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Flor de mayo

Chapter 5: IV
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About This Book

A thirteen-year-old boy in a damp coastal town refuses the easy life of serving in a tavern and insists on becoming a fisherman like his father. Vivid dawn sequences and market scenes evoke the city's sensory details: wet streets, gas lamps, tartanas, fishwives and the clamour of daily trade. Family members react with fear and recall past misfortune, creating tension between youthful ambition and communal caution. The narrative traces the boy's stubborn yearning against economic hardship and social constraints, portraying working-class coastal existence with realist attention to atmosphere and routine.

Á los trece años ya no podía conformarse á seguir en la taberna. Dábalo á entender con palabras sueltas, con frases truncadas y algo incoherentes, que era lo único que podía salir de su dura mollera. Él no había nacido para servir en la taberna. Era faena demasiado cómoda; eso para su hermano, que no mostraba gran afición al trabajo. Él era fuerte, le gustaba el mar y quería ser pescador como su padre.

La siñá Tona se asustaba al oírle, y en su memoria resucitaba la horrible catástrofe del día de Cuaresma. Pero el chico era testarudo. Aquellas desgracias no pasaban todos los días, y ya que tenía vocación, debía seguir el oficio de su padre y de su abuelo, como muchas veces se lo había dicho el tío Borrasca, un viejo patrón de barcas, gran amigo del tío Pascualo.

Por fin la madre cedió cuando iba a comenzar la temporada de la pesca del bòu, y Pascualet se enganchó con el tío Borrasca como grumete ó gato de barca, teniendo como salario la comida y la propiedad de todos los cabets, ó sea el pescado menudo que saliese en las redes, camarones, caballitos de mar, etc.

El aprendizaje comenzó bien. Hasta entonces le habían vestido con la ropa vieja de su padre, pero la siñá Tona quiso que entrase con cierta dignidad en su nuevo oficio, y una tarde, cerrando la taberna, fueron al Grao á un bazar del puerto, donde vendían ropas hechas para los marineros. Pascualet recordó durante muchos años la tal tienda, que le parecía el santuario del lujo. Los ojos se le fueron tras los chaquetones azules, los impermeables de amarillo hule, las enormes botas de aguas, prendas todas que sólo usaban los patrones, y salió orgulloso con su hatillo de grumete, compuesto de dos camisas mallorquinas, tiesas, ásperas y burdas, como si fuesen de papel de lija; una faja de lana negra, un traje completo de bayeta, de un amarillo rabioso; una barretina roja para calársela hasta el cuello en el mal tiempo y gorra de seda negra para bajar a tierra. Por fin, le vestían a su medida; ya no tendría que luchar con las chaquetas de su padre, que en los días de viento se hinchaban como velas, haciéndole correr por la playa más aprisa que quería. De zapatos no había que hablar. Él no recordaba haber metido jamás en tal tormento sus ágiles pies.

No se equivocaba el muchacho al decir que había nacido para el mar. En la barca del tío Borrasca se encontraba mucho mejor que en la otra encallada en la arena, junto á la cual gruñía el cerdo y cacareaban las gallinas. Trabajaba mucho, y además de su pitanza percibía algunos puntapiés del viejo patrón, cariñoso en tierra, pero que una vez sobre su barca no respetaba ni á su mismo padre. Trepaba al mástil á poner el farol ó arreglar una cuerda con la ligereza de un gato; ayudaba á tirar de las redes cuando llegaba el momento de chorrar; baldeaba la cubierta, alineaba en la cala los grandes cestos del pescado y soplaba el fogón, cuidando de que el caldero estuviera siempre en su punto para que no se quejara la gente de á bordo. Pero como compensación á estos trabajos, ¡cuántas satisfacciones! Al terminar el patrón y los suyos la comida que él y otro gato de la barca presenciaban inmóviles y respetuosos, dejábanles las sobras a los chicos, y los dos sentábanse a proa con el negro caldero entre las piernas y un pan bajo del brazo. Ellos sacaban la mejor parte, y cuando las cucharas tropezaban ya con el fondo, entonces entraba la rebañadura mendrugo en mano, hasta que el metal quedaba limpio y brillante, como si acabasen de fregarlo.

Después venía el huroneo en busca del vino que la tripulación había dejado olvidado en el fondo del porrón de lata; y los gatos, si no había trabajo, tendíanse como unos príncipes en la proa, con la camisa fuera de los pantalones y la panza al aire, arrullados por el cabeceo de la barca y las cosquillas de la brisa.

Tabaco no faltaba, y el tío Borrasca dábase á todos los demonios viendo con qué rapidez desaparecía de los bolsillos de su chaquetón unas veces la alguilla de Argel y otras la picadura de la Habana, según la calidad del último alijo hecho en el Cabañal.

Aquella vida era inmejorable para Pascualet, y cada vez que bajaba á tierra, su madre le veía más robusto, más recocido por el sol y tan bondadosote como siempre, á pesar de su continuo roce con los gatos de barca, pilletes precoces capaces de las mayores malicias y que al hablar echaban á las narices ajenas el humo de una pipa casi tan grande como ellos.

Las rápidas apariciones en la taberna eran lo único que hacía á la siñá Tona acordarse de su hijo mayor.

La tabernera mostrábase preocupada. Pasaba los días enteros en su barcaza, sola, como si no tuviese hijos. El Retor estaba en el mar ganándose su parte de cabets, para después, en los días de fiesta, llegar muy ufano á entregar á su madre tres ó cuatro pesetas, que eran el jornal de la semana, y el otro, el pequeño, aquel Tonet de piel de diablo, había salido un bohemio incorregible, que sólo volvía a casa acosado por el hambre.

Juntábase con la pillería de la playa, un tropel de chicuelos que no sabían más de sus padres que los perros vagabundos que les acompañaban en sus correteos por la arena; nadaba como un pez, y en verano zambullíase en el puerto, mostrando con impudor tranquilo su cuerpo enjuto y rojizo para coger con la boca piezas de dos cuartos que le arrojaban los paseantes. Presentábase por la noche en la taberna con el pantalón roto y la cara arañada; su madre le había sorprendido varias veces amorrado con delicia al tonelillo del aguardiente, y una tarde tuvo que ponerse el mantón é ir á la capitanía del puerto para pedir con lágrimas y lamentos que le soltasen, prometiendo que ella le quitaría el feo vicio de arañar en el interior de las cajas de azúcar depositadas en el muelle.

Era una alhaja el tal Tonet. ¡Dios mío! ¿Á quién se parecía? Era una vergüenza que de padres tan honrados saliese un muchacho así; un pillete que, teniendo en su casa comida abundante, pasaba el tiempo huroneando por cerca de los vapores que venían de Escocia, aguardando un descuido de los descargadores para echar á correr con un bacalao bajo del brazo. Un hijo así iba á ser su castigo. Doce años á la espalda y sin afición al trabajo ni el menor respeto á su madre, á pesar de los rabos de escoba que le había roto en las costillas.

Y la siñá Tona hacía confidente de sus desdichas á Martínez, un carabinero joven que estaba de servicio en aquella parte de la playa, y pasaba las horas del calor sentado bajo el sombrajo de la taberna, con el fusil entre las rodillas, mirando vagamente el límite del mar, con el oído atento á las eternas lamentaciones de la tabernera.

El tal Martínez era andaluz, de Huelva; un muchacho guapo y esbelto, que llevaba con mucha marcialidad el uniforme viejo de servicio y se atusaba al hablar el rubio bigote con expresión distinguida.

La siñá Tona le admiraba. Las personas que son finas no lo pueden ocultar; á la legua se las conoce.

Y además, ¡qué gracia en el lenguaje! ¡qué términos tan escogidos gastaba! Bien se conocía que era hombre leído. Como que había estudiado muchos años en el Seminario de su provincia; y si ahora se veía así era porque, no queriendo ser cura y deseando ver mundo, había reñido con su familia, sentando plaza, para venir al fin á meterse en carabineros.

La tabernera oíale embobada contar su historia con aquel pesado ceceo de andaluz sin gracia; y cuando tenía que hablarle, empleaba en justa reciprocidad un castellano grotesco é ininteligible, que hubiese hecho reír en el mismo Cabañal.

—Mire osté, siñor Martines: mi chico me tiene loca con todas esas burrás que hase. Lo que yo li digo: ¿Te hase falta algo, condenat? ¿Pues entonses por qué te ajuntas con esa pillería pollosa? Osté, siñor Martines, que tiene tanta labia, hágali miedo. Dígali que se lo llevará á Valensia para meterlo en la cársel si no es buen chico.

Y el siñor Martines prometía hacerle miedo al travieso pillete, y hasta le sermoneaba con la cara muy fosca, logrando que Tonet, al menos por un rato, permaneciese encogido y como aterrado por el uniforme de aquel hombre y el terrible fusil, que no se separaba nunca de sus manos.

Estos pequeños servicios introducían á Martínez en la vida de familia, haciéndole intimar cada vez más con la siñá Tona. Allí le guisaban la comida; allí pasaba casi todo el día, y más de una vez la tabernera se prestó gustosa á zurcirle la ropa blanca y á pegarle botones en prendas interiores.

¡Pobre siñor Martines! ¿Qué sería de un joven tan fino sin una persona como ella? Iría roto y abandonado como un perdido, y esto, francamente, no podía consentirlo una persona de buen corazón.

En las tardes del verano, cuando el sol caía de lleno sobre la desierta playa sacando reflejos de incendio de la tostada arena, bajo del sombrajo de cañas ocurría siempre la misma escena. Martínez, sentado en un taburete de esparto, cerca del mostrador, leía á su autor favorito, Pérez Escrich, en tomos abultados y mugrientos, con las puntas roídas, que habían corrido toda la costa, pasando de unos carabineros á otros.

La siñá Tona no se equivocaba. De aquellos librotes, que la inspiraban el supersticioso respeto del que no sabe leer, era de donde sacaba Martínez las palabritas sonoras y rebuscadas, aquella filosofía moral que la conmovía.

Y desde el otro lado del mostrador, cosiendo á tientas, sin saber lo que hacía, contemplaba fijamente á Martínez, dedicando media hora á su fino y rubio bigote y no menos tiempo á apreciar cómo tenía la nariz ó con qué exquisito gusto se abría la raya, aplanando en ambos lados el dorado cabello.

Algunas veces, al volver la página, levantaba Martínez la cabeza, y sorprendiendo los negros ojazos de Tona fijos en él, ruborizábase y seguía leyendo.

La tabernera reprendíase después por tales contemplaciones. ¿Pero qué era aquello?... En la vida se le había ocurrido, viviendo su Pascual, mirarle detenidamente para apreciar cómo tenía la cara. Y ahora se estaba ella como una boba horas y más horas comprometiéndose con una contemplación de la que no podía librarse. ¿Qué diría la gente al saberlo?... Indudablemente le tenia ley a aquel hombre.... ¡Claro!... ¡Era tan fino y tan guapo!... ¡Hablaba tan bien!...

Pero era un disparate todo aquello. Ella ya iba para los cuarenta; no se acordaba con exactitud, pero debía estar en los treinta y siete o cosa así; y él no pasaba de los veinticuatro... Pero ¡qué demonio! aunque le llevase algunos años, ella no estaba mal; encontrábase bien conservada, y si no, que lo dijera la gentuza de las barcas que tanto la importunaba. Además, aquel pensamiento no sería ningún disparate, ya que la gente se adelantaba suponiéndolo; y lo mismo los carabineros amigos de Martínez que las pescaderas que iban á la playa, daban á entender sus maliciosas suposiciones con indirectas demasiado directas.

Al fin ocurrió lo que todos esperaban. La siñá Tona, para aturdirse, argüía a sus escrúpulos que sus hijos necesitaban un padre, y nadie mejor que Martínez; y la valerosa amazona, que aporreaba á los rudos pescadores á la menor audacia, se entregó voluntariamente, teniendo que vencer la cortedad de aquel muchachote tímido. De ella partió la iniciativa, y Martínez se dejó arrastrar con su sumisión de hombre superior que, pensando en cosas más altas, permite que en los asuntos terrenales le manejen como un autómata.

El suceso se hizo público. La misma siñá Tona no se enojaba de ello; antes bien, deseaba que fuera bien sabido que la casa tenía amo. Cuando la llamaba al Cabañal alguna ocupación, dejaba la taberna al cuidado de Martínez, que, como en tiempos pasados, seguía sentado bajo el sombrajo mirando al mar con el fusil entre las rodillas.

Hasta los dos chicos parecían enterados de la novedad, El Retor, al bajar á tierra, miraba á hurtadillas á su madre con cierto asombro y mostrábase tímido y vergonzoso en presencia del mocetón rubio y uniformado, al que encontraba siempre en la taberna; pero el otro muchacho, Tonet, delataba en su sonrisa maliciosa que todo aquel suceso había sido objeto de maliciosos comentarios en las reuniones de los pillos de la playa, y en vez de asustarse como antes con los sermones del carabinero, contestábale con muecas y se alejaba dando saltos y haciendo cabriolas sobre la arena, como en señal de desprecio.

Aquella temporada fué para Tona una luna de miel en plena madurez de su vida. Parecíale ahora su matrimonio con Pascual una monótona servidumbre. Amaba con vehemencia al carabinero, con la explosión de cariño propia de una mujer que va hacia el ocaso; y cegada por esta pasión, hacia alarde de ella, sin importarle lo que murmurase la gente. ¿Y qué?... Que dijesen lo que quisieran. Otras hacían peor que ella, y la que hablase sería por envidia, al ver que se llevaba un buen mozo.

Martínez, siempre con su aire de soñador, dejábase mimar y acariciar como un hombre que todo lo merece; gozaba de gran prestigio entre sus compañeros y superiores, pues podía disponer del cajón de la taberna y hasta de aquella media repleta de duros que tantas veces se le clavaba en el costado al tenderse en el colchón del camarote.

Por evitarse tal vez esta molestia, se dió prisa á vaciarla, sin que la siñá Tona protestase. ¿No había de ser su marido? Pues suyo era aquel dinero. Mientras la taberna marchase bien, ella no debía quejarse.

Pero cuatro ó cinco meses después llegó un día en que la Tona se puso seria.

Martínez, siñor Martines, baje usted de esa nebulosa altura en que vive su pensamiento. Dígnese escuchar á la Tona. ¿No la oye usted? Que es preciso arreglar la situación. Que las cosas no pueden quedar así. Que hay que justificar lo que venga, y una mujer honrada, madre de dos hijos, no puede serlo de tres sin un hombre que saque la cara diciendo: «Esta es mi obra.»

Y Martínez contestó ¡bueno! á todo, aunque torciendo el gesto dolorosamente, como si acabase de sufrir un tremendo batacazo, cayendo de las alturas ideales en que se refugiaba como hombre no comprendido, para soñar en la probabilidad de ser general, jefe de Estado y otras muchas cosas, como los personajes de sus novelas favoritas.

Pediría los papeles para el casamiento, pero tendrían que esperar, porque Huelva está lejos.

Y Tona esperó, siempre con el pensamiento puesto en Huelva, tierra remota, que por su cuenta debía estar en los alrededores de Cuba ó Filipinas.

Pero el tiempo pasaba y la cosa iba haciéndose urgente.

Martínez, siñor Martines, que sólo faltan dos meses; que á la Tona le es imposible ocultar por más tiempo lo que viene, y la gente se va enterando. ¡Qué dirán los chicos al verse con un nuevo hermano!... Pero Martínez protestaba. No era suya la culpa. Bien veía ella las muchas cartas que escribía para activar el envío de los papeles.

Por fin, un día el carabinero declaró que iba á emprender el viaje á su tierra y traerse los malditos documentos, para lo cual tenía ya el permiso de sus jefes.

Muy bien: aquella resolución le gustaba á la siñá Tona. Y para ayuda del viaje le entregó toda la plata que tenía en el cajón del mostrador, lo peinó por última vez, lloró un poco y ¡hasta la vista! ¡Buen viaje!

La pobre Tona ya no vió más al siñor Martines. Entre los carabineros que pasaban la playa no faltó una buena alma que tuvo el gusto de decirla la verdad.

No había tal viaje á Huelva. Las cartas que escribía Martínez iban á Madrid, pidiendo que lo trasladasen á un punto lejano, pues los aires de Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo habían trasladado á la comandancia de la Coruña.

La siñá Tona creyó volverse loca. ¡Ladrón, más que ladrón! ¡Miren el mosquita muerta!... Fíese usted de esas personas de mucha labia. ¡Pagarle así á ella... á ella, que le hubiese dado hasta el último céntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de siesta tan amorosamente como si fuese su madre!

Pero toda la desesperación de la pobre mujer no impidió que saliese á luz lo que tan urgente hacía el matrimonio; y á los pocos meses la siñá Tona despachaba copas tras el mostrador, enseñando su pecho voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezón una niña blanca, enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que parecía una bola de oro.

III

Pasaron los años sin que sufriese la menor alteración en su monótona vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.

El Retor era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el peligro. De gato había ascendido á ser el tripulante de más confianza en la barca del tío Borrasca, y cada mes solía entregar á su madre cuatro ó cinco duros de ahorros para que los guardase.

Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase entablado una lucha: Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos días. Fué una semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con el tío Borrasca en calidad de gato, pero el patrón se cansó de pegarle, sin conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse tonelero, que era el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la calle, y por fin á los diez y siete años se metió en una còlla del puerto, cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos veces por semana, y esto de mala voluntad.

Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa á los ojos de la siñá Tona, cuando ésta le contemplaba en los días de fiesta (que eran los más para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el bigote; la chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.

Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser otro pillo como aquel Martínez de infausta memoria; pero más salao, más audaz y travieso, y de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo disputaban por novio.

Tona regocijábase al saber el aprecio en que tenían á su hijo, y estaba enterada de todas sus aventuras. ¡Lástima que le tirase tanto el maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su hermano, que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.

Una tarde de domingo, en la taberna de Las buenas costumbres, título terriblemente irónico, se tiró los vasos á la cabeza con los de una còlla de cargadores que trabajaban más barato, y cuando entraron los carabineros á poner paz, pilláronle faca en mano persiguiendo por entre las mesas á los contrarios.

Más de una semana lo tuvieron encerrado en el calabozo de la casa capitular; las lágrimas de la siñá Tona y las influencias del tío Mariano, que era muñidor en las elecciones, consiguieron sacarle á flote; pero tanto le corrigió el arresto, que en la misma noche de su libertad sacó otra vez la dichosa faca contra dos marineros ingleses que, después de beber con él, intentaron boxearle.

Era el gallito del Cabañal. Faena poca; pero una verdadera fiera para resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no presentándose en la de su madre en semanas enteras.

Tenía su poquito de amores serios con cierta intimidad, que para muchos olía á matrimonio anticipado. Su madre no estaba conforme con tales relaciones. No quería una princesa para su Tonet, pero la hija de Paella el tartanero le parecía poca cosa. La tal Dolores era descarada como una mona; muy guapa, sí señor, pero capaz de comerse á la pobre suegra que tuviese que aguantarla.

Era natural que fuese así. Se había criado sin madre, al lado del tío Paella, un borrachón que daba traspiés al amanecer cuando enganchaba la tartana y á quien el vino tenía consumido, engordándole únicamente la nariz, siempre en creciente por las rojas hinchazones.

Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su parroquia la tenía en Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco inglés se ofrecía como un sinvergüenza á los marineros para llevarles á sitios de confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con blancos matinées, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza, conduciéndolas con sus amigos á los merenderos de la playa, donde se corrían juergas hasta el amanecer, mientras que él, alejado, sin abandonar el látigo ni el porrón de vino, se emborrachaba, mirando paternalmente á las que llamaba su ganado.

Y lo peor era que no se recataba ante su hija. Hablábala con los mismos términos que si fuera una de sus parroquianas; su vino locuaz sentía la necesidad de contarlo todo, y la pequeña Dolores, encogida, lejos de los agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos y en ellos una expresión de curiosidad malsana, oía el brutal soliloquio del tío Paella, que se relataba á sí mismo todas las porquerías é infamias presenciadas durante el día.

Y así fué criándose Dolores. ¡Vaya, que lo que aquella chica ignorase!... Por eso Tona no la podía admitir como nuera. Si no se había perdido ahora que comenzaba á ser una mujer guapa, era porque algunas vecinas le aconsejaban bien; pero aun así, la muchacha también daba sus escándalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el amo. Comía con ella, aprovechándose de que el tartanero no volvía hasta muy entrada la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en los bolsillos del tío Paella para dar dinero al novio, lo que hacía lanzar al borracho un vómito interminable de injurias contra la falsa amistad, creyendo que en los momentos de alcohólica turbación le robaban las pesetas sus compinches de taberna.

Era un secuestro en regla el que hacía aquella chica, y Tonet, lentamente, una pieza hoy y otra mañana, fué trasladando toda su ropa desde la taberna de la playa á la casa del tartanero.

La siñá Tona se quedaba sola. El Retor estaba siempre en el mar persiguiendo la peseta, como él decía, unas veces pescando y otras enganchándose como marinero en algún laúd de los que iban por sal á Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas ó metido en casa del tío Paella, y ella aviejándose tras el mostrador de su tiendecilla, sin otra compañía que aquella chicuela rubia, á la que quería de un modo raro, con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del pillo de Martínez. ¡Ojalá se lo haya llevado el demonio!...

Decididamente Dios sólo protegía á temporadas á las personas buenas. Los tiempos presentes no eran ya los de la primera época de su viudez.

Otras barcas viejas varadas en la playa habían sido convertidas en tabernas; los pescadores tenían donde escoger, y además ella envejecía y la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrándola.

Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus antiguos parroquianos, sólo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona más de una vez contempló de lejos su blanca barcaza, considerando melancólicamente el fogón apagado, la cerca casi derribada, tras la cual no gruñía el blanco cerdo esperando la matanza anual, y la media docena de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.

Pasó el tiempo para ella con lenta monotonía, sumida en una estúpida somnolencia, de la que la sacaban únicamente las diabluras de Tonet ó la contemplación de un retrato del siñor Martines, puesto de uniforme, que ella conservaba colgado en su camarote con cierto refinamiento cruel, como para recordarse la debilidad pasada.

La pequeña Roseta, la chicuela caída en la barca por obra y gracia del pillo carabinero, apenas si merecía la atención de su madre. Criábase como una bestiezuela bravía. Por la noche Tona había de ir en su busca para encerrarla en la barca, después de darla una terrible zurra, y durante el día presentábase cuando la aguijoneaba el hambre.

¡Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva cruz que había de arrastrar la pobre Tona.

Huraña y amiga de la soledad, tendíase en la arena mojada, cogiendo conchas y caracoles ó amontonando algas. Á veces pasaba horas enteras con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmóvil vaguedad de hipnótica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios, enroscados y tiesos como culebras, ó hacía ondear el viejo refajo, que dejaba al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura deslumbrante, en cuyas extremidades el ardor del sol había suplido la falta de medias tostando la piel con un color rojo.

Allí se estaba horas y más horas con el vientre hundido en la arena mojada, que cedía bajo su peso, acariciado el rostro por la delgadísima capa de agua que avanzaba y retrocedía sobre el reluciente suelo con las ondulaciones caprichosas del moaré.

Era una bohemia incorregible. Lo que decía Tona: De tal palo, tal astilla. También el granuja de su padre se pasaba las horas muertas embobado ante el horizonte, como si soñara despierto y sin servir para otra cosa.

Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su hija, estaba arreglada. ¡Criatura más desmañada y perezosa!... En la taberna rompía vasos y platos al intentar limpiarlos; quemábase el pescado en la sartén si ella cuidaba del fogón, y al fin su madre tenía que dejarla corretear por la playa ó que fuese á la costura del Cabañal. Á temporadas dominábala un deseo loco de aprender, y se escapaba, exponiéndose á una paliza, para ir en busca de la maestra; pero poco después huía de la escuela, cuando su madre mostrábase conforme en que asistiera á ella.

En verano únicamente ayudaba a la pobre Tona. El lucro uníase á su afán de correteo sin objeto, y cargada con un cántaro tan grande como ella, iba vaso en mano por la playa de los baños ó pasaba audazmente por entre los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando á todas partes con sus ojazos soñadores, agitando la maraña de rubios pelos y gritando con su voz débil: ¡Al aigua fresqueta! sacada de la fuente del Gas.

Unas veces con esto y otras con el cesto de caña lleno de galletas, que pregonaba con tono melancólico: ¡Salaes y dolses! Roseta conseguía entregar á su madre por las noches unos dos reales, lo que aclaraba un poco el gesto fosco de Tona, á la que los malos negocios iban haciendo egoísta.

Y así creció Roseta; siempre en huraño aislamiento, acogiendo con serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando á Tonet, que nunca se había fijado en ella; sonriendo algunas veces al Retor, que cuando bajaba á tierra solía tirarle amistosamente de los retorcidos pelos, y despreciando á la pillería de la playa, de la cual alejábase con un airecillo de reina orgullosa.

Tona acabó por no ocuparse de la chiquilla, á pesar de ser la única compañera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno parecía estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua preocupación.

Aquella perdida habíase propuesto robarle toda su familia. Ya no se contentaba con Tonet, y éste llevaba á casa de Dolores á su hermano el Retor, el cual, al saltar á tierra, pasaba como rápida exhalación por la tabernilla de la playa, yendo á descansar en casa del tartanero, donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.

Pero en realidad lo que incomodaba á Tona más que la influencia que Dolores ejercía sobre sus hijos, era que veía desvanecerse un plan que acariciaba hacía mucho tiempo.

Tenía pensado el matrimonio de Tonet con la hija de una antigua amiga.

Como guapa, no podía compararse con la endemoniada hija del tartanero; pero la siñá Tona se hacía lenguas de su bondad (la condición de los seres insignificantes) y se callaba lo más importante, ó sea que Rosario, la muchacha en quien había puesto los ojos, era huérfana; sus padres habían tenido en el Cabañal una tiendecita, de la que se surtía la tabernera, y ahora, después de su muerte, le quedaba á la hija casi una fortuna; lo menos tres ó cuatro mil duros.

¡Y cómo quería á Tonet la pobrecita! Al encontrarle en las calles del Cabañal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de cordera mansa, y pasaba las tardes en la playa gozándose en hablar con la siñá Tona, tan sólo porque era la madre del gallito bravo que traía revuelta toda la población.

Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores, con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo cuando le soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en Valencia durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores, emborrachándose de noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de hospedaje y gastándose en orgías de pirata hambriento lo que ganaba en alguna timba de calderilla.

En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que costó á su madre un mes de llantos é innumerables alaridos. Tonet, con otros amigotes, sentó plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de la vida del Cabañal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.

Y llegó el día en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidió de Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á que iba destinado.

¡Anda con Dios! Mucho le quería la siñá Tona, pero al fin podía descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario, que, siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de Roseta y preguntaba con emocionada timidez á la siñá Tona si había recibido carta del marinero.

Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos los viajes y estaciones que hacía la Villa de Madrid, fragata en la que iba Tonet como marinero de primera.

¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de húmedos tablones el estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «Para la siñora Tona la del cafetín, junto á la casa dels bòus

Un perfume raro, exótico, que hablaba á los sentidos de vegetaciones desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soñaban con países desconocidos, viendo con la imaginación los negros de la Habana, los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de América.

¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando volviese! Tal vez había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; así sentaría la cabeza. Y la siñá Tona, poseída de nuevo por aquella preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida disciplina de á bordo, mientras que el otro, el Retor, el que ella tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en el gremio de la pesca.

Iba siempre á partir con el dueño de su barca; tenía sus secretos con el tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en todos sus apuros. En fin, que ganaba dinero, y la siñá Tona se daba á todos los demonios viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por ceremonia iba á sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.

En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde había de ser? en casa de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había dado á sus hijos polvos seguidores, pues corrían á ella como perros sumisos.

Allí estaba metido el Retor, como si en casa del tartanero se le perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía que Dolores era para el otro? ¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones que ella hacía escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía con él las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le guardaba los ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.

Un día murió el tío Paella. Lo trajeron á casa destrozado por las ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho caer de su asiento, y murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no abandonaba ni para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.

Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su tía Picores la pescadera, protectora poco envidiable, pues hacía el bien á bofetadas.

Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet, fué cuando circuló la gran noticia. Dolores y el Retor se casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido produjo la noticia en el Cabañal! La gente decía que era ella la que se había declarado al novio, añadiendo otros detalles más fuertes que hacían reír.

Á Tona había que oirla. Aquella siñora de la herradura se había empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo. Ya sabía lo que se hacía la muy tunanta. Un marido bobalicón que se matase trabajando era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo había sabido coger el único de la familia que ganaba dinero!

Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después á la siñá Tona. Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situación y favorecía sus planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á regañadientes, se dignó asistir á la boda y llamar filla mehua al hermoso culebrón, que tan fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.

Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la noticia. ¡Bonito genio tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al saberse que había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural que Dolores se casase, ya que le faltaba arrimo. Además—como él decía—, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su hermano, que era un buen muchacho.

Y tan razonable como en sus cartas se mostró el marinero cuando, con la licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á cuestas, se presentó en el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y el rumbo con que gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como alcances del servicio.

Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué demonio! De lo pasado no había que acordarse. Él también había hecho de las suyas en sus viajes. Y no se preocupó gran cosa de ella ni del Retor, atento á gozar el aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.

Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas ó en el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de Paella, donde ahora vivía el Retor, oyendo con arrobamiento al marinero la descripción de extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor asombro de los papanatas que le admiraban.

Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo, ó con sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía ante las muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente asomando bajo la gorra de seda.

La siñá Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconocía que era tan pillo como antes, pero sabía vivir mejor, y bien se conocía que le había aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas: si bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido, sino satisfacer sus egoísmos de vividor.

Por esto acogió benévolamente todas las proposiciones de su madre. ¿Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; además, tenía un capitalito que podía hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y esto era lo que él deseaba.

Un hombre, después de servir en la marina real, no podía dignamente cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.

Y con gran alegría de la siñá Tona, se casó con Rosario. Todo iba bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita, tímida, sumisa, creyendo en él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas botas impermeables en los días de lluvia.

Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de misteriosos deseos.

Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco, como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de su hijo.

Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera en maldiciones y alborotos.

Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.

Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita, cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad exclusiva el mejor mozo del Cabañal.

El infortunio les aproximaba al Retor, al otro matrimonio que subía y subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza abajo.

Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba el Retor, y él era el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.

Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse de fingir.

Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. El Retor sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia, y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano, pasando en ella más tiempo que en el café.

Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres; entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la casa del Retor, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.

Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel vago; y la hermosa hija del tío Paella burlábase de su cuñada la tísica, la pava, gozándose en insultar su pobreza, su vida trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual, como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.

Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la antigua casa del tío Paella, restaurada y embellecida, á la barraca miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos, llevando y trayendo recados.

Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la siñá Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco, vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre las dos familias.

¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La siñá Tona lo afirmaba, mirando de soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna. Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:

Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia.

IV

Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que el Retor y Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al mar.

Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos temporales.

El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado, y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos lejanos, haciendo temblar sus contornos.

La playa estaba en reposo. La casa dels bòus, donde rumiaban en sus establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco servían de trincheras.

Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.

Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte, el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel.

En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las que pescan al volantí, pequeños y airosos esquifes, que parecían la vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del bòu con idéntica altura é iguales colores.

En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos, con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á la vejez.

Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.

El Retor hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey manso sobre el mar y la costa.

Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo.

Ya estaban en el buen tiempo. El Retor era quien lo afirmaba, y sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el acierto de su patrón, el tío Borrasca. Aun quedaban para la próxima semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían ganarse el pan sin miedo.

Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de monótona cadencia; sonaba lentamente el ¡oh... oh, isa! de unos cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los gatos, que estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica.

Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su calma cachazuda acabase de formular todo el plan.

Por fin habló el Retor. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros. En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet?

Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.

Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la extensión de arena donde en verano se plantan las barraquetes para los bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios, los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto, y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el Cap de Fransa, una masa prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.

No temiendo espionajes, el Retor volvió á sentarse al lado de su hermano.

Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un viaje á la còsta d’afòra, á Argel; como quien dice á la pared de enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de alguilla y Flor de Mayo... ¡Rediel! ese era el negocio; mil veces lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?

Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre aburrido de la pesca.

Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase, enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.

Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la Garbosa. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, el Retor entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella; compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.

Además—y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande—, con una barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les echaba la zarpa.

Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase el Retor de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que exponía su vida.

Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.

Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba siendo su tío.

Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de Carabina, y allá fueron los dos hermanos.

Al pasar por cerca de la casa dels bòus miraron la barcaza-taberna, cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un ¡adiós, mare! el rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta sobre el mostrador.

Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos confundiendo su monótono rac-rac con la susurrante calma de la playa, y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas despidiendo reflejos metálicos.

Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable torno.

Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del mar.

Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho, según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.

Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos, pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores, como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco.

Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían los dueños de las parejas del bòu. En lo alto del mástil se secaban los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un pabellón consular. El Retor miraba estos palitroques con cierta envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?

Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes, estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca, marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban animación y vida.

El de Carabina estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.

Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa superioridad al tío Gòri, un viejo carpintero de ribera que durante veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los días de holganza le oían hasta el anochecer.

—«Se abre... la sisión. El siñor Segasta pide la palabra

Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca:

¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!

Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por debajo del blanco y chamuscado bigote:

—«Siñores: contestando á lo que ayer dijo...»

Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:

¡Este es un embustero!

El Retor, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un ¡hola, chiquets! permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus ilustres amigos.

Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata, que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo, buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de Carabina, aliciente principal del establecimiento.

El señor Mariano (a) el Callao (aunque todos se guardaban de darle en su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro cuartos.

Llamábanle el Callao porque cada día hablaba una docena de veces de aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero de primera á bordo de la Numancia. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez, á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del glorioso navío: ¡Bum! ¡brurrrum!

Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad, prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que, después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas del pueblo.

Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.

Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes, que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su gato el señor Mariano.

Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido, ¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la gente, trabajadora y atrevida.

Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del estanco.

Gracias á sus agallas y á Dios, que no le había abandonado, tenía con qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de los moscas, y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á cambio de ser ciego por una hora.

El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo á pescar.

¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer; pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; le tiraba la afición al fardo prohibido.

Y como el Retor expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando, como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución.

Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus amigos del entrepôt de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á venderlo.

Grasies, tío—murmuraba el Retor saltándosele las lágrimas—. ¡Qué bò es vosté!...

Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido. La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y el Retor, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con sendas cabezadas.

Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores, indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con la vista fija y sin menear apenas los labios.

¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á los del entrepôt.

Pero el Retor no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la côlla de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes. El traje de sayón era de su padre.

El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. El Retor y su hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío. Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?

—Bueno; pues á dinar y hasta la vista, chiquets.

Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera, volviendo al barrio de las Barracas.

¿Qué t’ha dit el tío?—preguntó Tonet con indiferencia.

Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró. ¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano.

El bondadoso Retor se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet.

Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.

Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado hasta él.

V

Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció sereno.

La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante, igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas, con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres atabales.

Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si, barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo.

La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la procesión del Encuentro.

Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados, las vestas, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la arena, sufría indecibles angustias.

Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo conoce con el nombre vago y acomodaticio de traje de guerrero; tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de un apache; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el despropósito, con las fúnebres vestas y los imponentes judíos, pasaban los granaderos de la Virgen, buenos mozos, con enormes mitras semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún ataúd.

Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente; desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.

Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes; madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un ¡Reina y siñora, qué guapos van! y la mascarada piadosa servía para recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio, casi á la puerta de la taberna del tío Chulla.

Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.

Las còllas se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos, solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los horripilantes atributos de la Pasión.

El Retor era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón durante el resto del año y considerado por toda la familia como el tesoro de la casa.

¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre Retor, cada año más rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!

Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón las cortas piernas y el vientre de su Retor, mientras que Pascualet, sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.

Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla, apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores; apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.

Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas; pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el cansancio.

Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera. Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la frontera de sus dominios a recibir el ejército.

Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio, mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón por el estandarte.

Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo, fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No; Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas, ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro de la Marina.

Ya iban todas las còllas camino de la iglesia, con la música al frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.