La joven poetisa tuvo la desgracia de perder su novio, muerto poco antes de la fecha fijada para el casamiento; murieron también sus padres y su tío, y entonces distribuyó su fortuna entre los pobres de Méjico y se hizo monja.
En el convento de San Jerónimo, donde tomó el velo y profesó, fué querida y respetada por sus modestas virtudes y por su gran saber.
La fama de sus méritos y de su sabiduría llegó á ser universal. Desde la pobre india hasta el altivo virrey; desde el arzobispo de la diócesis hasta el personaje más desconocido, se acercaban á ella para consultarla sobre casos graves particulares ó públicos. No obstante su apego al estudio y á la soledad, bajaba muchas veces al locutorio á fin de conferenciar con los que querían hablar con ella.
Dos veces fué nombrada abadesa y ambas veces renunció. Sus compañeras la elegían por unanimidad; con todo, no admitía. Su renuncia no se fundaba en lo espinoso del cargo, pues más lo hubiera sido para cualquiera otra, sino en su modestia y en su sencillez.
Falleció en su convento el día 22 de enero de 1695. Sus obras se publicaron en un tomo, con el título de Poesías de la madre Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1670); figuran también en la Biblioteca de autores españoles, editada por Rivadeneira, tomo XLII (Madrid, 1853). Ugalde y Parra, en su Origen del teatro español, cita á sor Juana como autora de comedias.
La cierto es que sobresalió bastante en la poesía lírica, habiendo cultivado todos ó casi todos los géneros. Compuso magníficos sonetos, sextillas primorosas y redondillas tan acabadas como las citadas más arriba; pero pecó de gongorismo (fruta del tiempo) en algunas ocasiones.
Méjico, país tan fecundo en poetas admirables, no ha producido hasta hoy una poetisa tan notable como la célebre monja.
HÁMILTON
Repetiremos aquí lo que hemos dicho en el prólogo: en esta Galería de americanos ilustres no necesitamos incluír á Wáshington, que llena el universo con su nombre; ni á Bolívar, que fundó la libertad en la América española; ni á Lincoln, redentor de los esclavos; ni á Benito Juárez, salvador de Méjico. Esas grandes figuras son conocidas y celebradas en América y en todo el mundo y no tienen necesidad de biógrafos, de historiadores ni de panegiristas. Lo que nos proponemos es dar á conocer la vida de otros hombres igualmente insignes, pero menos brillantes; figuras que la juventud americana debe conocer y respetar, estudiando sus ejemplos y no olvidando sus nombres.
Una de esas figuras es la del ilustre Hámilton, modelo de ciudadanos, ejemplo de patriotas y dechado de virtudes cívicas.
Alejandro Hámilton nació en 1757. Su padre era un escocés establecido en las colonias inglesas y casado allí con una antillana de origen francés.
La colonia inglesa donde nació el que tanto había de contribuir á emancipar colonias, sigue sometida al yugo inglés. Porque Hámilton vino á la vida en una de las Antillas menores, en la de Nevis, donde vivió hasta la temprana muerte de su madre.
Á los once años de edad fué enviado el niño Hámilton á la isla de Santa Cruz, para ser colocado como último dependiente en un establecimiento mercantil. Compartía sus ásperas faenas con el estudio, distinguiéndose por su aplicación y por su afán de saber. Sus cualidades llamaron la atención, y sus parientes le llevaron á un colegio de Nueva York cuando tenía quince años.
Antes de su salida del colegio empezó á mezclarse, como toda la juventud de entonces, en la agitación precursora de la independencia americana.
El primer Congreso de la revolución, celebrado en 1771, dió ocasión á multitud de hojas, folletos y otros escritos anónimos, entre todos los cuales llamó la atención pública uno que las gentes atribuyeron á Jay, que era un jefe de partido. Su autor, sin embargo, no era otro que Hámilton, joven desconocido, político ignorado, pero pensador discreto aunque sólo tenía dieciséis años. De gallarda manera hacía sus primeras armas como escritor público nuestro joven revolucionario el colegial isleño.
En 1775 recibía la causa de la Independencia su bautismo de sangre, y entonces fué cuando nuestro hombre, por no decir nuestro niño, organizó una compañía de colegiales con el nombre de Corazones de roble. «Libertad ó muerte», fué el lema que los Corazones de roble tomaron por divisa.
De improvisado jefe de escolares ascendió á capitán efectivo en 1776. Mandando una compañía provincial llamó la atención de generales como Wáshington y Lafayette.
Traduzcamos aquí lo que ha dicho uno de sus biógrafos:
«Habiéndose distinguido en la retirada de Long-Island, en Trenton y en Princeton, Wáshington le tomó como ayudante de campo con el grado de coronel, no tardando en ser el confidente del gran hombre de los Estados Unidos, de quien recibió siempre las más afectuosas muestras de aprecio.
»Sirvió, pues, brillantemente en la guerra de la Independencia, siendo el lazo de unión entre el improvisado ejército del país y el ejército francés, gracias á que poseía los idiomas de ambos y la confianza de Lafayette y Wáshington.
»Cuatro años después de proclamada la Independencia de los Estados Unidos, habiendo tenido un pequeño disgusto Wáshington y Hámilton, este último abandonó las armas para abrazar la carrera de abogado en Nueva-York, pues aunque casado con la hija del general Schuyler, veíase obligado á buscar nuevo modo de ganar la subsistencia.
»Tenemos ya al hombre en la plenitud de la vida, cambiado de carrera, enérgico como siempre, y siempre deseoso de ser útil á su patria y á la libertad. Á los dos años de residir en Nueva-York y de adquirir gran reputación se le mandó al Congreso.
»Los Estados Unidos pasaban entonces por una situación difícil. El ejército, durante la campaña de la Independencia, no recibió sus pagas; los oficiales estaban empeñados; la paz no estaba aún consolidada, y era de temer por todas estas causas una guerra civil.
»Hámilton en el Congreso defendió á sus antiguos compañeros de armas, y para que no se le creyera interesado, declaró antes que renunciaba todo cuanto á él correspondiera, pidiendo que fueran reconocidos los derechos de los oficiales. El Congreso, estando exhausta de fondos la Hacienda, desoyó á Hámilton, y sólo cuando el conflicto se hubo presentado decidióse á ser justo.
»Pero entonces presentó la cuestión otro cariz. Se reconocía la deuda que la nación tenía con los militares, mas no había modo de satisfacerla. La República estaba en vísperas de una bancarrota. El Congreso carecía de medios y datos para resolver la situación, pero en su seno contaba un Hámilton que, así como supo conquistar un puesto en el ejército y luego se improvisó abogado, improvisóse también hacendista. Con asombrosa facilidad dominó al punto la cuestión, ilustrando al Congreso y proponiéndole consolidar todas los deudas, tomando á cargo de la Confederación la deuda militar y las deudas de los Estados, creando la unidad financiera. Propuso, además, el establecimiento de aduanas en la costas de Norte-América, medida que se tomó con carácter de provisional, pero que ha subsistido.
»Fué Hámilton el verdadero iniciador, con Mádison, de la célebre Convención de Annapolis, que produjo tantos beneficios. Redactó el dictamen de dicha convención, dirigido al pueblo norte-americano, aconsejando que se reuniera otra Convención en Filadelfia para corregir los defectos y llenar las deficiencias de la Confederación. Proponía que la Constitución, después de redactada, fuera sometida á discusión popular.
»La Constitución se hizo en Filadelfia, mas no satisfacía por completo á sus autores. Sin embargo, todos reconocían la necesidad de adoptarla. Aquellos hombres tuvieron la abnegación de sacrificar una parte de sus convicciones, en aras del interés común, pero Hámilton descolló sobremanera. Tomó á su cargo hacer aceptar aquella Constitución á trece diversos Estados, que la discutieron trece veces, aprobándola, siendo preciso para llegar á tal resultado aunar intereses opuestos, acallar celos y rivalidades, para lo cual valióse siempre de armas de buena ley.
»No había bastante con esto, y Hámilton se unió á Mádison y á Jay, que representaban los distintos matices políticos, pero que estaban convencidos de que la Constitución aquella significaba la salvación del país. Los tres decidieron la publicación de una serie de artículos sobre la Constitución, cuyo trabajo se considera aun hoy día como sus mejores comentarios, y se hallan reunidos en abultado volumen bajo el título de The Federalist. Ochenta y cinco números aparecieron de esta serie, de los cuales redactó Hámilton cincuenta y uno, pero yendo todos firmados bajo el pseudónimo Publius.
»El interés que despertó la publicación de El Federalista y la campaña de propaganda emprendida por Hámilton determinaron en favor de la Constitución á todos los Estados y á todos los ciudadanos. El Federalista, no en balde calificado de «Manual de la libertad», es una de las epopeyas más simpáticas llevadas á término en favor de una causa. Apareció el número 1.º ó introducción el 27 de octubre de 1787 y el último ó la conclusión, el 15 agosto de 1788, redactados uno y otro por Hámilton.
»Cuando Wáshington ocupó la presidencia de los Estados Unidos en 1789, llamó para formar gabinete á Jéfferson, jefe del partido democrático, que juzgaba escasa la independencia concedida á los Estados, y á Hámilton, que encontraba limitadas las concesiones hechas al poder central, y asoció á ambos los generales Knox y Jay.
»Hámilton desempeñó la cartera de Hacienda, donde por falta de dinero y sobra de deudas residía el gran problema de la naciente Confederación. En este caso el gran ciudadano pudo realizar sus proyectos; salvó á su país de la crítica situación financiera, levantando el crédito á gran altura, á pesar de todos los rutinarios, y aun hoy Hámilton continúa siendo el más importante entre todos los ministros de Hacienda que han conocido los Estados Unidos.
»Pidió retirarse del gabinete en 1795, contando 38 años, después de haber fundado el sistema financiero de su país. Un historiador dice al llegar á este punto: «Ministro de Hacienda y liquidador de una enorme deuda, había restablecido la fortuna del Norte América; pero se había olvidado de hacer la suya.»
«Volvió al seno de su familia y á ejercer la profesión de abogado, cuando ya el país no tenía necesidad de sus servicios; pero en 1796, con motivo de una discordia entre Francia y los Estados Unidos, originada en una torpeza del Directorio, la Confederación creyó necesario estar dispuesta para la guerra, á cuyo efecto el presidente Adams ofreció su mando á Wáshington, quien declaró que no aceptaría sino á condición de que Hámilton fuese nombrado inspector general, como así fué, siendo él quien organizó aquel ejército, de cuyo mando se encargó á la muerte de Wáshington, pero no habiendo pasado á vías de hecho las enemistades de Francia con los Estados Unidos, Hámilton volvió á la vida privada en 1801, de la que no volvió á salir.
»Sin embargo continuaba interesándose por la cosa pública, y como hubiera expresado el concepto de «hombre peligroso» que le merecía el vice presidente de los Estados Unidos, coronel Aaron Burr, que se presentaba candidato para ser gobernador del Estado de New-York, éste ofendido, le retó.
»Teniendo Hámilton justo criterio sobre el desafío, no hubiera aceptado si no temiera la pérdida de toda su influencia. Recordaba que tenía esposa, hijos y deudos; que necesitaba vivir para los demás, pero como estaba decidido y no temía el duelo, aceptó declarando ante sus amigos que dejaría tirar dos veces á su adversario y que si le llegaba el turno él no tiraría.
»El 11 de julio de 1804 realizóse el duelo en Nueva-Jersey y habiendo tirado Burr el primero, hirió á Hámilton en el costado derecho, pasando la bala á través de las vértebras. Él mismo reconoció al momento que la herida era mortal.
»El día siguiente á las dos moría después de haberse despedido de su esposa é hijos; cuando se los llevaron cerró los ojos para no verles partir.
»Tales son los principales rasgos de la vida del gran hombre que tanto contribuyó á la obra de la Independencia del Norte América y á la consolidación de tal empresa.»
Si la muerte innecesaria de un hombre es siempre dolorosa, ¡cuánto más sensible es la de un ser útil, grande, bueno como Hámilton! Por no herir á su adversario, iba dispuesto á dejarse matar. Y su adversario no era más que un ente repugnante, que procuró después á su país terrible é inútiles complicaciones, como se verá en el siguiente capítulo.
AARON BURR
Este militar americano se improvisó como otros muchos en la guerra de la Independencia. Su primera profesión fué la de abogado; pero á poco de terminar sus estudios ingresó en el ejército revolucionario que se formaba entonces para combatir á los ingleses. Era popular en el ejército, no sólo por su bravura, sino también por el fogoso entusiasmo que le inspiraba la causa de la emancipación.
Sus servicios militares, debidamente apreciados por sus jefes, le valieron ascensos repetidos. En 1778 era ya teniente coronel; pero poco después abandonó el servicio militar sin que se conozca la verdadera causa. Sus biógrafos dicen que se había quebrantado gravemente su salud y que no podía soportar las fatigas de la guerra; pero en su tiempo se decía otra cosa: que estaba descontento por no haber obtenido un puesto que ambicionaba. Esta hipótesis es verosímil, pues Burr era ambicioso, díscolo, descontentadizo é insubordinado. Creemos, pues, que algún desaire sufrido, alguna pretensión no satisfecha ó algún deseo burlado, le impulsaron á romper su espada y abandonar las filas.
Se estableció Burr en Albany, dedicándose otra vez á ejercer la abogacía; pero se agitaba mucho como político ambicioso y hombre audaz que era, gustando más de perorar en público y de gritar en los clubs que de defender á sus clientes en los tribunales de justicia. Tal vez por eso mismo fué nombrado senador, distinguiéndose en el Senado por su actividad é inteligencia. Antes de tomar asiento en el Senado de los Estados Unidos, fué una temporada procurador general de Nueva York.
Los dos partidos, republicano y demócrata, luchaban entonces como ahora y se combatían con saña. Burr era uno de los jefes más visibles del partido republicano, y como tal figuró en 1800 en la lucha presidencial. Los dos candidatos más favorecidos fueron Burr y Jéfferson, que obtuvieron igual número de votos. El empate debía ser resuelto por el Congreso y éste designó á Jéfferson para presidente de los Estados Unidos, á Burr para vicepresidente.
Siendo vicepresidente de la República fué presentada su candidatura para gobernador de Nueva York, cargo que anhelaba el ex coronel Burr, que siempre ambicionaba alguna cosa y no tenía bastante con ninguna.
Muy combatida fué la candidatura del vicepresidente para gobernador, y uno de los que más la combatieron fué el célebre Hámilton, político severo y ciudadano virtuoso. La elección no fué favorable á Burr, quien despechado por su derrota y juzgándose ofendido por uno de los escritos de Hámilton, le mandó sus testigos.
Alejandro Hámilton no pudo ó no quiso negar á su adversario la reparación que le pedía y se batió con él.
En Nueva Jersey tuvo lugar el encuentro, que fué á pistola, y allí cayó mortalmente herido el valeroso Hámilton, en el mismo sitio donde su hijo mayor había perecido en otro lance no hacía muchos meses.
La muerte de Hámilton fué desastrosa para Burr, que perdió las simpatías de sus mismos partidarios y no fué reelegido.
Burr se despidió del Senado con un discurso elocuente; pero su actividad no le consentía permanecer ocioso y emprendió un largo viaje á las despobladas regiones del Oeste. Conocidos como eran su ambición y su carácter, el viaje de Burr dió pasto abundante á la murmuración. Pero la verdad es que entonces fué calumniado por los que supusieron que intentaba separar los Estados del Oeste, y por lo que llegaron á insultarle llamándole emperador ó rey del Misisipí.
Lo que Burr se proponía era conquistar el virreinato de Méjico, expulsar de allí á los españoles y agregar nuevos Estados á la Confederación. Y puede ser que eso mismo no lo pensara seriamente, pues dado su talento no podía desconocer que la empresa era difícil. Creemos que sus planes de conquista eran totalmente simulados y sin más objeto que recobrar la popularidad que había perdido. Porque, en efecto, una parte del pueblo de los Estados Unidos tiene la manía del engrandecimiento, sueña constantemente en anexiones y aspira á la posesión de todo el continente americano. Cada nuevo Estado que se crea ó que ingresa en la Federación, supone una estrella más en la bandera de los Estados Unidos. Trece eran las estrellas del pabellón americano á raíz de la independencia y son ya más de cuarenta. Los partidarios de la conquista ó de la anexión de toda América dicen que su pabellón irá aumentando el número de estrellitas, hasta que anexado todo el Nuevo Mundo luzca el pabellón americano la estrella salvadora, única, grande, que llaman ellos «estrella americana» ó «estrella del destino». Estas ilusiones son hijas de una interpretación aventurada y falsa de la llamada «doctrina de Monroe».
La idea de Burr era popular en los Estados Unidos, que ya hoy poseen una parte muy considerable de lo que fué en otro tiempo territorio mejicano. Pero no es fácil destruír una República tan valerosa como la de Méjico; no se destruye una gloriosa nacionalidad que tiene historia ilustre y vida propia; no ha de conquistar toda la América, desde el círculo polar al cabo de Hornos, ese coloso que con todas sus grandezas aún no ha vencido á los apaches.
Pero volvamos á Burr.
Sus manejos en la frontera de Méjico le valieron una acusación: la de atentar á la seguridad y los derechos de un país amigo. Las reclamaciones del gobierno de España dieron lugar á un proceso contra Burr, que fué reducido á prisión en 1807.
Burr se defendió á sí mismo con mucha habilidad, logrando convencer al tribunal de que no había organizado expedición alguna. Fué declarado inocente, se le puso en libertad y volvió á ejercer su profesión de abogado.
Este hombre que tanto había figurado murió en la obscuridad en 1836.
Había nacido en Newark en 1757.
O'HIGGINS
Nació este chileno ilustre en el pueblo de Chillán el 26 de agosto de 1776. Era hijo de un militar español de origen irlandés y de una ilustre dama de Chillán, doña Isabel Riquelme. En la época de su nacimiento era su padre teniente coronel; más tarde fué capitán general de Chile y virrey de Perú.
Se comprende que el joven don Bernardo O'Higgins había de recibir una educación muy esmerada, y así sucedió en efecto. Aprendió las primeras letras en Chillán, la segunda enseñanza en Santiago y en Lima, y completó sus estudios en Europa.
Al regresar á Chile era ya partidario de la independencia, habiendo contraído compromisos con algunos compatriotas que vivían en Cádiz preparando el movimiento que se presentía. La juventud ilustrada de aquel tiempo, no sólo en América, sino en la misma España, creía cercana la emancipación y trabajaba por ella.
No es extraño, pues, que O'Higgins tomara parte desde que llegó en el movimiento separatista que se había iniciado. Como coronel de las milicias de Laja se batió con bravura al ser atacado Chile por el general Pareja; fué herido en la acción del Roble; reemplazó más tarde al general Carrera en el mando del ejército patriota. Sus rápidos ascensos despertaron celos y rivalidades y le valieron la ojeriza del general Carrera; mas éste reconoció, como todos sus compañeros de armas, que el general O'Higgins era acreedor á todas las distinciones que se le concedían, pues las justificaba con su valor y con su intrepidez.
Cuando el general Osorio con 5,000 soldados marchaba sobre Santiago, donde residía la Junta, O'Higgins se defendió en Rancagua con la vanguardia chilena sosteniendo una lucha de treinta y seis horas y deteniendo la marcha de los españoles en una villa abierta. El día 1.º de octubre 1814, los defensores de Rancagua mandados por O'Higgins se abrieron paso cargando á la bayoneta, salvando sus banderas y evitando una rendición que parecía inevitable.
Después de Rancagua, dispersas y diezmadas las fuerzas de los patriotas, emigraron muchos de éstos buscando un refugio al otro lado de los Andes. O'Higgins se refugió también en la vecina República, donde era considerado como jefe de la emigración. Con tal título se asoció á la empresa del general San Martín. Los chilenos mandados por O'Higgins formaron parte de la expedición que pasó á Chile en 1817. Aquella marcha de un ejército bisoño á través de la cordillera andina, aquella invasión de Chile ideada por San Martín y ejecutada con éxito, constituye una de las páginas más gloriosas de la independencia y uno de los hechos más admirables de la historia militar del mundo.
Los invasores de Chile batieron en Chacabuco al ejército español, contribuyendo eficazmente á la victoria una carga briosa del general O'Higgins.
Tomada poco después la capital de Chile, fué elegido el general chileno, Director supremo del Estado. San Martín se dirigió al Perú, quedando O'Higgins en Santiago. La dirección de O'Higgins duró desde febrero de 1817 hasta enero de 1823.
La escuadra chilena fué creada en tiempo del general O'Higgins; habiendo comprendido el Director supremo que Chile necesitaba una escuadra poderosa, para conquistar su independencia primero, para defenderla más tarde, para salvaguardia de sus costas, de sus intereses y de su pabellón en todos los sucesos y en las épocas todas de su vida, organizó las primeras fuerzas navales que tuvo la América española después de emanciparse. La escuadra chilena se cubrió de gloria en las aguas del Pacífico, haciendo sus primeras armas contra fuerzas navales superiores y recibiendo el bautismo de sangre ante las fortalezas del Callao, defendidas por los españoles con poderosa y brava artillería.
Al hablar de artillería potente y de naves poderosas, las consideramos con relación á su tiempo. No entendemos confundir las escuadrillas de vela ni los cañones lisos que se usaban entonces, con los acorazados que hoy existen ni con sus bocas de fuego.
Desde entonces ha progresado la marina chilena, al compás de las de otros países y al nivel de los más adelantados. Sus vasos náuticos, si no todavía tan numerosos como lo exigen las necesidades de una nación marítima, son buenos en general, bien artillados, bien tripulados y bien gobernados siempre. Los marinos chilenos han conservado su reputación de inteligentes y bravos, mereciendo que su país eleve un monumento en honra suya. Aunque la patria chilena no debiera más al general O'Higgins, la creación de la escuadra sería para él un título de gloria.
Terminó el gobierno del general O'Higgins, por renuncia que pronunció bajo la presión del pueblo; no cedió por debilidad, sino por convencimiento. Había pasado el tiempo de las direcciones incondicionales y de la dictaduras indiscutibles, y el jefe del Estado renunció su poder personal en manos de una Junta revolucionaria.
La enconada oposición que en Santiago y otras poblaciones hacían los patriotas al general O'Higgins durante los últimos meses de su mando, se dirigía al director supremo, al político poco afortunado, al estadista que parecía no estar á la altura de la situación; de ningún modo ni por un momento se le perdió el respeto debido al héroe de Rancagua ni se olvidó la consideración que el hombre merecía por sus servicios y por sus virtudes. No bien se desprendió del poder, cuando fué vitoreado por las mismas turbas populares que le habían exigido su renuncia. Contraste que honra tanto al general O'Higgins como al pueblo que le derribaba sin ingratitud y sin rencor.
Con la caída de O'Higgins terminó el período de gobierno militar, abriéndose nueva era para la joven República. Esta ha navegado por el derrotero de la Libertad y con rumbo al puerto de la Democracia, con más lentitud que otras, pero con más firmeza. No importa marchar despacio si se anda con paso firme, y Chile se ha desprendido ya ó se va desprendiendo poco á poco de las trabas rutinarias, de las usanzas pueriles, de las prácticas añejas de un fanatismo rancio, de las preocupaciones aristocráticas más ó menos peligrosas, que no han sido sino herencias de la época colonial, de la España del absolutismo y de la Inquisición.
O'Higgins comprendió que su presencia en Chile, después de haber ejercido tanto tiempo la suprema autoridad, podría ser motivo de disturbios si se tomaba su nombre por bandera de partido. Por eso emigró al Perú, á fin de no dar pretexto á las facciones para servirse de su presencia en perjuicio de la concordia y de la paz.
Murió en el mes de octubre de 1842; pero sus cenizas fueron trasladadas á Santiago de Chile, desde Lima donde reposaban, algunos años después de su fallecimiento.
Más tarde se le ha erigido por sus compatriotas un bello monumento conmemorativo: la estatua ecuestre del héroe de Rancagua.
MÁDISON
En la constelación de hombres ilustres, dignos de Plutarco, que apareció en los Estados Unidos con motivo de la guerra de la independencia; entre los varones más preclaros que contribuyeron á fundar la federación modelo; entre las figuras que honran á América y á la especie humana, se cuenta Mádison, compatriota de Wáshington, pues nació como él en un rincón de Virginia (1751.)
Era Jacobo Mádison de constitución tan débil y enfermiza, que sus padres no pudieron dedicarle como hubieran deseado á las faenas de la agricultura. Le enviaron á un colegio muy acreditado de Nueva Jersey, donde pronto se distinguió por su aplicación y su capacidad. En 1772 se graduó de abogado y regresó á Virginia.
En 1776 fué elegido por sus conciudadanos para formar parte de la Convención de Virginia, y en 1780 fué enviado al Congreso continental siendo en él uno de los más distinguidos diputados.
En todas las legislaturas subsiguientes figuró en el partido democrático y pronunció discursos elocuentes. Se le debe la «Declaración de la libertad religiosa», documento que defendió con singular talento y le valió una inmensa popularidad. Desde aquella fecha no hay religión oficial en los Estados Unidos, siendo allí una realidad la libertad de cultos.
El Estado de Virginia le eligió su representante en la Convención extraordinaria encargada de proponer una Constitución y fundar un gobierno nacional. Hombre de opiniones avanzadas, á Mádison se debe en gran parte el espíritu eminentemente democrático que informa algunos artículos de aquel Código inmortal. Á él se deben también las detalladas reseñas de las sesiones de aquella asamblea, trabajo acabadísimo que el Congreso de la Unión compró después de su muerte por 30,000 duros.
Promulgada la Constitución, Mádison fué uno de sus más decididos defensores. Sus notables artículos de El Federalista, periódico que publicaba en unión de Hámilton y de Juan Fay, y sus elocuentes discursos en la legislatura de Virginia, contribuyeron en alto grado á la sanción favorable que mereció de todos los Estados de Unión el pacto fundamental de su prosperidad é independencia.
Constituído el nuevo gobierno, Mádison tomó asiento en el Congreso de 1789, donde por su facilidad en el decir, y por la fuerza de su lógica, alcanzó gran ascendiente en todas las discusiones.
En 1801, Jéfferson fué elegido presidente y nombró secretario de Estado á Mádison, cargo el más importante de la administración de aquella República, y que desempeñó por espacio de ocho años. Durante aquel período se suscitaron graves y difíciles cuestiones, así interiores como internacionales, y en ninguna de ellas dejó el secretario de Estado de presentar á las Cámaras informes notables por su claridad y fuerza de argumentación. Partidario decidido de la política de neutralidad iniciada por Wáshington, dedicó todo su talento y energía á evitar la guerra con Inglaterra, guerra que estalló más tarde muy á su pesar, gracias á la desatentada conducta que con su antigua colonia observaba aquella arrogante nación marítima.
Terminada la presidencia de Jéfferson, que duró ocho años, fué elegido Mádison para sustituírle en 1809.
En circunstancias críticas se hizo cargo del poder. Inglaterra, so pretexto del bloqueo continental establecido por su rival el emperador Napoleón, apresaba los buques americanos, embargaba sus cargamentos y hacía prisioneros á sus tripulantes á quienes consideraba por el derecho de la fuerza como á súbditos ingleses; y las tribus indias que poblaban las fronteras del Oeste, impulsadas por agentes británicos, invadían y asolaban continuamente los Estados de la Unión limítrofes á aquellos territorios. Esto produjo una serie de notas y reclamaciones, de las que ningún caso hizo la orgullosa dominadora de los mares.
El hecho inaudito de haber sido contestada á cañonazos por una fragata inglesa la petición de auxilio de un buque americano durante la noche, exasperó de tal manera los ánimos, que el mismo Mádison, tan enemigo de la guerra, se vió precisado á pedir al Congreso la adopción de medidas de represión, y éste, el Senado y el Gobierno, votaron la guerra por una gran mayoría.
No estaban los Estados Unidos en situación muy favorable para tal empresa; su ejército y su marina eran reducidísimos, y su tesoro estaba casi exhausto. No obstante, Mádison comunicó la mayor actividad á todos los departamentos militares, y logró poner en pie de defensa el vasto territorio de aquella República, gracias á la actividad de su ministro ó secretario de guerra, general Monroe, á quien dedicaremos un capítulo.
Dos años duraron las hostilidades por mar y tierra sin resultado decisivo por una y otra parte, hasta que el almirante inglés Cockburn, que había ya amenazado atacar á Wáshington, después de haber sembrado la devastación y la ruina en varios puntos, se presentó de improviso delante de la ciudad amenazada, derrotó las tropas americanas que acampaban en sus inmediaciones y entró triunfante en ella, acompañado del incendio y del más rapaz saqueo. El Capitolio, la biblioteca del Congreso, la Casa Blanca, las oficinas del Estado, y un sinnúmero de edificios particulares fueron reducidos á cenizas, y grandes, y valiosos obras de arte fueron completamente destruidas. Las pérdidas que sufrió la ciudad se elevaron á algunos millones de pesos.
La indignación que produjo este acontecimiento inflamó de tal manera el amor patrio de los americanos, que acudieron presurosos á atajar en su marcha triunfal al audaz invasor. Las milicias populares alcanzaron algunos muy señalados triunfos, y Mádison los aprovechó para lograr de Inglaterra el más ventajoso tratado de paz, que se firmó en la ciudad de Gante el 24 de diciembre de 1814.
Después de la guerra, la administración de Mádison continuó tranquila, sosegada y próspera. El presidente dedicó todo su empeño á restañar las heridas de la patria y reparar los desastres causados por la guerra. Reelegido presidente, se retiró á la vida privada en 1817 sin terminar el tiempo legal de su magistratura.
Se estableció en su hacienda de Virginia y en ella murió en 1836, á la edad de 85 años.
En los últimos años de su vida fué rector de la Universidad de Virginia, y tomó parte en las deliberaciones para reformar la Constitución del mismo Estado.
La memoria de Mádison es muy respetada en los Estados Unidos.
HEREDIA
En Santiago de Cuba y en 1803 nació el más grande, el más inspirado y uno de los mas célebres poetas de la América latina. Los ha habido más fecundos, los hubo también más fáciles, más correctos y más originales; pero ninguno le ha aventajado ni le aventaja hoy en espontáneo lirismo, en natural grandiosidad ni en sentida inspiración. Sobresale especialmente en el género descriptivo, que tan fácil parece y es en realidad el más difícil de todos. Nos referimos á José María de Heredia.
Á la temprana edad de diez años, ¡tanta precocidad apenas se concibe! escribió unos ensayos poéticos, de los que nada decimos por cuenta propia, pues no los hemos leído; pero en un Estudio sobre la literatura hispano-americana, publicado en 1854 por don Antonio Cánovas del Castillo en la Revista Española de Ambos Mundos, descubre el citado crítico en el infantil autor «el poder de su entendimiento, maravillosamente formado para edad tan temprana, inclinado al filosofismo tanto como á la poesía.»
Nuestro poeta conspiró por la independencia de su patria, viéndose obligado á emigrar de su adorada Cuba y á refugiarse en los Estados Unidos. Allí escribió sus más primorosos versos. Más tarde pasó á Méjico donde pidió y obtuvo la nacionalidad. En Méjico se casó, fué nombrado Senador y luego magistrado de la Suprema Corte de Justicia.
La primera edición de sus obras apareció en Toluca en 1825, la segunda en Méjico, la tercera en Barcelona (España). Después se han hecho otras muchas en Barcelona, Madrid, París, Nueva York, etc., como también numerosos juicios críticos en diversidad de lenguas.
El célebre Villemain[4], hablando del poeta José María de Heredia y de sus poesías, escribe lo siguiente:
«El niño que debía ilustrar el nombre de Heredia, era endeble y enfermizo; pero el vigor y la energía de su alma se imponen á su cuerpo. Estudiando las lenguas griega y latina, y los filósofos franceses, Homero y Raynal, bien pronto se siente poeta. Conducido á Caracas, donde su padre fué nombrado presidente de la Audiencia Real, respirando el aire de la primera república proclamada en Venezuela, no sueña más que volar al combate y empuñar la trompa de Tirteo. Con esta esperanza vuelve á Cuba en 1824, y trata inútilmente de conjurar á sus compatriotas: y perseguido por el Gobierno español, se ve precisado á marchar á la América del Norte, donde encuentra triunfante toda la libertad que había soñado.»
Hasta aquí Heredia no había hablado en sus cantos más que de los sufrimientos morales de su vida sin gloria y sin amor. Visita la catarata del Niágara y entonces muestra todo el poder de su genio y exclama:
Un crítico español, D. Emilio Martín, escribe:
«Cierto es que en esta poesía no hay, como dice Villemain, la belleza severa del gran lírico de la antigüedad. En presencia del Etna y en la descripción de los fenómenos del mar de Sicilia, Píndaro, no se acuerda de sí, no mezcla á los terrores de la naturaleza su personalidad ni se queja de su vida sin amor y sin gloria. Heredia, por el contrario, ve la catarata, se asombra, la mide con las fuerzas de su espíritu, y, creyéndose digno de ella, canta su belleza, describe su grandor, encuentra semejanza entre el torrente que se desborda y los siglos que se atropellan; lamenta su juventud y se acuerda de su patria; llora su triste abandono y piensa en Dios, fuente de todo lo bello. ¿Qué más puede pedírsele á un poeta? Nosotros hallamos en esta composición de Heredia una discreta distribución de partes y una lógica de sentimientos que nos encanta. La naturaleza, su juventud, la patria, la inmortalidad y Dios. He aquí su pensamiento.»
Copiemos ahora un fragmento de su poesía La Tempestad: