Es una noche clara en que ilumina
El firmamento azul la luna llena,
Con esa luz templada y argentina
Que extiende por la atmósfera serena
Un velo de fantástica neblina.
Las torres del castillo de Baena
Vense á su tibia claridad distintas,
Tomando en ella nacaradas tintas.
En paz reposa el señorial castillo;
Todo tranquilo en su recinto calla:
Del vigía que vela en el rastrillo
Y el centinela puesto en la muralla,
De las móviles armas radia el brillo:
Todo cerrado y barreado se halla;
No hay más que una ventana que no encaje
En la torre feudal del homenaje.
Contempla la campiña un prisionero,
Y á su ánima vagar por ella deja,
Dando un solaz mezquino y pasajero
Al rudo afán que el corazón le aqueja,
Y al pie de su ventana un ballestero
Vigila en el adarve, murmurando
La estrofa de un cantar de cuando en cuando.
Mas no es tan sólo al campo á lo que mira,
Sin duda, el melancólico cautivo;
Ni es para la aflicción con que suspira
La libertad el solo lenitivo.
Lo que espera no es, ni á lo que aspira,
Seña exterior, ni á verse fugitivo:
Su esperanza tal vez está pendiente
En un balcón del torreón de Oriente.
De él su mirada pertinaz no quita,
De su reja teniéndole frontero:
Mas que sorprenda cuidadoso evita
Su mirada el sombrío ballestero,
Cuya curiosidad acaso excita
La vigilia tenaz del prisionero;
Es ya empero la noche bien entrada
Y nada justifica su mirada.
Cuando he aquí que del balcón del muro
Lentamente se abrió la celosía;
Hundióse de su cárcel en lo obscuro
Al ver el prisionero que se abría,
Y á poco en la región del aire puro,
De una guzla morisca acompañada,
Se derramó una voz á ella acordada.
Y bien fuera por seña convenida,
Ó por acaso inmeditado fuera,
La guzla tras la reja fué tañida,
Del balcón al abrirse la vidriera:
Mas entonada por azar ú oída
Desde el balcón por alguien que la espera,
El cautivo esta cántiga entonaba,
Y hasta el balcón el viento la llevaba.