WeRead Powered by ReaderPub
Guerras civiles de Granada: Tomo I cover

Guerras civiles de Granada: Tomo I

Chapter 19: CAPÍTULO XVII.
Open in WeRead

About This Book

La obra se divide en dos partes: la primera recrea la corte nazarí y la vida de la capital, con descripciones de palacios, torneos, saraos y las redes de pasión y rivalidad entre facciones como los Zegríes y los Abencerrajes, cuyas intrigas, venganzas y muertes internas minan la cohesión política y facilitan la penetración de las fuerzas cristianas. La segunda parte traslada la atención a tiempos posteriores, mostrando cómo la opresión, la pérdida de privilegios y las guerras civiles entre familias conducen al empobrecimiento y a la desaparición de las últimas comunidades moriscas.

CAPÍTULO XVII.

En que se da cuenta del cerco de Granada por los reyes Católicos, y de la fundación de Santa Fe.

El verano siguiente vino el rey D. Fernando a Córdoba, y allí tuvo ciertas escaramuzas con los moros de Granada, y quitó el cerco de Salobreña que tenían los moros en aprieto. Hecho esto se fue a Sevilla a tratar ciertas cosas para el cerco de Granada.

Volvió a Córdoba, y de allí vino a la Vega de Granada y destruyó todo el Valle de Alhendín, y mataron los cristianos muchos moros, y quemaron nueve aldeas. En una escaramuza murieron muchos Zegríes a manos de los cristianos Abencerrajes, y un Zegrí escapó huyendo a darle esta mala nueva al rey moro.

El rey D. Fernando puso su real en la misma Vega, donde estaba prevenido todo lo necesario, y puso toda su gente en escuadrón formado con todas sus banderas tendidas y su real estandarte, en el cual llevaba por divisa un Cristo crucificado.

Por la nueva que llevó el Zegrí al rey se hizo este

ROMANCE.

Mensajeros han entrado

al rey Chico de Granada;

entran por la puerta Elvira

y paran en el Alhambra.

Ese que primero llega

Mahoma Zegrí se llama,

herido viene en un brazo

de una muy mala lanzada.

Y así como hubo llegado

desta manera le habla,

con el rostro demudado

de color muy fría y blanca:

«Nuevas te traigo, señor,

y una muy mala embajada.

Por ese fresco Genil

mucha gente viene armada:

Sus banderas traen tendidas,

puestas a son de batalla,

un estandarte dorado

en el cual viene bordada

Una muy hermosa cruz,

que más relumbra que plata,

y un Cristo crucificado

traía por cada banda.

El general desta gente

el rey Fernando se llama:

todos hacen juramento

en la imagen figurada,

de no salir de la Vega

hasta rendir a Granada.

Y con esta gente viene

una reina muy preciada,

llamada Doña Isabel,

de grande nobleza y fama.

Veisme aquí, herido vengo

ahora de una batalla,

que entre cristianos y moros

en la Vega fue trabada.

Treinta Zegrís quedan muertos,

pasados por el espada

de cristianos Bencerrajes

con braveza no pensada.

Perdóname por Dios, rey,

que no puedo dar el habla,

que me siento desmayado

de la sangre que me falta.»

Estas palabras diciendo

el Zegrí, allí se desmaya:

desto quedó triste el rey,

que no pudo hablar palabra.

Otros cantaron este romance de otra manera; y porque no se le hace agravio al que le compuso, lo pondremos aquí, aunque los romances tienen un mismo sentido, y dice así:

Al rey Chico de Granada

mensajeros le han entrado;

entran por la puerta Elvira

y en el Alhambra han parado.

Este que primero llega

es un Zegrí muy nombrado,

con una marlota negra,

señal de luto mostrando.

Las rodillas por el suelo,

desta manera ha hablado:

«Nuevas te traigo, señor,

de dolor en sumo grado.

Por ese fresco Genil

un campo viene marchando,

todo de lucida gente,

sus armas van relumbrando.

Las banderas van tendidas,

y un estandarte dorado:

el general de esta gente

es el invicto Fernando.

En el estandarte trae

un Cristo crucificado;

todos hacen juramento

morir por el figurado,

Y no salir de la Vega,

ni volver atrás un paso,

hasta ganar a Granada

y tenerla a su mandado.

Y también viene la reina,

mujer del rey D. Fernando,

la cual tiene tanto esfuerzo

que anima a cualquier soldado.

Yo vengo herido, buen rey,

un brazo tengo pasado,

y un escuadrón de tus moros

ha sido desbaratado.

Todo el campo de Alhendín

queda roto y saqueado.»

Estas palabras diciendo

cayó al Zegrí desmayado.

Mucho lo siente el rey moro,

del gran dolor ha llorado,

al Zegrí quitan de allí

y a su casa le han llevado.

Dejando ahora los romances, y tornando a lo que hace al caso de nuestra historia, el rey D. Fernando asentó su real, y le fortificó con muy gran discreción y conforme práctica de milicia, y en una noche se hizo allí un lugar en cuatro partes partido, quedando en cruz; el cual tenía cuatro puertas, y todas se veían estando en medio de las cuatro calles.

Hízose esta población entre cuatro grandes de Castilla, y cada uno tomó un cuartel a su cargo.

Fue cercado de un firme baluarte todo de madera, y por encima cubierto de lienzo encerado de modo que parecía una firme y blanca muralla, toda almenada y torreada; siendo una cosa muy de ver, que no parecía sino labrada de una muy curiosa cantería.

Otro día por la mañana cuando los moros vieron aquel lugar hecho y tan cerca de Granada, todo torreado, se maravillaron mucho de verle.

El rey D. Fernando como vio acabado aquel lugar, y con tan gran perfección, le hizo ciudad, y le puso por nombre Santa Fe, y la dotó de muchas franquezas y privilegios, de los cuales hoy día goza.

Y porque esta ciudad se hizo de esta suerte, se compuso este romance antiguo, que dice así:

Cercada está Santa Fe

con mucho lienzo encerado,

al derredor muchas tiendas

de seda, oro y brocado,

Donde están duques y condes,

señores de grande estado,

y otros muchos capitanes,

que lleva el rey D. Fernando.

Todos de valor crecido,

como ya lo habréis notado

en la guerra que se ha hecho

en el granadino estado.

Cuando a las nueve del día

un moro se ha demostrado

sobre un caballo negro,

de blancas manchas manchado;

Cortados ambos hocicos,

porque le tiene enseñado

el moro, que con sus dientes

despedace a los cristianos.

El moro viene vestido

de blanco, azul y encarnado,

debajo de esta librea

traía un muy fuerte jaco;

Una lanza con dos hierros

de acero muy bien templado,

una adarga hecha en Fez

de un ante rico extremado.

Aqueste perro con befa

en la cola del caballo,

la sagrada AVE MARÍA

llevaba haciendo escarnio.

Llegando junto a las tiendas

de esta manera ha hablado:

«¿cuál será aquel caballero,

que sea tan esforzado,

que quiera hacer conmigo

batalla en aqueste campo?

Salga uno, salgan dos,

salgan tres, o salgan cuatro;

el alcaide de los Donceles

salga, que es hombre afamado.

Salga ese conde de Cabra,

en guerra experimentado;

salga Gonzalo Fernández,

que es en Córdoba nombrado,

O si no Martín Galindo,

que es valeroso soldado;

salga ese Portocarrero,

señor de Palma nombrado,

O el bravo D. Manuel

Ponce de León llamado,

aquel que sacara el guante,

que por industria fue echado

donde estaban los leones,

y él lo sacó muy osado.

Y si no salen aquestos,

salga el mismo rey Fernando,

que yo le daré a entender

si tengo valor sobrado.»

Los caballeros del rey

todos están escuchando;

cada uno pretendía

salir con el moro al campo.

Garcilaso estaba allí,

mozo gallardo esforzado:

licencia le pide al rey

para salir al pagano.

«Garcilaso, sois muy mozo

para emprender este caso:

otros hay en el real

a quien poder encargarlo.»

Garcilaso se despide

muy confuso y enojado,

por no tener la licencia,

que al rey le había demandado;

Pero muy secretamente,

Garcilaso se había armado,

y en un caballo morcillo

salídose había al campo.

Nadie le ha conocido,

porque sale disfrazado:

fuese donde estaba el moro,

y de esta suerte le ha hablado;

«Ahora verás tú, moro,

si tiene el rey D. Fernando

caballeros valerosos

que salgan contigo al campo.

Yo soy el menor de todos,

y vengo por su mandado.»

El moro cuando le vido

en poco le había estimado,

Y díjole de está suerte:

«Yo no estoy acostumbrado

a hacer batalla campal

sino con hombres barbados.

Vuélvete, rapaz, le dice,

y venga el más estimado.»

Garcilaso se enojó,

puso piernas al caballo,

Arremete para el moro,

y un grande encuentro le ha dado.

El moro que esto vido,

revuelve así como un rayo:

Comienzan la escaramuza

con un furor muy sobrado:

Garcilaso, aunque era mozo,

muy gran valor ha mostrado.

Diole al moro una lanzada

que el pecho le ha atravesado,

y el moro cayera muerto;

tendido le había en el campo.

Garcilaso con presteza

del caballo se ha apeado:

cortárale la cabeza,

y en el arzón la ha colgado.

Quitole el AVE MARÍA

de la cola del caballo,

e hincando ambas rodillas

con devoción la ha besado,

Y en la punta de la lanza

por bandera la ha colgado:

subió en su caballo luego,

y el del moro había tomado.

Cargado destos despojos

al real se había tornado,

donde están todos los grandes,

también el rey D. Fernando.

Todos tienen en grandeza

aquel hecho señalado:

también el rey y la reina

mucho se han maravillado,

por ser Garcilaso mozo,

y haber hecho un tan gran caso:

Garcilaso de la Vega

desde allí se ha intitulado,

porque en la Vega hiciera

campo con aquel pagano.

Como dice el romance, el rey y la reina y todos los del real se maravillaron de aquel gran hecho de Garcilaso, y el rey le mandó poner en sus armas las letras del AVE MARÍA; con justa razón, por habérsela quitado al moro de tan indecente parte, y por ello haberle cortado la cabeza.

Desde entonces en adelante los moros de Granada salían a tener escaramuzas con los cristianos en la Vega, en las cuales los cristianos llevaban lo mejor siempre.

Los valerosos Abencerrajes cristianos suplicaron al rey que les diese licencia para hacer un desafío con los Zegríes.

El rey conociendo su bondad y valor se la otorgó, dándoles por caudillo al valeroso caballero D. Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles. Hecho el desafío, los moros Zegríes salieron fuera de la ciudad.

El desafío se hizo de cincuenta a cincuenta; y no muy lejos vinieron los Zegríes muy bien aderezados, todos vestidos de su acostumbrada librea pajiza y morada, plumas de lo mismo.

Los bravos Abencerrajes salieron con su acostumbrada librea azul y blanca, todos llenos de ricos tejidos de plata, las plumas de la misma color; en sus adargas su acostumbrada divisa, salvajes que desquijaraban leones, y otros un mundo que le deshacía un salvaje con un bastón.

De esta forma salió también el valeroso alcaide de los Donceles, y llegándose los unos a los otros, uno de los caballeros Abencerrajes les dijo a los Zegríes:

—Hoy ha de ser el día, caballeros, en que nuestros prolijos bandos han de tener fin, y pagarnos la deuda que nos debéis, causa de vuestra malicia y envidia.

A lo cual replicaron los Zegríes, que no se gastase el tiempo en palabras, sino en obras. Diciendo esto se comenzó entre todos una brava y sangrienta escaramuza, la cual se holgaba el rey de ver, y todos los demás del real.

Duró esta escaramuza cuatro horas buenas, en la cual hizo el valeroso alcaide de los Donceles cosas maravillosas, tanto que fue parte su bondad para que los Zegríes fuesen desbaratados y muchos muertos, y los demás puestos en huida. Los Abencerrajes los fueron siguiendo hasta meterlos por las puertas de Granada.

Aquesta escaramuza puso a los Zegríes en grande quebranto, y al mismo rey de Granada, que lo sintió mucho y de allí adelante se tuvo por perdido.

Otro día siguiente la reina Doña Isabel tuvo gana de ver el sitio de Granada, y sus murallas y torres; y así acompañada del rey y de los Grandes, y gente de guerra, se fue a un lugar, llamado la Zubia, que está a una legua de Granada, y de allí se puso a mirar la hermosura y amenidad de la ciudad.

Miraba las torres y las fuerzas del Alhambra; miraba los labrados y costosos olivares; miraba las Torres-Bermejas, la brava y soberbia Alcázar y Albaicín, con todas las demás torres, castillos y murallas. Holgábase mucho de verlo todo la cristianísima reina, y deseaba verse dentro, y tenerla ya por suya.

Mandó la reina que aquel día no hubiese escaramuza, mas no se pudo excusar, porque sabiendo que estaba allí la reina, quisieron darla pesadumbre; y así salieron de Granada más de mil moros, y trabaron escaramuza con los cristianos, la cual se comenzó poco a poco, y se acabó muy de veras y a gran priesa, porque los cristianos les acometieron con tanta fortaleza, que los moros huyeron, y los cristianos siguieron el alcance hasta las puertas de Granada, y mataron más de cuatrocientos de ellos, y cautivaron más de cincuenta.

En esta escaramuza se señaló grandemente el alcaide de los Donceles, y Portocarrero, señor de Palma.

Este día mataron a casi todos los Zegríes: también esta pérdida sintió el rey de Granada, porque fue mucha.

La reina se volvió al real con toda su gente, muy contenta de haber visto a Granada y su asiento.

En este tiempo unos leñadores moros se hallaron las cuatro marlotas y los cuatro escudos de los turcos que hicieron la batalla por la reina Sultana; y como entraron en Granada con ellas, y conocieron las marlotas y escudos por sus divisas, se las tomaron a los leñadores, preguntándoles dónde habían habido aquellas ropas y escudos. Los leñadores dijeron que ellos las habían hallado en lo más espeso del Soto de Roma. Gazul, sospechando mal, les volvió a preguntar si habían hallado a algunos caballeros muertos. Los leñadores respondieron que no.

Gazul mandó llevar las marlotas y escudos a casa de la reina Sultana, y fue él también allá, y mostrando las marlotas a la reina, dijo:

—Señora, ¿no son estas las propias marlotas de los caballeros que os libraron de la muerte?

La reina Sultana las miró bien, y luego las conoció, y dijo que ellas eran.

—Pues, ¿qué es la causa —dijo Gazul— que unos leñadores se las hayan hallado?

—No sé qué pueda ser —dijo la reina.

Luego sospecharon que los Zegríes y Gomeles los habían muerto, y que no podía ser otra cosa.

Gazul contó lo que pasaba a los Alabeces y Venegas, Aldoradines y Almoradís, los cuales por aquel respecto trataron mal de palabras a los Zegríes que quedaban, y a los Gomeles y Mazas: estos, como estaban libres de aquello que se les imputaba, defendían su partido, y sobre ello se revolvió entre dichos linajes de caballeros una pendencia, por cuya causa casi se perdiera Granada; que harto tuvo el rey y los alfaquíes que apaciguar, y decían los alfaquíes:

—¿Qué hacéis, caballeros de Granada? ¿Por qué volvéis las armas contra vosotros mismos, estando vuestros enemigos a las puertas de la ciudad? Mirad que lo que ellos habían de hacer, hacéis vosotros. Mirad que nos perdemos, y no es tiempo de andar en divisiones.

Tan buenas razones dijeron los alfaquíes, y tanto hizo el rey y otros caballeros, que todo este escándalo fue apaciguado con gran pérdida de los caballeros Gomeles y Mazas, y algunos de sus contrarios.

Muza, que deseaba que la ciudad se diese al cristiano rey, viendo armada de nuevo aquella división entre los más principales, se holgó mucho por lo que él y los de su bando pretendían, que era ser cristianos y entregar la ciudad al rey D. Fernando; y un día estando a solas con el rey su hermano, le habló de esta manera:

—Muy mal lo has mirado, hermano Abdalí, en haber quebrado la palabra que le diste al rey cristiano, y no es trato de rey faltar en lo que propone. Veamos ahora cómo te puedes conservar en esta ciudad, que te ha quedado sola de tu reino. Bastimentos van faltando, puesta en división, no olvidados los rencores contra ti por la muerte de los Abencerrajes, por su destierro tan sin ocasión, y por la deshonra que hiciste a tu mujer la reina, que aunque fue bien vengada, los Almoradís y Marines sus parientes te tienen un odio mortal: no quisiste recibir jamás de mí ningún consejo, que si lo admitieras, no vinieras al estado miserable en que estás puesto, no teniendo socorro ninguno para resistir la pujanza grande del rey cristiano. Y así, ¿qué determinas hacer? ¿No hablas? ¿Por qué no me respondes? De mi voto, si no te quieres perder de todo punto, entrega al rey D. Fernando esta ciudad, pues que te da en qué y con qué vivas tú y tus siervos. No le indignes más, cumple la palabra con voluntad, si no quieres que a tu pesar te la haga cumplir. Adviértote que están determinados los más principales caballeros de Granada de irse a servir al rey Católico, o darte muy cruel guerra; y si quieres saber quién son, has de saber que los Alabeces y Gazules, Aldoradines y Venegas, Azarques y Alarifes, y todos los de sus parcialidades, que tú conoces muy bien, y yo el primero, queremos ser cristianos y servir al rey D. Fernando. Por tanto, consuélate, y mira que si estos que te digo te faltan, ¿qué harás aunque sea en tu favor todo lo restante de la ciudad? Porque todos estos quieren guardar sus haciendas, y no quieren ver su amada patria destruida y saqueada, ni sus reales banderas y estandartes rotos con violencia no vista, y ellos esclavos, divididos por diversas partes de los reinos de Castilla. Muévete a hacer lo que te digo: mira con cuánta piedad y misericordia el rey D. Fernando ha tratado a los pueblos del reino, dejándoles vivir con libertad en sus propias casas y haciendas, pagando lo mismo que a ti te pagaban, y que traigan sus ropas y vestidos, y hablen la lengua y vivan en su ley.

Muy admirado y confuso se halló el rey con las razones que su hermano Muza decía, y con la libertad con que le hablaba; y dando un doloroso suspiro, viendo que de todo punto le convenía dar su ciudad bella, porque no tenía reparo de hacer otra cosa; considerando que todos los caballeros querían ser de la parte del rey Católico, y su mismo hermano con ellos, y considerando que si no entregaba la ciudad, los males que la gente de guerra en ella pudieran hacer, así de robos como de forzar a las doncellas y casadas, y otras cosas que los victoriosos soldados suelen hacer en las ciudades que rinden, le dijo a su hermano que estaba de parecer de darle ayuda y ponerse en las manos del rey D. Fernando.

Y para la ejecución de ello le dijo a Muza que llamase y juntase todos los caballeros y linajes que estaban de aquel parecer, lo cual hizo luego el capitán Muza.

Y siendo juntos en el Alhambra, se trató con ellos si le darían al victorioso rey D. Fernando a Granada. Todos los que estaban allí, Alabeces, Aldoradines, Gazules, Venegas, Azarques, Alarifes y otros muchos caballeros de este bando, dijeron que la ciudad se entregase al rey D. Fernando.

Visto que la flor y lo mejor de los caballeros de Granada estaban de parecer que la ciudad se entregase; mandando luego tocar sus trompetas y añafiles, al cual son se juntaron todos los caballeros, y cuando el rey Chico los vio juntos, les contó lo que estaba tratado entre él y su hermano, que por dolerse de la ciudad y no verla por el suelo, se la quería entregar al rey cristiano.

En la ciudad alborotada por esto, daban diferentes votos unos de otros: los unos decían que no se diese la ciudad; otros que sí, porque era bien para toda la ciudad; otros decían que anduviese la guerra, y que les vendría socorro de África; otros que no vendría.

En estos dares y tomares estuvieron treinta días, al cabo de los cuales fue entre todos determinado de dar la ciudad, y ponerse a la misericordia del rey D. Fernando; y con condición que todos los que quisiesen vivir en su ley y quedarse con sus haciendas, trajes y lenguaje, así como habían quedado todas las demás ciudades, villas y lugares que al rey cristiano se le habían entregado.

Acordado esto de esta manera, fueron a hablar al rey D. Fernando sobre ello, y los que fueron a tratarlo eran Alabeces, Aldoradines, Gazules, Venegas, y Muza por cabeza de todos; los cuales salieron de la ciudad y fueron a Santa Fe donde estaba el rey D. Fernando acompañado de los Grandes de Castilla; el cual como vio venir tan grande escuadrón, mandó que el real se apercibiese por si fuese menester, aunque por cartas de Muza sabía lo que se trataba en Granada.

Llegaron al real los granadinos caballeros, se apearon y entraron en Santa Fe, y fueron al alojamiento real. Eran Muza, Malique Alabez, Aldoradín y Gazul, los cuales llevaban comisión de tratar este negocio.

Todos los demás caballeros moros quedaron fuera del real paseándose y hablando con los demás caballeros, admirados de ver tanta braveza y apercibimiento de guerra, y de ver aquel fuerte real y su asiento.

Finalmente, los comisarios moros hablaron con el rey, y Aldoradín, caballero muy estimado, dijo lo siguiente:

Razonamiento que se hizo al rey D. Fernando.

«No las sangrientas armas ni el belicoso son de acordadas trompetas y retumbantes cajas, ni arrastradas banderas, ni muerte de varones ínclitos, invicto y poderoso rey Católico, ha sido parte para que nuestra ciudad de Granada viniese a entregarse, y dar, y abatir sus reales pendones, sino la fama de tu soberana virtud y misericordia, que de ordinario usas con tus súbditos, lo cual es muy manifiesto a todos; y confiados en que nosotros los moradores de la ciudad de Granada no seremos menos tratados ni honrados que los demás que a tu grandeza se han dado, nos venimos a poner en tus reales manos, para que de nosotros y de todos los de la ciudad hagas tu voluntad, como de humildes vasallos; y desde ahora prometemos de darte a Granada y todas sus fuerzas, para que de la ciudad y de ellos dispongas a tu voluntad; y el rey besa tus reales pies y manos, y pide perdón de haber faltado a la palabra y juramento dado; y porque tu grandeza vea ser esto así, toma una carta suya, la cual me mandó que pusiese en tus reales manos.»

Diciendo esto hincadas ambas rodillas, besó la carta, y se la dio al rey D. Fernando; y recibiéndola con mucho contento la abrió, y leída entendió el rey ser así lo que Aldoradín le había dicho, y que su alteza fuese a Granada y tomase posesión de la ciudad y del Alhambra.

El Aldoradín pasó adelante con su plática diciendo:

«Las condiciones arriba dichas son que los moros que quisiesen ir al África se fuesen libres, y que los que se quisiesen quedar que les dejasen sus bienes, y que los que quisiesen vivir en su ley, viviesen, y trajesen su hábito y hablasen su lengua.»

Todo lo cual les otorgó el rey D. Fernando muy alegremente; y así los cristianos reyes de Castilla y de Aragón, D. Fernando y Doña Isabel fueron con gran parte de su gente a Granada, dejando su real a muy buen recaudo; y día de los reyes en treinta días de diciembre, les fue a los reyes Católicos entregada la fuerza del Alhambra: a dos días del mes de enero la reina Doña Isabel y su corte, con toda la gente de guerra, partió de Santa Fe a Granada, y en un cerro que estaba junto a ella se puso a mirar la hermosura de la ciudad, aguardando que se hiciese la entrega de ella.

El rey D. Fernando también, acompañado de sus Grandes de Castilla, se puso por la parte de Genil adonde salió el rey moro, y en llegando le entregó las llaves de la ciudad y de las fuerzas, y se quería apear para besarle los pies. El rey D. Fernando no consintió que hiciese lo uno ni lo otro.

Finalmente, el moro le besó la mano y le entregó las llaves, las cuales dio el rey al conde de Tendilla, por haberle hecho merced de la alcaidía, porque la tenía bien merecida; y así entraron en la ciudad y subieron al Alhambra, y encima de la torre de Comares tan famosa, se levantó la señal de la santa Cruz, y luego el estandarte de los Católicos reyes; y los dos reyes de armas dijeron en altas voces: Viva el rey D. Fernando, por él, y por la reina Doña Isabel, su mujer.

La Católica y serenísima reina que vio la señal de la santa Cruz encima de la torre de Comares, y su estandarte real con ella, se hincó de rodillas, y puestas las manos dio infinitas gracias a Dios por la feliz victoria que había ganado contra aquella populosa ciudad de Granada.

La música de la capilla del rey cantó luego: Te Deum laudamus. Fue tan grande el placer de todos, que lloraban. Luego se oyeron en el Alhambra mil instrumentos de bélicas trompetas, pífanos y cajas.

Los moros amigos del rey D. Fernando, que querían ser cristianos, y cuya cabeza era Muza, tocaron muchas dulzainas y añafiles, sonando gran ruido de tambores por toda la ciudad.

Los caballeros moros que habemos dicho en aquella noche jugaron galanamente alcancías y cañas, las cuales se holgaron de ver los dos cristianos reyes. Había tantas luminarias, y tantas fiestas y regocijos aquella noche, que era cosa de ver.

Dice nuestro cronista, que aquel día de la entrega de la ciudad, el rey moro hizo sentimiento en dos cosas.

La una es que pasando el rey moro un río, los moros que iban a la par de él le cubrieron los pies, lo cual el rey no quiso consentir.

La otra costumbre es que subiendo el rey alguna escalera, los zapatos que se descalza, o pantuflos, al pie de ella, los más principales que van con él se los suben; lo cual el rey moro no quiso consentir aquel día.

Y así como llegó a su casa el rey moro, que era el Alcazaba, comenzó a llorar lo que había perdido; al cual llanto le dijo su madre que, pues no había sido para defenderla, hacía bien llorarla.

Todos los Grandes de Castilla le fueron a besar las manos al rey D. Fernando y a la reina Doña Isabel, y a jurarlos por reyes de Granada y su reino. Los Católicos reyes hicieron muchas mercedes a todos los caballeros que se habían hallado en la conquista de Granada.

Entregada la ciudad fueron puestas todas las armas de los moros en el Alhambra.

Acabado de dar asiento en las cosas de Granada, mandó el rey D. Fernando que a los caballeros Abencerrajes se les volviesen todas sus casas y haciendas, y sin esto les hizo grandes mercedes.

Lo mismo hizo con Reduán, Sarracino y Abenámar, los cuales habían servido en la guerra muy bien, y con grande fidelidad.

Muza y Celima se volvieron cristianos, y los casó el rey, y les dio grandes haberes.

La reina Sultana fue a besar las manos a los reyes Católicos, los cuales la recibieron benigna y amorosamente, y dijo que quería ser cristiana; y así la bautizó el nuevo arzobispo, y la puso por nombre Doña Isabel de Granada. Casola el rey con un principal caballero, y le dio en dote dos lugares.

A todos los Alabeces y Gazules el rey les hizo grandes mercedes, especialmente a Malique Alabez, que se llamó D. Juan Alabez, y el mismo rey fue padrino suyo, y de Aldoradín, al cual llamó de su propio nombre Fernando Aldoradín.

El rey mandó que si quedaban Zegríes, que no viniesen a Granada, por la maldad que hicieron contra los Abencerrajes.

Los Gomeles se fueron a África, y el rey Chico con ellos, que no quiso estar en España aunque le habían dado a Purchena en que viviese; y en el África le mataron los moros de aquellas partes porque perdió a Granada.

Nuestro moro cronista nos advierte de una cosa, y es, que los caballeros llamados Mazas, que no era este su propio nombre, sino Abembices. De este nombre Abembiz hubo dos linajes en Granada, y no bien puestos los unos con los otros, porque cada uno decía ser de más claro linaje que el otro.

Sucedió que el bando de aquellos Abembices en tiempo del rey de Castilla D. Juan I tuvieron una batalla en la Vega de Granada con los cristianos, y de los cristianos se llamaba el capitán y alférez, que era su hermano, D. Pedro Maza.

Decían ser estos caballeros del reino de Aragón y de Valencia, y que esta sangrienta batalla fue muy reñida; de manera que los capitanes de ambas partes murieron, asimismo los alféreces, y los estandartes fueron trocados; que el de los moros llevaron los cristianos, y los moros se llevaron el de los cristianos; y fueron cautivos, así de una parte como de otra, y respecto de aquella cruel batalla por la memoria de ella, en Granada diciendo o nombrando los Abembices, respondían los Mazas o los otros. De manera que fueron llamados los Abembices Mazas, y se quedaron con aquel nombre.

El rey D. Fernando les dio a los caballeros Venegas muy grandes mercedes y privilegios, como que pudiesen traer armas; y asimismo a los Alabeces y Aldoradines.

La hermosa reina, que ser solía llamada Doña Isabel de Granada siendo casada, como ya hemos dicho, dio libertad a su criada Esperanza de Hita, y muchas y muy ricas joyas, y la envió a Mula, de donde era natural, al cabo de siete años de cautiverio.

No muchos días después de tomada Granada, fue hallada una cueva de armas, de la cual se hizo grande pesquisa; y descubierta la verdad, se hizo justicia de los culpados.

Algunas cosas de aquestas no llegaron a noticia de Hernando del Pulgar, cronista de los Católicos reyes; y así no las escribió ni la batalla que los cuatro caballeros cristianos hicieron por la reina, porque de ello se guardó el secreto; y si algo de estas cosas supo y entendió, no puso la pluma en ello, por estar ocupado en otras cosas tocantes a los Católicos reyes y de más gravedad.

Nuestro moro cronista supo de la Sultana, debajo de secreto, todo lo que pasó, y ella le dio las dos cartas; la que envió a D. Juan Chacón, y la respuesta que le envió; que así él pudo escribir aquella famosa batalla, sin que nadie entendiese quién fueron hasta ahora.

Visto por el cronista perdido el reino de Granada, se fue a África y a Tremecén, llevando todos sus papeles consigo: allí murió, y dejó hijos y un nieto suyo no menos hábil que él, llamado Argutarfa, el cual recogió todos los papeles de su abuelo, y en ellos halló este pequeño libro, que no estimó en poco, por tratar la materia de Granada, y por grande amistad se lo presentó a un judío, llamado Saba Santo, quien le sacó en hebreo por su contento, y el original arábigo le presentó a D. Rodrigo Ponce de León, conde de Bailén.

Y por saber lo que contenía, y por haberse hallado su abuelo y bisabuelo en las dichas conquistas, le rogó al judío que le tradujese en castellano, y después el conde me hizo merced de dármelo.

Y pues ya hemos acabado de decir todas las guerras civiles, y los bandos de los Zegríes y Abencerrajes, diremos algunas cosas de D. Alonso de Aguilar, y cómo le mataron los moros en Sierra Bermeja, con algunos romances de su historia, y daremos fin a los amores de Gazul y Lindaraja.

Así como bautizaron a Gazul, y habiéndole hecho el rey merced, pidió licencia para ir a Sanlúcar, y diósela. Partiose luego, y llego con brevedad, con el deseo que tenía de ver a su señora, y le hizo saber con un paje su venida.

Ella estaba enojada con él sobre ciertos celos, y no quiso oír al paje, de lo cual le pesó a Gazul; y sabiendo que en Gelves se jugaban cañas, porque el alcaide de allí las había ordenado por la paz de los reinos, quiso ir a jugarlas para mostrar su valor; y así un día se puso muy galán, la librea blanca, morada y verde, y las plumas de lo mismo, llenas de argentería de oro y plata, el caballo enjaezado de lo mismo; y antes de partirse fue por la calle de Lindaraja por verla, y él llegaba a sus ventanas cuando la dama salía a un balcón.

Gazul que la vio, lleno de alegría y contento picó al caballo, y llegando junto al balcón le hizo arrodillar y poner la boca en el suelo, así como aquel que le tenía enseñado en aquello para aquella hora. Comenzó a hablar diciendo:

—Qué le mandaba para Gelves, que iba allí a jugar cañas, y que con haberla visto llevaba esperanza de que le iría bien en aquella jornada.

La dama le respondió, que a la dama que servía le pidiese favores, que a ella no había para qué, que no cuidase de engañar a nadie; y diciendo esto, echándole muchas maldiciones, se quitó del balcón y cerró la ventana con gran furia.

Gazul viendo aquel gran disfavor de su dama, arremetió el caballo a la pared; y así hizo la lanza pedazos y se volvió a su casa, y se desnudó para no ir a las cañas.

No faltó quien le diese noticia de esto a Lindaraja, la cual estaba arrepentida de lo que había hecho; y así con un paje envió a llamar a Gazul para que se viese con ella en un huerto que ella tenía.

Gazul lleno de alegre esperanza vino a su llamado, y se vio con ella en aquel jardín, donde ella le dio disculpas, y pidió perdón de lo hecho, y se casaron los dos; y para que fuese a jugar cañas a Gelves ella le dio muy ricas empresas, y por esto se dice este

ROMANCE.

Por la plaza de Sanlúcar

galán paseando viene

el animoso Gazul

de blanco, morado y verde.

Quiérese partir el moro

a jugar cañas a Gelves,

que hace fiestas su alcaide

por las paces de los reyes.

Adora una Abencerraje,

reliquia de los valientes

que mataron en Granada

los Zegríes y Gomeles.

Por despedirse y hablarla,

vuelve y revuelve mil veces,

penetrando con los ojos

las venturosas paredes.

Al cabo una hora de noche,

de esperanzas impacientes,

viola venir al balcón,

haciendo los años breves.

Arremetió su caballo,

viendo aquel sol que amanece,

haciendo que se arrodille,

y el suelo en su nombre bese.

Con voz turbada la dice:

«No es posible sucederme

cosa triste en esta empresa,

habiéndote visto alegre.

Allá me llevan sin alma

obligación y parientes;

volverame mi cuidado,

por ver si de mí le tienes.

Dame una empresa o memoria,

y no para que me acuerde,

sino para que me adorne,

guarde, acompañe y esfuerce.»

Celosa está Lindaraja,

que de celos grandes muere

de Zaida, la de Jerez,

porque su Gazul la quiere;

Y de esto la han informado,

que por ella ardiendo muere;

y así a Gazul le responde:

«Si en la guerra te sucede,

Como mi alma desea,

y el tuyo falso merece,

no volverás a Sanlúcar,

tan ufano como sueles,

a los ojos que te adoran,

y a los que más te aborrecen.

Y plegue Alá que en las cañas

los enemigos que tienes,

te tiren secretas lanzas,

porque mueras como mientes.

Y que traigan fuertes jacos

debajo los alquiceles,

porque si quieres vengarte,

acabes, y no te vengues.

Tus amigos no te ayuden,

tus contrarios te atropellen,

y que en hombros de ellos salgas,

cuando a servir damas entres;

Y que en lugar de llorarte

las que engañas y entretienes,

con maldiciones te ayuden,

y de tu muerte se alegren.»

Piensa Gazul que se burla,

que es propio del inocente;

y alzándose en los estribos,

tomarla la mano quiere.

«Miente, la dice, señora,

el moro que me revuelve,

a quien estas maldiciones

le vengan, porque me vengue.

Mi alma aborrece a Zaida;

de que la amé se arrepiente:

malditos sean los años

que la serví por mi suerte.

Dejome a mí por un moro

más rico de pobres bienes.»

Esto que oye Lindaraja,

aquí la paciencia pierde.

A este tiempo pasó un paje

con sus caballos jinetes,

que los llevaba gallardos

de plumas y de jaeces.

La lanza con que ha de entrar

la tomó, y fuerte arremete,

haciéndola mil pedazos

contra las mismas paredes.

Y manda que sus caballos,

jaeces y plumas truequen,

los verdes en leonados,

para entrar leonado en Gelves.

Ya contamos como habiendo pasado aquestas palabras entre Lindaraja y Gazul, ella se quitó del balcón muy enojada y confusa, y dio con su mano a las puertas de la ventana, y con mucho furor la cerró inconsideradamente: mas después siendo de ello arrepentida, como aquella que amaba de todo corazón a Gazul, y sabiendo como desesperadamente había trocado sus aderezos verdes, azules y blancos, en leonados, y roto la lanza con enojo en la pared, como atrás se dijo; enviándole a llamar, que le esperaba en su jardín, trató con él muy largas cosas, y entre los dos se casaron, y ella le dio para irse al dicho juego de cañas a Gelves ricas preseas por su memoria.