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Fausto: Primera parte

Chapter 9: GABINETE DE ESTUDIO
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About This Book

A disenchanted scholar, frustrated by the limits of human knowledge, enters a pact with a cynical supernatural being who promises regained youth and access to worldly pleasures and power. The ensuing episodes shift between supernatural debates, a theater of human desires, and intimate domestic tragedy as the scholar's liaison with a young woman brings social scandal and personal ruin. Interwoven are philosophical dialogues, comic interludes, and allegorical scenes that probe ambition, temptation, guilt, and the struggle between striving for transcendence and moral responsibility, leaving open the possibility of spiritual reckoning amid human fallibility.

GABINETE DE ESTUDIO


FAUSTO Y MEFISTÓFELES

Fausto

¿Llaman? Entrad. ¿Qué importuno

me busca?

Mefistófeles

Yo soy quien llamo.

Fausto

Entrad, pues.

Mefistófeles

Dilo tres veces.

Fausto

¡Entrad al fin, voto al Diablo!

Mefistófeles

Así me gustas, y entiendo

que ya entendiéndonos vamos.

Por disipar tus quimeras,

aquí estoy, hecho un hidalgo,

con rico traje de grana,

de oro fino recamado,

la breve capa de seda,

la suelta pluma de gallo,

y el luengo, tajante acero

pendiente al izquierdo flanco.

Viste tú las mismas galas,

sin detenerte a pensarlo,

y ven a correr el mundo,

libre, contento y ufano.

Fausto

¿Qué importa cambiar las ropas,

si están dentro los cuidados?

Tan mozo no soy que pueda

correr tras goces livianos,

ni tan viejo todavía

que mi pecho esté ya exhausto.

¿Qué puede darme la vida?

«Abstente, abstente; sé cauto,»

es el odioso estribillo

que eternamente escuchamos,

y que cada hora repite

con retintín más amargo.

Rompe el día, y con el día

viene a mis ojos el llanto,

al ver que en sus largas horas

ninguna ventura aguardo;

al ver que el placer posible

lo destruyo analizándolo,

y las hermosas imágenes

que mis ansias engendraron,

malas artes las convierten

en solemnes mamarrachos.

Viene la lúgubre noche;

rendido en el lecho caigo,

y al buscar paz y reposo,

pesadillas no más hallo.

El espíritu que enciende

el volcán en que me abraso,

en el corazón encierra

sus tempestades y estragos.

Dentro, fuego; fuera, nieve:

di si en tan mísero estado

odio con razón la vida

y pronta muerte reclamo.

Mefistófeles

Huésped importuno, empero,

es la muerte en todos casos.

Fausto

¡Feliz aquel a quien ciñe

la sien de sangrientos lauros!

¡Feliz aquel a quien hiere

tras ardiente danza, cuando

la hermosa de sus amores

abriole los dulces brazos!

¡Feliz yo, si el alma mía,

en sus celestiales raptos,

al ver al sublime Espíritu,

se hubiera en él abismado!

Mefistófeles

¿Y por qué, anoche, de cierto

negro licor huyó el labio?

Fausto

¿Vas al acecho?

Mefistófeles

No todo

lo sé; pero siempre sé algo.

Fausto

Pues bien: si mi horrible angustia

son calmó tranquilo y grato,

que de mi niñez gozosa

los dulces recuerdos trajo,

¡mal hayan las ilusiones

que el corazón trastornando,

a engañadores abismos

llevan así nuestros pasos!

¡Mal hayan las fantasías

que a nuestros sueños dan pábulo!

¡Mal hayan las apariencias

que al sentido tienden lazos!

¡Mal hayan gloria y renombre!

¡Mal hayan pompas y aplausos,

y cuanto al mundo nos liga,

hogar, familia o arado!

¡Mal hayan Mammón y el oro

con que pretende pagarnos,

y los cojines que brinda

a nuestro muelle regalo,

y la vid y sus racimos,

y el amor y sus halagos!

