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Heath's Modern Language Series: José

Chapter 11: IV
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About This Book

Set in a provincial fishing village, the narrative follows everyday life and interpersonal tensions among working families, focusing on economic pressures, mismatched marriages, domestic power imbalances, and unspoken romantic longing. Scenes depict market exchanges, disputes over money, social gossip, and the petty moral judgments that shape reputations. The prose alternates intimate character studies with community observation, emphasizing how poverty, pride, and inherited expectations determine decisions and relationships. Through incidents involving household quarrels, calculations of earnings, and whispered rumors, the work examines honor, resignation, and the subtle mechanics of social hierarchy in a tight-knit rural community.

—Vaya, hijos míos, a casa ahora, a casa; algún día me agradeceréis estos azotes que os he dado.

En el lugar era bien quisto y se le recibía en todas partes con la benevolencia no exenta de desdén con que se mira siempre en este mundo a los seres inofensivos. Los vecinos todos sabían que D. Claudio vivía en casa aherrojado, que su mujer «le tenía en un puño[20.2]:» no sólo porque su condición humilde y apocada se prestase[20.3] a ello, sino también porque en la sociedad conyugal él era el pobre y su mujer la rica. La riqueza de la señá Isabel, no obstante, era sólo temporal, porque procedía del difunto Vega; toda[20.4] debía recaer a su tiempo en Elisa; mas como ella la manejaba y la había de manejar aún por mucho tiempo, pues Elisa sólo contaba doce años a la muerte de su padre, D. Claudio pensó hacer una buena boda casándose con la viuda: tal era por lo menos la opinión unánime del pueblo. Por eso no se compadecían como debieran sus sinsabores domésticos; antes solían decir las comadres del lugar en tono sarcástico:—¿No quería mujer rica?... Pues ya la tiene.

III

Buena marea[21.1] hoy ¿eh José?

—A última hora.[21.2] Bien pensé no traer veinte libras a casa.

—¿Cuántas pesó el pescado?

—No lo sé... allá la señá Isabel.[21.3]

Ésta, que debía de saberlo perfectamente, levantó, sin embargo, la vista hacia Elisa, y preguntó:

—¿Cuántas, Elisa?

—Mil ciento cuarenta.

—Pues estando a real y medio, tú debes de levantar hoy muy cerca de veinte duros—dijo el primer interlocutor, que era el juez de paz de Rodillero en persona.

Elisa, al oír estas palabras, se encendió de rubor otra vez. José bajó la cabeza algo confuso y dijo entre dientes:[21.4]

—No tanto, no tanto.

La señá Isabel siguió impasible cosiendo.

—¿Cómo no tanto?—saltó[21.5] D. Claudio recalcando[21.6] fuertemente las sílabas, según tenía por costumbre.—Me parece que aun se ha quedado corto el señor juez. Nada más fácil que justipreciar exactamente lo que te corresponde; es una operación sencillísima de aritmética elemental. Espera un poco—añadió dirigiéndose a un estante y sacando papel y pluma de ave.

La señá Isabel le clavó una mirada fría y aguda que le hubiera anonadado a no encontrarse[21.7] en aquel instante de espaldas.[21.8] Sacó del bolsillo un tintero de asta y lo destornilló con trabajo.

—Vamos a ver. Problema. Mil ciento cuarenta libras de bonito a real y medio la libra, ¿cuántos reales serán? Debemos multiplicar mil ciento cuarenta por uno y medio. Es la multiplicación de un entero por un mixto. Necesitamos reducir el mixto a quebrado... uno por dos es dos. Tenemos dos medios más un medio. Tienen el denominador común: sumemos los numeradores. Dos y uno tres; tres medios. Multipliquemos ahora el entero por el quebrado: tres por cero es cero; tres por cuatro doce, llevo uno...

—¿Quieres dejarnos en paz, querido?—interrumpió la señá Isabel, conteniendo a duras penas la cólera.—Estamos cansados de que lleves y traigas tantos quebrados y tantos mixtos para nada.

—Mujer... ¿quieres que yo cuente por los dedos?... La ciencia...

—¡Bah, bah, bah!... aquí no estás en la escuela: hazme el favor de callar.

D. Claudio hizo una mueca de resignación, volvió a atornillar el tintero, lo sepultó en el fondo de la levita y se puso de nuevo a partir jabón.

Después de una pausa, el juez municipal mitigó el desaire de D. Claudio haciendo una apología acabada de la aritmética; para él no había mas ciencias que las exactas. Pero D. Claudio, aunque agradecido al socorro, se mostró contrario a las afirmaciones de la autoridad, y se entabló disputa acerca del orden y dignidad de las ciencias.

El juez municipal de Rodillero era un capitán de Infantería, retirado hacía ya bastantes años: vivía o vegetaba en su pueblo natal con los escasos emolumentos que el Gobierno le pagaba tarde y de mal modo: una hermana, más vieja que él, cuidaba de su casa y hacienda: era hombre taciturno, caviloso y en grado sumo susceptible; gozaba fama de pundonoroso y justificado:[23.1] se le achacaban como defectos la sobrada rigidez de carácter y el apego invencible a las propias opiniones.

A su lado estaba un caballero anciano, de nobles y correctas facciones, con grandes bigotes blancos y perilla prolongada hasta el medio del pecho; el cabello largo también y desgreñado, los ojos negros y ardientes, la mirada altiva y la sonrisa desdeñosa: su figura exigua y torcida no era digno pedestal para aquella hermosa cabeza; además, la levita sucia y raída que gastaba, los pantalones de paño burdo y los zapatos claveteados de labrador, contribuían mucho a menoscabar su prestigio. Llamábase D. Fernando de Meira, y pertenecía a una antigua y noble familia de Rodillero, totalmente arruinada hacía ya muchos años. Los hijos de esta familia se habían desparramado por el mundo en busca del necesario sustento: el único que permanecía pegado al viejo caserón solariego como una ostra era D. Fernando, al cual su carrera de abogado no le había servido jamás para ganarse la vida, o por falta de aptitudes para ejercerla, o por el profundo desprecio que al noble vástago de la casa de Meira le inspiraba toda ocupación que no fuese la caza o la pesca. Vivía en una de las habitaciones menos derruidas de su casa, la cual se estaba viniendo abajo por diferentes sitios no hacía ya poco tiempo: servíanle de compañeros en ella los ratones que escaramuzaban y batallaban libremente por todo su ámbito, las tímidas lagartijas que anidaban en las grietas de las paredes, y una muchedumbre de murciélagos que volteaba por las noches con medroso rumor. Nadie le conocía[24.1] renta o propiedad de donde se sustentase, y pasaba como artículo de fe en el pueblo que el anciano caballero veía el hambre de cerca en bastantes ocasiones.

