Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor carácter, ponían un gesto feroz de pocos amigos, y las vestas, con el capuchón calado y la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la madre.
Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica Samaritana, en las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias rayadas.
Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad.
—¡Siñor!... ¡Ay Siñor, Deu meu!—murmuraban con acento angustiado las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de la pillería excolmugada.
Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:
—¡Morrals!... ¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?
¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor! de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.
La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas, agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre los ojos.
Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en lugar preferente la procesión.
La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?... Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la empresa de su acicalamiento.
Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y ¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al mirar á la gente. ¡Ah, la arrastrada!... ¡Y cómo la respetaban y mimaban todos á pesar de su orgullo!
Las dos cuñadas, con gran desesperación de la tía Picores, seguían mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que hacía presentir nuevas explosiones.
Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al momento.
Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.
Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso, deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del encuentro.
La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.
Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban. ¡Ay, reina y soberana! Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala) que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino del presidio.
Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.
Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos; callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del encuentro.
La gente oía embobada al tío Grancha, un viejo velluter que todos los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando los bebedores de la inmediata taberna de Chulla reían demasiado fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y los devotos clamaban indignados:
—¡Calleu... recordons!
Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el tío Grancha, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que contrastaba con su capitán patizambo.
Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la encontraba sola!
Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia, la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de la hermosa nuca erizada de rizados pelos.
Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde le diese la gana?
Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la pupila de hermoso verde mar.
Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se comía los hombres con los ojos.
Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que estaban medio locas. Piensa el ladrón que todos, etc.... Ella únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.
—¡Mare!, ¡mare!—gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban á ésta por los flacos y nerviosos brazos.
—¿Qué es asò? ¿Sempre lo mateix?—bramó un vozarrón cascado.
Y la enorme mole de la tía Picores se interpuso entre las combatientes.
Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. Tú Dolores... á casa. Y tú, mala llengua, que no t’oixca.
Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.
¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil veces! ¡Qué chicas las de ahora!
Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar por las amigas.
El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.
En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.
El Retor habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la saludable expansión.
Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un puerco espín.
Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores, pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con movimientos de cabeza.
En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba arreglado.
Y ahora al negocio.
Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos aporreaban las puertas con garrotes, la Garbosa, aquella ruina del mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina, blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal; contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.
VI
Muy entrada la noche navegaba la Garbosa en aguas del cabo de San Antonio.
Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las aguas.
Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la inmensidad azul.
El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un cíclope acechando á los navegantes.
Era flojo el viento de la costa, y la Garbosa había pasado todo el día en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en la entrada del verdadero camino de Argel.
El Retor, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz del farolillo que iluminaba el barco.
Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de á bordo, él era el único que había estado en Argel.
El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña al Sudeste! y no había más que dejar á la Garbosa que siguiese su camino si el viento era bueno.
El Retor se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca, exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja rojiza con el rebullir de la estela.
Ahora á dormir.
Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.
El Retor era el único que velaba á bordo de la Garbosa. Á pesar del rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á sus pies.
Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo. Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura? ¿Resistiría la Garbosa si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le pillarían cuando volviese cargado hacia España?
Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja Garbosa como si los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo, parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado, por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el resplandor de lo infinito.
Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.
Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y azulada como espejo veneciano.
La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.
La Garbosa avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos, marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.
Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la cubierta con su orla.
Desde la cubierta de la Garbosa alcanzaba la vista las hondas profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines, sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.
Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El gato de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla del mediodía, y el Retor, paseando por la estrecha popa y mirando al horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La Garbosa, aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.
Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación; trigueros que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.
El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas, burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la Garbosa ardían las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.
La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo plato.
Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera caliginosa.
Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.
Iban á dormir en la zorra de aquel carro viejo, y uno tras otro deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que rezumaban, quejándose al menor vaivén.
Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el viento, y la Garbosa, como un caballo viejo de buena casta que siente la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.
Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y poco después todos los tripulantes de la Garbosa vieron salir pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios, con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.
Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres. ¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría estornudar?...
Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.
Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el inmenso azul.
Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la Mala Dòna. A babor estaba Argel.
La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría de espumarajos, y toda la Garbosa, crujiente y conmovida, avanzaba veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra y el descanso.
Caía la tarde, y en los flancos de la Mala Dòna, esfumados por la distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.
La Garbosa inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.
Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en África.
Percibíase desde la Garbosa el choque del oleaje sobre los acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta, brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.
Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio, apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.
Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.
Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás, la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces carruajillos con toldos de lienzo blanco.
Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al llegar la noche con el apetito excitado.
El Retor, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces tras una lona que sostenía el gato de la barca.
Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja. Los del entrepôt contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.
El Retor explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia que allí habían muchos moscas prontos á telegrafiar á España el nombre y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!
Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.
Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros, sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban codiciosos la iluminada ciudad.
Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el gato de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja, brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.
Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el Boulevard de la República, con sus grandes cafés, donde iban los señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y hermosas tiendas; la plaza del Caballo con la mezquita principal, un gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como patitos y diciendo mersi á cada chicoleo; soldados con gorro de datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia; gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la acera, donde se servía la absenta á vasos.
Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.
¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? ¡Redeu! Aquello sí que era notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera, comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de inmundicia bajando por los escalones del empedrado.
Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué cosas en su jerga de perros.
Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año. El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón, tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al son de una flauta y dos panderos.
Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común, que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo frotaros con sus manazas, y otras ¡rediel!... otras que eran las señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y medias lunas.
¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los llevaron al violón, de donde los sacó el cónsul después de dos días de encierro.
Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los pies con expresión de hombre cansado:
—¡Ay!... Entonses tenía yo més humor.
El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si nadase un perrazo con dirección á la barca.
Era el vaporcito del entrepôt. Saltó á la cubierta de la Garbosa un buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió cuenta al Retor de su comisión.
Habían recibido á tiempo el aviso de mosiú Mariano, de Valencia; les esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios despachar pronto.
—¡A la faena!—gritó el Retor á su gente—. Cárrega á bordo.
Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.
Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los fardos, y la Garbosa, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose, lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la excesiva carga.
El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca. ¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y el Retor contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de allí á dos noches en la playa del Cabañal.
La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos y que no cayesen al mar.
—Buona sorte, patrón—chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y estrechando con fuerza la mano del Retor.
Se alejó el vaporcillo; la Garbosa extendió su vela, y comenzó á correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos brillante.
Al Retor se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo! Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si estuviera corriendo un temporal.
Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á flor de agua.
Cuando amaneció, el cabo de la Mala Dòna veíase por la popa como una vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.
La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la noche, la recordaba el Retor como si fuese un sueño, ahora que se veía de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre Garbosa, que navegaba torpemente como una tortuga.
Lo único que tranquilizaba al Retor era el tiempo. Buen viento y mar bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato. Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso, lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido como un salivazo de las olas.
La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base cortada por dos fajas de nubes.
La Garbosa, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.
El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar hasta la noche para hacer el alijo.
De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón. Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo... ¡Futro! No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo. Algún mosca había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la Garbosa había salido á algo más que á pescar.
Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su hermano con inquietud.
Aun era tiempo; á tomar mar. Y la Garbosa, inclinando un poco su proa, se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en esta maniobra, y la Garbosa navegaba con gran rapidez hundiendo muchas veces bajo las olas su abrumado casco.
La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba considerable, y el Retor pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.
La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.
El Retor adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la Garbosa hacia tierra para echar sus fardos.
Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar en un zapato como la Garbosa. ¡Á las Columbretas, refugio de los hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del comercio!
Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada Garbosa, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas, que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila siempre que no sopla el Levante.
La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable distancia, están las Columbretas menores; la Foradada, surgiendo de las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.
La Garbosa quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se fijaran en ellos.
Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos, pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que, refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta ondulación.
Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la cerrazón del tiempo.
No se veía ni una vela; pero el Retor estaba intranquilo, temiendo que sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como refugio de contrabandistas.
La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?
El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.
Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la Garbosa y salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros, agrupadas en la plazoleta frente á la torre.
¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la Garbosa tan pronto se encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de cabeza á pies.
Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca... bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.
Mas el Retor no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un estertor de agonía.
Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía allá en el Cabañal.
Aquello no era nada, ¡recordons! No había que apurarse. Y si la zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las tabernas... ¡Atención con esa que viene!... ¡Brrum! Ya pasó. Si llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol. ¡Atención, que viene otra!...
Y el Retor hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico adquirido en su aprendizaje con el tío Borrasca. Pero el único que le oía era el gato, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes, como si no quisiera perder nada del espectáculo.
Cerraba la noche. La Garbosa navegaba á media vela, dando espantosas cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar desapercibido que evitar un choque.
Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.
El Retor no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes, en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!
Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del Rosario.
Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo. ¿Pero les esperarían?
El Retor, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían desmenuzando, hasta hacerla astillas.
Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la Garbosa marchó recta, empujada más por las olas que por el viento, hacia la obscura playa.
Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un grito de felicidad.
Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.
La Garbosa extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba, sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas; marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar, hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando hombres y arrebatando fardos.
Acababan de encallar á pocos metros de tierra.
Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena de brazos tendida hasta la playa.
—¡Tío, tío!—gritó el Retor lanzándose al agua, que no le pasó del pecho.
—Presente—contestó una voz desde la playa—. Mutis y á la faena.
Era un espectáculo extraño: una pesadilla.
El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se alejaban. El Retor vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver en la mano.
No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban untados y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga, gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo, y creía aquello de quien roba á un ladrón, etc. No; pues de él no se reirían, ¡redeu! al primero que escondiera un fardo, le pegaba un tiro.
La descarga fué como un sueño. Cuando el Retor comenzó á reponerse de la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras, se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.
Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la arena.
Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al gato lo pescaron cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento de encallar.
El Retor, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado lo tenía.
Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada á la infeliz Garbosa, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino, cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.
VII
El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío Mariano entregó al Retor pocos días después.
Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.
El Retor estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del alijo, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la que un hombre honrado podía meterse en algo.
Y este algo, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la pobre gente.
El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo: para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios, sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor parte.
Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se daban á la vela frente á la casa del bòus.
Ya era hora, ¡rediel! No le verían más como marinero ni patrón alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la punta sus redes.
Señores, sépanlo todos: el Retor hace una barca; Dolores la guapa, si va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para contemplar con cierta envidia al Retor que, mascullando el cigarro, se estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes, otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.
La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la mejor del Cabañal.
Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte que le correspondía del alijo, y que el bueno del Retor procuraba hacer lo mayor posible.
En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria. Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las timbas de cuartos ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad, le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su época de penuria.
Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas del juego.
Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces, pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose en la cocina si el Retor estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala conducta.
Si en una de éstas entraba el Retor, celebraba mucho el buen sentido de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!
Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban incesantemente.
Así fué llegando el verano.
El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera ciudad de quita y pon. Las barraquetas de los bañistas, con sus muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores, rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago, esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos: Restaurant de París, Fonda del buen gusto; y entre estos pedantes de la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de regocijada ortografía: El Nap, Salvaor y Neleta, y ofrecían como plato del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.
Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos, el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos bofetadas al primer municipal.
Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto del año.
Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del Retor pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una proa tan fina, que era talmente una navaja de afeitar; pintado de negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era.
Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.
Esto lo decía el Retor una noche, sentado en el corro que se formaba á la puerta de su casa.
Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.
Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar. ¡Redeu! ¡Cómo estarían asándose en Valencia!
La siñá Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.
Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua Aduana.
¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre: su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella la gallardía del siñor Martines.
Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro de la muchacha.
Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano, cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.
¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su barcaza.
En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén, punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata: