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Fábulas

Chapter 12: FÁBULA V
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About This Book

Una colección de breves fábulas en verso que emplea animales antropomorfizados y situaciones cotidianas para enseñar lecciones morales y prácticas a lectores jóvenes. Cada pieza desarrolla un conflicto sencillo y una resolución que expone virtudes y vicios humanos, como la vanidad, la prudencia o la avaricia, con tono claro y didáctico; muchas incluyen notas explicativas y referencias mitológicas o geográficas para facilitar su comprensión en entornos escolares. El conjunto prioriza la sencillez expresiva y la finalidad pedagógica.

The Project Gutenberg eBook of Fábulas

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Title: Fábulas

Author: Félix María Samaniego

Release date: July 26, 2017 [eBook #55206]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/Canadian Libraries)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK FÁBULAS ***

FÁBULAS
DE
SAMANIEGO

NOVÍSIMA EDICIÓN ILUSTRADA

CON NOTAS GRAMATICALES, LITERARIAS, ETC.
UN VOCABULARIO DE LOS NOMBRES HISTÓRICOS Y GEOGRÁFICOS
Y UN RETRATO DEL AUTOR

POR

MIGUEL DE TORO GÓMEZ

Licenciado en Filosofía y Letras
Oficial de Academia
y Autor del Nuevo Diccionario enciclopédico ilustrado

PARÍS

LIBRERÍA ARMAND COLIN 5, RUE DE MÉZIÈRES, 5

1902

Los derechos reservados.

Al Índice

ABREVIATURAS

aument. aumentativo. incorr. incorrección ó incorrecto.
ant. anticuado. J. C. Jesucristo.
DERIV. derivado, derivados. kil. kilómetro.
desp. despectivo. m. adv. modo adverbial.
dim. diminutivo. pág. página.
ej.: ejemplo ó ejemplos. p. a. participio activo.
expr. expresión. p. p. participio pasivo.
fam. familiar. pron. pronombre.
fem. femenino. refr. refrán.
fr. frase. SINÓN. sinónimos.
hab. habitante ó habitantes.    v. véase.

INTRODUCCIÓN

Uno de los más recientes biógrafos de Samaniego decía no hace mucho (agosto de 1901), hablando de sus obras: «Sus Fábulas, que han alcanzado cientos de ediciones, corren de mano en mano, siendo obligado libro de lectura en todas las escuelas de primera enseñanza.»

Pues bien, no obstante la popularidad de estas fábulas, es tal la fuerza de la rutina, la mezquindad de ciertos editores y hasta, si se quiere, la indiferencia de los autores, que nadie ha pensado en hacer ediciones convenientemente anotadas, como las hay en Francia, muy numerosas y esmeradas, de las Fábulas de La Fontaine. Y sin embargo, pocos libros habrá que tanto lo necesiten. Los niños repiten como papagayos multitud de nombres de personas y cosas de que no se dan cuenta. He aquí en prueba de ello algunos pasajes escogidos entre mil:

¿Qué sabe el niño quiénes fueron ó qué significan las palabras Minerva, Ceres, Esopo, Júpiter, Tetuán, Simónides, Asia, Ulises, Farinello y Campo Santo?

Y esto, dado caso que la edición sea correcta; pues tenemos á la vista dos ediciones de estas Fábulas, hechas por una de las librerías más antiguas de París (en materia de libros españoles) y en ellas faltan hasta versos enteros, lo cual hace incomprensible el texto.

Á esto se agrega la necesidad de explicar ciertas formas y palabras, ya arcaicas, ya neológicas, y ciertos giros poco usuales ó que contravienen, en parte, á las leyes corrientes del lenguaje.

Hemos creído, pues, prestar un servicio, lo mismo á los alumnos que á los profesores, ofreciéndoles una edición correcta y cuidadosamente anotada, á la que hemos agregado un Vocabulario completo de nombres mitológicos, geográficos é históricos. No dudamos que la ilustrada clase de Profesores y Directores de colegios se apresurará á adoptarla, desterrando de las aulas esas ediciones cojas, incorrectas, descuidadas, que son una afrenta para los libreros que las dan á luz, una falta de consideración á los profesores, y un ultraje á la memoria del insigne Samaniego.

