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Heath's Modern Language Series: Mariucha

Chapter 41: Escena VIII
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About This Book

A five-act comedy that stages a series of domestic encounters and social situations to probe everyday moral and economic dilemmas. Through brisk dialogue and escalating misunderstandings it contrasts outward appearances with inner motives, exposing petty hypocrisies, romantic complications, and schemes tied to money and reputation. Personal choices, family pressures, and the weight of public opinion drive the action toward candid revelations and conciliatory resolutions. The play blends humor with social observation, using conventional theatrical situations to examine honor, rumor, and the small deceptions that shape communal life.

María, Vicenta; después Cirila.

Vicenta. (Mirándola con severidad.) Lea usted... lea para sí. Hágase cuenta de que está sola.

María. (Vencida de la curiosidad, rasga el sobre;435 desdobla con febril mano el papel, y lee rápidamente.) «En previsión de una crisis próxima...» ¿Ve usted? no es nada. Cosa de política, de comercio...

Vicenta. Amiga querida, estoy asustada. Preveo cosas muy graves.440

María. ¿Por qué?

Vicenta. Ya sabe usted cuánto la quiero. Lo que he visto y oído aquí paréceme un principio de grandes desastres.

María. (Abrasada de curiosidad, vuelve a desdoblar la445 carta.) Permítame un instante. (Lee para sí.) «Crisis de familia...» (Se interrumpe al oír la voz de Cirila; vuelve a replegar la carta.)

Cirila. (Entrando por la derecha.) Los señores Marqueses bajan ahora.450

Vicenta. Yo me voy. (Retrocede.) Hemos quedado en ir juntas a la romería. Vendrán conmigo las de González. Por Dios, María, que no se arrime a usted ese hombre, que no caiga en la estúpida presunción de acompañarla.455

María. (Sin oír lo que dice.) Bien... sí... Hasta luego, amiga mía.

Vicenta. Adiós.

María. (En cuanto la ve salir, lee rápidamente saltando de una carilla a otra.) «Este inmenso amor mío,460 hijo de la adversidad, tiene de su madre la firmeza y la esperanza...»

Cirila. (Mirando por la derecha.) Ya vienen...

María. (Lee saltando.) «Soy incandescente. Ardo: no me consumo. Siempre espero. (Saltando.)... alma465 superior, fuerte... La vida armónica... eficaz. (Repliega la carta y la esconde al sentir la voz de su padre.)

Escena VII

María, Cirila, Don Pedro, Filomena, Don Rafael.

Don Pedro. Hijita del alma, los ratos que nos roban tus quehaceres nos parecen siglos.

Filomena. Y siglos de tristeza, porque debemos470 decirte...

Don Rafael. ¿Qué?... ¿Ya empiezan a reñirla?

Don Pedro. ¿Quién habla de reñir? Adorada Mariucha, tus ideas de mujer entendida y laboriosa han sido el remedio de nuestra desdicha. Pero...475

Filomena. Te agradecemos en el alma lo primero que hiciste por nosotros...

Don Pedro. La venta de tu ropa de lujo nos pareció un rasgo de cariño filial. Lo demás...

María. ¿Lo demás, qué...?480

Don Rafael. Lo diré yo. Es que no pueden habituarse... cuestión de sangre, de nacimiento... no se acomodan a estos menesteres mercantiles.

María. Bah, bah. (Acariciándoles.) Por Dios, queridos papás, reflexionad en lo que consumimos; y si485 habéis pensado mejor arbitrio para vivir decorosamente, decídmelo... Pero ahora no. (Impaciente.) Estoy de prisa.

Filomena. ¿Tienes que salir?

María. Voy con Vicenta a casa de Josefita.490

Don Pedro. Ya... Pues vete, vete.

Filomena. ¿Volverás pronto?

María. (En el ángulo de la derecha, quitándose el delantal.) En seguida... Dime, papaíto: de las remesas de esperanzas que te hace mi hermano, ¿ha resultado495 algo positivo?

Don Pedro. (Con tristeza.) Nada, hija mía.

María. Ya ves que ni le han hecho diputado, ni le ha salido aquel negocio, ni nada...

Filomena. Pero en su última carta nos dice, con500 cierto misterio, que no tardarán en despejarse los horizontes.

María. (Arreglándose.) No os fiéis de horizontes, ni de las nubes esperéis nada bueno. Miradme a mí, que quiero ser vuestro cielo, y más aun vuestra tierra. Dejadme505 que os gobierne, que os cuide, que os alimente... Sed modestos, sencillos, y no soñéis con grandezas alcanzadas por arte de magia. (Vuelve al centro ya vestida, el sombrero en la mano.) Mil veces os lo he dicho y hoy os lo repito. El noble arruinado no debe obstinarse en510 aparentar la posición perdida. Hágase cuenta de que se ha caído de la altura social, y al caer... naturalmente... cae en el pueblo... en el pueblo de donde todo sale y a donde todo vuelve.

Don Pedro. ¿Pueblo nosotros?... Shocking.515

María. (Expresión de incredulidad y burla en el Marqués y Filomena.) ¿No lo creéis, dudáis?... Pues no dudéis nunca del amor ni de la abnegación de vuestra hija.

Filomena. (Poniéndole el sombrero.) Sí, sí... No520 dudamos... Pero no te detengas, hija.

Don Pedro. (Deseando que salga.) Lo primero tus asuntos.

María. No tardaré. (Indica a Cirila las cajas que ha de llevar.)525

Don Rafael. (Aparte a María, junto a la puerta.) ¿Volverá usted pronto?

María. (Aparte a don Rafael, con vivo afán.) Sí: espéreme usted aquí, don Rafael. Tengo que hablarle.

Don Rafael. ¿Cosa de importancia?530

María. De inmensa importancia y gravedad.

Don Rafael. Aquí estaré. (Sale María, seguida de Cirila con cajas.)

Escena VIII

Don Pedro, Filomena, Don Rafael.

Don Pedro. (Esperando que se aleje.) Ahora, aprovechando su ausencia... (A Filomena, que se asoma a535 la puerta.) ¿Está lejos?

Filomena. Ya están en la calle... Registremos todo. (Dirígense los dos a la mesa de escribir.)

Don Rafael. ¿Pero qué hacen?

Don Pedro. (Probando a abrir el cajón de la540 mesa.) Veamos si se encuentra aquí la clave de este misterio.

Filomena. (Dándole un manojito de llaves.) Prueba con estas llaves.

Don Rafael. Pero, señor Marqués...545

Don Pedro. Alguna habrá que sirva. (Probando llaves.) Ésta no va... probemos otra.

Don Rafael. Permítanme que les diga...

Don Pedro. Sí: que es cosa fea esta violación de cerraduras...550

Filomena. Pero se trata de un ser adorado...

Don Pedro. Que no queremos que se nos extravíe.

Filomena. Nos encontramos frente a un tremendo enigma...

Don Pedro. (Probando otra llave.) A ver ésta...555 Señor don Rafael, el enigma es éste: ¿cómo se puede atender a las necesidades de esta familia, y pagar el colegio de los niños, vendiendo flores de trapo y jugando a las tiendas?

Don Rafael. Puede ser, cuando ella lo hace.560

Don Pedro. Pero de veras, don Rafael, ¿usted no duda?

Filomena. ¿No sospecha...?

Don Rafael. (Con energía.) Ni sospecho ni dudo. Yo creo en María.565

Don Pedro. (Lanzando una exclamación de alegría al sentir que se abre la cerradura.) ¡Ah! (Tira del cajón.)

Filomena. ¡Abierto! (Se aproxima con viva curiosidad.)

Don Pedro. Venga usted, señor Cura, y examine...570

Don Rafael. (Alejándose.) Yo no: soy confesor; pero no abro las conciencias con llave falsa.

Filomena. (Dando prisa a don Pedro.) Registra pronto, por si vuelve.

Don Pedro. (Sacando con gran respeto la cestilla575 del dinero.) ¡Santa Bárbara, cuánto dinero! (Se asombra de su contenido.)

Filomena. (Mirando el dinero sin contarlo.) Pasa de quinientas pesetas...

Don Pedro. (Contando a la ligera.) Doscientas...580 cuatro... seis... Y también mil... (Más asombrado.) ¡Y también dos mil!... Y aquí un sobre que contiene billetes. A ver, ¿qué dice aquí? (Lee el sobre.) «Dinero del Cielo.»

Don Rafael. (Aparte.) ¡Ahora es ella!585

Don Pedro. Tanto dinero me pone en gran confusión.

Filomena. Y a mí.

Don Rafael. A mí no. Dios ha favorecido a la niña en sus negocios.

Don Pedro. La legítima ganancia no puede ser tan590 grande.

Filomena. No nos hará creer don Rafael que Dios multiplica los billetes de Banco.

Don Rafael. ¿No multiplicó los panes y los peces?

Don Pedro. Amigo mío, no estamos en los tiempos595 bíblicos.

Don Rafael. En los tiempos bíblicos y en todos los tiempos, Dios hace lo que le da la gana.

Filomena. Y este dinero bajado del Cielo, ¿qué significa? Yo no lo entiendo.600

Don Pedro. Queridísimo Cura, ¿no comprende usted que hay misterio?

Don Rafael. Misterio habrá. Pero mi fe religiosa me ha enseñado a creer lo que no entiendo. Creo en María.

Filomena. (A Don Pedro.) Sigue... A ver si los605 papeles nos aclaran el enigma.

Don Pedro. (Pone la cestilla donde estaba. Saca papeles.) Cuentas... facturas...

Filomena. Lee.

Don Pedro. (Leyendo.) «Letras pagadas por610 León... Saldo con León...»

Filomena. ¿Y esto, don Rafael?... ¿Qué dice de esta ingerencia del carbonero en los asuntos de mi hija?

Don Rafael. (Imperturbable, paseándose.) Creo en Mariucha.615

Don Pedro. (Examinando otro papel.) Una cuenta de sus gastos... (Lee.) «Caja de puros Henry Clay para papá... la pensión de los niños... (Alzando la voz.) Pagado a León...»

Filomena. (Que también ha examinado papeles.) Y620 aquí: «Cobrado de León...» Esto ya es demasiado.

