II
EL SALÓN DE COMARES
Amanecía apenas: los reflejos
De la rosada luz del sol naciente
Á dorar comenzaban á lo lejos
De la ancha sierra la arbolada frente:
Y empezaba la aurora purpurina
Ostentosa á tender su velo de oro
Prendido en el Oriente,
Sobre la extensa vega granadina,
Ceñidor de verdura,
Morisco chal que envuelve la cintura
De la ciudad en donde reina el Moro.
Comenzaba á sus cárdenos fulgores
La tierra fértil á tomar colores,
Exhalando de sí el aroma suave
De la humedad nocturna, y comenzaba
Y la brisa del alba revoltosa
Á estremecer del bosque, donde erraba,
La cabellera verde y rumorosa.
Fresca, gentil, risueña,
Á la primera luz de la mañana
Se despertaba la ciudad sultana,
De cien ciudades orgullosa dueña:
La ciudad del amor y de las flores:
La ardiente y hermosísima africana,
Que reclina su frente soberana
Sobre el fresco tapiz de mil colores
Que á sus pies tiende su florida tierra,
Y cuyas orlas por doquier remata
Con caireles de lázuli y de plata,
Ya el mar que en torno de ella se dilata,
Ya la nevada fronteriza sierra.
Asomado á un balcón de la alta torre
Llamada de Comares, cuyo asiento
El Darro besa que á su planta corre
Regando huertas mil en curso lento,
Esperaba el Rey árabe la hora
De recibir al castellano Vera,
Quien no quería que en la Corte Mora
Su embajada sin dar le amaneciera.
La gente granadina
Con la nueva alarmada
De aquella ceremonia, aglomerada
Ante Bib-el-Leujar, la matutina
Luz aguardaba con afán, curiosa
De conocer el fin de esta embajada,
Más misteriosa cuanto no esperada.
Mil interpretaciones
Daba á su objeto el vulgo: comentaban
Los viejos y santones
Las causas y políticas razones
Que pudieron mover al Rey cristiano
Á enviar á la ciudad del africano
La enseña militar de sus legiones:
Mas fatigaban el discurso en vano;
Ignoraba hasta el Rey las intenciones
Con que vino á su Corte el castellano.
Este á su vez, y en tanto, prevenido
Para cumplir con su misión, oía,
Desde la torre que ocupaba, el ruido
Que de ella al pie la multitud hacía.
Ojo sagaz y espíritu mañero,
La situación inspeccionado había
De la árabe ciudad el caballero.
De pechos en la almena
De su torre moruna,
Al resplandor de la creciente luna
La contempló de fortalezas llena,
De muros bien cercada,
Bajo un clima feliz y en cultivada
Campiña, rica, saludable, amena,
Por tres ríos á par fecundizada,
Y favorita, en fin, sin duda alguna
Del amor, de la próspera fortuna:
Y el noble castellano, inteligente
En el arte y estudios de la guerra,
Vió que estaba en su tierra
Bien prevenida la africana gente.
Comprendió de Don Juan el buen sentido
En la quietud de su nocturna vela,
Que había el moro Rey, muy entendido,
Coronado sus torres y alminares
Por uno y otro atento centinela,
Y diestra y sabiamente repartido
Concluyendo por fin Don Juan de Vera
De la ciudad entera
La nocturna revista,
Diciéndose á sí mismo sin reparo
Cuánto iba á ser al Castellano caro
Lograr de aquella tierra la conquista.
Hallábase en la torre todavía
El buen Comendador, rectificando
Á la primera luz del nuevo día
El juicio que hecho por la noche había,
Cuando vió que á su torre aproximando
Un escuadrón de Moros se venía,
La plaza del aljibe atravesando.
Dejó la almena, convocó su gente
Y, á la plaza bajando,
La tendió de los Árabes enfrente.
Entonces el wazir, que administraba
La justicia del reino
Y el gobierno interior de la alcazaba
Del granadino Rey, ante la fila
De los jinetes árabes saliendo,
Fuése para Don Juan, con faz tranquila
Y sosegada voz así diciendo:
»Has demandado con la luz primera
»Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera
»Del Consejo en presencia el soberano.»
Encontrando la arenga algo altanera
Y contemplando al Árabe un momento,
«Vamos» dijo no más Don Juan de Vera:
Y á paso noble, majestuoso y lento,
De la ancha plaza atravesó el espacio
Que apartaba no más su alojamiento
De las doradas puertas del palacio.
De la soberbia torre de Comares
En la ostentosa cámara, alfombrada
Con alkatifas persas, perfumada
Con pebeteros de oro y con millares
De extrañas, ricas y olorosas flores
Que en sus pensiles dan los Alijares,
Esperaba Muley al castellano
En medio de su Corte y su nobleza,
Queriendo ante los ojos del cristiano
Hacer ostentación de su grandeza.
Con la rosada luz de la mañana
Resplandecía en toda su hermosura
De aquella estancia regia, que figura
Un pabellón de rica filigrana,
Trabajo de algún Genio por ventura
Según la tradición mahometana.
En torno de Muley, sobre divanes
De púrpura, los viejos consejeros,
Los kadís y los nobles capitanes
Del ejército, estaban los primeros.