¡Mal hayan fe y esperanza,

y sobre todo ese engaño,

mal haya la pacientísima

resignación de nuestro ánimo!

Coro de Espíritus (invisible)

¿Qué has hecho del mundo,

del mundo esplendente?

Tu puño iracundo

lo aplasta inclemente,

triunfal semidiós.

La hermosa y querida

visión de la vida

cayó destrozada,

cayó ya en la nada;

de aquella hermosura

tan cándida y pura

nuestra alma va en pos;

y mísero llanto

vertemos, al ver

hoy roto el encanto

tan plácido ayer.

¡Oh tú, soberano

del género humano!

¡Soberbio titán!

Engendra en el seno

del alma profundo,

más puro y sereno,

más grande, otro mundo;

da vida a tu afán:

y en plectros sonoros

espléndidos coros

tus glorias dirán.

Mefistófeles

Ya vino en tu ayuda

mi gente menuda,

que en sabios consejos

te muestra a lo lejos

placer y emoción.

En pos de ellos vuela,

huyendo estos muros,

do en antros oscuros

se extingue y se hiela

tu audaz corazón.

No el propio dolor avives,

negro buitre en ti cebado;

ven, y en la pobre compaña

de este miserable diablo,

serás hombre, por lo menos,

cual lo son tantos y tantos.

Y no imagines, por ende,

que te arrojo al vulgo sandio:

nunca fui de los primeros;

pero, si aceptas mi amparo,

tuyo soy desde ese instante,

y en mí encuentras en el acto

compañero, y si más quieres,

servidor, y hasta lacayo.

Fausto

¿Y a qué me obliga ese obsequio?

Mefistófeles

¡Oh, calla! No apremia el pago.

Fausto

Diz que el diablo es egoísta,

y si nos ayuda en algo,

no hace jamás por el mero

amor de Dios el milagro.

Temibles son tus ofertas:

di qué pides; habla claro.

No es bueno tener en casa

un servidor de tu rango.

Mefistófeles

Pues bien: aquí he de servirte

sin pereza y sin descanso,

y tú harás por mí lo mismo

cuando estemos allá abajo.

Fausto

Allá abajo, poco importa.

Si este mundo haces pedazos,

del mundo que después venga

no he de hacer el menor caso.

Del suelo que mis pies huellan

todas mis dichas brotaron;

el sol que mi frente baña

correr vio todos mis llantos:

si el sol cae y se hunde el suelo,

ya por nada más me afano.

Me es igual, si hay otra vida,

que odio impere o amor santo,

y que esa morada póstuma

sea el Empíreo o el Tártaro.

Mefistófeles

Entonces, ¿en qué reparas?

Decídete: acepta el pacto,

y verás, al punto mismo,

adónde llego y alcanzo.

Vas a gozar lo que nadie

gozar pudo, ni aun soñándolo.

Fausto

¿Qué podrás, qué podrás darme?

¿Qué entiendes tú, pobre diablo,

qué entiendes de la insaciable

sed del espíritu humano?

¿Qué podrás darme? Manjares,

que pronto cansan al labio;

oro, que cual vivo azogue

escapa de nuestras manos;

lucha en que jamás vencemos,

juego en que nunca ganamos;

hermosuras, que al vecino

sonríen en nuestros brazos;

gloria, placer de los dioses,

que pasa como un relámpago.

Muéstrame un árbol que vista

cada día nuevos ramos,

y un fruto que no se pudra

en él antes de tocarlo.

Mefistófeles

Te daré cuanto apetezcas:

el empeño no es tan arduo.

Ya es hora; ven; el banquete

está servido: ¡a saciarnos!

Fausto

Si en el lecho deleitoso

logro un punto de descanso,

tuyo soy. Si satisfecho

de mí mismo un día me hallo,

y complacido me rindo

a tus deleites y engaños,

sea aquel mi último instante.