Cuando más joven, salía de caza y acostumbraba a traer provisión abundante, pues era el más diestro cazador de la comarca; al faltarle las fuerzas, consagrose enteramente a la pesca; los días en que la mar estaba bella salía el Sr. de Meira en su bote al calamar, al chicharro, a la robaliza o a los muiles,[24.2] según la estación y las circunstancias del agua: en este arte dio señales de ser tan avisado como en la caza; del pescado que le sobraba solía regalar a los particulares de Rodillero, porque D. Fernando se hubiera dejado morir de hambre antes que vender un solo pez cogido por su mano; pero estos regalos engendraban en justa correspondencia otros, y merced a ellos, el caballero podía atender a las más apremiantes necesidades de su cocina, la leña, el aceite, los huevos, etc., y aún autorizarse en ocasiones algún exceso: él mismo se aderezaba los manjares que comía y no con poca inteligencia, al decir de las gentes; se hablaba con mucho encomio de una caldereta[24.3] singular que el Sr. de Meira guisaba como ningún cocinero. Pero llegó un día en que el pueblo supo con sorpresa que el caballero había vendido su bote a un comerciante de Sarrió: la razón todos la adivinaron, por más que[24.4] él la ocultó diciendo que lo había enajenado para comprar otro mejor. Desde entonces, en vez de salir al mar, pescaba desde la orilla con la caña, o lo que es igual, en vez de ir al encuentro de los peces los esperaba pacientemente sentado sobre alguna peña solitaria. Cuando no venían, observaban los vecinos que no salía humo por la chimenea de la casa de Meira.

—¿Madre, no arregla[25.1] la cuenta a José?... es ya hora de cenar—dijo Elisa a la señá Isabel.

—¿Tienes despierto el apetito?—contestó ésta, dibujándose en sus labios una sonrisa falsa.—Pues aguárdate, hija mía, que necesito concluir lo que tengo entre manos.

Desde que José había entrado en la tienda, Elisa no había dejado de hacerle señas con disimulo, animándole a llamar aparte a su madre y decirle lo que tenían convenido. El marinero se mostraba tímido, vacilante, y manifestaba a su novia, también por señas, que aguardaba a que los tertulianos se fuesen. Ella replicaba que éstos no se irían sino cuando llegase el momento de cenar. José no acababa de decidirse. Finalmente, la joven cansada de la indecisión de su novio, se arrojó[25.2] a proponer a su madre lo que acabamos de oír, con el fin de que pasase a la trastienda y allí se entablase la conversación que apetecía. La respuesta de la señá Isabel los dejó tristes y pensativos.

Habían entrado en la tienda, después de nuestro José, otros tres o cuatro marineros, entre ellos Bernardo. La conversación rodaba, como casi siempre, sobre intereses; quién tenía más, quién tenía menos. Se habló de un potentado de la provincia, que acababa de adquirir en aquella comarca algunas tierras.

—¿Es muy rico ese señor conde?—preguntó un marinero.

D. Fernando extendió la mano solemnemente y dijo:

—Mi primo el conde de la Mata tiene cuatro mil fanegas de renta[25.3] por su madre en Piloña. De su padre le habrá quedado poco: el mayorazgo de los Velascos nunca fue muy grande, y lo ha mermado mucho mi tío.

—Las doscientas fanegas que ha comprado en Riofontán—dijo el juez—son lo mejor del concejo:[26.1] en veintidós mil duros han sido baratas.

—D. Anacleto estaba necesitado de fondos; su hijo le ha gastado un capital en Madrid, según dicen—apuntó D. Claudio.

—También a él le salieron baratas[26.2] cuando las compró hace años—manifestó uno de los marineros.

—¿A quién se las compró?—preguntó otro.

D. Fernando extendió de nuevo la mano con igual majestad, diciendo:

—A mi primo el marqués de las Quintanas... Pero éste no tenía necesidad de dinero: las vendió para trasladar sus rentas a Andalucía.[26.3]

—¿También ese señor es su primo?—dijo Bernardo levantando la cabeza y haciendo una mueca cómica que hizo sonreír a los presentes.

D. Fernando le dirigió una mirada iracunda.

—Sí señor, es mi primo... ¿y qué hay con eso?[26.4]...

—Nada, nada—manifestó Bernardo con sorna,[26.5]—que[26.6] me pareció demasiada primacía.[26.7]

—Pues has de saber—exclamó D. Fernando con exaltación,—que mi casa es dos siglos más antigua que la suya. Cuando los Quintanas eran unos petates, unos hidalgüelos de mala muerte[26.8] en Andalucía, ya los señores de Meira levantaban pendón[26.9] en Asturias y tenían fundada su colegiata y armada la horca[26.10] en los terrenos que hoy son de Pepe Llanos. Un Quintanas vino de allá a pedir la mano de una dama de la casa de Meira, teniéndolo a mucho honor[27.1]... En mi casa había entonces dotes cuantiosas para todas las hembras que se casaban... De mi casa salieron dotes para la casa de Miranda, para la de Peñalta, para la de Santa Cruz, para la de Guzmán...

—Vamos—dijo Bernardo sonriendo,—por eso se quedó V. tan pobre.

Los ojos de D. Fernando centellaron de ira al escuchar estas malignas palabras.

—Oyes tú, cochino, zambombo, ¿te he pedido algo a ti? ¿Qué tienes que partir en[27.2] mi riqueza ni[27.3] en mi pobreza? Has de saber que tú y yo no hemos mamado la misma leche, grandísimo pendejo[27.4]...

—D. Fernando, sosiéguese V.—dijo D. Claudio.—La cólera es mala consejera.

—No le haga V. caso, D. Fernando—manifestó la señá Isabel.

—Paz, paz, paz, señores—exclamó el juez municipal levantando las manos con autoridad.

Bernardo reía cazurramente, sin dársele nada, al parecer, de[27.5] las injurias que le vomitaba el Sr. de Meira. Estas escenas eran frecuentes entre ambos: el festivo marinero gustaba de mortificarle y verle encolerizado: después, se arrepentía de lo dicho, hacían las paces, y hasta otra.[27.6] El anciano caballero no podía guardar rencor a nadie; sus cóleras eran como la espuma del vino.

—Madre, ya es hora de cenar—dijo Elisa aprovechando el silencio que siguió a la reyerta.—José tendrá ganas de irse.[27.7]

La señá Isabel no contestó; su ojo avizor[27.8] había descubierto, hacía ya rato largo, que D. Fernando trataba de hablar reservadamente con su esposo. En el momento en que Elisa volvía a su tema, observó que el Sr. de Meira tiraba disimuladamente de la levita a D. Claudio, marchándose después hacia la puerta como en ademán de investigar el tiempo: el maestro le siguió.

—Claudio—dijo la señá Isabel antes de que pudiesen entablar conversación;—alcánzame el paquete de los botones de nácar que está empezado.

D. Claudio volvió sobre sus pasos; arrimose a la estantería,[28.1] y empinándose cuanto pudo, sacó los botones del último estante. En el instante de entregarlos, su esposa le dijo por lo bajo con acento perentorio:

—Sube.

El maestro abrió más sus grandes ojos saltones,[28.2] sin comprender.

—Que te vayas de aquí—dijo su esposa tirándole de una manga con fuerza.

D. Claudio se apresuró a obedecer sin pedir explicaciones; salió por la puerta que daba al portal, y subió las escaleras de la casa.

—El señor de la casa de Meira necesita cuartos—dijo Bernardo al oído del marinero que tenía cerca.—¿No has visto qué pronto lo ha olido[28.3] la señá Isabel? ¡Si se descuida en echar fuera al maestro![28.4]...

El marinero sonrió mirando al caballero, que seguía a la puerta en espera de[28.5] D. Claudio.

—Señores, ¿gustan VV. de cenar?[28.6]—dijo la señá Isabel levantándose de la silla.

Los tertulianos se levantaron también.

—José, tú subirás con nosotros, ¿verdad?

—Como V. quiera. Si mañana le viene[29.1] mejor arreglar eso...

—Bien; si a ti te parece...

Elisa no pudo contener un gesto de disgusto, y dijo precipitadamente:

—Madre, mañana es mal día; ya lo sabe... tenemos que cerrar una porción de barriles... y luego la misa, que siempre enreda algo[29.2]...

—No te apures tanto, mujer[29.3]... no te apures... lo arreglaremos hoy todo—contestó la señá Isabel clavando en su hija una mirada fría y escrutadora que la hizo turbarse.

Los tertulianos se fueron, dando las buenas noches.[29.4] La señá Isabel, después de atrancar la puerta, recogió el velón y subió la escalera, seguida de Elisa y José.

La salita donde entraron era pequeña, al tenor de[29.5] la tienda; gracias a los cuidados de Elisa, ofrecía grata disposición y apariencia; los muebles viejos, pero relucientes; un espejillo de marco dorado cubierto con gasa blanca para preservarlo de las moscas; sobre la mesa dos grandes caracoles de mar, y en medio de ellos un barquichuelo de cristal toscamente labrado. Estos atributos marinos suelen adornar las salas de las casas decentes de Rodillero. Colgaban de las paredes algunas malas estampas con marco negro, representando la conquista de Méjico, dando la preferencia a las escenas entre Hernán-Cortés y Doña Marina;[29.6] por bajo del espejo había algunas fotografías, con marco también, en que figuraba la señá Isabel y el difunto Vega poco después de haberse unido en lazo matrimonial; media docena de sillas y un sofá con funda de hilo,[29.7] completaban el mobiliario.

Cuando entraron en la sala, D. Claudio, que estaba asomado al corredor, se salió dejándoles el recinto libre. La señá Isabel pasó a la alcoba en busca del cuaderno sucio y descosido donde llevaba las cuentas todas[30.1] de su comercio; Elisa aprovechó aquel momento para decir rápidamente a su novio:

—No dejes de hablarle.[30.2]

Hizo un signo afirmativo José, aunque dando a entender el miedo y la turbación que le producía aquel paso. La joven se salió también cuando su madre tornó a la sala.

—El domingo, trescientas siete libras—dijo la señá Isabel, colocando el velón sobre la mesa y abriendo el cuaderno,—a real y cuartillo. El lunes, mil cuarenta, a real; el martes, dos mil doscientas, a medio real; el miércoles no habéis salido; el jueves, doscientas treinta y cinco, a dos reales; el viernes nada; hoy, mil ciento cuarenta, a real y medio... ¿ No es esto,[30.3] José?

—Allá V., señora; yo no llevo apunte.[30.4]

—Voy a echar la cuenta.[30.5]

La vieja comenzó a multiplicar; no se oía en la sala más que el crugido de la pluma. José esperaba el resultado de la operación dando vueltas a[30.6] la boina que tenía en la mano. No el interés o el afán de saber cuánto dinero iba a recibir ocupaba en aquel instante su ánimo;, todo él estaba[30.7] embargado y perplejo, ante la idea de tratar el negocio de su matrimonio: buscaba con anhelo manera hábil de entrar en materia, concluida que fuese la cuenta.[30.8]

—Son[30.9] cuatro mil setecientos tres reales y tres cuartillos—dijo la señá Isabel, levantando la cabeza.

José calló en señal de asentimiento. Hubo una pausa.

—Hay que quitar de esto—manifestó la vieja bajando la voz y dulcificándola un poco—la rebaja que me has hecho en tu quiñón y en los de la lancha... El domingo me lo has puesto a real; el lunes a tres cuartillos; el martes no hubo rebaja por estar barato; el jueves, a real y medio, y hoy a real. ¿No es eso?

—Sí, señora.

—La cuenta es mala de echar... ¿Quieres que lo pongamos a siete cuartos,[31.1] para evitar equivocaciones?... Me parece que pierdo en ello...

José consintió, sin pararse a pensar si ganaba o perdía. La vieja comenzó de nuevo a trazar números en el papel, y José a escogitar los medios de salir de aquel mal paso.

Terminó al fin la señá Isabel; aprobó José su propio despojo y recibió de mano de aquélla un puñado de oro, para repartir al día siguiente entre sus compañeros. Después que lo hubo encerrado en un bolsillo de cuero y colocado entre los pliegues de la faja, se puso otra vez a dar vueltas a la boina con las manos temblorosas. Había llegado el instante crítico de hablar. José nunca había sido un orador elocuente, pero en aquella sazón se sintió desposeído como nunca de las cualidades que lo constituyen. Un flujo de sangre le subió a la garganta y se la atascó; apenas acertaba a contestar con monosílabos a las preguntas que la señá Isabel le dirigía acerca de los sucesos de la pesca y de las esperanzas que cifraba para lo sucesivo; la vieja, después de haberle chupado la sangre,[31.2] se esforzaba en mostrarse amable con él. Mas la conversación, a pesar de esto, fenecía, sin que el marinero lograse dar forma verbal a lo que pensaba. Y ya la señá Isabel se disponía a darla por terminada,[32.1] levantándose de la silla, cuando Elisa abrió repentinamente la puerta y entró, con pretexto de recoger unas tijeras que le hacían falta; al salir, y a espaldas de su madre, [32.2] le hizo un sin número[32.3] de señas y muecas, encaminadas todas a exigirle el cumplimiento de su promesa; fueron tan imperativas y terminantes, que el pobre marinero, sacando fuerzas de flaqueza y haciendo un esfuerzo supremo, se atrevió a decir:

—Señá Isabel...

