Confesé de buena fe mi desatención y le pedí me la perdonase, después de lo cual me llevó a un comedor muy aseado. Nos sentamos a la mesa, y como teníamos de testigos una doncella y un lacayo, nos tratamos de hermanos. Luego que acabamos de comer volvimos al mismo cuarto en donde habíamos estado en conversación, y allí mi incomparable Laura, entregándose a su alegría natural, me pidió cuenta de lo que me había sucedido desde nuestra última visita. Hícele de ello una fiel narración, y cuando hube satisfecho su curiosidad, ella contentó la mía relatándome su historia en estos términos.
CAPITULO VII
Historia de Laura.
«Voy a contarte lo más compendiosamente que pueda por qué casualidad abracé la profesión cómica. Después que tan honradamente me dejaste, sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, más de cansada que de disgustada del mundo, abjuró el teatro y me llevó consigo a una hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que íbamos con frecuencia y en donde nos deteníamos uno o dos días.
»En uno de estos viajecillos, don Félix Maldonado, hijo único del corregidor, me vió casualmente y le caí en gracia. Buscó ocasión de hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribuí algo para hacérsela hallar. Este caballero no tenía veinte años; era hermoso como un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba más todavía con sus modales amables y generosos que con su cara. Me ofreció con tan buena voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo, que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galán tan amable; pero ¡qué mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor, que era el más severo de los de su clase, advertido de nuestro trato, procuró evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al hospicio de la Caridad.
»Allí, sin más forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceñido por la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que pendía un rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Después me llevaron a una sala, en donde encontré un fraile viejo, de no sé qué Orden, que principió a exhortarme a la penitencia, del mismo modo, poco más o menos, que la señora Leonarda te exhortó a ti a la paciencia en el sótano. Me dijo debía estar muy agradecida a las personas que me mandaban encerrar allí, pues que me hacían un gran beneficio sacándome de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada. Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a los que me habían hecho este favor, les echaba mil maldiciones.
»Ocho días pasé sin hallar consuelo, pero a los nueve—porque yo contaba hasta los minutos—mi suerte pareció querer mudar de aspecto. Al atravesar un patio pequeño encontré al mayordomo de la casa, que todo lo mandaba y hasta la superiora le obedecía. No daba las cuentas de su administración sino al corregidor, de quien únicamente dependía y que tenía una entera confianza en él. Figúrate un hombre alto, pálido, descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura del Buen Ladrón. Parecía que ni aun miraba a las hermanas. Cara tan hipócrita no la habrás visto, aunque hayas estado en el palacio arzobispal.
»Encontré, pues—continuó ella—, al señor Zendono, que me detuvo diciéndome: «¡Consuélate, hija mía, estoy compadecido de tus desgracias!» Nada más me dijo y continuó su camino, dejando a mi arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan lacónico. Como yo le tenía por un hombre de bien, me imaginaba fácilmente que se había tomado el trabajo de examinar la causa de mi encierro y que, no hallándome bastante culpable para merecer que se me tratara tan indignamente, quería empeñarse en mi favor con el corregidor. Pero conocía mal al vizcaíno; sus intenciones eran otras. Había proyectado en su mente hacer un viaje, del que me dió parte algunos días después. «Amada Laura mía—me dijo—, es tanto lo que siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro que esto es querer perderme, pero ya no soy mío ni puedo vivir mas que para ti. La situación en que te veo me atraviesa el alma, y así, intento sacarte mañana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid, sacrificándolo todo al placer de ser tu libertador.» Poco me faltó para morir de gozo al oír a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que lo que yo más deseaba era escaparme, tuvo al día siguiente la osadía de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la superiora que tenía orden para llevarme a presencia del corregidor, que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me hizo con todo descaro subir con él en una silla de posta, tirada por dos buenas mulas que había comprado para el caso. No llevábamos con nosotros mas que un criado, que conducía la silla y que era enteramente de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo creía, hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de entrar en Braganza, el vizcaíno me hizo poner un vestido de hombre, que llevaba prevenido, y contándome ya por suya me dijo en la hostería donde nos alojamos: «Bella Laura, no tomes a mal que te haya traído a Portugal. El corregidor de Zamora nos hará buscar en nuestra patria como a dos criminales a quienes la España no debe dar ningún asilo; pero—añadió él—podemos ponernos a cubierto de su resentimiento en este reino tan extraño, aunque en el día esté sujeto al dominio español; a lo menos, estaremos aquí más seguros que en nuestro país. Déjate, pues, persuadir, ángel mío; sigue a un hombre que te adora. Vamos a vivir a Coimbra; allí pasaremos sin temor nuestros días en medio de unos pacíficos placeres.»
»Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de la caballería. Comprendí que contaba mucho con mi agradecimiento y aun más con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban en su favor, me negué resueltamente a lo que me proponía. Es verdad que por mi parte tenía dos razones poderosas para mostrarme tan reservada, pues no era de mi gusto ni le creía rico. Pero cuando, volviendo a estrecharme, ofreció ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver palpablemente que su administración le había suministrado caudal para mucho tiempo, no lo oculto: comencé a escucharle. Me deslumbró el oro y la pedrería que me enseñó, y entonces experimenté que el interés sabe hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcaíno fué poco a poco haciéndose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me representó de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura hermosa, y hasta su aspecto hipócrita me mereció un nombre favorable. Entonces acepté sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien tomó por testigo de nuestra unión. Después de esto ya no tuvo que experimentar ninguna contradicción por mi parte, y, siguiendo nuestro camino, muy presto Coimbra recibió dentro de sus muros a un nuevo matrimonio.
»Mi marido me compró muy buenos vestidos de mujer y me regaló muchos diamantes, entre los cuales conocí el de don Félix Maldonado. No necesité más para adivinar de dónde venían todas las piezas preciosas que yo había visto, y para persuadirme de que no me había casado con un rígido observador del séptimo artículo del Decálogo; pero considerándome como la causa primera de sus juegos de manos, se los perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer su hermosura, y a no ser esto, ¡qué mal hombre me hubiera parecido!
»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo, me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla en una silla volante.
»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa. Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron.
»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!—dijo en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo—. ¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando halles ocasión para ello.»
»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la representación de la comedia famosa El embajador de sí mismo, compuesta por Lope de Vega Carpio.
»Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que te acordarás era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas veces en casa de Arsenia. Sabía yo muy bien que Fenicia hacía más de dos años que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cómica. Era tal la impaciencia que tenía de abrazarla que me pareció larguísima la pieza. Quizá tenían también la culpa los que la representaban, que no lo hacían ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te confieso que, como soy tan risueña, un cómico perfectamente ridículo no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al vestuario, en donde vimos a Fenicia, que hacía la desdeñosa escuchando con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se había dejado coger con la liga de su declamación. Luego que me vió se despidió de él cortésmente, vino a mí con los brazos abiertos y me dió todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abracé con el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que teníamos en volvemos a ver; pero no permitiéndonos el tiempo ni el sitio meternos en una larga conversación, dejamos para el día inmediato el hablar en su casa más extensamente.