M. de T. G.

Paris, 1º de diciembre de 1901.

SAMANIEGO

El ilustre fabulista, llamado con justicia por Príncipe y por otros el La Fontaine español, nació en 1745 y murió en la villa de Laguardia en 1801, después de emplear su vida en el fomento de los intereses de su país natal. Fué uno de los primeros que se alistaron en aquellas famosas Sociedades de Amigos del País, iniciadas y fomentadas en tiempo de Carlos III y á las que tanto debe nuestra patria. Miembro de la Sociedad Vascongada, establecida en 1645, consagró todos sus esfuerzos y energía á promover y mejorar la educación popular y á este fin compuso[1] su notable colección de Fábulas destinadas, como reza el título, Á los caballeros alumnos del Real Seminario Patriótico vascongado, fundado por la indicada sociedad. Según Ticknor en su Historia de la literatura española, «la primera parte (de las Fábulas) publicada en 1781 y por lo tanto un año antes que la colección de Iriarte, habla de éste como de su modelo[2], sin dejar duda, por lo mismo, de que había visto sus fábulas. Publicóse la segunda en 1784, cuando ya la de su rival había sido aplaudida por el público, de donde se originó la ruptura de sus buenas relaciones, mediando entre ambos cuestiones y folletos que les hacen poco honor... Las fábulas de Samaniego no están seguramente tan bien escritas como las de Iriarte, ni aplicadas con tanta exactitud y originalidad; pero son más sencillas, más naturales y más á propósito para el común de los lectores.»

El eminente crítico Sr. Menéndez y Pelayo, en su obra Los Heterodoxos, habla largamente acerca de otros trabajos de Samaniego y de sus tendencias filosóficas.

Sin embargo, cualquiera que sea el juicio que pueda formarse sobre sus demás escritos, no puede negarse que sus fábulas tuvieron y siguen teniendo la mayor aceptación entre maestros y discípulos, y que constituyen una obra indispensable en las escuelas.

Mi ilustre amigo y maestro, el eximio literato Don Juan Valera, á quien daba cuenta no ha mucho de mi propósito de publicar la presente edición, me decía en fecha reciente (31 de diciembre de 1901): «Mucho celebro que publique Ud. ahí una bonita edición de las fábulas de Samaniego, anotada por Ud. Estas fábulas, en mi sentir, son preciosas y bien pueden entrar en competencia con las de La Fontaine, que se ponen tan por las nubes.»

En 11 de agosto del año pasado hizo justamente un siglo que falleció el insigne fabulista[3], y el 11 de septiembre del mismo año organizó la ilustre Sociedad Económica Vascongada de Amigos del País, en honor suyo, una solemne fiesta en el Palacio de Bellas Artes de San Sebastián, con motivo del centenario de su muerte[4]. De este modo procuraba corresponder al cariño de su hijo predilecto, que había hecho inmortal su nombre, inscribiéndole al frente de la 1ª edición de sus Fábulas.

La junta de Gobierno de dicha Sociedad, que tiene por presidente á D. Leonardo Moyúa y por secretario general á D. Tomás Berminghan, no perdonó medio para dar el mayor brillo y realce á tan patriótica ceremonia, en la que figuraba, presidiendo la escena, el notable busto de Samaniego debido al cincel del escultor bilbaino Sr. Larrea[5]. En un inspirado discurso, cuyos elocuentes párrafos arrancaron frecuentes aplausos, trazó un animado cuadro de la vida y trabajos de nuestro poeta, el elegante escritor, profesor y erudito polígrafo D. Ricardo Becerro de Bengoa[6].

Puso término á la patriótica ceremonia con sentida, al par que elocuente peroración, el Excmo. Sr. Duque de Almodóvar del Río, Ministro de Estado, que hizo notar con mucha oportunidad que «en las Fábulas morales del insigne hijo de Laguardia, no sólo gustamos las primicias del arte literario, sino que aprendimos los preceptos morales, que más tarde en nuestra vida habían de guiarnos, con más gusto, con mayor placer que cuando esos mismos preceptos eran expuestos con la severidad de la ciencia en los tratados áridos de la Filosofía Moral.»

Para terminar, agregaremos las siguientes notas que consignan los biógrafos de Samaniego: «era de estatura pequeña, pelo negro, cara un poco larga y expresiva; y en cuanto á lo moral, algo escéptico, socarrón y alegre.»

Con motivo de la celebración de su centenario, casi todos los periódicos españoles han honrado la memoria de Samaniego, lo cual demuestra, bien á las claras, que, lejos de irse amortiguando su gloria y fama, no han hecho sino crecer y consolidarse.

Miguel de Toro Gómez.

París, 7 de enero de 1902.

PRÓLOGO DEL AUTOR

Muchos son los sabios de diferentes siglos y naciones que han aspirado al renombre de fabulistas; pero muy pocos los que han hecho esta carrera felizmente. Este conocimiento debiera haberme retraído del arduo empeño de meterme á contar fábulas en verso castellano. Así hubiera sido; pero permítame el público protestar con sinceridad en mi abono, que en esta empresa no ha tenido parte mi elección. Es puramente obra de mi pronta obediencia, debida á una persona, en quien respeto unidas las calidades de tío, maestro y jefe.

En efecto, el director de la real Sociedad Vascongada, mirando la educación como á basa en que estriba la felicidad pública, emplea la mayor parte de su celo patriótico en el cuidado de proporcionar á los jóvenes alumnos del real Seminario Vascongado cuanto conduce á su instrucción; y siendo, por decirlo así, el primer pasto conque se debe nutrir el espíritu de los niños, las máximas morales disfrazadas en el agradable artificio de la fábula, me destinó á poner una colección de ellas en verso castellano, con el objeto de que recibiesen esta enseñanza, ya que no mamándola con la leche, según deseó Platón, á lo menos antes de llegar á estado de poder entender el latín.

Desde luego di principio á mi obrilla. Apenas pillaban los jóvenes seminaristas alguno de mis primeros ensayos, cuando los leían y estudiaban á porfía con indecible placer y facilidad; mostrando en esto el deleite que les causa un cuentecillo adornado con la dulzura y armonía poética, y libre para ellos de las espinas de la traducción, que tan desagradablemente les punzan en los principios de su enseñanza.

Aunque esta primera prueba me asegura en parte de la utilidad de mi empresa, que es la verdadera recomendación de un escrito, no se contenta con ella mi amor propio. Siguiendo éste su ambiciosa condición, desea que respectivamente logren mis fábulas igual acogida que en los niños, en los mayores, y aun, si es posible, entre los doctos; pero á la verdad esto no es tan fácil. Las espinas que dejan de encontrar en ellas los niños, las hallarán los que no lo son en los repetidos defectos de la obra. Quizá no parecerán éstos tan de marca, dando aquí una breve noticia del método que he observado en la ejecución de mi asunto, y de las razones que he tenido para seguirlo.

Después de haber repasado los preceptos de la fábula, formé mi pequeña librería de fabulistas: examiné, comparé y elegí para mis modelos entre todos ellos, después de Esopo, á Fedro y La Fontaine; no tardé en hallar mi desengaño. El primero, más para admirado que para seguido, tuve que abandonarle á los primeros pasos. Si la unión de la elegancia y laconismo sólo está concedida á este poeta en este género, ¿cómo podrá aspirar á ella quien escribe en lengua castellana, y palpa los grados que á ésta le faltan para igualar á la latina en concisión y energía? Este conocimiento, en que me aseguró más y más la práctica, me obligó á separarme de Fedro.

Empecé á aprovecharme del segundo, como se deja ver en las fábulas de La Cigarra y la Hormiga, El Cuervo y el Zorro y alguna otra; pero reconocí que no podía, sin ridiculizarme, trasladar á mis versos aquellas delicadas nuevas gracias y sales, que tan fácil y naturalmente derrama este ingenioso fabulista en su narración.

No obstante, en el estudio que hice de este autor, hallé no solamente que la mayor parte de sus argumentos son tomados de Locmano, Esopo[7] y otros de los antiguos, sino que no tuvo reparo en entregarse á seguir su propio carácter tan francamente, que me atrevo á asegurar que apenas tuvo presente otro precepto, en la narración, que la regla general que él mismo asienta en el prólogo de sus fábulas en boca de Quintiliano: Por mucho gracejo que se dé á la narración, nunca será demasiado.

Con las dificultades que toqué al seguir, en la formación de mi obrita, á estos dos fabulistas, y con el ejemplo que hallé en el último, me resolví á escribir tomando en cerro los argumentos de Esopo, entresacando tal cual de algún moderno, y entregándome con libertad á mi genio, no sólo en el estilo y gusto de la narración, sino aun en el variar rara vez algún tanto ya del argumento, ya de la aplicación de la moralidad, quitando, añadiendo ó mudando alguna cosa que, sin tocar al cuerpo principal del apólogo, contribuya á darle cierto aire de novedad y gracia.

En verdad que, según mi conciencia, más de cuatro veces se peca en este método contra los preceptos de la fábula; pero esta práctica licenciosa es tan corriente entre los fabulistas, que cualquiera que se ponga á cotejar una misma fábula en diferentes versiones, la hallará tan transformada en cada una de ellas respecto del original que, degenerando por grados de una en otra versión, vendrá á parecerle diferente en cada una de ellas. Pues si con todas estas licencias ó pecados contra las leyes de la fábula, ha habido fabulistas que han hecho su carrera hasta llegar al tempo de la inmortalidad, ¿á qué meterme yo en escrúpulos que ellos no tuvieron?

Si en algo he empleado casi nimiamente mi atención, ha sido en hacer versos fáciles, hasta acomodarlos, según mi entender, á la comprensión de los muchachos. Que alguna vez parezca mi estilo no sólo humilde, sino aun bajo, malo es; mas ¿no sería muchísimo peor que, haciéndolo incomprensible á los niños, ocupasen éstos su memoria con inútiles coplas?

Á pesar de mi desvelo en esta parte, desconfío de conseguir mi fin. Un autor moderno, en su Tratado de Educación, dice que en toda la colección de La Fontaine no conoce sino cinco ó seis fábulas, en que brilla con eminencia la sencillez pueril; y aun, haciendo análisis de alguna de ellas, encuentra pasajes desproporcionados á la inteligencia de los niños.

Esta crítica ha sido para mí una lección. Confesaré sinceramente que no he acertado á aprovecharme de ella, si en mi colección no se halla más de la mitad de fábulas que, en la claridad y sencillez del estilo, no pueda apostárselas á la prosa más trivial. Éste me ha parecido el solo medio de acercarme al lenguaje en que debemos enseñar á los muchachos; pero ¿quién tendrá bastante filosofía para acertar á ponerse en el lugar de éstos, y medir así los grados á que llega la comprensión de un niño?

En cuanto al metro, no guardo uniformidad: no es esencial á la fábula, como no lo es al epigrama y á la lira, que admiten infinita variedad de metros. En los apólogos hay tanta inconexión de uno á otro, como en las liras y epigramas. Con la variedad de metros he procurado huír de aquel monotonismo[8] que adormece los sentidos y se opone á la varia armonía, que tanto deleita el ánimo y aviva la atención. Los jóvenes que tomen de memoria estos versos, adquirirán con la repetición de ellos alguna facilidad en hacerlos arreglados á las diversas medidas, á que por este medio acostumbren su oído.

Verdad es que se hallará en mis versos gran copia de endecasílabos pareados con la alternativa de pies quebrados ó de siete sílabas; pero me he acomodado á preferir su frecuente uso al de otros metros, por la ventaja que no tienen los de estancias más largas, en las cuales, por acomodar una sola voz que falte para la clara explicación de la sentencia, ó queda confuso y como estrujado el pensamiento, ó demasiadamente holgado y lleno de ripio.

En conclusión, puede perdonárseme bastante por haber sido el primero en la nación que ha abierto el paso á esta carrera, en que he caminado sin guía, por no haber tenido á bien entrar en ella nuestros célebres poetas castellanos. Dichoso yo si logro que, con la ocasión de corregir mis defectos, dediquen ciertos genios poéticos sus tareas á cultivar este y otros importantes ramos de instrucción y provecho. Mientras así no lo hagan, habremos de contentarnos con leer sus excelentes églogas, y sacar de sus dulcísimos versos casi tanta melodía como de la mejor música del divino Haydn, aunque tal vez no mayor enseñanza ni utilidad.

ADVERTENCIA.

A excepción de un corto número de argumentos sacados de Esopo, Fedro y La Fontaine, todos los asuntos contenidos en los apólogos de los libros VI, VII y VIII, pertenecen al fabulista inglés Gay. El libro IX es original.

LIBRO PRIMERO

FÁBULA PRIMERA

El Asno y el Cochino

Á LOS CABALLEROS ALUMNOS

DEL REAL SEMINARIO PATRIÓTICO VASCONGADO

       Oh jóvenes amables
     Que, en vuestros tiernos años,
     Al templo de Minerva
     Dirigís vuestros pasos;
     Seguid, seguid la senda
     En que marcháis, guiados
     Á la luz de las ciencias
     Por profesores sabios.
     Aunque el camino sea
     Ya difícil, ya largo,
     Lo allana y facilita
[9]
     El tiempo y el trabajo.
     Rompiendo el duro suelo,
     Con la esteva agobiado,
     El labrador sus bueyes
     Guía con paso tardo;
     Mas al fin llega á verse
     En medio del verano
     De doradas espigas,
     Como Ceres[10], rodeado.
     Á mayores tareas,
     Á más graves cuidados
     Es mayor y más dulce
     El premio y el descanso.
     Tras penosas fatigas,
     La labradora mano
     ¡Con qué gusto recoge
     Los racimos de Baco[11]!
     Ea, jóvenes, ea,
     Seguid, seguid marchando
     Al templo de Minerva
     Á recibir el lauro.
     Mas yo sé, caballeros,
     Que un joven entre tantos
     Responderá á mis voces:
     No puedo, que me canso.
     Descanse en hora buena,
     ¿Digo yo lo contrario?
     Tan lejos estoy de eso,
     Que en estos versos trato
     De daros un asunto
     Que instruya deleitando.
     Los perros y los lobos,
     Los ratones y gatos,
     Las zorras y las monas,
     Los ciervos y caballos
     Os han de hablar en verso,
     Pero con juicio tanto,
     Que sus máximas sean
     Los consejos más sanos.
     Deleitaos en ello,
     Y con este descanso
     Á las serias tareas
     Volved más alentados.
     Ea, jóvenes, ea,
     Seguid, seguid marchando
     Al templo de Minerva
     Á recibir el lauro.
     Pero ¡qué! ¿os detiene[12]
     El ocio y el regalo?
     Pues escuchad á Esopo,
     Mis jóvenes amados.
     Envidiando la suerte del Cochino[13]
Un Asno maldecía su destino.
Yo, decía, trabajo y como paja;
Él come harina y berza, y no trabaja.
Á mí me dan de palos cada día;
Á él le rascan y halagan á porfía.
Así se lamentaba de su suerte;
Pero luego que advierte
Que á la pocilga alguna gente avanza
En guisa de matanza[14],
Armada de cuchillo y de caldera,
Y que con maña fiera
Dan al gordo Cochino fin sangriento,
Dijo entre sí el Jumento:
Si en esto para el ocio y los regalos,
Al trabajo me atengo y á los palos.

FÁBULA II

La Cigarra y la Hormiga

    Cantando la Cigarra,
  Pasó el verano entero
  Sin hacer provisiones
  Allá para el invierno.
  Los fríos la obligaron
  Á guardar el silencio,
  Y á acogerse al abrigo
  De su estrecho aposento.
  Vióse desproveída[15]
  Del preciso sustento,
  Sin mosca, sin gusano,
  Sin trigo, sin centeno.
  Habitaba la Hormiga
  Allí tabique en medio[16],
  Y con mil expresiones
  De atención y respeto
  La dijo:—Doña Hormiga,
  Pues que en vuestros graneros
  Sobran las provisiones
  Para vuestro alimento,
  Prestad alguna cosa
  Con que viva este invierno
  Esta triste Cigarra,
  Que alegre en otro tiempo,
  Nunca conoció el daño,
  Nunca supo temerlo.
  No dudéis en prestarme,
  Que fielmente prometo
  Pagaros con ganancias,
  Por el nombre que tengo.—
  La codiciosa Hormiga
  Respondió con denuedo,
  Ocultando á la espalda
Las llaves del granero:
—¡Yo prestar lo que gano
Con un trabajo inmenso!
Díme pues, holgazana,
¿Qué has hecho en el buen tiempo?
—Yo, dijo la Cigarra,
Á todo pasajero
Cantaba alegremente
Sin cesar ni un momento.
—¡Hola! ¿conque cantabas
Cuando yo andaba al remo[17]?
Pues ahora que yo como,
Baila ¡pese á tu cuerpo!

FÁBULA III

El Muchacho y la Fortuna.

  Á la orilla de un pozo,
Sobre la fresca hierba,
Un incauto mancebo[18]
Dormía á pierna suelta.
Gritóle la Fortuna:
—Insensato, despierta;
¿No ves que ahogarte puedes
Á poco que te muevas?
Por ti y otros canallas
Á veces me motejan,
Los unos de inconstante,
Y los otros de adversa.
  Reveses de fortuna
Llamáis á las miserias:
¿Por qué, si son reveses
De la conducta necia?

FÁBULA IV

La Codorniz.

  Presa en estrecho lazo
La Codorniz sencilla
Daba quejas al aire,
Ya tarde arrepentida.
—¡Ay de mí miserable,
Infeliz avecilla[19],
Que antes cantaba libre,
Y ya lloro cautiva!
Perdí mi nido amado,
Perdí en él mis delicias;
Al fin perdílo todo,
Pues que perdí la vida.
¿Por qué desgracia tanta?
¿Por qué tanta desdicha?
Por un grano de trigo:
¡Oh cara golosina!
¡El apetito ciego
Á cuántos precipita
Que, por lograr un nada,
Un todo sacrifican!

FÁBULA V

El Águila y el Escarabajo.

«¡Qué me matan! favor»: así clamaba
Una Liebre infeliz, que se miraba
En las garras de un Águila sangrienta.
Á las voces, según Esopo cuenta,
Acudió un compasivo Escarabajo;
Y viendo á la cuitada en tal trabajo,
    Por libertarla de tan cruda muerte,
    Lleno de horror exclama de esta suerte:
    —Oh reina de las aves escogida,
    ¿Por qué quitas la vida
    Á este pobre animal, manso y cobarde?
    ¿No sería mejor hacer alarde
    De devorar á dañadoras fieras:
    Ó ya que resistencia hallar no quieras,
    Cebar tus uñas y tu corvo pico
    En el frío cadáver de un borrico?—
    Cuando el Escarabajo así decía,
    El Águila con desprecio se reía;
    Y sin usar de más atenta frase,
    Mata, trincha, devora, pilla y vase.
    El pequeño animal así burlado,
    Quiere verse vengado.
    En la ocasión primera
    Vuela al nido del Águila altanera:
    Halla solos los huevos y, arrastrando,
    Uno por uno fuélos[20] despeñando.
    Mas como nada alcanza
    Á dejar satisfecha una venganza,
    Cuantos huevos ponía en adelante
    Se los hizo tortilla en el instante.
    La reina de las aves sin consuelo,
    Remontando su vuelo,
    Á Júpiter excelso humilde llega,
    Expone su dolor, pídele, ruega
    Remedie tanto mal. El dios propicio,
    Por un incomparable beneficio,
    En su regazo hizo que pusiese
    El Águila sus huevos, y se fuese;
    Que á la vuelta, colmada de consuelos[21],
    Encontraría hermosos sus polluelos[22].
    Supo el Escarabajo el caso todo;
    Astuto é ingenioso, hace de modo,
    Que una bola fabrica diestramente
    De la materia en que continuamente
    Trabajando se halla,
    Cuyo nombre se sabe, aunque se calla;
    Y que, según yo pienso,
    Para los dioses no es muy buen incienso.
    Carga con ella, vuela, y atrevido
    Pone su bola en el sagrado nido.
    Júpiter que se vió con tal basura,
    Al punto sacudió su vestidura,
    Haciendo, al arrojar la albondiguilla,
    Con la bola y los huevos su tortilla.
    Del trágico suceso noticiosa,
    Arrepentida el Águila y llorosa,
    Aprendió esta lección á mucho precio:
    Á nadie se le trate con desprecio,
    Como al Escarabajo;
    Porque al más miserable, vil y bajo,
    Para tomar venganza, si se irrita,
    ¿Le faltará siquiera una bolita?[23]

FÁBULA VI

  Cierto artífice pintó[24]
Una lucha, en que valiente,
Un Hombre tan solamente
Á un horrible León venció.
Otro León que el cuadro vió,
Sin preguntar por su autor,
En tono despreciador
Dijo: Bien se deja ver
Que es pintar como querer;
Y no fué león el pintor.

FÁBULA VII

La Zorra y el Busto.

  Dijo la Zorra al Busto,
Después de olerlo:
Tu cabeza es hermosa,
Pero sin seso[25].
  Como éste hay muchos
Que, aunque parecen hombres,
Sólo son bustos.

FÁBULA VIII

El Ratón de la corte y el del campo.

  Un Ratón cortesano
Convidó con un modo muy urbano
Á un Ratón campesino.
Dióle gordo tocino,
Queso fresco de Holanda;
Y una despensa llena de vianda
Era su alojamiento;
Pues no pudiera haber un aposento
Tan magníficamente preparado,
Aunque fuese en Ratópolis[26] buscado
Con el mayor esmero,
Para alojar á Roepán[27] primero.
Sus sentidos allí se recreaban:
Las paredes y techos adornaban,
Entre mil ratonescas[28] golosinas,
Salchichones, perniles y cecinas.
Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!
De pernil en pernil, de queso en queso.
En esta situación tan lisonjera
Llega la despensera:
Oyen el ruido, corren, se agazapan,
Pierden el tino; mas al fin se escapan
Atropelladamente
Por cierto pasadizo abierto á diente.
—¡Esto tenemos[29]! dijo el campesino;
Reniego yo del queso, del tocino,
Y de quien busca gustos
Entre los sobresaltos y los sustos.
Volvióse á su campaña en el instante,
Y estimó mucho más de allí adelante,
Sin zozobra, temor, ni pesadumbres,
Su casita de tierra y sus legumbres.

FÁBULA IX

El Herrero y el Perro.

Un Herrero tenía
Un Perro, que no hacía
Sino comer, dormir y estarse echado.
De la casa jamás tuvo cuidado;
Levantábase sólo á mesa puesta:
Entonces con gran fiesta
Al dueño se acercaba,
Con perrunas[30] caricias le halagaba,
Mostrando de cariño mil excesos
Por pillar las piltrafas y los huesos.
—He llegado á notar, le dijo el amo
Que aunque nunca te llamo,
Á la mesa te llegas prontamente:
En la fragua jamás te vi presente;
Y yo me maravillo
De que, no despertándote el martillo,
Te desveles al ruido de mis dientes.
Anda, anda, poltrón; no es bien que cuentes
Que el amo, hecho un gañán y sin reposo,
Te mantiene á lo conde muy ocioso.
El Perro le responde:
—¿Qué más tiene que yo cualquiera conde?
Para no trabajar debo al destino
Haber nacido perro y no pollino.
—Pues, señor conde, fuera de mi casa;
Verás en las demás lo que te pasa.
En efecto salió á probar fortuna,
Y las casas anduvo de una en una:
Allí le hacen servir de centinela,
Y que pase la noche toda en vela;
Acá de lazarillo[31] y de danzante;
Allá, dentro de un torno, á cada instante
Asa la carne que comer no espera.
Al cabo conoció de esta manera,
Que el destino, y no es cuento,
Á todos nos cargó, como al jumento.

FÁBULA X

La Zorra y la Cigüeña.

  Una Zorra[32] se empeña
En dar una comida á la Cigüeña.
La convidó con tales expresiones,
Que anunciaban sin duda provisiones
De lo más excelente y exquisito.
Acepta alegre, va con apetito;
Pero encontró en la mesa solamente
Jigote[33] claro sobre chata fuente.
En vano á la comida picoteaba,
Pues era para el guiso que miraba
Inútil tenedor su largo pico.
La Zorra con la lengua y el hocico
Limpió tan bien su fuente, que pudiera
Servir de fregatriz, si á Holanda[34] fuera.
Mas, de allí á poco tiempo convidada
De la Cigüeña, halla preparada
Una redoma de jigote llena:
Allí fué su aflicción, allí su pena.
El hocico goloso al punto asoma
Al cuello de la hidrópica[35] redoma:
Mas en vano, pues era tan estrecho,
Cual si por la Cigüeña fuese hecho.
Envidiosa de ver que, á conveniencia,
Chupaba la del pico[36] á su presencia.
Vuelve, tienta, discurre,
Huele, se desatina; en fin, se aburre.
Marchó rabo entre piernas, tan corrida,
Que ni aun tuvo siquiera la salida
De decir: Están verdes, como antaño.
También hay para pícaros engaño.[37]

FÁBULA XI

Las Moscas.

  Á un panal de rica miel
Dos mil Moscas acudieron,
Que, por golosas, murieron
Presas de patas en él.
Otras[38] dentro de un pastel
Enterró su golosina.
  Así, si bien se examina,
Los humanos corazones
Perecen en las prisiones
Del vicio que los domina.

FÁBULA XII

El Leopardo y las Monas.

  No á pares, á docenas encontraba
Las Monas[39] en Tetuán, cuando cazaba,
Un Leopardo: apenas lo veían,
Á los árboles todas se subían,
Quedando del contrario tan seguras,
Que pudiera decir: No están maduras[40].
El cazador astuto se hace el muerto
Tan vivamente, que parece cierto;
Hasta las viejas Monas[41],
Alegres en el caso y juguetonas,
Empiezan á saltar: la más osada
Baja, arrímase al muerto de callada;
Mira, huele, y aun tienta,
Y grita muy contenta:
«Llegad, que muerto está de todo punto,
Tanto que empieza á oler el tal difunto».
Bajan todas con bulla y algazara:
Ya le tocan la cara,
Ya le saltan encima;
Aquella se le arrima,
Y haciendo mimos á su lado queda;
Otra se finge muerta, y lo remeda.
Mas luego que las siente fatigadas
De correr, de saltar y hacer monadas[42],
Levántase ligero,
Y más que nunca fiero,
Pilla, mata, devora, de manera
Que parecía la sangrienta fiera,
Cubriendo con los muertos la campaña[43],
Al Cid matando Moros en España.
  Es el peor enemigo el que aparenta
No poder causar daño; porque intenta,
Inspirando confianza,
Asegurar su golpe de venganza.

FÁBULA XIII