El ruido de su voz le asustó, y sorprendió también por lo extraño a la vieja.

—¿Qué decías, querido?

La mirada que acompañó a esta pregunta le hizo bajar la cabeza; estuvo algunos instantes suspenso y acongojado: al cabo sin levantar la vista y con la voz enronquecida dijo:

—Señá Isabel, el día de San Juan pienso botar la lancha al agua...

Contra lo que esperaba, la vieja no le atajó con ninguna palabra; siguió mirándole fijamente.

—No sé si recordará lo que en el invierno me ha dicho...

La señá Isabel permaneció muda.

—Yo no quisiera incomodarla... pero como el tiempo se va pasando, y ya no hay mayormente[32.4] ningún estorbo... y después la gente le pregunta a uno para cuando... y tengo la casa apalabrada... lo mejor sería despachar el negocio antes de que el invierno se eche encima...

Nada; la maestra no chistaba.[33.1] José se iba turbando cada vez más: miraba al suelo con empeño, deseando quizá que se abriese.

La vieja se dignó al fin exclamar alegremente:

—¡Vaya un susto que me has dado, [33.2] querido! Pensé al verte tan azorado que ibas a soltarme una mala noticia y resulta que me hablas de lo que más gusto me puede dar.

El semblante del marinero se iluminó repentinamente.

—¡Qué alegría, señora! Tenía miedo...

—¿Por qué? ¿No sabes que yo lo deseo con tanto afán como tú?... José, tú eres un buen muchacho, trabajador, listo, nada[33.3] vicioso. ¿Qué más puedo desear para mi hija? Desde que empezaste a cortejarla te he mirado con buenos ojos, porque estoy segura de que la harás feliz. Hasta ahora hice cuanto estaba en mi mano[33.4] por vosotros, y Dios mediante, pienso seguir haciéndolo. En todo el día no os quito del pensamiento; no hago otra cosa que dar vueltas[33.5] para ver de qué modo arreglamos pronto ese dichoso casorio... Pero los jóvenes sois muy impacientes y echáis a perder[33.6] las cosas con vuestra precipitación... ¿Por qué tanta prisa? Lo mismo tú que Elisa[33.7] sois bastante jóvenes, y aunque, gracias a Dios, tengáis lo bastante para vivir, mañana u otro día[33.8] si os vienen muchos hijos acaso no podáis decir lo mismo... Tened un poco de paciencia: trabaja tú cuanto puedas para que nunca haya miedo al hambre, y lo demás ya vendrá...

El semblante de José se oscureció de nuevo.

—Mientras tanto—prosiguió la vieja,—pierde cuidado en lo que toca a Elisa: yo velaré porque su cariño no disminuya y sea siempre tan buena y hacendosa como hasta aquí... Vamos, no te pongas triste; no hay tiempo más alegre que el que se pasa de novio. Bota pronto la lancha al agua para aprovechar la costera del bonito. Cuando concluya, si ha sido buena, ya hablaremos.

Al decir esto se levantó: José hizo lo mismo sin apartar los ojos del suelo; tan triste y abatido, que inspiraba lástima. La señá Isabel le dio algunas palmaditas cariñosas en el hombro, empujándole al mismo tiempo hacia la puerta.

—Ea, vamos a cenar, querido, que tú ya tendrás gana y nosotros también. Elisa—añadió alzando la voz,—alumbra a José, que se va. Vaya, buenas noches, hasta mañana...

—Que V. descanse, señora—contestó José con voz apagada.

Elisa bajó con él la escalera, y le abrió la puerta. Ambos se miraron tristemente.

—Tu madre no quiere—dijo él.

—Lo he oído todo.

Guardaron silencio un instante; él, de la parte de fuera,[34.1] ella dentro del portal con el velón en una mano y apoyándose con la otra en el quicio de la puerta.

—Ayer—dijo la joven—había soñado con[34.2] zapatos... es de buen agüero: por eso tenía tanto empeño en que la hablases.[34.3]

—Ya ves—replicó él sonriendo con melancolía—que no hay que fiar de sueños.

Después de otro instante de silencio, los dos extendieron las manos y se las estrecharon diciendo casi al mismo tiempo:

—Adiós, Elisa.

—Adiós, José.

IV

Cuando la pesca anda escasa por la costa de Vizcaya,[35.1] suelen venir algunas lanchas de aquella tierra a pescar en aguas de Santander[35.2] y de Asturias. Sus tripulantes eligen el puerto que más les place y pasan en él la costera del bonito, que dura próximamente desde Junio a Setiembre. Mientras permanecen a su abrigo, observan la misma vida que los marineros del país, salen juntos a la mar y tornan a la misma hora: la única diferencia es que los vizcaínos comen y duermen en sus lanchas, donde se aderezan toscamente una vivienda para la noche, protegiéndolas con toldos embreados y tapizándolas con alguna vela vieja que les permita acostarse, mientras los naturales se van tranquilamente a reposar a sus casas. Ni hay rivalidades ni desabrimientos entre ellos: los vizcaínos son de natural pacífico y bondadoso; los asturianos, más vivos de genio y más astutos, pero generosos y hospitalarios. Cuando navegan se ayudan y se comunican cordialmente el resultado que obtienen: después que saltan en tierra, acuden juntos a las tabernas y departen amigablemente, apurando algunas copas de vino. Los vizcaínos son más sobrios que los asturianos; rara vez se embriagan: éstos, dados como los pueblos meridionales a la burla y al epigrama, los embroman por su virtud.

Uno de tales vizcaínos fue el padre de José. Cuando vino con otros un verano a la pesca, la madre era una hermosa joven, viuda, con dos hijas de corta edad, que se veía y deseaba[36.1] para alimentarlas trabajando de tostadora en una bodega de escabeche. El padre de José trabó relaciones con ella, y la sedujo dándola palabra de casamiento. La bella Teresa esperó en vano por él: a los pocos meses supo[36.2] que había contraído matrimonio con otra en su país.

Teresa era de temperamento impetuoso y ardiente, apasionada en sus amores como en sus odios, pronta a enojarse por livianos motivos, desbocada y colérica: tenía el amor propio brutal de la gente ignorante, y le faltaba el contrapeso del buen sentido que ésta suele poseer; sus reyertas con las vecinas eran conocidas de todos; se había hecho temible por su lengua, tanto como por sus manos. Cuando la cólera la prendía, se metamorfoseaba en una furia; sus grandes ojos negros y hermosos adquirían expresión feroz y todas sus facciones se descomponían. Los habitantes de Rodillero al oírla vociferar en la calle, sacudían la cabeza con disgusto, diciendo: «Ya está escandalizando esa loca de Ramón de la Puente» (así llamaban a su difunto marido).

La traición de su amante la hizo adolecer de rabia: hubiera quedado satisfecha con tomar de él sangrienta venganza. Las pobres hijas pagaron durante una temporada el delito del seductor: no se dirigía a ellas sino con gritos que las aterraban; la más mínima falta les costaba crueles azotes: en todo el día no se oían más que golpes y lamentos en la oscura bodega donde la viuda habitaba.

Bajo tales auspicios salió nuestro José a la luz del día. Teresa no pudo ni quiso criarlo: entregolo a una aldeana que se avino a hacerlo mediante algunos reales, y siguió dedicada a las penosas tareas de su oficio. Cuando al cabo de dos años la nodriza se lo trajo, no supo qué hacer de él; dejolo entregado a sus hermanitas, que a su vez le abandonaban para irse a jugar: el pobre niño lloraba horas enteras tendido sobre la tierra apisonada[37.1] de la bodega, sin recibir el consuelo de una caricia: cuando lo arrastraban consigo a la calle era para sentarlo en ella medio desnudo con riesgo de ser pisado por las bestias o atropellado por un carro. Si alguna vecina lo recogía por caridad, Teresa, al llegar a casa, en vez de agradecérselo, la apostrofaba «por meterse en la vida ajena.»[37.2]

Cuando José creció un poco, esta aversión se manifestó claramente en los malos tratos que le hizo padecer. Si había sido siempre fiera y terrible con sus hijas legítimas, cualquiera[37.3] puede figurarse lo que sería con aquel niño hijo de un hombre aborrecido, testimonio vivo de su flaqueza. José fue mártir en su infancia. No se pasaba día sin que por un motivo o por otro no sintiese los estragos de la mano maternal: cuando por inadvertencia ejecutaba la más leve falta, el pobre niño se echaba a temblar y corría a ocultarse en cualquier rincón del pueblo; mas no le valía: Teresa, encendida por la ira, con el palo de la escoba en la mano, iba por las calles en su busca,[37.4] vomitando amenazas, desgreñada como una furia, seguida por los chiquillos, que gustan siempre de presenciar los espectáculos trágicos, hasta que daba con él y lo traía arrastrando para casa. Si algún vecino de buen corazón, desde la puerta de su vivienda la recriminaba por tanta crueldad, ¡eran de oír[38.1] los denuestos y los insultos que salían vibrantes y agudos de la boca de la viuda contra el imprudente censor! el cual, corrido y avergonzado, la mayor parte de las veces se veía obligado a retirarse.

Asistió poco tiempo a la escuela, donde mostró una inteligencia viva y lúcida, que se apagó muy pronto con las rudas faenas de la pesca. A los doce años le metió su madre de rapaz[38.2] en una lancha, a fin de que con el medio quiñón que le tocaba en el reparto ayudase al sostenimiento de la casa. Halló el cambio favorable: pasar el día en la mar era preferible a pasarlo en la escuela recibiendo los palmetazos del maestro: el patrón rara vez le pegaba, los marineros le trataban casi como un compañero; la mayor parte de los días se iba a la cama sin haber recibido ningún golpe: sólo a la hora de levantarse para salir a la mar acostumbraba su madre a despavilarle[38.3] con algunos mojicones. Además, sentía orgullo en ganar el pan por sí mismo.

A los diez y seis años era un muchacho robusto, de facciones correctas, aunque algo desfiguradas por los rigores de la intemperie, tardo en sus movimientos como todos los marinos, que hablaba poco y sonreía tristemente, sujeto a la autoridad maternal, lo mismo que cuando tenía siete años. Mostró ser en la mar diligente y animoso, y ganó por esta razón primero que otros la soldada completa. A los diez y nueve años, seducido por un capitán de barco, dejó la pesca y comenzó a navegar en una fragata que seguía la carrera de América. Gozó entonces de independencia completa, aunque voluntariamente remitía a su madre una parte del sueldo. Pero el apego a su pueblo, el recuerdo de sus compañeros de infancia, y por más que parezca raro, el amor a su familia, fueron poderosos a hacerle abandonar, al cabo de algunos años, la navegación de altura,[39.1] y emprender nuevamente el oficio de pescador. Fue, no obstante, con mejor provisión y aparejo, pues en el tiempo que navegó, consiguió juntar de sus pacotillas algún dinero, y con él compró una lancha. Desde entonces cambió bastante su suerte: el dueño de una lancha, en lugar tan pobre como Rodillero, juega papel principal; entre los marineros fue casi un personaje, uniéndose al respeto de la posición el aprecio a su valor y destreza. Comenzó a trabajar con mucha fortuna: en obra de dos años, como sus necesidades no eran grandes, ahorró lo bastante para construir otra lancha.

Por este tiempo fijó su atención en Elisa, que era hermosa entre las hermosas de Rodillero, buena, modesta, trabajadora y con fama de rica: si no la hubiera fijado, le hubieran obligado a ello las palabras de sus amigos y los consejos de las comadres del pueblo:—«José, ¿por qué no cortejas a la hija de la maestra? No hay otra en Rodillero que más te convenga.—José, tú debías casarte con la hija de la maestra; es una chica como una plata,[39.2] buena y callada; no seas tonto, dile algo.—La mejor pareja para ti, José, sería la hija de la maestra...»—Tanto se lo repitieron, que al fin comenzó a mirarla con buenos ojos. Por su parte ella escuchaba idénticas sugestiones respecto al marinero, donde quiera que iba; no se cansaban de encarecerla su gallarda presencia, su aplicación y conducta.

Pero José era tímido con exceso; en cuanto se sintió enamorado, lo fue mucho más. Por largo tiempo, la única señal que dio del tierno sentimiento que Elisa le inspiraba fue seguirla tenazmente con la vista donde quiera que la hallaba, huyendo, no obstante, el tropezar con ella cara a cara. Lo cual no impidió que la joven se pusiera al tanto muy pronto de lo que en el alma del pescador acaecía. Y en justa correspondencia, comenzó a dirigirle con disimulo alguna de esas miradas[40.1] como relámpagos con que las doncellas saben iluminar el corazón de los enamorados. José las sentía, las gozaba, pero no osaba dar un paso para acercarse a ella. Un día confesó a su amigo Bernardo sus ansias amorosas, y el vivo deseo que tenía de hablar con la hija de la maestra. Aquel se rió no poco de su timidez, y le instó fuertemente para que la venciese; mas por mucho que hizo, no consiguió nada.

El tiempo se pasaba y las cosas seguían en tal estado, con visible disgusto de la joven, que desconfiaba ya de verlas nunca[40.2] en vías de arreglo.[40.3] Bernardo, observando a su amigo cada día más triste y vergonzoso, determinó sacarle de apuros. Una tarde de romería[40.4] paseaban ambos algo apartados de la gente por la pradera, cuando vieron llegar hacia ellos, también de paseo, a varias jóvenes: Elisa venía entre ellas. Sonrió maliciosamente el festivo marinero, halagado por una idea que en aquel momento se le ocurrió; hizo algunas maniobras a fin de pasar muy cerca de las jóvenes, y cuando le fue posible ¡zas! da un fuerte empujón a su amigo, y le hace chocar con Elisa, diciendo al mismo tiempo:—«Elisa, ahí tienes a José.» Después se alejó velozmente. José confuso y ruborizado quedó frente a frente de la hermosa joven, también ruborizada y confusa.—«Buenas tardes,»—acertó al fin a decir.—«Buenas tardes,»—respondió ella. Y fue cosa hecha.

El amor en los hombres reflexivos, callados y virtuosos, prende, casi siempre, con fortaleza. La pasión de José, primera y única de su vida, echó profundas raíces en poco tiempo: Elisa pagó cumplidamente su deuda de cariño: mostrose propicia la astuta maestra: los vecinos lo vieron con agrado; todo sonrió en un principio[41.1] a los enamorados.

Mas he aquí que a la entrada misma del puerto, cuando ya el marinero tocaba su dicha con la mano, comienza el barco a hacer agua.[41.2] Quedó aturdido y confuso; el corazón le decía que el obstáculo no era de poco momento, sino grave. Una tristeza grande, que semejaba desconsuelo, se apoderó de su ánimo al sentir detrás el golpe de la puerta de Elisa, y quedar en las tinieblas de la calle. Cruzaron por su imaginación muchos presentimientos; el pecho se le oprimió, y sin haber corrido nada, se detuvo un instante a tomar aliento. Después, mientras caminaba, hizo esfuerzos vanos para apartar de sí la tristeza por medio de cuerdas reflexiones: nada estaba perdido todavía: la señá Isabel no había hecho más que aplazar la boda sin oponerse a ella; en último resultado,[41.3] sin su anuencia se podía llevar a cabo.[41.4]

Sumido en sus cavilaciones,[41.5] no vio el bulto de una persona que venía por la calle hasta tropezar con ella.

—Buenas noches, D. Fernando—dijo al reconocerlo.

—Hola, José; me alegro de encontrarte: tú me podrás decir cuál es el camino mejor para ir al Robledal[41.6]... mejor dicho, a la casa de D. Eugenio Soliva.

—El mejor camino es el de Sarrió hasta Antromero, y allí tomar[42.1] el de Nueva, pasando por delante de la iglesia. Es un poco más largo, pero ahora de noche hay peligro en ir por la playa... ¿Pero cómo hace V. un viaje tan largo a estas horas?[42.2] Son cerca de dos leguas...

—Tengo negocios que ventilar con D. Eugenio—dijo el Sr. de Meira con ademán misterioso.

Los labios del marinero se contrajeron con una leve sonrisa.

—Yo voy a entrar en la taberna a tomar algo. ¿Quiere acompañarme antes de seguir su viaje, D. Fernando?

—Gracias, José; acepto el convite para darte una prueba más de mi estimación—respondió el Sr. de Meira, colocando su mano protectora sobre el hombro del marinero.

Ambos entraron en la taberna más próxima y se fueron a sentar en un rincón apartado: pidió José pan, queso y vino; comió y bebió el Sr. de Meira con singular apetito; el joven le miraba con el rabillo del ojo[42.3] y sonreía. Cuando terminaron, salieron otra vez a la calle despidiéndose como buenos amigos. El pescador siguió un instante con la vista al caballero y murmuró:

—¡Pobre D. Fernando! ¡Tenía hambre!

La figura de éste se borró entre las sombras de la noche. Iba, como otras muchas veces, a pedir dinero a préstamo. En el pueblo todos tenían noticia de estas excursiones secretas por los pueblos comarcanos; a veces extendía sus correrías hasta los puntos más lejanos de la provincia, siempre de noche y con sigilo. Por desgracia, el Sr. de Meira tornaba casi siempre como había ido, con los bolsillos vacíos; pero erguido siempre y con alientos[43.1] para emprender otra campaña.

Prosiguió José su camino hacia casa, a donde llegó a los pocos instantes. Halló a su madre en la cocina y cerca de ella a sus dos hermanas. Al verlas se oscureció aún más su semblante. Estas hermanas, de más edad que él, estaban casadas hacía ya largo tiempo; una de ellas tenía seis hijos. Vivían cada cual en su casa; el marinero sabía por experiencia que siempre que se juntaban con su madre, de quien habían heredado el genio y la lengua, caía sobre él algún daño. Aquel conciliábulo a hora inusitada le pareció de muy mal agüero; y él, que todos los días arrostraba las iras del océano, se echó a temblar delante de aquellas tres mujeres reunidas a modo de tribunal. Antes de que la borrasca, que presentía, se desatase, trató de marchar a la cama, pretestando cansancio.

—¿No cenas, José?—le preguntó su madre.

—No tengo gana: he tomado algo en la taberna.

—¿Has hecho cuenta con la señá Isabel?

Esta pregunta era el primer trueno. José la escuchó con terror, contestando, no obstante, en tono indiferente:

—Ya la hemos hecho.

—¿Y cuánto te ha tocado de estas mareas?[43.2]—volvió a preguntar la madre mientras revolvía el fuego afectando distracción.

El segundo trueno había estallado mucho más cerca.

—No lo sé—respondió José, fingiendo como antes indiferencia.

—¿No traes ahí el dinero?

—Sí señora, pero hasta mañana que[44.1] haga cuenta con la compaña, no sé a punto fijo lo que me corresponde.

