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Heath's Modern Language Series: Mariucha

Chapter 50: Escena V
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About This Book

A five-act comedy that stages a series of domestic encounters and social situations to probe everyday moral and economic dilemmas. Through brisk dialogue and escalating misunderstandings it contrasts outward appearances with inner motives, exposing petty hypocrisies, romantic complications, and schemes tied to money and reputation. Personal choices, family pressures, and the weight of public opinion drive the action toward candid revelations and conciliatory resolutions. The play blends humor with social observation, using conventional theatrical situations to examine honor, rumor, and the small deceptions that shape communal life.

Los mismos; Corral, Bravo.

León. ¿Quién va?

Don Rafael. ¿De qué se ríen? ¿Qué buscan aquí?

Corral. (Burlón.) Sigan, sigan.290

Bravo. Don Rafael, creímos que estaba usted en la procesión.

Corral. Estaba aquí, repicando en el Cristo.

Don Rafael. Mis procesiones andan por dentro, y no necesitan repiques.295

Corral. ¡Ja, ja!...

Bravo. ¡Ja, ja! ¿Pero estaba diciéndoles misa?

Don Rafael. Misa no: les decía... que sois unos grandes mentecatos.

Corral. Gracias... Y este señor nos ha dado el300 quién vive como un centinela... ¿Es esto castillo, reducto, fortaleza?

Bravo. Quizás lugar sagrado donde no podemos entrar sin permiso... del señor acólito.

León. (Aparte, conteniéndose.) ¡Canalla!305

María. (Aparte.) ¡Ralea vil!

Corral. Pues entramos para tener el gusto de encontrar a esta señorita...

Bravo. Y el disgusto de decirle que sus padres, creyéndola perdida en el monte... (Corre hacia la310 derecha y llama, agitando el pañuelo.)

Corral. Andan locos buscándola...

Don Rafael. Los perdidos sois vosotros. Ni esta señorita ni nadie se pierde viniendo conmigo.

Bravo. (Llamando.) ¡Eh!315

Don Rafael. (Acercándose a Bravo.) ¿Pero a quién llamas, condenado?

Bravo. Aquí están, aquí.

Don Rafael. (Mirando a los que vienen.) Éstos no podían faltar: la entrometidísima Vicenta y el Alcaldillo.320

María. Ya no me importa... Que vengan.

Escena IV

Los mismos; Vicenta; después el Alcalde.

Vicenta. ¡Ah! queridísima... ¡Qué susto nos hemos llevado! (Al ver a León se santigua.)

María. ¿Pero no venía con usted su marido?

Vicenta. Ha retrocedido para mandar aviso a los325 señores Marqueses...

León. Por lo visto es, además de Alcalde, pregonero.

María. Dejémosle... Pregone todo lo que quiera.

Vicenta. Yo... acelerando el paso, he llegado a tiempo...330

María. De salvarme. (Irónica.) Extraviada en el monte, a punto estaba ya de que me comieran los lobos.

Vicenta. Gracias que se extravió usted con el pastor.

Don Rafael. Dime, Vicentita: ¿al salir de tu casa, dejaste todo bien arreglado?335

Vicenta. Sí, señor.

Don Rafael. ¿Los nenes bien apañadicos... la ropa de Nicolás corriente de zurcidos y arreglos?

Vicenta. ¿Por qué me lo dice?

Don Rafael. Porque si tienes quehaceres en tu340 casa... aquél es tu puesto... Aquí no nos haces ninguna falta.

Vicenta. (Picada.) Don Rafael, yo sé mi obligación en mi casa... y en las ajenas.

Alcalde. (Por la derecha, presuroso.) Avisados ya345 los señores, que estaban afligidísimos buscando a su querida hija. (Saluda a María fríamente.) Señorita, la compañía de don Rafael pone a salvo el decoro de usted.

León. El decoro de esta señorita no ha menester de350 acompañamiento para resplandecer como el sol.

Don Rafael. ¡Mucho, mucho!

Alcalde. Nadie le ha dado a usted la palabra.

León. Yo la tomo.

Alcalde. ¿Con qué derecho?355

León. No es derecho: es deber, deber mío...

Alcalde. ¡Qué atrevimiento! (A María.) Por consideración a usted, no le contesto con la dureza que me impone mi autoridad.

Bravo. (A León, con grosera.) Amigo, ¿se le ha360 quemado a usted el establecimiento? Porque si no, no entiendo de dónde pueden salir tantos humos.

Corral. Pues no es poco orgulloso...

León. Sí que lo soy. Alguna razón habrá para ello.

Alcalde. (Mirando por la derecha.) Ya suben, ya...365

María. (Asustada.) Mis padres...

Alcalde. (A Vicenta, aparte.) Ve a su encuentro; diles...

Vicenta. Ya...

Alcalde. Y para desentendernos de este desagradable370 asunto, retírate a casa.

Vicenta. Bien. (Vase por la derecha.)

Don Rafael. (Al Alcalde.) Quédate tú. Como autoridad, convendría que estuvieras presente. Sabrás que ante mí se han dado promesa recíproca de375 matrimonio...

Alcalde. ¡Dios nos asista!... Huracán tenemos... No puedo quedarme, don Rafael. Tengo que bajar a la estación.

Don Rafael. Verdad que llega el amo.380

Alcalde. Hacia la estación van ya todos los amigos.

Corral. Nosotros también.

Bravo. En marcha. (Salen los tres hablando atropelladamente.)

María. (Viéndoles partir.) ¡Caterva infame! Servidores385 de la injusticia, de la mentira social, Dios os confunda.

Escena V

María, León, Don Rafael.

Don Rafael. (Mirando por la derecha.) Cerca vienen ya. El terrible choque se aproxima.

León. Yo les diré...390

Don Rafael. No, hijo. (A María.) Mi opinión es que nos deje solos.

León. ¿Debo retirarme?

María. Sí.

León. ¿Debo esconderme?395

María. No, no... afrontemos la lucha con honrada entereza.

León. Sin huir el cuerpo, sin volver la cara. Tenemos razón... y basta. (Retírase presuroso por la izquierda.)

Escena VI

María, Don Rafael, Don Pedro, Filomena.

Don Pedro. (Consternado, trémulo.) María, Mariucha...400 nuestro buen amigo el Alcalde nos ha dado conocimiento...

María. ¿Os ha dicho...?

Filomena. ¡Que amas a ese hombre...!

María. ¿Pero no os ha dicho mi juramento, el405 suyo...?

Don Pedro. Juramentos que nada significan si reconoces tu error...

María. Yo no falto a lo que prometo y juro. Lo que sabéis es resolución tomada y sostenida por la misma410 alma que en días aciagos luchó con la miseria...

Don Pedro. Ya vimos el tesón tuyo de entonces...

María. Pues imaginadlo duplicado, y veréis el de ahora.

Don Pedro. (Severo.) ¿De modo que te obstinas...?415

Filomena. Hija, no me hagas olvidar el inmenso cariño que pusimos en ti...

María. Ese cariño siempre lo merezco. El amor que os tengo, ahora también se duplica.

Filomena. (Con maternal cariño.) ¡Oh, qué dolor!...420 ¡Tú, María, separar tu existencia de la nuestra...!

María. Yo sacrificaría mis afectos, mi juventud, mi existencia, cuanto soy y lo poco que valgo, si viera que con ese sacrificio lograba vuestro bien; pero no es así.

Don Rafael. María vivirá siempre para sus padres.425 Únanse a ella y serán felices.

Don Pedro. Ella es la que tiene que unirse a nosotros... Hemos determinado partir hoy mismo...

Filomena. ¡Oh, Dios mío! (Afligidísima.)

María. (Con viva emoción acude a Filomena.) Madre430 querida, ¿por qué te atormentas? Papaíto, si creíste en mí, ¿por qué no crees ahora?

Don Pedro. (Besándola.) María, Mariucha, mi encanto, mi alegría... ven...

Filomena. (Los tres están un momento abrazados.)435 Mi cielo, mi gloria... ven... siempre juntos... Serás feliz al lado nuestro... Piensa en tus hermanitos... en Cesáreo.

María. (Con movimiento de horror.) ¡Oh, no! (Se separa de ellos. Recobra súbitamente su entereza.)440

Don Pedro. Ven... Partiremos.

María. (Con acento grave, retirándose más.) Yo... dolorida de esta separación, destrozada el alma... me quedo aquí. Partid vosotros.

Don Rafael. No ablandarán este bronce.445

María. Queridos padres, habréis de decidiros pronto, porque el caso no admite dilación. Escoged entre estos dos caminos: o vais con Cesáreo, o venís conmigo.

Don Pedro. No podemos someternos a tan horrible dilema.450

Filomena. Tú con nosotros...

María. (Intentando de nuevo moverles por la ternura.) ¿Pero no estáis contentos de mí? En estos días de Agramante, que empezaron angustiosos y luego volvieron risueños, apacibles, ¿qué os ha faltado? ¿No455 teníais cuanto necesitabais, y sobre lo necesario, algo de lo superfluo, más grato por ser muy bien medido?... Pues si esto teníais y esto os ofrezco, ¿por qué preferís ahora correr hacia un mundo de vanidades, donde no seréis más que un reflejo desconsolado de grandezas460 ajenas?

Don Pedro. A la sombra de la posición de nuestro hijo, podremos restablecer nuestra posición.

María. A la sombra del poderoso, los nobles empobrecidos se llaman parásitos, y yo no quiero para ti465 este nombre.

Don Pedro. (Irritado.) ¡María!

Filomena. (Severa y orgullosa.) ¡Oh! No pensarías así si no estuvieras trastornada por una pasión absurda... Por la Virgen, señor Cura: ayúdenos a domarla.470

Don Rafael. En ella veo la razón, en ella la verdad.

Filomena. Ese amor es loco, insano, y lo combatiremos como el mayor de los oprobios.

Don Pedro. (Arrogante.) No lo consentiremos.

Filomena. Tú misma, mirando a tu linaje, a nosotros,475 debes rechazarlo.

María. No, no.

Filomena. ¿No merecemos que sacrifique su inclinación?

Don Rafael. (Con energía.) Más merecedora es480 ella de que ustedes sacrifiquen su orgullo.

Don Pedro. No es orgullo, es dignidad, y ésta no puede sacrificarse.

María. (Cortando la disputa.) Padre y madre muy queridos, no nos entendemos. Partid si así lo habéis485 determinado. No iré con vosotros.

Don Pedro. (Iracundo.) Esto ya es intolerable.

Filomena. (Con gran severidad.) Hemos invocado tu cariño filial; ahora reclamamos tu obediencia.

María. En esto no puedo obedeceros. (Con entonación490 vigorosa y grande entereza.) Marqués de Alto-Rey, tu hija, tu Mariucha, no comerá jamás el pan de Teodolinda.

Don Pedro. (Confuso.) ¿Qué dice?

María. (Con gradual energía.) ¿Habéis olvidado el495 origen de ese pan, del amasijo de riquezas que lleva sobre sí la que será esposa de vuestro hijo? Yo os lo recordaré. Fue su fundamento la odiosa, la infame esclavitud. El padre de Teodolinda vendía negros, y su primer esposo los compraba... ¿Este comercio500 os parece más honroso que el mío?... Ved ese caudal aumentado rápidamente con la usura de sangre humana, más inicua que la del dinero... vedlo crecer, crecer luego en montones de oro, y hacerse fabuloso, negociando en medio de las corrupciones coloniales...505 Ese pan es el que vais a comer. Yo antes moriré que probarlo: me envenenaría el alma. Prefiero el pan amasado en el suelo pobre de mi patria, santificado con mi trabajo (Con fiera energía, apretando los puños), extraído ¡a pulso! con inmensas fatigas de la tierra dura,510 de la tierra madre en que todos nacimos.

Don Pedro. (Desconcertado.) No puedo renegar del apoyo que nos trae Cesáreo.

Filomena. Mi pobre hija delira.

Don Rafael. Tolerancia, Marqués, en nombre de515 Dios.

Don Pedro. Obediencia en nombre de mi autoridad.

Filomena. Que renuncie a ese amor afrentoso. (Asiente don Pedro.)

María. (Rebelándose.) Afrentoso habéis dicho, y520 contra eso tengo que protestar con toda la fuerza de mi alma honrada y de mi conciencia pura.

Filomena. Si es inútil, María, que pretendas extraviarte. No lo consentiremos.

Don Pedro. Medios le sobran a Cesáreo para...525

María. (Disparándose.) Los medios que empleará mi hermano, vosotros no podréis autorizarlos: son un delito... En otros tiempos, cuando estorbaba una persona, se le daba muerte; en éstos, no más humanos, pero sí más hipócritas, a esa persona que estorba se la530 mata legalmente, civilmente... y esto, vosotros, nobles de raza, no podéis consentirlo. Si lo consentís...

Filomena. No es cosa nuestra. Cesáreo, que vela por la familia, sabe lo que tiene que hacer.

María. Pues si Cesáreo sabe lo que tiene que hacer,535 sabed vosotros...

Don Pedro Y Filomena. (Simultáneamente, con gran ansiedad.) ¿Qué?

María. Que habéis perdido a vuestra hija, que se os ha muerto vuestra hija. (Apártase hacia el fondo.)540

Don Pedro. ¡María!

Filomena. ¡Hija!

María. Dejadme. Soy libre. (Apártase más.)

Don Rafael. La ley le concede ya libertad...

María. Y yo la tomo.545

Filomena. ¡Qué sería de ti, pobre criatura, si...

María. Antes de aprender a libertarme aprendí a vivir por mí misma.

Don Pedro. (Exaltado.) Pero yo te traigo a la obediencia. Eres mi hija.550

María. Ya no soy vuestra. Soy mía, mía. (Sube por la escalerilla del fondo.)

Filomena. (Aterrada.) ¡Huye de nosotros!

Don Rafael. Y yo con ella. (Sube tras de María.)

Escena VII

Los mismos; Cesáreo, el Alcalde, Roldán, Corral y algunos Señores de Agramante.

Cesáreo. (Por la derecha, presuroso, alarmado por lo555 que le han referido y por lo que ve al llegar.) ¿Qué...? ¿Qué ocurre...?

Don Pedro. (Atribulado.) ¡Cesáreo!

Filomena. (Ídem.) ¡Hijo mío!

Don Pedro. ¡María... huye de nosotros!560

Filomena. (Señala la figura de María, que en su andar incierto se oculta y reaparece entre el follaje.) Hija adorada... hija loca... ven.

Cesáreo. (Risueño, presuntuoso, confiado en sí mismo.) Estad tranquilos. Yo la someteré.565

María. (Desde lo alto.) Soy libre.

Cesáreo. (Imperioso.) ¡María!

Don Pedro. (Dolorido y cariñoso.) ¡Mariucha!

María. (Subiendo más.) No me llaméis.... Desde este instante sólo a Dios tengo por padre. (Huye por el570 monte. Don Rafael va tras ella. Consternación de los padres. Cesáreo arrogante, confiado en sí mismo.)


ACTO QUINTO

Almacén de hulla. Local grande, de sólidos muros y techo abovedado.

A la derecha, primer término, un ventanal; a la izquierda un estante con herramientas y otros objetos, pedazos de flejes, tablas, etc. El foro está dividido: a la izquierda, un cuerpo saliente, que es una de las habitaciones particulares de León, con una puerta frente al público, y otra lateral que da al foro, y almacenes. Por la derecha de este foro se va a la calle.

Utensilios propios del comercio de carbón. Banquetas y muebles toscos. Es de día.

Escena Primera

El Alcalde, que entra por el fondo; Don Rafael, que sale por la puerta pequeña del fondo.

Alcalde. (Sorprendido.) ¿Pero estaba usted aquí?

Don Rafael. ¿Pues dónde querías que estuviese? Mi papel es consolar a los oprimidos, como el tuyo adular a los poderosos.

Alcalde. No estamos para sermones. Dígame, ¿han5 vuelto a su casa los señores Marqueses?

Don Rafael. Sí.

Alcalde. ¿Y la Marquesita?

Don Rafael. En mi casa.

Alcalde. Dijéronme que avanzó monte arriba largo10 trecho...

Don Rafael. Desolada, quería ser como fiera vagabunda del bosque. Yo no podía seguirla. La reduje al fin... Los padres, en cuanto se enteraron de que estaba en mi casa, corrieron allá. Escena de lágrimas... desmayo15 de Filomena, pucheros del papá... Pero Mariucha inflexible. Se ha encastillado en su potente voluntad, y cualquiera la rinde.

Alcalde. ¡Contentos están de usted los Marqueses y don Cesáreo!20

Don Rafael. Ya, ya... Si a todo trance querían someter a María por el terror, y martirizarla en su propia casa o en un convento, valiéranse de otros de mi oficio, que los hay, vaya si los hay, dispuestos para eso y para mucho más; pero este Cura no es de esa cuerda...25

Alcalde. ¡Qué demonio! D. Cesáreo ha de mirar por el decoro de la familia, por el lustre de su nombre.

