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Historia de la decadencia de España

Chapter 19: LIBRO SÉPTIMO
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About This Book

El autor recorre las causas y acontecimientos que, a su juicio, condujeron al declive de España desde el advenimiento de Felipe III hasta la muerte de Carlos II. Presenta una narración cronológica de episodios políticos y militares y expone análisis sobre la corrupción administrativa, la presión fiscal, las crisis económicas y las debilidades institucionales. Combina fuente documental, juicio crítico y digresiones interpretativas para vincular decisiones de gobierno con cambios sociales y diplomáticos. El texto aspira a ofrecer una explicación coherente de la decadencia nacional más que una mera sucesión de hechos.

Por este tiempo ya todas las posesiones portuguesas en América, África y Asia habían reconocido por Rey al duque de Braganza. Gobernadas por portugueses, y no habiendo en ellas más que tropas portuguesas que las defendieran, unas primero, otras después, se fueron alzando contra España sin resistencia alguna: Ormuz, Goa, Pernambuco, el Brasil, tan azotado de los holandeses, Angola y las Islas Terceras: sólo Ceuta quedó en nuestro poder por lealtad del Gobernador el marqués de Torresvedras al Rey de España. Pudo decirse que sólo por mar nos sonrió la fortuna contra portugueses, porque habiendo encontrado el duque de Ciudad Real con la armada de España á una holandesa que había venido en ayuda de ellos, la derrotó, echándola algunos navíos á pique y obligándola á refugiarse en sus puertos: fué este combate á la vista del Cabo de San Vicente.

Italia era teatro al propio tiempo de nuevos contratiempos. Había reemplazado al marqués de Leganés en el gobierno de Milán el conde de Siruela, D. Juan Velasco de la Cueva, otro de los privados del Conde-Duque, al cual, ya que no tuviese grandes méritos, no le faltaba alguna sagacidad y prudencia; mas quiso la suerte que desde el primer día se continuase la mala inteligencia con el príncipe Tomás de Saboya, no habiendo cosa al fin en que los españoles y el saboyano estuviesen de acuerdo. Sitió el conde de Harcourt á Montcalvo y la tomó, y en seguida se puso sobre Ivrea. Defendiéronse valientemente los sitiados, rechazando en varios asaltos á los franceses, y en tanto el príncipe Tomás y el conde de Siruela acudieron á levantar el cerco. Hubo un choque empeñado entre los sitiadores y las tropas del príncipe Tomás, mas sin efecto alguno, y negándose Siruela á comprometer una batalla general, discurrieron los aliados para llamar la atención del enemigo ponerse delante de Chivas. No se les malogró el intento; porque apenas lo supo Harcourt, alzándose de sobre Ivrea vino al punto al socorro, y los nuestros, que no pretendían otra cosa, se retiraron sin que el enemigo pudiese obligarlos á venir á la batalla. En seguida rindió Harcourt el castillo y villa de Ceba y la plaza de Mondovi, y luego se puso sobre Coni, plazas de las más importantes del territorio, y á pesar de los esfuerzos de nuestros generales, la tomó á los cuarenta y seis días de trinchera abierta, mientras los españoles sitiaban á Montcalvo. Acudió el francés al socorro de esta última plaza y no pudo conseguirlo, con que tuvo que rendirse á nuestras armas; mas poco después, falto el de Siruela de soldados, sacó la guarnición y demolió las fortificaciones. Al propio tiempo el príncipe Tomás, que quiso sorprender á Querasco, fué rechazado con alguna pérdida. Con esto terminó la campaña de 1641 por aquella parte, quedando más enconados que nunca el conde de Siruela y los príncipes de Saboya.

Enviaron éstos á Madrid Embajadores á quejarse al Rey de la conducta de los Ministros españoles, y hubo varias conferencias y tratos; pero en el ínterin se compusieron ímpesada y cautelosamente con la Corte de Francia y la regente de Saboya y volvieron contra nosotros sus armas. Dió esto ocasión sobrada para que se sospechase que algunas de sus quejas contra los españoles y sus Embajadas, tenían por objeto ocultar el intento de la defección, y hacerla más dañosa. La verdad era, que muerto el conde de Soissons, en la batalla de Sedán, la princesa de Cariñán, su hermana, mujer del príncipe Tomás, que estaba á la sazón en Madrid, tenía á sus bienes pretensiones, las cuales no parecía que pudieran hacerse valer sin reconciliarse con los franceses. Además, tanto Tomás como su hermano Mauricio, viendo claramente perdida la grandeza de España, más querían ser ingratos que víctimas.

De todos modos, el suceso no pudo sernos más funesto. Estuvo oculto el Tratado bastante tiempo para que los príncipes de Saboya pudiesen ir sacando astutamente las guarniciones españolas de la mayor parte de las plazas, y con efecto lo consiguieron, no sospechándose aún su deslealtad, y cuando fué pública, reunido el príncipe Tomás con los generales franceses, tomaron á Niza de la Palla, Verrua, Crecentino y Tortona, valerosísimamente defendida esta última plaza de los nuestros, primero en el recinto de ella, luego en el castillo. Era tan importante, que el conde de Siruela no quiso dejarla perdida, y como vió que los franceses y saboyanos se habían retirado del sitio, llegó allí con sus tropas, hizo reparar las líneas de circunvalación, y se fortificó en ella. Acudieron al socorro el príncipe Tomás y el conde Du Plessis que entonces gobernaba á los franceses; mas vieron tan bien dispuestos nuestros cuarteles, que no osaron acometerlos, y la plaza se rindió á los cuatro meses de sitio. Dejó así con honra el de Siruela el mando, que desde Flandes vino á recoger el marqués de Velada D. Antonio Sánchez de Ávila, tornándose á España. Ni fué la defección de los saboyanos la única que padeciésemos entonces en Italia.

Desde el tiempo de Carlos V tenían los españoles guarnición en Mónaco, cabeza del Principado de este nombre, y puerto, aunque pequeño, esencialísimo para la navegación de España á Italia y para el socorro de aquellos Estados, mucho más habiéndose dejado perder el de Final, que con este objeto tomó el gran conde de Fuentes. Era ahora príncipe de Mónaco D. Honorato Grimaldi, príncipe de Carpiñano, ricamente heredado en Nápoles y Milán, y hasta entonces leal vasallo de España; y viendo tan decaídas las cosas de España, abrió las puertas de la ciudad á los franceses. Los soldados españoles del presidio, aunque sorprendidos con aquella traición impensada, y sueltos y desarmados, no dejaron de defenderse por eso, muriendo muchos antes de abandonar la plaza, entre otros el capitán Esporrin, natural de Jaca, que los mandaba, peleando gloriosamente por su persona; mas al fin tuvieron que ceder. Pérdida también muy sensible y de mucha consecuencia para en adelante.

Volvíanse en esto todos los ojos y todas las esperanzas de España á Flandes. Allí era donde estaban recogidas las reliquias de los temibles tercios de Carlos V y de Felipe II; allí donde se conservaba la antigua escuela militar, el antiguo estímulo y hasta la antigua gloria; y allí, por último, estaba el hombre de más mérito que quedase en la Monarquía: el Cardenal Infante. Formóse aquel ejército con los mejores tercios españoles que pasaron de Italia al mando del duque de Alba casi ochenta años antes, y habíase luego repuesto con la gente vieja de Nápoles, Sicilia y Lombardía, y con los tercios que trajo el Infante cuando vino á los Estados y vencieron en Nortlinghen. Durante tan largo espacio de años mantúvose peleando y venciendo casi siempre en batalla, muriendo hoy uno, luego otro al filo de la espada, todos los capitanes y soldados, y rellenándolos lenta y perezosamente tal ó cual aventurero impaciente, tal otro perseguido en la Patria por pendenciero y retador, muchos sedientos de gloria, y no pocos sin familia ni hogar, ganosos de fortuna. Conforme iban llegando de España los bisoños, recogíanles los antiguos cabos, adiestrábanles y les enseñaban los severos principios de aquella milicia, y así todos se hacían unos á poco tiempo, y parecían los tercios de ahora los mismos que vencieron en Mulberg y en Pavía.

Ni era su general indigno de los de aquella época de gloria, ni sus capitanes, el conde de la Fontaine, el duque de Alburquerque y otros desmerecían de los primeros. Aguardábase por lo mismo en España que con poderosas diversiones por aquella parte se llamase de tal modo la atención de los franceses, que no pudieran acudir con fuerzas muy grandes á Cataluña y á Portugal é Italia. Y cierto que á los principios bien pudieron dar aliento á tales esperanzas, porque fueron muy gloriosos. Mas aconteció lo que entonces acontecía ya en todo, que al paso que los extranjeros reparaban fácilmente sus pérdidas, nosotros no podíamos sobrellevar las nuestras, porque nuestros grandes capitanes no hallaban sucesores ni reemplazo los valientes soldados: así todo lo ganado á mucha pena en largo tiempo y con grandes triunfos, perdíase de un golpe en una sola derrota. No había, como solía suceder, recursos ni dinero para comenzar nuevas campañas después de aquélla que concluyó con la toma de Arras por los franceses. La gente estaba desnuda y falta de todo; mas el Cardenal Infante, con su buen gobierno, logró recoger subsidios de los pueblos, y hubo capitanes, como el duque de Alburquerque, que con patriótico desprendimiento vistieron á su costa los tercios y sacrificaron la propia hacienda para mantener la campaña. Comenzáronla los enemigos coaligados sitiando el mariscal de la Meillerie la importante plaza de Ayre, y el de Orange la de Genep. El conde de la Fontaine, Maestre de campo general, con un trozo de españoles se opuso á este último; pero no pudo salvar á Genep, y Ayre se rindió también, aunque después de defenderse valerosísimamente. En esta ocasión dió una muestra insigne de sus talentos militares el Cardenal Infante.

No teniendo reunido bastante ejército para el socorro, se estuvo apostado en las inmediaciones mientras duró el asedio, esperando refuerzos, y llegando tarde con ellos el barón de Lamboy, no pudo impedir la rendición de la plaza. Los enemigos antes de alzarse de su campo fortificado quisieron, naturalmente, dejar aprovisionada la plaza, y para eso enviaron por un gran convoy; mas el Cardenal Infante maniobró de suerte que se puso entre el campo francés y el convoy, tomando por asalto la importante villa de Liliers y enseñoreándose de todo el país. Entonces los franceses se vieron forzados á dejar sus líneas separándose como media legua para salvar el convoy, y el Infante, que no deseaba otra cosa, se metió rápidamente en ellas, sin que pudiesen ya estorbárselo. Allí, fortificado en los mismos reductos y baterías de los franceses, que no habían tenido tiempo de deshacerlos todavía, sitió de nuevo la plaza, la cual, no provista de municiones ni bastimentos, tuvo que rendirse. En vano los enemigos, burlados tan extrañamente y reforzados con numerosas tropas que trajo el mariscal de Brezé al de la Meillerie, intentaron forzar las líneas que ocupaba el Cardenal Infante; habíanlas ellos tan cuidadosamente fortificado antes, que ahora á su abrigo fueron invulnerables los nuestros.

Pero esta fué la única hazaña del Cardenal Infante; ni siquiera tuvo la satisfacción de ver rendida la plaza tan hábilmente ganada. Su salud, ya decadente con tantas fatigas y trabajos, acabó de llevar el último golpe con unas malignas tercianas que le acometieron en el campamento, y tuvo que dejarlo y retirarse á Bruselas, donde murió á poco tiempo de padecer penoso, llorado del ejército y del país por sus buenas cualidades, y muy sentido en España, aunque no tanto como merecía lo grande de la pérdida. Su cadáver vino al Escorial, donde reposa entre sus antepasados. Desde la muerte de Ambrosio de Spínola no había habido otra tan irreparable y tan dolorosa. Hábil político y capitán valiente y diestro, tenía también el Cardenal Infante muy alto patriotismo y una abnegación y dignidad que comenzaban á echarse harto de menos en la corrompida Corte de España. Así, cuando se habla de las desdichas de estos años fatales, es imposible dejar de contar entre las mayores su muerte. Ella fué también anuncio y preludio de otras que remataron nuestra ruina. Sucedió en el Gobierno una Junta compuesta de D. Francisco de Mello, conde de Azumar, del marqués de Velada, del conde de la Fontaine, D. Andrés Cantelmo, que eran los primeros jefes de las armas, y el Arzobispo de Malinas, hasta que sabido el suceso en nuestra Corte se nombró por Gobernador único de los Estados mientras iba persona real que lo reemplazase, al de Azumar, D. Francisco de Mello.

Era este de noble familia portuguesa, y acaso de las honradas de aquel reino; mas no debía andar sobrado de fortuna, y muy joven aún, se vino á la corte de España para obtenerla. Aquí contrajo amistad muy estrecha con Olivares, y cuando murió Felipe III, no bien comenzada la privanza de aquel Ministro, fué ya nombrado Gentilhombre del Rey. Mantúvose por acá muchos años sin obtener empleo, hasta que por los de 1639 fué enviado al virreinato de Sicilia, cargo harto mayor que sus servicios y merecimientos. Sobrevino allí á poco la rebelión de Portugal, y Mello permaneció fiel á España, y tantas fueron las demostraciones de su lealtad, que al tiempo mismo en que los demás portugueses, por bien reputados que estuviesen, eran cuidadosamente vigilados, cuando no perseguidos, él recibió el mando de la Alsacia, y el cargo de plenipotenciario en Alemania. De estos empleos, sin experiencia alguna de ejércitos, fué traído por el favor solo del Conde-Duque al difícil gobierno de los de Flandes.

Fueron los principios de este General tan prósperos, como desdichados los fines. Tomó el mando del ejército delante de Ayre, y en sus manos se rindió la plaza. Para divertirlo de aquel asedio entró aún la Meillerie por Arras; apoderóse de Lens y Villeta, villa de poca defensa; pasó á la Bassée, puesto importantísimo para cubrir el país de Lila, que á la sazón se estaba fortificando, y por no hallarse acabadas las fortificaciones no se había plantado en ella la artillería; así la tomó en pocos días, con que corrió todo el país. Adelantóse hasta Lila, y acometió dos veces los Burgos, de donde fué rechazado por hallarse allí ya tres mil infantes, con dos mil caballos que habían salido de las líneas de Ayre. Entonces M. de la Meillerie escribió al magistrado pidiendo neutralidad; pero los ciudadanos se mostraron muy fieles, con lo cual se retiró de allí y acometió á Armentieres, desde donde, si la tomaba, podía cortar los víveres al sitio de Ayre, y penetrar en el país hasta Brujas: fué también rechazado. Volvió á dar vista á Lila, y luego se retiró quemando y destruyendo todo aquel país hermosísimo. No pudo sufrir más el de Azumar, y adelantó un Cuerpo de doce mil hombres para salir al apósito. El enemigo fué á sitiar á Bapaume, y en su seguimiento fué Mello esperando alguna buena ocasión para romperle. Entre tanto Ayre pidió capitulación, y con esto terminó la campaña. En la siguiente, que comenzó muy temprano, Mello envió al conde de la Fontaine delante de Lens y la tomó, y después recobró también á la Bassée. Vinieron al socorro de esta plaza los mariscales d'Harcourt y de Grammont, que mandaban ahora las tropas francesas; mas no pudieron lograr su objeto, y permanecieron acampados y fortificados á orillas del río Escalda junto á Honnecourt, en paraje y manera que parecía inexpugnable. El Escalda los espaldaba, y extendiéndose por uno de sus costados, daba lugar á que este fuese defendido por un bajel anclado; el otro costado estaba apoyado en un bosque; el frente lo defendían tres buenos baluartes y una trinchera y foso que saliendo del río con media pica de ancho, volvía á entrar en él, dejando encerrado en su arco el campo francés.

Supo D. Francisco de Mello maniobrar entonces diestramente; envió hacia Hesdin un destacamento de tropas; con lo cual Harcourt, para precaver algún golpe de mano, salió de las fortificaciones con mucha parte de sus fuerzas, dejando dentro al conde de Guiche, conocido por el mariscal Grammont, con el resto, que serían hasta doce mil hombres. Luego al punto embistió las líneas enemigas con veinte mil soldados. El duque de Alburquerque tomó con su tercio los baluartes y la artillería, á pesar de una resistencia desesperada, y el marqués de Velada, que mandaba la caballería nuestra, deshizo al salir de las líneas la de los contrarios; con que después de seis horas de combate fueron estos derrotados dentro de las fortificaciones que juzgaban inexpugnables, y puestos en total fuga y dispersión, dejando en el campo dos mil quinientos muertos, tres mil prisioneros, toda la artillería y bagaje, la caja militar que tenía cien mil escudos, y todas las banderas y estandartes, entre otros el llamado de San Remigio, que era el blanco y no se había perdido nunca, y la bandera de la coronelia del Delfín, las cuales fueron colgadas en los templos de España. Grammont huyó seguido de muy pocos, y no paró hasta Quintín.

Fué gloriosísima esta batalla, y más porque siendo tanto el estrago de los enemigos, no pasó nuestra pérdida de doscientos muertos y pocos heridos; pero no tan fecunda como debía esperarse, porque en todo el resto de la campaña no se hizo otra cosa que vagar por uno y otro lado y hacer algunas incursiones por el territorio enemigo, fatigándose y disminuyéndose las tropas con inútiles marchas. Atribuyóse esto á la división que hubo entre los capitanes españoles, que no tenían á Mello, falto de autoridad y de antiguos servicios, todo el respeto que debieran. Pretendió acaso remediarlo la Corte enviándole á Mello en recompensa de la victoria de Honnecourt, con título de marqués de Tordelaguna, grandeza de España para su casa, y al propio tiempo le instó para que hiciese diversión bastante á sacar á los franceses de Cataluña.

Con estas victorias, para la campaña de 1643 se hicieron los mayores preparativos. Juntáronse hasta veinte mil infantes y seis mil caballos, los mejores de Flandes, en los cuales iba casi toda la gente española que había en los Estados. Dividió el de Tordelaguna y Azumar su ejército en dos trozos, y dejando como en reserva el uno de seis mil hombres á Beck, Coronel de alemanes, que desde la humilde condición de cosaco había llegado á aquel punto por sus servicios y virtud militar se adelantó con el otro, donde había hasta diez y ocho mil infantes y sobre dos mil caballos, llevando al conde de la Fontaine por Maestre de campo general, y al duque de Alburquerque, D. Francisco de la Cueva, por General de la caballería, ausente el marqués de Velada para el gobierno de Milán; y entrando en la provincia de Champagne puso cerco á Rocroy. Acababa de ser nombrado por los franceses gobernador de esta provincia el gran príncipe de Condé, todavía duque de Enghien, joven de veintidós años, muy deseoso de vengar la vergüenza que había hecho recaer sobre su casa la fuga de Fuenterrabía, y bajo su mando estaban los generales de l'Hopital, de Gassion, de Espanau y de la Ferté Semetièrre, con diez y siete mil infantes y tres mil caballos. No bien supo Condé que el marqués de Tordelaguna, D. Francisco de Mello, sitiaba á Rocroy, se determinó á rechazarle de allí á toda costa, á pesar de que los viejos Mariscales que tenía á sus órdenes calificaban de temerario el intento. Eralo sin duda, y á no ser por las grandes faltas que cometieron los nuestros, la ruina del ejército francés hubiera sido completa, como lo fué la de los españoles.

Está Rocroy situada en medio de una llanura, rodeada de bosques y pantanos, sin otra puerta ó entrada que un peligroso desfiladero: con sólo guardar éste por algunas compañías de soldados, era imposible el paso y el socorro intentado por los enemigos. Pero Tordelaguna, que quería la batalla, y que ensoberbecido con sus anteriores ventajas, menospreciaba imprudentemente á los contrarios, les dejó entrar en la llanura pacíficamente, sin tomar otra precaución que la de ordenar á Beck que viniese en su ayuda con la reserva. No faltó luego quien le aconsejase que fortificase ligeramente su campo; pero Mello tampoco quiso dar oídos á consejo tan prudente; antes se salió de él y formó su ejército en batalla. Levantábase un tanto la llanura por la parte de la ciudad que ocupaban los españoles; descendía luego suavemente, y volvía á levantarse por la parte del desfiladero adonde estaban los franceses. De ellos á nosotros corría uno de tantos bosques como por allí había, el cual, comenzando no lejos de la derecha de los franceses, terminaba á la izquierda de nuestro campo. Mello hizo ocupar este bosque por una manga de mil mosqueteros, y al duque Alburquerque D. Francisco de la Cueva, le dió el mando del ala izquierda que en él se apoyaba con buena parte de la caballería y la infantería italiana y walona; en el centro, y allí donde más se alzaba el terreno por nuestra parte, plantó el grueso de la mejor infantería española, gobernada de aquel conde de la Fontaine, Maestre de campo general, con la artillería; y en el ala derecha se puso él propio con el resto de la caballería, y alguna infantería española y extranjera. El duque de Enghien dió frente á los nuestros á la otra parte alta de la llanura, poniendo al mariscal d'Espenan, aquél que defendió á Salsas, en el centro con el grueso de la infantería francesa y mercenaria; el ala izquierda opuesta á Mello la fió á los mariscales de l'Hopital y de la Ferté: y en el ala derecha contra Alburquerque se colocó él mismo con Gassion, distribuyendo entre las dos alas su numerosa y escogida caballería. Á la espalda dejó en reserva, con buen número de tropas, al Barón de Sirot, soldado de mucha nota. Ambos generales ardían en deseos de venir á las manos: Mello, sin embargo, aguardaba á que llegase Beck con la reserva para comenzarla, y aun por eso quizás no había cuidado de dejar alguna gente á la espalda en su orden de batalla: mas el de Enghien, advirtiendo el propósito de su enemigo, se apresuró á venir á las manos.

Día 19 de Mayo, al amanecer, se rompió el fuego: comenzólo Enghien embistiendo poderosamente el bosque donde apoyaba sus escuadrones Alburquerque, que era la llave de nuestra posición; por lo mismo debieron sostenerlo los nuestros hasta el último extremo, pero no se hizo, y después de una sangrienta escaramuza, nuestros mosqueteros fueron de allí desalojados. Entonces Enghien avanzó con toda su ala formada en batalla; pero la espesura del bosque desordenaba su gente, y para evitarlo hubo de acudir á una traza de más efecto que la que imaginó en un principio. Mientras él continuaba avanzando con la primera línea de sus escuadrones á lo largo del bosque, ordenó al mariscal Gassion que recorriese la segunda, y rodeando con ella el bosque mismo, vino á caer por el otro lado sobre los nuestros. Ejecutólo Gassion con notable presteza y arrojo; halló desprevenido al de Alburquerque, que solo atendía al ataque de Enghien, y aprovechándose de la sorpresa deshizo en pocos momentos nuestra caballería. En vano Alburquerque acudió ya al reparo peleando bien por su persona: fué herido y obligado á retirarse: con que dejó expuestos á la furia de los caballos enemigos los tercios walones é italianos, que no tardaron en tomar la fuga. Entre tanto los mariscales de l'Hopital y de la Ferté habían embestido nuestra izquierda con mucho denuedo; pero saliendo contra ellos D. Francisco de Mello deshizo sus caballos y acuchilló sus infantes, y preso la Ferté y herido l'Hopital, todo se lo llevó por delante en completa derrota.

Hasta aquí la batalla estaba igual por ambas partes: los escuadrones que componían el centro en uno y otro ejército, no se habían embestido todavía: de las alas una por cada parte quedaba deshecha. Pero entonces cabalmente se vió la diferencia de talento en los caudillos. Mello con su caballería no pensaba más que en perseguir á los fugitivos juzgando ganada la batalla, cuando tropezó con el escuadrón de la reserva que traía Sirot, á cuyo abrigo comenzaron á recogerse las reliquias del ala izquierda enemiga. Trabóse un reñido combate, y entre tanto el de Enghien, sabido el destrozo de su ala, repartió acertadamente su gente en dos Cuerpos; con el uno envió á Gassion por detrás de nuestro mismo centro á embestir á la infantería vencedora de Mello, y con el otro fué él propio á sostener á Sirot con nuestra triunfante caballería. Esta, gobernada del mismo Mello, se sostuvo bien al principio, pero acometida por fuerzas tan superiores, no tardó en dispersarse, sin que el General fuese de los últimos que apelasen á la fuga. La infantería por tan breves momentos vencedora, fué acuchillada sin piedad á un tiempo por Gassion que la cogió por la espalda, y por Enghien y Sirot y toda la caballería francesa. Allí murieron muchos, pocos huyeron, algunos se recogieron confusamente al centro donde estaba el grueso de la infantería española, altas las picas, preparados los mosquetes y arcabuces, inmóvil é intacta todavía. El conde de la Fontaine, lorenés, ganó aquel día incomparable prez y gloria. Doblado al peso de los años, y enfermo y desfallecido, se había hecho traer en silla de manos, no queriendo en tal ocasión desamparar á los viejos tercios, que tantas veces había acompañado á la pelea. Desde allí vió los varios trances de la batalla sin poder obrar nada, porque d'Espenan, aunque no osaba acometerle, le amenazaba sin cesar con iguales ó mayores fuerzas, y descomponer su ordenanza habría sido entregar sus infantes al hierro de los caballos enemigos en un momento vencedores. Lo que hizo fué recoger y amparar á los infantes fugitivos que acudieron á sus escuadrones y ordenar á éstos en cuatro frentes: los mosqueteros y arcabuceros en las primeras filas; las picas detrás, y en el centro del cuadro que se formaba, los cañones: de modo que, abriéndose á cada momento los soldados, pudieran disparar sobre seguro los nuestros. No tardó Enghien, recogida su caballería y ordenada, en caer sobre el centro. Serenos é inmóviles los infantes españoles, la dejaron llegar á cincuenta pasos, y allí dispararon sobre ella tal rociada de balas, que la hicieron volver las espaldas con no menos precipitación que venía á dar la acometida. Volvió Enghien á cargar dos veces más, y ambas fué rechazado de la propia suerte con horrible estrago, sin que se notase en los nuestros señal de desorden ó recelo. Entonces todo el ejército enemigo vino á cercar el cuadro, azotándole con la artillería, combatiéndole con furiosos asaltos, y hallando desesperada resistencia.

Prolongóse aquel desigual combate mucho tiempo, consumiéndose poco á poco los infantes españoles, mas sin ceder un punto, y acrecentándose cada momento la saña del enemigo al ver que un trozo de infantería desamparado de todo el ejército osase disputarle la victoria. Al cabo, abiertos ya por todas partes los escuadrones, flacos y rendidos, algunos capitanes españoles pidieron capitular. Adelantábase el de Enghien á oir sus proposiciones, cuando otros de los nuestros, ó no queriendo capitular aún en tal extremo, ó interpretando mal el movimiento del general enemigo, y suponiendo que venía á embestirles de nuevo, dispararon su arcabucería. Gritóse traición por ambas partes y de nuevo se comenzó el combate, aunque ya más bien podría llamarse matanza. La caballería francesa, hallando claras las filas, vacíos los puestos de soldados y llenos de cadáveres, penetró al fin en el cuadro y hubieron de lidiar los nuestros, sueltos y sin orden, uno contra veinte, no ya por la victoria ó por la vida, sino sólo por la reputación de su nombre. Cayó el conde de la Fontaine de su silla despedazado de heridas, y pisotearon sus venerables canas los escuadrones franceses; cayó el valiente Maestre de campo Don Iñigo de Velandia y casi todos los capitanes. El de Enghien corría de acá para allá, conteniendo la saña de sus soldados, por salvar las pocas vidas que quedaban de aquellos valientes españoles; mas como ellos no querían ya las vidas y peleaban valerosamente por dondequiera espantando aún á sus enemigos, no hallaban piedad alguna. Sin embargo, logró salvar el de Enghien al Maestre de campo D. Jaime de Castellví y algunos soldados de nota, todos heridos ya, ó sin fuerza para mover el hierro. En esto asombró á los franceses el espectáculo de uno de los tercios, que formado el cuadro de por sí: peleaba con tanta bizarría y resolución como si entonces comenzase la batalla. La comandaba el conde de Villalva D. Bernardino de Ayala, noble caballero enviado á servir en Flandes por castigo, de los más valerosos que hubiese entonces en aquellas provincias. En vano los franceses acometieron una vez y otra aquel tercio invencible: murió Villalva, murieron casi todos los capitanes, y no por eso cejaron los soldados. La artillería francesa inundó de sangre el reducido ámbito que ocupaba el tercio; mas no pudo romper sus frentes. Bramaban de cólera los enemigos al contemplar que un puñado de hombres osase disputarles todavía tan gloriosa victoria; redoblaban á cada momento sus esfuerzos, y siempre en balde. Al fin el de Enghien, joven y valeroso, admirando el valor de aquellos viejos soldados, que no sabían dar la espalda al enemigo, ni rendir las espadas heredadas de los vencedores de Ceriñola y San Quintín, les ofreció honrosos y nunca oídos conciertos, que fué que saliesen del campo con los honores mismos con que suelen salir las guarniciones de las fortalezas, y que libres y con armas fueran puestos en tierra española. Con tales condiciones no pudieron negarse á capitular. Creyóse al principio que los franceses los traerían á Fuenterrabía para cumplir los pactos; pero sin duda les pareció menos peligroso dejarlos en Flandes que ponerlos á punto de reforzar nuestras armas en Cataluña, y allí los dejaron. Años adelante, aquel tercio era conocido aún en Flandes, por memoria de su hazaña, con el nombre de Tercio de la Sangre.

Mucha derramaron en aquella ocasión los enemigos; y tanta ó más los nuestros. Dejamos ocho mil muertos en el campo; los prisioneros llegaron á seis mil, casi todos extranjeros; veinticuatro cañones, las banderas, bagajes y cajas militares. Muy pocos pudieron salvarse al amparo de Beck, que llegó con sus tropas al campo de batalla cuando acababa de capitular el último tercio. Mello se refugió avergonzado en Bruselas. Allí acabó la infantería española que había fatigado á la tierra y encadenado los ejércitos de todo el mundo por cerca de dos siglos. Acabó con tanta gloria, que aún los franceses recuerdan con admiración la respuesta de uno de los capitanes españoles prisioneros, al cual preguntándole por el número de soldados que tenía su tercio, contestó friamente: «Contad los muertos.» La ineptitud de Mello, la flaqueza de nuestra caballería, y aún la poca resistencia que allí tuvieron los tercios italianos y walones, nos arrancaron la victoria que el valor de nuestra vieja infantería hubiera hecho indudable. No contemos más desde este día á España entre las grandes naciones militares: era Roma y va á ser Cartago: manos mercenarias la defenderán casi siempre en adelante (1643).

Llegó á Madrid esta nueva infausta á poco de caer de su privanza el Conde-Duque y cuando la Corte se hallaba aún tan regocijada con tal suceso, que no tuvo espacio para llorarla como debía. No habían desdicho las últimas medidas del favorito del resto de su administración, que toda se volvía imaginar arbitrios buenos ó malos, aplicando sin cordura los malos y dejando de aplicar los mejores. Todavía en 1642, meses antes de su caída, hizo publicar una pragmática, bajando el valor de la moneda de vellón, que él mismo había hecho subir en 1636: de modo que las piezas de seis maravedís valiesen uno solo, con que hubo tal confusión y espanto, que apenas se hallaba de comer en Madrid mismo. Algo menos infeliz anduvo al querer llamar de nuevo á los judíos; pero no era él hombre de llevar á cabo tamaña empresa, y así fué que con sólo haber puesto la Inquisición mal ceño, desistió del propósito; ni era esto tampoco, verdaderamente, para ejecutarlo de pronto, ni para atender á males tan inmediatos y urgentes. Los soldados, testigos de su flojedad y del papel indigno que hacía representar al Rey en paz y en guerra, llegaron á aborrecerle mortalmente, y estando en Molina de Aragón con el Rey, de una compañía que hizo salva al pasar su coche, salió una bala, que hirió dentro de él al enano con que entretenía sus ocios y penas, y puso á riesgo su persona, sin que pudiera averiguarse el autor de tal hecho.

No lo odiaban menos en la Corte, donde hubo ya una conjuración para matarle en los primeros años de su privanza, que no tuvo efecto. Cada día su altanería y sus injusticias le atraían nuevos enemigos, y pronto se formó de ellos una especie de partido ó bandería muy poderosa que sin descanso trabajaba en su daño. Á la cabeza de este partido estaba la misma reina Doña Isabel de Borbón. Era diestra aquella mujer, como criada en la Corte de María de Médicis, orgullosa además y dominante de suyo, no podía llevar con paciencia el poco respeto del Conde-Duque, y desde los principios habíase propuesto derribarle de la privanza, siendo el no haberlo conseguido sino al cabo de tanto tiempo grandísima muestra de las profundas raíces con que la tenía afirmada en el corazón del Rey. Como tenía puesta cerca de la Reina, para vigilarla, á su mujer, Doña Inés de Zúñiga, dama de no vulgar talento y completamente imbuída en los intentos de su esposo, ésta, ejerciendo en Palacio y en el cuarto real una opresión verdaderamente insoportable, tratando de igual á igual á las Princesas, como la de Mantua y la de Cariñán, y aún poniéndose en las ocasiones delante de ellas, y echando ó intimidando á todas las demás señoras de la Corte, le ayudó mucho á parar y deshacer los golpes y manejos de sus enemigos. Pero la Reina, más irritada á medida que se sentía más oprimida y con menos influencia sobre su marido, estuvo acechando cuidadosamente la ocasión de castigarle. Ofreciéronsela cumplida los recientes desastres, y más que otro alguno el de la pérdida de Portugal, que tan profunda impresión hizo en el ánimo del Rey. Indignada la Reina lo propio que los Grandes y todo el pueblo con aquella nueva y triste muestra de la ineptitud del favorito, y alentada con la desconfianza con que comenzaba á oir su esposo los consejos que aquél le daba, apresuró y redobló las hostilidades. Ella fué principalmente quien inclinó al Rey á que hiciese la jornada de Cataluña, á fin de que viese por sus mismos ojos el estado de las cosas.

De vuelta en Madrid se atrevió ya á representarle con vivos colores los desaciertos y maldades del Conde-Duque, y aun mostrándole un día al príncipe don Baltasar, su primogénito, dijo con lágrimas que por causa de tal ministro había de llegar un día en que se viese reducido á la condición de caballero particular. Á este tiempo ya los Grandes no asistían á Palacio ni al servicio del Rey: el clero, el pueblo, todo el mundo, conjurado contra el favorito, ayudaba invisiblemente á la Reina. Dos mujeres vinieron aún á secundarla más activamente, concertando con ella sus planes. La una fué Doña Ana de Guevara, ama del Rey, á la cual amaba él sobremanera, y que muy ofendida de la mujer del Conde-Duque por haberla alejado de Palacio, acechó la ocasión de hablarle á solas, y le dijo contra ella y su marido cuanto la pudo dictar la sed de venganza, ayudada de la razón y de la verdad. La otra fué Doña Margarita de Saboya, duquesa de Mantua, que echada de Portugal se vino á Ocaña, y desde allí, viendo que el Conde-Duque la dejaba abandonada sin enviarle siquiera para su sustento, se presentó de improviso en la corte; y aunque el favorito hizo mucho porque no viese al Rey, ella, por medio de la Reina, supo lograrlo, y demostrarle con copiosas noticias que sólo á aquél y á sus allegados y amigos debía atribuir la pérdida de la Corona portuguesa. Honrada y prudente mujer era esta Doña Margarita, y digna de mejores tratamientos que los que empleó con ella el Conde-Duque. También contribuyeron á desengañar al Rey su maestro fray D. Galcerán Albanell, Arzobispo de Granada, y el conde del Castrillo, Presidente del Consejo de Hacienda, al cual respetaba mucho el Monarca: el primero por medio de una carta muy libre, donde le decía claramente todo lo vergonzoso de su conducta, y el otro por servir á la Reina con oportunas y bien encaminadas indicaciones y discursos. Por último, se unía á éstos el marqués de Grana Carreto, enviado del Emperador, que, por lo que importaba á su Soberano, miraba con dolor la ruina de España. Tanto fué menester para derrocar aquella privanza; y aun derrocándola era de deplorar el que fuera el consejo y respeto de personas particulares, pocas bien intencionadas, muchas sin más deseo que el de la personal venganza, antes que no las grandes faltas del favorito y desdichas de la Monarquía lo que moviese su caída. Males que se remedian de tal modo, no pueden decirse remediados, sino más bien aplazados; porque en el género de gobierno ó en el estado de cosas en que tal suceda, ellos han de repetirse de seguro muchas más veces.

Por fin, el favorito conoció que era inútil la resistencia, y rendido de tan larga lucha y queriendo hacer menos dolorosa su caída, pidió al Rey licencia para retirarse de los negocios. Fuéle negada por dos veces; mas cuando comenzaba quizás con eso á dar entrada en su pecho á la esperanza, recibió un billete escrito de propia mano de Felipe, mediado Enero de 1643, mandándole que no se entrometiese más en el Gobierno, y que se retirase á Loeches hasta que otra cosa dispusiese: de allí fué luego á residir en la ciudad de Toro. Mostró el Conde-Duque gran entereza en este golpe de la fortuna, que bien pudo contarlo por blando según era lo que merecían sus faltas. Á la verdad, el Rey anduvo con él muy benévolo en las últimas disposiciones: mandó que se le dejase registrar y romper todos los papeles que quisiera y pudieran perjudicarle; escribió á los Consejos honrándole mucho, y diciendo que le apartaba de los negocios por las repetidas instancias que le había hecho pidiendo licencia, y que no era sino para tomar sobre sí el Gobierno sin fiarlo de otro alguno; y habiendo indicado el Presidente de Hacienda, Castrillo, que ciertas urgencias del Estado no podían cubrirse sin echar mano de una gran cantidad de plata venida de América para el Conde-Duque, se negó á aceptar el remedio, antes mandó que se le pagasen puntualmente sus sueldos. No fué tal benevolencia aprobada. El pueblo acechó en numerosas turbas la hora de salir de Palacio el favorito, y acaso le matara á no tomar él el buen partido de ejecutarlo oculto y disfrazado; pero algunos de sus coches, donde por un momento se creyó que iba, fueron apedreados. Frustrado su intento, corrieron las turbas por las calles victoreando á todas las personas que habían tenido parte en la caída del privado. Estas solicitaban á la par su castigo, alternando en todos, con el regocijo, el deseo de venganza que les aquejaba.

Si Castrillo, con sus malévolas insinuaciones intentó en vano despojarle de sus haberes, otros de sus enemigos no tardaron en lograr que á su mujer se la separase también del servicio de la Reina, mortificándola antes con continuos desaires, y que á su hijo D. Enrique de Guzmán, se le quitase la asistencia del Rey, desterrándole como á él de la corte. Creció con el tiempo y la seguridad de que era ya imposible su vuelta, el rencor y la saña contra el Conde-Duque. No ya solo sus enemigos, sino sus antiguos amigos y aduladores, como suele acontecer á los ministros caídos, censuraban agriamente su conducta, abriéndose entonces á la verdad los ojos que el interés y la cobardía tuvieron tantos años cerrados. Comenzaron también á escribirse papeles en contra del privado, y hubo uno en pro que debía ser de persona bien agraviada en la mudanza, con lo cual el Rey prohibió severamente semejante polémica, y castigó con graves penas á los que intervinieron en ella. Dios sabe adonde hubieran ido á parar las cosas, porque el Rey, continuamente acosado por todas partes de voces que pedían venganza, y persuadido ya de todas sus faltas, comenzaba á mirarle con odio, cuando la muerte vino á libertar al favorito de persecuciones. Sobrevínole en la ciudad de Toro, donde residía ejerciendo el cargo de regidor, por efecto de su despecho y amargura, antes que de enfermedad alguna, porque tenía más de altivez que no de conformidad la entereza que mostraba. Díjose que expiró perdido el juicio, por haber recibido del Rey una carta en que le decía estas palabras: «si he de reinar yo, y mi hijo se ha de coronar, será preciso que entregue vuestra cabeza á mis vasallos que á una voz la piden todos y es preciso no disgustarles más.» Y sea ó no esta particularidad cierta, el hecho es que el Rey no andaba ya muy lejos de tales pensamientos, y que si la muerte fué justa en D. Rodrigo Calderón, debía parecer en él pequeño castigo. Acusábanle con razón de haber sido la causa principal de que se perdiesen en Oriente, Ormuz, Goa, Fernambuco y todas las colonias portuguesas, el Brasil, las Islas Terceras, el Reino de Portugal, el Rosellón, todo el Ducado de Borgoña á excepción de cuatro plazas, la gran fortaleza de Arras, muchas en el Luxemburgo, Brunswick, en la Alsacia, y los derechos é influjo del Ducado de Mantua, que eran las mermas de dominios que ya á la sazón tenía España. Asímismo se le acusaba de haber perdido más de doscientos ochenta navíos en los mares, de haber sacado de las entrañas de la tierra y del corazón de los vasallos medias anatas, papel sellado, alcabalas y otras cosas innumerables por él imaginadas hasta ciento diez y seis millones de doblones de oro: parte gastado inútilmente en ejércitos y armadas perdidas; parte distribuído entre Virreyes, Gobernadores, Capitanes generales y otros ministros, todos criaturas suyas, ya por sangre ó por servil dependencia; parte acopiado en su propio bolsillo y casa. Lo de los gastos inútiles en ejércitos y armadas pruébanlo bien todas las campañas. Lo distribuído entre parientes y servidores no tiene tampoco duda, viéndose siempre al Conde-Duque no fiar de otros que de ellos los lucros: de modo que al mirarlo asociado con alguno en el Poder, hay que recordar que fué su tío D. Baltasar de Zúñiga, ó bien su primo D. Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, en quien, cuando estaba á su lado, descargaba una parte de los negocios públicos. Al inquirir quién gobernaba en Nápoles, hállase al conde de Monterrey, su cuñado, ó al duque de Medina de las Torres, su yerno; al nombrar al Virrey de Milán, tropiézase con el mismo marqués de Leganés, su primo, y lo propio al tratar de Cataluña; en el Generalísimo de la frontera de Portugal se encuentra otra vez á Monterrey, y fué mucho que desde la asistencia de Palacio, adonde ya veía á su hijo, el bastardo D. Enrique, mozo disoluto y sin autoridad ni talentos, no pasase á ocupar la presidencia del Consejo de Indias, que ya estaba para él dispuesta.

Siendo el conde-duque Guzmán y su mujer Zúñiga, Zúñigas y Guzmanes, se vieron casi solos en los altos empleos, exceptuando algún Velasco, por ser su abuelo materno de aquella casa y tener casado á su hijo con mujer de ella. El resto de los destinos que no pudo llenar con sus parientes, fué para sus viles aduladores, Jerónimo de Villanueva el protonotario de Aragón, Diego Suárez, Miguel de Vasconcellos, secretarios de Portugal, y algunos otros. Hasta su asesor en la privanza, D. Luis de Haro, no hubiera llegado á serlo sin ser sobrino suyo, porque sólo á eso debió la entrada en la Corte y la amistad del Rey; si bien cuando llegó á notar sus adelantos le aborreció sobremanera y comenzó también á preparar su ruina. Y en cuanto á los medros de su persona y casa particular, fueron inmensos. Su orgullo, que nunca le faltó, no consentía en él como en el duque de Lerma, que admitiese regalos ó donativos de particulares como en compra y paga de favores; pero supo obtener empleos y sueldos y comodidades que le produjesen con menos vergüenza tantos ó más beneficios. Primeramente obtuvo un privilegio para gozar encomiendas en todas las Ordenes militares, teniendo solamente la cruz de Alcántara, por lo cual gozaba cuarenta y dos mil ducados; luego se hizo declarar Camarero mayor del Rey, oficio no conocido desde el tiempo de Carlos V, del cual sacaba diez y ocho mil ducados; también tomó para sí el cargo de Caballerizo mayor, que daba veintiocho mil ducados; el de Sumiller de Corps, doce mil, y el puesto de Canciller de las Indias, que montaba cuarenta y ocho mil, todos en producto anual. Mas no era esto lo mayor, sino que cuando partían los galeones de Sevilla y Lisboa, hacía cargar cantidades exorbitantes de vino, aguardiente y trigo recogido en sus haciendas; y como tenía para sí los puertos francos, vendía tales géneros á precio muy subido; con lo cual y la carga de retorno, ganaba cada año en el trato hasta doscientos mil ducados. Además hizo que el Rey le cediese la villa de San Lucar la Mayor, con título de Duque, que en alcabalas y derechos valía cincuenta mil ducados. Y no contento con esto, sacó para su mujer la merced de Camarera mayor de la Reina y el cargo de aya del Príncipe, con salario de cuarenta y ocho mil ducados por ambos conceptos[20]. De este modo ascendían las ganancias que anualmente obtenía por su privanza á cerca de cuatrocientos cincuenta mil ducados, cantidad bastante para mantener un ejército, y que él derrochaba inútilmente en festines y locuras.

Así, por todos estos conceptos, fué el Conde-Duque de Olivares, el ministro más funesto y de odiosa memoria que haya tenido jamás España, donde tantos se han hecho dignos de censura. Y eso que como hombre, ni por su inteligencia ni por su carácter puede decirse que fuera un hombre vil como otros, no tan funestos como él, lo han sido.

LIBRO SÉPTIMO

SUMARIO

De 1643 á 1648.—Sucesos que siguen á la caída del Conde-Duque.—Cataluña: nuevo ejército y sale el Rey á él; campaña de D. Felipe de Silva y toma de Monzón; vuelve á Cataluña el Rey; batalla gloriosa de Lérida, y rendición de esta plaza y de Balaguer; retíranse del servicio Silva y Garay; D. Andrea de Cantelmo; defensa esforzada de Tarragona.—Portugal: batalla de Montijo y toma de algunos lugares; sucesos de la frontera de Ciudad-Rodrigo.—Socorro de Orán y combate naval de Cartagena.—Italia: pérdida de San Ya.—Flandes: gloriosa batalla de Tutelinghen; pérdida de Grawelingas y del Saxo de Gante.—Muerte de la reina Doña Isabel de Borbón; privanza de D. Luis de Haro; estado de la Corte por estos años; prohibición de las comedias; D. Juan de Austria.—Italia: Expedición de los franceses á Toscana; combate naval; nueva expedición; insurrección de Sicilia; principios de la rebelión de Nápoles; el duque de Arcos; Masaniello; refúgiase el Virrey á Castelnovo; combates y conciertos; muerte de Masaniello; nuevas rebeliones; Toralto; llegada de D. Juan de Austria; nuevos combates; propósitos del Arzobispo; muerte de Toralto; Jenaro Annese; llegada del duque de Guisa y de la armada de Francia; combate naval y retírase aquélla; torpezas del de Guisa; separación del duque de Arcos; D. Juan de Austria y el conde de Oñate en el Virreinato; combate general y término de la rebelión; prisión de Guisa; muerte de Jenaro Annese; Portolongone y Piombino recobradas; guerra con el Modenés; batalla de Bozzolo; combate de Cremona; conquistas en el Modenés y sumisión del Duque.—Cataluña: pérdida de Rosas; batalla funesta de Balaguer; encuentros parciales y pérdida de la plaza; sitio de Lérida; vuelve el Rey á Cataluña; fuerza el marqués de Leganés las líneas de Lérida; nuevo sitio de esta plaza y afrenta de Enghien; operaciones de Enghien y Aytona; pérdida de Tortosa; recóbranse algunas plazas; victoria de D. Juan de Garay no lejos de Santa Coloma; toma de Castellbó y victoria delante de sus muros; situación de Cataluña; tratos de los naturales con nuestros capitanes; campaña de Mortara; Flix y Tortosa rendidas; llegada de Mortara á Barcelona, sitio y toma de la plaza; pacificación casi completa en Cataluña.—Portugal: empresa de Olivenza frustrada.—Flandes: piérdense Mardik, Ulhiz, Courtray y otras plazas; combate de Rethel; pérdida de Dunquerque y de Venló; el archiduque Leopoldo; toma y batalla de Lens; disturbios con Francia; paz con Holanda; estado de nuestra Corte; permítense de nuevo las comedias; nuevo matrimonio del Rey; proyectos de unión con Portugal y de regicidio.

Siguió á la caída del Conde-Duque un período de esperanza para la desalentada nación española. El vulgo, como suele, y como ya lo había demostrado á la caída del duque de Lerma, pensaba que con sólo la perdición de aquella persona aborrecible se remediarían todos sus males. Los más sensatos fundaban su esperanza en el arrepentimiento del Rey, pensando que en adelante se aplicaría de todo punto á los negocios, dejado del ocio y liviandades que hasta entonces le habían impedido cuidar de sus pueblos. Los oprimidos antes, ahora mostraban buen rostro, mirando satisfecha su venganza. Los que antes disfrutaban favor, también ponían ahora buen semblante á las cosas á fin de que no se les tachara de fieles amigos del Ministro caído. Vino la ordinaria ganancia de unos y pérdida de otros, que seguía á la ruina de cada favorito; volvió D. Francisco de Quevedo á la corte de vuelta de su largo cautiverio de León; restituyóse su generalato de la mar al marqués de Villafranca; salió de sus prisiones aquel buen capitán portugués D. Felipe de Silva, que andaba en ellas por sospecha de su lealtad, y tan favorecido del Rey, que le dió el mando del ejército de Cataluña, vacante por la separación del marqués de Leganés y á éste, en cambio, se le continuó el proceso detenido por respetos al Conde-Duque. También el duque de Medina de las Torres, D. Ramiro Núñez de Guzmán, fué separado del gobierno de Nápoles. Había enviado aquel reino á Madrid á uno de sus Grandes con quejas del de Medina y pidiendo nuevo Virrey; pero á causa del parentesco de éste con el Conde-Duque, no pudo conseguir el Embajador en largos días, ni ver al Rey, ni que siquiera le dejasen entrar en Palacio. Ahora, con la caída del favorito, el napolitano explicó el objeto de su embajada, y se ordenó la destitución de D. Ramiro, enviando en su lugar al buen almirante de Castilla, D. Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, nombramiento acertadísimo y que reparaba una de las injusticias más grandes de aquellos tiempos; porque el Almirante, olvidado y sin empleo, era, como en otras partes dejamos dicho, hombre de gran mérito, sin duda de los que más lo tenían á la sazón en España.

Como éstas se tomaron otras medidas, ni todas justas, ni injustas todas, pero unas que otras aplaudidas del mismo modo. Aumentaba el regocijo y la esperanza el ver muy mudadas las cosas de Francia. Había muerto pocos días antes de la caída del Conde-Duque el cardenal de Richelieu, y pocos días después Luis XIII, quedando por gobernadora de aquel reino, con un Príncipe de cinco años, la reina Doña Ana de Austria, hermana de Felipe IV. La ocasión parecía acomodada para hacer próspera guerra ó ventajosas paces; porque de una parte Francia no podía tardar en mostrarse más flaca que antes, por las discordias que habían de nacer forzosamente, y de otra, la Reina Gobernadora, tan unida á España por los lazos de la sangre y de la patria, no parecía natural que nos hiciese tan calculada y terrible hostilidad como Luis XIII ó más bien su ministro Richelieu. Indudablemente esto último era digno de tenerse en cuenta. La paz había llegado á hacerse tan necesaria, que sin ella se disolvía inevitablemente la Monarquía. Muchas victorias contra la Francia no nos habrían sido en aquellos tiempos tan provechosas como una paz honrosa que á cambio de la de Flandes, si era preciso, nos hubiese dejado el Rosellón y Cataluña, y libres las fuerzas para embestir á Portugal. Acaso Ana de Austria hubiera obtenido de su hermano el rey Felipe un tratado de paz de esta especie; y lo que es más, que fielmente lo cumpliera y no diese ayuda alguna al duque de Braganza para mantenerse en el Trono. Pero ciegos siempre los cortesanos que rodeaban al Rey, deslumbrado éste todavía con el esplendor de su Trono, recordando aún la Grandeza antigua, más para desearla y afectarla, que no para imitarla y alcanzarla, determinaron aprovecharse de la ocasión, no para hacer buena paz, sino para hacer con más ventaja que antes la guerra, abriendo un nuevo período en aquella lucha terrible. Así, nada se hizo por nuestra parte en las conferencias abiertas en Munster entre las potencias beligerantes para obtener la paz general que más tarde se llamó de Westfalia.

De que la guerra nos ofreciese ventajas, mal presagio era la batalla funesta de Rocroy, ganada por los franceses cinco días después de la muerte de Luis XIII. Y no debían esperarse muy grandes errores que aprovechar del gobierno de Ana de Austria, mujer de alma española, como era su cuna, magnánima y fuerte, y que tenía por favorito al cardenal Mazzarino, sobrado conocido de los españoles, á cuyo servicio había estado en los principios de su carrera después de sus estudios hechos en la Universidad de Salamanca, y el cual había dado muestras de su gran habilidad al servicio ya de Francia en los negocios de Italia, causándonos muchos perjuicios el, por todos conceptos, digno sucesor de Richelieu. Debiéronse al principio algunas ventajas, tanto á la intervención del Rey en los negocios, y al aliento y estímulo que con ella inspiraba, cuanto á los disturbios que, en efecto, estallaron en Francia entre Mazzarino y sus rivales; y mayores se lograran si fueran más y más continuados los aciertos. Pero el Rey no estaba acostumbrado al trabajo; agobiábale la pereza; picábanle siempre las antiguas pasiones: así es que antes de un año comenzó á dejar alguna parte del peso de los negocios en D. Luis de Haro, hijo del marqués del Carpio, sobrino del conde-duque de Olivares, hombre mucho más honrado y de harto mejor deseo é intenciones que su tío, pero de muy escasa instrucción y talento. Había contribuído también en algo á la caída de éste, á quien debía su favor, pero del cual estaba temiendo ya algún efecto de celos con que le quitase más de un golpe que le hubiese dado; y era por esta circunstancia y sus buenos modos estimado generalmente.

Lo primero que acordó el Rey fué salir de Madrid para Cataluña. Pero era preciso reunir para ello soldados con que acudir allí honrosamente sin desatender por eso el resto, principalmente Portugal, que estaba clamando socorro, pues los portugueses adelantaban ya su audacia á hacer conquistas en Castilla. Aún llegó á dudarse si convendría más que el Rey saliese para Portugal que para Cataluña; pero al fin se resolvió lo segundo. Y en verdad que atentamente miradas las cosas, no se sabe decir qué hubiera sido más ventajoso al presente; porque ya en los últimos desastres los franceses y catalanes estaban tan envalentonados que amenazaban por Aragón, donde no había plazas fuertes, meterse en el corazón de la Monarquía. Sin duda fuera lo mejor que el Rey, activo y esforzado, hubiera sabido acudir, ya á una parte, ya á otra, no parando en ninguna más que lo necesario para dar aliento á los unos y temor á los otros. Tiempos eran de penalidad y de fatiga, y ningún recurso ordinario podía bastar á todo. Mas ya que el Rey no acudiese á Portugal en persona, atendió á aumentar el ejército que allí había al propio tiempo que el de Cataluña, aunque inclinando á esta parte las mayores fuerzas. Fué Torrecusso á Nápoles, su patria, y obtuvo allá hasta cuatro mil napolitanos; el marqués de Villasor trajo un buen tercio de Cerdeña, y así todas las provincias ofrecieron á porfía número de soldados: Aragón cuatro mil; dos mil Valencia; otros dos mil Andalucía, que con mil quinientos walones, mil borgoñeses y los dos mil quinientos valientes españoles que habían de venir por Francia, según lo pactado en Rocroy, debían formar en solo Cataluña un ejército de más de veinticuatro mil hombres. Pero como suele suceder en tales cálculos, no llegó á juntarse tanto número.

Al mismo tiempo se ordenó á todas las milicias de Andalucía y Extremadura que acudiesen á la frontera de Portugal, y á los Grandes que tenían por allí Estados, que llevasen á todos sus vasallos con armas, aunque por tal concepto no pasaría el refuerzo del ejército de tres mil hombres. Vino bien para mover esta gente y comenzar las nuevas campañas la llegada feliz de las flotas de Méjico, ricamente cargadas, y luego la de los galeones con no menor riqueza. Las Cortes de Castilla concedieron la prolongación de los arbitrios antiguos, mas no pudieron imponerlos nuevos. Valencia se prestó á pagar, armar y vestir por seis años los dos mil soldados que daba; y en Nápoles se impuso un tributo sobre el consumo de harinas, que produjo mucho disgusto, y tuvo no escasa parte en los sucesos que sobrevinieron. Con lo cual se vió ya algún dinero en la Corte, porque al fin del año 1643 era tal la penuria, que Pellicer en sus Avisos escribió cierto día desde Madrid estas palabras de elocuente significación: «Aquí nadie cobra ni paga.» Tal era la Corte, fuerza es decirlo una vez más, que tan descomunal guerra estaba sosteniendo por todo el mundo. El Rey salió de Madrid muy á la ligera, y por Alcalá llegó á Tarazona, acompañándole algunos señores principales: no tantos como la vez anterior; porque entonces se pudo ver que con sus etiquetas y vanidades eran más de estorbo que de otra cosa. Dejó encargado el mando á la Reina y ordenóla muchas devociones, como para aplacar la cólera de Dios que contra él debía estar ofendido.

Halló á su llegada que La Motte se había apoderado de la villa y castillo de Estadilla, cerca de Barbastro, donde había muy buenas fortificaciones, por cuyo medio tenía el paso abierto para echarse sobre aquella ciudad y aun sobre la misma Zaragoza. Nuestro ejército, reunido en la frontera, aunque ya á punto de salir á campaña, no lo hizo en algún tiempo por falta de víveres y por mal concierto de los capitanes. Sin embargo, no dejó de haber choques parciales. La Motte Hodancourt, tomada Estadilla, partió su gente en dos trozos: con el uno quiso tomar á Barbastro, mas se lo estorbó saliéndole al opósito D. Felipe de Silva; con el otro atacó el castillo de Benabarre, y también fué rechazado. Poco después el marqués de Mortara, nombrado Capitán general de la caballería del ejército, pasó el Cinca, que venía muy crecido, con sus tenientes D. Fernando de Tejada y D. Alvaro de Quiñones, y dando en un cuartel de infantería que los enemigos tenían establecido al amparo de los muros de Lérida, derrotó de cinco á seis mil hombres que allí había, matando mil quinientos y trayéndose hasta mil prisioneros con botín considerable. Por la parte de Tarragona no se intentó en tanto cosa alguna; porque el conde de Aguilar, marqués de la Hinojosa, había muerto, y el célebre Maestre de campo D. Juan de Arce, que fué á reemplazarle, lo mismo; con que la plaza quedó sin General mucho tiempo, y contemporáneamente sin víveres apenas ni soldados. Pero en la campiña de Rosas el Gobernador de aquella plaza, D. Diego Caballero de Illescas, deshizo hasta trescientos jinetes enemigos, trayéndose el mayor número de caballos y jinetes prisioneros.

Eran estos buenos preludios de la campaña que iba á comenzarse. Para ella se hizo á Barbastro plaza de armas de nuestro ejército. Tenía el mando supremo Don Felipe de Silva, como Capitán general de las armas; D. Juan de Garay vino de Portugal nuevamente á ser Maestre de campo general; el marqués de Mortara siguió en el gobierno de la caballería, y el napolitano, D. Jerónimo de Tuttavilla, tuvo el de la artillería. En Tarragona entró á gobernar el marqués de Toralto y príncipe de Massa, D. Francisco Toralto y Aragón, vuelto de las prisiones de Francia, donde estuvo desde la derrota del ejército del marqués de Pobar. Dispuestas las cosas, se comenzaron las operaciones con la empresa de Flix, plaza importante de la Castellanía de Amposta, intentada por D. Juan Garay sin fruto alguno; porque hallándola muy prevenida, se volvió sin empeñar combate. También se frustró la sorpresa de Miravet. Luego D. Felipe de Silva, desde las cercanías de Barbastro, se adelantó con ocho mil infantes, tres mil seiscientos caballos y veinte cañones, que eran las fuerzas que hasta entonces tenía, con ánimo de embestir á Balaguer; mas no pudiendo esguazar el río Noguera, determinó caer sobre Monzón. Al pasar por delante de Lérida halló á la caballería enemiga gobernada del propio La Motte; acometióla con la suya y la obligó á meterse al amparo de los muros; y sin más dificultad se puso sobre Monzón y comenzó á combatirla. Vino al socorro el francés, pero no pudo lograrlo, y la plaza se rindió á los cuarenta días de sitio.

Entretanto, el valeroso Gobernador de Rosas, Don Diego Caballero, después de causar infinitos daños en el territorio ocupado por los enemigos, con mucha pérdida de éstos, intentó entrar por inteligencia en Cadaqués, pero no pudo conseguirlo. Cuatro bajeles que le llevaban socorros fueron rendidos por la armada francesa de Brezé. Poco después vino á las aguas de Barcelona la de España, mandada aún por el duque de Ciudad-Real, con las galeras á cargo otra vez de Fernandina, y hubo una nueva batalla tan ineficaz como otras anteriores, donde fué poquísima la pérdida de ambas partes. Con esto se terminó la campaña y volvió á Madrid el Rey. Mas á la siguiente, que fué la de 1644, volvió á encaminarse el Rey á Aragón, y cerca de Barbastro pasó revista al ejército, fuerte de nueve mil infantes y cuatro mil caballos, con diez y seis cañones, presentándose por la única vez de su vida con el hábito de soldado, al modo de su abuelo D. Felipe II, que nunca se presentó más que una vez en San Quintín; nunca su padre. Luego marchó D. Felipe de Silva con las tropas, entró en el lugar de Farfaña, y desde allí plantó los reales delante de Lérida, á una y otra orilla del Segre, que lame sus muros. Era la plaza tan importante, que los caudillos franceses y catalanes no tardaron en venir al socorro, trayendo el mariscal de La Motte Hodancourt el mando supremo, con siete mil infantes y dos mil caballos. Salió á ellos D. Felipe de Silva con cuatro mil infantes viejos y tres mil caballos, dejando la demás gente guarneciendo los cuarteles, y á campo raso les ofreció la batalla. Aceptáronla los enemigos, que no venían á otra cosa, y se empeñó por ambas partes con mucha furia. No pudieron los nuestros romper el ala derecha, y se llegó á desesperar de la victoria porque el ala izquierda parecía más fuerte; con todo, ésta fué envuelta y deshecha en poco tiempo por los escuadrones de nuestra caballería, que arrollaron á la carrera á la caballería francesa, y cayendo en seguida sobre el centro hízose total la derrota. Fué dicha de ellos el que á tal punto hiciesen valerosa salida de la plaza hasta seiscientos hombres, los cuales, destrozando la gente nuestra que guarnecía el puente del Segre por donde se comunicaban nuestros cuarteles, dieron ocasión y espacio á que algunos de los vencidos se recogiesen en los muros y otros se salvasen. No obstante la victoria fué para nuestras armas muy gloriosa y completa: dejaron los contrarios en el campo dos mil muertos y tres mil prisioneros, con catorce cañones y todo el bagaje, y la dispersión fué tal que apenas mil de ellos llegaron á Cervera. Interceptó en seguida un convoy que querían meter los enemigos en la plaza, y ésta tuvo que rendirse después de un horrible bombardeo. El Rey, que estaba en Fraga, vino entonces á Lérida y entró en triunfo. Acompañábale el conde de Monterrey, único de los favorecidos del Conde-Duque que se conservase en la gracia del Príncipe, y tan envidioso como inepto, no había cesado de sembrar desconfianzas de D. Felipe de Silva durante el sitio, pretendiendo dar lecciones en cosas en que se había mostrado tan torpe; con lo que éste, logrado el triunfo, se negó á continuar en el mando por más instancias que se le hicieron. Portóse noblemente D. Felipe, y aunque no es de aplaudir que dejase el servicio de la patria por particulares sentimientos, dió con ello merecida lección al Rey que no acababa de salir del yugo de los cortesanos, gente vil, y enemiga entonces como siempre de todo mérito. Poco antes había pedido su licencia y retirádose del servicio D. Juan de Garay: la ocasión fué el haber pedido un título y no concedérselo: reprensible motivo es el que prefiriese su sentimiento á sus deberes; pero no disculpable severidad en el gobierno que tantos títulos repartía entonces sin merecimiento alguno.

Los frutos de la victoria de Lérida fueron además de la toma de esta plaza, que Solsona, lo mismo que Balaguer y Agramunt, viniesen á la obediencia. Sucedió en el mando al vencedor D. Felipe de Silva, D. Andrea de Cantelmo, italiano de aquellos valerosos, que unidos bajo un cetro con los españoles, peleaban con ellos y por ellos en todos los campos de batalla adonde asistiesen nuestras banderas. Sin embargo, aunque leal y de buenas partes, habiendo desempeñado en Flandes el cargo de Maestre de campo general, y sido uno de los Gobernadores de aquellos Estados después de la muerte del Cardenal Infante, no tenía ganada mucha gloria militar, ni acertó á ganarla en Cataluña. Fué desde Lérida con un trozo del ejército á ponerse sobre la villa de Ager, y la tomó á pesar de la defensa desesperada que en ella hizo el caudillo catalán D. José Zacosta, y como Agramunt estuviese en la obediencia del Rey, acercándose los franceses á recuperarla, se vieron acometidos y puestos en derrota por dos de nuestros tercios que ya había allí acuartelados. Para vengar tantos descalabros reunió La Motte Hodancourt al improviso toda la gente que pudo, y con doce mil hombres y gran tren de artillería se presentó delante de Tarragona, mientras el marqués de Brezé cerraba con una armada la boca del puerto. Dióla en cuarenta días que allí se mantuvo trece ataques y uno general en que llegó á apoderarse de la torre del muelle; disparó contra los muros hasta siete mil cañonazos, y abrió muchas brechas en el recinto de la plaza. Pero el marqués de Toralto que allí mandaba, con algunos de los mejores tercios que quedaban de infantería española, rechazó todos los ataques, reparó las brechas, llenó de cadáveres enemigos los fosos, y aún hizo salidas con que causó daño inmenso en los sitiadores. Avergonzado el General francés, no sabía ya que partido tomar contra aquella resistencia desesperada, cuando supo que D. Andrea de Cantelmo con el ejército español de diez mil infantes y dos mil seiscientos caballos venía por tierra al socorro, y por mar aquel Carlos Doria, padre de Juanetín y duque de Tursis, que mandaba las galeras de Nápoles: con esto alzó el cerco después de haber perdido inútilmente más de tres mil soldados. Esta rota le costó el empleo á La Motte, que fué separado.

Fué esta campaña de 1644 la primera que tal pudo llamarse en Portugal después de cuatro años que la insurrección caminaba triunfante. Ya por este tiempo habían acudido á las banderas de los portugueses multitud de aventureros franceses y holandeses y aun regimientos enteros: tenían ya armas, instrucción, capitanes y cuanto se necesita para la guerra. Nombrado el marqués de Torrecusso por Capitán general de nuestras armas en aquellas fronteras en lugar del conde de Santisteban, llegó allá y reunió de la gente antigua que había y la mejor de las milicias que acudieron, un ejército pequeñísimo para las empresas que se esperaban, pero valeroso y robusto; porque el nuevo General pensaba con razón que era preferible poca gente y buena á mucha tumultuaria sin disciplina ni aliento. Mandaba la caballería el Barón de Molinghen, belga, que á poco tomó el cargo de Maestre de campo general; D. Dionisio de Guzmán la artillería. Reformó Torrecusso las costumbres de los soldados, restableció la disciplina, y luego comenzó las operaciones. Ya los portugueses, tomada Valverde, osaban amenazar á Badajoz. Comenzó el de Torrecusso por hacer en su territorio tal correría, que tomó y trajo consigo hasta dos mil cabezas de ganado. Vengáronse los portugueses quemando un lugar llamado la Zarza, y el de Torrecusso hizo quemar á Villamayor, que era de ellos. Tomaron también los portugueses á Montijo y Membrillo y saquearon ambas poblaciones. Luego, adelantando sus intentos, se fueron á poner sobre la plaza de Alburquerque. Socorrióla á tiempo Torrecusso, y además, para quebrantar la audacia de los contrarios, no pudiendo él asistir, ordenó al buen Barón de Molinghen que á toda costa les diese batalla.

Día del Corpus de aquel año, á las puertas de Montijo, se encontraron ambos ejércitos. Montaba el de los portugueses á ocho mil hombres de todas armas con seis piezas de artillería; el de los españoles sólo se componía de cuatro mil infantes, mil setecientos caballos y dos cañones. Mandaba á los portugueses el general Matías de Alburquerque: su infantería ocupaba el centro, y la caballería los costados, puesta al derecho la portuguesa y al izquierdo la de auxiliares extranjeros. Molinghen comenzó el combate; rompió nuestra caballería á la extranjera que cubría el ala izquierda de los portugueses, y acudiendo parte de la de éstos, que defendía el ala derecha, al socorro, fué también deshecha: entonces el centro fué acometido por todas partes y envuelto de manera que en un momento se puso en derrota. Matías de Alburquerque, aprovechándose sin embargo de la codicia de los nuestros que se entregaron al despojo y presa de los vencidos, logró ordenar la retirada, saliendo con honra del campo. Quedaron de los portugueses tres mil doscientos hombres en él y seiscientos prisioneros: nuestra pérdida no pasó de quinientos muertos y trescientos heridos, muchos de ellos personas y capitanes principales. Cantaron los portugueses la victoria, mas sólo por no desalentar á los pueblos: la verdad fué que la victoria, infeliz para ambas naciones hermanas, quedó aquella vez por Castilla. Que cierto puede decirse de pocas en aquella guerra. Tras esto rindió Torrecusso á Serpa y Alconchel, que á poco vino á perderse, y á Villanueva de Barcarota y otros lugares poco importantes, mas no á Elvas, aunque llegó á amagarla. Entre tanto el duque de Alba, que mandaba en la frontera de Ciudad-Rodrigo, contenía aunque sin recursos á los enemigos por aquella parte. Habiéndose acercado un grueso de ellos á la villa de Alberguería, no lograron efecto alguno, valiéndose el capitán nuestro que allí estaba de una industria no conocida por allí hasta entonces, que fué cargar los cañones con balas de mosquetes, con que los enemigos, imaginando por el número de las balas, que había dentro mucha gente, se retiraron, siendo así que la guarnición era muy flaca. Sucedió en el mando al de Alba D. Fernando Tejada, el cual, como muy experimentado en la guerra, tendió una emboscada á la guarnición de Almeida, en la cual murieron ciento y quedaron sesenta prisioneros.

Tales fueron los frutos de la campaña. El único descalabro que padecieron nuestras armas por estas partes de España, fué en el mar y después de un suceso dichoso. Porque habiendo sitiado los moros á Orán ó solicitados de nuestros enemigos ó sabedores de los apuros de la Monarquía, fué enviado allá al socorro un trozo de nuestra armada al mando del general D. Martín Carlos de Mencos, y lo logró de manera que los infieles, rechazados ya en varios asaltos, tuvieron que levantar el sitio; mas á la vuelta fueron acometidos nuestros bajeles enfrente de Cartagena por la armada de Francia que mandaba el marqués de Brezé, y después de un furioso combate en que pelearon los nuestros con gran valor, tuvimos dos navíos quemados, otros dos echados á pique y uno presa de los contrarios.

Las cosas de Italia no iban bien en tanto, pero tampoco ofrecían grandes disgustos. Rindió el príncipe Tomás de Saboya, nombrado Capitán general de las armas francesas, la plaza de Trin, que poseían los nuestros en el Piamonte, después de cincuenta días de sitio. El marqués de Velada, que había reemplazado en el mando al conde de Siruela, comenzó por demoler el fuerte de Sandoval levantado por el gran conde de Fuentes, cerca de Vercelli, por ahorrar la costa de mantenerlo: medida con razón censurada, porque habiéndose de devolver aquella plaza que era de Saboya en cualquiera paz, habíamos de quedar por allí sin alguna defensa. Luego sorprendió el castillo de Astí, que fué recobrado por el príncipe Tomás al poco tiempo y el propio Príncipe rindió á San Yá después de un largo asedio.

En Flandes, después de la rota de Rocroy, pareció que los enemigos iban á apoderarse de los Estados. El duque de Enghien entró en el Haynaut, tomó algunos fuertes, y adelantó partidas hasta las mismas puertas de Bruselas. Luego, dispuestas todas las cosas, se puso delante de Thionville, plaza importantísima porque dominaba el Mosa, cubría á Metz y abría á los franceses el camino del electorado de Tréveris. La defensa de la plaza no pudo ser más esforzada por parte de los españoles; pero al fin, falta de socorro, tuvo que rendirse con honrosos partidos. Clamaron los Estados porque se sacase de allí al marqués de Tordelaguna, á quien acusaban de tamañas desgracias, y nuestra Corte vacilando en el sucesor, envió por lo pronto al conde de Piccolomini, duque de Amalfi, á gobernar las armas. Pero entre tanto se logró un triunfo que si no puede decirse que se debiera á Mello, no dejó de servirle de algún mérito. Había invadido la Alsacia un ejército francés de diez y ocho mil hombres al mando del general Rantzau, en el cual se contaban muchos generales franceses de fama como Schomberg y Sirot, con el intento de expulsar de aquella provincia á los alemanes y españoles. El duque de Lorena, Mercy y Juan de Wert, que mandaban el ejército imperial y las tropas españolas de la provincia, determinaron salirles al encuentro y pelear con ellos sin demora; y D. Francisco de Mello, que supo el trance que se preparaba y de cuanta importancia habían de ser sus resultas para la Flandes española, envió de refuerzo dos mil caballos nuestros y dos mil infantes á cargo del Comisario general de la caballería de Alsacia D. Juan de Vivero. Halló nuestra gente al ejército enemigo acampado en los alrededores de Tutelinghen y de improviso cayó sobre él. Ya estaban los escuadrones de caballería española y alemana en medio del campo, ya eran dueños del parque de artillería, y todavía Rantzau no sabía á qué atenerse ignorando la ocasión del tumulto. Así la rota fué completa; quedó preso Rantzau con todos los generales, coroneles y capitanes, cuarenta y siete banderas, veintiséis estandartes, catorce cañones y dos morteros, que era toda la artillería, municiones, carros y bagajes. Los muertos no fueron muchos, porque la embestida fué tan repentina y tan vigorosa, que los franceses acobardados, apenas osaron ponerse en defensa; los heridos fueron más, y sobre todo los prisioneros y dispersos, á punto que de diez y ocho mil, apenas dos mil soldados se salvaron. Debióse lo principal del suceso al General de la caballería D. Juan de Vivero, que con los coroneles Vera, Villar y otros extranjeros de su mando, penetró en el campo enemigo no bien dada la señal del combate. Dió este hecho reputación á nuestra caballería; levantándose sobre la de la infantería, que, aniquilada en Rocroy, no acertaba ya con nueva gente á hacer nada importante, y como al propio tiempo en Cataluña se mostrase la caballería superior á la infantería, vino á resultar un cambio total en el género de reputación de nuestras armas, cambio no dichoso por cierto. El triunfo de Tutelinghen hubiera producido copiosos frutos en Alemania y en Flandes, á no andar flojos los nuestros y muy activos los enemigos. Estrechóse con él la alianza entre los holandeses y franceses, y unos y otros pusieron mayores fuerzas que nunca en campaña.