Hubo una pausa larga. El marinero, aunque tenía los ojos en el suelo, sentía sobre el rostro las miradas inquisitoriales de sus hermanas, que hasta entonces no habían abierto la boca. Su madre seguía revolviendo el fuego.

—¿Y a cómo le has puesto el bonito hoy?—dijo al fin ésta.

—¿A cómo se lo había de poner, madre... no lo sabe?—contestó José titubeando.

—No; no lo sé—replicó Teresa dejando el hierro sobre el hogar y levantando con resolución la cabeza.

El marinero bajó la suya y balbució más que dijo:

—Al precio corriente... a real y medio...

—¡Mientes! ¡mientes!—gritó ella con furor avanzando un paso y clavándole sus ojos llameantes.

—¡Mientes! ¡mientes!—dijeron casi al mismo tiempo sus hermanas.

José guardó silencio sin osar disculparse.

—¡Lo sabemos todo!... ¡todo!—prosiguió Teresa en el mismo tono.—Sabemos que me has estado engañando miserablemente desde que comenzó la costera, gran tuno; que estás regalando el bonito a esa bribona, mientras tu madre está trabajando como una perra, después de haber sudado toda su vida para mantenerte...

—Si trabaja es porque quiere; bien lo sabe—dijo el marinero humildemente.

—¡Y todo por quién!—siguió Teresa sin querer escuchar la advertencia de su hijo.—Por esa sin vergüenza[45.1] que se ríe de ti, que te roba el sudor echándote de cebo a su hija,[45.2] para darte a la postre con la puerta en los hocicos[45.3]...

Estas palabras hirieron a José en lo más vivo del alma.

—Madre—exclamó con emoción,—no sé por qué ha tomado tanta ojeriza a Elisa y a su madre. Aunque me case, por eso no la abandono. La lancha que ahora tengo queda para V... y si más le hace falta, más tendrá...

—¿Pero tú crees casarte, inocente?—dijo una de las hermanas sonriendo sarcásticamente.

—Nada tenéis que partir vosotras en este negocio—replicó el marinero volviéndose airado hacia ella.

—Tiene razón tu hermana ¡tonto! ¡tonto!—vociferó de nuevo la madre.—¿No ves que estás sirviendo de hazme reír[45.4] al pueblo? ¿No ves que esa bruja te está engañando como a un chino[45.5] para chuparte la sangre?

El pobre José, hostigado de tan cruel manera, no pudo guardar más tiempo la actitud humilde que tenía frente a su madre, y replicó alzando la cabeza con dignidad:

—Soy dueño de dar lo que es mío a quien me parezca.[45.6] Usted, madre, no tiene razón ninguna para quejarse... Hasta ahora lo que he ganado ha sido de V...

—¿Y me lo echas en cara,[45.7] pícaro?—gritó aquélla cada vez más furiosa. ¡No me faltaba ya más que eso![45.8]... Después de haber pasado tantos trabajos para criarte; después de quemarme la cara al pie de las calderas,[45.9] y andar arrastrada[45.10] de día y de noche para llevarte a ti y a tus hermanas un pedazo de pan, ¿me insultas de ese modo?...

Aquí Teresa se dejó caer sobre una silla y comenzó a sollozar fuertemente.

—¡Quiero morir antes de verme insultada por mi hijo!—siguió diciendo entre gemidos y lágrimas. ¡Dejadme morir!... ¡Para qué estoy yo en el mundo si el único hijo que tengo me echa en cara el pan que como!...

Y a este tenor prosiguió desatándose en quejas y lamentos, sacudiendo la cabeza con desesperación y alzando las manos al cielo.

Las hijas acudieron solícitas a consolarla. José, asustado del efecto de sus palabras, no sabía qué hacer; ni tuvo ánimo para contestar a sus hermanas, que mientras cuidaban de su madre se volvían hacia él apostrofándole:

«¡Anda tú,[46.1] mal hijo! ¡Vergüenza había de darte![46.2] ¿Quieres matar a tu madre, verdad?[46.3] Algún día te ha de castigar Dios...»

Aguantó el chubasco con resignación, y cuando vio a su madre un poco más sosegada, se retiró silenciosamente a su cuarto. Llevaba el corazón tan oprimido, que no pudo en largo espacio conciliar el sueño.

V

Con la llegada del nuevo día mitigose su pesar, y entendió claramente que no había motivo para tanto apesadumbrarse: el obstáculo que de noche le había parecido insuperable, a la luz del sol lo juzgó liviano; crecieron sus ánimos para vencerlo, y la esperanza volvió a inundar su corazón.

Y en efecto, los acontecimientos pareció que justificaban[47.1] este salto repentino de la tristeza a la alegría. En los días siguientes halló a la señá Isabel más amable que nunca, favoreciendo con empeño sus amores, dándole a entender con obras, ya que no de palabra, que sería, más tarde o más temprano, el marido de Elisa. Ésta cobró también confianza y se puso a hacer cuentas galanas[47.2] para lo porvenir, esperando vencer la resistencia de su madre y abreviar el plazo del casamiento.

Por otra parte, la fortuna siguió sonriendo a José. El día de San Juan, según tenía pensado, botó al agua la nueva lancha, la cual comenzó a brincar suelta y ligera sobre las olas, prometiéndole muchos y buenos días de pesca: vino el cura a bendecirla y hubo después en la taberna el indispensable jolgorio entre la gente llamada a tripularla. Encargose el mismo José del mando de ella, dejando la vieja a otro patrón, y desde el día siguiente principió a hacerla trabajar en la pesca del bonito. Ésta fue abundante, como pocas veces se había visto; tanto que nuestro marinero, apesar de las sangrías que la señá Isabel le hacía en cada saldo de cuentas, iba en camino de hacerse rico.

¡Qué verano tan dichoso aquél! Elisa, a fuerza de instancias, consiguió arrancar a su madre el permiso para casarse al terminar la costera, o sea[47.3] en el mes de Octubre. Y dormidos inocentemente sobre esta promesa, los amantes gozaron de la dulce perspectiva de su próxima unión; entraron en esa época de la vida, risueña como ninguna,[47.4] en que el cielo sólo ofrece sonrisas y la tierra flores a los enamorados. El trabajo era para ambos un manantial riquísimo de placeres: cada bonito que prendía en los anzuelos de José y entraba saltando en su lancha, parecía un heraldo que le anunciaba su boda: cuando tornaba a casa con doscientas piezas bullendo sobre los paneles, pensaba que aquel día había dado un gran paso hacia Elisa. Ésta, dentro de la fábrica, no se daba tampoco punto de reposo; todo el día ocupada en vigilar las operaciones de pesar, cortar, salar, tostar y empaquetar el pescado; al llegar la noche ya no podía tenerse en pie; pero se dejaba caer en la cama con la sonrisa en los labios, diciendo para sí: «Es necesario trabajar de firme; mañana tendremos hijos[48.1]...» La hora más feliz para Elisa era la que precedía a la cena; entonces llegaba José a la tienda y se formaba una sabrosa tertulia, que les consentía[48.2] acercarse uno a otro y cambiar frecuentes palabras y miradas. Rara vez se decían amores: no había necesidad; para los que aman mucho, cualquier conversación va empapada[48.3] de amor. De esta hora, los minutos más dichosos eran aquellos en que se despedían; ella con el velón en la mano, como la hemos visto la noche en que la conocimos;[48.4] él de la parte de fuera, apoyado en el marco de la puerta; en estos momentos solían cambiar con labio trémulo algo de lo que llenaba por entero sus corazones, hasta que la voz de la señá Isabel, llamando a su hija, rompía tristemente el encanto.

Aun por el día gozaba la hermosa doncella de otra hora feliz: era la de la siesta. Cuando su madre, después de comer, se acostaba un poco sobre la cama, acostumbraba Elisa salirse de casa y subir a uno de los montes que rodean el pueblo a disfrutar de la vista y del fresco de la mar. A esta hora, en los días de Julio y Agosto, el calor era sofocante en Rodillero: la brisa del océano no penetraba más que en las primeras revueltas, dejando la mayor parte del lugar asfixiada entre las montañas laterales. La joven ascendía lentamente por un ancho sendero abierto entre los pinos, hasta la capilla de San Esteban, colocada en la cima del monte, y se sentaba a la sombra. Desde aquel punto se oteaba una gran extensión de mar, sobre el cual irradiaba el sol su fuego: el cielo mostraba un azul oscuro por la parte de tierra;[49.1] por la del mar, más claro, trasformándose en color gris al cerrar el horizonte.[49.2] Algunas nubes blancas e hinchadas se amontonaban por la parte de Levante, sobre el pico de Peñas, el más saliente de la costa cantábrica:[49.3] éste y los demás cabos lejanos se mostraban apenas entre la faja gris del horizonte, mientras el de San Antonio, más cercano, detrás del cual estaba la bahía de Sarrió, recibiendo de lleno los rayos del sol, ofrecía grato color de naranja. Los ojos de Elisa iban presurosos a buscar en las profundidades del mar las lanchas pescadoras que acostumbraban a mantenerse frente a la boca de Rodillero, a larga distancia, borrándose casi entre la tenue ceniza suspendida sobre el horizonte. Contaba con afán aquellos puntos blancos, y se esforzaba con ilusión en averiguar[49.4] cuál de ellos sería[49.5] la lancha de su novio.—«Aquélla que va un poco apartada a la izquierda, aquélla debe de ser; se conoce porque la vela es más blanca; ¡como que[49.6] es nueva! Además, a él le gusta siempre ir un poco separado y campar por sus respetos[49.7]... No hay quien huela el pescado como él.»—Y mecida por esta ilusión, seguía con anhelo las maniobras de aquella lancha, que ora se alejaba hasta perderse de vista, bien[50.1] se acercaba. A veces advertía que tomaban todas el camino del puerto: entonces torcía el gesto,[50.2] exclamando:—«¡Malo! hoy no hay mucho bonito.»—Pero en el fondo de su alma luchaba el gozo con la tristeza, porque de este modo iba a ver antes[50.3] a su amante. Aguardaba todavía un rato hasta verlas salir poco a poco del vapor ceniciento que las envolvía, y entrar en la región luminosa. Parecían con sus velas apuntadas, blancos fantasmas resbalando suavemente sobre el agua; y cual si obedeciesen a un signo hecho por mano invisible, todas se iban acercando entre sí y formaban al poco tiempo una diminuta escuadra. Cuando ya las veía próximas se bajaba al pueblo a toda prisa; a nadie daba cuenta, ni aún al mismo José, de aquellos instantes de dicha que en la soledad del monte de San Esteban gozaba.

El tiempo se iba deslizando, no tan veloz como nuestros enamorados deseaban, pero sí mucho más de lo que a la señá Isabel convenía. Ésta no podía pensar en el matrimonio de Elisa sin sentir movimientos de terror y de ira, pues al realizarse era forzoso dejar la fábrica y otros bienes de su difunto esposo en poder del de su hija. Y aunque estaba resuelta en cualquier caso a oponerse con todas sus fuerzas a esta boda, todavía le disgustaba mucho el verse obligada a poner de manifiesto[50.4] su oposición, temiendo que el amor guiase a Elisa a algún acto de rebeldía. Por eso su cabeza, rellena[50.5] de maldades, no se cansaba de trabajar arbitrando recursos[50.6] para deshacer aquel lazo y volver sobre[50.7] la promesa que le habían arrancado. Al fin pensó hallar uno seguro, mediante cierta infame maquinación que el demonio, sin duda, le sugirió, estando desvelada en la cama.

Había en el pueblo un mozo reputado entre la gente por tonto o mentecato, hijo del sacristán de la parroquia; contaba ya veinte años bien cumplidos y no conocía las letras, ni se ocupaba en otra cosa que en tocar las campanas de la iglesia (por cierto con arte magistral), y en discurrir solitario por las orillas de la mar extrayendo de los huecos de las peñas lapas, cangrejos, bígaros[51.1] y pulpos, en cuyas[51.2] operaciones era también maestro. Mofábanse de él los muchachos, y le corrían[51.3] a menudo por la calle con grita intolerable: lo que más le vejaba al pobre Rufo (tal era su nombre) era el oír que su casa se estaba cayendo; bastaba esto para que los chicuelos le dieran en lo vivo[51.4] sin cansarse jamás: donde quiera que iba, oía una voz infantil que de lejos o de cerca, ordinariamente de lejos, le gritaba:—«Cayó,[51.5] Rufo, cayó.»—Enojábase el infeliz al escucharlo, como si fuese una injuria sangrienta; llameaban sus ojos y echaba espuma por la boca, y en esta disposición corría como una fiera detrás del chicuelo, que tenía buen cuidado de poner al instante tierra por medio,[51.6] cuanta más, mejor; alguna vez el exceso de la ira le había hecho dar sin sentido en el suelo.[51.7] Los vecinos le compadecían, y no dejaban de reprender ásperamente a los muchachos su crueldad, cuando presenciaban tales escenas.