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Filosofía Americana: Ensayos

Chapter 25: SUMARIO
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About This Book

Una serie de ensayos examina las distintas acepciones de la libertad y del determinismo, distingue libertad empírica (ausencia de coacción externa) y dominio de sí, y analiza cómo las causas hereditarias, sociales y psicológicas condicionan la acción humana sin anular la posibilidad de una libertad práctica. Aborda la confusión entre determinismo y fatalismo, la relación entre propiedad, poder y autonomía, la noción de voluntad coordinadora y la libertad virtual, así como el determinismo social y el fundamento de la responsabilidad. Propone que la responsabilidad relativa, educable y derivada de la convivencia, es compatible con el determinismo y suficiente para sostener la vida moral y social.

Los males existentes son grandes y serios, y comparados con ellos los crímenes, ya declarados tales, que pudieran cometerse si no hubiera gobiernos, serían futilezas. Todas las desgracias que resultan del trabajo mal pagado, del exceso de labor, de las fuerzas perdidas, de las malas condiciones de vida, de las muertes prematuras, etc., sobrepasan en importancia y en consecuencia en un solo año a todos los crímenes juntos de una centuria. Este vasto teatro de males se considera por los individualistas fuera de la acción de los gobiernos, al mismo tiempo que se pone en acción un estruendoso esfuerzo para reducir a prisión y castigar al perpetrador del más insignificante de los crímenes catalogados en los códigos.

Los gobiernos primitivos, cuando sólo imperaba la fuerza bruta, eran bastante fuertes para asegurar una justa y equitativa repartición de las riquezas. Hoy día, en que la fuerza mental lo puede todo y la fuerza física vale relativamente poco, están desarmados para intervenir de esa manera. Esto prueba únicamente que debe ser robustecida esa esencial facultad del gobierno de proteger a la sociedad. Es enteramente ilógico el afirmar que la ambición y el egoísmo que buscan su satisfacción por medio del abuso de la fuerza física, deben ser prohibidos mientras que la misma satisfacción que se busca por medio de la fuerza mental o de la ficción legal deba ser permitida. Es absurdo reclamar que la injusticia cometida por los músculos sea impedida y que la cometida por el cerebro goce de toda libertad.

¿Dónde está el remedio para estos males? ¿Cómo podrá libertarse la sociedad de esta última conquista de la autoridad efectuada por el intelecto egoísta? Ha impedido el abuso de la fuerza bruta por medio del establecimiento del gobierno; ha suplantado a las autocracias por las aristocracias y a estas por las democracias, y ahora se encuentra ella misma en las redes de la plutocracia. ¿Escapará la sociedad de este peligro? ¿Necesitará, para conseguirlo, volver a confiarse a un autócrata o debe resignarse a ser aniquilada? Ni lo uno ni lo otro. Existe un poder y sólo uno que es más grande que el imperante en la sociedad. Ese poder es la sociedad misma. Hay una forma de gobierno que es más fuerte que la autocracia, la aristocracia y la democracia y aun que la plutocracia: es la sociocracia.

El individuo ha reinado ya bastante. Ha llegado para la sociedad el día en que le toca tomar en sus manos sus propios asuntos y dar forma a sus destinos. El individuo ha obrado lo mejor que ha podido y de la única manera que le era posible. No debe ser censurado. Aun más, debe ser alabado y aun imitado. La sociedad debe aprender de él la manera de tener éxito. Debe imaginarse ella que es un individuo con todos los intereses que le son propios, y perfectamente consciente de ellos debe proseguir su satisfacción con la misma indomable voluntad que han gastado los individuos.

La sociocracia será diferente de todos los gobiernos que se han imaginado; pero esta diferencia no será radical hasta el punto de requerir una revolución. La democracia es capaz aun sin cambiar de nombre, de convertirse suavemente en una sociocracia. Porque, aunque parezca paradojal, la democracia que es ahora la más débil de todas las formas de gobierno, puede llegar a convertirse en la más fuerte.

La sociocracia significa el gobierno de la sociedad entera y no el de partidos y banderías que mientras se hallan en el poder tienen al frente otros partidos y banderías que son sus enemigos y sólo aspiran a derrocarlos para hacer una vez en el poder poco más o menos lo mismo que sus predecesores censurados y derribados por ellos.

En el régimen sociocrático la legislación dejará de ser principalmente coercitiva y prohibitiva, como ahora, y pasará a ser atractiva, de igual manera que el trabajo, fundado en la necesidad de actividad que tiene el organismo humano, no será una condenación sino una bendición también atractiva.

X
CONCLUSIÓN

Hemos llegado al fin de nuestro análisis que no ha sido tan detallado como lo merecería la filosofía de Ward.

De carácter enteramente científico y positivo, levantada sobre una concepción del universo exclusivamente monista, esta filosofía lleva en sí doctrinas muy alentadoras. Cualesquiera que sean las ideas del que llegue a conocerla, debe inspirar respeto e invitar a la reflexión. No contempla la existencia ni con el ingenuo optimismo de los bienaventurados ni con el estéril pesimismo de los débiles y de los fracasados. Su divisa es el meliorismo, el mejoramiento del mundo por medio de la acción humana inteligente y gracias a una educación científica ampliamente difundida que haga que las ideas positivas que hoy inspiran la mente de unos pocos lleguen a ser posesión de la masa humana completa y procuren la existencia de un gobierno que sea la expresión de la conciencia social entera y liberte a las democracias actuales de las redes de la plutocracia.

Con tal fin preconiza sin duda nuestro autor la extensión de las funciones del Estado.

El desarrollo amplio de este punto requeriría muy lato examen. No ha sido ni es posible fijar de una manera definitiva cuál sea el límite de la acción del Estado. Algunas esferas de la actividad social han sido ya casi generalmente sustraídas a su influencia. Por ejemplo, ya nadie—queremos decir ninguna persona culta y estudiosa—piensa que los gobiernos puedan tener religión y al Estado se le concibe como una entidad laica. La historia, por otro lado, nos presenta curiosos y numerosos ejemplos de funciones que se han dejado en un principio exclusivamente a la iniciativa individual, y que cuando ha madurado para ellos la conciencia social y se ha formado en lo tocante a ellas una voluntad social clara, han pasado a ser funciones públicas. El castigo de los crímenes y delitos en contra de las personas, empezó por ser un asunto de carácter enteramente privado; lo mismo ha pasado con la instrucción y en menor grado con el ejército y la marina. Dentro de este tópico es sugestivo lo que ha ocurrido con los cuerpos de bomberos. En la antigua Roma eran muy frecuentes los incendios a causa del material con que estaban fabricadas las casas y la estrechez de las calles. Cuenta G. Ferrero en su obra Grandeza y decadencia de Roma, que al conocido hombre de negocios y millonario, contemporáneo de Julio César, M. Licinio Craso, se le ocurrió tener una bomba para apagar los incendios. Sus agentes, bien repartidos en la ciudad, le advertían con presteza cuando sobrevenía algún siniestro. Los bomberos de Craso acudían al sitio amagado; pero junto con ellos iba un empleado del financista que ofrecía a los propietarios de la casa amenazada por las llamas comprar el edificio a un bajo precio. Si aceptaba se apagaba el incendio y Craso había dado un nuevo golpe de fortuna, y si no, los empresarios privados dejaban que se destruyera una parte de la ciudad. En nuestro tiempo todo el mundo considera natural que los cuerpos de bomberos sean instituciones del Estado. Me imagino la sorpresa de algunos individualistas al reflexionar sobre aquel estado de cosas y me imagino más aún las protestas con que los individualistas de entonces habrían recibido cualquiera medida tendente a ponerle término a la explotación hecha por Craso.

A muchos las doctrinas del sabio norteamericano parecerán en su parte aplicada nada más que hermosos ensueños; pero son ensueños que en nuestro tiempo brotan por doquiera, merced al estudio, en toda mente que considera los problemas humanos con amor, calma, ilustración, elevación y profundidad de miras; brotan por la misma razón, sin el menor acuerdo previo, con rasgos notablemente semejantes en los sitios más lejanos y en personas que no tienen conocimiento unas de otras; son la superior florescencia del alma, que no respeta diferencias de climas ni de latitudes; surgen tanto en las faldas de los Alleghany como en las de los Andes y en las riberas del Báltico: Ward y H. Höffding, el sabio filósofo, profesor y rector de la Universidad de Copenhague, no se conocen, por lo menos no se citan en sus obras, y sus doctrinas son en alto grado análogas.

Decir que los ideales son palabrería vana y por este solo hecho condenarlos, es ignorar el proceso de toda creación genuínamente humana, es renunciar al distintivo específicamente racional. Hasta para ser práctico de una manera verdadera e inteligente se necesitan ideales. No ha habido una sola de las realidades, una sola de las cosas llevadas a cabo racionalmente por el hombre, y no inconsciente y automáticamente, que no haya empezado por ser de un modo necesario una idea, una concepción expresada por palabras, un ideal. Concebir ideales es concebir posibilidades que para convertirse en realidades esperan su oportunidad. Lo cual no quiere decir que convenga dar por cierto un ensueño antes de tiempo porque, aunque el ensueño en sí mismo sea bueno para impulsar a la acción, proceder así sería marchar a un fracaso seguro. Concebir la posibilidad de tener una comunicación expedita a través de los Andes en el invierno, es dar el primer paso para convertirla en un hecho; ir a practicar luego la travesía como si ese progreso ya se hubiese conquistado es exponerse a morir helado.

Una filosofía alentadora que nos impulsa a transformar la existencia por medio de la acción debe ser nuestra bienvenida. Debe ser nuestro evangelio una filosofía que nos da confianza en el progreso siempre que no nos durmamos. Son ilusiones de la proximidad el desconfiar amargamente de la época en que se vive. Los hombres juzgan a su tiempo como Gulliver a las mujeres de Brondignac: ven enormemente grandes los lunares y defectos y no pueden apreciar la belleza del conjunto.

La voz de esta filosofía me parece la de un hombre de estudio simbólico que no tiene ambiciones, que las ha sacrificado placentero al culto de la ciencia, con la cual ha contraído un matrimonio sublime, y que no aspira más que a dar calor y vida intensa a los más hermosos frutos del más bello desposorio humano, las verdades; que puede llamarse a sí mismo el condensador de las mil corrientes que han seguido las almas de los hombres y las almas de los pueblos desde los primitivos tiempos y que lleva en sí la luz que del choque de esas corrientes ha brotado para alumbrar el porvenir. Es una voz que nos enseña a contemplar la realidad en su plenitud inmensa; nos señala los millares de siglos que hay detrás de nosotros y los millares de siglos que habrá después de nosotros; nos indica cómo nos es dado admirar por un instante esta realidad grandiosa, que en las obras científicas que la interpretan y pintan adquiere proporciones épicas, nos impulsa a que ante el eterno todo y la eterna nada que nos espera, asumamos los caracteres de fraternales y solidarios cooperadores y perfeccionadores de la creación y no dejemos que nuestra existencia bastardee empequeñecida con temores infundados, atraída únicamente por el cosquilleo de los apetitos y tolerando que el engaño mutuo con gestos simiescos impere entre los hombres.

Es propio de los caracteres débiles el considerar las situaciones difíciles no como difíciles sino como irremediables y apresurarse a arrojar los ideales sino se puede medrar con ellos; y es un espejismo de la historia el imaginarse que ha habido épocas de héroes (me refiero a los héroes de la paz y del civismo) y épocas de sibaritas que han impuesto a los hombres un sello fatal e indeleble. No; siempre han debido los héroes del civismo pasar al lado de las faces indiferentes o escépticas de los sibaritas, y han debido, para cumplir con su misión, recordando lo que dice el Poeta en el prólogo de Fausto, de que «lo brillante existe momentáneamente y lo meritorio perdura en la posteridad», embotar en su valor moral los resplandores de falsa grandeza con que la vida ordinaria centellea.

Seamos capaces de librarnos de estos males del ánimo, distendamos nuestras facultades, apliquémoslas con desinterés o elevado criterio a la solución de nuestros problemas, guiados por la aspiración de servir al alma de nuestro pueblo y de nuestra juventud y de infundirles una conciencia más clara de sus derechos y deberes.

Si nuestra filosofía ha de ser de aliento y de nobles luchas, ha de tener también ilusiones. Las quimeras que impulsan a la acción elevada son salvadoras, moralizadoras. Para la masa enorme de nuestro pueblo ignorante que vive sumido en tradiciones contradictorias y prejuicios, nuestra filosofía es un anuncio redentor; para las damas es un aliado que se ha puesto al lado de ellas en la campaña emprendida con el fin de obtener el reconocimiento de sus derechos; y como una consecuencia necesaria que debe resultar de tomar las manifestaciones de la mente no a modo de diletantismo y pasatiempo, sino como sustancia misma de la vida, para los hombres y los jóvenes que sienten en sí el superior anhelo de gloria, el ímpetu sincero de hacer que haya más justicia, más progreso, más belleza, para estos, repite los ecos mejores de la tierra y les dice: «Vosotros no estáis solos. Hay hermanos vuestros no únicamente en la falda de los Alleghany, en las riberas del Báltico, en las orillas del Sena y del Spree, en las bellas campiñas de Italia y en las tristes llanuras de Castilla; no: en todas partes hay hermanos vuestros, almas delicadas, que suspiran noblemente por cosas mejores. Todos competís heroicamente para cumplir con la ley histórica de transformar y aumentar las fuerzas civilizadoras. Así como la Grecia, hija del Oriente, incrementó en sumo grado para bien de la humanidad, la herencia que recibiera de sus padres y convirtió en bronces y mármoles inmortales la arcilla y la madera de sus dioses, así también vosotros, pensadores del siglo xx, debéis aspirar a crear nuevas formas de vida, a hacer de las sociedades desordenadas que os han legado las generaciones pasadas, patrias conscientes y justas dentro de la solidaridad humana.»


EL PRAGMATISMO
o la Filosofía práctica de William James.

SUMARIO

I. — Origen del pragmatismo.—Mr. Charles Peirce.
II. — Juicio general.
III. — Caracteres lógicos y psicológicos del pragmatismo.—El concepto de verdad.
IV. — Crítica de esos principios.
V. — El pragmatismo y algunos problemas metafísicos.
VI. — El pragmatismo meliorista y voluntarista.
VII. — Últimas observaciones.

I

En materia de ideas y doctrinas también hay modas: algunas, efímeras, que resultan de un estado morboso de los espíritus; otras, que duran más tiempo aunque carecen igualmente de fundamento sólido y provienen sólo de la necesidad que tiene el hombre de cambiar de camino, y otras, por último, a las cuales puede más bien no sentarles el nombre de modas, y que son el fruto del señalamiento de una nueva senda, de la formación de alguna síntesis que viene a esclarecernos un poco los problemas de la vida.

Las doctrinas científicas estrictamente tales, han estado expuestas continuamente a esta alta y baja marea de la inconstancia y de la impaciencia humanas. Si la ciencia no ha satisfecho pronto todas las aspiraciones del hombre, éste se hace escéptico por algún tiempo para volver a la ciencia de nuevo, después de haber dado algunas manotadas en el vacío.

Un caso de escepticismo semejante ha podido verse por algún motivo en el pragmatismo y, por tal razón, los tradicionalistas, no entendiéndole por completo y no exprimiéndole todo el jugo y la sustancia que encierra, lo han recibido alborozados y lo han anunciado al mundo con los más alegres tañidos de sus campanas.

El pragmatismo está a la fecha de moda en el campo de la filosofía, y es de presumir y en parte (en cuanto rechaza todo dogmatismo) de esperar, que no sea una moda pasajera. Las revistas traen casi en todos sus números artículos y notas destinadas a su defensa o a su ataque, libros enteros se han consagrado a discutir sus concepciones y ha dado la materia para acaloradas controversias en los congresos filosóficos. Hasta un médico me decía, no ha mucho, que la última palabra en achaque de curaciones era la terapéutica pragmática.

El pragmatismo se ha levantado en contra del materialismo y de la ciencia, haciendo suyas arcaicas banderas, pues como lo dice su principal adalid, «el pragmatismo es un nuevo nombre para viejas maneras de pensar».

Su principal campeón es el eminente psicólogo de la Universidad de Harvard, Mr. William James, autor de los Principios de Psicología, de la Experiencia Religiosa y de muchos ensayos filosóficos.

He tomado como fuente para escribir este estudio, ocho conferencias, dadas por Mr. James en Boston y en Nueva York, en la Columbia University, en Diciembre de 1906 y en Enero de 1907 respectivamente, y publicadas después en un volumen con el título de Pragmatismo[13].

Este término se deriva del griego, significa acción, su raíz es la misma de donde han provenido nuestras voces «práctico» y «práctica». Fué introducida por primera vez en la filosofía por Mr. Charles Peirce en 1878, quien en un artículo publicado en el Popular Science Monthly, afirmaba que nuestras creencias son sólo reglas para la acción y que para comprender bien el sentido de una idea necesitamos sólo determinar qué clase de conducta será adecuada a producir. Esta conducta es para nosotros su único significado. Para alcanzar perfecta claridad en nuestros pensamientos respecto de un objeto, necesitamos considerar exclusivamente qué efectos producirá en la práctica dicho objeto, qué sensaciones debemos esperar de él y qué reacciones debemos preparar.

Estos son los principios pragmáticos de Mr. Peirce, que permanecieron completamente desconocidos durante veinte años, hasta que en 1898 empezó Mr. James a propagarlos.

«En esta fecha, dice nuestro autor, los tiempos parecían haber madurado para recibirlos. El término pragmatismo se ha extendido y ahora ocupa las páginas de todos los periódicos filosóficos.»

II

Las conferencias de nuestro autor dejan una impresión muy variada, y fuera de reconocer el admirable idealismo que campea en algunas de ellas y la sencillez de su lenguaje, no es fácil dar un juicio de conjunto sobre todas.

Conviene distinguir entre los principios mismos del pragmatismo y las consecuencias que el autor saca de ellos. Estas consecuencias nos han parecido a veces demasiado tradicionalistas, y aquí se encuentra la razón de que muchos dogmáticos lo hayan recibido en palmas, sin percatar que por otros lados encierra explosivos mortales para muchas preocupaciones existentes.

Dentro de los principios es menester distinguir una parte lógica y psicológica y otra metafísica y moral.

No hay escuela filosófica ni de ningún género que sea capaz de satisfacer por completo a otra persona que su propio fundador, y aun en este caso no son pocas las veces, me parece, en que el autor mismo critica sus obras o incurre en contradicciones manifiestas, lo que equivale a negar alguna parte de lo que ha dicho. Hasta los creyentes de fe más ardiente ensanchan de alguna manera las tiranteces de los dogmas, suavizan la severidad de algún mandamiento y modifican algo a su sabor y comodidad los sagrados cánones de su credo.

No es posible imaginarse que el pragmatismo haya nacido con más feliz estrella que los demás ensayos humanos de orden filosófico o religioso y resista el examen de los estudiosos, de los aficionados o de los curiosos, y salga sin mácula de esta dura prueba.

III

Veamos primero el lado lógico y psicológico de nuestra doctrina. Se presenta desde luego con caracteres un poco vagos, cuyo primer efecto es sorprender y extrañar al lector. Tomando en cuenta nada más que la pura creencia, no cabe negar que las ideas pragmáticas son inmejorables. El autor se concreta exclusivamente al campo subjetivo de la simple creencia y casi niega la posibilidad del saber objetivo. Él dice que niega la existencia de la verdad a la manera como la entienden los racionalistas, es decir, como una entidad exterior a nosotros, como un arquetipo, como una cosa objetiva, inmutable y eterna, respecto de la cual nuestra misión sea tratar de conocerla.

Tales afirmaciones hacen pensar en que cierto suave vapor de escepticismo mariposeara en la mente de nuestro filósofo; pero muchos párrafos de sus conferencias prueban que está muy lejos de ser un escéptico en el sentido corriente de este vocablo.

Con lo que dijimos de Mr. Peirce y su manera de entender los principios de la nueva escuela que él fundó, tenemos ya algunos caracteres de lo que es o debe entenderse por verdad.

En el curso de la obra de Mr. James se afirman estos mismos caracteres y se diseñan otros. Veamos algunos.

Todas las representaciones e imágenes y todos los sistemas filosóficos dependen para nuestro filósofo de los temperamentos de los pensadores. Probablemente en la mente del autor está el sostener que esta es una afirmación que tiene valor sólo para la mera creencia, pero él nada dice al respecto y su proposición se halla establecida sin distinciones.

«La historia de la filosofía es en una gran extensión la de cierto antagonismo de los temperamentos humanos. Aunque esta manera pueda parecer poco digna a alguno de mis colegas, tengo que tomar cuenta de este antagonismo y explicar por él un buen número de las divergencias de los filósofos. Es cierto que un filósofo de profesión trata ante todo de ocultar el hecho de su temperamento, porque éste no se halla reconocido convencionalmente como una fuerza dotada de razón, y funda sus conclusiones sólo en razones impersonales. Pero su temperamento tiene una influencia más fuerte que cualquiera de sus premisas más estrictamente objetivas. Él confía en su temperamento. Necesitando un universo que esté de acuerdo con él, cree en la representación del universo que esté de acuerdo con él.»

«Siente que los hombres de un temperamento opuesto al suyo se encuentran fuera de la clave del carácter del mundo y son incompetentes para ocuparse de asuntos filosóficos.»

Los distintos temperamentos dan lugar en filosofía a dos tendencias o escuelas principales: los racionalistas y los empíricos. Los primeros son los partidarios de los principios abstractos y eternos, y los segundos lo son de los hechos en toda su cruda y desordenada variedad. (Lover of facts in all their crude variety).

No se puede negar que esta clasificación es simple en demasía. Así lo reconoce también el autor.

No pasaremos más adelante sin decir que no es exacto colocar al empirismo como desprovisto de principios.

Las grandes leyes de la naturaleza son los principios del empirismo, dentro del cual la crudeza de los hechos no impide la formación de grandes síntesis, que tienen el mérito de no ser a priori, sino fundadas en la experiencia.

«Pero estas dos corrientes tienen el inconveniente de ser demasiado extremas; la una se aleja por completo de los hechos y queda muy en el aire; la otra carece de espíritu religioso, se pierde en la multiplicidad de los hechos y hace del hombre un juguete de fuerzas mecánicas inferiores.»

No estará de más también intercalar aquí, que dentro de las doctrinas deterministas, empíricas y científicas el hombre no es sólo un juguete sometido a las leyes naturales, sino que por medio del conocimiento de esas mismas leyes y formando ideales que son creaciones de su mente, puede a su vez ser un transformador de la naturaleza y de la sociedad. Evidentemente nuestro autor debe de referirse a un empirismo muy restringido.

Continúa Mr. James:

«Lo que ustedes necesitan es una filosofía que no sólo ejercite sus poderes de abstracción intelectual, sino que los mantenga también en conexión con este actual mundo de vidas humanas finitas. Ustedes necesitan un sistema que combine las dos cosas, la lealtad científica hacia los hechos, la disposición a tomar cuenta de ellos y el espíritu de adaptación por un lado, y por otro la antigua confianza en los valores humanos y en la espontaneidad que de ellos resulta. Y tal es su dilema: Ustedes encuentran ambas partes de su quaesitum separadas y sin esperanzas de unirse. Ustedes encuentran el empirismo del brazo con el inhumanismo y la irreligión, o la filosofía racionalista que puede llamarse a sí misma religiosa, pero que se mantiene fuera de toda relación definida con los hechos concretos, con las alegrías y las penas.»

Este modo de presentar al pragmatismo nos choca un poco. Según los pragmatistas, al estudiar un sistema filosófico no se debe preguntar uno si es verdadero o falso en sus líneas generales, sino si le conviene o no le conviene. El pragmatista les dice a sus neófitos: yo les recomiendo este sistema, no porque sea verdadero, sino porque es el que ustedes necesitan. De la verdad o error objetivo que él encierre no nos preocupamos. Es cierto que puede afirmarse que se habla de conveniencia, en cuanto conveniencia intelectual, es decir, como de un cuerpo de doctrinas dotado de consistencia intelectual y exento de contradicciones.

Por supuesto, Mr. James habla más adelante una vez de la consistencia intelectual; pero ahora se refiere más bien seguramente a la conveniencia entendida en un alto y total sentido humano.

Así continúa:

«Ofrezco esta cosa singularmente llamada pragmatismo como una filosofía que puede satisfacer ambas aspiraciones. Puede permanecer religiosa como el racionalismo, pero al mismo tiempo, de acuerdo con el empirismo, puede estar en el más fecundo contacto con los hechos.»

Fuera de afirmar esos principios que envuelven una negación de la verdad objetiva, y sobre lo que tendremos que volver en más de una ocasión, el pragmatismo es muy principalmente un método.

«El método pragmático es ante todo un método para fijar las cuestiones metafísicas que de otra manera podrían ser interminables. ¿Es el mundo uno o vario, determinado o libre, material o espiritual? Estas son nociones que pueden ser o no ser verdaderas respecto del mundo, y disputas sobre tales nociones no tienen fin. El método pragmático consiste en cada caso en tratar de interpretar una noción por las consecuencias prácticas que pueden desprenderse de ella. ¿Qué diferencia podrá haber para mí en que esta o aquella noción sea verdadera? Si no se puede trazar ninguna diferencia práctica, entonces las alternativas significan prácticamente la misma cosa y la discusión es ociosa.

«El pragmatismo se aparta de toda abstracción (no se dice si con base o sin base), de toda solución verbal, de las razones malas a priori, de los principios fijos (¿no hay naturales entonces?), de los sistemas cerrados. Busca lo concreto, los hechos (¿sin explicarlos por medio de inducciones?).

«Por lo demás, el pragmatismo no se interesa por ningún resultado especial; es sólo: 1.º, un método, y 2.º, una teoría genética de la verdad.

«Pero si seguís el método pragmático no podéis considerar ningún término (de estos con que se designan los grandes principios: Universo, Dios, Materia, Razón, lo Absoluto, la Energía) como una solución que ponga fin a vuestras investigaciones. Necesitáis sacar de cada término un valor práctico (practical vash-value), ponerlo a la obra en la corriente de vuestra experiencia. Es, pues, antes que una solución un programa para nuevos trabajos y especialmente una indicación de cómo pueden cambiarse las realidades existentes.»

Sobre esta admirable tendencia meliorista del pragmatismo tendremos que volver más adelante.

Ante todo conviene que dejemos bien establecido que el pragmatismo no se interesa (teórica y especulativamente) por ningún resultado especial y que «no rechaza ninguna hipótesis si se desprenden de ella consecuencias útiles para la vida.»

Un pragmatista puede ser ardoroso socialista y otro al mismo tiempo reposado individualista; de igual suerte no hay que admirarse si un pragmatista es ateo y otro deísta. Lo único que está reñido con lo más íntimo de su idiosincrasia es el dogmatismo y cuanto trabe su acción meliorista. No puede ser dogmático: su espíritu está abierto a todos los vientos de la experiencia, y los resortes de su actividad listos para girar en el sentido de la mayor conveniencia humana.

Sin embargo, este es el caso de distinguir entre los principios de la doctrina y las consecuencias que el autor saca de ellos. Estas son tan determinadas y tan armónicas, que cuesta creerle al autor que no se interese por ningún resultado especial.

Concluyamos de definir la concepción pragmática de la verdad.

«La verdad significa el acuerdo de nuestras ideas con la realidad, así como la falsedad significa su desacuerdo.

«Los pragmatistas y los intelectualistas aceptan esta definición como indiscutible. Principian a reñir sólo cuando se presenta la cuestión de qué se entiende por el término acuerdo y qué por el de realidad, tomada esta como una cosa que reclama de nuestras ideas que se encuentren de acuerdo con ella.

«Al responder a estas preguntas, el pragmatista es más analítico y cuidadoso, el intelectualista más ligero, superficial (offhand) e irreflexivo. La creencia popular es que una idea verdadera debe ser una copia de la realidad a que se refiere. Los intelectualistas presumen además que verdad, quiere decir esencialmente la existencia de una relación estática, inerte. Cuando habéis logrado tener una idea verdadera respecto de algo, habéis llegado a un fin en cierta materia. Usted se halla en posesión de la verdad, usted sabe, usted ha cumplido con su destino de pensador, usted se encuentra donde debía estar mentalmente, usted ha obedecido a su imperativo categórico y no necesita seguir más allá de esa cima de su destino racional. Epistemológicamente usted se halla en equilibrio estable.

«El pragmatismo, por otro lado, formula su acostumbrada pregunta. Si se discute si una idea es verdadera o falsa, interroga él: ¿Qué concreta diferencia se desprenderá para la vida actual del hecho de que sea verdadera o no? ¿En qué forma se realizará esta verdad? ¿Qué experiencias nos resultarían distintas por el hecho de ser verdadera y no falsa la creencia? ¿Cuál es el valor de la verdad en términos experimentales?

«La respuesta del pragmatista es la siguiente: Ideas verdaderas son aquellas que nosotros podemos asimilar (?), validar, corroborar y verificar. Ideas falsas son aquellas con las cuales no podemos hacer esto. La verdad de una idea no es una propiedad estacionaria, inherente a ella. La verdad suele residir en una idea (Truth happens to an idea). Esta puede llegar a ser verdadera por los acontecimientos. Su verdad es un suceso, es un proceso de verificarse, su veri-ficación. Su validez es el proceso de su valid-ación.

«Las voces mismas verificación y validación significan, pragmáticamente, ciertas consecuencias prácticas de la idea verificada y validada.

«La posesión de la verdad, lejos de ser un bien en sí mismo, es únicamente un medio preliminar para otras satisfacciones vitales. Si me encuentro perdido en un bosque y a punto de perecer de fatiga y encuentro la huella de las patas de una vaca, es de suma importancia que yo infiera la existencia de una habitación humana al fin del sendero, porque si razono así y sigo las huellas, me salvo. El pensamiento verdadero es útil aquí, porque la casa que constituye su objeto lo es también. El valor práctico de las verdaderas ideas depende, de esta suerte, primeramente de la importancia práctica que su objeto tenga para nosotros. Los objetos o contenidos de tales ideas no son efectivamente importantes en todo tiempo. En otra ocasión puedo no preocuparme de tal casa, y mi idea de ella, aunque verificable, estará prácticamente desprovista de valor y hará mejor en permanecer latente. Usted puede, pues, decir de una verdad que es útil porque es verdadera y que es verdadera porque es útil. Ambas proposiciones (!) significan exactamente la misma cosa y en particular que hay una idea que ha sido completada y que puede ser verificada.

«Las realidades son, o hechos concretos o especies abstractas de cosas y de relaciones percibidas intuitivamente entre ellas. Además, y en tercer lugar, el término realidad quiere decir el conjunto de verdades que poseemos en un momento dado, porque nuestras nuevas ideas deben ser tomadas en cuenta. Estar de acuerdo con esta triple realidad quiere decir únicamente el poder ser guiado, o directamente hacia ella o hacia sus inmediaciones (surroundings), o el ser puesto de tal manera en contacto con ella que sea posible manejarla a ella misma o a algo relacionado con ella, mejor que si estuviéramos en desacuerdo. La cosa esencial es el proceso de ser guiado.

«Nuestra explicación de la verdad es una explicación de las verdades (en plural), de los procesos que sirven para guiarnos y conducirnos. La verdad, para nosotros, es simplemente un nombre colectivo relativo a algunos procesos de verificación, como lo son igualmente los términos de salud, riqueza, fuerza, que designan otros procesos relacionados con la vida. El concepto de verdad se forma, lo mismo que los de salud, riqueza y fuerza en el curso de la experiencia: es una abstracción creada por el hombre. Las verdades emergen de los hechos y reaccionan después profundamente sobre éstos y agregan algo a ellos. Los hechos en seguida crean o revelan nuevas verdades, y así indefinidamente. La experiencia cambia sin cesar y nuestras proposiciones sobre la verdad tienen que cambiar también.

«Las teorías son instrumentos para la acción (práctica o intelectual) y no soluciones de enigmas en que podemos descansar, (answers of enigmas in which we can rest).»

Las verdades, por otra parte, son simplemente el resultado de una transacción entre ideas antiguas y nuevas. «El individuo tiene un stock de viejas opiniones. Las nuevas experiencias las obligan a extenderse, ampliarse, dilatarse. Algunas de estas resultan en contradicciones con aquellas, de donde proviene una perturbación interior que sorprende a su mente y de la cual trata de librarse modificando su masa de opiniones previas. Salva de estas todas las que puede, porque en materia de creencias somos extremadamente conservadores. Así, trata de cambiar primero una opinión y después otra, hasta que al fin alguna idea nueva logra introducirse en el antiguo stock con la menor perturbación posible. Ideas objetivas que no estén sometidas a este proceso no existen.»

Agreguemos un último rasgo para terminar con los perfiles de la verdad, entendida según las concepciones pragmatistas.

«Con el desarrollo de las ciencias, dice nuestro autor, ha ganado terreno la noción de que las más de las leyes, tal vez todas, son sólo aproximaciones. Las leyes mismas han llegado a ser tan numerosas que ya no se pueden contar y se proponen tantas fórmulas opuestas en todas las ramas de las ciencias, que los investigadores han llegado a acostumbrarse al concepto de que ninguna teoría es absolutamente la trascripción de la realidad y de que todas ellas son utilizables desde algún punto de vista.»

IV

Ahora, para dar más claridad a nuestras ideas y facilitar el análisis de la concepción pragmatista resumamos en unas pocas proposiciones los caracteres que distinguen a la nueva escuela:

1.º Las creencias, las ideas y hasta los sistemas filosóficos dependen de los temperamentos de los pensadores.

2.º No hay verdades objetivas en sí.

3.º Llegan a ser verdad aquellas representaciones que se adaptan, amoldan, injertan en el stock de las creencias establecidas; no las que chocan con éstas.

4.º El toque para conocer si una idea es verdadera está en que sirva para la práctica. Es verdadera la idea que conviene a la acción.

5.º Lo verdadero es útil y lo útil es verdadero.

6.º La idea de la verdad es una abstracción formada y transformada por la mente humana en el curso de la experiencia, como las de salud, riqueza, fuerza y otras semejantes. No son cosas en sí, sino creaciones humanas que se van haciendo y modificando.

7.º Las leyes científicas constituyen sólo generalizaciones aproximativas. Las teorías no deben ser consideradas como transcripciones absolutas de la realidad y todas (se entiende que hasta las más contrarias) son utilizables desde algún punto de vista.

Por suerte, al examinar estas proposiciones, no nos encontramos en aquellos ajustados casos que eran propios de algunas dietas o asambleas de otros siglos que debían de aceptar o rechazar en block los proyectos que se les presentaban. Podemos a nuestro agrado y sabor comulgar con algunas y apartarnos de otras.

Empecemos por lo que es más agradable a nuestro corazón humano; con el acuerdo, la comunión con nuestros semejantes y veamos cuál de esas tesis nos parece aceptable.

En esta condición se encuentra la señalada bajo el número 6.º. Allí se halla expresada la teoría genética de la verdad. La verdad es un término abstracto, sin existencia real, que usamos para designar el conjunto de las verdades más o menos concretas y más o menos generales que son las que efectivamente existen. No hay, pues, una verdad inmutable. Las verdades las formamos en virtud de la experiencia y las transformamos por medio de nuevas experiencias. La vida intelectual entera de la humanidad es una serie de ensayos de interpretaciones totales o parciales del mundo, rectificados sin cesar en atención a la percepción de nuevos hechos, al registro de nuevas observaciones que se ponen en contradicción con las representaciones anteriores. Así se va verificando una eliminación continua de lo que va apareciendo como erróneo. No de otra manera han ido siendo reputadas falsas todas las cosmogonías antiguas y las leyendas mitológicas de los pueblos primitivos; así ha sido reemplazada la teoría geocéntrica de Tolemeo por la concepción heliocéntrica de Copérnico y así ha sustituído a la hipótesis de la creación la de la evolución para explicar el origen de las especies animales. Todas las metafísicas y todas las religiones, sin excepción de una sola, no son más que tentativas de interpretación de los misterios del mundo, que sufren a poco de haber nacido un inevitable fracaso, porque son pequeñas para la realidad y esta en su complejidad grandiosa las rompe y rebasa por todos lados a pesar de los esfuerzos que gastan sus adeptos para ocultar los quebrantos y roturas de su nave ideal. La tela y la madera primitivas se llenan de parches y de correcciones exigidas en el curso de la experiencia, y de la sustancia que fué la medula del sistema o de la religión en un principio, apenas va quedando el nombre.

Que así como fabricamos las verdades fabriquemos también la realidad, es un aserto un tanto alambicado que volveremos a considerar más adelante.

Las afirmaciones contenidas en los números 1.º y 2.º expuestas con toda su temeraria desnudez en una de las primeras conferencias, reciben algunos retoques más tarde, que nos hacen salir en parte del caos del más extremado subjetivismo en que ellas nos habían sumergido. No todas las representaciones dependen exclusivamente del temperamento del pensador, y es menester reconocer la existencia de algunas verdades objetivas. El mismo Mr. James dice en la conferencia sobre la noción de la verdad: «Hay relaciones entre ideas puramente mentales, y cuando las creencias que a dichas relaciones se refieren son verdaderas, llevan el nombre de definiciones o de principios. Es un principio o una definición que 1 y 1 son 2, que 2 y 1 son 3, y así sucesivamente; que el color blanco difiere menos del gris que el negro, que cuando la causa principia a obrar el efecto también principia.» Estos son indudablemente ejemplos de principios que no dependen de los temperamentos y que encierran verdades objetivas. Mr. James no señala más casos; pero no cabe dudar de que la lista podría aumentarse con todos los hechos comprobados y sometidos a mediciones matemáticas y científicas y que se encuentran sustraídos a la apreciación caprichosa y subjetiva del temperamento de cada cual.

Las proposiciones que he colocado bajo los números 4.º y 5.º, fueron las que especialmente sobrecogieron mi ánimo y me dejaron perplejo cuando las leí por primera vez. ¿Cómo es posible, me pregunté, que la prueba para conocer si una idea es verdadera esté en que sirva para la práctica y que sean aserciones igualmente ciertas que lo verdadero es útil y lo útil es verdadero?

Tales frases las tomé como las exterminadoras de la lógica y de todas las ciencias, de una plumada. Ya, después de esta novísima doctrina, no hay que buscar certidumbre ni en la evidencia ni en los métodos lógicos y deben dejar de existir la física, la química, la biología, la psicología, etc., y todas las ciencias concretas derivadas de éstas, de las cuales, a su vez, la industria de todos los países y muy especialmente la de los compatriotas de Mr. James, saca tan útiles y fecundas aplicaciones. Tanta extrañeza me causó esto, que pareciome una aberración que no podía ser tomada en serio y me di a pensar en la suerte que habría corrido la nueva escuela filosófica si en lugar de llevar por padrino a un filósofo de fama mundial, como Mr. William James, hubiera llegado a los grandes centros de estudio amparada tan sólo por el modesto nombre de un pastor protestante de un pobre pueblo de provincia. Seguramente no habría encendido las discusiones que ha encendido, no habría provocado uno sólo de los artículos de revista que han visto la luz por ella, y los filósofos, al conocerla, habrían a lo más y en el mejor de los casos, desplegado sus más irónicas y despreciativas sonrisas. Pero no ha sido así: el mundo de los filósofos ha discutido vivamente el problema de la verdad, y el pragmatismo y el humanismo, el intelectualismo y el racionalismo han esgrimido sus mejores armas para obtener el triunfo.

Primeramente es menester reconocer que la concepción pragmatista da lugar a confusiones. Hasta ahora nosotros hemos distinguido con fundamento y claridad las verdades propiamente dichas (que pueden ser amargas) y errores convenientes para inducir a obrar. A un niño embustero le podemos decir que abrigamos plena fe en su palabra (aunque precisamente no sea así) a fin de que él mismo adquiera confianza en su persona y no mienta. Un error sirve para la acción mucho mejor que la verdad en este caso. A una madre que adora a su hijo no es posible decirle la verdad de que éste ha muerto. La verdad, lejos de servirle para la acción, podría ocasionarle un síncope o arrancarle a ella misma la vida. El error es salvador en esta ocasión y la verdad es funesta. En conformidad a la doctrina pragmatista la verdad sería que el hijo no había muerto. No es necesario insistir sobre tales naderías.

En segundo lugar, con la doctrina que analizamos se pierde todo criterio para juzgar el pasado. Para los antiguos iráneos fué de suma importancia su creencia en Ormuz y Ahriman. Por favorecer a aquél y hostilizar a éste cultivaron sus campos, fertilizaron las tierras estériles, domesticaron los animales útiles y exterminaron las bestias dañinas. Nosotros no debemos decir únicamente que la fe en Ormuz fué útil para los persas sino que, pragmáticamente, Ormuz y Ahriman tuvieron tanta existencia real como, por ejemplo, el Tigris y el Éufrates, cuyas aguas utilizaron los persas cuando conquistaron la Mesopotamia. Como el pragmatismo no cree en la existencia de verdades objetivas, quedan para él dentro de la misma penumbra la simple creencia que es un acicate para la acción y la representación que, además de impulsar la acción, va acompañada de certidumbre objetiva.

En tercer lugar, no es posible tener una norma para juzgar nuestras representaciones relativas a entidades o cosas que no se hallan al alcance de nuestra experiencia. El pragmatismo renuncia al manejo de los principios lógicos y no se inquieta por las contradicciones cuando se trata de infundir vigor a la acción. Freno poderoso para la impulsividad de súbditos salvajes ha de ser que crean a su reyezuelo dotado de poderes mágicos. El pragmatismo debe decir entonces que es una verdad la existencia de la hechicería como don sobrenatural otorgado a algunos hombres. Para la conducta de algunos pazguatos puede ser mejor que crean en el infierno; y el pragmatismo debe consagrar con su sello filosófico esta creencia vulgar, sin importarle un ardite lo inconcebible que es la suposición de una sustancia material o espiritual que esté ardiendo eternamente sin consumirse.

En cuarto lugar. Al proferir la frase «lo verdadero es útil y lo útil es verdadero» me parece que un eco burlón repitiera «lo bello es útil y lo útil es bello», «lo bueno es útil y lo útil es bueno», «la lezna del zapatero es útil, la lezna del zapatero es bella». He aquí la doctrina ideal para los abogados y rábulas, para los farsantes, para los políticos que engañan: si conservan en algún rincón de su alma alguna partecita de conciencia que de vez en cuando los clava para advertirles que han mentido, deben apresurarse a aleccionarla con la nueva doctrina y hacerla comprender que si han perseguido lo útil para ellos, no han mentido. Estas afirmaciones pragmatistas (si no son una pura tautología) nos precipitan en una confusión de conceptos donde los términos se barajan unos con otros y no es fácil entenderse sobre su significado. Si decimos que lo útil es verdadero y sabemos que la mentira es a menudo útil, llegaremos a la conclusión peregrina de que la mentira es verdadera. A la inversa, si lo verdadero es útil y sabemos cuántas innumerables desgracias hay verdaderas, seremos conducidos a sostener que las desgracias son útiles.

No debemos silenciar en este punto una aplicación que el mismo Mr. James hace de su doctrina a la teología. «El pragmatismo, dice, no tiene prejuicios a priori en contra de la teología. Si las ideas teológicas resultan de algún valor para la vida, deben de ser ciertas para el pragmatismo, en el sentido de que son buenas para dicho fin». No se puede negar que esta es una admirable, pasmosa afirmación. ¡Prejuicios a priori en contra de la teología! Decir que el pragmatismo no los tiene y esmerarse en expresarlo, es dar a entender que otra escuela filosófica los tiene, tal vez el racionalismo, el empirismo o el naturalismo. ¡Cuán infundado es hablar de principios a priori respecto de ese orden de estudios! Si hay alguna disciplina que haya ido desacreditándose a posteriori es la teología. En otros tiempos esta seudociencia[14] ha sido un fuerte lazo de unión para todas las inteligencias, un lazo sagrado y querido; y si se ha ido debilitando después hasta el punto de encontrarse casi del todo gastado, no ha sido en virtud de ataques a priori, sino por medio de muy lentas enseñanzas a posteriori, por los descubrimientos experimentales y científicos que han puesto al desnudo la vaciedad e inconsistencia de sus doctrinas, por lo menos de sus doctrinas relativas a la concepción del mundo y de la vida humana.

Agregando a los puntos que estamos analizando el que se halla expresado bajo el número 3.º y que dice «que llegan a ser verdad aquellas representaciones que se adaptan, amoldan, injertan en el stock de las creencias establecidas, no las que chocan con estas», encontramos nuevas objeciones que apuntar en contra del pragmatismo.

No se nos ocurre pensar qué actitud decorosa, digámoslo así, podría haber asumido el pragmatismo ante teorías que hoy son verdades inconclusas y que cuando recién hicieron irrupción en la mente de algunos genios no prometían ventajas prácticas por el momento y venían armadas de condiciones que, lejos de plegarlas al cuerpo de ideas existentes, las ponían en pugna con él. Para el pragmatismo esas teorías, que para nosotros son y fueron verdades, son seguramente verdades también, pero cuando recién salieron a luz debieron de ser errores. Así ¿qué habría contestado el pragmatismo en el siglo xv cuando se comenzó a plantear el problema de si la tierra era redonda o plana, o la tesis de si la tierra o el sol es el centro del mundo? ¿Qué habría contestado en el siglo xvii al hacérsele la pregunta de si la sangre circula o no?

En problemas como estos no ha habido, en un principio, ninguna conveniencia práctica señalada, según se tomara un partido u otro. Más aún, lo práctico, lo conveniente para la acción y la conducta, fué en aquella época mantenerse en el error. Si hubieran procedido así los sostenedores de esas ideas, habríanse visto libres de las inhumanas persecuciones de que fueron víctimas. Si Galileo hubiera sido pragmatista no habría desafiado las iras de la Inquisición y hubiera vivido en paz y oscuramente, sofocando con el manto de la fe los aleteos de su genio. No incurriré en la injusticia de afirmar que Mr. James pueda o tenga que aceptar estas inferencias que obtenemos exagerando un aspecto algo vulgar y egoísta que es fácil de explotar en su doctrina. El idealismo de nuestro filósofo lo eleva hasta colocarlo por encima de las consecuencias de sus propias premisas.

Una pregunta más: ¿Fueron pragmatistas o procedieron como tales los sabios de Salamanca cuando en pleno siglo xviii rechazaron el introducir en los cursos de su universidad los sistemas de Copérnico, Galileo y Newton, porque se hallaban en oposición con la verdad revelada? ¿No tomaron entonces la senda más conveniente para su conducta, para su práctica, según la manera de entender de ellos? ¿No repudiaron algo que no se avenía con el stock de sus antiguas creencias? Nosotros decimos que repudiaron la verdad para permanecer en el error; pero debemos reconocer que procedieron en un todo como pragmatistas consumados.

Así el pragmatismo se presenta no sólo como indiferente a la verdad, sino que aún viene a servir, retrospectivamente aplicado, de sostén a errores manifiestos.

Acercándonos ya al fin de esta parte, examinaremos el último número de nuestro resumen, que dice así:

7.º Las leyes científicas constituyen sólo generalizaciones aproximativas. Las teorías no deben ser consideradas transcripciones absolutas de la realidad y todas (se entiende que hasta las más contrarias) son utilizables desde algún punto de vista.

Si esto acontece con las leyes y teorías científicas, con mayor razón y en superior escala debe acontecer con todas las creencias y sistemas formulados y concebidos con menos precisión que las leyes y teorías científicas. A los principios pragmatistas les corresponderá el rango de generalizaciones aproximativas de segundo o tercer grado, y el ser pragmatista a outrance consistirá precisamente en ser pragmatista a medias. Todavía valdría la pena de oir la respuesta que daría el pragmatista si se le preguntara si afirmar que la sangre circula, que la tierra gira alrededor de su eje y en torno del sol, no son absolutas transcripciones de la realidad, sino sólo generalizaciones aproximativas utilizables; o si son aún utilizables en algunos casos las ideas de que la sangre sea un líquido estancado, la tierra forme el centro de nuestro sistema planetario y su figura sea la de una superficie plana inmóvil bajo la bóveda estrellada.

No se nos ocurre que Mr. James fuera a contestar estas interrogaciones en el sentido que implícitamente se desprende de ellas; pero la verdad es que nuestro filósofo no distingue en sus conferencias entre leyes probadas y leyes discutidas, entre teorías e hipótesis y arroja sobre todo el cuerpo del saber humano el vapor difuso y confuso de su fino escepticismo y de la desconfianza en la ciencia.

Causa mayor perplejidad ver que quien afirma que las leyes y teorías científicas son sólo aproximaciones aproximativas utilizables es Mr. William James, autor de unos Principios de Psicología, donde ha estampado centenares de reglas que después en su obra posterior, cuando habla como pragmatista y no como hombre de ciencia, declara inciertas. En los filósofos del Renacimiento, eran frecuentes contradicciones como estas: para librarse de las persecuciones y de la hoguera (lo que no siempre conseguían) los pensadores se apresuraban a declarar que aceptaban como cristianos los dogmas que rechazaban como filósofos. Pero ¿qué temen ahora los pragmatistas? Albert Schinz en su libro Anti-Pragmatisme presume que temen el desarrollo de una democracia licenciosa que, falta de frenos religiosos, arrastrará a la sociedad por pendientes imprevistas. Creo que a los que niegan la verdad y la certidumbre de las leyes científicas, movidos por un fantástico peligro que amenazara a la conservación social, se les podría preguntar si han ahondado en sus conciencias y están seguros de que sea un amplio y generoso interés social el que los mueve y no algún menguado y apenas consciente, casi instintivo, interés individual, de clase o de secta.

Un párrafo más para terminar esta sección de nuestro ensayo.

La concepción pragmatista de la verdad es, como se ha dicho, genética, y esta parte de la nueva escuela es la que, a nuestro entender, descansa sobre bases sólidas. Es además instrumentalista, individualista y voluntarista, caracteres que la conducen al escepticismo.

Este núcleo lógico y psicológico, que es la esencia de la novísima doctrina, ha sido el que ha recibido las principales críticas de los filósofos.

En el reciente Tercer Congreso de Filosofía celebrado en Heidelberg en Septiembre de 1908, Mr. Josiah Royce, de la Universidad de Harvard, como Mr. James, hizo una comunicación sobre la materia con el título de El problema de la verdad según recientes investigaciones (The problem of Truth in the light of recent research). En esta exposición, el filósofo americano ha distinguido las diferentes formas del pragmatismo y ha mantenido contra el individualismo (o subjetivismo) y el instrumentalismo (o la teoría de que la verdad sea un simple instrumento para la acción) la existencia de una verdad absoluta, independiente de las necesidades y de la vida social y orgánica, aunque siempre relacionada con la voluntad, por cuanto es la obra de una serie de procesos de actividad. Esta doctrina de Mr. Royce tiene de común con el intelectualismo que admite una verdad independiente de la práctica ordinaria y se diferencia de él en que insiste sobre los procesos activos que su constitución (de la verdad) supone. Mr. Royce propone para ella el nombre de Pragmatismo absoluto.

V

Es peculiar de la naturaleza del pragmatismo no enarbolar ninguna bandera metafísica. Ya hemos visto que no se interesa por ningún resultado (especulativo o doctrinario) especial, quiere ser ante todo un método, una teoría genética de la verdad.

Mr. James, como buen pragmatista, empieza por declarar que, todas las discusiones metafísicas son en sí ociosas e interminables y pueden recibir el dictado de verdaderas o falsas, según como se coloque el prisma con que se las mire. Mas, luego les aplica a algunos problemas de este género, tales como el de la existencia de Dios, de la acción de un designio en el universo (o sea la Providencia) el del libre albedrío y el determinismo (haciendo de esta cuestión una tesis metafísica y no psicológica), les aplica el infalible reactivo pragmatista y se pregunta tan sólo cuál solución sería más conveniente para la conducta en las tres siguientes tesis y antítesis, o dilemas: que Dios exista o no exista; que haya un designio en el universo o no; que la voluntad sea libre o no.

Paso a paso, en las lucubraciones de Mr. James se va cristalizando que para obrar mejor nos interesa creer en la existencia de Dios, en la acción de un designio en el universo y en el libre albedrío. El nuevo árbol del pragmatismo, esponjado en sus principales consecuencias, por uno de sus más preclaros sostenedores, va a cubrir con su sombra al añoso tronco del tradicionalismo. Me imagino el placentero recogimiento que producirá en ciertas almas este hecho. El gran psicólogo, después de haber remontado la cumbre del saber por el camino de la ciencia, ansioso de nuevos horizontes, va a buscarlos al templo proteiforme del deísmo. Además, por su defensa del libre albedrío, y de la idea de una vida futura, en cuanto sirven para favorecer nuestra mejor conducta, y sosteniendo que lo primero es obrar bien y que después viene el pensar bien, Mr. James comulga en los altares del moralismo criticista, la tendencia que han defendido en la segunda mitad del siglo xix Mrs. Renouvier y Secretan.

Aunque parezca redundancia, debemos decir, con todo, que existe una diferencia profunda entre el tradicionalismo y el moralismo por un lado, y el pragmatismo por otro. Las creencias que hemos citado recientemente sobre la divinidad, la vida futura, la Providencia y el libre albedrío, son para el tradicionalismo y el moralismo representaciones de cosas que existen en sí o de atributos que se hallan dotados de existencia real, mientras para el pragmatismo son sólo creencias, desprovistas de toda objetividad, imágenes útiles para nuestra conducta, son, casi casi, ilusiones, añagazas o señuelos destinados a darnos vigor en nuestro bregar continuo por las variadas corrientes de la vida.

VI

Cualesquiera que sean las objeciones que fluyan en contra del credo de Mr. James, es no obstante bello, simpático, y en parte grandioso, dentro de sus tendencias voluntaristas, idealistas y melioristas. Estos rasgos lo hacen marchar de acuerdo con el humanismo que predican los señores Schiller y Dewey.

Hablando de los puntos en que se igualan los caracteres del pragmatismo y del humanismo, dice Mr. James en sus dos últimas conferencias:

«Estas cosas (la verdad, el derecho, el lenguaje, etc.), se van haciendo a medida que la especie humana avanza en la existencia y son creaciones que se desarrollan dentro del proceso histórico. Lejos de ser antecedentes que animan esos procesos, el derecho, el lenguaje y la verdad, son sólo nombres abstractos para sus resultados. Nuestras creencias no son pues imágenes de la realidad, sino productos hechos por el hombre. (Man-made products).

«El mundo es como nosotros lo hacemos (The world is what we make it). Es infructuoso definirlo por lo que fué originalmente o por lo que es aparte de nosotros; no es más que lo que se hace de él (it is what is made of it). De aquí... (se infiere)... que el mundo, es plástico. Podemos conocer los límites de su plasticidad sólo por medio de nuestros ensayos (only by trying) y debemos proceder como si fuera completamente plástico, obrando metódicamente dentro de esta presunción y deteniéndonos en el caso de que seamos decisivamente contrariados por la experiencia.

«La realidad independiente de nuestro pensar humano es muy difícil de encontrar.

«Nosotros rompemos a nuestra voluntad el flujo de la realidad; creamos los sujetos de nuestras verdades y de nuestras proposiciones falsas. Creamos también los predicados de ellos, muchos de los cuales expresan únicamente las relaciones en que se encuentran las cosas con nuestros sentimientos.

«Tanto en nuestra vida activa como en nuestra vida cognoscitiva somos creadores. El mundo es maleable y espera sus últimos retoques de nuestras manos. El hombre engendra las verdades en él.

«Nadie podrá negar que este papel aumenta tanto nuestra dignidad como nuestra responsabilidad de pensadores y que da fuerzas inspiradoras al hombre el saberse dotado de divinas funciones creadoras.

«Mientras que para el racionalismo la realidad se encuentra completamente hecha de una vez y por toda la eternidad, para el pragmatismo se está todavía haciendo y espera del futuro parte de su complexión.

«El pragmatismo es meliorista; ocupa el término medio entre el pesimismo que afirma que el mundo es malo sin remedio, y el optimista que considera el perfeccionamiento del mundo inevitable.

«El pragmatismo vive en medio de un conjunto de posibilidades y se halla dispuesto a pagar hasta con su propia vida, si es preciso, la realización de los ideales que ha forjado.»

Esta concepción es grandiosamente hermosa, casi poética. El hombre, formador y trasformador de la realidad; el hombre cooperador en la creación universal; y, para los deístas como Mr. James, en este gran movimiento de la vida universal, Dios es un cooperador también (helper) y nada más; es primus inter pares.

Examinando con calma la dirección del pensamiento de Mr. James, se ve de sobra y se ha dicho ya que es voluntarista en oposición a intelectualista: afirma que es de más importancia para nosotros obrar que perdernos en disquisiciones sobre el conocimiento. Este rumbo no es una novedad en las orientaciones del espíritu humano.

A fines del siglo xix empezó una reacción antiintelectualista, no sólo en Estados Unidos e Inglaterra, sino muy principalmente en Francia. La conocida obra de Mr. Jules Payot sobre «La educación de la voluntad», es fundamental en esta materia y las predicaciones pragmatistas de Mr. James, lejos de agregar, después de lo escrito en esa obra, algo a la veneración de la voluntad, señalan en parte un retroceso respecto de ella. Los estimulantes que Mr. James indica para la voluntad en sus conferencias, quedan reducidos a tener confianza en ella, a creer en el fiat de los librearbitristas, a esperar la cooperación divina y providencial en un mundo guiado por un supremo designio misterioso del cual nosotros alcanzamos a percatar tanto como pueden percatar de nuestros proyectos «nuestros gatos y perros domésticos». No se puede negar que esta comparación es capaz de entumecerle las alas al hombre dotado de más impulsos creadores.

Mr. James no cree seguramente en tal peligro, porque mientras en una conferencia nos eleva a la categoría de cooperadores en la creación universal, dentro de la cual Dios, como se ha dicho, es un auxiliar (helper), primus inter pares, en otra nos coloca respecto del gran designio que imprime movimiento al universo, en la deprimida situación de animalitos domésticos.

Mr. Payot ni nos eleva ni nos abate tanto. Antes de exponer su doctrina se hace cargo de los dos peligros extremos existentes para conseguir el desarrollo de la voluntad: el uno lo constituye el desfallecimiento, el desaliento fatalista, el aboulie que no tiene fuerza para reaccionar; el otro lo forma la excesiva confianza en el poder de la libertad humana, en el fiat de los espiritualistas.

Esta última disposición de ánimo es expuesta a fracasos irremediables. Las dificultades no previstas de la acción o de una empresa, desalientan hondamente al que se ha lanzado a ella armado sólo de su confianza en el valor del querer.

En medio de estos dos extremos el hombre puede triunfar estudiando el mecanismo de su voluntad, confiando en la formación de hábitos y esperando obtener más y más relativa libertad entre los deslumbramientos del libre albedrío y las obscuridades del fatalismo, merced al aprovechamiento de las lecciones del determinismo. Corroborando este aserto debemos agregar que el determinismo es la única salvaguardia, casi el único creador de la menguada libertad de que podemos disfrutar. Lejos de confundirse con el fatalismo, es precisamente lo contrario. El determinismo implica la existencia y funcionamiento de una ley de causalidad en el orden universal. Según ese principio, unas mismas causas o unos mismos antecedentes producen siempre unos mismos efectos o unos mismos consecuentes.

Nuestro obrar, o si queréis hablar como los espiritualistas, el ejercicio de nuestra libertad, consiste siempre en hacer algo, es decir, producir algún efecto por medio del movimiento de alguna cosa. Por ejemplo, yo me propongo ir a Valparaíso esta tarde; para conseguirlo ejecuto una multitud de movimientos, como son la preparación de mi equipaje, el proveerme de dinero, trasladarme a la estación, adquirir los billetes respectivos.

No hago ningún caudal de que la resolución misma de mi viaje no puede ser indeterminada. El hecho de encontrarme en nuestro puerto a media noche es el efecto de mi voluntad; pero este no habría sido posible sin el determinismo y la ley de causalidad.

Que una locomotora se mueva por medio del vapor de agua, que a su vez se ha producido por medio de la combustión del carbón, son meras aplicaciones de la ley de causalidad y del determinismo. Si os imagináis un mundo no regido por estos principios y si sois consecuentes debéis convenir en que dentro de tal mundo, para efectuar un viaje, estaríamos en peores condiciones que los volantines de los muchachos de la calle, cuyo encumbramiento depende de los caprichos del viento.

Concebid un mundo no regido por los principios de que hablo y sed consecuentes: dentro de ese mundo la dosis de neurosina con que hoy alentáis a un neurasténico puede ser mañana o una cosa inútil o un veneno. Las cualidades esenciales y duraderas de las cosas dejarían de ser tales y se cambiarían al azar movidas por un hado caprichoso y loco.

¿Qué sería de nosotros si los múltiples antecedentes que hacen que las golondrinas sean lo que son, no obrasen, y de la noche a la mañana pudieran convertirse en víboras de mortal picadura? Tal universo sí que sería un caos si es que alcanzábamos a vivir en él un segundo para concebirlo así y decirlo. Si tales cosas no suceden es en virtud de la uniformidad esencial de la naturaleza, de la ley de causalidad y del determinismo.

He dicho que el conocimiento y aplicación del principio determinista es lo único que puede aumentar la menguada y mal llamada libertad de que disfrutamos. Es claro que si queremos hacer una cosa o evitar otra, lo mejor es conocer las causas y los agentes que nos conducirán a esos fines, y, lo repetimos, poner en acción esos agentes es aplicar y confiar en el determinismo. Estamos en situación de aumentar nuestra libertad especialmente, cuando disponemos de tiempo para la consecución de nuestros objetos.

El determinismo está en razón inversa del tiempo que falta para que se efectúe el fenómeno. No cabe dentro de ninguna facultad el evitar que los hijos de una familia dada sean raquíticos, débiles y torpes si sabemos que sus padres, además de tener complexiones enfermizas, eran parientes muy cercanos entre sí. El que nazcan niños degenerados en tales circunstancias se halla casi fatalmente determinado; pero el hombre tiene el poder de impedir que este mal se repita en lo porvenir haciendo que no se verifiquen matrimonios entre parientes cercanos y que no se liguen por los lazos del amor conyugal sino personas sanas. El aumento de nuestra propia voluntad se verifica de la misma suerte. Si un hombre de hábitos desarreglados, glotón y perezoso, lanza una tarde el fiat y resuelve trabajar inmediatamente después de su almuerzo o de un lunch suculento, no conseguirá nada, sino adelantarse. Pero si al día siguiente se levanta temprano, se baña, reforma su régimen alimenticio y se modera en el comer y en el beber, empezará a sentir inmediatamente mayor elasticidad en sus músculos, fuerza para trabajar, viveza de imaginación, más voluntad y más libertad.

Por todas estas razones hemos dicho que la obra de Mr. Payot corresponde mejor a sus tendencias voluntaristas que las conferencias de Mr. James.

El voluntarismo del psicólogo de Harvard (por lo menos tal como aparece en sus conferencias pragmatistas y en su ensayo sobre la Voluntad de creer), puede no sólo carecer de eficacia, sino aun ser perjudicial.