciudadanos de Andrinopoli que sitiaron la torre, y la procuraron ganar á fuerza de armas, pero fué tanto el valor de los que la defendían, que no fué posible hacerles daño. Finalmente después de heridos, los ciudadanos desesperados de poderles rendir, se resolvieron de quemar todo el edificio y torre. Diéronle fuego por todas partes, y en poco rato se encendió con gran ruina del edificio. Por entre las llamas y el fuego arrojaban piedras y dardos, y medio abrasados peleaban. Despidieronse, y abrazados unos con otros, hecha la señal de la Cruz, así lo dice Pachimerio, se arrojaron en el fuego todos, y entre ellos dos hermanos de linage ilustre, y de ánimo valeroso, abrazandose con gran lástima de los circunstantes se arrojaron de la torre, y escaparon del fuego, que con mas piedad les perdonó que el hierro de los perfidos Griegos, de quien fueron despedazados. Entre estos sesenta solo hubo uno que diese muestras de rendirse, á quien los otros arrojaron de la torre. Después de haber destruido y talada la mayor parte de la Provincia, volvieron á Galípoli, acrecentados de reputacion, de hacienda, y de gente, que se les juntaba de Italianos, Franceses y Españoles, que pudieron escapar de la crueldad y furia de los Griegos.

CAPITULO XXXVII.

Estado de las cosas de Andronico, y de los Griegos.

En todos tiempos y edades se ha mostrado la igualdad de la justicia divina, pero en unos se ha señalado mas que en otros con el azote de alguna pestilencia, hambre, ó guerra. Esta última se tomó para castigo de Andronico, y de los Griegos que apartados de la obediencia de la Romana Iglesia, madre universal de los que militan en la tierra, cayeron en mil errores y por ellos, y por los demas pecados que antes se siguieron, permitió Dios que los Catalanes fuesen los ministros de su ejecucion. Añadióse á los daños de la guerra, males y divisiones caseras, que entre los Príncipes suele ser el último y mayor de los trabajos, porque con él se confunden los consejos, y se enflaquecen las fuerzas, y es un breve atajo para su ruina.

Irene mujer del Emperador Andronico juzgaba por cosa indigna de su grandeza y sangre, que sus tres hijos Juan, Teodoro, y Demetrio no tuviesen parte en el Imperio de su padre por tener hijos de otra madre llamados primero á la sucesion. Miguel ya nombrado por Emperador, y Constantino Despota. Procuró por todos los medios posibles, que su marido Andronico dividiese entre sus hijos algunas Provincias de su imperio. No le fué concedida esta demanda. Volvió segunda vez á tantear otro medio mas perjudicial y dañoso para el Imperio que el primero, y fué pedir que les declarase sucesores y compañeros de Miguel su hermano. Negosele tambien con, que Irene mujer ambiciosa conociendo el amor grande de su marido, y que apartándose de él doblara á su constancia, y que el deseo de volverla á ver fuera mas poderoso que lo habian sido sus ruegos, fuese á Thesafonica con gran contradicion de su marido, aunque por no publicar males tan íntimos y secretos, mostró en lo exterior que no le desplacia. Nunca ausencia se tomó por medio para acrecentar una aficion, antes suele ser con que la mayor se desvanece, como siempre suele esperimentarse: El amor y aficion de Andronico se fué perdiendo, y la mujer al mismo paso desesperando y cerrando la puerta á su pretension, trocó los ruegos en amenazas. Admitió platicas y tratos de Príncipes extranjeros enemigos de Andronico. Envió á llamar á su hierno Crales Príncipe de los Tribalos y de Servia, casado con su hija Simonide, y le dió todas las joyas, y tanto dinero, que Nicephoro quiere, que con él se pudiera fundar renta para sustentar cien galeras, en defensa de los mares y costas del Imperio. ¿Con esta division, qué poder no se deshiciera? ¿qué Reino no se acabára? Y mas sobreviniendo un ejército de gente enemiga, á quien el deseo de su venganza puso en la necesidad de morir, ó vencer.

CAPITULO XXXVIII.

Los nuestros hacen algunas correrias, y toman á las ciudades de Rodesto, y Pacía.

Retirados á Galípoli después de la victoria, quedaron dueños absolutos de la campaña, y Andronico sin atreverse á salir de Constantinopla, ni Miguel de Andrinopoli, tan apretados les tuvieron nuestras armas. Andronico á las quejas de tantos daños como hacian los Catalanes en sus Provincias, encogió los hombros, atribuyendo á sus pecados el castigo que Dios le enviaba y confesaba que no era poderoso para resistirles. Hasta Moaronea, Radope, y Bizia, ciento y setenta millas de Galípoli, entraban haciendo correrias, con universal temor y asombro de todas las Provincias; porque no habia lugar que estuviese libre de su furia por remoto y apartado que fuese. Las Ciudades que por su fortaleza de muros no podian ser acometidas, sentian estos males en sus vegas, y en sus jardínes, quemando y talando lo mas estimado, y haciendo prisioneros á muchos de quien sacaban grandes y contínuos rescates, y no solo compañías enteras, pero cuatro, ó seis soldados hacian estos lances. Pedro de Maclara Almugavar, que servia en la caballería, hallándose una noche entre sus camaradas desesperado de haber perdido lo que tenia al juego, resolvió de rehacer lo perdido, y desquitarse con algun daño de sus enemigos, de que le resultase provecho. Subió á caballo, y con dos hijos que tenia, caminando siempre entre enemigos, llegó á los jardines que están pegados á Constantinopla, donde luego la suerte le puso entre manos un padre y un hijo mercaderes Genoveses. Hizolos prisioneros, y dió con ellos en Galípoli sin que persona alguna se lo estorbase, con haber veinte y cinco leguas de retirada. Hubo por su rescate mil y quinientos escudos, con que el Almugavar recompensó lo perdido, y ganó reputacion de valiente y plático soldado. Estas y muchas otras correrias, refiere Montaner, que se hacian con igual felicidad y admiracion. A tanto llegó el atrevimiento de los Catalanes. Vióse Roma cabeza del mundo, conocida entonces en tanta grandeza y gloria, que desvanecida con sus victorias y triunfos, se atribuyó el renombre de eterna; pero las armas de los Godos y Vandalos mostraron cuan breves fueron sus glorias, y cuan falso su atributo. Lo mismo sucedió á Constantinopla cabeza del Imperio Oriental; en quien juntamente se levantaron y merecieron el poder y la piedad por el grande Constantino; en cuyos sucesores se conservó, hasta la ira de Dios se ejecutó su castigo, entregándola por despojos á naciones extrañas, y en este tiempo casi forzada de pocos Catalanes y Aragoneses, á recibir leyes la que las daba á tantos Reinos y gentes.

Ardia en los corazones de los Catalanes el deseo De vengar la muerte afrentosa de sus Embajadores, en los naturales y vecinos de Rodesto, donde tan inhumanamente fueron despedazados y muertos. Salieron á esta jornada hasta los niños, en quien fué mas poderosa la pasion de su venganza, que la flaqueza de su edad. Estaba esta Ciudad ribera del mar, sesenta millas de camino por tierra de Galípoli. Para llegar á ella forzosamente se habian de dejar los nuestros pueblos enemigos á las espaldas, y esta seguridad causó descuido en los vecinos de Rodesto, porque nunca creyeron que los Catalanes se aventurarian sin tener la retirada llana y sin peligro, pero estas dificultades fueran bastantes, si el agravio no las atropellará. Al amanecer escalaron las murallas, y la entraron sin hallar Resistencia ejecutando muertes con tanta crueldad, que por este hecho primeramente, y por los demas que fueron sucediendo, quedó entre los Griegos hasta nuestros dias por refran: la venganza de los Catalanes te alcance. Esta es la mayor Maldicion que entre ellos tienen ahora la ira y el aborrecimiento: tan viva se les representa siempre la memoria de aquel estrago. Dice Montaner encareciendo el desorden que hubo por nuestra parte, que los Capitanes y Caballeros no pudieron detener ni impedir las crueldades que los vencedores ejecutaron en los vencidos, porque perdido el temor de Dios y el respeto debido á sus Capitanes, y el de su misma naturalezas, despedazaban cuerpos inocentes, por la edad incapaces de culpa; hasta los animales quisieron entregar á la muerte, porque en el lugar no quedase cosa viva. De allí pasaron á Pacía ciudad vecina, y la ganaron con la misma facilidad, y trataron con el mismo rigor. Parecióles á nuestros Capitanes ocupar estos puestos, por que la gente iba creciendo, y era ya bastante para dividirse y acercarse á Constantinopla, cuya perdicion y ruina era el último fin de sus peligros y fatigas. A montaner dejaron en Galípoli solo con algunos marineros, con Almugavares, y treinta caballos.

CAPITULO XXXIX.

Fernan Jimenez de Arenós llega á Galípoli, entra á correr la tierra, y al retirarse derrota dos mil infantes, y ochocientos caballos del enemigo.

Fernan Jiménez de Arenós, uno de los mas principales Capitanes Aragoneses que vinieron con Roger en Grecia, por algunos disgustos, como dijimos arriba, se apartó de nuestra compañía. Con los pocos que le siguieron se fué al Duque de Athenas, donde se detuvo algun tiempo sirviendo en las guerras que el Duque tuvo con sus vecinos; que fueron muchas y varias; accidentes forzosos que padecen los estados pequeños que tienen por vecinos Príncipes poderosos. En todas ellas Fernan Jiménez ganó reputacion y ocupó lugar honroso, pero el peligro de sus amigos en su ánimo pudo tanto, que dejó sus acrecentamientos seguros y ciertos, por socorrerles con su persona. Habida licencia del Duque, con una galera, y en ella ochenta soldados viejos, llegó á Galípoli. Fué de todos recibido con notables muestras de agradecimiento. Diéronle muchos caballos y armas para poner su gente en órden, y con algunos amigos que le quisieron seguir juntó trescientos infantes, y sesenta caballos, y con ellos entró la tierra adentro. Después de haberse visto con los Capitanes que estaban en Rodesto, y Pacía, y comunicado con ellos su resolucion, caminó con su gente la vuelta de Constantinopla y pasado el rio, que los antiguos llamaron Batinia, saqueó y quemó muchos pueblos á vista de la Ciudad. Andronico de los muros miraba como se ardian las casas, y creyendo que todo nuestro campo era el que tenía delante, no quiso que saliese gente, antes la puso en guarda y seguridad de Constantinopla, repartida por sus muros esperando que nuestras espadas se habian de emplear aquel dia en su última ruina: recelos fueron estos de Andronico bien fundados y advertidos; porque el pueblo lleno de pavor, acostumbrado al ocio, no trataba de tomar las armas para su propia defensa. La gente de guerra mercenaria de Turcoples, y Alanos, ni por naturaleza ni por beneficio obligada al servicio de su Príncipe, rehusaba y temia los peligros, á mas de las sospechas del trato que tenian con nuestros Capitanes. Entre estos temores y desconfianzas andaba metido Andronico, cuando supo que Fernan Jiménez de Arenós con solos trescientos era el autor de tantos daños, y que Rocafort con el grueso del ejército andaba junto á Rodope. Entresaco Andronico de su caballería ochocientos, y con dos mil infantes, les mandó salir ó cargar á Fernan Jiménez que se retiraba con riquísima presa. Salieron con buen ánimo y resolucion, y pasando aquella noche el rio, ocupando un puesto aventajado, paso forzoso para los nuestros, se pusieron en emboscada. Descubrieronla luego los corredores de Fernan Jiménez, y como la retirada no podia ser por otra parte, hecho alto, dijo á los suyos: Ya veis amigos que el enemigo nos tiene cerrado el paso, y que solo puede allanarle nuestro valor. Lo que en esto se interesa, no es menos que la vida nuestra en el último peligro. Los contrarios que tenemos delante, son los mismos que habeis vencido tantas veces con mayor desigualdad. Su multitud solo ha servido siempre de aumentar nuestras victorias, tan segura la tenemos en esta como en las demas ocasiones pues se resuelven, según vemos, de aguardarnos y pelear. El puesto aventajado les dá confianza, olvidados de que nuestras espadas penetran defensas y reparos inexpugnables. Conozco esta gente vil que donde quiera les ha de alcanzar el rigor de nuestra justa venganza. Dicho esto hizo cerrar su infantería de almugavares, y el con sus pocos caballos envistió las tropas de la caballería enemiga. Peleóse valientemente, pero los dos mil infantes Griegos, acometidos de los trescientos Almugavares, fueron casi todos degollados con tanta presteza, que tuvieron lugar de socorrer á Fernan que andava peleando con la caballería, y fué tan importante su ayuda, que luego dejaron los enemigos el paso libre con pérdida de 690 caballos entre muertos y presos. Victoriosos y llenos de despojos pasaron adelante y llegaron á Pacía, donde Rocafort poco antes habia llegado de correr de Rodope.

CAPITULO XL.

Fernan Jimenez gana el Castillo y lugar de Modico.

