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Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo cover

Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Chapter 3: I.
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About This Book

La novela recrea episodios del siglo XIV centrados en las intrigas de la corte: facciones nobiliarias conspirando por la influencia sobre un joven monarca, maniobras políticas entre parientes poderosos y clérigos influyentes, y asaltos a fortalezas. Entre escenas de consejo, combates y desplazamientos por villas y castillos, surge la figura de una joven gitana cuya presencia altera el pulso social y personal de los protagonistas. El relato combina acción militar y tensión cortesana con reflexiones sobre el ejercicio del poder, la rivalidad familiar y las consecuencias individuales de las luchas por la sucesión.

INTRODUCCIÓN.

I.

Expiraba el día 31 de diciembre, y con él, el año de 1301. Las primeras pálidas sombras de la noche envolvían las pequeñas torres de un edificio negruzco y de arquitectura desconocida, que servía entonces de alojamiento a los guardias y comitiva del poderoso infante don Juan, tío del gran monarca de Castilla. Una estrecha y oscura galería, cuyas maltratadas paredes estaban cubiertas por tapices de raídos colores que representaban las brillantes campañas de los vencedores de las Navas y Clavijo, disminuyendo la luz que por ojivas ventanas penetraba en aquel paraje, le daba un tinte sombrío que más que en ninguna otra parte se reflejaba en los rostros severos de dos personajes que al parecer con la mayor cautela platicaban. Permitido nos será, a fuer de verdaderos cronistas, introducirnos en la lúgubre morada que acabamos de describir, para de este modo poder relatar con más exactitud el misterioso asunto que a los dos caballeros ocupaba. Uno de ellos, que parecía reconocer la influencia de su compañero, revelada por sus ademanes imperiosos y por sus breves pero enérgicas palabras, le dijo apagando cuanto pudo la voz:

—¿No os parece, señor, que altos intereses nos llaman a Castrojeriz, y que no debemos dilatar ni un solo momento la partida?

—Pensara como vos, querido amigo, si otros negocios de más alta importancia no me obligaran a permanecer por ahora en Burgos.

—Pero es necesario que no echéis en olvido que con el rey ha quedado el nuestro siempre terrible adversario abad de San Andrés, sostenedor por interés propio de las pretensiones de la reina madre, enemiga declarada de la parcialidad a cuya frente figura uno de los más ilustres caballeros de Castilla. El abad, aprovechándose de nuestra momentánea ausencia, influirá inmediatamente en el ánimo del rey para conducirle a lo que él llama su buen camino.

—Basta, por Dios, buen conde; la influencia de la palabra es pasajera; la de la espada, y esta es la mía, dura, en estos tiempos de desgraciados azares tanto como el más largo reinado del más débil monarca, y va veis si tiene aplicación...

—Oh, sí, sí; niño y débil el rey, y los tiempos de intestinas guerras, largo, muy largo debe ser el verdadero reinado del más ilustre de los guerreros y el más querido de las in...

—¡Silencio! —dijo el apuesto caballero, concluyendo entre dientes una frase que no dejó murmurar a su compañero.

Y tendiéndole su diestra, añadió en alta voz:

—Si os agrada, seguidme a casa del judío Juffep Aben-Ahlamar, donde podremos continuar nuestra plática.

No bien acabara de pronunciar estas palabras, cuando resonó por todo el ámbito de la plaza un grito unánime que decía:

—¡La gitana! ¡La gitana!

El eco de esta voz atronadora, que llegó mal apagada al lugar en que conversaban nuestros dos misteriosos personajes, entregados enteramente a sus planes políticos, vino a distraerlos lo bastante para que corrieran ambos a averiguar la causa de aquel repentino alboroto.

En el ángulo de la plaza contiguo a la casa de donde acababan de salir los dos caballeros, había un grupo de gentes del pueblo que se estrechaban y comprimían entre sí para escuchar la argentina voz de una hermosa gitana pronta a decir a los que a ella se llegaban el secreto de sus vidas o los misterios del porvenir.

Era la gitana una niña de catorce a quince años, y ya su rostro revelaba los tesoros de voluptuosidad y belleza que parece ser patrimonio de las hijas del Oriente. Sus grandes y rasgados ojos negros estaban velados por una arqueada y larga pestaña; su cutis, quemado por los rayos del sol del mediodía, era sin embargo finísimo; su talle era esbelto y aéreo, como el de los seres ideales que pueblan el paraíso del falso profeta; su voz, pura y argentina, vibraba en el corazón de sus entusiasmados espectadores como una sentida nota; sus maneras eran expresivas y de graciosa desenvoltura, a pesar del pobre traje que la cubría, y era, como el de todas las hijas del pueblo, una tunicela de tosco buriel con bandas y rapacejos, ceñida a su delgada cintura por una correa negra, de la que pendía una escarcela de la misma clase donde guardaba el dinero que recogía de sus generosos parroquianos.

Acompañábala una mujer anciana vestida aun mucho peor que ella, cargada de espalda y de rostro repugnante y asqueroso. Sus ojillos verdosos y siempre húmedos se abrían extraordinariamente de alegría, cuando la joven metía algún dinero en la escarcela de cuero.

La bella gitana alcanzó a ver a dos hombres de gallarda presencia y de nobles y delicados ademanes cubiertos de pies a cabeza con ricas armaduras de bruñido acero, que pugnaban por llegar adonde ella estaba. Entonces dijo, esforzando cuanto pudo la voz:

—¿Quién quiere que le diga la buenaventura?

—¡Yo! —repuso uno de los armados, abriéndose paso por entre aquella masa compacta, y penetrando en el círculo donde se hallaba la aventurera.

—¿Qué hacéis, don Juan? —dijo sorprendido el conde—. ¡Vive Cristo, que un niño hubiera estado más prudente que vos! ¿Y si os conocen?

—Nada temáis, amigo mío —contestó don Juan quitándose la manopla derecha y descubriendo a los circunstantes una blanca pero poco delicada mano.

La vieja que acompañaba a la gitana se acercó a esta y le dijo con mal reprimido gozo:

—Hinca, hija mía, una rodilla en tierra, y di de ese modo la buenaventura a este poderoso señor, a quien Dios guarde y dé salud para defender la religión cristiana y conquistar en los torneos y apuestas todos los premios para su dama, que estoy segurísima será la más hermosa y cumplida doncella de la corte de nuestro buen rey y señor don Fernando IV.

Movió el desconocido la cabeza en señal de despecho haciendo ondear graciosamente la pluma blanca que adornaba a su casco de acero y oro.

La gitana obedeció a la anciana y dijo al caballero casi imperceptiblemente:

—No os puedo conocer por más que hago.

—Lo creo —contestó don Juan con aire satisfecho—. ¿Cómo te llamas? —repuso apretando entre sus manos las de la aventurera.

—Piedad.

—Oh, me gusta tu nombre. Y ¿tienes padres, hermosa Piedad?

—Si los tengo, no los conozco. Esa mujer, que veis ahí, se dice mi abuela; ¿lo podréis creer?

—¿La amáis? —repuso el armado desentendiéndose.

—¡Que si la amo! ¡Bien sabe Dios, señor, que la aborrezco con todas mis fuerzas!

—¿Y por qué, hija mía?

La gitana lanzó un lastimero suspiro y guardó silencio.

—¿Os da mal trato?

—¡Terrible, terrible, noble caballero!

—¡Infame!... Queréis variar de vida y...

—¡Oh, sí, sí, al instante! —contestó Piedad restregándose las manos de alegría e interrumpiendo a don Juan.

—Bien —dijo este—, queda de mi cuenta libraros de esa mujer. Ahora da principio al cuento de mis felicidades o de mis desgracias.

Cogió entonces la gitana la diestra del desconocido, y haciéndole en la palma una cruz, habló en alta voz de esta suerte:

—Tu vida, noble señor, maguer me cueste trabajo decírtelo, tu vida, azarosa en demasía, se verá siempre amenazada por personas que llegarán a arrebatarte el mando que ahora tienes..., pero el rey tu so...

—¡Calla, calla!, que ya que tú me has conocido, no me conozcan los demás.

—Bien está.

—Guarda silencio, hermosa Piedad, y haré tu felicidad.

—Perded cuidado, gran señor. ¿Queréis que continúe?

—No, basta —repuso el armado calzándose la manopla.

Y arrojando en la falda de la gitana una moneda de oro, desapareció con su compañero.

Poco tiempo después, cuando ya la noche cubría de tinieblas la ciudad, y cuando la gente se marchaba, porque se disponía a hacer otro tanto Piedad, presentose nuevamente el caballero, llamado don Juan por el conde, acompañado de un personaje que por su traje indicaba ser judío, y le dijo señalando a la gitana:

—Distinguís, Juffep Aben-Ahlamar, a aquella muchacha...

—Sí, sí, perfectamente.

El infante don Juan y Aben-Ahlamar

—La necesito.

—En hora buena.

—Esta misma noche ha de venir con nosotros a Castrojeriz.

—¡Diablo!, y ¿cómo te vas a componer, señor?

—Tú te encargarás de esa comisión.

—¿Yo, el médico de su alteza el rey de Castilla y León?

—¡Toma, miserable! —dijo el armado, pasando de sus manos a las del judío una bolsa repleta de dinero.

—No era mi ánimo...

—No te disculpes.

—Bien, señor, ¡soy tan pobre!

—¿Conque te encargas de llevarla esta misma noche a la villa?

—Te lo prometo a fe de Juffep Aben-Ahlamar —contestó el físico del rey, guardando al mismo tiempo por entre los pliegues de su ancho y largo ropón de seda morada, la bolsa que le diera el desconocido.

A poco de esto, quedó la Plaza mayor de Burgos solitaria.