—¡Es la de Manuel de Dorotea!—exclamaron en seguida en el grupo.
Se escucharon las mismas bendiciones y gritos de alegría, y otro golpe de mujeres y niños se destacó corriendo a la playa.
Luego vino otra, y luego otra, y así sucesivamente fueron apareciendo unas tras otras las lanchas. El grupo del monte de San Esteban iba mermando poco a poco a medida que las barcas entraban en la ensenada de Rodillero. Pronto quedó reducido a un puñado de personas. Faltaba una sola lancha. En la ribera, se sabía ya que aquella lancha no había de llegar, porque había zozobrado; pero nadie osaba subir a San Esteban a noticiarlo. Las pobres mujeres que allí estaban, esperaban con sus pequeñuelos de la mano, silenciosas, inmóviles, presintiendo su desgracia, y haciendo esfuerzos por alejar del pensamiento la terrible idea.
El sol se ocultaba ya entre rojizos resplandores: el viento aún persistía en soplar furiosamente: las aguas del océano dejaban de fruncirse y comenzaban a hincharse con soberbia. Las esposas y madres seguían con los ojos clavados en el mar esperando siempre ver aparecer los suyos: nadie se decía una palabra ni de temor ni de consuelo; mas, sin advertirlo ellas mismas, algunas lágrimas saltaban a los ojos: el viento las secaba prontamente.
Mientras esto acaecía en Rodillero, José caminaba apresuradamente la vuelta de él por la carretera de Sarrió. Como marino experimentado, comprendió a las primeras señales de contraste que iba a caer un viento peligroso. Al observar la violencia inusitada de las ráfagas, se dijo, lleno de tristeza:—«Es imposible que hoy no suceda una desgracia en Rodillero.»—Y apretó cuanto pudo el paso. De vez en cuando se detenía algunos instantes para subir a alguna eminencia del camino y escrutar atentamente los horizontes de la mar en busca de las lanchas. Cuando el huracán llegó a su mayor poder, no le fue dado resistir la impaciencia: dejó el barril de raba, que había comprado, en manos de otro caminante que halló por casualidad, y se dio a correr como un gamo hasta perder el aliento.
Cuando alcanzó las primeras casas del pueblo, era ya muy cerca del oscurecer. Un grupo de chicos estaba jugando a los bolos en las afueras: al pasar por delante, uno de ellos le dijo:
—José; la lancha de Tomás se perdió.
El marinero detuvo el paso, y preguntó visiblemente conmovido:
—¿Dónde iba mi cuñado Nicasio?
El muchacho bajó la cabeza sin contestar, asustado ya y arrepentido de habérselo dicho.
José se puso terriblemente pálido, quitose la boina y comenzó a mesarse los cabellos, dejando escapar palabras de dolor y gemidos. Sigiuó caminando hacia el pueblo, y entró en él escoltado por el grupo de chicos y por otros muchos que se les fueron agregando.—«Ahí va José; ahí va José de la viuda:»—se decían los vecinos acercándose a las puertas y ventanas para verle pasar descolorido y con la boina en la mano. Al cruzar por delante de una taberna, salieron de ella tres o cuatro voces llamándole; y otros tantos marineros acudieron a detenerle, y le hicieron entrar: Bernardo era uno de ellos; otro el Corsario.
—Acaban de decirme que se perdió la lancha de Tomás... ¿No se salvó ninguno?—preguntó temblándole la voz, al poner el pie en la taberna.
Ninguno de los marineros esparcidos por ella, le contestó. Después de algunos instantes de silencio, uno le dijo:
—Vamos, José; toma un vaso de vino, y serénate: todos estamos sujetos a lo mismo.
José se dejó caer sentado sobre el banco próximo al mostrador, y metió la cabeza entre las manos sin hacer caso del vaso que su compañero le puso delante. Al cabo de un rato, sin embargo, alargó la mano para cogerlo y bebió todo el vino con avidez.
—¡Qué se va a hacer! ¡Vaya todo por Dios![86.1]—dijo al colocarlo otra vez sobre el mostrador: y limpiándose con la boina algunas lágrimas que le rodaban por el rostro, preguntó ya con voz entera:
—¿Y cómo fue eso?
—Pues nada, muchacho, se fueron a pique porque quisieron—le contestó uno.—Cuando veníamos todos con el borriquete medio relingado y con muchísimo ojo, [86.2] y que no nos llegaba la camisa al cuerpo, [86.3] vemos que Tomás iza el trinquete en el palo del medio... Me parece que no había acabado de relingar cuando ¡zas! dio vuelta [86.4] la lancha...
—¿No quedó flotando alguno?—preguntó Bernardo.
—Sí; vimos tres o cuatro.
—¿Y por qué no los recogisteis?
—Porque pasábamos muy lejos de ellos... Detrás de nosotros y bien a barlovento venía Joaquín de la Mota... Pensábamos que él los recogería.
—¡Pensabais! ¡pensabais!—exclamó Bernardo indignado.—¡Lo que yo pienso es que debierais ir entre guardias civiles a la cárcel así que saltasteis en la ribera!
—¿Por qué, morral,[87.1] por qué?—preguntó el otro lleno de ira.—¿Qué íbamos a hacer nosotros, pasando más de un tiro de carabina lejos de ellos? ¿Querías que por salvarlos a ellos nos ahogáramos todos?
—¡Ahogaros! ¡ahogaros!... ¡La lástima fue esa![87.2]... ¿Y por qué no arriasteis de plan[87.3] la vela y no os acercasteis bogando?
—¡Cállate, burro, cállate! ¿Crees tú que estaba la mar para que hiciéramos dulces con ella?[87.4]
—La mar estaba bella... un poco de salsa y nada más.
—¿Qué sabes tú lo que pasaba en la mar si estabas en tierra rascándote la barriga?[87.5]
—La mar estaba bella, te digo... Y además, en último resultado, ¿por qué no disteis fondo[87.6] y no aguardasteis a que ellos se fueran acercando a vosotros?
Mientras Bernardo y el otro marinero disputaban, José permanecía silencioso, teniendo la cabeza entre las manos en actitud de profundo abatimiento. Pensaba que su hermana quedaba con seis niños, el mayor de once años, sin más amparo que la capa del cielo: y por más que sus hermanas jamás habían sido buenas para él y le habían ocasionado muchos pesares, todavía les dedicaba en su corazón un cariño inmenso. La tabernera, gorda y linfática, le miraba con lástima y hacía esfuerzos por consolarle, presentándole de vez en cuando el vaso lleno de vino: él alargaba el brazo distraídamente para cogerlo y lo bebía hasta el tope,[88.1] sin darse cuenta cabal de lo que hacía.