Paréciale á Fernan Jiménez que para asegurar sus cosas, importaba tomar alguna plaza donde pudiese tener cuartel á parte del que tenia Rocafort, porque su condicion no daba lugar á que pudíesen vivir juntos. La nobleza de sangre de Fernan y su trato llevaban tras si á muchos de los que seguían á Rocafort, pero temiendo su ira como del mas poderoso, no osaban descubiertamente dejarle sin tener la seguridad de alguna plaza. Modico lugar del enemigo mas vecino, puesto á la parte del estrecho, al medio dia de Galípoli, fué lo que pareció intentar de ganarla por sorpresa; y como no les sucedió bien, pegados casi al lugar se fortificaron, y abrieron sus trincheras. Condenaban la resolucion de Fernan los bien entendidos del arte militar, porque con 200 infantes, y ochenta caballos que solos tenia, no se podria emprender cosa tan difícil como lo era ganar un pueblo, habiendo dentro setecientos hombres para tomar armas, pero la vileza de sus ánimos, y la constancia de los nuestros, hizo facil lo imposible. Cuando á una nacion le falta la industria y el valor, forzosamente ha de dar buenos sucesos al enemigo que la quisiere sujetar, porque ni el número de la gente, ni la defensa de las murallas, le sirve de reparo. Los miserables Griegos de este pueblo con ser 700, y los nuestros apenas trescientos, se encerraron dentro de sus murallas como si todo el campo de los Catalanes les sitiara, sin salir á pelear ni á deshacer lo que su enemigo trabajaba para su ruina. Fernan Jiménez levantó un trabuco, y con él batió algunos dias lo que parecia mas flaco, pero tiraba piedras de tan poco peso, que no hacia daño en sus murallas fuertes, y muy levantadas. Arrimabanse escalas algunas veces, y todo fué sin fruto. Montaner de Galípoli socorria con bastimentos y vituallas; solo los nuestros cuidaban de asegurarse dentro de sus fortificaciones, dando cuidado al enemigo, y rendirle á vivir mas descuidado. Con su asistencia y pertinacia alcanzaron al fin lo que pretendian, porque los Griegos después de largos siete meses de sitio, creció en ellos el desprecio de sus enemigos, y al mismo paso el descuido de guardarse. Las centinelas eran pocas, y esta no muy ordinarias. El primero de Julio celebraron los Griegos dentro de su pueblo con gran solemnidad una de sus fiestas, y como el mayor de sus deleites es el de el vino, vicio que en todas las edades infamó mucho esta nacion, bebiendo de manera, olvidados de que el enemigo estaba sobre sus murallas, y atento á las ocasiones de su daño, que unos bailando, otros á la sombra durmiendo, dejaron de guarnecer las murallas como solian. Fernan Jiménez desesperado ya de que Modico se le rindiese, y de tomarle, estaba dentro de su tienda dudoso de lo que habia de hacer, cuando las voces y algazara de los que bailaban le sacó de su tienda. Poco á poco se arrimó á las murallas, reconociéndolas sin gente, mandó que ciento de los suyos diesen una escalada, y él con lo restante acometeria la puerta. Pusose con diligencia increíble esta ejecucion en efecto. Los ciento arrimaron las escalas, y subieron hasta setenta de ellos sin ser sentidos, y ocuparon tres torreones. Los Griegos despertando de su sueño tan dan dañoso, tomaron las armas, incitados mas por la fuerza del vino que por su valor, y procuraron hechar de los torreones á los nuestros. En este combate ocupados todos, no acudieron á la puerta que Fernan habia acometido, y así sin tener quien la defendiese, la puso por el suelo, y entró á pié llano por el lugar, dando por las espaldas á los que combatian los torreones. Fuéronse retirando y defendiendo en las torres estrechas de las calles, y últimamente pusieron sus seguridad en la huida, y con ella dejaron libre el lugar y el castillo á Fernan, con la mayor parte de sus haciendas. Este fin tuvo el sitio de Modico, y la dichosa pertinacia de un Aragonés, en los ocho meses que duró este sitio. No hallo cosa notable de escribir de los nuestros que estaban en los demas presidios, solo ordinarias correrias la tierra á dentro para buscar el sustento forzoso.

CAPITULO XLI.

Dividense los nuestros en cuatro partes, Montaner rompe á George de
Cristopol.

Ganado el lugar, y castillo de Modico, Fernan Jiménez de Arenós le tomó por presidio y plaza suyas. Rocafort dividió su gente en Rodesto y Pacía, Montaner, escribano de racion, quedó gobernando en Galípoli, donde los bastimentos y armas de todo el campo se juntaban y prevenian. Si á los soldados de los demas presidios le faltaban armas, caballos y vestidos, acudian á Galípoli. Allí residian los mercaderes de todas naciones, los heridos, viejos, y otra gente inútil, que como lugar mas apartado del enemigo, se tenia por mas seguro. Con este modo de govierno se sustentaron los nuestros cinco años, sin que en todas aquellas comarcas se labrase campos ni viñas, cogiendo solamente lo que la tierra naturalmente producia. Esta manera de hacer la guerra los tiempos la han mudado y mejorado, porque el principal intento no es desolar y trocar en desiertos las campañas, sino conservarlas para el uso propio; porque ganarse una Provincia para destruirla, y totalmente impedir la cultivacion de sus campos, es lo mismo que no ganarla, y mas cuando de sus frutos necesariamente se han de valer si quisieren sustentarse en ella. Por no advertir estos inconvenientes los nuestros, y no moderarse en sus crueldades, que eran las que derrotaban de los pueblos los labradores, se vieron en tanta necesidad, que con estar llenos de victorias, la falta de los viveres les sacó de Thracia con mucho peligro y daño. Jorge de Cristopol, caballero rico y principal de Macedonia, venia de Salonique á Constantinopla á verse con el Emperador Andronico, con ochenta caballos. Tuvo noticia que Galípoli estaba con poca gente, y pareciendole que podria hacer algun buen lance, dejó su camino, y con buenas espias llegó cerca de Galípoli sin ser sentido, y encontróse luego con algunos carros y acémilas, habian salido á hacer leña. El que los llevaba á su cargo era Marco, soldado viejo en la cavallería. Viéndose acometido tan improbisamente dijo á la gente de á pié, que se retirasen entre las paredes de un molino, y él tomó la vuelta de Galípoli. La gente de Jorge sin detenerse en ganar el molino, fueron siguiendo al soldado, para que el aviso y ellos llegasen á un tiempo, pero como mas platico Marco en la tierra, dió el aviso primero á Montaner Capitan de Galípoli, con que todos tomaron las armas y se pusieron á la defensa de sus murallas, y con catorce cavallos, y algunos Almugavares Montaner salió á reconocer el enemigo, y entretenerle mientras la gente esparcida fuera del lugar tuviese tiempo de retirarse. Toparónse luego, y Montaner hecha una pequeña tropa de sus catorce cavallos, cerró con los ochenta, y peléo tan valientemente, que Jorge se retiró con pérdida de treinta y seis de los suyos muertos, ó presos. Fuéle Montaner siempre cargando, hasta que llegó al molino. Cobró las acemilas, y salvó la gente. Vuelto á Galípoli se pusieron en libertad los prisioneros, y repartieron la ganancia, á los hombres de armas veinte y ocho perbres de oro, catorce á los cavallos ligeros, y siete á los infantes.

CAPITULO XLII.

Rocafort y Fernan Jimenez de Arenós toman al Estañara y cobran sus cuatro galeras.

Al mismo tiempo que Montaner hizo tan buena suerte contra Jorge, Rocafort, y Fernan Jiménez de Arenós juntaron la gente que estaba dividida en Pacía, Rodesto y Módico, y entraron por Thracia hacia el mar mayor, haciendo lo que siempre, pegando fuego á los lugares después de saqueados y de talar y abrasar los frutos de las campañas, cautivar, matar y jamas aflojando en su venganza. Parecióles intentar de tomar Estañara pueblo de mucho trato, á la ribera del mar de Ponto, donde se fabricaban la mayor parte de los navíos de Thracia. Atravesaron largas cuarenta leguas, entraron el lugar sin hallar resistencia; porque nunca temieron á los Catalanes estando tan apartados de sus presidios para vivir con cuidado. Ganado el lugar, acometieron los navíos y galeras del puerto, que afirma Montaner que fueron cientocincuenta vajeles, y todo se les hizo llano en el mar como en la tierra. Recogieron riquísima presa, cobraron sus cuatro galeras que los Griegos tomaron en Constantinopla, cuando mataron á Fernando Aones su Almirante. Fué notable el espectáculo de aquel dia, porque turbado el órden de la misma naturaleza anegaron la tierra, rompiendo algunos diques que detenian el agua de las acequias, y en el mar pegaron fuego á los navíos, sirviendo los elementos de ministros de su venganza, y saliendo de sus limites y jurisdicion para ruina de sus contrarios, parecia que volvían á su primer confusion según andaba todo trocado. Murieron muchos quemados en el agua, otros ahogados en la tierra, solo reservaron del incendio sus cuatro galeras, que estando cargadas de despojos, y reforzadas de gente, se enviaron á Galípoli. Pasaron por el canal de Constantinopla con mayor espanto de los enemigos que peligro suyo, porque no hubo quien se les opusiese. Rocafort, y Fernan tomaron el camino de sus presidios muy poco á poco, corriendo por entrambos lados la tierra para buscar el sustento forzoso, y quitársele á su enemigo, que desamparados los lugares se retiraba á lo mas áspero de sus montañas. Andronico sabida la pérdida, no le parecieron bastantes sus fuerzas para poderla restaurar, saliendo á cortarles el camino, antes desesperado entregó sus provincias, al rigor de las armas enemigas, desconfiando, no tanto del valor como de la fé de los suyos; daño que padecen todos los Príncipes que por su crueldad y tiranía hacen á los mas fieles desleales. En el imperio Griego se introdujeron los Príncipes mas por aclamacion del ejército, que por derecho de sucesion, y como temian perder el lugar por las mismas artes que le ocuparon, andaban con perpetuos recelos y temores, así de los subditos que se aventajaban á los demas en valor y consejo, de los ricos, de los honrados, de los bien quistos, como de los atrevidos y sediciosos; igualmente afligidos de las virtudes de los unos, y de los vicios de los otros. De esto nacieron las crueldades entre los de esta nacion, de quitar la vista, las orejas, y las narices, proscripciones, destierros, muertes por vanas sospechas imaginadas, ó fingidas, para quitarse el miedo de la emulacion, y las mas veces fueron oprimidos de lo que nunca temieron. Andronico tenido por Príncipe de singular prudencia, á lo último de sus años, su nieto Andronico le quitó el Imperio, prevenidos sus consejos por el atrevimiento de un mozo; este fin tienen siempre los reinados é imperios, que con razones políticas solamente se quieren conservar y emprender.

CAPITULO XLIII.

Los Catalanes y Aragoneses, por dar cumplimiento á su venganza, á las faldas del monte Hemo vencen á los Masagetas.

No estaban los Catalanes y Aragoneses á su parecer enteramente satisfechos, si los Masagetas, con su General Gregorio, principal ministro de la muerte del César Roger, y de los que con él iban, se retiraban á su patria, sin llevar justa recompensa del agravio que de ellos recibieron. Y como por los avisos que tubieron se supo, que los Masagetas con licencia de Andronico se volvían á su patria, cansados de los trabajos y fatigas de la guerra, prefiriendo la servidumbre y sujecion de los Scitas sus antiguos señores, á la libertad, que gozaban entre los Griegos; tanto puede el amor de la patria, que hace parecer dulce la sujecion, y libertad fuera de ella insufrible. Pareciales á los nuestros lance forzoso, puesto que le habian de buscar, salir luego en su alcance, antes que pasasen el monte Hemo, que divide el imperio de los Griegos del Reino de Bulgaria; porque fuera mal advertida resolucion, si dentro de Bulgaria les siguieran, así por ser la retirada difícil, por la angostura de los pasos, entradas y salidas del monte, como por ser la gente de Bulgaria belicosa, y entonces amiga de Andronico. Juntos los Capitanes en Pacía, resolvieron que para esta faccion se debia hacer el mayor esfuerzo, y así para poder sacar mas gente, desampararon á Pacía, Módico, y Rodesto; solo quedó Galípoli donde se retiraron todas la mujeres, debajo del gobierno de Ramon Montaner, con doscientos infantes, y veinte caballos. Replicó Montaner diciendo, que no le estaba bien á su reputacion faltar en la jornada que todos se aventuraban, pero los ruegos del ejercito le obligaron á quedarse, y la confianza que de su persona hicieron, encargándole la defensa de sus mujeres, hijos y haciendas. Ofreciéronle del quinto de la presa un tercio, y otro para sus soldados; y con ser la ganancia cierta, y sin peligro, muchos de los soldados, la estimaron en poco, y quisieron mas seguir el ejercito, saliendo de noche á juntarse con Rocafort: á otros Ramon Montaner dió licencia, viéndoles resueltos de partirse sin ella, y movido de algun interés, porque le ofrecieron partir con él la parte de la presa que les cupiese. Con esto los doscientos infantes quedaron en ciento treinta y cuatro, y los veinte caballos en siete. Las mujeres eran mas de dos mil, y así dice el mismo Montaner: Romangui mal acompayat de homes, ben acompayat de fembres. Enviaronse con buenas escoltas á Galípoli todas las que estaban en los presidios, y luego nuestros Capitanes partieron de Pacía á grandes jornadas la vuelta de los Masagetas, á que avisados del intento de los Catalanes, apresuraron su partida pero su diligencia no pudo ser mayor que su desdicha, porque sus enemigos después de doce dias de camino les alcanzaron antes de pasar el Hemo. Los reconocedores del campo de los Catalanes una tarde descubrieron el de los Masagetas, y por los de la tierra se supo, que eran tres mil caballos, y seis mil infantes y el bagaje infinito por llevar sus familias y haciendas. Rocafort y Fernan Jiménez fuéronse mejorando con su gente, por asegurarse de que los Masagetas no se les fuesen por pies, y descansaron el dia siguiente dentro de sus alojamientos. Al amanecer del otro, alentada su gente con el reposo, presentaron la batalla al enemigo. Los Masagetas, gente la mas valiente de todas las naciones del Levante, admirados mas que atemorizados del caso tomaron las armas, y salieron á récibir sus enemigos, en la dedefensa de sus hijos y mujeres. Gregorio General, principal ministro de la muerte del César Roger con mil caballos, dió principio al terrible y espantoso combate, oponiéndose á nuestra caballería, que iba á meterse entre los reparos que tenian hechos con los carros. Travóse sangrienta batalla, porque fueron las demás tropas de una y otra parte cerrando con la infantería. Viéronse notables hechos en armas porque iguales en valor aunque desiguales en número, combatian. El teatro de esta tragedia era un llano, que por espacio de dos leguas se estendia á las faldas del Hemo. La caballería, destrozadas las armas, muertos los caballos, las espadas y mazas rotas, con las manos, con los cuerpos, se sustentaban en la pelea. A unos daba ánimo el deseo de venganza insaciable á otros la necesidad última de su propia defensa, y en todos gobernaba el caso porque los Masagetas estaban ya todos fuera de sus reparos, peleando trabados y confusos con los nuestros. Hasta mediodia anduvo la victoria dudosa, y vária pero muerto Gregorio cabe sus banderas con los mas valientes Capitanes, se inclinó á nuestra parte. Quisieron los vencidos rehacerse dentro de los reparos, pero no fué posible, porque los vencedores entraron juntamente con ellos, dándoles la muerte entre los brazos de sus mujeres, á quien muchas veces alcanzaba la espada, porque sin excepcion de sexo ni edad salian á la defensa de sus hijos, y maridos ofreciendo sus cuerpos al rigor de la muerte. Acrecentó la victoria el detenerse los Masagetas en poner en los caballos á sus mujeres, é hijos para huir, porque si de solo sus personas cuidaran, pocos se dejaran de librar huyendo; pero el amor natural poderoso aun entre los bárbaros á despreciar la muerte, les detuvo para mayor daño suyo. Esparcidos por la llanura, caminaban, al guarecerse de la montaña, los caballos cansados, poco ayudados de las mujeres mas llenos de temor, y ímpedidos de los niños, que en los pechos y en los brazos los sustentaban, no pudieron salvarse. En este alcance perecieron casi todos porque desesperados revolvían sobre los nuestros, á cuyas manos hechos pedazos rendian la vida, por dar lugar á que sus mujeres se alargasen. No escaparon de nueve mil hombres que tomaban armas 300 vivos, y en esto concuerdan Nicephoro, y Montaner. Sucedió en este alcance un caso tan estraño como lastimoso. Viendo la batalla perdida, y que las armas Catalanas lo ocupaban todo; un Masageta mozo valiente y bravo, quiso acudir al remedio de la huida, mas por librar á su mujer hermosa y de pocos años, que por temor de perder la vida, con la priesa que el peligro pedia, sacó su mujer de los reparos y tiendas, donde todo andaba ya revuelto con la sangre y con la muerte y puesta sobre un caballo, el primero que el caso le ofreció, y él en otro; tomaron el camino del monte. Tres soldados nuestros movidos de su codicia, ó quizá de la hermosura y bizarría de la mujer, la fueron siguiendo. Reconoció el marido sus enemigos y el cuidado con que le venian siguiendo. Hechó el caballo de su mujer delante, y con el alfanje le iba dando, y animaba con voces, pero el caballo se rindió al calor y cansancio. Con esto el Masageta tuvo por menor mal dejar la mujer, que morir él, y dando riendas y espuelas á su caballo, paso adelante; pero las lágrimas y quejas tan justamente vertidas de su mujer le detuvieron. Revolvió su caballo, y emparejando con ella, le hechó los brazos, y con besos y lagrimas se despidió y apartó enternecido, y levantando luego el alfanje le cortó de una cuchillada la cabeza. Barbara y fiera crueldad, y estraña confusion de accidentes, que puedan en un mismo tiempo andar juntos los brazos con el cuchillo, y los besos con la muerte, efectos todos de la pasion de un amante. Amor tierno dió los brazos y besos, celos insufribles el cuchillo y la muerte, porque sus enemigos no gozasen lo que él perdia, y vencieron los celos; dos efectos igualmente poderosos en el ánimo del hombre, amor, y deseo de vivir. Al mismo tiempo que cayó la mujer muerta del caballo, le cogió por la rienda Guillén Bellver, uno de los tres que la seguían, pero él Masageta bañado de sangre propia vertida por sus manos, con increíble furia braveza de una cuchillada quitó el brazo y la vida á Guillén, y revolviendo sobre Arnau Miró, Berenguer Ventallola dando y recibiendo heridas cabe el cuerpo difunto de la mujer, cayó muerto; y no parece que cumplierá con las leyes de amante, si como sacrificó la vida de su mujer á sus celos, no sacrificará la suya á su amor. De cualquier manera fué el caso indigno de hombre racional, cuando no christiano. De Radamisto hijo de Tarasmanes rey de Iberia nos cuenta Tacito un suceso semejante, cuando huyendo con su mujer Cenobia en sendos caballos junto al rio Arajes, viéndola rendida por estar preñada, y temiendo que no llegase á manos de su enemigo ofendido, prenda en quien pudiese con grande mengua y afrenta suya vengarse, le dió cinco heridas, y la echó en el rio: pero Cenobia tuvo diferente fin que la mujer del Masageta, porque unos villanos la sacaron del rio, la curaron, y entregaron al rey Tiridates enemigo de Radamisto.

Los nuestros después de la victoria, recogieron la presa y los cautivos, y dieron la vuelta á sus presidios con gran alegria y regocijo de haber dado fin á su venganza con tanto cumplimiento. El camino que llevaron fué con fatiga y peligro por ser largo y la tierra enemiga, puesta en armas, retirados en lugares fuertes, los frutos recien cogidos de las campañas; con que la comida las mas veces se compraba con sangre y vidas. Hay entre Nicephoro, y Montaner alguna diversidad en la relacion de esta jornada. Nicephoro dice, que los Catalanes la emprendieron á persuasion de los Turcoples, porque en el tiempo que juntos militaban debajo de las banderas del Imperio, los Masagetas como mas poderosos en la reputacion, de las presas siempre les trataron con desigualdad, y les hicieron agravio, de que quisieron los Turcoples por este camino tomar satisfaccion y Montaner solo dice que fué pensamiento de los Catalanes, y dejase bien creer, porque en materia de venganza no habia para que solicitarles. Lo que yo tengo por cierto es, que los Turcoples fueron los que les avisaron de la partida de los Masagetas, y que algunos siguieron á los Catalanes, pero no toda la nacion junta, ni Meleco su Capitan, porque después de esta victoria dejaron al Emperador Andronico, y vinieron á servir á los Catalanes, como en su lugar se dirá.

CAPITULO XLIV.

Acometen los Genoveses á Galípoli, y retiranse con pérdida de su
General.

Por el mismo tiempo que Rocafort, y Fernan Jiménez alcanzaron victoria de los Masagetas, Ramon Montaner capitan de Galípoli la alcanzó de Genoveses. Fué el suceso notable, y en que claramente se muestran, cuan varios son los accidentes de una guerra, pues algunas veces las victorias y pérdidas nacen de causas ni previstas, ni esperadas. Antonio Spinola con diez y ocho galeras Genovesas llegó á Constantinopla para traer al Marquesado de Monferrato á Demetrio, tercer hijo de Andronico, y de la Emperatriz Irene, y platicando con el Emperador del estado de las cosas de los Catalanes, el Spinola con mas temeridad que cordura ofreció de tomar á Galípoli, y hechar los Catalanes de Thracia, si le daba palabra de casar á Demetrio su hijo tercero con la hija de Apicin Spinola premio debido á tan señalado servicio. Andronico aceptó el partido, y empeñó su palabra que casaria su hijo. Con esto el Genovés arrogante con dos galeras llegó á Galípoli debajo de seguro. Preguntó por el capitan, y llevado á donde estaba con semblante soberbio y descortés le dijo: Yo soy Antonio Spinola general de mi república, vengo á ordenaros, que sin replica y dilacion degeis libres estas provincias, y os retireis á vuestra patria, porque de otra manera os hecharemos con las armas, y estareis sujetos á su rigor. Ramon Montaner reconociéndose sin fuerzas, como cuerdo y buen soldado respondió con mucha blandura y cortesía: Que el salirse de Galípoli, y de Thracia no era cosa que tan arrebatadamente se podia hacer, como el queria, y que amenazarles con sus armas era cosa muy fuera de toda razon, y de las paces que tenian sus Reyes y su República, que el estaba puesto en guardarla mientras ellos la guardasen. Replico Antonio, y segunda, y tercera vez desafió á todos los Catalanes con palabras llenas de mil ultrages, y quiso que constase su desafío por fé pública de escribano. Montaner irritado de tanta insolencia, perdió el sufrimiento, y respondió con valor: Que la guerra que les denunciaba de parte de su república era injusta, y que así protestaba delante de Dios, y por la fé comun que procesaban, que todos los daños, derramamiento de sangre, robos, incendios, y muertes serian por su causa, porque ellos forzosamente se habian de oponer á tan injusta ofensa. Que la república de Génova no tenia jurisdicion para requerirle saliesen de Thracia, no siendo aquella tierra sujeta á su señorío, que si su derecho solo se fundaba en su poder, viniesen á hecharles; que el suceso mostraria la diferencia que hay del decir al hacer. Que Andronico era cismático, fementido, y que sus armas se habian de emplear en su ruina á pesar de los Genoveses. Luego con esta respuesta Antonio volvió á sus galeras, y con ellas á Constantinopla, y dió cuenta al Emperador de lo que habia pasado, ofreció de darle luego ganado á Galípoli por la poca defensa que tenia. Andronico codicioso de ganar el presidio de sus mayores enemigos, dió al Spinola siete galeras con su Capitan Mandriol, Genovés de nacion, para que juntas con las diez y siete facilitase mas la empresa. Antonio embarcó á Demetrio, y con veinte y cinco galeras llegó el dia siguiente á las dos después de medio dia á los palomares cerca de Galípoli, y comenzó á desembarcar la gente. Montaner con los pocos caballos que tenia arriscados y valiente, á la legua del agua impedia la desembarcacion. Pero diez galeras apartándose de las demás, libremente pusieron en tierra la gente que trahian. Hirieron á Montaner, y le matron el caballo, y creyendo los Genoveses que su dueño lo quedaba; dijeron á voces: Muerto es el capitan, y Galípoli nuestro; pero socorrido de un criado, escapó de sus manos con cinco heridas. Retiróse dentro de Galípoli bañado en su sangre propia y ajena, y causó alguna turbacion creyendo que las heridas de su capitan eran mortales. Recocidas luego, fué de tan poco cuidado, que ni el pelear ni el gobernar le impidieron. Guarneciéronse las murallas de Galípoli con dos mil mujeres, siendo caba de cada diez un mercader Catalan, y con chuzos, espadas y piedras se pusieron á la defensa de su libertad, sucediendo no solo en el cargo, pero en el valor de sus maridos. Dueños ya los Genoveses de la campaña, ordenadas sus haces llegaron á Galípoli; arrimaron sus escalas, tirando inumerables dardos, apretaron gallardamente el asalto, y mas, cuando vieron las murallas solo defendidas de mujeres. La resistencia mostró luego, que solo en el nombre lo parecian, y en el esfuerzo y constancia varones invencibles. Rebatidos con muchas muertes, y heridas de las murallas; creyeron que la flaqueza natural del sexo, si porfiadamente se combatia, se rendiria. Volvieron segunda vez al asalto, pero con mayor daño se retiraron. Miraba Antonio Spinola desde su capitana el combate, y viendo su gente rendida, desesperado de poder hacer algun buen efecto con sola la que tenia en tierra, acudió con su persona, y con cuatrocientos caballos á dar calor al asalto. Llegó á las murallas, conociendo el daño de cerca, y tanta gente muerta. Quisiera no haberse empeñado, animó á los suyos, y acometieron con valor. Renobose el combate, y en las mujeres creció él ánimo con el peligro, llenas de sangre y heridas tan asistentes en sus postas, que algunas de ellas con cinco heridas en el rostro no quiso dejar la suya, juzgando con tan honrado puesto como ocupar el que el marido debiera tener, no se habia de perder sino con la vida. Los Genoveses afrentados de verse tan gallardamente rebatidos de mujeres, obstinadamente peleaban, en caer uno muerto de las escalas, habia otro que se ofrecia al mismo peligro. Ramon Montaner visto el daño que habian recibido los Genoveses, y que ya no tenian dardos que tirar, sus escuadrones desechos, la mayor parte heridos, los demas cansados y rendidos al rigor del combate, y del tiempo, por ser el mes de Julio poco después del medio dia, con cien hombres, y seis caballos, sin armas defensivas por ir mas sueltos, salió á pelear. Abierta una puerta de Galípoli, se arrojó con sus seis caballos sobre el enemigo desalentado de la fatiga del calor, y las armas; siguiéronles los cien hombres, y con poca resistencia todo lo vencieron, y degollaron. Tomaron los vencidos la vuelta de sus galeras, apretados siempre de sus enemigos, perecieron casi todos en el alcance. Las galeras tenian las escalas en tierra, y hubo algun Catalan que siguiendo á su enemigo llegó á darle muerte dentro de la galera; y si Montaner aquel dia tuviera mas gente de refresco, pudiera ser que muchas de las galeras genovesas quedarán en su poder. Demetrio hijo del Emperador, y los demas capitanes que quedaban vivos, se alargaron de tierra, temiendo el atrevimiento y osadia del vencedor. Los cuatrocientos caballos murieron todos, y su capitan Antonio en el mismo lugar donde de parte de su república retó á todo nuestro ejército, y le denunció la guerra: fin justamente merecido de un hombre tan arrogante y que tan fuera de toda razon rompió una guerra, y su pérdida fué aviso para los que ofrecen á los Príncipes empresas sujetas á la incertidumbre de la guerra, por muy fáciles y seguras. Encendida una guerra, y empuñada una espada, lo muy cierto esta dudoso, cuanto mas lo que está en duda. Antonio Rocanegra, capitan genovés, hallando cortado él paso para sus galeras, con hasta cuarenta soldados se pudo en defensa en lo alto de un collado. Llegó este aviso á Montaner, después que los pocos genoveses que quedaron y habian con tanta infamia y daño retirado á sus galeras, se alargado con ellas, revolvió con la gente que tenia hácia donde el genovés estaba con los suyos, peleó con ellos, y parte rendidos, parte muertos, quedó solo Antonio Rocanegra con un montante, haciendo bravas y estremadas pruebas de su valentia. Aficionado y obligado Montaner, aunque enemigo de tanto valor, detuvo los soldados que le tiraban y procuraban matar, y con mucha cortesía le pidió que se diese á prision. Pero el genovés temerario, resuelto de morir antes que rendir las armas, menospreció los ruegos y cortesía de Montaner, con que provocó la ira á los vencedores, que cerrando con él, le hicieron pedazos, con que los catalanes quedaron señores del campo, y de la victoria. Las diez y siete galeras de genoveses no osaron volver á Constantinopla, aunque la necesidad y falta de gente les pudiera obligar, pero temiendo la indignacion de Andronico, y la insolencia de los Griegos, desembocaron el estrecho y fueron la vuelta de Italia, llevando en ellas á Demetrio. Las otras siete galeras gobernadas por Mandriol, vueltas á Constantinopla avisaron á Andronico del suceso.

Llegó la voz del peligro en que estaba Galípoli á nuestro ejército, que se venia retirando á sus presidios, después de la victoria que se alcanzó contra los Masagetas, y temiendo perderle antes de ser socorrido, apresuró el camino, y llegó dos dias después que los genoveses se embarcaron vencidos. Fué el sentimiento universal en todos, por no haber llegado á tiempo de castigar en los genoveses tanta deslealtad, como romper las paces con ellos, estando ausente y acometer su presidio defendido de mujeres. Acrecentaba mas este sentimiento el verlas heridas y maltratadas; pero el gusto de la victoria le quitó luego, y juntamente celebraron el contento y regocijo den entrambas victorias.

CAPITULO XLV.

Los turcos y turcoples vienen al servicio de los catalanes.

En tanto que las armas catalanas y griegas se ocupaban en su misma ruina, los turcos libres del miedo que el ejército de entrambas les pudiera dar, si concordes y unidos prosigueran la guerra, volvieron á seguir el curso de sus victorias, y ocupar las Provincias de la Asia, no teniendo ejército que se les opusiese á la corriente de su próspera fortuna. Porque, segun cuenta Pachimerio, el año veinte y cuatro del Reino de Andronico, que fué de Cristo mil trescientos y seis los Griegos desampararon de todo el punto del Asia y esto fué tres años después que los nuestros salieron de ella; de donde se colige manifiestamente el daño que resultó de la division y discordia de los Catalanes, y Griegos, pues con ella se perdió la ocasion de oprimir aquella soberbia nacion en sus principios, que en este tiempo se pudiera haber hecho con poca dificultad. Los Turcos absolutos señores de la Asia deseaban poner el pié en Europa, y dilatar sus vencedoras armas en Poniente. Detuvo algunos años el cumplimiento de su deseo la falta de navíos con que pasar los que estaban de la otra parte del estrecho de Galípoli. Valiéndose de la ocasion presente de ver á los Catalanes enemigos de los Griegos, enviaron á Galípoli sus mensajeros á tentar el ánimo de los nuestros, y si admitirían algun trato queriendo venirles á servir. Mostraron que no les desplacia. Los Catalanes con esto enviaron á los mensajeros una fragata armada, y con ella vino Jiménez su Capitan con diez compañeros á concluir el trato. Ofreció de parte de los suyos venir con ocho cientos caballos, y dos mil infantes, y prestar juramento de fidelidad al general de los Catalanes. Las condiciones fueron, que se les señalase cuartel á parte donde pudiesen vivir juntos con sus familias, que de las presas se les diese la mitad de lo que se daba al soldado Catalan, que siempre que quisieren volver á su tierra pudiesen sin que se les hiciese violencia para detenerles. Oido lo propuesto por el Turco, de comun consentimiento les admitieron á su servicio, ofreciendo de cumplir con las condiciones con juramento. Con esta respuesta Jimelix volvió á pasar el estrecho, y á prevenir su gente en tanto que la armada llegaba y poco después embarcados en los navios y galeras que se pudieron juntar, llegaron á Galípoli dos mil infantes, y ochocientos caballos Turcos, con sus hijos, y mujeres, y haciendas. Este fué el hecho de los Catalanes condenado de los antiguos, y modernos escritores por muy feo, pasar Europa á los Bárbaros infieles enemigos del nombre Cristiano, manchando la gloria de aquella expedicion con tan impio y destestable consejo, como lo fué abrir el camino de Europa tan gallarda y poderosa nacion. Injusto cargo fué sin duda el que estos escritores ponen á los Catalanes, dejándose llevar de la pasion ó del descuido de no advertirlo; yerro en un escritor grave. Impio consejo fuera él de los Catalanes, y pernicioso para su libertad, si los Turcos que admitieron en su favor fueran superiores en fuerzas, porque entonces libremente pudieran introducir su secta, y hacer daño á su fe, y juntamente oprimir la libertad de quien les llamó. Los socorros y ayudas no han de ser mayores que las propias fuerzas; porque no suceda lo que á un Scipion en España, cuando treinta mil Celtiberos, con perfidia notable le desampararon, y él como inferior no los pudo detener. De donde Livio sacó un importante documento. Los Turcos no llegaban á tres mil en número, en armas, en valor, inferiores á los Catalanes, de manera que no se pudiera presumir que los Turcos hicieran mas de lo que ordenaban los Catalanes, y siendo ellos cristianos, cierto es que su fe no pudiera peligrar, que aquellos Bárbaros viéndose tan inferiores la ofendieran. En las comunidades del Reino de Valencia, en tiempos de nuestros abuelos, los que mas fielmente sirvieron fueron los moros, y el servirse de ellos contra cristianos se tuvo por lícito, y necesario. No de otra manera sirvieron los Turcos á los Catalanes en Grecia, á mas de que la propia defensa disculpa cualquier yerro que en este se pudiera haber hecho. No se hallara República ni príncipe apretado de guerras extranjeras, ó civiles, que haya dejado de llamar en su ayuda gentes de religion y costumbres diferentes, y muchas veces dieron entrada en sus Reinos á los mas poderosos, por librarse del presente daño, sin advertir que pudieran quedar por despojos vencidos, ó vencedores. El peligro vecino alguna vez se ataja con otro mayor, y puesto que de cualquiera manera se haya de perecer, bueno es dilatarlo, y escoger el mas remoto, y el que puede dejar de ser. Si los Catalanes hicieran lo que hizo Stilicon y Narses, el uno llamando á los Godos, el otro á los Longobardos para la ruina de Italia, y del Imperio, no pudieran ser mas ofendidos de las plumas y lenguas de la historia; unos les llaman impios, sacrílegos, otros piratas, comun pestilencia de las gentes, hombres sin Dios, sin ley, sin razon, y todo nace porque en su favor llamaron á los Turcos, que entendido esto por mayor, ofende algo las orejas cristianas, pero bien abvertido y averíguado, no hay razon para culparle levemente, cuando mas para ofenderles con palabras tan descompuestas, y llenas de injuria y afrentas. Mil leguas de su patria, sus capitanes, y embajadores muertos á traicion, ¿qué sufrimiento no irritará?. ¿Qué medio por violento que fuera no intentará su afrenta?. Cuando hubiera yerro, esto pudiera moderar el juicio del escritor. Hállase tambien alguna dificultad acerca del tiempo en que pasaron los Turcos, porque Nicephoro dice, que fueron llamados de los catalanes antes de la batalla de Apros, cuando se supo que Miguel venia sobre ellos, y que solos fueron quinientos los que pasaron. Esta narracion de Nicephoro la tengo por falsa, porque Montaner en el número, y en el tiempo le contradice, y como testigo de vista se le debe dar mas crédito, aunque catalan, y ofendido; porque en el discurso de su historia refiere muchas cosas contra los de su nacion, y condena lo mal hecho con libertad, y sin respeto, y no es de creer que quien dice la verdad en su daño, no la dijera en lo que tampoco importaba á su gloria como venia los turcos cuatro años antes ó después. Zurita siguiendo la relacion de Berenguer de Entenza, difiere tambien de Nicephoro; porque dice que el mismo Berenguer de Entenza llamó á los turcos después que supo la muerte de sus embajadores, y que pasaron á Galípoli mil y quinientos caballos, y le prestaron juramento de fidelidad. Esto tambien lo tengo por falso, porque parece imposible que en quince dias que Berenguer se detuvo en Galípoli, después que se declaró por enemigo del Imperio, llamáse á los turcos que estaban en Asia, y se concertase con ellos, y se juntasen mil y quinientos caballos, y se embarcasen, y viniesen á prestarle juramento de fidelidad; que son cosas que aunque se hicieran con suma presteza, no pudieran concluirse en quince dias. La verdad del tiempo en que pasaron los turcos, la refiere claramente Montaner, que fué cuatro años después de esta jornada, y para tener esto por cierto no se halla dificultad ni imposibilidad alguna, como las hay, y muy grandes en lo que dice Nicephoro, y Zurita; y así en materia de los hechos de los Turcos solo seguiré á Montaner, porque le tengo por mas verdadero, y que intervino y asistió en todas estas jornadas.

En este mismo tiempo los turcoples que servian al emperador, declarados por rebeldes, porque á imitacion de los catalanes quisieron que se les pagase el sueldo ó hacerse contribuir con las armas, no pudieron, por ser pocos, mantenerse por sí, enviaron á decir á los catalanes que si les admitirían en su compañía. Respondieron que viniesen seguros, que con ellos se usaria lo mismo que con los turcos, y con mayores ventajas por ser cristianos. Vinieron hasta mil caballos buenos, y prestaron juramento de fidelidad debajo de los mismos conciertos que lo hicieron los turcos. Pusiéronse á órden de Juan Perez de Caldés. Quedo el emperador Andronico sin la milicia extranjera, después que los alanos, y turcoples se apartaron de su servicio, tan falto de soldados que libremente se podia acometer cualquier empresa por grande que fuese en las provincias de su imperio, sin tener quien se lo impidiese. Estas fuerzas que perdió el emperador, acrecentaron las de Rocafort, porque turcos, y turcoples igualmente le respetaban y reconocían por suprema cabeza, y con esta seguridad de verse tan obedecido, y amado de ellos, se desvaneció, y se hizo odioso á muchos, por la insolencia y poder absoluto con que lo gobernaba, y mandaba todo.