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Historia de la decadencia de España

Chapter 20: LIBRO OCTAVO
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About This Book

El autor recorre las causas y acontecimientos que, a su juicio, condujeron al declive de España desde el advenimiento de Felipe III hasta la muerte de Carlos II. Presenta una narración cronológica de episodios políticos y militares y expone análisis sobre la corrupción administrativa, la presión fiscal, las crisis económicas y las debilidades institucionales. Combina fuente documental, juicio crítico y digresiones interpretativas para vincular decisiones de gobierno con cambios sociales y diplomáticos. El texto aspira a ofrecer una explicación coherente de la decadencia nacional más que una mera sucesión de hechos.

Comenzaron á fabricar los barceloneses un fuerte sobre Santa Madrona para dominar el camino de Sanz; pero fué conquistado por los nuestros antes de estar acabado. Luego, para que impidiesen los nuestros la comunicación de Barcelona con Montjuich, construyeron otro fuerte los defensores entre aquel castillo y la plaza, el cual no pudo ganarse aunque se intentó repetidamente. Dieron una embestida los catalanes de Montjuich á nuestros cuarteles de la parte de Sanz, y la gente nuestra de esta parte intentó un asalto al castillo, en el cual fué rechazada. Luego por muchos días se divirtieron unos y otros en dispararse cañonazos sin fruto. Mas en esto la corte de Francia ordenó á Mr. de la Motte Hodancourt que con cuatro mil infantes y dos mil quinientos caballos bajase desde el Rosellón al socorro. Estuvo La Motte algunos días por los contornos amagando ó combatiendo parcialmente sin poder venir á batalla por la inferioridad de sus fuerzas, hasta que por fin una noche, después de una vigorosa escaramuza, logró abrirse paso con tres regimientos de infantería y seiscientos caballos por el centro del llano donde no teníamos puestos ni cuarteles. Dió esto aliento á Margarit y La Motte para hacer varias salidas contra nuestros reductos y cuarteles. En una de ellas llegaron á tomar el fuerte de los Reyes, que Mortara había mandado edificar en la colina de Montjuich para oponerlo á la fortaleza enemiga; pero al fin fué recobrado por los nuestros, y en todas las demás ocasiones fueron rechazados los contrarios. Con esto el hambre comenzó á hacer estragos en Barcelona. Apareció en sus aguas una armada francesa gobernada de Mr. de la Ferriére, cargada de bastimentos, pero no osando medirse con la de D. Juan de Austria y Alburquerque, superior en número, se retiró de nuevo á los puertos de Francia.

La parte de tierra estaba no menos guardada que la del mar por los nuestros. Concertáronse los de adentro con algunos caudillos almogávares de la montaña, y en un día señalado aparecieron éstos con un convoy por la parte de Sarriá, y salieron de la ciudad á ampararlos numerosas fuerzas. Hubo un reñido combate, y ya parecía logrado el intento, cuando acudiendo más gente nuestra de los cuarteles, fueron rechazados los almogávares y los escuadrones de la ciudad muy derrotados. Ya no había esperanza de socorro, y el hambre arreciaba por momentos su furia: fué error de Mortara el dar en tales circunstancias una embestida á Montjuich y á los baluartes y puertas de la ciudad, donde padecimos sin fruto alguna pérdida. La plaza no podía ya defenderse, y tuvo que ofrecer capitulaciones. Tuvo el buen acierto D. Luis de Haro de aconsejar al Rey que ofreciese amnistía completa á los catalanes después de este suceso, sin exceptuar más que á Margarit y algún otro de los tenaces de aquella rebeldía, que ya podía llamarse traición en adelante. Y esto acabó de dar á la entrega de la ciudad toda la apariencia de un triunfo para los naturales, en lugar de ser una humillación ó desdicha.

Entregóse Barcelona á merced del Rey, y éste en cambio la otorgó todos sus privilegios antiguos, y en un momento se vieron trocadas todas las cosas, y Cataluña entera ardió en fiestas y alegrías. No se había rendido aún Barcelona, cuando Mongat y su castillo, sitiados desde aquella plaza misma, fueron ocupadas por las tropas del Rey: luego muchos lugares del llano de Vich, vinieron voluntariamente á la obediencia. La guarnición de Lérida, de acuerdo con los moradores, recobró á Balaguer de los franceses, por sorpresa. Los diputados catalanes que no habían querido entrar en Barcelona, congregaron los brazos de la provincia en Manresa, y de acuerdo con ellos dieron al Rey aquella villa y á Cardona, Solsona y muchos más lugares. No tardó Mortara, separándose momentáneamente de las líneas, en ocupar á Mataró, y á las nuevas de la rendición de Barcelona, Gerona, y todos los lugares de la marina y Ampurdán menos Rosas, volvieron á restablecer el Gobierno de España. Solo la villa de Blanes se resistió y fué dada al saco en castigo. Desde entonces pudo ya considerarse Cataluña vuelta á España. El marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, ganó en ello una de las-glorias más motivadas de aquel siglo y Cataluña quedó tan enemiga de los franceses como lo mostró en calificadas ocasiones más adelante, alguna no venturosa ni loable por cierto.

Mas si la insurrección de Sicilia se había atajado, si la de Nápoles al fin había cedido á nuestra constancia ó á nuestra fortuna, si la de Cataluña se había terminado dichosamente, la de Portugal, que era la que más importaba vencer, mostrábase triunfante y más y más potente de hora en hora. Después de la batalla de Montijo, el marqués de Torrecusso se retiró á Napóles como atrás hemos visto, disgustado del mando y persuadido de la inutilidad de emprender con tan escasas fuerzas y recursos campaña alguna. Entonces se dió el Gobierno del ejército al marqués de Leganés, mandando sobreseer en su proceso; porque á la verdad, aun dadas las grandes faltas de aquel General, todavía era por el esfuerzo de su persona y por la experiencia que tenía en las armas, de los mejores y aun de los pocos de que para tal ocasión pudiera echarse mano. Empleóse el Marqués con sus tropas en arrasar quintas, molinos, aldeas y puentes: luego, reunidas todas las fuerzas que pudo, y que montarían á tres mil caballos con siete ú ocho mil malos infantes, emprendió el sitio de Olivenza. Llegó á apoderarse de algunos baluartes y á penetrar en la ciudad; pero volvió á perderlos por la defensa heroica de los portugueses y la mala calidad de la gente nuestra: de modo que tuvo que alzar el cerco sin fruto alguno. Siguióse de una y otra parte la guerra de correrías y desolaciones, hasta que muerto D. Andrea Cantelmo, con retención del mando supremo de aquel ejército, fué á gobernar el de Cataluña, donde con más fortuna que por acá, hizo levantar el cerco de Lérida á los franceses. Quedó mandando el ejército el valiente barón de Molinghen, á quien se debía la gloria de Montijo, Maestre de campo general del ejército; mas no hubo en su tiempo hostilidad notable. Retirado y muerto al poco tiempo Leganés, se dió ya el mando de las armas de Extremadura á D. Francisco Tuttavilla, duque de San Germán, que estaba en Cataluña. No se lograron por eso mayores ventajas, y ni de una ni de otra parte se reunió ejército bastante para hacer verdaderamente la guerra.

Por este tiempo, en Flandes se habían pretendido remediar los males traídos por los pasados desaciertos, enviando en lugar del marqués de Tordelaguna, don Francisco de Mello, varios caudillos de nombre que se repartiesen el mando. Así se vió pasar allá á D. Octavio Piccolomini y Aragón, natural de Siena, Conde primero de su nombre y luego hecho por el Rey de España duque de Amalfi, en recompensa de la victoria de Thionville. Era ya éste muy conocido en los ejércitos de España y más en los del Imperio, del cual fué uno de los principales sostenedores en la sangrienta lucha con los suecos. Con él servían el conde de Fuensaldaña, D. Alonso Pérez de Vivero, que comenzaba entonces á ser conocido en los ejércitos, el general flamenco Beck, y el marqués de Caracena, D. Luis de Benavides, General entonces de la caballería, puesto en lugar de Alburquerque, y Lamboy, aquel buen capitán liejés, que de antiguo peleaba debajo de nuestras banderas. Con éstos hay que juntar al duque de Lorena, nuestro aliado, que como Príncipe y señor de un ejército que tenía á nuestra devoción, era el que más autoridad alcanzaba. Tantos y tan calificados capitanes sin ejércitos bastantes que mandar, sin sujeción unos á otros, lejos de traer ventajas, ocasionaban con sus disturbios confusión y pérdidas.

El duque de Orleans, con un poderoso ejército francés, comenzó la campaña de 1645, y aprovechándose de tales disturbios y de la ordinaria falta de recursos, obtuvo considerables ventajas. Púsose sobre Mardik mientras el almirante Tromp, holandés, con treinta bajeles impedía por mar los socorros, y ganó la plaza á los veinte días de sitio. En seguida fué sobre Bourboug y la ganó del mismo modo en breve tiempo. Con mayor rapidez todavía ocupó á Bethune, Saint Venant y Armentières, plazas casi abiertas, por sí ó sus tenientes Gassion y Rantzau. Entre tanto, Hultz vino á poder del príncipe de Orange. No acertaron nuestros capitanes, aunque juntos reunían bajo sus órdenes cerca de veinticinco mil combatientes, á socorrer ninguna de estas plazas; y así, aun cuando todas ellas se defendieron con esfuerzo, no pudieron salvarse. Pero Lamboy recobró á Mardik por sorpresa, sin perder más que diez hombres, cuando tantos y tantos días había costado tomarla á los franceses, y Montcasel y otros lugares importantes vinieron á nuestras manos. El duque de Orleans y sus tenientes entraron entonces en la idea de llegar hasta Amberes ó Gante, y para facilitar su intento emprendieron el sitio de Courtray. El duque de Lorena y Caracena vinieron á apostarse en las cercanías de la plaza, y desde allí con frecuentes ataques y hostilidades dificultaron los trabajos; pero con todo la plaza ofrecía poca defensa, y Delliponti, su Gobernador, tuvo que rendirla á los trece días de abiertas las trincheras.

De Courtray fué el de Orleans á recobrar á Mardik, y lo consiguió á pesar del glorioso denuedo con que D. Fernando de Solís, el mismo que había defendido á Gravelinas, mantuvo el puesto, y á pesar de Caracena y de Lamboy, que acudieron prestamente al socorro. Y entre tanto Longwy, única plaza que quedaba al duque de Lorena, nuestro aliado en sus Estados, cayó en poder de los franceses. Sucedió en esto al de Orleans en el mando, el príncipe de Condé. Comenzó este general por rendir á Furnes, donde sólo había de guarnición entonces ciento cincuenta españoles; y en seguida fué á caer sobre Dunquerque. Era esta plaza una de las más importantes de Flandes, famoso puerto sobre el mar de Inglaterra, donde se formaban y reparaban nuestras armadas, donde se abrigaban nuestros corsarios, y por donde nos comunicábamos con aquellos Estados. Mas con toda su importancia estaba Dunquerque menos que medianamente fortificada y provista. La guarnición sí era buena y estaba mandada por el marqués de Leyden, valeroso soldado; mas, falta de otras cosas la plaza, no era posible dilatar mucho la defensa. Por lo mismo se puso el mayor empeño en el socorro, y el conde de Piccolomini fué á él con todas las fuerzas que pudo. Pero las de los franceses eran muy superiores para que pudiera forzar sus líneas, y como el almirante Tromp con la armada holandesa era dueño del mar, no hubo medios de prolongar más que diez y ocho días la defensa, rindiéndose el marqués de Leyden, su Gobernador, bajo honrosos partidos.

No compensó ciertamente esta pérdida el descalabro del príncipe de Orange, que tuvo que levantar sin fruto el sitio que había puesto á Venló, y así á principios de 1647 estaba á punto de hundirse del todo nuestro dominio en Flandes, al peso de las armas aliadas de holandeses y franceses. Comprendió la Corte de España que ahora, como después de la muerte de la infanta Isabel Clara, el número y la división de los Generales tenía mucha parte en las derrotas, y resolvió enviar allí persona de autoridad y carácter que fuese bastante á desempeñar el mando supremo. Pusiéronse los ojos en el archiduque Leopoldo, creyendo que de esta manera se lograría alguna ayuda del Emperador, su hermano, además que el Archiduque había dado á conocer ya ciertas prendas militares. Diósele el Gobierno de Flandes en los mismos términos en que lo había tenido el Cardenal Infante D. Fernando, y al punto vino á tomar posesión de su cargo. Su primera empresa, pasada muestra de las tropas y reunidos á sus órdenes los capitanes, fué el sitio de Armentières, que ganó en catorce días de sitio, y luego rindió á Landresi. En cambio, los franceses tomaron á Dixmunda, la Bassé, Lens, donde el mariscal Gassion, uno de sus mejores capitanes, fué herido de muerte, y luego á Iprés, plaza no poco importante. Recobró á Dixmunda el Archiduque, sorprendió luego á Courtray, y obligó á rendirse, dos días después á la ciudadela, mientras el francés Rantzau hacía en vano un amago sobre Ostende; y se apoderó de nuevo de la plaza de Lens: por manera que logró equilibrar las ventajas de los enemigos. Mas al día siguiente de tomada la plaza se presentó el ejército francés mandado por el príncipe de Condé, y los mariscales de Granmont y de Chatillon, que venían á socorrerla. Dió esto ocasión á una batalla desgraciadísima para España. Al ver á los franceses el Archiduque tomó ventajosas posiciones sobre ciertas eminencias de no fácil acceso, aguardando á que ellos comenzasen el combate. No lo comenzaron, y los dos ejércitos se estuvieron observando todo un día.

Al siguiente el príncipe de Condé, no osando embestir á los nuestros en sus posiciones, emprendió la retirada. Entonces el Archiduque, lleno de ardor y deseoso de venir á las manos, ordenó al general Beck, que mandaba la caballería, que fuese á embestir la de los contrarios que iba de retaguardia, mientras él bajaba de sus posiciones con todo el ejército á la llanura que al pie de ellas se dilataba. Hízolo aquel capitán con tanto esfuerzo, que la destrozó en un instante. El pavor fué grande en los franceses y tanto, que el príncipe de Condé, determinado ya á dar la batalla, cuando vió bajar al llano á los nuestros, dudó si podría continuarla después de tal descalabro. Pero desvanecido el Archiduque con el triunfo y pensando arrollarlo todo de la propia manera, encaminó á toda prisa, sin orden ni concierto, su ejército á atacar al de los franceses. Estos ya no pudiendo excusar la batalla, y viendo que el desorden de los nuestros los favorecía sobre manera, se repartieron los puestos en un momento é hicieron alto. Traían los soldados españoles el ala derecha de nuestro ejército, los alemanes é italianos el ala izquierda y centro de batalla, y como con la prisa del caminar tras de los franceses unos tercios y escuadrones se hubiesen adelantado á otros, haciendo los franceses alto inopinadamente, tuvieron que comenzar la batalla conforme iban llegando sin detenerse á reponer su ordenanza. Aprovechándose de esto los enemigos, acometieron furiosamente; rompieron el ala izquierda en breve tiempo y luego el centro: la derecha, por donde venían los españoles, no se sostuvo mucho tampoco, porque la caballería estaba armada de largos mosquetes, y aunque su primera descarga fué mortífera, luego no pudo resistir á la de los enemigos, que la embistió espada en mano. Ordenó entonces el Archiduque la retirada, que se hizo con el mayor desorden, dejando en el campo la artillería y bagajes, muchas banderas, tres mil muertos y cinco mil prisioneros: la pérdida de los contrarios, entre heridos y muertos, no bajó de dos mil hombres.

Hubiera traído este desastre grandes desdichas á no ser por las discordias que distraían por entonces la atención de la Corte de Francia. La Reina Regente, Doña Ana de Austria, tenía puesta toda su confianza en el cardenal Mazzarino, de tal modo, que él dirigía á su antojo los negocios públicos. Era aquel Cardenal, hombre muy diestro y digno de suceder á Richelieu en el Gobierno; pero como italiano no estaba bien visto del pueblo francés, que, sin agradecerle las ventajas que él proporcionaba, le achacaba todos sus males. Eran los principales que Francia padecía los que originaba la penuria del Tesoro, consumido también por la larga guerra: aumentábanse diariamente las contribuciones, y con ellas como siempre las vejaciones. Juntóse con el clamor del pueblo la mala voluntad que tenían los grandes señores á Mazzarino, los unos sus émulos, los otros resentidos de él porque no satisfacía sus pretensiones. El Parlamento de París y el Obispo coadjutor, Gondí, comenzaron también á hostilizar de diversos modos al Ministro, y por hostilizarle á él, á hostilizar á la misma Reina Regente. Al fin estallaron tumultos, levantáronse barricadas, la Reina y el Ministro salieron de París, y un ejército, al mando del príncipe de Condé, bloqueó por algunos días aquella capital. Compusiéronse las diferencias, pero de nuevo volvieron á estallar y con más fuerza. El príncipe de Condé fué preso, y el vizconde de Turena, su amigo, ilustre ya en los ejércitos de Alemania, se salió de la corte y vino á Flandes á ofrecer sus servicios á los españoles. Ajustóse un tratado entre el archiduque Leopoldo y los honderos (frondeurs) que así se llamaba el partido contrario á Mazzarino, por el cual unos y otros se comprometieron á no hacer paces sin razonables ventajas. Y así fué como la victoria de Lens quedó sin producir algún fruto á los franceses.

No pudo prevalerse el Archiduque tanto como pudiera de la disposición de las cosas por falta de hombres y dineros como siempre; pero con todo no dejó de conseguir algunos triunfos. Reuniendo hasta quince mil hombres todavía, se puso en marcha hacia París para socorrer á los insurrectos; mas al llegar á Amiens, tuvo noticia de que éstos andaban ya en negociaciones con Mazzarino, y se volvió á Flandes. Dióle ocasión de acertar aquella desconfianza de los enemigos, porque de ir á París no hubiera conseguido nada probablemente, si no era facilitar el que la Corte transigiese con sus enemigos, y en Flandes podía aprovechar, como aprovechó, las distracciones de los enemigos. Fué sobre Iprés y la recobró en tres semanas; ganó á Saint Venant y la Motte y otros muchos lugares, y acudiendo al socorro de Cambray, logró introducirlo á tiempo; por manera que el conde de Harcourt, con un poderoso ejército, donde se hallaba el mismo cardenal Mazzarino para dar calor á la empresa, tuvo que alzar el cerco. Ocuparon también los nuestros dentro de Francia, las plazas del Chatelet y de la Chapelle, y aunque el vizconde de Turena y el conde de Fuensaldaña tuvieron que levantar el sitio de Guisa, Rethel y Montsón y Bourg, en Guyenne, cayeron también en nuestro poder. Rethel, sitiada por el mariscal de Plessis-Praslin y defendida por el italiano Delliponti, no tardó en volver á manos de los contrarios, rindiéndose el Gobernador, seis días antes de lo que tenía ofrecido á nuestros Generales. Estos, entre los cuales venía Turena, se aproximaron al socorro, y hallaron ya rendida la plaza. Empeñóse entonces un combate poco sangriento, en el cual unos y otros se dieron por vencedores. El ala izquierda de los nuestros, que gobernaba Turena, rompió la derecha enemiga; pero nuestra derecha fué puesta en derrota. Esto hizo que no quedara bien declarado el triunfo. Mas ello fué, que en seguida Furnes y Berg-Saint Vinaox cedieron á las armas españolas, y luego la fortísima plaza de Gravelingas, que el Archiduque rindió en persona, con más de dos meses de sitio. Tras esto abandonaron á Mardik los enemigos, y la gran plaza de Dunquerque fué embestida, la cual tuvo que capitular á los treinta y nueve días de sitio en manos del archiduque Leopoldo, falta de socorros. En esto fué declarado mayor de edad el rey Luis XIV; mas no por eso cesaron las turbulencias, como veremos en el libro siguiente, y, por lo pronto, ya que Turena volviérase á servir á su patria, vino á entregarse á los españoles y á ofrecerles sus servicios el famoso príncipe de Condé, tan funesto para nosotros en Rocroy y en Lens.

Así terminó por la parte de Flandes la campaña de 1652, que fué aquélla en que se rindió Barcelona, y Cataluña sacudió el yugo de los franceses, uniéndose de nuevo con la madre patria y más estrechamente que nunca. Ya por ahora, las cosas de la guerra presentaban por aquí y por allá distinto aspecto del que presentaban antes. Á mediados de 1647 los holandeses, viendo en tanto poder á los franceses por sus fronteras, hicieron proposiciones de paz, que fueron aceptadas, reconociéndose de nuevo y explícitamente la soberanía de aquella república, y ajustando pactos de navegación y comercio. Desde entonces comenzó un nuevo género de relaciones entre España y Holanda. Después de haber peleado tan largos años una y otra generación, después de haber satisfecho con tanta sangre el odio encendido por las pasiones religiosas, el interés político pudo tanto ahora, que las dos naciones se reconciliaron y llegaron, no sólo á pelear juntas en las batallas, sino á llorar juntamente sus pérdidas respectivas y á celebrar mutuamente sus triunfos. Por lo pronto, no hubo más que paz, y paz sincera; pero los acontecimientos no tardaron en traer lo demás.

Ratificóse la paz en Munster el año siguiente de 1648, en cuya ciudad y en Osnabruch se trató al mismo tiempo la paz famosa conocida con el título de paz de Westfalia, por pertenecer aquellas dos ciudades á la provincia de este nombre, la cual puso término á la guerra de los treinta años, haciendo soltar las armas á Francia y á Suecia, y al Emperador y los Príncipes protestantes, que con tanto encarnizamiento se disputaban el dominio de Alemania. Y cierto que si D. Luis de Haro mereció alabanzas por las paces hechas con Holanda, que nos eran tan necesarias como inútil nos era la guerra, no pudo decirse lo mismo tocante á su conducta en estas paces generales, de donde á solicitud de Francia y de la misma Suecia quedó España excluída. No obró lealmente el Emperador con España, que puesto que tanto la debía, á punto que sin ella hubiera sucumbido á manos de sus enemigos, no debió abandonarnos, como nosotros no lo habíamos abandonado á él en los días de peligro, y jamás debió hacer paces sin contar con que nuestros intereses quedasen antes á salvo. ¿Qué habría sido del Imperio si España cuando vió llegar á Alemania las terribles armas de Gustavo Adolfo y deshechos todos los ejércitos austriacos, hubiese prescindido de los tratados y ajustado por su parte la paz? Sólo una lealtad desconocida en la diplomacia la mantuvo firme en tan costosa alianza, aun teniéndola ya por inútil para sí, y esto, sin duda, merecía otro pago. Buena era la lección para no perdida en adelante. Pero por lo mismo que nuestros enemigos ponían tanto cuidado en dejarnos solos en la contienda, debió ser mayor el empeño de nuestros políticos en que no se cumpliesen sus deseos. La soberbia era allí extemporánea é inútil; no había la menor probabilidad de que pudiésemos luchar solos contra Portugal y Francia. Verdad es que como el intento de Mazzarino era desmembrar nuestros dominios, se negó siempre á abrir conciertos que no tuviesen por base condiciones para nosotros desventajosas. Pero por mucho que lo fueran no lo serían más que las de la paz de los Pirineos que se ajustó más tarde; porque de una parte, el tratar de nuestros intereses al mismo tiempo que los del Imperio y de los de tantas potencias, naturalmente había de ofrecer facilidades para llegar á razonables conciertos, y de otra, Francia, contando aún con el Emperador por enemigo, á la par que España, no podía aparecer tan superior y tan soberbia como peleando con España sola, y, por tanto, no podía tener tan descomedidas exigencias. Acaso D. Luis de Haro confiaba en las turbulencias que estallaron en Francia por aquel propio tiempo, de las cuales dejamos dada noticia, para no prestarse á dolorosos sacrificios. No reparaba el Ministro en que tales turbulencias nunca podían dar el fruto copiosísimo de las nuestras, porque allí no peleaban más que cabezas con cabezas, caudillos con caudillos, seguidos de plebe, sin odio ni saña, que miraba la revuelta como un entretenimiento, y más bien seguía en ella por deseo de novedades y pueril juguetonería, que no por algún grave interés ú opinión política. Aun por eso se dió el nombre á aquella guerra civil de guerra de la honda, el mismo con que se conocían las lides y encuentros que en los arrabales de París solían sostener á pedradas los muchachos de la plebe. Así que para empresas de importancia, tales aliados, como los honderos, no podían traernos utilidad alguna. Dábannos caudillos; pero el dinero y los soldados teníamos que ponerlos nosotros, y eso equivalía poco más ó menos á pelear solos.

Si se nos hubiera ofrecido ocasión de levantar en Francia tal guerra como la de Cataluña, tal rebelión como la de Portugal, tales alborotos como los de Nápoles y Messina, donde el enemigo había encontrado soldados y dineros nuestros para combatirnos, sin poner hartas veces de su parte sino los caudillos, y tal vez nada, pudiéramos y debiéramos continuar la guerra seguros de resarcir las pasadas pérdidas. De estas diversiones y sublevaciones poderosas y verdaderas fueron las de los calvinistas en Francia, y la de los católicos en Inglaterra, que bien dirigidas hubieran podido servir de mucho en otro tiempo. Dejó el tratado de Munster ofendido á la par que á España al duque de Lorena, el cual continuó peleando con nosotros contra los franceses. Así siguió por algunos años más el estado de guerra que debió abandonarse en tiempo de Felipe III, y que, sin embargo, había ido conservándose día tras día para devorarnos enteramente. Hemos dicho en otras ocasiones que era ocasión de ceder algo ó mucho para no perderlo todo: ceder, como cedió Francia vencida por Carlos V, provincias enteras, ceder, como acababa de hacerlo el Emperador, después de treinta años de lucha encarnizada. Con tal de conservar el Rosellón, que eso sí debía conservarse á toda costa, con tal de reunir fuerzas bastantes para recuperar á Portugal, Flandes y el Franco-Condado, ya inevitablemente perdidos, bien podían darse en todo ó en parte por precio de la paz.

En el ínterin volvía el Rey á sus antiguas costumbres, aunque ya sin ardor, porque la edad tenía algo entibiados sus gustos y pasiones. Notábase en él la propia indolencia, la indiferencia misma que antes: no oía, no quería oir hablar de los negocios públicos. No tardaron en volver las comedias: resucitólas el pertenecer los teatros á los Hospitales que contaban con sus productos para atender á sus necesidades piadosas, y aunque con ciertas restricciones, comenzaron á aparecer en todas partes, y señaladamente en Madrid, seis años después de haber sido suspendidas. Ni eran las comedias los únicos entretenimientos del Rey y de la Corte; volvieron con aquel género de espectáculos todos los que antes andaban en uso, suspendidos por el luto de la reina Isabel y del Príncipe. Para que nada faltase al cambio, dispuso el Rey contraer nuevas nupcias, que estuvieron, por cierto, para serle fatales.

Bien puede servir el suceso que vamos á narrar para comprender cuánto hubiese decaído en España en pocos años el respeto de los Monarcas. De seguro no hubo nadie en los tiempos de Felipe II y Felipe III que soñase matar al Rey, aun de los más agraviados: el libro de Rege, de Mariana, donde se admite con ciertas condiciones la justicia del regicidio, mas confirma que no combate esta opinión. Tales doctrinas no habrían podido tolerarse ni aun en el tiempo y forma con que se toleraron, si hubiese habido en la nación algo que pudiese corresponder á ellas con hechos y obras. Por lo mismo que era el regicidio un género de utopía, una cosa inconcebible á los ojos de los españoles, pudo el P. Mariana asentarlo como doctrina. Pero ahora ya no sólo lo veremos posible, sino que traído á punto de ejecución, evitándolo la casualidad y la fuerza, que no la voluntad de los que se lo proponían. Verdad es que si tal crimen hubiera podido ser en alguna ocasión disculpable, tal vez en ésta lo hubiera sido, porque si jamás un homicidio ha podido disculparse por las necesidades ó las conveniencias políticas, disculpa podía haber en ésta en que movía á los fautores una alta idea de patriotismo. Fué el caso de esta manera:

No habiendo quedado de la reina Doña Isabel de Borbón otro fruto que la infanta Doña María Teresa, muerto el príncipe D. Baltasar, era ella la heredera de la Corona. Muchos portugueses conocedores del verdadero interés de la nación, y no pocos españoles, imaginaron que para unir de nuevo los dos reinos y reconstituir la unidad de la Monarquía se diese la mano de la princesa á D. Teodosio, hijo y heredero del duque de Braganza, de hecho ya Rey de Portugal. Era el pensamiento magnífico, y el más oportuno que en tales circunstancias pudiera ofrecerse para el remedio del mayor mal de la Monarquía. Comprendiólo el de Braganza, y por su parte no puso obstáculo alguno, antes trabajó con afán por hacer partido á D. Teodosio en España, si hemos de dar crédito á algunos de sus biógrafos; y aun entró en negociaciones muy serias con algunos de nuestros Grandes y personas principales. Pero Felipe IV, ó no acertó á comprender lo noble y grande de la idea, ó no halló en su ánimo bastante abnegación para dejar por señor de todos sus Estados á un hijo de su rival y enemigo el de Braganza. Sólo una de las dos cosas podía ser, porque ciertamente la nación no tenía que temer nada de la nueva dinastía, y aun puede decirse que ella era ventajosa para todos, y muy á propósito para que la unión fuera en adelante más firme y más sincera que nunca. No podían temer los portugueses que un Príncipe de su raza los menospreciase, como decían de los monarcas austriacos; ni las demás provincias de la Monarquía, que formaban un cuerpo de nación tantas veces mayor y más poblado que el Portugal, podían temer de modo alguno que éste adquiriese una superioridad ó señorío dañoso. Si alguna vez Portugal y Castilla con Aragón se juntaran de nuevo y para siempre, realizando las miras de la Providencia que hizo tales pueblos hermanos, sería de esa manera; viniendo una dinastía portuguesa á sentarse en el Trono español.

Felipe IV no sólo no dió entrada á tal pensamiento en su ánimo, sino que accediendo á la súplica de las Cortes de Castilla que le pidieron que contrajese matrimonio, lo ajustó en 1647 con su sobrina Doña Mariana de Austria. Habían solicitado las Cortes el matrimonio, no mirando más que el interés de dejar varón que empuñase el Cetro más adelante, sin reparar en la posibilidad y la conveniencia de pacificar á Portugal por tal modo. Sintieron profundamente esta determinación, que podía echar por tierra todos sus planes, los castellanos y portugueses interesados en que la unión se llevase adelante, y algunos de ellos con exagerado patriotismo, sin reparar en lo odioso del medio, tramaron una conspiración para asesinar al rey Felipe, robar á la Princesa y casarla en seguida con el príncipe D. Teodosio de Braganza. Los principales eran Don Carlos Padilla, Maestre de campo que había sido en Cataluña, D. Rodrigo de Silva, duque de Híjar, Don Pedro de Silva y Domingo Cabral. Una carta de Don Carlos Padilla á un hermano suyo que servía en las armas de Milán, venida por azar á poder del Gobierno, fué el hilo por donde se descubrió la trama. Todos ellos fueron presos, dióseles tormento, y convencidos del hecho, D. Pedro de Silva, marqués de la Vega de Sagra y D. Carlos Padilla fueron degollados en la Plaza Mayor de Madrid. Domingo Cabral murió en la cárcel. Los demás cómplices padecieron menores castigos, y el duque de Híjar, que era de los más culpados, no fué condenado sino á cárcel perpetua y á pagar diez mil ducados de multa (1648). Justos aunque sensibles castigos por el noble móvil que guiaba á los delincuentes.

LIBRO OCTAVO

SUMARIO

De 1648 á 1665.—Fines del reinado de Felipe IV.—Cataluña: inteligencias con los del Rosellón; virreinato de D. Juan de Austria; pérdida de Figueras; defensa heroica y socorro de Gerona; pérdida de Villafranca de Conflans; pérdida de Puigcerdá; socorro malogrado de Castellón de Ampurias; pérdida de Sobrona, victoria delante de esta plaza; combate naval en Barcelona; toma de Berga y gloriosa victoria delante de sus muros; nuevo virreinato de Mortara; Castelfollit en nuestro poder; victoria al paso de Fluviá; toma de Camprodón y batalla gloriosa del Ter.—Italia: nuevas tentativas del duque de Guisa; batalla de la Roqueta; nueva guerra con el Modenés; toma de Reggio de Correggio; pérdida de Valencia del Pó.—Flandes: el príncipe de Condé en nuestro campo; sublevaciones en Francia; toma de Rocroy; prisión del duque de Lorena; sitio de Arraz; fuerzan los franceses nuestras líneas; entra Don Juan de Austria en el Gobierno; rota de los franceses en Valenciennes; sucesos de Inglaterra; negociaciones con Cromwel; muerte de Aschau; insultos á nuestro Embajador; guerra con los ingleses; pérdida de Mardik; sitio de Dunquerque; batalla segunda de las Dunas y pérdida de la plaza; Gravelingas, Oudenarde y otras muchas se rinden al enemigo; rinden los ingleses nuestras flotas en América; negociaciones y paz de los Pirineos; matrimonio de la infanta Doña María Teresa con Luis XIV.—Portugal: sitian á Badajoz los enemigos; va al socorro D. Luis de Haro; derrota de D. Luis en Ervás; campañas del marqués de Viana en Galicia; vuélvense contra Portugal todas las fuerzas; D. Juan de Austria viene á intentar la reconquista; disposiciones de una y otra parte; toma D. Juan muchas plazas pequeñas, y entra en Germeña y en Evora; retirada de esta plaza y batalla llamada de Estremoz; piérdese todo lo ganado; campaña del duque de Osuna por Ciudad-Rodrigo; es derrotado por los portugueses; entra el marqués de Caravaca en el mando; pierde la batalla de Montesclaros ó de Villaviciosa; sentimiento del Rey; conjuración del marqués de Heliche; disputa de los embajadores en Londres; afrentas; muerte del Rey y principales disposiciones de su testamento; juicio de su reinado y resumen de los males que causó á la Monarquía.

Llegan por fin los últimos años de la vida de Felipe IV, y con ellos los fines de la guerra con Francia, la paz de los Pirineos, los desastres de Portugal, que afirmaron la Corona de aquel reino en las sienes del de Braganza, las humillaciones de España en las negociaciones y cortes extranjeras. Sucesos, si no más temibles, más vergonzosos que nunca comprende este nuevo período.

Continuaron en tanto, á pesar de la sumisión de los naturales, las hostilidades en Cataluña. Suplicaron los del Rosellón al Rey que hiciese un esfuerzo para recobrar aquella provincia como había recobrado la de Cataluña, asegurándole que allí estaban los ánimos no menos propensos que aquí á volver á la obediencia. Llegó el caso de prestarse por sí sola á la recuperación de Cataluña, con tal que se la ayudase con caballería, que era lo que le faltaba. Y el Rey y sus Ministros, tímidos é irresolutos, no osaron acometer una empresa tan importante, y que la ayuda de los naturales, deseosos de volver á juntarse con la madre patria, hacía tan fácil. Dejó el de Mortara el virreinato al comenzar la campaña de 1653, y entró en él D. Juan de Austria mientras casi todo el ejército que había obrado la recuperación era destinado á Portugal. Comenzáronla los franceses entrando de nuevo con un cuerpo volante de soldados y miqueletes que llegó hasta el llano de Vich; pero fueron rechazados por D. Gabriel Llupiá con algunos soldados y buen golpe de paisanos. Luego el mariscal de Hocquincourt con el traidor Margarit, un tal D. José Ardenas y el capitán Manuel Aux, bien señalado en las pasadas revueltas, entró por el Portus, mandando catorce mil infantes y cuatro mil caballos. Pensaban que Cataluña al verlos se levantaría de nuevo en armas contra su natural Gobierno; pero erraron completamente el cálculo. Sólo los forajidos, acosados por la justicia, se juntaron con los franceses, aunque á la verdad no en corto número, porque nunca lo hubo por desgracia de tales gentes en el Principado. Señalóse en su odio contra los españoles además de Margarit, Aux y Ardenas, un cierto Segarra, gran forajido. Pero el grueso de la población tomó valerosamente la parte de España.

Dos tercios formados para defender á Barcelona durante el sitio, vinieron á ponerse á las órdenes de Don Juan con otros muchos soldados y capitanes que estuvieron peleando contra España. Tomaron los franceses algunos lugares y á Figueras no sin pérdida, y luego pusieron sitio á Gerona. Allí estaba lo mejor de nuestro ejército con el Condestable de Castilla, General de la caballería, el barón de Sabac, el marqués de Sierra y D. Juan Palavicino, sus principales capitanes; y llegando los franceses de improviso se hallaron encerrados. Defendiéronse heroicamente ayudados por los vecinos, hombres y mujeres que á porfía se prestaban á coronar los muros: rechazaron á los franceses de sus brechas, y teniéndolos setenta días sin adelantar un paso, dieron tiempo á D. Juan de Austria para que desde Barcelona, juntando ejército bastante, viniese al socorro. Compúsolo de catalanes, voluntarios casi todos, con alguna infantería napolitana acabada de desembarcar y algunos escuadrones de caballería vieja, y el total no pasaba de cinco mil infantes y mil quinientos caballos. Con todo, bastóle esta gente para llegar delante de Gerona y romper un trozo de enemigos que le salió al encuentro; y como la guarnición de la plaza hiziese una salida oportuna, diéronse las manos los españoles de dentro y de fuera y se logró el socorro, viéndose forzados á retirarse los contrarios. Señalóse en aquella ocasión D. Francisco de Velasco, hermano del Condestable, que quedó pasado por el pecho de un mosquetazo y quebrado un brazo, cumpliendo con su obligación largamente. Recobráronse luego Castellón de Ampurias y Figueras. Disolvióse el ejército catalán después de tales victorias, con lo cual los enemigos pudieron de allí á poco entrar otra vez en el Principado y correr la tierra hasta Gerona sin obstáculo alguno. Pero de todos modos hizo mala campaña Hocquincourt, que perdió mucha gente en Gerona y más en la retirada, sin poder ganar una plaza importante ni conservar siquiera los pequeñas lugares donde entró. Á la campaña siguiente, destinado Hocquincourt á Flandes, entró á gobernar á los franceses el príncipe de Conti.

Este había ya aparecido en la parte de Conflans con cuatro mil infantes y mil quinientos caballos: tomó por asalto á Villafranca de Conflans, pasando á cuchillo la mayor parte de su guarnición, que se defendió hasta el último punto, y luego emprendió el sitio de Puigcerdá. Quisieron los nuestros distraerle del intento y amagaron á Rosas; dejó el de Conti con efecto á Puigcerdá y fué á socorrer esta última plaza, mas en el camino fueron destrozadas sus tropas por las partidas de naturales apostadas en los desfiladeros; sin embargo, llegó delante de Rosas y obligó á los nuestros á retirarse con premura. Dió ocasión el no haber ejército á que los enemigos osasen insultar las murallas de Barcelona pasando por delante de ellas, aunque sin fruto. De nuevo se pusieron sobre Puigcerdá, que tenía dos mil hombres de guarnición, y se defendió muy bien al principio; pero muerto de un cañonazo su gobernador, D. Pedro Valenzuela, se dió á partido.

Pugnaba en tanto D. Juan de Austria por juntar ejército que oponer al enemigo; y aunque Cataluña puso mucho de su parte, no lo hubo bastante para dar batalla á los franceses. Con esto D. Juan salió de Barcelona y estuvo observándoles algunos días; luego guarneció las plazas más importantes y se recogió, sin hacer nada, á la capital. En tanto el enemigo entró en la Seo de Urgel, que halló indefensa, en Berga y Camprodón. Púsose también sobre Vich; pero los miqueletes catalanes le tomaron de tal suerte los pasos, impidiéndole los mantenimientos, que hubo de alzar el campo. Luego reforzado recorrió el Ampurdán y sitió á Cadaqués, que estaba ya bloqueado por algunos bajeles; rindióla, y desde allí fué sobre Castellón de Ampurias. Había logrado D. Juan levantar ya en la provincia algunos tercios, y con la escasa caballería y gente veterana con que contaba se propuso librar esta plaza; ya estaba cerca cuando cayó en una emboscada que le tenían dispuesta los enemigos; trabóse con igual valor el combate, pero sobreviniendo el grueso de los contrarios, tuvo D. Juan, inferior en poderío, que retirarse á Palamós, y Castellón fué perdida. Apoderóse D. Juan de Bañolas; pero el francés se resarció con usura, entrando en Solsona, que halló desguarnecida. Mandaba en esta ocasión D. Manuel de Aux, llevando consigo todos los soldados viejos de aquella provincia que no habían desamparado las banderas extranjeras, y luego quedó con ellos de presidio. No tardó D. Juan en mandar un trozo de gente á que le asediasen; acudieron á socorrerle, cuando ya estaba apretado, mil quinientos caballos franceses y algunos infantes, y D. Juan, que estaba en Vich, envió su caballería, que mandaba D. Diego Caballero de Illescas á estorbar el intento. Viéronse entrambas fuerzas delante de Solsona, pelearon y hubo muchos muertos y heridos; pero los contrarios debieron padecer mucho más y quedar derrotados, porque se recogieron á un bosque cercano, y de allí, desistiendo del socorro, pasaron á Berga. Luego el de Conti se puso sobre Palamós para divertirnos de lo de Solsona, sitiándola por mar y tierra; pero sobreviniendo nuestra armada al mando del marqués de Santa Cruz con veinte bajeles y treinta galeras, hubo de alzar el sitio. Tomó no obstante algunos lugares mientras nuestra armada ocupaba las islas Medas.

Tropezó esta armada delante de Barcelona con una francesa que traía el duque de Vandoma para visitar aquellas costas y sublevarlas de nuevo; dióse un combate que duró todo el día, donde ambas partes se atribuyeron la victoria, y los franceses se retiraron á sus puertos y los nuestros á Cartagena. Entre tanto don José Galcerán de Pinós, noble caudillo catalán, se apoderó de Berga; vinieron los franceses á recobrarla, y la defendió su alcaide Juan Miró valerosamente, dando tiempo á que Pinós con mil infantes y mil cuatrocientos caballos, á cargo de D. Diego Caballero, acudiese en su auxilio. El enemigo, tomada ya la villa, aprovechó la ocasión de poner la conquista del castillo, ocupado aún de Miró y los suyos, á trance de batalla. Mandábalos el catalán D. José Ardenas. Su infantería ocupó ciertas colinas ventajosas, y la caballería quedó en un llano de poca extensión metido entre unos barrancos; una ermita enlazaba á la infantería y la caballería protegiendo á ésta. La infantería catalana, mandada por Pinós, ganó las colinas al enemigo y se comunicó con el castillo. D. Diego Caballero con la caballería, al amparo de algunas mangas de walones, logró doblar los barrancos, entrar en el llano donde estaba la enemiga y deshacerla; luego la guarnición del castillo cayó sobre la villa, y la rota de los franceses fué completa. Casi toda su infantería quedó prisionera y entre todos bien perderían mil quinientos soldados con el bagaje y artillería. Salvóse milagrosamente D. José Ardenas, retirándose por los montes seguido de pocos. Sabida esta victoria por D. Juan salió de Barcelona, y reforzando aquel pequeño ejército con mil quinientos infantes sacados de las galeras, asedió formalmente á Solsona, descuidada hasta allí por unos y por otros á causa de los diversos accidentes de la guerra, y la tomó sin grande esfuerzo.

En esto fué nombrado D. Juan de Austria para el gobierno de Flandes, y el virreinato de Cataluña tornó al ilustre Mortara. Ahuyentó el marqués del Ampurdán á los franceses, tomando todos los lugares de aquellos contornos menos Rosas, y D. Diego Caballero y el conde de Humanes con un trozo de ejército fueron á ponerse sobre la Seo de Urgel; pero ó bien por desorden de ellos, ó bien por no atreverse á esperar al enemigo que venía superior en fuerzas, levantaron el sitio. En tanto el duque de Candale, francés, y Margarit entraron en Blanes y en muchos lugares abiertos, é insultaron de nuevo al llano de Barcelona. El gobernador francés de Castellfollit vendió por dinero aquella plaza al rey Felipe, y un golpe de gente catalana recobró á Blanes. Sitió el de Candale á Castellfollit deseoso de castigar al Gobernador y de recobrar la plaza; socorrióla D. Próspero Tuttavilla con escogido escuadrón de caballos, no sin pérdida del enemigo, y en su retirada al paso del Fluviá fueron acometidos los franceses por Mortara con el grueso de sus fuerzas, y obligados á echar al río dos cañones que llevaban, perdieron muchísima gente dispersa. En seguida D. Próspero Tuttavilla acometió el castillo de Camprodón; acudió á socorrerlo Mr. de Santonné con buen golpe de infantes y caballos, y á una legua de aquella plaza tuvo lugar un combate, en el cual los enemigos fueron destrozados con pérdida de quinientos hombres, muriendo no pocos y calificados de nuestra gente. Con esto se rindió Camprodón; pero no tardó en sitiarla de nuevo Mr. de Santonné con más de cinco mil infantes y tres mil caballos.

Reunió entonces Mortara los tercios catalanes, la infantería de las galeras al mando de D. Melchor de la Cueva, el tercio de la guardia que allí estaba á cargo de D. Juan Salamanqués, un tercio valenciano y otro navarro y hasta dos mil quinientos caballos al mando de D. Diego Caballero, y con esta gente se presentó delante de los enemigos. Salieron ellos á esperarle en un llano que baña el caudaloso Ter. Trabóse la batalla, en la cual nuestras dos alas envolvieron las de los enemigos; pero antes aún de que esto se verificase, ya don Diego Caballero había esguazado el río con sus caballos, y cogiendo por la espalda al enemigo, había destrozado cuanto se le había puesto delante, forzando, espada en mano, las líneas y entrando á degüello los cuarteles que habían quedado bien guarnecidos. Con esto fué completa la victoria, perdiendo el enemigo hasta mil quinientos prisioneros, las banderas y artillería. Fué tan brillante acción la última de la guerra por aquellas partes. Sostúvose tibiamente porque Francia, no contando ya con el favor de los pueblos, juzgaba inútil el esforzarse; y España, escudada con la fidelidad de la provincia, no tenía miedo del enemigo. Así fué que en lugar de enviar á Cataluña nuevas tropas se enviaron á Portugal, Italia y Flandes las que permitieron reunir los tiempos tan estrechos. Fué gloriosísima sin embargo la conducta de nuestras armas, catalanas en la mayor parte, durante estas últimas campañas, poniendo casi siempre de nuestro lado la victoria. Así anduvieran nuestras cosas por todas partes.

Pero en Italia, Portugal y Flandes no era buena la fortuna. En Italia se mostró varia. Por el lado de Nápoles hubo un nuevo amago del duque de Guisa, no menos funesto para él que el anterior. Habíase librado éste á ruegos de D. Juan de Austria de la pública muerte que le preparaba el buen conde de Oñate por castigo, y conducido á España fué encerrado en el Alcázar de Segovia. De allí se escapó disfrazado: pero no pudo ganar á Francia, y preso de nuevo en Vizcaya fué restituido á sus prisiones.

Pasara allí el resto de su vida, si el príncipe de Condé no hubiera interpuesto su favor y súplicas con el Rey de España, cuando vino á nuestro servicio. Creyóse acaso que aumentaría el partido de los Príncipes contra Mazzarino; pero el de Guisa, ingrato al de Condé, se puso de parte del Ministro, é ingrato al Rey de España que le dió la libertad cuando tenía derecho para quitarle la vida, comenzó á solicitar ayuda y protección para volver á Nápoles. Hizo entonces Mazzarino equipar una armada de cuarenta bajeles, y pensando vengarse del aliento que daba España á sus enemigos personales, envió en ella al duque de Guisa á las playas napolitanas, con armas y soldados. Llegó esta armada delante de Castelmare y hallándola desprovista, sin esfuerzo alguno cayó en sus manos. Al saber la venida de los franceses, conmoviéronse los Abruzzos, y las cuadrillas de bandidos que recorren siempre aquellas comarcas, se engrosaron grandemente á punto de causar serios temores. Pero el Virrey que, vuelto Oñate á España era el conde del Castrillo, obró con actividad y acierto. Reunió la infantería española y la caballería napolitana, y caminó apresuradamente á Castelmare. Salió el de Guisa al encuentro lleno de presunción, y hubo á las puertas de la ciudad un combate, en el cual los enemigos fueron completamente derrotados: de suerte que apenas pudieron reembarcarse al abrigo de los muros. Luego se hicieron á la vela los bajeles franceses, y el de Castrillo sosegó fácilmente los revueltos ánimos de los naturales de los Abruzzos, y volvió á poner en paz todo el territorio.

Á principios de 1653 entró el mariscal Grancey en el Piamonte con un ejército, y juntándose con las tropas del duque de Saboya, fueron en busca del Gobernador de Milán que lo era aún el marqués de Caracena, don Luis de Benavides, con el fin de provocarle á batalla. Halláronle cuando éste entendía en esguazar el Tánaro por la Roquetta, y al punto le embistieron. Eran los dos ejércitos casi iguales en número; peleóse casi todo un día, y con tanto escarnizamiento, que los regimientos suizos que traían los franceses, faltos ya de balas, cargaron sus armas con los botones de hierro de sus vestidos; mas al fin los franceses, que habían venido á provocar la batalla, tuvieron con su retirada que confesar la derrota. Perdimos nosotros poca gente, mucha los aliados. En seguida el vencedor Caracena, amagando antes algunas plazas del enemigo, tomó cuarteles de invierno. No osaron los franceses emprender nada en la siguiente campaña; pero en la de 1655 volvieron á alimentar grandes esperanzas. El duque de Módena, Francisco de Este, obligado poco antes á pedir misericordia á España, no pudiendo llevar con paciencia la altivez de Caracena, volvió á empuñar las armas. Envió Mazzarino en su ayuda al príncipe Tomás con un trozo de ejército. Mas no bien supo el de Caracena la determinación del Modenés, entró en sus estados con respetables fuerzas, tomó á Reggio y luego se puso sobre Berzello.

No hallaron el duque de Módena y el príncipe Tomás otra traza para libertar esta última plaza, sino el poner sitio por su parte á Pavía, plaza de extrema importancia en el Milanés. Lisonjeábanse ya de conquistarla, compensando con esta sola ventaja cualquiera pérdida que tuviesen, cuando apareció Caracena; y cortando los víveres á los enemigos y acosándolos de continuo, les obligó á levantar el asedio, disminuídos ellos, él sin pérdida notable. Luego para desquitarse de no haber tomado á Berzello, redujo á Correggio á nuestra obediencia. Con esto el marqués de Caracena aumentó su reputación sobremanera; y como la Corte pusiera mayor atención en Flandes que en ninguna otra parte, le envió allá, trayendo de allí en cambio para gobernar estas armas al conde de Fuensaldaña. No era el nuevo general, ni muy antiguo, ni muy experimentado en las armas, ni los sucesos le daban por muy afortunado tampoco; pero poseía cierta firmeza de carácter y habilidad, y estaba sobre todo en Madrid bien visto, cualidad bastante á la sazón para desempeñar cualquier cargo.

Fueron á decir verdad, no desafortunadas sus operaciones. En un encuentro empeñado rompió buena parte de las tropas de Módena; mas el Duque, con los nuevos refuerzos que le enviaron los franceses al mando del duque de Mercoeur, que vino á reemplazar al príncipe Tomás de Saboya, muerto en aquellos días, juntando hasta catorce mil hombres, fué con ellos sobre Valencia del Pó. Defendióse ochenta días la plaza; pero tuvo al fin que rendirse, porque Fuensaldaña no pudo socorrerla, aunque lo intentó por dos veces, y á pesar de haber obtenido notables ventajas á campo raso contra las tropas modenesas que acudían al cerco, no logró levantarle. Recibió Fuensaldaña algunos refuerzos del Emperador; mas la falta de dinero, y por consecuencia de pagas y bastimentos, impidió sacar provecho alguno. Sitió á Valencia del Pó y no pudo recobrarla, porque acudieron al socorro los enemigos; mas en cambio impidió á éstos, mandados por el Modenés y el príncipe de Conti, con varias y acertadas combinaciones, que se apoderasen de Niza de la Palla, sitiada todo un mes por ellos. Rindieron sin embargo á Mortara y los pequeños fuertes de Varas y de Novi, y Fuensaldaña no pudo apoderarse de Borzello que de nuevo tenía sitiada. Así hallaron por allí la paz nuestras armas. Fuensaldaña, á pesar de que no cesaba de suplicar al Rey que hiciese la paz á toda costa, dando sino el Milanés por perdido, supo mantener con su firmeza por aquellas partes, no sólo nuestro dominio, sino también el respeto de nuestras armas.

Mas donde verdaderamente lucharon con encarnizamiento durante el último período de la guerra españoles y franceses, fué en las provincias de Flandes y no poco en el interior de la misma Francia, al calor de las disensiones. Allí fueron varios y continuos los sucesos, no pocas las complicaciones; y para tratar de todo ello es preciso explicar y relatar algunas cosas, que, tanto en España, como en Francia, ocuparon por largo tiempo la atención de los Ministros y diplomáticos. Dejamos al príncipe de Condé en Flandes, y en unión con nuestros capitanes. Dióle la Corte de España, deseando utilizar sus talentos, título de Generalísimo y tales consideraciones como obtenía el mismo archiduque Leopoldo. Puesto al frente de un trozo de nuestro ejército con algunos regimientos levantados por él para servir á su patria, y que ahora seguían su bandera, recobró á Rethel y tomó á San Menehould dentro del territorio francés.

Desquitóse de estas pérdidas Luis XIV, recobrando la importante plaza de Bourg en Guyenne, mal defendida por D. José de Osorio que allí mandaba y reduciendo á su obediencia á Burdeos, puesto en armas por el príncipe de Conti, al calor de una armada que al mando del barón de Batteville y del marqués de Santa Cruz se dejó ver á la embocadura del Garona. Teníamos ocupados muchos puestos á la embocadura del río y sin duda no cediera la ciudad de Burdeos al enemigo si Lormont que la aseguraba, no hubiera sido vendida á Mazzarino por la guarnición irlandesa que allí tenía España. Con Burdeos tornaron á obedecer á su rey Livourne, Perigueux y otras plazas, no poco revueltas también por aquellos días, en las provincias occidentales de Francia. Al Oriente por la parte de Flandes, el príncipe de Condé, el conde de Fuensaldaña, y el duque de Lorena, salieron á campaña con hasta veinticinco mil hombres, recorrieron las riberas del Soma y sitiaron la plaza de Rocroy, de funesta memoria; guardaron esta vez los desfiladeros vecinos de forma que no pudiese venir el socorro, y por fin la rindieron. Poco faltó para que se malograse esta empresa por la discordia que sobrevino entre el Príncipe y el de Fuensaldaña. Acudió á componerlos, desde Bruselas, el mismo archiduque Leopoldo, y no tardó en disputarle el de Condé con el título de Generalísimo, que tenía ciertas preeminencias, por manera que tomó aún mayores proporciones la discordia. Medió el duque de Lorena y se terminaron las diferencias; pero á los pocos días fué preso el propio Duque y enviado á España.

Ocasionó esto grande y más peligrosa discordia; algunos regimientos loreneses se pasaron á los franceses; muchos soldados y capitanes sueltos hicieron lo mismo, y del resto de las tropas auxiliares del Duque se confiaba tan poco que apenas se sacó de ellas partido alguno. Sin embargo, continuaron al servicio de España gobernadas por Francisco, hermano del duque Carlos. Acusaban al Duque de mantener inteligencias con Francia, y de andar en tratos de paz con aquella potencia; mas esto no estuvo nunca bien justificado. Y cierto que la conducta del duque Carlos no era para engendrar tales sospechas; él había abandonado el partido de Francia por el partido de la casa de Austria; la había servido eficazmente por su persona y con sus súbditos contra todo género de enemigos, y había empleado en su provecho sus talentos militares, que eran grandes y la sangre de sus soldados; había perdido por ella su hacienda y estados. Ni el Imperio antes ni ahora España, tuvieran mejores aliados, y principalmente esta última, por la cual, aun viéndola en tanta decadencia, luchaba heroicamente en Flandes. Dícese que entibió su ardor en los últimos tiempos; mas para olvidar tantos servicios y castigarle tan duramente, era preciso que más que tibieza se advirtiera en él clara defección. Y aun así y todo sería de dudar si á un Príncipe soberano, aliado nuestro, y no vasallo ni feudatario, podíamos sin justicia castigarle porque se fuese de nuestro partido. Mas el hecho fué que Fuensaldaña, en quien descansaba entonces nuestra Corte todos los negocios de Flandes, recibió órdenes reservadas para ejecutar la prisión; que la hizo con gran sigilo, sin que el Archiduque pusiera de su parte más que la confirmación de tal medida, y que vino á España, donde, encerrado en el Alcázar de Toledo, estuvo maldiciendo nuestra ingratitud hasta la conclusión de la paz.

Entre tanto se perdió Stenay, una de las plazas rebeldes contra el Rey de Francia por el lado de Flandes. Para distraer á los franceses de aquel sitio se emprendió el de Arras, que nos fué muy funesto por la división de los capitanes y el desorden del ejército, de ella y la prisión del de Lorena ocasionado. Era el ejército de hasta doce mil infantes y diez mil caballos. Mandábanlo el archiduque Leopoldo y el príncipe de Condé, los cuales atacaron tan mal la plaza, que en cincuenta días no lograron aportillar los muros. Su línea de cinco leguas de circuito tardó tanto en cerrarse, que hubo tiempo de sobra para que las abasteciesen los franceses y reforzasen su guarnición. Luego los mariscales de Turena y de la Ferté, con diez y ocho mil hombres escasos, acudieron á levantar el cerco, situándose á media legua de la plaza. Propusieron unos capitanes ir á atacarlos, otros mantenerse en las líneas; y el ejército francés recibió, al mando del mariscal de Hocquincourt, un gran refuerzo. Todavía era posible sorprender á este último por tener separado su campo del de Turena con notoria imprudencia; mas no pudieron ponerse de acuerdo tampoco nuestros capitanes. Pasaron días, nuestro ejército se desatentó y se debilitó sobremanera, y al fin Turena, bien tomadas sus disposiciones, embistió por todas partes nuestros cuarteles. Fué forzado casi sin defensa el cuartel de los loreneses, y con muy poca el de españoles, que mandaba D. Fernando de Solís, y se comunicaron los enemigos con la plaza; entonces el Archiduque con algunos cabos y poca gente se retiró á Douay; el príncipe de Condé con el General de la caballería española y la mayor parte del ejército se vino en buen orden á Cambray, y Francisco de Lorena amaneció en Valenciennes fugitivo. Perdióse la artillería y bagajes. Consecuencia de este descalabro fué el que Turena recobrase en Francia á Quesnoy, la Chapelle y otras plazas, y rindiese, á pesar de su esforzada defensa, la importante plaza de Landrecy, sin que el príncipe de Condé pudiera recobrar lo perdido.

Acabó de disgustar también aquel revés al archiduque Leopoldo, harto disgustado ya con la falta de recursos y con la confianza que la Corte de Madrid hacía en Fuensaldaña, el cual gobernaba verdaderamente todas las cosas en mengua suya, y solicitó que se le dispensase del cargo. Eran entonces los principios del año de 1653, y nuestra Corte, viendo cuán poco adelantaba con la alianza de Condé y sus parciales, atribuyendo no sin razón mucha parte al poco concierto de los generales, oyó bien la solicitud del Archiduque y determinó enviarle sucesor apartando de allí á la par al conde de Fuensaldaña, ya mal visto de muchos. Habíase granjeado el archiduque Leopoldo el amor de los pueblos, que habían de sentir naturalmente su ausencia; necesitábase reemplazarle con persona de autoridad bastante para que no se le echase tanto de menos, y al propio tiempo era evidente que, sin autoridad y sin conocimiento de las armas, no podía haber gobernador que bien lo fuera donde estaba el príncipe Condé. Todo esto hizo recaer la elección en D. Juan de Austria, que estaba casi ocioso en Cataluña.

Fué con efecto D. Juan á desempeñar su cargo, no sin padecer antes en la mar muchos azares, y con él, para acompañarle en el mando, se destinó al marqués de Caracena D. Luis de Benavides, entrando en lugar de este á gobernar á Milán el conde de Fuensaldaña, como atrás hemos visto. Dieron los nuevos capitanes en Flandes excelente comienzo á su Gobierno. Sitiaban los mariscales de Turena y de Ferté la gran plaza de Valenciennes con un ejército de treinta mil hombre y mucha y buena artillería: defendíala D. Francisco de Meneses, su Gobernador, con extraordinario esfuerzo, de manera que los enemigos no adelantaban un punto. Pero sin embargo, D. Juan de Austria con Caracena y el príncipe de Condé, determinaron socorrerla, y lo ejecutaron felicísimamente. Estaban los Mariscales franceses acampados, el uno en una y el otro en otra de las orillas del Escalda, que baña la ciudad, á fin de estrecharla por todas partes. D. Juan y el de Condé rompieron las exclusas en Bouchain, é inundaron ambas riberas del río, de suerte que no era posible caminar por ellas. Al mismo tiempo se pusieron en marcha por terreno seco hacia el cuartel del mariscal de la Ferté: llegaron sonada la media noche y lo embistieron, de manera que en un momento lo arrollaron todo, poniendo á los franceses en completa derrota.

Tuvo el marqués de Caracena la gloria de ser el primero que plantase nuestro estandarte sobre las trincheras enemigas. No pudo Turena enviar á su compañero refuerzo alguno, porque no consentía el paso de los infantes y caballos la inundación de la ribera, y así todo el trozo de ejército de la Ferté fué destruído. Siete mil cadáveres quedaron en el campo de batalla, y cuatro mil prisioneros, entre los cuales se contaban el mismo la Ferté, y hasta sesenta y siete capitanes de menor cuenta; todo el bagaje, artillería y banderas vinieron á poder nuestro. Turena entonces tuvo que alzar el cerco y retirarse en buena ordenanza. Fué el fruto de esta victoria la toma de Condé, con lo cual se terminó la campaña de 1656. Para la siguiente tuvieron ya que luchar D. Juan de Austria y Condé con un nuevo enemigo. Este era Cromwel, protector de la República de Inglaterra.

Aquel príncipe de Gales, que estuvo para ser cuñado de Felipe IV, tan rencoroso con España siendo ya Rey, había muerto en un cadalso á manos de sus propios vasallos, con el nombre de Carlos I. El pueblo inglés, puesto en armas contra su Rey, después de vencerle y degollarle, depuso sus iras y se entregó á merced de aquel afortunado aventurero. Cromwel fué más tirano que nunca lo hubiese sido Carlos I, y el pueblo, como suele suceder, llevó ahora con paciencia cosas mayores que las que antes pusieron las armas en sus manos. Europa, ocupada en aquellas encarnizadas luchas entre católicos y protestantes, entre la casa de Austria y sus enemigos, no prestó grande atención en los principios á aquellas turbulencias; aun hubo naciones, como Francia, que contribuyeron á exacerbarlas para tener distraída á Inglaterra y otras, como España, que celebraban en secreto las amarguras del rey Carlos, recordando las ofensas que le debían. Ni aun llegado el trance de la muerte de aquel desdichado Príncipe, lloraron los demás Príncipes tanto como debieran el ejemplo fatal que se ofrecía á los pueblos, y la lección que acababa de escribirse en la historia, atentos sólo á lo presente. Ciegos con sus odios, y desvanecidos con sus empeños, antes se pararon á ver el partido que podían sacar de tal acontecimiento, que no las consecuencias que de él habían de deducir y recoger los tiempos futuros. Así unas primero, otras después, todas las Potencias fueron reconociendo á la República inglesa.

Señalóse España por haber sido en esto la primera. Verdaderamente en el punto en que estaban las cosas, luchando á solas contra Francia y Portugal, la alianza de los ingleses podía reputarse, no sólo por útil, sino aun por necesaria. Imaginó D. Luis de Haro aprovechar el despego con que en los días que siguieron á la muerte de Carlos I miraban todas las naciones á Cromwel para solicitar su alianza, y por lo mismo se apresuró á reconocerlo. No se descuidaron Portugal y Francia en entablar iguales negociaciones, y entonces el astuto Cromwel comenzó á prevalerse del deseo de tales Potencias para entretenerlas á un tiempo, hoy dando, mañana quitando esperanzas, ya inclinándose á una, ya á otra, con el objeto de sacar más ventajas de su alianza. Hubo, pues, en Londres, una larga lucha diplomática, en la cual el marqués de Leyden y D. Alonso de Cárdenas, Embajadores nuestros, ordinario el uno, el otro extraordinario, hicieron desesperados esfuerzos por traer al astuto protector al partido de España, y aun pudiera decirse que humillantes. Mas en tanto que se afanaban por lograr la amistad del protector, aconteció en Madrid un desagradable suceso.

Fué el caso, que habiendo enviado Cromwel á nuestra Corte con título de residente á Antonio Ascham, uno de los más decididos parlamentarios y parcial suyo, al día siguiente de su llegada fué asesinado en su propia casa por cierto inglés realista, de los acogidos á nuestro suelo, queriendo castigar en él la parte que había tomado con su voz y voto en el suplicio de Carlos I. Sintiólo mucho nuestra Corte, y titubeó algún tiempo entre la aprobación que el hecho de aquel realista le merecía y la amistad de Cromwel, deseando hallar medio de conciliar ambos afectos: para ello se dió tiempo al agresor á que se acogiera en sagrado, y luego se dieron órdenes rigurosas á un alcalde de Corte de que lo redujese á prisiones. No entendió el alcalde las ocultas miras de la Corte, y lleno de indiscreto celo puso tales asechanzas al inglés y se valió de tales amaños, que logró sacarlo del sagrado, poniéndolo á disposición de los Tribunales. Entonces estos no pudieron menos de condenarle á muerte; y la Corte, aunque llena de dolor, no tuvo aliento para renunciar á la amistad de Cromwel, y dejó ejecutar la sentencia castigando indirectamente al alcalde. Pero Cromwel, lejos de contentarse con tan dolorosa satisfacción, no dejó de hacer cargos á nuestra Corte sobre la muerte de Ascham, y no tardó en urdir contra nosotros una trama miserable.

Era costumbre en Londres, que á la entrada de cada nuevo Embajador asistiesen los coches y séquito de los demás Embajadores para honrarle; y en tales casos se seguía en la colocación de los diversos carruajes el orden de dignidad y grandeza que alcanzaban las naciones; de modo que hasta entonces los de España habían ido siempre delante de los de Francia. Llegó á Londres un Embajador de Suecia: salieron como siempre á recibirle los carruajes de los demás, y caminando el del Embajador de España como de costumbre, se le interpuso el carruaje del francés y pasó adelante. Al punto los españoles de la servidumbre del Embajador pusieron mano á las espadas y obligaron á los franceses á volver á su puesto. Pero Cromwel, de acuerdo ya con ellos, tenía apostados por aquellas inmediaciones un trozo de soldados, los cuales acudieron al rumor de la pendencia, y so pretexto de poner en paz á españoles y franceses, dejaron á éstos que pasasen delante. El asunto, aunque parecía trivial y pequeño, no era sino de grande importancia en aquellos tiempos de etiqueta diplomática, y el marqués de Leyden, hombre de gran valor y carácter, que como General de la mar había ya defendido una vez á Dunquerque de los franceses, se quejó duramente á Cromwel; mas no obtuvo satisfacción alguna, y poco después, desesperando de lograr nada, se volvió á Flandes.

No tardó en seguirle D. Alfonso de Cárdenas; porque Cromwel, quitándose al fin la máscara, ajustó un tratado con Mazzarino, por el cual se comprometió á declarar la guerra á España, embistiéndola con todas sus fuerzas marítimas, y á dar seis mil hombres al Rey de Francia para sitiar de nuevo á Dunquerque, plaza que tomada, debería quedar á disposición de Inglaterra. No faltó allá durante las negociaciones quien representase á Cromwel como más favorable á la nación la alianza de España que no la francesa, á fin de mantener el equilibrio entre las dos Potencias; pero el protector, con funesta sagacidad, se empeñó en ponerse en contra nuestra. Decía con razón que Francia no tenía colonias, ni navegación, ni comercio que pudiera ser presa de la armada inglesa como tenía España; que la guerra contra Francia podía ser muy gloriosa á Inglaterra, pero que no la proporcionaría provecho alguno, y que la rica y abandonada herencia de España, con poca dificultad y coste, si bien con menos gloria, estaba convidando al saqueo. No bien fué conocido el Tratado, mandó Felipe IV que todas las mercadurías y buques ingleses que hubiese en sus reinos, fuesen confiscados; pérdida inmensa para aquella nación, y medida, si no justa porque no podía serlo tal despojo, osada al menos y proporcionada al género de hostilidades y daños que de Cromwel podían temerse. Este ordenó equipar al punto armadas que atacasen á nuestras colonias y persiguiesen á nuestros buques en todos los mares; pero en Flandes fué donde se sintieron los mayores golpes.

Vinieron en los principios de 1657 á reforzar el ejército del mariscal de Turena seis mil ingleses escogidos de los veteranos de la revolución, al mando del coronel general Renols, caudillo muy nombrado en la guerra civil. Ya D. Juan de Austria y el príncipe de Condé habían recobrado á San Guillain, y forzado al enemigo á alzar el sitio de Cambray. Juzgóse que la primera empresa de los enemigos aliados sería el sitio de Dunquerque, y por lo mismo se metió Condé dentro de la plaza con numerosa guarnición y escogida. Tal era en verdad el intento de Turena; pero no osó, al saber las prevenciones, llevarlo á cabo, y fué á ponerse sobre Bourbourg, plaza pequeña y mal defendida que rindió en horas. De allí fué á San Venant y la tomó, y luego precisó á los nuestros á levantar el campo de delante de Ardres; por último, sitió á Mardik, fortalecida y guardada por los españoles, tomóla en ocho días, y la puso en manos de los ingleses mientras que cumplía el Tratado rindiendo á Dunquerque.

Ni tardó en conseguir esto con la ayuda poderosa de Inglaterra. Mediado el año de 1658, una armada inglesa de veinte navíos de guerra cercó la boca del puerto de Dunquerque, y seis mil ingleses más, también escogidos y veteranos, al mando de milord Lokart, vinieron de Inglaterra á reforzar el ejército de Turena. Repartiéronse luego los cuarteles, y pronto estuvo aquella ciudad estrechamente sitiada por mar y tierra, viniendo al campo el mismo Luis XIV para alentar á sus soldados. En tanto halló medio el de Leyden, antes Embajador en Inglaterra, para atravesar las líneas enemigas con alguna gente y socorros, y atendió con mucho acierto y valor á defender la plaza. Los sitiadores metidos entre ella y Furnes y Bergues y Niwport, que estaban en nuestro poder, no podían recibir los bastimentos sino por la parte del mar; de modo que su posición era peligrosa. D. Juan de Austria y Condé, con hasta quince mil hombres, vinieron á agravarla, presentándose por el camino de Furnes hacia las Dunas, distantes como tres cuartos de legua del campo; venían con ellos el marqués de Caracena, el mariscal de Hocquincourt, del partido de los Príncipes y el duque de York, hijo del desventurado Carlos I, hermano del pretendiente Carlos II, y luego infeliz Rey de Inglaterra, que estando al servicio de Francia se había pasado al de España por causa de la liga ajustada entre aquella Potencia y Cromwel, obteniendo de nuestra Corte el título de Capitán general de la armada del Océano. Tal ejército y con tales capitanes, dejaba esperar que al enemigo se le frustraría el intento de apoderarse de la plaza; mas no sucedió así por desgracia. No creyeron ni D. Juan ni Condé que el ejército anglo-francés viniese á ofrecerles batalla; porque encerrado como estaba entre ciudades nuestras, una rota le habría traído á perdición completa. Por otra parte, no tenían ellos todas sus fuerzas; faltaba la artillería que habían dejado muy atrás por acudir más pronto, y no poca parte de la infantería: por manera que á la sazón eran muy superiores los anglo-franceses. Así, pues, no imaginando que los otros viniesen á atacarlos, ni queriendo ejecutarlo ellos hasta tener dispuestas todas sus cosas, estuvieron nuestros Generales dos ó tres días sin emprender cosa de importancia, ocupados sólo en hacer reconocimientos y facciones.

Uno de tales reconocimientos le costó la vida al mariscal d'Hocquincourt. Mas Turena, que sabía que don Juan y Condé aguardaban refuerzos, que no tenían artillería, y que eran entonces muy inferiores en número, aprovechó hábilmente los momentos, y al amanecer de un día, cuando nadie lo esperaba en nuestro campo, vino sobre él en orden de batalla. Formóse apresuradamente nuestro ejército, apoyando su derecha en aquellas mismas Dunas, tan fatales ya otra vez para nuestras banderas, extendiendo el centro y ala izquierda por las arenosas llanuras, testigos medio siglo antes de la rota gloriosa de nuestras armas. Mandaba la derecha, D. Juan de Austria con los españoles; la izquierda, el príncipe de Condé con sus regimientos propios y otras tropas extranjeras, y éstas componían también el centro.

El marqués de Castelnau con los franceses, y milord Lokart, con la vieja infantería inglesa, embistieron las Dunas, que eran, como hoy se dice, la llave de la posición de los nuestros: defendiéronla los españoles con valor; pero fué inútil, porque en la playa que se extendía entre las Dunas y el mar no se había puesto alguna guarda, á causa de estar muy alta la marea cuando se formó el ejército en batalla, y ahora bajando la marea dejó abierto allí bastante espacio para que pasase un Cuerpo de caballería francesa, el cual, cogiendo por la espalda á los españoles, los puso en derrota. Deshechos éstos, lo demás del ejército no pensó ya más que en huir, dejando tres mil hombres muertos en el campo, más en la fuga que en la batalla, y muchos prisioneros. Debieron el triunfo los enemigos á la infantería inglesa, si es que puede decirse que alguno ganara allí la gloria; la verdad es que con la imprevisión de D. Juan de Austria en no guardar la playa ó caleta entre el mar y las Dunas no había lucha posible, era inevitable la derrota de nuestro campo. Vergonzosa derrota esta segunda de las Dunas, y harto diferente de la primera donde el honor quedó por los vencidos.