La justicia andaba tan perdida como lo demuestra el caso escandaloso de D. Antonio de Amada, que en 1654 horrorizó á la Corte. Era éste criado del marqués de Cañete, y por su bizarría y buenas partes muy querido de todos. Aconteció que el Marqués golpease á la mujer de uno de sus lacayos, porque quiso impedirle que hiriese á su marido. Ofendido éste determinó matar al Marqués, y ya anochecido al bajar las escaleras, escondiéndose detrás del D. Antonio de Amada, le disparó una estocada de que quedó muerto, huyendo él al punto. Fué preso Amada, y aunque protestó de su inocencia hasta lo último, fué condenado á muerte sin oirle en derecho. Hallábase con órdenes menores, y lo reclamó la justicia eclesiástica; pero no oyéndola, en el momento de ejecutarse el suplicio, envió el Cardenal Arzobispo de Toledo, con licencia del Rey, cuadrillas de frailes y de criados que robaron al supuesto reo llevándolo á casa del Prelado. No tardó la justicia ordinaria en forzar la casa de éste y llevarse al reo de nuevo ejecutando al cabo de una semana la sentencia. Todos los Grandes acudieron á favorecer al verdugo, porque con la muerte del de Cañete cada cual temía por su vida, principalmente habiendo habido un cochero que respondiese por aquellos días al duque de Pastrana «que todos eran hombres y que cada uno se tenía por hijo de su padre», palabras y temor que ha conservado Barrionuevo[25] y que bien muestran lo que era por entonces la grandeza, y el estado que alcanzaban los plebeyos. Estos, excitados por los clérigos, estaban de parte de Amada y hubo que desterrar á muchos y aun al mismo Cardenal que se negó á cumplir la orden. Temíase un conflicto entre la grandeza y el clero donde hubiera que llegar á las armas, cuando un suceso inopinado vino á llenar á toda la corte de espanto. El lacayo que había muerto al de Cañete estando á punto de morir de heridas, que se ocasionó en la fuga, declaró que D. Antonio de Amada era inocente, y que él era el culpable. La vergüenza y el dolor del Rey fueron grandes; el escándalo tal, que en mucho tiempo no se trató de otra cosa en la corte. Por los mismos días el Condestable de Castilla mató á un criado suyo, é hizo armas contra un alcalde de Corte, y el suceso fué venir á quedar sin castigo, porque ni siquiera cumplió el corto destierro que se le impuso. Tal se entendía entonces la igualdad sagrada de la justicia.
Si volvemos los ojos á las Cortes de los reinos, tampoco hallaremos consuelo alguno. Reúnense periódicamente las de Castilla; pero continúa en ellas sólo el brazo popular, y éste es impotente para hacer prevalecer sus determinaciones. Mejoróse su constitución en los primeros años de Felipe IV, logrando de este Monarca que no continuase el abuso introducido por los antecesores de nombrar ellos los procuradores de las ciudades, con que desaparecía completamente la representación del reino. Todavía, durante este reinado, se vieron sus derechos subsistentes y respetados: todavía sin votarse en ellas no se cobraron impuestos, y aun en 1632 osaron negar al Rey el dinero que pedía. Pero el Conde-Duque halló medio de reprimir aquellas centellas de libertad é independencia como á su tiempo dijimos, reconociendo en los procuradores la facultad de conceder tributos por sí propios, sin venir autorizados de las ciudades. Así, ganados ellos, todo se lograba; y en adelante no hubo más resistencia.
Poco resistieron también las de Aragón, aunque á la verdad menos solicitados y gravados sus reinos que Castilla. Valencia fué más indócil, y sobre todo Cataluña. Pero la libertad de las Cortes en estas últimas provincias, y sobre todo en Cataluña, lejos de ser favorable á la nación, fué tan funesta como atrás hemos visto. Ajenas las Cortes en esta provincia á toda idea nacional, mirando sólo su particular conveniencia, no lograron su resistencia á los despilfarros del Rey, sino que los pagase sola Castilla, y aún que Castilla atendiese sola á la defensa de todos. Luego estas mismas Cortes contribuyeron á tan lastimosos levantamientos que pusieron á punto de perderse del todo la Monarquía. La falta de libertad en los unos, y en los otros la libertad sobrada, no habiéndose conservado en todos una libertad razonable; el no haberse preferido la unidad nacional á cualquiera otra ventaja; los males del provincialismo; las desventajas de la desunión de nobles y plebeyos en Castilla, y de que aquellos careciesen de representación é influjo en las Cortes; todos los errores en fin de nuestra organización política, no corregidos por Fernando el Católico, por Carlos V, ni por Felipe II, salieron ahora á la faz de la nación. ¡Cuántas lastimosas consecuencias debían preverse! Guerras civiles, desconcierto, impotencia, todo se toca ahora, y de todo hay que acusar á Felipe IV y sus Ministros. Eran males escondidos en el seno de nuestra organización política; pero las torpezas de aquellos hombres los exacerban y los suscitan, y aunque no los producen, los hacen nacer. Hacemos estricta justicia. Tampoco ha de contárseles por únicos responsables en el mayor mal que hubieran producido la intolerancia religiosa y el rigor de la Inquisición, que era la ruina intelectual de España. Ni esta ruina, ni siquiera la decadencia, se conocieron en los primeros años de Felipe IV. Dijimos ya en tiempo de Felipe III, que todo el poder intelectual de la nación se había consagrado á la literatura: esto se vió más y más en el reinado que acabamos de narrar, hasta que le tocó también á la literatura la hora de la decadencia.
La afición del Rey y de la Corte á las comedias, hizo que fuera este género de literatura el que más alto llegase; de modo que á calificar por una sola cosa este reinado, así como el de Felipe III puede decirse que fué de frailes y de monjas, de éste hay que decir que fué de cómicos y comedias. Jamás en tiempo ni en nación alguna se ha cultivado con más entusiasmo y más talento el arte dramático que en España y en el reinado de Felipe IV. Catorce años le duró la vida á Lope de Vega, después de muerto Felipe III, y en todo este tiempo no dejó de componerlas; de suerte que su nombre va también unido al de Felipe IV. Calderón fué ya todo suyo, y Tirso y Moreto y Rojas y el corcovado Alarcón escribieron para su placer y el de su Corte, La vida es sueño, El desdén con el desdén, El Burlador de Sevilla, D. Juan Tenorio, García del Castañar y La verdad sospechosa, obras inmortales. Á la par de estos ingenios de primer orden, cuyas obras andan en bocas de todos, brillaron Luis Vélez de Guevara, y Montalbán; hizo Guillén de Castro el original del Cid; la Hoz y Mata escribió su Castigo de la miseria; Diamante su Judía de Toledo; Solís sus obras dramáticas que eclipsaron más tarde el mérito singular de sus páginas históricas; D. Fernando de Zárate y el judaizante Enríquez Gómez las suyas, ya sean dos ellos, ya sea una propia persona; y florecieron Cubillo y Mira de Mescua, Matos Fragoso y D. Antonio de Mendoza, Belmonte y Leiva, si no con tan grande ingenio como los primeros, dignos todavía de admiración y aplauso. Y aun el catálogo dramático no está terminado, porque detrás de los poetas de primero y segundo orden, aparecieron otros no despreciables todavía: Villaizan, á cuyas comedias asistía siempre disfrazado Felipe IV, tal era la estimación en que las tenía; Zabaleta, el primero que escribió artículos de costumbres, ingenioso en ellos, penoso en sus reflexiones y escritos morales; el novelista Salas Barbadillo, funesto en la poesía épica, y no muy aventajado en la lírica; D. Alonso del Castillo Solórzano, también novelista y bueno, no así poeta, aunque algunas de sus novelas estén en verso; y Coello y los Herreras, D. Jacinto y D. Rodrigo, los hermanos Figueroas, D. José y D. Diego, Jiménez Enciso, D. Gerónimo Cáncer, que pudiera llamarse medio poeta, pues no escribió obras sino de por mitad, Villaviciosa y Avellaneda, su colega en componer comedias; Vélez el hijo, la célebre monja de Méjico, sor Juana Inés de la Cruz, Monroy, un cierto maestro León harto distinto del gran lírico en mérito y fama, Muget y Solís, Matías de los Reyes, y el doctor Felipe Godínez, más dado que á las humanas á las comedias religiosas.
En éstas se emplearon también, el maestro José de Valdivieso, no mejor dramático que épico; el trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, predicador de Felipe IV, hombre no falto de talento, pero de deplorable gusto é ingenio, que hacía las delicias de la corte en sus sermones, y la desdicha de todo el mundo en sus comedias; los jesuítas Céspedes, Calleja y Fomperosa, y una multitud de frailes caballeros, anónimos y poetas aprendices ó perversos, indignos de memoria. Mas no es de olvidar entre ellos el nombre de Luis Quiñones de Benavente, que pretendió resucitar en España la ditirámbica imitación de Aristóteles, uno de los cuatro géneros en que está dividida la imitación poética: la cual consistía en juntar en una misma pieza, verso, música y baile. No podía ser la presentación más alta; pero ni aun el nombre ni la materia de sus obras correspondieron con ella, y sólo fué autor de bailes, entremeses y sainetes, en cuyo género de escribir le acompañaron Cáncer y Avellaneda y algunos otros de los escritores menos estimados de la época. También escribió comedias y medias comedias D. Francisco de Quevedo, y como en otra parte decimos, no falta quien suponga que las escribía el propio Monarca bajo el título de un ingenio de esta corte, bien que este género de anónimos fuese entonces empleado de muchos.
Con tales poetas y comedias no podían menos de ser muchos y buenos los comediantes[26]. Señaláronse desde los fines del reinado de Felipe III hasta la muerte de Felipe IV, aquella María Calderón, en quien tuvo el príncipe á D. Juan de Austria; la Baltasara, que purgó sus libertades de cómica con penitente y solitaria vida; la hermosa Josefa Vaca y su marido Alonso Morales, llamado el príncipe de los representantes; los dos Olmedos, padre é hijo, hidalgos é infanzones; el desvergonzado Juan Rana, encanto por sus gracias de la corte; Roque de Figueroa, el Néstor de los cómicos; María Riquelme, notable por haber sido virtuosa en las tablas; Bárbara Coronel, mujer varonil, célebre en aventuras y costumbres impropias de su sexo, homicida á lo que se cree de su esposo; Eufrasia de Reina, casada á un tiempo con dos maridos; la famosa Amarilis María de Córdoba; el noble caballero D. Pedro de Castro; Sebastián del Prado, que fué con la infanta Doña María Teresa á París, y durante mucho tiempo representó allí comedias españolas con grande aplauso y ganancia, y otros innumerables hidalgos, clérigos, frailes y personas de toda condición y estado, aficionados á tal género de vida, donde la piedad del siglo no extendía sus tiránicas leyes, ni clavaba la Inquisición, tan severa contra los libros y las ideas, su garra sangrienta.
Y todavía hay que añadir que así como al Rey se le encuentra entre los poetas dramáticos, á las Princesas españolas es preciso contarlas entre las cómicas de su época. Por el mes de Mayo de 1622 se representó en los jardines de Aranjuez una comedia fantástica del conde de Villamediana titulada: La gloria de Niquea; labrándose teatro de madera y telas á mucha costa. Asistieron el Rey, los infantes D. Carlos y D. Fernando y gran concurso de cortesanos; de modo que no se vió, según el narrador[27], lugar vacío. Hizo en esta comedia de Villamediana el papel de Reina de la hermosura la misma Doña Isabel de Borbón, por cuya causa parece cierto que murió luego el poeta, la infanta Doña María representó el papel de Niquea; y los demás las damas y criadas de la Real Casa, entre ellas una negra esclava que fué muy aplaudida. Es sabido también que la infanta Doña María Teresa, luego Reina de Francia, representó con sus damas una zarzuela de Bocángel Unzueta para celebrar la venida á España de la reina Doña Mariana de Austria. Pero á pesar de la inaudita afición que tales hechos demuestran á la poesía dramática, no tardó en caer éste á la par con los otros géneros de literatura.
Había heredado Felipe IV de su padre á Góngora, poeta de funesta originalidad, pues hallando ya manoseada la forma clásica, inventó para distinguirse de los demás una extraña y contraria á todos los buenos principios, que de su nombre se llamó gongorismo, y también culteranismo, por la afectación de cultura de que en ella se hizo alarde. En vano escribió Rioja, ó más bien perfeccionó, aquella inimitable canción de las Ruinas de Italia[28] con tan noble y clásico estilo, al paso que componía sus bellas silvas á las flores; en vano Jáuregui hizo aquella famosa traducción poética, que es aún la única que haya superado al original; en vano rivalizó Villegas con Anacreonte, y Espinosa con Teócrito; en vano Quevedo descargó los terribles golpes de su crítica contra la nueva escuela: él mismo fué arrastrado por ella antes de mucho con Lope, otro de sus enemigos, con el mismo Jáuregui y los más de los grandes líricos de aquella era. Señaláronse entre los sectarios de Góngora y apóstoles de la nueva forma, aquel hijo infeliz del correo Mayor hereditario, que con el nombre de conde de Villamediana fué tan trágicamente famoso, y de Salazar Mardones, que redujo á reglas y doctrinas lo que era antes deplorable uso y extravío. No tardó éste en comunicarse de la poesía lírica á la dramática, afeando sobre manera los dramas de Calderón y de Lope, introduciendo una afectación de sentimiento que mató la verdad, y un alambicamiento de estilo que obscureció los más bellos rasgos del ingenio; á la poesía épica en la que produjo abortos tan monstruosos como los poemas del mismo Lope, el Macabeo de Silveira y La Virgen de Atocha de Salas Barbadillo; á la historia que ennoblecida con las páginas inmortales de Moncada y de Mello hubo de llorar lastimosamente que Céspedes de Meneses el novelista narrase en culto los primeros años de Felipe IV; y al púlpito mismo donde si el Padre Paravicino hacia las delicias de la corte, no era sino explicando la noble y sencilla doctrina de Cristo en el lenguaje hinchado y pedantesco, salpicado de retruécanos, paranomasias, conceptillos, trasposiciones, neologismos latinos y griegos y alusiones mitológicas que en verso y prosa formaban los distintivos y especiales caracteres de la nueva escuela.
No se comprende á no recordar los antecedentes y meditar sobre ellos, cómo pudo sobrevenir de repente revolución tan completa. El genio y la fatalidad de un solo hombre no bastaban para eso, y más cuando él, aunque eminente, no alcanzaba superioridad alguna sobre tan ilustres varones como hubo entre sus secuaces. Traslúcese antes de examinar y estudiar el asunto, que algo había en los espíritus, algo en lo general de la nación que facilitara la empresa, y aun acaso impusiese la nueva escuela á muchos que voluntariamente no la habrían seguido jamás. Este algo era cabalmente el apartamiento de las ciencias y el exclusivo culto de la poesía y buenas letras que hemos ya señalado.
En todo el tiempo de Felipe IV apenas se oye hablar de un solo hombre eminente en filosofía, ni siquiera en aquella aristotélica y platónica tan estudiada de antes; nada se sabe de matemáticas, ni de física, ni de astronomía; crecen en tanto los teólogos, y se hacen por sus controversias estériles, famosos entre todos los teólogos del mundo, que los respetan y admiran y escuchan ávidos sus decisiones; se aumentan cada día los comentaristas escolásticos de las leyes, convirtiendo en un logogrifo la jurisprudencia, aunque no faltan jurisconsultos de nota como Crespí de Valdaura, Ramos del Manzano y otros; pululan los economistas, pero éstos con menos fortuna que nunca, pues sólo Fernández de Navarrete en su Conservación de monarquías que escribió comentando una gran consulta del Consejo de Castilla en 1619, y algún otro merecen ser recordados. Conocen generalmente los principales males de la nación; censúranles con juicio; pero, al lado de tal ó cual observación prudente, aparecen en tales autores cuanto la impertinencia y el delirio pueden producir de más absurdo. Así siguieron y comentando las palabras de la consulta famosa de 1619, halla el licenciado Navarrete las mayores enfermedades que aquejasen á la sazón á España, en lo costoso de los vestidos, la veleidad de las modas, la glotonería, el andar en coche y otras cosas por el estilo, al paso que sobre los mayorazgos cortos y la administración de justicia y la manera de colonizar de nuevo á España, y los males de la vanidad ociosa, y la conveniencia de acortar las profesiones religiosas, y hacer menos extensos ciertos estudios, que sólo producían holgazanes, pronuncia admirables sentencias.
El único libro de aquella época donde luce su actividad y libertad el espíritu humano, es el de las Empresas políticas de Saavedra; mas su autor lo pensó y escribió en tierra extranjera, y allí publicó las primeras ediciones[29]. Si luego se imprimió y pudo circular por España, debióse antes sin duda á la posición y al influjo del autor, que no á lo inculpable del texto. Y sin embargo Saavedra, si es todavía un escritor de primer orden, pensador no lo es tanto; tiene harto más de elocuente, de claro, de bello en la expresión, que no de profundo ú original en sus apreciaciones y juicios.
Era que desde el primer tercio del reinado de Felipe IV, la Inquisición tenía casi terminada su obra, la obra triste y laboriosa de más de un siglo; era que apenas dejaba ya pasar un rayo de luz el anillo de la serpiente. Y muerta la filosofía que produce las ideas y las matemáticas que las relacionan y las aplican; muertos la observación y experimentos de las ciencias naturales; ociosa la razón y vacía la inteligencia, ¿qué había de hacer la literatura, encerrada ya en los estrechos límites de lo pasado y entregada á su sola actividad, sino devorarse á sí misma? Tarde ó temprano eso tenía que suceder, y eso sucedió á fines del reinado del infeliz Felipe IV. Porque no es la literatura, no es la poesía la más perfecta de sus manifestaciones, sino la forma de objetos preexistentes, un cierto espejo donde se reflejan las épocas con sus sentimientos justos ó injustos y sus verdaderos ó falsos principios, y como forma y espejo que es, no tiene potencia para crear por sí sola la substancia que encierran los objetos que representa. Tal vez nacen hombres que á su cualidad de poetas juntan la de filósofos eminentes y van más allá de su siglo y pintan y reflejan cosas no existentes todavía. Pero la singularidad de tales genios no contradice ni impide la marcha general del arte y sus naturales condiciones; ni en el caso presente, perseguida con inaudita saña, hubiera podido la filosofía andar más segura debajo del manto vistoso de la poesía, que debajo de los latinos in folium salmantinos y complutenses. Y así como mientras manan y corren las ideas en poderoso río, producen sus riberas lozanas y numerosas las flores de la literatura, así cuando suspenden su movimiento las aguas y no acuden nuevas y se estancan las antiguas, viene como arriba decimos, la esterilidad y la decadencia, tarde ó temprano.
¡Dichosos los primeros que disfrutaron tales aguas, y halláronlas copiosas y claras!: ellos se hacen inmortales; los segundos las encuentran más turbias y más escasas, y con tanto ingenio como los primeros, es mucho menos lo que producen; mas los terceros sienten ya sed y repugnancia, anhelan por nuevas aguas, claras y copiosas, quisieran descubrir manantiales nuevos, los buscan por todas partes, y entonces nace fatalmente el hombre de la decadencia. Es siempre un hombre creador, de poderosa fantasía, de altos talentos, que debió ser de los primeros, y no lleva con paciencia ser de los últimos, que quisiera ser original, y no halla cómo serlo, oprimido por la fama de sus antecesores, no más dotados de genio que él, sino más afortunados en el nacimiento, deseoso de igualarlo, é imposibilitado de seguirles, jardinero en estío, espigador en invierno, que no halla flor ni grano que recompense su fatiga. Tal fué Góngora. Y cuando llegan ocasiones como ésta, cuando el hombre de la decadencia busca un camino por donde escapar del desierto que le rodea, por donde salir á la fama y á la gloria que le niega su época, no halla, no puede hallar más que uno solo, que es el de fabricar en la forma, ya que le falta con que fabricar en el fondo; es el de distinguirse por la palabra, ya que no puede hacerlo por el sentimiento ó la idea. En lugar de contener en frases sencillas ideas sublimes, encierra vulgares ideas en pomposas é hinchadas palabras; y en vez de dejar en hermosa desnudez el estilo, le viste de retruécanos, de paranomasias y de cuantas afectadas galas imagina. Desecha la metáfora natural por la violenta, abandona la palabra propia por la extraña, la nacional por la extranjera, confunde el alambicamiento con el ingenio, la pedantería con la erudición, lo relumbrante con lo claro y verdadero. Tal fué la escuela de decadencia introducida por Góngora en España. Y por tal inducción se explica solamente el que los más de los ingenios cedieran al momento al contagio, y que si hubo algunos que resistieron por cierto tiempo, no hubiese ninguno que al fin se salvara. Ellos, los genios afortunados, que habían nacido en una época de buen gusto, que habían alimentado su espíritu con los buenos modelos, todavía en medio de las aberraciones de la nueva escuela dejaron obras inmortales, principalmente en la dramática. Pero sus sucesores, criados ya en el cieno de la corrupción y del envilecimiento literario, no imitaron más que sus faltas, no aprobaron sino sus yerros, y á la par que la poseía, desaparecieron los poetas. Así acabó del todo el arte entre nosotros, perdido en las tinieblas del gongorismo, á la par que en Francia anunciaba Descartes la filosofía moderna, á la par que Corneille y Racine creaban la tragedia francesa, á la par que Molière perfeccionaba la comedia de nuestros días sobre modelos españoles.
Aquella gloria literaria tan superficial, aunque tan grande y seguida de tan mortal caída, fué acompañada de otra gloria no menor: la gloria de la pintura. Este arte, tan favorecido por Carlos V, por Felipe II y aun por el propio Felipe III, llegó durante el reinado de Felipe IV á su apogeo. No en balde aquellos dos primeros Monarcas habían hecho venir á España los primeros maestros y los mejores cuadros de su tiempo: con ellos se formaron en tiempo de Felipe III pintores inmortales, que en el reinado de Felipe IV fueron asombro de las artes. Tuvo este Monarca entre sus vanidades, la de que se empleasen en su obsequio los primeros pintores que entonces tuvo el mundo, españoles los más, no pocos italianos y flamencos de sus provincias súbditas ó dependientes: estos artistas transcribieron al lienzo todos los objetos de su amor, todos los asuntos que podían halagar su vanidad insaciable.
De ello ofrece larga muestra el Real Museo de Madrid. Allí está el retrato de Felipe III, obra de Velázquez, y el pincel de este grande hombre sigue al mismo Felipe IV desde la niñez hasta la edad madura, acertando á trazar las huellas que la edad y los placeres iban dejando en su rostro, con inimitable maestría. Allí están Doña Isabel de Borbón, la bella francesa, y Doña Mariana, la orgullosa austriaca; allí los príncipes infortunados D. Baltasar y D. Felipe Próspero; allí la infanta Doña Margarita y aun el Conde-Duque, á quien el Rey amó tanto ó más que á los de su familia, del propio pincel de Velázquez, retratados. La historia de la Virgen, casi entera, representada por Bartolomé Esteban Murillo; sus cuadros místicos y los de Zurbarán encantan allí los ojos de los artistas, después de haber presenciado las devociones del licencioso Rey en sus palacios; el flamenco Snyders ha dejado allí pintadas sus cacerías y el Padre Mayno ha conservado en alegoría su esperanza de reducir á Flandes. Y á la par se ven por dondequiera las glorias de los primeros días del reinado: de una parte la campaña del gran duque de Feria contra el Monferrato, representada en la marcha sobre Acqui, cuadro del aragonés José Leonardo; de otra campaña del mismo Duque en la Alsacia, representada con el socorro de Constanza y la expugnación de Reginfeld, cuadro del florentino Vicente Carducci; ya el cuadro del madrileño Eugenio Caxés, que señala el desembarco de los ingleses cerca de Cádiz al mando del conde Lest, y la conducta valerosa de aquel Maestre de campo D. Fernando de Girón, que enfermo y atormentado de la gota se hace llevar en silla de manos á disponer tan gloriosa victoria, ya el cuadro con que el Vicente Carducci, antes citado, pinta á D. Gonzalo de Córdoba, venciendo en la memorable batalla de Fleurus, ya el cuadro de Leonardo, donde pinta la rendición de Breda y al buen marqués de Spínola, que acompañado del de Leganés, D. Diego Felipe de Guzmán, recibe las llaves de la ciudad, y aquel otro que al propio asunto dedicó Velázquez, uno de los mejores de su autor, conocidísimo con el nombre de Cuadro de las Lanzas. Por último, por Velázquez y Van-Dick está allí retratado el victorioso Cardenal Infante, y por Rubens la victoria de Nordlinghen. Nunca más altos asuntos han sido tratados por más ilustres pinceles. Zurbarán en tanto, con sus trabajos de Hércules, Toledo con sus batallas marítimas, Alonso Cano, pintor, escultor y arquitecto de grandes obras y poco afortunada vida, Ribera, el Españoleto, Esteban March, Rizzi, los floristas Arellano y Vander Hamen, y otros muchos que fuera ocioso enumerar, se emplean en adornar el Alcázar Regio, el Buen Retiro, los sitios reales del Pardo y Aranjuez y el llamado La Zarzuela, y hacen que aquél sea con razón reputado en España por el Siglo de Oro de la pintura.
Por último, hablando de las cosas que alcanzaron estímulo y esplendor de Felipe IV, es imposible olvidar los juegos de cañas, toros y fiestas caballerescas que tanto alegraron en su tiempo los funerales de la Monarquía. No parece sino que para tales ejercicios nació predestinado este Príncipe, porque en los regocijos que por su nacimiento se celebraron en Valladolid, hubo ya famosas cañas en las cuales corrieron con los caballeros de la Corte el mismo Felipe III y su privado el duque de Lerma. Hijos tales ejercicios de la antigua galantería española y árabe, fueron ordinarios en tiempo de Carlos V, pocos en los días de Felipe II, raros en los de Felipe III, mas Felipe IV les dió mayor vida que hubiesen tenido nunca. Apenas hubo fiesta en su reinado en que él no corriese cañas por su persona. Corriólas famosísimas en 1623 con ocasión de la venida del príncipe de Gales en la Plaza Mayor de Madrid: las cuadrillas fueron diez con más de quinientos caballos, gobernándolas el Conde-Duque y Monterrey, el marqués de Villafranca y los principales señores de la Corte; el lujo fué increíble y la destreza y gallardía del Príncipe muy celebrada. Corriólas también el Rey en 1636 con diez y seis cuadrillas de á doce caballeros, donde rompió él por su persona tres lanzas. El casamiento de la infanta Doña María con el Rey de Hungría; la elección de éste como Rey de romanos; el nacimiento del príncipe D. Baltasar Carlos, y otros tales sucesos, dieron ocasión á fiestas de toros y cañas de gran magnificencia, donde el Rey lució igualmente su bizarría. En las del nacimiento de D. Baltasar fueron los caballeros sesenta, contándose el mismo Rey, con número inmenso de músicos y escuderos. La edad y los pesares del Rey también trajeron esto, como todo, á decadencia en sus últimos días.
LIBRO NOVENO
SUMARIO
Carácter de Doña Mariana de Austria y del Padre Nithard; elevación de éste y primeras desavenencias con D. Juan.—Proyectos ambiciosos de Luis XIV; acomete á Flandes y toma muchas plazas.—Paces con Portugal.—Preparativos de guerra y donativos; pérdida del Franco Condado y paz de Aquisgrán, donde se recupera.—Ordénase á D. Juan que pase al gobierno de Flandes; muerte de Malladas; niégase D. Juan á ir á Flandes; quítale la Reina el gobierno; dispónese prenderle en Consuegra; su fuga á Cataluña; división de la Corte y de la nación en dos partidos; dirígese en armas D. Juan desde Barcelona á Madrid; preparativos de resistencia; llegada de don Juan á Torrejón de Ardoz; cede al fin la Reina desterrando al Padre Nithard.—Nuevos disgustos entre la Reina y D. Juan; el Regimiento de la Guardia; niégase D. Juan á deshacer sus fuerzas; nómbranle Vicario de los reinos de Aragón; intentos de D. Juan.—Principios de la privanza de Valenzuela; desórdenes de los Guardias de la Reina; gobierna Valenzuela la Monarquía; desastres en América; nueva guerra con Francia; imposibilidad de sostenerla; el Rey llega á su mayor edad y llama á D. Juan al Gobierno; destierro de Valenzuela y de la Reina.—Sucesos de la guerra.—Flandes; batalla de Seneff; pérdida del Franco Condado: Ayre, Condé, Valenciennes, Cambray, Gante é Iprés, rendidas al enemigo; batalla de Mons.—Cataluña; inteligencias en la parte de Rosellón; hazañas de los miqueletes y ventajas del duque de San Germán; combate glorioso del Tech; batalla de Maurellás; heroísmo de los miqueletes; gloriosa defensa de Gerona; el capitán Boneu; combate de Vilanadal; pérdida de Puigcerdá.—Sicilia; insurrección contra el Virrey en Mesina; dase esta ciudad á Francia; combate naval; viene Ruyter con la Armada holandesa en nuestra ayuda; combates navales y muerte de Ruyter; abandonan los franceses á Mesina; paz vergonzosa de Nimega.—Gobierno de D. Juan de Austria; su descrédito; casamiento del Rey; muerte de D. Juan.
Era la reina gobernadora Doña Mariana de Austria, Princesa de poco talento, pero imperiosa y terca sobre manera: de suerte, que todo límite opuesto á su voluntad le parecía estrecho; cruel en sus iras y orgullosa; poco amante de los españoles, á quienes miró siempre como extranjeros, al paso que profesaba ciego cariño á su casa y á su familia. No temía los sucesos, por peligrosos que fueran, cuando los miraba de lejos, y sólo al sentir sobre ella el golpe, decaía de aliento. Devota, aunque no tanto que por serlo se olvidase de que era mujer, ni cifrase todas sus dichas en el cielo. Sedienta de oro, no tanto por el que necesitaba para sí, como por el que derramaba sin tasa entre su familia y sus favorecidos, tuvo también aquella mujer la desgracia de no saber suplir los talentos que á ella la faltaron, rodeándose de quien los tuviese grandes. Así se vió que los más de sus Ministros y favoritos eran menos capaces que ella de dirigir las cosas del Gobierno.
El primero, que fué el Padre Juan Evérard ó Everardo Nithard, de la Compañía de Jesús, había sido confesor suyo desde los primeros años, y en tal concepto vino acompañándola á Madrid. Jamás caracteres más parecidos han podido reunirse que el del confesor y la Reina. Tenía aquél solo más astucia, como que le hacía más falta en lo humilde de su condición para los altos fines que ambicionaba; pero en lo demás era imperioso y terco como la Reina, como ella crédulo y fanático y enemigo de tener compañeros en el poder é influjo. No bien murió su marido, se propuso la Reina dar entrada en la Junta formada en el testamento para asistirla en todas las cosas del Gobierno, al confesor Nithard. Favoreció la casualidad su propósito; porque veinte horas después del fallecimiento del Rey faltó también el cardenal Sandoval, Arzobispo de Toledo, con lo cual quedó en la junta un puesto vacante. Aguardaba todo el mundo con curiosidad la provisión de empleo tan alto, cuando la Reina, llamando al cardenal D. Pascual de Aragón, que como Inquisidor general era de los miembros de la Junta, le ordenó que aceptase el Arzobispado de Toledo, dejando su antiguo empleo. Resistióse el de Aragón como era natural, porque en aquellos tiempos no había ya cargo alguno en la nación que pudiera compararse con el suyo; pero la Reina le obligó á consentir en ello, nombrando en seguida al Padre Nithard Inquisidor general, y como tal, miembro nato de la junta. Por muy prevista que estuviese la privanza del confesor, causó el suceso profundo y general disgusto.
Señalóse entre los que murmuraban de la elevación insólita del jesuíta, el bastardo príncipe D. Juan de Austria, que era quien más desfavorecido se hallaba con el nuevo orden de cosas. Enemigo de Doña Mariana de Austria casi desde el punto en que ella puso el pie en España, acusándola, de sus derrotas primero, y luego más quejoso de ella por su destierro, envidioso desde entonces porque con sus gracias hubiese cautivado al Rey á punto de fiar de ella más que de él, quitándole la privanza que tenía por segura y aun enajenándole su amor, de suerte que ni quiso verle en la hora de la muerte, resentido porque ni el Rey en esta última hora, ni luego la Reina misma, quisieron concederle el título de Infante, que aunque bastardo pretendía, teniendo en menos la aptitud de la Reina, y despreciando al confesor, de cuya virtud públicamente se burlaba, y cuyos principios escarnecía, y á la par de esto, más rico en ambición que en mérito, pensando que á hombre como él estaba reservado sólo el salvar en tan difíciles circunstancias la Monarquía, y que era desconocer la grandeza de su capacidad el que donde estaba para gobernar, otros gobernasen, y más un teatino y una mujer, cuando claramente se necesitaba un gran soldado, y él por tal se tenía, D. Juan no debía ver con paciencia los sucesos. Y por lo mismo, si él era quien más hostilizaba á la Reina y al confesor, también era la persona contra quien el confesor y la Reina estaban más enconados. Esperaban éstos una ocasión en que echarle de la corte con honroso pretexto, cuando el mismo D. Juan, anticipándose, se salió de Madrid cierto día y se retiró á Consuegra, donde antes había estado retirado, residencia ordinaria de los grandes priores de Castilla en la Orden de San Juan, cuya dignidad poseía. Publicaba que después de haber presidido en el consejo secreto de su padre, no podía tolerar compañero tan inferior en los consejos y determinaciones como el Padre Nithard. No contentó á éste ni á la Reina la retirada, recelando con razón que la hacía para conspirar mejor contra ellos. Lo que deseaban era echarle lejos y de suerte que no tuviera por qué querellarse. Y no tardó en ofrecerse pretexto para esto, por cierto bien desgraciado.
La guerra con Portugal continuaba, aunque reducida á robos, correrías y desolaciones de una y otra parte, sin que hubiese aquí ni allí ejército que emprendiese operaciones formales. Había querido hacer la paz la Reina gobernadora no bien murió Felipe IV; pero los Consejos del reino con laudable impulso de patriotismo se negaron á ello, no queriendo renunciar al derecho que asiste á España de ser una, ya que por entonces faltase el poder de ejecutarlo. Meditábase aún levantar tropas y buscar dinero con que avivar de nuevo las hostilidades: dinero era lo principal, porque se veía á la poca gente que por allí teníamos salir á robar por los caminos y por las calles de nuestras mismas poblaciones para sustentarse. Pero no hubo tiempo para atender á esta guerra: acontecimientos gravísimos lo estorbaron. Luis XIV andaba buscando ocasión desde la muerte del rey Felipe para aprovecharse de la debilidad del Gobierno y de la impotencia de la nación, despojándonos á mansalva de los dominios que nos quedaban todavía. Un leguleyo, por nombre Duhan, natural de Turena, había descubierto, revolviendo y compulsando antiguos libros, que en el estado de Bravante había vigente una ley, la cual disponía que siempre que un poseedor pasase á segundas nupcias, hubiese de reservar los bienes patrimoniales para los hijos del primer matrimonio.
No necesitó más Luis XIV, y extendiendo al punto un manifiesto donde pretendía probar que aquella ley civil debía considerarse como ley política, exigió que España le entregase por su mujer María Teresa, única sucesora que había quedado del primer matrimonio de Felipe IV, el Bravante y cualquiera otro país donde tal derecho de reserva hubiese. Rechazó, como era natural, Doña Mariana de Austria la pretensión y el manifiesto del francés; y aun refutólo victoriosamente el doctor D. Francisco Ramos del Manzano con sólidas y eruditas razones. Pero ni la negativa de la Reina, ni las buenas razones del jurisconsulto Manzano pudieron apartar al rey Luis de su propósito. Concertó una alianza con Portugal para que nos entretuviese en nuestra frontera, á fin de que no pudiésemos asistir á Flandes con alguna ayuda, concentró numerosas tropas en las dos provincias más próximas á los Países Bajos, preparó víveres y municiones, y ajustó tratados con los Príncipes alemanes confinantes para que no dejasen pasar por su territorio los socorros que pudiera ó quisiera enviar el Emperador; y en seguida, juntando la fuerza con la pretensión (1667), entró sin más justificación y declaración de guerra en los Países Bajos con hasta cincuenta mil soldados, ejército poderosísimo para aquella edad, puesto que hasta entonces no hubiera sido costumbre usarlos tan numerosos.
