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Fausto: Primera parte

Chapter 26: NOCHE DE SANTA VALPURGIS
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About This Book

A disenchanted scholar, frustrated by the limits of human knowledge, enters a pact with a cynical supernatural being who promises regained youth and access to worldly pleasures and power. The ensuing episodes shift between supernatural debates, a theater of human desires, and intimate domestic tragedy as the scholar's liaison with a young woman brings social scandal and personal ruin. Interwoven are philosophical dialogues, comic interludes, and allegorical scenes that probe ambition, temptation, guilt, and the struggle between striving for transcendence and moral responsibility, leaving open the possibility of spiritual reckoning amid human fallibility.

NOCHE DE SANTA VALPURGIS

Montañas del Harz. Alrededores de Schierke y de Elend.


FAUSTO, MEFISTÓFELES

Mefistófeles

¿No echas de menos el palo

de alguna escoba embrujada?

Aún es larga la jornada,

doctor, y el camino malo.

Yo prefiero un buen cabrón,

que el firme espaldar me dé.

Fausto

Yo, mientras me tenga en pie,

no más quiero este bastón.

¿Por qué abreviar el camino?

En las retorcidas calles

de estos bosques y estos valles

vagar sin rumbo ni tino;

escalar las rocas duras,

donde escondida la fuente

derrama constantemente

sus linfas claras y puras,

es el hechizo gentil

de estos senderos cansados.

¿No ves por selvas y prados

correr la savia de abril?

Si hasta el pino en las montañas

siente el fuego bienhechor,

¿cómo tan dulce calor

no late en nuestras entrañas?

Mefistófeles

No ardió jamás en las mías.

Tengo en el alma el invierno:

hollar hielo sempiterno

quisiera y escarchas frías.

¡Cuán menguado el turbio disco,

tarda luna, elevas hoy!

A tu luz escasa voy

tropezando en cada risco.

Mejor esos fatuos fuegos

nuestro paso alumbrarán.

Míralos: volando van

en extravagantes juegos.

Acudid, y vuestra lumbre

no inútilmente se encienda:

iluminad nuestra senda

hasta llegar a la cumbre.

El Fuego fatuo

Haré por servirte bien,

mi natural contrariando,

pues mi ley es ir vagando

en caprichoso vaivén.

Mefistófeles

¿Parodiar al hombre quieres?

Recto ve, cual un venablo,

o te juro, a fe de Diablo,

que soplo, y al punto mueres.

El Fuego fatuo

Reconozco tu poder

y a tu voluntad me inclino:

alumbraré tu camino;

mas cuidado con caer.

Está la noche sombría,

lleno de hechizos el monte,

y en el incierto horizonte

una exhalación te guía.

Fausto, Mefistófeles y El Fuego fatuo
cantando alternativamente

De mágicos sueños, de encantos brillantes

se abrió a nuestros pasos la vasta mansión;

alumbren la marcha tus rayos cambiantes,

y así cruzaremos la negra extensión.

El árbol al árbol se enlaza, y las rocas

temblando al impulso de interno latir,

entreabren sus grutas, fantásticas bocas,

do escucho, allá dentro, roncar y gruñir.

Derrama entre musgos la fuente serena

sus limpios raudales con blando rumor:

¿Cuál es el murmurio que lánguido suena?

¿Son himnos y cantos, o quejas de amor?

Son hondos suspiros de vaga esperanza,

son dulces sollozos de inquieto placer,

son ecos confusos que, allá en lontananza,

las dichas repiten de un plácido ayer.

Un grito ha sonado, doliente y acerbo:

¿Quién, dentro del bosque, velando aún está?

La triste lechuza y el búho y el cuervo,

que insomnes acechan la presa quizá.

Manojos fingiendo de horribles culebras,

la selva, que al huésped le niega merced,

mil brazos nudosos alarga en las quiebras,

cual pólipo enorme, que tiende su red.

Millares de ratas, de todos colores,

formadas en largos ejércitos van;

luciérnagas pasan, que vagos fulgores,

en gruesos enjambres volando, les dan.

¿Paramos la marcha? ¿Seguimos el viaje?

Parece que vueltas dé todo alredor;

cada árbol y roca nos hace un visaje,

y aumentan los fuegos de brillo traidor.

Mefistófeles

Agárrate bien de mí;

subamos aquella cuesta,

y la prodigiosa fiesta

miraremos desde allí.

Sus luminarias Mammón

enciende ya en la montaña.

Fausto

Aurora triste y extraña

brilla en la negra extensión,

rasgando la oscuridad

que envolvió tétrica al mundo,

y hasta el abismo profundo

penetra su claridad.

Negro vapor, a lo lejos,

surge allá, y al cielo sube;

más allá, lóbrega nube

lanza cárdenos reflejos;

y ya el vivo resplandor

en leves franjas se extiende,

ya se remonta y desciende,

como vivaz surtidor;

ya en mil arroyos partido

corre en curso desigual;

ya acumula su raudal,

por las rocas detenido;

ya lluvia fingen sus lumbres

de chispas de oro brillantes;

ya en las montañas distantes

inflaman todas las cumbres.

Mefistófeles

¡Bien su palacio Mammón

para la fiesta decora!

Hemos llegado a buena hora:

brava será la función.

Ya vienen con fiero empuje

más airados elementos.

Fausto

Mi nuca azotan los vientos:

¡Cómo la tormenta ruge!

Mefistófeles

Abrázate, sin tardar,

al peñón cuanto pudieres,

si al negro fondo no quieres

del precipicio rodar.

Cubre la noche otro velo;

dan ásperos estallidos

los troncos estremecidos,

y huye espantado el mochuelo.

Tiembla el alcázar frondoso

de los bosques seculares;

colúmpianse sus pilares

con crujido lastimoso;

gimen con rudo vaivén

las ramas, y sacudidas

bajo tierra, las hundidas

raíces crujen también;

y tronchándose, a los broncos

bramidos del huracán,

en montón cayendo van

hojas y ramas y troncos.

¿Oyes selvático son

que cerca y lejos retumba?

Es que en los aires ya zumba

la satánica canción.

Brujas en coro

La paja está seca y aún verde está el grano;

al Brocken volando las brujas irán:

allí el aquelarre congrégase ufano,

y en medio de todos asiéntase Urián.

Al pie se revuelven, en grupo lascivo,

el chivo y la bruja, la bruja y el chivo;

y chivos y brujas, Dios sabe qué harán.

Una voz

La vieja Baubo se acerca

cabalgando en una puerca.

Coro

¡Viva nuestra soberana!

¡A Baubo gloria y honor!

Sobre la mejor marrana

vaya la bruja mayor,

y sigamos las demás

todas formadas detrás.

Una voz

¿De dónde vienes a la carrera?

Otra voz

De Inselstein vengo, ¡nunca allí fuera!

Vi de un mochuelo la madriguera;

cogerlo quise, ¡pobre de mí!

La primera voz

¿Y por qué corres de esa manera?

La otra voz

Porque las uñas sacó la fiera,

y ensangrentada toda salí.

Coro de Brujas

Rascan las escobas, hurgan las horquillas:

horda turbulenta, ¡cuál corres y chillas!

¡Largo es el camino: anda que andarás!

El niño se ahoga, la madre revienta:

¡cuál corres y chillas, horda turbulenta!

Anda que andarás, que despacio vas.

Brujos. Medio coro

Marchamos con la pausa del caracol rastrero,

dejándonos en zaga la tropa mujeril;

pues siempre, si es el Diablo quien le trazó el sendero,

nos lleva de ventaja mil pasos y otros mil.

El otro medio coro de Brujos

Detrás de ellas seguimos, en escuadrón reacio;

pero le vale poco su rápido correr;

con un brinco que demos, ganamos el espacio

que avanzó con su trote menudo la mujer.

Voz de arriba

¡Oh desdichadas criaturas,

en el pedregal errantes!

¡Venid a mí!

¡Venid a mí!

Voces de abajo

Las espléndidas alturas

contemplamos anhelantes:

¿quién volar pudiese a ti?

Limpios y purificados

yacemos encarcelados

e infructíferos aquí.

Ambos coros

Los vientos se adormecen, ocúltanse los astros,

la opaca luna vela su nebulosa faz;

los brujos y las brujas vuelan, dejando rastros

de resplandor fugaz.

Voz de abajo

¡Teneos! ¡Teneos!

Voz de arriba

¿Quién grita? ¿Quién llama?

¿Quién es el que, bajo de tierra, así clama?

Voz de abajo

Quien siempre a los suyos unirse anheló;

quien lleva tres siglos –¡suplicio tremendo!–

subiendo y trepando, trepando y subiendo,

y nunca cercana la cúspide vio.

Ambos coros

Vuela el macho cabrío,

vuela la loba,

vuela el asno tardío,

vuela la escoba:

¡vuela, pelele!

No volará ya nunca

quien hoy no vuele.

Una Semibruja, abajo

Ligera camino con paso afanoso,

y aún lejos de todos, muy lejos estoy.

En casa no tengo solaz ni reposo,

y aquí, a retaguardia, exánime voy.

Coro de Brujas

Cuando la Bruja se unta

–¡bendito pringue!,–

pronto el poder despunta

que la distingue.

¡Boga el buque velero!

¡Va a todo trapo!

Bajel es un caldero;

vela un harapo.

¡Vuela, pelele!

No volará ya nunca

quien hoy no vuele.

Ambos coros

Y cuando al fin lleguemos a la lejana cumbre,

tendamos en el yermo la mágica legión,

y cubrirá siniestra la oscura muchedumbre

del anchuroso campo la lóbrega extensión.

Mefistófeles

¡Qué tropel! Vocean, chillan,

andan, corren, brincan, trotan,

se atropellan, se alborotan,

chocan, crujen, arden, brillan.

¡Un verdadero aquelarre!

Ven, que el escuadrón sombrío

te arrastrará, como al mío

tu brazo fiel no se agarre.

Mas ¿dónde estás?

Fausto, a lo lejos

¡Aquí estoy!

Mefistófeles

¿Perdido, y a largo trecho?...

Tendré que usar mi derecho

como dueño que aquí soy.

Por allí Voland asoma.

¡Oh canalla interesante!,

ábreme paso al instante.

Ven, Doctor, mi brazo toma.

Rompe, y con ligera planta

buscaremos otra vía:

tan incivil compañía

ni el mismo Diablo la aguanta.

Allá, en la espesura –¿ves?–

brillan pálidos destellos;

no sé qué me impulsa hacia ellos:

hacia ellos vayamos, pues.

Fausto

Voy, Espíritu de extraña

contradicción, tras de ti;

todo lo has dispuesto aquí

con singular tino y maña.

En esta noche de horrores

cuyos portentos admiro,

la soledad y el retiro

nos parecerán mejores.

Mefistófeles

¿Luces de vario fulgor

no ves arder allí enfrente?

Comparsa es de alegre gente

donde reina el buen humor.

Entre pequeños estar

no es estar solo.

Fausto

Quisiera

subir más. Gigante hoguera

miro a lo lejos llamear.

Allí, entre el humo y la lumbre,

triunfa soberbio Luzbel,

y ansiosa corre hacia él

numerosa muchedumbre.

¡Cuántos, a sus resplandores,

viera enigmas descubiertos!

Mefistófeles

Y a sus reflejos inciertos

nacieran otros mayores.

Mientras que rimbomba allí

el gran mundo, en este asilo

goza el sosiego tranquilo

que reservé para ti;

pues es deleite halagüeño

–y en la experiencia me fundo–

buscar dentro del gran mundo

otro mundo más pequeño.

Mira, ¡qué hechiceras! Van

desnudas. ¡Y son muy bellas!

¡Cuán tapadas van aquellas!

Viejas o feas serán.

Amable procura ser,

y cortés y lisonjero:

eso no cuesta dinero,

y produce gran placer.

Una música sonó:

¡qué espantosa cencerrada!

Pasemos: te daré entrada

tan luego como entre yo.

Mira, ¡cuán vasto lugar!

Sus límites no se ven;

cien antorchas y otras cien

lanzan fulgor singular;

y una inmensa multitud

que vivaz júbilo inflama,

danza y ríe, come y ama:

¿quieres mayor beatitud?

Fausto

Y –la pregunta perdona–

en mundo tan lisonjero,

¿entras cual simple Hechicero,

o como el Diablo en persona?

Mefistófeles

Tengo al incógnito amor;

pero, en tales ocasiones,

rango y condecoraciones

ostentar es de rigor.

Aunque noble siempre fui,

no tengo la Jarretiera;

mas se aprecia y considera

la Pata de Cabra aquí.

Viene, mirando alredor,

una babosa, y advierto

que algo extraño ha descubierto

en mí su ojo palpador.

Es el disfraz o el capuz

precaución para mí ociosa.

Ven, y como mariposa

volarás de luz en luz.

En todo servirte quiero;

y al presentarte a la gente,

tú serás el pretendiente,

yo seré el casamentero.

(A algunos que están sentados junto a un brasero medio apagado.)

¿Qué hacéis en ese rincón,

señores de cierta edad?

Venid y participad

de la común diversión.

Buscad el fuego que abrasa

a la juventud brillante:

ya tendréis tiempo bastante

para aburriros en casa.

Un General

Nada de la gratitud

de las naciones esperes;

siempre van, cual las mujeres,

detrás de la juventud.

Un Ministro

Torcidos los tiempos van.

Por los de antaño estoy yo,

cuando hubimos honra y pro.

¡Qué tiempos! ¡No volverán!

Un Advenedizo

Fuimos gente de valer,

y grandes cosas logramos;

todo cuanto edificamos

lo vemos ahora caer.

Un Autor

¿Quién encontrará sustancia

a lo que se escribe hoy día?

¡Qué juventud tan vacía!

¡Qué orgullo y qué petulancia!

Mefistófeles, que aparece repentinamente muy viejo

Hoy, que en esta bacanal

por la postrera vez entro,

al género humano encuentro

digno del Juicio Final.

Cuando sale turbio y ruin

de mi vieja bota el vino,

es que próximo y vecino

está ya el mundo a su fin.

La Bruja prendera

¡Oh, no paséis de ese modo,

caballeros, por mi tienda!

Venid: ¿qué queréis que os venda?

Reparad: aquí hay de todo.

De tanto objeto diverso,

no hallaréis uno siquiera

que alguna vez no sirviera

para mal del universo.

No habéis de encontrar puñal

que en sangre no esté manchado;

ni copa que derramado

no haya tósigo mortal;

ni joya que perdición

de una mujer no haya sido;

ni espada que no haya herido

al enemigo a traición.

Mefistófeles

¡Oh, mi señora parienta!

Guardad vuestra mercancía,

ya que los gustos del día

no queréis tomar en cuenta.

Lo que pasó, pasó ya;

y no gusta ni acomoda.

Venga algo nuevo: de moda

la novedad hoy está.

Fausto

¿Feria es aquesta, o tal vez

deliro?

Mefistófeles

La tromba asciende,

y aquel que impulsar pretende

es impulsado a la vez.

Mira.

Fausto

¡Qué mujer tan bella!

¿Quién es?

Mefistófeles

Es Lilith, la hermosa.

Fausto

¿Lilith?

Mefistófeles

La primera esposa

de Adán. ¡Guárdate bien de ella!

Guárdate de sus cabellos

que su adorno y gloria son:

si prenden un corazón,

para siempre queda entre ellos.

Fausto

Allí hay otras dos sentadas;

un pimpollo y una vieja.

¡Cómo bailó esa pareja!

¡Están bien zarandeadas!

Mefistófeles

Es imposible parar

en aquesta danza loca:

la música otra vez toca:

saquémoslas a bailar.

Fausto, bailando con la joven

Dulce ensueño tuve un día;

frondoso manzano vi.

¡Qué dos manzanas tenía!

Por las manzanas subí.

La Hermosa

Gusta el hombre de manzanas:

ya las probó en el Edén:

hermosas las tengo y sanas

en mi huerto yo también.

Mefistófeles, con la vieja

Raro ensueño tuve un día;

un árbol rajado vi.

Allí dentro...

· · · · · · · · · · · · ·

La Vieja

Al de la Pata de Cabra

saludo y beso los pies:

Si queréis...

· · · · · · · · · · · · ·

· · · · · · · · · · · · ·

El Proktofantasmista

¿Qué hacéis, gente descortés?

Probado está y bien probado

que jamás ha caminado

un Espíritu en dos pies;

y tras de tanto explicar

el porqué, el cómo y el cuándo,

aquí os encuentro bailando

como un danzarín vulgar.

La Hermosa, siguiendo el baile

¿Qué es lo que tiene que ver

con nuestro baile ese viejo?

Fausto

Sin que le pidan consejo

en todo se ha de meter.

Cuando el mundo alborozado

baila, él comenta y critica;

y si un paso no lo explica,

lo tiene por no bailado.

Aún es mayor su despecho

porque vamos adelante:

¿queréis verlo en un instante

desarmado y satisfecho?

Demos vueltas en su noria,

y al pasar, humildemente,

doblemos ante él la frente,

admirados de su gloria.

El Proktofantasmista

¿Aún aquí, rebelde grey,

estás? ¡Mi cólera estalla!

¡Vete! ¡La infernal canalla

no tiene freno ni ley![25]

Voy a seguir sus piruetas,

y aunque sea empresa dura,

he de meter en cintura

a demonios y poetas.

[25] Hemos suprimido aquí unos pocos versos del original, porque se refieren a alusiones oscuras o juegos de palabras intraducibles en castellano. — (N. del T.)

Mefistófeles

¿Por qué dejas con enojo

la dama, que aún te provoca

a la danza?

Fausto

De la boca

le ha salido un ratón rojo.

Mefistófeles

Eso es un grano de anís.

¿Quién, en ocasión tan grata,

reparará en una rata,

no siendo la rata gris?

Fausto

Y a más...

Mefistófeles

¿Qué más?

Fausto

¡Ay, Mefisto!

¿Una pálida doncella,

sola y triste, dulce y bella,

allá, a lo lejos, no has visto?

Entre la turba precita,

sin mover los pies, avanza:

¡tiene cierta semejanza

con la pobre Margarita!

Mefistófeles

Nunca satisfecho estás.

¿Qué es aquesta aparición?

Inanimada visión,

sombra, espectro, nada más.

Pero su presencia excusa;

su pupila heló la muerte

y al hombre en piedra convierte:

ya sabes quién fue Medusa.

Fausto

Fáltale vida: ¡es verdad!

Sus ojos, sin luz y abiertos,

son los ojos de los muertos

que no cerró la amistad.

Y –¡ay, Dios!– esos miembros fríos

ese insensible regazo,

son los que en amante lazo

juzgué para siempre míos.

Mefistófeles

Ilusión mágica fue:

cuando contempla a esa bella,

todo enamorado en ella

la mujer querida ve.

Fausto

¡Dulce y tristísimo afán!

¡Gratos y acerbos enojos!

De sus apagados ojos

vencer no puedo el imán.

¿Qué adorno en su cuello brilla?

Su pálido cutis mancha

roja cinta, no más ancha

que el grueso de una cuchilla.

Mefistófeles

Es verdad; también la veo:

bajo el brazo, la infeliz,

puede llevar la cerviz,

pues se la cortó Perseo.

Aleja ese ensueño cruel.

Vamos hacia ese collado:

tan alegre es como el Prado,

y un teatro veo en él.

¿Se puede entrar?

Servíbilis

Adelante.

Hoy siete piezas promete

el cartel; la que hace siete

va a comenzar al instante.

Cómicos son de afición;

el autor aficionado,

y a mí la afición me ha dado

de levantar el telón.

Permitidme, pues, marchar.

Mefistófeles

¡En el Blocksberg os encuentro!

Aquí estáis en vuestro centro

y en vuestro propio lugar.