—¡Parla... parla!—decía el Retor con voz fosca, como si le molestaran las palabras inútiles de su cuñada—. ¡Digues la veritat!
El infeliz quería saber la verdad, toda la verdad; mostrábase amenazante por la impaciencia, pero en su interior temblaba y hubiera deseado que los segundos fuesen siglos para no llegar nunca á oir las revelaciones de Rosario.
Pero ésta hablaba ya... ¿Tenía fuerzas para oirlo y resistirlo todo? Iba á hacerle mucho daño, pero sólo le pedía que no la odiase. Ella también sufría, y si hablaba era porque no podía resistir más; porque odiaba á Tonet y á su infame cuñada; porque Pascualo la inspiraba la tierna conmiseración de los compañeros de infortunio.
Dolores le engañaba. Y no era asunto de ayer; las criminales relaciones databan de antiguo; comenzaron á los pocos meses de haberse casado ella con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra mujer, lo había apetecido, y por Dolores cometió él la primera infidelidad después de su boda.
—¡Pròbes... vinguen pròbes!—rugía el patrón con los ojos amarillentos que parecían herir á su cuñada.
Ésta sonreía con expresión de lástima. ¿Pruebas? que fuera á pedirlas á todo el pueblo, que hacía más de un año comentaba alegremente las relaciones. ¿No se enfadaría? ¿quería oir toda la verdad? Pues bien; hasta los gatos y los marineros jóvenes cuando hablaban en la playa de algún marido engañado, decían como exageración que era más lanudo que el Retor.
—¡Recordons!—rugía Pascual cerrando los puños y pateando el suelo—. Rosario... mira lo que parles. Si no es veritat, te mate.
¡Matarla!... ¡Valiente caso hacía ella de la vida! Era hacerla un favor quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer una vida de bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al señor y que no la zurrase, ¿para qué quería estar en el mundo?
—Mira, Pascualo, mira.
Y remangándose un brazo, mostraba sobre la blancuzca y pobre piel que envolvía el hueso y los nervios, algunas huellas amoratadas que delataban la presión dolorosa de una mano como una tenaza. ¡Y si fuese aquello solo!... En todo el cuerpo podía enseñar marcas iguales. Eran caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con Dolores. Aquella misma tarde le había hecho lo del brazo, antes de ir á la playa á reunirse con su cuñada, ayudándola á la venta del pescado como si fuese su marido... ¡Cuánto se habría burlado la gente del pobre Retor!
¿Quería pruebas? Pruebas tenía. ¿Por qué no se había embarcado Tonet en la primera salida? ¿Qué herida era la de la mano que sólo duró hasta que la Flor de Mayo hubo salido del puerto? Al día siguiente le vieron todos sin los engañosos trapos.
¡Pobre Pascual! Mientras él iba al mar, á dormir poco, sufriendo el agua y el viento, todo por ganarse el pan, su mujer, su Dolores, se burlaba de él. Tonet se acostaba en su cama como un señor, caliente y regalado, burlándose del hermano tonto. Sí; era verdad: podía asegurarlo; mientras él había estado en el mar, Tonet no había dormido en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se había llevado poco antes su hatillo de marinero, despidiéndose hasta la vuelta.
¡Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le creían pasando la noche en la playa, y tal vez en aquel momento se preparaban á acostarse en la cómoda cama del patrón.
—¡Recristo!—murmuraba el Retor con acento doloroso, levantando la cabeza como si protestase contra los de arriba, que permitían que á un hombre honrado le ocurrieran tales cosas.
Pero él no se entregaba fácilmente. Su carácter honrado y bondadoso rebelábase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su interior la revelación dolorosa, gritaba con expresión amenazante:
—¡Mentira... mentira!
Rosario enardecíase. ¿Mentira? Con hombres tan ciegos como él no valían pruebas. ¿Á qué tanto gritar? ¿Iba acaso á comérsela? Era un topo, sí señor; un topo digno de lástima que no veía más allá de sus narices. Otro en su situación ya habría adivinado desde mucho tiempo antes lo que ocurría. Pero él... ¡vaya una ceguera! Ni siquiera se había fijado en su hijo para reconocer su semejanza.
¡Esta sí que fué puñalada! El Retor, á pesar de la pátina bronceada que había dado á su tez el ambiente del mar, púsose pálido, con una blancura lívida; vaciló sobre sus robustas piernas como si la verdad le zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con angustia.
¡Su hijo!... ¡su Pascualet! ¿Y á quién se parecía? Á ver: que hablase pronto la mala pécora. Su hijo era suyo, muy suyo. Á él únicamente había de parecerse.
¡Pero de qué modo reía la maldita! Parecía un sarcástico demonio. ¡Qué terrible gracia le hacía su paternal afirmación!... Y oyó aterrado las explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo debía parecérsele como él se semejaba á su padre, el difunto tío Pascual. Y no era así, no. Pascualet era igual á su tío: los mismos ojos, la misma esbeltez, idéntico aire de pinturero. ¡Ah, pobre Retor! ¡Ciego lanudo! Que se fijase bien y vería como su hijo era igual á Tonet en la época que vivía en la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un pillete.
Ahora el Retor ya no dudó. Aquello lo creía á ojos cerrados. Parecía que acababan de batirle una catarata y todo lo contemplaba con mayor claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves, como un ciego que veía al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su hijo que el otro: varias veces, contemplándolo, había adivinado su instinto una vaga semejanza con alguien que no podía definir.
Se llevó las crispadas manos al pecho, como si fuese á desgarrarlo, á sacar de él algo que quemaba, y después se echó un fiero zarpazo á la cabeza.
—¡Recontracordons!—gimoteó con una voz ronca que alarmó á Rosario—. ¡Santo Cristo del Grau!...
Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y desplomóse con tanto ímpetu, que el suelo tembló con el choque de su pecho poderoso, y las piernas se levantaron á impulsos de la caída.
Cuando el Retor despertó estaba tendido de espaldas y sentía en las mejillas un cosquilleo caliente, como si algún bichillo se escurriera escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.
Llevóse una mano penosamente á la dolorida cara, y á la luz del candil la vió manchada de sangre. Las narices le dolían; comprendió que al caer, su rostro había chocado con el suelo, produciéndose una fuerte hemorragia.
Rosario estaba arrodillada junto á él é intentaba limpiarle la cara con un trapo húmedo.
El Retor, al ver el rostro despavorido de su cuñada, recordó sus revelaciones y lanzó á Rosario una mirada de odio.
¡Que no le ayudase! Podía levantarse solo. La agradecía todo el mal que le había hecho. No; no eran necesarias excusas. ¡Si él estaba muy satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y gracias que había tenido la pérdida de sangre, pues de lo contrario era posible que se hubiera quedado muerto en el sitio, víctima de una congestión... ¡Ay, cómo sufría!... Pero también ¡cómo se iba á divertir! Ya se cansaba de ser bueno. ¿De qué servía que un hombre fuese honrado y se quitara la piel para bien de la familia? Ya se encargaban de martirizarle los vagos y las malas pécoras que estaban en el mundo para la perdición de los hombres de bien. ¡Pero cómo iba á divertirse! ¡Cómo se acordaría el Cabañal del Retor, del famoso lanudo!
Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y rugidos, el patrón restregábase con el trapo el dolorido rostro, como sí aquella frescura le aliviase.
Avanzaba hacia la puerta con ademán resuelto y hundiendo sus manazas en la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con expresión de terror, como si acabara de despertarse en ella la loca pasión por Tonet y temiese por su vida.
Debía detenerse; esperar. ¿Quién sabe si todo eran mentiras, visiones de ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.
Pero el Retor sonreía de un modo lúgubre. Que no hablase más; estaba convencido; se lo decía el corazón, y era bastante... El mismo temor de Rosario le confirmaba en su creencia. ¿Tenía miedo por Tonet? ¿Le quería? También él quería á su Dolores á pesar de todo. La llevaba en el pecho; por más que hiciera, no podría sacar de allí dentro á la gran... punta, y sin embargo, ya vería Rosario, ya vería todo el pueblo cómo procedía Pascualo el llanut.
—No, Pascualo—suplicaba Rosario, intentando agarrar sus poderosas manazas—. Espera.. esta nit no...atre día.
¡Oh! Él lo adivinaba. Rosario sabía que aquella noche estaba su marido en su casa junto con Dolores. Pero podía tranquilizarse. Decía bien; aquella nit no. Además, había olvidado la faca y no era cosa de matar á bocados á la infame pareja... ¡Paso libre! ¡Allí se ahogaba!
Y apartando á Rosario de un vigoroso empellón, se echó á la calle.
Su primera sensación al verse en la obscuridad fué de placer. Parecíale que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la brisa cada vez más fresca.
No lucía estrella alguna; el cielo estaba encapotado, y á pesar de su situación, Pascual, con el instinto de marinero, examinó el espacio y se dijo que al día siguiente sería malo el tiempo.
Después se olvidó del mar y del próximo temporal y anduvo tiempo y más tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas instintivamente, sin voluntad ni rumbo determinado, repercutiéndole los pasos dentro del cráneo, como si estuviera hueco.
Sentíase tan insensible como poco antes, cuando yacía tendido sin conocimiento en la barraca de Tonet. Dormía de pie, abrumado por el dolor, pero su sueño era ambulante; y á pesar de la parálisis de sus sentidos, las piernas movíanse aceleradamente, sin que Pascual notase que pasaba siempre por el mismo sitio.
Su única sensación era de amargo placer. ¡Qué alegría poder caminar amparado por las sombras, pasearse por unas calles que á la luz del sol no tendría el valor de atravesar!
El silencio causábale la dulce sensación que siente el fugitivo al verse en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la soledad.
Vió á lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz de una puerta abierta; alguna taberna tal vez, y huyó tembloroso, agitado, como si acabase de encontrar un peligro.
¡Ay! ¡Si le viese alguien! Tal vez muriera de vergüenza. El más insignificante grumetillo le haría huir.
Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y caminaba sin cansarse, tan pronto por las muertas calles de la población como por la playa, que también parecía intimidarle. ¡Recristo! ¡Cómo se habrían burlado de él en los corrillos! Todas las barcas viejas debían estar en el secreto, y cuando crujían era que celebraban á su modo la ceguera del patrón de la Flor de Mayo.
Varias veces despertó del sopor que inconscientemente le hacía errar sin descanso.
Una vez se encontró cerca de su barca y otra parado ante su casa y con la mano tendida hacia el aldabón... Había que huir de allí; quería sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fué poco á poco sacando el pensamiento de su catalepsia dolorosa.
No se entregaba; ¡nunca! Sabrían todos quién era él, pero esto no impedía que encontrase ciertos motivos para disculpar á Dolores. Al fin no desmentía su casta. Era legítima hija del tío Paella, aquel borrachón que tenía por abonadas á las chicas del barrio de Pescadores, y en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia. ¿Qué había aprendido de su padre? Cochinadas, nada más que cochinadas, y así había salido ella. La culpa era de él, ¡grandísimo bruto! casándose con una mujer que forzosamente había de resultar tal como era.
Ya lo decía su madre... La que mejor conocía á Dolores era la siñá Tona, cuando se oponía á que la hija de Paella fuese su nuera. Dolores era una mala mujer, pero él no podía chillar muy alto, pues resultaba culpable por haberse casado con ella.
Á quien odiaba era á Tonet... ¡Deshonrar á un hermano! ¿Cuándo se había visto tal monstruosidad? Tenía que arrancarle el alma.
Pero apenas formulaba en su interior los horribles deseos de venganza, surgía la protesta de la sangre. Oía la voz de Rosario diciéndole como amarga advertencia que Tonet era su hermano. ¿Cuándo se había visto que un hermano matase á otro? Caín únicamente, aquel hombre perverso, del que había oído hablar con tanta indignación al cura del Cabañal. Además, ¿Tonet era culpable?... No; el culpable era él, nadie más que él. Ahora lo veía con claridad. Le había quitado la novia al pobre Tonet; Dolores y él se amaban antes de que el Retor pensase en decir una palabra á la hija de Paella; y había sido una barbaridad, como todo lo suyo, casarse con una mujer que era de su hermano.
Lo que ahora le afligía era forzoso que ocurriese. ¿Qué culpa tenían los dos si al verse juntos, en continuo trato por el parentesco, había resucitado la antigua pasión?
Se detuvo unos instantes, como abrumado por la culpabilidad que le parecía evidente, y al darse cuenta del lugar donde se hallaba, vióse en la playa, á pocos pasos de la taberna de su madre.
La barcaza vieja y sombría, asomando entre las cercas de cañas, evocó el recuerdo del pasado. Vióse pequeño, correteando por la playa, llevando en brazos á su hermano, al diablejo exigente que le martirizaba con sus caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista parecía traspasar las viejas tablas de la barcaza y veía el angosto camarote, sentía la tibia caricia de la colcha que cubría amorosamente á los dos; á él cuidadoso y solícito como una madre, y al otro, á su compañero de miseria, que apoyaba sobre sus mejillas la morena cabecita.
Sí; tenía razón Rosario. Era su hermano; mejor aún: era su hijo, pues él, más que la siñá Tona, había cuidado del encantador pillete, plegándose á todas sus exigencias como esclavo cariñoso.
¿Y le había de matar?... ¡Dios mío!... ¿Quién había imaginado tal monstruosidad? No; perdonaría; por algo era cristiano y creía á ojos cerrados en todas las palabras de su amigo don Santiago.
La calma absoluta de la playa, su obscuridad de caos, la ausencia completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su indignada rudeza, inclinándole al perdón.
Pascual sentíase nacer á una vida nueva; hasta le parecía que era otro quien pensaba por él. La desgracia aguzaba su inteligencia.
Dios era el único que le veía en aquel momento: á Él solo tenía que dar cuentas. ¿Y qué le importa á Dios que una mujer engañe á su marido? Pequeñeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo importante era ser bueno y no contestar á la infidelidad con un nuevo crimen.
El Retor regresó lentamente hacia el Cabañal. Experimentaba gran alivio; la frescura del ambiente parecía haber penetrado en su ardoroso interior. Sentíase débil. Desde por la mañana no había comido, y el golpe en la cara le causaba una picazón molesta.
Sonaban á lo lejos relojes dando la hora... ¡Las dos! Parecía imposible la rapidez con que había transcurrido el tiempo. Más pesadas le resultarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.
Al entrar en la calle oyó una voz de niño que cantaba. Algún grumetillo que iba hacia su barca. El Retor le distinguió en la obscuridad pasando por la acera de enfrente, cargado con dos remos y un lío de redes. Aquel encuentro le trastornó rápidamente.
Dentro de él existían dos seres; ahora lo comprendía. El uno era el de siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de afecto á todos los suyos; el otro la bestia que él presentía cuando pensaba en la posibilidad de ser engañado, y que ante la traición estremecíase con el delirio de la sangre.
En la obscuridad sonó una risotada fosca y estridente del Retor. ¿Quién hablaba de perdonar? ¡Valiente paparrucha! Reíase él del imbécil que momentos antes se enternecía como un niño ante la barcaza de la siñá Tona. ¡Lanudo!... ¡Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas de poltrón, pretextos de un hombre sin agallas para vengarse. Que perdonase don Santiago y todos los que sabían decir cosas tan bonitas... Él era un marinero, un hombre con más colgantes que un toro pardo, y el que se la hacía, ¡redeu!, se la pagaba, así se metiera en el vientre de un tiburón. ¡Lanudo!... ¡Cobarde!
Y el patrón, ofendido por el recuerdo de la pasada debilidad, se insultaba, dábase furiosos puñetazos en el pecho, como si quisiera castigar la bondad de su carácter.
¡Perdonar!... Aun podría hacerlo viviendo en un desierto; pero él vivía en un pueblo donde todos se conocían; dentro de pocas horas, así como pasaba aquel chicuelo, irían por las calles centenares de personas que al verle se tocarían con el codo, diciendo entre risas: Ahí va Pascualo el llanut; y eso no, ¡Cristo! antes la muerte. No le había echado su madre al mundo para hacer reír á todo el Cabañal como si fuese un mico. Mataría á Tonet, á Dolores, á medio pueblo si se le ponía delante, y después, ¡venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor, también lo aceptaba. Si había de morir sobre la cubierta de su barca, lo mismo le daba que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre tablas... ¡Recristo! Ahora verían quién era él.
Y echó á correr con los brazos encogidos, la cabeza baja, rugiendo como si fuese á acometer, dando furiosos encontronazos en las esquinas, guiado por el instinto, por el ansia de destrucción que le llevaba rectamente hacia su casa.
Agarró la aldaba, y aquello fué un repiqueteo feroz é incesante que conmovió la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera. Quiso gritar, insultar á los infames para que saliesen; escupirles las tremendas amenazas que le bullían dentro del cráneo, pero no pudo; sentía una parálisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese concentrado en sus manazas, que casi arrancaban el aldabón, y en los pies, que golpeaban la puerta, incrustando en las maderas los clavos de sus zapatos.
Aquello era poco: más aun; para que rabiase el par de canallas. Y agachándose, agarró de en medio de la calle un enorme pedrusco y lo arrojó como una catapulta contra la puerta, que crujió dolorosamente, conmoviendo toda la casa.
En el silencio que se hizo después de este estrépito, el Retor oyó el ruido de algunas ventanas que se abrían cautelosamente. Quería venganza, pero no que se rieran los vecinos.
Adivinó lo ridículo de la situación si le sorprendían golpeando la puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro, y aterrado por las nuevas burlas que caerían sobre él, huyó y fué á refugiarse en la esquina inmediata, donde quedó agazapado.
Oyéronse cuchicheos y risas por un rato, pero después se cerraron las ventanas y la calle quedó otra vez en silencio.
El Retor, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado á las noches lóbregas, veía desde la esquina la puerta de su casa. Allí permanecería si era preciso hasta que saliera el sol.
Esperaba á su hermano... ¡Á su hermano, no! Al canalla de Tonet; y cuando saliera... Era lástima no tener la faca á mano, pero le mataría de cualquier modo; le apretaría el gaznate ó le machacaría el cráneo con cualquier pedrusco de la calle. En cuanto á ella, entraría después en su casa y la abriría el vientre con el cuchillo de la cocina ó haría otra cosa semejante. ¡Ya veríamos! Puede que al pasar el tiempo se le ocurriera otra barbaridad más chistosa.
Y el Retor, agazapado en la esquina, entreteníase en discurrir tormentos, gozaba recordando cuantas clases de muerte había oído relatar; las aplicaba todas á la infame pareja y hasta regodeábase mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira de barcos viejos, tostándolos á los dos á fuego lento.
¡Qué frío hacía!... ¡Y qué mal iba sintiéndose el pobre Retor! Pasada la locura furiosa que le acometió al encontrarse con el grumete, sentía ahora una laxitud general, una debilidad que le paralizaba. La humedad de la noche parecía penetrar hasta sus huesos, y el estómago le atormentaba con dolorosos estremecimientos. ¡Ay, Dios! No en balde se sufren los pesares. ¡Qué enfermo se sentía!... Por esto tenía que matar á aquellos infames, ó de lo contrario acabarían con él á fuerza de disgustos.
Aquella misma noche había conocido su desgracia, y ya se sentía envejecido, con el robusto corpachón dominado por extraña debilidad.
¡Las tres! Con qué lentitud pasaba el tiempo. Y seguía allí, inmóvil, sintiendo que la parálisis de sus miembros se apoderaba también de su pensamiento.
Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba nada, y más de una vez se preguntó qué hacía allí. Toda su voluntad estaba concentrada en los ojos, que no se apartaban ni un sólo instante de la cerrada puerta.
Hacía ya mucho rato que habían sonado las tres y media, cuando el Retor creyó percibir un ligero chirrido y que se abría el postigo de su casa. Un bulto se despegó de la obscura puerta, y por unos instantes estuvo inmóvil, como si mirase á ambos lados de la calle temiendo ser espiado.
Volvió á percibirse el chirrido, el choque de las maderas cerrándose, al mismo tiempo que el Retor, entumecido por la humedad, se incorporaba trabajosamente.
Por fin, le llegaba su hora buena. Y corrió hacia el bulto, pero éste tenía unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre dió un salto prodigioso y emprendió carrera. Los vecinos madrugadores oían desde la cama la ruidosa persecución, aquel galope furioso que hacía temblar las aceras de ladrillos.
Perseguíanse jadeantes é impetuosos en la obscuridad. El Retor se guiaba por una mancha blanca, algo así como un hatillo que aquel hombre llevaba en la espalda, pero á pesar de sus esfuerzos adivinaba que perdería la pista, pues la distancia entre él y el perseguido aumentaba rápidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse erguido en la borrasca, no para correr; entorpecíale el entumecimiento de la humedad, y además, bien conocía que había de habérselas con su hermano, famoso desde pequeño por su agilidad y ligereza.
En una encrucijada le perdió de vista, como si se hubiera disuelto en la sombra. Huroneó por las calles inmediatas buscando al perseguido, sin encontrar el menor rastro. ¡Buenas piernas tenía el ladrón!
Abríanse algunas puertas dando paso á los madrugadores que tenían trabajo en la playa, y el Retor huyó, dominado por el terror que le inspiraba la presencia de extraños.
Nada le quedaba ya que hacer. Había perdido hasta la esperanza de vengarse. Y se encaminó á la playa, temblando de frío, sin voluntad, sin fuerzas para pensar, resignado con su suerte.
Comenzaba el movimiento en torno de las barcas. Sobre la obscura arena brillaban como luciérnagas los rojos farolillos de la marinería que acababa de despertar.
El Retor vió la luz en la taberna de su madre; Roseta había levantado la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba tras éste, arrebujada en su mantón, soñolienta, con la aureola de rubios y encrespados cabellos escapándose por bajo del pañuelo de seda y la naricilla roja por el frío del amanecer.
Esperaba á los primeros parroquianos y tenía sobre el mostrador, pronta á servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La madre dormía aún en su camarote.
Cuando Pascual se dió cuenta de lo que hacía, ya estaba plantado ante el mostrador... ¡Una copa! Roseta, en vez de servirle, le miraba fijamente con sus ojos claros y sin expresión, que parecían registrarle hasta el alma. El Retor temblaba... ¡Ah! aquella chiquilla... ¡qué lista era! Todo lo adivinaba, y por esto el patrón, para salir del paso, apeló á la brutalidad.
¡Recordons! ¿No había oído? Quería una copa, y realmente la necesitaba para echar lejos de sí el frío mortal que le congelaba las entrañas. Él, siempre tan sobrio, quería beber, emborracharse, anegar en aguardiente su entorpecimiento de idiota que le dominaba.