Cuando más encendida estaba la disputa entre Bernardo y su compañero, he aquí que se oyen fuertes gritos en la calle, y casi en el mismo instante entra en la taberna con violencia la hermana de nuestro marinero, la que acababa de quedar viuda, suelto el cabello, el rostro demudado y rodeada de sus hijos. Se abalanza a José y se arroja en sus brazos, rompiendo en agudos gemidos, que dejan silenciosos y graves a todos los marineros. Aquél la recibe también llorando. Cuando se separan, la mujer recoge sus niños, y, empujándolos hacia José, les dice, con cierta expresión teatral que repugna a los circunstantes, bien enterados de lo mucho que aquél había sufrido por su causa:
—Hijos míos, ya no tenéis quien os mantenga; pedid de rodillas a vuestro tío que sea vuestro padre; él, que es tan bueno, os amparará.
El noble marinero no advierte, como los demás, la hipocresía de su hermana; abraza a los niños y les besa diciendo:
—No tengáis cuidado, pobrecitos; mientras yo tenga un pedazo de pan, será vuestro y de vuestra madre.
Después se limpia las lágrimas y dice a su hermana:
—Vaya, llévalos a casa, que ya es noche.
Así que la mujer y los chicos salieron de la taberna, se enredó de nuevo la disputa sobre el percance[89.1] de la tarde: poco a poco todos los marineros fueron tomando parte en ella, hasta no entenderse nadie.
José permanecía silencioso al lado del mostrador, apurando de vez en cuando el vaso de vino que la tabernera le presentaba. Al fin, tanto fue lo que bebió, sin advertirlo, que perdió la cabeza y fue preciso trasportarlo a casa, en completo estado de embriaguez.
IX
Recogió, en efecto, a la viuda y sus hijos en casa y los mantuvo todo lo bien que[89.2] le consentían sus escasos recursos. Pero éstos, en vez de aumentar, fueron disminuyendo: la costera de la sardina fue desdichada hasta el fin; no hubo apenas congrio ni merluza: cuando llegó la del besugo, por los meses de Diciembre y Enero, José estaba empeñado en más de mil reales, y aun le faltaba pagar cuatro barriles de raba, que ascendían a una respetable cantidad. Viéndose perseguido por los acreedores, se deshizo de su lancha, la cual por ser vieja y venderse con prisa, le valió poco dinero. Una vez sin lancha, no tuvo más remedio que entrar de simple compañero en otra, ganando como los demás, una soldada, que aquel año era cortísima.
Agregábase a estas calamidades la de no tener sosiego en casa. Su madre no sufría con paciencia los reveses de la fortuna y se rebelaba contra ella, armando por el más liviano motivo una batahola, que se oía de todos los rincones del pueblo. Dentro de casa, su hija, sus nietos y el mismo José, cuando llegaba de la mar, eran víctimas de aquella cólera que se le había derramado por el cuerpo y que la ahogaba. Por otra parte, la hermana casada no veía con buenos ojos que la viuda y sus hijos se estuviesen comiendo todo lo que había en casa de su madre y la dejasen arruinada, cuando ella no había sacado ni un mal jergón[90.1] (eran sus palabras); y no dejaba de echárselo en cara siempre que podía, y de ahí se originaban pendencias repugnantes que convertían la vivienda en un verdadero infierno.
Para salir de él temporalmente, y no morirse de tristeza, nuestro desgraciado marinero asistía de vez en cuando a la taberna y se pasaba allí algunas horas charlando y bebiendo con sus compañeros. Poco a poco el vicio de la bebida, que tanto había aborrecido, se fue apoderando de él, y si no le dominó por entero como a otros, haciéndole olvidar sus obligaciones, todavía fue lo bastante para que en el pueblo se dijese que «estaba convertido en un borracho.» La señá Isabel se daba prisa a propalar esta especie entre las comadres.
La miseria, el trabajo, la discordia doméstica, no serían poderosos a abatir el ánimo del pescador si a ellas no se añadiese la soledad del corazón, que es el desengaño. Educado en la desgracia, padeciendo desde que nació todos los rigores de la suerte, luchando con la ferocidad de la mar y con los caracteres no menos feroces de su madre y hermanas, poco le importaría[90.2] un latigazo más de la fortuna si su vida no hubiera sido iluminada un instante por el sol de la dicha. Pero había tropezado con el amor en su monótona existencia, y había tropezado al tiempo mismo en que alcanzaba también el bienestar material. De pronto, bienestar y amor se habían huido: apagose el rayo de luz: quedó sumido en las tinieblas de la miseria y la soledad. Y si es cierto, como afirma el poeta, que no existe mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la desgracia,[91.1] no es maravilla que el pobre José buscase un lenitivo al suyo y el olvido momentáneo de sus penas en la ficticia alegría que el vino comunica.
Desde la reyerta de su madre con la señá Isabel no había vuelto a hablar con Elisa, ni la había visto sino de lejos; en cuanto divisaba su figura (y era pocas veces porque se pasaba el día entero en la mar), se alejaba corriendo o se mezclaba en un grupo para no tropezar con ella, o buscaba asilo en la taberna inmediata. Al principio esto fue por vergüenza y miedo: temía que Elisa estuviese ofendida y no le quisiera saludar. Más adelante[91.2] la maledicencia, que en tales casos nunca deja de andar suelta,[91.3] trajo a sus oídos la noticia de que la joven estaba ya inclinada a despreciarle, que su madre había logrado persuadirla a ello, y que pronto se casaría con un piloto de Sarrió. Entonces por dignidad evitó cuidadosamente su encuentro. Los contratiempos que después padeció ayudaron también mucho a alejarle de ella: pensaba, y no le faltaba razón, que un hombre arruinado y con tantas obligaciones como él tenía, no era partido para ninguna muchacha, y menos para una tan codiciada como la hija de la maestra.
Así estaban las cosas cuando un día en que por falta de viento no salieron a la mar, le propuso su madre ir a Peñascosa, distante de Rodillero poco más de media legua: tenía allí Teresa una hermana que le había ofrecido patatas de su huerta y algunas otras legumbres, que en el estado de pobreza en que se hallaban, eran un socorro muy aceptable. Decidieron ir por la tarde y tornar al oscurecer, para que José no pasase en medio del día, cargado, por el pueblo. Aunque había camino real para ir a Peñascosa, la gente de este pueblo y la de Rodillero acostumbraba servirse, cuando no llevaban carro o caballería, de una trocha abierta a orillas de la mar; ésta fue la que siguieron madre e hijo cuando ya el sol declinaba.