Cómo estuviesen los Países Bajos para resistir tal invasión, da pena recordarlo. Gobernábalos á la sazón el marqués de Castel-Rodrigo, Don Francisco de Moura, ilustre portugués que había seguido la parte de España, y en largas experiencias y servicios tenía dadas pruebas de su lealtad. No bien vió amenazadas sus provincias, escribió á la Reina una carta donde la decía: «Que mientras Francia hacía tan grandes preparativos de su parte, todo era desnudez y falta de recursos en Flandes; que tenía necesidad de los soldados españoles é italianos, y hasta tiempo para mejorar algo las cosas; que había abastecido en lo posible á Namur, Charlemont y Charleroy, alentando los abatidos ánimos; pero que no por eso podían contarse por seguras tan importantes plazas, puesto que continuaban haciendo falta provisiones, y los doscientos mil escudos, que era la sólida cantidad que había recibido en dos meses, no bastaban para cubrir la centésima parte de las urgencias; que si los franceses entraban como se decía aquella primavera, no veía cómo habían de salvarse las plazas sino era de milagro, y que bien pudiera darse una provincia, con tal de evitar entonces el rompimiento.» No logró el buen Marqués que la Corte atendiese á nada de esto, y cuando entró Luis XIV en persona en los Países Bajos, se halló para resistirle con algunos miles de hombres desorganizados y hechos á vivir de limosna en los caminos reales, sin víveres, ni artillería, ni capitanes. No hay que culpar de nada al marqués de Castel-Rodrigo; él hizo cuanto se podía hacer en tales circunstancias.
Voló las fortificaciones de muchas plazas por no tener soldados con que guarnecerlas, entre ellas á Armentieres, Condé y San Gillain: quiso hacer lo mismo con Charleroy, donde tenía á medio acabar grandes obras de fortificación; pero no llegó á tiempo de lograrlo. El Monarca francés en persona tomó esta ciudad é hizo acabar las fortificaciones. Jamás se ha hecho una campaña más ventajosa ni más ponderada que la que éste hizo en aquella ocasión; pero tampoco se ha hecho menos honrosa. Pobre sería la reputación de las armas de Francia, si hubiera de formarse con tales hazañas como entonces hicieron: pasear con cincuenta mil hombres y formidables trenes de artillería un país indefenso, tomar plazas voladas ya ó desmanteladas, sin víveres ni guarniciones, era cosa que cualquier Monarca hubiera hecho aún sin llamarse, como Luis, el Grande, y que la nación menos esforzada de Europa hubiera sabido llevar á cabo.
Mientras el rey Luis fortaleció á Charleroy, el mariscal D'Aumont con diez mil hombres tomó á Bergues, y á Furnes, valerosamente defendida, á pesar de todo, por su gobernador D. Juan Toledo. Luego el propio Rey, continuando su paseo militar, entró en Ath sin resistencia, y con poca en Tournay y D'Aumont se apoderó de Courtray, Oudenarde y Alost. Douay ofreció ya á Luis alguna resistencia, y dió tiempo á que se acabase de aprovisionar á Lila, que era la plaza inmediatamente amenazada. El conde Croy, capitán flamenco de nombre, entró en ella con buena guarnición, y se dispuso á sostenerla hasta el último punto. No tardó en sitiarla el Monarca francés con todo su ejército, levantando formidables baterías: la defensa fué como se esperaba; pero al cabo de diez y ocho días de trinchera abierta, aportillados los muros por todas partes, fué preciso capitular. En tanto el de Castel-Rodrigo había levantado algunos regimientos alemanes y otros de naturales, con los cuales, que sumarían seis mil hombres, envió al conde de Marsín al socorro de la plaza. Llegó tarde aquella gente; pero aun cuando hubiera llegado antes, era harto exiguo su número para que pudiese obrar cosa de provecho. No bien supo Luis que venía acercándose á su campo, deseando hacer un simulacro de batalla, y volver á París con la gloria de haber arrollado, á diez contra uno, nuestras banderas, envió numerosas tropas á su encuentro. Retiróse el de Marsín en buen orden; pero los franceses cerca del canal de Brujas alcanzaron su retaguardia, la cual no obstante lo desigualísimo del número, se defendió tan bien, que con pérdida de ochocientos hombres mató más de mil á los enemigos. Sin embargo, fué arrollada, que era lo que Luis XIV quería. Así acabó la campaña.
Sorprendida con ella nuestra Corte, dejóla comenzar y acabarse sin acertar á poner algún remedio. Lo primero que se discurrió fué hacer las paces con Portugal, atendiendo á que mantener la guerra en ambas fronteras contra tan pujantes enemigos era imposible. Y si semejante paz, que rompía para muchos siglos al menos nuestra unidad, pudiera ser en alguna ocasión por necesaria disculpable, en esta lo era. Sin embargo, fuera mejor aún abandonar ó vender toda Flandes con tal de sostener aquí la guerra, que no dejar de hacerla aquí para sostenerla en defensa de aquellas provincias. Mas el honor nacional, vilmente insultado por Luis XIV, excitaba de una parte el deseo justo de la venganza, y de otra, como la guerra con Portugal había sido tan desgraciada, todo el mundo suspiraba por la paz en Castilla. Opusiéronse todavía alguna cosa los Consejos y Ministros á quien se consultó; pero al cabo cedieron, y por medio de aquel marqués de Heliche y del Carpio, prisionero en Lisboa desde la batalla de Villaviciosa, se entablaron las negociaciones; y siendo mediador y fiador el Rey de Inglaterra, se ajustaron las paces al empezar Febrero de 1668.
En ellas se acordó restituir á Portugal las plazas que durante la guerra habían recobrado las armas del rey Católico, y al Católico las que durante la guerra le tomaron las de Portugal, con todos sus términos, quedando las plazas con la artillería que tenían cuando se ocuparon, y los moradores libres para ausentarse ó quedarse, como mejor les conviniera; declarando que en tal restitución de plazas no entrase la de Ceuta, con la cual había de quedarse el rey Católico, por ciertas razones que se consideraban, y fueron sin duda el notar que ésta no había dejado de estar un momento bajo nuestro dominio, y que por su voluntad se había unido á nuestra corona, no reconociendo nunca al de Braganza. Restableciéronse todas las cosas del comercio y tráfico al punto que tenían cuando murió el rey D. Sebastián, y se devolvieron de ambas partes los bienes confiscados.
Entonces, libre nuestra Corte por este lado, volvió toda su atención á Francia. Imaginóse un préstamo que podían hacer las personas pudientes del reino, mil de ellas á mil ducados, y otras á mil quinientos; mas este préstamo no llegó á ejecutarse. Lográronse sólo ciertos donativos de personas particulares, con que se reunieron algunos miles de escudos que enviar á Flandes. Permitíase, á pesar de la guerra que el Embajador francés, que era el Arzobispo de Embrún, permaneciese en Madrid y espiase nuestras acciones, cosa que de mucho antes venía sucediendo, á punto, como en otra ocasión hemos dicho, que más se sabían en París que en Madrid mismo nuestras flaquezas. De este Embajador quedan despachos sobre el tal donativo, donde se dan curiosos detalles: señalóse el viejo marqués de Mortara, dando, á pesar de los apuros de su casa, no de las más ricas, mil patacones; el Almirante de Castilla también contribuyó con mil pistolas, los Consejeros de Castilla cedieron la mitad de sus emolumentos de un año, y el conde de Peñaranda, el Arzobispo de Toledo, el cardenal duque de Montalto y otros grandes contribuyeron de la propia manera. Impúsose un tributo sobre los carruajes y las mulas; rebajóse un quince por ciento más á la deuda de juros reales; no hubo cosa en que no se pensara por sacar dinero, hasta el apoderarse de la plata que venía de América para los particulares, consejo de que se culpó en lo sucesivo á D. Juan de Austria, y no se llevó á efecto. Al propio tiempo se mandó al duque de Osuna, Virrey á la sazón de Cataluña, que hiciese una diversión en el territorio francés: juntó éste un pequeño ejército, y con él, no hizo más que entrar en algunos lugares abiertos de la frontera y amenazar á Bellegarde. Pero en el ínterin Inglaterra, Holanda, Suecia, y además varios Príncipes alemanes, alarmados con las ventajas obtenidas con Luis XIV en Flandes, ajustaron un tratado por el cual se comprometieron á arreglar las diferencias de España y Francia, obligando á ceder por las armas á cualquiera de estas Potencias que se empeñase en continuar la guerra. Comenzaron por proponer la suspensión de armas, y el Rey de Francia se avino á conceder una tregua de tres meses; pero fué acabada la campaña de 1667, y cuando el invierno dificultaba las operaciones militares; de modo que el marqués de Castel-Rodrigo hubo de contestar, según se cuenta, que ya no necesitaba de más treguas que las que la estación había naturalmente de ofrecerle.
Esto bastó para que Luis XIV, queriendo hacer un nuevo alarde de poderío y aparentar que desafiaba las estaciones, resolviera la conquista del Franco Condado en medio del invierno. Esta provincia, enteramente desguarnecida y abandonada casi por nuestra Corte, estaba separada de Flandes por la Borgoña y la Lorena; de suerte que el marqués de Castel-Rodrigo no podía acudir á ella, y por lo mismo en cualquier estación su conquista era obra de algunos días. Sin duda el de Castel-Rodrigo no pensó más que en sus provincias de Flandes al despreciar la tregua en invierno, á causa de que el Franco Condado, después de la paz de los Pirineos, había vuelto al estado de neutralidad en que siempre se había mantenido; y ahora, después de rota la guerra, continuaba el tratado de neutralidad, y seguía pagando por él la provincia cierto canon al Rey de Francia. Aquella dificultad de defenderla aislada en mitad de Francia hacía tal neutralidad y tributo indispensable, y explica cómo fué esto reconocido en tiempo del mismo Felipe II. Mas resuelto ya Luis XIV á no respetar la neutralidad, y no contento con la dificultad de la defensa y las facilidades que de por sí ofrecía la conquista, hizo cuanto pudo para hacer aquélla más difícil, y más fácil ésta.
Vergüenza da de algunas de las precauciones que tomó, y asombran en un Príncipe que aspiraba á la gloria militar, en una nación que pretendía ser ya la primera en las armas, y en un hecho que ha sido considerado como heroico por la vanidad francesa. Ingenieros disfrazados entraron primero en la provincia y examinaron sus fortificaciones y defensa; luego que hubo ya conocimiento de todo, se empezaron á acopiar municiones en las fronteras, enviándolas empaquetadas á manera de mercaderías y objetos de tráfico; por último, pretextando que marchaban á defender á Cataluña del duque de Osuna, se reunieron hasta diez y ocho mil hombres en las provincias limítrofes, entre tanto que daba Luis XIV las mayores seguridades al Franco Condado de que respetaría su neutralidad, y su Embajador en Suiza negociaba con los de aquella provincia la continuación del tratado. Cuando tuvo ya á punto las cosas, se quitó de repente la máscara, y el Príncipe de Condé se arrojó sobre Dole, la ciudad más importante del Franco Condado. Tomóla en cuatro días, á pesar del esfuerzo con que la defendieron algunos españoles que allí había; la capital de Besanzon, Salins y sus fuertes sin soldados ni municiones, también se entregaron al punto; el marqués de Jenne, Gobernador de la provincia por España, no pudo hacer nada en su defensa, y Luis XIV vino en persona á asistir á aquel mezquino triunfo. Cray, donde se encerró el marqués de Jenne, se sostuvo más, pero sin fruto: y los líricos franceses cantaron con vanidad harto fundada, que catorce días le habían bastado al gran Rey para conquistar el Franco Condado, luchando con nuestras armas y con el rigor del invierno. Más y más alarmadas las naciones aliadas, con el propósito de la paz, redoblaron sus instancias; celebróse un congreso en Aquisgrán, y allí se estipuló que Luis XIV conservaría todas las once plazas que había conquistado en Flandes, devolviendo sólo el Franco Condado: errado y torpe concierto de nuestra parte, pues más que nada nos convenía ceder el Franco Condado, imposible de conservar como acababa de demostrarse. Pero todo pareció preferible á continuar entonces la guerra, y se enviaron órdenes precisas al marqués de Castel-Rodrigo para que no esquivara ningún género de condiciones, Y en seguida se continuaron con más actividad que antes los preparativos para la defensa de Flandes, sospechando que el francés no tardaría en ponerse de nuevo en campaña debajo de un pretexto cualquiera.
Este socorro de Flandes, antes y después de las paces, fué el pretexto de que se valió la Reina para alejar á D. Juan de Austria. No era D. Juan más diestro que el marqués de Castel-Rodrigo, ni más celoso; pero como él era el Gobernador y Capitán general de aquellos estados por nombramiento de muchos años antes, confirmado en el testamento del Rey, siéndolo no más que interinamente Castel-Rodrigo; como era grande el peligro y grande la confianza que ponían en él algunos, esperando de su mano victorias, y á otros parecía conveniente que en tales circunstancias hubiese en Flandes hombre de su representación, nadie extrañó que la Reina le ordenase pasar allá con el socorro. Ni él mismo osó negarse abiertamente á la obediencia. Pero no se sometió sin hacer del confesor y de la orden de la Reina sangriento escarnio. Porque habiéndose presentado delante de la Junta de gobierno, donde como individuo de ella asistía el Padre Nithard, antes de aceptar el encargo es fama que dijo estas palabras: «¿Por qué no enviáis á Flandes al reverendo confesor, que, puesto que tan santo es, no dejará el cielo de concederle victorias de franceses? ¿No basta el lugar en que está para persuadirse de los milagros que sabe hacer?» Y replicándole el confesor que su profesión no era la milicia, contestó más enojado: «Como esas, Padre, le vemos hacer cada día cosas bien ajenas de su estado.» Disimuló el confesor, y partió D. Juan á Galicia, en cuyos puertos había de hacerse el embarco; llegó desde Cádiz para ejecutarlo D. Fernando Carrillo con ocho naves de guerra apresuradamente aparejadas; enviáronse hasta novecientos mil escudos de plata, que fué todo lo que se pudo recoger, en los galeones que acababan de arribar felizmente, y de la gente empleada contra Portugal en Galicia, y nuevas levas allí hechas, hasta nueve mil soldados.
Todo estaba ya á punto, y sin embargo D. Juan no partía. Pretextó que no se le enviaban todos los caudales que se le habían ofrecido, hasta que se le completaron. Satisfecho en esto, alegó luego que una armada francesa de treinta y seis navíos y seis brulotes estaba en las costas de Galicia, dispuesta á cerrarle el camino, lo cual, como cierto que era el fundamento, á nadie causó sorpresa. Hasta pretendieron los franceses quemar nuestra pequeña armada dentro de la ría de Vigo, y sin duda lo consiguieran á no ser por la prudencia del almirante D. Fernando Carrillo, que desembarcando la artillería de las naves, coronando con ella las riberas, y poniendo á la defensa de la boca de la ría algunas lanchas bien guarnecidas de mosquetería, impidió el que los brulotes ó navíos de fuego lograsen entrar y cumplir su intento. Con tal suceso halló medio D. Juan para dificultar más su salida, viendo tan prevenidos á los franceses; y para que no se le acusase de dilatar el socorro, de Flandes fué enviando allá en fragatas y otras naves menores á la deshilada el caudal y soldados, consiguiendo que llegasen sin daño á su destino. Pero en esto, hechas las paces, cesó el motivo de temer que le cerrase el camino la armada francesa; y sin embargo, no por eso se apresuró á poner por obra las órdenes que tenía. Lo que hizo fué avivar el fuego de la conspiración que indudablemente estaba urdiendo para no salir de España y alzarse con el Gobierno.
No tardaron la Reina y su privado en sospechar lo que sucedía; y fuera verdadero temor, fuera pretexto para cargarse de razón contra D. Juan, comenzaron á manifestar recelo de que pretendiese, no ya gobernar el reino en nombre del joven Rey, sino usurparle la corona. Procuraron buscar el hilo de sus tramas, y empezaron á ejercer rigores. Habiendo corrido en la corte el rumor de que iba á bajarse de nuevo la moneda, subieron los precios de todo, y muchos se negaron á vender sus géneros, comenzándose á padecer la misma hambre y escaseces que siempre que tal alteración se ejecutaba. Túvose por cierto haber dado origen á ello el duque de Pastrana y del Infantado, D. Gregorio de Silva, con haberse anticipado á cobrar su renta, y fué desterrado rigurosamente de la corte y condenado á pagar gruesa multa, suponiéndole en connivencia con D. Juan de Austria, y causando alarmas de propósito para favorecer sus planes. Bien que no tardaron en remitírsele al de Pastrana ambas penas. Pocos días después de estos sucesos, que alborotaron algo á la corte, tuvo lugar la retirada del conde de Castrillo de la presidencia del Consejo de Castilla, más escandalosa por lo mismo que hubo más misterios. Después de una larga conferencia con la Reina se retiró el Conde, sin que entonces pudiera saberse el motivo: fué que el de Castrillo tampoco llevaba á bien la privanza y gobierno del confesor, y que la Reina dió en juzgarle á él más afecto á D. Juan de Austria que no á su persona. Vino á recaer la plaza en D. Diego Sarmiento Valladares, Obispo de Plasencia, grande amigo del Padre Everardo: nuevo motivo de murmuración y alarma. Por último, llevó á último punto el escándalo un sangriento suceso. Prendió cierto día un alcalde de Corte á D. José de Malladas, hidalgo aragonés muy del cariño de D. Juan, que se hallaba en la corte, y dos horas después se le dió garrote en la cárcel, en virtud de orden escrita de mano de la propia Reina, sin que el Presidente de Castilla defendiese los fueros de Castilla de tal modo hollados, ni pudiera saber nadie el delito que hubiese cometido aquel hombre. Hoy es y todavía no está averiguada la causa cierta que pudo impulsar á la Reina á ordenar con tan horrible procedimiento aquella muerte; sospéchase que fué porque era el Malladas, alma de la conjuración de D. Juan, y aun no faltan razones para creer que la Reina vió en él con verdad ó sin ella á la persona encargada de asesinar á su confesor. Da cierto valor á tales sospechas la cólera con que recibió don Juan en Galicia la ejecución de Malladas, dado que no era tanto su buen corazón que pueda atribuirse á piedad sola. Representó al punto que no podía pasar á Flandes, y admitió la dimisión la Reina; pero al admitirla envió un Decreto á todos los Consejos, manifestando que no teniendo por bastante la causa de salud que había alegado para determinación tan intempestiva y de tan gran perjuicio al Estado, le ordenaba que sin llegar en distancia de veinte leguas á la corte pasara á Consuegra y allí se detuviese, quitándole la propiedad del Gobierno y generalato de Flandes.
Esparcióse este Decreto de la Reina por toda la corte; y D. Juan, más encolerizado, desde Consuegra apresuró sus intrigas para apoderarse por fuerza del Gobierno; esto al menos se sospecha de los sucesos. Llegó cierto día á Palacio un capitán solicitando hablar á la Reina; hablóla por largo rato, y tales cosas debió comunicarla, que fué preso D. Bernardo Patiño, hermano del Secretario de D. Juan, ocupándosele los papeles y comenzando á formársele proceso. Nadie dudó ya de que el hilo de la conspiración de D. Juan estuviese en poder de la Reina, y más cuando al día siguiente se vió salir de Madrid para Consuegra con órdenes reservadas al marqués de Salinas, capitán de la Guardia Española, acompañado de cincuenta hombres escogidos, dándose por cierto que aquellas órdenes reservadas eran de llevarle preso á una fortaleza. Pero cuando llegó el de Salinas á Consuegra no encontró más que una carta de D. Juan á la Reina diciéndola, «que el motivo verdadero que tuvo para no pasar á Flandes, fué el querer apartar de su lado y del Gobierno aquella fiera de confesor tan indigna del lugar sagrado que ocupaba, y que esto pensaba ejecutarlo sin escándalo ni más violencia que la precisa, sin tocarle á la vida, aunque según su conciencia y lo que toda razón pedía, debía quitársela por las causas comunes del bien de la Corona y particulares suyas y conforme á lo que le habían aconsejado y aun instado grandísimos teólogos.» Amenazaba también tomar satisfacción hasta del menor daño que se hiciese á sus parciales, compadeciendo con lastimosas palabras la suerte de Malladas á quien apedillaba inocente, y á su sentencia, horrible y nefanda tiranía.
Con noticia, sin duda, de lo que pasaba en Madrid, habíase salido D. Juan la noche antes de Consuegra acompañado de hasta sesenta hombres armados, entre sus criados y algunos parciales, encaminándose por despoblados á Aragón, y desde allí, disfrazado, á Barcelona. Recibióle esta ciudad con muestras de amor, porque fué estimada su conducta cuando allí estuvo, y el verlo perseguido del jesuíta Nithard, allí muy aborrecido, aumentó el amor con que le miraban, de modo que toda la nobleza y pueblo se puso de su parte. Gobernaba el Principado el duque de Osuna, el cual, no atreviéndose á ir contra la general opinión, le festejó bastante; pero en su particular pidió instrucciones á la Corte. Ordenóla éste acaso que se apoderase de don Juan; pero él, viéndolo tan amado del pueblo, no osó emprender cosa que podía levantar en armas toda la provincia. Sólo la sospecha que hubo de que iba á embarcársele un día para sacarle fuera del reino por fuerza, causó en Barcelona viva alarma. Desde la torre de Lledó, donde estaba aposentado, escribió D. Juan á la Reina exigiendo ya sin empacho alguno el destierro de Nithard; y los magistrados de Barcelona y la Diputación y cabildo la escribieron también intercediendo por el Príncipe.
No era mujer la Reina que así cediese de sus empeños: consultó al Consejo de Castilla sobre el castigo que podría imponerse á D. Juan, remitiéndole los papeles hallados en casa de Patiño, que eran poco importantes, excepto uno que contenía un horóscopo hecho al Príncipe en Flandes y que al parecer le señalaba más alta dignidad que la que tenía; y contestó que el único medio de que se arreglasen las diferencias, era que D. Juan volviese á Consuegra ó se acercase á la corte, bajo seguro de que su persona sería respetada. No se descuidó en tanto el jesuíta Nithard, y sostenido por los de su hábito que tomaron como propia su causa, publicó un manifiesto, justificando su conducta y acusando la de D. Juan, al paso que otras manos inferiores llenaban la corte y la nación de libelos y sátiras contra éste, procurando de todos modos deshonrarlo. Replicaron de todos modos los amigos de D. Juan, y se empeñó una polémica vivísima en hojas subrepticiamente impresas, toleradas las unas, perseguidas las otras por la Reina y su Gobierno. Ya á este tiempo la Corte estaba dividida en dos partidos: hasta las damas de la Reina, unas se llamaban everardas y austriacas otras.
La nación, cansada de favoritos como tan afligida de ellos, al nombre tal que llevaba el Padre Nithard no podía menos de desear el triunfo de D. Juan de Austria. Preferíase también naturalmente el gobierno de un soldado al de un fraile, que puesto que la devoción fuese mucha, no era tanta que hubiese de desconocerse la inconveniencia de tal género de ministro. Pero la especie de indiferencia en que habían caído los ánimos españoles, el fatalismo cristiano que la exageración del principio religioso había traído aquella conformidad con las desgracias, aquella especie de respeto á los males que se creían originados del cielo, el hábito antiguo de obediencia á la autoridad, y de ciego culto al Trono, y la costumbre de no discutir ó juzgar sobre tales materias, hicieron que lo más de la nación, y en particular los reinos de Castilla, permaneciesen mudos en sus opiniones. Escribió D. Juan desde Barcelona sendas cartas á las ciudades de voto en Cortes, representándoles los motivos de su conducta; y de ellas hubo algunas que suplicaron á la Reina que oyese bien la pretensión del Príncipe echando de España al Padre Everardo; mas el mayor número enviaron á la Reina las cartas que habían recibido vendiendo la fineza de que ni siquiera se habían permitido leerlas. No estaban así los reinos de la Corona de Aragón: mientras que Barcelona se esforzaba en dar muestras de amor á D. Juan lo mismo que toda Cataluña, en Zaragoza se hacían también en su favor grandes demostraciones. Y de todas suertes harto más ventajosa era la situación de don Juan que la de la Reina, claramente favorecido de unas provincias, tácitamente deseado de otras, mientras ella, aunque dentro de la corte hallase quien defendiera á su favorito, apenas tenía en el resto de la nación quien no le aborreciese. Insistía la Reina en que D. Juan volviese á Consuegra; negábase éste, alegando que allí no se contaba por seguro de las traiciones del confesor, y así estuvieron muchos días yendo y viniendo cartas de una á otra parte. Por fin D. Juan, bien aconsejado de sus amigos de la corte, conociendo la flaqueza del partido contrario que en Madrid mismo donde tenía su fuerza apenas podía igualarse con el suyo, se determinó de repente á tener por bastante el seguro de la Reina y á acceder á su solicitud, acercándose, no ya á Consuegra, sino á las mismas puertas de la capital.
Púsolo por obra, con gran satisfacción al principio de la Reina y de los de su partido; pero aguóse sobre manera al saber que con pretexto de venir escoltado y con el decoro que le correspondía, había sacado de Cataluña tres buenas compañías de caballos, prestándose á ello por no chocar con el poder que ya aparecía como vencedor, el duque de Osuna. Ofreciéronse muchos miqueletes á acompañarle; pero D. Juan no quiso por entonces admitirlos; que si no, trajera un ejército consigo. Ni fué esto lo peor, sino que orillas del Llobregat y del Segre, los pueblos catalanes tan exagerados en sus sentimientos, salieron á saludar á D. Juan, llenándole de aclamaciones, y no bien pasó el Cinca comenzaron á traerle en triunfo los aragoneses hasta el Ebro y Zaragoza. Tenía ya puesto la Reina por Virrey en esta ciudad al conde de Aranda, uno de sus mayores parciales y grande enemigo de D. Juan de Austria, á fin de asegurarse de ella y del reino; y envió órdenes estrechas para que al paso de éste no se hiciese demostración alguna de regocijo. Pero la Diputación del reino, á cuya cabeza estaba el Obispo de Albarracín, alegando sus fueros y derechos, se negó á cumplir la orden y salió á recibir solemnemente á D. Juan. Salió también inmensa muchedumbre victoreándole y aclamándole, aunque D. Juan por excusar un conflicto escribió al Virrey y á la ciudad rogando que se le dejase pasar como incógnito sin demostración alguna. Hubo á la par desórdenes. Quiso el pueblo furioso contra el Virrey quemar su casa y también la del Arzobispo que pasaba por afecto á la Reina: algunos magistrados fueron detenidos por las turbas y obligados á gritar ¡viva D. Juan! y ¡muera el Padre Everardo!, y los jesuítas, acusados de defender la causa de su hermano el confesor, no pudieron andar por las calles, so pena de correr grave peligro. Por último, algunos estudiantes y otra gente osada, hicieron un maniquí de paja, vistiéndolo á manera de jesuíta, y con demostraciones de escarnio lo condujeron á las puertas de la casa de la Compañía; allí, forzando con amenazas al Rector de ella á que se presentase en los balcones, en su presencia lo arrojaron á una hoguera.
Siguiendo D. Juan su camino á Madrid sin detenerse un momento, ni querer más escolta, aunque ya á esta sazón llevaba además de las tres compañías de caballos, doscientos buenos infantes, llegó sin tropiezo á Torrejón de Ardoz. Allí, puesta su gente á punto de guerra, comunicó á la capital su llegada. En ésta, en tanto, todo era confusión y ruido. No bien supo la Reina el acompañamiento que D. Juan traía consigo, se preparó á la defensa, ayudándola el P. Everardo y los jesuítas poderosamente: hízose El Pardo cuartel de doscientos buenos caballos traídos de las provincias limítrofes, y las compañías de infantería que había repartidas en los Carabancheles, Toledo y Segovia, recibieron orden de acercarse á la Corte. Al propio tiempo convocó la Reina á todos los Grandes parciales suyos, y éstos á todos sus allegados; alistáronse secretamente compañías de soldados licenciados ó reformados; compráronse caballos para montarlos; nombróse General de las fuerzas al marqués de Peñalva, de los portugueses afectos á España y de los mayores amigos del Padre Everardo, y hasta se quiso sacar el pendón real y levantar en armas la villa, todo, en fin, como si hubiera un ejército á las puertas de la capital. Eran los principales que ayudaban y seguían á la Reina en este empeño, además del Peñalva, el Presidente del Consejo de Castilla, D. Diego Sarmiento, el marqués de Aytona, D. Ramón Guillén de Moncada, y el Almirante de Castilla D. Juan Gaspar Enríquez de Cabrera. Pero los amigos de D. Juan, que eran más y más poderosos, el duque de Pastrana y del Infantado, el conde de Castrillo, el famoso marqués del Carpio y Heliche D. Gaspar de Haro y Guzmán, el duque de Alba, el de Maqueda, el conde de Frijiliana y otros, no se descuidaron por su parte.
Lograron estos que el Consejo de Estado y el de Aragón, consultados por la Reina, declarasen que, en su concepto, lo que correspondía era «que el Padre Everardo saliese al punto de España». El de Castilla, consultado también, se dividió en pareceres. Pasaron luego los de los tres Consejos á la Junta grande, que así se llamaba la de Gobierno, y ésta, con asistencia del Arzobispo de Toledo, el Presidente de Castilla, el Vicecanciller de Aragón, el conde de Peñaranda y el marqués de Aytona, y, en presencia de la Reina misma, opinó, por tres votos contra dos, que saliese el confesor del reino. Oyó la Reina, disgustada ya con la contrariedad de los Consejos, profundamente irritada, este fallo, y cuando todos esperaban que cediese, se contentó con declarar «que no hallaba razón para que el Padre Everardo saliese».
Ya en esto, con la llegada de D. Juan á Torrejón de Ardoz y su amenazador continente, con los dictámenes de los Consejos y de la Junta magna que se hicieron públicos, y las intrigas de los enemigos del confesor y de la Reina, había pasado la corte, de la confusión y el ruido, al alboroto y la alarma. Los preparativos de defensa de la Reina, aunque muy ruidosos, eran tan exiguos que no bastaban para resistir á D. Juan, y éste podía estar seguro de llegar á la corte con su reducido número de soldados y entrar sin dificultad. Esto dió valor á Pastrana y á Heliche para pedir una audiencia á la Reina, á fin de manifestarla el estado de las cosas. No quiso oirlos ella; pero no se retiraron sin decir antes á su secretario en el despacho universal, don Blasco de Loyola, cuán á pique estaba de perderse, si no tomaba resolución en que saliese luego el Padre Nithard, añadiendo «que, de no hacerlo Su Majestad, tendrían que ponerlo ellos en ejecución, para evitar el daño que amenazaba». Tan insolente demanda fué seguida de otro hecho no menos osado. Fueron los mismos Pastrana y Heliche al lugar donde se reunía la Junta de gobierno; hablaron ante ella sin más permiso que el que á sí propios se dieron, y autorizando sus palabras con los gritos de la muchedumbre, que llenaba ya calles y plazas, vitoreando á D. Juan y amenazando al confesor de muerte, convencieron á todos los señores de que extendiesen el decreto expulsando á éste de la corte dentro de tres horas y luego del reino, enviándolo á rubricar á la Reina. No tuvo ya valor para resistir la Reina (1669), y firmó el decreto con apariencia de buen semblante, protestando hipócritamente que no quería más que el mejor servicio de Dios en todas las ocasiones.
Salió, con efecto, el confesor, aunque honrado con el título de Embajador extraordinario en Roma, dándole á escoger entre este puesto y la embajada de Alemania; y debió al celo del Arzobispo de Toledo, que lo sacó en su coche hasta Fuencarral, que no le hiciese pedazos el pueblo. Luego el Nuncio de Su Santidad, que había tenido mucha parte en todos estos sucesos, inclinándose más á la parte de D. Juan, que no á la del jesuíta, fué á ver al Príncipe á Torrejón de Ardoz, donde ya había estado de antemano á visitarle, y acabó de calmar á éste aparentemente, aunque bien pronto se tocó el desengaño. Así terminó pacíficamente aquella primera revolución que tan amenazadora se presentó en un principio. Quedó en ella la autoridad real, que era, al cabo, lo único que quedaba incólume en España, humillada y escarnecida; quedó la Reina madre sin decoro á los pies de un bastardo ambicioso y rebelde y de unos cuantos Grandes más envidiosos que amantes de su patria; quedó el poder del Gobierno vencido por tres compañías de caballos y dos de infantes, que apenas sumarían quinientos soldados. Perdió mucho, en fin, el Gobierno en aquellas circunstancias, y, en cambio, la nación no alcanzó ventaja alguna. ¡Ejemplo notable para los Reyes y para los Gobiernos! Jamás en nación bien gobernada pudiera un bastardo rebelde con unos cuantos cómplices y algunos centenares de soldados traer á tan miserable situación á la Reina; pero como España aborrecía su Gobierno, como sus torpezas y su inhabilidad la hacían merecedora de tal aborrecimiento, ¿qué abnegación no necesitaban los ciudadanos para tomar su defensa? ¿Qué imposible no era que en tal trance quisieran ellos salvarla? D. Juan no tenía títulos para pedir lo que pedía, ni para hacer lo que hacía contra la Reina y sus favoritos; pero ella no debía tampoco abusar en provecho de éstos y de su familia del poder que tenía; y ya que la nación no se decidiese á tomar la venganza por sus manos, miraba con razón friamente que espiase sus faltas á manos de sus enemigos. ¡Pero triste venganza de la nación era esta, que si castigaba las faltas del Gobierno pasado, no remediaba ninguno de sus males! Los sucesos mostraron pronto que las naciones no deben contentarse con sustituir personas á personas, ni con asistir á tales revoluciones y venganzas, sino que deben por sí mismas defender sus derechos y procurar sus beneficios.
No fué la salida del confesor Everardo más que la primera jornada de una comedia que debía pasar por hartas peripecias todavía. Había cedido la Reina atemorizada; pero como terca á la par que tímida, aumentó si era posible su odio á D. Juan, determinada más que nunca á humillarle, mientras éste con la pasada victoria se hacía más imperioso y exigente que antes. Negó la Reina á D. Juan el permiso que la pidió para venir á la corte, ordenándole que se mantuviese á algunas leguas de distancia. Al propio tiempo le mandó que despidiese á la gente armada que había traído consigo. Ofendióse D. Juan de ambas demandas, y en lugar de avenirse á ellas, exigió de la Reina que nombrase una Junta de los mayores, más experimentados y celosos Ministros, donde se tratase de aminorar los tributos, de repartirlos por igual entre los vasallos, de hacer economías en la Hacienda, distribuir bien los empleos, reformar la milicia, y reparar la administración de justicia poco estimada. Y al propio tiempo que proveyese los puestos de confesor é Inquisidor general, que aún tenía á su nombre el Padre Nithard, en personas naturales de estos reinos, y que no se mezclasen en negocios políticos; que separase de la Presidencia de Castilla al Obispo de Plasencia por ser tan su enemigo, y que, de no separarle, le impidiese tomar parte en los negocios que á él le tocasen, lo mismo que al marqués de Aytona, que también se había señalado mucho en contra de su persona.