»El gusto de hablar es una de las pasiones más vivas de las mujeres y particularmente la mía. No pude pegar los ojos en toda la noche: tal era el deseo que tenía de verme con Fenicia y hacerle preguntas sobre preguntas. Dios sabe si fuí perezosa para levantarme e ir a donde me había dicho que vivía. Estaba alojada con toda la compañía en un gran mesón. Una criada que encontré al entrar, y a quien supliqué me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo largo del cual había diez o doce cuartos pequeños, separados solamente por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi conductora tocó a una puerta, la cual abrió Fenicia, cuya lengua rabiaba tanto como la mía por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de sentarnos, nos pusimos en disposición de parlar sin cesar. Teníamos que preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y las respuestas de un modo extraordinario.
»Después de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas del actual estado de nuestros asuntos, me preguntó Fenicia qué partido quería tomar. «Porque al fin—me dijo—es preciso hacer alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser inútil a la sociedad.» Respondíle que había resuelto, hasta encontrar mejor fortuna, colocarme con alguna señorita distinguida. «¡Quítate allá!—exclamó mi amiga—. ¡No pienses en ello! ¿Es posible, amiga mía, que aun no te hayas cansado de servir? ¿No te has fastidiado de estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, oír que te regañan y, en una palabra, ser esclava? ¿Por qué no abrazas, como yo, la vida de cómica? Ninguna cosa es más conveniente para las personas de talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio entre la nobleza y la plebe; una condición libre y desembarazada de las etiquetas más incómodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las paga en moneda contante el público, que es el poseedor de sus fondos. En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del mismo modo que lo ganamos. El teatro—prosiguió—favorece sobre todo a las mujeres. Todavía me salen los colores al rostro siempre que me acuerdo de que cuando servía a Florimunda no oía sino a los criados de la compañía del Príncipe y que ningún hombre de suposición me miraba a la cara. ¿De qué nacía esto? De que yo no hacía allí papel; por buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista pública. Pero después que me puse en chapines, esto es, que parecí en las tablas, ¡qué mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de los pueblos por donde pasamos. Una cómica tiene cierto atractivo en su oficio. Si es discreta—quiero decir, que no favorece mas que a un solo amante—, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderación; y cuando muda de galán la miran como a una verdadera viuda que se vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza de los hombres, al paso que una dama parece hacerse más apreciable a medida que aumenta el número de sus favorecidos, pues todavía, después de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso.» «¿A quién cuentas eso?—interrumpí yo al llegar aquí—. ¿Piensas tú que ignoro esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablándote sin ningún disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi genio. Conozco en mí mucha inclinación a la vida cómica, pero esto no basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no ha quedado satisfecha de mí, lo que me ha hecho no gustar del arte.» «No es extraño que le hayas disgustado—replicó Fenicia—. ¿Ignoras que esas grandes actrices son por lo común envidiosas? A pesar de su vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin, yo, sobre este asunto, no me atendría solamente al voto de Arsenia; su decisión no ha sido sincera. Dígote sin lisonja que has nacido para el teatro. Tienes naturalidad, acción despejada y muy graciosa, un metal de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. ¡Ah picaruela, a cuántos encantarás si te haces comedianta!»
»A esto añadió otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos versos para convencerme a mí misma de la excelente disposición que tenía para el teatro, y habiéndome oído fueron mayores sus elogios, hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En vista de esto, no debía ya dudar de mi mérito ni dejar de acusar a Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fué preciso convenir en que mi persona valía mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante de dos cómicos que entraron en aquella sazón, los que se quedaron pasmados; y cuando volvieron de su admiración fué para colmarme de alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran ido a porfía sobre quién me había de elogiar más, no hubieran empleado más hipérboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios. Principié a creer que valía algo y heme aquí resuelta a abrazar la profesión cómica.
»No hablemos más, querida mía—dije a Fenicia—. Está hecho; quiero seguir tu consejo y entrar en la compañía si no hay inconveniente.» A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abrazó, y sus dos compañeros no manifestaron menos alegría que ella al ver mi determinación. Quedamos en que al día siguiente por la mañana iría al teatro y repetiría delante de toda la compañía el mismo ensayo. Si en casa de Fenicia adquirí una opinión ventajosa, todavía fué más favorable la de los comediantes después que recité en su presencia sólo unos veinte versos, y así, me recibieron muy gustosos en la compañía. Desde entonces puse mi atención sólo en el modo con que había de salir la primera vez en las tablas. Para que fuese con más lucimiento, gasté todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me presenté con ostentación, a lo menos hallé el arte de suplir la falta de magnificencia con un gusto delicado. Presentéme, en fin, por la primera vez en la escena. ¡Qué palmadas! ¡Qué aplausos! No faltaré, amigo mío, a la modestia si te digo que arrebaté la atención de los espectadores. Era preciso haber presenciado la celebridad que adquirí en Sevilla para creerla. Fuí el objeto de todas las conversaciones de la ciudad, la que por tres semanas acudió a bandadas a la comedia, de modo que la compañía, con esta novedad, atrajo al público, que ya empezaba a desampararla. Me presenté de un modo que hechicé a todos, lo que fué publicar que me vendía al que más diera. Una infinidad de sujetos de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y facultades. Por mi gusto hubiera escogido al más joven y bonito; pero nosotras solamente debemos mirar al interés y a la ambición cuando se trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razón mereció la preferencia don Ambrosio de Nisaña, hombre ya viejo y de muy rara figura, pero rico, generoso y uno de los señores más poderosos de Andalucía. Es verdad que le costó caro. Tomó para mí una hermosa casa, la adornó magníficamente, me buscó un buen cocinero, dos lacayos, una doncella, y me señaló para el gasto mil ducados mensuales. Añade a esto ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca llegó a un estado tan brillante.
»¡Qué mudanza en mi fortuna! Ni aun yo podía comprenderla ni me conocía a mí misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden prontamente de la nada y miseria de donde las sacó el capricho de algún poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del público, las expresiones lisonjeras que oía por todas partes y la pasión de don Ambrosio me infundieron una vanidad que llegó hasta la extravagancia. Miré mi habilidad como un título de nobleza y tomé el aire de señora. Ya escaseaba tanto las miradas cariñosas cuanto las había prodigado antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques, condes y marqueses.
»El señor de Nisaña, con algunos de sus amigos, venía todas las noches a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cómicas más divertidas y pasábamos la mayor parte de la noche en beber y reír. Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no duró mas que seis meses. Si los señores no tuvieran la facilidad de cansarse, serían más amables. Don Ambrosio me dejó por una maja granadina que acababa de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para hacerlas valer. Mi aflicción no duró mas que veinticuatro horas, porque inmediatamente ocupó su lugar un caballero de veintidós años, llamado don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podían comparársele. Con razón me preguntarás por qué elegí a un señor tan joven sabiendo que el trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te diré que don Luis ni tenía padre ni madre y que ya disponía de su hacienda. Además, que este trato sólo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras. Las mujeres de nuestra profesión son personas de título; nunca somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos. ¡Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado!
»Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo haya habido jamás amor como el nuestro. Nos amábamos con tanto ardor que no parecía sino que estábamos hechizados. Los que sabían nuestra pasión nos creían los amantes más dichosos del mundo, y tal vez éramos los más infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por más que yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza, su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi cuidado. Si estaba en la escena, le parecía que mientras representaba miraba al descuido cariñosamente a algún joven y me llenaba de reconvenciones. En una palabra, nuestras más tiernas conversaciones estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar más; a ambos nos faltó la paciencia y nos separamos amigablemente. ¿Creerás tú que el último día de nuestra amistad fué el más gustoso que habíamos tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que habíamos padecido, nos despedimos con la mayor alegría, semejantes a dos miserables cautivos que recobran su libertad después de una dura esclavitud.
»Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero más amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como las demás mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasión cuyas ridiculeces hacemos ver al público.
»Entre tanto mi fama iba alcanzando más vuelo, publicando por todas partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombradía movió a los comediantes de Granada a que me escribiesen convidándome con una plaza en su compañía; y para hacerme ver que la propuesta no era despreciable, me enviaron una razón del importe de sus últimas entradas y de sus caudales, por lo cual, pareciéndome un partido ventajoso, lo acepté, aunque en lo íntimo de mi corazón sentía dejar a Fenicia y a Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a otra. A la primera la dejé en Sevilla ocupada en derretir la vajilla de un platerillo que por vanidad quería tener por cortejo a una comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cómica mudé por capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con éste salí para Granada.
»Allí principié mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quería favorecer sino a quien diese buenas señales, me porté con tal reserva que pude ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de nada servía y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razón de su empleo, de una buena mesa y de arrastrar coche, hacía el papel de señor, cuando vi por primera vez al marqués de Marialba. El señor portugués, que viaja en España por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fué a la comedia y aquel día no representé yo. Miró con mucha atención a las actrices que se presentaron, halló una que le gustó y desde el día siguiente empezó a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando me presenté yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron prontamente la veleta. Ya mi portugués no pensó mas que en mí, y, a decir verdad, como yo no ignoraba que mi compañera había agradado a este señor, procuré desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien sé que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que entre las mujeres es natural esta ambición y que las más íntimas amigas no hacen escrúpulo de ella.»
CAPITULO VIII
Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el vestuario.
En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia llegó una comedianta vieja, vecina suya, que venía a sacarla para ir a la comedia. Esta venerable heroína de teatro hubiera sido primorosa para hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dejó de presentar su hermano a esta figura añeja, y sobre ello mediaron grandes cumplimientos de ambas partes.
Las dejé solas, diciendo a la viuda del mayordomo que iría a buscarla al teatro luego que hubiera hecho llevar mi ropa a casa del marqués, que ella me enseñó. Fuí inmediatamente al cuarto que tenía alquilado, pagué a mi huéspeda, di a un mozo mi maleta y fuí con él a una gran posada, en donde estaba alojado mi amo. Encontré a la puerta a su mayordomo, que me preguntó si era yo el hermano de la señora Estela. Respondí que sí, y me dijo: «Pues sea usted muy bien venido, caballero. El marqués de Marialba, de quien tengo honra de ser mayordomo, me ha mandado os reciba con todo agasajo. Se le ha preparado a usted un cuarto; si usted gusta, yo se lo enseñaré.» Me subió a lo último de la casa y me introdujo en un aposento tan pequeño que sólo cabía una cama muy estrecha, un armario y dos sillas; tal era mi habitación. «Usted no estará aquí muy a sus anchuras—me dijo mi conductor—; pero en recompensa prometo a usted que en Lisboa estará soberbiamente alojado.» Metí mi maleta en el armario, del cual me llevé la llave, y pregunté a qué hora se cenaba. Me respondieron que el señor cenaba comúnmente fuera y que daba a cada criado un tanto al mes para su mantenimiento. Hice algunas otras preguntas y conocí que los criados del marqués eran unos holgazanes afortunados. Al cabo de una breve conversación dejé al mayordomo y fuí a buscar a Laura, entretenido agradablemente con los presagios de mi nuevo acomodo.
Luego que llegué a la puerta de la casa de comedias y dije que era hermano de Estela, todo se me franqueó. ¡Hubierais visto las centinelas hacerme paso a porfía, como si yo fuera uno de los principales personajes de Granada! Todos los dependientes del teatro que encontré en el tránsito me hicieron profundas reverencias. Pero lo que yo quisiera poder pintar bien al lector es el recibimiento que, con una seriedad cómica, me hicieron en el vestuario, en donde encontré toda la compañía vestida ya y pronta a principiar. Los comediantes y comediantas, a quienes Laura me presentó, se agolparon hacia mí. Los hombres me confundieron a abrazos, y las mujeres en seguida, aplicando sus rostros pintados al mío, lo llenaron de arrebol y blanquete. Ninguno quería ser el último a cumplimentarme y todos se pusieron a hablarme a un tiempo. No bastaba yo a responderles; pero mi hermana vino a mi socorro, y como tenía ejercitada la lengua, cumplió con todos por mí.
No pararon los cumplimientos en los actores y actrices; fué preciso aguantar los del tramoyista, violinistas, apuntador, despabilador y sotadespabilador; en fin, de todos los dependientes del teatro, que al rumor de mi llegada vinieron corriendo a examinar mi persona. No parecía sino que estas gentes eran todas de la Inclusa, que jamás habían visto hermanos.
Entre tanto empezó la comedia. Algunos caballeros que estaban en el vestuario se retiraron a tomar sus asientos, y yo, como de casa, continué en conversación con los actores que no representaban. Entre éstos había uno a quien llamaron, y oí le nombraban Melchor. Este nombre me chocó, y habiendo mirado atentamente al sujeto a quien se le daba, me pareció haberle visto en alguna parte. Al fin me acordé de él y vi que era Melchor Zapata, aquel pobre cómico de la legua que, como dije en el libro segundo de mi historia, estaba mojando mendrugos de pan en una fuente.
Al instante le llamé aparte y le dije: «Si no me engaño, usted es el señor Melchor, con quien tuve la honra de almorzar un día a la orilla de una clara fuente entre Valladolid y Segovia. Iba yo con un mancebo de barbero, juntamos algunas provisiones que llevábamos con las de usted y compusimos entre los tres una comida escasa que se sazonó con mil conversaciones agradables.» Zapata se quedó como pensativo algunos instantes y después me respondió: «Usted me habla de una cosa de que sin dificultad hago memoria. Entonces venía de Madrid, en donde había salido para prueba en aquel teatro, y me volvía a Zamora. También me acuerdo que mis negocios andaban de mala data.» «Y yo, por esas señas—le dije—, vengo en conocimiento de que usted llevaba un jubón forrado de carteles de comedias. Tampoco he olvidado que usted se quejaba en aquel tiempo de que tenía una mujer muy honesta.» «¡Oh! ¡Por esa parte ya no me quejo!—dijo Zapata con precipitación—. ¡Vive diez que la buena mujer se ha enmendado en esto, y así, mi jubón va mejor forrado!»
Al ir a darle la enhorabuena de tan feliz mudanza tuvo precisión de dejarme para salir a la escena. Con el deseo de conocer a su mujer, me acerqué a un comediante y le supliqué me la mostrase, lo que hizo diciendo: «Véala usted, esa es Narcisa, la más linda de nuestras damas después de la hermana de usted.» Juzgué que esta actriz debía de ser aquella a quien se había aficionado el marqués de Marialba antes de haber visto a su Estela, y mi conjetura no salió errada. Acabada la comedia, acompañé a Laura a su casa, en donde vi muchos cocineros que estaban disponiendo una gran cena. «Aquí puedes cenar», me dijo ella. «Nada menos que eso—le respondí—: el marqués querrá quizá estar solo contigo.» «No—respondió ella—; ahora vendrá con dos amigos suyos y uno de nuestros compañeros, y si tú quieres, serás la sexta persona. Bien sabes que en casa de las cómicas los secretarios tienen privilegio de comer con sus amos.» «Es verdad—le dije—, pero todavía no es tiempo de contarme entre los secretarios favoritos; para obtener este cargo honorífico debo antes emplearme en alguna comisión de confianza.» Diciendo esto, dejé a Laura y fuí a mi hostería, donde hice ánimo de comer todos los días, porque mi amo no tenía casa.
CAPITULO IX
Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cenó aquella noche y de lo que pasó entre ellos.
Advertí que en un rincón de la sala estaba cenando solo un fraile viejo vestido de paño pardo, y por curiosidad me senté enfrente de él. Saludéle con mucha urbanidad y él no se mostró menos cortés que yo. Trajéronme mi pitanza, que principié a despachar con buenas ganas, y mientras comía sin decir una palabra miraba frecuentemente a este raro personaje y siempre le hallé puestos los ojos en mí. Cansado de su afán en mirarme, le hablé en estos términos: «Padre, ¿nos habremos visto tal vez en otra parte fuera de aquí? Usted me está observando como a un hombre que no le es enteramente desconocido.»
Respondióme con mucha gravedad: «Si os miro con esta atención sólo es para admirar la singular variedad de aventuras que están grabadas en las rayas de vuestro rostro.» «A lo que veo—le dije con un aire burlón—, vuestra reverencia sabe la metoposcopia.» «Bien podría lisonjearme de poseerla—dijo el fraile—y de haber pronosticado cosas que el tiempo no ha desmentido. No sé menos la quiromancia, y me atrevo a decir que mis oráculos son infalibles cuando he comparado la inspección de la mano con la del rostro.»
Aunque aquel viejo tenía todo el aspecto de hombre sabio, me pareció tan loco que no pude dejar de reírme en su cara; pero en lugar de ofenderse de mi descortesía se sonrió de ella, y después de haber paseado su vista por la sala y asegurádose de que nadie nos oía, continuó hablando de esta manera: «No me espanto de veros opuesto a estas dos ciencias, que en el día se tienen por frívolas; el largo y penoso estudio que requieren desanima a todos los sabios, que, despechados de no haberlas podido adquirir, las abandonan y desacreditan. Por lo que hace a mí, no me ha acobardado la obscuridad en que están envueltas ni tampoco las dificultades que se suceden sin cesar en la indagación de los secretos químicos y en el arte maravilloso de transmutar los metales en oro. Pero no presumo—prosiguió, habiendo tomado nuevo aliento—que hablo con un joven que conceptúe de sueños mis pensamientos. Una leve prueba de mi habilidad os dispondrá a juzgar más favorablemente de mí que todo cuanto pudiera deciros.» Dicho esto, sacó del bolsillo un frasquillo lleno de un licor encarnado y prosiguió diciendo: «Vea usted aquí un elixir que he compuesto esta mañana del zumo de ciertas plantas destiladas por alambique; porque, a imitación de Demócrito, he empleado casi toda mi vida en descubrir las propiedades de los simples y de los minerales. Usted va a experimentar su virtud. El vino que estamos bebiendo es muy malo: pues va a ser exquisito.» Al mismo tiempo echó dos gotas de su elixir en mi botella, que volvieron mi vino más delicioso que los mejores que se beben en España.
Todo lo maravilloso sorprende, y una vez preocupada la imaginación, el juicio se extravía. Pasmado de ver un secreto tan bueno, y persuadido de que era menester ser poco menos que diablo para haberlo hallado, exclamé lleno de admiración: «¡Oh padre mío, suplico a usted me perdone si antes le he tenido por un viejo loco! Ahora le hago a usted justicia; no necesito ver más para estar convencido de que si quisiera podría hacer en un instante un tejo de oro de una barra de hierro. ¡Qué dichoso fuera yo si poseyera esa admirable ciencia!» «¡El Cielo os libre de tenerla jamás!—interrumpió el viejo dando un profundo suspiro—. ¡Tú no sabes, hijo mío, lo que deseas! En lugar de envidiarme, tenme más bien lástima de haber tomado tanto trabajo para hacerme infeliz. Siempre vivo inquieto; temo ser descubierto y que una prisión perpetua sea el premio de todos mis afanes. Con este temor paso una vida errante, disfrazado unas veces de clérigo o de fraile, otras de caballero o paisano. ¿Y te parece que será ventajoso el saber hacer oro a ese precio? Y las riquezas, ¿no son un verdadero suplicio para aquellos que no las disfrutan con quietud?» «Ese discurso me parece muy sensato—dije entonces al filósofo—. Nada iguala al gusto de vivir con sosiego; usted me hace mirar con desprecio la piedra filosofal. Yo os estimaría que me vaticinaseis lo que me ha de acontecer.» «De muy buena gana, hijo mío—me respondió—. Ya he observado vuestra fisonomía; mostrad vuestra mano.» Presentésela con una confianza que no me hará honor en el ánimo de algunos lectores que en mi lugar acaso habrían hecho otro tanto. La examinó muy atentamente y al momento exclamó: «¡Ah, y qué de tránsitos de la aflicción a la alegría y de la alegría a la aflicción! ¡Qué serie azarosa de desgracias y de prosperidades! Mas ya habéis experimentado una gran parte de estas alternativas de la fortuna y no os restan más desgracias que probar; un señor os dará un buen destino que no estará sujeto a mutaciones.»
Después de haberme afirmado que podía estar seguro de su pronóstico, se despidió de mí, saliendo de la hostería, donde quedé muy pensativo de lo que acababa de oír.
No dudaba yo que fuese el marqués de Marialba el tal señor, y, por consiguiente, nada me parecía más posible que el cumplimiento del vaticinio. Pero cuando yo no hubiese visto la menor apariencia de ello, no me hubiera impedido eso dar al fraile entero crédito: tanta era la autoridad que por su elixir había cobrado en mi ánimo.
Por mi parte, para acelerar la felicidad que me había predicho, determiné servir al marqués con más afecto que lo había hecho a ninguno de los otros amos. Con esta resolución, me retiró a nuestra posada con una alegría imponderable, cual nunca sacó una mujer de casa de las decidoras de la buenaventura.
CAPITULO X
De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario.
Todavía no había vuelto el marqués de casa de su comedianta; pero en su aposento encontré a los ayudas de cámara, que jugaban a los naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos alegremente hasta las dos de la madrugada, en que llegó nuestro amo. Sorprendióse un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a entender volvía contento de su visita: «Gil Blas, ¿por qué no te has acostado?» Yo le respondí que quería saber antes si tenía alguna cosa que mandarme. «Puede ser—dijo—te encargue por la mañana un asunto y entonces te daré mis órdenes. Vé a descansar y sabe que te dispenso de esperarme, pues me bastan los ayudas de cámara.» Después de esta advertencia, que no dejó de agradarme, pues me excusaba la sujeción, que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dejé al marqués en su cuarto y me retiré a mi buhardilla. Me acosté; pero, no pudiendo dormir, seguí el consejo de Pitágoras, de traer a la memoria por la noche lo que hemos hecho en el día, para aplaudir nuestras buenas acciones o vituperar las malas.
Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber apoyado la mentira de Laura. Por más que yo me decía para disculparme de que no había podido decentemente desmentir a una muchacha que no había tenido otra mira que la de mi bien y que en algún modo me había visto en la precisión de ser cómplice de su engaño, poco satisfecho de esta excusa, yo mismo me respondía que no debía llevar tan adelante el embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un señor cuya confianza pagaba tan mal. En fin, después de un severo examen, convine en que, si no era un bribón, me faltaba poco.
Pasando de aquí a las consecuencias, reflexioné que aventuraba mucho en engañar a un hombre de distinción, quien por mis pecados acaso tardaría poco en descubrir el enredo. Una reflexión tan juiciosa aterró algún tanto mi espíritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas del contento y del interés. Por otra parte, la profecía del hombre del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y así, me entregué a imágenes muy risueñas. Me puse a hacer cuentas de aritmética y a calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderían mis salarios al cabo de diez años de servicio. A esto añadí las gratificaciones que recibiría de mi amo; y midiéndolas por su carácter liberal, o más bien según mis deseos, tenía una intemperancia de imaginación, si puede hablarse de este modo, que no ponía límites a mi fortuna. Tanta felicidad me concilió poco a poco el sueño y me quedé dormido haciendo castillos en el aire.
Por la mañana me levanté a cosa de las nueve para ir a recibir las órdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admiré de verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: «Gil Blas, al despedirme anoche de tu hermana le ofrecí pasar a su casa esta mañana; pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. Vé y díle de mi parte cuánto siento este contratiempo y asegúrale que aún cenaré esta noche con ella. No es esto lo más—añadió, entregándome una bolsa con una cajita de zapa guarnecida de piedras—: llévale mi retrato y toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy en prueba de la amistad que ya te he cobrado.» Con una mano tomé el retrato y con la otra la bolsa, de mí tan poco merecida. Fuí corriendo al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegría que me enajenaba: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡La predicción se verifica visiblemente! ¡Qué fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! ¡Es lástima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!»
Laura, contra la costumbre de las personas de su profesión, solía madrugar. Halléla al tocador, en donde, esperando a su portugués, añadía a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el arte podía prestarle. «Amable Estela—le dije al entrar—, imán de los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que no puede tener el gusto de verte esta mañana, como lo había pensado; pero para consolarte de esto cenará esta noche contigo. Y te envía su retrato, con lo que me parece quedarás algo más consolada.»
Entreguéla la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de que estaba guarnecida, alegró infinito su vista. Abrióla, y habiéndola cerrado después de haber considerado la pintura por mero cumplimiento, volvió a mirar las piedras. Celebró su hermosura y me dijo con sonrisa: «Ve aquí unas copias que las damas de teatro estiman mucho más que los originales.» Díjele en seguida que el generoso portugués, al darme el retrato, me había regalado cincuenta doblones. «Me alegro infinito—me dijo ella—. Este señor principia por donde aún raras veces acaban otros.» «A ti es, mi querida—respondí yo—, a quien debo este regalo, que el marqués me hizo a causa de fraternidad.» «Yo quisiera—dijo ella—te hiciera otros como ese todos los días. ¡No puedo ponderarte cuánto te amo! Desde el instante en que te vi te amé tan estrechamente que el tiempo no ha podido romper esta unión. Cuando te eché de menos en Madrid, no perdí las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te recibí como a un hombre que volvía a su centro. En una palabra, amigo mío, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. Tú serás mi marido, pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos por aquí. Todavía quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en una situación aventajada.»
Díle cortésmente las gracias por el trabajo que quería tomarse por mí e insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversación que duró hasta el mediodía. Entonces me retiré para ir a dar cuenta a mi amo del modo con que había sido recibido su regalo. Aunque Laura no me había dado sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena arenga para cumplimentarle de su parte; pero fué tiempo perdido, porque cuando llegué a la posada me dijeron que el marqués acababa de salir; y estaba decretado que no volvería a verle más, como puede leerse en el capítulo siguiente.
CAPITULO XI
De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él.
Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten las desgracias que nos amenazan.
Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués. Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era hermano de Estela. Esta noticia—añadió Melchor—ha llegado a oídos de Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa, contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo, como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo. Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente funesto.»
Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me buscasen aquella misma noche.
No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja fresca hasta la hora de marchar.
Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño.
Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero, el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda, donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán, y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba enferma de peligro.
Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá, discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno, que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta entonces me había hecho representar.
CAPITULO XII
Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este oficial y qué negocio le había llevado a Madrid.
Así que llegué a Madrid establecí mi habitación en una posada de caballeros, en donde, entre otras personas, vivía un capitán viejo, que desde lo último de Castilla la Nueva había venido a la corte a pretender una pensión que creía tener bien merecida. Llamábase don Aníbal de Chinchilla. No sin espanto le vi la primera vez; era un hombre de sesenta años, de una estatura gigantesca y sumamente flaco. Tenía unos bigotes poblados, que subían, retorciéndose por los dos lados, hasta las sienes; además de que le faltaba un brazo y una pierna, llevaba tapado un ojo con un gran parche de tafetán verde, y casi todo su rostro estaba lleno de cicatrices. En lo demás era como otro cualquiera. No carecía de entendimiento y aun menos de gravedad. En cuanto a sus costumbres, era muy rígido y se preciaba sobre todo de ser delicado en punto de honor.
A las dos o tres conversaciones que tuvimos, me honró con su confianza y supe todos sus asuntos. Me contó en qué ocasiones se había dejado un ojo en Nápoles, un brazo en Lombardía y una pierna en los Países Bajos. Admiré, en las relaciones que me hizo de las batallas y sitios, el que no se le escapase ninguna fanfarronada ni palabra en alabanza suya, siendo así que sin dificultad le hubiera perdonado el que alabase la mitad del cuerpo que le quedaba, en recompensa de la otra que había perdido. Los oficiales que vuelven sanos y salvos de la guerra no son siempre tan modestos.
Me dijo que sobre todo sentía a par de su alma haber disipado una considerable hacienda en sus campañas, de suerte que no le habían quedado mas que cien ducados de renta, con lo que apenas tenía para aliñar sus bigotes, pagar su alojamiento y dar a copiar sus memoriales. «Porque, en fin, señor caballero—añadió encogiéndose de hombros—, todos los días, a Dios gracias, los presento, sin que se haga el más mínimo caso de ellos. Si usted lo presenciara, no diría sino que apostábamos el ministro y yo sobre cuál había de cansarse antes, si yo en darlos o él en recibirlos. También tengo la honra de presentárselos al mismo rey, pero tan lindo es Pedro como su amo; y entre estas y esotras la casa de Chinchilla se arruina por falta de reparo.» «No pierda usted las esperanzas—dije al capitán—. Usted sabe que las cosas de palacio van despacio. Acaso estará usted hoy en vísperas de ver premiados con usura todos sus penosos servicios.» «No debo lisonjearme con esa esperanza—respondió D. Aníbal—; aun no hace tres días que hablé a uno de los secretarios del ministro, y si he de dar crédito a sus palabras, es preciso prestar paciencia.» «¿Y qué le dijo a usted, señor oficial?—le respondí—. ¿Tal vez el estado en que usted se halla no le parece digno de recompensa?» «Usted lo verá—respondió Chinchilla—. Este secretario me ha dicho claramente: «Señor hidalgo, no pondere usted tanto su celo y su fidelidad, porque en haberse expuesto a los peligros por su patria no ha hecho usted mas que cumplir con su obligación. La gloria que resulta de las acciones heroicas es suficiente paga y debe bastar, principalmente a un español. Desengáñese usted si mira como deuda la gratificación que solicita: en caso de que se os conceda esta gracia, la deberéis únicamente a la bondad del rey, que se contempla deudor a los vasallos que han servido bien al Estado.» Infiera usted de ahí—siguió el capitán—lo que podré esperar, y que al cabo habré de volverme como he venido.» Naturalmente nos interesamos por un hombre honrado cuando se le ve padecer. Le exhorté a que se mantuviera firme, me ofrecí a ponerle de balde en limpio sus memoriales y llegué hasta ofrecerle mi bolsillo, suplicándole que tomase lo que quisiera de él. Pero no era de aquellos que en semejantes ocasiones no necesitan de muchos ruegos; antes bien, se mostró muy pundonoroso y me dió las gracias. Después de esto me dijo que, por no cansar a nadie, se había acostumbrado poco a poco a vivir con tanta sobriedad que el menor alimento bastaba para su subsistencia, lo que era muy cierto. No se mantenía de otra cosa que de cebollas y ajos, y así, estaba en los huesos. Para que nadie viese sus malas comidas, se encerraba en su cuarto a la hora de ellas. No obstante, a fuerza de súplicas conseguí que cenásemos y comiésemos juntos. Y engañando su vanidad con una compasión ingeniosa, hice que me trajesen mucha más comida y bebida de la que yo necesitaba. Instéle a comer y beber, lo que rehusó al principio con mil ceremonias; pero al fin cedió a mis instancias, y tomando insensiblemente más confianza, él mismo me ayudaba a dejar limpio mi plato y desocupada mi botella.
Luego que hubo bebido cuatro o cinco tragos y recuperado su estómago con un buen alimento, me dijo en tono alegre: «En verdad, señor Gil Blas, que sois muy seductor, pues hacéis de mí lo que queréis. Tenéis un modo tan atractivo que desvanece hasta el temor de abusar de vuestra generosidad.» Me pareció que mi capitán había ya perdido tanto la cortedad que si en aquel instante le hubiera ofrecido dinero no lo hubiera rehusado. No quise hacer la prueba y me contenté con hacerle mi comensal y tomarme el trabajo, no solamente de escribirle los memoriales, sino de ayudarle a componerlos. Con el ejercicio de copiar homilías, había aprendido a variar de frases y aun llegado a ser medio autor. El viejo oficial, por su parte, se preciaba de poner bien un papel, de modo que, trabajando los dos a competencia, componíamos trozos de elocuencia dignos de los más célebres catedráticos de Salamanca. Pero por más que agotásemos nuestro entendimiento en sembrar flores de retórica en estos memoriales todo era, como se suele decir, sembrar en la arena. Aunque más ponderásemos los méritos de don Aníbal, la Corte ningún aprecio hacía de ellos, lo que no excitaba a este inválido a elogiar a los oficiales que se arruinan en la guerra; antes bien, maldecía con su mal humor a su estrella y daba al diablo a Nápoles, Lombardía y los Países Bajos.
Para mayor mortificación suya aconteció que habiendo cierto día recitado en presencia del rey un soneto sobre el nacimiento de una infanta un poeta presentado por el duque de Alba, se le concedió delante de sus barbas una pensión de quinientos ducados. Creo que el mutilado capitán se habría vuelto loco si no hubiera yo cuidado de consolarle. Viéndole fuera de sí, le dije: «¿Qué es lo que usted tiene? Nada de esto debía usted extrañar. ¿No están de tiempo inmemorial los poetas en posesión de hacer a los príncipes tributarios de las musas? No hay testa coronada que no tenga pensionado a alguno de estos señores; y, hablando aquí entre nosotros, las pensiones dadas a los poetas transmiten a la posteridad la noticia de la liberalidad de los reyes, cuando las otras en nada contribuyen a su fama póstuma. ¿Cuántas recompensas no dió Augusto? ¿Cuántas pensiones concedió de que no tenemos noticia? Pero la posteridad más remota sabrá como nosotros que Virgilio recibió de este emperador más de doscientos mil escudos de gratificación.»
Por más que dijese a don Aníbal, no pudo digerir el fruto del soneto, que se le había sentado en el estómago, y así, resolvió abandonarlo todo, no obstante que quiso envidar el resto presentando un memorial al duque de Lerma. Para este efecto fuimos los dos a casa del primer ministro. Allí encontramos a un joven, quien, después de haber saludado al capitán, le dijo con cariño: «Mi amado y antiguo amo, ¿es posible que yo vea a usted aquí? ¿Qué negocio le trae a casa de su excelencia? Si necesita de alguna persona de valimiento, no deje usted de mandarme; yo le ofrezco mis facultades.» «Perico—dijo el oficial—, pues qué, ¿tienes algún empleo bueno en la casa?» «A lo menos—respondió el joven—es bastante para servir a un hidalgo como usted.» «Siendo así—prosiguió, sonriéndose, el capitán—, recurro a tu protección.» «Desde luego se la concedo a usted—repitió Perico—. Dígame usted su asunto y prometo sacar raja del primer ministro.»
No bien habíamos enterado de él a este joven tan lleno de buen deseo, cuando preguntó dónde vivía don Aníbal. Nos dió palabra de que el día siguiente se vería con nosotros y se despidió, sin decirnos lo que quería hacer ni aun si era o no criado del duque de Lerma. La agudeza del tal Perico excitó mi curiosidad y quise saber quién era. «Es—me dijo el capitán—un muchacho que me servía algunos años hace y que, habiéndome visto en la indigencia, me dejó por buscar mejor acomodo. No se lo tomé a mal, porque, como se suele decir, por mejoría mi casa dejaría. Es un lagarto que no carece de talento e intrigante como todos los diablos; pero a pesar de toda su habilidad no me fío mucho del celo que acaba de manifestarme.» «Puede ser—le dije—que no os sea inútil. Si, por ejemplo, es criado de alguno de los principales dependientes del duque, podrá servir a usted de mucho, pues no ignora que en casa de los grandes todo se hace por partido y cábala; que éstos tienen en su servidumbre favoritos que los gobiernan y éstos igualmente son gobernados por sus criados.»
A la mañana siguiente vino Perico a nuestra posada y nos dijo: «Señores, si ayer no declaré los medios que tenía para servir al capitán Chinchilla fué porque no estábamos en paraje propio para explicarlos; fuera de que quería tentar el vado antes de franquearme con ustedes. Sepan, pues, que yo soy el lacayo de confianza del señor don Rodrigo Calderón, primer secretario del duque de Lerma. Mi amo, que es muy enamorado, va casi todas las noches a cenar con un ruiseñor de Aragón que tiene enjaulado en el barrio de Palacio. Es una muchacha muy bonita, de Albarracín, discreta y que canta con primor, y por esto le llaman la señora Sirena. Como todas las mañanas le llevo un billete amoroso, vengo ahora de verla, y le he propuesto que haga pasar al señor don Aníbal por tío suyo y que con este engaño empeñe a su galán a protegerle. Ha venido gustosa en ello, porque, además de tal cual provecho que juzga le puede resultar, le es de mucha satisfacción el que la tengan por sobrina de un hidalgo valiente.»
El señor Chinchilla puso mal gesto y mostró repugnancia a hacerse cómplice de una falsedad, y todavía más a permitir que una aventurera le deshonrase diciendo ser parienta suya; lo que sentía no solamente por sí, sino porque creía que esta ignominia retrocedía a sus abuelos. Tanta delicadeza chocó a Perico, pareciéndole inoportuna. «¿Se burla usted?—exclamó—. ¡Vea usted aquí lo que son los hidalgos de aldea, en quienes todo se reduce a una vanidad ridícula! ¿No se admira usted—prosiguió, dirigiéndose a mí—de esta escrupulosidad? ¡Voto a bríos! ¡En la corte no se debe parar en esas delicadezas! ¡Venga la fortuna del modo que quiera, que no hay que perderla!»
Sostuve el parecer de Perico, y ambos arengamos tanto al capitán que, a pesar suyo, le hicimos se fingiese tío de Sirena. Dado este paso, que no costó poco trabajo, hicimos entre los tres un nuevo memorial para el ministro, que después de revisto, aumentado y corregido lo puse en limpio, y Perico se lo llevó a la aragonesa, la que aquella misma tarde se lo recomendó al señor Calderón, hablándole con tal empeño que este secretario, creyéndola verdaderamente sobrina del capitán, ofreció apoyarlo. El efecto de esta trama lo vimos a pocos días. Perico volvió con aire victorioso a nuestra posada. «¡Buenas nuevas tenemos!—dijo a Chinchilla—. El rey hará una distribución de encomiendas, beneficios y pensiones en las que no será usted olvidado, y así se me ha encargado os lo asegure; pero al mismo tiempo se me ha prevenido pregunte a usted qué hace ánimo de regalar a Sirena. Por lo que respecta a mí, digo que nada quiero, porque prefiero a todo el oro del mundo el gusto de haber contribuído a mejorar la fortuna de mi amo antiguo. Pero no es lo mismo nuestra ninfa de Albarracín. Es algo interesada cuando se trata de servir al prójimo; tiene esa pequeña falta; y siendo capaz de tomar dinero de su mismo padre, vea usted si rehusará el de un tío postizo.» «Diga cuánto quiere—dijo don Aníbal—. Si quiere todos los años la tercera parte de la pensión que me han de dar, se la prometo, y me parece que es bastante dádiva, aun cuando se tratara de todas las rentas de Su Majestad Católica.» «Yo, por mí, me fiaría de la palabra de usted—replicó el mensajero de don Rodrigo—, pues sé que no faltará a ella; pero se trata con una niña naturalmente muy desconfiada. Por otra parte, ella apetecerá mucho más que usted le dé una vez por todas las dos terceras partes con anticipación y en dinero contante.» ¿De dónde diablos quiere ella que yo lo saque?—interrumpió ásperamente el oficial—. ¡Ella debe creerme algún contador mayor! Sin duda que tú no la has enterado de mi situación.» «Perdone usted—repuso Perico—. Sabe muy bien que usted está más miserable que Job; no puede ignorarlo después de lo que le tengo dicho; pero pierda usted cuidado, que tengo arbitrios para todo. Conozco a un pícaro oidor, ya viejo, que se contenta con prestar su dinero al diez por ciento. Usted le hará ante escribano cesión de la pensión del primer año en paga de igual suma que recibirá usted, deducido el interés. En orden a la fianza, el prestamista se dará por satisfecho con vuestra casa de Chinchilla, tal como esté, por lo que sobre este punto no tendrán ustedes disputa.»
El capitán aseguró que siempre que lograse la fortuna de participar de las gracias que habían de concederse el día siguiente aceptaría estas condiciones. En efecto, se verificó que le diesen una pensión de trescientos doblones sobre una encomienda. Así que supo la noticia, dió cuantas seguridades se le pidieron, arregló sus asuntos y se volvió a su país, con algunos doblones que le habían quedado.
CAPITULO XIII
Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que tuvieron.
Me había acostumbrado a ir todas las mañanas a palacio, en donde pasaba dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes allí me parecían desnudos de aquel resplandor que en otras partes los rodea.
Un día que me paseaba contoneándome por aquellas galerías, haciendo, como otros muchos, un papel bastante ridículo, vi a Fabricio, a quien había dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital. Lo que me admiró en extremo fué verle hablar familiarmente con el duque de Medinasidonia y el marqués de Santa Cruz. A mi parecer, estos dos señores gustaban de oírle; además de esto, él iba vestido como un caballero. «¿Si me engañaré?—me decía a mí mismo—. ¿Será aquél el hijo del barbero Núñez? Puede que sea algún joven cortesano que se le parezca.» No tardé mucho en salir de la duda. Idos los señores, me acerqué a Fabricio, que, conociéndome inmediatamente, me agarró de la mano y, después de haberme hecho atravesar con él por medio del gentío para salir de las galerías, me dijo, abrazándome: «¡Mi amado Gil Blas, mucho me alegro verte! ¿Qué haces en Madrid? ¿Estás todavía sirviendo? ¿Tienes algún empleo en la corte? ¿En qué estado tienes tus asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido después de tu salida precipitada de Valladolid.» «Muchas cosas me preguntas a un tiempo—le respondí—, y el lugar donde estamos no es a propósito para contar aventuras.» «Tienes razón—me dijo—; mejor estaremos en mi casa. Vente conmigo, que no está lejos de aquí. Estoy independiente, alojado en buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues que creo serlo.»
Acepté el partido y acompañé a Fabricio, quien me detuvo al llegar a una casa de bella fachada, en la que me dijo vivía. Atravesamos un patio, que tenía por un lado una gran escalera que conducía a unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me había ponderado, la cual se reducía a una sala, de la que mi ingenioso amigo había hecho cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala a la segunda, en donde dormía, la tercera de despacho y la última de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles de conclusiones de filosofía, y los trastos que correspondían a la colgadura consistían en una gran cama de brocado estropeada, unas sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un cordobán que parecía haber sido encarnado y ribeteado con una franja de oro falso, que se había vuelto negro con el tiempo, y un armario de ébano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho tenía por escritorio una mesita, y su biblioteca se componía de algunos libros y muchos legajos de papeles, que tenía en tablas puestas unas sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no deslucía a lo demás, contenía vidriado y otros utensilios necesarios.
Fabricio, después de haberme dado tiempo de mirar bien su habitación, me dijo: «¿Qué juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? ¿No te ha encantado verla?» «¡A fe mía que sí!—le respondí sonriéndome—. Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto. Sin duda tienes algún buen empleo.» «¡El Cielo me guarde de eso!—me replicó—. El partido que he tomado es superior a todos los empleos. Un sujeto de distinción, de quien es esta casa, me ha dejado una sala, de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a mí nada me falta y sólo me ocupo en lo que me agrada.» «Háblame con más claridad—le dije—, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.» «Pues bien—me dijo—, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma y a pelo.» «¡Tú favorito de Apolo!—exclamé riéndome—. Eso es lo que jamás hubiera adivinado; menos me sorprendería verte dedicado a otra cualquiera cosa. ¿Y qué atractivo has podido hallar en la profesión de poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la vida civil y que no son las más ricas.» «¡Oh, quítate allá!—replicó—. Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el desecho de los libreros y de los cómicos. ¿Será de extrañar que no se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mío, están en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy de este número.» «No lo dudo—le dije—. Tú eres un mozo de gran talento, y así, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo único que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cómo te ha dado la manía de escribir.» «Tu admiración es fundada—dijo Núñez—. Estaba tan contento con mi suerte en casa del señor Manuel Ordóñez, que no deseaba otra; pero haciéndose mi ingenio superior poco a poco, como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice representar a unos cómicos que estaban en Valladolid. Aunque no valía un pito, fué muy aplaudida, de lo que inferí que el público era una vaca mansa de leche que fácilmente se dejaba ordeñar. Esta reflexión y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital. El amor a la poesía me quitó el de las riquezas, y para adquirir buen gusto determiné venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me despedí del administrador, que, como me amaba tanto, sintió bastante mi resolución, y me dijo: «Fabricio, ¿por qué quieres dejarme? ¿Acaso te habré dado, sin pensarlo, algún motivo de disgusto?» «No, señor—le respondí—, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio.» «¡Qué locura!—me replicó aquel buen amo—. Ya estás connaturalizado con el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun los administradores. Si quieres dejar lo sólido para pasar el tiempo en fruslerías, el mal es para ti, hijo mío.» Viendo el administrador cuán inútilmente combatía mi designio, me pagó mi salario y, en reconocimiento de mis servicios, me dió de guantes cincuenta ducados; de modo que con esto y lo que había podido juntar en las pequeñas comisiones que se habían encargado a mi integridad me vi en estado de presentarme decentemente en Madrid, lo que no dejé de hacer, aunque los escritores de nuestra nación no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra y los demás célebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes hombres, elegí para preceptor mío a un joven bachiller cordobés, al incomparable D. Luis de Góngora, el ingenio más brillante que jamás produjo España, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras viva y se contenta con leérselas a sus amigos. Lo que hay de particular es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con acierto todo género de poesías; sobresale principalmente en las composiciones satíricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas aguas puras corren sobre arenas de oro.» «Tan buena pintura me haces de ese bachiller—le dije a Fabricio—que no dudo que una persona de tanto mérito tenga muchos envidiosos.» «Todos los autores—respondió él—, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el estilo hinchado, los conceptillos, las metáforas y las transposiciones. Sus versos—dice otro—se parecen en lo obscuro a los que cantaban en sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entendía. También hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan presto comedias, décimas y villancicos, como si locamente se hubiera propuesto deslucir a los mejores escritores en todo género de poesía. Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa apreciada de grandes y pequeños. Tal es el maestro con quien hice mi aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habiéndome bebido de tal modo su espíritu, que ya compongo trozos sublimes que no los juzgaría indignos de sí. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercancía a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi modo de recitar es halagüeño, lo que no daña a mis composiciones. En fin, muchos señores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de Medinasidonia, como Horacio vivía con Mecenas. He aquí de qué modo me he transformado en autor; nada más tengo que contarte; a ti te toca ahora cantar tus victorias.»