Era un día trasparente y frío del mes de Febrero; el mar ofrecía un color azul oscuro. Como la vereda no consentía que fuesen pareados,[92.1] la madre caminaba delante y el hijo la seguía: marchaban silenciosos y tristes: hacía tiempo que la alegría había huido de sus corazones. Cuando se hallaban a medio camino próximamente, en un paraje en que la trocha dejaba las peñas de la costa y entraba por un vasto y alegre campo, vieron a lo lejos otras dos personas que hacia ellos venían. Teresa no fijó la atención en ellas; pero José, por su costumbre de explorar largas distancias, no tardó en descubrir que aquellas dos personas eran la señá Isabel y su hija: diole un salto el corazón, pensando en que era forzoso tropezarse. ¡Qué iba a pasar allí! No se atrevió a decir nada a su madre y la dejó caminar distraída, con los ojos bajos; mas al fin ésta levantó la cabeza, y fijándose en las dos figuras lejanas, se volvió hacia él preguntando:
—Oyes, José, ¿aquellas dos mujeres no te parece que son la señá Isabel y Elisa?
—Creo que sí—respondió el marinero sordamente.
—¡Ah!—exclamó Teresa con feroz regocijo, y apretó un poco el paso sin pronunciar palabra, temiendo, sin duda, que el hijo tratase de estorbar el proyecto que había nacido súbitamente en su imaginación.
José la siguió con el corazón angustiado, sin osar decirle nada. No obstante, después que hubieron caminado algunos pasos, pudo más el temor de una escena violenta y escandalosa que el respeto filial, y se aventuró a decir severamente:
—Madre, haga el favor, por Dios, de no comprometerse ni comprometerme.
Pero Teresa siguió caminando sin contestarle, como si quisiera evitar razonamientos.
Un poco más allá, tornó a decirle aún con más severidad:
—¡Mire bien lo que va a hacer, madre!
El mismo silencio por parte de Teresa. En esto[93.1] se habían acercado ya bastante los que iban y los que venían de Peñascosa. Cuando estuvieron a un tiro de piedra, próximamente, la señá Isabel detuvo el paso y vaciló un instante entre seguir o retroceder, porque había advertido la resolución nada pacífica con que Teresa caminaba hacia ella. Por fin, adoptó el término medio de estarse quieta. Teresa avanzó rápidamente hacia ella; pero al hallarse a una distancia de veinte o treinta pasos, se detuvo también, y poniendo los brazos en jarras, comenzó a preguntar a su enemiga en el tono sarcástico que la ira le hacía siempre adoptar:
—¡Hola, señora!... ¿Cómo está V., señora?... ¿Está V. buena?... ¿El esposo bueno también?... Hacía tiempo que no tenía el gusto de verla...
—¡José, ten cuidado con tu madre, que está loca!—gritó la señá Isabel con el semblante demudado.
—¡Ah, señora! ¿Conque después de haberle echado a pedir limosna y haberse reído de él, le pide V. todavía que la socorra?—Y cambiando repentinamente la expresión irónica de su rostro por otra iracunda y feroz, salvó como un tigre la distancia que la separaba de su enemiga, y se arrojó sobre ella gritando:—¡Tú me has vuelto loca, bribona!... ¡Pero ahora me las vas a pagar todas![94.1]
La lucha fue tan rabiosa como repugnante. La viuda, más fuerte y más nerviosa, consiguió en seguida arrojar al suelo a la señá Isabel; pero ésta, apelando a todos los medios de defensa, arrancó los pendientes a su enemiga, rajándole las orejas y haciéndole sangrar por ellas copiosamente.
José de un lado y Elisa del otro, se habían precipitado a separar a sus madres, y se esforzaban inútilmente por conseguirlo. Elisa tenía el rostro bañado de lágrimas; José estaba pálido y conmovido. Sus manos en uno de los lances de la faena,[94.2] se encontraron casualmente; y por un movimiento simultáneo, alzaron ambos la cabeza; se miraron con amor, y se las estrecharon tiernamente.
Al fin José, cogiendo a su madre por medio del cuerpo, la levantó en el aire y fue a depositarla algunos pasos lejos: Elisa ayudó a levantarse a la suya. Unos y otros se apartaron siguiendo su camino. Las madres iban delante murmurando sin cesar injurias: los hijos volvían a menudo la cabeza para mirarse, hasta que se perdieron enteramente de vista.
X
Don Fernando, de la gran casa de Meira, se paseaba una noche, dos meses después del suceso que acabamos de referir, por el vasto salón feudal de su casa solariega. Alguien hubiera echado menos en aquel instante la artística lámpara de bronce, en consonancia con la majestuosa amplitud de la cuadra, o los primorosos candelabros de plata de un período más reciente; porque el pavimento no estaba llano, liso y extendido como en los siglos anteriores; ofrecía aquí y allá algunos agujeros, que aunque labrados por la planta nobilísima de los señores de Meira, y en este supuesto muy dignos de veneración, no dejaban de ser enemigos declarados de la integridad y salud de todas las piernas, lo mismo hidalgas que plebeyas. Pero D. Fernando los conocía muy bien, y los evitaba sin verlos, caminando con paso rápido de un cabo a otro de la estancia, en medio de las tinieblas.
Sus pasos retumbaban huecos y profundos en el vetusto caserón; mas los ratones, habituados desde muy antiguo[95.1] a escucharlos, no mostraban temor alguno y persistían tranquilamente en su obra devastadora, rompiendo el silencio de la noche con un leve y continuado crugido; los murciélagos, con menos temor aún, volaban en danza fantástica sobre la cabeza del anciano con sordo y medroso zumbido.
En aquel momento, D. Fernando se hubiera metamorfoseado de buena gana en ratón, y acaso acaso,[95.2] en murciélago. Por muy triste que fuese roer en la madera sepultado en un tétrico agujero, o yacer aletargado durante el día sobre la cornisa de una puerta, para volar únicamente en las lúgubres horas de la noche, ¿lo era menos, por ventura, verse privado de salir a la luz del sol y caminar al aire libre después de conocer las dulzuras de uno y otro? Pues esto, ni más ni menos, era lo que le acaecía al noble vástago de la casa de Meira, hacía ya cerca de un mes. ¿Y todo por qué? Por una cosa tan sencilla y corriente, como no tener camisa.
