»Consternóse el palacio de Belmonte con este acontecimiento. Sifredo partió al punto a responder al rey de la inocencia de su yerno y a representarle las funestas consecuencias de semejante prisión. Previendo bien el rey este paso que su ministro daría, y deseando lograr un rato de libre conversación con Blanca antes de dar libertad al condestable, había mandado expresamente que no se dejase entrar a nadie en su cuarto aquella noche. Pero Sifredo, a pesar de esta prohibición, logró introducirse en la estancia del rey. «Señor—le dijo luego que se vió en su presencia—, si es permitido a un respetuoso y fiel vasallo quejarse de su soberano, vengo a quejarme de vos a vos mismo. ¿Qué delito ha cometido mi yerno? ¿Ha considerado vuestra majestad la eterna afrenta de que cubre a mi familia y las resultas de una prisión que puede alejar de su servicio a las personas que ocupan los primeros puestos del Estado?» «Tengo avisos ciertos—respondió el rey—de que el condestable mantiene inteligencias criminales con el infante don Pedro.» «¡El condestable inteligencias criminales!—interrumpió sorprendido Leoncio—. ¡Ah, señor! ¡No lo crea vuestra majestad! Sin duda, han abusado de vuestro magnánimo corazón. La traición nunca tuvo entrada en la familia de Sifredo; bástale al condestable ser yerno mío para hallarse en este punto al abrigo de toda sospecha. El está inocente; otros motivos secretos son los que os han inducido a prenderle.» «Puesto que me hablas con tanta claridad—repuso el rey—, quiero corresponderte con la misma. Tú te quejas de que yo haya mandado arrestar al condestable. ¡Ah! ¿Y no podré yo también quejarme de tu crueldad? ¡Tú, bárbaro Sifredo, tú eres el que me has arrebatado inhumanamente mi reposo, poniéndome en situación, con tus cuidados oficiosos, de que envidie la suerte de los hombres más infelices! ¡No, no te lisonjees de que yo adopte tus ideas! ¡Vanamente está resuelto mi matrimonio con Constanza!...» «¡Qué, señor!—interrumpió estremeciéndose Leoncio—. ¿Cómo será posible que no os caséis con la princesa, después de haberla lisonjeado con esta esperanza a vista de todo el reino?» «Si es que engaño su esperanza—repuso el monarca—, échate a ti solo la culpa. ¿Por qué me pusiste tú mismo en precisión de ofrecer lo que no podía cumplir? ¿Quién te obligó a escribir el nombre de Constanza en un papel que se había hecho para tu hija? Sabías muy bien mi intención. ¿Quién te dió autoridad para tiranizar el corazón de Blanca, obligándola a casarse con un hombre a quien no amaba? ¿Y quién te la dió sobre el mío para disponer de él en favor de una princesa a quien miro con horror? ¿Te has olvidado ya de que es hija de aquella cruel Matilde, que, atropellando todos los derechos de la sangre y de la humanidad, hizo expirar a mi padre entre los hierros del más duro cautiverio? ¿Y a ésta querías tú que yo diese mi mano? ¡No, Sifredo, no aguardes de mí este paso! ¡Antes de ver encendidas las teas de tan horrible himeneo, verás arder toda la Sicilia y anegados de sangre sus campos!» «¡Qué es lo que escucho!—exclamó Leoncio—. ¡Qué terribles amenazas, qué funestos anuncios me hacéis! ¡Pero en vano me sobresalto!—continuó, mudando de tono—. ¡No, señor, nada de esto temo! Es demasiado el amor que profesáis a vuestros vasallos para acarrearles tan triste suerte. No será capaz un ciego amor de avasallar vuestra razón. Echaríais un eterno borrón a vuestras virtudes si os dejarais llevar de las flaquezas propias de hombres vulgares. Si yo di mi hija al condestable fué, señor, únicamente por granjear para vuestro servicio a un hombre valeroso que, con la fuerza de su brazo y del ejército que tiene a su disposición, apoyase vuestros intereses contra las pretensiones del príncipe don Pedro. Parecióme que uniéndole a mi familia con lazos tan estrechos...» «¡Ah, que esos lazos—interrumpió Enrique—, esos funestos lazos son los que a mí me han perdido! ¡Cruel amigo! ¿Qué te había hecho yo para que descargases sobre mí tan duro e intolerable golpe? Habíate encargado que manejases mis intereses; pero ¿cuándo te di facultad para que esto fuese a costa de mi corazón? ¿Por qué no dejaste que yo mismo defendiese mis derechos? ¿Parécete que no tendría valor ni fuerzas para hacerme obedecer de todos los vasallos que osasen oponerse a mi voluntad? Si el condestable fuese uno de ellos, sabría yo muy bien castigarle. Ya sé que los reyes no han de ser tiranos y que su primera obligación es la de mirar por la felicidad de sus pueblos; pero ¿han de ser esclavos de éstos los mismos soberanos, y esto desde el momento en que el Cielo los elige para gobernarlos? ¿Pierden por ventura el derecho que la misma naturaleza concedió a todos los hombres de ser dueños de sus afectos? ¡Ah, Leoncio, si los reyes han de perder aquella preciosa libertad que gozan los demás hombres, ahí te abandono una corona que tú me aseguraste a costa de mi sosiego!» «Señor—replicó el ministro—, no puede ignorar vuestra majestad que el rey su tío sujetó la sucesión al trono a la preciosa condición del matrimonio con la princesa Constanza.» «¿Y quién dió autoridad al rey mi tío—repuso acalorado Enrique—para establecer tan violenta como injusta disposición? ¿Había recibido acaso él tan indigna ley de su hermano el rey don Carlos cuando entró a sucederle? ¿Y por ventura debías tú tener la flaqueza de someterte a una condición tan inicua? Cierto que para un gran canciller estás poco enterado de nuestros usos. En una palabra, cuando prometí mi mano a Constanza fué involuntaria mi promesa, que nunca tuve intención de cumplir. Si don Pedro funda su esperanza de ascender al trono en mi constante resolución de no efectuar aquella palabra, no mezclemos a los pueblos en una contienda que haría derramar mucha sangre. La espada, entre nosotros solos, puede terminar la disputa y decidir cuál de los dos será el más digno de reinar.»
»No se atrevió Leoncio a apurarle más, y se contentó con pedir de rodillas la libertad de su yerno, la que consiguió, diciéndole el rey: «Anda y restitúyete a Belmonte, que presto irá allá el condestable.» Retiróse el ministro, y marchó a su quinta, persuadido de que su yerno vendría luego a ella; pero engañóse, porque Enrique quería ver a Blanca aquella noche, y con este fin dilató hasta el día siguiente la libertad de su esposo.
»Mientras tanto, entregado éste a sus tristes pensamientos, hacía dentro de sí crueles reflexiones. La prisión le había abierto los ojos y héchole conocer cuál era la verdadera causa de su desgracia. Entregado enteramente a la violencia de los celos, y olvidado de la lealtad que hasta allí le había hecho tan recomendable, sólo respiraba venganza. Persuadido de que el rey no malograría la ocasión y no dejaría de ir aquella noche a visitar a doña Blanca, para sorprenderlos a entrambos, suplicó al gobernador del castillo de Palermo le dejase salir de la prisión por algunas horas, dándole palabra de honor de que antes de amanecer se restituiría a ella. El gobernador, que era todo suyo, tuvo poca dificultad en darle este gusto, y más habiendo sabido ya que Sifredo había alcanzado del rey su libertad; y además de eso le dió un caballo para ir a Belmonte. Partió prontamente, llegó al sitio, ató él caballo a un árbol, entró en el parque por una puerta pequeña cuya llave tenía, y tuvo la fortuna de introducirse en la quinta sin ser sentido de nadie. Llegó hasta el cuarto de su mujer y se escondió tras un biombo que había en la antesala. Pensaba observar desde allí todo lo que pudiese suceder y entrar de repente en la estancia de su esposa al menor ruido que oyese. Vió salir a Nise, que acababa de dejar a su ama y se retiraba a un cuarto inmediato, donde ella dormía.
»La hija de Sifredo, que fácilmente había penetrado el verdadero motivo del arresto de su marido, tuvo por cierto que aquella noche no volvería éste a Belmonte, aunque su padre le había dicho haberle el rey asegurado que le seguiría presto. Igualmente se presumió que el rey aprovecharía aquella ocasión para verla y hablarla con libertad. Con este pensamiento le estaba esperando para afearle una acción que para ella podía tener terribles consecuencias. Con efecto, poco tiempo después que Nise se había retirado se abrió la falsa puerta y apareció el rey, quien, arrojándose a los pies de Blanca, le dijo: «¡No me condenéis hasta haberme oído! Si mandé arrestar al condestable, considerad que ya no me restaba otro medio para justificarme. Si es delincuente este artificio, la culpa es de vos sola. ¿Por qué os negasteis a oírme esta mañana? Tardará poco en verse libre vuestro esposo, y entonces, ¡ay de mí!, ya no tendré recurso para hablaros. Oídme, pues, por última vez. Si vuestro padre ocasiona mi desventurada suerte, al menos concededme el triste consuelo de participaros que yo no me he atraído este infortunio por mi infidelidad. Si ratifiqué a Constanza la promesa de mi mano fué porque en las circunstancias en que me puso Sifredo no podía hacer otra cosa. Erame preciso engañar a la princesa por vuestro interés y por el mío, para aseguraros la corona y la mano de vuestro amante. Tenía esperanza de conseguirlo y había tomado mis medidas para romper aquella obligación; pero vos destruisteis mi plan, y disponiendo con demasiada facilidad de vuestra persona, preparasteis un eterno dolor a dos corazones que un entrañable amor hubiera hecho perpetuamente felices.»
»Dió fin a este breve razonamiento con señales tan visibles de una verdadera desesperación, que Blanca se enterneció, y ya no le quedó la menor duda de la inocencia de Enrique. Alegróse un poco al principio, pero un momento después fué en ella más vivo el dolor de su desgracia. «¡Ah, señor!»—dijo—. Después de lo que ha dispuesto de nosotros la suerte, me causa nueva pena el saber que estáis inocente. ¿Qué es lo que he hecho, desdichada de mí? ¡Engañóme mi resentimiento! Juzgué que me habíais abandonado y, arrebatada de despecho, recibí la mano del condestable, que mi padre me presentó. ¡Ah, infeliz! ¡Yo fuí la delincuente y yo misma fabriqué nuestra desgracia! ¡Conque cuando estaba tan quejosa de vos, acusándoos en mi corazón de que me habíais engañado, era yo, imprudente y ligerísima amante, la que rompía los lazos que había jurado hacer indisolubles! ¡Vengaos ahora, señor, pues os toca hacerlo! ¡Aborreced a la ingrata Blanca! ¡Olvidad!...» «¿Y os parece que lo podré hacer, señora?—interrumpió Enrique tristemente—. ¡Qué! ¿Será posible arrancar de mi corazón una pasión que ni aun vuestra injusticia podrá sofocar?» «Con todo eso, señor—dijo suspirando la hija de Sifredo—, es menester que os esforcéis para conseguirlo.» «Y vos, señora—replicó el rey—, ¿seréis capaz de hacer ese esfuerzo?» «No me prometo lograrlo—respondió Blanca—, pero nada omitiré para ello; lo intentaré cuanto pueda.» «¡Ah, cruel!—exclamó el rey—. ¡Fácilmente olvidaréis a Enrique, puesto que tenéis tal pensamiento!» «Y vos, señor, ¿qué es lo que pensáis?—repuso Blanca con entereza—. ¿Os lisonjeáis de que os tolere continuar en obsequiarme? ¡No tengáis tal esperanza! Si no quiso el Cielo que naciese para reina, tampoco me formó para que diese oídos a ningún amor que no sea legítimo. Mi esposo es, igualmente que vos, de la nobilísima Casa de Anjou, y aun cuando lo que debo sólo a él no fuera un obstáculo invencible a vuestros amorosos servicios, mi honor jamás podría permitirlos. Suplico, pues, a vuestra majestad que se retire y que haga ánimo de no volverme a ver.» «¡Oh qué tiranía!—exclamó el rey—. ¿Es posible, Blanca, que me tratéis con tanto rigor? ¡Conque no basta para atormentarme el que yo os vea esposa del condestable, sino que queréis además privarme de vuestra vista, único consuelo que me queda!» «¡Huid cuanto antes, señor!—respondió la hija de Sifredo derramando algunas lágrimas—. ¡La vista de lo que se ha amado tiernamente deja de ser un bien luego que se pierde la esperanza de poseerlo! ¡Adiós, señor; retiraos de mi presencia! Debéis este esfuerzo a vuestra gloria y a mi reputación. También os lo pido por mi reposo, porque al fin, aunque mi virtud no se altera con los movimientos de mi corazón, la memoria de vuestra ternura me presenta combates tan terribles que me cuesta extraordinarios esfuerzos resistirlos.»
»Pronunció estas últimas palabras con tanta energía, que, sin advertirlo, dejó caer al suelo un candelero que estaba en una mesa detrás de ella. Apagóse la bujía, cógela Blanca a tientas, abre la puerta de la antesala, y para encenderla va al gabinete de Nise, que aun no se había acostado. Vuelve con luz, y apenas la vió el rey la instó de nuevo para que le permitiese continuar en sus obsequios. A la voz del monarca entró repentinamente el condestable, con la espada en la mano, en el cuarto de su esposa, casi al mismo tiempo que ella; se llega a Enrique, lleno del resentimiento que su furor le inspiraba, y le dice; «¡Ya es demasiado, tirano! ¡No me tengas por tan vil ni tan cobarde que pueda sufrir la afrenta que haces a mi honor!» «¡Ah, traidor!—respondió el rey desenvainando la espada para defenderse—. ¿Piensas por ventura ejecutar tu intento impunemente?» Dicho esto, principian un combate, sobremanera fogoso para que durase mucho. Temiendo el condestable que Sifredo y sus criados acudiesen demasiado pronto a los gritos que daba doña Blanca y le estorbasen su venganza, peleaba ya sin juicio, sin conocimiento y sin cautela. Fuera de sí de furor, él mismo se metió por la espada de su enemigo, atravesándose de parte a parte hasta la guarnición. Cayó en tierra, y viéndole el rey derribado, se detuvo.
»Al ver la hija de Leoncio a su esposo en tan lastimoso estado, se arrojó al suelo para socorrerle, a pesar de la repugnancia con que le miraba. El infeliz esposo, lleno de resentimiento contra ella, no se enterneció ni aun a vista de aquel testimonio que le daba de su dolor y de su compasión. La muerte, que tenía tan cercana, no bastó para apagar en él el incendio de los celos. En aquellos últimos momentos sólo se acordó de la fortuna de su competidor; idea tan ingrata y espantosa que, alentando su espíritu y dando un momentáneo vigor a las pocas fuerzas que le quedaban, le hizo alzar la espada, que aun tenía en la mano, y la sepultó toda ella en el seno de su mujer, diciéndole: «¡Muere, esposa infiel, ya que los sagrados vínculos del matrimonio no bastaron para que me conservases aquella fe que me juraste al pie de los altares! ¡Y tú, Enrique—prosiguió con voz desmayada—, no te gloríes ya de tu destino, puesto que no te aprovecharás de mi desgracia! ¡Con esto muero contento!» Dijo estas palabras y expiró, pero con un semblante que, aun entre las sombras de la muerte, dejaba ver un no sé qué de altivo y de terrible. El de Blanca ofrecía a la vista un espectáculo bien diverso. Había caído mortalmente herida sobre el moribundo cuerpo de su esposo, y la sangre de esta inocente víctima se confundía con la de su homicida, cuya ejecución fué tan pronta e impensada que no dió lugar al rey para precaver su efecto.
»Prorrumpió este príncipe malaventurado en un lastimoso grito cuando vió caer a Blanca; y más herido que ella del golpe que le quitaba la vida, acudió a prestarle el mismo auxilio que ella misma había querido prestar a su marido y del cual había sido tan mal recompensada; pero Blanca le dijo con voz desfallecida: «¡Señor, vuestra diligencia es inútil! ¡Soy la víctima que estaba pidiendo la suerte inexorable! ¡Quiera el Cielo que ella aplaque su cólera y asegure la felicidad de vuestro reino!» Al acabar estas palabras, Leoncio, que había acudido al eco de sus lamentosos ayes, entró en el cuarto, y atónito de ver los objetos que se presentaban a sus ojos, quedó inmóvil. Blanca, que no le había visto, prosiguiendo su discurso con el rey, «¡Adiós, señor!—le dijo—. ¡Conservad afectuosamente mi memoria, pues mi amor y mis desgracias os obligan a ello! Desterrad de vuestro pecho toda sombra de resentimiento contra mi amado padre. Respetad sus canas, compadeceos de su pena y haced justicia a su celo. Sobre todo, manifestad a todo el mundo mi inocencia; esto es lo que más principalmente os encargo. ¡Adiós, amado Enrique!... ¡Yo me muero!... ¡Recibid mi postrer aliento!»
»A estas palabras, expiró. Quedóse suspenso el rey, guardando por algún tiempo un profundo silencio. Rompióle en fin, diciendo a Sifredo: «¡Mira, Leoncio, la obra de tus manos! ¡Contémplala bien y considera en este trágico suceso el fruto de tu oficioso celo por mi servicio!» Nada respondió el anciano: tan penetrado estaba de dolor. Pero ¿a qué fin empeñarme en querer referir lo que no cabe en ninguna explicación? Basta decir que uno y otro prorrumpieron en las más tiernas quejas luego que la vehemencia del dolor abrió camino al desahogo de los afectos interiores.
»El rey conservó toda su vida la más dulce memoria de su amante, sin poderse jamás resolver a dar la mano a Constanza. El infante se coligó con ella para hacer que se cumpliese lo dispuesto por Rogerio en su testamento, pero se vieron precisados a ceder al príncipe Enrique, quien triunfó al cabo de todos sus enemigos. A Sifredo le desprendió del mando, y aun de su misma patria, el insoportable tedio que le causaba el tropel de tantas desgracias. Abandonó la Sicilia, y pasándose a España con Porcia, la única hija que le había quedado, compró esta quinta. En ella sobrevivió quince años a la muerte de Blanca. Tuvo el consuelo de casar a Porcia, antes de morir, con don Jerónimo de Silva, y yo soy el único fruto de este matrimonio. Esta es—prosiguió la viuda de don Pedro de Pinares—la historia de mi familia y una fiel relación de las desgracias que representa ese cuadro, que mi abuelo Leoncio hizo pintar para que quedase a la posteridad un monumento de este funesto suceso.»
CAPITULO V
De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que llegó a Salamanca.
Después de haber la Ortiz, sus compañeras y yo oído esta historia, nos salimos de la sala, donde dejamos solas a doña Aurora y doña Elvira. Pasaron las dos lo restante del día en varias diversiones, sin fastidiarse una de otra, y cuando partimos al día siguiente, fué tan dolorosa su separación como pudiera serlo la de dos íntimas amigas acostumbradas toda la vida a la más dulce y tierna compañía.
Llegamos, en fin, a Salamanca sin que nos sucediese el menor contratiempo. Alquilamos luego una casa enteramente amueblada, y la dueña Ortiz, según lo que habíamos tratado, se comenzó a llamar doña Jimena de Guzmán. Como había sido dueña tanto tiempo, no podía menos de hacer bien su papel. Salió una mañana con Aurora, una doncella y un paje y se encaminaron a una posada de caballeros, donde supieron que ordinariamente se alojaba Pacheco. Preguntó la Ortiz si había algún cuarto desocupado, y habiéndole respondido que sí, le enseñaron uno decentemente puesto. Tomólo de su cuenta, y aun adelantó un mes de alquiler, expresando que era para un sobrino suyo que iba de Toledo a estudiar a Salamanca y al que esperaba aquel día.
Después que la dueña y mi ama dejaron ajustado aquel alojamiento se trasladaron al suyo, y la bella Aurora, sin perder tiempo, se vistió de caballero. Para cubrir sus cabellos negros se puso una peluca rubia, y tiñéndose del mismo color las cejas, se disfrazó de suerte que parecía un señorito distinguido. Era garboso y desembarazado, y a no ser la cara, que era demasiadamente linda para hombre, ninguna otra cosa hacía sospechoso su disfraz. Imitóle en el mismo la criada que le había de servir de paje, y todos nos persuadimos que también ésta representaría bien su papel, así porque no era de las más hermosas como por tener cierto airecillo descarado muy a propósito para el personaje que le tocaba hacer. Después de comer, hallándose las dos actrices en estado de presentarse en su teatro, esto es, en la posada de caballeros, ellas y yo marchamos allá. Metímonos en un coche y llevamos los baúles y la ropa que era menester.
La posadera, llamada Bernarda Ramírez, nos recibió con el mayor agasajo y nos condujo a nuestro cuarto, donde comenzamos a trabar conversación con ella. Convinimos en la comida que nos había de dar y en lo que habíamos de pagarle cada mes. Preguntámosle después si tenía muchos huéspedes. «Por ahora—respondió—no tengo ninguno. Nunca me faltarían si quisiera recibir a todo género de gentes, pero mi genio no lo lleva y en mi casa sólo admito personas de distinción. Esta misma noche espero a uno que viene de Madrid a concluir sus estudios. Llámase don Luis Pacheco, caballero de veinte años lo más, que acaso conocerán ustedes o habrán oído hablar de él.» «No—respondió Aurora—. No ignoro que es de una familia ilustre, pero no sé sus cualidades, y habiendo de vivir en su compañía en una misma casa tendría particular gusto de saber qué hombre es.» «Señor—repuso la huéspeda mirando al fingido caballero—, es un caballerito de linda cara, ni más ni menos que la vuestra, y desde luego aseguro que ambos os avendréis bien. ¡Vive diez, que podré jactarme de tener en mi casa los dos señoritos más galanes y airosos de toda España!» «Según eso—replicó mi ama—, ese tal caballerito habrá tenido en Salamanca mil galanteos.» «¡Oh! En cuanto a eso—respondió la vieja—, debo confesar que es un enamorado de profesión. Basta que se deje ver para llevarse de calle a cualquier mujer. Entre otras robó el corazón de una joven y bella como ella sola, hija de un anciano doctor en leyes; y en cuanto a su cariño hacia don Luis, es aquello que se llama locura. Su nombre es doña Isabel.» «Pero dígame—le replicó Aurora con prontitud—, ¿y don Luis la corresponde igualmente?» «Que la amaba antes que volviese a Madrid—respondió la Ramírez—, no tiene duda; pero si ahora la quiere o no la quiere, eso es lo que yo no sé, porque el tal caballerito en este punto es poco de fiar. Corre de mujer en mujer como lo hacen comúnmente todos los de su edad y de su clase.»
Apenas acababa la viuda de decir estas palabras cuando se oyó en el patio ruido de caballos. Asomámonos a la ventana y vimos dos hombres que se apeaban, que eran el mismo don Luis Pacheco, que llegaba de Madrid con su criado. Dejónos la vieja para ir a recibirlos y preparóse mi ama, no sin alguna conmoción, a representar su personaje de don Félix. Poco después vimos entrar en nuestro cuarto a don Luis, con botas y espuelas, en traje de camino. «Acabo de saber—dijo saludando a doña Aurora—que un caballero toledano está alojado en esta posada, y espero me permitirá le manifieste el gusto que tengo de lograr bajo un mismo techo tan buena compañía.» Mientras respondía mi ama a este cumplimiento, me pareció que Pacheco estaba suspenso de ver a un caballero tan amable. Con efecto, no se pudo contener sin decirle que jamás había visto hombre tan galán ni tan bien plantado. Después de varios discursos, acompañados de mil recíprocos y cortesanos cumplimientos, se retiró don Luis al cuarto que se le había destinado.
Mientras se hacía quitar las botas y se mudaba de ropa, un paje que le buscaba para entregarle una carta encontró por casualidad a doña Aurora en la escalera, y teniéndola por don Luis, a quien no conocía, «Caballero—le dijo—, aunque no conozco al señor don Luis Pacheco, me parece no debo preguntar a usted si lo es, y estoy persuadido de que no me engaño, según las señas que me han dado.» «No, amigo—respondió mi ama con gran serenidad—, ciertamente que no te engañas y sabes cumplir con puntualidad los encargos que te dan; has adivinado muy bien que soy don Luis Pacheco. Dame esa carta y vete, que ya cuidaré de enviar la respuesta.» Marchóse el paje, y cerrándose Aurora en su cuarto con su criada y conmigo abrió la carta y nos leyó lo que sigue: «Acabo de saber vuestra llegada a Salamanca. Alegróme tanto esta noticia, que temí perder el juicio. ¿Amáis todavía a vuestra Isabel? Aseguradle cuanto antes de que no os habéis mudado. Morirá de contento si le dais el consuelo de haberle sido fiel.»
«En verdad que el papel es apasionado—dijo Aurora—y muestra un alma del todo enamorada. Esta dama es una competidora que no debe despreciarse; antes bien, juzgo que debo hacer todo lo posible para desprenderla de don Luis, haciendo cuanto me sea dable para que él no la vuelva a ver. La empresa es algo ardua, lo confieso, mas no desconfío de salir con ella.» Paróse a pensar sobre este punto, y un momento después añadió: «Yo me obligo a ver enemistados a los dos en menos de veinticuatro horas.» Con efecto, habiendo Pacheco descansado un poco en su cuarto, volvió a buscarnos al nuestro y renovó la conversación con Aurora antes de cenar. «Caballero—le dijo en tono de zumba—, creo que los maridos y los amantes no han de celebrar mucho vuestra venida a Salamanca y que les ha de causar harta inquietud; yo, por lo menos, ya comienzo a temer mucho por mis damas.» «Oiga usted—le respondió mi ama en el mismo tono—, su temor no está mal fundado. Don Félix de Mendoza es un poco temible; así os lo prevengo. Ya he estado otra vez en esta ciudad y sé por experiencia que en ella no son insensibles las mujeres.» «¿Qué prueba tiene usted de ello?», interrumpió don Luis con presteza. «Una demostrativa—replicó la hija de don Vicente—. Habrá un mes que transité por esta ciudad, y, habiéndome detenido en ella no más que ocho días, en este breve tiempo—os lo digo en toda confianza—se apasionó ciegamente de mí la hija de un anciano doctor en leyes.»
Conocí que se había turbado don Luis al oír estas palabras. «¿Y se podrá saber, sin pasar por indiscreto—replicó—, el nombre de esa señora?» «¿Qué llama usted sin pasar por indiscreto?—repuso el fingido D. Félix—. ¿Pues qué motivo puede haber para hacer de esto un misterio? ¿Por ventura me tenéis por más callado que lo son en este punto los de mi edad? ¡No me hagáis esa injusticia! Además de que, hablando entre los dos, el objeto tampoco es digno de tan escrupuloso miramiento, porque al fin sólo es una pobre particular, y los hombres de distinción no se emplean seriamente en estas gentes de poca posición, y aun creen que les hacen mucho honor en quitarles el crédito. Diréos, pues, sin reparo, que la hija del tal doctor se llama Isabel.» «Y el tal doctor—interrumpió, impaciente ya, Pacheco—, ¿se llama acaso el señor Marcos de la Llana?» «¡Justamente!—respondió mi ama—. Lea usted este papel que acaba de enviarme; por él verá si me quiere bien la tal niña.» Pasó los ojos don Luis por el billete, y conociendo la letra se quedó confuso. «¡Qué veo!—prosiguió entonces Aurora con admiración—. ¡Parece que se os muda el color! Creo, ¡Dios me lo perdone!, que tomáis interés por esa dama. ¡Oh y cuánto me pesa de haber hablado con tanta franqueza!» «Antes bien, os doy gracias por ello—replicó don Luis en un tono mezclado de cólera y despecho—. ¡Ah, pérfida! ¡Ah, inconstante! ¡Oh, don Félix, y qué favor os merezco! ¡Me habéis sacado de un error en que quizá hubiera estado largo tiempo! Creía que me amaba. ¿Qué digo amaba? ¡Me parecía que me adoraba Isabel! Yo miraba con algún aprecio a esta muchacha, pero ahora veo que es una mujer digna de mi mayor desprecio.» «Apruebo vuestro noble modo de pensar—dijo Aurora, manifestando también por su parte mucha indignación—. ¡La hija de un doctor en leyes debiera tenerse por muy dichosa en que la quisiese un caballerito de tanto mérito como vos! No puedo disculpar su veleidad, y, lejos de aceptar el sacrificio que me hace de vos, quiero castigarla, despreciando sus favores.» «Por lo que a mí toca—dijo Pacheco—, juro no volverla a ver en toda mi vida, y ésta será mi única venganza.» «Tenéis sobrada razón—respondió el fingido Mendoza—. Pero, con todo, para que conozca mejor el menosprecio con que la tratamos, sería yo de parecer que los dos le escribiéramos separadamente un papel en que la insultásemos a nuestra satisfacción. Yo los cerraré y se los enviaré en respuesta a su carta; mas antes de llegar a este extremo será bien que lo consultéis con vuestro corazón, no sea que algún día os arrepintáis de haber roto la amistad con Isabel.» «¡No, no!—interrumpió don Luis—. No pienso tener jamás semejante flaqueza, y convengo desde luego en que, por mortificar a esa ingrata, se ponga inmediatamente por obra lo que hemos discurrido.»
Sin perder tiempo fuí yo mismo a traerles papel y tinta, y uno y otro se pusieron a componer dos papeles muy gustosos para la hija del doctor Marcos de la Llana. Especialmente Pacheco no encontraba voces bastante fuertes que le contentasen para expresar sus sentimientos; y así, hizo pedazos cinco o seis billetes por parecerle sus expresiones poco enérgicas y poco duras. Al cabo compuso uno que le satisfizo, y a la verdad tenía razón para quedar satisfecho, porque estaba concebido en estos términos: «Aprende ya a conocerte, reina mía, y no tengas la presunción de creer que yo te amo. Para esto era menester otro mérito mayor que el tuyo. No veo en ti el menor atractivo que merezca mi atención mas que por un momento. Solamente puedes aspirar a los inciensos que te tributarán las hopalandas más miserables de la Universidad.» Escribió, pues, esta agradable carta, y cuando Aurora acabó la suya, que no era menos ofensiva, las cerró entrambas bajo una cubierta, y entregándome el pliego, «Toma, Gil Blas—me dijo—, y haz que Isabel reciba este pliego esta noche. ¡Ya me entiendes!», añadió guiñándome un ojo, señal cuyo significado entendí perfectamente. «Sí, señor—le respondí—, será usted servido como desea.»
Responderle esto, hacerle una cortesía y salir de casa todo fué uno. Luego que me vi en la calle, me dije a mí mismo: «¿Conque, señor Gil Blas, parece que se hace prueba de vuestro talento y que representáis en esta comedia el importante papel de criado confidente? ¡Sí, señor! ¡Pues, amigo mío, es menester mostrar que tienes habilidad para desempeñar un papel que pide tanta! El señor don Félix se contentó con hacerte una seña; fióse de tu penetración. ¿Comprendiste bien lo que aquella guiñada quiso decir? Sí, por cierto: quísome dar a entender que entregase solamente el billete de don Luis.» No significaba otra cosa aquella guiñadura. No tuve en esto la menor duda. Conque, diciendo y haciendo, rompí el sobrescrito, saqué de él la carta de Pacheco y la llevó a casa del doctor Marcos, habiéndome antes informado de dónde vivía. Encontré a la puerta al mismo pajecito a quien había visto en la posada de los caballeros. «Hermano—le dije—, ¿seréis vos, por fortuna, el criado de la hija del señor doctor Marcos de la Llana?» Respondióme que sí en tono de mozo experto en estos lances, y yo le añadí: «Tenéis una fisonomía tan honrada y una cara tan de amigo de servir al prójimo, que me atrevo a suplicaros entreguéis a vuestra ama ese papelito de cierto caballero conocido suyo.» «¿Y quién es ese caballero?», me preguntó el pajecillo; y apenas le respondí que era don Luis Pacheco cuando, todo regocijado, me respondió: «¡Ah! Si el papel es de ese señorito, sígueme, pues tengo orden de mi ama de introducirte en su cuarto, que quiere hablarte.» Seguíle, en efecto, y llegué a una sala, donde muy presto se dejó ver la señora. Quedé admirado de su hermosura; tanto, que me pareció no haber visto facciones más lindas en mi vida. Tenía un aire tan delicado y aniñado, que parecía ser de edad de quince años, sin embargo de que había más de treinta que caminaba por sí misma sin necesidad de andadores. «Amigo—me preguntó con cara risueña—, ¿eres criado de don Luis Pacheco?» «Sí, señora—le respondí—; tres semanas ha que entré a servir a su merced.» Y diciendo esto le entregué respetuosamente el fatal papel que se me había encargado. Leyóle dos o tres veces, con semblante de dudar lo que sus mismos ojos veían. Con efecto, nada esperaba menos que semejante respuesta. Alzaba los ojos al cielo, mordíase los labios y todos sus indeliberados movimientos hacían patente lo que pasaba dentro de su corazón. Volvióse después hacia mí y me dijo: «Amigo mío, ¿don Luis se ha vuelto loco desde que se ausentó de mí? No comprendo su modo de proceder. Díme, amigo, si lo sabes: ¿qué motivo ha tenido para escribirme un papel tan cortesano, tan atento? ¿Qué demonio le tiene poseído? Si quiere romper conmigo, ¿no sabría hacerlo sin ultrajarme con una carta tan grosera?» «Señora—le respondí afectando un aire lleno de sinceridad—, es cierto que mi amo no ha tenido razón para eso; pero en cierta manera se vió en términos de no poder hacer otra cosa. Si me dais palabra de guardar el secreto, yo os descubriré todo el misterio.» «Te ofrezco guardarlo—me respondió ella prontamente—; no temas que te perjudique; y así, explícate con toda libertad.» «Pues, señora—continué yo—, he aquí el caso en dos palabras. Un momento después que mi amo recibió vuestro papel, entró en la posada una dama tapada con un manto de los más dobles; preguntó por el señor Pacheco; hablóle a solas, y de allí a algún tiempo, al fin de la conversación, le oí decir estas precisas palabras: «Me juráis que nunca la volveréis a ver, pero no me contento con esto; es menester que ahora mismo le escribáis un billete, que yo misma quiero dictaros. Esto quiero absolutamente de vos.» Sujetóse don Luis a todo lo que deseaba aquella mujer, y entregándome después el billete, me dijo: «Toma este papel, averigua dónde vive el doctor Marcos de la Llana y procura con maña que esta carta se entregue en propia mano a su hija Isabel.» De aquí inferiréis, señora, que la tal carta es hechura de alguna enemiga vuestra y, por consiguiente, que mi amo poca o ninguna culpa ha tenido en esta maniobra.» «¡Oh Cielos!—exclamó ella—. ¡Pues esto es todavía más de lo que yo pensaba! ¡Más me ofende su infidelidad que las indignas e injuriosas expresiones que se atrevió a escribir su mano! ¡Ah, infiel! ¡Ha podido contraer otra amistad!» Pero, revistiéndose de repente de altivez, añadió despechada: «¡Abandónese en buen hora libremente a su nuevo amor, que yo no pienso impedirlo! Decidle de mi parte que no necesitaba insultarme para obligarme a dejar libre el campo a mi competidora y que desprecio demasiado a un amante tan voltario para tener el menor deseo de atraérmelo de nuevo.» Diciendo esto me despidió y se retiró muy enojada contra don Luis.
Yo salí de casa del doctor Marcos de la Llana muy satisfecho de mí mismo, conociendo bien que si quería aprender el oficio de tercero me hallaba con suficientes talentos para salir maestro en poco tiempo. Volvíme a nuestra posada, donde encontré cenando juntos a los señores Mendoza y Pacheco y en conversación, con tanta confianza como si se hubieran conocido y tratado muchos años. Conoció Aurora en mi alegre y risueño semblante que no había desempeñado mal mi comisión. «¿Conque ya estás de vuelta, Gil Blas?—me dijo en tono festivo—. ¡Ea, danos cuenta de tu embajada!» Tuve, para responder, que recurrir a mi talento. Dije que había entregado el pliego en mano propia a Isabel, la que, después de haber leído los dos dulcísimos y tiernísimos papeles, prorrumpió en grandes carcajadas, como una loca, diciendo: «¡Por vida mía que los dos señoritos escriben con bellísimo estilo! ¡No se puede negar que nadie es capaz de imitarlo!» «Eso—dijo mi ama—se llama sacar el caballo o salir del atolladero airosamente. ¡En verdad que la tal señora mía es una chula de prueba y muy diestra!» «Desconozco enteramente en esta ocasión a doña Isabel—interrumpió don Luis—; la tenía en muy distinto concepto.» «Yo también—replicó Aurora—había formado otro juicio de ella. Es preciso confesar que hay mujeres que saben hacer toda clase de papeles. A una de éstas amé yo, y en verdad que se burló de mí largo tiempo. Gil Blas lo puede decir; parecía la mujer más juiciosa y más honesta que había en todo el mundo.» «Así es—respondí yo introduciéndome en la conversación—; era capaz de engañar al más astuto, y aun a mí mismo me hubiera engañado.»
Dieron grandes carcajadas el fingido Mendoza y el verdadero Pacheco cuando me oyeron hablar de esta suerte; y lejos de desaprobar el que yo me tomase la libertad de mezclarme en su conversación, me dirigían a menudo la palabra para divertirse con mis respuestas. Proseguimos nuestros razonamientos sobre el arte de fingir, que en supremo grado poseen las mujeres, y el resultado de nuestros discursos fué que Isabel quedó legal y judicialmente declarada por una chula de profesión. Don Luis protestó de nuevo que jamás la volvería a ver y, a ejemplo suyo, don Félix juró que siempre la miraría con el más alto desprecio. Acabadas estas protestas, estrecharon más su amistad, prometiendo que ninguna cosa tendrían reservada uno para otro; antes bien, que todas se las comunicarían recíprocamente. Sobremesa se detuvieron un rato, diciendo cosas graciosísimas, y después se separaron para irse a dormir cada cual a su cuarto. Yo acompañé a Aurora hasta el suyo, donde di fiel y verdadera cuenta de la conversación que había tenido con la hija del doctor, sin omitir la circunstancia más menuda. Faltó poco para que me abrazase de pura alegría. «Querido Gil Blas—me dijo—, tu ingenio y habilidad me tienen encantada. Cuando nos arrastra una pasión en que es preciso recurrir a invenciones y estratagemas, es gran fortuna tener un criado tan advertido y tan ingenioso como tú, que tomas verdadero interés en nuestros asuntos. ¡Animo, pues, amigo mío! ¡Nos hemos sacudido de una mujer que podía hacernos mal tercio! No me descontenta el principio, pero como los lances de amor están sujetos a varias revoluciones, soy de parecer que cuanto antes acometamos nuestra ideada empresa y que desde mañana empiece a representar su papel Aurora de Guzmán.» Aprobé el pensamiento y, dejando al señor don Félix con su paje, me retiré al cuarto donde tenía mi cama.
CAPITULO VI
De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco.
El primer cuidado de los dos buenos amigos fué reunirse al día siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vió precisada a dar y recibir para hacer bien el personaje de don Félix. Fueron juntos a pasearse por la ciudad, acompañándolos yo con Chilindrón, criado de don Luis. Parámonos a la puerta de la Universidad a leer varios carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Había también leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un hombrecillo que hacía crítica de las obras que se anunciaban. Observé que le estaban oyendo otros con singular atención y me persuadí también de que él creía merecer que le escuchasen. Parecía vano y hombre de tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas chiquitas. «Esa nueva traducción de Horacio que anuncia ese cartel con letras gordas—decía a los circunstantes—es una obra en prosa compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los escolares, que han agotado de él ya cuatro ediciones, sin que ningún inteligente haya comprado siquiera un ejemplar.» No era más favorable la crítica que hacía de los demás libros. Todos los motejaba sin caridad; probablemente sería algún autor. Yo de buena gana le hubiera estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fué preciso seguir a don Luis y a don Félix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no importándoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su camino, alejándose de él y de la Universidad.
Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentóse mi ama a la mesa con Pacheco, y diestramente hizo que la conversación recayese sobre su familia. «Mi padre—dijo—es un segundo de la casa de Mendoza, establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doña Jimena de Guzmán, que hace pocos días vino a Salamanca en seguimiento de cierto negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doña Aurora, hija única de don Vicente de Guzmán, a quien quizá habrá usted conocido.» «No—respondió don Luis—, pero he oído hablar mucho de él, igualmente que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen de esta señorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y entendimiento.» «En cuanto a entendimiento—respondió don Félix—, es cierto que no le falta, y también lo es que ha procurado cultivarlo; pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan, cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho.» «Siendo eso así—replicó prontamente don Luis—, queda muy acreditada su fama. Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y así, no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendría mucho gusto en verla y hablar con ella.» «Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra curiosidad—repuso el fingido Mendoza—; hoy mismo, después de comer, iremos los dos a casa de mi tía.»
Mudó entonces de conversación mi ama y empezaron los dos a hablar de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponían para ir a casa de doña Jimena, me anticipé yo a prevenir a la dueña que se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me restituí prontamente a la posada para acompañar a don Félix, quien, finalmente, condujo al señor don Luis a casa de su tía. Apenas entraron en ella cuando se encontraron con doña Jimena, que les hizo seña de que metiesen poco ruido, diciéndoles en voz baja: «¡Paso, pasito! No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer acá ha estado padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dejó, y habrá un cuarto de hora que la pobre niña se retiró a descansar un poco.» «Siento mucho esa indisposición—dijo Mendoza aparentando sentimiento—, porque esperaba tener el gusto de que viésemos a mi prima, pues quería hacer este obsequio a mi amigo Pacheco.» «No es eso tan urgente—respondió la Ortiz sonriéndose—; pueden ustedes dejarlo para mañana.» Detuviéronse un rato los dos caballeritos con la vieja, y después de una breve conversación se retiraron.
Condújonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de Pedrosa, donde pasamos lo restante del día; cenamos con él, y dos horas después de media noche volvimos a la posada. Habríamos andado como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban tendidos en medio de la calle. Creíamos que serían algunos infelices recién asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a tiempo nuestro socorro. Mientras nos estábamos informando del estado en que se hallaban, cuanto lo podía permitir la obscuridad de la noche, he aquí que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y dió orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mudó de opinión, haciendo mejor juicio, luego que nos oyó hablar, y mucho más cuando, a la luz de una linterna sorda, descubrió las nobles facciones de Mendoza y de Pacheco.. Mandó a los alguaciles que examinasen y reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creíamos asesinados, y hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente de vino y perfectamente borrachos. «Señores—exclamó un ministril—, conozco muy bien a este gran bebedor; es el señor licenciado Guiomar, rector de nuestra Universidad. Aquí donde ustedes le ven es un grande hombre, un talento extraordinario. No hay filósofo a quien no confunda en un argumento; tiene una facundia sin igual. ¡Lástima es que sea tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendrá de cenar con su Isabelilla, en donde, por desgracia, él y el que le guía se habrán emborrachado, y ambos han caído en el arroyo. Antes que el buen licenciado fuese rector le sucedía esto con bastante frecuencia. Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.» Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuidó de llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trató de irse a dormir.
Don Félix y don Luis se levantaron al día siguiente a eso del mediodía, y vueltos a reunir, su primera conversación fué de doña Aurora de Guzmán. «Gil Blas—me dijo mi ama—, vé a casa de mi tía doña Jimena y pregúntale de mi parte si el señor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a mi prima.» Partí al punto a desempeñar mi comisión, o, por mejor decir, a quedar de acuerdo con la dueña sobre el modo con que nos habíamos de gobernar, y después que tomamos nuestras medidas puntuales volví con la respuesta al fingido Mendoza y le dije: «Vuestra prima Aurora está muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le será del mayor agrado, y doña Jimena me encomendó afirmase al señor Pacheco que siempre será muy bien recibido en su casa por vuestra recomendación.»
Conocí que estas últimas palabras habían gustado mucho a don Luis. También lo conoció mi ama, y desde luego arguyó de ello un dichoso presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doña Jimena y dijo a don Félix: «Señor, un hombre de Toledo fué a preguntar por su merced en casa de su señora tía y dejó en ella este billete.» Abrióle el fingido Mendoza y leyó en él estas cláusulas, en voz que las pudiesen oír todos: «Si queréis saber de vuestro padre, con otras noticias de consecuencia que os importan mucho, leído éste venid prontamente al mesón del Caballo Negro, cerca de la Universidad.» «Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. ¡Hasta luego, Pacheco!—continuó—. Si no volviere dentro de dos horas, podéis ir vos solo a casa de mi tía, adonde concurriré yo también después de comer. Ya sabéis el recado que os dió Gil Blas de parte de doña Jimena; en virtud de él podéis con franqueza hacer esta visita.» Diciendo esto, salió de casa, mandándome le siguiese.
Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesón del Caballo Negro nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos dispusimos al enredo. Quitóse Aurora sus postizos cabellos rubios, lavóse y restregóse muy bien las cejas, vistióse de mujer y quedó como naturalmente era: una trigueña hermosa. Puede decirse que el disfraz la transformaba de manera que doña Aurora y don Félix parecían dos personas diferentes; y aun en traje de mujer parecía más alta que vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban la estatura. Luego que a su hermosura añadió los demás auxilios que el arte podía prestarle, esperó a don Luis, con una agitación mezclada de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su hermosura y otras temía que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo que hace a mí, como no convenía que Pacheco me viese en aquella casa, y como—a semejanza de aquellos actores que sólo aparecen en el teatro cuando está para concluirse la comedia—no debía parecer en ella hasta el fin de la visita, salí así que acabé de comer.
En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.» «¡Ah libertinillo!—exclamó doña Jimena—. ¡Sin duda estará de jarana!» «No, señora—repliqué yo prontamente—; está en realidad con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito sus disculpas!—repuso mi ama chanceándose—. Sabiendo que he estado indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!» «¡Ah, señora—dijo entonces don Luis—, no toméis tan cruel resolución! Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.»
Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto, se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme, amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien, ¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de parecer?—respondió Pacheco—. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo, y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a entendimiento—continuó—, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de mérito extremado!»
Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.» «¡No necesito volverla a ver—interrumpió don Luis—para estar ya ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto peor para vos—replicó el fingido Mendoza—, porque vos no sois hombre de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no vaya por el camino real.» «¿Por el camino real?—repitió don Luis—. ¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!» «¡Oh don Luis!—repuso don Félix—. Supuesto que pensáis de ese modo, desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi prima.»
Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No obstante—prosiguió Aurora—, a mayor abundamiento, quiero que los dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo. Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix si su prima se había levantado. «No—respondió la dueña—; todavía está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada, en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las señales de un amor verdadero.
Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea; dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está escribiendo en mi gabinete—respondió doña Jimena—y presto saldrá.» Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué, ¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos, caballero—prosiguió volviendo a su natural seriedad—; acabad de conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma persona.»
No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora! ¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas? ¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un sinnúmero de diversiones.
CAPITULO VII
Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.
Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas, yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido, desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien con él.»
Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel momento me recibió en su servidumbre.
Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era. Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática, acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.»
«¡Santo Dios!—dije prontamente para mi capote—. ¿Y cómo podrán los mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo—prosiguió él—irás conmigo a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro; no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en amor. Sin embargo, fingí—por complacerle únicamente—que le creía; y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza. Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas.
Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara; y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo Pacheco—dijo luego que entró—, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido, conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.»
Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo, mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso—dije yo entonces para mí sonriéndome—, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme tamaño!»
Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche. Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor. Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad, por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios, conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos. Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas que las visitan.
No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia. Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno, vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta. Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?—me dijo llena de alegría,—. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia, como yo de la de Constanza?» «Así es—respondí yo—; mucho tiempo ha que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción, porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy bien—me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz—, y poco más o menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro—repuse yo—que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te engañas en eso—respondió Beatriz—. Mi ama es una mujer bien nacida, como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi amo—repliqué yo—es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!—repuso Beatriz—. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti, de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero, en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad, cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a fidelidad, soy una tortolilla.»
Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.
«Escucha, Gil Blas—me dijo doña Eufrasia—: en ti consiste hacer tu fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo; su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico, basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora—le respondí—, disponga usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se dará por bien servida.» «Pues, ahora bien—repuso ella—, lo que has de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y sobrinos.»
Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada, confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que, en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví, pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción buena que por las malas que yo pudiera hacer.
Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios; artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise, siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres generaciones.
No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia; muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna, que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don Gonzalo una mujer joven y hermosa.
Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más proporcionado a sus años.
Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme mucho. «¡Ah, malvada!—decía yo con enfado—. ¡Ah, traidora Eufrasia! ¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada. Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!—me dijo—. Estoy sumamente agradecido al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad. Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos.