María, Cirila; después Vicenta.
Cirila. Niña del alma, no te acobardes. Poco amable y nada generoso ha estado el vecino. Probaremos405 con otros. (Saca la carta.) Con variar el nombre...
María. (Vivamente, mirando a la parte obscura de la escena por donde ha desaparecido León, arrebata a Cirila la carta y la estruja.) Acábese esta ignominia. (Rompe la carta y arroja los pedazos. Aparece Vicenta por la410 puerta del patio. Viste traje para la fiesta.) Su proceder duro, casi bárbaro, es para mí un aviso del Cielo. Admiro en ese hombre la severidad de un maestro inflexible.
Vicenta. (Aparte.) ¡Aquí María!... ¡y qué elegante!...415
Cirila. La señora Alcaldesa.
María. (Aparte a Cirila.) Apártate... Vigila en la escalera. (Cirila se aleja por la derecha, cautelosa, y aguarda sentada en el primer peldaño.)
Escena IV
María, Vicenta.
Vicenta. ¡María... querida! Usted, impaciente por420 mi tardanza, ha bajado a esperarme.
María. Sí: esperaba a usted...
Vicenta. Vengo retrasada. Cosiendo hasta muy tarde hemos estado mi hermana y yo con el dichoso arreglo. (Mostrando su vestido.) Yo quería que lo viese su mamá.425
María. Mamá se acuesta muy temprano.
Vicenta. (Girando sobre sí.) ¿Qué tal estoy?...
María. (Riendo.) ¡Horrible! No podía usted discurrir un arreglo más desatinado.
Vicenta. ¡Oh, qué pena me da usted!... Pero ya430 no tiene remedio... Vámonos.
María. No: yo no voy. Después de vestida, decido no ir.
Vicenta. Entonces, ¿qué hacía usted aquí?
María. Salíamos... (Sin saber qué decir.) Íbamos a435 casa de usted para que me viese...
Vicenta. (Deslumbrada por la elegancia y riqueza del atavío de María.) ¡Oh, suprema elegancia! Está usted divina, ideal.
María. Vea usted, Vicenta: con un traje como éste440 debiera usted presentarse esta noche en los jardines de Teodolinda, iluminados a giorno. Una toilette así es lo que a usted le corresponde, por su posición, por su natural elegancia y belleza... y no ese adefesio barato, que va pregonando las hechuras de casa y el aprovechamiento445 de trapitos. (Burlándose.) ¡Pobre amiga mía! No puede usted imaginar qué lástima le tengo.
Vicenta. (Consternada.) No me lo diga usted más, porque hago lo que usted: no ir.
María. (Vivamente.) No, no, Vicenta. Usted no450 puede faltar. ¡Qué se diría! No, no... De ninguna manera...
Vicenta. ¡Vaya que es desdicha! No tan bueno como ése, pero elegantísimo también y de gran novedad, es el vestido que yo encargué. (Furiosa.) ¡Ay,455 qué bribona de modista; era cosa de arrastrarla!...
María. (Imitando su furia.) De sacarle los ojos. Sí, porque con su informalidad la pone a usted en un ridículo espantoso. Yo lo siento tanto como usted, y estoy pensando que... (Pausa.)460
Vicenta. (Con gran ansiedad, reparando en todas las partes del hermoso vestido.) ¿Qué, hija mía?
María. (Gozando con la ansiedad de Vicenta.) Pienso... que con este traje estaría usted encantadora, Vicenta.465
Vicenta. ¡Oh, sí...!
María. ¡Y qué golpe daría usted si con él se presentara en el baile! Usted imagínese la grandiosa decoración del parque y jardines... los focos eléctricos, que darán a las mujeres bien vestidas un aspecto ideal, fantástico...470 y por fondo el follaje verde, salpicado de lucecitas...
Vicenta. (Entusiasmada.) ¡Oh, incomparable! Creerían que es el vestido que encargué a Madrid... María, amiga del alma, ¿es cierto lo que sospecho?475 Me dice el corazón que usted, con su generosidad sin ejemplo, se digna prestarme... (María hace signos afirmativos, lentamente.) ¡Oh, qué alegría! ¿Con que...?
María. (Empezando a ponerse grave.) Hay algún480 inconveniente.
Vicenta. ¿Cuál?
María. Yo le prestaría a usted con mucho gusto mi traje... pero... si luego me lo ven a mí, ¡qué dirán!
Vicenta. (Desconsolada.) ¡Ah, sí...! no había485 caído...
María. No debo prestar a usted mi vestido, no... Pero... por otro medio podría lucirlo. (Pausa, expectación de Vicenta.)
Vicenta. ¿Cómo?490
María. Comprándolo.
Vicenta. (Asustada, cruzando las manos.) ¡María!
María. Vendo esta ropa, que es absurda, irrisoria, en la humilde situación a que ha llegado mi familia. Mi padre es pobre, tan pobre que no lo son más los que495 mendigan en las calles. Ya no hay forma de disimular ni encubrir nuestra descarnada miseria...
Vicenta. (Compadecida.) ¡Pobre amiga de mi alma! ¡Qué pena!... Sí: compro el vestido... compro todo: traje, sombrero, abrigo... Pero ello ha de ser para500 ponérmelo y lucirlo esta noche.
María. Tiene usted tiempo.
Vicenta. (Con gran impaciencia.) Pero no podemos descuidarnos.
María. Espérese un poco. Aún tenemos que505 estipular...
Vicenta. Naturalmente, el precio.
María. Que no puede ser corto. Usted, señora rica y de buen gusto, puede apreciar... Fíjese bien: este traje es de Redfern, el primer modisto de París...510
Vicenta. Ya se conoce.
María. Rue de Rivoli, 242. Viste a la Emperatriz de Rusia y a la Reina de Inglaterra.
Vicenta. Y será carísimo.
María. Usted figúrese... Mis padres encargaron y515 pagaron estos lujosos trapos dos meses ha, cuando ya eran pobres, casi miserables. Lo que ellos dieron entonces a la vanidad, justo es que la vanidad se lo devuelva.
Vicenta. Amiga mía, me hago cargo de las circunstancias, y sé que me obligan a ser generosa. Fije usted520 un valor razonable, teniendo en cuenta que es prenda usada, y no regatearemos. (Impaciente porque María se quite el vestido.) Y ahora... Porque los instantes vuelan, María. El precio y pago lo arreglaremos mañana.
María. Perdone usted, Vicenta. Los malditos mañanas,525 causa de tantos desórdenes, están abolidos...
Vicenta. ¿Por quién?
María. Por mí. Me propongo cambiar radicalmente mi modo de ser. Ya no soy aquélla, soy otra. La gravedad, la urgencia del caso exigen que esta noche quede530 todo resuelto y concluido: la entrega de la ropa, el pago, etc... No he de ser exigente. De lo que costaron a mi padre este rico traje y sus accesorios... ya usted ve: todo nuevecito... sólo una vez me lo puse en Madrid,... rebajo la mitad.535
Vicenta. Bien.
María. Si usted quiere lucirlo esta noche haciéndolo pasar por el que encargó a Madrid, tiene que darme...
Vicenta. ¿Cuánto?540
María. (Con energía.) No mañana, mañana no, esta noche misma, ahora, corra usted a su casa, que está bien cerca, dos pasos, y tráigame... cuatrocientos duros.
Vicenta. (Confusa, sin saber qué hacer.) Pero... verá usted... el caso es que esta noche... Naturalmente,545 no voy a decirle a Nicolás... Quizás se opondría.
María. Pues entonces, no hay trato.
Vicenta. Mañana, amiga mía... ma...
María. (Cortándole el concepto.) No hay amiguitas, ni carantoñas, ni mañanas, ni nada de eso. ¿No sabe550 usted que soy de bronce?
Vicenta. Ya lo veo, ya... Pero... No sé cómo arreglarlo... (Con una idea salvadora.) ¡Ah! Si usted se aviene a recibir esta noche la mitad, un poquito menos... Sin enterar a Nicolás ni a nadie, puedo disponer ahora555 mismo de unas novecientas pesetas.
María. Acepto, siempre que usted me dé formal promesa de entregarme el resto antes de las veinticuatro horas... mil cien pesetas.
Vicenta. Justas y cabales. Pero no perdamos tiempo...560 Corro a casa... Nicolás, a quien dije que iríamos juntas, ya está allá. Luego le diré: «¿no sabes? llegó el vestido...» Y mañana le cuento... En fin, yo lo arreglaré... tardaré tres minutos... Que cuando yo venga, esté usted despojada... ¿Subiré a su casa?565
María. No: espéreme aquí. (Se quita el abrigo y sombrero.)
Vicenta. A prisita, a prisita, para que yo tenga tiempo... (Vase corriendo por el patio.)
Escena V
María, Cirila; después Don Pedro, dentro.
Cirila. (Deteniendo a María que se dirige a la escalera,570 llevando en la mano sombrero y abrigo.) No subas: tu papá, inquieto y desvelado, con el torbellino de sus ilusiones, no hace más que pasear por toda la casa, y a ratos sale a la galería alta.
María. (Indicando la glorieta, junto a la escalera.)575 Pues aquí mismo. (Entrega a Cirila el abrigo, el sombrero.) Sube corriendo y traeme un peignoir. Si te preguntan... di... cualquier cosa, que lo piden la Alcaldesa y su hermana para modelo.