Hacía ya bastante tiempo que D. Fernando sólo tenía una; pero con ella se daba traza para ir tirando;[96.1] cuando estaba sucia la lavaba con sus propias manos, y la tendía en un patinejo[96.2] que había detrás de la casa, y después que se secaba, bien aplanchada con las manos, se la ponía. Mas sucedió que una mañana, estando la camisa tendida al sol, y el señor de Meira esperando en su mansión que se secase, acertó a entrar en el patio, por una de sus múltiples brechas, el asno de un vecino; el señor de Meira le vio acercarse a la camisa, sin sospechar nada malo; le vio llegar el hocico a ella, y todavía no comprendió sus planes; sólo al contemplarla entre los dientes del pollino se hizo cargo de su imprevisión, y sintió el corazón desgarrado; y la camisa también. Desde entonces D. Fernando no puso más los pies en la calle a las horas del día; repugnaba mucho, y no sin razón, a sus altos sentimientos feudales, presentarse sin una prenda[96.3] tan indispensable ante los hijos de aquellos antiguos villanos, sobre quienes sus antepasados ejercían el derecho de pernada[96.4] y otros privilegios tan despóticos, aunque menos ominosos.
Entre los hijos de aquellos villanos corría como muy cierta la voz de que D. Fernando estaba pasando «las de Caín.»[97.1] Y aunque el hambre se cernía como águila rapaz sobre la cabeza de casi todos los vecinos de Rodillero, no faltaban corazones compasivos que procuraban socorrer al noble caballero sin ofender su extraordinaria y delicadísima susceptibilidad. El que más se distinguía en esta generosa tarea era nuestro José, el cual apelaba a mil ardides y embustes para obligar al señor de Meira a que aceptase sus auxilios: unas veces le venía hablando de una deuda antigua que su madre tenía con la casa de Meira; otras muchas le mandaba pescado de regalo; otras, llevando las viandas en un cesto, se iba a cenar con él en grata compañía. D. Fernando, que conocía la precaria situación del marinero, rechazaba con heroísmo aquellos tan apetecidos socorros, y sólo después de largo pugilato,[97.2] lograba José que los aceptase, volviendo la cabeza para no ver las lágrimas de agradecimiento que el anciano caballero no era poderoso a contener. Pero estos y otros socorros no bastaban algunas veces: había días en que nadie parecía por el lóbrego caserón, y entonces era cuando D. Fernando pasaba «aquellas de Caín» a que la voz pública se refería.
Ahora las está pasando más terribles y crueles que nunca. Hace veinticuatro horas que no ha entrado alimento alguno en el estómago del noble caballero; y según se puede colegir, no es fácil que entre todavía en algunas más, pues son las doce de la noche y se encuentran todos los vecinos reposando. A medida que el tiempo pasa crece su congoja: los paseos no son tan vivos; de vez en cuando se pasa la mano por la frente, donde corren ya algunas gotas de sudor frío, y deja escapar algunos suspiros que mueren tristemente sin llegar a todos los ámbitos del tenebroso salón. El último vástago de la alta y poderosa casa de Meira está a punto de desfallecer. De pronto, sin darse él mismo cuenta cabal de lo que hace, movido sin duda del puro instinto de conservación, abandona rápidamente la estancia, baja las ruinosas escaleras en pocos saltos y se lanza a la calle. Una vez en ella, se queda inmóvil sin saber a dónde dirigirse.
Era una noche templada y oscura de primavera: espesos nubarrones velaban por completo el fulgor de las estrellas. D. Fernando gira la vista en torno con dolorosa expresión de angustia, y después de vacilar unos instantes, empieza a caminar lentamente a lo largo de la calle en dirección de la salida del pueblo. Al pasar por delante de las casas vacila, medita si llamará en demanda de socorro; pero un vivo sentimiento de vergüenza se apodera de él en el momento de acercarse a las puertas y sigue su camino; sigue siempre, bien convencido, sin embargo, de que pronto caerá rendido a la miseria. Empieza a sentir vértigos y nota que la vista se le turba. Al llegar delante de la casa de la señá Isabel, que es una de las últimas del lugar, se detiene... ¿A dónde va? ¿A morir quizá como un perro en la carretera solitaria? Entonces vuelve a mirar en torno suyo[98.1] y ve a su izquierda blanquear la tapia de la huerta del maestro: es una huerta amplia y feraz, llena de frutas y legumbres; la mejor que hay en el pueblo, o por mejor decir, la única buena. El pensamiento criminal de entrar en aquella huerta y apoderarse de algunas legumbres asalta al buen hidalgo; lo rechaza al instante; le acomete otra vez; torna a rechazarlo. Finalmente, después de una lucha tenaz, pero desigual, vence el pecado. D. Fernando se dijo para cohonestar el proyecto de robo:—«¿Pues qué, voy a dejarme morir de hambre? Unas cuantas patatas más o menos no suponen nada[99.1] a la maestra; bastante tiene... mal adquirido a costa de los pobres pescadores.»
Y he aquí cómo el hambre hizo socialista en un instante al último vástago de la gran casa de Meira.
Siguió la tapia a lo largo, torció a la izquierda y buscó por detrás de la casa el sitio más accesible para entrar. La pared por aquel sitio no era tan alta y estaba descascada y ruinosa en algunos trozos.[99.2] Don Fernando apoyando los pies en los agujeros logró colocarse encima; una vez allí se agarró a las ramas de un pomar y descendió por ellas lentamente y con mucha cautela hasta el suelo. Después de permanecer algunos momentos inmóvil para cerciorarse de que nadie le había sentido, se introdujo muy despacito en la huerta. Lo primero que hizo en cuanto se halló entre los cuadros de las legumbres, fue arrancar una cebolla y echarle los dientes. En cuanto la engulló, arrancó otras tres o cuatro y se las metió en los bolsillos; después se volvió otra vez a paso de lobo[99.3] hacia la tapia. Mas antes de llegar a ella percibió con terror que se movían las ramas del pomar por donde había saltado, y a la escasísima claridad de la noche observó que el bulto de un hombre se agitaba entre ellas y se dejaba caer al suelo, como él había hecho. D. Fernando quedó petrificado; y mucho más creció su miedo y su vergüenza cuando el hombre dio unos cuantos pasos por la huerta y se vino hacia él: lo primero que se le ocu rrió fue echarse al suelo: el hombre pasó rozando con él: era José.
¿Vendrá también a robar?—pensó D. Fernando; pero José dejó salir de su boca un silbido prolongado, y el señor de Meira vino a entender que se trataba de una cita amorosa, cosa que le sorprendió bastante, pues creía, como todo el pueblo, que las relaciones de Elisa y el marinero estaban rotas hacía ya largo tiempo. No tardó en aparecer otro bulto por el lado de la casa, y ambos amantes se aproximaron y comenzaron a hablar en voz tan baja que D. Fernando no oyó más que un levísimo cuchicheo. La situación del caballero era un poco falsa; si a los jóvenes les diese por[100.1] recorrer la huerta o estuviesen en ella hasta que el día apuntase y le viesen, ¡qué vergüenza! Para evitar este peligro se arrastró lenta y suavemente hasta el pomar y se ocultó entre unas malezas que cerca de él había, esperando que José se marchase para escalar de nuevo el árbol y retirarse a su casa. Mas al poco rato de estar allí[100.2] comenzaron a caer algunos goterones de lluvia, y los amantes vinieron también a refugiarse debajo del pomar, que era uno de los pocos árboles copudos[100.3] y frondosos de la huerta, y el más lejano de la casa. Don Fernando se creyó perdido y comenzó a sudar de miedo; ni un dedo se atrevió a mover. Elisa y José se sentaron en el suelo uno al lado de otro dando la espalda[100.4] al caballero, sin sospechar su presencia.
