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Historia de la decadencia de España

Chapter 14: LIBRO SEGUNDO
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About This Book

El autor recorre las causas y acontecimientos que, a su juicio, condujeron al declive de España desde el advenimiento de Felipe III hasta la muerte de Carlos II. Presenta una narración cronológica de episodios políticos y militares y expone análisis sobre la corrupción administrativa, la presión fiscal, las crisis económicas y las debilidades institucionales. Combina fuente documental, juicio crítico y digresiones interpretativas para vincular decisiones de gobierno con cambios sociales y diplomáticos. El texto aspira a ofrecer una explicación coherente de la decadencia nacional más que una mera sucesión de hechos.

Al fin se pasó el invierno en tales trabajos, y en la primavera del año siguiente volvió á ponerse el ejército en campaña. Antes el Cardenal juntó dinero entre los mercaderes con que pagar á ciertos soldados que había amotinados en Amberes y otras plazas, y procuró reunir cuanto necesitaba el ejército para emprender de nuevo la guerra. Los enemigos eran grandes y temibles. De una parte los holandeses mostrábanse más obstinados y más poderosos que nunca en paz y en guerra. De otra parte, los príncipes protestantes del Imperio, teniendo en el corazón los pasados disgustos, no hacían más que allegar soldados y armas con que daban á sospechar lo que hicieron más adelante; y además el Rey de Francia, á pesar de las recientes paces, no cesaba de hostilizar debajo de mano nuestras tierras, ya entrando en inteligencias con algunas plazas del Artois para apoderarse por traición de ellas, ya atendiendo á tomar también por inteligencia la plaza de Cambray, ya permitiendo que hiciesen los enemigos grandes levas de gente en sus Estados, no tan secretamente que no fuese sabido de todo el mundo, ya, en fin, prestándoles grandes sumas de dinero y armas. Ni faltaban como siempre socorros de Inglaterra á los holandeses tanto en hombres como en dinero. Á todo había que atender y con pocos recursos, porque eran tardíos y no suficientes los que dejaba venir de España la penuria de la Hacienda. Malográronse los tratos que tenían los católicos para apoderarse de algunas plazas rebeldes, y padecimos un descalabro antes de comenzar la campaña. El conde de Busquoi, Gobernador de Emerique, habiendo caído en una celada que le pusieron los enemigos, fué herido y preso con muerte de los que le acompañaban.

Abrióse aquel año la campaña, partiéndose el ejército en dos trozos que tomaron por uno y otro lado del Rhin: rindióse á poca costa el fuerte de Crevecoeur. Era el intento amenazar con el uno el fuerte de Schenque que el enemigo tenía muy fortificado, para coger más descuidada y desguarnecida la isla de Bomel, situada entre el río Mosa ó Mosella y el Wael, que era la verdadera empresa. Frustróse por decidia y mala inteligencia de los capitanes católicos. No se pudo coger desprevenidos á los contrarios como se pensaba, aunque bien se pudiera, y tuvo que pasar todo el ejército á acometer formalmente la isla. Allí se mantuvo un largo y sangriento sitio sin ventaja de una y otra parte. El conde Mauricio con su ejército plantó sus cuarteles enfrente de la isla, comunicándose con ella por medio de puentes. El cardenal Andrea con el ejército de España tenía puesto el pie en la isla, pero sin poder llegar á la villa, ni adelantar un paso en su expugnación, determinaron al fin los nuestros hacer un fuerte en la isla de la parte donde, juntándose los dos ríos, comienzan á formarla; que por hacer allí punta el terreno daba mucha proporción para impedir con buenas baterías la navegación provechosísima de los enemigos. Hízose el fuerte, lográndose esto al menos de tan costosa empresa. Mientras se adelantaban las obras no cesaban de acometerse los dos ejércitos, procurando cada uno sorprender los cuarteles de los contrarios; mas de ambas partes en vano. Viéronse con tal ocasión grandes hazañas. Algunas compañías españolas é italianas acometieron con tanto esfuerzo un reducto de los contrarios, situado en la misma isla de Bomel, que ya comenzaban éstos á desampararlo; mas visto por el conde Mauricio mandó que se apartasen de la orilla los bajeles que allí ofrecían retirada á sus soldados, con que los puso en el estrecho de morir ó de conservar, como lo hicieron, el puesto. Y fué famoso el hecho del sargento mayor Durango, que sorprendido con pocos soldados españoles y algunos valones del grueso de los contrarios, á tiempo en que se ocupaba en labrar un reducto, aunque muchos de los suyos hubieron de pelear con los picos y palas con que trabajaban por no hallar sazón para tomar las armas, mantuvo el puesto brazo á brazo y dejó en él más enemigos muertos que eran en número sus soldados. Por fin, no bien acabada la obra, el Cardenal gobernador tuvo que retirarse de Bomel para atender á otros peligros más cercanos con mucha parte de las fuerzas.

Habían al cabo juntado ejército los príncipes protestantes y acometido con él á las guarniciones españolas que quedaron á la parte allá del Rhin en tierra de la jurisdicción del Imperio, amenazando reunir sus fuerzas con las del conde Mauricio, que si lo hicieran, llegara á ser muy crítica la situación de los nuestros; mas no pudieron venir á punto. Wesel, no bien se vió libre del temor de los españoles al abrigo del ejército alemán, se apartó de nuevo del culto católico. Pero en tanto este ejército que sitió á Rimberg fué de allí valerosamente rechazado por un tercio que guarnecía la plaza, á pesar de estar amotinado y vivir como solían vivir los soldados en tal ocasión con cierto género de independencia. En seguida acometió el enemigo á Reez, defendida del capitán D. Ramiro de Guzmán con poca gente; mas no alcanzó mejor fortuna. Envió el Almirante de Aragón en socorro de la plaza á Andrés Ortiz, capitán experimentado, el cual logró entrar en ella, y desde allí hizo tales salidas, é imaginó tales acometimientos, que obligó á los contrarios á alzar el cerco. Con esto abandonaron el campo los príncipes confederados, y se retiraron á sus tierras con mengua de la reputación y pérdida crecida en hombres y dinero. Sólo consiguieron que los nuestros, por no irritarlos más y no estimularlos á nuevas empresas, dejasen á Orsoy y otras pequeñas plazas de la jurisdicción del Imperio, que tenían aún ocupadas.

Al retirarse la guarnición de Doetecon, que fué uno de los puntos abandonados, pensaron los holandeses sorprenderla y destruirla, y salieron contra ella con lo mejor de su Caballería. Dió esto ocasión á una de las mayores derrotas que padecieron los holandeses en aquella guerra. Porque sabido el caso por Juan Contreras Gamarra, Comisario general, determinó salir contra ellos con algunas compañías de caballos, dando aviso á Ambrosio Landriano, Teniente general de la Caballería, para que con mayores fuerzas viniese á apoyarle en el trance. Divisó Contreras á los contrarios en un paso estrecho donde no podían maniobrar todos los caballos á un tiempo, y animando á los suyos se arrojó impetuosamente sobre los que venían de vanguardia, matando y desordenando cuanto se le puso delante. En esto los enemigos habían logrado desenvolverse y mejorar de posición; pero fué tanto el espanto que les causó el pelear bizarro de los nuestros, que, con ser doblado número, no pudieron sus oficiales y capitanes traerlos á que hiciesen buen rostro. Llegaba ya Landriano con más fuerzas, y sin esperar á cruzar lanzas con él, se declararon los contrarios en total derrota. Corría el Mosella no lejos del campo de batalla, y los jinetes enemigos, desalentados, se arrojaron á esguazarlo sin tiento, con que fueron muchos los ahogados y más los caballos y armas perdidas. De los vecinos lugares salió alguna Infantería alemana en defensa de la Caballería holandesa, mas fué acuchillada y deshecha. En suma, de toda la Caballería enemiga muy pocos quedaron de servicio. Contreras, en quien se desconoció la gloria del triunfo, volvió desabrido á España. Aconteció este suceso á tiempo que el archiduque Alberto y la infanta Isabel Clara Eugenia estaban ya en Flandes.

Dejó el cardenal Andrea el Gobierno, y el Archiduque y su esposa comenzaron al punto á ejercerlo. Convocaron primero á los Estados ó Cortes de la Nación para exigirles el juramento de obediencia, sobre lo cual hubo no escasas dificultades. Pedían los naturales que antes de prestar ellos el juramento de obediencia jurasen los príncipes conservar sus privilegios, de los cuales era el poner todas las plazas y fortalezas debajo de su mano, haciendo salir de ellas las tropas extranjeras. Á esto no podían avenirse los príncipes, porque el Rey de España no quería dejar las fortalezas ni abandonar del todo el dominio del país, como arriba dijimos. Añadíase que las tropas allí levantadas no eran muy de fiar en guerra como aquélla, sostenida entre provincias hermanas, y así se resistió la pretensión hasta que cedieron los Estados. Pasearon los príncipes todas las provincias de su Imperio, tomando el juramento á cada una de ellas especialmente, y lograron con buenas trazas que se les concediesen algunos subsidios.

Entonces el Archiduque volvió á poner los ojos en las necesidades de la guerra. Eran éstas á la sazón muy grandes. Wachtendoch, plaza muy fuerte, junto á Güeldres, fué sorprendida por el enemigo. Y sintiendo la falta de pagas y la vecindad del invierno, los soldados del trozo de ejército que estaba aún sobre Bomel se amotinaron en mucha parte. Como estaban terminadas del todo las obras del fuerte, tomóse por buen partido el retirar de allí el ejército, juzgando que no vendría con ello algún daño; mas habiendo quedado de guarnición ciertas compañías de valones, lo entregaron éstos á pocos días después al conde Mauricio por gruesa suma de dinero. Rindióse también por tratos á los enemigos el fuerte de Crevecoeur, guarnecido de alemanes y flamencos. Hechos que daban más y más por imposible el fiar las plazas á otras guarniciones que las españolas. Hallábanse algunas de éstas alteradas, y todas descontentas por la misma falta de pagas; mas no se halló que ninguna de ellas, aun peleando por causa extranjera, como ya á la sazón peleaban, rindiese su puesto al enemigo. Contentábanse con sacar por fuerza del país grandes tributos con que remediaban sus escaseces.

No tardó en ofrecerse una prueba solemne de la diferente condición de nuestros soldados y los extraños en el suceso que ahora sobrevino. Porque animados los holandeses con las recientes ventajas y con el desconcierto de nuestra gente, reuniendo todas las fuerzas que pudieron juntar, con gran priesa y esmero, salieron de sus puertos y desembarcaron en un lugar no lejos de Gante, con ejército de más de veintitrés mil hombres, el más poderoso que jamás hubiese llevado sus banderas. Era su intento socorrer la guarnición de Ostende, harto apurada de nuestros presidios, y tomar á Newport y otras plazas allí cercanas, de suerte que quedara debajo de su dependencia aquella provincia. Á la nueva de tal peligro, el Archiduque envió á requerir á los soldados de aquí y allá amotinados en los presidios, que saliesen á defender la tierra, manifestándoles el grande apuro en que se hallaba. Negáronse los italianos y valones; prestáronse de muy buena voluntad los españoles. Con ellos, principalmente, se compuso el ejército, que marchó al punto la vuelta de Gante en busca del enemigo.

Allí se presentó delante de él la infanta doña Isabel Clara Eugenia, y dió gracias á los soldados españoles por su leal comportamiento, recordándoles que eso y más debían al nombre glorioso de su patria. Enardecidos los viejos tercios con tal discurso, pidieron á voces que sin más dilación se los encaminase al combate. Echaron delante los amotinados, jurando lavar en sangre el pasado extravío. Tomaron al paso el fuerte de Andemburg, que se rindió sin defensa. No anduvieron tan presto en rendirse los del presidio de Suaesquerch, y antes que pudieran meditar lo que les estaría mejor, fué asaltada la plaza y pasados todos á cuchillo. Más adelante tropezaron los amotinados y vanguardia de los nuestros con dos mil soldados escoceses y holandeses que enviaba ya el conde Mauricio á ejecutar el socorro de Ostende, cerraron con ellos y no dejaron hombre á vida en pocos instantes.

Sabido por los enemigos cómo avanzaba aquel impetuoso torrente, determinaron evitar su furia embarcándose. Pero no les dieron tiempo los nuestros, que sin descansar un momento llegaron á ponérseles delante. Habían dejado atrás, para asegurar ciertos pasos, cuatro mil infantes y los cañones al mando de D. Luis de Velasco, general de la Artillería, de suerte que el total no pasaba de seis mil hombres de infantería con seiscientos caballos. Dióles frente el conde Mauricio con diez y seis mil infantes y dos mil seiscientos caballos, fortificados en siete dunas ó colinas de arena puestas á la orilla del mar entre Newport y Ostende. La Infantería ocupaba el centro formada en lo alto de las dunas. Los flancos de la posición, que eran los espacios que se hallaban entre las dunas y el mar, estaban defendidos de la Artillería, plantada también en lo alto de éstas, señaladamente en las dos puestas á los extremos. Además, la Caballería, partida en dos trozos al diestro y siniestro lado, así como emboscada entre las dunas y el mar, cubría ventajosamente al centro. Muchos de los capitanes españoles fueron de opinión que no se empeñase la batalla. Proponían que haciendo alto el ejército, tomase allí posiciones entre Ostende y el mar, de suerte que cerrase al enemigo el camino de esta plaza fortísima, donde podría fácilmente embarcarse, obligándole á pelear con manifiesta desventaja ó á embarcarse en la playa abierta, donde no podría menos de ser destruído. No dió oídos á aquel consejo prudente el ardor irreflexivo de los más, ni se quiso esperar siquiera á que llegase D. Luis de Velasco con la gente que quedaba atrás y la Artillería. Así, en aquel lugar donde pudo acaso acabar la guerra con victoria nuestra, nacieron mayores desdichas para en adelante y una fatal derrota. Era el ejército español menos de la mitad en número que el de los contrarios. Hería el sol en lo más recio del día y mortificaba mucho á nuestros soldados, que venían ya hartas horas sin comer y con largo camino, después de haber asaltado plazas y peleado á campo raso con numeroso escuadrón. Estaban los holandeses descansados y en muy buenas posiciones fortalecidos, con la espalda á las brisas frescas del mar. Con todo, se empeñó la batalla.

Á ella acudieron por el centro los seis mil hombres de infantería española y extranjera, al mando del Archiduque mismo con Zapena, Villar, Monroy y otros Maestres de campo muy nombrados, y embistieron con las dunas, defendidas por más de diez y seis mil soldados. Era difícil el asalto, porque las piernas de los que subían se enterraban en la arena, de suerte que apenas podían ellos dar un paso, mientras que los que estaban en lo alto disparaban la artillería á pie firme y hacían muy ordenadamente sus fuegos. Tomóse, sin embargo, la más avanzada de las dunas, y acometióse otra que era la mayor y mejor defendida. Allí pelearon los nuestros pica á pica por espacio de una hora, y aunque tan inferiores en número, lograron quitar algunos cañones á los contrarios y poner de su parte las probabilidades del vencimiento. Pero entre tanto nuestra Caballería, que acometió por los costados entre las faldas de las dunas y el mar, fué puesta en derrota. El Almirante de Aragón, Capitán general de nuevo de la Caballería, que entró por uno de los costados, fué detenido por el fuego de la artillería enemiga, plantada en la duna que allí hacía frente; y tal estrago hicieron las balas en sus filas, que espantados los caballos y confundidos los jinetes, no fué posible hacerlos pasar adelante. Al propio tiempo el comisario Pedro Gallego, sucesor de Contreras, había acometido por el ala opuesta, y saliendo contra él seiscientos corazas francesas que defendían aquel costado, puestos en emboscada detrás de las dunas, destrozaron sus compañías.

No se contentó con este triunfo el ímpetu de los franceses, y pasando adelante vinieron á caer sobre el centro. En vano el capitán Rodrigo Laso con dos solas compañías de caballos cerró con todo el escuadrón de los enemigos; él fué derribado medio muerto y dispersada su escasa gente. Entonces la Infantería española, que coronaba ya las dunas, viendo tomada de los enemigos la retaguardia, se puso en retirada. Pero al pie de las mismas posiciones que abandonaba fué acometida por los triunfantes corazas franceses, mientras que los infantes enemigos bajaban ordenadamente á acometerla por la espalda. No era posible la defensa; los soldados bajaban sueltos y sin orden, como habían peleado en lo alto. No se podía formar escuadrón que resistiese á los caballos ni á los escuadrones de la infantería enemiga, y el campo se convirtió entonces en una carnicería horrible, donde los infantes españoles uno á uno peleaban por la vida y la honra. Ordenóse la retirada, que fué peor que la batalla en aquel trance. El Archiduque, que no se había separado un momento del combate, estuvo á punto de morir, y por defenderlo cayeron á su lado los más esforzados de los españoles. Perdimos en esta batalla dos mil quinientos hombres de escasos siete mil con que entramos en ella, todos capitanes y soldados viejos, que no habían vuelto nunca rostro al enemigo. Y sólo pudo servir de siniestro consuelo el que de cerca de diez y nueve mil hombres de todas armas con que nos aguardó el enemigo, seis mil quedaron en el campo. De entre los muertos merecieron contarse los capitanes Andrés Ortiz, D. Ramiro de Guzmán, Ulloa, Dávila, Ezpeleta y otros no menos valientes, y el Maestre de campo Zapena. Tal fué la jornada de las Dunas (1600), la más funesta que hubiesen empeñado hasta entonces las armas de España en los campos extranjeros. Perdióse, como se ha visto, por sobra de valor y falta de cordura.

El conde Mauricio vió tan maltratada á su gente, que no se atrevió á seguir el alcance, ni á emprender otra conquista que el sitio de Newport, ciudad de poca fortaleza y arrimada al campo de batalla. Pero ni aun esto pudo conseguir y tuvo que reembarcarse con tanta gente de menos y sin ventaja alguna. Entre tanto, el Archiduque acudió á reparar sus fuerzas. Diéronle los Estados dineros y auxilios, y con ellos los soldados extranjeros amotinados en las plazas vinieron á partido. Formóse un ejército numeroso; pero no hubo necesidad de él, porque ni de una ni de otra parte se emprendió nada el resto de la campaña.

Á la siguiente, determinado el archiduque á reparar la derrota de las Dunas con un hecho de cuenta, comenzó el sitio de Ostende. No bien supieron esta empresa los holandeses, comenzaron á distraer la atención de los nuestros con sitios y acometimientos. Pusiéronse sobre Rimberg y la ganaron, á pesar de su esforzada defensa, porque el socorro llegó tarde y no pudo aprovecharse. Con la misma felicidad ganaron á Grave, valerosamente mantenida de los españoles, y la fortísima plaza de la Esclusa, que sólo el hambre pudiera reducir á semejante extremo por imprevisión de su Gobernador, que no supo abastecerla; y si no ganaron á Bolduch fué porque acudió á socorrerla dos veces el Archiduque en persona. Entre tanto se rindió Ostende. Contar las operaciones de este sitio y los heroicos hechos de los españoles en él, sería larguísima tarea y ajena de nuestro propósito. Era aquella plaza muy importante, porque desde allí tenían los holandeses á toda la provincia de Flandes en continuo respeto, y por eso estaba muy bien fortificada y guarnecida. Habían suplicado los Estados de Flandes al Archiduque que de tal padrastro los libertase, ofreciéndole para ello cuantos auxilios necesitase. Comenzó el sitio el Archiduque en persona, y luego se encargaron de él los mejores capitanes católicos, hasta que el marqués de Spínola la rindió, mandando con el nombre de maestre de campo general el ejército. Fueron varios los asaltos, muchas las salidas y escaramuzas, inauditas las máquinas y trazas de que se valían los sitiadores, y terrible el fuego de la artillería de los sitiados. El conde Mauricio vino á alzar el cerco con una armada de seiscientos bajeles y mucho ejército; pero los españoles no le dejaron desembarcar en toda la costa, y tuvo que volverse á sus puertos con no poca pérdida y mayor despecho. Al fin se dió un asalto general á la plaza (1604), en el cual se ganó lo mejor de la ciudad, y ya no fué posible dilatar la defensa. Perdieron los sitiadores cerca de cuarenta mil hombres en esta empresa, y entre ellos seis Maestres de campo, los cuatro españoles, y casi todos los coroneles y capitanes de los tercios: Monroy, Durango, Castriz y otros muchos de los buenos y viejos soldados que sirvieron con el duque de Alba. La plaza perdió siete gobernadores durante el sitio y más de dos mil oficiales, con un número inmenso de ciudadanos y de soldados, porque como tenía libre el mar, cada día entraban algunos de refuerzo. Mantúvose con esta conquista el honor de nuestro nombre; pero se desperdiciaron notables ocasiones, y hubo de nuestra parte tanta ó más pérdida que ganancia, pues habiendo pretendido cerrar la entrada de la provincia de Flandes á los enemigos, se abrieron ellos otras puertas más fáciles, mientras era tomada Ostende.

Debiéronse muchas de las pérdidas al motín que se llamó de Ruremunda, el más funesto de cuantos hubieran acontecido en aquellos Estados, donde eran harto frecuentes por desgracia. Movidas algunas compañías italianas y valonas de la falta de pagas, se encerraron en la ciudad de Hoochstraet, negándose á servir como de costumbre é imponiendo contribuciones al país. Con esto se malogró el socorro de Grave y se perdió aquella plaza, é irritado el Archiduque los declaró por traidores y envió ejército contra ellos. Pidieron auxilio los amotinados á los holandeses; diéronselo, de manera que no fué posible rendirlos; y juntándose en seguida con los enemigos, pelearon contra los nuestros en diversos encuentros. Al fin hubo de avenirse con ellos el Archiduque, por excusar mayor daño: malísimo precedente que sembró nuevos disgustos para en adelante. En el ínterin se pasó toda la campaña sin que aquellas gentes, que ya formaban un ejército con los muchos que se habían ido agregando, sirviese, como debía, debajo de nuestras banderas. Así, no lograron otra ventaja nuestras armas, fuera de la toma de Ostende, sino la rota que dió el Gobernador de Bolduch á un buen escuadrón de caballería enemiga que pasaba por sus términos. Concluída la campaña, vino á España el marqués de Spínola á tratar de las cosas de la guerra, donde fué muy bien recibido y asistido de cuanto solicitó para llevar adelante la guerra.

Era este Marqués natural de Génova y hermano de Federico Spínola, general de las galeras de España, el cual con ellas sirvió muy bien, haciendo gran daño á los holandeses, hasta que, poco después de la llegada de su hermano, murió en un combate naval que con ocho galeras empeñó en aquellas costas contra dos galeras y tres grandes navíos holandeses, quedando indecisa la victoria. Entró Ambrosio Spínola, que así se llamaba el Marqués, en el servicio de España por recomendación de Federico, y fué á Flandes gobernando diez mil italianos que levantó á su costa. Allí dió tales muestras de su persona que se le encargó del sitio de Ostende, prefiriéndole á muchos capitanes de más reputación que él; y saliendo á punto con la empresa, se acrecentó su fama de manera que fué nombrado ya para el mando de todo el ejército. Fué verdaderamente un suceso afortunado la aparición de aquel general, que tuvo pocos rivales en su siglo á tiempo en que escaseaban ya tanto en España. Con él salió á campaña (1605) de vuelta de Madrid, llevando trece mil quinientos infantes y tres mil caballos. Pasó el Rhin y entró en Frisa, burlando al enemigo, que le creía ocupado en otra empresa, y allí se apoderó sin mucha dificultad de Oldenzeil y de la importante plaza de Linghen, metida muy adentro en el territorio enemigo.

Entre tanto los holandeses, que quisieron tomar á Amberes al desprovisto, tuvieron que desistir de ello con no poca pérdida, y á los españoles se les frustraron también las tentativas que hicieron para apoderarse de Bergs y Grave. Pero el marqués de Spínola, alentado con los buenos principios de la campaña, dejando muy guarnecido á Linghen que ponía en contribución mucha parte de la Frisa, se vino á Wachtendonock y la puso cerco. En vano quisieron socorrerla los holandeses aprovechándose del descuido de los sitiadores: ochocientos infantes y otros tantos caballos del ejército de España contuvieron largas horas á todo su ejército á costa de prodigios de valor, y dieron tiempo á que, acudiendo el Marqués con toda sus fuerzas, los obligase á la retirada. Rindióse con esto la plaza, y en seguida fueron tomados muchos castillos importantes, mientras los holandeses eran vencidos y rechazados en Güeldres que quisieron tomar por sorpresa.

Mas eran escasas tales ventajas, porque la falta de dinero imposibilitaba de tal modo el movimiento de los ejércitos y causaba tales disgustos, que no podía llegarse á decisivas consecuencias. Lleno de amor y entusiasmo á la causa de España, vino el noble Spínola otra vez á Madrid á demandar socorros. No pudo hallarlo á crédito del Rey de España, que á tan miserable estado habían llegado las cosas, y tuvo que poner á prueba el suyo propio, con lo cual lo consiguió y volvió á Flandes imaginando lograr en la siguiente campaña mayores triunfos. No le salieron como pensaba sus proyectos; mas hizo con todo eso harto gloriosa campaña. Halló que se habían malogrado durante su ausencia dos sorpresas que se dieron á las plazas de Bredevord y la Esclusa, ambas muy fuertes, y que sin duda se ganaran á obrar los nuestros con más previsión y presteza. Ahora el Marqués dividió su ejército en dos trozos, dando el mando de uno al conde de Busquoi, capitán de mucho valor y experiencia, rescatado ya de sus prisiones, y conservando al otro bajo su mano. Con estos dos ejércitos se debía obrar de manera que pasando el Isel el uno, llegase hasta Utrecht, y el otro esguazando el Wael se pusiese delante de Nimega, y que mientras éste contuviese al enemigo, lograse aquél al improviso apoderarse de algunas de tales plazas y sujetar las provincias confinantes, muy ricas y poco guardadas. Pero los temporales fueron tan recios en aquel verano, que era imposible vadear los ríos, ni echar puentes sobre ellos, ni correr siquiera por la campiña. Sufrieron nuestros soldados con prodigiosa constancia el frío y los ardores del sol que allí alternaban desconcertadamente, y las aguas y la falta de bastimentos que se originaba, haciendo largas jornadas y campañas por tierras inundadas sin carros ni artillería. Los enemigos, que se mantenían á la defensiva, no padecían cosa alguna y se fortificaban y prevenían nuestros intentos con sobrado espacio. Tomóse, sin embargo, el castillo de Lochem y la plaza de Groll, y se emprendió el sitio de Rimberg, tantas veces tomada y perdida, que á la sazón defendían más de seis mil soldados asistidos de muchas vituallas y artillería. Rindióse la plaza después de un porfiado sitio en presencia del conde Mauricio, que con mayor ejército que el nuestro no supo impedirlo. Pero no bien acabada esta empresa, hubo en nuestro ejército un total desconcierto por la falta de pagas.

No bastando los recursos que trajo Spínola de España, amotináronse muchos italianos y alemanes con los más de los soldados del país, y el resto se mostraba gran descontento: hubo que deshacer el ejército y repartir en diversos lugares la gente. Animados con esto los holandeses, y viéndose con ejército de más de quince mil hombres sanos y bien dispuestos, cayeron sobre Groll para recobrarla; pero el marqués Spínola, reuniendo las fuerzas que pudo de entre la gente no amotinada, fué sobre ellos y les obligó á alzar el cerco. Dió fin la campaña con la sorpresa que lograron los enemigos en la plaza de Erquelens, saqueándola y destruyéndola por no acertar á conservarla. Vióse claramente á pesar de los temporales que estorbaron la ejecución del plan trazado por nuestro general, que hubiéramos logrado nosotros no poca ventaja, á no sobrevenir aquel nuevo motín que excedió ya á todos los conocidos, y fué el último que hubiese en los Estados; porque irritado á lo sumo el Archiduque, y convencido de que con perdonar á los culpables y conservarlos debajo de sus banderas, después de pagados y satisfechos, no hacía más que abrir la puerta á nuevas y más duras señales de indisciplina, determinó tratar á éstos con ejemplar rigor. Pagóles cuanto se les debía, que importó más de cuatrocientos mil escudos, y en seguida publicó un bando señalándoles veinticuatro horas para dejar los Estados, desterrándolos de ellos perpetuamente y de todos los dominios de España bajo pena de la vida. Fueron muchos los que la perdieron, porque siendo naturales del país costábales trabajo abandonarlo. Los demás se derramaron por las provincias vecinas.

Mas en tanto los holandeses se mostraban ya cansados y abatidos con la ventaja que por todas partes le llevaban los nuestros, y soportaban mal el gran peso de la guerra. Á la verdad sus escuadras habían sido más afortunadas que sus ejércitos en las últimas campañas. Una de ellas, mandada por el almirante Heemskirck, logró destruir, aunque con muerte de éste y mucha pérdida, en las aguas de Gibraltar, la que don Juan Álvarez Dávila mandaba por nuestra parte, compuesta de veintiún bajeles; y en las costas de Flandes y en las Indias Occidentales alcanzaron otras ventajas, apoderándose de las Molucas. Pero, sin embargo, sus marinos fueron derrotados delante de Malaca por don Alfonso Martín de Castro, Virrey de Goa, y su general Pedro Blens fué rechazado en el ataque de Mozambique y en otro que intentó al volver á Europa contra el fuerte de la Mina, donde fué muerto con muchos de los suyos. Poco antes D. Luis Fajardo quemó diez y nueve naves que llevaban su bandera en las salinas del Arroyo, y las Molucas fueron también reconquistadas. De todas suertes bien conocían ellos que no compensaban sus triunfos marítimos la esterilidad de las campañas de tierra.

Aprovechóse el Archiduque de esta disposición de ánimo de los enemigos para entablar preliminares de paz ó treguas. Dieron oídos los Estados de Holanda á tales pláticas, y al fin se consiguió ajustar una suspensión de armas primero, y luego una tregua por doce años (1699), ya que no fué posible venir á tratos de duraderas y definitivas paces. En ellas reconoció España á la Holanda como potencia independiente; cosa que se procuró excusar con largas trazas, mas no fué posible. De esta manera pudo darse por terminado lo principal de aquel empeño. Reconocíase ya como imposible el sujetar de nuevo á nuestro dominio aquellas provincias; cosa que bien pudiera estar averiguada de mucho antes, dada la obstinación de los naturales, alimentada por las preocupaciones religiosas y los auxilios constantes que de ingleses, franceses y alemanes recibían, la multitud de plazas fuertes, la disposición del terreno cortado por grandes ríos, por diques, por canales y obstáculos de todo género, y la penuria de nuestra Hacienda, que privaba á los ejércitos de las cosas más indispensables para la guerra; provocando al propio tiempo frecuentes motines, principalmente entre la gente extranjera y advenediza, sin honor y sin patria, que defendían por dinero nuestra causa. Pero la fama de nuestras armas quedó ilesa, y todavía para mirada con pavor en el mundo. Sólo que con la larga y sangrienta guerra se iban agotando los capitanes viejos y los soldados veteranos, y extinguiéndose con ellos el espíritu de la gloria antigua y la experiencia tan costosamente adquirida; falta que no remediada á tiempo, debía contribuir muy principalmente á nuestras futuras desgracias.

Vióse con ocasión de estas treguas cuál fuese el espíritu de nuestra nación todavía, porque no hubo alguno de los hechos escandalosos del duque de Lerma, que levantase tantas murmuraciones en España como el haberlas aconsejado y aceptado. Aquellas negociaciones, que pueden mirarse como la obra más loable de su ministerio, fueron miradas con disgusto por el Rey, que llevaba á mal que con tan grandes herejes se hiciese trato alguno, y más aún por los pueblos, que sobre alegar la propia causa de descontento, temían que con vernos ceder á la fortuna parte de nuestras pretensiones, se entibiase el miedo de nuestro nombre en el mundo.

Algo pudieron consolarse el Monarca y los súbditos de no haber sujetado á los holandeses herejes con los triunfos obtenidos durante aquel período contra otros enemigos de Dios. La guerra contra los berberiscos y turcos se continuó con mucho empeño, peleando con gloria en todas partes. Derrotó D. Nuño de Mendoza, Gobernador de Tánger y Arcila, á los moros que iban á sitiar sus plazas. El marqués de Santa Cruz apresó con sus navíos muchas embarcaciones turcas en el Archipiélago, y entró y dió á saco las islas de Longo, Patmos, Zante, Durazzo y otras circunvecinas. También el marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo, tomó once bajeles de corsarios turcos en el Archipiélago. Pero quien ganó más gloria fué D. Luis Fajardo, que salió de Cádiz con doce navíos, y después de apoderarse de uno muy rico de los moros, llegó á la goleta de Túnez, destruyó muchos bajeles turcos que estaban al abrigo de aquella fortaleza, cogió mucho botín y ocasionó en la costa grandes daños.

En tanto en Asia, D. Felipe Brito, Gobernador de Siriam, deshizo las naves del Sultán ó régulo de Astracán y se apoderó del reino de Pegú, tomando por allí una extensión nuestros dominios verdaderamente inmensa, y además en América sostuvimos larga y al fin afortunada guerra contra los araucanos, tribu valentísima del reino de Chile, levantada en contra de nuestra dominación. Fué el caudillo de ellos el famoso Caupolican; y al principio vencieron algunas batallas, haciendo gran destrozo en los nuestros, hasta que fué allá el marqués de Cañete, y con muerte de los más redujo á los que quedaron á la esclavitud y puso paz en aquellas apartadas provincias. Cantó esta guerra, como es sabido, con más color de historia que de poema don Alonso de Ercilla.

LIBRO SEGUNDO

SUMARIO

De 1610 á 1621.—Expulsión de los moriscos, sus principios y sus fines.—Guerra contra los infieles.—Francia: proyectos y muerte de Enrique IV.—Alemania: campaña de Spínola en el país de Julliers.—Italia: humillación del duque de Saboya, tramas de éste y de Venecia, sucesión del Monferrato, guerra con Saboya, batalla de Asti, Oneglia, tratado de Asti, batalla de Apertola, sitio de Vercelli, derrota de D. Sancho de Luna, Lesdiguières y el marqués de Villafranca, el duque de Osuna y el marqués de Bedmar, empresas de Osuna, los Uscoques, Venecia, combate naval en Gravosa, paz de Pavía, falsa conjuración y desgracia de Osuna.—España: últimos años de la privanza de Lerma, Calderón, Uceda, el P. Aliaga, el conde de Lemus, D. Francisco de Borja, caída del privado.—Guerra marítima: principio de la guerra de los treinta años, batalla de Praga.—Muerte de Felipe III.—Estado en que dejó la Monarquía.

Las treguas con Holanda, vituperadas ó alabadas, ofrecieron al fin á España el descanso de que tanta necesidad tenía: grande ocasión para aprovecharla en aliviar la Hacienda pública, y en comenzar la obra de reparación y regeneración indispensable, si había de contenerse la decadencia del reino. No se emplearon en esto ciertamente los días de tregua. El duque de Lerma continuaba por entonces disfrutando sin contradicción del favor regio, y aumentaba su fausto y crecían para sostenerlo sus cohechos. Daba soberbios banquetes, y celebraba en fiestas públicas costosísimas los sucesos alegres de su familia, ni más ni menos que se suelen celebrar los de las familias reales. El Rey seguía orando, y él trabajando, sin saberlo acaso, por impericia ó ambición en la ruina total del país. Ayudábale aquel don Rodrigo Calderón, su privado; hombre de no escaso talento y astucia, pero más fastuoso y codicioso aun que él, y que más adelante mostró peores mañas y cualidades. Este, que era su confidente y consejero, ha de ser mirado en todo como su cómplice.

Fué poco después de las treguas cuando se verificó el suceso más desgraciado que hubiera presenciado España en muchos siglos. Corría aún el año de 1609, y oíase gran rumor de armas en la Península, que parecía desusado por la ocasión, puesto que no se hallaba enemigo en nuestras fronteras. Carlos Doria, duque de Tursis, y el marqués de Santa Cruz, nieto el uno del famoso Andrea, hijo el otro del grande Almirante de Felipe II, y Villafranca, Fajardo y D. Octavio de Aragón, inclinaron las proas de sus naves al mar de España. Los tercios viejos de Italia dejaron apresuradamente sus costas. Tomáronse en lo interior grandes precauciones militares, en especial por la parte de Granada y Valencia. Formáronse ejércitos, nombráronse generales, y no parecía sino que alguna invasión temible ó insurrección sangrienta iba á encender en armas la Península. Y, sin embargo, todo estaba al parecer en paz.

Era que uno de los males más profundos de la Monarquía, nacido de su propia constitución, y desconocido ó mal curado los años anteriores, acababa de cegar los ojos de nuestros políticos, tratando de acudir al reparo. Los moriscos que habitaban principalmente las costas orientales y meridionales de la Península no cesaban de mantener inteligencias con sus vecinos marroquíes y argelinos, y aun con el mismo Sultán de los turcos. Tratados con rigor sobrado y notable injusticia, antes habían aumentado que no disminuído los años el antiguo rencor á nuestra raza. Después de pacificados por fuerza de armas, el odio había ido en aumento cada día. No se devolvieron á los de Granada los bienes confiscados durante la rebelión, ni siquiera á los que, lejos de la guerra, habían sido encausados y desterrados solamente por precaución y sospechas. Mantúvose en muchos el destierro que comenzaron á padecer entonces, y la Inquisición redobló sus persecuciones contra todos ellos, mirándolos con más prevención y con menos piedad que nunca. Huyeron algunos de los moriscos á tierras extranjeras por no soportar tales rigores; pero lo general de la raza oprimida, no pudiendo huir, comenzó á tramar conspiraciones contra el Estado, poniéndose en comunicación y tratos con varios príncipes enemigos nuestros, y principalmente con Enrique IV de Francia, á quien llegaron á ofrecer, según se dijo, que seguirían bajo su dominio la religión protestante, con tal de no ser católicos en España.

Cuando los ingleses tomaron y saquearon á Cádiz, tuvo Felipe II temores de un levantamiento general de los moriscos andaluces, cosa que acaso se habría verificado á mantenerse algo más los extranjeros en aquella plaza. Tratóse luego de que los marroquíes hiciesen un desembarco en la Península, prometiéndoles que se alzarían ellos en su ayuda, y que juntos acabarían con el poder español en su propio lecho. Pero Muley Cidam, que gobernaba entonces en la ciudad y provincias de Marruecos, tenía demasiado en que entender con sus contrarios los de Fez, por andar á la sazón dividido el Imperio, y no pudo acudir como hubiera deseado en socorro de sus hermanos: con esto hubo lugar á que la conjuración fuese descubierta. Las cosas habían llegado, pues, á tal punto que necesitaban de enérgico y pronto remedio. Si en tiempo de Fernando V se hubiera comprendido cuanto importaba que aquella nación se hiciese una con la nuestra y se hubieran tomado medidas adecuadas al caso en aquel reinado y los posteriores, no hay duda, como atrás dejamos dicho, en que jamás habrían llegado tan críticas circunstancias. Pero el mal estaba hecho, y el remedio tenía de todas suertes que ser doloroso.

No tardó en imaginarse la expulsión, tan bien ensayada en los judíos, y que desde los días de la conquista había tenido muchos partidarios; pero se tropezaba con un obstáculo tan poderoso que pasaban años y años y no podía llevarse á cabo. Eran vasallos muchos moriscos de ricos-hombres de cuenta, principalmente en Valencia, donde se miraban más numerosos que en otra alguna parte, fundándose en su vasallaje grandes fortunas. Así fué que siempre que se pidió dictamen sobre el caso á los ricos-hombres y barones, se halló que el mayor número contradecía la expulsión. Y si los vasallos por serlo oponían tal dificultad, mayor la oponían los moriscos que no eran vasallos y vivían opulentos y libres, atesorando en sí las mayores riquezas. Estos tenían defensores asalariados entre los poderosos de aquella corte de España, donde todo se lograba á la sazón por salario ó precio, y aun al clero mismo que había de endoctrinarlos ó vigilarlos ó solicitar su castigo, le traían en cierto modo sobornado con los grandes diezmos y rentas que le proporcionaban. Llegaban las riquezas hasta á librarlos de las garras de la Inquisición, tolerándoles á ellos desmanes que el fuego y el hierro corregían tan duramente en los demás españoles. Sábese que el conde de Orgaz era el protector de los moriscos de Valencia, y recibía por ello cada un año más de dos mil ducados; y en la corte de Roma lo era un cierto Quesada, canónigo de Guadix, el cual cuidaba de que las disposiciones del Pontífice no se ajustasen bien con las del Rey, á fin de estorbar unas y otras, lo mismo que los protectores que estaban en Madrid cuidaban de parar ó desvanecer cualquier intento que pudiera serles dañoso, desmintiendo las traiciones de que se les acusaba y atribuyendo á ignorancia sus malas obras. Sin embargo, las traiciones, aunque acaso provocadas por nuestros rigores, eran evidentes; y sus obras eran más de moros, que solo por fuerza aparecían cristianos, y de hombres sedientos de venganza, que no de ignorantes. Los cristianos viejos que vivían en sus comarcas no osaban salir de noche, y en las regaladas lunas de verano, orillas del mar de Valencia, no era raro el hallar al hospedaje y festejo de los moriscos cuadrillas de piratas argelinos y saletinos, saqueando haciendas de cristianos, matándoles ó cautivándoles á mansalva. Crecía con esto cada día el recelo en los nuestros y la cólera y la audacia en los moriscos. Contábanse las casas de moriscos y cristianos, y hallábase que las de aquéllos se aumentaban de año en año, al paso que las de éstos mermaban. Veíase donde quiera armados á los moriscos, y aunque se intentó por varios modos desarmarlos, no se halló medio de ejecutarlo completamente. Todo esto obligó á tomar algunas prevenciones, particularmente en Valencia, y cuando el duque de Lerma, Conde entonces todavía, gobernaba en aquel reino corriendo los últimos años de Felipe II, fundó la llamada milicia efectiva ó general, compuesta de todos los cristianos aptos para la guerra, y que llegó á ascender á diez mil infantes y muchos caballos, los cuales, en sus casas, con lugares de reunión y plazas de armas preparados, con armas y pertrechos, esperaban la hora del peligro para acudir á conjurarlo.

Pero tantas prevenciones no parecieron bastantes todavía. En 1602, el Patriarca de Antioquía y Arzobispo de Valencia, D. Juan de Rivera, escribió un papel al Rey proponiéndole francamente la expulsión; mas pedida explicación de los medios con que había de ser ejecutada se halló que el buen Prelado no entendía por moriscos sino á los de Castilla, Aragón y Andalucía, porque los de Valencia, aunque más numerosos y temibles que ningunos, juzgábalos necesarios para el sostenimiento de su persona humilde y de su casa de Dios. Nada mas curioso que la argumentación de aquel Prelado lleno de celo y deseoso de ver fuera de España á los infieles; más no tan enemigo de su particular conveniencia y comodidades que consintiera por tal celo y deseo en disminuir sus rentas. Desechóse la distinción en la corte como era razón, viendo cuán incompleto quedaba con ello el intento, y no faltaron personas que en sendos libros la combatiesen. Tenía acaso más partidarios la opinión mostrada en otro tiempo por el célebre Torquemada, de que en caso de infidelidad de los moriscos á todos los mayores de edad debía pasárseles á cuchillo, y á todos los menores repartirlos como esclavos; pero la que prevalecía en los más prudentes era la de ejecutar la expulsión total, echando de España á los moriscos de Valencia lo mismo que á los de Castilla, Sierra Morena, Extremadura y riberas del Segre. Y cierto que dada la expulsión no podía concebirse otra cosa.

Comenzó á formárseles un género de proceso secreto en la corte, oyendo el Rey á todos los que alegaban contra ellos, y no dejando también de oir á algunos de sus defensores, que, á más de los asalariados, hubo de éstos algunos no desconfiados de su conversión y pacificación, como los obispos de Segorbe y de Orihuela, mayormente el primero. Fué de los enemigos más grandes de los moriscos el fraile Bleda, que escribió de aquel suceso en su Crónica de los moros, el cual por conseguir la expulsión hizo tres viajes á Roma, y escribió libros y memoriales, é hizo cuanto puede dictar el celo más desapiadado. Comprobóse que traían inteligencia con Enrique IV de Francia, el cual, aunque cristianísimo, no había titubeado en prestarles favor, bien que, como arriba indicamos, se dijo que le habían ofrecido hacerse protestantes bajo su mano. Mas puede creerse que quien los ayudaba con promesa de tan poco verosímil cumplimiento, también los habría ayudado aún cuando renovaran los tiempos de Taric-ben-Zeyyad y de Muza-ben-Nosseir y los desastres del Guadalete. Al lado de estos cargos, verdaderamente graves, aparecieron otros contra los tales moriscos, oídos entonces con horror en España. Uno era que no criaban puercos, animales aborrecidos de Mahoma; otro era, que cumpliendo á veces sus tratos mejor que los cristianos, no convenía dejar en pie tan mal ejemplo, y que se notase que los nuestros con ser en la fe antiguos eran menos honrados y virtuosos que los que ahora acababan de recibirla y no estaban en ella muy seguros: ni fué tampoco de los menores el suponer que en las misas ejecutaban socapa y á escondidas de los cristianos, irreverentes demostraciones. No pudo resistir más Felipe III: y como el duque de Lerma anduviese tan de antiguo receloso de los moriscos acabó de decidirle en un todo. En 1606 era ya cosa resuelta la expulsión.

Dilatóse, sin embargo, tres años por los empeños en que andaba á la sazón la Monarquía. Guardóse grande y maravilloso secreto sobre ello, y fué de notar la conducta del duque del Infantado, posesor de la baronía de Alberique y otras pobladas de moriscos y muy ricas á causa de ellos, el cual, sabiendo lo que había de ejecutarse tan en daño suyo, como que de un golpe iba á perder millares de vasallos y copiosísimas rentas, no hizo movimiento alguno, ni se aprovechó de la noticia para negociar sus intereses, tal como si estuviese ignorante de todo. No fueron tan generosos otros señores, ricos-hombres y corporaciones interesadas en la conservación de los moriscos.

Eran de los principales intereses los que se fundaban sobre los censos. Había cristianos que vendían á los moriscos ropas y oro y alhajas de mala ley al fiado, por mucho más precio de lo que valían y con crecida usura; otros, que prestaban á las aljamas ó Universidades gruesas cantidades al diez por ciento de usura, y de tales préstamos eran no pocos para los mismos barones y señores de ellas; otros, en fin, que tenían dinero consignado sobre casas y campos de propiedad de moriscos particulares. Con el producto de tales censos vivía la mayor parte de la nobleza, conventos, parroquias, cabildos y otra infinidad de gente honrada del reino, las iglesias, colegiatas y catedrales. Y así fué que el rumor de la expulsión llenó de espanto á todas las provincias donde había moriscos y censos; y que muchos, no tan generosos como el duque del Infantado, con noticia cabal del intento se apresuraron á negociar sus créditos. No dió tiempo, sin embargo, el edicto para que pudieran excusarse tales daños en los cristianos, ni tampoco para que los moriscos ricos, que, aunque nada sabían, recelaban lo bastante para desear convertir en dinero sus haciendas, pudieran ejecutarlo. Por Agosto de 1609 se decretó la expulsión de los de Valencia, al propio tiempo que se tomaban todas las medidas que parecieron necesarias para ejecutarla.

Era Capitán general del reino de Valencia el marqués de Caracena, D. Luis Carrillo de Toledo; enviósele por Maestre de campo general de las armas á D. Agustín Mejía, soldado viejo de Flandes y castellano allí de Amberes; aprestáronse las llamadas milicias generales, y acercáronse á las fronteras de Valencia y Aragón los jinetes de Castilla; Doria y Santa Cruz trajeron: el primero, en diez y seis galeras, el tercio de Lombardía, mandado por D. Juan de Carmona con mil doscientos cincuenta soldados efectivos; y el segundo, el de Nápoles, con dos mil setenta, gobernados del Maestre de campo D. Sancho de Luna y Rojas. Las galeras que tenía en Sicilia el duque de Osuna vinieron también, y eran nueve, con D. Octavio de Aragón por general; bien que aquella armada estuviese á las órdenes de don Pedro de Leiva y ochocientos hombres en nueve compañías. D. Luis Fajardo, con catorce galeras de la carrera de Indias y mil soldados, y el marqués de Villafranca, duque de Fernandina, D. Pedro de Toledo, con las galeras de España, que eran veintiuna, y hasta mil trescientos soldados también acudieron á la empresa. Fué el punto de reunión de todas las armadas Mallorca, y desde allí se repartieron los puestos. Los bajeles de España y los de Génova vinieron á cerrar la boca de los Alfaques: los de Nápoles se apostaron en Denia, los de Sicilia en Cartagena y en Alicante los de Indias. Desembarcaron las tropas, repartiéndolas los capitanes en los puestos donde se creyó que pudieran los moriscos fortificarse: D. Pedro de Toledo por la parte del Norte del reino hacia Aragón, y D. Agustín Mejía por la del Sur hacia Murcia. Luego se publicó el edicto en Valencia. Disponíase que dentro de tres días de publicado el bando todos los moriscos saliesen de sus casas, bajo pena de muerte, yendo adonde el Comisario real que se enviase á sus comarcas les ordenara, para ser transportados á Berbería, llevando consigo los bienes muebles que pudieran conducir por sí mismos. Permitíase que en cada lugar quedasen seis personas para que conservasen el cultivo del azúcar y las artes moriscas, y que quedasen también los niños menores de cuatro años, con licencia de sus padres, para ser criados entre los cristianos viejos, esto como favor singular. Luego se les dieron sesenta días de término para disponer de sus bienes, muebles y semovientes, y llevarse el producto, no en metales ni en letras de cambio, sino en mercaderías, y éstas, compradas de los naturales de estos reinos y no de otros, á no ser que prefiriesen dejar la mitad de la hacienda para el Rey, en cuyo caso bien podían llevar consigo todo lo prohibido en oro y plata y letras de cambio. Los bienes raíces fueron sin excepción confiscados, tales eran las principales disposiciones.

Los moros, aterrados al principio con lo violento de tal resolución, trataron al fin de defenderse y acudieron á las armas. Uno de ellos, por nombre Turiji, persona principal del valle de Ayora, levantó banderas de rebelión, y á poco un molinero de Guadalest llamado Milini, insurreccionó también el valle de Alahuar, saqueando y destruyendo sin piedad los pueblos de cristianos y matando á cuantos caían en sus manos. Pero sin armas, sin enseñanza militar y cogidos al desprovisto, tuvieron que ceder al fin á los aguerridos tercios de España y someterse á su destino. No fué con todo sin algunos combates. Las cumbres de los montes, los llanos y los caminos parecían cubiertos de ellos, que corrían furiosos de acá para allá, á pie y á caballo, con armas y sin ellas, comunicándose los acuerdos y animándose unos á otros. Hombres, mujeres y ancianos, grandes y pequeños, se mostraban en el último punto de la desesperación. Y no es decir que faltaran moriscos que tomasen la expulsión á regocijo: habíalos, sin duda, tan celosos de la fe de Mahoma y tan deseosos de salir entre cristianos, que no suspiraban por otra cosa y que respondieron con gritos de júbilo al mandato de salir de España. Pero éstos no eran los más, á lo que puede deducirse de los hechos, sobre todo luego que llegó á susurrarse que no los recibían tan bien en África como se esperaba.

Dió altas muestras de su sagacidad y talento el marqués de Villafranca, duque de Fernandina, D. Pedro de Toledo, porque en la parte del reino que él tomó á su cargo fueron tales sus disposiciones que no se oyó un solo grito de rebelión. Pero el Maestre de campo, general D. Agustín Mejía, anduvo algo más descuidado y dió tiempo á que Millini ó Mellini por un lado, y Turigi por otro, se fortificasen y reunieran fuerzas que llegaron á parecer temibles, aclamándose uno y otro por reyes en sus comarcas. Entró D. Agustín Mejía en la sierra de Alahuar, llevando por delante á las cuadrillas de moriscos rebelados en el contorno; tomó el castillo de las Azavaras, en cuyo asalto dió heroica muestra del valor de su persona D. Sancho de Luna; luego los moriscos guarecidos en las peñas se pusieron al opósito del ejército, y hubo gran matanza de ellos y alguna pérdida de los nuestros, pereciendo entre otros el reyezuelo Mellini, con que los rebeldes pusieron en su lugar á un cierto Miguel Piteo. Al fin, llegó D. Agustín Mejía con el tercio de Nápoles, el de Sicilia y muchos soldados de milicias y particulares al castillo de Polop, último asilo de los rebeldes: allí padecieron horrible hambre y sed por no haber hecho provisión de nada, hasta que al cabo de nueve días se rindieron á condición de salvar las vidas. Entre tanto Vicente Turigi, que así se llamaba el reyezuelo de Ayora, reunió muchos moriscos en la Muela de Cortés, lugar muy proporcionado para la defensa: salió á reconocerlos el Gobernador de Játiva, D. Francisco Milán y Aragón, y tuvo con ellos un encuentro, donde, peleando valerosísimamente, les hizo mucho daño: luego D. Juan de Cardona, con su tercio de Lombardía y milicias, vino á atacarlos en sus posiciones, y no osando aguardarlo, se desbandaron, abandonando cuanto tenían y pereciendo los más de los que allí se recogieron al filo de la espada, hombres, niños y mujeres. Turigi, sin embargo, anduvo algún tiempo escondido por la ribera del Júcar, hasta que al fin fué preso y ejecutado en Valencia, donde murió como cristiano. Hubo á la par muchísimas muertes por todas partes entre cristianos y moriscos, pretendiendo aquéllos robar á los que iban pacíficamente á embarcarse, solícitos éstos en vengar su afrenta y daño.

Al cabo se completó la expulsión en Valencia, y en el año siguiente (1610) fuéronse dando edictos y expulsando á los moriscos que quedaban en las demás partes de España. De las costas de Valencia pasaron las armadas á las de Cataluña y Aragón, y fué también D. Agustín Mejía; salieron de allí los moriscos sin resistencia alguna, coadyuvando muy eficazmente al logro de la empresa el Capitán general de Rosellón y Cataluña, duque de Monteleón, y el Virrey de Aragón, don Gastón de Moncada, marqués de Aitona. Á los de Extremadura los expulsó el licenciado Gregorio López Madera; á los de Castilla, el conde de Salazar, D. Bernardino de Velasco, y á los de las Andalucías, el duque de San Germán, Capitán general de la provincia, sin que en parte alguna se notase ya resistencia. Luego se hicieron indagaciones é inquisitorias por las ciudades y campos para rebuscar á los pocos moriscos que habían quedado escondidos; algunos fueron cazados en los montes, como fieras; otros fueron atraídos con halagos y embarcados, y así acabó de desarraigarse aquella raza triste de nuestro suelo. Á fines de 1610 podía reputarse por terminada la obra.

Tachóse de impolítico y de injusto el edicto en las naciones extranjeras; tanto, que el cardenal Richelieu dijo de él que fué el consejo más osado y bárbaro que hubiese visto el mundo. Sobre todo han sido censuradas ciertas disposiciones derechamente encaminadas á enriquecer la hacienda del Rey con los despojos, ó más bien la del duque de Lerma y sus parciales. De cierto pueden considerarse aquellas medidas como desacertadas y fatales para España. Aun en el trance extremo en que estaban las cosas, aun siendo tan necesario el reprimir duramente á los moriscos y siendo tan peligrosos á la Monarquía, pudiéronse hallar expedientes que no causasen con su expulsión total tamaños males. Había moriscos que profesaban sinceramente la religión católica, y tanto que murieron como mártires por ella entre los de su nación. Los más de ellos ignoraban ya la lengua y literatura árabe, y, por el contrario, hablaban la lengua y dialectos de España como los mismos cristianos; escribían libros que podían pasar por clásicos en nuestra literatura, y mostraban gran conocimiento de nuestros escritores y de los escritores greco-latinos, que andaban entonces en moda. Cursaban en nuestras Universidades, aprendían nuestras artes, á la par que nos enseñaban las suyas; y en sus gentilezas y bizarrías y hasta en la desenvoltura de sus mujeres, más se parecían á los españoles que á los moros ó turcos, sus hermanos. Aun los hubo tan apegados á nuestras cosas, que en el destierro conservaron nuestra lengua y costumbres, y las guardaron por mucho tiempo después, transmitiéndolas de sus personas á las de sus descendientes en las muchas ciudades y villas que fundaron en África. Y los más de ellos sentían tanto amor al suelo de España, que por no dejarlo hicieron al Rey los ofrecimientos más extraordinarios, ya prestándose á rescatar á todos los cautivos cristianos en Berbería, ya á pagar las flotas y las guarniciones españolas de sus provincias.

Algo pudiera, por tanto, aprovecharse en tanta gente y tan diversa, conservando en el reino á los que lo mereciesen, y expulsando con efecto á los más indóciles y aun á los sospechosos de sedición, siendo cierto que contendría á los que se quedasen el castigo de los que se iban. Lo principal era apartarlos de las costas y meterlos en el interior de España; y eso bien pudo hacerse con muchos, sin peligro alguno ni dificultad muy grande, que yermos y tierras baldías que poblar no faltaban ciertamente en nuestro suelo. Pero no se pensó en otra cosa que en echarlos y en tomar sus despojos. Ni aun esto se logró como se quería; antes bien, fueron ellos quien nos empobrecieron: unos, llevándose, como los judíos, grandes letras de cambio; otros, que, aprovechándose del permiso que se les dió de exportar oro y plata, dejando la mitad para las arcas reales, pusieron en circulación inmensa cantidad de moneda falsa y de falsas alhajas, y se llevaron consigo el oro y plata de buena ley. No alcanzaron tampoco los moriscos el fruto de este último engaño, por la ocasión disculpable. Muchos de los barcos que habían de transportarlos, mal preparados y dispuestos y por demás cargados, naufragaron, haciendo presa el mar de millares de cadáveres. En muchos, no los naufragios, sino la crueldad y mala fe de los pilotos y marineros causaron igual suerte, porque, deseosos de soltar pronto la carga para tener tiempo de volver por otra, echaron al mar á los moriscos que llevaban. Y aun no paraba aquí su desdicha, sino que, al llegar luego á los puertos donde los dejaban, eran asesinados y saqueados, por lo común, sin piedad alguna. En África mismo, viéndolos los moros ignorantes de su lengua y de sus historias y devociones, y tan distintos en usos, maneras é industrias, no quisieron ya reconocerlos por hermanos, y robaron y despedazaron á la mayor parte.

Es imposible recordar los pormenores de aquella catástrofe sin sentir el corazón oprimido y sin lamentar la suerte de tantos infelices hijos de España, criados al fin á nuestro sol y alimentados en nuestros campos. Pocos libraron su vida, menos aun las riquezas que poseyeron. Y no fueron ellos solos los perjudicados, sino que de nuestra parte fué no menor el daño y ruina. Las ricas y populosas costas de Valencia y Granada quedaron entonces miserablemente perdidas; olvidóse casi la industria, que solamente los moros ejercían; abandonáronse los campos que ellos solos sabían cultivar; centenares de pueblos desiertos, millares de casas derruídas, quedaron por señal de su partida. Calcúlase de diversas maneras el número de los moros expulsados; pero pocos lo bajan de un millón de personas de toda edad y sexo. Hecho verdaderamente grande y admirable, á no ser tan infeliz para España.

No se sació con echar á los moriscos del reino la saña de los Ministros de Felipe III. Pareció por un momento que se iba á resucitar la antigua política de España, extendiendo nuestro poderío por las tierras infieles, cosa que ofrecía más facilidad y menos gastos que las empresas de Italia y de Flandes, y podía ser de mucho más provecho á la Monarquía. Harto mejor campo era este para esgrimir las armas en defensa de la religión y en contra de los enemigos de la fe. Y si, en efecto, España hubiese consagrado todas sus fuerzas al África, todavía los males de la expulsión de los moriscos no hubieran sido tan grandes, aunque siempre hubieran sido de mal ejemplo y precedente aquellas muestras de demasiado rigor para que los africanos se rindiesen á los nuestros sin grande esfuerzo. Pero todo paró en la toma de Larache, por astucia, en la de la Mamora, y en algunos arrebatos y empresas marítimas.

Ya en 1602 Carlos Doria había llevado una armada delante de Argel, que acaso se hubiera apoderado de aquella plaza indefensa entonces, á no ser deshecha por las tempestades, tan enemigas de España. Al ver lo frecuente que eran tales desgracias en nuestra marina por aquellos tiempos, sospéchase con fundamento que los bajeles españoles, aunque mandados por hábiles y experimentados Generales y llenos de gente valerosa, no estaban bien aparejados ni tripulados con buena marinería, dado que las armadas inglesas y holandesas corrían en tanto los mares con mucha mejor fortuna.

Encamináronse ahora, dejado lo de Argel, los intentos del Gobierno español contra Larache. Era aquel puerto madriguera y abrigo de corsarios berberiscos y saletinos, y de piratas holandeses, franceses é ingleses, que desde allí tenían en continuo desasosiego nuestras costas. Propuesto el apoderarse de la plaza, se aprovechó la ocasión de los tratos que había movido de proprio motu con nuestra Corte Muley Xeque, Rey de Fez, que era quien la poseía, el cual estando en guerra bravísima y larga con Muley Cidan, que gobernaba en Marruecos, deseaba tener propicio al Rey de España, para hallar refugio en cualquier desmán en sus Estados. Un cierto Juanetín Mortara, genovés avecindado en África, fué el mensajero que escogió el moro para pedir el seguro, el cual, ganado por nuestra Corte, trabajó con mucha astucia y acierto, y con exposición notable de su persona en que el marroquí nos cediese á Larache. Logróse después de muchas dificultades (1610), y de muchas idas y venidas de nuestra armada á aquellas costas y un año de negociaciones; pero no fué sin gastos, porque entre otros, hubo que darle á Muley Xeque doscientos mil ducados en dinero y seis mil arcabuces. Manía singular aquella de comprar aún lo que podía adquirirse por armas, porque á la verdad era España en ellas todavía más rica y poderosa que no abundante en dineros.

Más acierto hubo en la toma de la Mamora, donde, perdida Larache, habían trasladado los piratas moros y cristianos su madriguera. Rindióla D. Luis Fajardo, que salió de Cádiz (1614) para el caso con una armada de noventa velas, cogiéndola al desprovisto y casi sin defensa; y el Gobernador que allí quedó, Cristóbal de Lechuga, supo conservar la plaza de modo que, aunque bien la acometieron los moros los años adelante, no pudieron recobrarla.

No menos afortunado por mar que D. Luis Fajardo, se presentó el marqués de Santa Cruz con su armada destinada á cruzar en las costas de Nápoles delante de la Goleta de Túnez, quemó once naves que allí había al abrigo de la fortaleza; y desembarcando luego en la isla de Querquenes la saqueó, trayéndose mucho botín y número grande de cautivos, aunque no sin pérdida, porque los moros obstinadamente defendieron sus puestos. Y el duque de Osuna, Virrey á la sazón de Sicilia, donde comenzaba ya á echar los cimientos de su fama, aprestó una armada en aquellos puertos, la cual, viniendo á las costas berberiscas, echó gente á tierra en el lugar de Circeli, y á pesar de la valiente defensa de los turcos que lo defendían, lo entró á fuego y sangre, con muerte de más de doscientos de ellos y poca pérdida de su parte.

Alentado Osuna con la gloria y provecho de este triunfo, juntó mayor armada al mando de D. Octavio de Aragón, marino muy ejercitado. Navegó este General á los mares de Levante; y encontrándose con diez galeras de turcos algo separadas de una grande armada que tenían ya á punto aquellos infieles, las combatió, y después de un recio combate tomó seis sin que el grueso de las naves contrarias acudiera á estorbárselo, con lo cual y otras presas que hizo se volvió á Palermo, rico y glorioso. No tardó Osuna en ordenar otra vez á don Octavio que saliese al mar; habían hecho los turcos un desembarco en Malta, y sabedor de ello el General de los nuestros, llegó y atacó su escuadra anclada en las costas, echó á pique unas galeras, apresó otras y obligó á los enemigos á embarcarse y huir. En tanto don Juan Fajardo, D. Rodrigo de Silva y D. Pedro de Lara hicieron muy ricas presas en los corsarios mahometanos, principalmente el último, que, en dos naves marroquíes que rindió, halló más de tres mil manuscritos árabes de filosofía, medicina, política y otras artes, los cuales fueron traídos á la biblioteca del Escorial, donde algunos se hallan todavía; y otros, los más, perecieron en el doloroso incendio de 1674.

Mas siguió predominando en los consejos el interés de influir y dominar en Europa; y cierto que á la sazón nos aquejaban aquí graves cuidados, porque el rey de Francia, Enrique IV, no había cesado de hacer aprestos de guerra desde la paz de Vervins, ni de procurarse alianzas, además de ayudar á nuestros enemigos tanto al menos como nosotros ayudamos en la ocasión á los suyos. Secundábale Sully, su gran privado, hombre de gran capacidad y celo, al cual debió Francia la gran prosperidad en que se halló los años adelante. Tanto el Rey como el Ministro aborrecían de corazón á España, por el calor que había dado á la liga católica. Alarmada nuestra Corte con los preparativos del francés, comenzó á inquirir sus intentos para destruirlos antes de que llegasen á ejecución. Trajeron en nuestro favor el oro y las promesas de alianza y amparo, á casi todos los ministros de Enrique IV, y hasta la reina María de Médicis y á María de Verneuil, querida del Monarca francés. Dícese que éste no podía hacer cuajar sus proyectos, ni preparar ninguna trama contra España sin que de nosotros fuese conocido el intento, por secreto que pareciera. Pero á la verdad el de movernos ahora guerra no lo era ni se cuidaba mucho Enrique IV de que lo fuese. En una conferencia con nuestro embajador don Iñigo de Cárdenas, que fué á pedirle cuentas de sus armamentos tan inesperados, exclamó lleno de cólera: «¿Quiere vuestro Rey ser señor de todo el mundo? Pues yo tengo la mi espada en la cinta tan larga como otra.» Á lo cual respondió D. Iñigo, con la gravedad y nobleza que solían tener los ministros de Felipe II, que el Rey de España no quería ser dueño del mundo, porque ya Dios le había hecho señor de lo mejor de él; y que «sin meterse en el tamaño de las espadas, era tal el de la espada de su Rey, que en Europa y las demás partes del mundo podía sustentar lo que tenía y mantener su reputación de modo que quien la provocase habría de sentirla.» Pasaron allí otras razones tanto y más duras, y públicamente se hablaba ya del tiempo y el modo con que Enrique IV había de invadir nuestras provincias de Flandes.

Indudablemente para el Monarca francés eran bastantes motivos de guerra el odio que profesaba á España y el deseo de destruir nuestra preponderancia en Europa; mas la Historia no puede callar un motivo pueril propio de aquel Rey tan flaco con las mujeres, aunque dotado de altas prendas y cualidades. El príncipe de Condé se había refugiado en Bruselas con su mujer joven y hermosa de quien estaba locamente prendado el rey Enrique. Hablando con nuestros embajadores apenas dejaba de nombrar entre los negocios de Estado que lo traían descontento de España, el que alejase aquél la mujer de sus manos, y hablaba en su particular de ir á Bruselas y traérsela por fuerza de armas contra la voluntad del esposo. En esto le sorprendió el puñal de Ravaillac, que le quitó tales proyectos con la vida (1610). Aquel crimen fué sin duda útil para España, puesto que con él quedó libre de tan peligroso enemigo; y aun por eso sin duda hubo quien lo atribuyese á nuestras artes. Calumniaron torpemente los que dejaron correr tales voces á nuestro buen rey Felipe III, que era tal, que al decir de un embajador veneciano en ciertos despachos á su Gobierno, «no habría hecho un pecado mortal por todo el mundo». Ni los hechos del duque de Lerma autorizan á creer que de por sí tramase tamaña alevosía, ni era fácil que sin conocimiento del piadoso Rey la intentase. Á la verdad, el Gobierno español obedecía al maquiavelismo indigno de la época, empleando las artes de la seducción con harta frecuencia; mas no la usaban menos contra él los extranjeros, aunque no con tanta fortuna, porque no se hallaban españoles que hiciesen traición á su patria. Ni ha de ser razón ésta para que se atribuya á nuestro Gobierno un crimen que pudo ser más ventajoso, y no se imaginó en los días de Felipe II.

Descansó con la muerte de Enrique IV la política española por aquella parte, y ya no se trató sino de aprovechar las circunstancias. Logró de la reina regente, María de Médicis, D. Iñigo de Cárdenas, no sólo que apartase al ministro Sully de los negocios, sino también que lo redujese á prisión, libertándonos así de aquel otro enemigo. Y en seguida para asegurarnos más se ajustó el matrimonio del príncipe de Asturias, don Felipe, con Doña Isabel de Borbón, y el de la infanta Doña Ana de Austria con el rey de Francia, Luis XIII. Casi al propio tiempo (1611) murió de sobreparto la reina Doña Margarita de Austria, con gran sentimiento de su esposo, que no quiso ya contraer segundas nupcias; y los funerales de la Reina se confundieron con los festejos ruidosos que produjeron los nuevos matrimonios, de que se esperaba por cierto más felicidad que hubo.

Libre ya de temores el Gobierno español, se dispuso á ejecutar sus intentos un tanto contenidos por atender á los proyectos del difunto Enrique IV en Alemania é Italia. Eran los de Alemania poner en posesión de los Estados de Cleves y de Julliers al conde Palatino de Neoburgo, católico, contra las pretensiones del marqués de Brandeburgo, protestante y enemigo de la casa de Austria. Habían convenido primero aquellos Príncipes en repartirse amistosamente los Estados; pero como suele suceder en tales transacciones, no tardaron uno y otro en acudir á las armas. Vinieron los protestantes alemanes y el conde Mauricio de Nasau con los holandeses al socorro del de Brandeburgo, y Spínola recibió orden al punto de salir de Flandes á combatirlos y restituir á Neoburgo los Estados. Reunió Spínola un ejército que se hizo subir á treinta mil hombres, y con él sorprendió á Aix-la-Chapelle sin resistencia; pasó luego el Rhin, y rindió á Orsoy sin dificultad, y apareció delante de Wesel. Bien recordaban los moradores de aquella ciudad herética los agravios que tenían hechos á los españoles, sometiéndose á ellos cuando los miraban cercanos, y ultrajándolos y persiguiendo el culto católico no bien los sentían apartados. Por lo mismo resolvieron estorbarles la entrada, y opusieron tenacísima resistencia; mas Spínola combatió la plaza de tal manera, que antes que pudiera ser socorrida de los protestantes la obligó á rendirse. Fortificóla más que estaba y puso allí guarnición muy crecida al mando del marqués de Belveder D. Luis de Velasco. Ocupó luego otros lugares y fortalezas, y se volvió á Flandes sin dar batalla, porque tenía órdenes de evitarla.

En Italia fué á la sazón el principal intento de nuestra Corte tomar venganza del duque de Saboya. Hacía tiempo que este Príncipe sentía bullir en su cabeza el pensamiento de echar de Italia á los extranjeros, formando con ella un reino para su casa. Públicamente se dejaba llamar el libertador de Italia; y fuéralo acaso á tener tantas fuerzas como voluntad y astucia. Por entonces, olvidando los beneficios que debía á España, había ajustado un tratado que se llamó de Brusol con Enrique IV para apoderarse del Milanés, mientras aquel Monarca ponía en práctica por otro lado los intentos que contra nosotros meditaba. Ordenósele deshacer su ejército, y el Duque se negó á ello con altivez. Entonces el Gobernador de Milán recibió orden de invadir sus Estados. Anticipóse el de Saboya, y entró con ejército en las tierras de España, juzgando acaso que los venecianos y los franceses, viéndole tan empeñado, vendrían á ayudarle en su empresa. Pero abandonado de ellos, y viendo ya sobre sí al ejército español, se apresuró á ceder proponiendo la paz. Negósela el Rey de España mientras no diese larga satisfacción de sus agravios, mandando á su hijo primogénito á Madrid para que delante de toda la Corte mostrase el arrepentimiento y enmienda del padre. No sin razón tuvo por duras el de Saboya tales condiciones, y por no someterse á ellas, imploró, no sólo el auxilio de Venecia, sino también el de Francia y de los potentados de Italia. Pero Venecia no osó aún dar la cara al peligro; la política francesa estaba vendida á nuestra Corte, y los Príncipes italianos temían demasiado nuestro poder todavía para que se determinasen á empuñar las armas, que era lo que requería el caso. Al fin tuvo que prestarse á todo.