Cirila. Voy. (Presurosa sube a la casa.)580
María. (Sola desabrochándose.) ¡Qué agradecida estoy a ese hombre! Su negativa me ha puesto en el verdadero camino. (Óyese la voz de Don Pedro, que en la galería alta llama.)
Don Pedro. ¡Cirila, Cirila!585
María. (Con voz muy queda, gozosa.) Señor Marqués, señor papaíto, ya tenemos dinero.
Don Pedro. ¿Pero dónde se mete esa...?
María. Y sin pedir nada a nadie.
Cirila. (Baja rápidamente con la prenda pedida.)590 Aquí está. (Señalando la galería alta hacia el fondo.) Ya se ha cansado de llamar; ya se va.
María. (Cogiendo el peignoir.) Dáme. (A Cirila que fija la vista en la reja y puerta de la casa de León.) ¿Qué miras?595
Cirila. Parecióme ver los ojos del hombre negro acechando tras de la reja.
María. Ilusión tuya. (Entra en la glorieta. Cirila le desabrocha el vestido.) Nadie más que tú verá el nacimiento de la mujer nueva. (Gozosa.) Cirila, abrázame.600
Cirila. ¿Estás contenta?
María. ¿No lo ves?... ¿No notas tú que el mundo todo se ha transformado? No, tú no lo notarás.
Cirila. Es tu alegría.
María. No: es el mundo que me sonríe y me dice:605 «Soy muy grande. Estoy lleno de tesoros... Ven, toma para ti lo que encuentres, que no sea de los demás. Recoge todo, recoge los átomos...»
Cirila. Vaya, no delires tú ahora. (Ayudándola a cambiar de ropa.)610
María. (En la glorieta habrá un trozo de follaje, tras el cual se oculta María al desprenderse de la falda y cuerpo.) Es la sociedad que me dice: «Mírame: no soy toda egoísmo, no soy toda vanidad y mentiras. Estoy llena de virtudes: búscalas, y en ellas encontrarás la vida.»615
Cirila. Es tu ilusión de sustentar a la familia.
María. Es Dios que me dice: «Soy la voluntad que hizo el mundo. A ti te di la existencia, y por redimirte sufrí martirio. Adórame Redentor y mártir... Adórame también Creador.» (Vuelve Vicenta presurosa por el620 fondo. Busca a María en el sitio donde la dejó. De la glorieta sale María completamente transformada.)
Escena VI
María, Vicenta, Cirila.
Cirila. Aquí, señora.
Vicenta. (Llega junto a María y le entrega los billetes.) Aquí está. Cuéntelo...625
María. (Toma los billetes sin mirarlos.) Gracias, amiga mía.
Vicenta. ¿Y cómo no ha subido usted?...
María. No conviene que se enteren. No pierda usted tiempo, Vicenta.630
Vicenta. (Muy impaciente.) Sí: me vestiré al instante. (Recoge la ropa.)
María. (Coge la mano de Vicenta y la retiene entre las suyas.) Ahora, júreme por la salud de sus hijos que me dará lo restante...635
Vicenta. Antes de las veinticuatro horas.
María. Júreme también que me guardará el secreto.
Vicenta. Mi marido y mi hermana tienen que saberlo.
María. Pero nadie más... Júremelo.
Vicenta. Nadie más. Por la salud de mis hijos.640
María. Bueno: adiós. ¿Lleva usted todo?
Cirila. Cuerpo, falda... (Le va entregando todo.)
María. Sombrero, abrigo...
Vicenta. (Recogiendo todo cuidadosamente.) Está bien.645
María. Estará usted...
Vicenta. (Con entusiasmo.) ¡Oh, elegantísima! Adiós. Hasta mañana. (Vase corriendo.)
Cirila. (Después de mirar por la escalera.) Podemos subir. Tu papá se ha retirado. Nos meteremos en mi650 cuarto.
María. Sí. (Contemplando los billetes.) Dinero de mi pobreza, ya estamos aquí frente a frente tú y yo... ¿Qué quieres decirme al venir a mí? Que desde que te inventaron los hombres eres muy malo, y que por malo655 te han puesto innumerables motes injuriosos... que revuelves todo el mundo y originas infinitos desastres... ¡Ah! ya veremos eso... Conmigo no juegas. ¡No sabes tú en qué manos has venido a parar!... ¿Serás bueno, eh?... Seremos amigos. (Los besa y los guarda en el660 seno.)
Cirila. Vámonos ya.
María. Un momento. (En el centro de la escena, vuelta hacia la casa de León.) ¡Maestro...!