De su Rey menos cerca,
De pie, con respetuosos ademanes,
Los demás cortesanos caballeros
Ocupaban el patio de la alberca
Á sombra de sus frescos arrayanes.
El estanque y las fuentes del palacio,
Ornadas con vistosos surtidores,
Poblaban el espacio
De caños de cruzados saltadores
Que, deshechos en gotas en la altura,
Doblaban del ambiente la frescura
Como perlas cayendo entre las flores,
Que al borde crecen de la alberca pura
Llena de pececillos de colores.
Y de diez caballeros Castellanos
Por decoro seguido,
Armado de los pies hasta las manos,
Del manto de Santiago revestido,
Con apostura grave y altanera,
Por medio de los nobles Africanos
El patio atravesó Don Juan de Vera.
Torva mirada de los ojos fieros
Del círculo de Moros caballeros
Pesó sobre Don Juan desde su entrada,
Manteniéndose en él tenaz, clavada,
Hasta los pies de el granadino trono;
Bien revelando el animoso encono
Con que su roja Cruz se ve en Granada.
Don Juan, empero, en ademán tranquilo,
Y mesurado aunque orgulloso porte,
Avanzó hasta el marmóreo peristilo
Que da entrada al salón do está la corte:
Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra,
Sin humildad, hincando una rodilla,
Presentóle una caja en que se encierra
Su regia credencial dada en Sevilla.
Con altivo desdén, y del prolijo
Ceremonial haciendo al castellano
Amplia merced, lacónico le dijo:
«Ya te escucha Muley: habla, cristiano.»
Púsose en pie Don Juan, y con pausada
Voz, que pudo entender el más lejano,
De esta manera expuso su embajada:
«Yo, Don Juan de la Vera, caballero
»Comendador del Orden de Santiago,
»En nombre de mi Rey vengo: primero,
»Á reclamar el atrasado pago
»De tu tributo anual íntegro, entero,
»Y después, de Castilla con Granada
»La tregua á prolongar, que es acabada.»
Dijo Don Juan y enrojeció el semblante
Del Árabe la cólera: en la estancia
Rumor universal cundió al instante
De indignación terrible, la arrogancia
De tal mensaje oyendo: más de un guante
Se alzó en contestación de su jactancia:
Más de un Moro dió un paso hacia adelante,
Puesta la mano en el alfanje: empero
Sus iras atajó Muley severo.
»Ve á decir á los Reyes castellanos
»Que han muerto ya los Reyes de Granada
»Que pagaban tributo á los cristianos:
»Que la moneda entonces acuñada
»No conocemos ya, ni nuestras manos
»Labran ya más metales que el acero
»De que forja su arnés el caballero.
»Oiste: parte, pues. Yo te perdono
»La vida y la embajada. Á la frontera
»Del reino salvo llegarás: mi encono
»No infringirá mi fe: mas la postrera
»Colina al transponer donde mi trono
»Se respeta y tremola mi bandera,
»De mí hablar oirás, yo te lo juro,
»Castellano. Ve en paz, que vas seguro.»
«Moros, dijo Don Juan con altanero
Mas tranquilo ademán: si mi mensaje
Os ofendió, ved bien que el mensajero
Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje
Fué exactamente el de mi Rey: y espero
Que ninguno por él me hará el ultraje
De esquivar con desdén, si es que me halla,
El bote de mi lanza en la batalla.»
De los valientes siempre apreciadores,
Abrieron en silencio á los cristianos
Paso, ahogando en el pecho los rencores
De raza y religión. Los castellanos
Volvieron á montar sus piafadores
Corceles: y, dejando á rienda suelta
La ciudad, dieron á Castilla vuelta.
* * * * *
Cuando el sol de aquel día en Occidente
Irradiaba sus últimos reflejos,
Ya transponía la cristiana gente
Los cerros fronterizos. Á lo lejos
Les vió desde sus torres impaciente
El árabe Monarca, cuyos viejos
Mas perspicaces ojos todavía
Penetran la confusa lejanía.
El brillo de las lanzas castellanas
Apenas se sumió en el horizonte,
Y apenas, embozada en sus livianas
Sombras, la noche á descender del monte
Comenzó, cuando Hasán sus africanas
Armas pidió diciendo: «Que se apronte
»Una hueste elegida y numerosa
»Á partir en la noche silenciosa.»
Á su wazir Abú-l'Kazín, que era
Gobernador de la ciudad, y «cuida
»(le dijo) bien de que se cumpla entera
»Mi voluntad. Después de mi partida
»Pon á Aija en una torre prisionera
»Con su hijo, y á habitar manda que vaya
»En el Generalife la Zoraya.
»Ten á ésta como mi única sultana,
»Á Aija y Abú Abdil como traidores.
»Yo á tocar á una villa castellana
»Una alborada voy con mis tambores,
»Y tardaré lo más una semana
»En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores,
»Á caballo y silencio! los soldados
»En Bib-arrambla esperan convocados.»
Dijo Muley, su intimación postrera
Dirigiendo á sus guardias: y, montando
En su caballo de batalla, que era
Un árabe veloz, partió tomando
La cuesta de Gomeles, con guerrera
Planta en la plaza real desembocando:
Y, al frente de su hueste, de Granada
Salió á empresa de todos ignorada.