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Figuras americanas: Galería de hombres illustres

Chapter 37: COOPER
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About This Book

Una colección de semblanzas biográficas dirigida a la juventud que reúne perfiles de hombres y mujeres americanos, célebres y poco conocidos, procedentes de distintos ámbitos como la política, las ciencias y las letras. Alterna relatos de hechos de vida con valoraciones morales, destacando sacrificios, virtudes y errores, y presenta tanto ejemplos edificantes como lecciones extraídas de conductas perjudiciales. No sigue un orden cronológico y ofrece breves retratos diseñados para instruir e inspirar.

EL BAUTISMO

Á MI SEGUNDO HIJO RECIÉN NACIDO

I

Ven, y en las vivas fuentes del bautismo
Recibe, oh niño, de cristiano el nombre;
Nombre de amor, de ciencia, de heroísmo,
Que hace en la tierra un semidiós del hombre.
Los hombres que esas aguas recibieron
Con su espíritu y brazo subyugaron
La inmensa mar que audaces recorrieron,
Los mundos que tras ella adivinaron.
Potentes más que el genitor de Palas,
Al rayo señalaron su camino;
Y á los vientos alzándose sin alas,
Siguieron sin temblar su torbellino.
Ellos al Leviatán entre cadenas
Sacan de los abismos con su mano,
Y pisan con sus plantas las arenas
Del fondo de coral del Oceano.
Cristianos son los que esas formas bellas
Con que el Criador engalanó á Natura,
Obligan á vaciar sus blandas huellas
En instantánea nítida pintura.
De un hilo con la curva retorcida
Los cabos juntan de un inerte leño...
Y el secreto perturban de la vida,
¡Y agitan al cadáver en su sueño!
Y tú también, también eras cristiano,
Tú que dijiste contemplando el cielo:
«Ya mis ojos no alcanzan, pobre anciano;
Yo rasgaré del firmamento el velo».
Y en el aire elevando dos cristales,
Vuelta á Venus la faz, puesto de hinojos,
Los ojos que te hiciste fueron tales
Que envidiaron las águilas tus ojos.
Y era cristiano aquel que meditando
En el retiro de modesta estanza,
Sin afán, sin error, pesó jugando
Los planetas y el sol en su balanza.

II

Oh prenda de mi amor, dulce hijo mío
Cuando en edad y para el bien crecieres
(Y en el gran Padre Universal confío
Vivirás para el bien lo que vivieres:)
Serio entonces quizá, meditabundo,
De ardor de ciencia y juventud llevado,
Quieras curioso visitando el mundo
Juzgar lo que los hombres han fundado.
Conocerás entonces por ti mismo,
Verán tus ojos, palparán tus manos,
Lo que puede el milagro del bautismo
En los que el nombre llevan de cristianos.
¡Sí! do naciones prósperas hallares
Sujetas sólo á moderadas leyes
Que formaron senados populares
Y que obligan á súbditos y reyes:
Do al hombre vieres respetar al hombre
Y á la mujer como su igual tratada,
Modesta y libre, sin que al pueblo asombre
Viva fiel sin vivir esclavizada:
Do vieres generosos misioneros,
Sin temor de peligros ni de ultrajes,
Abandonar la patria placenteros
Para llevar la luz á los salvajes:
Do vislumbrares púdicas doncellas
De oscuro hospicio entre las sombras vagas,
Curando activas con sus manos bellas
De los leprosos las hediondas llagas:
Do puedas admirar instituciones
Que abrigan al inválido, al desnudo,
Que amansan al demente sin prisiones,
Que hacen al ciego ver, y hablar al mundo:
Do vieres protegido al inocente,
Castigado al perverso con cariño,
Respetado el anciano inteligente,
Asegurado el porvenir del niño:
Allí do hallares libertad y ciencia,
Misericordia, caridad, justicia,
Dominando del pueblo la conciencia,
De la industria calmando la codicia:
Allí do respetándose á si mismo
Vieres al hombre amar á sus hermanos
Podrás clamar: «¡Honor al Cristianismo,
Que éstos no pueden ser sino cristianos!»

COOPER

Este eminente novelista americano tuvo su cuna en Burlington (Nueva Jersey), donde nació el 15 de septiembre de 1789. Era hijo de un colono, y sirvió en la marina de guerra de la gran República durante cinco años (de 1805 á 1810).

Á la permanencia de Cooper en la marina militar de los Estados-Unidos, así como á su espíritu de observación, debe la literatura universal un gran número de verdaderas joyas.

La mar, la navegación, los episodios de viaje, los misterios y las costumbres de abordo, el tecnicismo naval y el pintoresco lenguaje de los marineros, son otros tantos inagotables recursos para el novelista, arsenal fecundo para artistas y poetas.

Pero, en general, los literatos suelen entender muy poco de cosas de marina; y los marinos escritores no siempre son aptos para la literatura. De donde resulta que las novelas marítimas, y las descripciones que al mar ó á los barcos se refieren, adolecen de una deficiencia lamentable.

Es muy difícil emplear con propiedad los términos especiales de cada profesión, no habiéndose amamantado en ella. Y cuando faltan la propiedad, la precisión, la exactitud y el colorido que cada cosa requiere, resulta mediana la obra mejor concebida. No es lo mismo sentir la belleza de un cuadro ó de un episodio que producirlo con inteligencia. Hay poetas piadosos que incurren en heregías y aun en blasfemias cuando creen hacer un canto religioso; hay repetidos ejemplos en todos los tribunales de justicia, de abogados que han dicho con elocuencia desatinos y monstruosidades en ciertos casos difíciles de medicina legal, y en otros muchos; los publicistas más eminentes, al tratar de milicia, escriben en paisano; y en materia náutica sucede tres cuartos de lo mismo.

Son excepcionales, pues, los autores de novelas marítimas que han sabido hacerlas. Eugenio Sue en Francia, Fenimore Cooper en América, son quizá los dos que han cultivado el género con más gusto, acierto y propiedad.

Pero el maestro en la novela marítima, durante el fecundo siglo XIX, ha sido sin disputa el célebre escritor americano.

Esto no quiere decir que cultivara solo el género marítimo, pues también alcanzó fama, por cierto merecida, en la descripción de usos y costumbres de su patria.

Muchas de las obras de Fenimore Cooper han sido traducidas al francés, al español y á otras lenguas. En Inglaterra han sido tan populares, y más que en los Estados-Unidos.

Entre las obras más estimadas de Cooper figuran las siguientes:

  • The Two admirals.
  • The Crater.
  • The Pilot.
  • Lionel Lincoln.
  • Last of the Mohicans.
  • The Prairie.
  • The Spy.
  • The Pioneers.
  • Wing and Wing.
  • Mercedes of Castile.
  • The Bravo.
  • Red Rover.
  • The Sea Lions.
  • Jack Tier.
  • Stories of the Sea.
  • Homeward Bound.
  • Etc., etc., etc.

Como se ve por los títulos de las obras celebradas, muchas de ellas son marítimas. Precisamente es el género en que sobresalió.

No estuvo jamás á tanta altura en las que escribió inspirándose en las antiguas crónicas de Europa, tales como El bravo, Mercedes de Castilla, El verdugo de Berna, El Campamento de los paganos y otras.

En el género descriptivo, con relación á América, estuvo casi á la altura de Wálter Scott describiendo costumbres y paisajes escoceses.

Las más conocidas de las obras de Cooper son: El corsario rojo, Dos almirantes, El Espía, Los puritanos de América y El último de los mohicanos, todas ó casi todas citadas más arriba.

Fenimore Cooper escribió la mayoría de sus obras en la casa paterna, después de haber dejado el servicio militar. Pero además viajó por el antiguo mundo desde 1826 á 1832, habiendo sido cónsul de los Estados-Unidos en Lyón desde 1826 á 1829.

Murió Cooper el 14 de septiembre de 1851.


LONGFELOW

Este gran poeta norte-americano vió la luz de la vida en 1807; su pueblo era Portland. Fué catedrático en la universidad americana de Cambridge, en la cual sustituyó á un hombre tan eminente como Ticknor. Compartía con su predecesor la afición á las letras castellanas, conocía muy bien el español y tradujo las coplas de Jorge Manrique.

La musa de Longfelow era religiosa, mística, creyente; pero aun así tuvo acentos verdaderamente humanos, conceptos dignos de recordación, notas que vivirán mientras haya poetas en el mundo.

En la América latina, lo mismo que en España, son bastante conocidas las obras del poeta. Sus versos y su prosa han tenido traductores más ó menos felices, entre los cuales figuran Andrade, Mitre, Morla Vicuña, Suárez Capalleja, Baquero Almansa, Llorente, Arana, Izaguirre, Gutiérrez (Don Miguel) y muchos otros que nos sería difícil recordar.

Longfelow cultivó distintos géneros; no brilló en la dramática, pero es digno de plácemes en la novela. Sin embargo, sus grandes y duraderos triunfos los debe á la poesía lírica, en la cual dejó verdaderas joyas literarias.

He aquí los títulos de sus principales obras:

  • Ultramar ó Peregrinación allende el Océano (1835), recuerdo de sus viajes por Francia, Italia y España.
  • Hyperion (1839).
  • Voces de la noche (1840).
  • Baladas y poemas (1841).
  • El estudiante español, drama (1842).
  • Poema sobre la esclavitud (1843).
  • Poetas de Europa (1845).
  • La torre de Brujas (1847).
  • Evangelina y Kavanagh, dos novelas (1848).
  • La orilla del mar y el amor de la lumbre (1850).
  • La leyenda dorada, drama fantástico (1851).

Publicó además varios dramas históricos de escaso mérito, vertió al inglés con soltura las Coplas de Jorge Manrique ya citadas, y asimismo tradujo la Campana de Schiller, el Caballero Negro de Uhland, el Purgatorio del Dante, muchas baladas escandinavas, diversas odas de Muller, etc., etc.

Viajó por diferentes países, particularmente por España, Italia, Escocia y las márgenes del Rhin. Prefería las comarcas más poéticas, las más románticas, las más fecundas en leyendas, cantares y tradiciones.

Murió en 1883, siendo sentida su muerte lo mismo en Europa que en los Estados Unidos, en el Norte como en el Sur de América.

Para dar una muestra de su genio lírico, vamos á reproducir algunos fragmentos de varias traducciones de sus poesías.

No me digas en versos melancólicos
«Sueño inútil no más es nuestra vida,
Porque el alma dormita casi muerta
Y las cosas del mundo son mentira».
No: la vida es real; las almas sienten,
No es oscura prisión la tumba fría:
El «tú eres polvo y volverás al polvo»,
Palabras son que el alma no fatigan.

En este
Rudo vivac, batalla de la vida,
No imites á la oveja que cobarde
Arrastran á la atroz carnicería;
Sé un héroe en el combate, y no confíes
En el mañana que placeres brinda;
Deja á los muertos enterrar sus muertos
Y en el presente lucha, él es la vida,
Siempre el valor en tu esforzado pecho
Y siempre Dios sobre tu frente altiva.

El día está muriendo,
La noche descendiendo,
Helado está el pantano,
Helado el río también.
Tras de la nube parda
El sol sus rayos darda;
Las casas de la aldea
Rojas brillar se ven.
De nuevo otra nevada
La oculta palizada,
La senda en la llanura
Dejó de señalar;
Y en tanto por el prado
Cual sombra temerosa,
Deslízase pausado
Cortejo funeral.
Dobla la esquila, y siento
Que cada pensamiento
Dentro de mí responde
Al sordo triste son:
Sombra tras sombra gira,
Mi corazón suspira,
Tañendo íntimamente
Cual fúnebre esquilón.

¡El arsenal! Del suelo á la techumbre
Elévanse las armas
Con un órgano inmenso presentando
Horrible semejanza.
Ahora ninguna antífona resuena
En sus tubos que callan;
Mas, ¡qué salvaje y lúgubre armonía
Brotará de sus cajas
Luego que el ángel de la muerte toque
En sus claves extrañas!
¡Qué lamentos! ¡Qué horrible miserere
Mezclado á sus sonatas!
Oír creo ese coro inmensurable
de agonía y de ansias,
¡Cruel gemido que cruza las edades
Y hasta la nuestra alcanza!
Bajo del casco y el arnés resuena
El martillo sajón,
Y por los bosques címbricos escucho
Del normando la voz;
Y aun más estrepitoso, destacándose
Del inmenso clamor,
De lejanos desiertos en el fondo
Al tártaro feroz.
Con siniestro badajo, desde lo alto
De torre palacial,
Escucho la campana florentina
Al combate llamar,
Y veo á los aztecas sacerdotes
En sagrado portal
Sus tambores de pieles de serpientes
Sanguinarios tocar.

Oigo mugir los bronces, de sus quicios
Las puertas estallar;
El fuego del fusil, de los aceros
El rápido chis-chas
Al cruzarse enconados, y sobre esta
Armonía infernal
El trueno de la ronca artillería
Escucho retumbar.
¡Y con esa ¡oh mortal! estrepitosa
Maldita confusión
De la madre natura ahogas la dulce
Y benévola voz!
¡Y con esos malditos instrumentos
De destemplado son,
Impío turbas el concierto plácido
Del divino cantor!
(En el Arsenal de Wolwich).

Todos nuestros libros,
Luchas y embelesos,
¿Qué son do se escuchan
Infantiles juegos?
Donde suenan, niños,
Vuestros dulces juegos
Todas las baladas
Son vanos lamentos.
Vivientes poemas
Sois de dicha llenos:
¡Lo demás es triste,
Desolado, muerto!

Y es la infinita sed que abrasa el alma,
Es el inmenso afán que nada calma
Y corre en pos del ignorado bien;
Es la ambición humana no vencida
Que aun pugna por coger la prohibida
Manzana del Edén.

¡La muerte!... ¿Y qué es la muerte?
Una palabra hueca.
Un tránsito es tan sólo
Lo que esa voz expresa.
¿Qué es más que un pobre barrio,
Nuestra vida terrena,
De la ciudad elísea
De quien la tumba es puerta?

Para terminar, copiaremos la bellísima composición que se titula Excélsior y que, según la expresión de un crítico asturiano, «es el acento de un dios caído que se acuerda de los cielos».

Negra desciende la noche
Y entre nieblas y entre hielos
Pobre aldea de los Alpes
Cruza gallardo mancebo.
Enarbola una bandera;
La bandera dice: ¡Excélsior!
Arde en su pálida frente
La llama del pensamiento;
Brillan sus tristes miradas
Como el filo del acero,
Y en lengua desconocida
Dicen sus labios: ¡Excélsior!
Allí, en moradas felices
Ve luz, y el alegre fuego
Del hogar, chisporroteando;
Y arriba... los ventisqueros.
Pero adelanta, y su lengua
Sigue murmurando: ¡Excélsior!
«Detén tu marcha, insensato—
Grítale temblando un viejo—
Amenaza la tormenta
Y es escabroso el sendero».
El mozo sin escucharle
Aun va murmurando: ¡Excélsior!
«Tente—le dice una hermosa—
La sien reclina en mi seno»;
Y deja caer una lágrima
De sus ojos hechiceros.
Mas el doncel sin mirarla
Avanza y repite: ¡Excélsior!
«Guárdate bien de las ramas
Que tronchó el rayo, al abeto;
Guárdate—dice el anciano—
De los aludes siniestros»,
Mas ya en la cima lejana
Oye resonar: ¡Excélsior!
Al rayar la tarda aurora,
Cuando en pausado concierto
Á Dios elevan sus preces
Los monjes del monasterio,
Suena una voz desgarrada
que á lo lejos grita: ¡Excélsior!
Corre el fiel can presuroso,
Y en tumba de nieve envuelto
Halla al audaz caminante
Que con sus crispados dedos
Tiene la bandera asida;
La bandera aun dice: ¡Excélsior!
Helado, inmóvil, sin vida,
Pero siempre noble y bello,
Yace el animoso joven;
Y del alto firmamento
Desciende una voz divina
¡Excélsior! clamando ¡Excélsior!

ZARAGOZA

Este nombre, que es el de una ciudad aragonesa heroica entre las heroicas, lo ha llevado dignamente un soldado mejicano. El general Ignacio Zaragoza, de origen indio por parte de su madre, fué el primer vencedor de los franceses en la época de su apogeo militar. Lo que después hicieron el feld-mariscal Moltke, el emperador Guillermo, el príncipe Federico Carlos y el entonces heredero de la corona de Prusia, lo hizo ocho años antes el invicto Zaragoza. Los héroes de Argel, los triunfadores de Crimea, los vencedores de Solferino, tuvieron que ceder la victoria en las cercanías de Puebla á escasísimas é inexpertas tropas mejicanas.

El imperio francés era considerado entonces invencible. Napoleón III casi era el árbitro de Europa. La poderosa Inglaterra solicitaba su alianza y todas las potencias, si no lo respetaban, lo temían.

Pero sucedió lo que ha sucedido siempre á las naciones que han dominado en el mundo por el prestigio de sus armas y de sus victorias. Las naciones militares ven declinar su influencia á la primera derrota.

Cuando los turcos eran el azote de la cristiandad y extendían por toda Europa sus ejércitos incontrastables, nadie creía que su poder había de ser arrollado como lo fué en Lepanto por los venecianos y los españoles, como lo fué más tarde en Viena y Buda por los polacos, los húngaros y los suecos. De aquellas derrotas data la decadencia de Turquía, agonizante hoy, sin influencia en el mundo, sin esperanza de regeneración.

Cuando los españoles eran el terror del mundo entero, dominando en media Europa, haciendo aceptar su influjo en la otra media; cuando amenazaban á Inglaterra con sus naves, á Francia con sus ejércitos, á Roma con sus lanzas y con sus caballos; cuando se imponían en los Países Bajos con sus bayonetas, con sus cañones en el Mediterráneo y en todos los mares conocidos, ¿quién había de pensar que estaba cerca la ruina de un imperio tan grande, tan colosal, tan poderoso y temido? Pues bastó la derrota de Rocroy para iniciar una rápida, incesante decadencia.

En Rocroy empezó la verdadera preponderancia militar de Francia, aumentada luego por las gloriosas guerras de la Revolución y por las brillantes victorias del imperio. Mas también para Francia hubo un Lepanto, un Viena y un Rocroy, no en Waterloo como se ha dicho, no en Sedán como suponen algunos, sino en los campos de Puebla, primera etapa del imperio militar francés en la sangrienta carrera de sus inmensos desastres.

Cuando se escriba la historia del siglo XIX, habrá que concederles al general Zaragoza y á sus soldados indios una influencia grande y decisiva en los destinos de Europa. Sin Puebla no hubiese habido Sedán.

Pero si la influencia de la gran victoria mejicana se ha sentido en el antiguo mundo, ¡cuánto mayor no habrá sido en el mundo americano! El triunfo de Zaragoza ha librado á los príncipes de soñar en coronas que son imposibles en América, ha evitado para siempre las veleidades realistas ó imperialistas de caudillos ambiciosos y de aventureros insensatos, ha curado á los traidores de toda ilusión liberticida. El mundo todo sabe ya cómo defienden su independencia y su honor los pueblos americanos y cómo se bate Méjico por la libertad y la República.

Zaragoza era un general modesto, que no daba importancia á su victoria. Había cumplido con su deber y suponía que por ello no había contraído ningún mérito especial. En su abnegación patriótica, virtudes cívicas y severidad republicana, encontraba tan sencillo ganar una batalla como perderla. El parte oficial que dió de la batalla, parece más bien el parte de un revés que el de una grande y trascendental victoria. Dijo que había sido atacado, que sus soldados se habían portado bien, que el enemigo se había retirado á tal hora, en tal dirección, dejando tantos ó cuantos muertos y algunos prisioneros, y que él había perdido tantos hombres. Nada de hipérboles ni de metáforas, nada de imágenes bélicas ni de consideraciones rimbombantes, nada acerca de sí mismo ni nada injurioso para sus adversarios, en quienes sólo veía soldados como él que se batían por su patria y por el honor de sus banderas. No siempre imitan al vencedor de Puebla los caudillos victoriosos.

El general Zaragoza había nacido en Tejas (bahía del Espíritu Santo) en 1829. Hijo de militar abrazó la carrera de su padre cuando ya era hombre. Su hoja de servicios no contiene hecho alguno extraordinario hasta la invasión francesa. Nombrado general en jefe del ejército republicano, defendió las cumbres de Acultzingo, más para aguerrir á sus reclutas y acostumbrarlos al fuego que para disputar seriamente el paso al ejército enemigo.

El 5 de mayo de 1862 ganó la batalla de Puebla, forzando á los franceses á emprender su retirada con dirección á la costa.

Una enfermedad traidora cortó la vida del héroe, que falleció pocos meses después de inmortalizarse como soldado, como general y como buen patriota.

Su nombre se inscribió con letras de oro en el salón de sesiones del Congreso mejicano; se le declaró benemérito de la patria en grado heroico; se le dió su nombre á la ciudad de Puebla, que antes era Puebla de los Ángeles y hoy se enorgullece con el título de Puebla de Zaragoza.

La memoria de este general es con justicia respetada en todos los ámbitos de América.


CANDELARIA PÉREZ

Forzoso es confesarlo.

Aunque parece increíble, han sobresalido más mujeres en las armas que en las letras. Sin duda son bastante más numerosas las que han cultivado las letras y las ciencias que las dedicadas al penoso ejercicio de las armas; pero éstas han sobresalido más que aquéllas.

No tenemos noticia de escritoras que hayan sido nombradas académicas; pero sí de muchas damas que han ganado y lucido una charretera ó dos. Sin hablar de las legendarias amazonas, de las heroínas de la antigüedad, ni de las combatientes de la Edad Media; sin acordarnos de Judit, vencedora de Holofernes, de Juana de Arc, defensora de su patria, ni de las valerosas guerreras araucanas que sucumbieron luchando por la independencia, tenemos ejemplos en épocas más próximas de mujeres esforzadas y realmente varoniles.

María Pita defendiendo La Coruña que atacaban los ingleses, Agustina de Aragón convertida en artillera de las baterías de Zaragoza, Mariana Pineda subiendo al patíbulo en Granada, son otros tantos ejemplos de lo que decimos.

Y en la joven América no podían faltar ejemplos de mujeres heroicas, dotadas de vocación ó instinto militar. Si en España hubo una Agustina de Aragón que terminó su vida de capitán retirado, en América hubo una monja alférez no menos famosa.

Y sargento chileno fué también la heroína americana objeto de estas líneas.

Candelaria Pérez sirvió á su patria, Chile, con singular abnegación, denodado esfuerzo, pasmosa valentía. Sensible fué que lo hiciera en la lucha sostenida por la nación chilena con un país, más que vecino, hermano; pero ella no fué culpable de vivir en aquel tiempo. Lo mismo hubiera hecho en otras circunstancias con cualesquiera enemigos.

Copiemos aquí lo que dice un biógrafo de Candelaria Pérez:

«Candelaria, de apellido Pérez, más conocida por Candelaria Contreras, nació en Santiago de Chile en 1812. Era hija de un artesano y carecía de instrucción. Dedicada desde muy joven al servicio doméstico, pasó al Perú acompañando en clase de criada á una familia chilena, en 1832. Poco después dejó el servicio doméstico, estableciéndose por cuenta propia en el Callao donde tenía un café conocido por el nombre de «Fonda Chilena», al que concurrían los marineros chilenos y otros de diversas nacionalidades.

»En aquel tiempo declaró Chile la guerra al Perú y Bolivia, destinando una escuadrilla á bloquear el puerto del Callao. Las autoridades peruanas prohibieron toda comunicación con la escuadrilla chilena que mandaba el contralmirante Simpson; pero Candelaria encontró medio de burlar con ingenio las disposiciones de las autoridades. No contentándose con una especie de telégrafo óptico por medio de banderolas y de servilletas, se disfrazaba á menudo vistiéndose de hombre y se embarcaba en algún bote extranjero que diariamente la llevaba á conferenciar con los oficiales de la escuadrilla. Todos los días la esperaba algún bote chileno, á cuya banda pasaba el que llevaba á la heroína, bastándole un minuto para informar á los marinos chilenos de lo que pasaba en el Callao y en Lima, así como de las noticias que se recibían del interior.

»Como era natural que sucediera, al fin se descubrió todo el manejo de la activa Candelaria. Se dice que la delató una criada suya; lo cierto es que, reducida á prisión, fué encerrada en unas bóvedas en las que sufrió toda clase de miserias y penalidades. Pero todo lo sufría la valiente Candelaria con el entusiasmo que alienta á los patriotas. Resignada á los padecimientos, á las privaciones y al martirio, sólo sentía que su prisión la había inutilizado para servir á la patria chilena.

»Candelaria Pérez fué puesta en libertad por el general chileno vencedor en Guias. No bien salió nuestra heroína de su horrible prisión de Casamatas, se incorporó al ejército chileno sitiador de la plaza del Callao; conociendo á palmos el terreno prestó grandes servicios á los sitiadores, servicios que fueron bien apreciados y recompensados dignamente. Además servía de cantinera, condimentaba los ranchos, cuidaba de los heridos, ocupaciones múltiples que no la impedían batirse como un soldado. No hubo encuentro, escaramuza ni lance en que no tomara parte activa con un valor y un coraje á toda prueba. Los veteranos celebraban de noche en el vivac las hazañas del cabo Candelaria, pues ellos mismos la habían ascendido á cabo juzgándola acreedora y considerándola superior á los simples soldados, á los soldados rasos entre quienes combatía.

»El ascenso que le fué otorgado por la opinión pública, por los soldados chilenos, tardó poco tiempo en ser reconocido y sancionado por los jefes. Candelaria recibió su nombramiento de cabo, se puso en la manga sus galones y los bautizó en un nuevo combate en el que ganó con general aplauso el empleo de sargento.

»Cuando el ejército chileno volvió vencedor á Chile, Candelaria hizo su entrada en Santiago con su uniforme de reglamento y su fusil sobre el hombro con una marcialidad que llamó la atención y despertó el entusiasmo del pueblo. No hubo más coronas para el general en jefe que para Candelaria. Fué delirante la ovación que se le hizo; ovación merecida según el testimonio de sus compañeros de armas.

»El gobierno la ascendió á alférez de infantería, con una pensión que ha cobrado hasta su muerte ocurrida hace muy pocos años.»

Tales fueron los rasgos más salientes de la vida de esta militar.


GRANT

El presidente Grant nació en el Ohio por el mes de abril de 1822, Á la edad de 17 años entró en la Academia de West-Point, la famosa escuela militar que ha dado siempre tan buenos oficiales al ejército de los Estados Unidos. En la escuela no se distinguió por sus talentos, pero sí mostró su inmensa perseverancia. Estudiaba con aplicación, y cuando tropezaba con un problema difícil, no dejaba el libro ni la pluma hasta encontrar la solución del problema. Exactamente como hacía más tarde al asediar una plaza ó posición enemiga: no levantaba el asedio, no retrocedía, hasta hacerse dueño de la posición. Sitiaba una vez una plaza defendida por los confederados; éstos le hicieron saber que tenían municiones, víveres, toda clase de recursos para quince meses, y él contestó que tendría paciencia para esperar treinta años. Era un hombre tenaz, seguro de sí mismo y dotado de una gran firmeza.

En 1844 salió de la Academia, siendo destinado como teniente segundo al 4.º regimiento de infantería. Tomó parte en la campaña de Méjico (1846), donde obtuvo el empleo de capitán sobre el campo de batalla.

Terminada aquella guerra fué destinado con su compañía á un destacamento situado por el gobierno en las soledades del Oregón; allí se cansó de la vida militar, pidiendo su retiro en 1854.

Dedicado completamente á la vida civil, desempeñó destinos particulares y modestísimos empleos en diferentes Estados de la Unión.

Pero llegó la hora aciaga de la guerra civil; entonces Grant se acordó de sus conocimientos militares, abandonó su empleo y se aprestó á defender la causa de la Ley, de la Patria y de la Humanidad. Elegido coronel de un regimiento de voluntarios, salió con él á campaña y sostuvo con el enemigo muchos encuentros victoriosos. Empezó por foguear su gente en escaramuzas insignificantes, haciendo conocer á los oficiales inferiores las ventajas que proporciona el conocimiento del terreno y el medio de estudiarlo. Muchos de sus subalternos llegaron á distinguirse y obtuvieron mandos importantes cuando la guerra se formalizó.

Entre tanto el ejército federal era batido repetidas veces por los confederados. Éstos defendían dos malas causas: la del separatismo y la de la esclavitud. Pero tenían soldados entusiastas y mejores oficiales. Casi todos los precedentes de West-Point eran hijos de los Estados del Sur (pues en los del Norte hay menos afición á la carrera de las armas), y se unieron á sus compatriotas organizando magníficos ejércitos.

La situación era grave, crítica, poco menos que desesperada cuando el gobierno se fijó en las condiciones que poseía el bravo coronel Ulises Grant, no sólo por sus méritos profesionales sino por el ascendiente y la popularidad que había adquirido. Entonces le nombró general en jefe del ejército, y él llevó á cabo la pacificación con lentitud, pero sin retrocesos, con una calma olímpica, pero sin vacilaciones. Lejos de ser un genio militar, fué sólo un militar de buen sentido; nada de concepciones atrevidas ni de empresas temerarias, pero sí mucho cálculo, mucha perseverancia y un valor á toda prueba.

Sus hechos militares son tan numerosos que no caben en este breve apunte; de victoria en victoria llegó á la capitulación del inteligente Lee en Appomatox, á la rendición de Richmond y á la paz.

La primera elección presidencial designó á Grant para la presidencia. Más tarde fué reelegido. En el doble período de su mando se redujo en muchísimos millones la enorme deuda de los Estados Unidos, deuda contraída para los inmensos gastos de la guerra.

Terminada su misión hizo un viaje de recreo alrededor del mundo, recibiendo muchas demostraciones de admiración y simpatía en los países que visitó, especialmente en Europa y en Australia.

Á su vuelta á los Estados Unidos fué víctima de un desastre financiero que le dejó arruinado. Pero pobre y enfermo supo crear una fortuna para su esposa y sus hijos, escribiendo sus Memorias. Las Memorias del general Grant, publicadas al otro día de su muerte, se han vendido en América y en Inglaterra en cantidad suficiente para hacer la fortuna de los herederos después de haber hecho la del editor.

Ulises Grant murió de un cáncer en 1883.

Sus funerales han sido los más suntuosos de que hay memoria en los Estados Unidos. La nación entera se ha asociado al duelo de la familia y á las manifestaciones oficiales. Sus antiguos adversarios le dedicaron coronas, como los combatientes de su mismo bando. La raza de color estuvo representada en el entierro, dando testimonio de su gratitud al que rompió con su vencedora espada las cadenas de la esclavitud.

Ulises Grant es algo más que una gloria americana: es una gloria universal. Su nombre unido al de Lincoln sobrevivirá á los tiempos, y á través de mil generaciones llegará á las remotas edades.

Sirva su nombre de ejemplo, así á los militares como á los paisanos. Grant fué soldado leal, servidor fiel de la Democracia y de la Constitución, prefiriendo el título de ciudadano al de dictador ó protector ó rey. Cuando el presidente Lincoln fué villanamente asesinado y estaba perturbada la República, Grant disponía de un formidable ejército, de un prestigio sin igual, de una ocasión propicia para satisfacer sus ambiciones si las hubiera tenido. No tuvo más que la ambición legítima y honrada de entregar su espada vencedora á la nación de quien la había recibido, la de disolver su ejército reduciéndolo á sus proporciones de épocas normales y la de confundirse como todos sus soldados en el seno de la Democracia consagrada á las fecundas labores de la paz, de la libertad y del progreso. Desempeñó las primeras funciones de Estado, en obediencia á la voluntad del Pueblo y en cumplimiento de la Constitución; pero no soñó siquiera en imponerse á la voluntad de la Nación, como lo hubiera hecho cualquier caudillo vulgar.

El invicto Grant es el más perfecto tipo del soldado de la Democracia. Es el soldado pacificador.


ARTURO PRAT

En las razas decadentes, en los pueblos sensuales y en las almas viles, sólo hay aplausos para el éxito, sólo hay vítores para el vencedor, sólo se ambiciona el triunfo y sólo se admira la riqueza.

Pero la nación chilena se ha mostrado digna, en honra propia, de su glorioso y preferido héroe: de Arturo Prat.

Era la víspera un obscuro, un desconocido oficial de la marina chilena; al día siguiente de su heroico sacrificio había conquistado lugar, y predilecto, en el corazón de sus paisanos y un puesto envidiable en los anales de Chile.

No solamente sus agradecidos compatriotas, sino todos los marinos de todas las naciones europeas y americanas, todos los hombres que admiran la intrepidez, aplauden la bravura y sienten en sus pechos el fuego del entusiasmo, colocan á Arturo Prat en el altar de los héroes.

Perpetúan su memoria monumentos é inscripciones que le ha dedicado su patria agradecida; lleva su nombre una magnífica nave de combate; no hay familia chilena qué no tenga su retrato, cubierto de laureles y coronas, en lugar preferente del hogar.

Porque los chilenos rinden culto á sus héroes y no olvidan nunca las glorias de su patria. Que es la manera de fortalecer la patria y dar vida á nuevos héroes.

Pocas palabras diremos del ilustre varón á quien dedicamos estas líneas. Murió demasiado joven, y su historia es breve: sólo tiene una página.

Pero esa página única de la historia del insigne Prat no se perderá jamás en la sombra del olvido; será tan duradera como Chile, como el Océano, como la Humanidad. Mientras haya hombres de corazón y artistas de sentimiento, y sociedades que no se prostituyan en el culto del becerro de oro, no faltarán patriotas que lo imiten ni poetas que lo canten ni admiradores de una raza que en ambos mundos engendra tales hombres.

No queremos hablar de la guerra entre Chile y el Perú; está fresca todavía la sangre derramada, es demasiado reciente, fué sobrado desastrosa. Pero sí hablaremos del combate naval, tan glorioso para Chile, donde Prat conquistó con la muerte la inmortalidad.

Fué el 21 de Mayo de 1879. La escuadra chilena bloqueaba el puerto de Iquique, sin que la peruana se opusiera. Mas llegó un día en que las fuerzas del bloqueo se vieron reducidas á dos viejos barcos de madera, la corbeta Esmeralda y la goleta Covadonga; aprovechando la ocasión los marinos peruanos, se presentaron repentinamente con el potente acorazado Huáscar y la bien artillada fragata Independencia.

El capitán Prat, que mandaba la Esmeralda, hubiera podido retirarse con honor dada la inferioridad de los dos barcos chilenos; pero siendo de más andar los dos barcos enemigos, comprendió que con la retirada no se evitaba la lucha porque el enemigo le hubiera dado alcance.

Obligado, pues, á combatir, consideró preferible hacerlo en aquellas aguas. Así presenciarían desde la costa el heroísmo chileno.

Á los primeros disparos de cañón que hizo el Huáscar sobre la Esmeralda, contestó la tripulación chilena con un entusiasta ¡viva Chile! El capitán Prat, sereno sobre el puente, arengó más de una vez á los suyos; su débil artillería contestó á la poderosa del Huáscar, aunque sus proyectiles no hacían más que lamer la resistente coraza del poderoso enemigo. En tanto los chilenos eran destrozados por los cañones disparados sobre ellos á tiro de pistola, como también por la fusilería que los hostilizaba desde tierra.

Destrozada la Esmeralda y diezmada su tripulación, el comandante del Huáscar asombrado al ver tanto heroísmo gritó á Prat desde su torre: «Capitán, ríndase; ha hecho usted más de lo que exige el honor; queremos salvar la vida de esos valientes.»

El valeroso Prat respondió inmediatamente: «Los chilenos no se rinden».

La Esmeralda, acribillada, enrojecida de sangre y llena de averías, apenas se sostenía sobre el agua. El contralmirante don Miguel Grau, perdida toda esperanza de que Prat se rindiera, quiso acabar de una vez echando á pique la vieja nave chilena con el espolón del Huáscar.

Al chocar ambos buques, saltó Prat desde el suyo al puente del peruano, siguiéndole un bizarro marinero. Allí perecieron ambos lidiando como leones.

Da el monitor un segundo espolonazo, y al choque lo abordan (tan heroicamente como antes lo hizo Prat) el teniente Serrano y algunos marineros. Todos sucumbieron peleando sobre el buque enemigo. Fué un abordaje heroico.

Al mismo tiempo se hundía la vieja Esmeralda en los hondos abismos del Océano, llevándose consigo los cuerpos mutilados de muchos combatientes, el respeto de sus enemigos y la admiración de todo el mundo.

Ya estaba anegado el buque y la pólvora mojada, cuando el teniente Riquelme disparó el último cañonazo de aquel memorable día. Último saludo á su bandera, último adiós á la patria, coreado por las voces de los marineros que ya sumergidos en las olas alzaban sus cabezas gritando en su último aliento: ¡viva Chile!

La bandera fué lo último que desapareció de la Esmeralda.

Algunos marinos de la Esmeralda que sobrevivieron al combate, fueron recogidos por el Huáscar antes que fueran tragados por las olas; pero muchos de aquellos tripulantes se ahogaron sin que los vencedores lograran socorrerlos.

El caballeresco vencedor, contralmirante Grau, se mostró digno de su victoria honrando á los vencidos.

Don Miguel Grau y don Arturo Prat eran dos héroes de la misma talla y dignos uno de otro. El azar del nacimiento les dió distintas patrias, pero no desiguales sentimientos. Animábalos el mismo espíritu, pertenecían á la misma raza, combatieron el uno contra el otro en las aguas del Pacífico, y en el Pacífico tuvieron ambos gloriosa sepultura.