Don Pedro. (Repitiendo.) ¡Debido a León... entregado a León... recibido de León!... ¡Pero esto es una cueva de leones! (Se levanta indignado.)

Filomena. (Con disgusto.) Déjalo ya... tapa...625 cierra.

Don Pedro. (A Don Rafael.) ¿Qué significa la repetición de este maldito nombre en todos los apuntes, en todas las cuentas?

Don Rafael. No sé... Con leones y sin leones, creo630 en Mariucha; creo en la que ha sido y es imagen de la Providencia, mensajera de los consuelos que Dios envía a una desgraciada familia...

Filomena. ¡Oh, quién pudiera creer...! (Óyense las voces de Corral y Bravo dentro.)635

Don Pedro. ¡Si esa fe se nos pudiera comunicar!... ¡Ah! ¿Qué voces son esas?

Escena IX

Don Pedro, Filomena, Don Rafael, Corral, Bravo.

Corral. (En la puerta, ambos con grandes aspavientos de alegría, descubriéndose.) ¡Vivan los señores Marqueses de Alto-Rey!640

Bravo. ¡Vivan...!

Corral. ¡Viva el muy ilustre caballero, la nobilísima dama y la elegantísima señorita, el elegantísimo ángel...! (Notando la ausencia de María.) ¿Pero no está el ángel...?645

Bravo. ¡Vivan todos, vivaaaan!

Don Pedro. (En gran confusión.) ¿Pero qué es esto?... ¿Por qué tanto júbilo?...

Don Rafael. ¿Os ha picado la tarántula? (Don Rafael lleva aparte a Bravo para interrogarle.)650

Filomena. (Muy impaciente.) Explíquenos, Corral...

Don Rafael. (Aparte a Bravo, oída su explicación.) ¿Pero es verdad?

Bravo. He visto los telegramas...

Don Rafael. ¡Dios nos asista! Esta gente se va a655 volver loca.

Corral. (A los Marqueses.) No les doy la noticia sino a cambio de una promesa.

Don Pedro. (Vivamente.) Sí, sí... por prometido, por prometido.660

Corral. Promesa, seguridad quiero de que han de influir en el ánimo del ángel de la casa... para que...

Don Pedro. Bueno, bueno... se hará... Diga...

Escena X

Los mismos; el Alcalde, María, Cirila, que entran por la izquierda.

Alcalde. ¿Qué...? ¿Se me han anticipado estos locos?665

Don Pedro. (Abrasado de impaciencia.) Alcalde, ¿qué hay?

Alcalde. Que me debe usted una merienda en el campo. He ganado la apuesta.

Don Pedro. ¡Ah! (Quédase con la palabra atravesada670 en la garganta.)

Filomena. (A María.) ¿Hija... qué?

María. (Sin mostrar alegría, pero sin afectación de pena.) Queridos padres, vuestras esperanzas son realidad.675 Mi... (Iba a decir «mi hermano:» se corrige.) Vuestro hijo será antes de una semana... el esposo de Teodolinda.

Don Pedro. ¡Jesús!... ¡Oh!... (Quiere hablar y no puede. Queda como paralizado.)

Alcalde. La noticia es de las que al modo de centella680 pueden herir. Por esto Cesáreo se sirve de mí como pararrayos. Vean los telegramas. Son de ayer: han venido con retraso. (Les alarga los telegramas. Filomena los arrebata.)

Filomena. Déme...685

Don Pedro. No, no... mentira... no creo... (Es acometido de una violenta perturbación nerviosa.)

Filomena. (Leyendo trémula, la voz cortada.) «Casamiento... lunes próximo... Teodolinda... abraza a sus padres... amorosa hija...»690

Don Pedro. (Alelado.) No creo... no creo... Millones de pesos... diez... Falso, falso... no existen... fantasía números... ilusión... mentira...

Filomena. (Mostrando los telegramas.) Pero, hijo, mira...695

Don Pedro. (Tiemblan sus manos; su mirada divaga. Cae en el sillón. Acude María a su lado.) Tele... telegramas mentira... de la elec... elec... tricidad. (Compungido, con amago de parálisis.) Quieren vol... volverme loco. Quieren ma... ma... tarme.700

María. Cree, papá, y alégrate.

Don Pedro. (Abrazando a su esposa con infantil ternura.) ¡Filomena!

Filomena. Tanto padecer ha tenido al fin su término.

Don Pedro. (Abrazando a su hija.) ¡Hija del alma,705 ángel del Cielo...!

María. (En brazos de su padre.) Ya eres feliz, papaíto querido. (Entra Cirila con un vaso de agua.)

Don Pedro. (Levántase y acude a ellos.) Don Rafael, Alcalde, Corral, Juez... ¿Pero es verdad?710

Don Rafael. Sí: creo en María... (Corrigiéndose.) Creo en Cesáreo... (Se aparta con Bravo.)

Alcalde. Dios no abandona a los buenos.

María. (Ofreciéndole el vaso de agua.) Bebe un poquito de agua, y serénate. (Continúan María y su715 madre animándole con cariñosas expresiones. Forman grupo junto a una de las rejas del fondo.)

Don Rafael. (Con Bravo a la izquierda.) Con este inaudito casorio, que no sé si es obra de Dios o del mismo diablo, tendremos al don Cesáreo de perpetuo cacicón,720 o feudal amo de todo este territorio. (Se agregan el Alcalde y Corral.)

Bravo. Sátrapa y mandón de Agramante para in æternum.

Corral. Ayer fueron inscritas en el Registro las725 Albercas.

Alcalde. Y las pertenencias más ricas de Somonte son suyas.

Don Rafael. Y el aire, y el sol, y la luna... y nuestra respiración, y hasta las pulgas que nos pican. (Incomodado730 se aleja del grupo.)

Don Pedro. (Que ha leído con infantil risa los telegramas.) Bien claro está. (Lee.) Saldré... recoger familia...

María. Pero no dice cuándo.735

Filomena. Será hoy, mañana...

Don Pedro. Naturalmente, iremos a la boda... Ya creo, ya creo. (Su crisis nerviosa se resuelve subitamente en una inquietud o desvarío mecánico. Recorre la escena con paso inseguro; después en actitud gallarda y altanera.)740

María. (Siguiéndole.) Papá, ten calma...

Don Pedro. (A Filomena, que también le sigue.) Inmediatamente, dispón los equipajes...

Filomena. Recogeremos todo. Puede llegar Cesáreo de un momento a otro...745

Don Pedro. ¡Adiós, maldito Agramante; adiós, triste destierro...!

María. Papá, no maldigas esta tierra de nuestro descanso.

Alcalde. Lo que es alegría para ustedes es pesar750 para nosotros. Se van. (Don Pedro, María, Corral, Bravo forman grupo a la izquierda hablando de si se van o no pronto. Filomena pasa a la derecha, donde está don Rafael meditabundo.)

Filomena. Ahora, mi venerable amigo, me toca a mí755 estar alegre, en premio de la alegría que di a los pobrecitos enfermos, a quienes usted socorrió con mis ahorrillos...

Don Rafael. ¡Mucho, mucho!... Pues se pusieron contentísimos, y se arreglaron, vivieron...

Filomena. ¿Y eran enfermos graves...?760

Don Rafael. Gravísimos, amiga mía... Socorrí a una familia en la cual estaban todos... o casi todos, locos perdidos.

Filomena. ¿Furiosos?

Don Rafael. Así, así... Eran más bien pacíficos.765

Filomena. Pues ahora, en acción de gracias, el primer dinero que caiga en mis manos será para...

Don Rafael. (Con gracejo irónico.) Otro mantito para la Virgen...

Filomena. Y que será espléndido.770

Don Rafael. ¡Oh, sí: mucho, mucho! Manto bordado de perlas y esmeraldas con una orla en que se repita esta dulce leyenda: Creo en María. (Filomena cruza las manos con emoción beatífica. Siguen hablando. Don Pedro continúa rodeado de todos en el otro grupo,775 rebosando satisfacción.)

Corral. Ahora, señor Marqués, como si lo viera, me le hacen a usted Embajador.

Don Pedro. (Vanidoso, sin perder su dignidad.) No diré que no. Quizás lo aceptaría por complacer al Gobierno,780 y porque me conviene tomar las aguas de Carlsbad. (A María.) Y a ti te probarán muy bien las de Charlottenbrunn, en Silesia.

María. ¿A mí? ¡Si estoy reventando de salud! (Apartada de todos los grupos, se sienta junto a una de785 las rejas. Su actitud es de inquietud y melancolía.)

Don Pedro. Y para ti, Filomena, están indicadas las de Teplitz, en Bohemia.

Filomena. No hagas proyectos, hijo, que ya es hora de sentar la cabeza.790

Don Rafael. ¿Y qué falta le hacen a usted embajadas, don Pedro?

Don Pedro. En todo caso, alguna de las que no dan quebraderos de cabeza y son puestos de pura etiqueta: por ejemplo, la de San Petersburgo.795

Corral. Vale más que le hagan a usted embajador en Agramante.

Alcalde. En este territorio, sí, donde ha de tener Cesáreo tanta propiedad...

Don Pedro. Ya puede mi hijo ir pensando en mejorar800 los cultivos. Yo tengo pasión por la agricultura. (Jactancioso.)

Don Rafael. ¡Mucho, mucho! (Explicando don Pedro sus planes agrícolas van pasando al centro. María y Corral quedan a la izquierda.)805

Corral. (Aparte a María.) Por última vez, Mariquita...

María. ¡Por última vez! Ya respiro.

Corral. Allá va mi... ultimatum...

María. (Con fingida benevolencia.) ¡Ah! don Faustino.810 Mis padres pican ahora muy alto. Y si va papá, como parece probable, a la embajada de San Petersburgo, de fijo querrán casarme con un príncipe ruso.

Corral. ¿Es burla?... ¡Ah, ingrata, ingrata!

Don Pedro. María. (Acude María al grupo del centro.)815

Corral. (Aparte, despechado.) ¡Bromitas a mí! Ya verá mi ángel las que yo gasto... (Caviloso, pasa a la derecha.)

Don Pedro. Ya podéis ir preparando la merienda...

Filomena. De eso me encargo yo. ¿Cuántos...?820 (Don Pedro, María, Filomena y el Alcalde quedan a la izquierda ocupándose de la merienda. Pasan a la derecha Corral, Bravo y don Rafael.)

