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Historia de la decadencia de España

Chapter 16: LIBRO CUARTO
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About This Book

El autor recorre las causas y acontecimientos que, a su juicio, condujeron al declive de España desde el advenimiento de Felipe III hasta la muerte de Carlos II. Presenta una narración cronológica de episodios políticos y militares y expone análisis sobre la corrupción administrativa, la presión fiscal, las crisis económicas y las debilidades institucionales. Combina fuente documental, juicio crítico y digresiones interpretativas para vincular decisiones de gobierno con cambios sociales y diplomáticos. El texto aspira a ofrecer una explicación coherente de la decadencia nacional más que una mera sucesión de hechos.

No tardó en presentarse en ellas Gustavo Adolfo. Púsose primero delante de Maguncia, ciudad importantísima y señora de toda la comarca, por lo cual tenía dentro dos mil soldados españoles que mandaba D. Felipe de Silva; pero no era posible sin pasar el Rhin formalizar el sitio, y aunque intentó hacerlo por Cassel, halló tan bien defendido el paso de los españoles que no pudo lograrlo. Entonces tomó el camino de Berg para buscar punto por donde lograr sin estorbo su intento. Tenían guardados los españoles los pasos, y no hubiera podido llevar á ejecución su intento á no ser tanta su temeridad y la de sus soldados. Pasó él mismo cierto día con una barca á reconocer la orilla que ocupaban los nuestros, donde, acometido, estuvo á punto de ser preso, y aún lo fuera, sin duda alguna, á saberse quién era; mas como no pudo escapar, vuelto á su campo, escogió trescientos hombres, los más valientes del ejército, y al mando del conde de Brahe los envió en dos barcas á que tomasen pie en la ribera opuesta. Acudieron á ellos los españoles, y hubo un combate encarnizado y terrible, durante el cual pasó el Rey con doblado número de gente; y los nuestros, ya inferiores, dejando muchos muertos en el campo, tuvieron que meterse en Maguncia. Dió Gustavo Adolfo tanta importancia á esta victoria, que levantó una columna en el campo para que la perpetuase. En seguida fué sobre Oppenheim para quedar desembarazado de estorbos antes de formalizar el cerco de Maguncia. Había dentro de aquella plaza no más que quinientos españoles, los cuales, entrada por asalto, pagaron todos con la vida el obstinado valor con que se defendieron. Maguncia entonces fué inmediatamente acometida, poniéndose á la orilla izquierda del Rhin los suecos, mientras el landgrave de Hesse Cassel ocupaba la orilla derecha para impedir los socorros. Defendiéronse los nuestros, aunque sin esperanzas algunas de obtenerlos por espacio de cuatro días, haciendo grande estrago en los contrarios; pero las fortificaciones no eran muy robustas, y no tardaron en ver la brecha abierta y en disposición de ser asaltada, con que les fué preciso capitular bajo honrosos partidos. Rendida Maguncia, apoderáronse fácilmente los suecos de otros lugares, y pronto de las plazas del Palatinado no quedó más que Franckenthal en poder de los españoles. Cerca de esta plaza derrotaron aún los suecos algunas compañías nuestras que iban de Flandes al socorro. Tras esto se derramaron por ambas orillas del Rhin, ahuyentando fácilmente las partidas y destacamentos de españoles que las guardaban (1632), ayudándoles no poco en todo esto al decir de los historiadores alemanes, el rigor de la estación, que enflaquecía á los nuestros y no estorbaba en nada sus operaciones, como gente acostumbrada á más duro clima.

Ni pararon aquí los daños de aquel rigor de clima; mayores los padecimos poco después. Porque irritada nuestra Corte contra los suecos, á la par que importunada de los ruegos del Emperador, dió orden al duque de Feria, Suárez de Figueroa (1635), que de nuevo gobernaba el Milanés, para que dejando aquel Estado al cardenal Infante D. Fernando, hermano del Rey, levantase un ejército y viniese con él á defender la Alsacia de los suecos. Púsolo por obra el de Feria con actividad suma, y reuniendo hasta catorce mil hombres italianos con algunos oficiales españoles, pasó á Baviera y de allí á la Alsacia. Comenzó la campaña forzando á los enemigos á levantar el sitio de Brissac, plaza importantísima y cuya pérdida se tenía ya por cierta, y luego con no menor fortuna recobró á Baldelsult, Lucemburg, Rienfert, Rutagran, y los echó de toda la Alsacia obligando á huir al Rhingrave Oton Luis, que campaba triunfante por aquel lado con las armas protestantes. Mas no se hicieron esperar mucho los suecos, y acudiendo al opósito bajo las órdenes de Gustavo de Horn y de Bickenfeld y en número muy superior al de los nuestros, hubo que disponer la retirada. Aquí fué la desdicha, porque sobreviniendo los grandes fríos del invierno, no pudo soportar la gente italiana, hecha á mejor clima, las marchas y operaciones, y casi toda pereció sin pelear. Fué tanto el dolor del hábil y pundonoroso General al verse sin ejército, que aunque no podía atribuírsele alguna culpa, murió de pesadumbre. ¡Pundonor extraordinario, el que todavía mostraban nuestros capitanes!

Mientras esto pasaba del lado allá del Rhin, del lado de acá en las provincias regadas por sus poderosos brazos, con nombre también de ríos, dejábanse sentir nuevos descalabros. No había dejado el archiduque Alberto sucesión de su matrimonio. Era desgracia para nosotros su muerte, por ser el Archiduque buen capitán y hábil administrador, y porque los flamencos, viendo en él á su señor natural, con mejor voluntad le servían que á los españoles y á la misma Infanta. Y con la falta de éste y de Ambrosio Spínola y la ineptitud probada del conde de Berg, que mandaba el ejército, fueron las cosas de la guerra cada día de mal en peor por aquella parte. Al fin la Infanta, llena de disgusto y afanes, y creyendo interesar con esto más al Rey de España para que enviase auxilios con qué continuar la guerra, se determinó á renunciar la soberanía devolviéndola al Rey de España.

Admitió Felipe IV el partido, anticipándose sólo aquella carga, porque á la verdad, muerta sin sucesión la Infanta, habría venido de todas suertes á sus brazos. Pero ni antes ni después era prudencia que España echase sobre sí el costoso mantenimiento de aquellas provincias tan discretamente abandonadas por Felipe II, donde tanta sangre y tesoros se consumían en balde. Alegábase en favor de esto una razón de algún peso, y era que importaba retener á nuestros enemigos en aquel país extraño al cabo, y lleno de plazas fuertes y defensas naturales, á fin de que convirtiendo todas sus fuerzas contra nuestras fronteras, no peligrasen las provincias septentrionales de la Península. Los acontecimientos mostraron que nuestros enemigos, no por lo de Flandes dejaban tranquilas nuestras fronteras, y que aquella razón plausible á tener bastantes soldados y capitanes para mantener la guerra en ambas partes, no lo era en modo alguno cuando no los había por la despoblación y pobreza para guarnecer nuestras fortalezas. No dejaría quizás de tenerse en cuenta la cesión del Austria occidental á nuestra corona, antes pactada, que podría abrir por aquellas provincias segura comunicación entre Italia y Flandes, cosa que hubiera hecho sin duda mucho más fácil nuestra dominación en ambos países. Pero los acontecimientos mostraban ya por demás que tal cesión no se llevaría á cabo por falta de poder para merecerla y recabarla y era locura fiar en ella. En todo la falta principal de nuestra Corte era el equivocar las acciones. Acontecía de esta manera que las ideas más grandes y más profundamente políticas, aprendidas en la escuela insigne de Fernando el Católico y de Felipe II, eran las más fatales para la Monarquía. Quedó en Flandes la infanta Isabel Clara por gobernadora, y lo fué hasta su muerte.

Mas no bien supieron los flamencos que dejaban de ser independientes volviendo á entrar en el dominio de España, quejosos é indignados comenzaron á tramar conspiraciones. Púsose al frente de ellas el mismo conde de Berg que gobernaba á la sazón los ejércitos, con el propósito de hacer de aquellas provincias una república como la de Holanda. La conspiración se frustró porque el conde de Archost, noble señor flamenco, lo reveló todo á la Archiduquesa; mas no quiso decir, por más instancias que se le hicieron, los nombres de los conjurados. Con todo el de Berg, harto sospechoso ya, fué separado del mando, y en su lugar entró el marqués de Santa Cruz, llamado de Italia. Poco faltó para que todo se perdiese. Mientras duraban los tratos y la trama de rebelión, entró el príncipe de Orange en la provincia de Güeldres, y se apoderó de Venlóo en sesenta horas, y dos días después de Ruremunda con no mayor dificultad. En seguida se puso delante de Maestrick. Defendióse obstinadamente la plaza, y dió tiempo á que se tomasen las determinaciones que lo estrecho del caso requería. Vino de Alemania el conde Godofredo Enrique de Papenheim, ferocísimo soldado y uno de los mejores capitanes del Emperador, al frente de un ejército de veinte mil hombres, para socorrer á la Infanta gobernadora, y unido con el marqués de Santa Cruz, puesto ya al frente de las armas españolas, acudieron ambos á socorrer á Maestrick. Delante de aquella plaza se libró un combate (1632), que debió tener provechosas resultas, según el número y valor de los nuestros, y no las tuvo sino fatales. Determinóse atacar en sus trincheras al ejército del Príncipe de Orange, hecho al cual debían concurrir los imperiales y los españoles; pero divididos en pareceres, ó celosos uno de otro, el conde de Papenheim y el marqués de Santa Cruz, dejó éste á aquél torpemente que acometiese solo con sus tropas, de modo que fué rechazado, dejando dos mil hombres en el campo. Maestrick se rindió á consecuencia de esta batalla dos meses después de sitiada. Papenheim con sus soldados se volvió á Alemania lleno de ira, y el vencedor tomó en seguida á Limburgo, á Orsoy y á Vère, sin hallar apenas resistencia. Señalábase públicamente como causa principal de tales pérdidas al marqués de Santa Cruz, que dado al juego y los placeres no ponía atención en las cosas de la guerra; además que no había mostrado nunca mucha aptitud para mandar ejércitos.

Apartóle la Infanta del mando, y como no hubiese allí hombre de bastante autoridad para tomarlo en su lugar, al fin se adoptó para remediar el mal un pésimo partido, que fué distribuirle entre cuatro Maeses de campo generales, que eran el duque de Lerma, nieto del famoso ministro, D. Carlos Coloma, D. Gonzalo Fernández de Córdova y el marqués de Aytona, de los cuales cada uno le ejercía una semana. Pronto se vió que con esta disposición extraña, antes se embrollaban y empescían que no se mejoraban las cosas. Equipóse á mucha costa una escuadra de noventa velas, y al mando del conde Juan de Nassau se la destinó á cortar las comunicaciones entre Holanda y Zelanda, rindiendo las islas pequeñas de aquel mar. Pero atacada por los holandeses entre Vianen y Sttaueinse, de las noventa naves setenta y seis fueron apresadas y las demás echadas á pique, no salvándose más que once de cinco mil seiscientos hombres que la tripulaban. Estaba equipada apresuradamente y con poco conocimiento, de manera que ni eran buenos los bajeles ni las tripulaciones ejercitadas.

Al saber tales desastres nuestra Corte, tan poco oportuna para comenzar las guerras como para terminarlas, entró en deseos de paz ó nuevas treguas con los holandeses. Moviéronse tratos y se continuaron en La Haya por algunos meses, á punto que se creyó que llegarían á buen término. Pero las intrigas de Richelieu, que quería mantener allí ocupadas las fuerzas de España, mientras él maduraba las grandes empresas que traía en la mente, lograron al cabo romper los tratos. En el entretanto el príncipe de Orange rindió á Rimberg en diez y seis días de sitio, plaza que más de una vez hemos visto ya ganada y perdida por los españoles, y abrió trincheras delante de aquella Breda, tan costosamente adquirida. La Infanta gobernadora y la Corte de España no sabían acudir al reparo de estas cosas sino mudando las cabezas del ejército. El marqués de Santa Cruz había vuelto ya á España, donde halló recompensa á sus derrotas con el empleo de mayordomo mayor del Rey, que se le dió, aunque no volvió más á hallarse en ejércitos de tierra. Y dejando ahora el mando semanal de los Generales, entró solo á desempeñarlo algunos días el duque de Lerma. Dió éste alguna muestra de sí con la toma de Stevenswert, isla del Mosa, no poco importante, la cual ganó pasando á caballo el río con sus soldados; mas no tardó en sucederle el marqués de Aytona, D. Gastón de Moncada, antes Embajador en el Imperio y Capitán general de Aragón, en aquel mando. Sitió el nuevo General á Maestrick y se mantuvo dos meses delante de la plaza, hasta que con noticia del apuro en que á Breda traía puesta el de Orange, se levantó de allí para ir al socorro. No se atrevió á aguardarle el príncipe de Orange y alzó sin pelear el campo.

En esto murió la Infanta gobernadora Doña Isabel Clara Eugenia, ya de edad muy avanzada, llorada por sus virtudes y buen deseo de sus antiguos vasallos y de los españoles, y el marqués de Aytona unió interinamente con el de las armas, que ya tenía, el gobierno de todas las cosas del Estado (1633). Durante el tiempo que estuvo en él, que no fué mucho, entró Aytona en negociaciones con el príncipe Gastón de Orleans y con la reina María de Médicis, que había venido á aquellos Estados huyendo de la persecución de Richelieu. El objeto era que el Príncipe francés levantase con dinero de España un ejército de franceses y alemanes y entrase por él en Francia por una parte, mientras los españoles invadían por otra el territorio, repartiéndose las conquistas. Era Gastón de Orleans uno de los hombres más pérfidos de su siglo, y María Médicis pecaba no poco de inconstante. Bien pronto se supo que Gastón mantenía tratos á la par que con España con Richelieu, y él y la Reina salieron de Flandes sin que surtiese efecto el tratado. Ni dejó Aytona el mando sin lograr otra ventaja importante, y fué que la plaza de Filisbourg, que los Generales suecos habían conquistado y puesto en son de depósito en manos de franceses, viniese á poder de los nuestros por sorpresa. Pero poco después el conde de Fontainay, Maestre de campo general, que embistió valerosamente á Fort Philippine, á cuya defensa estaban los holandeses, no pudo alcanzar su rendición, y con tales ventajas y reveses, veíase claramente que todo se perdía, á no acudir eficazmente al remedio. Por lo mismo desde la muerte de la infanta Clara Eugenia se estaba tratando de enviar allá persona de autoridad que ocupase el puesto.

Fijáronse los ojos de todos desde la muerte de la Infanta Doña Isabel Clara Eugenia en el Cardenal infante don Fernando. Era éste el menor de los tres hijos varones que habían quedado de Felipe III, Cardenal y Arzobispo de Toledo desde sus primeros años, y de todos el de más valer, aunque el segundo, D. Carlos, también alcanzó crédito de valeroso y discreto. La muerte temprana de D. Carlos le dejó á solas entregado á los recelos del Conde-Duque, que de uno y otro hermano había desconfiado siempre mucho, procurando, como en otro lugar dejamos dicho, indisponerlos con el Rey. No obstante éste que era de generoso ánimo, aunque licencioso é indolente, no dejó nunca de parecer buen hermano. En las Cortes de Barcelona de 1632 le vimos ya á D. Fernando ocupando el lugar del rey D. Felipe: luego quedó allí de Virrey por algún tiempo, mostrándose hábil y celoso, al propio tiempo que firme y severo, porque habiendo pretendido cubrirse delante de su autoridad los concelleres de Barcelona, no pudieron conseguirlo por más instancias que hicieron: cosa que á la verdad acrecentó el enojo que entonces comenzaba de los catalanes. Desde este virreinato pasó á Italia con ánimo ya de que le sirviese de puente para Flandes; allí consiguió que se concertasen la República de Génova y el duque de Saboya, cortando por entonces un rompimiento funesto para la paz de Italia. Y hecha ya experiencia de su persona y calidades con tales empleos, se determinó al fin enviarlo al gobierno de Flandes (1634).

Pudiérase añadir á la experiencia que hubo de su aptitud una razón de más peso entonces para explicar la causa de su nombramiento. El Conde-Duque, que no había podido indisponerlo con su hermano, nada deseaba tanto como arrojarle por cualquier motivo fuera de España. Para ello no debía omitir medio alguno, y aunque era Cardenal y Arzobispo de Toledo, persuadido también de que semejante ejercicio no correspondía á su humor belicoso y ánimo levantado, se resolvió á destinarle á la guerra. ¡Feliz recelo y persecución del Privado, que nos proporcionó un General de tanto mérito y tan consumado político como el Cardenal Infante! Acogió éste con entusiasmo el propósito: tenía veinticinco años y amor grande á la gloria; por sus venas corría aún la sangre de Carlos V, y en su mente se albergaba algo del espíritu de Felipe II: no podía haberle dispensado mayor favor el Conde-Duque. Con su nombramiento coincidió el deseo de reforzar poderosamente el ejército de Flandes, y ordenósele recoger en Milán cuanta gente pudiese de españoles é italianos y conducirla á Flandes, atravesando los países hereditarios del Emperador. Hiciéronse tres tercios del viejo de Lombardía, núcleo y cimiento siempre de los ejércitos que habían peleado con el Milanés y sus fronteras: el uno de ellos quedó allá, y los otros dos con soldados veteranos, criados en la escuela austera del conde de Fuentes, del marqués de Villafranca y duque de Feria, tomaron con el Cardenal Infante el camino de Flandes. Siguiéronle también algunos tercios italianos, y buenos escuadrones de caballería napolitana y española acudieron al propio objeto, formándose en todo un ejército de diez mil soldados, resto glorioso de nuestra antigua pujanza en la guerra.

No había llegado este ejército á la mitad del camino cuando se presentó una ocasión de que demostrasen, el General sus altas cualidades, y los soldados, que no había decaído aún el valor de los españoles, y que si eran pocos en número para atender á tan dilatada y larga defensa como necesitaba la Monarquía, no se hallaba aún quien los superase en el pelear en campo. Rogó el Emperador al Infante Cardenal que le ayudase á desalojar á los suecos del Rhin, y como esto conviniese también á los intentos de España, prestóse de buena voluntad á la empresa. Reunióse entonces un poderoso ejército de españoles é imperiales, mandados los primeros por el cardenal infante con Felipe Spínola, ahora marqués de los Balbases, y el marqués de Leganés, Capitán general de la Caballería de España; y los segundos, por el archiduque Fernando, rey de Hungría, el duque de Babiera, Picolomini, Galas y Juan de Wert, además del duque de Lorena que mandaba el cuerpo de tropas suyas aliadas del Imperio. Este poderoso ejército ganó la batalla de Nordlinghen, principalmente debido al valor de la Infantería española, y á su vista Ratisbona y Donawerth cayeron sin poder resistir un punto, con lo que bien pronto Nordlinghen, una de las fortalezas más temibles de la Suavia, se sintió amenazada de igual suerte. Temieron los protestantes aquella pérdida, y á evitarla acudieron el mariscal Gustavo de Horn con los suecos, y Bernardo, duque de Sajonia Weimar con los alemanes, ambos famosísimos Generales, trayendo en su compañía á Gratz y otros capitanes veteranos, con toda la flor de los soldados de Gustavo Adolfo y de sus aliados.

Tomaron los enemigos un bosque defendido de los nuestros, y que abrigaba nuestro campo y llegaron á ponérsele delante. Luego, habiendo no lejos de Nordlinghen unas colinas que dominaban el campo católico, las cuales cuando llegaron los enemigos á divisarlo estaban abandonadas, quiso el de Horn apoderarse de ellas por sorpresa la noche que precedió á la batalla, y á lograrlo pagaran los nuestros su descuido muy caro; pero por lo áspero del terreno y el temporal que sobrevino, no pudiendo apenas arrastrar la artillería ni mover la gente, llegaron tarde los contrarios y hallaron ya reparada la falta, y muy bien fortificadas, en pocas horas, las colinas. Sobre ellas se formó el ala izquierda de los nuestros; tropas imperiales escogidas ocupaban las cimas, y á la espalda, como en reserva, y para asegurarlas, se plantó un tercio de Infantería española gobernada del Maese de campo general D. Martín de Idiaquez. Á la derecha acudió Galas con la Caballería húngara y alemana, y Leganés con la española y napolitana y un grueso de Infantería. En el centro estaba el grueso de la Infantería alemana, italiana y lorenesa, al mando del duque de Lorena y otros varios Generales. Los Príncipes acudían aquí y allá estimulando el valor de los soldados. Comenzaron el ataque los enemigos por nuestra ala izquierda que embistió Gratz con las mejores tropas suecas y weimaresas: una lluvia espesísima que traída por el viento azotaba los rostros de los imperiales, permitió á los enemigos llegar sin ser vistos hasta el pie de las colinas: cegaron fácilmente con fagina los fosos, y subieron intrépidamente á lo alto. Allí se empeñó un furioso combate donde los suecos sostuvieron su antigua reputación y la gloria del gran Gustavo, y los imperiales el nombre y la gloria de su Soberano. Al fin, habiendo llegado gente de refresco en ayuda de los suecos, los imperiales, que ya habían perdido y ganado una vez las colinas, se pusieron en dispersión, arrojándose sobre la Infantería española que estaba plantada á sus espaldas; mas ésta caló las picas y recibió con ellas á los fugitivos, de modo que tuvieron que volver el rostro de nuevo al enemigo. Poco habría durado, sin embargo, el combate sí Idiaquez no hubiese movido su tercio en demanda de los vencedores. Recibiéronle los suecos como gente acostumbrada á vencer siempre, y alentada más y más con el reciente triunfo; pero los españoles hicieron tanto que á hierro los llevaron hasta las faldas opuestas de las colinas, poniéndoles en completa derrota. En vano acudió Gustavo de Horn á restablecer el combate. Obstinados los enemigos en recobrar las alturas, inmóviles los españoles en sus puestos sin vacilar un punto en mantenerlos, se fué consumiendo la flor de la Infantería sueca y alemana sin fruto alguno, muertos ó heridos todos los valientes y desalentados y en desorden los otros. Siete veces llegó á tocar la cima de la posición un regimiento alemán del duque de Weimar, y siete veces cayó de ella vencido. Asombrados los extranjeros calificaron no de valiente sino de heroica la resistencia de nuestro tercio, y ello es que á sus plantas quedó rendida la gloria de aquellas armas que estaban llenando el mundo. Mientras la derecha enemiga, empeñada contra nuestra izquierda, corría tan mísera suerte, el duque de Sajonia Weimar, que mandaba su izquierda, hizo ciar á Galas y al marqués de Leganés; mas repuestos ellos le embistieron de modo que le pusieron en derrota. Cubrióse de gloria en asombrosa carga la Caballería húngara y la napolitana del ejército español; y el marqués de Leganés, que aunque con el alto cargo de Capitán general de la Caballería hacía allí acaso sus primeras armas, dió hartas muestras del valor de su persona, digno sin duda de la casa de Guzmán, de donde era. Restablecióse algo la gente del de Weimar; mas era inútil. La Infantería española todo lo había arrollado por la izquierda; el centro traía puesto en grande aprieto al de los enemigos, la derecha amagaba nuevo ataque, y desanimados ya por todas partes alemanes y suecos, donde quiera humillados después de tantas horas de lucha, acabaron por soltar las armas y huir desordenadamente. Ocho mil cadáveres de ellos cubrían ya el campo; pero aún la fuga les fué más costosa, porque Juan de Werth, que se encargó de perseguirlos, degolló más de nueve mil en los campos de Nordlinghen y Wurtemberg y Ulloa, adonde se acogieron las reliquias de aquel ejército, vencedor hasta entonces en cien batallas (1634). Ochenta cañones, trescientas banderas, cuatro mil carros de transporte y un número crecido de prisioneros, fueron los trofeos de la victoria. Entre los últimos se contaron el mismo Gustavo de Horn, Gratz y todos los Generales; sólo el de Weimar logró recogerse en Francfort.

Las historias alemanas, aun las de los protestantes, conceden á nuestras armas todo el honor de aquella célebre jornada. Quien más gloria ganó en ella fué el Cardenal Infante, que aunque no peleó por su persona, echó allí los cimientos de su fama militar por el buen acierto de sus disposiciones y consejos. El marqués de Leganés, D. Diego Felipe de Guzmán, primo del Conde-Duque, se dió á conocer por valentísimo; así fuera tan hábil capitán en adelante como buen soldado. También se hicieron notar el valeroso Maese de campo D. Martín de Idiaquez y D. Pedro de Santa Cilia y Pax, mallorquín de larga y peregrina historia, que mandaba una compañía de dragones, con la que hizo maravillas en la batalla. Salvóse el Imperio, y se perdiera del todo la causa de los protestantes sin el auxilio poderoso que Francia, declarada ya en formal enemiga de la España cuando de tanto tiempo antes lo era simulada, no hubiera venido á mezclarse en la contienda; acontecimiento que forma época en la Historia de España, por lo cual requiere libro aparte.

Mas no hemos de terminar éste sin dar antes alguna cuenta de lo que durante el período que acaba de terminar aconteció en las lejanas costas de Asia y del Sur de África, que fué no poco digno de recuerdo. Llegaron allá inopinadamente numerosas naves holandesas y causaron grandes daños en el comercio que hacían los portugueses sujetos á nuestra corona, y no contentos con eso animaron y excitaron á las reyes bárbaros, tributarios de España, para que sacudiesen el yugo. Uno de ellos, por nombre Chingulia, rey de Mombaza, se echó sobre los cristianos residentes en sus Estados y los degolló despiadadamente. Envió el Virrey de Goa una escuadra á castigarle, mas no pudiendo lograr su objeto en la primera campaña, halló en la segunda que el bárbaro, destruídas las fortalezas y arrasados los campos, se había retirado con todos sus vasallos y riquezas al interior de la Arabia. Viendo los holandeses el buen éxito de sus tentativas, mandaron ya formales escuadras á aquellos dominios. Una de ellas se apoderó de una flota portuguesa que venía de China. Otra dió auxilios eficaces á los habitantes de Ceilán para que se alzasen contra España. Los portugueses que guarnecían esta isla eran tan pocos en número que no pudieron mantener el campo y tuvieron que encerrarse en la fortaleza de Colombo. Allí sostuvieron un sitio gloriosísimo, donde faltos de todo, por no rendirse, llegaron á comer carne humana. Socorrióles al fin el Virrey de Goa, enviando á D. Jorge de Almeida á que echase á los enemigos de la isla con algunas naves. Después de muchos trabajos llegó este General á Ceilán, reunió alguna gente y con ella obró de manera que en pocos días logró que la bandera de España volviese á flotar en todos los lugares de aquella remota tierra, trayéndolos á la obediencia. Heroico capitán este D. Jorge y digno de mejor suerte que la que tuvo, pues murió á poco olvidado y escarnecido, así del Gobierno de España, como de los mismos á quienes con su valor había salvado de segura pérdida.

LIBRO CUARTO

SUMARIO

De 1636 á 1640.—La Monarquía francesa.—Cotejo con la española.—Pretextos para la guerra, prisión del elector de Tréveris, manifiesto del Rey de Francia; contestación; verdadera situación de la Monarquía.—Corrupción de los ejércitos y de la Corte; autos de fe, comedias, galanteos; el conde de Villamediana; principios de la guerra.—Flandes: batalla de Avein: pérdida de Tirlemont; sálvase Lovaina; tómase el fuerte de Schenk; irrupción en Picardía; toma de la Chappelle, Chatelet, Vervins, Noyon, Roye, Corbie; terror de París; retirada del ejército; piérdense las plazas conquistadas; censura de aquella disposición; atacan los enemigos el Franco-Condado; defensa heroica de Dola; pérdida de Breda y de Landecí; conquista de Roremunda; combates parciales; conquistas importantes de la Valette y del mariscal de Chatillon; Ham, Ivoy y otras plazas vienen á sus manos; socorro á Danvillers é inútil destrozo de franceses; batalla del Callao y rota de los holandeses; socorro glorioso de S. Omer; batalla y victoria de Thionville; pérdida de Hesdín; nuevos combates parciales; malogrado socorro y pérdida de Arras, empresas frustradas de los holandeses en Flandes; nota que les da el gobernador de Güeldres; horrible desolación del Franco-Condado por los franceses.—Italia: defensa gloriosa de Valencia de Pó; campaña del de Rohan en la Waltelina; derrota del conde Juan Cerbellón, campaña de Tessino; gran batalla indecisa; el duque de Parma, nuestro enemigo, pide la paz; combates parciales; liga con los Príncipes de Saboya; conquista de la mayor parte de las plazas del Ducado; toma de Turín; sitio de la ciudadela; tregua; combate en el Routa; derrota de Casal; pérdida de Turín. Pirineos: entrada en Gascuña; conquistas; retirada importuna; suceso desgraciado de Leucata; victoria de Fuenterrabía; pérdida de Opol de Sasas, su costosa reconquista, y rota de los franceses.—Guerra marítima: conquista de San Honorato y Santa Margarita; expedición de los enemigos contra Valencia; derrota de su armada; amagos del arzobispo de Burdeos contra las costas cantábricas, siempre frustrados; armada infelicísima de Oquendo; expedición del conde de la Torre al Brasil; derrota de su armada.—Situación miserable que ofrecía la nación á este punto; diversiones, desmoralización, confusión de ideas.

La nación francesa, dividida en facciones y debilitada por las guerras religiosas, apenas había tomado parte en los negocios de Europa por cerca de un siglo. Enrique IV tuvo sin duda grandes pensamientos, mas no llegó á ejecutarlos. Algunos han creído que uno de ellos era el fundar la Monarquía universal, sueño político de la época; pero tal intento, que pareciera temeridad en un Carlos V y en un Felipe II, habría denotado manifiesta locura ó crasa ignorancia en el Monarca francés. No contaba éste ni con tesoros para tanto, ni con ejércitos, ni con capitanes, ni tenía, en fin, cosa alguna de cuanto pudo en otros dar ocasión á tan alto intento. No ha faltado tampoco quien, con más razón acaso, atribuya los propósitos del Monarca francés á locos impulsos de lujuria, pasión que en él tanto imperaba: de esto dejamos ya hablado al tratar de su suerte. Pero de todos modos cuando ella le sobrevino, comenzaba ya á inquietar nuestro poderío, y á intervenir en las cosas de Europa. Durante los primeros años de Luis XIII tampoco sonó la Francia en cosa importante, porque los socorros que dió á Holanda y al duque de Saboya, no fueron más que momentáneos y aun las más veces encubiertos. Mas no bien entró Richelieu en los consejos de este Príncipe, cuando se propuso darle en Europa á su nación la importancia que sin duda merecía por el número de sus habitantes y lo dilatado de sus fronteras, ya que por su poder y valor militar poco se hubiera señalado todavía. Pero la Francia no podía levantarse ni tomar superioridad en Europa mientras continuase imperando en ella y disponiendo de sus destinos la casa de Austria; y de ésta el primero y más temible campeón era el Rey de España.

Por lo mismo encaminó desde el principio Richelieu sus pensamientos á destruir nuestra influencia y nuestro predominio. Hallábase á la sazón Francia tan en la cima de su poder, como España en decadencia. Su población, no repartida por dos mundos, como lo estaba la nuestra, sino recogida en no muy ancho territorio; no diezmada como aquella por dos siglos de guerra extranjera y de conquistas dilatadas, ni disminuída con tales expulsiones como la de los judíos y la de los moriscos, era tres veces mayor que la de España. Sus pueblos y sus campos habían padecido grandes calamidades en las antiguas guerras extranjeras y en las civiles de los últimos tiempos; pero no tanto ciertamente como en los ocho siglos de la guerra mahometana padeció España; así ofrecían harto mejor apariencia que los nuestros, hechos escombros y eriales. No habían poseído los franceses minas de oro que los apartasen del cultivo de la tierra y artes mecánicas, como á tan mal tiempo poseyó España; de modo que no bien acabadas las guerras y las calamidades, viéronse florecer entre ellos la agricultura é industria. La Corte, si no honrada, no era cuando menos tan licenciosa que se enervase como la nuestra en los placeres, gastando en ridículas prodigalidades el Tesoro público, que por cierto estaba también más desembarazado que el nuestro desde el tiempo del buen Enrique IV. Sully, su ministro, fué de los primeros en conocer que no está tanto el beneficio del Tesoro en sacar mucho de los pueblos como en sacarlo bien y sin mucho daño. De ciento cincuenta millones de francos calculábase que sólo treinta entraban en el Tesoro; los Gobernadores de las provincias no sólo imponían contribuciones para el Rey, sino también para sí propios, y la deuda pública ascendía á trescientos millones de francos. Á todo atendió Sully, si no siempre con acierto, con constancia y desinterés, que es lo principal en estas cosas. Hombre de costumbres puras y severas, pobre en el vestir, sobrio y enemigo de placeres, naturaleza espartana de esas que Dios envía de cuando en cuando á salvar á las naciones, acaso su desdén al lujo y á los placeres causó el más grave de sus yerros, que fué olvidar la industria y procurar que la agricultura fuera la única ocupación de los franceses. Con todo eso pudo tanto su buena fe, que dejó la deuda casi enjuta, disminuídos los impuestos, mejorados los caminos y fortificaciones, y sobrantes en el Tesoro cincuenta millones de reales de nuestra moneda, al salir del mando.

Y en verdad que por mala que dejase la hacienda española Felipe II, no mucho mejor estaba la francesa después de la guerra de la liga: la deuda misma era mayor, y la inmoralidad que allí había en la administración y recaudación, ni de lejos era igualada en España. Un solo ministro honrado y un período de paz no muy largo bastaron para obrar en Francia mudanza tan grande, mientras en España cada día fueron empeorándose las cosas. Algo se perdió de lo ganado en la hacienda pública durante la minoría de Luis XIII; pero la misma impotencia en que se halló entonces la Francia, conservándola en una paz completa, ofreció á su agricultura mejoras, y dió aumento á su población y ensanche á la general riqueza. Y fué de ver que contribuyese España á proporcionarle estas últimas ventajas, haciendo tanto porque se mantuviese neutral, cuando más bien la convenía pelear con la Francia, entonces que estaba flaca y mal gobernada, que no después debajo de un Rey, unida y fuerte. Gran falta de previsión política en nuestra Corte el retardar guerras que habían de venir al cabo, desperdiciando la ocasión oportuna que ofrecía la menor edad de Luis XIII, y á ser generosidad, generosidad impropia de un gobierno sensato.

Todas estas causas hicieron que Francia se hallase más fuerte y más próspera que nunca al empuñar Luis XIII las riendas del gobierno. Sólo faltaba ya una mano diestra y poderosa que tomase el timón del Estado, para que Francia sacase el partido que debía de su situación, destruyendo la cizaña que aún quedase en ella y sembrando nuevas semillas de poder, porque el Rey era inepto y descuidado. Entonces apareció fatalmente Richelieu, hombre, como particular, odioso; grande, como ministro, y de esos que saben levantar á las naciones ofendiendo y maltratando á los individuos, cosa en muchas ocasiones indispensable. Alcanzó Richelieu un conocimiento perfecto de Francia y del estado del mundo, y especialmente de lo que era y podía España; porque desde el tiempo de Enrique IV los Embajadores franceses no habían hecho más que espiar nuestras flaquezas y delatarlas; de suerte que la pobreza de nuestro Tesoro, la despoblación y la ruina de nuestros campos y cuantas enfermedades aquejasen al decaído cuerpo de la Monarquía, eran más conocidas en París que no en Madrid y en España. Comprendió entre otras cosas Richelieu que el nombre de la nación no estaba sostenido en los campos de batalla, sino por algunos soldados heroicos, reliquias de su pasado. Y contando el número grande de los suyos paseaba á la par la codiciosa vista por las dilatadas provincias que en Europa obedecían nuestro cetro, mirándolas como presa fácil y deleitable despojo del que primero supiera acudir al botín que se ofrecía. No ignoraba tampoco que en los mismos reinos de la Península era fácil hacer presa, ó cuando menos hallar muchos auxiliares y amigos con nombre y título de independientes; porque si bien la lealtad española no permitía sospechar que con dinero vendiesen los soldados á gentes extrañas provincias y fortalezas, como tan frecuentemente se vió en otras naciones, y en especial en Francia, estando la obra de la unidad nacional tan en los principios, y teniéndose cada provincia por de distinto valer y origen, si no por enemiga de las demás, podía preveerse sin grande esfuerzo que estallasen al estímulo de los socorros de por fuera y de los apuros interiores, insurrecciones como aquellas que estallaron con efecto, dando de sí tan tristes muestras en Portugal y Cataluña. Y sin duda contaba también el sagaz extranjero con la imbecilidad de nuestra Corte, la lujuriosa indolencia del Rey y la vanidad inepta del Privado.

Mientras hubo asomos de guerra civil y hubo quien le disputase su poder en la misma Francia, Richelieu disimuló sus proyectos y aun llevó con paciencia los triunfos y la soberbia de sus contrarios, amenazándolos tal vez para contenerlos, pero evitando siempre formales empeños. Rematados los protestantes con la toma de la Rochela, separada la Reina madre, á quien tenía por enemiga, del lado del Rey, y frustradas las conspiraciones de los Príncipes y de los grandes vasallos disgustados con lo omnipotente de su influjo, volvió los ojos al propósito de poner en obra sus pensamientos. Antes refrenó aún la codicia despierta otra vez de los recaudadores y Gobernadores, inclinó á la carrera de las armas á la nobleza, separándola por fuerza de las intrigas, y estableció una disciplina severísima en el ejército; por manera que luego se vió que cuantos capitanes perdían una batalla ó una plaza, eran procesados y por lo común condenados á muerte. Al propio tiempo puso los ojos en la marina de guerra, y por primera vez armadas navales francesas se mostraron poderosas en los mares. Preparado ya todo, no aguardaba más que una ocasión oportuna para declararse, cuando la batalla de Nordlinghen vino á darle á entender que no era tiempo de más espera; porque si la causa protestante moría en Alemania, desembarazado el Emperador de tan temible enemigo, acudiría al extremo en ayuda de España, y esta desde luego con las triunfantes armas del Cardenal Infante, podría lograr gloriosos y terribles efectos en Holanda, con cuyo poder había él contado para conseguir más fácilmente sus intentos.

Pero la declaración formal de guerra que en 1636 hizo á Felipe IV Luis XIII, ó más bien el cardenal duque de Richelieu, que con grandísima habilidad regía allí las riendas del Gobierno, forma época en la Historia de España. Pusóse á toda prisa á imaginar un pretexto, y no tardó en hallarlo. Mantenía el Elector de Tréveris íntimos tratos con los enemigos del Imperio y de la España, señaladamente con los franceses, debajo de cuya protección había puesto su persona y Estados. No era de respetar ciertamente tal protección, ni eso era costumbre en los tiempos que corrían; y después de la victoria de Nordlinghen se resolvió su castigo. Encomendóse al conde de Emden que gobernaba por España el Luxemburgo, y saliendo de Lieja con tres mil soldados, entró por sorpresa en Tréveris, destrozó la gente francesa que guarnecía los muros, y trajo preso á Bruselas al Elector. Exigió Richelieu del Cardenal Infante, que lo pusiese en libertad al punto; como éste se negase á hacerlo mientras no recibiese órdenes de Madrid, envió un heraldo á Bruselas á que de parte de Francia le declarase la guerra. Y en seguida publicó un manifiesto enumerando largamente los propios agravios y callando los que había recibido España, que no eran pocos, como va ya mostrado en esta historia. Declaraba en él Luis XIII que movía sus armas porque la ambición de España pasaba ya á oprimir descubiertamente á los Príncipes aliados de su corona, y que después de todos los esfuerzos que había hecho para desmembrarla, no había encubierto el designio que tenía formado de atacarla á fuerza abierta, al mismo tiempo que el mal estado de sus cosas debiera disuadirla; añadía que España no había cesado del injusto deseo de usurpar los Estados de sus vecinos para establecer el Estado de la Monarquía universal á que aspiraba; alegaba en comprobación de esto la ocupación de la Valtelina, la guerra de Mantua y la prisión del Elector de Tréveris, y protestaba, en fin, que no obraba si no en virtud de la propia seguridad y defensa. Respondieron á este papel en sendos libros D. Francisco de Quevedo, el historiador Céspedes de Meneses y otros varios teólogos y juristas, mostrando las quejas que de nuestra parte había contra la Francia. Pero no era tanto ocasión de palabras como de obras y fué preciso aprestarse á la guerra.

Cómo se hallaba á la sazón nuestro poder lo demuestran las páginas antecedentes. No se había perdido nada de la herencia pingüe de Felipe II; antes algunos territorios y derechos no poco importantes, habían venido á hacer más ostentosa la apariencia de nuestro poderío. Pero los males interiores del Estado habían corrido y aumentádose rápidamente en los últimos años. Uno de ellos, sobre todo, fácil de prever y descuidado como los otros, vino á mostrarse ahora, comenzando á dar amargos frutos. Ya apenas había ejército que sustentase nuestro nombre. Devorados lentamente por tantas y tan imprudentes guerras, quedaban solamente algunos miles de valientes veteranos, pocos para luchar con la muchedumbre de nuestros enemigos. Las nuevas levas, mal dispuestas y peor ejecutadas, no podían llenar el vacío. Mas no era esto solo. Hasta entonces se había conservado en Madrid cierta veneración á los ejércitos, y había habido cierta severidad en repartir los mandos y empleos de la milicia. La antigua disciplina y escuela de los ejércitos de Felipe II se había conservado bastante bien durante el reinado de Felipe III, y aun cuando desde que el Conde-Duque entró á gobernar las cosas, se notaba síntomas de corrupción, no había llegado ésta á producir hasta entonces todas sus consecuencias. Ya no se daba el mando de los ejércitos al de más mérito, sino al más galán y al que más favor alcanzaba del Conde-Duque; repartíanse sin tasa empleos y dignidades. Con esto á un tiempo se destruía la autoridad del mando y de la obediencia, se quitaba el estímulo de los antiguos escuadrones, y se enflaquecía el poder de los nuevos. Así, aquel ejército formado en la escuela del Gran Capitán, amaestrado después por el duque de Alba y conservado por el de Fuentes de Val de Opero, había perdido su organización robusta y mucha parte de sus tradiciones. Sólo en Flandes podía decirse que hubiera ejército digno de España, aunque escasísimo en fuerzas.

Continuaba al propio tiempo la penuria y la confusión en la moneda del reinado anterior; por tal manera, que desde los primeros apuros de la guerra se tomaron nuevas disposiciones sobre ella contrarias, precipitadas y ruinosas. En 1636 se acordó que todo el vellón resellado se recogiese otra vez, para que, vuelto á resellar, se triplicase su valor, sin reparar en que poco antes se había bajado el de toda esta moneda; alteróse el premio del cambio de la moneda de vellón por el de oro y plata, imponiendo nada menos que pena de muerte á los que llevasen más del señalado, y se prohibió la entrada del cobre en bruto en la Península. Increíbles alteraciones y trastornos dictados por la ignorancia y la codicia que causaron sin ventaja alguna del Tesoro, horrendos males en la nación. Negábase todo el mundo á comprar y vender, no sabiendo, en suma, el precio de las cosas, pues todo dependía de tales alteraciones; interrumpíanse las transacciones sobre los objetos de primera necesidad, que eran ya casi las únicas que se conocían; pasaban días y días sin que á los pueblos viniese pan ó vino ó legumbres, padeciéndose hambres y trabajos sin cuenta. Y en medio de esto, aparecían triunfantes los usureros genoveses y franceses, negociando con los ministros, y exprimiendo á los pueblos españoles, para volverse cargados de oro á los suyos. Seguían á la par las rentas empeñadas, y más cada día escasas para atender á las cargas públicas. Las Cortes de Castilla, ó tímidas ó sobornadas, concedieron para los primeros preparativos de la guerra un servicio de nueve millones de ducados en plata por tres años. No tardó el Rey en pedir más, y se le dieron arbitrios para pagar y mantener ocho mil soldados, lo cual se fué prorrogando de año en año para siempre. Impúsose también un tanto por ciento, que se llamó de extensión de las alcabalas: impuesto este ya tan oneroso, que pesando sobre las compras y ventas, y habiéndose ido lentamente acrecentando, traía aniquilado sin necesidad de otro arrimo el comercio é industria. Establecióse por pragmática el papel sellado en los tribunales seculares del reino, y cargáronse otros arbitrios sobre las reliquias de la agricultura y comercio. Por último, se acudió al medio de vender propiedades y establecimientos en Italia, recurso que, bien empleado, podía ser de mucho provecho por las ricas heredades que en todas partes tenía la corona. No había naves, ni armas, ni soldados que oponer al gran poderío de la Francia, y eso podía justificar tamaños esfuerzos y gravámenes; pero bien se vió que no eran tales objetos los principales del Rey y de su favorito.

Por los mismos días en que se supo la declaración de guerra de la Francia, celebráronse en Madrid los grandes festejos, que eran ordinarios y en los cuales se gastaban sumas inmensas, siendo la ocasión ahora el nacimiento de una Infanta. Y debieron reputarse por cortos y por grande el fundamento, mirando los que se hicieron dos años después, por haber sido elegido Rey de romanos Fernando, que lo era ya de Hungría y de Bohemia, cuñado del nuestro. En celebrar tal acontecimiento y que tan poco nos importaba, se gastaron nada menos que doce millones, cantidad increíble á no estar bien atestiguado; duraron las fiestas cuarenta y dos días; hubo toros, cañas, parejas, danzas, máscaras, farsas, mogigangas y cuanto pueden inventar la satisfacción y el contento. Por remate, se representó en la plaza pública una comedia titulada Don Quijote de la Mancha, que, como advierte cierto historiador, no pudo ser en la ocasión más oportuna. No eran, sin embargo, indispensables los pretextos para tales fiestas; sin ellos corríanse toros cada día, y había frecuentes justas y cañas. Refiérese que en una de tales ocasiones se prendió fuego en la Plaza Mayor de Madrid, ardiendo en gran parte, y como á pesar de eso hubiera en el mismo lugar nuevas fiestas á los pocos días, se vió en medio de ellas que de cierta casa de las quemadas salían aún torbellinos de humo. Alborotóse el concurso, fué mucha la confusión, no pocos los heridos y estropeados, mas el Rey ni aun se movió de su asiento. Hecho harto loado de animoso por los aduladores viles de la época; que si lo era, bien pudo emplearse en mejor ocasión é intento.

Á veces en lugar de toros y danzas había procesiones ostentosas, donde el clero lucía sus inmensas riquezas. Ni dejaban de alternar con tales regocijos los autos de fe y las fundaciones de monasterios. Asistió el Rey con toda la Corte y gran séquito y fiesta al auto de fe que con desusada pompa se celebró, corriendo el año de 1632 en la Plaza Mayor de Madrid, donde fueron condenados á sentencia capital siete judíos y salieron otros veintiséis penitenciados, por haberse descubierto que tenían conciliábulos, donde secretamente practicaban sus devociones y mofaban y escarnecían las imágenes; y no contento el celo del Rey con tal demostración, fundó además un convento en el propio lugar donde los judíos cometían sus profanaciones.

Pero las comedias eran lo que más ocupaba la atención de la Corte y del pueblo. El amor á este género de espectáculos y al arte de componerlas habían progresado en pocos años extraordinariamente, llegando de amenazadas ó toleradas en tiempo de Felipe III, á ser ahora el encanto y la ocupación de todo el mundo. La sed de placeres de Felipe IV y del Conde-Duque dieron poderoso impulso á esta pasión de las comedias. Representábanse ya donde quiera, hasta en los conventos más observantes. Las representaban las principales damas de la Corte; componíanlas muchos señores principales, y aun el mismo Rey las hacía, al decir de las gentes, ocupación no tan loable como en los demás en personas que tales y tan altos deberes tienen que cumplir en el mundo. No bastando los corrales de la Cruz y del Príncipe, donde con poco aliño y arte, pero con harto ingenio, se representaban comedias para entretener los ocios de la muchedumbre y contentar su afición, levantábanse frecuentemente tablados en las calles y plazas para representar, principalmente autos sacramentales, los cuales eran acompañados con luces de cirios en medio del día y todo el aparato de las funciones religiosas. El Rey acaso asistía á las comedias de incógnito alguna vez en los mismos corrales públicos; pero por lo común en las salas de sus palacios: á imitación suya hubo Grandes y señores que labraron en su casa teatro propio. Quien quisiere hallar á los caballeros de la Corte habíalos de buscar en tal espectáculo, ó cuando no en los aposentos de los cómicos y bailarinas, y en amistad y compañía con ellos, dando el Rey en tal desorden ejemplo y pauta, pues corriendo el año de 1629 dió á luz un hijo suyo, que luego se llamó D. Juan de Austria, una de las cómicas más aplaudidas, por nombre María Calderón. Amores públicos y afrentosos para el trono, de los cuales sólo la Calderona pareció avergonzada, puesto que fué á acabar su vida en un convento.

De entre cómicos y cómicas no salían el Rey ni el favorito, sino para entregarse á nuevos placeres en los jardines y estanques del Retiro, llenos siempre de luminarias y máquinas costosísimas, ó para atentar en lo obscuro de la noche á la honra de mujeres huérfanas quizás de los soldados de Flandes, ó para manchar con escandalosas aventuras los regios aposentos, cuando no lugares más sagrados. Acaso castigó Dios como merecían las liviandades de Felipe con un misterioso y sangriento suceso, que aunque no bien averiguado ni conocido, puso su propia honra en lenguas del vulgo. Hecha la Corte un mar de galanteos, fué esmero y porfía de los caballeros mostrar que eran altas y hermosas damas las que servían. Uno de ellos, el conde de Villamediana, hombre agudo, lenguaraz y atrevido, osó llevar por divisa en una de las fiestas de la Plaza Mayor cierto número de reales de plata con estas letras: son mis amores. Escandalizó la sospecha, pero más aún, el hecho de que mientras los demás caballeros mozos obsequiaban á las damas de la Corte, el de Villamediana sólo ofreciese sus homenajes á la reina Isabel de Borbón. Comenzó á rugir la murmuración; oyóla ó sospechóla el Rey, y dió alguna muestra de manifiesta ira: poco después unos enmascarados asesinaron al conde de Villamediana en su propio coche. Creció con esto la murmuración hasta producir deshonra, si justa ó injusta no se sabe. El hecho es que por primera vez sintió tal mengua la corona de los Reyes Católicos.

Con tales y tan varios sucesos, con tanta confusión y escándalo, distraídos los ánimos de los cortesanos y del pueblo, se oyeron en Madrid sin pena ni alarma las nuevas de Richelieu, el cual, juntando con el pensamiento la ejecución, enviaba un ejército numeroso á unirse con el del príncipe de Orange para acabar de quitarnos los Países Bajos, mientras otro con igual objeto caminaba ya hacia Italia. El Conde-Duque, que era quien más atención debió poner en ello, había dado en mirar en Richelieu un rival suyo y émulo de sus talentos, como si entre aquel hombre perverso, pero grande, y él, cupiese comparación alguna; acaso no imaginaba que Francia fuese rival verdadera y cuasi forzosa de España. La idea de Felipe II de aniquilar ó de avasallar á aquella nación, no era más que la expresión de nuestra primera necesidad política; porque era evidente que el poderío de España no podía existir sin el abatimiento de Francia, lo mismo que la supremacía de Francia á costa de España tenía que levantarse en Europa. Pero el Conde-Duque, incapaz de comprender en toda su extensión aquel pensamiento, miraba como enemiga á la Francia por costumbre solo, y la guerra que iba á emprenderse como otra cualquiera guerra. Esperábala hacía tiempo, y tanto, que tres años antes había enviado emisarios á la frontera del Pirineo para que viesen el estado en que se hallaban las plazas del enemigo y reconociesen todos los pasos; mas no esperó nunca que aquello fuese un combate particular, un duelo á muerte, del cual hubiese que salir triunfante ó completamente rendido. Ni vió el Rey lo que no vió su favorito, ni las historias recuerdan alguno que en aquella Corte estragada supiese toda la importancia del nuevo acontecimiento. Así continuaron sin tregua los placeres mezclados con sangrientos dramas; porque cada día un celoso mataba un galán, y caballeros enamorados malgastaban en desafíos y empresas pueriles la sangre que tanta falta iba á hacer en las fronteras.

En tanto el primer ejército francés (1635) á las órdenes de los mariscales de Brezé y de Chatillon, compuesto de más de veinticinco mil hombres, caminaba la vuelta de Flandes. Envió á su encuentro el Cardenal Infante, al príncipe Tomás de Saboya, que servía de tiempo antes en el ejército de España, con diez mil infantes y dos mil caballos, á fin de cerrarle el paso impidiéndole que se juntase con los holandeses. Marchaban divididos los franceses en dos trozos, y el príncipe Tomás imaginó atacarlos por separado, primero al uno y luego al otro, y de igual á igual deshacerlos. Engañóse en sus medidas, y halló sobre sí á todo el ejército contrario en Avein, junto á Lieja. No era posible retroceder, y se comenzó la batalla. Mostróse al principio favorable á los nuestros, á pesar de que no llegaban á ser la mitad en número que los contrarios, por el certero fuego de nuestra Artillería. Con esto se prolongó la lucha largas horas á costa de mucha sangre de ambas partes, porque los nuestros, con la ventaja ganada, no querían ceder, ni menos los enemigos, que se miraban tan superiores en número. Al fin, envueltos los nuestros por todas partes y rendidos de tan desigual pelea, huyó primero la Caballería, y luego la Infantería mercenaria, ó de naciones, se puso en fuga. Quedaron en el campo dos tercios viejos, uno de españoles, otro de italianos, los cuales, aunque desamparados y peleando uno contra ciento, todavía sostuvieron por mucho tiempo el empuje de todo el ejército enemigo hasta que cayó el último de los soldados. Así fueron abatidas allí nuestras banderas, pero no humilladas. Dejamos en el campo tres mil muertos, mil y ochocientos prisioneros y todo el bagaje de artillería.

Las ventajas de un triunfo que tan poca gloria dejaba á los vencedores, no fueron tampoco muy grandes. Juntóse á la verdad el ejército francés con el del príncipe de Orange, como pretendía, y unos y otros, reunidos, embistieron á Tirlemont y la tomaron por asalto, cometiendo inauditos excesos, á pesar de la esforzada conducta de su Gobernador D. Francisco de Vargas. De allí se dirigieron á Diest y Archost, plazas poco importantes, y las tomaron; con que llenos de presunción osaron amenazar á Bruselas. No tardaron en conocer la imposible ejecución de aquel intento, y encaminándose á Lovaina, la pusieron cerco. Pero el Cardenal Infante maniobró de tal suerte, que sin exponerse á los trances de una batalla desigual, logró que levantasen los contrarios aquel cerco á los diez días de haber abierto las trincheras, y sin que su ejército padeciese daño. Introdujo socorros en la plaza, á punto que hizo la expugnación imposible; cortó los víveres y las comunicaciones á los enemigos, que comenzaron á tenerse más por sitiados que por sitiadores, y viniendo en seguida sobre ellos las disensiones naturales en tales casos, y las enfermedades que engendran las privaciones, al fin tuvieron que separarse, quedando sólo en Flandes el mariscal de Brezé con ocho mil soldados, porque los demás se volvieron á Francia. No se limitaron los españoles á guardar sus plazas y deshacer sin combatir á los enemigos, sino que llevaron á cabo una dichosa empresa. El fuerte de Schenck, situado en la isla de Batavia que vienen á formar dos brazos del Rhin, estaba á la sazón muy bien fortalecido, puesto que era uno de los importantes que tenían los holandeses; pero no tan bien guardado, porque mucha gente de la guarnición había salido á reforzar los ejércitos. Apercibidos del caso los españoles que guarnecían á Güeldres, determinaron tomarlo de improviso, y saliendo en número de quinientos hombres escogidos, donde iban no pocos soldados flamencos, debajo del mando de Jorge Esrholtz, capitán de esta nación, se abalanzaron á los muros, y al tercer asalto, muerto el Gobernador, se enseñorearon de ello, degollando la gente que los defendía. Sintieron profundamente esta pérdida los contrarios, y con ella, desconcertados del todo sus ejércitos, tomaron cuarteles de invierno muy disgustados, y achacándose mutuamente los capitanes el mal éxito de aquella campaña comenzada con fuerzas tan superiores y con tan favorables auspicios como la batalla de Avein. Alababan todos al propio tiempo de acertada la conducta del Cardenal Infante.

Al año siguiente (1636) fué todavía menos favorable la campaña á los enemigos por aquella parte. Ocupáronla los holandeses con el sitio de la fortaleza de Schenck, que así como fácilmente se les ganó, ahora, bien guarnecida de los nuestros, no hallaban medio de recobrarla. No había que temer de ellos por algún tiempo, según era su empeño, y según eran las fuerzas de la plaza, que intentaran alguna otra empresa. Y dando por bien empleada la pérdida de Schenck, que al fin se rindió á los nueve meses de sitio, reunió en tanto el Cardenal Infante todas sus fuerzas con las que el Emperador envió en su ayuda, y juntando un poderoso ejército imaginó invadir á Francia. Componíase éste hasta de treinta mil hombres de buenas tropas españolas, lorenesas y alemanas al mando de Octavio Piccolomini de Aragón, general italiano, natural de Siena, y de los que con más gloria habían mandado las tropas imperiales contra los suecos; de Juan de Werth, de Carlos, duque de Lorena, Príncipe feudatario de Francia, más que seguía alianza contra ella con España y el Imperio, capitán de mucha sagacidad y esfuerzo, y del príncipe Tomás de Saboya. Eran el ejército y los caudillos casi los mismos que vencieron en Nordlighen y podían esperarse ahora de ellos no menores efectos. Entraron nuestras banderas impetuosamente en la provincia de Picardía, y se enseñorearon de la Chapêlle en seis días, y poco después del Chatelet que aún se sostuvo menos; á la par que numerosas partidas de Caballería, mandadas por capitanes intrépidos se extendían por toda la Picardía y la Champagne, llevando por donde quiera el miedo y estrago. En vano el conde de Soisons, que mandaba el ejército francés presurosamente reunido, se opuso á la marcha triunfante de los nuestros. No se atrevió á pelear á campo raso por sentirse inferior en fuerzas, y siempre cejando delante de los españoles, los vió pasar tranquilamente el Soma, y extenderse por la llanura que separa las aguas de este río de las del Oise; Vervins, Noyon y Roye se rindieron en seguida con poca defensa, y nuestros Generales llegaron sin más obstáculo delante de Corbie. Defendiéronse los sitiados durante trece días; pero al fin, faltos de socorro de por fuera, hubieron de rendirse á partido. Hubo entonces un gran Consejo en nuestro campo para deliberar si convendría ó no caer sobre París. No había almenas de por medio, ni ejércitos que lo estorbasen, y no faltó quien se inclinase á ello; pero prevaleció el parecer contrario, y dejando fortificada y guarnecida la plaza, aunque no bien abastecida, se ordenó la retirada.

Hubo y ha habido después sobre tal determinación diversos conceptos. Ello es que París estaba lleno de espanto; salíanse á millares los habitantes de su recinto, y los que permanecían en él, ocultaban cuidadosamente sus riquezas como si viesen ya en las puertas al ejército vencedor. El Rey y el cardenal Richelieu dejaron también la capital, decretando levas de gente muy grandes; creyóse que la perdición de Francia era llegada, y la privanza de Richelieu estuvo para hundirse, porque todos le miraban como causa de guerra hasta entonces tan desdichada. Ni pudo desvanecer el pánico el ejército nuevamente levantado; porque si bien llegaba á cincuenta mil hombres, como se componía de artesanos de París y de gente allegadiza é inexperta en el ejercicio de las armas, no podía medirse en campo con nuestros aguerridos tercios y escuadrones. Mirando y considerando tales circunstancias, parece desacertadísima la retirada que resolvieron nuestros Generales. Si desde Corbie hubieran marchado rápidamente á París apoderándose de aquella capital que no podía defenderse, Richelieu habría caído indudablemente, y Luis XIII, ni muy firme ni muy belicoso, se habría prestado de buena voluntad á ajustar las paces. Ni otra cosa convenía en aquella ocasión á la Corte de España. Asustar á la Francia con tal alarde de fuerza, conservar con él la fama de invencibles de nuestras armas, y el prestigio de nuestro nombre, todavía muy grande en los que no conocían nuestras flaquezas, obteniendo al propio tiempo la paz, era un pensamiento militar y político tan alto, que podía justificar sobradamente lo que hubiese en la expedición de arriesgado. Y más que sin esto era de prever que ni los triunfos pasados ni el terror infundido en los contrarios hubiesen de producir fruto alguno. Así sucedió desdichadamente. No bien repasaron los nuestros el Soma, sitiaron los enemigos á Corbie, y hallándola ya sin víveres ni municiones de guerra, tuvo su Gobernador que capitular al mes de bloqueo. Rindióse luego Roye, y poco á poco fuimos perdiendo todo lo conquistado. Sin embargo, si no sacamos todas las ventajas que se pudieran de aquella campaña, todavía debió de considerarse como favorable, puesto que con tanta reputación la habíamos sostenido en el territorio enemigo.

Habían en tanto los franceses invadido el Franco-Condado. Estaba aquella provincia asegurada por tratados particulares de neutralidad, ajustados entre España y Francia en tiempo de Felipe III; pero como fortificasen los naturales algunos puestos, y tomasen algunas otras precauciones legítimas é indispensables al comenzar tan empeñada guerra, diéronse los franceses por libres de los pactos, y entrando en el país con ejército de veinte mil hombres al mando del príncipe de Condé, pusieron sitio á Dole, que era la principal de sus plazas. Mostraron los habitantes tanta lealtad y amor á España, que aún hoy se conmueve el corazón al recordar los sacrificios, inútiles al fin, que hicieron por nuestra causa. El Arzobispo de aquella ciudad, bien que agobiado de los años, y el Parlamento acudieron á la defensa y lograron meter en la plaza abundantes provisiones, y hasta cinco mil paisanos que al punto adiestraron en las armas los pocos oficiales españoles que allí había. No quedó medio bárbaro de hostilidad que no empleasen los franceses para rendir la lealtad de los de Dole; mas todo fué en vano por entonces. Lanzaron multitud de bombas, y con ellas destruyeron la mayor parte de los edificios, y además quemaron los campos y las poblaciones cercanas. Pero perdieron más de tres mil hombres sin lograr aún aportillar la plaza, y al cabo fuéles forzoso levantar el sitio cuando ya un trozo de gente, enviado por el Cardenal Infante á socorrerla, estaba á punto de lograr su intento. No fué más afortunado en el Rhin el ejército francés destinado á atacar al Emperador, puesto que en las dos primeras campañas no logró ventaja notable; antes padeció notablemente descalabros.

Mas Richelieu no era hombre á quien desanimasen los reveses. Formó al abrirse la campaña de 1637 cuatro ejércitos, y con ellos embistió de nuevo á un tiempo la Alsacia y el Luxemburgo, el Franco-Condado y las plazas del lado de Picardía. Y á la par el príncipe de Orange, que gobernaba á los holandeses, tomado ya Schenck, se puso más poderoso que nunca en campaña. Eran las fuerzas del Cardenal Infante inferiorísimas á las de los contrarios, de suerte que no podía sostener el campo, y los imperiales que principalmente defendían la Alsacia, no estaban para prestarle muy grande ayuda. Pidió con instancia á Madrid soldados y dineros, y no pudo obtener unos ni otros, porque á la sazón ocupados el Rey y el favorito en las grandes fiestas y mojigangas con que se celebró, como arriba dijimos, la coronación del Rey de Hungría, no estaban para pensar en armamentos ni en socorros; demás que los doce millones que se habían gastado en ellas, eran el dinero que había. Falto así de todo D. Fernando á todo suplió su esfuerzo, que sólo en él se mostraba entonces digno de su raza, y mantuvo en tres campañas designadísimas el honor de España.

Sitió el príncipe de Orange á Breda, y el cardenal la Valette se puso delante de Landreci; y como el Infante no pudiese intentar el socorro á campo raso por falta de fuerzas, una y otra plaza se rindieron, al cabo de dos meses de sitio la primera, y quince días la segunda de trinchera abierta. Dolorosas pérdidas, en especial la de Breda, cuya conquista había costado millares de vidas y tesoros inmensos pocos años antes. No se estuvo quedo, sin embargo, el valeroso Infante, y mientras los enemigos expugnaban aquellas plazas, rindió por su parte á Roremunda y Venlóo. Hubo también algunos combates parciales honrosísimos para los españoles. D. Alvaro de Viveros, que mandaba trescientos artilleros, fué sorprendido por mil cuatrocientos franceses, que gobernaba el coronel Gassion, y peleó con ellos hasta que apenas le quedó hombre á vida, causando entre los enemigos enorme estrago. Tributó el cardenal la Valette á D. Alvaro de Viveros honrosas demostraciones cuando se lo llevaron prisionero. Peleó con no menor esfuerzo D. Juan de Viveros, que fué al socorro de la Chapelle, sitiada también por la Valette; mas no pudo lograr su intento, y aunque él se retiró sin pérdida, rindióse la plaza. Conquistó el mismo la Valette á Mobeuge y Barlemont; mas una y otra plaza fueron recobradas por el Cardenal Infante, que ganó también el castillo de Emeric.

Pero al propio tiempo el ejército francés, que al mando del mariscal de Chatillon había entrado en el Luxemburgo, hacía grandes progresos. En pocos días ganó á Villaine, Dinant, Murnaux, Lupi y Ham. Puso luego sitio á Ivoy, rindiéndola con no menor fortuna, y de allí se fué á sitiar á Danvilliers, que se defendió valientemente por más de dos meses. Acudieron al socorro de esta plaza los españoles que estaban de guarnición en Arlon y Montmedi, y asaltando de noche el cuartel de artillería de los sitiadores, donde estaba el conde de Polie, pasaron á cuchillo á la mayor parte de los soldados, llevándose á los capitanes prisioneros. Pero con todo continuó el asedio y tuvo que rendirse la plaza. Pequeña recompensa fué de tanta pérdida el que los nuestros recobrasen por sorpresa á Ivoy, degollando casi toda la guarnición francesa que allí había. Era preciso acudir al socorro de esta provincia, sin dejar por eso el propósito de la Valette, y contener al propio tiempo los progresos del príncipe de Orange, que después de tomada Breda, viéndose sin enemigos, recorría libremente la campaña y amenazaba las plazas de Flandes. En tan crítica situación no desmintió el infante D. Fernando su fama. Marchó contra el de Orange, y lo halló retrincherado con sus holandeses entre los diques de Callao y de Woerbroec en el Waes. No era su ejército mayor que el de los enemigos: acometiólos, sin embargo, detrás de los reparos, peleó con ellos dos días con tanto esfuerzo que, al fin, los rompió, matando mil doscientos hombres y tomando dos mil quinientos prisioneros con cincuenta y tres banderas, veintiocho cañones y ochenta y un barcos que tenían. Libre ya de tal enemigo, dividió su corto ejército en dos trozos, y mientras con el uno conquistaba la plaza de Kerpen sobre los holandeses y hacía frente á la Valette, envió el otro al mando de Piccolomini á reforzar al príncipe Tomás que gobernaba las armas en el Luxemburgo.

Sitiaba el mariscal de Chatillon, envanecido con sus anteriores triunfos, la importante plaza de Saint Omer, escasamente guarnecida, y los nuestros no habían podido hasta entonces socorrerla; mas con la llegada de Piccolomini, el príncipe Tomás se resolvió á la empresa á toda costa. Ejecutóla metiendo en la plaza dos mil soldados, y deshaciendo en campo algunos regimientos franceses que quisieron impedirlo. Y no contentos con esto, embistieron Piccolomini y el de Saboya al grueso del ejército francés en sus mismas trincheras, tomaron tres reductos de los que ceñían la plaza; introdujeron en ella más socorros, y en cuatro días de sitio formal rindieron á la vista de los enemigos el fuerte de Bac, muy bien fortalecido y guarnecido. No osaron éstos venir á formal batalla, y levantaron el cerco con gran mengua y daño. Perdióse en tanto la plaza de Chatelet, la última que nos quedaba de la invasión del Cardenal Infante en Picardía; pero no era esta pérdida tal que pudiese aguar el regocijo de la anterior victoria. También levantaron los nuestros el sitio de Chateau-Cambresis al aproximarse con muy superiores fuerzas el enemigo.

Mostróse aún más próspera la fortuna al comenzar la siguiente campaña, que fué la de 1639. Recibió Piccolomini estrechas órdenes del Infante para que volviese á juntarse con él, una vez logrado el socorro de Saint Omer. Marchaba éste á ejecutarlo, cuando supo que el mariscal de Feuquières sitiaba á Thionville, donde no había ni víveres, ni municiones, ni soldados, ni siquiera gobernador que diese alguna orden para la defensa. Con esto Piccolomini detuvo su marcha resuelto á dejar libre y abastecida la plaza. Para estorbárselo salieron á él los franceses en buen número, y le pusieron una celada; mas supo evitarla, y cayendo sobre ellos cuando creían tenerle cogido en sus redes, les mató tres mil hombres y puso en fuga á los demás que se le opusieron. Llegó entonces sin obstáculo delante de las líneas de los franceses, y hallólas ya bastante fortificadas, pero no por eso cejó en su empeño. Lanzóse sobre una de las estancias, y la forzó fácilmente; con que pudo entrar en la ciudad, y animado con tal triunfo, tornó á salir luego y acometió de un golpe todas las que ocupaban los enemigos. No pudieron los franceses resistir en ninguna de ellas el valor de los nuestros, y á la primera acometida, abandonando cobardemente bagajes, artillería y municiones, se pusieron en fuga, dejando once mil hombres muertos ó prisioneros en el campo. De estos fué el mismo Feuquières, que á poco murió de las heridas que recibió en la batalla.

Sitió en seguida Piccolomini á Mouzon creyendo ganarla al paso; pero tuvo que levantar el cerco, porque se aproximaba el mariscal de Chatillon al socorro, y porque el Cardenal Infante le instaba más cada día para que volviese á incorporarse con él. Y era que como los enemigos se mostraban tan superiores en número, no había medio de hacerles frente en todas partes. La importante plaza de Hesdin había sido sitiada por el Rey de Francia en persona con un poderoso ejército, mientras que los españoles vencían en el Luxemburgo á los franceses. No pudo socorrerla el Cardenal Infante con las escasísimas fuerzas que le quedaron, y cuando volvió Piccolomini ya era tarde. Abierta la plaza por todas partes y sin esperanzas de socorro, rindióse al segundo asalto. Allí dió el Rey de Francia el bastón de mariscal á la Meilleraie, que había dirigido el sitio, y lo dejó de comandante de su ejército, el cual se dividió en dos trozos. Logró con el uno la Meilleraie cierta ventaja contra un trozo de los nuestros, gobernado del conde de La Fontaine, flamenco, y General de la Artillería, en el combate de San Nicolás, y poco después en San Venant deshizo otro trozo de walones á servicio de España. Entre tanto el mariscal de Chatillon con el resto de los franceses volvió á tomar á Ivoy y arrasó sus fortificaciones. Pero en cambio, los españoles hicieron levantar á los franceses los sitios de Charlemont y Marienburg, destrozaron completamente su Caballería, y era de todos modos vergonzoso lo poco que habían hecho con ejércitos tan poderosos, y teniendo al frente un enemigo tan inferior en número. Mandó Richelieu que á toda costa se tomase á Arrás, capital del Artois. Reuniéronse para la empresa las reliquias de tres ejércitos enemigos y se comenzó el sitio, extendiéndolo en diez leguas al contorno. Importaba tanto la plaza, que el Cardenal Infante, juntas también todas sus fuerzas y las del duque de Lorena, marchó al punto al socorro. Sorprendió Lamboy, caballero liejés que mandaba nuestra Caballería, varios convoyes, y hostigó de diversos modos á los sitiadores, pero sin lograr sorprender sus líneas. Dióse luego en ellas un combate en que disputándose la vanguardia españoles é italianos, hubo alguna confusión y desconcierto de nuestra parte; con todo, al decir de los franceses, hicieron prodigios de valor los nuestros, ganaron dos medias lunas é hicieron gran mortandad en los contrarios; pero estaban muy bien fortalecidas y defendidas por mayor número de tropas, de suerte que no fué posible forzarlas todas. El duque de Lorena, que también se había apoderado de uno de los cuarteles del enemigo, tuvo igualmente que abandonarlo. Intentóse otra vez el socorro, pero no hubo lugar de ejecutarlo, porque los burgueses, sin noticia de la guarnición, abrieron las puertas, cogiéndola al descuido. Fueron allí generosos los franceses; admirados de la valerosa defensa, concedieron á la guarnición, que la alevosía de los vecinos había puesto en su mano, todos los honores de la guerra.