Estaba de gobernador de las armas en Ayamonte y su frontera D. Francisco de Guzmán, marqués de este título y, por tanto, de la casa de Medinasidonia, muy relacionado con la de Braganza por la vecindad de tierras y Estados que con ella tenía. Este, desde los principios de la conjuración, faltando vilmente á lo que debía á su patria España y al puesto de confianza que le estaba conferido, mantuvo inteligencias y tratos con los fautores y caudillos de ella, mayormente con el duque de Braganza y su esposa. Animado con el buen éxito de aquella conjuración, intentó este marqués de Ayamonte, tan imbécil como malvado, suscitar otra en las Andalucías, con el fin de hacer de ellas un reino y poner á la cabeza al duque de Medinasidonia, su deudo, hermano de la nueva reina de Portugal, y Gobernador y Capitán general de tales provincias. Tenía el de Medinasidonia una ambición que no justificaban sus cualidades, y más vanidad que abonasen sus servicios. Comunicóle el marqués de Ayamonte sus propósitos, y ni más generoso ni más cuerdo que éste, se prestó á dar su persona y nombre para la empresa. Jamás otra más descabellada ha podido concebirse en el mundo, porque no hay tampoco país donde haya habido siempre menos sentimientos de provincialismo y de independencia; como que la población no venía de distinta raza de Castilla, ni tenía diversas historias, ni costumbres distintas, ni leyes diferentes, ni tradiciones, ni pretensiones, ni nada, en fin, de lo que hizo que la de Portugal se sustrajese á la obediencia del Monarca castellano, y que repugnasen su dominio Cataluña y otras provincias del reino. Por el contrario, mirábase los naturales de Andalucía como castellanos hijos de los conquistadores, y harto más atendían á conservar puras las costumbres, la lengua y leyes de Castilla, para denotar más y más su separación de los descendientes de los moros, muy numerosos allí, naturalmente, que no á formar una nación independiente entre las demás. Con todo, los tratos iban muy adelantados entre el de Medinasidonia, el de Braganza y el de Ayamonte, cuando éste recibió de Lisboa unos pliegos para la Corte de España, enviados á él sin duda en la confianza que inspiraba su posición de gobernador de las armas españolas y su noble cuna; abriólos y halló en ellos el secreto de la conspiración urdida en Lisboa para restablecer allí nuestro gobierno. Entonces puso el sello á su traición y maldad enviando los pliegos al duque de Braganza. Prendieron allí al punto á todos los conjurados y condenaron á muerte los más: de ellos fué el marqués de Villarreal, que murió con noble y heroica entereza, aclamando hasta el último momento la causa de España, y también el arzobispo de Braga, que aunque por su alto carácter no pereció en público cadalso como los otros, apareció muerto de allí á poco en la cárcel, y Antonio Correa, á quien no parece que respetó la muerte el día de la rebelión, sino para hacer ahora más noble su sacrificio en la horca. Víctimas de la buena causa, hijos leales de una patria que los infamaba torpemente con el nombre de traidores, ellos pagaron con su sangre la indolencia del débil Felipe y las torpezas de su favorito, muriendo por España, que era morir á un tiempo por Portugal y por Castilla. De resultas de esto mandó el de Braganza salir precipitadamente de Portugal á la duquesa de Mantua, y poco después, por un edicto echó á todos los castellanos del reino.
No tardó Dios en castigar la villana conducta del marqués de Ayamonte, compensándose con su castigo el de los portugueses leales, y con el descubrimiento de la insensata conspiración que tenía tramada, el de aquella otra que por su causa acababa de frustrarse. Un castellano, por nombre Sancho, prisionero en Lisboa, con algunos indicios que tuvo del caso, acertó á ganarse la confianza de los traidores, y cuando tuvo en sus manos las pruebas de todo, vino con ellas á Madrid y se las presentó al Conde-Duque. Aturdióle á éste más aún que el de Portugal aquel suceso, porque el duque de Medinasidonia era cabeza de la casa de Guzmán, de donde él también venía, y tenían entre ambos no lejano parentesco; además, que con aquella traición se empañaba el lustre de la casa, que, cierto, era digna de otros descendentes, por su antigua gloria. Revolvió en su mente mil pensamientos, y, al fin, determinó para salvar al de Medinasidonia, castigar duramente á Ayamonte, como autor y agente principal del concierto, y así se hizo. Vino á Madrid el duque de Medinasidonia por encargo del Conde-Duque, pidió perdón al Monarca, y, ayudado de aquél, que hizo lo que más pudo por servirle, consiguió que se redujese el castigo á alguna multa y precauciones que se tomaron para que no pudiese repetir el intento en adelante. Pero, en tanto, D. Gaspar de Bracamonte, Maestre de campo, fué á Ayamonte y retiró del mando al Marqués, prendióle, y encerrado en el Alcázar de Segovia, al cabo de algún tiempo, murió, según la voz común, decapitado: merecidísimo y justo castigo, si lo hubo, que sólo pudo mover á compasión por la desigualdad que hubo entre su suerte y la del duque de Medinasidonia, tanto ó más culpable.
Á la par, en Lisboa se hicieron públicas luminarias y festejos, y el de Braganza y Doña Luisa de Guzmán admitieron parabienes y felicitaciones, como dando por cierto que el hermano se había ya levantado por Rey en las Andalucías. Súpolo el Conde-Duque, y aconsejó al de Medinasidonia que para acallar el rumor común, que ya lo acusaba, y sincerarse del todo á los ojos del Rey, desmintiese públicamente á su cuñado y lo desafiase y retase á lidiar cuerpo á cuerpo con él. No supo negarle esta satisfacción aquel señor, receloso aún de mayor castigo, y mandó fijar carteles donde llamaba al campo al duque de Braganza, anunciando que lo esperaría ochenta días en Valencia de Alcántara, situada entre Portugal y Castilla, y declarándole aleve y cobarde si no asistía; por lo cual ofrecía en tal caso al que le matase de cualquier modo su ciudad de Sanlúcar, y al Gobernador y Alcalde portugués, que devolviese alguna plaza importante al Rey de España, uno de los mejores lugares de sus Estados. Fué tras esto el de Medinasidonia á Valencia de Alcántara con D. Juan de Garay, y esperó allí algún tiempo, hasta que cansado de tan inútil farsa, se volvió á Madrid, dejando al de Braganza triunfante en Lisboa.
No lo estaban menos los catalanes, alentados con el ejemplo de los portugueses, y conociendo que habrían de disminuirse las fuerzas del Gobierno español repartiendo su atención en ambas fronteras, negáronse á oir las nuevas proposiciones de acomodo y concierto que más ó menos encubiertamente se les hicieron. Exigían ante todo la caída del Conde-Duque, la renovación de todos los ministros que entendían en las cosas de aquella provincia, y la exención de tributos por muchos años á título de compensación ó desagravio, y esto los más prudentes; que otros, acaso el mayor número, no querían prestarse de ninguna suerte á los tratos, juzgando ya posible el hacerse independientes. Con tales pensamientos en los catalanes, claro está que no podía practicarse concierto alguno; pero, á la verdad, si los catalanes se mostraban sobrado exigentes y rebeldes, tampoco el Conde-Duque hizo mucho por aplacarles. Su vanidad era inflexible, y además de esto no tenía bastante patriotismo en el alma para retirarse de los negocios, viendo que estorbaba é impedía la concordia de que tanto necesitaba la Monarquía.
Lo que hizo fué procurar devolver mal por mal á los enemigos, y darles en su casa á los franceses el propio entretenimiento que ellos nos ofrecían en la nuestra, ó, al menos, ayudaban poderosamente á ofrecernos. Mas no le acompañó tampoco en esto la desgracia ó la fortuna. Firmóse un tratado en Bruselas entre el Cardenal Infante de una parte, y el conde de Soissons y el duque de Bouillon, Príncipe aquél de sangre real, y éste general, bastante reputado, para echar á Richelieu del Gobierno y terminar la guerra por tratos ventajosos á España: esta fué la liga que se llamó de la paz. Los franceses aliados levantaron, con dinero que se les dió del poquísimo que hubiese en Flandes para atender á nuestros ejércitos, algunas tropas con las cuales se pusieron sobre Sedán. Vino á juntarse con ellos, por mandato del Infante, Lamboy, general de nuestra Caballería, con un buen trozo de soldados, y tropezando con el ejército francés, que enviaba Richelieu á someter á los insurrectos, al mando del mariscal de Chatillon, se empeñó entre unos y otros la batalla. Rompió Lamboy con los nuestros la Infantería enemiga, y el duque de Bouillon, con los suyos, deshizo cuanto se le puso por delante, de modo que en breves momentos todo el ejército enemigo se puso en fuga. Hubieran sido inmensas las ventajas de esta victoria, á no ser porque el duque de Soissons cayó muerto de un pistoletazo al alzarse la visera para ver mejor la fuga de los contrarios: suceso de muy diversas maneras interpretado hasta ahora, dado que no pocos se inclinan á considerarlo como un asesinato dispuesto por Richelieu. De resultas de este accidente, el ejército de los insurrectos, consternado, no acometió otra empresa que la toma de Donchery, y como el Cardenal Infante llamase á Lamboy precipitadamente para contrarrestar á los enemigos que sitiaban á Ayre, la liga se deshizo sin otro efecto para nosotros que la pérdida del dinero empleado y que se retardase el socorro de aquella plaza, por la ausencia de Lamboy, más de lo que convenía, lo que contribuyó no poco á que se frustrase. Poco después se ajustó en Madrid un nuevo tratado entre el Conde-Duque y cierto emisario del duque de Orleans, hermano del Rey de Francia, con iguales condiciones y el propio objeto que el anterior; mas este no llegó á practicarse en lo más pequeño, porque fué descubierto por Richelieu, y castigados con pena de muerte, fuera del Príncipe, los verdaderos autores que eran Enrique de Effat, marqués de Cinq-Mars, gran escudero del Monarca francés, y su amigo De Thou, hijo del historiador de tal nombre.
Con esto quedamos reducidos al solo ejercicio y esperanza de las armas. Ordenóse la formación de ejércitos en la frontera de Portugal, viniendo el mando del principal con Badajoz por plaza de armas, D. Manuel de Zúñiga y Fonseca, conde de Monterrey y de Fuentes, Virrey que había sido de Nápoles y heredero del gran conde de Fuentes, pero no de sus merecimientos ni de su gloria, hermano de la mujer del Conde-Duque, muy intimado con él, y cómplice de sus liviandades, espléndido, aficionadísimo á cómicos y comedias, á galanteos, á locuras, á ostentaciones, tanto, que en sus jardines, situados en el Prado de Madrid, asistieron los Reyes y la Corte á nocturnos festejos de los más celebrados de la época: harto más á propósito para alternar en los salones, que no en los campamentos y batallas. Negáronse muchos Maestres de campo y Capitanes de los nombrados para mandar las tropas que se juntasen á servir debajo de tal capitán, y así, todo fué desconcierto desde el principio, y fuera mayor á no admitir el cargo de Maestre de campo general don Juan de Garay, tan bien reputado entre la gente de armas. Los otros trozos de ejército se mandaron formar en los confines de Andalucía y de Galicia, más con intento de defender el territorio que con el de hacer conquistas. Mas no había soldados con que llenar los nuevos tercios, ni dinero con que levantarlos; todos los recursos estaban de tal modo agotados con la formación del ejército de Cataluña, que no se hallaba á la sazón ninguno que no fuese desusado y extraordinario. Fueron llamados á la Corte todos los caballeros hijosdalgo del reino, y se les propuso que acudiesen con armas y caballos, según la antigua usanza, no practicada desde que terminó la guerra con los moros, á servir al Rey y á la patria. Vinieron muchos; pero fué lastimoso de ver el que antes de ofrecerse á servir los que sirvieron, fuesen exigiendo hábitos y mercedes y ayudas de costa, sin que ninguno se prestase por solo el deber y el patriotismo á salir á campaña; conducta muy diversa de la antigua. Mejor obraron los Grandes, aunque no hicieron todo lo que pudieron, levantando cada uno á su costa una compañía de cien hombres. Los ministros de los diferentes Consejos pagaron con poner cada uno en campo cuatro hombres armados, y de la gente común muchos acudieron también al servicio, con promesa que se les hizo de dar por recompensa títulos de hidalguía. Por último, se sacaron á la venta en pública almoneda hasta quinientos hábitos de órdenes militares, señalando á Madrid como patria común para hacer pruebas, á fin de que no hubiese quien no pudiera hacerlas, calculándose en otros tantos caballos efectivos y hasta un millón de ducados lo que produciría tan extraña venta. Así, dondequiera se ve ya á la vanidad en lugar del patriotismo, al interés personal haciendo olvidar al interés público, dondequiera el decaimiento y la corrupción, fruto tardío, pero cierto, de la liviandad de los Ministros y de la Corte, de la desconfianza del Gobierno, del menosprecio de la equidad en la distribución de empleos y honores, de la falta de justicia y de la ignorancia que cegaba los ojos de todos los españoles. Es locura pensar que las naciones, por nobles que sean, puedan levantarse á grandes intentos, hacer grandes sacrificios, moverse á ciertos esfuerzos supremos oprimidas y desconfiadas, sin fe en lo presente ni en lo futuro.
No había más que un modo de poner el patriotismo nacional á la altura de la ocasión, y la ejecución de éste dependía de todo punto del Monarca. Era preciso que apartase de sí al favorito y aun lo inmolase á la justa saña de la nación: era preciso que abandonase los placeres y se consagrase al trabajo; que comenzase á gobernar y á hacerlo todo por sí mismo; que empuñara la espada de Fernando III y vistiese la armadura de Alonso el Batallador; que fuese como Carlos V á los ejércitos y pelease con ellos, y fuese con ellos á la victoria ó á la muerte. Entonces sí que los hidalgos y los pecheros hubieran acudido á las banderas del Rey, según la antigua usanza; entonces sí que el patriotismo nacional se hubiera despertado dando copiosos frutos; entonces sí que del gran pueblo que tal muestra dió luego de patriotismo en 1808, virgen á la sazón, y de más virtud y esfuerzo, todavía hubiera podido esperarse con fundamento la victoria y la salvación de la Monarquía. Hubieran muchos dejado la parte de la rebelión, al ver castigado al mal Ministro; no hubieran otros osado levantar las armas contra la persona del Rey, santa y verdaderamente inviolable hasta allí para los españoles; hubieran los más tibios cobrado valor, y hubieran cobrado los más enemigos respeto ó miedo. Por tal modo salvó Enrique IV su trono y salvó á la Francia, y á la sazón misma, sólo para procurar nuestra ruina, vimos á Luis XIII forzar en persona las puertas de Italia, y asistir más tarde en las tiendas de los sitiadores de Perpiñán. De esto se hizo algo en España; pero se hizo mal y fuera de tiempo, que es casi tanto mal hacer como no hacer nada. Fué Felipe al ejército de Cataluña, pero no á pelear, sino á sentir de cerca afrentosas derrotas, y aumentar el menosprecio á su persona y el odio á sus Ministros en los rebeldes. No fué á Portugal, que era donde más falta hacía por lo pronto, y á tal punto descuidó esto, que la reina Isabel, dándole vergonzosa enseñanza, llegó á pedirle permiso, que no obtuvo, para ejecutarlo por su propia persona. Así, pues, cuando separó de sí al favorito, y cuando se determinó á ver los muros de Lérida coronados de franceses, ya no era tiempo para salvar á la nación: su desmembración y ruina eran inevitables.
LIBRO SEXTO
SUMARIO
De 1640 á 1643.—Guerra general.—Cataluña: toma de Perelló, de Coll de Balaguer, Cambrils, Salou, Villaseca y Tarragona.—Paso sangriento de Martorell; entrada en el llano de Barcelona; dase esta ciudad al Rey de Francia; dispónese á la resistencia; estado del ejército real; orden de ataque contra Montjuich; batalla y rota de los nuestros; muerte del duque de San Jorge; retirada á Tarragona; sitio de esta plaza; socorro por mar.—Rosellón: piérdese Elna; victoria de Argeles y socorro de la provincia.—Formación de nuevo ejército; hostilidades en la frontera de Aragón; Tamarit de Litera; sucesos del campo de Tarragona; victoria de Villalonga; parte el marqués de Pobar al socorro de Rosellón; su marcha y su derrota en Granada; pérdida de Colliure, Perpiñán y Salsas y toda la provincia.—Hostilidades por mar y tierra en Vinaroz.—Medidas extremas; armamento de nuevo ejército; sale el Rey á campaña; su conducta y la de la Reina; batalla de las Horcas; combate naval de Barcelona.—Portugal: rebatos y correrías por Extremadura, interpresa de Olivenza; otros sucesos á la parte de Castilla y Galicia.—Italia: pérdida de Montcalvo; sálvase Ivrea; Ceba, Mondovi y Coni perdidas; recóbrase Montcalvo; defección de los Príncipes de Saboya; grandes pérdidas; defección del Príncipe de Mónaco.—Flandes: sitio de Ayre y su conquista; muere el Cardenal Infante, reemplázale D. Francisco de Mello; victoria gloriosa de Honnecourt; derrota funesta de Rocroy.—Intrigas contra el Conde-Duque y su caída.
Con la sublevación de Cataluña y Portugal se abre, naturalmente, nuevo período en la guerra. Si hasta ahora la hubimos sostenido con cierta igualdad, ya no era posible; si hasta ahora la fortuna había repartido sus favores entre las potencias beligerantes, en adelante llevaremos siempre la peor parte. Dejamos narrados algunos encuentros y hechos que fueron preludio y exordio de las campañas de Cataluña; dejamos á los franceses enseñoreados de toda aquella provincia sin cosa alguna; y dejamos, finalmente, al marqués de los Vélez caminando con todo el ejército desde Tortosa tierra adelante por el Principado.
La primera conquista fué la de Perelló, pequeño pueblo, pero murado, donde trece catalanes solos detuvieron heroicamente á todo el ejército por un día entero, y más los detuvieran á no haber inteligencia con uno de los vecinos. En seguida se encaminó el marqués de los Vélez al Coll de Balaguer, punto áspero y difícil, y muy fortificado y guarnecido, aunque sin arte, por los catalanes. Hicieron éstos resistencia; mas no sabiendo aprovecharse de sus ventajas, fueron rotos y tomado el paso; y algunos escuadrones de caballería, que con el conde de Zavallá, General de ellos, vinieron al socorro desde Cambrils, fueron también deshechos. Tomáronse al propio tiempo algunas torres y casas fuertes de la marina, y el ejército, alegre con la facilidad de aquellos pequeños triunfos, se entregó á los desórdenes de vencedor. Por su parte, los catalanes intentaron envenenar unas lagunas cercanas del Coll; horrible intento, y que, á poder lograrlo, causara infinitas muertes entre los nuestros. Así, de uno y otro lado, la guerra iba exacerbando las pasiones más y más cada día.
Llegaron al cabo los nuestros delante de Cambrils, primera plaza de armas de los catalanes, y de las que tenían mejor fortificadas, puesta en la plaza y campo de Tarragona. Hizo D. Alvaro de Quiñones mucho estrago en sus escuadrones á las mismas puertas de la villa; tomóse á viva fuerza un convento de las afueras, que defendieron celda por celda los frailes; púsose por fin el cerco; batióse furiosamente, y al fin su Gobernador, el barón de Rocafort, se entregó por capitulaciones. Pero al salir los defensores hubo una alarma falsa: gritóse traición sin saber quién ni por qué causa, y aprovechando la ocasión los soldados pasaron más de setecientos de ellos al filo de la espada antes de que pudieran contenerlos los capitanes. Reus y otros lugares ricos vinieron entonces á la obediencia. Mas con todo faltaban vituallas y recursos, porque no los dejaban venir de ninguna parte los miqueletes ó almogávares, gente suelta, incansable, valerosa, que repartida en bandas de corto número, con gran conocimiento del terreno y no menos astucia, iba siempre delante, á las espaldas ó en los costados del ejército, acosándolo sin cesar y matando, al propio tiempo que robaba los mantenimientos, todos los dispersos y forrajeadores. Parecía conveniente apoderarse de un puerto adonde pudiera venir fácilmente el socorro de la armada; y se determinó caer al punto sobre Tarragona. Tomáronse Salou y Villaseca, lugares y puestos bien fortificados, y allanado ya el camino, se plantaron los cuarteles delante de aquella ciudad.
No hubo, sin embargo, que hacer uso de las armas, porque M. de Espenan, que estaba dentro con mil caballos de su nación, juzgando imposible la resistencia, capituló su salida, obligándose á no pelear más en Cataluña, y los naturales tuvieron en seguida que rendirse á partido. Cumplió de Espenan su promesa como bueno y salió de Cataluña con los suyos, que fué gran ventaja para nuestro partido. Luego las armadas entraron en Tarragona y algo aliviaron al ejército, pero no tanto como se esperaba, por la tibieza de D. García de Toledo, marqués de Villafranca, que los mandaba. Era éste harto menos capitán que fueron su padre y hermano; mas en cambio les aventajaba á entrambos en presunción, defecto común en las épocas viles y degradadas, donde faltando verdaderos y públicos merecimientos, hay que fingirlos y afectarlos; y no llevando á bien que ganase otro gloria á costa suya, tenía por más honrado el dejar de servir á la patria, que no servirla dando reputación al inexperto marqués de los Vélez. Con esto y con las numerosas cuadrillas de miqueletes, que interceptaban y destruían todos los convoyes y recursos, volvió á hallarse en grande necesidad el ejército. Determinóse el marqués de los Vélez á salir de tal situación y á traer á sus banderas el triunfo, encaminándose á Barcelona, cabeza y foco de la rebelión. Ganó con mucha dificultad á Villafranca de Panadés y San Sadurní; pero siguiendo su camino, halló cerrado el paso de Martorell por los catalanes, con muchas trincheras y reductos, apoyados en posiciones casi inaccesibles, defendidas por todos sus tercios y escuadrones y gobernados del diputado militar Tamarit, y de los franceses Seriñán y D'Aubigné.
Llegó allí el Marqués, y conociendo que no era posible la expugnación de las fortificaciones por el frente, mandó al de Torrecuso que con un buen trozo de gente pasase encubierto á coger por la espalda al enemigo, lo cual hizo éste con mucha habilidad y presteza. Entonces los catalanes, viéndose entre dos fuegos, espantados y confundidos se pusieron en retirada y no pararon hasta Barcelona, en cuyos muros hallaron abrigo. Entraron nuestros soldados en Martorell, de donde era cabalmente título y señor el marqués de los Vélez, y todo lo llevaron á hierro y fuego, como si se tratase de gente bárbara y extranjera; mas en verdad que los catalanes no quedaban cortos en la venganza. El mencionado Margarit, mezcla de entre capitán y facineroso, que mandaba algunas bandas de ellos, entró por asalto en Constantí, donde estaban los enfermos y heridos del ejército castellano, en número de más de cuatrocientos, y á todos los hizo pedazos en los lechos mismos. Ni por una ni por otra parte ponían de sí los capitanes cuanto debieran para contener tales excesos; y así ellos incitaban cada vez más la ira y hacíase más imposible la paz. Entró el ejército castellano después de asolada Martorell en Molins de Rey, San Feliu, Esplugas y todos los pueblos del contorno, hasta dar vista á Barcelona y sentar los cuarteles en Sans y los demás pueblos de su amenísimo llano.
Desde allí el Marqués, antes de intentar cosa alguna contra la ciudad, envió á ella un parlamentario, á fin de que les intimase de parte del Rey la sumisión, ofreciendo en cambio clemencia. Negáronse los catalanes, gente más obstinada aún en las derrotas que en el triunfo, y de uno y otro lado se dispusieron á emplear las armas. Estaba dentro de Barcelona por Ministro y caudillo principal de los franceses M. Du Plessis, hombre sobremanera astuto y muy empapado en los pensamientos é intenciones de Richelieu. Viendo tan apurados á los catalanes, que teniendo á las puertas tan numeroso ejército no contaban con otra esperanza que la de enterrarse honrosamente en los escombros de sus murallas, comenzó á dar á entender astutamente, primero con ambigüedades, luego al descubierto, que el Rey de Francia, si como aliados les ayudaba en algo, como dueño emplearía en su servicio todas las fuerzas que tenía. Representóles el poder del Rey Cristianísimo, su bondad, su celo; pero más aún que tales encarecimientos, sirviéronle para traer á los catalanes á su arbitrio los argumentos que públicamente se hacían contra el rey Felipe y su Ministro, que sin mirar como propia aquella tierra, la combatían y azotaban con armas tan formidables y rigor tan desusado. No recordaban entonces los catalanes sus propios excesos y culpas; atendían sólo á los rigores de sus contrarios, porque achaque humano es el exigir que de parte del prójimo estén la prudencia y la templanza en los trances violentos.
Y, á la verdad, no les faltaba á los catalanes alguna más razón que suele haber en los que se hallan dominados de la ira, con que se acrecentaba en este caso la saña; porque las torpezas del Conde-Duque y de sus Ministros viles habían excusado todo género de razonable acomodo. Pero de todas suertes fué lamentable y digno de eterna censura el que tanto pudiese en ellos la pasión del momento, que prefiriéndola al interés de la patria común, cediesen á las insinuaciones pérfidas de M. Du Plessis, dándose por entero al Rey de Francia, y admitiéndole por señor y Soberano. Hízose la proclamación solemne en Barcelona, y al punto los franceses comenzaron á intervenir como naturales en las cosas de la defensa. La noticia de este suceso encendió más y más la cólera en el campo castellano; y aunque no faltaron diversos pareceres, por no creer muchos que estuviesen después de los pasados trabajos en disposición de emprender el sitio de Barcelona, se resolvió al fin comenzar los ataques, fijándose todos los ojos en la toma del castillo de Montjuich, como natural principio de la empresa. Esta montaña, que domina á todo Barcelona y á la cual hace la posición esencialísima para su defensa, había estado hasta aquellos tiempos sin fortificación alguna; pero ahora, viendo los cabos catalanes el peligro de que la ocupase el ejército real, levantaron en breves días en lo más eminente un castillo en forma de cuadro, bastante fuerte, y lo artillaron y guarnecieron muy bien con gente escogida de naturales y algunas compañías de veteranos franceses. Probóse con esto que Barcelona no puede estar sin aquel castillo, porque bien los ciudadanos para su defensa, bien los enemigos para la ofensa, necesitan de él forzosamente. Montjuich extiende su falda por una parte hasta el mar y por otra hasta las murallas de Barcelona: la subida es escabrosa y larga, y á la sazón estaba cortada con muchas zanjas, y defendida, sin la fortaleza mayor, con muchas trincheras; de suerte que con esto y con estar tan cerca de la ciudad, toda puesta en armas y asistida de no pocos capitanes y soldados franceses, era de expugnación muy ardua. Pera el ardor de los Vélez no reparó en nada. Todavía el ejército real, aunque muy disminuído por la hambre, por la guerra y las enfermedades, y principalmente por las guarniciones que iba dejando detrás, era numeroso; y aun contándose en él mucha gente bisoña, tenía bastantes soldados viejos para ser temible. Gobernábanlo, bajo las órdenes del marqués de los Vélez y de Carlos Caracciolo, marqués de Torrecuso, su Maestre de campo general, D. Juan de Garay, que acababa de llegar del Rosellón, el duque de San Jorge, hijo de Torrecuso, el marqués Cheli de la Reina, D. Alvaro de Quiñones y otros capitanes, de nota algunos, todos muy antiguos en el ejercicio de las armas; y la artillería, con la desembarcada últimamente del Rosellón, era buena y mucha. Pero había en el corazón de aquel ejército un mal profundo, incurable, y era el poco acuerdo y división de los capitanes, producido principalmente por el mando del marqués de los Vélez.
Como este Marqués ignoraba el arte de la guerra y no sabía, por tanto, proveer en ella lo que convenía; como no podía alegar grandes servicios y menos en las armas, carecía de la autoridad necesaria para el mando, y era incapaz de contener las pretensiones opuestas y exageradas de tantos capitanes orgullosos con los servicios que habían prestado y que no acertaban á igualar con el propio ningún merecimiento. Así acontecía que el de los Vélez, ó no daba provisión alguna en las ocasiones más críticas, ó si las daba eran olvidadas y contradichas de los capitanes, que ni lo respetaban á él ni se guardaban entre sí respeto alguno; con que no había quien mandase ni quien obedeciese, causa bastante para perderse en las armas. Habíase advertido ya este mal en diversas ocasiones durante aquella corta campaña; mas ahora delante de Barcelona fué donde sirvió de ejemplo horrible de lo que la mala elección en el general puede hacer en un ejército, por poderoso que sea.
Llegada la hora prefijada para el ataque de Montjuich, se puso en marcha el ejército real, repartido de esta suerte: dos trozos de mosquetería, cada uno de mil hombres escogidos al mando el uno, del conde de Tyron, irlandés, y el otro al de D. Fernando de Ribera, Maestre de campo, se encaminaron á subir la montaña donde aquella fortaleza está sentada, aquél por el costado derecho, entre la campiña y la eminencia; éste por el costado izquierdo, entre la eminencia y la ciudad: seguía luego por el centro un escuadrón de ocho mil infantes, que se extendió en batalla por el monte, como en reserva de los dos primeros escuadrones y lo restante de la infantería se escuadronó haciendo frente á la ciudad. La artillería y caballería, á los costados en los sitios más á propósito que se hallaron, atendían á evitar la salida de los de la ciudad y la retirada de los de Montjuich, gobernando toda la gente destinada contra éstos Torrecuso, y lo que quedaba contra aquéllos D. Juan de Garay. Mandaba dentro de Montjuich, por los catalanes, M. d'Auvigné, y en la ciudad M. Du Plessis y el diputado militar Tamarit; y Seriñán, con la caballería francesa y catalana, se apostó fuera de las puertas, en un llano entre Montjuich y las murallas, al abrigo de las muchas baterías con que éstas estaban coronadas.
Tal descripción se necesita para comprender el inopinado suceso que allí hubo. Subieron á la eminencia los dos primeros escuadrones de mosquetería destinados al asalto; pero llegaron muy fatigados y con mucha pérdida por haber tenido que ir desalojando de las trincheras de la cuesta á los enemigos. Puestos allí, sin embargo, no había más que dar el asalto, que era éxito seguro; mas al intentarlo se notó el inconcebible olvido de no haber traído escalas ni instrumentos algunos para el caso; entonces envió á pedirlos Torrecusa al marqués Cheli, que dirigía la artillería situada á la falda del monte, y la infantería, en tanto, quedó formada enfrente de las murallas de la fortaleza y expuesta á todo el fuego de las baterías enemigas. Pasaron horas y horas, y las escalas no vinieron, y nuestra infantería aguardó con increíble valor, sin perder terreno, cayendo sin defensa uno tras otro los más valientes de los capitanes y soldados. Había comenzado el ataque á las nueve de la mañana, y á las tres de la tarde continuaba todavía la matanza de los nuestros, hecha á mansalva por los catalanes desde sus muros. Ya á esta hora faltaba el aliento en los pechos más heroicos. Torrecuso, que era el que tenía la mayor culpa del estrago con aquella imprevisión fatal, corría de una en otra parte, desesperado, desatándose en injurias contra Cheli, que le dejaba abandonado sin instrumentos ni escalas, y sin recordar que él era aún más digno de ellas por no haber traído consigo lo que convenía.
Mas en un punto quiso Dios que con el mayor castigo que pudiera recibir, se le ocasionase también la total rota que temía. Estaba á la falda del monte dando frente á la ciudad el duque de San Jorge, su hijo, con la caballería del costado derecho; comenzaron los enemigos á molestarle con escaramuzas de la caballería de Seriñán y alguna infantería que sacaron fuera de las puertas emboscadas; y él, no escuchando más que la voz de su valor, que era muy grande, determinó acometerlos y obligarlos á refugiarse en la ciudad. Consultó su intento con D. Juan de Garay, que mandaba las tropas de toda aquella parte, el cual, como soldado viejo, le mandó que no se moviese de su puesto. Pero este género de órdenes no hacían en aquel ejército efecto alguno: insistió el San Jorge; tomó alguna infantería de la que estaba cercana y desalojó á los enemigos de la emboscada; y luego, como se sintiese allí más molestado de los enemigos del muro, despachando aviso á D. Alvaro de Quiñones, que mandaba la caballería del costado izquierdo para que embistiera al propio tiempo, se arrojó sobre la caballería enemiga debajo de sus mismas baterías. No hizo caso el D. Alvaro del aviso de San Jorge y lo dejó arrancar solo. Fué el ataque de éste tan temerario, que llegó á azotar con su espada los mismos muros; pero allí, rodeados él y los suyos por todas partes, combatidos á un tiempo de la caballería de Seriñán y de la mosquetería de los muros, cayeron los más valientes, desordenáronse los otros, y el duque de San Jorge quedó muerto acribillado de heridas. Era mozo de valor heroico, aunque imprudente, y á ejemplo de su padre, muy leal á la Corona de España.
Con este triunfo cobraron más brío los barceloneses, y haciéndoles señas los de Montjuich de que les enviasen socorro, se determinaron á enviarlo, y lo ejecutaron á punto que ya los españoles que coronaban la cima del monte no podían sostenerse. Entonces los del socorro y defensores hicieron una salida, y aunque pocos en número, como estaban de refresco y hallaron tan desalentados á los nuestros, arrollaron fácilmente á los primeros, y los otros ya sin más espera se dejaron caer en derrota desde la cima á la falda del monte. Fué fatalidad que Torrecuso supiese en aquel momento mismo que Dios le había castigado de su imprevisión con la muerte del hijo, y en lugar de dictar alguna disposición ó concierto, se entregó á los mayores extremos de desesperación, sin cuidar de su vida ni de la de los otros. En tanto los catalanes bajaban del monte degollando y sembrando de cadáveres el suelo, sin hallar en ninguna parte resistencia, trayendo á los nuestros en total dispersión. Debióse á D. Juan de Garay que todo el ejército no se perdiese aquel día. Con sin par destreza, recogió á los fugitivos, reanimó á las tropas que no habían entrado en combate y dispuso la retirada á Tarragona, sin que el marqués de los Vélez, que ignoraba casi todos los accidentes de la batalla, supiese otra cosa en aquel trance que llorar su desdicha, enviando en el instante á Madrid la dimisión de su empleo. Tal fué la jornada de Montjuich, que nos costó dos mil soldados de los mejores que á la sazón hubiese en nuestras banderas.
Con la noticia de este suceso y la obediencia prestada en Barcelona al Rey de Francia, se determinó Richelieu á enviar considerables fuerzas á Cataluña, viendo que aquél era entonces el punto más vulnerable de España. Nombró por general del ejército á M. de la Motte Hodancourt, y envió tropas, que formaron con algunas catalanas un ejército de nueve mil infantes y dos mil quinientos caballos, el cual se puso en marcha para Tarragona, donde los nuestros estaban retirados, al propio tiempo que el Arzobispo de Burdeos con una armada cerraba la boca de aquel puerto. Ascendía la gente nuestra á poco más de catorce mil hombres, restos de veintitrés mil con que se comenzó la campaña, y había venido á mandarlos después de la dimisión y salida del marqués de los Vélez, Federico Colona, condestable de Nápoles y príncipe de Buttera, que se hallaba de Virrey en Valencia, reemplazándole allí el marqués de Leganés, que acababa de llegar de Italia. Quedaron bajo las órdenes del de Buttera el marqués de Torrecuso y D. Alvaro de Quiñones, porque D. Juan de Garay, á quien tanto se debió en la retirada de Montjuich, había ido ya á servir bajo la conducta del conde de Monterrey en el ejército formado en las fronteras de Portugal.
Era el nuevo General no mucho más hábil que el marqués de los Vélez y algo más indócil; de suerte que no quería escuchar consejo alguno de los que sabían más que él en materia de armas; así acabó de traer al último extremo al ejército; porque dado que en los primeros impulsos de la retirada fuera conveniente meterse en Tarragona, debió luego salir de ella el ejército, dejándola bien guarnecida y provista: donde no había de verse forzosamente lo que sucedió, y fué que, levantado en armas todo el país, fortificados todos los pasos y las plazas entre Tarragona y las fronteras de Aragón y Valencia con un ejército al frente y una escuadra en el mar, había de quedar el ejército encerrado y reducido á la última extremidad de la miseria y el hambre. Pronto se hicieron sentir tales efectos. Los enemigos, después de algunos choques parciales sin consecuencia, se apoderaron de Reus, de Constantí, de Salou y los demás lugares del campo de Tarragona, y acampados á media legua de la plaza, la apretaron, de suerte que de un día á otro se esperaba ya la rendición del ejército. Para colmo de desgracias, la poca autoridad y destreza del General no tardó en engendrar las naturales discordias de los nuestros; y por otra parte, entrando las enfermedades en la plaza, postraron al mayor número de los capitanes, y entre otros al mismo príncipe de Buttera. Sólo Torrecuso conservó alientos para el mando, y acaso si él hubiera sido General no habrían venido á tal punto las cosas, porque era, á pesar de sus yerros, el más diestro de los capitanes que tuviésemos en aquel ejército. Dió orden el Conde-Duque al de Villafranca para que acudiese con su armada, que estaba en Valencia, al socorro. Dudó y temió mucho éste por hallarse con pocas fuerzas; pero al fin se determinó á intentarlo, y entrando valerosamente en el puerto de Tarragona con cuarenta galeras y algunos buques menores, á pesar de la escuadra del Arzobispo, metió algunos víveres. Mas éstos fueron destruídos en parte por el fuego de los franceses, y en parte consumidos por la gente de la armada, que separada sin pensar del resto cuando se retiraba, tuvo que recogerse al puerto; de modo que al poco tiempo se encontró el ejército en los mismos apuros que antes. Entonces la Corte determinó hacer un esfuerzo supremo para enseñorearse del mar, mientras que por tierra se esforzaba también en juntar ejércitos que bastasen á ahuyentar á los enemigos.
Reunióse una armada poderosísima, compuesta de casi todos los bajeles armados que llevaban entonces nuestras banderas. Vinieron los bajeles de Dunquerque, gobernados por el almirante Francisco Feijóo, los napolitanos del duque de Nájera, los bergantines y galeras mallorquinas de aquel famoso D. Pedro Santa Cilia, las napolitanas de D. Melchor de Borja, las genovesas de Juanetín Doria y algunas toscanas, y juntándose con la armada del de Villafranca y Fernandina, compusieron entre todos treinta y un navíos, veintinueve galeras, catorce bergantines y otros cincuenta buques menores. Constaba la armada francesa de treinta navíos, diez y nueve galeras y muchos bergantines y buques menores; pero no osando esperar á la nuestra, entró el socorro sin obstáculo; bien que fué muy sentido en Madrid el que no se la obligase á entrar en combate. El ejército cuando llegó el socorro se hallaba ya muy disminuído, y casi acabado por las enfermedades y el hambre, con muerte de muchos capitanes. Entre ellos murió á los pocos días el mismo general D. Fadrique de Colona, príncipe de Buttera, á quien no le dió la suerte ni una sola ocasión en que justificase la torpe elección que de él hizo el Conde-Duque. Sucedióle interinamente el marqués de Hinojosa, mientras se nombraba otro que lo reemplazara.
Entonces Richelieu, para conquistar el Rosellón, envió allá un ejército al mando de Condé, que se apoderó de Elna, mal defendida por los soldados walones que la guarnecían. Y más cuidadoso de ganar aquella provincia, que sabía que podría conservar, que no á Cataluña, cuya pérdida tenía al fin por inevitable, metió en ella nuevas tropas y generales, ordenando también que de los ejércitos de Cataluña una parte se acercase al Pirineo para dar calor á la meditada conquista, y otra se quedase en observación de Tarragona y la frontera de Aragón. Había ido á mandar las armas en Rosellón por nuestra parte el marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, soldado de glorioso nombre desde la victoria de Fuenterrabía; y aunque entresacando guarniciones de las plazas había logrado formar un pequeño ejército, se hallaba sin fuerza para contrarrestar al enemigo. Dió orden nuestra Corte al marqués de Torrecuso para que de los soldados de las galeras formase tercios, y con ellos y alguna gente de la que estaba en Tarragona, con pocos caballos, se embarcase en la armada y fuese á prestar socorro al de Mortara. Con esta orden desembarcó Torrecuso en Rosas; pasó el Tech, con el agua hasta el cuello; caminó sin descanso, cargados los soldados con las municiones y víveres á la espalda y ahuyentó á los trozos de gente enemiga que le salieron al paso.
El mariscal de Brezé, nombrado á la sazón lugarteniente de Cataluña por el Rey de Francia, y los cabos catalanes, noticiosos de su intento, estaban ya fortificados en el paso de Argeles con seis mil infantes y mil doscientos caballos, alargando sus trincheras hasta el mar para detenerlo. Sorprendió Torrecuso durante la noche las centinelas enemigas, entró en uno de sus cuarteles y lo desbarató; de manera que halló, libre el paso, como quería, y habiendo avisado su llegada al de Mortara, que estaba en Perpiñán, vino éste á juntársele con su gente. Aún el mariscal de Brezé quiso impedir esta reunión, y en el momento de verificarse atacó á Mortara furiosamente y logró desordenarlo un tanto; pero no pudo impedir que Torrecuso con su ejército viniese á incorporarse con él, reuniendo entre ambos siete mil infantes y seiscientos caballos. Entonces se empeñó una recia batalla: la caballería de los enemigos era doble que la nuestra, y la infantería, con la que acudió de los contornos al oir el fuego, era igual; pero Torrecuso y Mortara hicieron de modo que los enemigos fueron obligados á retirarse, dejándoles dueños del campo. Honrada acción, que recordó al mundo cuanto podía esperarse aún de los ejércitos españoles bien dirigidos. Fueron bastante provechosas las resultas. Rindióse luego Argeles y muchos lugares del Rosellón, y entre otros el de Santa María, que era muy importante, cayó en poder de los nuestros; metiéronse en Perpiñán provisiones de boca y guerra para un largo sitio y se reforzó la guarnición de Coliure. Hecho esto, como si no hubiera más peligro que temer, en obediencia sin duda de las órdenes de la Corte, se embarcó Torrecuso con una parte del ejército que había llevado y se vino á Tarragona; y de allí á Madrid, cuando era más necesario en Cataluña. Quedó gobernando las armas en Perpiñán el marqués de Flores Dávila; en Coliure ó Colibre, el marqués de Mortara, y en Salsas, D. Benito de Quiroga, todos con buenas guarniciones, pero sin ejército bastante para correr el campo. Por lo mismo, no tardaron los franceses en recobrar á Santa María y amenazar de nuevo toda la provincia. Entretanto se formaba á toda prisa en Aragón un ejército que fuese á reforzar las reliquias de los Vélez, aún acuarteladas en Tarragona. Eligióse para el mando al marqués de Pobar, hijo primogénito del difunto duque de Cardona, joven sin ningún conocimiento en las armas, ni experiencia en el mando, que no tenía otros méritos que los de su familia y los de su lealtad, verdaderamente acrisolada, con cuyo nombramiento desacertadísimo se prepararon desde luego nuevos desastres. Fuése formando el nuevo ejército con las tropas que había de antemano reunidas en aquella frontera, principalmente extranjeras, y algunas nuevamente levantadas en el reino, que acudieron de varias partes.
Á la verdad, el proyecto de formar un ejército en Aragón que sirviese de reserva al que mandó el marqués de los Vélez y divirtiese por aquella parte al enemigo, no era nuevo. No bien el de los Vélez cambió su nombre de Virrey de Aragón por el de Virrey de Cataluña, y vino á sucederle en aquel puesto el duque de Nochera, gran señor napolitano, comenzó éste á juntar soldados, amagando á los pueblos fronterizos de Cataluña; pero de una parte su humor extraño, y de otra la insubordinación de los capitanes que tenía á sus órdenes, le impidieron salir formalmente á campaña y hacer la división que estaba determinada. Fué esta la causa principal de que á poco se le separase del mando y se le encerrase en una fortaleza, donde murió, sucediéndole el marqués de Tavara en el mando, y en el ínterin fueron los enemigos quienes intentaron por aquella parte divertir la atención de los nuestros. M. de San Pol gobernaba en Lérida: reunió un grueso de catalanes y cayó sobre Tamarit de Litera, villa situada en la ribera del Cinca, donde se alojaban algunos tercios navarros destinados ya al proyectado ejército. Sorprendióla; degolló alguna gente; hizo bastantes prisioneros y se volvió sin que la gente que salió de Fraga en su persecución pudiera alcanzarle. Tomaron también los catalanes la villa de Orta, que estaba fortificada, sin que los nuestros pudiesen socorrerla. Hubo reposo en aquella frontera mientras duró el bloqueo de Tarragona; pero forzado La Motte á levantarlo y falto de dinero para pagar sus tropas, se acercó de nuevo á Tamarit de Litera, y entrando en ella como amigo, la saqueó luego horriblemente.
Algo pudiera remediar de este daño D. Francisco de Toralto y Aragón, luego Marqués de este título, que mandaba un trozo de cerca de cinco mil hombres en la ribera del Cinca; pero no quiso, para castigar á los de Litera de haber recibido como amigos á los franceses. Lo que hizo para vengar el insulto fué enviar uno de sus capitanes á que tomase la villa de Almenara, donde tenían guarnición los enemigos; mas no pudo conseguirlo, aunque lo intentó por dos veces. Tan tibiamente corrían las cosas cuando el D. Pedro de Aragón, marqués de Pobar, vino á Aragón á formar el ejército destinado al socorro de Tarragona. Costóle mucho trabajo ordenarlo, y al fin, apretándole la Corte para que marchase, con seis mil infantes y mil doscientos caballos que tenía reunidos, pasó los confines de Aragón y entró en Cataluña.
Dejamos mandando por muerte del de Buttera las tropas de Tarragona al marqués de la Hinojosa, más conocido por este título, que tenía de su esposa, que por el conde de Aguilar y Sr. de Cameros, que era el propio, capitán no vulgar, aunque un tanto corrompido por la vanidad y la envidia, pasiones viles de la época. Á pesar del mal estado de sus tropas, no bien se alzó el bloqueo, mientras los generales enemigos se encaminaban al Rosellón y á la frontera aragonesa, salió de Tarragona, tomó á Reus y la Selva, rindió en Alcover un tercio de catalanes, apoderándose de la villa, y se enseñoreó de casi todos los lugares de aquel campo. Alentado con estas ventajas se acercó al Vendrell, donde tenían sus almacenes los catalanes, y embistiendo la villa por dos partes, después de cuatro horas de combate la entró sin mucha pérdida. Ganó en seguida á Vallmol; y estando para emprender nuevas conquistas fué acometido sobre la ermita de Villalonga por el general francés La Motte-Hadancourt, que acudió al opósito de sus empresas, y venía observándole y espiando la ocasión favorable de acometerle. Hubo un combate sangriento, porque los franceses eran doblados en número que los nuestros; pero al fin fueron rotos con mucha gloria de nuestra parte y pérdida de cuatrocientos hombres en los enemigos. Después de esta victoria se rindieron algunos castillos, nidos funestos de almogávares.
Ya en esto el marqués de Pobar con su ejército había pasado el Segre por el lugar de Escarpe, apoderándose de la villa, y encaminándose á Sarroca, rindió el lugar y no el castillo, por carecer de artillería. Con esto y haber tomado el de Aguilar é Hinojosa el castillo de Constantí y el Coll de la Alforja, pasando en aquél á cuchillo á toda la guarnición por no querer darse á partido, y dando éste á las llamas por la obstinación de sus moradores, se pusieron en comunicación los dos ejércitos. Mas, juntos los generales, no tardaron en suscitarse entre ellos grandes contiendas, principalmente sobre la materia de mando, no queriendo ni uno ni otro reconocer superior. Careciendo de órdenes suficientes para resolver el caso, hubo que consultar á Madrid, cuando todo debió estar provisto de antemano, y mientras venía la contestación se desaprovecharon las ocasiones de lograr algunas ventajas con aquellos ejércitos, que reunidos y reforzados con la gente que trajo de Rosellón Torrecuso, formaban un grueso considerable. Llegó la resolución de Madrid, y fué tal, que más descompuso que acomodó á los generales; nueva dificultad para las operaciones, viniendo la mayor parte de la culpa del de Hinojosa, pues el marqués de Pobar á todo se prestaba dócilmente. No hubo más medio que sacar de Cataluña á uno de los dos generales, y cierto que no pudo ser peor el modo y la ocasión que se eligió para ello.
Habían los franceses invadido el Rosellón de nuevo, como arriba indicamos, con más fuerzas que nunca, no bien se retiró Torrecuso. Era tan fácil de prever esto, que no se comprende cómo nuestra Corte pudo ordenar la retirada; pero aún es menos fácil de comprender el modo con que ahora acudió al remedio. Ordenóse al marqués de Pobar que recogiendo hasta dos mil corazas y mil dragones, se encaminase desde Tarragona al Rosellón. La distancia entre estos parajes llega á cincuenta leguas de tierra, todo á la sazón poblado de castillos y pueblos fortificados, con muchas plazas fuertes é innumerables cuadrillas de almogávares y miqueletes, sin contar el ejército enemigo del mando de La Motte-Hodancourt, situado en Montblanch en acecho de las operaciones de los nuestros. Desde luego todos los capitanes experimentados dieron la empresa por imposible, y el marqués de Pobar envió á la Corte para que lo representase á D. Martín de Mójica, su Maestre de campo general, proponiendo que se embarcaría en Tarragona y haría el socorro por mar, como lo hizo Torrecuso; fácil intento, por andar señoras de él nuestras armadas. Mas no se dió oídos en la Corte al enviado del de Pobar y fuéle preciso á éste ejecutar el mandato. Púsose en marcha con su caballería, que era el mayor número de corazas, y como tal, doblemente pesada é impropia para hacer tan difícil marcha por tierra de enemigos. Debía el marqués de Hinojosa proteger el movimiento del de Pobar, amagando hacia el Coll de Cabra á los franceses, para que viniendo sobre él dejasen al otro libre el paso; mas no quiso ó no supo ejecutarlo, ó lo que es muy probable, no logró que los capitanes enemigos, prácticos en la guerra, se separasen de su principal intento. El hecho fué que éstos ocuparon todos los pasos. La Motte-Hodancourt, desde Montblanch, comenzó á picarle la retaguardia. Se levantaron los somatenes en toda la comarca, y los caudillos más osados y prácticos de los almogávares ocuparon con sus gavillas los caminos por donde forzosamente tenía que pasar el ejército. Así, desde el primer día de su marcha nuestros soldados no descansaron un momento, siempre hostigados y perseguidos, y lo que es peor, sin víveres, ni agua, ni forraje. Todo estaba seco, todo exhausto, todo desierto á su paso, y sólo los alaridos de los almogávares venían á recordarles espantosamente que iban caminando por lugares habitados. Dejábanles pasar, sin embargo, tranquilamente sin emplear las armas; pero no era sino con intento de traerlos más adentro, cerrándoles la retirada.
Llegaron de esta suerte por el Coll de Balaguer hasta Villafranca del Panadés y Esparraguera, pasando tres leguas distante de Barcelona. Allí ya supieron que el enemigo venía sobre ellos por todas partes; que los pasos estaban completamente cerrados y que era imposible de todo punto seguir adelante; y habido consejo de los capitanes, convencido el de Pobar de que había hecho todo lo humanamente posible por obedecer á la Corte y que era delirio pensar en ejecutarlo, ordenó la retirada. Fué ya á deshora. La Motte-Hodancourt se echó con todas sus fuerzas sobre la retaguardia, que gobernaban Frey Vicencio Gamarra y D. Antonio Pellicer. Eran los nuestros quinientos caballos; los contrarios ochocientos y además quinientos mosqueteros catalanes: rompieron los caballos españoles á estos mosqueteros; pero embestidos luego por la caballería enemiga tan superior, sucumbieron, no sin pelear valerosísimamente, quedando prisioneros los capitanes y muchos soldados. En seguida, no queriendo aún aventurar el francés un combate general, se puso á seguir á los nuestros sin perderles ya de vista un instante.
Apresuraban el paso los españoles; pero más aún lo apresuraban los enemigos, y principalmente los del país, como más prácticos y más hechos á la fatiga. No había infantería con que ir apartando los almogaváres de los caminos, porque los dragones, desmontados, no bastaban para semejante servicio; los caballos, faltos de forraje y sedientos, caían aquí y allá muertos ó rendidos, y los jinetes, no más afortunados, apenas podían llevar sobre sí el peso de las armas. Hogueras encendidas por los catalanes en lo alto de los montes iban avisando al país que se pusiese en armas, ocultando los víveres y las provisiones; y en tanto los franceses no dejaban de distinguirse al lejos un solo punto, amagando la batalla. Al fin, un día que nuestros infelices soldados habían corrido veinte horas seguidas sin comer ellos ni los caballos, vagando de acá para allá, y hallándose al fin en el punto de donde salieron, que era el lugar de Granata, media legua de Villafranca, engañados por sus guías y sin acertar con el camino, hallando algunas provisiones, hicieron alto un momento para cobrar fuerzas y seguir la marcha. Mas no le dieron tiempo los contrarios: en el mismo punto cayeron sobre ellos franceses y almogávares en muchedumbre, y hallándoles desmontados á los más y á todos desfallecidos, sin cruzar la espada ni hallar la menor resistencia, hicieron á generales y soldados prisioneros, sin escapar alguno[19].
Causó tal desastre en Madrid horrendo espanto; culpábase al General, pero no era sino el Conde-Duque quien tenía la culpa de todo, por la elección que en él hizo y más aún por su absurdo mandato. Era el D. Pedro de Aragón, marqués de Pobar, poco capitán, como tan inexperto en tal ejercicio; pero nunca desmintió en sus intenciones lo honrado de su cuna, y parece aún respetable en su desdicha. Malogrado con este suceso el socorro del Rosellón, no tardaron en venir de allí mayores desastres, perdiéndose para siempre toda la provincia. Un ejército francés, compuesto de más de veinticinco mil hombres, mandado por los Mariscales de Schomberg y de la Meillerai, sitió sucesivamente á Colliure, á Perpiñán y Salsas, que eran las plazas que defendían la provincia, viniendo el mismo cardenal Richelieu con el rey Luis á los campamentos para dar mayor estímulo á los soldados. Colliure, donde estaba el de Mortara, se defendió valerosamente. La guarnición peleó varias veces con los franceses fuera de los muros, y en una de ellas entró uno de los cuarteles, y tomó y clavó seis piezas de artillería, haciendo gran destrozo en los enemigos. Logró éste al fin ocupar la plaza; pero el castillo, que era lo principal, quedó por los nuestros, hasta que luego, falto de agua á causa de haber destruído las bombas la cisterna, se rindió bajo honrosas condiciones, saliendo el marqués de Mortara con sus soldados para Fuenterrabía.
Perpiñán tuvo también que rendirse al cabo de tres meses de trinchera abierta y más de estrecho bloqueo, por falta de bastimentos, no sin consumir antes la guarnición todos los animales que se hallaron en la plaza, el pergamino, la lana y hasta algunos cadáveres, quedando reducida de tres mil hombres de que contaba á solos quinientos. Portóse como quien era el marqués de Flores Dávila, que allí mandaba, y bajo su mando, D. Antonio Caballero de Illescas comenzó á acreditarse de capitán esforzado. Perdióse con la plaza el mejor arsenal que entonces hubiera en España, tan falta de pertrechos y armas, pasando de veinte mil las de fuego que allí se contaban. Poco después entregó á Salsas sin mucha espera su gobernador D. Benito de Quiroga, pretextando falta de recursos. Tras esto se dieron todas las demás villas y lugares, y el Rosellón quedó hecho provincia francesa. Mientras esto pasaba del lado allá del Pirineo, fueron muy varios del lado acá los accidentes de la guerra, y si no tan desdichados, no tampoco muy favorables. Peleóse heroicamente en Tortosa, porque habiendo intentado apoderarse de esta plaza importantísima el mariscal de La Motte-Hodancourt, después de la destrucción del ejército del marqués de Pobar, fué derrotado, en tres asaltos consecutivos que dió, por su gobernador Bartolomé de Medina, asistiendo hasta las mujeres á las murallas: tanto era por España el amor de los moradores. Buen desengaño llevó también el francés en la villa de Tamarit de Litera; pues escarmentados los moradores con el saqueo horrible que ejecutó en ellos cuando como amigo lo recibieron en la villa, defendieron esta vez la entrada con tal esfuerzo, que no la logró sino á costa de muchas vidas, y aun así no pudo rendir á algunos de ellos que se encerraron en la torre: en cambio se apoderó de Monzón, defendida por D. Martín de Azlor, por falta de víveres, amenazando las provincias aragonesas.
Al propio tiempo D. Vicente de Aragón, enviado á la Conca de Tremp para promover algún favorable levantamiento entre los vasallos de su casa, tuvo que retirarse sin fruto alguno. Mil caballos franceses llegaron hasta dar vista á Vinaroz y llenaron de terror toda la comarca hasta Valencia; y el mismo La Motte-Hodancourt hizo una correría por el condado de Ribagorza con casi todo su ejército, aunque fué resistido de tal manera por los paisanos aragoneses, que tuvo que tornarse sin botín y con pérdida. También los navíos españoles de la escuadra de Dunquerque, que al mando del Almirante Feijóo estaban en las costas de Vinaroz desde que se deshizo la gran armada que hubo el año antes, pelearon con un trozo de armada francesa, y echaron á pique algunos buques y maltrataron otros después de diez horas de combate; pero acudiendo el resto de los bajeles enemigos, que eran muchos, tuvieron los nuestros que recogerse al puerto, y quedaron dueños del mar los franceses. Por tierra no había otro ejército que oponerles sino el del marqués de la Hinojosa, encerrado de nuevo en Tarragona y su campo; y aunque no dejaba su General de molestar á los enemigos con frecuentes algaradas y escaramuzas, todavía eran éstas insuficientes para traer alguna ventaja importante. En una de tales algaradas destrozaron los nuestros mil quinientos franceses y catalanes, degollando mucha parte, haciendo muchos prisioneros y tomando una gruesa cantidad de dinero que iban escoltando. Descubrióse por aquellos días en Tarragona una conspiración urdida por los frailes carmelitas descalzos para entregar la plaza al enemigo, los cuales se defendieron hasta morir los más en sus celdas cuando se les quiso prender. Pero ya en esto los franceses y catalanes, triunfantes en el Rosellón y en Cataluña, amenazaban por toda la frontera penetrar en el corazón de la Monarquía.
Clamaban los leales aragoneses, clamaban los valencianos, clamaba el mismo pueblo de Madrid porque el Rey saliese al opósito de los enemigos; sabíase que sólo alrededor de su persona podían ya juntarse ejércitos tan numerosos como se necesitaban; sabíase que sólo su presencia era capaz de infundir respeto en los rebeldes y de alentar á los leales; teníanse, en fin, las mayores esperanzas en aquella jornada, pedida, solicitada por todos desde el primer grito de rebelión que hubo en Cataluña, y ahora por la Reina misma y los principales señores de la Corte. Sólo el Conde-Duque se oponía á ella, temiendo que viendo de cerca las cosas sospechase el Rey su ineptitud para el mando, y que con el trato de los generales y las libertades que ofrece la campaña, tomase afición á otras personas que él, ó despertase de su ceguedad y letargo. Pero no pudiendo resistir al clamor de tantos, dispuso en fin la jornada; que para ser como el Conde-Duque hizo que fuera, más valía que no se hubiese ejecutado.
Convocóse de nuevo á todos los caballeros, hijosdalgos y nobles á fuero de España para que saliesen con el Rey al ejército, ordenando que los hijosdalgos llamados de privilegio que no asistiesen lo perdieran por su vida, que los dichos de sangre no pudiesen gozar en ningún lugar del reino oficio de tales ni tener hábitos en las órdenes, y que en los libros de cabildo y Ayuntamiento se apuntasen los nombres de los que habían cumplido con su obligación y de los que habían faltado á ella para que en todo tiempo constase. Mandóse al propio tiempo que no se diese licencia á los soldados, que se castigase severamente á los que huyesen de sus compañías para sentar plaza de nuevo, y que se registrasen todas las armas ofensivas y defensivas que poseyesen los moradores, así naturales como extranjeros, so grandes penas, sin duda con el fin de tomarlas para los ejércitos si hiciesen falta. Por último, se hicieron tales levas y enganches y requisas, que en Madrid, particularmente, no hubo en muchos días quien desempeñase ciertos oficios, ni quedó caballo en coche ó caballeriza.
Todo era menester y ojalá que con más rigor se hubiese celado el cumplimiento de las órdenes. Pero faltaba dinero para todo, y el Rey tuvo que rogar á los Grandes que hiciese cada uno un donativo para los gastos, según el patriotismo y riqueza de cada cual, por cuyo medio se juntó algún tesoro. Señalóse entre todos los Grandes el almirante de Castilla, Enríquez de Cabrera, el mismo que ganó la victoria de Fuenterrabía, olvidado del Conde-Duque por sus grandes merecimientos, el cual rogó al Rey que le diese permiso para enajenar su mayorazgo y destinar todo el producto al servicio de la patria. No se le dió; de suerte que no pasó de generoso el ofrecimiento del Almirante, que con esto añadió un título más á los muchos de patriotismo y de gloria que ya llevaba sobre su persona y nombre. Luego el Rey, con el dinero y gente reunidos, comenzó su jornada: salió de Madrid, llegó á Aranjuez, y no sin detenerse algunos días en aquellas delicias, pasó á Cuenca, donde también gastó mucho tiempo en placeres y festejos con que el Conde-Duque procuraba todavía deslumbrarle. Por fin, después de detenerse aún bastante en Molina de Aragón, llegó á Zaragoza. Al propio tiempo, aunque muchos títulos y Grandes, ó tibios patricios, ó sobrado airados contra el Conde-Duque, dejaron de concurrir á la jornada, con sus gentes se formó en el Ebro el nuevo ejército de hasta diez y ocho mil infantes y seis mil caballos, número grande después de tantos desastres, con veintidós piezas de artillería sacadas del castillo de la Aljafería, donde estaban para tener en respeto á la ciudad desde el tiempo de Felipe II, y algunas otras que quedaban en los tercios.
Llamóse para que mandase todas estas fuerzas al marqués de Leganés, que estaba de gobernador en Valencia; porque aunque muchos, recordando sus campañas de Italia, murmuraban que no convenía, amábale el Conde-Duque sobremanera, y esa era entonces razón que se prefería á todo. Por Maestre de campo general de aquel ejército fué Torrecuso, que era acaso más capaz que el de Leganés para mandarlo. Hubo esperanzas de que podría hacerse una campaña ventajosa. Á la par que el ejército, habíase equipado en Cádiz una armada compuesta de treinta y tres navíos de guerra, seis de fuego y cuarenta buques menores con nueve mil hombres de tripulación, la cual, reuniéndose con las galeras y los navíos de Dunquerque y Nápoles, que eran veinte, se presentó poderosísima en las costas de Cataluña á echar de ellas á los franceses y dar calor á las operaciones de tierra, mandada por el duque de Ciudad Real, separado ya del mando el duque de Fernandina, y aun alejado de la corte y preso el genovés Juanetín Doria por los enemigos á causa de haber naufragado en sus costas: de esta suerte, tanto por mar como por tierra nos hallamos iguales ó mayores en poder á los catalanes y franceses coaligados. Pero no quiso Dios, ó no permitieron las más veces los desaciertos del Conde-Duque que las imaginadas esperanzas se realizasen. El Rey no pasó de Zaragoza, preso casi en sus aposentos por el Conde-Duque, y no se mostró una vez siquiera al ejército, con vergüenza de la Corona y mengua de la persona del Rey, públicamente motejado de cobarde. Allí se entretenía Felipe en ver jugar á la pelota y en pasear en el río, mientras por mar y por tierra se jugaba á los trances inciertos de la guerra la suerte de la Monarquía.
Algo mejor se conducía que él la reina Isabel, que durante su ausencia había quedado de gobernadora en Madrid. Recorría los cuarteles; animaba á los soldados que iban á salir á campaña; vigilaba y apresuraba la organización de los tercios y compañías que se hacían en Madrid para el refuerzo de Cataluña, y buscaba dinero á toda costa. Entonces fué cuando D. Manuel Cortizos de Villasante, rico negociante de Madrid, á quien la Reina fué en persona á pedirle dinero sobre sus joyas, se negó hidalgamente á recibirlas, y sin alguna garantía la entregó hasta ochocientos mil escudos para que los enviase al ejército, que era entregarlos para no obtener más el cobro; acción loable y que honró tanto al vasallo como á la Reina.
Era el intento partir en dos trozos el ejército de Cataluña, el uno compuesto de las tropas que defendieron á Colliure, traídas por Mortara, y otras al mando de Torrecuso; y el otro trozo al del Capitán general marqués de Leganés, el cual debía bloquear á Lérida, mientras aquéllos iban al socorro del Rosellón. Pero sabida la rendición de Perpiñán y Salsas y la pérdida de toda la provincia, se puso toda la atención en Lérida. Salió el de Leganés propuesto á sitiarla con el ejército entero: ganó el lugar de Aytona; pasó el Segre y fué á sentar su campo delante de Lérida en el llano dicho de las Horcas. Halló ya al mariscal de La Motte al amparo de los muros con hasta dos mil infantes y tres mil caballos franceses y catalanes, fortificado en unas alturas que caen poco distantes de la ciudad. No era posible emprender el sitio sin desalojarlo, y por lo mismo no se dilató el ataque, mas fué con poca fortuna.
Pecaba el de Leganés de soberbio, y con su experiencia de la guerra despreciaba todo otro consejo y opinión que no fuese la suya, y más que teniendo tan por amigo al Conde-Duque, no reparaba en respeto alguno; por lo cual se condujo de tal suerte con Torrecuso, que al fin tuvo éste que abandonarle, viniéndose á Zaragoza con el Rey. Solía decir que renunciaría á la conquista de Francia si hubiera de hacerla por los consejos de un italiano. Con esto, mandaba solo el Marqués cuando se empeñó la batalla. Comenzóla Don Rodrigo de Herrera, Comisario general de la caballería, apoderándose con trescientos jinetes de una de las colinas y de una batería puesta en ella por los contrarios; pero acudiendo al refuerzo de éstos nuevas tropas, no tardaron en rechazar á los españoles. Entonces se hizo el combate general en toda la línea del enemigo, atacada vigorosamente por los nuestros, desde las diez de la mañana hasta bien anochecido, pero sin fruto alguno. Los franceses, como inferiores en número, no osaron tomar la ofensiva, y los españoles no supieron aprovecharse de sus fuerzas. Cometiéronse grandes desaciertos: ninguno supo á quién mandar ni á quién obedecer; todo era confusión, todo dar y deshacer órdenes; así se pasaron las horas, perdimos quinientos hombres muertos y muchos heridos, y llegada la noche se ordenó la retirada. No puede decirse que padeciéramos una derrota, porque tomamos tres cañones al enemigo, que no pudo quitárnoslos, ni osó luego perseguirnos, y porque el enemigo estaba fortificado y en lugar eminente; pero siempre fué desventaja notable el haber de renunciar al propósito de tomar á Lérida. Ni fué esto lo peor; sino que el ejército, metido de nuevo en sus cuarteles, se fué lentamente disipando; de suerte que al comenzar la siguiente campaña, de aquellos veinticuatro mil hombres apenas cinco mil quedaron en armas.
Acusóse también por ello al de Leganés, diciendo unos que no sabía mantener en los soldados la disciplina, y otros, menos piadosos aún, que los afligía con hambre continua, á fin de saciar á su costa la codicia desordenada que en él se había despertado. Pasión indigna de su valor, que sin duda lo tenía Leganés. También fué reprensible la vanidad con que se dió por vencedor de la batalla de Lérida, logrando engañar al principio al Rey; pero no tardó en venir el desengaño; y reunidas todas sus culpas, á pesar del parentesco y amistad del Conde-Duque, fué separado del mando y confinado á Ocaña, donde comenzó á formársele proceso por su conducta. Enseguida, avergonzado del espectáculo que estaba allí ofreciendo, se volvió el Rey á Madrid. Y entretanto la escuadra española, al mando del duque de Ciudad Real, queriendo ir al socorro del Rosellón, había pasado por delante de Barcelona, donde estaba M. de Brezé con la francesa, compuesta de cincuenta y nueve bajeles y veinte galeras, por habérsele incorporado la que mandó el Arzobispo de Burdeos, igual en poder á la nuestra. Salió Brezé del puerto, formó sus bajeles en línea y se empeñó un combate que duró todo el día, sin que la victoria se decidiese por alguna de las partes: al día siguiente volvieron á encontrarse también sin ventaja, quemándose y perdiéndose algunos bajeles, y quedando tan maltratadas ambas, que ni los españoles pudieron llegar al Rosellón, volviéndose á las Baleares, ni pudieron los franceses en mucho tiempo salir de Barcelona. Después de esta batalla, ni por mar ni por tierra volvió á emprenderse nada en mucho tiempo.
El conde de Monterrey, con D. Juan de Garay por Maestre de campo general, acabó de reunir en tanto su ejército en la frontera portuguesa. Pero como ni el estruendo de las armas pudiera hacerle olvidar sus comedias y lascivias, las operaciones de aquel General fueron muy lentas. Envió partidas ó escuadrones que hiciesen correrías desde Mérida y Badajoz, donde tenía acuarteladas sus tropas, á Olivenza y Elvas, haciendo algunos daños, sin que los enemigos, faltos al principio de toda ordenanza y disciplina, osasen oponerse á campo raso. Mas su principal ocupación fué mover tratos en las plazas para que las entregasen los moradores. Adelantólos en Olivenza, y aún se creyó que llegaría á rendirse la plaza, para lo cual fué á presentarse delante de sus muros D. Juan de Garay con un buen trozo de gente; pero llegando más tarde de lo convenido, descubrióse en tanto la trama y se frustró. Entonces el de Monterrey en venganza hizo quemar y talar todos aquellos confines y campañas, robándolo y abrasándolo todo, y los portugueses en cambio entraron en Galicia en número de más de seis mil hombres para arrasar el país. Salió á ellos D. Benito de Abraldes con poca gente, los detuvo y dió tiempo á que, llegando tropas de refuerzo, los pusiesen en fuga, persiguiéndolos hasta muy adentro de sus tierras. Intentó de nuevo el conde de Monterrey tomar á Olivenza de rebato, encomendándose la facción á D. José de Pulgar, hombre poco afortunado, el cual llegó de noche delante de los muros, y errando el petardo con que pensaba forzar la puerta, fué sentido y derrotado con pérdida de doscientos hombres.
No se tardó en acometer de nuevo á Olivenza, pero no con más fortuna, y en el ínterin los portugueses rindieron y saquearon á Valverde, valentísimamente defendida por D. Juan de Tarrasa, y entrando más adentro en la sierra, se apoderaron del lugar de Seijas con su castillo, bastante bien guarnecido. Hubo también no lejos de Olivenza un choque entre D. Juan de Garay y Antonio Gallo, portugués, en el cual uno y otro se atribuyeron jactanciosamente la victoria, y el Prior de Navarra, que mandaba en Galicia, obligó á retirarse á un Cuerpo muy numeroso de portugueses, que al mando de D. Manuel Téllez de Meneses y Don Diego de Pereira, entró á correr aquella provincia, sosteniendo algunos choques parciales con ellos en que hubo pocas pérdidas de ambas partes.
Estos fueron los hechos más brillantes de aquella guerra, reduciéndose todo lo demás á feroces correrías donde unos y otros quemaban sin piedad los pueblos, talaban los campos y degollaban á los habitantes con el mayor encarnizamiento. Los capitanes de uno y otro bando dejaban casi siempre á los contrarios hacer impunemente tales correrías, ó si acudían al reparo, era por lo común sobrado tarde. Al fin nuestra Corte, que era quien perdía con aquella inacción, porque en el ínterin los portugueses se fortificaban más y más, recibiendo tropas y auxilios de las naciones extranjeras y organizando su gobierno y ejércitos, determinó separar del mando de las armas al conde de Monterrey, y en su lugar envió al de Santisteban, que no mucho más experimentado y con tan insignificante fuerza como componía aquel ejército, no alcanzó tampoco ventaja. De nada sirvió la asistencia y práctica de D. Juan de Garay. El cardenal Spínola, que fué á Galicia á juntarse con el Prior de Navarra, no hizo tampoco más que él, ni el duque de Alba, que estaba á la parte de Ciudad Rodrigo, logró ejecutar cosa digna de su nombre. Todo se volvía cambiar de caudillos en aquella frontera; todo repartir trozos é imaginar acometimientos; pero la verdad era que no se hacía nada de provecho, ni eran las fuerzas tampoco para que se hiciese.