GABINETE DE ESTUDIO
FAUSTO Y MEFISTÓFELES
Fausto
¿Llaman? Entrad. ¿Qué importuno
me busca?
Mefistófeles
Yo soy quien llamo.
Fausto
Entrad, pues.
Mefistófeles
Dilo tres veces.
Fausto
¡Entrad al fin, voto al Diablo!
Mefistófeles
Así me gustas, y entiendo
que ya entendiéndonos vamos.
Por disipar tus quimeras,
aquí estoy, hecho un hidalgo,
con rico traje de grana,
de oro fino recamado,
la breve capa de seda,
la suelta pluma de gallo,
y el luengo, tajante acero
pendiente al izquierdo flanco.
Viste tú las mismas galas,
sin detenerte a pensarlo,
y ven a correr el mundo,
libre, contento y ufano.
Fausto
¿Qué importa cambiar las ropas,
si están dentro los cuidados?
Tan mozo no soy que pueda
correr tras goces livianos,
ni tan viejo todavía
que mi pecho esté ya exhausto.
¿Qué puede darme la vida?
«Abstente, abstente; sé cauto,»
es el odioso estribillo
que eternamente escuchamos,
y que cada hora repite
con retintín más amargo.
Rompe el día, y con el día
viene a mis ojos el llanto,
al ver que en sus largas horas
ninguna ventura aguardo;
al ver que el placer posible
lo destruyo analizándolo,
y las hermosas imágenes
que mis ansias engendraron,
malas artes las convierten
en solemnes mamarrachos.
Viene la lúgubre noche;
rendido en el lecho caigo,
y al buscar paz y reposo,
pesadillas no más hallo.
El espíritu que enciende
el volcán en que me abraso,
en el corazón encierra
sus tempestades y estragos.
Dentro, fuego; fuera, nieve:
di si en tan mísero estado
odio con razón la vida
y pronta muerte reclamo.
Mefistófeles
Huésped importuno, empero,
es la muerte en todos casos.
Fausto
¡Feliz aquel a quien ciñe
la sien de sangrientos lauros!
¡Feliz aquel a quien hiere
tras ardiente danza, cuando
la hermosa de sus amores
abriole los dulces brazos!
¡Feliz yo, si el alma mía,
en sus celestiales raptos,
al ver al sublime Espíritu,
se hubiera en él abismado!
Mefistófeles
¿Y por qué, anoche, de cierto
negro licor huyó el labio?
Fausto
¿Vas al acecho?
Mefistófeles
No todo
lo sé; pero siempre sé algo.
Fausto
Pues bien: si mi horrible angustia
son calmó tranquilo y grato,
que de mi niñez gozosa
los dulces recuerdos trajo,
¡mal hayan las ilusiones
que el corazón trastornando,
a engañadores abismos
llevan así nuestros pasos!
¡Mal hayan las fantasías
que a nuestros sueños dan pábulo!
¡Mal hayan las apariencias
que al sentido tienden lazos!
¡Mal hayan gloria y renombre!
¡Mal hayan pompas y aplausos,
y cuanto al mundo nos liga,
hogar, familia o arado!
¡Mal hayan Mammón y el oro
con que pretende pagarnos,
y los cojines que brinda
a nuestro muelle regalo,
y la vid y sus racimos,
y el amor y sus halagos!
¡Mal hayan fe y esperanza,
y sobre todo ese engaño,
mal haya la pacientísima
resignación de nuestro ánimo!
Coro de Espíritus (invisible)
¿Qué has hecho del mundo,
del mundo esplendente?
Tu puño iracundo
lo aplasta inclemente,
triunfal semidiós.
La hermosa y querida
visión de la vida
cayó destrozada,
cayó ya en la nada;
de aquella hermosura
tan cándida y pura
nuestra alma va en pos;
y mísero llanto
vertemos, al ver
hoy roto el encanto
tan plácido ayer.
¡Oh tú, soberano
del género humano!
¡Soberbio titán!
Engendra en el seno
del alma profundo,
más puro y sereno,
más grande, otro mundo;
da vida a tu afán:
y en plectros sonoros
espléndidos coros
tus glorias dirán.
Mefistófeles
Ya vino en tu ayuda
mi gente menuda,
que en sabios consejos
te muestra a lo lejos
placer y emoción.
En pos de ellos vuela,
huyendo estos muros,
do en antros oscuros
se extingue y se hiela
tu audaz corazón.
No el propio dolor avives,
negro buitre en ti cebado;
ven, y en la pobre compaña
de este miserable diablo,
serás hombre, por lo menos,
cual lo son tantos y tantos.
Y no imagines, por ende,
que te arrojo al vulgo sandio:
nunca fui de los primeros;
pero, si aceptas mi amparo,
tuyo soy desde ese instante,
y en mí encuentras en el acto
compañero, y si más quieres,
servidor, y hasta lacayo.
Fausto
¿Y a qué me obliga ese obsequio?
Mefistófeles
¡Oh, calla! No apremia el pago.
Fausto
Diz que el diablo es egoísta,
y si nos ayuda en algo,
no hace jamás por el mero
amor de Dios el milagro.
Temibles son tus ofertas:
di qué pides; habla claro.
No es bueno tener en casa
un servidor de tu rango.
Mefistófeles
Pues bien: aquí he de servirte
sin pereza y sin descanso,
y tú harás por mí lo mismo
cuando estemos allá abajo.
Fausto
Allá abajo, poco importa.
Si este mundo haces pedazos,
del mundo que después venga
no he de hacer el menor caso.
Del suelo que mis pies huellan
todas mis dichas brotaron;
el sol que mi frente baña
correr vio todos mis llantos:
si el sol cae y se hunde el suelo,
ya por nada más me afano.
Me es igual, si hay otra vida,
que odio impere o amor santo,
y que esa morada póstuma
sea el Empíreo o el Tártaro.
Mefistófeles
Entonces, ¿en qué reparas?
Decídete: acepta el pacto,
y verás, al punto mismo,
adónde llego y alcanzo.
Vas a gozar lo que nadie
gozar pudo, ni aun soñándolo.
Fausto
¿Qué podrás, qué podrás darme?
¿Qué entiendes tú, pobre diablo,
qué entiendes de la insaciable
sed del espíritu humano?
¿Qué podrás darme? Manjares,
que pronto cansan al labio;
oro, que cual vivo azogue
escapa de nuestras manos;
lucha en que jamás vencemos,
juego en que nunca ganamos;
hermosuras, que al vecino
sonríen en nuestros brazos;
gloria, placer de los dioses,
que pasa como un relámpago.
Muéstrame un árbol que vista
cada día nuevos ramos,
y un fruto que no se pudra
en él antes de tocarlo.
Mefistófeles
Te daré cuanto apetezcas:
el empeño no es tan arduo.
Ya es hora; ven; el banquete
está servido: ¡a saciarnos!
Fausto
Si en el lecho deleitoso
logro un punto de descanso,
tuyo soy. Si satisfecho
de mí mismo un día me hallo,
y complacido me rindo
a tus deleites y engaños,
sea aquel mi último instante.
Dime, ¿aceptas ese trato?
Mefistófeles
Aceptado: aprieta.
Fausto
Aprieta.
Si algún día, embelesado,
al momento fugitivo
digo: «Ten el vuelo raudo»,
échame al cuello la soga,
abre el abismo a mi paso,
doble a muerto la campana,
párese el vital horario,
todo para mí concluya,
y comience tu reinado.
Mefistófeles
Piénsalo bien: algún día
podré quizás recordártelo.
Fausto
Recuérdalo cuando gustes:
lo que prometo, lo pago.
Ser esclavo tuyo, o de otro,
¿qué importa, si siempre esclavo
he de ser?
Mefistófeles
Pues da comienzo
el festín del Doctor Fausto,
y el mismo Diablo en persona
a servirle va los platos.
Mas... por la vida o la muerte,
no estorbarán tres o cuatro
renglones.
Fausto
¿Juzgas, pedante,
firma y sello necesarios?
Ni de caballero entiendes,
ni de palabras y tratos.
Una dije, y para siempre
quedé por ella obligado.
¿Piensas tú que cuando todo
vuela a merced de los hados,
sujetarán mi albedrío
tus tres renglones o cuatro?
¡Pueril y vana quimera!
¿Por qué impresionas a tantos?
¡Feliz quien de su firmeza
hace al alma tabernáculo!
Encontrará en su camino
lo más escabroso llano.
Fantasma es que al mundo aterra
un papel emborronado:
apenas la pluma leve
trazó los fatales rasgos,
tienen ya el lacre y la tinta
fuerza y poder soberano.
Pide, Espíritu maligno,
¿quieres papel, bronce o mármol?
¿Tomo el buril o la pluma?
Escoge: eres dueño y árbitro.
Mefistófeles
¿Qué tienes? ¿Por qué te exaltas?
Cualquier papel, un retazo
basta, y una sola gota
de sangre para firmarlo.
Fausto
Si quieres, sea.
Mefistófeles
Es la sangre
jugo precioso y extraño.
Fausto
No temas que el pacto rompa:
todas las fuerzas del ánimo
rindo, entrego y comprometo,
al admitirlo y firmarlo.
Tanto voló mi arrogancia,
que ya entre los tuyos me hallo.
Burlome el excelso Espíritu,
e insensible a mis halagos,
la esquiva Naturaleza
arrebujose en su manto;
la hebra del pensar se ha roto,
y estoy del saber cansado.
Templen los dulces deleites
las vivas llamas en que ardo,
y envueltos en gasas de oro
vengan, Magia, tus encantos.
Al torrente de la vida
lanzareme, y al acaso
en su raudal de aventuras
iré corriendo y rodando.
Bienandanzas y desastres,
pena y gozo, risa y llanto,
encadenen de mis días
los eslabones variados:
son acción y movimiento
ley del espíritu humano.
Mefistófeles
Meta no pongo ni valla:
si, fugaz revoloteando,
desflorarlo quieres todo,
todo puedes desflorarlo.
Conmigo ven, y no temas.
Fausto
De felicidad no te hablo:
lo que yo quiero es el vértigo,
el goce inquieto y amargo,
el avivador despecho,
el amor que crece odiando.
El alma, al saber cerrada,
a otras emociones abro;
cuanto el hombre goza y sufre
quiero sufrirlo y gozarlo.
Sentir quiero en mis entrañas
todo lo bueno y lo malo,
y en la esencia de mi vida
convertirlo y apropiármelo.
¡Venturoso yo, si toda
la Humanidad en mí abarco,
y al fin y al postre, como ella,
choco, reviento y estallo!
Mefistófeles
¡Ay, en verdad te lo digo,
yo que centenares de años
estoy royendo y royendo
el fruto indigesto y áspero!
¡Ay, en verdad te lo digo!
De la cuna al campo santo
digerir no puede el hombre
la levadura de antaño.
Ese todo, que ambicionas,
solo es a un Dios adecuado:
para él, fulgores eternos;
para mí, noche y espanto;
para vosotros, tinieblas
y luces, sombras y rayos.
Fausto
Quiérolo todo.
Mefistófeles
Bien; sea.
No más encuentro un obstáculo,
uno solamente: es corto
el tiempo y el arte es largo.
Paréceme que debieras
prepararte, aprender algo.
Asóciate a un buen poeta:
este, lleno de entusiasmo,
con soñadas perfecciones
coronará tu retrato;
del león con la arrogancia,
con la agilidad del gamo,
con la viveza italiana
y con el tesón germánico.
Unirá en tu noble pecho
con maravilloso lazo
magnanimidad y astucia,
y con arte soberano
te ha de hacer galán fogoso
y gentil enamorado.
Tal ejemplar y arquetipo
voy hace tiempo buscando;
si con él doy algún día,
don Microcosmos le llamo.
Fausto
¿Quién soy, pues, si esa corona
de la Humanidad no alcanzo,
esa perfección, que enciende
mis ansias?
Mefistófeles
Al fin y al cabo,
eres quien eres. Encúmbrate
sobre coturnos o zancos,
y con pelucón disforme
ciñe y abulta los cascos,
¿quién serás? El mismo que eres,
ni más gordo ni más flaco.
Fausto
¡Ay!, acumulé el tesoro
de la humana ciencia en vano:
cuando en mi interior penetro,
allí nuevas fuerzas no hallo;
ni me acerco al Infinito,
ni una línea me levanto.
Mefistófeles
Miras las cosas de un modo
vulgar; hay que ser más cauto,
y antes que vuelen los goces,
discretamente apurarlos.
¿Es tuya, di, tu cabeza?
¿Tuyos son tus pies y manos?
Pues del mismo modo es tuyo
lo que te sirve de algo.
Si tienes seis buenos potros,
y los unces a tu carro,
en vez de tener dos piernas,
¿cuántas tienes? Veinticuatro.
Basta de filosofías;
lánzate conmigo al campo:
quien se devana los sesos
me parece el pobre jaco,
que por negro maleficio
está en un yermo trotando,
sin ver que en torno se extienden
frescos y sabrosos pastos.
Fausto
¿Cuándo partimos?
Mefistófeles
Al punto.
De este calabozo huyamos.
¿Qué haces en él? Aburrirte
y aburrir a los muchachos.
Deja ese oficio indigesto
al vecino don Gaznápiro;
no te afanes en la trilla
de paja en la que no hay grano.
Lo poco bueno que aprendes
no te atreves a enseñárselo
a tus discípulos. Uno
te espera. ¿No oyes sus pasos
en el corredor?
Fausto
No puedo
recibirle.
Mefistófeles
Luengo rato
aguarda: si no le admites,
corre el pobre buen bromazo.
Déjame el gorro y la bata;
(Se los pone.)
me sientan como pintados.
En mi agudeza confía;
quince minutos reclamo.
Tú, para el famoso viaje,
prepárate mientras tanto.
(Vase Fausto.)
Mefistófeles, envuelto en la larga vestidura de Fausto
Razón y saber desdeña,
las dos alas que te han dado;
deja que en sus obras vanas
de ilusiones y de encantos
te afirme y envuelva el suave
Espíritu del engaño;
y así, Doctor, serás mío,
sin condiciones ni obstáculos.
Dio el sino a su mente indócil
impulso desenfrenado,
y ese escape, no es posible
detenerlo ni pararlo.
Sobre los terrenos goces
salta aturdido, y lo arrastro
de mediocridad insípida
por los derroteros áridos.
Luchará con sus afanes
cuerpo a cuerpo y brazo a brazo;
los manjares tentadores
escaparán de su labio,
y en balde misericordia
pedirá, porque ese fatuo
se ha de hundir de todos modos,
aunque no se entregue al Diablo.