Sabíase en el pueblo que Rufo alimentaba en su pecho una pasión viva y ardiente hacia la hija de la maestra; esto servía también de pretexto para embromarlo, si bien eran hombres ya los que se placían en ello.[51.8] Al pasar por delante de un grupo de marineros, le llamaban casi siempre para darle alguna noticia referente a Elisa: una vez le decían que ésta se había casado por la mañana, lo cual dejaba yerto y acongojado al pobre tonto; otro día le aconsejaban que fuese a pedir su mano a la señá Isabel, porque sabían de buena tinta[52.1] que la niña estaba enamorada de él en secreto, o bien que la robase, si la maestra no consentía en hacerlos felices. También mezclaban el nombre de José en estas bromas; decían pestes de él llamándole feo, intrigante y mal pescador, lo cual hacía reír y hasta dar saltos de alegría al idiota, y poniéndole en parangón con él, aseguraban muy serios que Rufo era incomparablemente más gallardo, y que si no pescaba tanto, en cambio tocaba mejor las campanas. De esta suerte, al compás que[52.2] iba creciendo en el pecho del tonto la afición a Elisa, iba aumentando también el odio hacia José, a quien consideraba como su enemigo mortal, hasta el punto de que no tropezaba jamás con él sin que dejase de echarle[52.3] miradas iracundas y murmurase palabras injuriosas, de las cuales, como era natural, se reía el afortunado marinero.
Elisa se reía también de este amor, que lisonjeaba, no obstante, su vanidad de mujer; porque la admiración es bien recibida, aunque venga de los tontos. Cuando encontraba a Rufo por la calle le ponía semblante halagüeño[52.4] y le hablaba en el tono protector y cariñoso que se dispensa a los niños: gozaba con las muecas y carocas de perro fiel en que se deshacía el tonto[52.5] al verla: le prometía formalmente casarse con él siempre que[52.6] obedeciese a su padre y no pegase a los chicos. Rufo preguntaba con expresión de anhelo:—¿Para cuándo?—Amigo, no lo sé—respondía ella,—pregúntaselo al Santo Cristo, a ver[53.1] lo que te dice.—Y el pobre se pasaba horas enteras de rodillas en la iglesia, preguntando al célebre Cristo[53.2] de Rodillero cuándo seria su boda, sin obtener contestación.—Es que todavía no quiere que nos casemos—le decía Elisa,—ten paciencia y sé bueno, que ya se ablandará.
La señá Isabel imaginó utilizar la pasión de este mentecato para romper, o por lo menos aplazar la unión de su hija con José. Un día salió paseando por las orillas de la mar, donde sabía que Rufo se hallaba a caza de cangrejos, y se hizo con él encontradiza.[53.3]
—¿Qué tal,[53.4] Rufo, caen muchos?[53.5]
El tonto levantó la cabeza, y al ver a la madre de Elisa, sonrió.
—Marea muerta,[53.6] coge poco[53.7]—contestó en el lenguaje incompleto y particular que usaba.
—Vaya, vaya, no son tan pocos—replicó la señá Isabel acercándose más y echando una mirada al cestillo donde tenía la pesca.—Buena fortuna tiene contigo tu padre; todos los días le llevas a casa un cesto de cangrejos.
—Padre no gusta cangrejos[53.8]... tira todos a la calle... y pega a Rufo con un palo...
—¿Te pega porque coges cangrejos?
—Sí, señá Isabel.
—Pues no tiene gusto tu padre; los cangrejos son muy ricos. Mira, cuando tu padre no los quiera, me los llevas a mí; a Elisa le gustan mucho.
El rostro flaco y taciturno del idiota se animó repentinamente al escuchar el nombre de Elisa.
—¿Gusta Elisa cangrejos?
—Todos, Elisa;[54.1] todos, Elisa—dijo con énfasis, extendiendo las manos y señalando la orilla de la mar.
—Gracias, Rufo, gracias; tú quieres mucho a Elisa, ¿verdad?
—Sí, señá Isabel, yo quiere mucho Elisa.[54.2]
—¿Te casarías con ella de buena gana?
El rostro del tonto se contrajo extremadamente por una sonrisa; quedó confuso y avergonzado mirando a la señá Isabel sin atreverse a contestar.
—Vamos, di, ¿no te casarías?
—Usté[54.3] no quiere—dijo al fin tímidamente.
—¿Yo no quiero? ¿Quién te ha dicho eso?
—Usté quiere José.
—¡Bah! si José fuese pobre no le querría: tú me gustas más; eres más guapo, y no hay en Rodillero quien toque como tú las campanas.
—José no sabe—dijo el idiota con acento triunfal, manifestando una gran alegría.
—¡Qué ha de saber! José no sabe más que pescar bonito y merluza...
—Y besugo—apuntó Rufo, pasando súbito del gozo a la tristeza.
—Bueno; besugo también, ¿y qué? En cambio tú pescas cangrejos y pulpos... y lapas... y bígaros... y erizos... y ostras. Además, tú pescas solo, sin ayuda de nadie, mientras José necesita que le ayuden los amigos: ¿quieres decirme lo que pescaría José si no tuviese una lancha?
—Tiene dos—volvió a apuntar tristemente Rufo.
—Bien, pero la vieja ya vale poco... ¡Si no fuese por la nueva!... Si no fuese por la nueva no le daría yo a Elisa, ¿sabes tú?...
Los ojos zarcos y apagados del idiota brillaron un instante con expresión de ira.
—Yo echo pique[55.1] lancha nueva—exclamó dando[55.2] con las tenazas que tenía en la mano sobre la peña.
—Porque José tiene obligaciones a que atender—siguió la vieja, como si no hubiese oído estas palabras.—Necesita alimentar a su madre, que pronto dejará de trabajar, mientras que tú eres libre: tu padre gana bastante para mantenerse; además, tienes un hermano rico en la Habana...
—Tiene reloj—dijo Rufo interrumpiéndola.
—Sí, ya lo sé.
—Y cadena de oro que cuelga, señá Isabel.
—Ya sé, ya sé; tú también la tendrías si te casases con mi hija. Serías amo de la fábrica, y ganarías mucho dinero... y comprarías un caballo para ir a las romerías con Elisa; ella delante y tú detrás, como va el señor cura de Arnedo, con el ama... y tendrías botas de montar,[55.3] como el hijo de don Casimiro.
La vieja fue desenvolviendo un cuadro de dicha inocente sin olvidar ningún pormenor, por sandio que fuese, que pudiese halagar al tonto. Éste la escuchaba embebecido y suspenso, sonriendo beatíficamente, como si tuviese delante una visión celestial. Cuando terminó la señá Isabel su descripción, hubo un rato de silencio: al fin volvió a decir, sacudiendo la cabeza con pesar:
—¡Si no fuese por José!—Y se quedó mirando reflexivamente al mar.
Rufo se estremeció como si le hubiesen pinchado; puso el semblante hosco, y miró también fijamente al horizonte.
—Vaya, Rufo, me voy hacia casa, que ya me estará esperando Elisa; hasta la vista.[56.1]
—Adiós—dijo el tonto, sin volver siquiera la cabeza.
La señá Isabel se alejó lentamente. Cuando estuvo ya a larga distancia, se volvió para mirarle. Seguía inmóvil, con los ojos clavados en el mar, como le había dejado.
VI
Acaeció, como todos los años, que el número harto considerable de lanchas vizcaínas ocasionó, al fin de la costera del bonito, algún malestar en Rodillero. Eran tantas las embarcaciones que se juntaban por las tardes en la ribera, que los pescadores no podían botarlas todas a tierra; por muy arriba que[56.2] subiesen las primeras que llegaban de la mar, las últimas no tenían ya sitio y se veían precisados sus dueños a dejarlas en los dominios de la marea, amarradas a las otras. Esto causaba algunos disgustos y desazones; se murmuraba bastante, y se dirigían de vez en cuando vivas reclamaciones al cabo de mar;[56.3] pero éste no podía impedir que los vizcaínos continuasen en el puerto, mientras la comandancia[56.4] de Sarrió no ordenase su partida. Las reyertas, sin embargo, no eran tantas ni tan ásperas como pudiera esperarse, debido al temperamento pacífico, lo mismo de los naturales, que de los forasteros.
Mientras el tiempo fue propicio (y lo es casi siempre allí en los meses de Junio, Julio y Agosto), todo marchó bastante bien; mas al llegar Setiembre, creció la discordia y la murmuración, con el peligro de las embarcaciones que quedaban a flote. Aunque el cielo se muestre sereno en este mes y el viento no sople recio, a menudo se levanta marejada, la cual procede de temporales que se forman en otras regiones apartadas. Estas mares gruesas,[57.1] que reinan en aquella costa gran parte del otoño, inquietaban a los armadores, temiendo que la hora menos pensada[57.2] rompiesen las amarras de los barcos, y diesen con ellos al través.[57.3] No había más que bajar por la noche a la ribera para convencerse de que tales temores eran fundados. La mar hacía bailar a las lanchas; embestían unas contra otras duramente, y rechinaban cual si se quejasen de los testerazos, produciendo en el silencio y la oscuridad rumor semejante al de una muchedumbre agitada; parecía en ocasiones plática sabrosa que unas con otras tenían entablada acerca de los varios lances de su vida azarosa; otras veces disputa acalorada, donde todas a la vez querían mezclarse y dar su opinión; otras, grave y encendida pelea, en que algunas iban a perecer deshechas.
Un suceso desdichado vino al fin a dar la razón a los que[57.4] más levantiscos[57.5] andaban y con más afán pedían la salida de los vizcaínos. En cierta noche oscura, aunque serena, del citado mes, la conversación de las lanchas empezó a ser muy animada desde las primeras horas; pronto degeneró en disputa, que por momentos se fue acalorando; a la una de la madrugada estalló una verdadera y descomunal batalla entre ellas, como nunca antes se había visto. Los vizcaínos, que dormían a bordo, se vieron necesitados a ponerse en pie a toda prisa, y a maniobrar oportunamente para no padecer avería; más de una hora trabajaron esforzadamente impidiendo la ruina de muchas lanchas, tanto suyas como de Rodillero, y la deserción de otras, pues las sacudidas eran terribles, y había peligro de que los cabos se quebrasen. Al fin redobló de tal modo la furia de la marejada, que juzgándose impotentes para evitar una catástrofe, corrieron por el pueblo dando la voz de alarma. Acudieron al instante la mayor parte de los hombres y bastantes mujeres; cuando llegaron, algunos barcos se habían abierto ya a poder de[58.1] las repetidas embestidas. Un vizcaíno llamó con violencia a la puerta de José.
—José, levanta en seguida; tienes perdida lancha.[58.2]
El marinero se alzó despavorido de la cama, se metió los pantalones y la chaqueta apresuradamente, y corrió descalzo y sin nada en la cabeza a la ribera. Antes de llegar con mucho, su oído delicado percibió entre el estruendo de las olas un ruido seco de malísimo agüero. El espectáculo que confusamente se ofreció a su vista le dejó suspenso.
La mar estaba picada de veras; el trajín[58.3] de las lanchas que habían quedado a flote era vertiginoso: las embestidas menudeaban; entre el rumor estruendoso de las olas escuchábase más claramente aquel ruido seco semejante al crujido de huesos. Uníase a este formidable rumor las voces de los hombres, cuyas siluetas se agitaban también vivamente entre las sombras, acudiendo a salvar sus barcos: increpábanse mutuamente por no evitar el choque de las lanchas; pedían cabos para sujetarlas; procuraban a toda costa apartarlas y dejarlas aisladas; gritaban las mujeres temiendo más por la vida de los suyos que por la ruina de los barcos; contestaban los hombres a sus llamamientos con terribles interjecciones: todo ello formaba un ruido infernal que infundía tristeza y pavor. La oscuridad no era tanta que no consintiese distinguir los bultos: muchos habían traído farolillos, que cruzaban velozmente de un lado a otro como estrellas filantes.[59.1]
Repuesto José de la sorpresa, corrió al sitio donde había quedado su lancha nueva, que era la que estaba en peligro, pues la vieja se encontraba en seco. Su temor, sin embargo, no era grande, porque había tenido la fortuna de llegar a tiempo para anclarla detrás de una peña que avanzaba por el mar formando un muelle natural. Saltó en la embarcación más próxima a la orilla y de una en otra fue pasando hasta el sitio donde la había dejado; pero al llegar se halló con que[59.2] había desaparecido. En vano la buscó con los ojos por la vecindad; en vano preguntó a sus compañeros; nadie daba cuenta de ella. Por fin uno que llevaba farol le gritó desde tierra:
—José, yo he visto hace rato escapar una lancha; no sé si sería la tuya.
El pobre José recibió un golpe en el corazón: no podía ser otra, porque las demás estaban allí.
—Si es la tuya, no pudo ir muy lejos—le dijo el marinero que estaba a su lado.—El poco viento que hay es forano;[59.3] la mar la habrá echado en seguida a tierra.
Estas palabras fueron dichas con ánimo de darle algún consuelo y nada más: bien sabía el que las pronunció que con la resaca de aquella noche tanto montaba[59.4] ser arrastrada por la mar, como echada a tierra.
Sin embargo, José concibió esperanzas.
—Gaspar, dame el farol—gritó al de tierra.
—¿Dónde vas?
—Por la orilla adelante[60.1] a ver si la encuentro.
El marinero que le había consolado, movido de lástima, le dijo:
—Yo te acompaño, José.
El del farol dijo lo mismo. Y los tres juntos dejaron apresuradamente la ribera de Rodillero y siguieron el borde de la mar, registrando escrupulosamente todos los parajes donde pensaban que la lancha pudiera quedar barada.[60.2] Después de caminar cerca de una milla entre peñas, salieron a una vasta playa de arena: allí era donde José tenía cifrada[60.3] principalmente su esperanza: si la lancha hubiese barado en ella, estaba salvada. Mas después de recorrerla toda despacio, nada vieron.
—Me parece que es inútil ir más adelante, José—dijo Gaspar;—el camino de las peñas debe de estar ya tomado por la mar; está subiendo todavía...
José insistió en seguir: tenía esperanza de hallar su lancha en la pequeña ensenada de los Ángeles. Pero la ribera estaba, en efecto, invadida por el agua, y por mucho que se arrimaban a la montaña, todavía los golpes de mar les salpicaban. Uno de estos, al fin, bañó completamente a José y le apagó el farol. Entonces los marineros se negaron resueltamente a dar un paso más; nadie traía cerillas para encenderlo de nuevo; caminar sin luz, era expuesto a romperse la cabeza, o por lo menos una pierna, entre las peñas. José los animó a volverse pero negándose a seguirlos.
Quedó solo y a oscuras entre la montaña que se alzaba a pico[60.4] sobre su cabeza, y la mar hirviente y furiosa, cuyas olas, al llegar a tierra, semejaban enormes y oscuras fauces que quisieran tragarlo. Mas a nuestro marinero no le arredraban las olas ni la oscuridad: saltando de peña en peña y aprovechando los instantes de calma para salvar los pasos difíciles, consiguió llegar, ya bastante tarde, a la bahía de los Ángeles. Tampoco allí vio nada, por más que se entretuvo buen espacio a reconocer una por una las peñas todas que la cerraban. Rendido, al fin, y maltrecho, con los pies abiertos,[61.1] empapado y transido, dio la vuelta para casa.
Cuando llegó a la gran playa cercana a Rodillero ya había amanecido. El sol brillaba sobre el horizonte y comenzaba a ascender majestuosamente por un cielo azul y sereno. El mar seguía embravecido. El agua que bañaba la costa estaba turbia, como siempre que la marejada es de fondo, y se revolvía airada contra los peñascos de la orilla y los batía con fragor: unas veces los tapaba enteramente con un blanco manto de espuma; otras veces los escalaba llena de cólera y antes de llegar a la cima caía jadeante; otras, en fin, se contentaba con entrar al arma[61.2] por todos sus huecos y concavidades para enterarse de si había allí algún enemigo escondido y darle muerte; y no hallando a nadie en quien cebar su furor, se retiraba gruñendo y murmurando amenazas para tornar de nuevo y con más bríos a la carga. Sobre la gran playa arenosa, venían las olas en escuadrones cerrados que se renovaban sin cesar; llegaban en línea de batalla altas y formidables sacudiendo su melena de espuma; avanzaban majestuosamente sobre la alfombra dorada, esperando encontrar resistencia; pero al ver libre el campo, se dejaban caer perezosamente, no rendidas a ningún adversario, sino a su misma pesadumbre y fortaleza. Y en pos de estas venían otras, y otras después al instante, y después otras, y así siempre, sin dar punto de tregua; y todavía allá a lo lejos se columbraban infinitas legiones de ellas que acudían iracundas y erizadas de todos los parajes del globo en socorro de sus compañeras.
La agitación inmensa del océano, puesto por arcana razón en movimiento; aquel vaivén confuso que se extendía hasta la línea indecisa del horizonte, formaba contraste singular con la serenidad riente del firmamento. José detuvo un instante el paso delante de las olas y contempló el panorama con la curiosidad del marino, la cual jamás se agota; no había en su mirada rencor ni desesperación. Avezados a tener su vida y su hacienda en poder de la mar y a ser derrotados en las luchas que con ella sostienen, los pescadores sufren sus inclemencias con resignación y respetan su cólera como la de un Dios irritado y omnipotente. En aquel momento le preocupaba más al marinero un barco que veía allá en los confines del horizonte, batiéndose con las olas, que su propia lancha. Después de observar con atención inteligente sus maniobras un buen rato, siguió caminando hacia el pueblo. Al divisar las primeras casas le asaltó una idea muy triste; pensó que la pérdida de la lancha iba a estorbar de nuevo su matrimonio ya próximo; y como si entonces tan sólo[62.1] se diese cuenta[62.2] de que iba medio desnudo y mojado, comenzó a tiritar fuertemente.
VII
El daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar» (así llaman los pescadores a la mar alta[63.1]), fue harto considerable: cuatro o cinco lanchas desbaratadas, y mucha parte de las otras con avería. Los vizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad, aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuanto la mar se aplacó, a los dos días del suceso,[63.2] izaron vela para su tierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.
La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo cual llamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estaban rotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácil de explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuando en la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usan las lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba roto por la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vano trató de explicarse de un modo natural aquel extraordinario fenómeno; todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que tenía delante. Al fin, y bien a su pesar,[63.3] brotó en su alma la sospecha de que allí había andado una mano alevosa.[63.4] Pero esto le causaba aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de un enemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a su entender,[63.5] persona capaz de tal villanía. Y para no calumniar mentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó no pensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento. Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible[64.1] por olvidarlo enteramente. La pérdida de la lancha no abatió su ánimo, ni mucho menos;[64.2] pero las consecuencias que consigo trajo le llenaron de amargura.