Bravo. (A Corral.) Dése usted por muerto, Faustino.

Don Rafael. Tu papel ya no es cotizable.825

Bravo. (Zumbón.) Han bajado horrorosamente los brillantes... Y yo pregunto: ¿continuará en alza el carbón?

Don Rafael. (Indignado.) ¿Qué decís ahí, farsantes, envidiosos? (Indignado, se retira.)830

Bravo. (Solo con Corral.) Don Cesáreo se encargará de dar un corte a esta ignominia... Sólo que... me temo que llegue tarde.

Corral. Para que llegue a tiempo, estoy yo aquí, que madrugo... Ya estoy pensando el telegrama que835 voy a poner... esta misma tarde.

Don Pedro. (Contestando a Filomena.) No, no... no me conformo con invitar a los presentes.

María. ¿Pues a quién...?

Don Pedro. Convido a todo el Ayuntamiento, a los840 Juzgados de primera instancia y municipal, a la oficialidad de la zona, a la Guardia civil, a los maestros de las escuelas públicas, al clero parroquial...

Filomena. ¡Hijo, por Dios...!

Don Rafael. Déjele usted. Dios a todo proveerá.845 (Óyese rumor lejano de alegría popular: voces, guitarras, panderetas.) Ya comienza el festejo.

Don Pedro. Alegría del pueblo, eres mi alegría.

Escena XI

Los mismos; Vicenta, Señora y Señoritas de González. Las cuatro con mantón de Manila y claveles en el pelo. Una de las señoritas trae un manojo de claveles, y Vicenta un mantón en caja o pañuelo.

Vicenta. A dar a todos mi enhorabuena y a llevarnos a María.850

Señora de González. Señora Marquesa, reciba usted nuestros plácemes.

Señorita 1ª. Señor Marqués, nos alegramos infinito.

Don Pedro. Gracias, mil gracias, señora y señoritas...855

Vicenta. (Mostrando el mantón a María.) Para usted traigo éste, que será de su gusto.

María. ¡Oh, sí... está muy bien! (Lo desdobla.)

Señorita 2ª. A ver, a ver. (Se lo pone.) ¡Oh, qué bien!860

Filomena. ¡Admirable! (Todos aprueban. Suenan más cerca los cantos y músicas populares.)

Don Pedro. ¡Oh... todo es júbilo!

Señorita 1ª. (A María.) Ahora los claveles. (Con ademán de ponérselos. María se sienta.)865

María. (Dejándose adornar.) Ponédmelos a vuestro gusto.

Bravo. (Aparte a Corral, señalándole a María.) ¡Vea usted qué preciosidad!

Corral. (Torciendo el rostro.) No la miro; no quiero870 mirarla. Se me va la vista; me da el vértigo. (Pasan por el foro animados grupos de mozas del pueblo, con mantón de Manila, tocando panderetas; muchachos con guitarras y bandurrias. Marchan al son de un pasacalle.)

(Para ver la muchedumbre alegre, acuden a las rejas875 todos menos María, que permanece a la derecha en actitud silenciosa y triste. Don Rafael a ella se aproxima.)

Don Rafael. (A María.) Hija mía, veo que no está usted alegre, y aquí vengo yo.

María. (Consternada.) Lo que a mis buenos padres880 tanto regocija, a mí me anonada.

Don Rafael. Pero usted es un corazón fuerte, y afrontará valerosa las desventuras que la esperan.

María. (Muy afligida.) ¿Y cree usted que podré...?

Don Rafael. Lo veo muy difícil. A los fuertes se885 debe la verdad. Lo creo imposible.

María. ¡Desdicha inmensa si usted me abandona!

Don Rafael. Yo, no. ¡Creo en Mariucha!

María. Pues prométame hacer lo que yo le diga... Usted me ha dado la mayor prueba de estimación y890 confianza entregándome, para ayudarme a sostener a la familia, el dinero del Cielo.

Don Rafael. Era lo más cristiano.

María. Dígame: ¿pasado mañana habrá también fiesta?895

Don Rafael. Ya lo creo: será el gran día. Tiene usted que venir con mis sobrinitas a la alborada, y después...

María. Pues pasado mañana...

Don Rafael. ¿Qué tengo que hacer?900

María. Bien poca cosa: no separarse de mí, ir siempre a mi lado. (Permanece meditabunda y llorosa.)

Don Rafael. ¿Y no es más que eso? Iré con usted, a donde quiera.

Don Pedro. (Que se aparta de la reja, con los demás,905 visto ya el paso de la multitud alegre.) Mariucha, ¿pero no has visto...? (La observa llorosa.) Hija mía, ¿lloras?

María. (Secándose las lágrimas.) No, no, papaíto, es que...

Don Rafael. Lloraba de gozo.910

Don Pedro. Vamos, ven, y confundamos nuestro gozo con la alegría popular.

Filomena. Alegre está todo: el Cielo, la villa, el pueblo.

María. (Rehaciéndose, con potente esfuerzo, hace rápida915 transición de la tristeza al contento: su pecho se ensancha, sus ojos resplandecen.) Y yo, también. (Con efusión de su alma cogiendo el brazo de don Rafael.) Yo también soy pueblo... porque soy pobre.

Don Pedro. (Un poco sorprendido de la frase.) ¿Qué,920 qué?

María. Llevadme a la fiesta, al campo, al sol... al sol, que es la pompa de los humildes.


ACTO CUARTO

Explanada de la Ermita del Cristo, a la subida del monte.—Al fondo, entre follaje, la ermita. Junto a ella una escalerilla tallada en la roca, que da paso al monte, cuya espesura se extiende en plano ascendente por todo el foro.—A la izquierda, arbustos por entre los cuales se abre un sendero que conduce a la Villa. Ésta se supone que está muy cerca, y a un nivel más bajo que la escena.—A la derecha, muro ruinoso con portalada sin puerta. De aquí parte un sendero, que se supone conduce al ferial, al Santuario de las Mieses, a la Estación del ferrocarril y a puntos lejanos de la Villa.—En el centro, un castaño corpulento que cubre con sus ramas toda la escena. Junto al tronco, un banco de mampostería, musgoso. Es de día.

Escena Primera

León, que entra por la izquierda.

León. Ermita del Cristo: es ésta... Árbol corpulento. (Lo señala.) Y yo aquí. (Dudando. Saca con febril presteza una carta.) Lo he leído cien veces, y aún me asaltan dudas. (Lee.) «En la ermita... al pie del castaño...» Para mayor claridad añade: «entre el5 hospital de la Misericordia...» allí está la Misericordia (Señala un punto cercano y bajo.) «y San Pedro...» aquél es San Pedro. (Lo señala.) Tampoco puede haber duda en la fecha. La carta dice: «mañana.» La escribió anoche. Luego mañana es hoy... Bien claro está:10 aquí dará contestación a la carta que puse en su bendita mano... Aquí, antes de la procesión... Y vendrá con don Rafael... Un murmullo interior me dice que está próxima la ocasión culminante de mi existencia... María... No, no es loca jactancia creer que corresponde al15 amor mío. Esto se conoce, esto se ve, se siente, se respira... Y ahora... (Gran confusión.) aquí... al dar a mi carta respuesta verbal, me dirá... (Mayor confusión.) Yo me vuelvo loco... ¿qué es esto? ¿Qué universo nuevo, con nueva luz, se descubre ante mí? (Óyense toques de campana,20 lejanos.) Ya están en misa mayor. (Corre a la derecha.) Ya vienen. (Vuelve al centro.) No me dice si debo hacerme el encontradizo o si... ¿Lo dirá la carta?... Ya no hay tiempo. (Mirando.) Ya se acercan... Esperaré... y ella misma me indicará... (Se oculta entre25 los arbustos de la izquierda. Entran María y don Rafael por la derecha.)

Escena II

León, María, Don Rafael.

María. (En la portalada dándole la mano.) Un pasito más y ya estamos. ¡Ay! no sé cómo pedirle que me perdone la molestia de esta caminata. (Ve a León y con30 un signo le manda esperar.)

Don Rafael. Por ser usted quien es, Mariquita, y por la fe que en su soberana virtud tiene este Cura, voy con usted al fin del mundo... Ea, ¿está contenta de mí?35

María. Contenta y agradecida lo que no puede imaginarse. (Le conduce al banco.)

Don Rafael. Bueno... Pues recapitulemos. Usted, al manifestarme la grave resolución de no seguir a sus padres a Madrid...40

María. (Interrumpiéndole.) Resolución fundada principalmente...

Don Rafael. Déjeme concluir... Para fundamentar su propósito de resistencia... alegaba usted, entre otras razones, un sentimiento que...45

María. (Vivamente.) Sentimiento que usted conocía ya...

León. (Aparte.) ¡Oh, divina mujer!

Don Rafael. Lo conocía, y aconsejé a usted... En fin, admitamos el hecho con toda su fuerza. Ayer dije50 a usted que para dar su verdadero valor a ese sentimiento, es menester conocerlo de un modo indudable en su re...

María. (Impaciente, con gran viveza.) Claro, en uno y otro.

Don Rafael. (La manda callar y sigue.)...ciprocidad,55 en su reciprocidad. Total: que tengo que oír a los dos.

María. Justo.

Don Rafael. Pues ya estamos aquí. (Contando.) Usted, uno; yo, dos. ¿Y el tercero?60

María. ¡Si está aquí!

León. (Avanzando, por indicación de María. Se descubre.) Aquí, don Rafael, con toda la verdad que llevo en mi alma.

Don Rafael. Pues vea yo esas conciencias... la de65 usted, que la de Mariucha ya me la sé de memoria.

León. (Señalando el árbol gigante.) Y que no es éste mal confesonario, ¿verdad, don Rafael?

Don Rafael. ¡Mucho!... Árbol secular, ¡cuántas declaraciones de enamorados, cuántos lamentos de70 tristes, cuántos planes de ilusos y soñadores habrás oído! Oigamos ahora tú y yo, y Dios con nosotros, la historia de estos pobres corazones, que ciegos corren a una batalla imposible.

María. Por Dios, no sea tan pesimista.75

Don Rafael. Ea... a nuestro asunto. Señor don León, declare usted. (María se retira a una distancia en que puede escuchar.)

León. Declaro...

Don Rafael. ¿Cómo tuvo principio ese... esa80 inclinación...?

León. Una noche, dos meses ha, fui llamado por María...

Don Rafael. Eso ya lo sé... cuando le pidió a usted un socorro para su familia, y usted no pudo dárselo.85 (Riendo.) ¡Graciosísimo! Ya me lo ha contado ella.

León. Aquella noche fue...

Don Rafael. Cuando le vendió el vestido a esa fantasiosa... ¡Buen golpe, de maestro!... Adelante.

León. Desde aquel punto y ocasión, señor Cura, se90 encendió en mí un fuego de amor tan vivo...

Don Rafael. ¡Mucho, mucho!

León. María emprendió para el sostenimiento de su familia una serie de trabajos que hacen de ella una grande heroína.95

Don Rafael. ¡Mucho! ¡Si no ha nacido otra que se le iguale! (Risueño, con ingenua admiración.)

León. Yo la ayudaba en sus empresas mercantiles.

Don Rafael. También lo sé... Adelante.

León. Como la ayudó usted dándole el dinerito del100 Cielo...

Don Rafael. Le habría dado el de la tierra si lo hubiera tenido. Le di el del Cielo porque no tenía otro... Bueno: con que la amó usted...

León. La amé por su abnegación, por su piedad filial,105 por la valentía que desplegaba en aquella lucha... la amé también por su belleza... todo hay que decirlo...

Don Rafael. Naturalmente... Si fuera un coco de fea, todo eso de la abnegación y de la valentía habría sido música...110

León. La amé por su talento incomparable, por esa dignidad, unida a la gracia...

Don Rafael. (Moderando el entusiasmo descriptivo de León.) Bueno, bueno. Bien a la vista está su mérito...115

León. Yo bien sé que no la merezco: ella es grande; yo, aunque también de padres ilustres, soy un infeliz hombre, atado a un bajo comercio. A la presente condición humilde he venido por mis errores de otros días, de días muy lejanos, don Rafael. (Con viveza y calor.)120 Aberraciones de las que ya estoy corregido, radicalmente corregido, bien lo sabe usted. Abierta está mi alma a los ojos de Dios. Los de usted también han entrado en ella...

María. (Sin acercarse.) Créalo, don Rafael, si cree125 en mí.

Don Rafael. Creo... Su enmienda y reforma no son nuevas para mí.

León. María conoce mi amor. Yo adivino el suyo. Si ella y Dios me deparan la dicha inefable de llamarla130 mi esposa, creeré que esto no es la Tierra, sino el Cielo.

Don Rafael. Tierra es, y bien dura y triste... valle de lágrimas. (Suspirando.) Bien. Ya puede usted acercarse, María, y decirme... (María se acerca, los ojos bajos.) aunque casi no es preciso...135

María. (Con modestia.) Le quiero por su inteligencia, por sus desgracias, por el inmenso esfuerzo moral que significa su regeneración, consumada por él mismo, solo con su conciencia. Por esto, y por gratitud, le quiero, y decidida estoy... a... (Vergonzosa, enmudece.)140

Don Rafael. Acabe, hija... Ya, para lo que falta...

León. ¡Oh, júbilo inmenso! (Con vivo entusiasmo, abrazando a don Rafael.) Déjeme usted que le abrace...

Don Rafael. Apriete, apriete. Ya puede estar orgulloso. (Con pesimismo.) Pero...145

María. ¿Pero qué...? (Vivamente, atacándole por un lado.) Usted no nos abandona; usted hace suya nuestra causa.

León. (Atacándole por el otro lado.) Usted sabe dar a Dios lo divino, lo humano a los hombres.150

Don Rafael. (Apartándoles.) Sí, sí: sé todo eso... pero sé también que contra ese afecto... todo lo santo y noble que se quiera... se alza un poder tiránico, incontrastable.

María. ¿Pero nada significa nuestra voluntad?155

León. ¿Manifestada ante la religión, ante usted?

Don Rafael. ¡Dios Uno y Trino, que no pueda yo...! Si por la religión se resolviera... pronto os arreglaría yo... (Con ademán de bendecir.) Pero el mundo ha venido a parar a un enredo, a una confusión tal de160 todas las cosas, por el sin fin de leyes, preocupaciones, prácticas y corruptelas, que vuestra noble aspiración no podrá escapar, no, de la inmensa red... Sucumbiréis, sucumbiremos, hijos míos... Debo deciros todo lo que sé... que es muy grave. (Ambos se aproximan, ansiosos.)165

María. Sé que viene mi hermano en la disposición más hostil...

León. Los Marqueses sin duda se opondrán...

Don Rafael. No creo imposible reducir a los Marqueses... ¡Pero a don Cesáreo, que viene con la cabeza170 llena de viento y la voluntad inflamada de insolentes resoluciones...! Oídme. Debéis saber toda la verdad, por triste que sea.

Los Dos. (Con gran ansiedad.) Sí, sí...

Don Rafael. ¿Sabéis por qué precipita su viaje don175 Cesáreo?...

María. Llegará hoy.

Don Rafael. Viene hoy, porque debió de recibir un largo telegrama en que pérfidamente se le llama para que impida el oprobio de la familia...180

María. ¡Estúpida maldad!

Don Rafael. Se le habla de María enloquecida, fascinada por un...

León. Imagino los horrores que dirán de mí.

María. ¿Quién puso ese telegrama?185

León. ¿El Marqués?

María. ¿La Alcaldesa?

Don Rafael. Es cosa del tontaina de Corral, ayudado por Bravito, el juececillo.

María. ¡Infames!190

Don Rafael. Pues con esa requisitoria indecente, y algo que días atrás escribieron otras personas, don Cesáreo, el hoy omnipotente don Cesáreo, viene dispuesto a que su hermana se someta; y para esto no ha de emplear contra ella medios violentos. No la cogerán195 a usted ni la maniatarán para llevársela a viva fuerza. No harán nada de esto, porque no es preciso.

María. (Con gran ansiedad.) ¿Pues qué harán?

Don Rafael. El feudalismo de nuestra edad revuelta no necesita apelar a esos medios.200

León. Ya sé. Cesáreo está a punto de ser feudal tirano de este país.

Don Rafael. Hoy traen los periódicos, con la noticia de la boda, otra que viene a ser la confirmación de ese feudalismo.205

Los Dos. ¿Qué?

Don Rafael. El Gobierno, deseando recompensar... no sé qué es lo que recompensa, ni el mismo Gobierno lo sabe... concederá a Teodolinda y a Cesáreo el título de (Con énfasis) Duques de Agramante.210

León. Muy lógico: en sus manos está toda la gran propiedad rústica y minera.

Don Rafael. Y con la propiedad, la influencia; y con la influencia, los resortes de toda autoridad.

María. De autoridades corrompidas...215

Don Rafael. Putrefactas, sí; pero que echan la barredera, ¡y ay del que cogen!

María. ¿Pero todos...?

Don Rafael. Todos serán instrumentos de Cesáreo... lo son ya, porque la adulación madruga, hija mía;220 no espera que venga el poder: corre a su encuentro.

María. ¿Y todos esos enemigos, jueces, alcaldes, vendrán contra nosotros?

León. (Comprendiendo.) No: contra mí solo. Ya veo claro el ardid de guerra. Es en verdad diabólico y225 terrible...

María. Ya entiendo. León...

León. Yo seré el perseguido.

Don Rafael. El vilipendiado, el encarcelado tal vez... (Óyese repique de campanas, lejano, al cual se230 unen pronto otros sonidos de campanas más próximas, de timbre diferente.)

María. ¿Por qué delito?

León. Por el viejo: por mis locuras de hace años en Madrid.235

Don Rafael. Ayer estuvo Bravito en el Juzgado buscando un exhorto que, según él, debió venir hace dos años, y quedó sin cumplimiento.

León. No encontrarán exhorto. ¿Mas para qué lo necesitan? Harán lo que quieran.240

Don Rafael. Asegura Bravo que el Duque de Agramante traerá de Madrid todo el artificio legal bien preparado.

María. Que traiga lo que quiera. (Animosa.) Contra tales armas, levantaremos la verdad inexpugnable.245

León. Y nuestras voluntades firmísimas: somos de hierro.

María. Somos de bronce. (Con grave acento uno y otro, dando a sus declaraciones gran solemnidad.) Aquí, ante nuestro pastor de almas, hacemos juramento solemne250 de ser el uno para el otro, por encima de toda tiranía, de todo poder, sea el que fuere. (Se dan las manos. El son de campanas aumenta en intensidad por agregarse notas más cercanas, agudas y graves, que armonizan con las primeras.)255

León. Nos juramos eterno amor, fidelidad constante...

María. Mutuo auxilio en las tribulaciones. Juramos hacer de nuestras existencias una sola. (Continúa el crescendo de las campanas. Se agregan las notas graves260 de la iglesia de la Misericordia y de San Pedro, próximas, y la del Cristo, que está en escena.)

León. Juramos morir antes que renunciar a nuestra unión santa.

María. Juramos, y así lo declaramos ante Dios y265 ante su ministro. (Llega al máximum de intensidad el concierto de campanas. Pausa de recogimiento religioso y solemne. Las voces de María y León expiran entre las vibraciones del metal... El campaneo se va extinguiendo gradualmente por el silencio de las más próximas, sonando270 las más lejanas, hasta que sólo se oigan las lejanísimas.)

Don Rafael. (Quedándose como en éxtasis, orando.) Hijos míos, dijérase que sobre vosotros ha descendido una suprema bendición...

León. Ya estamos unidos.275

Don Rafael. (Asustado.) No, no: todavía no.

León. (Con gran entusiasmo y efusión.) En el Cielo ha sonado ese himno...

María. Trae a nuestras almas toda la alegría del Universo.280

Don Rafael. (Asustadizo.) No, no creáis eso: no os alucinéis. Es la procesión de la Virgen, que pasa por la calzada del Refugio... No estáis unidos, ni sé si llegaréis a estarlo en forma. (Con viva emoción.) Hijos míos, el Cielo está con vosotros, la tierra no.285

(Aparecen por la derecha Corral y Bravo, observando burlones; prorrumpen en risas.)

Escena III