Cirila. No responde... No hay nadie.665
María. Hablo con su espíritu, mujer. (Alzando más la voz y mirando siempre a la izquierda.) Ya no soy aquélla... soy otra.
Cirila. (Asustada.) Cállate, niña mía...
María. No puedo. Déjame expresar mi alegría, mi670 gratitud... Maestro, buenas noches. (Dirígese a la escalera con paso ligero.)
ACTO TERCERO
Sala baja en el palacio de Alto-Rey. En el fondo dos grandes rejas por las cuales se ve un patio con árboles separado de la calle por un muro bajo o empalizada. A la izquierda, puerta por donde entran los que vienen de la calle. A la derecha, puerta grande que comunica con el interior.—Mesa grande a la derecha, con cajón practicable; a la izquierda otra mesa sobre la cual hay piezas de puntilla y cajas de flores artificiales, pasamanería. Parte de estos objetos están a la vista, fuera de las cajas. Debajo de la mesa, más cajas. En el fondo grandes armarios antiguos, con puertas de nogal. En el ángulo de la derecha un perchero con ropa de María. Ésta, junto a la mesa de la derecha, de perfil al público, toma nota de existencias. Viste con elegante sencillez; se cubre con un largo delantal. Cirila está mirando a la calle por la reja. Óyese lejano rumor de panderetas y cantos populares.
Escena Primera
María, Cirila.
María. ¿Pero qué bulla es esa?
Cirila. Primer día de ferias. El pueblo quiere divertirse. (Dirígese a la mesa de la izquierda.)
María. Sigamos. De puntillas quedan... dos cajas...
Cirila. (Contando piezas de puntilla.) Dos, y estas5 cuatro piezas.
María. Lástima no haber traído más.
Cirila. Inspirada fue tu invención de esta granjería. Los tenderos de aquí traían un género anticuado, carísimo, y más falso que Judas... y tú, pidiéndolo directamente a10 la fábrica y contentándote con una ganancia corta...
María. (Atenta a sus notas.) Doscientas doce. (Hace su apuntación en pie.)
Cirila. (Suspendiendo el trabajo.) ¿Sabes, mi ángel, que es una maravilla lo que has hecho? En poco más15 de dos meses...
María. Dos meses y algunos días desde aquella noche... Parece que fue ayer...
Cirila. Cuando le vendiste a doña Vicenta tu ropa... ¡Ay, de rodillas debiera adorarte la familia! Mira que...20 Imposible parece...
María. Vamos, Cirila, no te entretengas. Si no me ayudas, tendré que volver a ponerte en la cocina. (Pasa a la mesa de la derecha.)
Cirila. ¡Ay! no, no: déjame aquí. (Vuelve a su25 trabajo.) Por cierto que con la nueva cocinera están muy contentos los señores. Tu papá la llama el jefe. Esta mañana, a más del rosbif, ha traído Bernarda unas aves riquísimas, pavipollos que parecen bolas de manteca... un jamón de York... pasas de Corinto para hacer plum30 pudding... té superior... foie-gras... y vino blanco, de ese que llaman Chablis... (Pasa a la derecha.) ¿Pero no sabes, bobita? (Con misterio.) Quieren convidar a comer al señor de Corral.
María. (Vivamente.) ¡A ese gaznápiro insufrible!35 ¡Vaya que es gana de contrariarme! Sabiendo mi antipatía, mi repugnancia.
Escena II
Las mismas; Menga. Mozuela del pueblo, vendedora en la plaza. Viste pobremente; trae al brazo un gran cesto con sus variadas mercancías; en la mano un palo tarja. Su hablar es áspero y descarado.
Menga. (Por la izquierda.) ¿Ha lugar, muesama?
María. Adelante, Menga.
Menga. Si quié que ajustemos la cuenta... (Saca40 un bolsón mugriento.)
María. Vamos allá. (Se sienta. Saca del cajón de la mesa una cestilla con dinero y un papel.)
Menga. Léame la apuntación, a ver si hay conformidá.45
María. Tienes que darme: pesetas...
Menga. (Vivamente.) ¡Noramala con las pesetas! ¡Cuénteme por benditos riales!
María. Pues cuatrocientos ochenta reales. Bien clarito está.50
Menga. No, muesama.
María. ¿Que no? Pues haz tú la cuenta.
Menga. Cuenta clara. (Mirando el palo en que tiene hecha la cuenta por cortaduras a navaja.) Sesenta piezas.55
María. Sesenta piezas.
Menga. A siete y medio. Pus son: cuarenta dieces, más cuatro cincos, que hacen veinte, más sesenta medios riales. Esto sí que es claro.
María. A ver. (Mirando la tarja.) Ya... es que60 tú te descuentas tu corretaje...
Menga. ¡Pus no!
María. ¡Pero si del corretaje te llevo yo cuenta aparte! (Saca otro papel.) Toma: treinta reales. (Se los da.)65
Menga. (Coge su dinero. Saca del bolsón billetes y plata.) Cuentas claras: cuarenta y cinco dieces, más seis cincos... Ahí tiene... Ahora déme (Sacando cuenta mental, ayudada de los dedos.) veinte piezas, y otras veinte, y cinco más.70
Cirila. Cuarenta y cinco. Toma. (Se las va contando.)
Menga. Las aldeanas no quién otra cosa. Yo les digo que to l' señorío de Madril lo gasta, la Reina mesmamente en sus camisolines... y que lo train de unas75 fráicas nuevas de las Alemañas, o del quinto infierno.
María. No te quejarás, Menga: bien te doy a ganar.
Menga. No hay queja, muesama. Pero vea: siete bocas tengo que tapar: mi madre, mi güela de padre, mi güelo de madre, y cuatro sobrinos mocosos, tamaños80 así.
María. Pero tú ganas mucho. Eres gran comercianta.
Cirila. Pues no llevas aquí poco material. (Mirando el contenido del cesto.)
María. ¿Qué vendes, a más de la puntilla?85
Menga. (Mostrando sus mercancías.) Poca cosa: vendo cangrejos, peines, cuerdas de guitarra, aleluyas para los chicos, y velas para los difuntos.
Cirila. ¡Ay, qué allegadora!
María. Dios la protegerá. (Entra Vicenta por la90 izquierda.)
Escena III
Las mismas, Vicenta.
Vicenta. ¡Queridísima...!
María. ¡Oh, Vicenta...! (Se levanta. Alegre va a su encuentro.) ¿Qué hay, qué noticias me trae?
Vicenta. (Con entusiasmo.) Hija, las flores y pájaros95 para adorno de sombreros han tenido una aceptación colosal. ¡Qué feliz idea! No llegaban acá más que porquerías anticuadas... Me ha dicho Josefita que se queda con todo, y que le mande usted la factura.
María. Bien. (Destapa cajas y le muestra más flores100 y otros objetos.) Tengo más, mucho más... Mire, mire: aquí más flores... pájaros lindísimos... Aquí cascos de paja... ¡Vea usted qué cosa más elegante!
Vicenta. (Con grande admiración.) ¡Oh, qué maravilla!105
María. (Sigue mostrando.) Vea la encajería para adorno de vestidos.
Menga. (Acercándose con Cirila y admirando aquellos primores.) Miá, miá, lo que trujo pa las señoras de acá... ¡Hale con ellas, muesama, y engáñelas y sáqueles la110 enjundia, que son bien ricachonas!
Vicenta. Ha tenido el talento de adivinar los adelantos de esta villa...
Menga. ¡Qué no discurrirá ésta, si tié los dimonios en el cuerpo!115
Cirila. Los ángeles tiene, que no demonios, bruta.
Menga. Lo mesmo da... que hay dimonios del Cielo.
Cirila. ¡Jesús, qué blasfemia!
Menga. O angelicos de los infiernos... Dígolo porque120 ésta paiz un dimonio, y es, como quien dice, santa... Ea, dame lo mío.
Cirila. (La va cargando de piezas.) Santa es: no lo sabes tú bien.
Menga. (Acomodando su carga en el cesto y en la125 cabeza.) Echa más... ¡Arre ahora!
María. ¡Adiós Menga, ricachona!
Menga. (Abrumada con su carga.) Adiós, Santa Mariucha. (Vase por la izquierda.)
María. (A Cirila.) No te necesito por ahora. Acompaña130 un ratito a mamá. (Vase Cirila por la derecha.)
Escena IV
María, Vicenta.
Vicenta. Josefita colocará desde luego parte de estos primores. Ha estado usted felicísima. Agramante será dentro de poco un pequeño Madrid. Como dice Nicolás, la ola del lujo avanza, avanza...135
María. Tendrá Josefita muchos encargos.
Vicenta. Como que se verá muy mal para poder cumplir. Ya sabe usted que para la inauguración del nuevo teatro tendremos aquí la compañía del Español. Nos abonaremos... todo el señorío.140
María. Y venga lujo, vengan flores y encajes... y sombreros grandísimos, que son lo más propio para teatro.
Vicenta. Lo más elegante.
María. Así da gusto ver las butacas, hechas un bosque145 de plumas.
Vicenta. En nuestro lindo coliseo, desplegará la aristocracia agramantina un lujo... (Sin recordar el adjetivo.) ¿Cómo se llama al lujo?... ¡Ah! inusitado.150
María. ¡Bien por Agramante!
Vicenta. Y ahora, otra cosa. (Se sienta frente a ella.) Y esto que voy a decirle, querida mía, es un tantico desagradable...
María. (Alarmada.) ¿Qué, Vicenta?155
Vicenta. No, María, no es para asustarse... Soy su mejor amiga; me intereso mucho por usted, y quiero prevenirla de ciertos rumores...
María. (Serena.) ¿A ver, a ver?... ¿Qué dicen de mí?160
Vicenta. Naturalmente, todo el mundo encuentra muy extraordinario, encuentra inverosímil que una mujer sola pueda...
María. ¿Levantar del suelo a una familia, sostenerla en una pobreza decorosa?... ¡Vaya con el milagro!165 ¿Y de esto se asombran?
Vicenta. Se asustan, se escandalizan. Este compra-y-vende de una señorita noble, hija de Marqueses, no está en nuestras costumbres.
María. Ni ello les cabe en la cabeza a estas mujercitas170 encogidas y para poco... Como si lo estuviera oyendo, Vicenta... dirán que una mujer no puede ganar dinero...
Vicenta. Honradamente. Se lo digo a usted con toda esa crudeza, para, que se indigne.175
María. No, amiga mía: si no me indigno.
Vicenta. ¡Y se queda tan fresca!
María. Cuando me determiné a sacar a mis padres de la miseria, por los medios que usted conoce, ya conté con que me habían de tomar por loca, o por otra cosa180 peor... y fortifiqué mi alma contra esos ataques... que no podían faltar.
Vicenta. ¿De modo que usted no teme...?
María. ¿A lo que llaman la opinión, a la falsa crítica, a la mentira maliciosa? No la temo. Todo es pura185 espuma, y yo soy roca.
Vicenta. Dios la conserve a usted en esa fortaleza y serenidad.
María. Con ellas me va muy bien: nadie viene a turbarme...190
Vicenta. ¿Nadie? (Picaresca.) Eso no es verdad; que por ser usted mujer de tanto mérito, no le falta el asedio de pretendientes, alguno tan enfadoso como el pobre Corral...
María. ¡Mentecato como ése!195
Vicenta. Loco está por usted, y a los desdenes responde con mayor exaltación... La verdad: yo, en el caso y en las circunstancias de usted...
María. (Imponiéndole silencio.) No siga, Vicenta, se lo suplico... y hablemos de otra cosa. (Transición200 rápida a las ideas alegres.) Hablemos de esto, de mi lindo comercio. ¿Sabe usted que tengo que ver a Josefita y acordar con ella plazos, precios...?
Vicenta. Iremos juntas. Yo también tengo que verla. ¿Vámonos ahora?205
María. Dentro de un rato, si le parece bien.
Vicenta. (En actitud de despedirse.) Viene usted a mi casa, o llama desde el balcón... (Recordando.) ¡Ah!... Otra cosa: ya decía yo que se me olvidaba lo más importante... Esta tarde empiezan las fiestas de210 la Virgen de las Mieses... Es la locura de Agramante. Mañana y pasado, gran baile popular en el campo que rodea el Santuario, al pie del monte. Es costumbre de las señoras principales, en días tan alegres, sacar de las arcas los mantones de Manila.215
María. ¿Y bailan?
Vicenta. Baila sólo el pueblo. Nosotras organizamos meriendas, paseamos en el bosque, nos reunimos las amigas, formamos corros...
María. ¡Oh, sí!... Un rato de expansión, al aire220 libre, entre personas amables, me agradará mucho...
Vicenta. Pues allá nos vamos. Yo tengo mantones...
Escena V
María, Vicenta; León, por la izquierda.
León. (En la puerta, gozoso, gallardo, descubriéndose.) Saludo a María, estrella de la mañana, torre de marfil, asiento de la sabiduría.225
María. Ora pro nobis. (Riendo.) ¡Cómo viene hoy! (Ocupa su sitio en la mesa.)
Vicenta. (Aparte.) ¡Jesús, qué saludos tan poéticos usa este hombre carbonífero!
León. Señora Alcaldesa, Dios la guarde. (A María.)230 Hoy, más que ningún día, anhelaba yo venir a tomar sus órdenes.
Vicenta. (Aparte.) ¡Y entra aquí como en su casa! Pues yo no me voy sin enterarme... (Retirándose a la izquierda.)235
María. No se aparte usted, Vicenta. Todo lo que hablemos León y yo puede usted oírlo.
León. Tratamos de negocios. (Saca una voluminosa cartera y la pone en la mesa.) Señora Alcaldesa, acérquese usted. Aquí no hay secreto, porque los arrebatos240 de mi admiración por esta señorita sin par, de nadie los recato... quiero que sean públicos.
Vicenta. Y lo serán... Ya empiezan a serlo.
María. Vaya, vaya, tenga juicio.
Vicenta. (Maliciosa.) Creo haber oído... que245 María debe a usted sus conocimientos mercantiles.
León. No merezco el honor de llamarme su maestro. Si esto se dice, será porque algún ejemplo de mi azarosa vida le sirvió de lección saludable. De aquellos ejemplos ha sacado su ciencia; de su ciencia, sus triunfos y la250 reparación de su casa y familia.
Vicenta. ¿Es cierto, amiga mía?
María. Cierto será cuando él lo dice, Vicenta.
Vicenta. Bien. (A León con picardía.) Sabe mucho su alumna.255
León. ¡Que si sabe! (Observando a María, que sonríe.) Vea usted esos ojos, que penetran en toda la realidad humana.
Vicenta. ¡Los ojos!... Ésa es la ciencia que a usted le fascina, señor mío.260
María. No le haga usted caso, Vicenta. Hoy le desconozco: el hombre más aplomado y más sereno del mundo, se nos presenta como un cadete sin juicio... ¿Qué le pasa a usted hoy?
León. Me pasa... Pues verá usted: hoy he despertado265 con una idea luminosa, que repentinamente brotó en mí como una inspiración. Pensé...
María. (Con gran interés, levantándose y pasando al centro.) ¿A ver, qué ha pensado el hombre?
León. Muy sencillo... Pienso... como si Dios murmurara270 en mi alma... pienso que después de tanto penar, después del largo espacio de soledad y afanes en mi trabajosa vida, ya merezco el descanso, la alegría. Acábese mi Purgatorio y denme el Cielo, que ya tengo bien ganado.275
Vicenta. ¿Y quién es usted para decir y afirmar que lo merece ya?
María. Eso sólo Dios lo decide.
León. Pues... a eso voy. Creo que Dios ha decidido mi indulto.280
María. ¿En qué se funda para creerlo así?
León. En que... hoy, hoy ha dispuesto Dios... algo que estimula mis esperanzas. Y al hacerlo así, me ha dicho...
Vicenta. ¿Dios?... ¿Pero habla Dios con los285 comerciantes?
León. Alguna vez... Pues me ha dicho... «Pobre alma, acábese tu suplicio... ven... llama a la puerta de mi Cielo... No faltará un ángel que te abra...»
Vicenta. ¿Y ha llamado usted?290
León. Voy a llamar.
Vicenta. (Aparte.) Sin duda estorbo para el llamamiento... Pero aquí me planto.
María. (Queriendo variar de conversación.) En fin, loquinario, ¿viene usted o no a que pongamos en orden295 nuestras cuentas?
León. No... Digo, sí... vengo a eso... y a otra cosa. Empecemos por las cuentas.
Vicenta. (Apartándose.) ¡Ay, ay, ay! Estas cuentecitas... me parece a mí que es el diablo quien las300 arregla.
León. (Saca de su cartera un papel.) Liquidación de azulejos.
Vicenta. ¿Qué, también vende alfarería? En el nombre del Padre...305
León. Alfarería y cerámica superior. ¿A qué ese asombro? Mi discípula pidió a Sevilla dos partidas de azulejos: la una superior, con reflejos metálicos... la otra ordinaria. A mí me dio el encargo de colocarlas... ¿Pero no ha visto usted el zócalo del nuevo salón del310 Ayuntamiento?
Vicenta. Y los portales de las casas nuevas... sí.
León. (A María.) La clase superior se ha vendido ya totalmente. La otra ya irá saliendo. Liquidaremos las dos...315
María. No: liquidemos sólo la partida realizada.
Vicenta. (Aparte.) Estas partiditas y estas liquidacioncitas... ¡ay! (Suspira.)
León. (Saca billetes de su cartera.) Son ochocientas treinta y dos... Rebajadas las letras de Aguiló Hermanos,320 Pasamanería, que pagué, resultan...
María. (Después de hacer rápida cuenta.) No tiene usted que darme más que cuatrocientas catorce, con diez céntimos.
León. Hija, no: seiscientas veintiocho.325
María. ¿Y su comisión, no la descuenta?
León. Deje usted. Otra vez será.
María. No, no. ¡Lucido está el maestro! ¡Vaya un ejemplo que me da!... No hacemos más tratos si no descuenta ahora mismo...330
León. Bueno, bueno: no riña. (Contando.) Cuatrocientas catorce... No discuto con usted ninguna de las formalidades mercantiles, y tomo lo que, según convenio, me corresponde. Esto no quita para que esté dispuesto ahora y siempre a dar a usted mi hacienda toda, mi vida,335 y mil vidas si mil tuviera.
Vicenta. (Aparte.) ¡Ay, Dios mío, esto está perdido!
María. Pues con esto, unido a lo que me trajo usted ayer por las vajillas de porcelana superior y la cristalería340 de Bohemia (Contando en la cesta del dinero)... y otras cosillas, tengo en mi caja más de dos mil pesetas... Verdad que hay aquí un ingreso... (Picaresca.)
León. ¿De qué?
María. ¡Curiosón!... Esto es una partida secreta...345 un dinerito que me ha caído del Cielo. No puedo decir más.
Vicenta. (Aparte maliciosa.) ¡Qué cielo será ése, Señor, de donde caen estos dineritos!
María. Bueno, bueno. Pues lo que debo a usted350 sigo pagándolo en partiditas... Abóneme otras trescientas pesetas. (Se las pone delante.)
León. ¿De veras no las necesita? Antes que los principios, está la conveniencia de usted.
María. (Insistiendo.) No, hijo: cuando digo que...355
Vicenta. (Aparte.) ¡También le presta dinero!
León. (A Vicenta.) Estos son negocios, esto es ley y mutuo auxilio comercial, señora Alcaldesa.
María. Llevamos nuestras cuentas con todo rigor.
León. Aquí no hay engaño ni misterio. Señora mía,360 está usted en la casa de la sinceridad, de la honradez más pura.
Vicenta. Sí, sí... Pero estos tratos y combinaciones...
León. (Con brío.) A gritos los digo yo en medio de365 la calle. Y puesto a descubrir mi alma, gritaré también que quiero a María, que la quiero con amistad, con respeto, con amor: la trinidad del querer...
María. (Riendo.) ¡Qué sutil y qué hiperbólico, Dios mío!370
Vicenta. ¿Pasión tenemos?... Ya dije yo...
León. Culto fervoroso que no quiere ni debe ocultarse.
María. Basta ya... Cállese la boca. Sea usted discreto.375
León. No puedo callar. La realidad presente me ordena la indiscreción.
María. (Confusa, turbada.) ¿Qué realidad es ésa que ayer no existía y hoy sí?
León. Ha llegado la ocasión de que todos los buenos380 afrontemos la verdad de la vida, y despreciemos todo artificio por imponente que sea.
María. (Con gran confusión.) ¿Qué dice?... ¿qué pasa?
León. Cualquier suceso inesperado abre a la voluntad385 humana caminos nuevos.
Vicenta. Ya, ya. (Con pretensiones de agudeza.) Crisis comercial... ¿no es eso?
León. Sí, señora... crisis.
María. ¿Crisis en el comercio de usted o en el mío?390
León. En los dos... No, no: en el de usted.
Vicenta. Subida inesperada en el precio de los artículos.
León. Sí... Artículo hay que ha estado por los suelos, y ahora sube, sube...395
María. No entiendo...
Vicenta. Y vendrá la quiebra.
León. Para impedir la ruina de mi amiga, le propongo mi apoyo comercial.
María. ¿Cómo?400
Vicenta. Es muy sencillo... asociándose...
León. Propongo un negocio comanditario... sobre nuevas bases... Formulado lo traigo aquí. (Saca de su cartera un pliego sellado.)
María. (Con gran curiosidad, tomándolo.) A ver, a405 ver... (Trata de abrirlo.)
León. No, no: la índole delicada de este nuevo negocio exige que usted no se entere de él hasta que pueda consagrarle toda su atención... en la soledad.
Vicenta. Ya... estorbo.410
María. No. (Persistiendo en su confusión.) ¡Si no es amor, Vicenta: es...!
Vicenta. ¿Que no? Abra usted y lea.
León. Ahora no.
Vicenta. ¡Si bien claro lo dijo antes! Huido del415 Purgatorio, se atreve a llamar a las puertas del Cielo.
León. He llamado, sí... ¡y con alma!
Vicenta. Me parece que no le abrirán, señor mío. (Mira alternativamente a León y a María. Pausa. María mira al suelo, a León; mira la carta. Con los ojos expresa420 todo: alegría, expectación, miedo de dar a conocer sus sentimientos ante su amiga.)
León. (Que ha recogido rápidamente su cartera y sombrero.) Si no me abren, si soy despedido, volveré al lugar de suplicio y expiación. Sé padecer; conozco el425 dolor; viviré recogido y encerrado en el desconsuelo infinito... sin que por eso flaquee mi fe cristiana. Siempre diré: Dios en las alturas, María en la tierra. María es la paz; María es la esperanza, la flor y el fruto de todo bien... (Se retira hacia la izquierda.) He llamado y430 espero. (Hace ligera reverencia y se va. María le sigue con la mirada. Permanece absorta.)