La señá Isabel mostró tomar parte muy principal[64.3] en su pesadumbre; se deshizo en quejas y lamentos; rompió en apóstrofes violentísimos contra los vizcaínos. En todas sus palabras dejaba, sin embargo, traslucir que consideraba muy grave el contratiempo.
—¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los causantes de la ruina de los vecinos de Rodillero?...
Y dirigiéndose a José:
—No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado... No te faltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, que mientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.
Estas palabras de consuelo, dejaban profundamente desconsolado a nuestro marinero, pues le advertían bien claramente de que no había que hablar de matrimonio por entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin soltar[64.4] palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra ni a solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro, acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía esfuerzos por aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro, y procuraba intervenir alegremente en la conversación; mas a lo mejor[64.5] quedaba serio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente con abatimiento. Algo semejante le acontecía a Elisa: también comprendía que era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar su desazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con José tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de aquel asunto; pero en lo inseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y en el ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidad de explicarse más claramente que la misma idea los hacía a ambos desgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular ya cuándo se calmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo para comprar otra lancha, valía tanto como[65.1] dilatar su unión algunos años.
Mientras los amantes padecían de esta suerte, comenzó a correr por el pueblo, sin saber quién la soltara, la especie[65.2] de que la pérdida de la lancha no había sido fortuita, sino intencional. La circunstancia de haber marchado enteras las amarras se prestaba mucho a este supuesto; además, se había sabido también que el cable del ancla no estaba roto, sino cortado. Teresa fue una de las primeras en tener noticia de ello; y con la peculiar lucidez de la mujer y de los temperamentos fogosos, puso en seguida el dedo en la llaga:[65.3]
—¡Aquí anduvo la mano de la maestra!
En vano las comadres le insinuaban la idea de que José tenía en el lugar envidiosos de su fortuna: no quiso oírlas.
—A mi hijo nadie le quiere mal; aunque haya alguno que le envidie, no es capaz de hacerle daño.
Y de esto no había quien la moviera. Irritósele la bilis[65.4] pensando en su enemiga, hasta un punto que causaba miedo: aquellos días primeros apenas osaba nadie dirigirla la palabra; se puso flaca y amarilla; pasaba el tiempo gruñendo por casa como una fiera hambrienta.
Por fin una vez se plantó delante de José con los brazos en jarra,[66.1] y le dijo:
—¿Cuánto vamos a apostar a que cojo a la madre de tu novia por el pescuezo y se lo retuerzo?
José quedó aterrado.
—¿Por qué, madre?—preguntó con voz temblorosa.
—Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué tienes que decir a esto?—repuso ella clavándole una mirada altiva.
El marinero bajó la cabeza sin contestar; conociendo bien a su madre, esperó a que se desahogara.
Viendo que él no replicaba, Teresa prosiguió, pasando de súbito de su aparente calma a una furiosa exaltación:
—Sí; un día la cojo por los pocos pelos que le quedan y la arrastro hasta la ribera... ¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa sin vergüenza!...
Y siguió recorriendo fogosamente todo el catálogo de los dicterios. José permaneció mudo mientras duró la granizada; cuando se fue calmando, tornó a preguntar:
—¿Por qué, madre?
—¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha sido, ¡esa infame! quien te hizo perder la lancha...
—¿Y cómo sabe V. eso?—preguntó el pescador con calma.
Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero la ira la hizo mantener en aquel momento que sí, que lo sabía a ciencia cierta, y no teniendo datos ni razones que exponer en apoyo de su afirmación, las suplía con gritos, con insultos y amenazas.
José trató de disuadirla con empeño, representándola el grave pecado que era achacar a cualquiera persona una maldad semejante sin estar bien seguro de ello; pero la viuda no quiso escucharle; siguió cada vez con mayor cólera profiriendo amenazas. Entonces el marinero, atribulado, pensando en que si su madre llegaba a hacer lo que decía sus relaciones con Elisa quedaban rotas[67.1] para siempre, exclamó con angustia:
—¡Madre, por Dios le pido que no me pierda!
Fue tan dolorido el acento con que estas palabras se pronunciaron, que tocó el corazón de Teresa, el cual no era perverso sino cuando la ira le cegaba. Quedó un momento suspensa; murmuró aún algunas frases duras; finalmente se dejó ablandar, y prometió estarse quieta. Mas a los tres o cuatro días, en un arranque de mal humor, rompió otra vez en amenazas contra su enemiga. Con esto José andaba triste y sobresaltado, esperando que la hora menos pensada se armase un escándalo que diera al traste con sus vacilantes relaciones.[67.2]
Teresa no sosegaba tampoco, queriendo a toda costa convertir en certidumbre la sospecha que la roía el corazón. Corría por las casas del pueblo interrogando a sus amigas, indagando con más destreza y habilidad que un experimentado agente de policía. Al cabo pudo averiguar que, días antes del suceso, la señá Isabel había tenido larga plática con Rufo el tonto a la orilla del mar. Este dato bañó de luz el tenebroso asunto; ya no había duda: la maestra era la inteligencia y Rufo el brazo que había cometido el delito. Entonces Teresa, para obtener la prueba de ello, se valió de un medio tan apropiado a su genio como oportuno en aquella sazón. Buscó inmediatamente a Rufo; hallolo en la ribera rodeado de unos cuantos marineros que se solazaban zumbándole, y dirigiéndose a él de improviso, lanzando rayos de cólera por los ojos, le dijo:
—¿Conque has sido tú, gran pícaro, el que soltó los cabos de la lancha de mi hijo, para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas a morir a mis manos!
El tonto, sorprendido de este modo, cayó en el lazo; dio algunos pasos atrás, empalideció horriblemente, y plegando las manos comenzó a decir lleno de miedo:
—¡Peldóneme,[68.1] señá Telesa!... ¡Peldóneme, señá Telesa!...
Entonces ella se vendió a su vez; en lugar de seguir en aquel tono irritado y amenazador, dejó que apareciese en su rostro una sonrisa de triunfo.
—¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... Pero de ti no ha salido esa picardía... eres demasiado tonto... Alguien te ha inducido a ello... ¿Te lo ha aconsejado la maestra, verdad?
El tonto, repuesto ya del susto y advertido por aquella sonrisa, tuvo la suficiente malicia[68.2] para no comprometer a la madre de su ídolo.
—No señola; no señola; fui yo sólo...
Teresa trató con empeño de arrancarle el secreto; pero fue en vano. Rufo se mantuvo firme; los marineros, cansados de aquella brega, dijeron a una voz:
—Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sacará nada en limpio.[68.3]
La viuda persuadida, hasta la evidencia[68.4] de que la autora de su infortunio era la señá Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habérselo podido sacar del cuerpo al idiota,[69.1] corrió derechamente a casa de aquélla.
Estaba a la puerta de la tienda cosiendo. Teresa la vio de lejos y gritó con acento jocoso:
—Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? Allá voy[69.2] a ayudarla a V. un poquito.
No sabemos lo que la señá Isabel encontraría en aquella voz de extraordinario, ni lo que vería[69.3] en los ojos de la viuda al levantar la cabeza; lo cierto es que se alzó súbitamente de la silla, se retiró con ella y atrancó la puerta, todo con tal presteza, que por mucho que Teresa corrió, ya no pudo alcanzarla. Al verse defraudada, empujó con rabia la puerta gritando:
—¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?...
Pero al instante apareció en la ventana la señá Isabel diciendo con afectado sosiego:
—No me escondo, no; aquí me tienes.
—Baje V. un momento, señora—replicó Teresa, disfrazando con una sonrisa el tono amenazador que usaba.
—¿Para qué me quieres abajo? ¿Para verte mejor esa cara de zorra vieja que te ha quedado?[69.4]
Este feroz insulto fue dicho con voz tranquila, casi amistosa. Teresa se irguió bravamente sintiendo el acicate,[69.5] y alzando los puños a la ventana, gritó:
—¡Para arrancarte esa lengua de víbora y echársela a los perros, malvada!
Algunos curiosos rodeaban ya a la viuda; otros se asomaban a las ventanas de las casas vecinas esperando con visible satisfacción el espectáculo traji-cómico que se iniciaba. En Rodillero las pendencias entre mujeres son frecuentísimas: es lógico, dado el genio vivo y exaltado de la mayoría de ellas: la mala educación, la ausencia de urbanidad propias de la plebe, no sólo hace que menudeen, sino que les da siempre un aspecto grosero y repugnante: además, en Rodillero, el asunto de las riñas tiene algo de tradicional y privativo; desde muy antiguo gozan fama en Asturias las disputas de las mujeres de este pueblo, y se sabe que no las hay más desvergonzadas y temibles cuando se desbocan. Así que, acostumbradas desde niñas a presenciarlas y a tomar parte muy a menudo, casi todas conocen bastante bien el arte de reñir y algunas llegan a ser consumadas maestras. Este mérito no queda oculto; se dice, por ejemplo: «Fulana riñe bien; Zutana se acalora demasiado pronto; Mengana da muchos gritos y no dice nada,» lo mismo que en Madrid se comentan y aquilatan las dotes de los oradores importantes. Había no hace mucho tiempo en Rodillero una persona que eclipsaba a todas las reñidoras del lugar y las derrotaba siempre que entraba en liza con ellas: era un hombre, aunque por sus gustos e inclinaciones tenía mucho de mujer; se llamaba, o se llama, Pedro Regalado, pero nadie le conoce allí por otro nombre que por el de el marica de D. Cándido.[70.1] Teresa, aunque había reñido innumerables veces, no había llegado a adquirir, debido a su natural impetuoso, el grado de perfección que la retórica de las comadres exigía; aquel velar las injurias[70.2] para herir al adversario sin descubrirse;[70.3] aquel subir y bajar la voz con oportunidad, aquel manotear persuasivo, aquel sonreír irónico, aquel alejarse con majestad y venir de improviso con un nuevo insulto en la boca. La señá Isabel, por su posición un tanto[71.1] más alta, descendía pocas veces a la palestra de la calle, pero era comúnmente temida a causa de su astucia y malevolencia.
—A los perros hace tiempo que estás echada tú, pobrecilla—dijo contestando sin inmutarse a la terrible amenaza de Teresa.
—¡Eso quisieras tú; echarme a los perros! Para empezar me quieres echar a pedir limosna, quitándome el pan.
—¿Qué te he quitado yo?
—La lancha nueva de mi hijo, ¡infame!
—¿Que me he comido yo la lancha de tu hijo? ¡No creía tener tan buenas tragaderas![71.2]
Los curiosos rieron. Teresa, encendida de furor, gritó:
—Ríete, pícara, ríete, que ya sabe todo el pueblo que has sido tú la que indujo al tonto del sacristán a cortar los cables de la lancha.
La maestra empalideció y quedó un instante suspensa; pero repuesta en seguida, dijo:
—Lo que sabe todo el pueblo es que hace tiempo que debieras estar encerrada, por loca.
—Encerrada, pronto lo serás tú en la cárcel. ¡Te he de llevar a la cárcel, o poco he de poder!
—Calla, tonta, calla—dijo la maestra, dejando aparecer en su boca una sonrisa,—¿no ves que se están riendo de ti?
—¡A la cárcel! ¡a la cárcel!—repitió la viuda con energía, y volviéndose a los circunstantes, preguntó enfáticamente:—¿Habéis visto nunca mujer más perversa?... La madre murió de un golpe que le dio esta bribona con una sartén, bien lo sabéis... Echó de casa a su hermano y le obligó a sentar plaza[72.1]... A su marido, que era un buen hombre, le dejó morir como a un perro, sin médico y sin medicinas, por no gastarse los cuartos... que tampoco eran suyos; y si no mata a éste que ahora tiene, consiste en que es un calzonazos que no la estorba para nada...
En este momento, D. Claudio, que estaba detrás de su mujer sin atreverse a intervenir en la contienda, sacó su faz deprimida y más fea aún por la indignación que reflejaba, diciendo:
—¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de aquí o doy parte[72.2] en seguida al señor alcalde!
Pero la maestra, que refrenaba con grandísimo trabajo la ira, halló medio de darla algún respiro sin comprometerse, y extendiendo el brazo, le pegó un soberbio mojicón de mano vuelta[72.3] en el rostro. El pobre pedagogo, al verse maltratado tan inopinadamente, sólo tuvo ánimo para exclamar, llevándose las manos a la parte dolorida:
—¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas?
Teresa estaba tan embebida en la enumeración de las maldades de su enemiga, que no advirtió aquel chistoso incidente y siguió diciendo a la muchedumbre que la rodeaba:
—Ahora roba el dinero de su hija, lo que el difunto tenía de sus padres, y no la deja casarse por no soltar la tajada[72.4]... ¡Antes dejará los dientes en ella!...
La señá Isabel lanzó una carcajada estridente.
—¡Vamos, ya pareció aquello![72.5] ¿Estás ofendida porque no quiero que mi hija se case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar las uñas a[72.6] mi dinero y divertirte con él, verdad? Lámete, pobrecilla, lámete, que tienes el hocico untado.[73.1]
La viuda se puso encarnada como una brasa.
—Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu dinero. Lo que queremos es que no nos robes. ¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona!
El furor de que estaba poseída le hizo repetir innumerables veces esta injuria, exponiéndose a ser procesada; en cambio la maestra procuraba insultarla a mansalva.[73.2]
—¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo que tenías, ya no se acuerda nadie de cuándo te lo han robado...
—¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona!—gritaba la viuda, a quien ahogaba el coraje.
—Calla, tonta, calla—decía la señá Isabel sin caérsele la sonrisa de los labios.[73.3]—Vamos, por lo visto,[73.4] tú quieres que te llame aquello[73.5]...
—¡Has de parar en la horca, bribona!
—No te empeñes en que te llame aquello, porque no quiero.—Y volviéndose a los circunstantes, exclamaba con zumba:
—¡Será terca esta mujer,[73.6] que se empeña en que le llame aquello!... ¡Y yo, no quiero!... ¡Y yo, no quiero!...
Al decir estas palabras abría los brazos con una resolución tan graciosa, que excitaba la risa de los presentes. El furor de Teresa había llegado al punto máximo; las injurias que salían de su boca eran cada vez más groseras y terribles.
Por grande que sea nuestro amor a la verdad, y vivo el deseo de representar fielmente una escena tan señalada, el respeto que debemos a nuestros lectores nos obliga a hacer alto.[74.1] Su imaginación podrá suplir fácilmente lo que resta. La reyerta prosiguió encendida largo rato y en la misma disposición; esto es, la señá Isabel esgrimiendo[74.2] la burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose a todos los denuestos imaginables; la acción acompañaba a la violencia de sus palabras; iba y venía con portentosa celeridad; daba vueltas en redondo como una peonza; sacudía los brazos en todas direcciones; desgarraba el pañuelo de la garganta que le sofocaba; todo su cuerpo se estremecía cual si estuviese sometido a una corriente magnética. Más de cien veces se alejó de aquel sitio, y otras tantas volvió para arrojar con voz enronquecida un nuevo insulto a la faz de su enemiga. Por último, rendida a tanto esfuerzo y casi perdida la voz, se alejó definitivamente. Los curiosos la perdieron de vista entre las revueltas de la calle. La señá Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ventana:
—¡Anda, anda; vete a casa y toma tila y azahar; no sea cosa que te dé la perlesía, y revientes![74.3]
Teresa padecía, en efecto, del corazón, y solía resentirse cuando experimentaba algún disgusto. En cuanto llegó a casa cayó en un accidente tan grave, que fue necesario llamar apresuradamente al cirujano del lugar.
VIII
Cuando a la tarde llegó José de la mar y se enteró de lo acaecido, experimentó el más fiero dolor de su vida. No pudo medirlo bien, sin embargo, hasta que su madre salió del accidente; los cuidados que exigía y la zozobra que inspiraba le hacían olvidar en cierto modo su propia desdicha. Mas al ponerse buena a los dos o tres días, sintió tan viva y tan cruel la herida de su alma, que estuvo a punto de adolecer. No salió de sus labios, a pesar de esto, una palabra de recriminación; enterró su dolor en el fondo del pecho y siguió ejecutando la tarea cotidiana con el mismo sosiego aparente. Pero al llegar de la mar por las tardes, en vez de ir a la tienda de la maestra o de pasar un rato en la taberna con sus amigos como antes, se metía en casa, así que despachaba los negocios del pescado, y no volvía a salir hasta el siguiente día a la hora de embarcarse.
Esta resignación mortificaba aún más a Teresa que una reyerta cada hora: andaba inquieta y avergonzada: su corazón de madre padecía al ver el dolor mudo y grave de su hijo: aunque no se hubiese apagado ni mucho menos en su alma la hoguera de la cólera, y desease frenéticamente tomar venganza acabada de la señá Isabel, empezaba a sentir algo parecido al remordimiento. Pero no fue parte esto a impedir que demandase judicialmente[75.1] al sacristán reclamándole los daños causados por su hijo Rufo, el cual por su inocencia no era responsable ante la ley. Y como el hecho estaba bien probado, el juez de Sarrió condenó al cabo al sacristán a encerrar en casa al tonto y a resarcir el valor de la lancha a José. Lo primero fue ejecutado al punto; mas a lo segundo no era fácil darle cumplido efecto, porque el sacristán vivía de los escasos emolumentos que el cura le pagaba, y no se le conocían más bienes de fortuna:[75.2] cuando el escribano fue a embargarle la hacienda viose necesitado a tomar los muebles, los enseres de cocina y las ropas de cama, todo lo cual, viejo y estropeado, produjo poquísimo dinero. Mas la sacristana debía de estimarlo como si fuese de oro y marfil, a juzgar por el llanto y los suspiros que le costó desprenderse de ello. Tenía esta mujer opinión de bruja en el pueblo; las madres la miraban con terror y ponían gran cuidado en que no besara a sus pequeños; los hombres la consultaban algunas veces cuando hacían un viaje largo para saber su resultado. Ella, en vez de trabajar por deshacer esta opinión, la fomentaba con su conducta, a semejanza de lo que en otro tiempo hacían algunas desdichadas que la Inquisición mandaba a la hoguera: la vanidad femenina puede llegar a tales extravíos. Decía la buenaventura por medio de las cartas o las rayas de la mano; sacaba el maleficio al que no podía usar del matrimonio;[76.1] propinaba untos y polvos para ser querido de la persona deseada, y se daba aire de suficiencia y aparato de misterio que excitaba grandemente la fantasía de los pobres pescadores.
Al ver que le arrebataban de casa sus muebles, prorrumpió en maldiciones tan espantosas contra Teresa y su hijo, que consiguió horrorizar a los curiosos, que como sucede siempre en tales casos, habían seguido al escribano y al alguacil.
—¡Permita Dios que esa bribona pida limosna por las calles y la ahorquen después por ladrona! ¡Permita Dios que se le haga veneno lo que coma! ¡Permita Dios que su hijo vaya un día a la mar y no vuelva!
Mientras los ministros de la justicia desempeñaron su tarea, no cesó de invocar al cielo y al infierno contra sus enemigos. Los vecinos que se hallaban presentes marcharon aterrados.
—Por todo lo que tiene D. Anacleto—decía un marinero viejo a los que iban con él—no quisiera estar ahora en el pellejo de José el de la viuda.[77.1] Hay que temer las maldiciones de esa mujer.
—No será tanto[77.2]—repuso otro más joven y más despreocupado.
—Te digo que sí: tú eres mozo y no puedes acordarte, pero aquí están Casimiro y Juan, que bien saben lo que a mí me ha pasado con ella hace ya algunos años... Iba yo una tarde a la ribera para salir a la merluza, cuando me llamó para pedirme que llevase conmigo a su Rufo y le hiciese rapaz de la lancha. Yo me negué a ello, claro está, porque ese bobo nunca ha servido para nada. Se puso entonces como una perra rabiosa contra mí, y me llenó de insultos y maldiciones. Yo sin hacer caso seguí mi camino y entré a bordo: llegamos a la playa de la merluza a eso de las nueve[77.3] y tuvimos los aparejos echados hasta el amanecer. ¿Querrás creer que no aferré más de tres merluzas? Las demás lanchas vinieron con cada ochenta, ciento y hasta la hubo de ciento treinta.[77.4] Al día siguiente me sucedió poco más o menos lo mismo, y al otro igual,[77.5] y al otro igual... En fin, muchacho, que no tuve más remedio que ir a su casa y pedirle por Dios que me levantase la maldición...
Los marineros viejos apoyaron lo que su compañero afirmaba. Cuando los demás vecinos tuvieron noticia de las tremendas maldiciones proferidas por la mujer del sacristán, también compadecieron sinceramente a José. La misma Teresa, al saberlo, se sintió atemorizada, por más que la soberbia le hiciese ocultar el miedo.
A la hora de comer, la señá Isabel, que lo había aprendido en la calle, se lo notició a su hija con extremado deleite.
—¿No sabes una cosa,[78.1] Elisa?
—¿Qué?
—Que hoy fueron a embargar los muebles a Eugenia la sacristana por lo que hizo su hijo Rufo con la lancha de José... ¡Pero anda, que no les arriendo la ganancia[78.2] ni a éste ni a su madre!... Las maldiciones que aquella mujer les echó no son para dichas[78.3]... Creo que daban miedo.[78.4]
Elisa, cuya alma impresionable y supersticiosa conocía bien la maestra, se puso pálida.
—¡Fueron espantosas, según cuentan!—prosiguió la vieja relamiéndose interiormente.[78.5]—Que había de verles pidiendo limosna por las calles... que ojalá José necesitase robar para comer y le viese después colgado de una horca, o que saliese un día a la mar y no volviese...
Las manos de Elisa temblaban al llevar la cuchara a la boca, mientras su madre, con refinada crueldad, repetía una por una las atrocidades que por la mañana había proferido la sacristana. Al fin, algunas lágrimas salieron rodando de sus ojos hermosos. La maestra, al verlas, se indignó terriblemente.
—¿Por qué lloras, mentecata? ¿Habrá en el mundo muchacha más bobalicona?... ¡Aguarda un poco, que yo te daré motivo para llorar!
Y levantándose de la silla, la aplicó un par de soberbias bofetadas, que enrojecieron las mejillas de la cándida doncella.
Mientras tales sucesos acaecían, estaba feneciendo en Rodillero la costera del bonito; por mejor decir, había terminado enteramente. Corrían los postreros días de Octubre; el tiempo estaba sereno; la mar se rizaba levemente en toda su extensión al paso de las brisas frías del otoño; el cielo, a la caída de la tarde, se presentaba diáfano y pálido; algunas nubes de color violeta permanecían suspendidas en el horizonte; los cabos de la costa parecían más cercanos por la pureza del ambiente; cuando las ráfagas de la brisa eran más vivas corrían por la superficie del mar fuertes temblores de frío, cual si al monstruo se le pusiese carne de gallina.[79.1]
Había llegado la época propicia para la pesca de la sardina, más descansada y de menos peligro que la del bonito. Desgraciadamente, aquel año se presentó muy poca en la costa, las lanchas salían por mañana y tarde y regresaban la mayor parte de los días sin traer sobre los paneles el valor de la raba[79.2] que habían echado al agua como cebo. ¡Qué distinto aquel año del anterior, en que se pescaba en una hora lo bastante para tornarse a casa satisfechos; en que las gaviotas se cernían en bandadas sobre las barcas para recoger las migajas del botín; en que los muchachos, encaramados sobre las peñas, veían brillar de lejos la sardina en el fondo de las lanchas como montones enormes de lingotes de plata! Y no habiendo sardina, tampoco tenían cebo para salir al congrio y la merluza, ni pescar cerca de la costa la robaliza, el sollo, el salmonete y otros peces exquisitos. El hambre iba, pues, a presentarse muy pronto en Rodillero, porque los pescadores viven ordinariamente para el día, sin acordarse del siguiente. Algunos de ellos, no obstante, se defendían de la miseria persistiendo en salir al bonito, puesto que[80.1] éste andaba escaso también, y se corría ya, por lo avanzado de la estación, grave riesgo en pescarlo: la mar, en esta época, se alborota presto; el viento, a veces, también cae[80.2] de un modo repentino, y las lanchas necesitan alejarse mucho para hallar aquel pescado. José era uno de estos marineros temerarios; pero vencido al fin de las amonestaciones de los viejos y de su propia experiencia, que también se lo mandaba, determinó de suspender las salidas al bonito y dedicarse a la sardina, aunque con poquísimas esperanzas de obtener buen resultado.
Antes de emprender esta pesca se fue una mañana por tierra a Sarrió con el objeto de comprar raba. Había amanecido un día sereno: el mar presentaba un color lechoso: el sol se mantuvo largo rato envuelto en una leve gasa blanca; los cabos en vapor trasparente y azulado. Sobre la llanura del mar, el cielo aparecía estriado de nubes matizadas de violeta y rosa. A las diez de la mañana el sol rompió su envoltura,[80.3] disipáronse las nubes, y comenzó a ventar fresco del N. E. A la una de la tarde la brisa se fue calmando, y aparecieron por la parte de tierra algunas nubecillas blancas como copos de lana: se indicó el contraste:[80.4] a la media hora ya se había declarado. El viento del Oeste consiguió la victoria sobre su enemigo, y comenzó a soplar reciamente, pero sin inspirar cuidado. Sin embargo, su fuerza fue aumentando poco a poco, de suerte que a las tres soplaba ya huracanado. Los marineros que estaban en el pueblo habían acudido todos a la ribera. A partir de esta hora,[81.1] fue aumentando por momentos la fuerza del vendaval. Comenzó a sentirse en el pueblo la agitación del miedo: un rumor sordo y confuso producido por las idas y venidas de la gente, por las preguntas que los vecinos se dirigían unos a otros. Las mujeres dejaban las ocupaciones de la casa y salían a las puertas y a las ventanas, y se miraban asustadas, y se interrogaban con los ojos y con la lengua.
—¿Han llegado las lanchas?
—¿Están las lanchas fuera?
Y unas después de otras, las que tenían a los suyos en el mar, enderezaron sus pasos hacia la ribera, formando grupos y comunicándose sus temores. Mas antes de que pudiesen llegar allá, el viento se desató violento e iracundo, como pocas veces se había visto: en pocos minutos se convirtió en un terrible y pavoroso huracán: al cruzar por el estrecho barranco de Rodillero, con ruido infernal, batió furiosamente las puertas de las casas, arrebató algunas redes que se hallaban tendidas en las ventanas, y arrojó remolinos de inmundicia a los ojos de los vecinos. Las mujeres, embargadas por el miedo, suspendieron toda conversación y corrieron desaladas[81.2] a la playa: los demás habitantes, hombres, mujeres y niños, que no tenían ningún pariente en la mar, dejaron también sus casas, y las siguieron; por la calle no se oía más que este grito: «¡Las lanchas! ¡las lanchas!»
Al desembocar aquella muchedumbre en la ribera, el mar ofrecía un espectáculo hermoso, más que imponente. Los vientos repentinos no traen consigo gran revolución en las aguas por el momento, sino una marejada viva y superficial. Así que la vasta llanura sólo estaba fuertemente fruncida; brillaban en toda su extensión infinitos puntos blancos, surgiendo y desapareciendo alternativamente a modo de mágico chisporroteo. Pero los centenares de ojos clavados en el horizonte con ansiedad, no vieron señal ninguna de barco. Entonces una voz gritó:—«¡A San Esteban!... ¡a San Esteban!»—Todos dejaron la ribera para subir a aquel monte, que señoreaba una extensión inmensa de agua. La mayoría se fue a buscar corriendo el camino que por detrás del pueblo conducía a él; mas los niños y las pobres mujeres que tenían a sus esposos y hermanos en la mar, se pusieron a escalarlo a pico; la impaciencia, el terror, el ansia, les daba fuerza para trepar por las rocas puntiagudas y la maleza.
Cuando llegaron a la cima y tendieron la vista por la gran planicie del océano, vieron en los confines del horizonte tres o cuatro puntos blancos; eran las lanchas. Después fueron apareciendo sucesivamente otros varios, mostrándose unos y otros cada vez con más precisión.
—Vienen todas en vuelta de[82.1] tierra, con el borriquete de proa[82.2] solamente—dijo uno de los marineros que acababan de llegar.
—En vuelta de tierra, sí; pero a buscar pronto el abrigo de la costa: tienen la proa puesta a Peñascosa—repuso otro.
El grupo de los espectadores colocado en la cima del monte, se fue engrosando rápidamente con los que llegaban a toda prisa. El viento hacía tremolar vivamente los pañuelos de las mujeres, y obligaba a los hombres que gastaban sombrero a tenerlo sujeto con la mano. Reinaba silencio ansioso en aquel puñado de seres humanos: el huracán zumbaba con fuerza en los oídos, hasta aturdirlos y ensordecerlos: todos los ojos estaban clavados en aquellos puntitos blancos que parecían inmóviles allá en el horizonte. De vez en cuando, los marineros se comunicaban rápidamente alguna observación.
—La salsa[83.1] les debe de incomodar.
—Phs...[83.2] eso importa poco: por ahora, la mar no les hace mayor daño. Si consiguen abrigarse, no hay cuidado.
—Necesitan orzar mucho.
—Claro; todo lo que dé el viento...; y aun así, no sé si podrán meterse detrás del cabo.
Las lanchas, al fin, se fueron ocultando una en pos de otra donde el marinero decía.
El grupo respiró. Sin embargo, aquel consuelo se fue trocando poco a poco en angustia a medida que el tiempo avanzaba y los barcos no parecían sobre la punta de tierra más próxima a Rodillero, denominada el Cuerno.
Trascurrió media hora; el grupo de los vecinos tenía los ojos fijos en este cabo con expresión de anhelo: el viento seguía cada vez más soberbio y embravecido.
—Mucho tardan—dijo un marinero al oído de otro.
—Se habrán metido quizá en la concha[83.3] de Peñascosa—contestó éste.
—O vendrán ciñendo la tierra sin soltarla.
Tenía razón el primero. Después de aguardar largo rato, apareció por el Cuerno una lancha con el borriquete solamente y a medio izar. [83.4]
—¡Es la de Nicolás de la Tejera![84.1]—dijeron a un tiempo varias voces.
—¡Alabado sea Dios!—¡Bendita sea la Virgen Santísima!—¡El Santo Cristo hermoso los ha salvado!—dijeron casi a un tiempo las esposas y las madres de los que la tripulaban.
Y bajaron corriendo a la ribera para esperarlos.
Al poco rato, apareció otra.