Dime, ¿aceptas ese trato?

Mefistófeles

Aceptado: aprieta.

Fausto

Aprieta.

Si algún día, embelesado,

al momento fugitivo

digo: «Ten el vuelo raudo»,

échame al cuello la soga,

abre el abismo a mi paso,

doble a muerto la campana,

párese el vital horario,

todo para mí concluya,

y comience tu reinado.

Mefistófeles

Piénsalo bien: algún día

podré quizás recordártelo.

Fausto

Recuérdalo cuando gustes:

lo que prometo, lo pago.

Ser esclavo tuyo, o de otro,

¿qué importa, si siempre esclavo

he de ser?

Mefistófeles

Pues da comienzo

el festín del Doctor Fausto,

y el mismo Diablo en persona

a servirle va los platos.

Mas... por la vida o la muerte,

no estorbarán tres o cuatro

renglones.

Fausto

¿Juzgas, pedante,

firma y sello necesarios?

Ni de caballero entiendes,

ni de palabras y tratos.

Una dije, y para siempre

quedé por ella obligado.

¿Piensas tú que cuando todo

vuela a merced de los hados,

sujetarán mi albedrío

tus tres renglones o cuatro?

¡Pueril y vana quimera!

¿Por qué impresionas a tantos?

¡Feliz quien de su firmeza

hace al alma tabernáculo!

Encontrará en su camino

lo más escabroso llano.

Fantasma es que al mundo aterra

un papel emborronado:

apenas la pluma leve

trazó los fatales rasgos,

tienen ya el lacre y la tinta

fuerza y poder soberano.

Pide, Espíritu maligno,

¿quieres papel, bronce o mármol?

¿Tomo el buril o la pluma?

Escoge: eres dueño y árbitro.

Mefistófeles

¿Qué tienes? ¿Por qué te exaltas?

Cualquier papel, un retazo

basta, y una sola gota

de sangre para firmarlo.

Fausto

Si quieres, sea.

Mefistófeles

Es la sangre

jugo precioso y extraño.

Fausto

No temas que el pacto rompa:

todas las fuerzas del ánimo

rindo, entrego y comprometo,

al admitirlo y firmarlo.

Tanto voló mi arrogancia,

que ya entre los tuyos me hallo.

Burlome el excelso Espíritu,

e insensible a mis halagos,

la esquiva Naturaleza

arrebujose en su manto;

la hebra del pensar se ha roto,

y estoy del saber cansado.

Templen los dulces deleites

las vivas llamas en que ardo,

y envueltos en gasas de oro

vengan, Magia, tus encantos.

Al torrente de la vida

lanzareme, y al acaso

en su raudal de aventuras

iré corriendo y rodando.

Bienandanzas y desastres,

pena y gozo, risa y llanto,

encadenen de mis días

los eslabones variados:

son acción y movimiento

ley del espíritu humano.

Mefistófeles

Meta no pongo ni valla:

si, fugaz revoloteando,

desflorarlo quieres todo,

todo puedes desflorarlo.

Conmigo ven, y no temas.

Fausto

De felicidad no te hablo:

lo que yo quiero es el vértigo,

el goce inquieto y amargo,

el avivador despecho,

el amor que crece odiando.

El alma, al saber cerrada,

a otras emociones abro;

cuanto el hombre goza y sufre

quiero sufrirlo y gozarlo.

Sentir quiero en mis entrañas

todo lo bueno y lo malo,

y en la esencia de mi vida

convertirlo y apropiármelo.

¡Venturoso yo, si toda

la Humanidad en mí abarco,

y al fin y al postre, como ella,

choco, reviento y estallo!

Mefistófeles

¡Ay, en verdad te lo digo,

yo que centenares de años

estoy royendo y royendo

el fruto indigesto y áspero!

¡Ay, en verdad te lo digo!

De la cuna al campo santo

digerir no puede el hombre

la levadura de antaño.

Ese todo, que ambicionas,

solo es a un Dios adecuado:

para él, fulgores eternos;

para mí, noche y espanto;

para vosotros, tinieblas

y luces, sombras y rayos.

Fausto

Quiérolo todo.

Mefistófeles

Bien; sea.

No más encuentro un obstáculo,

uno solamente: es corto

el tiempo y el arte es largo.

Paréceme que debieras

prepararte, aprender algo.

Asóciate a un buen poeta:

este, lleno de entusiasmo,

con soñadas perfecciones

coronará tu retrato;

del león con la arrogancia,

con la agilidad del gamo,

con la viveza italiana

y con el tesón germánico.

Unirá en tu noble pecho

con maravilloso lazo

magnanimidad y astucia,

y con arte soberano

te ha de hacer galán fogoso

y gentil enamorado.

Tal ejemplar y arquetipo

voy hace tiempo buscando;

si con él doy algún día,

don Microcosmos le llamo.

Fausto

¿Quién soy, pues, si esa corona

de la Humanidad no alcanzo,

esa perfección, que enciende

mis ansias?

Mefistófeles

Al fin y al cabo,

eres quien eres. Encúmbrate

sobre coturnos o zancos,

y con pelucón disforme

ciñe y abulta los cascos,

¿quién serás? El mismo que eres,

ni más gordo ni más flaco.

Fausto

¡Ay!, acumulé el tesoro

de la humana ciencia en vano:

cuando en mi interior penetro,

allí nuevas fuerzas no hallo;

ni me acerco al Infinito,

ni una línea me levanto.

Mefistófeles

Miras las cosas de un modo

vulgar; hay que ser más cauto,

y antes que vuelen los goces,

discretamente apurarlos.

¿Es tuya, di, tu cabeza?

¿Tuyos son tus pies y manos?

Pues del mismo modo es tuyo

lo que te sirve de algo.

Si tienes seis buenos potros,

y los unces a tu carro,

en vez de tener dos piernas,

¿cuántas tienes? Veinticuatro.

Basta de filosofías;

lánzate conmigo al campo:

quien se devana los sesos

me parece el pobre jaco,

que por negro maleficio

está en un yermo trotando,

sin ver que en torno se extienden

frescos y sabrosos pastos.

Fausto

¿Cuándo partimos?

Mefistófeles

Al punto.

De este calabozo huyamos.

¿Qué haces en él? Aburrirte

y aburrir a los muchachos.

Deja ese oficio indigesto

al vecino don Gaznápiro;

no te afanes en la trilla

de paja en la que no hay grano.

Lo poco bueno que aprendes

no te atreves a enseñárselo

a tus discípulos. Uno

te espera. ¿No oyes sus pasos

en el corredor?

Fausto

No puedo

recibirle.

Mefistófeles

Luengo rato

aguarda: si no le admites,

corre el pobre buen bromazo.

Déjame el gorro y la bata;

(Se los pone.)

me sientan como pintados.

En mi agudeza confía;

quince minutos reclamo.

Tú, para el famoso viaje,

prepárate mientras tanto.

(Vase Fausto.)

Mefistófeles, envuelto en la larga vestidura de Fausto

Razón y saber desdeña,

las dos alas que te han dado;

deja que en sus obras vanas

de ilusiones y de encantos

te afirme y envuelva el suave

Espíritu del engaño;

y así, Doctor, serás mío,

sin condiciones ni obstáculos.

Dio el sino a su mente indócil

impulso desenfrenado,

y ese escape, no es posible

detenerlo ni pararlo.

Sobre los terrenos goces

salta aturdido, y lo arrastro

de mediocridad insípida

por los derroteros áridos.

Luchará con sus afanes

cuerpo a cuerpo y brazo a brazo;

los manjares tentadores

escaparán de su labio,

y en balde misericordia

pedirá, porque ese fatuo

se ha de hundir de todos modos,

aunque no se entregue al Diablo.