—¿Y por qué crees que tu madre presume algo?—dijo José en voz baja.
—No sé decirte; pero de algunos días a esta parte[100.5] me mira mucho y no me deja un instante sola. El otro día, mientras estaba barriendo la sala, me puse a cantar; al instante subió ella y me dijo: «¡Parece que estás contenta, Elisa! Hacía ya mucho tiempo que no te salía la voz del cuerpo.»[101.1] Me lo dijo de un modo y con una sonrisa tan falsa, que me puse colorada y me callé.
—¡Bah, son cavilaciones tuyas!—replicó el marinero.
Guardó silencio, sin embargo, después de esta exclamación y al cabo de un rato lo rompió, diciendo:
—Bueno es vivir prevenidos. Ten cuidado, no te sorprenda.
—¡Desgraciada de mí entonces! Más me valiera no haber nacido—repuso la joven con acento de terror.
Ambos volvieron a quedar silenciosos. Elisa, cabizbaja y distraída, jugaba con las hierbas del suelo. José alargó la mano tímidamente, y, simulando también jugar con el césped, consiguió rozar suavemente los dedos de su novia. La lluvia, que comenzaba a arreciar, batía las hojas del pomar con redoble[101.2] triste y monótono; la huerta exhalaba ya un olor penetrante de tierra mojada.
—¿Pensáis salir mañana a la mar?—preguntó Elisa al cabo de un rato, levantando sus hermosos ojos rasgados hacia el marinero.
—Me parece que no—repuso éste.—¿Para qué?—añadió con amargura.—Hace ocho días que no traemos valor de cinco duros.
—Ya lo sé, ya lo sé; este año no hay merluza en la mar.
—¡Este año no ha habido nada!—exclamó José con rabia.
Otra vez quedaron silenciosos. Elisa seguía jugando con las hierbecitas del suelo. El marinero le había aprisionado un dedo entre los suyos y lo estrechaba suavemente, sin osar apoderarse de la mano. Al cabo de un rato, Elisa, sin levantar la cabeza, comenzó a decir, en voz baja y temblorosa:
—Yo creo, José, que la causa de todo lo que nos está pasando, es la maldición que te ha echado la sacristana. ¿Por qué no vas a pedirla que te la levante?... Desde que esa mujer te maldijo no te ha salido nada bien.
—Y antes tampoco[102.1]—apuntó José con sonrisa melancólica.
—Otros muchos lo han hecho antes que tú—siguió diciendo la joven, sin hacer caso de la observación de su amante.—Mira, Pedro el de la Matiella, ya sabes cómo estaba, flaco y amarillo que daba lástima verlo[102.2]... todo el mundo pensaba que se moría. En cuanto pidió perdón a la sacristana, empezó a ponerse bueno y ya ves hoy cómo está.
—No creas esas brujerías, Elisa—dijo el marinero, con una inflexión de voz en que se adivinaba que él andaba muy cerca de creerlas también.
Elisa, sin contestar, se agarró fuertemente a su brazo con un movimiento de terror.
—¿No has oído?
—¿Qué?
—¿Ahí entre las zarzas?
—No he oído nada.
—Se me figuró escuchar la respiración de una persona.
Ambos quedaron un momento inmóviles con el oído atento.
—¡Qué miedosa eres, Elisa!—dijo riendo el marinero.—Es el ruido de la lluvia al pasar entre las hojas hasta el suelo.
—¡Me parecía!...—repuso la joven sin quitar los ojos de la maleza donde estaba oculto el Sr. de Meira, y aflojando poco a poco el brazo de su novio.
Mientras tanto, aquél sudaba copiosamente temiendo que José viniese a explorar las zarzas. Afortunadamente, no fue así: Elisa se tranquilizó pronto, y viendo a su amante triste y cabizbajo, cambió de conversación con ánimo de alegrarle.
—¿Cuándo comenzaréis a salir al bonito?... Tengo ya deseos de que empiece la costera... Me da el corazón[103.1] que va a ser muy buena...
—Allá veremos—repuso José moviendo la cabeza en señal de duda.—Creo que saldremos dentro de quince o veinte días... ¿Qué vamos a hacer si no?...
—Comienza el buen tiempo... y vendrán en seguida las romerías... ¡Qué gusto!... La de la Luz[103.2] es ya de mañana en un mes—dijo Elisa esforzándose por aparecer alegre.
—¡Qué importa que comiencen las romerías si yo no puedo acompañarte en ellas!—exclamó el marinero con acento dolorido.
—No te dejes acobardar, José, que todo se arreglará... Hay que tener confianza en Dios... Yo todos los días le pido al Santo Cristo que te dé buena suerte, y que le toque en el corazón a mi madre.
—Es difícil, Elisa... es muy difícil... Si no me ha querido cuando tenía algunos cuartos, ¿cómo me ha de querer hoy que soy un pobrete, y tengo sobre los hombros tanta familia?
Elisa comprendió la justicia de esta observación; pero repuso con la tenacidad sublime que el amor comunica a las mujeres:
—No importa... yo creo que se ablandará. Tengamos confianza en el Santo Cristo de Rodillero, que otros milagros mayores ha sabido obrar...
La lluvia arreciaba con ímpetu; de tal suerte, que ya el árbol no bastaba a proteger a los amantes: las hojas se doblaban al peso del agua, y la dejaban caer en abundancia sobre sus cabezas. Pero ellos ni lo advertían siquiera, embargados enteramente por el deleite de hallarse juntos; las manos enlazadas, los ojos en extática contemplación.
Elisa logró al cabo ahuyentar la melancolía de su novio; su plática tomó un sesgo[104.1] risueño; hablaron de los incidentes ocurridos en pasadas romerías, y rieron de buena gana recordándolos.
—¿Te acuerdas cuando Nicolás nos convidó en la romería de San Pedro?... Tú me dijiste por lo bajo:[104.2]—«Hay que beberle todo el vino que saque...»
—Porque en seguida vi que el gran tacaño[104.3] lo que quería era echársela de rumboso[104.4] a poca costa.
—¡Qué trabajo me costó echar todo el vaso al cuerpo![104.5] Tú te lo bebiste en un decir Jesús[104.6]... y anda que Ramona tampoco se portó mal del todo.[104.7]
—Pero, cuando vio que Bernardo se lo iba a tragar entero también, ¿qué de prisa le echó mano,[104.8] verdad?
—¡Como que ya no podía resistir más el pobre!—dijo Elisa rompiendo a reír.—Lo mejor de todo fue lo que decía para disculpar la porquería... «¡Ésa es una broma!... ¡yo no quiero bromas!...» Cuando se me representa la cara que ponía el infeliz al vernos apurar el vaso, me río como una loca, aunque esté sola...
Ambos reían en efecto, procurando no hacer ruido.
—Por cierto—siguió Elisa, fingiendo seriedad,—que tú más tarde te pusiste un poco alegre, y le diste un beso a mi prima Ramona.
—No me acuerdo.
—Sí; no te acuerdas de lo que no quieres.
—De todos modos, estando borracho, no sabe uno lo que hace.
—No se te ocurriría, sin embargo, echarte al agua.
—¡Claro!
—Pero se te ocurre besar a las muchachas.
—No estando borracho, jamás—afirmó resueltamente José.
—¡Madre mía, si en la hora de la muerte me pusieran a la cabecera tantos angelitos como besos habrás dado!
—Te irías sola para el cielo—repuso el marinero riendo.
La plática se trocaba en alegre disputa: los amantes se embriagaban con aquella charla sencilla hallando tan chistoso lo que mutuamente se decían, que no cesaban de soltar carcajadas, cuyo ruido apagaban llevando la mano a la boca. La noche, oscura y lluviosa, era para ellos plácida y grata como pocas.
Pero Elisa creyó percibir otra vez la respiración que antes la asustara.[105.1] Se quedó algunos instantes distraída; y no queriendo decir nada a José porque no la llamase otra vez medrosa, optó por separarse.
—Ya debe de ser muy tarde, José—dijo levantándose.—Mañana tengo que madrugar... además, nos estamos poniendo como una sopa.[106.1]
El marinero se levantó también, aunque no de buen grado.
—¡Qué bien se pasa el tiempo a tu lado, Elisa!—dijo tímidamente.
La joven sonrió con dulzura oyendo aquella declaración que el marinero no había osado pronunciar hasta entonces, y un poco ruborizada le tendió la mano.
—Hasta mañana, José.
José tomó aquella mano, la estrechó tierna y largamente, y contestó con melancolía:
—Hasta mañana.
Pero no acababa de soltarla: fue necesario que Elisa dijese otra vez:
—Hasta mañana, José.
Tiró de ella con fuerza, y se alejó rápidamente en dirección a la casa. El marinero no se movió, hasta que calculó que estaba ya dentro: luego escaló cautelosamente la cerca, montó sobre ella, y desapareció por el otro lado.
Algunos instantes después, salía de su escondite el Sr. de Meira mojado hasta los huesos.
—¡Pobres muchachos!—exclamó sin acordarse de su propia miseria y trepando con trabajo por el pomar. Y una vez en la calle, enderezó los pasos hacia su mansión feudal acariciando en la mente un noble, cuanto singular proyecto. [106.2]
XI
Pocos días después, D. Fernando de Meira se personó en casa de José, muy temprano, cuando éste aun no había salido a la mar.
—José, necesito hablar contigo a solas; ven a dar una vuelta[107.1] conmigo.
El marinero pensó que llegaba en demanda de socorro, aunque hasta entonces jamás se lo había pedido directamente: cuando el hambre más le apuraba, solía llegarse a él, diciéndole:
—José, a Sinforosa se le ha concluido el pan, y no quisiera tomárselo a la otra panadera... Si me hicieses el favor de prestarme una hogaza...
Mas para que a esto llegase, era necesario que el caballero estuviese muy apurado; de otra suerte, ni directa ni indirectamente se humillaba a pedir nada. No obstante, José lo pensó así, porque no era fácil pensar otra cosa, y tomando el puñado de cuartos que tenía y metiéndolos en el bolsillo, se echó a la calle[107.2] en compañía del anciano.
Guiole D. Fernando fuera del pueblo, y cuando estuvieron a alguna distancia, cerca ya de la gran playa de arena, rompió el silencio diciendo:
—Vamos a ver, José, tú debes de andar algo apuradico de dinero, ¿verdad?[107.3]
José pensó que se confirmaba lo que había imaginado; pero le sorprendió un poco el tono de protección con que el hidalgo le hacía aquella pregunta.
—Phs... así así,[108.1] D. Fernando. No estoy muy sobrado... pero en fin, mientras uno es joven y puede trabajar, no suele faltar un pedazo de pan.
—Un pedazo de pan es poco... No sólo de pan vive el hombre[108.2]—manifestó el señor de Meira sentenciosamente; y después de caminar algunos instantes en silencio, se detuvo repentinamente, y encarándose con el marinero le preguntó:
—¿Tú te casarías de buena gana con Elisa, verdad? José quedó sorprendido y confuso.
—¿Yo?... Con Elisa no tengo nada ya[108.3]... Todo el mundo lo sabe...
—Pues sabe una gran mentira, porque estás en amores con Elisa;[108.4] me consta—afirmó el caballero resueltamente.
José le miró asustado, y empezaba a balbucir ya otra negación cuando D. Fernando le atajó diciendo:
—No te molestes en negarlo, y dime con franqueza si te casarías gustoso.
—¡Ya lo creo!—murmuró entonces el marinero bajando la cabeza.
—Pues te casarás—dijo el Sr. de Meira ahuecando la voz todo lo posible y extendiendo las dos manos hacia adelante.
José levantó la cabeza vivamente y le miró, pensando que se había vuelto loco; después, bajándola de nuevo, dijo:
—Eso es imposible, D. Fernando... No pensemos en ello.
—Para la casa de Meira no hay nada imposible—respondió el caballero con mucha mayor solemnidad. [108.5]
José sacudió la cabeza, atreviéndose a dudar del poderío de aquella ilustre casa.
—Nada hay imposible—volvió a decir D. Fernando lanzándole una mirada altiva, propia de un guerrero de la reconquista.[109.1]
José sonrió con disimulo.
—Atiende un poco—siguió el caballero:—en el siglo pasado, un abuelo mío, don Álvaro de Meira, era corregidor[109.2] de Oviedo. Había allí una casa perteneciente al clero que estorbaba mucho en la vía pública, y el corregidor se propuso echarla abajo. Tropezó en seguida con la oposición del Obispo y cabildo catedral, los cuales le manifestaron que de ningún modo lo intentase, so pena de excomunión; pero el corregidor, sin hacer caso de amenazas, cierto día manda a ella una cuadrilla de albañiles y comienzan a derribarla. Dan parte del hecho al Obispo, alborótase su ilustrísima,[109.3] convoca al cabildo y deciden ir revestidos a excomulgar a todo el que se atreva a tocar en ella; pero mi bisabuelo lo supo, ¿y qué hace entonces? Va y manda a allá[109.4] al verdugo a leer un pregón en que se impone la pena de cien azotes a todo albañil que se baje del tejado... ¡Ni uno solo se bajó, muchacho!... Y la casa vino al suelo.
D. Fernando, con un movimiento enérgico de la mano, derribó de golpe el edificio clerical; mas José pareció enteramente insensible a esta proeza de los Meiras: seguía cabizbajo y triste, considerando tal vez que era lástima que tal poder de infligir azotes no quedase anejo a todos los señores de Meira, en cuyo caso no sería imposible que pidiese unos cuantos para la señá Isabel.
—Cuando a un Meira se le mete algo entre ceja y ceja[110.1]—siguió el hidalgo,—¡hay que temblar!... Toma—añadió sacando del bolsillo un paquetito y ofreciéndoselo:—Ahí tienes diez mil reales: cómprate una lancha, y deja lo demás de mi cuenta.[110.2]
El marinero quedó pasmado, y no se atrevió a alargar la mano pensando que aquello era una locura del Sr. de Meira, a quien ya muchos no suponían en su cabal juicio.
—Toma, te digo; cómprate una lancha, y a trabajar.
José tomó el paquete, lo desenvolvió y quedó aún más absorto al ver que eran monedas de oro. D. Fernando, sonriendo orgullosamente continuó:
—Vamos a otra cosa ahora. Dime: ¿cuántos años tiene Elisa?
—Veinte.
—¿Los ha cumplido ya?
—No señor; me parece que los cumple el mes que viene.[110.3]
—Perfectamente: el mes que viene te diré lo que has de hacer. Mientras tanto, procura que nadie se entere de tus amores... mucho sigilo y mucha prudencia.
D. Fernando hablaba con tal autoridad, y arqueaba las cejas tan extremadamente, que a pesar de su figurilla menuda y torcida, consiguió infundir respeto al marinero; casi llegó a creer en el misterioso e invencible poder de la casa de Meira.
—A otra cosa... ¿Tú puedes disponer de la lancha esta noche?
—¿Qué lancha? ¿la de mi patrón?
—¿Para ir a dónde?
—Para dar un saleo.[111.1]
—Si no es más que para eso...
—Pues a las doce de la noche, pásate por mi casa[111.2] dispuesto a salir a la mar: necesito de tu ayuda para una cosa que ya sabrás... Ahora vuélvete a casa y comienza a gestionar[111.3] la compra de la lancha; ve a Sarrió por ella, o constrúyela aquí; como mejor te parezca.
Confuso y en grado sumo perplejo se apartó nuestro pescador del señor de Meira; todo se volvía cavilar mientras caminaba la vuelta de su casa[111.4] de qué modo habría llegado aquel dinero a manos del arruinado hidalgo, y se propuso no hacer uso de él en tanto que no[111.5] lo averiguase. Pero como los enigmas, particularmente los enigmas de dinero, duran en las aldeas cortísimo tiempo, no se pasaron dos horas sin que supiese que D. Fernando había vendido su casa el día anterior a D. Anacleto, el cual la quería para hacer de ella una fábrica de escabeche, no para otra cosa, pues en realidad estaba inhabitable. El señor de Meira la tenía empeñada ya hacía algún tiempo a un comerciante de Peñascosa en nueve mil reales. D. Anacleto pagó esta cantidad y le dio además otros catorce mil. En vista de esto, José se determinó a devolver los cuartos al generoso caballero tan pronto como le viese, porque le pareció indecoroso aceptar, aunque fuese en calidad de préstamo, un dinero de que tan necesitado estaba su dueño.
Todavía le seguía preocupando, no obstante, aquella misteriosa cita de la noche, y aguardaba con impaciencia la hora, para ver lo que era. Un poco antes de dar las doce por el reloj de las Consistoriales[112.1] enderezó los pasos hacia el palacio de Meira; llamó con un golpe a la carcomida puerta y no tardó mucho el propio D. Fernando en abrirle.
—Puntual eres, José. ¿Tienes la lancha a flote?
—Debe de estar, sí señor.
—Pues bien; ven aquí y ayúdame a llevar a ella esto.
D. Fernando le señaló a la luz de un candil un bulto que descansaba en el zaguán de la casa, envuelto en un pedazo de lona y amarrado con cordeles.
—Es muy pesado, te lo advierto.
Efectivamente, al tratar de moverlo se vio que era casi imposible llevarlo al hombro. José pensó que era una caja de hierro.
—En hombros no podemos llevarlo, D. Fernando. ¿No será mejor que lo arrastremos poco a poco hasta la ribera?
—Como a ti te parezca.
Arrastráronlo, en efecto, fuera de la casa; apagó D. Fernando el candil, cerró la puerta y, dándole vueltas, no con poco trabajo, lo llevaron lentamente hasta colocarlo cerca de la lancha. El señor de Meira iba taciturno y melancólico, sin despegar los labios: José le seguía el humor, pero sentía al propio tiempo bastante curiosidad por averiguar lo que aquella pesadísima caja contenía.
Fue necesario colocar dos mástiles desde el suelo a la lancha y, gracias a ellos, hicieron rodar la caja hasta meterla a bordo. Entraron después, y con el mayor silencio posible se fueron apartando de las otras embarcaciones.
La noche era de luna, clara y hermosa; el mar tranquilo y dormido como un lago; el ambiente, tibio como en estío. José empuñó dos remos, contra la voluntad del hidalgo, que pretendía tomar uno, y apoyándolos suavemente en el agua se alejó de la tierra.
El señor de Meira iba sentado a popa, tan silencioso y taciturno como había salido de casa. José, tirando acompasadamente de los remos, le observaba con interés. Cuando estuvieron a unas dos millas de Rodillero, después de doblar la punta del Cuerno, don Fernando se puso en pie.
—Basta, José.
El marinero soltó los remos.
—Ayúdame a echar este bulto al agua.
José acudió a ayudarle; pero deseoso, cada vez más, de descubrir aquel extraño misterio, se atrevió a preguntar sonriendo:
—¿Supongo que no será dinero lo que V. eche al agua, D. Fernando?
Éste, que se hallaba en cuclillas preparándose a levantar el bulto, suspendió de pronto la operación, se puso en pie y dijo:
—No; no es dinero... es algo que vale más que el dinero... Me olvidaba de que tú tienes derecho a saber lo que es, puesto que me has hecho el favor de acompañarme.
—No se lo decía por eso, D. Fernando: a mí no me importa nada lo que hay ahí dentro.
—Desátalo.
—De ningún modo, D. Fernando; yo no quiero que V. piense...
—¡Desátalo, te digo!—repitió el señor de Meira, en un tono que no daba lugar a réplica.
Obedeció José y, después de separar la múltiple envoltura de lona que le cubría, descubrió, al cabo, el objeto, el cual no era otra cosa que un trozo de piedra toscamente labrado.
—¿Qué es esto?—preguntó con asombro.
D. Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, contestó:
—El escudo de la casa de Meira.
Hubo después un silencio embarazoso. José no salía de su asombro y miraba de hito en hito[114.1] al caballero, esperando alguna explicación; pero éste no se apresuraba a dársela: con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba sin pestañear la piedra que el marinero acababa de poner al descubierto. Al fin dijo en voz baja y temblorosa:
—He vendido mi casa a D. Anacleto... porque un día u otro yo moriré, y ¿qué importa que pare en manos extrañas antes o después?... Pero se la vendí bajo condición de arrancar de ella el escudo... Hace unos cuantos días que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared...: al fin lo he conseguido...
Como D. Fernando se callase[114.2] después de pronunciar estas palabras, José se creyó en el caso de[114.3] preguntarle:
—¿Y por qué lo echa V. al agua?
El anciano caballero le miró con ojos de indignación.
—¡Zambombo! ¿Quieres que el escudo de la gran casa de Meira esté sobre una fábrica de escabeche?
Y aplacándose de pronto, añadió:
—Mira, esas armas... repáralas bien... Desde el siglo XV están colocadas sobre la puerta de la casa de Meira... (no esta misma piedra, porque según se ha ido enlazando con otras casas fue necesario mudarla y poner en el escudo nuevos cuarteles,[115.1] pero otra parecida). En el siglo pasado quedó definitivamente fijada con la alianza de los Meiras y los Mirandas... Son cinco cuarteles; el del centro es el de los Meiras: está colocado en lo que se llama en heráldica punto de honor[115.2]... Sus armas son: azur y banda de plata, con dragantes de oro; bordura de plata y ocho arminios de sable[115.3]... Tú dirás—añadió D. Fernando con sonrisa protectora,—¿dónde están esos colores?... Es muy natural que lo preguntes, no teniendo nociones de heráldica... Los colores en la piedra se representan por medio de signos convencionales: el oro, míralo aquí en este cuartel, se representa por medio de puntitos trazados con buril; la plata, por un fondo liso y unido; el azur, por rayitas horizontales; los gules, por rayas perpendiculares, etc., etc.... es muy largo de explicar... Los Meiras se unieron primeramente a los Viedmas, y aquí está su escudo en este primer cuartel de gules y una puente de plata de tres arcos, por los cuales corre un caudaloso río; y una torre de oro levantada en medio de la puente; bordura de plata y ocho cruces llanas de azur[115.4]... Después se unieron a los Carrascos, y aquí tienes a la izquierda su cuartel, partido en dos partes iguales: la primera de plata y un león rapante de sable; la segunda de oro y un árbol terrazado y copado, con un pájaro puesto encima de la copa y un perro ladrante al pie del tronco[115.5]... Ni el pájaro ni el perro se notan bien, porque los ha destruido la intemperie... pero aquí están... Más tarde se unieron a los Ángulos: su cuartel es de plata y cinco cuervos de sable puestos en sautor[116.1]... Tampoco se notan bien los cuervos... Por último, se unieron a los Mirandas, cuyo cuartel es de oro y un castillo de gules en abismo, sumado de un guerrero armado con alabarda, naciente de las almenas, acompañado de cinco roeles de sinople y plata, puestos dos de cada lado y uno en la punta[116.2]... Todo el escudo, como ves, está coronado por un casco de acero bruñido de cinco rejas.
Nada entendió el marinero del discurso del señor de Meira; mirábale de hito en hito con asombro. El mar balanceaba suavemente la barca.
—De la casa de Meira—siguió D. Fernando con voz enfática—han salido en todas las épocas hijos muy esclarecidos; hombres muy calificados... Demasiado sabrás tú que en el siglo XV D. Pedro de Meira fue comendador de Villaplana, en la orden de Santiago,[116.3] y que D. Francisco fue jurado[116.4] en Sevilla y procurador en las Cortes de Toro.[116.5] También sabrás que otro hijo de la misma familia fue presidente del Consejo de Italia:[116.6] se llamaba D. Rodrigo: otro, llamado D. Diego, fue oidor de la real Audiencia[116.7] de la ciudad de Méjico y después presidente de la de Guadalajara. En el siglo pasado, D. Álvaro de Meira fue regidor[116.8] de Oviedo y fundó en Sarrió una colegiata y un colegio de primeras letras y latinidad; bien lo sabrás.
José no sabía absolutamente nada de todo aquello; pero asentía con la cabeza para complacer al desgraciado caballero, el cual se quedó repentinamente silencioso, y así estuvo buen rato, hasta que comenzó a decir, bajando mucho la voz y con acento triste:
—Mi hermano mayor, Pepe, fue un perdido... bien lo sabrás...
En efecto, era lo único que José sabía de la familia de Meira.
—Le arruinó una bailarina... Los pocos bienes que a mí me habían tocado, me los llevó amenazándome con casarse con ella si no se los cedía... Yo, para salvar el honor de la casa, los cedí... ¿No te parece que hice bien?
José asintió otra vez.
—Desde entonces, José, ¡cuánto he sufrido!... ¡cuánto he sufrido!
El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.
—La gran casa de Meira muere conmigo... pero, no morirá deshonrada, José; ¡te lo juro!
Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida luz[117.1] en el agua.
Al cabo de un largo espacio, D. Fernando salió de su meditación, y volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:
—Vamos allá[117.2]... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por éste...
Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después, D. Fernando la dio un fuerte empujón: el escudo de la casa de Meira rompió el haz del agua con estrépito, y se hundió en sus senos oscuros. Las gotas amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.
Quedose algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido; levantándose después, dijo sordamente:
—Boga para tierra, José.
Y fue a sentarse de nuevo a la popa.
El marinero comenzó a mover los remos sin decir palabra. Aunque no comprendía el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los demás vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar sentía profunda lástima y no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el propósito de devolverle el dinero, no se apartaba de su cabeza, porque veía claramente que tal favor en las circunstancias en que se hallaba D. Fernando, era una verdadera locura: le bullía el deseo de acometer el asunto, pero no sabía de qué manera comenzar: tres o cuatro veces tuvo la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retiró por no parecerle adecuada. Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no halló traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del bolsillo y presentárselos al caballero diciendo algo avergonzado: