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Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3) cover

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)

Chapter 5: CAPITULO III
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About This Book

An episodic picaresque narrative follows a resourceful young man who navigates diverse households and social ranks through wit, opportunism, and occasional scruples. He moves through a succession of employments, romantic entanglements, theatrical episodes, and frequent reversals of fortune, each scene exposing hypocrisy, vice, and the mechanics of patronage. The work balances comic incident with moral observation, using vivid characterization and satirical detail to reveal pretension and self-interest while tracing the central figure's survival strategies and gradual maturation within a rigid social order.

The Project Gutenberg eBook of Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)

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Title: Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)

Author: Alain René Le Sage

Translator: José Francisco de Isla

Release date: July 30, 2016 [eBook #52682]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/Canadian Libraries)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA: NOVELA (VOL 2 DE 3) ***

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.

Le Sage

HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
TOMO II

MCMXXII


Papel expresamente fabricado por La Papelera Española.


LE SAGE

Historia
de
Gil Blas de Santillana

NOVELA

TOMO II

Traducción del P. Isla

MADRID, 1922


Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.—MADRID


GIL BLAS DE SANTILLANA

LIBRO CUARTO

CAPITULO PRIMERO

No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia.

Un tantico de honor y de religión que conservaba todavía en medio de tan estragadas costumbres me obligó, no sólo a dejar a Arsenia, sino a romper toda comunicación con Laura, a quien, sin embargo, no podía menos de amar, aun conociendo que me hacía mil infidelidades. ¡Dichoso aquel que sabe aprovecharse de ciertos momentos en que la razón viene a turbar los ilícitos embelesos que la tienen obcecada! Amaneció, pues, una mañana, muy dichosa para mí, en la cual hice mi hatillo, y sin contar con Arsenia, que si se va a decir verdad casi nada me debía de mi salario, ni despedirme de mi querida Laura, salí de aquella casa en que sólo se respiraba libertinaje. Premióme inmediatamente el Cielo esta buena obra, pues encontrando al mayordomo de mi difunto amo don Matías, le saludé, y él, conociéndome al instante, me preguntó a quién servía. Respondíle que había estado un mes en casa de Arsenia, cuyas costumbres desenvueltas no me cuadraban, y que en aquel mismo punto, voluntariamente, acababa de dejarla por salvar mi inocencia. El mayordomo, como si de suyo fuera hombre escrupuloso, aprobó mi delicadeza y me dijo que, pues yo era un mozo tan honrado, quería él mismo buscarme una buena conveniencia. Cumplió puntualmente su palabra, y en aquel mismo día me acomodó con don Vicente de Guzmán, de cuyo mayordomo él era grande amigo.

No podía entrar en mejor casa, y así, nunca me arrepentí de haber estado en ella. Era don Vicente un caballero ya anciano y muy rico, que había muchos años vivía feliz, sin pleitos y sin mujer, porque los médicos le habían privado de la suya queriéndola curar de una tos que verosímilmente la dejaría vivir más largo tiempo si no hubiera tomado sus remedios. No pensó jamás en volverse a casar, dedicándose enteramente a la educación de Aurora, su hija única, que entraba entonces en los veintiséis y era una señorita completa. Juntaba a su hermosura poco común un entendimiento despejado y grande instrucción. Su padre era hombre de poco talento, pero tenía el de saber gobernar su casa. Sólo le hallaba yo un defecto, que a los viejos se les debe perdonar: gustaba mucho de hablar, sobre todo de guerras y batallas. Si por una desgracia se tocaba esta tecla en su presencia, luego sonaba en su boca la trompeta heroica, y se tenían por muy afortunados los oyentes si se contentaba con embocarles la relación de tres batallas y dos sitios. Como había militado las dos terceras partes de su vida, era su memoria un manantial inagotable de funciones y hazañas militares, que no siempre se oían con el gusto con que él las relataba. A esto se añadía que era muy prolijo, sobre ser un poco tartamudo, con lo cual sus relaciones se hacían en extremo desagradables. En lo demás, no era fácil encontrar un señor de mejor carácter. Siempre de igual humor, nada testarudo ni caprichoso, cosa verdaderamente rara en un hombre de su clase. Aunque gobernaba su hacienda con juicio y economía, se trataba muy decentemente. Componíase su familia de varios criados y de tres criadas, que servían a Aurora. Conocí desde luego que el mayordomo de don Matías me había colocado en una buena casa, y solamente pensé en el modo de conservarme en ella. Apliquéme a conocer bien el terreno y a estudiar el genio e inclinación de todos, arreglé después mi conducta por este conocimiento, y en poco tiempo logré tener en mi favor al amo y a todos mis compañeros.

Habíase pasado casi un mes desde mi entrada en casa de don Vicente cuando se me figuró que su hija me distinguía entre los demás criados. Siempre que me miraba me parecía observar en sus ojos cierto agrado que no advertía en ella cuando miraba a los otros. A no haber tratado yo con elegantes y comediantes, nunca me hubiera pasado por la imaginación que Aurora pensase en mí; pero me habían abierto los ojos aquellos señores míos, en cuya escuela no siempre estaban en el mejor predicamento aun las damas de la más alta esfera. «Si hemos de dar crédito a algunos histriones—me decía yo a mí mismo—, tal vez suelen venir a las señoras más distinguidas ciertas fantasías de las cuales saben ellos aprovecharse. ¿Qué sé yo si mi ama tendrá de estos caprichos? Pero no—añadía inmediatamente—, no puedo persuadirme de tal cosa; no es esta señorita una de aquellas Mesalinas que, olvidadas de la noble altivez que les infunde su nacimiento, se rinden a la indecencia de humillarse hasta el polvo y se deshonran a sí mismas sin rubor. Será quizá una de aquellas virtuosas, pero tiernas y amorosas doncellas, que, sin traspasar los límites que la virtud prescribe a su ternura, no hacen escrúpulo de inspirar ni de sentir ellas mismas una pasión delicada que las entretiene sin peligro.»

Este era el juicio que yo formaba de mi ama, sin saber precisamente a qué atenerme. Mientras tanto, siempre que me veía no dejaba de sonreírse y alegrarse, de manera que, sin pasar por necio, podía cualquiera creer tan bellas apariencias, y por lo mismo no hallé medio de impedir que me sedujesen. Consentí, pues, en que Aurora estaba muy prendada de mi mérito, y comencé a considerarme como uno de aquellos criados afortunados a quienes el amor hace dulcísima la servidumbre. Para mostrarme en cierto modo menos indigno del bien que parecía querer proporcionarme la fortuna, empecé a cuidar del aseo de mi persona más de lo que había cuidado hasta allí. Gastaba todo mi dinero en comprar ropa blanca, aguas de olor y pomadas. Lo primero que hacía por la mañana, luego que me levantaba de la cama, era lavarme, perfumarme bien y vestirme con todo el aseo posible, para no presentarme con desaliño a mi ama en caso de que me llamase. Con este cuidado de componerme, y con otros medios que empleaba para agradar, me lisonjeaba de que no tardaría mucho en declararse mi ventura.

Entre las criadas de Aurora había una que se llamaba la Ortiz. Era una vieja que hacía más de veinte años que servía en casa de don Vicente. Había criado a su hija y conservaba todavía el título de dueña, aunque ya no ejercía aquel penoso empleo. Por el contrario, en lugar de vigilar las acciones de Aurora, como lo hacía en otro tiempo, entonces sólo atendía a ocultarlas, con lo cual gozaba toda la confianza de su ama. Una noche, habiendo buscado la dueña ocasión de hablarme sin que nadie pudiese oírnos, me dijo en voz baja que si yo era prudente y callado bajase al jardín a media noche, donde sabría cosas que no me disgustarían. Respondíle, apretándole la mano, que sin falta alguna bajaría, y prontamente nos separamos para no ser sorprendidos. Ya no dudé entonces de ser yo el objeto del cariño de Aurora. ¡Oh, y qué largo se me hizo el tiempo hasta la cena, sin embargo de que siempre se cenaba temprano, y desde la cena hasta que mi amo se recogió! Parecíame que aquella noche todo se hacía en casa con extraordinaria lentitud. Y para aumento de mi fastidio, cuando don Vicente se retiró a su cuarto, en vez de pensar en dormirse, se puso a repetirme sus campañas de Portugal, con que tanto me había machacado. Pero lo que jamás había hecho, y lo que precisamente guardó para regalarme aquella noche, fué irme nombrando uno por uno todos los oficiales que se habían hallado en ellas, refiriéndome al mismo tiempo las hazañas de cada cual. No puedo ponderar cuánto padecí en estarle oyendo hasta que concluyó. Al fin acabó de hablar y se metió en la cama. Retiréme inmediatamente al cuarto donde estaba la mía y del que se bajaba por una escalera secreta al jardín. Untéme de pomada todo el cuerpo, púseme una camisola limpia bien perfumada y nada omití de cuanto me pareció que podía contribuir a fomentar el capricho que me había figurado en mi ama, con lo que fuí al sitio de la cita.

No encontré en él a la Ortiz y juzgué que, cansada de esperarme, se había vuelto a su cuarto, lo que me hizo perder todas mis esperanzas. Eché la culpa a don Vicente, y cuando estaba dando al diablo sus campañas, dió el reloj, conté las horas y vi que no eran mas que las diez. Tuve por cierto que el reloj andaba mal, creyendo imposible que no fuese ya por lo menos la una de la noche; pero estaba tan engañado, que un cuarto de hora después volví a contar las diez de otro reloj. «¡Bravo!—dije entonces entre mí—. Todavía faltan dos horas enteras de poste o de centinela. ¡No culparán mi tardanza! Pero ¿qué haré hasta las doce? Paseémonos en este jardín y pensemos en el papel que debo hacer, que es para mí harto nuevo. No estoy acostumbrado a las bizarrías de las damas de distinción; solamente sé lo que se practica con las comediantas y mujercillas. Se presenta uno a ellas con familiaridad y franqueza y les dice su atrevido pensamiento sin reparo; pero con las señoras se observa otro ceremonial. Es menester, a lo que me parece, que el galán sea cortés, complaciente, tierno y moderado, pero sin ser tímido. No ha de querer precipitar atropelladamente su fortuna; para lograrla debe esperar el momento favorable.»

Así discurría yo y así me proponía proceder con Aurora. Figurábame que dentro de poco tendría la dicha de verme a los pies de aquella amable persona y decirle mil cosas amorosas. Con este fin, traía a la memoria los pasajes de las comedias que me pareció podían servirme y darme gran lucimiento en nuestra conversación a solas. Lisonjeábame de que los aplicaría con oportunidad, y esperaba que, a ejemplo de algunos comediantes que yo conocía, pasaría por hombre de entendimiento, aunque no tuviese más que memoria. Mientras me ocupaba en estos pensamientos, los cuales divertían mi impaciencia con más gusto que las relaciones militares de mi amo, oí dar las once. «¡Bueno!—dije entonces—. ¡Ya no me faltan mas que sesenta minutos que esperar! ¡Armémonos de paciencia!» Cobré ánimo y volvíme a recrear con las alegres fantasías de mi imaginación, parte paseándome y parte sentándome en un delicioso cenador formado en el extremo del jardín. Llegó en fin la hora de mí tan deseada; es decir, las doce. Pocos instantes después se dejó ver la Ortiz, tan puntual como yo, pero menos impaciente. «Señor Gil Blas—me dijo al acercarse—, ¿cuánto ha que está usted aquí?» «Dos horas», le respondí. «En verdad—añadió ella riéndose—que es usted muy cumplido, y da gusto darle citas para estas horas. Es cierto—prosiguió ya en tono serio—que eso y mucho más merece la dicha que le voy a anunciar. Mi ama quiere hablar a solas con usted y me ha mandado que le introduzca en su cuarto, en donde le espera. No tengo otra cosa que decirle; lo demás es un secreto que usted no debe saber sino de su propia boca. Sígame a donde le conduzca.» Y dicho esto, me cogió de la mano, y ella misma me introdujo misteriosamente en el aposento del ama por una puerta falsa de que tenía la llave.


CAPITULO II

Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo.

Hallé a Aurora vestida de trapillo, lo que no me disgustó. Saludéla con el mayor respeto y con la mejor gracia que me fué posible. Recibióme con semblante risueño; hízome sentar junto a sí, repugnándolo yo, y lo que más me agradó fué que mandó a su embajadora se retirase a su cuarto y nos dejase solos. Después de este preludio, volviéndose hacia mí, me dijo: «Gil Blas, ya habrás advertido que te miro con buenos ojos y te distingo entre todos los criados de mi padre; cuando esto no fuese bastante para hacerte conocer la particularidad con que te estimo, juzgo que no te dejará dudarlo este paso que ahora doy.»

No le di tiempo para que dijese más. Parecióme que, como hombre discreto, debía respetar su pudor y no darle lugar a mayor explicación. Levantéme enajenado, y arrojándome a sus pies como un héroe de teatro que se arrodilla ante su princesa, exclamé en tono declamatorio: «¡Ah, señora! ¿Me habré engañado? ¿Se dirigen a mí vuestras palabras? ¿Será posible que Gil Blas, juguete hasta aquí de la fortuna y el desecho de toda la naturaleza, sea tan venturoso que haya podido inspiraros afectos?...» «¡Baja un poco la voz—me dijo sonriéndose mi ama—, por no despertar a las criadas que duermen en el cuarto vecino! Levántate, vuelve a sentarte y escúchame hasta que acabe, sin interrumpirme. Sí, Gil Blas—prosiguió, volviendo a su afable serenidad—, es cierto que te estimo, y en prueba de ello voy a fiarte un secreto, del cual pende el sosiego de mi vida. Sabe que amo a un caballerito mozo, galán, airoso y de ilustre nacimiento, llamado don Luis Pacheco. Le veo algunas veces en el paseo y en la comedia, pero nunca le he hablado. Ignoro su carácter y también cuáles son sus prendas, si buenas o malas. Esto quisiera saberlo puntualmente, para lo cual necesito de un hombre sagaz y sincero que, informándose bien de sus costumbres, sepa darme una cuenta fiel de ellas. He puesto los ojos en ti con preferencia a los demás criados, persuadida de que nada arriesgo en darte este encargo. Espero que le desempeñarás con tanto sigilo y cautela que nunca tendré motivo para arrepentirme de haberte escogido por depositario de mi más íntima confianza.»

Calló mi señorita para oír mi respuesta. Al principio me turbé algún tanto, conociendo mi necio engaño; pero volviendo prontamente en mí y venciendo la vergüenza que causa siempre la temeridad cuando sale con desgracia, supe mostrarle un celo tan vivo y un ardor tan grande en todo lo que fuese servirla y complacerla, que si no alcanzó para desimpresionarla del mal concepto que pudo haberle hecho formar mi atrevida presunción, bastaría por lo menos para que conociese que yo sabía enmendar muy bien una necedad. Pedíle no más que dos días de tiempo para poderle dar razón puntual de don Luis, los que me concedió; y llamando ella misma a la Ortiz, ésta me volvió a conducir al jardín, diciéndome con cierto aire burlón al despedirse: «¡Buenas noches! No te volveré a encargar otra vez que no dejes de acudir temprano al sitio de la cita, porque ya está vista tu puntualidad.»

Volvíme a mi cuarto, no sin algún pesar de ver frustrado mi pensamiento. Con todo eso, tuve bastante juicio para consolarme y conocer que me tenía más cuenta ser el confidente que el amante de mi ama. Ofrecióseme también que esto podía hacerme hombre, pues los medianeros de amor eran regularmente bien recompensados por su trabajo, reflexiones que me divirtieron y consolaron, y fuíme a acostar con firme resolución de obedecer y servir a mi ama en cuanto exigiese de mí. Levantéme al día siguiente y salí de casa a desempeñar mi encargo. No era difícil saber dónde vivía un caballero tan conocido como don Luis. Tomé al instante informes de él en la vecindad; pero los sujetos a quienes me dirigí no pudieron satisfacer del todo mi curiosidad. Esto me obligó a hacer nuevas averiguaciones el día siguiente, y fuí más afortunado que el anterior. Encontré casualmente en la calle a un mozo a quien yo conocía, detuvímonos a hablar, y en aquel punto se llegó a él uno de sus amigos y le dijo que le habían despedido de casa de don José Pacheco, padre de don Luis, por haberle acusado de que se había bebido un barril de vino. No perdí una ocasión tan oportuna para saber cuanto deseaba, lo que conseguí a fuerza de preguntas; de manera que volví a casa muy contento porque ya podía cumplir la palabra que había dado a mi señorita, con quien había quedado de acuerdo que volvería a verla en el mismo sitio y de la misma manera que la noche antecedente. No estuve en ésta tan inquieto como la primera; lejos de impacientarme con las prolijas relaciones de mi amo, yo mismo le saqué la conversación de sus combates. Esperé a que fuese media noche con la mayor tranquilidad del mundo, y no me moví hasta que conté bien las doce de todos los relojes que se podían oír desde casa. Entonces bajé con mucho sosiego al jardín, sin pensar en perfumes ni en pomadas, pues hasta en esto me corregí.

Encontré ya a la fiel dueña en el sitio mismo, y la taimada me dijo con algo de socarronería: «En verdad, Gil Blas, que hoy ha rebajado mucho tu puntualidad.» No le respondí palabra, fingiendo que no la oía, y ella me condujo al cuarto donde Aurora me estaba esperando. Preguntóme luego que me vió si me había informado bien acerca de don Luis y si había averiguado muchas cosas. «Sí, señora—le respondí—, tengo con qué satisfacer vuestra curiosidad. En primer lugar os diré que muy en breve marcha a Salamanca a concluir sus estudios. Según lo que me han dicho, es un señorito lleno de honor y probidad; y en cuanto al valor, no le puede faltar, pues es caballero y castellano. Fuera de eso, es un mozo entendido y de bellos modales; pero lo que quizá os dará poco gusto, y que, sin embargo, no puedo menos de deciros, es que vive algo demasiado a la moda de los señoritos modernos: quiero decir que es un grandísimo libertino. ¿Creerá usted que, siendo tan joven como es, ha tenido ya amistad con dos comediantas?» «¿Qué es lo que me dices?—exclamó Aurora—. ¡Dios mío y qué costumbres! Pero díme, Gil Blas, ¿estás cierto de que tiene una vida tan licenciosa?» «¿Cómo si estoy cierto?—le respondí—. No hay cosa más segura. Todo me lo ha contado un criado de su casa que fué despedido de ella esta mañana, y ya se sabe que los criados son muy veraces siempre que se trata de publicar los defectos de sus amos. Fuera de eso, el tal don Luis es muy amigo de don Alejo Seguier, de don Antonio Centelles y de don Fernando de Gamboa, prueba constante de su disolución.» «¡Basta, Gil Blas!—dijo suspirando mi pobre señorita—. En fuerza de tu informe comienzo desde ahora a combatir mi indigno amor. Aunque había echado ya profundas raíces en mi corazón, no desconfío de arrancarle de él. Vete—prosiguió—-, y admite en premio de tu trabajo esta corta demostración de mi agradecimiento.» Al decir esto, me puso en la mano un bolsillo, que ciertamente no estaba vacío, añadiendo: «Sólo te encargo que guardes bien el secreto que he confiado a tu silencio.»

Aseguréle que en este particular podía vivir sin el menor recelo, porque yo era el Harpócrates de los criados confidentes. Dicho esto, me retiré, impacientísimo por saber lo que contenía el bolsillo. Abríle y hallé en él veinte doblones. Luego se me ofreció que sin duda habría sido Aurora más liberal conmigo si yo le hubiera dado otra noticia más agradable, cuando pagaba con tanta generosidad una que le había causado tanto disgusto. Me pesó de no haber imitado a los escribanos y alguaciles, que disfrazan a veces la verdad, y me enfadé mucho contra mi tontería por haber sofocado en su nacimiento un amor que con el tiempo podía producirme grandísimas utilidades, si yo no hubiera hecho un necio alarde de ser sincero; pero al fin me consolé con los veinte doblones, que me recompensaban ventajosamente de lo que había gastado tan sin venir al caso en pomadas y perfumes.


CAPITULO III

De la gran mutación que sobrevino en casa de don Vicente y de la extraña determinación que el amor hizo tomar a la bella Aurora.

Poco después de esta aventura se sintió malo don Vicente. Sobre ser de una edad bastante avanzada, los síntomas de la enfermedad eran tan violentos, que desde luego se temieron funestas resultas. Llamóse a los dos más famosos médicos de Madrid; uno era el doctor Andrés y el otro el doctor Oquendo. Pulsaron atentamente al doliente, y después de una exacta observación, convinieron entrambos en que los humores estaban en una preternatural fermentación y movimiento. En solo esto fueron de un parecer y estuvieron discordes en todo lo demás. El uno quería que se purgara al enfermo aquel mismo día y el otro opinaba que la purga se dilatase. El doctor Andrés decía que, por lo mismo que los humores estaban en una violenta agitación de flujo y reflujo, se los había de expeler aunque crudos con purgantes, antes que se fijasen en alguna parte noble y principal. Oquendo opinaba, por el contrario, que, estando todavía incoctos y crudos los humores, se debía esperar a que madurasen antes de recurrir a los purgantes. «Pero ese método—replicaba el otro—es directamente opuesto a lo que nos enseña el príncipe de la Medicina. Hipócrates advierte que se debe purgar al principio de la enfermedad y desde los primeros días de la más ardiente calentura, diciendo en términos expresos que se ha de acudir prontamente con la purga cuando los humores están en orgasmo, es decir, en su mayor agitación.» «¡Oh! ¡En eso está vuestra equivocación!—repuso Oquendo—. Hipócrates no entiende por la voz orgasmo la agitación violenta, sino más bien la madurez de los humores.»

Acaloráronse nuestros doctores en esta disputa. El uno recitó el texto griego y citó todos los autores que le explicaban como él. El otro se fiaba en la traducción latina, empeñándose con mayor calor y tomando el asunto en tono más alto. ¿A cuál de los dos se había de creer? Don Vicente no era hombre que pudiese resolver aquella cuestión; pero hallándose precisado a elegir una de las dos opiniones, adoptó la del que había echado al otro mundo más enfermos; quiero decir la del más viejo.

Viendo esto el doctor Andrés, que era el más mozo, se retiró, pero no sin decir primero cuatro pullas bien picantes al más anciano sobre su orgasmo. Y he aquí que quedó triunfante Oquendo. Y como seguía los mismos principios que el doctor Sangredo, hizo sangrar copiosamente al enfermo, esperando para purgarle a que los humores estuviesen cocidos; pero la muerte, que temió quizá que una purga tan sabiamente diferida no le quitase la presa que ya tenía agarrada, impidió la cocción y se llevó a mi pobre amo. Tal fué el fin del señor don Vicente, que perdió la vida porque su médico no sabía el griego.

Después de haber hecho Aurora las exequias correspondientes a un hombre de su distinguido nacimiento, entró en la administración de todo lo que tocaba a la casa. Dueña ya de su voluntad, despidió algunos criados, remunerándolos en proporción de su lealtad y méritos. Hecho esto, se retiró a una quinta que tenía a las márgenes del Tajo, entre Sacedón y Buendía. Yo fuí uno de los que permanecieron con ella y la siguieron a la aldea. No sólo eso, sino que también tuve la fortuna de que necesitase de mí. No obstante el fiel informe que yo le había dado de don Luis, todavía le amaba, o, por mejor decir, no pudiendo con todos sus esfuerzos vencer la violencia del amor, se había dejado llevar de su impulso. Como ya no necesitase tomar precauciones para hablarme a solas, me dijo un día suspirando: «Gil Blas, yo no puedo olvidar a don Luis; por más que hago para desecharle del pensamiento, se me representa siempre, no ya como tú me le pintaste, encenagado en los vicios, sino como yo quisiera que fuese, tierno, amoroso y constante.» Enternecióse al decir estas palabras y no pudo reprimir algunas lágrimas. También a mí me faltó poco para llorar; tanto fué lo que me conmovió su llanto. Ni podía hacerle mejor la corte que mostrándome afligido de su pena. «Veo, amigo Gil Blas—continuó, enjugándose sus hermosos ojos—, veo tu buen corazón y estoy muy satisfecha de tu celo, que prometo recompensar bien. Nunca más que ahora me ha sido necesario tu auxilio. Voy a descubrirte el pensamiento que ocupa en este instante mi atención; sin duda te parecerá extravagante y caprichoso. Has de saber que quiero ir cuanto antes a Salamanca, donde he pensado disfrazarme de caballero, bajo el nombre de don Félix, y hacer conocimiento con Pacheco, de modo que llegue a ganar su amistad y confianza. Hablaréle frecuentemente de doña Aurora de Guzmán, suponiéndome primo suyo, y como es natural que desee conocerla, aquí es donde yo le aguardo. Nosotros tendremos en Salamanca dos posadas; en una haré el papel de don Félix y en la otra el de doña Aurora; y dejándome ver de don Luis, unas veces vestida de hombre y otras de mujer, espero traerle al fin que me he propuesto. Confieso—añadió ella misma—que es muy extraño mi proyecto, pero la pasión que me arrastra y la inocente intención con que camino acaban de cegarme sobre el paso a que me quiero arriesgar.»

Yo era del mismo parecer que Aurora en cuanto a la extravagancia del designio, que creía muy insensato. Sin embargo, aunque le tenía por tan contrario a la razón, me guardé muy bien de hacer el pedagogo; antes sí, comencé a dorar la píldora, y me esforcé a querer persuadirla que, en vez de ser una idea disparatada, era una delicada invención de ingenio que no podía traer consecuencia. No me acuerdo yo cuánto dije para convencerla de esto, pero cedió a mis persuasiones, porque a los amantes siempre les agrada que se celebren y aplaudan sus más locos desvaríos. En fin, convinimos los dos en que esta temeraria empresa la debíamos mirar como una especie de comedia burlesca inventada para divertirnos, en la cual sólo había de pensar cada uno en representar bien su papel. Escogimos los actores entre las gentes de casa y repartimos a cada cual el suyo. Todos le admitieron sin quejarse ni hacer esguinces, porque no éramos comediantes de profesión. A la señora Ortiz se lo encomendó el de tía de doña Aurora, señalándosele un criado y una doncella, y había de llamarse doña Jimena de Guzmán. A mí me tocaba el de ayuda de cámara de doña Aurora, que había de disfrazarse de caballero; y una de las criadas, disfrazada de paje, le había de servir separadamente. Arreglados así los papeles, nos restituímos a Madrid, donde supimos se hallaba todavía don Luis, pero disponiendo su viaje a Salamanca. Dimos orden para que se hiciesen cuanto antes los vestidos que habíamos menester, a fin de usar de ellos en tiempo y lugar, y hechos que fueron, se doblaron y metieron en diferentes baúles, y dejando al mayordomo el cuidado de la casa, marchó doña Aurora en un coche de colleras, tomando el camino del reino de León, acompañada de todos los que entrábamos en la comedia.

Ibamos atravesando por Castilla la Vieja, cuando se rompió el eje del coche entre Avila y Villaflor, a trescientos o cuatrocientos pasos de una quinta que se dejaba ver al pie de una montaña. Veíamonos muy apurados, porque se acercaba la noche; pero un aldeano que acertó a pasar por allí nos sacó de aquel conflicto. Informónos de que aquella quinta era de una tal doña Elvira, viuda de don Pedro Pinares, y fué tanto el bien que dijo de aquella señora, que mi ama se determinó a enviarme a suplicarle de su parte se sirviese recogernos en su casa por aquella noche. No desmintió doña Elvira el informe del aldeano; bien es verdad que yo desempeñó mi comisión de tal modo, que la hubiera inclinado a recibirnos en su quinta aun cuando no hubiera sido la señora más agasajadora del mundo. Me recibió con mucha afabilidad y respondió a mi súplica en los términos que yo deseaba. Pasamos todos a la quinta, tirando las mulas el coche con el mayor tiento que se pudo. Encontramos a la puerta a la viuda de don Pedro, que salió cortesanamente al encuentro de mi ama. Paso en silencio los recíprocos cumplimientos que ambas se hicieron; sólo diré que doña Elvira era una señora ya de edad avanzada, pero a quien ninguna mujer del mundo excedía en desempeñar noblemente las obligaciones de la hospitalidad. Condujo a doña Aurora a un magnífico cuarto, donde, dejándola en libertad para que descansase, fué a dar disposiciones hasta sobre las cosas más menudas tocante a nosotros. Hecho esto, luego que estuvo dispuesta la cena mandó se sirviese en el cuarto de Aurora, donde las dos se sentaron a la mesa. No era la viuda de don Pedro una de aquellas personas que no saben obsequiar en un convite, manteniéndose en él con un aire enfadosamente grave, silencioso y pensativo; antes bien, era de genio jovial y sabía mantener siempre grata la conversación. Explicábase noblemente con frases escogidas y adecuadas. Yo admiraba su talento y el modo fino y delicado con que expresaba sus pensamientos, lo que me tenía embelesado; y no menos encantada se manifestaba Aurora. Se cobraron las dos una estrecha amistad y quedaron de acuerdo en mantenerla correspondiéndose por cartas. Nuestro coche no podía estar compuesto hasta el día siguiente y era muy natural que no pudiésemos salir hasta muy tarde, por lo que nos detuvimos todo aquel día en la misma quinta. A nosotros se nos sirvió también una cena muy abundante, y así dormimos todos tan bien como habíamos cenado.

Al día siguiente descubrió mi ama nuevo fondo y nuevas gracias en la conversación de doña Elvira. Comieron las dos en una sala en que había muchas pinturas, entre las cuales sobresalía una cuyas figuras estaban pintadas con la mayor propiedad y que ofrecía a la vista un asunto verdaderamente trágico. Era un caballero muerto, tendido en tierra, bañado en su misma sangre, cuyo semblante parecía que, aun después de muerto, estaba amenazando. Cerca de él se dejaba ver, tendido también, el cadáver de una dama joven, aunque en diferente actitud, atravesado el pecho con una espada, y aun cuando se representaba exhalando el último aliento, tenía clavados los ojos en un joven que expresaba tener un mortal dolor de perderla. El pincel había representado en aquel lienzo otra figura que no llamaba menos la atención. Era un anciano de grave, hermoso y venerable aspecto, que, conmovido vivamente de los funestos objetos que se le presentaban a la vista, no se manifestaba menos afligido que el joven. Podríase decir que aquellas imágenes sangrientas excitaban en el mozo y en el anciano iguales movimientos, pero causando en los dos diferentes impresiones. El viejo, poseído de una profunda tristeza, parecía estar abatido enteramente de ella; mas en el mozo se echaba de ver el furor mezclado con la aflicción. Todos estos afectos estaban tan vivamente expresados, que no nos cansábamos de ver y admirar aquel cuadro. Preguntó mi ama qué suceso o qué historia representaba aquella pintura. «Señora—le respondió doña Elvira—, es una pintura fiel de las desgracias de mi familia.» Esta respuesta picó tanto la curiosidad de Aurora, y manifestó un deseo tan vehemente de saber más, que la viuda de don Pedro no pudo dispensarse de prometerle la satisfacción que deseaba. Esta promesa fué hecha a presencia de la Ortiz, de sus dos compañeras y mía; todos cuatro nos detuvimos en la sala después de la comida. Mi ama quiso que nos retirásemos; pero doña Elvira, que conoció nuestra gana de oír la explicación de aquel cuadro, tuvo la benignidad de decirnos que nos quedásemos, añadiendo que la historia que iba a referir no era de aquellas que pedían secreto. Un poco después principió su relación en los términos siguientes:


CAPITULO IV

El casamiento por venganza.

NOVELA

«Rogerio, rey de Sicilia, tuvo un hermano y una hermana. El hermano, que se llamaba Manfredo, se rebeló contra él y encendió en el reino una guerra no menos sangrienta que peligrosa; pero tuvo la desgracia de perder dos batallas y de caer en manos del rey, quien se contentó con privarle de la libertad en castigo de su rebelión, clemencia que sólo produjo el efecto de ser tenido por bárbaro en el concepto de algunos vasallos suyos, persuadidos de que no había perdonado la vida a su hermano sino para ejercer en él una venganza lenta e inhumana. Todos los demás, con mayor fundamento, atribuían a sola su hermana Matilde el duro trato que a Manfredo se le daba en la prisión. Con efecto, esta princesa siempre había aborrecido a aquel desgraciado príncipe y no cesó de perseguirle mientras él vivió. Murió Matilde poco después de Manfredo y su temprana muerte se tuvo como un justo castigo de su desapiadado corazón.

»Dejó dos hijos Manfredo, ambos de tierna edad. Vaciló por algún tiempo Rogerio sobre si les haría quitar la vida, temiendo que en edad más avanzada no les ocurriese la idea de vengar el cruel trato que se había dado a su padre, resucitando un partido que todavía se sentía con fuerzas para causar peligrosas turbaciones en el Estado. Comunicó su pensamiento al senador Leoncio Sifredo, su primer ministro, quien, para disuadirle de aquel intento, se encargó de la educación del príncipe Enrique, que era el primogénito, y aconsejó al rey que confiase la del más joven, por nombre don Pedro, al condestable de Sicilia. Persuadido Rogerio de que estos dos fieles ministros educarían a sus sobrinos con toda la sumisión que a él se le debía, los entregó a su lealtad y cuidado, tomando para sí el de su sobrina Constanza. Era ésta de la edad de Enrique e hija única de la princesa Matilde. Púsole maestros que la enseñasen y criadas que la sirviesen, sin perdonar nada para su educación.

»Tenía Sifredo una quinta, distante dos leguas cortas de Palermo, en un sitio llamado Belmonte. En ella se dedicó este ministro a dar a Enrique una enseñanza por la que mereciese con el tiempo ocupar el real trono de Sicilia. Descubrió desde luego en aquel príncipe prendas tan amables, que se aficionó a él como si no tuviera otros hijos, aunque era padre de dos niñas. La mayor, que se llamaba doña Blanca, contaba un año menos que el príncipe y estaba dotada de singular hermosura; la menor, por nombre Porcia, cuyo nacimiento había costado la vida a su madre, se hallaba aún en la cuna. Enamoráronse uno de otro, Blanca y Enrique, luego que fueron capaces de amar; pero no tenían libertad de hablarse a solas. Sin embargo, no dejaba el príncipe de lograr tal cual vez alguna ocasión para ello. Aprovechó tan bien aquellos preciosos momentos, que pudo persuadir a la hija de Sifredo a que le permitiese poner por obra un designio que estaba meditando. Sucedió oportunamente en aquel tiempo que Leoncio, de orden del rey, se vió precisado a hacer un viaje a una de las provincias más remotas de la isla, y durante su ausencia mandó Enrique hacer una abertura en el tabique de su cuarto, que estaba pared por medio del de doña Blanca. Cerróla con un bastidor y tablas de madera, tan ajustadas a la abertura y pintadas del mismo color del tabique, que no se distinguía de él ni era fácil se conociese el artificio. Un hábil arquitecto, a quien el príncipe había confiado su proyecto, ejecutó esta obra, con tanta diligencia como secreto.

»Por esta puerta se introducía algunas veces el enamorado Enrique en el cuarto de doña Blanca, pero sin abusar jamás de aquella licencia. Si Blanca tuvo la imprudencia de permitir una entrada secreta en su estancia, fué, no obstante, confiada en las palabras que él le había dado de que nunca pretendería de ella sino los favores más inocentes. Hallóla una noche extraordinariamente inquieta y sobresaltada. Era el caso el haber sabido que Rogerio estaba gravemente enfermo y que había despachado una estrecha orden a Sifredo de que pasase a la corte prontamente para otorgar ante él su testamento, como gran canciller del reino. Figurábase ver a Enrique ya en el trono y temía perderle cuando se viese en aquella elevación; este temor le causaba mucha inquietud. Tenía bañados de lágrimas los ojos cuando entró en su cuarto Enrique. «Señora—le dijo—, ¿qué novedad es ésta? ¿Cuál es el motivo de esa profunda tristeza?» «Señor—respondió ella—, no puedo ocultaros mi sobresalto. El rey vuestro tío dejará presto de vivir y vos ocuparéis su lugar. Cuando considero lo que va a alejaros de mí vuestra nueva grandeza, confieso que me aflijo. Un monarca mira las cosas con ojos muy diversos que un amante, y aquello mismo que era todo su embeleso cuando reconocía un poder superior al suyo, apenas le hace más que una ligera impresión en la elevación del trono. Sea presentimiento, sea razón, siento en mi pecho movimientos que me agitan y que no alcanza a calmar toda la confianza a que me alienta vuestra bondad. No desconfío de vuestro amor; desconfío solamente de mi ventura.» «Adorable Blanca—replicó el príncipe—, oblíganme tus temores y ellos justifican mi pasión a tus atractivos; pero el exceso a que llevas tus desconfianzas ofende mi amor y—si me atrevo a decirlo—la estimación que me debes. ¡No, no! No pienses que mi suerte pueda separarse de la tuya; cree más bien que tú sola serás siempre mi alegría y mi felicidad. Destierra, pues, de ti ese vano temor. ¿Es posible que quieras turbar con él estos felicísimos momentos?» «¡Ah, señor—replicó la hija de Leoncio—, luego que vuestros vasallos os vean coronado, os pedirán por reina una princesa que descienda de una larga serie de reyes, cuyo brillante himeneo añada nuevos Estados a los vuestros, y tal vez, ¡ay!, vos corresponderéis a sus esperanzas aun a pesar de vuestras más firmes promesas!» «¿Y por qué—repuso Enrique, no sin alguna alteración—, por qué te anticipas a figurarte una idea triste de lo venidero? Si el Cielo dispusiera del rey mi tío, juro que te daré la mano en Palermo a presencia de toda mi corte. Así lo prometo, poniendo por testigo todo lo más sagrado que se conoce entre nosotros.»

»Aquietóse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo restante de la conversación se redujo a hablar de la enfermedad del rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su corazón. Mostróse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca su tío, pudiendo más en él la fuerza de la sangre que el atractivo de la corona. Pero aun no sabía Blanca todas las desdichas que la amenazaban. Habiéndola visto el condestable de Sicilia a tiempo que ella salía del cuarto de su padre, un día que él había venido a la quinta de Belmonte a negocios importantes, quedó ciegamente prendado de ella. Pidiósela a Sifredo al día siguiente y éste se la concedió; mas, sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendió el casamiento, del que doña Blanca no había sido sabedora.

»Una mañana, al acabar Enrique de vestirse, quedó singularmente sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doña Blanca. «Señor—le dijo aquel ministro—-, vengo a daros una noticia que sin duda os afligirá, pero acompañada de un consuelo que podrá mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro tío, y por su muerte quedáis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra. Los grandes del reino están aguardando en Palermo vuestras órdenes. Yo, señor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y en compañía de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y más sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos.» Al príncipe no le cogió de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses antes de la grave enfermedad que padecía el rey, que poco a poco iba acabando con él. Sin embargo, quedó suspenso algún tiempo; pero rompiendo después el silencio y volviéndose a Leoncio, le dijo estas palabras: «Prudente Sifredo, te miro y te miraré siempre como a padre y me alegraré de gobernarme por tus consejos; tú serás rey de Sicilia más que yo.» Dicho esto, se llegó a una mesa, donde había una escribanía, tomó un pliego de papel y echó en él su firma en blanco. «¿Qué hacéis, señor?», le interrumpió Sifredo. «Mostraros mi amor y mi gratitud», respondió Enrique; y en seguida presentó a Blanca aquel papel y firma, diciéndole: «Recibid, señora, esta prenda de mi fe y del dominio que os doy sobre mi voluntad.» Tomóla Blanca, cubriéndose su hermosa cara de un honestísimo rubor, y respondió al príncipe: «Recibo con respeto la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no llevaréis a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de él como le aconsejare su prudencia.»

»Entregó efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de Enrique. Conoció entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no había descubierto su penetración. Comprendió toda la intención del príncipe y le contestó diciendo: «Espero que vuestra majestad no tendrá motivo para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de mí, y esté bien seguro de que jamás abusaré de ella.» «Amado Leoncio—interrumpió Enrique—, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobaré. Ahora vuelve a Palermo, dispón todo lo necesario para mi coronación y di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor.» Obedeció el ministro las órdenes de su nuevo amo y marchó a Palermo, llevando consigo a doña Blanca.

»Pocas horas después partió también de Belmonte el mismo Enrique, pensando más en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender.

»Luego que se dejó ver en la ciudad, resonaron en el aire mil aclamaciones de alegría, y entre ellas entró Enrique en palacio, donde halló ya hechos todos los preparativos para su coronación. Encontró en él a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrándose traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hiciéronse los dos sobre este asunto recíprocos cumplidos, y ambos los desempeñaron con discreción, aunque con algo más de frialdad por parte de Enrique que por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia, nunca había querido mal a este príncipe. Ocupó el rey el trono y la princesa se sentó a su lado, en una silla puesta un poco más abajo. Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, según su clase o empleo, le correspondía. Empezó la ceremonia, y Leoncio, que como gran canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey, dió principio a ella, leyéndolo en alta voz. Contenía en substancia que, hallándose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al hijo primogénito de Manfredo, con la precisa condición de casarse con la princesa Constanza, y que si no quería darle la mano de esposo, quedase excluído de la corona de Sicilia y pasase ésta al infante don Pedro, su hermano menor, bajo la misma condición.

»Quedó Enrique altamente sorprendido al oír esta cláusula. No se puede expresar la pena que le causó, pero creció hasta lo sumo cuando, acabada la lectura del testamento, vió que Leoncio, hablando con todo el Consejo, dijo así: «Señores, habiendo puesto en noticia de nuestro nuevo monarca la última disposición del difunto rey, este generoso príncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa Constanza.» Interrumpió el rey al canciller, diciéndole conturbado: «¡Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!...» «Señor—respondió Sifredo, interrumpiéndole con precipitación, sin darle tiempo a que se explicase más—, ese papel es éste que presento al Consejo. En él reconocerán los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad, la estimación que hace de la princesa y su ciega deferencia a las últimas disposiciones del difunto rey su tío.» Acabadas de decir estas palabras, comenzó a leer el papel en los términos en que él mismo le había llenado. En él prometía el nuevo monarca a sus pueblos, en la forma más auténtica, casarse con la princesa Constanza, conformándose con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de todos los circunstantes, diciendo: «¡Viva el magnánimo rey Enrique!» Como era notoria a todos la aversión que este príncipe había tenido siempre a la princesa, temían, no sin razón, que, indignado de la condición del testamento, excitase movimientos en el reino y se encendiese en él una guerra civil que le desolase; pero asegurados los grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de oír, esta seguridad dió motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban secretamente el corazón del nuevo rey.

»Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cariño, tenía en todo esto más interés que otro alguno, se aprovechó de aquella ocasión para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por más que el príncipe quiso disimular su turbación, era tanta la que le agitaba cuando recibió el cumplido de la princesa, que ni aun acertó a responderle con la cortesana atención que exigía de él. Rindióse al fin a la violencia que él se hacía, y llegándose al oído a Sifredo, que por razón de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz baja: «¿Qué es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no fué para que usases de él de esa manera.» «Vos faltáis... ¡Acordaos, señor, de vuestra gloria!—le respondió Sifredo con entereza—. Si no dais la mano a Constanza y no cumplís la voluntad del rey vuestro tío, perdióse para vos el reino de Sicilia.» Apenas dijo esto, se separó del rey, para no darle lugar a que replicase. Quedó Enrique sumamente confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo rato sobre el partido que había de tomar, se determinó al cabo, pareciéndole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparentó quererse sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjeándose de que, mientras solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjearía a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzaría su poder de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condición del testamento.

»Abrazado este designio, se sosegó un poco, y volviéndose a Constanza le confirmó lo que el gran canciller le había dicho en público; pero en el mismo punto en que hacía traición a su propio corazón, ofreciendo su fe a la princesa, entró Blanca en la sala del Consejo, adonde iba de orden de su padre a cumplimentar a la princesa, y llegaron a sus oídos las palabras que Enrique le decía. Fuera de eso, no creyendo Leoncio que pudiese ya dudar de su desgraciada suerte, le dijo, presentándola a Constanza: «Rinde, hija mía, tu fidelidad y respeto a la reina tu señora, deseándole todas las prosperidades de un floreciente reinado y de un feliz himeneo.» Golpe terrible que atravesó el corazón de la desgraciada Blanca. En vano se esforzó a disimular su pesar. Demudósele el semblante, encendiéndosele de repente y pasando en un momento de incendio a palidez, con un temblor o estremecimiento general de todo su cuerpo. Sin embargo, no entró en sospecha alguna la princesa, pues atribuyó el desorden de sus palabras a la natural cortedad de una doncella criada lejos del trato de la Corte y poco acostumbrada a ella. No sucedió lo mismo con el rey, quien perdió toda su compostura y majestad a vista de Blanca, y salió fuera de sí mismo, leyendo en sus ojos la pena que le atormentaba. No dudó que, creyendo las apariencias, ya en su corazón le tuviese por un traidor. No habría sido tan grande su inquietud si hubiera podido hablarle; pero ¿cómo era esto posible a vista de toda la Sicilia, que tenía puestos los ojos en él? Por otra parte, el cruel Sifredo cerró la puerta a esta esperanza. Estuvo viendo este ministro todo lo que pasaba en el corazón de los dos amantes, y queriendo precaver las calamidades que podía causar al Estado la violencia de su amor, hizo con arte salir de la concurrencia a su hija y tomó con ella el camino de Belmonte, bien resuelto, por muchas razones, a casarla cuanto antes.

»Luego que llegaron a aquel sitio, le hizo saber todo el horror de su suerte. Declaróle que la había prometido al condestable. «¡Santo Cielo—exclamó transportada de un dolor que no bastó a contener la presencia de su padre—, y qué crueles suplicios tenías guardados para la desgraciada Blanca!» Fué tan violento su arrebato, que todas las potencias de su alma quedaron suspensas. Helado su cuerpo, frío y pálido, cayó desmayada en los brazos de su padre. Conmoviéronse las entrañas de éste viéndola en aquel estado. Sin embargo, aunque sintió vivamente lo que padecía su hija, se mantuvo firme en su primera determinación. Volvió Blanca en sí, más por la fuerza de su mismo dolor que por el agua con que la roció su padre. Abrió sus desmayados ojos, y viendo la prisa que se daba a socorrerla, «Señor—le dijo con voz casi apagada—, me avergüenzo de que hayáis visto mi flaqueza; pero la muerte, que no puede tardar ya en poner fin a mis tormentos, os librará presto de una hija desdichada que sin vuestro consentimiento se atrevió a disponer de su corazón.» «No, amada Blanca—respondió Leoncio—, no morirás; antes bien, espero que tu virtud volverá presto a ejercer sobre ti su poder. La pretensión del condestable te da honor, pues bien sabes que es el primer hombre del Estado...» «Estimo su persona y su gran mérito—interrumpió Blanca—; pero, señor, el rey me había hecho esperar...» «Hija—dijo Sifredo interrumpiéndola—, sé todo lo que me puedes decir en este asunto. No ignoro el afecto con que miras a ese príncipe, y ciertamente que en otras circunstancias, lejos de desaprobarlo, yo mismo procuraría con todo empeño asegurarte la mano de Enrique, si el interés de su gloria y el del Estado no le pusieran en precisión de dársela a Constanza. Con esta única e indispensable condición le declaró por sucesor suyo el difunto rey. ¿Quieres tú que prefiera tu persona a la corona de Sicilia? Créeme, hija, te acompaño vivamente en el dolor que te aflige. Con todo eso, supuesto que no podemos luchar contra el destino, haz un esfuerzo generoso. Tu misma gloria se interesa en que hagas ver a todo el reino que no fuiste capaz de consentir en una esperanza aérea; fuera de que tu pasión al rey podía dar motivo a rumores poco favorables a tu decoro; y para evitarlos, el único medio es que te cases con el condestable. En fin, Blanca, ya no es tiempo de deliberar; el rey te deja por un trono y da su mano a Constanza. Al condestable le tengo dada mi palabra; desempéñala tú, te ruego, y si para resolverte fuere necesario que me valga de mi autoridad, te lo mando.»

»Dichas estas palabras, la dejó, dándole lugar para que reflexionase sobre lo que acababa de decirle. Esperaba que, después de haber pesado bien las razones de que se había valido para sostener su virtud contra la inclinación de su corazón, se determinaría por sí misma a dar la mano al condestable. No se engañó en esto; pero ¡cuánto costó a la infeliz Blanca tan dolorosa resolución! Hallábase en el estado más digno de lástima: el sentimiento de ver que habían pasado a ser evidencias sus presentimientos sobre la deslealtad de Enrique, y la precisión, no casándose con él, de entregarse a un hombre a quien no le era posible amar, causaban en su pecho unos impulsos de aflicción tan violentos que cada instante era un nuevo tormento para ella. «Si es cierta mi desgracia—exclamaba—, ¿cómo es posible que yo resista a ella sin costarme la vida? ¡Despiadada suerte! ¿A qué fin me lisonjeabas con las más dulces esperanzas si habías de arrojarme en un abismo de males? ¡Y tú, pérfido amante, tú te entregas a otra cuando me prometes una fidelidad eterna! ¿Has podido tan pronto olvidarte de la fe que me juraste? ¡Permita el Cielo, en castigo de tu cruel engaño, que el lecho conyugal, que vas a manchar con un perjurio, se convierta en teatro de crueles remordimientos en vez de los lícitos placeres que esperas; que las caricias de Constanza derramen un veneno en tu fementido pecho y que tu himeneo sea tan funesto como el mío! ¡Sí, traidor! ¡Sí, falso! ¡Seré esposa del condestable, a quien no amo, para vengarme de mí misma y para castigarme de haber elegido tan mal el objeto de mi loca pasión! ¡Ya que la religión no me permite darme la muerte, quiero que los días que me quedan de vida sean una cadena de pesares y molestias! ¡Si conservas todavía algún amor hacia mí, será vengarme también de ti el arrojarme a tu vista en los brazos de otro; pero si me has olvidado enteramente, podrá a lo menos gloriarse la Sicilia de haber producido una mujer que supo castigar en sí misma la demasiada ligereza con que dispuso de su corazón!»

»En esta dolorosa situación pasó la noche que precedió a su matrimonio con el condestable aquella infeliz víctima del amor y del deber. El día siguiente, hallando Sifredo pronta y dispuesta a su hija a obedecerle en lo que deseaba, se dió prisa a no malograr tan favorable coyuntura. Hizo ir aquel mismo día al condestable a Belmonte y se celebró de secreto el matrimonio en la capilla de aquella quinta. ¡Oh y qué día aquel para Blanca! No le bastaba renunciar a una corona, perder un amante amado y entregarse a un objeto aborrecido, sino que era menester hacerse la mayor violencia y disimular su angustia delante de un marido naturalmente celoso y que le profesaba un vehementísimo cariño. Lleno de júbilo el esposo porque era ya suya, no se apartaba un momento de su lado y ni aun le dejaba el triste consuelo de llorar a solas sus desgracias. Llegó la noche, y con ella la hora en que a la hija de Leoncio se le aumentó la pena. Pero ¡qué fué de ella cuando, habiéndola desnudado sus criadas, la dejaron sola con el condestable! Preguntóle éste respetuosamente cuál era el motivo de aquel decaimiento en que parecía que estaba. Turbó esta pregunta a Blanca, quien fingió que se sentía indispuesta. Al pronto quedó el esposo engañado, pero permaneció poco en su error. Como verdaderamente le tenía inquieto el estado en que la veía, y la instaba a que se acostase, estas instancias, que ella interpretó mal, ofrecieron a su imaginación la idea más amarga y cruel; tanto, que, no siendo ya dueña de poderse reprimir, dió libre curso a sus suspiros y a sus lágrimas. ¡Oh, qué espectáculo para un hombre que pensaba haber llegado al colmo de sus deseos! Entonces ya no puso duda en que en la aflicción de su esposa se ocultaba alguna cosa de mal agüero para su amor. Con todo eso, aunque este conocimiento le puso en términos casi tan deplorables como los de Blanca, pudo tanto consigo que supo disimular sus recelos. Repitió las instancias para que se acostase, dándole palabra de que la dejaría reposar quietamente todo lo que hubiese menester, y aun se ofreció a llamar a sus criadas si juzgaba que su asistencia le podía servir de algún alivio. Respondió Blanca, serenada con esta promesa, que solamente necesitaba dormir para reparar el desfallecimiento que sentía. Fingió creerla el condestable. Acostáronse los dos y pasaron una noche muy diferente de la que conceden el amor y el himeneo a dos amantes apasionados.

»Mientras la hija de Sifredo se entregaba a su dolor, andaba el condestable considerando dentro de sí qué cosa podía ser la que llenaba de amargura su matrimonio. Persuadíase que tenía algún competidor; pero cuando le quería descubrir, se enredaban y confundían sus ideas, y sabía solamente que él era el hombre más infeliz del mundo. Había pasado con este desasosiego las dos terceras partes de la noche, cuando llegó a sus oídos un ruido confuso. Quedó sumamente sorprendido, sintiendo ciertos pasos lentos en su mismo cuarto. Túvolo por ilusión, acordándose de que él por sí había cerrado la puerta luego que se retiraron las criadas de Blanca. Descorrió, no obstante, la cortina de la cama, para informarse por sus propios ojos de la causa que podía haber ocasionado aquel ruido; pero habiéndose apagado la luz que había quedado encendida en la chimenea, sólo pudo oír una voz débil y tenue que llamaba repetidamente a Blanca. Encendiéronse entonces sus celosas sospechas, convirtiéndose en furor. Sobresaltado su honor, le obligó a levantarse, y considerándose obligado a precaver una afrenta o a tomar venganza de ella, echó mano a la espada, y con ella desnuda acudió furioso hacia donde creía oír la voz. Siente otra espada desnuda que hace resistencia a la suya; avanza, y advierte que el otro se retira. Sigue al que se defiende, y de repente cesa la defensa y sucede al ruido el más profundo silencio. Busca a tientas por todos los rincones del cuarto al que parecía huir, y no le encuentra. Párase, escucha, y ya nada oye. ¿Qué encanto es éste? Acércase a la puerta que a su parecer había favorecido la fuga del secreto enemigo de su honra, tienta el cerrojo y hállala cerrada como la había dejado. No pudiendo comprender cosa alguna de tan extraño suceso, llama a los criados que estaban más cercanos, y como para eso abrió la puerta, cerrando el paso de ella, se mantuvo con cautela para que no se escapase el que buscaba.

»A sus repetidas voces acuden algunos criados, todos con luces. Toma él mismo una y vuelve a examinar todos los rincones del cuarto, siempre con la espada desnuda. A ninguno halla y no descubre ni aun el menor indicio de que nadie haya entrado en él, no encontrándose puerta secreta ni abertura por donde pudiera introducirse. Sin embargo, no le era posible cegarse ni alucinarse sobre tantos incidentes que le persuadían de su desgracia. Esto despertó en su fantasía gran confusión de pensamientos. Recurrir a Blanca para el desengaño parecía recurso inútil, igualmente que arriesgado, pues le importaba tanto ocultar la verdad que no se podía esperar de ella la más leve explicación. Adoptó, pues, el partido de ir a desahogar su corazón con Leoncio, después de haber mandado a los criados se fuesen, diciéndoles que creía haber oído algún ruido en el cuarto, pero que se había equivocado. Encontró a su suegro, que salía de su cuarto, habiéndole despertado el rumor que había oído, y le contó menudamente todo lo que le había pasado, con muestras de extraña agitación y de un profundo dolor.

»Sorprendióse Sifredo al oír el suceso y no dudó ni un solo momento de su verdad, por más que las apariencias la representasen poco natural, pareciéndole desde luego que todo era posible en la ciega pasión del rey, pensamiento que le afligió vivamente. Pero lejos de fomentar las celosas sospechas de su yerno, le representó en tono de seguridad que aquella voz que se imaginaba haber oído y aquella espada que se figuraba haberse opuesto a la suya no podían ser sino fantasías de una imaginación engañada por los celos; que no era posible que ninguno tuviese aliento para entrar en el cuarto de su hija; que la tristeza que había advertido en ella podía ser efecto natural de alguna indisposición; que el honor nada tenía que ver con las alteraciones de la salud; que la mudanza de estado en una doncella acostumbrada a vivir en la soledad y que se veía repentinamente entregada a un hombre, sin haber tenido tiempo para conocerle ni amarle, podía muy bien ser la causa de aquellos suspiros, de aquella aflicción y de aquel amargo llanto; que el amor en el corazón de las doncellas de sangre noble sólo se encendía con el tiempo y con los obsequios, y que así, le aconsejaba calmase sus recelos y aumentase su amor y sus finezas, para ir disponiendo poco a poco a Blanca a mostrarse más cariñosa, y que le rogaba, en fin, volviese hacia ella, persuadido de que su desconfianza y turbación ofendían su virtud.

»Nada respondió el condestable a las razones de su suegro, o porque en efecto comenzó a creer que pudo haberle engañado la confusión en que estaba su espíritu, o porque le pareció más conveniente disimular que intentar en vano convencer al anciano de un acontecimiento tan desnudo de verosimilitud. Restituyóse al cuarto de su mujer, se volvió a la cama y procuró lograr algún descanso de sus penosas inquietudes a beneficio del sueño. Por lo que toca a Blanca, no estaba más tranquila que él, porque había oído claramente todo lo que oyó su esposo y no podía atribuir a ilusión un lance de cuyo secreto y motivos estaba tan enterada. Estaba admirada de que Enrique hubiese pensado en introducirse en su cuarto después de haber dado tan solemnemente su palabra a la princesa Constanza, y en vez de darse el parabién de este paso y de que le causase alguna alegría, lo conceptuó como un nuevo ultraje, que encendió en cólera su pecho.

»Mientras la hija de Sifredo, preocupada contra el joven rey, le juzgaba por el más pérfido de los hombres, el desgraciado monarca, más prendado que nunca de su amada Blanca, deseaba hablarle, para desengañarla contra las apariencias que le condenaban. Hubiera venido mucho más presto a Belmonte para este efecto a habérselo permitido los cuidados y ocupaciones del gobierno o si antes de aquella noche hubiera podido evadirse de la corte. Conocía bien todas las entradas de un sitio donde se había criado y ningún obstáculo tenía para hallar modo de introducirse en la quinta, habiéndose quedado con la llave de una entrada secreta que comunicaba a los jardines. Por éstos llegó a su antiguo cuarto y desde él se introdujo en el de Blanca. Fácil es de imaginar cuánta sería la admiración de este príncipe cuando tropezó allí con un hombre y con una espada que salía al encuentro de la suya. Faltó poco para que no se descubriese, haciendo castigar en aquel mismo instante al temerario que tenía atrevimiento de levantar su mano sacrílega contra su propio rey; pero la consideración que debía a la hija de Leoncio suspendió su resentimiento; se retiró por donde había entrado y, más turbado que antes, volvió a tomar el camino de Palermo. Llegó a la ciudad poco antes que despuntase el día y se encerró en su cuarto, tan agitado que no le fué posible lograr ningún descanso, y no pensó mas que en volver a Belmonte. La seguridad de su vida, su mismo honor, y sobre todo su amor, le excitaban a que procurase saber sin dilación todas las circunstancias de tan cruel acontecimiento.

»Apenas se levantó, dió orden de que se previniese el tren de caza, y, con pretexto de querer divertirse en ella, se fué al bosque de Belmonte, con sus monteros y algunos cortesanos. Cazó por disimulo algún tiempo, y cuando vió que toda su comitiva corría tras de los perros, él se separó y marchó solo a la quinta de Leoncio. Estaba seguro de no perderse, porque tenía muy conocidas todas las sendas del bosque; y no permitiéndole su impaciencia atender a la fatiga de su caballo, en breve tiempo corrió todo el espacio que le separaba del objeto de su amor. Caminaba discurriendo algún pretexto plausible que le proporcionase ver en secreto a la hija de Sifredo, cuando, al atravesar un sendero que iba a dar a una de las puertas del parque, vió no lejos de sí a dos mujeres que estaban sentadas en conversación a la sombra de un árbol. No dudó que eran algunas personas de la quinta, y esta vista le causó algún sobresalto; pero su agitación llegó a lo sumo cuando, volviendo aquellas mujeres la cabeza al ruido que hacía el caballo, reconoció que su adorada Blanca era una de ellas. Había salido de la quinta llevando consigo a Nise, criada de su mayor confianza, para llorar con libertad su desdicha en aquel sitio retirado.

»Luego que Enrique la conoció, fué volando hacia ella, precipitóse, por decirlo así, del caballo, arrojóse a sus pies, y descubriendo en sus ojos todas las señales de la más viva aflicción, le dijo enternecido: «Suspende, bella Blanca, los ímpetus de tu dolor. Las apariencias confieso que me hacen parecer culpable a tus ojos; mas cuando estés enterada del designio que he formado con respecto a ti, puede ser que lo que miras como delito te parezca una prueba de mi inocencia y del exceso de mi amor.» Estas palabras, que en el concepto de Enrique le parecían capaces de mitigar la pena de Blanca, sólo sirvieron para exacerbarla más. Quiso responderle, pero los sollozos ahogaron su voz. Asombrado el príncipe de verla tan turbada, prosiguió diciéndole: «Pues qué, señora, ¿es posible que no pueda yo calmar el desasosiego que os agita? ¿Por qué desgracia he perdido vuestra confianza, yo que expongo mi corona y hasta mi vida por conservarme sólo para vos?» Entonces la hija de Leoncio, haciendo el mayor esfuerzo sobre sí misma para explicarse, le respondió: «Señor, ya llegan tarde vuestras promesas; no hay ya poder en el mundo para que en adelante sea una misma la suerte de los dos.» «¡Ay, Blanca!—interrumpió el rey precipitadamente—. ¡Qué palabras tan crueles han proferido tus labios! ¿Quién será capaz en el mundo de hacerme perder tu amor? ¿Quién será tan osado que tenga aliento para oponerse al furor de un rey, que reduciría a cenizas toda la Sicilia antes que sufrir que ninguno os robe a sus esperanzas?» «¡Inútil será, señor, todo vuestro poder—respondió con desmayada voz la hija de Sifredo—para allanar el invencible obstáculo que nos separa! Sabed que ya soy mujer del condestable.» «¡Mujer del condestable!», exclamó el rey dando algunos pasos atrás, y no pudo decir más: tan sorprendido quedó de aquel impensado golpe. Faltáronle las fuerzas y cayó desmayado al pie de un árbol que estaba allí cerca. Quedó pálido, trémulo y tan enajenado que sólo tenía libres los ojos para fijarlos en Blanca, de un modo tan tierno que desde luego la dejaba comprender cuánto le había afligido el infortunio que le anunciaba. Blanca, por su parte, le miraba también, con semblante tal que manifestaba ser muy parecidos los afectos de su corazón a los que tanto agitaban el de Enrique. Mirábanse los dos desventurados amantes con un silencio en que se dejaba traslucir cierta especie de horror. Por último, el príncipe, volviendo algún tanto de su trastorno por un esfuerzo de valor, tomó de nuevo la palabra y dijo a Blanca, suspirando: «¿Qué habéis hecho, señora? ¡Vuestra credulidad me ha perdido a mí y os ha perdido a vos!»

»Resintióse Blanca de que el rey, a su parecer, la culpase, cuando ella vivía persuadida de que tenía de su parte las más poderosas razones para estar quejosa de él, y le dijo: «Qué, señor, ¿pretendéis por ventura añadir el disimulo a la infidelidad? ¿Queríais que desmintiese a mis ojos y a mis oídos y que a pesar de su testimonio os tuviese por inocente? No, señor; confieso que no me siento con valor para hacer esta violencia a mi razón.» «Sin embargo—dijo el rey—, esos testigos de que tanto os fiáis os han engañado ciertamente. Han conspirado contra vos y os han hecho traición. ¡Tan verdad es que yo estoy inocente y que siempre os he sido fiel, como lo es que vos sois esposa del condestable!» «Pues qué, señor—repuso Blanca—, ¿negaréis que yo misma os oí confirmar a Constanza el don de vuestra mano y de vuestro corazón? ¿No asegurasteis a los grandes del reino que os conformaríais con la voluntad del rey difunto y a la princesa que recibiría de vuestros nuevos vasallos los homenajes que se debían a una reina y esposa del príncipe Enrique? ¿Mis ojos estaban fascinados? ¡Confesad, confesad más bien, infiel, que no creísteis debía contrapesar el corazón de Blanca el interés de una corona, y sin abatiros a fingir lo que no sentís, ni quizá habéis sentido jamás, decid que os pareció asegurar mejor el trono de Sicilia con Constanza que con la hija de Leoncio! Al cabo, señor, tenéis razón: igualmente desmerecía yo ocupar un trono tan soberano como poseer el corazón de un príncipe como vos. Era demasiada mi temeridad en aspirar a la posesión de uno y otro; pero vos tampoco debíais mantenerme en este error. No ignoráis los sobresaltos que me ha costado perderos, lo que siempre tuve por infalible para mí. ¿A qué fin asegurarme lo contrario? ¿A qué fin tanto empeño en desvanecer mis temores? Entonces me hubiera quejado de mi suerte y no de vos y hubiera sido siempre vuestro mi corazón, ya que no podía serlo una mano que ningún otro pudiera jamás haber logrado de mí. Ya no es tiempo de disculparos. Soy esposa del condestable, y por no exponerme a las consecuencias de una conversación que mi gloria no me permite alargar sin padecer mucho el rubor, dadme licencia, señor, para cortarla y para que deje a un príncipe a quien ya no me es lícito escuchar.»

»Dicho esto, se alejó de Enrique con toda la celeridad que le permitía el estado en que se encontraba. «¡Aguardaos, señora!—clamaba Enrique—. ¡No desesperéis a un príncipe resuelto a dar en tierra con el trono que le echáis en cara haber preferido a vos, antes que corresponder a lo que esperan de él sus nuevos vasallos!» «Ya es inútil ese sacrificio—respondió Blanca—. Debierais haber impedido que diese la mano al condestable antes de abandonaros a tan generosos impulsos; y puesto que ya no soy libre, me importa poco que Sicilia quede reducida a pavesas ni que deis vuestra mano a quien quisiereis. Si tuve la flaqueza de dejar sorprender mi corazón, tendré a lo menos valor para sofocar sus movimientos y que vea el rey de Silicia que la esposa del condestable ya no es ni puede ser amante del príncipe Enrique.» Al decir estas palabras, se halló a la puerta del parque, entróse en él con precipitación, acompañada de Nise, cerró la puerta con ímpetu y dejó al rey traspasado de dolor. No podía menos de sentir él la profunda herida que había abierto en su corazón la noticia del matrimonio de Blanca. «¡Injusta Blanca! ¡Blanca cruel!—exclamaba—. ¿Es posible que así hubieses perdido la memoria de nuestras recíprocas promesas? A pesar de mis juramentos y los tuyos, estamos ya separados. ¿Conque no fué mas que una ilusión la idea que yo me había formado de ser algún día el único dueño tuyo? ¡Ah, cruel y qué caro me cuesta el haber llegado a conseguir que mi amor fuese de ti correspondido!»

»Representósele entonces a la imaginación con la mayor viveza la fortuna de su rival, acompañada de todos los horrores de los celos; y esta pasión se apoderó tan fuertemente de él por algunos momentos, que le faltó poco para sacrificar a su resentimiento al condestable y aun al mismo Sifredo. Pero poco después entró la razón a calmar los ímpetus de su cólera. Con todo eso, cuando consideraba imposible el desimpresionar a Blanca del concepto en que estaba de su infidelidad, se desesperaba. Lisonjeábase de que cambiaría aquel concepto si hallaba arbitrio para hablarla a solas. Animado con este pensamiento, se persuadió de que era menester alejar de su compañía al condestable, y resolvió hacerle prender como a reo sospechoso en las circunstancias en que se hallaba el Estado. En este supuesto, dió la orden competente al capitán de sus guardias, el cual partió a Belmonte, se apoderó de su persona a la entrada de la noche y llevóle consigo al castillo de Palermo.