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Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí

Chapter 3: PROEMIO
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About This Book

A curated selection of brief aphorisms and reflective fragments presents concise meditations on patriotism, moral duty, freedom, suffering, honor, and the obligations of citizens and writers. Each standalone passage offers ethical and political observations, calls to personal integrity, and reflections on education, culture, and human dignity. Arranged without narrative progression, the pieces combine admonition, consolation, and civic exhortation to prompt contemplation and guide behavior, emphasizing sacrifice, honesty, and the formative power of ideas over immediate spectacle.

The Project Gutenberg eBook of Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí

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Title: Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí

Author: José Martí

Editor: Rafael G. Argilagos

Release date: October 1, 2013 [eBook #43861]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Carlos Colon and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images generously made available by The
Internet Archive/American Libraries.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK GRANOS DE ORO: PENSAMIENTOS SELECCIONADOS EN LAS OBRAS DE JOSÉ MARTÍ ***

GRANOS DE ORO

De esta obra se han impreso
cincuenta ejemplares en papel superior,
numerados del 1 al 50.
El precio de cada uno es de
dos pesos oro oficial.

BIBLIOTECA
LA CULTURA CUBANA
DIRIGIDA POR CARLOS DE VELASCO

VOL. I.

GRANOS DE ORO
PENSAMIENTOS SELECCIONADOS EN LAS OBRAS DE
JOSÉ MARTÍ

POR

RAFAEL G. ARGILAGOS

La Habana
Sociedad Editorial Cuba Contemporánea
O'Reilly, 11.
1918

Es propiedad.

Derechos reservados.

Imp. "El Siglo XX" (Tte. Rey, 27), de la Sociedad Editorial Cuba Contemporánea. La Habana.

Yo quiero cuando me muera,
sin patria, pero sin amo,
tener en mi tumba un ramo
de flores y una bandera.
Martí.

NOTA DE LOS EDITORES

La Sociedad Editorial Cuba Contemporánea ha querido que el primer volumen de esta Biblioteca que ahora funda con el título de La Cultura Cubana, a semejanza de la creada bajo el de La Cultura Argentina por el Dr. José Ingenieros en la ciudad de Buenos Aires, sea este libro formado con pensamientos de José Martí.

El joven escritor que ha realizado la paciente y admirable obra de selección reunida en este volumen, Rafael G. Argilagos, presta con ella un indudable gran servicio a las letras patrias, honra la memoria insigne del Maestro y se honra a sí mismo; y aunque tales méritos la recomiendan sobradamente a la consideración del pueblo nuestro, el altísimo respeto y la profunda devoción por Martí, que ella revela, la hacen todavía más digna de atención y realzan su valor. Añádase a todo ello el acendrado sentimiento patrio y el buen gusto literario de que el señor Argilagos da irrefutable y patente prueba con este brillante acopio de Granos de Oro del más subido quilate, y se tendrá por axiomático que el primer volumen con que iniciamos esta Biblioteca merece no sólo el puesto que le damos, sino férvidos aplausos y jubilosa acogida por parte del público lector.

Tarea nada fácil es la de recoger en esta concisa y bella forma toda la copiosa y sutil esencia de un espíritu tan refinado y múltiple como el de Martí; pero si el talento sorprendente del maravilloso cubano supo manifestarse en cien aspectos distintos al escribir acerca de cuanto su fecunda pluma encontró digno de dedicarle algunos instantes de meditación, la perspicaz inteligencia del seleccionador de estos pensamientos ha sabido vencer, por la potente fuerza de la comprensión de aquel espíritu y por el filial cariño a su memoria, los obstáculos que la extensa, compleja y poco difundida obra de Martí le ha presentado. Y los venció con tan singular acierto, que el señor Argilagos deja muy poco, si algo deja, a los futuros escanciadores que pretendan apurar las ánforas donde fué dejando su corazón y su cerebro—alquitarado néctar de sabor y pureza exquisitos—el inolvidable caído en Dos Ríos.

Bien lo dice el ilustre Dr. Enrique José Varona en una expresiva carta que escribió al señor Argilagos, al comenzar la revista Cuba Contemporánea la publicación ordenada de estos pensamientos:

¡Qué gran servicio ha prestado V. no a la gloria, ya excelsa, pero sí al conocimiento de Martí! Los granos que V. ha sacado de la mina inagotable de sus escritos forman una cascada de piedras preciosas, donde muy rara vez se encuentra algún guijarro, como para recordar la ganga nutricia.

Vale, pues, y mucho, este primer volumen que la Biblioteca "La Cultura Cubana" ofrece al público; no ya porque quien ha espigado en los libros de Martí pone de relieve todo, o casi todo, lo mejor de sus catorce volúmenes publicados hasta hoy, sino porque la divulgación del contenido de ellos, en esta forma breve y comprensiva, es altamente útil y contribuye al más amplio y exacto conocimiento de aquel que dijo:

Un libro, aunque sea de mente ajena, parece como cosa nacida de uno mismo, y se siente uno como mejorado y agrandado con cada libro nuevo.

Sea éste—primero de la serie en que irán apareciendo periódicamente las mejores producciones de los más altos intelectos cubanos que nos han precedido—a manera de escogida flor depositada por los fundadores de la Sociedad Editorial Cuba Contemporánea en la tumba del Prócer; flor la más fragante entre las muchas que a diario pone allí, junto a la bandera de la Patria, el amor de un pueblo agradecido que no le olvida, ni olvida tampoco el deseo tan bellamente formulado por Él en sencillos versos.

La Habana, 1918.

PROEMIO

Martí ha sido, es y será, en la radiante constelación de excelsos varones que han dado gloria y fama a Cuba, el más alto prócer.

Él lo fué todo: la fe que salva y alienta, el valor que impone y exalta, el genio que invade y fulgura, el amor que conquista y domina.

Su vida fué el apostolado, el sublime, el grandioso apostolado de la Patria, ante cuya ara sagrada ofrendó los más puros, los más cálidos, los más hermosos efluvios de su alma.

Predicó con la palabra y el ejemplo; y era tal la majestad y tal la grandeza de sus acciones, que las multitudes, acaso adivinándolo divino—Cristo de una nueva doctrina salvadora—, le siguieron a través de su Calvario heroico, ansiosas de compartir con Él los tormentos de sus desvelos patrios.

Caído en Dos Ríos, en lucha denodada y franca contra los enemigos de la Libertad—como predijo y fué su más ardiente aspiración—, surge triunfante en la magnificencia de su vida espiritual; y de nuevo los mismos corazones que ayer se estremecieron a su conjuro y le adoraron con infinita unción, hoy le rinden lauros gloriosos y hacen de sus santas y sabias parábolas como la Biblia que ha de iluminarlos y guiarlos a través del porvenir.

Entre los que ayer veneraron su figura egregia con filial fervor, entre los que hoy han hecho de su memoria un culto y van por los caminos de la Patria redimida repitiendo sus palabras apostólicas, nos encontramos nosotros, acaso de los primeros y más amantes y sinceros de sus discípulos.

Este libro que hoy damos a la publicidad es una buena prueba de ello: aquí están sus mejores pensamientos y sus más tiernas emociones.

Para que la juventud de hoy—la generación que ha de regir mañana los destinos de la Patria—conozca mejor aquella conciencia inmaculada; para que los aprenda de memoria y no los olvide nunca, aquí le regalamos estos aforismos—granos de oro escogidos en la rica, inagotable mina de sus fulgurantes obras.

Provechosa es la lectura de este libro. Él ilustra, consuela, fortalece y guía a los espíritus: los ignorantes, en él escanciarán ciencia noble y sana de la vida; los atormentados encontrarán bálsamo para sus dolorosas lesiones, los descreídos hallarán fe y esperanzas consoladoras, los descarriados verán caminos rectos y luminosos hacia el porvenir.

Léalo la juventud, amorosamente; llévelo consigo, como preciosa joya, sobre su corazón; póngalo al alcance de su mano, junto a su lecho de reposo; y a toda hora, y en todas partes, como si fuera un cántaro de fecundas simientes que volcara sobre surcos abonados, viértalo en los espíritus, con la esperanza de que esas simientes habrán de florecer en no lejano día en abundante raudal de sublimes ejemplos cívicos y patrióticos.

Rafael G. Argilagos.

La Habana, mayo de 1918.

I
Del vol. "Cuba". (Primera Parte.)

I

En la cruz murió el hombre en un día; pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días.

El dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás.

Dios existe en la idea del bien, que vela el nacimiento de cada ser, y deja en el alma que se encarna en él una lágrima pura. El bien es Dios. La lágrima es la fuente de sentimiento eterno.

Cuando todo se olvida, cuando todo se pierde, cuando en el mar confuso de las miserias humanas el Dios del tiempo revuelve algunas veces las olas y halla las vergüenzas de una nación, no encuentra nunca en ellas la compasión y el sentimiento.

La honra puede ser mancillada. La justicia puede ser vendida. Todo puede ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás.

Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera.

Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir.

El que sufre por su patria y vive para Dios, en este u otros mundos tiene verdadera gloria.

Todas las grandes ideas tienen su gran Nazareno.

La fraternidad de la desgracia es la fraternidad más rápida.

Ninguna pluma que se inspire en el bien, puede pintar en todo su horror el frenesí del mal.

Cuando todos los pueblos van errados; cuando, o cobardes o indiferentes, cometen o disculpan extravíos, si el último vestigio de energía desaparece, si la última, o quizás la primera expresión de la voluntad guarda torpe silencio, los pueblos lloran mucho, los pueblos expían su falta, los pueblos perecen escarnecidos y humillados, y despedazados, como ellos escarnecieron y despedazaron y humillaron a su vez.

La idea no disculpa nunca el crimen y el refinamiento bárbaro en el crimen.

Si los dolores verdaderamente agudos pueden ser templados por algún goce, sólo puede templarlos el goce de acallar el grito de dolor de los demás. Y si algo los exacerba, los hace terribles, es seguramente la convicción de nuestra impotencia para calmar los dolores ajenos.

El espíritu es Dios mismo. Y ¡cuán descarriados van los pueblos cuando apalean a Dios!

No graba cincel alguno como la muerte los dolores en el alma.

Cuando se ha matado, cada día es de duelo, cada hora es de pavor, cada ser que vive es un remordimiento.

Cuando se ha visto morir, cada recuerdo es una lágrima, y son todas las horas, horas de amor para los que murieron, horas de fe y de esperanza para los que aún luchan en la vida.

Hay un límite al llanto sobre la sepultura de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se juraba sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abate ni se debilita jamás—porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra.

Las madres son amor, no razón; son sensibilidad exquisita y dolor inconsolable.

Es ley de los buenos ir doblando los hombros al peso de los males que redimen.

¡Los redimidos, allá en lo venidero, llevarán a su vez sobre los hombros a los redentores!

Mal puede luego alzarse a hombre el que se educa como a siervo mísero.

Amigos fraternales son los padres: no implacables censores.

Fusta recogerá quien siembra fusta: besos recogerá quien siembra besos.

La única ley de la autoridad es el amor.

Nunca deben los padres abandonar a otros el molde a que acomodan el alma de sus hijos.

Es doble manera de hacer el bien, dar pan al cuerpo y darlo al alma.

Amar puramente es redimirse de terribles sueños.

Amar no es más que el modo de crecer.

Amado será el que ama.

Es ley que las frentes más altas y limpias atraigan sobre sí las piedras que se mueven siempre en las manos débiles o envidiosas.

Merecer la confianza no es más que el deber de continuar mereciéndola.

¡No cabe honor en dejar morir, sin defensa, a aquellos cuyo triunfo nos preparamos, sin embargo, a aprovechar!

El que sabe desdeñar su vida, sabrá siempre honrarla.

Los caudillos nuevos han aprendido de los viejos a pertrecharse de recursos en las bandoleras enemigas.

El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente.

El hijo odiará lo que odió el padre.

Las fuerzas que se pierden en lágrimas, hacen falta después para el ardimiento y empuje de la sangre.

Suele el miedo, natural consecuencia de la culpa, animar con color enfermizo las mejillas.

Sólo las virtudes producen en los pueblos bienestar constante y serio.

Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros abuelos.

El espíritu de los muertos pasa a alentar el alma de los vivos.

¡Qué miserable vida la del que concibió un alto empeño, y muere sin lograrlo!

¡Se sale de la tierra tan contento cuando se ha hecho una obra grande!

La sangre de los buenos no se vierte nunca en vano.

Un mal no existe nunca sin causa verdadera.

Ya se han cansado nuestras frentes de que se tome sobre ellas la medida de los yugos,—aunque hay frentes que no se cansan de esto nunca.

Los pueblos que han sido muy criminales, necesitan, para ser felices, lavar con alta grandeza sus pasados crímenes.

Debe hacerse en cada momento lo que en cada momento es necesario.

Aplazar no es nunca decidir.

Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir.

Para ir adelante de los demás, se necesita ver más que ellos.

Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones.

La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio.

Cuando un mal es preciso el mal se hace.

Es menester más valor para sufrir la befa de los déspotas que para arrostrar su empuje en los combates.

Hay gritos que resumen toda una época.

La cesasión de un hecho sólo se determina por la cesasión de las causas que lo produjeron.

A todo cejarán los tristes presos, menos a la ancha puerta que se abre para acelerar su libertad.

El hombre ilustrado padece en la servidumbre política más que el hombre ignorante en la servidumbre de la hacienda.

El dolor es vivo a medida de las facultades del que ha de soportarlo.

Los grandes derechos no se compran con lágrimas sino con sangre.

Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres sublimes.

Los hombres de fuerza original sólo la enseñan íntegra cuando la pueden ejercer sin trabas.

Mejor sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto, que el que exagera el mérito de sus hombres famosos.

Azuzar es el oficio del demagogo, y el del patriota es precaver.

Los servicios pasados apenas son más que la obligación de prestarlos mayores en lo venidero.

A la patria no se le ha de servir por el beneficio que se pueda sacar de ella, sea de gloria o de cualquier otro interés, sino por el placer desinteresado de serle útil.

Ni hay hombres más dignos de respeto que los que no se avergüenzan de haber defendido la patria con honor; ni sujetos más despreciables que los que se valen de las convulsiones públicas para servir, como coquetas, su fama personal o adelantar, como jugadores, su interés privado.

La patria necesita sacrificios. Esfera y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella.

La revolución es algo más que una de las formas de la evolución, que llega a ser indispensable en las horas de hostilidad esencial, para que en el choque súbito se depuren y acomoden en condiciones definitivas de vida los factores opuestos que se desenvuelven en común.

La palabra ha caído en descrédito, porque los débiles, los vanos y los ambiciosos han abusado de ella.

No es lícito ocasionar trastornos en la política de un pueblo, que es el arte de su conservación y bienestar, con la hostilidad que proviene del sentimiento alarmado o de la antipatía de raza. Pero es lícito, es un deber, inquirir si la unión de un pueblo relativamente inerme con un vecino fuerte y desdeñoso, es útil para su conservación y bienestar.

¿Cuándo se ha levantado una nación con limosneros de derechos?

La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie.

En propagar después del sacrificio el culto de los que supieron inmolarse, hay más honra que en haber ostentado en el sombrero, durante la inmolación, la cinta de hule de los sacrificadores.

El arrepentimiento es un modo de entrar en la virtud.

Hay un campo en que los hombres se dan las manos, que es el de la honradez, donde se respeta, y aun se ama por su virtud, a los adversarios constantes y veraces.

Al hombre honrado no le asusta morir en la oscuridad en el servicio de la patria.

II
Del vol. "Cuba". (Segunda Parte.)

II

La gloria y el triunfo no son más que un estímulo al cumplimiento del deber.

En la vida práctica de las ideas, el poder no es más que el respeto a todas las manifestaciones de la justicia, la voluntad firme ante todos los consejos de la crueldad o del orgullo.

Cuando el acatamiento a la justicia desaparece, y el cumplimiento del deber se desconoce, infamia envuelve el triunfo y la gloria, vida insensata y odiosa vive el poder.

Si la libertad de la tiranía es tremenda, la tiranía de la libertad repugna, estremece, espanta.

La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre.

No se va tranquilo ni seguro por sendas de remordimientos y opresiones.

No ha de ser respetada voluntad que comprima otra voluntad.

Ser injusto es la necesidad de ser maldito.

No entiendo que haya cieno allí donde debe haber corazón.

Sobre cimientos de cadáveres recientes y de ruinas humeantes no se levantan edificios de cordialidad y de paz.

Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.

Los pueblos no se unen sino con lazos de amistad, de fraternidad y de amor.

Imponerse es de tiranos.

Oprimir es de infames.

Sólo obrando con razón perfecta se decide la suerte de los pueblos.

Obedeciendo estrictamente a la justicia se honra a la patria.

Cobarde ha de ser quien por temor no satisfaga la necesidad de su conciencia.

El mejor ciudadano es el que cultiva una extensión mayor de tierra.

La Instrucción acaba lo que la Agricultura empieza.

La instrucción, abriendo a los hombres vastos caminos desconocidos, les inspira el deseo de entrar por ellos.

No teme a los gobernados quien les enseña la manera de gobernar bien.

No puede deshacerse en pocos años el hondo mal en muchos años hecho.

La posibilidad de la exportación despierta el apetito del agricultor: la imposibilidad o dificultad, lo hace desconfiado y perezoso.

La venta es el premio del trabajo: los caminos que facilitan la venta son su estímulo.

Un progreso no es verdad sino cuando invadiendo las masas, penetra en ellas y parte de ellas.

Toda la buena voluntad de un gobernante sería inútil si no lo secundara con vigor e inteligencia la voluntad de los empleados.

Las épocas de reforma no permiten reposo.

Los apóstoles de las nuevas ideas se hacen esclavos de ellas.

El espectáculo de la riqueza excita el esfuerzo humano.

El genio poético es como las golondrinas: posa donde hay calor.

Para rendir tributo ninguna voz es débil.

Para ensalzar a la patria, entre hombres fuertes y leales, son oportunos todos los momentos.

Cuando en los hombres se encarna un grave pensamiento, un firme intento, una aspiración noble y legítima, los contornos del hombre se desvanecen en los espacios sin confines de la idea.

Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan.

Hasta los déspotas, si son hidalgos, gustan más del sincero y enérgico lenguaje que de la tímida y vacilante tentativa.

Por sensual queda en desuso la lírica pagana; y la cristiana, que fué hermosa por haber cambiado los humanos el ideal de Cristo, mirado ayer como el más pequeño de los dioses, y amado hoy como el más grande, acaso, de los hombres.

No hay obra permanente, porque las obras de los tiempos de reenquiciamiento y remolde son por esencia mudables e inquietas.

La elaboración del nuevo estado social hace insegura la batalla por la existencia personal y más recios de cumplir los deberes diarios que, no hallando vías anchas, cambian a cada instante de forma y vía, agitados del susto que produce la probabilidad o vecindad de la miseria.

El amor entona cantos fugitivos, mas no produce—por ser sentimiento culminante y vehemente, cuya sensación fatiga y abruma—obras de reposado aliento y laboreo penoso.

Parece profanación dar al Creador de todos los seres, y de todo lo que ha de ser, la forma de uno solo de los seres.

Una gran montaña parece menor cuando está rodeada de colinas.

El genio va pasando de individual a colectivo.

La guerra, antes fuente de gloria, cae en desuso, y lo que pareció grandeza comienza a ser crimen.

La corte, antes albergue de bardos de alquiler, mira con ojos asustados a los bardos modernos, que aunque a veces arriendan la lira, no la alquilan ya por siempre, y aun suelen no alquilarla.

No hay accidente para el espíritu del hombre; no hay más que norte, coronado de luz.

La montaña acaba en pico; en cresta la ola empinada que la tempestad arremolina y echa al suelo; en copa el árbol; y en cima ha de acabar la vida humana.

La batalla está en los talleres; la gloria en la paz; el templo en toda la tierra; el poema en la naturaleza.

No hay más difícil faena que ésta de distinguir en nuestra existencia la vida pegadiza y postadquirida, de la espontánea y prenatural.

Se viene a la vida como cera, y el azar nos vacía en moldes prehechos.

Cuando la vida se asiente, surgirá el Dante venidero, no por mayor fuerza suya sobre los hombres dantescos de ahora, sino por mayor fuerza del tiempo.

¡Qué es el hombre arrogante, sino vocero de lo desconocido, eco de lo sobrenatural, espejo de las luces eternas, copia más o menos acabada del mundo en que vive!

Las convenciones creadas deforman la existencia verdadera, y la verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que se desliza invisible bajo la vida aparente, no sentida a las veces por el mismo en quien hace su obra canto, a la manera con que el Guadiana misterioso corre luengo camino calladamente por bajo de las tierras andaluzas.

Asegurar el albedrío humano; dejar a los espíritus su seductora forma propia; no deslucir con la imposición de ajenos prejuicios las naturalezas vírgenes; ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni impelerlas por una vía marcada: ¡he ahí el único modo de poblar la tierra de la generación vigorosa y creadora que le falta!

Las redenciones han venido siendo teóricas y formales: es necesario que sean efectivas y esenciales.

Ni la originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste, mientras no se asegure la libertad espiritual.

El primer trabajo del hombre es reconquistarse.

Urge devolver los hombres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, acelera el despertar de sus sentidos y recarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso.

Sólo lo genuino es fructífero.

Sólo lo directo es poderoso.

Lo que otro nos lega es como manjar recalentado.

¡Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres, es el que so pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo aislado y absoluto de doctrinas, y les predica al oído, antes que la dulce plática de amor, el evangelio bárbaro del odio!

Los buenos eslabones dan chispas altas.

Menguada cosa es lo relativo que no despierta el pensamiento de lo absoluto.

Todo ha de hacerse de manera que lleve la mente a lo general y a lo grande.

La filosofía no es más que el secreto de la relación de las varias formas de existencia.

La luz es el gozo supremo de los hombres.

La majestad evoca y pone en pie todo lo majestuoso.

La perfección de la forma se consigue casi siempre a costa de la perfección de la idea.

Señálanse por sus desbordes y turbulencias las obras que arrancan derechamente de lo profundo de las almas magnas.

No hay placer como este de saber de dónde viene cada palabra que se usa, y a cuánto alcanza.

Nada mejor para agrandar y robustecer la mente que el estudio esmerado y la aplicación oportuna del lenguaje.

No han de ser los versos como la rosa centifolia, toda llena de hojas, sino como el jazmín del Malabar, muy cargado de esencias.

El verso, por dondequiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume.

Mas ni el vino mejora, luego de hecho, por añadirle alcoholes ni taninos; ni se aquilata el verso, luego de nacido, por engalanarlo con aditamentos y aderezos. Ha de ser hecho de una pieza y de una sola inspiración, porque no es obra de artesano que trabaja a cordel, sino de hombre en cuyo seno anidan cóndores, que ha de aprovechar el aleteo del cóndor.

Caballo de paseo no gana batallas.

No está en el divorcio el remedio de los males del matrimonio, sino en escoger bien la dama y en no cegar a destiempo en cuanto a las causas reales de la unión.

En el pulimento no está la bondad del verso, sino en que nazca alado y sonante.

No se dé por hecho el verso en espera de acabarle luego, cuando aún no esté acabado; que luego se le rematará en apariencia, mas no verdaderamente ni con ese encanto de cosa virgen que tiene el verso que no ha sido sajado ni trastrojado.

Cuando el verso quede por hecho ha de estar armado de todas armas, con coraza dura y sonante, y de penacho blanco rematado el buen casco de acero reluciente.

Quien va en busca de montes, no se detiene a recoger las piedras del camino.

Han de podarse de la lengua poética, como del árbol, todos los retoños entecos, o amarillentos, o mal nacidos, y no dejar más que los sanos y robustos, con lo que, con menos hojas, se alza con más gallardía la rama, y pasea en ella con más libertad la brisa y nace mejor el fruto.

Pulir es bueno, mas dentro de la mente y antes de sacar el verso al labio.

El verso hierve en la mente como en la cuba el mosto.

Saluda el sol y acata al monte.

¿Quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo?

La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre, es una prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera.

El eco en el alma dice cosa más honda que el eco del torrente.

La vida humana no es toda la vida.

La tumba es vía y no término.

La mente no podría concebir lo que no fuera capaz de realizar.

La muerte es júbilo, reanudamiento, tarea nueva.

La vida humana sería una invención repugnante y bárbara si estuviera limitada a la vida en la tierra.

Del sufrimiento, como el halo de la luz, brota la fe en la existencia venidera.

El dolor conforta, acrisola y esclarece.

¿Qué es el poeta sino alimento vivo de la llama con que alumbra?

Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad; y va como empañada y turbia, sin el Sol elocuente de la tierra redimida, ni el júbilo del campo, ni la salud del aire, allí donde los hombres, al despertar cada mañana, ponen la frente al yugo, lo mismo que los bueyes.

Tienen los pueblos, como los hombres, horas de heroica virtud, que suelen ser cuando el alma pública, en la niñez de la esperanza, cree hallar en sus héroes, sublimados con el ejemplo unánime, la fuerza y el amor que han de sacarlo de agonía; o cuando la pureza continua de un alma esencial, despierta, a la hora misteriosa del deber, las raíces del alma pública.

Suele el hombre en los grandes momentos, cuando lo pone por las alturas la nobleza ajena o propia, perder, con la visión de lo porvenir, la memoria minuciosa de lo presente.

Sombra es el hombre, y su palabra como espuma, y la idea es la única realidad.

Sólo ve la luz de un rostro la mujer de repente enamorada.

Las reformas, como el hombre mismo, tienen entrañas de justicia y veleidades de fieras.

Lo justo, a veces, por el modo de defenderlo, parece injusto.

En lo social y político acontece, como en las querellas de gente de mar y de suburbio, que el puñal de ancha hoja con que dirimen sus contiendas de honra, da a éstas semejanza de delito.

De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno; y de tan tremendo modo, que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia.

La mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene elementos brutales e injustos.

La educación suaviza más que la prosperidad: no esa educación meramente formal, de escasas letras, números dígitos y contornos de tierras, que se da en escuelas demasiado celebradas y en verdad estériles, sino aquella otra más sana y fecunda, no intentada apenas por los hombres, que revela a éstos los secretos de sus pasiones, los elementos de sus males, la relación forzosa de los medios que han de curarlos al tiempo y naturaleza tradicional de los dolores que sufren, la obra negativa y reaccionaria de la ira, la obra segura e incontrastable de la paciencia inteligente.

Por educación se ha venido entendiendo la mera instrucción, y por propagación de la cultura la imperfecta y morosa enseñanza de modos de leer y de escribir.

Definir es salvar.

La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse.

El espíritu, más vasto que el mar, ni se seca ni se evapora, ni cesa de querer, ni ceja en lo que quiere; y puesto a la conquista de un derecho, mina, como la ola salada del mar mina las rocas, esos derechos de convención fortalecidos por los siglos, y acorazados por pechos que el amor al lujo y el desentendimiento criminal de los dolores ajenos petrifica.

Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno suavísimo aroma: ¡el árbol del amor—de tan robustas y copiosas ramas, que a su sombra se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres!

Otro manda, y nosotros andamos.

Cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para que con sus acres residuos abone la tierra y salga de ella fruta sana y nueva.

Los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el rayo, y cuando dejan caer el alma a sus pies, mientras que arteros envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos, ¡pesan, ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres.

Como cuerpos que ruedan por un plano inclinado, así las ideas justas, por sobre todo obstáculo y valla, llegan a logro.

Una idea justa que aparece, vence.

La herencia estimula a la holganza, al egoísmo y al vicio.

La dote lleva como de la mano la desventura de la mujer y el rebajamiento del hombre.

¿Quién no ha sentido, una vez al menos en la vida, el beso del Apóstol en la frente, y en la mano la espada de batalla?

Quien quiere triunfar en la tierra, ¡ay! no ha de vivir cerca del cielo.

La victoria está hecha de cesiones.

La reacción se extrema siempre en el mismo grado en que se extrema la acción que la provoca: a acción justa, reacción nula; a acción medianamente justa, reacción lenta y blanda; a acción extremadamente injusta, reacción febril y exagerada.

La revolución quiere alas; los gobiernos pies.

Como cada pensamiento trae su molde, cada condición humana trae su expresión propia.

Sobre la tierra no hay más que un poder definitivo; la inteligencia humana.

El derecho mismo, ejercitado por gentes incultas, se parece al crimen.

Los hombres fuertes que se sienten torpes, se abrazan a las rodillas de los hombres inteligentes, como Hércules montuoso a las rodillas mórbidas de Omphala.

La inteligencia da bondad, justicia y hermosura: como un ala, levanta el espíritu; como una corona, hace monarca al que la ostenta; como un crisol, deja al tigre en la taza y da curso feliz a las águilas y a las palomas. Del puñal hace espada; de la exasperación, derecho; del gobierno, éxito; de lo lejano, cercanía.

Al resplandor del derecho, el abuso ceja, como ruin galancete ante el enojo de una dama pura.

Si el derecho se echa encima manto de ira, los mismos que el derecho reconocen se alzarán contra él tristemente, como padre que ata a su hijo loco.

Quien intenta triunfar, no inspire miedo: que nada triunfa contra el instinto de conservación amenazado.

Quien intenta gobernar, hágase digno del gobierno, porque si, ya en él, se le van las riendas de la mano, o de no saber qué hacer con ellas, enloquece, y las sacude como látigos sobre las espaldas de los gobernados, de fijo que se las arrebatan, y muy justamente, y se queda sin ellas por siglos enteros.

La victoria no está sólo en la justicia, sino en el momento y modo de pedirla; no en la suma de armas en la mano, sino en el número de estrellas en la frente.

En toda palabra ha de ir envuelto un acto.

La palabra es una coqueta abominable, cuando no se pone al servicio del honor y del amor.

Prever es el deber de los verdaderos estadistas.

Dejar de prever es un delito público.

Lo que importa no es que nosotros triunfemos, sino que nuestra patria sea feliz.

¿Para qué se es hombre honrado, para qué se es hijo de un pueblo, sino para tener gozo en padecer por él, y en sacrificarle hasta las mismas pasiones grandiosas que nos inspira?

Los libros suelen estorbar para la gloria verdadera.

¡La tiranía no corrompe, sino prepara!

¡Qué cólera la de un pueblo forzado a acorralar su alma!

El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame.

Ver en calma un crimen, es cometerlo.

No hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí.

El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vió este crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas.

Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor, ¡qué hacen en la playa los caracoles, que no llaman a guerrear a los indios muertos!

Dos clases de hombres hay: los que andan de pie, cara al cielo, pidiendo que el consuelo de la modestia descienda sobre los que viven sacándose la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas, y levantándose, por ir de sortija de brillante, sobre la sepultura de su honra: y otra clase de hombres, que van de hinojos, besando a los grandes de la tierra el manto.

Cuando la grandeza no se puede emplear en los oficios de caridad y creación que la nutren, devora a quien la posee.

¡Pesan mucho sobre el corazón del genio honrado las rodillas de todos los hombres que la doblan!

Sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre.

Cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo ni voluntad para escribir con la pluma en el papel.

El hombre es superior a la palabra.

Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso, sino por sus instantes de rebelión.

Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan.

El déspota cede a quien se le encara, con su única manera de ceder, que es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla.

Los pueblos, como las bestias, no son bellos cuando, bien trajeados y rollizos, sirven de cabalgadura al amo burlón, sino cuando de un vuelco altivo desensillan al amo.

Un pueblo se amengua cuando no tiene confianza en sí: crece cuando un suceso honrado viene a demostrarle que aún tiene entero y limpio el corazón.

El egoísmo es la mancha del mundo, y el desinterés su sol.

En este mundo no hay más que una raza inferior: la de los que consultan antes que todo su propio interés, bien sea el de su vanidad, o el de su soberbia, o el de su peculio:—ni hay más que una raza superior: la de los que consultan, antes que todo, el interés humano.

Sagrado es el que, en la robustez de la vida, con el amor a la cabecera de la mesa cómoda, echó la mesa atrás, y los consejos del amor cobarde, y sirvió a su pueblo, sin miedo a padecer ni a morir.

No es poeta el que echa una hormiga a andar, con una bomba de jabón al lomo... sino el que de su corazón, listado de sangre como jacinto, da luces y aromas.

Por la tierra hay que pasar volando, porque de cada grano de polvo se levanta el enemigo, a echar abajo, a garfio y a saeta, cuanto nace con ala.

El dolor delicado y continuo, por donde el hombre se conoce y ennoblece, acendra y eleva el espíritu que se abraza a él como a la verdadera salvación, y la cruz que ensangrentó los hombros viene a ser el áncora con que el alma despercudida se clava al puerto eterno.

Es más propio del hombre, aunque no lo parezca, el derramar consuelos que el recibirlos.

Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son nuevas.

Confirmar es creer.

Lo que hace crecer el mundo no es el descubrir cómo está hecho, sino el esfuerzo de cada uno para descubrirlo.

El que saca de sí lo que otro sacó de sí antes que él, es tan original como el otro.

Dígase la verdad que se siente, con el mayor arte con que se pueda decirla.

La emoción en poesía es lo primero, como señal de la pasión que la mueve, y no ha de ser caldeada o de recuerdo, sino sacudimiento del instante, y brisa o terremoto de las entrañas.

Lo que se deja para después es perdido en poesía, puesto que en lo poético no es el entendimiento lo principal, ni la memoria, sino cierto estado de espíritu confuso y tempestuoso, en que la mente funciona de mero auxiliar, poniendo y quitando, hasta que queda en música, lo que viene de fuera de ella.

En poesía, como en pintura, se ha de trabajar con el modelo.

Sin emoción se puede ser escultor en verso, o pintor en verso; pero no poeta.

No está el arte en meterse por los escondrijos del idioma, y desparramar por entre los versos palabras arcaicas o violentas; ni en deslucirle la beldad natural a la idea poética poniéndole de tocado, como a la novia rusa, una mitra de piedras ostentosas; sino en escoger las palabras de manera que con su ligereza o señorío aviven el verso o le den paso imperial, y silben o zumben, o se arremolinen y se arrastren, y se muevan con la idea, tundiendo y combatiendo, o se aflojen y arrullen, o acaben, como la luz del sol, en el aire incendiado.

Cada emoción tiene sus pies, y cada hora del día; y un estado de amor quiere dáctilos, y anapestos la ceremonia de las bodas, y los celos quieren ambos.

Un juncal se pintará con versos leves, y como espigados, y el tronco de un roble con palabras rugosas, retorcidas y profundas.

En el lenguaje de la emoción, como en la oda griega, ha de oirse la ola en que estalla, y la que le responde, y luego el eco.

En el aparato no está el arte, ni en la hinchazón, sino en la conformidad del lenguaje y la ocasión descrita, y en que el verso salga entero del horno, como lo dió la emoción real, y no agujereado y sin los perfiles, para atiborrarlo después, en la tortura del gabinete, con adjetivos huecos, o remendarle las esquinas con estuco.

Este arte de los tonos en poesía no es nada menos que el de decir lo que se quiere, de modo que alcance y perdure, o no decirlo.

Los años que se pasan lejos del suelo nativo son años muy largos.

El verdadero hombre no mira de qué lado se mira mejor, sino de qué lado está el deber.

El que haya puesto los ojos en las entrañas universales, y visto hervir los pueblos, llameantes y ensangrentados, en la artesa de los siglos, sabe que el porvenir, sin una sola excepción, está del lado del deber.

Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero.

Las palabras están de más, cuando no fundan, cuando no esclarecen, cuando no atraen, cuando no añaden.

Un pueblo que entra en revolución no sabe de ella hasta que se extingue o la corona.

Pensar es abrir surcos, levantar cimientos y dar el santo y seña de los corazones.

El triunfo es de los que se sacrifican.

El hombre se deshonra cuando deshonra a los demás.

El hombre de actos sólo respeta al hombre de actos.

El que se ha encarado mil veces con la muerte, y llegó a conocerle la hermosura, no acata, no puede acatar, la autoridad de los que temen a la muerte.

El político de razón es vencido, en los tiempos de acción, por el político de acción: vencido y despreciado, o usado como mero instrumento y cómplice, a menos que, a la hora de montar, no se eche la razón al puente, y monte.

No se sabe cuáles sean las ambiciones más funestas para un país que no ha comenzado aún a nacer, si los militares o los civiles.

Con los pueblos sucede como con lo demás de la naturaleza, donde todo lo necesario se crea a la hora oportuna, de lo mismo que se le opone y contradice.

¡Levanten el ánimo los que lo tengan cobarde!: con treinta hombres se puede hacer un pueblo.

III
Del vol. "En los Estados Unidos". (Primera Parte.)

III

La justicia de una causa es deslucida muchas veces por la ignorancia y el exceso en la manera de pedirla.

Al que se cría para toro no puede exigirse que salga ángel: y el obrero, no educado en finezas mentales, ni dispuesto, por lo que sufre y ve, a dulzuras evangélicas, cuando tiene que decir o hacer lo dice o hace a manera de obrero; si es conductor de carros, con guantes de cuero; si es zapatero, con lezna; si es herrero, con martillo.

Sólo son bellos, en hombre y en mujer, los vestidos que siguen la línea humana.

En política se puede una vez que otra ser sincero y honrado.

Las gentes de dinero, iglesia y milicia se preocupan más en acumular medios de ataque contra los humildes que van subiendo, que en descabezar sus iras poniendo honrado remedio a sus legítimas angustias.

Nada excita tanto a la violencia como el desafío y la preparación prematura contra la justicia.

Es digno del cielo el que intenta escalarle.

Sólo los que han bregado cuerpo a cuerpo con la verdad, para reducirla a la frase o al verso, saben cuánto honor hay en ser vencido por ella.

Cada hombre trae en sí el deber de añadir, de domar, de revelar.

Los artistas jóvenes hallan en el mundo una pintura de seda, y con su soberbia grandiosa de estudiantes quieren un artesano de tierra y de sol.

Es, por esencia, trascendental el espíritu humano.

Toda rebelión de forma arrastra una rebelión de esencia.

El egoísmo levanta a los pueblos y los pierde.

Hombres haga quien quiera hacer pueblos.

Todas las grandes ideas de reforma se condensan en apóstoles y se petrifican en crímenes, según en su llameante curso prendan en almas de amor o en almas destructivas.

Unos están empeñados en edificar y levantar: otros nacen para abatir y destruir.

¡Tiene tanto el periodista de soldado!

El arte de escribir ¿no es reducir?

El mejor modo de mantener al vencido en el estado de espíritu necesario para vencer, es mantenerse en pie, ante él, como vencedor.

La guerra se hizo, cualquiera que fuese su pretexto, para acabar con la esclavitud.

El odio político no duerme y se complace en afear toda hermosura.

La libertad debiera ya tener su arquitectura.

Toda cortesía es útil, y no hacen mal esos dulces engaños.

El hombre se siente consagrado en los ancianos.

En un mero soldado la rapiña puede ser natural; pero todo atentado contra el derecho, en tierra propia o ajena, es crimen en un hombre de pensamiento.

Sólo las madres, siempre benévolas, saben la tarea que el niño puede soportar sin fatiga.

El carácter impera.

La elocuencia brilla.

El que sabe dominar las pasiones ajenas o tiene grandes las propias, es guía natural de los hombres, aunque efímero, a menos que la virtud no lo posea; pero el que al fin triunfa, no es el que enciende y desata las pasiones, sino el que sabe reprimirlas.

Nada hace padecer tanto a un hombre virtuoso, ni le pone más cerca el juicio de la ira, que ver interpretadas por la malignidad o el interés sus intenciones.

Sólo merece gobernar a los pueblos quien tiene menos flaquezas que ellos.

Las piedras del odio, a poco de estar al sol, hieden y se desmoronan, como masas de fango.

Los presidentes son para unir, no para dividir.

El hombre lleva en sí lo que lo pierde, que es el interés, y lo que lo redime, que es el sentimiento.

Trabaja inútilmente, porque será vencida, esa generación pueril de filoclastas que anda, por esclavitud de la moda, con traje de cinismo.

La inteligencia tiene sus petimetres, que son los que toman a pecho cualquier novedad que sale de las sastrerías, y sus verdaderos elegantes, que son los que llevan sus vestidos de modo que siempre están bien, porque no acatan ninguna exageración y siguen la gracia natural del cuerpo.

Mal va un hombre cuando no le da un vuelco el corazón al leer o presenciar un acto heroico.

Se nota en el lenguaje de los negros cultos un dejo de desolación que mueve a echarles los brazos.

La riqueza es al fin una patria, cuando no se la tiene propia.

El hombre debe dormir alguna vez al aire, desafiar la lluvia, manejar las armas que defenderán mañana la tierra patria o el derecho, de velar al pie de algo más que un mostrador o una ventana.

El dolor es la sal de la gloria.

Todo se afina, se purifica y crece.

¿Para qué, sino para poner paz en los hombres, han de ser los adelantos de la ciencia?

Por un lado es ala el hombre, que mira al cielo; y por el otro es hocico, clavado en la tierra: hay que empujar perennemente el ala.

Cada época se pone en una fiesta que la representa y refleja sus ideales.

Jamás llegaron a fiesta pública, fuera de aquéllos que la pasión exagera y deshace, sino aquellos sentimientos potentes que de vez en cuando, como energías volcánicas, levantan los pueblos, y quedan para siempre visibles en ellos, como los montes en la tierra.

Es moda nueva, de esmalte, moda de puro barniz, suponer que los accidentes de educación y clima puedan alterar la esencia de los hombres, iguales en todas partes, salvo lo que les pone, o lo que no les ha puesto, la vida acumulada de las generaciones.

Para conocer a un pueblo se le ha de estudiar en todos sus aspectos y expresiones: en sus elementos, en sus tendencias, en sus apóstoles, en sus poetas y en sus bandidos.

Los pueblos son como los obreros a la vuelta del trabajo: por fuera cal y lodo, pero en el corazón las virtudes respetables.

Por sobre las razas, que no influyen más que en el carácter, está el espíritu esencial humano, que los confunde y unifica.

El pudor del hombre está en la mente, y se ha de llegar con él incólume a los ochenta años.

Reproducir no es crear, y crear es el deber del hombre.

La palabra sincera huye, como niña decorosa, de los comedores venales.

El aire ha de estar lleno de almas desinteresadas y amigas.

Como la derrota consume, el éxito robustece.

En la arquitectura, como en todas las artes, el modo más seguro de matar el efecto es rebuscarlo.

IV
Del vol. "En los Estados Unidos". (Segunda Parte.)

IV

No ha de temerse la sinceridad; sólo es tremendo lo oculto.

La vida tiene horas de oro en que parece que el sol sale en el alma, y como ejército que asalta, escala y bulle la gloria por las venas.

En la justicia no cabe demora; y el que dilata su cumplimiento, la vuelve contra sí.

Los pícaros han puesto de moda el burlarse de los que se resisten a ser pícaros.

La política virtuosa es la única útil y durable.

Aplazar no es resolver. Si existe un mal, con permitir que se acumule no se remedia. El crimen, el crimen de permitirlo, trae siempre sangre.

Pan no se puede dar a todos los que lo han menester, pero los pueblos que quieren salvarse han de preparar a sus hijos contra el crimen.

El que conoce lo bello, y la moral que viene de él, no puede vivir luego sin moral y belleza.

Una ciudad es culpable mientras no es toda ella una escuela: la calle que no lo es, es una mancha en la frente de la ciudad.

Debe ser obligatorio el servicio de maestros, como el de soldados.

Preparar un pueblo para defenderse, y para vivir con honor, es el mejor modo de defenderlo.

De vez en cuando es necesario sacudir el mundo, para que lo podrido caiga a tierra.

Las religiones todas son iguales: puestas una sobre otra, no se llevan un codo ni una punta.

Las religiones todas han nacido de las mismas raíces, han adorado las mismas imágenes, han prosperado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos vicios.

Las religiones, que en su primer estado son una necesidad de los pueblos débiles, perduran luego como anticipo, en que el hombre se goza, del bienestar final poético que confusa y tenazmente desea.

Las religiones, en lo que tienen de durable y puro, son formas de la poesía que el hombre presiente fuera de la vida, son la poesía del mundo venidero: ¡por sueños y por alas los mundos se enlazan!: giran los mundos en el espacio unidos, como un coro de doncellas, por estos lazos de alas. Por eso la religión no muere, sino se ensancha y acrisola, se engrandece y explica con la verdad de la naturaleza y tiende a su estado definitivo de colosal poesía.

Las religiones todas, fuera de aquellas ya aventadas que en anuncio de la final religión poética han establecido la razón, tienen sus milagros, sus arúspices, sus oráculos, sus ídolos, sus juggernaut que tunden y fulminan, hasta que, negados los fieles a creer que la palabra de Dios sea enemiga del albedrío, condiciones y virilidad que nacen con el hombre, se acercan al juggernaut con maza en mano, le desciñen el manto, le quitan las faldas de formas de flores, le quiebran el vientre esférico, le levantan el capuz funeral, orlado de luminosa pedrería, y en vez de la palabra de Dios, a que en seguida corren a alzar templo, encuentran un tablón viejo y roído, con los pies y las manos de carbón pintado, como los gigantes de las ferias.

¡Oh! ¡la ciencia que se aprende en el libro de todos los días, con la pluma, con las bridas, con el componedor, con el cepillo, con la lezna!

Donde luce un espíritu sincero, los hombres se congregan y siguen el camino, como detrás del manso la majada.

Color y olor tienen las almas.

La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen.

La flor del pensamiento es la poesía.

Lo más recio de la fe del hombre en las religiones es su fe en sí propio, y su soberbia resistencia a creer que es capaz de errar; lo más potente de la fe es el cariño a los tiempos tiernos en que se la recibe, y las manos adoradas que nos la dieron.

La religión, falsa siempre como dogma a la luz de un alto juicio, es eternamente verdadera como poesía.

Se conocen repúblicas falsas que cernidas en un tamiz, sólo producirían el alma de un lacayo; pero donde la libertad verdaderamente impera, sin más obstáculos que los que le pone nuestra naturaleza, no hay trono que se parezca a la mente de un hombre libre, ni autoridad más augusta que la de sus pensamientos.

Cuanto no sea compatible con la dignidad humana, caerá.

A las poesías del alma nadie podrá cortar las alas, y siempre habrá ese magnífico desasosiego y esa mirada ansiosa hacia las nubes.

Con las libertades, como con los privilegios, sucede que juntas triunfan o peligran, y que no puede pretenderse o lastimarse una sin que sientan todas el daño o el beneficio.

Cuanto abata o reduzca al hombre, será abatido.

Hay hombres ardientes en quienes, con todos los tormentos del horno, se purifica la especie humana.

Hay hombres dispuestos para guiar sin interés, para padecer por los demás, para consumirse iluminando.

Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por su enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen con sus errores.

Las grandes opresiones engendran los grandes rebeldes.

Siempre lo impuesto es vano y lo libre es vivífico.

No es el hombre más que una de esas burbujas resplandecientes que danzan a tumbos ciegos en un rayo de sol.

Tiene el negro una gran bondad nativa, que ni el martirio de la esclavitud pervierte, ni se oscurece con su varonil bravura.

Pero tiene, más que otra raza alguna, tan íntima comunión con la naturaleza, que parece más apto que los demás hombres a estremecerse y regocijarse con sus cambios.

Hay en su espanto y alegría algo de sobrenatural y maravilloso que no existe en las demás razas primitivas, y recuerda en sus movimientos y miradas la majestad del león: hay en su afecto una lealtad tan dulce, que no hace pensar en los perros, sino en las palomas: y hay en sus pasiones tal claridad, tenacidad, intensidad, que se parecen a los de los rayos del sol.

Jesús es lo que más aman de todo lo que saben de la cristiandad estos desconsolados, porque lo ven fusteado y manso como se vieron ellos.

La mente, puesta a obrar, no cesa; el dolor, puesto a bullir, estalla; la palabra, puesta a agitar, se desordena; la vanidad, puesta a lucir, arrastra; la esperanza, puesta en acción, acaba en el triunfo o la catástrofe; "para el revolucionario, dijo St. Just, ¡no hay más descanso que la tumba!"

¡Quién que anda con ideas no sabe que la armonía de todas ellas, en que el amor preside a la pasión, se revela apenas a las mentes sumas que ven hervir el mundo sentados, con la mano sobre el sol, en la cumbre del tiempo!

Una vez reconocido el mal, el ánimo generoso sale a buscarle remedio: una vez agotado el recurso pacífico, el ánimo generoso, donde labra el dolor ajeno como el gusano en la llaga viva, acude al remedio violento.

El jabalí perseguido no oye la música del aire alegre, ni el canto del universo, ni el andar grandioso de la fábrica cósmica: el jabalí clava las ancas contra un tronco oscuro, hunde el colmillo en el vientre de su perseguidor, y le vuelca el redaño.

Así como la vida del hombre se concentra en la médula espinal y la de la tierra en las masas volcánicas, surgen de entre esas muchedumbres, erguidos y vomitando fuego, seres en quienes parece haberse amasado todo su horror, sus desesperaciones y sus lágrimas.

Las almas dan sonidos, como los más acordes instrumentos.

Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado.

Del fango de las callea quisiera hacerse el miserable que vive sin libertad, la vestidura que le asienta. Los que te tienen, oh libertad, no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte.

Los hombres que quedan son los que encarnan en sí una idea que combate, o una aspiración destinada al triunfo,—los que pasan por el mundo voceando y luciendo con velocidad extraordinaria—como los astros. Mientras viven, se les señala con el dedo; en cuanto mueren se ve que donde ellos caen se levanta una estatua. No importa que hayan defendido sus doctrinas con exceso: así han de defenderse las ideas justas, para que al retraerse, como todo se retrae, en la marea del universo, no quede la idea demasiado atrás.

Un grano de poesía sazona un siglo.

La alegría viene de la gente llana.

No se vive sin sacar luz en la familiaridad con lo enorme.

El hábito de domar da al rostro de los escultores un aire de triunfo y rebeldía.

Engrandece la simple capacidad de admirar lo grande, cuanto más el moldearlo, el acariciarlo, el ponerle alas, el sacar del espíritu en idea lo que a brazos, a miradas profundas, a golpes de cariño ha de ir encorvando y encendiendo el mármol y el bronce.