Bebió... ¡Otra! ¡y otra después! y mientras tragaba el aguardiente de un sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la mirada fija en él, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.
¡Qué bien se encontraba Pascual! ¡Oh! aquello reanimaba. Parecíale que la fría atmósfera del amanecer se iba caldeando; sentía un tibio cosquilleo bajo la piel y casi se reía de la veloz persecución por las calles que tanto le había fatigado.
Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer á todo el mundo, comenzando por aquella chica, por su hermana, que seguía mirándole. Sí; lo proclamaba él muy alto. Roseta era la honra de la familia; todos los demás unos cochinos, y él el primero. ¡Ah, Roseta! ¡Qué talento tenía! ¡Qué finura! Sabía decir las cosas con diplomacia; bien se acordaba él de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban disgustos de muerte y ponían á un hombre á dos dedos de la perdición. Y además, ¡qué talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos unos pillos ó unos imbéciles: que pensase así por muchos años. Más valía aborrecer á los hombres que no fingirles cariño como otras, para después engañarlos y perderlos. ¡Ay, Roseta! ¡hija mía!... ¡Cuánto valía aquella chica!
Y el Retor, enardeciéndose por momentos, braceaba y gritaba, oyéndosele desde lejos. Sonó un roce fuerte dentro del camarote de Tona, y al través de la gruesa cortina salió su ruda voz con inflexión cariñosa:
—¿Eres tú, Pascualo?
Sí, era él, madre; iba á la barca á ver lo que se hacía. No debía levantarse aún, pues el tiempo era malo.
Comenzaba á amanecer. En el horizonte, sobre la obscura faja del mar, marcábase otra de luz débil y lívida. El cielo estaba encapotado, y en la playa una densa bruma borraba el contorno de los objetos, que se marcaban como ligeras manchas.
El Retor pidió otra copa: la última; y antes de alejarse pasó su callosa mano por las frescas mejillas de Roseta.
¡Adiós! Ya lo sabía; ella era la única mujer buena de todo el Cabañal. Debía creerle á él, que era su hermano. ¡Que no se casase nunca!
Cuando llegó cerca de la Flor de Mayo silbando con indiferencia, cualquiera lo hubiera creído alegre, á no ser por el extraño brillo de sus ojos amarillentos, que parecían salirse del rostro, rubicundo por el alcohol.
Sobre la cubierta de la barca, erguido con petulancia, como si quisiera enterar á todo el mundo de que estaba allí, mostrábase Tonet. Á sus pies veíase el blanco hatillo, el mismo que saltaba sobre su espalda al correr por las calles del Cabañal.
—¡Bòn día, Pascualo!—gritó al ver á su hermano, como si tuviera prisa por hablarle y desvanecer las temerosas sospechas que sentía.
¡Ah, ladrón!... ¡Y qué desvergonzado era! Pero antes de que Pascual pudiera contestarle, cuando comenzaba á sentirse invadido por la misma fiebre de horas antes, vióse rodeado por algunos compañeros.
Los patrones de las barcas celebraban consejo: se agrupaban sin quitar la vista del horizonte.
El tiempo presentábase amenazador, resultaba temerario el salir. Era lástima, porque el pescado se presentaba tan abundante, que podía cogerse con las manos; pero la piel de un hombre vale más que el negocio.
Todos eran de la misma opinión. El tiempo se ensuciaba; había que quedarse.
Pero Pascual protestó. ¿Quedarse? Eso que lo hiciera quien quisiera. Él á la mar iba. Aun no se habían conocido temporales bastante fuertes para darle miedo. El Retor decía esto con resolución, como si le ofendieran aquellos propósitos de quedarse. El que no tuviera... agallas que no saliera. Allí quería él ver hombres.
Y volvió la espalda sin atender razones. Quería huir de tierra, alejarse de aquellos que le conocían y sabiendo su desgracia podían burlarse. ¡A la mar!... Ya llegaban los bueyes del arrastre. A ver: ¡los de la Flor de Mayo! ¡Todo el mundo á tierra! Á poner los parados para echar la barca al agua.
Y la gente de á bordo, influída por la costumbre, obedeció al patrón. El tío Batiste fué el único en protestar con toda su autoridad de lobo marino.
¡Rediel! Aquello era una barbaridad. ¿Dónde tenía los ojos el Retor? ¿No veía acercarse el temporal?
Mutis, agüelo. Aquello, cuando más, reventaría en agua; y al que está acostumbrado al mar, le importa poco un chubasco más ó menos.
Pero el viejo seguía protestando. Reventaría en agua ó en viento, y si ocurría esto ya podían rezar el último padrenuestro los pescadores á quienes pillase.
El patrón protestó con una rudeza extraña en él, que trataba siempre con respeto al viejo... ¡Tío Batiste, á casa! Sólo servía ya para sacristán del Cabañal. Él no quería carroñas ni cobardes en su barca.
¡Recontracordons!... ¡Cobarde él! ¡Un hombre que había ido en falucho á la Habana y naufragado dos veces! ¡Redeu! (y que le perdonase el pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte años menos, por aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirándole las tripas al suelo. ¡Á la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo decía el refrán: Donde hay patrón no manda marinero.
Y mascullando su indignación, ayudó á colocar las últimas viguetas, cuando la proa de Flor de Mayo tocaba ya el agua.
Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la barca vieja que el Retor tenía alquilada para formar pareja con la suya.
Al poco rato ambas embarcaciones balanceábanse sobre las rompientes de la playa é izaban su gran vela latina, tomando viento con rapidez.
Los patrones agrupábanse en la playa perplejos y agitados, mirando con codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo indignados comentarios.
Aquel lanudo se había vuelto loco. El muy ladrón iba á hacer su negocio, y ellos, por cobardes, se quedarían con las manos en los bolsillos.
Esta suposición les irritaba, como si el Retor fuese á apoderarse de toda la pesca que había en el mar. Los más codiciosos y audaces se decidieron. ¡Ea! ellos eran tan hombres como el que más y podían ir donde fuese otro. ¡Barcas al agua!
La resolución fué contagiosa, y los boyeros no sabían dónde acudir, pues todos querían ser los primeros, como si se hubiera generalizado la locura del Retor. Parecía que todos temiesen ver agotada la pesca de un momento á otro.
Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver á sus hombres lanzarse en tal aventura, y proferían maldiciones contra el Retor, un lanudo que quería perder á toda la gente honrada del Cabañal.
La siñá Tona, en ropas menores, con la escasa cabellera gris flotando sobre el cráneo, acababa de llegar á la orilla. Estando en la cama le habían dicho la locura de su hijo y corría á evitarla. Pero las dos barcas ya estaban muy lejos.
—¡Pascualet!—gritaba la pobre mujer formando bocina con las manos—. ¡Fill meu!... Torna... torna.
Y al conocer que no podían oirla, tirábase de los escasos pelos y prorrumpía en gemidos y aclamaciones.
María Santísima: su hijo iba á morir. Se lo decía el corazón. ¡Ay, reina y soberana! Todos morirían; sus dos hijos, su nieto: parecía que una maldición pesase sobre la familia. La mar cochina se los tragaría á todos, como ya había devorado á su pobre Pascual.
Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y las demás le hacían coro, los marineros, ceñudos y sombríos, empujados por el egoísmo de la existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los mayores peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus barcas, tendiendo las grandes velas.
Y poco después, un enjambre de manchas blancas marcábase en la bruma de aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar adentro, como si las atrajera el imán de la fatalidad.