Don Rafael. (Burlón.) ¡Mucho, mucho! Lustre nuevo a cosas viejas, y barnizar con oro y púrpura las grandezas podridas...30

Alcalde. Reconozcamos que la posición que tendrá don Cesáreo dentro de unos días le dará un poder formidable...

Don Rafael. ¡Malditas posiciones, que son como los castillos roqueros de antaño, de donde sale toda asolación35 de pueblos, todo el atropello y vejámenes de personas!

Alcalde. Pero fíjese usted... Si Mariquita se sale con la suya... Lo que yo digo...

Don Rafael. (Interrumpiéndole.) Cállate. Todo lo que tú puedas decirme me lo sé de memoria. Es el lenguaje40 del servilismo, que entre las pisadas de los poderosos cultiva su interés. ¡El decoro de la familia, el nombre! Vale más un cabello de Mariucha que todos los nombres y remoquetes de los innumerables fantasmones que pueblan el mundo.45

Alcalde. (Queriendo explicarse.) Óigame... yo digo que...

Don Rafael. (Sin hacerle caso, con calor.) ¡Las posiciones! ¡Que me dé Dios vida para verlas arrasadas, hecha tabla rasa de todo este feudalismo indecente!50 Ea: abur.

Alcalde. Aguarde: no sea tan vivo. (Autoritario.) Tengo que advertirle...

Don Rafael. ¿Órdenes del bajá de tres colas... del Excelentísimo Sr. Duque...?55

Alcalde. Órdenes mías. Primero: no conviene que visite usted a este hombre... Segundo. Puesto que tiene a la fierecilla en su casa, exhórtela, aconséjela con todo el sermoneo que usted sabe emplear cuando quiere, y una vez dueño de ella...60

Don Rafael. Le echo al cuello una soga, y la traigo al redil paterno.

Alcalde. Sin soga o con soga, entendiendo por ésta la autoridad religiosa y moral. Antes de las tres ha de estar la señorita bien catequizada y bien amansada en65 casa de sus padres, para que puedan tomar todos el tren de las cuatro...

Don Rafael. Bien, Nicolás. ¿Lo manda el amo?

Alcalde. Lo manda el sentido común; lo manda también el señor Obispo, ¡ojo! que es muy amigo de don70 Cesáreo y...

Don Rafael. (Riendo.) Mucho, mucho... ¡ja... ja!... ¿Con que a las tres?

Alcalde. Lo más tarde.

Don Rafael. Pues la traeré, hijo; traeré a la fierecilla...75 No te incomodes. La verdad es que tengo yo un miedo fenomenal a mi señor Duque, y al Obispo, y a ti... ¡Mucho, mucho...! (Vase riendo por el fondo.)

Escena II

El Alcalde, Roldán, Corral, por el fondo.

Roldán. Risueño va el curita...80

Alcalde. Déjale, que ya le cortarán la risa... ¿Y don Cesáreo?

Corral. Ahora salía del Juzgado.

Alcalde. ¿Y el Juez...?

Corral. Enteramente a su devoción.85

Roldán. Según eso, a este hombre se le puede cantar el responso.

Alcalde. Yo entiendo que cederá en cuanto vea la que se le viene encima... Él mismo será el que desencante a la encantada señorita... Para mí, a eso tira don90 Cesáreo...

Corral. Entiendo que no cede. Está enamoradísimo del ángel. Lo que hará será suicidarse, y me alegro.

Alcalde. ¡Hombre...!

Corral. Digo que allá me espere muchos años.95

Escena III

Los mismos; Cesáreo, por el fondo.

Cesáreo. (Al Alcalde.) ¿Vio usted a ese maldito Cura; le dijo...?

Alcalde. Que se arregle como pueda, ya por lo religioso, ya por lo moral, para encadenar a la rebelde...100

Cesáreo. Muy bien.

Alcalde. Y traerla a casa de sus padres.

Cesáreo. O convencida o resignada: no hay otro remedio. Y ello ha de ser pronto...

Alcalde. Sí: para que tengan tiempo de tomar el105 tren...

Cesáreo. Pues adelante... Ea: suélteme usted la fiera. Verán qué pronto la amanso. (A Roldán y Corral.) Señores, despéjenme la cueva...

Corral. Aguardaremos fuera... (Vanse Corral y110 Roldán por el foro. El Alcalde entra en las habitaciones de León y sale en seguida.)

Alcalde. ¿Le dejo a usted solo?

Cesáreo. Sí... En cuanto hable usted con el Cura, hágame el favor de pasar a casa de mis padres y advertirles115 que estén prevenidos... que vendrá María, que partiremos todos...

Alcalde. Está bien... (Retírase el Alcalde por el foro; aparece León.)

Escena IV

León, Cesáreo. (Éste se quita los guantes con presteza y los arroja sobre el banco de cerrajería.)

León. (Con fría urbanidad.) Siento que venga usted120 a este almacén, lugar tan impropio para visitas... Hubiera ido yo a donde se me designara...

Cesáreo. Aquí estamos bien, señor... (Vacilando en el tratamiento.) Creo inútil... y tonto... que nos engañemos dando yo a usted un nombre que no es el suyo. De125 antiguo nos conocemos, Antonio Sanfelices.

León. (Con gran tranquilidad, en pie.) Ése es mi nombre. A punto estuvo usted de conocerme aquel día en la sala de Alto-Rey... El polvo de carbón me sirvió de máscara...130

Cesáreo. Tras el velo negro creí ver el rostro del que fue mi amigo, del que dejó de serlo... no por culpa mía.

León. Por mi culpa, es verdad. Muchos amigos dejaron de saludarme. Algunos, pocos, me favorecieron135 con un trato de pura fórmula.

Cesáreo. Yo fui de ésos.

León. Nuestro trato había sido hasta entonces muy cordial. Nos tuteábamos.

Cesáreo. Cierto.140

León. Y aun pareció que quería usted distinguirme con una benevolencia de pura fórmula.

Cesáreo. Benevolencia que tú... (Vivamente, con transición de la rigidez a la sinceridad.) Perdone usted: siento vivas ganas de tutearle ahora como antes... Me145 sale de dentro.

León. Y a mí.

Cesáreo. No porque el tuteo sea más familiar, más íntimo, sino porque es...

León. Más rencoroso...150

Cesáreo. Más expresivo...

León. Puede uno desfogar su pecho...

Cesáreo. Sí, sí... Pues decía yo que no merecías mi benevolencia.

León. Yo creo que sí la merecía.155

Cesáreo. Hoy, con el mismo sentimiento compasivo miraría yo tu mengua... Pero resulta que no te avienes a llevarla solo, y quieres compartirla con una familia ilustre...

León. (Inalterable en su tranquilidad.) No doy ni160 quito mengua, ni con nadie la comparto, porque no existe.

Cesáreo. ¿Que no existe? ¿Quién la ha borrado?

León. (Con orgullo y convicción.) Yo la he borrado, yo. (Insistiendo.) Digo que yo la he borrado, y basta.165 Si la conciencia humana no pudiera ennegrecerse y limpiarse como esta cara mía, que viste tiznada de carbón y ahora ves blanqueada por el agua, no seríamos hombres, seríamos animales.

Cesáreo. Retóricas... Eso se dice.170

León. Y se hace. Puedes creerlo, puedes dudarlo. No tengo interés en convencerte.

Cesáreo. Si, en efecto, lavaste tu afrenta, ¿por qué no procuraste que así lo comprendiese tu tío el Marqués de Tarfe, el noble anciano que...?175

León. Por escrito le dije lo mismo que de palabra te he dicho a ti. Pero no me creyó. Como tú, me dijo: «Retóricas.»

Cesáreo. ¿Sabes que murió tu tío?

León. Lo sé.180

Cesáreo. ¿Sabes que en su testamento no te dejó ni el más pequeño legado?

León. Lo sé. No esperaba herencia ni legado. Y la verdad, no sentí la preterición de mi nombre en el testamento. Me satisface más vivir de lo que he adquirido185 con mi trabajo. Cada uno tiene su manera de borrar lo que fue, para dar mayor vida y realce... a lo que es.

Cesáreo. ¿Y de la causa que se te formó no tienes noticia reciente?190

León. Si no recuerdo mal, me dijo el Marqués al despedirme, que se había sobreseído la causa. Supe que mis compañeros de infortunio fueron absueltos libremente. Por absuelto me tuve también.

Cesáreo. Pues no lo estás.195

León. ¿Lo sabes tú?

Cesáreo. Antes de venir aquí, quise conocer los antecedentes jurídicos de Antonio Sanfelices. En el Juzgado vi que el expediente no está sobreseído, y que fácilmente se le pone en tramitación.200

León. ¡Pues no te has dado poca tarea! ¡Tanto interés en contra mía! ¿Es por la justicia? (Con severidad.) No: es porque amo a tu hermana.

Cesáreo. Por ambas cosas. Por la justicia en el concepto general, por la justicia en mi propia casa. Con205 una acción sola impongo castigo a quien lo merece, y corto el paso al hombre manchado que pretende entrar en mi familia.

León. ¡Y con ese fin desentierras mi proceso... y le das impulso en Madrid, y aquí te rodeas de autoridades210 serviles para consumar tu obra, que quiere ser justicia, escarmiento, preservativo de la familia, y al fin venganza, porque eso viene a ser en realidad!

Cesáreo. Justicia, venganza, preservativo, escarmiento,215 llámalo como quieras, y entrégate; ríndete ante un hecho contra el cual nada podrás.

León. ¿Que no podré?... Bueno. (Se cruza de brazos y le mira, expresando una calma estoica. Pausa. Cesáreo le mira.)

Cesáreo. (Con expectación.) ¿Desistes?... ¿Te das220 por vencido?

León. No desisto. Persígueme sin piedad. Cualquiera que sea mi situación, amaré a tu hermana...

Cesáreo. (Sin quitar de él los ojos.) Con amor de ensueño nada más.225

León. Con el amor que siento ahora, el cual no se satisface sino haciéndola mía para siempre.

Cesáreo. (Airado.) Te prohíbo nombrar a mi hermana.

León. ¡Si su nombre está siempre en mí, cuando230 no en mis labios, en mi pensamiento! ¡Prohibirme que piense! Tú a prohibir, yo a pensar, veremos quién gana.

Cesáreo. (Enardeciéndose ante la calma de León.) Esa estudiada calma, esa serenidad burlona no es más que la expresión de un cinismo repugnante que merece235 castigo, y me veré obligado a dártelo.

León. (Imperturbable.) Muy bien. Pues ese castigo de mis maldades caiga sobre mí. Impónmelo pronto, tú... con tu propia mano. No te importe estar en mi casa.240

Cesáreo. (Despreciativo.) Yo no: la ley.

León. ¡Ah! es verdad: ya no me acordaba. Tú, creyéndome deshonrado, no puedes medir conmigo tus armas de caballero... ¿Y para qué habías de exponer vida, si ahí tienes la ley, auxiliar cómodo y barato, y245 puedes aniquilarme con tu poder feudal sin ningún riesgo? Yo, que nada puedo, sucumbiré, y tú quedarás triunfante, con la satisfacción de haberte librado de un enemigo sin derramar ni una gota de sangre, sin un rasguño, sin la menor molestia...250

Cesáreo. ¿Qué quieres decir? ¿Que temo batirme contigo?

León. En otras circunstancias no lo temerías. Hoy, ¿para qué habías de temer lo que no necesitas?... Pues ni con el duelo, si el duelo fuera posible, ni con echarme255 a los lobos de la Curia, conseguirás que yo desista. No sabes, no podrás saber nunca, Cesáreo, a dónde llega mi resistencia. El día en qué creíste reconocerme, tu hermana dijo: «No es aquél, Cesáreo; es otro.» Gran verdad salió de aquel divino labio. No soy aquél: soy260 otro.

Cesáreo. Palabrería, orgullo, afectación. (Contiene su ira; trata de dominar a León en otra forma, sugiriéndole ideas de amargura y desesperación.) Si la ley te coge en su garra y no te suelta, que no te soltará, caerás en265 grande abatimiento... perderás tu negocio... no volverás a ver a mi hermana, ni oirás siquiera su nombre. Ninguna ilusión te consolará, y el amor mismo se te ha de convertir en un vacío angustioso, que te inspirará el horror de la vida. Tus días serán solitarios, tus noches270 serán lúgubres. No te quedará más consuelo que el sueño, el eterno olvidar, el eterno dormir.

León. (Calmoso, risueño.) Ya veo tu idea. Y es ingeniosa, Cesáreo... Claro, no me queda más que una solución: el suicidio.275

Cesáreo. No es solución: es fatalidad.

León. ¡Ah, Cesáreo, qué mal me conoces! He padecido tanto, tanto; he llevado la carga de la vida en condiciones tales, que el vivir era para mí lo mismo que llevar a cuestas un cadáver... Pues aunque llegue a280 ser mi vida más abrumadora de lo que fue, aunque sobre ella pongas los desconsuelos más negros y las tribulaciones más horribles, subiré con ella a todos los calvarios. No, Cesáreo: yo... no me mato. (Se sienta impávido.)285

Cesáreo. (Aparte, confuso, paseándose.) ¡Duro como una peña!

León. Si contabas con mi suicidio, desecha esa esperanza... Busca otra.

Cesáreo. (Fogoso, con arranque de sinceridad.)290 ¿Cuál? ¿Por qué camino desaparecerás y se perderá de vista tu existencia...?

León. Por ninguno. Todo lo soporto: deshonra, miseria, cárcel. De todas esas muertes resucito.

Cesáreo. María te olvidará.295

León. María no olvidará a su maestro.

Cesáreo. Se avergonzará de haber querido a un criminal.

León. Nunca. María cree en mí.

Cesáreo. Dejarás de verla.300

León. Esperaré.

Cesáreo. A ti y a ella, por medios distintos, quitaremos toda esperanza.

León. ¡Abolir la esperanza! ¡Pues de Dios se dice que no quita la esperanza, y la vas a quitar tú!305

Cesáreo. (Exasperado gradualmente, su ira va creciendo hasta llegar al paroxismo.) Yo no consiento, no puedo tolerar, no quiero, no quiero que entres en mi familia.

León. No tengo interés... Con tal que tu hermana310 entre en la mía...

Cesáreo. (Cegándose más.) Infame, soy caballero y castigaré tu insolencia.

León. Yo soy estoico, y no temo ningún castigo.

Cesáreo. Cínico: pues no te rindes, expiarás los315 delitos que cometiste y quedaron impunes.

León. Está bien; es justo. Pero ni por ese medio, ni por el duelo, que como caballero no puedes aceptar, ni por el suicidio, que yo rechazo, te librarás de mí. No te queda más recurso que el asesinato... Asesíname, si320 te atreves. (Sin perder su serenidad, se levanta.)

Cesáreo. (Frenético, disparado ya y con rabia impulsiva.) ¡Pues sí: me atrevo... el asesinato... el crimen! (Ciego, se precipita hacia el banco de cerrajería que está tras él, y palpando busca un arma.) ¡Te mato...325 villano!... ¡Muerte!...

León. (Acercándose.) ¿Buscas un arma? (Señalando al estante, en el cual, entre variedad de herramientas, hay cuchillos, limas y hacha.) Ahí tienes. Escoge lo que te parezca mejor. Yo estoy desarmado.330

Cesáreo. (Exaltado, buscando.) Esto... (Coge una lima y la suelta con repugnancia.) No: esto no. (Coge un hacha.) Esto... tampoco. (Lo arroja con desdén.)

León. ¿Ves? No puedes. Tu naturaleza rechaza la brutalidad... Y hay en mí una fuerza ante la cual tu335 orgullo acaba por rendirse.

Cesáreo. Sí... tu cinismo.

León. No: mi razón... la razón que me asiste.

Cesáreo. (Pasándose la mano por los ojos.) No sé qué es esto. (Cae desalentado en un banco, por la brusca340 sedación que sigue al desmedido esfuerzo.) No es cobardía; no me creerás cobarde. (Se lleva la mano al rostro. Aparecen por el fondo don Rafael, María, y tras ellos tres personas (que no hablan), Cirila, otra criada, el sacristán de la parroquia sin sotana, que trae un saco de damasco345 rojo con ropas eclesiásticas y varios objetos de culto envueltos en telas, crucifijo, candeleros, libro de ritual. Entran sin ser vistos en las habitaciones particulares de León por la puerta lateral del foro. María permanece en escena.)350

León. (Acercándose a Cesáreo.) Sí lo eres. Valiente serías para matarme. Te falta valor para reconocer que eres injusto. (Acércase María lentamente.)

Escena V