X
Á las nueve navegaba la Flor de Mayo á la vista de Sagunto, en el espacio libre que el tío Batiste—con su afición á guiarse más por el fondo del mar que por los accidentes de la costa—marcaba entre la Roca del Puig y el Algar de Murviedro.
Ninguna pareja se había atrevido á ir tan lejos.
Por la parte de Valencia, y prolongándose hacia Cullera, marcábanse como puntos blancos las otras barcas emparejadas.
El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del ébano. Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos estremecimientos.
La Flor de Mayo y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas desplegadas, arrastrando la red del bòu, que cada vez se hacía más pesada y tirante.
El Retor iba en su sitio de popa, empuñando la caña del timón. Apenas si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para enderezar la marcha de la barca.
Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron parecía huir de él. Cuando no miraba á su hermano, contemplaba á Pascualet, erguido al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar á aquel mar que en su segundo viaje comenzaba á mostrarse alborotado.
La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez más violentas, pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la movediza cubierta con gran seguridad, expuestos á cada paso á caer al agua.
El Retor no apartaba la vista de su hermano y su hijo, y sus ojos iban con expresión interrogante de uno á otro, como si mentalmente hiciese una minuciosa comparación.
Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba pálido, á pesar de lo bronceado de la tez; sus ojos tenían el enrojecimiento de la vigilia, y apretaba los labios como si temiera que se escapasen las palabrotas de ira que afluían á su lengua y que mascullaba sordamente.
No le había engañado Rosario. ¿Dónde tenía antes los ojos, que no había visto la asombrosa semejanza? ¡Cómo se habría reído de él la gente! Su deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto. Pascualet le recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que él sirvió de niñera en la playa. Era el hijo de Tonet, no podía negarlo.
Y el patrón, conforme se convencía de su deshonra, arañábase el pecho y lanzaba miradas de odio al mar, á su barca y á los marineros, que á hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella ira se la causaba el mal tiempo.
¿Para qué quería ya trabajar? No mantendría más á la perra que por tanto tiempo le había puesto en ridículo: ¡adiós ilusiones de crear un porvenir á Pascualet, de hacerle el pescador más rico del Cabañal! ¿Era acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el mundo; morir y que pereciera con él toda su obra.
Odiaba ahora á su Flor de Mayo, la hija de madera, á la que hablaba como si fuese un ser animado; deseaba su extinción, su inmediata pérdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces ilusiones que acariciaba cuando estaba ocupado en su construcción. Si el mar hubiera obedecido á sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar á la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para tragarla.
La red era cada vez más pesada, y las barcas, arrastrando la enorme pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.
De la barca vieja que formaba pareja con Flor de Mayo, preguntaban si era llegado el momento de chorrar.
El Retor sonrió con amargura. Bueno, que chorrasen; lo mismo le importaba ahora que después. La tripulación de Flor de Mayo agarró el cabo de la red que arrastraba la pareja y comenzó á tirar con gran esfuerzo.
Tonet y los marineros, á pesar de lo ruda que era la faena y del mal tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! Á quintales iba á salir el pescado.
El tío Batiste, tendido en la proa y mojado por los espumarajos de las olas, miraba al horizonte por la parte de Levante, donde el celaje plomizo parecía condensarse, formando una masa de negruzco vapor.
Llamaba á Pascual para que prestase atención; pero el Retor tenía fijos sus ojos en el grupo de tripulantes que tiraban de la red. Por una casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y la semejanza de sus rostros resaltaba aun más ante la mirada del patrón.
—Pascualo... Pascualo—gritó el viejo pescador con voz algo temblorosa—. Ya está ahí.
¿Quién?... ¡Quién había de ser! La tempestad, la tormenta que desde el amanecer estaba esperando el tío Batiste.
La masa de sombras que se aproximaba agrandándose por momentos, se abrió con la luz cárdena de un relámpago; después sonó el trueno, como si todo el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba con estrépito.
Sólo faltaba lo otro, el terrible Levante, que barre impetuosamente con hálito de muerte todo el golfo de Valencia; y el Levante llegó.
La Flor de Mayo tendióse de costado sobre el agua, como si una mano poderosa, agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadió la cubierta, y la gigantesca vela se extendió como una sábana sobre las olas, aleteando, volviendo á caer como un pájaro moribundo.
Esta caída de lado, que iba á hacerles zozobrar, fué obra de un instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno la tendida vela, la aplastó sobre el agua, tumbando á la barca.
El tío Batiste y el Retor, arrastrándose por la cubierta, llegaron hasta el mástil, y deshaciendo el nudo de las jarcias, arriaron la vela.
Esta maniobra salvó á la barca que, libre de la presión de la vela, se enderezó con un golpe de mar.
La Flor de Mayo, con el timón abandonado, giraba como una peonza en las aguas bullentes, que se hinchaban con lívidas y arrolladoras tumefacciones.
El Retor corrió á popa á agarrar la caña. La barca se movía con dificultad. Arrastraba la pesadísima red que momentos antes había contribuído á su salvación, sirviendo de contrapeso á la vela combatida por el huracán.
El patrón vió á la otra barca de la pareja sin aparejo, con el mástil roto, alejarse, presentando la popa.
Los tripulantes habían cortado la red para no zozobrar con su peso y huían hacia Valencia, perseguidos por el furioso Levante, que levantaba enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto se combaban y caían con ensordecedor estrépito, sólo comparable al de los truenos que rasgaban continuamente el espacio.
Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso que entorpecía la maniobra y poner la proa hacia Valencia.
La cuerda de la red fué cortada, desapareció arrastrado por las olas el peso que parecía apresar á la barca, y la Flor de Mayo obedeció con más facilidad el timón.
El Retor ostentaba la serenidad sublime de las grandes ocasiones. ¡Oído todo el mundo! Atención á lo que él mandase y á obedecer con prontitud.
La vela estaba caída sobre cubierta; la verga podía tocarse con las manos, y á pesar de la poca lona puesta al viento, la barca corría con vertiginosa rapidez, pasando el agua sobre la cubierta, mientras el mástil crujía lastimeramente.
Era llegado el momento de virar; el instante supremo: si les cogía de lado uno de aquellos còlls de mar rectos, que se desplomaban como murallas viejas, podían dar el adiós á la vida.
El patrón, puesto de pie valientemente, sin soltar el timón, examinaba todas las tumefacciones gigantescas que avanzaban veloces. Buscaba en la cordillera movible un espacio llano, un momento de calma que le permitiera virar sin riesgo de que la barca fuese pillada de costado.
¡Ahora! Y la Flor de Mayo giró rápidamente, cambió el rumbo entre dos montañas de agua, pero tan oportunamente que, apenas terminada la maniobra, un golpe de mar casi recto la entró por la popa, la puso vertical, con la proa hundida en la espuma hirviente, la elevó hasta su cima y la arrojó por la espalda, dejándola balanceante y trémula en un espacio relativamente tranquilo.
Los tripulantes, conmovidos aún por el zarandeo colosal, seguían absortos la marcha veloz y arrolladora de aquella muralla verdosa.
Viéronla inclinarse, formando como una bóveda sombría esmeralda sobre la otra barca, que huía desmantelada; se desplomó estallando como una mina, con hervor de espumas y nubes de agua que subían en columna. Cuando la ola deshecha y anonadada desapareció para dejar espacio libre á otras tan arrolladoras y ruidosas, los de la Flor de Mayo sólo vieron en los bullentes estremecimientos asomar un pedazo de palo y el lomo cóncavo de un tonel.
—Requiescat in pace—murmuró el tío Batiste santiguándose y hundiendo su barba en el pecho.
Tonet y los otros dos mocetones que se burlaban del viejo estaban pálidos, sombríos, é instintivamente contestaron: Amén.
—¡Pare! ¡pare!...—gritaba con terror Pascualet, mirando al patrón y señalando la proa de la barca.
Momentos antes de virar estaba allí el compañero de Pascualet, el otro gato de la barca. La ola monstruosa se lo había llevado sin que lo notaran los tripulantes.
En la Flor de Mayo dominaba el terror y el asombro de los primeros momentos de peligro.
El trance era supremo. Los truenos se sucedían sin interrupción; rasgábase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de los rayos, culebras de fuego que se sumían en las aguas para apagar sus entrañas incandescentes; sobre el estrépito de las olas retumbaban los truenos; unos secos, espeluznantes, como descargas de artillería, que el eco repetía hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una rasgadura interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como si quisiera desbordar el mar furioso, dándole nueva fuerza.
El Retor se sobrepuso pronto al terror de los suyos.
¿Qué era aquello, recordons? ¿Pescadores del Cabañal y temblaban? Parecía que se hubieran embarcado por primera vez. ¿Acaso no conocían las bromas del Levante? Aquello pasaría; y si no pasaba, ¿qué remediaban con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya sabían el dicho: «más valía ser comido de carranchs que no que les cantasen els capellans». ¡Ánimo, recristo! Á atarse todo el mundo, que por el momento nada necesitaba la barca, y lo importante era librarse de los golpes de mar.
El tío Batiste y los dos marineros se amarraron al mástil por la cintura; Tonet ató sólidamente á su sobrino á una argolla de popa, y él, viendo que su hermano por un alarde de serenidad seguía sentado junto al timón con el cuerpo libre, le imitó, agazapándose tras la borda, agarrando con sus manos crispadas los salientes de la barca.
Reinaba un silencio fúnebre á bordo de Flor de Mayo. La furiosa marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era amarillenta, sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y por las olas, sufrían los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les cortaban cruelmente la dura epidermis.
Cuando la ola los elevaba á prodigiosa altura y la barca quedaba con la quilla al aire como si fuese á emprender prodigioso vuelo, veía el Retor á lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte, las otras barcas del Cabañal navegando casi á palo seco, empujadas por el temporal hacia el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer en el mar corriendo la borrasca.
El marido de Dolores sentía hondo remordimiento. Parecíale que despertaba después de penoso sueño: la noche pasada en las calles del Cabañal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque, recordábalos ahora como vagas pesadillas.
¡Loco! ¡miserable! Se avergonzaba de sí mismo. Era más criminal que los que le habían hecho traición. Si estaba cansado de la vida, podía haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en la escollera de Levante. ¿Pero con qué derecho su locura había llevado á la muerte á tanto padre honrado? ¿Qué dirían de él en el Cabañal, viendo que por su culpa medio pueblo se había arrojado en medio de la tempestad?
Recordaba á los tripulantes de la vieja barca de su pareja que habían sido tragados por el mar casi á su vista; pensaba en las muchas embarcaciones que seguramente habrían perecido á aquellas horas y miraba avergonzado á sus compañeros de tripulación, amarrados, azotados por las olas y lanzados en el peligro por obedecerle.
Á su hermano y su hijo no quería mirarles: nada se perdía con que pereciesen; aun renacía en él la ferocidad de la venganza; pero ¿y los otros? ¿y los dos marineros que tenían sus madres, viejas pescaderas á las que mantenían? ¿y aquel tío Batiste, el amigo de su padre, salvado milagrosamente de tantos peligros?
No; él no tenía ningún derecho para arrastrarles á la muerte: era un criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jóvenes compañeros casi tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta fuerza que las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los golpes de mar que caían sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de que él también estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le envolvían sin conmover su corpachón, que parecía incrustado en la popa, y sentía dentro del pecho una pena semejante á la de la noche anterior.
Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglaría sus asuntos de familia ó se mataría; ahora lo interesante era llegar al puerto con toda su tripulación. Bastante le pesaban sobre la conciencia el pobre grumetillo que desapareció al virar y los que tripulaban la otra barca de la pareja.
Y el Retor ponía toda su atención en el gobierno de la Flor de Mayo. El presente no le inquietaba. La barca era fuerte y el temporal se presentaba por la popa; pero pensaba con terror en la entrada del puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecían.
Á lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la lluvia y las nubes que levantaba el oleaje, marcábase la escollera como el lomo de una ballena encallada por el temporal. ¡Ah! ¡Si él consiguiera doblarla!...
Y cuando la barca, después de quedar hundida en el agua, surgía remontándose á la cumbre de una ola, el patrón miraba ansiosamente la aglomeración de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullían innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con angustia el terrible combate de la tempestad con los hombres.
El Retor temblaba al pensar en la próxima lucha. No se veía ninguna barca. Muchas estarían ya en el puerto: las demás se habrían perdido.
En su inquietud, sentía la necesidad de fortalecerse, y habló al tío Batiste.
Él que tan bien conocía el golfo, ¿qué opinaba de aquello?
El viejo, como si despertase, movía tristemente la cabeza, y en su cara de chivo viejo marcábase un gesto de valiente resignación que le embellecía. Todo tendría fin dentro de una hora; hombres y barca. La entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba él, que en toda su larga vida no había visto otro Levante tan furioso.
Pero el Retor se sentía con ánimo para todo. Si no podían entrar en el puerto seguirían á lo largo corriendo el temporal.
El tío Batiste movía su cabeza con la misma expresión triste. Tampoco podía ser. El temporal duraría dos días por lo menos, y si la barca resistía el mar, no por esto iba á librarse de encallar en Cullera, ó de ir, cuanto más, á hacerse trizas en el cabo de San Antonio. Más valía intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era mejor allí, á la vista de sus casas, en el mismo lugar donde habían perecido muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.
Y el tío Batiste, revolviéndose en sus ligaduras, hurgábase el pecho para sacar por entre la camisa un crucifijo de bronce oxidado por el sudor, y que besaba con devoción.
Esto reanimaba á los demás. ¡Cristo! Bueno estaba el tiempo para beaterías. Tonet se burlaba con risa fúnebre, y los otros dos marineros increpaban al viejo con las más terribles maldiciones, como si el peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperación, que se traducía en impiedades.
El Retor levantaba los hombros con indiferencia. Él era buen creyente; el cura del Cabañal podía atestiguarlo, pero estaba seguro de que allí no había más Cristo milagroso que él, si la barca le obedecía y á la entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timón.
Bien se adivinaba en la Flor de Mayo la proximidad de la escollera. El mar presentábase cada vez más agitado; ya no eran las olas únicamente de popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse con el obstáculo de piedra, acometía á la barca por la proa, formando las aguas espantosos remolinos. Eran dos mangas las que había de sufrir: la del temporal y la del gigantesco escollo formado por los hombres.
La Flor de Mayo, crujiendo dolorosamente á pesar de su sólida construcción, apenas si obedecía al timonel é iba como una pelota lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia adelante por el vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de mar.
Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la barca, después de pasar sobre ella las montañas de agua, volvía á reaparecer flotando valientemente.
El patrón se convencía de lo desesperado de la situación. Estaban cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir adelante corriendo el temporal, era ya imposible; había que meterse en el puerto ó perecer en la entrada.
Distinguía ahora claramente la muchedumbre que pululaba sobre la escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba á la barca su griterío de terror.
¡Recristo! Era muy triste morir á la vista de los amigos, oyendo casi sus voces y sin poder recibir auxilio. ¡Perra mar!... ¡Chochino Levante! Y el Retor, enfurecido, insultaba á las olas, y en su desesperación las escupía, mientras la barca tan pronto se encabritaba hasta ponerse derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos. Causaba vértigos el zarandeo interminable, y el mástil lo mismo se inclinaba á babor metiendo la verga en el agua, como caía sobre el costado opuesto, desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.
¡Allá va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una ola lívida, traidora, sin espuma y sin ruido, cayó sobre la popa, cubriendo toda la barca, barriéndola con una manotada feroz.
El patrón recibió el golpe en la espalda y se dobló hasta juntar la cabeza con los pies, pero sin soltar el timón ni moverse de aquellas tablas, en las que parecía incrustado. Sintióse sumergido por algunos instantes, oyó un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y al surgir del agua sintió el roce de un objeto que, empujado por las olas, iba de una parte á otra como un proyectil.
Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar había roto sus amarras y rodaba sobre la cubierta con velocidad arrolladora, aplastándolo todo á su paso.
Dió un golpe á Pascualet en el rostro, ensangrentándole, y después, como un enorme martillo, cayó sobre la base del mástil, donde estaban amarrados el tío Batiste y los dos marineros.
Aquello fué tan rápido como espantoso. Sonó un grito horrible. El Retor, á pesar de su ánimo, se cubrió los ojos con sus manazas.
El barril, como poderosa catapulta, había caído de lleno sobre uno de los marineros, el más joven, aplastándole la cabeza; después de su crimen, la barrica, manchada de sangre, saltó fuera de la barca como criminal que huye, hundiéndose en la espuma.
La cabeza aplastada era una repugnante masa sanguinolenta, de la cual arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo pescador y el otro marinero tenían que permanecer amarrados en contacto con el mutilado cadáver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca, las rozaduras del muñón espantoso que les rociaba de sangre.
El tío Batiste clamaba con desesperación. ¡Señor! que acabase pronto aquel tormento nunca visto. ¿Cuándo se había hecho sufrir á hombres honrados una prueba semejante?
Su voz débil y cascada sonaba con esfuerzos de desesperación sobre el pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba al Retor rogándole que abandonase el timón y no se esforzara en luchar contra lo imposible. Su última hora había llegado, y antes de prolongar tales angustias, era preferible dejar que la barca se fuera sobre las rocas, haciéndose mil pedazos.
Pero el Retor no le escuchaba. El chasquido que oyó á continuación del golpe de mar, le preocupaba, y adivinando el peligro, no apartaba la vista del mástil, que á pesar de su robustez se cimbreaba de un modo alarmante.
En el tope agitábase el ramillete del bautizo, manojo de hierbajos y flores secas que el huracán iba arrebatando como señal de muerte.
Ni siquiera oía á Pascualet que, con el rostro desfigurado por una mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catástrofe, gritaba con voz que parecía un balido:
—¡Pare!... ¡Pare!
¡Ah! su padre poco podía hacer. Evitar como podía los furiosos golpes, meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de que fuese pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.
La quebrantada Flor de Mayo vióse de pronto como en el fondo de una sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de sombría agua, que avanzaban en opuesta dirección é iban á chocar, pillando en medio la barca.
Esta vez hasta el patrón dió un grito de pavor. Fué instantáneo el choque. La barca vióse envuelta en un torbellino de agua, dió un crujido horrible, como uno de los truenos secos que conmovían el espacio, y cuando al fin salió á flote pesadamente, su cubierta estaba rasa como la de un pontón; el mástil se había roto á ras de las tablas, y palo y vela, con los hombres amarrados, habían desaparecido.
El Retor aun creyó ver entre las espumas de una ola que se alejaba el cadáver mutilado, y junto á él la cabeza del tío Batiste, mirando á lo alto con expresión de asombro.
Ahora sí que podían darse por perdidos.
La rotura del mástil la habían visto todos desde la escollera, y un grito de horror proferido por centenares de bocas sonó cuando Flor de Mayo reaparecía sobre las aguas desmantelada y á merced de las olas.
Todo el barrio de las Barracas estaba allí sobre el murallón de rojos pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan atento á la lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las olas que escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo á la muchedumbre.
Al sonar los primeros truenos habían corrido todos cual rebaño asustado á la punta de la farola, como si su presencia pudiese ayudar á los parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto. Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el vendaval, que arremolinaba las faldas, oprimía los vientres y zumbaba cruelmente en los oídos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas de la lluvia por el ondeante mantón; los hombres, con chubasqueros y botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en pedrusco, deteniéndose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando la escollera, caía en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que parecía sudar la cólera de la tempestad.
En el sitio más avanzado, sobre las últimas rocas donde bullían los espumarajos y se rompían las olas, estaba Dolores, pálida, desmelenada, agarrándose á la siñá Tona, que parecía próxima á la locura.
Su chico, su Pascualet, estaba allá... y también los otros. Y se tiraban del pelo, lanzando los más atroces juramentos de la Pescadería, hasta que de pronto, deteniéndose y cruzando las manos sobre el pecho, hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios, dirigiéndose á la Virgen del Rosario ó al Santo Cristo del Grao, como si estuvieran allí junto á ellas.
La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra, arrebujándose en el mantón, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge, dejándose alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies á cabeza. Arriba, en lo más alto de la escollera, erguíase soberbia, con expresión amenazante, la enorme mole de la tía Picores. Temblaba de ira su arrugada boca, amenazaba á las olas con el puño cerrado, y á pesar de su grotesca figura, había en ella cierta sublimidad, algo que recordaba los apóstrofes del trágico inglés.
—¡Sorra!—gritaba con su voz ronca, amenazando á la mar—. ¡Dòna habíes de ser!
Y la lluvia cayendo cada vez con más fuerza, el vendaval bamboleando como cañas á los que se separaban de los grupos, y las ropas, empapadas por el agua del mar y la del cielo, pegándose á las carnes, chorreando, haciendo toser á la gente, que se olvidaba de sí misma mirando el rebaño de barcas que se aproximaban en tropel.
¡Qué de maldiciones contra el Retor!
Aquel lanudo tenía la culpa de todo: él era quien había inducido á tanto hombre de bien á lanzarse en el peligro. ¡Ojalá se lo tragase la mar!
Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza, anonadadas por la indignación pública.
Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la escollera é iban entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegría de las familias que corrían hacia el Grao para abrazar á los suyos.
Conforme entraban las embarcaciones de pesca, disminuía la muchedumbre en la punta de la farola.
La embocadura del puerto iba haciéndose por momentos más inabordable. Tres barcas quedaban á la vista, y durante una hora tuvieron á toda la muchedumbre con el corazón en un puño, luchando con la marejada feroz que las empujaba sobre las piedras.
Entraron por fin: un suspiro de satisfacción dilató los pechos, y entonces fué cuando en el brumoso horizonte comenzó á marcarse una barca solitaria avanzando velozmente, á pesar de que navegaba casi á palo seco.
Los marineros que estaban entre las rocas tendidos sobre el vientre para presentar menos blanco á las voraces olas, se miraron con un gesto de tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba: lo afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado tarde.
Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoció al poco rato la barca, que tan pronto parecía volar como se sumergía por algunos instantes. Era la Flor de Mayo.
La madre y la mujer del Retor gritaban como locas. Querían arrojarse al mar; ir cuando menos hasta los peñascos más avanzados que asomaban entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.
La conmiseración popular, el afecto que la desgracia despierta en las muchedumbres, rodeaba á las dos pobres mujeres.
Ya nadie maldecía al Retor: todos se olvidaban de su temeridad contagiosa y procuraban consolar á las dos mujeres con falsas esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar, evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.
La angustiosa situación duró una hora: lo bastante para encanecer. Cuando la Flor de Mayo fué envuelta por las dos olas y reapareció sin mástil, con la cubierta rasa, un alarido de horror sonó en la muchedumbre. Estaban perdidos: ¡á morir!
La barca ya no obedecía al timón. El mar la hizo emprender una carrera loca hacia los peñascos, y lo único que conseguía el patrón á costa de muchos esfuerzos, fué que no presentara sus costados al oleaje.
Por una casualidad no chocó contra las piedras. Un golpe de mar la elevó á tiempo y pasó como una flecha ante el extremo de la escollera, viendo Pascualo como aparición momentánea aquellos pedruscos, y sobre ellos muchas caras amigas.
¡Qué angustia! ¡Estar á la vista de ellos, poder oir su voz, y sin embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la escollera. Iban rectamente hacia Nazaret, á perecer en el arenal donde tantos barcos estaban enterrados.
Tonet, que parecía amodorrado por los golpes de mar, se reanimó al pasar frente á la escollera. Fué una visión de vida que iluminó su resignada desesperación.
No; él no quería morir, se defendería del mar y de la tempestad mientras pudiese. Entre ahogarse de allí á media hora en el arenal ó despedazarse en la escollera en un intento de salvación, prefería esto. Por algo era el mejor nadador del Cabañal.
Y á gatas, expuesto á ser arrastrado por las olas, llegó hasta una escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundió en la cala.
El Retor le miraba con desprecio. No estaba arrepentido de su obra. Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos instantes perecería con el hermano traidor, y en cuanto á la que estaba en tierra, que viviese. ¿Había acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora conocía él el engaño de la vida. La única verdad era la muerte, que nunca falta ni engaña. Y también era verdad la hipocresía feroz del mar, que calla sumiso, se deja robar por los pescadores, los halaga, haciéndoles creer en su eterna bondad, y después, con un zarpazo hoy y otro mañana, los extermina de generación en generación.
Estas ideas se sucedían en él rápida y desordenadamente, como si la proximidad de la muerte excitase su pensamiento.
Pero al ver que reaparecía Tonet en la ruinosa cubierta, profirió una exclamación de sorpresa, incorporándose sobre las movedizas tablas. Su hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el regalo de la siñá Toná, que había quedado olvidado en la cala.
Tonet no se inmutó ante la mirada fulgurante y la voz bronca de su hermano... ¿Que adónde iba? A lanzarse al mar. Había llegado el momento del ¡sálvese quien pueda! Él no quería morir encerrado allí como una rata, quería mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.
El Retor lanzó un terrible juramento. No; su hermano no saldría de la barca: no intentaría salvarse, moriría con él, y aun así no lo pagaba todo.
Lo supremo de la situación hacía reaparecer en Tonet el matoncillo del puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonreía feroz y despreciativamente, mirando á su hermano.
En la actitud de los dos hombres había algo que asustaba más que la tempestad.
—¡Pare!... ¡Pare!—repitió el niño con voz débil, agitándose en sus ligaduras.
Entonces recordó el Retor que el muchacho estaba allí; y sombrío, silencioso, soltó el timón. Llevaba en la mano su faca de marinero, y de un solo golpe cortó las ligaduras del muchacho.
—¡Tú... el chaleco!—ordenó con voz seca é imperativa á su hermano.
Pero éste le contestó con un ademán indecente, é intentó introducir sus brazos en el armazón de corcho.
¡Canalla! Pascual sentía la necesidad de hablar, de decirlo todo, aunque fuese con pocas y atropelladas palabras. ¿Creía que aun estaba ciego? Lo sabía todo; él era quien en la noche anterior le había perseguido por las calles del Cabañal cuando salió de dormir con la... púa que estaba en tierra. Si no le mataba era porque iban á morir juntos.
Pero aquel chico, el que él llamaba antes su Pascualet, no era culpable y no debía morir. Tal vez se ahogase; sería lo más seguro; pero como á niño inocente, á él le correspondían las probabilidades de salvación. ¡Pronto... el chaleco, Tonet! Era para su hijo, para el fruto del engaño y de la infamia. Aunque era tan canalla, debía acordarse de ser padre. ¡A obedecer, ó lo mataba como un perro!
Pero Tonet sonreía de un modo feroz y le contestaba con cinismo. Tal vez no se engañase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la piel propia era lo primero.
É intentó vestirse el salvavidas, pero no tuvo tiempo. Fuése sobre él su hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible, invadida á cada instante por el mar, sonó un pataleo de lucha y Tonet cayó de espaldas.
Su hermano le había hundido dos veces la faca en un costado. Por fin satisfacía la fiebre de destrucción que le animaba desde la noche anterior.
Sin saber casi lo que hacía, enfardó al muchacho en el salvavidas, y como si fuera un saco de lastre, lo arrojó por encima de la popa, viendo cómo flotaba y desaparecía tras la cresta de una ola.
Ahora á morir como todos los de la familia; á ser recogido en la playa como un salivazo de las olas, como recogieron á su padre.
Todo había pasado á bordo de la barca con gran rapidez.
La muchedumbre que estaba en la punta de la escollera, veía la Flor de Mayo saltando como un ataúd sobre las olas, sin dirección, cual un juguete de la tempestad.
Los truenos sonaban cada vez más lejanos: cesaba la lluvia, pero el vendaval seguía soplando furioso y el oleaje era cada vez más fuerte.
Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida en la barca; el drama quedó ignorado. Pero distinguieron cómo el Retor arrojaba por la popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba aproximándose á la escollera para estrellarse sobre las rocas.
Poco después sonó el último grito de angustia. Flor de Mayo era cogida de costado por una ola enorme y rodaba por algunos instantes con la quilla al aire, desapareciendo por fin.
Las mujeres santiguábanse, mientras que otras rodeaban á Dolores y Tona, sujetándolas para que no se arrojasen al mar.
Todos adivinaban qué era el objeto que flotaba hacia las rocas. Era el chico; los marineros le distinguían envuelto en el salvavidas.
Iba á matarse contra los peñascos. La madre y la abuela daban alaridos pidiendo socorro sin saber á quién. ¿No habría una buena alma que salvase al muchacho?
Un mocetón de buena voluntad, con la cintura amarrada por un calabrote que sostenían sus compañeros, se lanzó violentamente en las rocas bajas, en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las bullentes aguas á costa de fuerza y destreza.
Varias veces chocó el inanimado cuerpecillo con las salientes piedras, arrebatándolo de nuevo el mar entre alaridos de horror, pero por fin el marinero pudo alcanzarlo cuando iba á golpear de nuevo con su débil cuerpecillo el murallón gigantesco.
¡Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa plataforma de la escollera, su cara ensangrentada, sus miembros amoratados, fríos y desgarrados por las aristas del rodeno, asomaban por entre el voluminoso salvavidas como las extremidades de una tortuga.
La abuela intentaba reanimar entre sus manos aquella cabecita cuyos ojos se habían cerrado para siempre, y Dolores, arrodillada junto á él, se arañaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa cabellera, mirando fieramente á todas partes con sus ojos dorados.
Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el espacio.
—¡Fill meu!... ¡fill meu!...
Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa despreciada y estéril, conmovíase ante la locura de la maternidad herida y con honda conmiseración perdonaba á su rival.
Y en lo alto, dominándolos á todos, estaba la tía Picores, erguida y soberbia como la venganza, indiferente á todos los dolores, con las faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.
Ya no enseñaba el puño al mar. Volvíale la espalda con marcado desprecio, pero amenazaba á alguien que estaba tierra adentro, al Miguelete, que á lo lejos alzaba su robusta mole sobre la masa de tejados de la ciudad.