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Historia de la decadencia de España

Chapter 22: LIBRO DÉCIMO
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About This Book

El autor recorre las causas y acontecimientos que, a su juicio, condujeron al declive de España desde el advenimiento de Felipe III hasta la muerte de Carlos II. Presenta una narración cronológica de episodios políticos y militares y expone análisis sobre la corrupción administrativa, la presión fiscal, las crisis económicas y las debilidades institucionales. Combina fuente documental, juicio crítico y digresiones interpretativas para vincular decisiones de gobierno con cambios sociales y diplomáticos. El texto aspira a ofrecer una explicación coherente de la decadencia nacional más que una mera sucesión de hechos.

Más poderosamente aún que Cataluña y Flandes llamó la atención de nuestra corte la guerra de Sicilia, y tanto, que, por sostener ésta, abandonó más y más las otras en los últimos años, separando, principalmente de Cataluña, todos los soldados de alguna experiencia. Quedó la isla algo conmovida desde los sucesos del reinado anterior. Gobernaba ahora D. Luis del Hoyo, marino viejo, pero, al parecer, poco prudente, el cual pretendió disminuir los privilegios de Mesina, que estorbaban el ejercicio libre de su autoridad; excitó con esto la cólera de la Nobleza y de una parte del pueblo de aquella ciudad, y habiendo sucedido al D. Luis en aquel gobierno D. Diego de Soria, marqués de Crispano (1674), se halló ya la rebelión muy cercana. Temióla tanto el Marqués, que hizo prender á los senadores Vicente Zuffo, Tomás Caffaro y otros que reputaba como instigadores de los demás, no bien se encargó del Gobierno. Irritóse la muchedumbre al saber la nueva, y acaudillada por los dos hijos de Caffaro, se presentó delante del palacio del Virrey gritando: ¡Viva Carlos II y mueran los malos gobernadores! No supo entonces D. Diego de Soria resistir como debiera el tumulto, y puso en libertad á los presos. Entonces los mesineses, envalentonados, quisieron apoderarse de la persona del Gobernador, y por consejo de Caffaro, en lugar de «viva Carlos II» gritaron «viva Francia», enviando embajadores á aquella potencia para que les diese socorro.

No se dejó éste esperar mucho. Habíanse apoderado fácilmente los sublevados de todos los fuertes de la ciudad menos del de San Salvador, el más importante, donde D. Diego de Soria se había refugiado con su familia. Pronto acudieron tropas de diversos puntos de la isla y algunas de Cataluña, y D. Beltrán de Guevara con las galeras de Nápoles vino á cerrar la boca del puerto. Dióse un ataque á la ciudad, que no produjo efecto, porque los mesineses, atrincherados en las calles, rechazaron á los nuestros, y el D. Beltrán no osó luego pelear con la armada francesa de M. de Valbelle, cuyos bajeles eran de mucha más fuerza. De modo que entrando el socorro de los franceses, se fortificó y declaró más y más la rebelión. No obraron en esto tan tibiamente como en otras cosas la Reina gobernadora y sus Ministros, escarmentados sin duda con las consecuencias de tales rebeliones. Ordenóse el armamento de veinte bajeles, y con ellos y las galeras de Nápoles fué el marqués del Viso á bloquear á Mesina, mientras la mejor parte del ejército que había en Cataluña se enviaba á la isla, y la ciudad fué tan estrechamente bloqueada. Llena de hambre y miseria (1675), se aguardaba su rendición de un momento á otro. Impidiólo el mariscal de Vivonne, que se presentó en el puerto de repente con una poderosa armada de franceses. Salió á recibirla el del Viso, y combatió con ella bien al principio; pero al ver que M. de Valbelle, con los bajeles en que había traído el primer socorro, salía del puerto á acometerle por la espalda, huyó malamente á Nápoles. Entonces Vivonne desembarcó las tropas que traía, guarneció con ellas los fuertes de la ciudad, y tomó el título de Virrey por Francia. No tardaron los mesineses en echar de menos á su Gobernador antiguo y á los españoles: tal fué la conducta rapaz y licenciosa que allí tuvieron Vivonne y sus soldados.

Al propio tiempo el resto de la Sicilia se había ya puesto en armas en favor de España. Tenía en ella nuestro dominio profundísimas raíces, como que tantos siglos antes estaba unida con Aragón formando una de las provincias de este reino. Todas sus glorias, todos sus recuerdos estaban mezclados con los de Aragón, y aragoneses y catalanes eran de origen muchos de los barones y señores de la isla. Al ver tremolar en ella la bandera extranjera, y al sentir los excesos de aquella gente enemiga en las ciudades y en los campos, no hubo más que una voz que aclamase á España. Así cuando Vivonne salió con ejército formado de Mesina, encontró en todas partes tenaz y continuada resistencia. Amagó en vano á Catana y Siracusa, y aunque se apoderó del pequeño puerto de Angusta, perdió casi todo su ejército, consumido por las enfermedades y los desórdenes. En este punto fué cuando se habló de enviar allá á D. Juan de Austria con el cargo de Vicegeneral en todos los estados de Italia, y al mismo tiempo se pidió á Holanda que nos enviase como aliada fuerzas marítimas bastantes para contrarrestar á las francesas. D. Juan no fué, como atrás dijimos; pero los holandeses, no sin hacerse pagar crecidos subsidios, enviaron al famoso Ruytter con diez y ocho naves de línea, cuatro brulotes y cuatro naves de descubierta. Juntáronsele dos naves y nueve galeras de España, y con tales fuerzas salió Ruytter á recibir al almirante Duquêsne que venía á reforzar á Vivonne con veintiséis naves. Dióse un combate sangriento, en el cual, por causa del viento, no pudieron tomar parte las galeras de España sino ya al acabarse, que vinieron á remolcar á los navíos holandeses que quedaban maltratados; y aunque el combate quedó indeciso, fué siempre ventaja de los enemigos el entrar en Mesina. En tanto, el marqués de Villafranca, Virrey de la isla, había reunido ya bastantes fuerzas para sitiar á Angusta con buen golpe de gente á las órdenes del conde de Bucquoi, título ya ilustre en nuestros ejércitos, y Ruytter fué encargado de bloquearla por mar con una escuadrilla española, reunida, que mandaba D. Francisco Freyre de la Cerda. Duquêsne, reforzado también con muchas naves, vino á atacar á la armada coaligada, y hubo un nuevo combate (1676), en el cual quedó herido de un cañonazo el famoso Ruytter, muriendo de allí á pocos días. Fué preciso tras esto levantar el sitio de Angusta, que ya nos había costado muchas vidas, y entre otras la del conde de Bucquoi, que murió peleando en una salida de los enemigos.

Apenas había pasado un mes de la muerte de Ruytter, cuando Duquêsne se presentó delante de Palermo, donde estaban reparándose los bajeles holandeses y españoles, y hallándolos dentro del puerto, metió en él muchos brulotes que quemaron al mayor número con pérdida de mucha gente por nuestra parte. Estas desgracias facilitaron al de Vivonne que se apoderase de Scaletta, valientemente defendida de los españoles de Taomina, Merilli y muchos castillos convecinos. Pero como el odio de los sicilianos á los franceses era mayor cada día, y mayor el entusiasmo por la causa de España, temiendo el Gobierno francés unas nuevas vísperas, determinó abandonar la isla. Hízolo traidoramente (1678), porque envió con una escuadra y nombre de Virrey al duque de la Féuillade, el cual embarcó todas sus tropas y efectos bajo diversos pretextos, y hasta que estuvo en alta mar no participó la determinación á los rebeldes. Estos, llenos de desesperación, tuvieron entonces que rendirse sin resistencia; huyeron los más culpables, muchos fueron ajusticiados, y el marqués de las Navas, nombrado Virrey en lugar de Villafranca, aunque á costa de grandes castigos, restableció la tranquilidad en toda la isla.

Después de guerra en todas partes tan poco afortunada, no podían ser muy ventajosas las paces; pero la torpeza de nuestra diplomacia y la mala fe de Holanda hizo que las que ahora se ajustaron fueran aún más fatales para España. Holanda, por cuya causa se había comenzado la guerra y en cuyo provecho la habían empeñado principalmente España y el Imperio, mirando que estaba comprometida á no hacer paz ó tregua con Francia, sin que ésta nos devolviese lo que nos había quitado desde la paz de los Pirineos, fué quien primero se cansó de la guerra, disponiéndose á dejar de cualquier modo las armas.

Hubiera esto podido excusarse, á no añadir á la poca constancia la perfidia con que sacrificó los intereses de sus aliados á los suyos propios. Había ya tiempo en verdad que se trataba de ajustar las paces, y para ello todas las potencias beligerantes tenían en Nimega sus Embajadores, siendo los de España el marqués de los Balbases, D. Pablo de Espínola y D. Pedro Ronquillo. Pero como las pretensiones de Francia eran tan grandes, no se podía de modo alguno hallar concierto. Entonces Luis XIV propuso secretamente á Holanda que la devolvería cuanto la hubiese tomado con tal que le dejase resarcirse á costa de España; y como no fuesen mal oídas sus proposiciones, las últimas campañas se encaminaron casi solamente contra nosotros. Resistíase el Príncipe de Orange á la paz; pero por eso mismo más la deseaban los Estados generales de Holanda, recelosos de que la ambición del Statuder pusiese en peligro la libertad de la república. No obstante, para ocultar mejor la deslealtad ajustaron los Estados generales un tratado primero con Inglaterra, comprometiéndose ambas potencias á obligar á las otras á hacer las paces de grado ó por fuerza, atacando juntas á la que se mostrase indócil y empeñada en no dejar las armas. Al calor de este tratado se ajustaron definitivamente las paces con Francia, que no pudo serles más ventajoso (1678), obligando á España, imposibilitada para defender sola sus provincias y para oponerse á los nuevos aliados, á que aceptase las condiciones que quiso dictarle Luis XIV, que no pudieron ser más desastrosas.

No supieron aprovecharse nuestros Embajadores de la buena fe con que los de Inglaterra, que no habían intervenido en la negociación sino para procurar la paz general, se negaron á firmar el tratado particular de Holanda; ni supieron conocer á tiempo las alevosas negociaciones que secretamente mantenían los Embajadores franceses y holandeses. Así nosotros solos pagamos los gastos y padecimos las consecuencias de aquella guerra desgraciada. Fué preciso ceder al Rey de Francia el Franco Condado, Valenciennes, Condé, Bouchain, Cambray, Aire, Saint-Omer, Ypres, Warwik, Warneton-la-Lis, Poperingue, Bailleul, Cassel, Menin, Bavay y Maubeuge con sus dependencias, y además la plaza de Charlemont por no haberse podido obtener del Obispo y cabildo de Lieja que diesen á Dinan como estaba convenido. Aquella vergonzosa paz de Nimega, que exponía nuestra debilidad al escarnio y burla de las demás naciones, causó en España profundo disgusto. Ella acabó de desacreditar el gobierno de D. Juan de Austria, ya muy mal reputado.

Este hombre que tantas esperanzas había hecho concebir á la nación, y que tanto había censurado á los demás gobernantes para fabricar sobre la ajena deshonra la propia elevación, obró de modo que en un instante desvaneció todas las esperanzas, y atrajo sobre sí mayores censuras que la Reina, que el confesor y que el propio Valenzuela. Comenzó por vengarse crudamente de todos sus enemigos, con lo que claramente dió á entender que más le movía pasión propia que amor de la patria. Negóse á entrar en Madrid mientras el Rey no apartase de su lado á la Reina su madre, y con efecto consiguió que fuese confinada á Toledo, dándola el alcázar de aquella ciudad por residencia, y por honor su Gobierno; ¡pequeño honor para caída tan grande! Luego su primera resolución fué la captura de Valenzuela. Habíase este retirado al Escorial, debajo del real seguro, y allí tuvo noticia de lo que se pensaba, y se refugió en el monasterio, donde el prior, compadecido de él, le ocultó cuidadosamente. Súpose que estaba allí por un sangrador á quien fué preciso llamar habiendo caído enfermo Valenzuela; y el duque de Medinasidonia y D. Antonio de Toledo, hijo del duque de Alba, que con doscientos caballos fueron al propósito de prenderle, sin reparar en otra cosa que en servir á don Juan de Austria y en satisfacer acaso su propia cólera, violando el sagrado, por fuerza le sacaron del monasterio, lleváronle al castillo de Consuegra, donde estuvo algún tiempo, y luego, quitándole todos los títulos, dignidades y bienes que poseía, se le envió D. Juan desterrado á Filipinas. Así cayó aquel monstruo de fortuna que había escandalizado tanto á la España y al mundo. Llevó su desgracia con entereza muy grande; y cierto que si alguna vez fuera disculpable la ambición vil que llega á su término por tan bajos medios como llegó Valenzuela, habría de serlo en este que no abusó del poder en daño de ninguno, contentándose con disfrutar él y que disfrutasen sus amigos á costa de la Monarquía. ¡Tiempos de aborrecible memoria en que aún esto pudo merecer cierta alabanza!

Castigado Valenzuela, sin acordarse aún de los negocios del Estado, encaminó D. Juan sus iras contra sus amigos y los de la Reina y aún contra los que habían permanecido neutrales. De estos era el conde de Villaumbrosa, Presidente á la sazón de Castilla, hombre recto y de ejemplar entereza, el cual, habiendo recibido en los pasados disturbios una orden de la Reina para que sin forma de proceso mandase decapitar á un hombre, echó el papel á un brasero diciendo: «así cumplo yo orden tan contraria á mis obligaciones.» Pero así como no consintió esto, tampoco se prestó á vender y abandonar á la Reina, como hicieron todos los Ministros y Grandes en los últimos días de su gobierno, comprometiéndose por escrito solemne á traer á D. Juan al gobierno. Esto bastó para que fuese separado de su alto empleo, entrando á sucederle un D. Juan de la Puente y Guerosa, canónigo de Toledo, buen amigo sin duda de D. Juan, mas no por eso buen Presidente de Castilla, indigno de tan alto encargo. Ya comenzaba á murmurar la corte cuando comenzaron á salir desterrados todos los Grandes y personas principales amigos de la Reina, (1676), el Almirante de Castilla, el duque de Medina de las Torres, Príncipe de Astillano, el de Osuna, el marqués de Mondéjar, el conde de Aguilar y otros: de suerte que con tales venganzas y ejemplos casi se tuvo á fortuna en el marqués Aytona, el mayor de los enemigos de D. Juan, que hubiese muerto poco antes. Desterró hasta dos mil hombres del regimiento de la Guardia, antes de enviarlo fuera de Madrid; y no hubo violencia que no cometiese. Ni paró en sus enemigos la saña; sino que temiendo que se le escapase poder tan costosamente adquirido, viendo que Monterrey, uno de sus mayores parciales, iba adelantando mucho en la gracia del Rey por el cuidado que ponía en sus enfermedades y dolencias, le envió á mandar las armas en Cataluña con desabrimiento. Al propio tiempo continuaba la guerra, si con poca fortuna en los años anteriores debajo del gobierno de la Reina, desgraciadísimamente ahora, faltando más que nunca los recursos y disposiciones; como que D. Juan no reparaba siquiera en ella. Pasaba los días leyendo los papeles que en copioso número circulaban por Madrid llenos de sátiras y de injurias contra él; desesperábase con ellos y meditaba venganzas horribles contra los autores, sensible á la censura cuando era tan insensible á su deber; cobarde para arrostrar las iras de la opinión, cuando era tan audaz para provocarlas, cosa muy vista en gobernantes. De esta suerte pasó por sus manos, casi sin advertirlo, la afrentosa paz de Nimega, y tocó la nación en el último punto de su descaecimiento y vergüenza. Soberbio, iracundo, sin resolución para las cosas grandes, dado sólo á pequeñeces é intrigas, suspicaz al extremo, envidioso de todo, cada momento se dejaba abandonar de uno de sus parciales y se hacía un nuevo enemigo. Siempre fijos los ojos en el cetro, que las dolencias continuas del Rey acercaban más y más á sus manos, temiendo que se le escapase, odiando á todos los que podían impedirle que lo disfrutase, llegó á vacilar su razón y llegaron á decaer las fuerzas de su cuerpo. También era para él grande la Corona; tampoco podía con ella su cabeza; tampoco sus ojos podían resistir el brillo que de ella se despedía, ni los aromas y sonidos dulces que la acompañaban, y solamente al verla cerca se rendía. Algo de la locura de Masianello había en aquel hombre, hijo de una cómica y de un rey que sólo en el nombre lo era, y traído á tan altas esperanzas por la fortuna.

Todo se lo debía al favor del pueblo, y en otro tiempo había escrito que en él se hallaban refugiadas las nobles calidades que faltaban en la nobleza y personas principales; mas ahora en el poder, no tenía con él cuenta alguna.

En su tiempo murieron las Cortes de Castilla, tan respetadas, á pesar de todo, por Felipe IV, y aunque poco consultadas por la reina Doña Mariana, no caídas hasta entonces en completo olvido. Cobraba los viejos tributos sin pedir su renovación, como se solía, y con tal de no reunir las Cortes, prefirió en los apuros de la guerra acudir á los Grandes por donativos. Alba, Astorga y Osuna dieron cada uno cien mil escudos, y él mismo, con loable conducta en esto, amonedó mucha parte de la vajilla que tenía en provecho del Estado. Pero cabalmente entonces, el pueblo agradecía menos que pudiera agradecer nunca el que se le perdonasen tributos á costa de no reunirse las Cortes. Los últimos disturbios y el abatimiento de nuestro poderío, y el continuo desgobierno que se veía, obligaba ya á los más indiferentes á pensar que sólo en las Cortes de la Monarquía, bien y legalmente reunidas, podían hallar remedio nuestros males. Hasta bullía en muchas cabezas aquella idea fecunda de que era preciso reunir en unas Cortes generales los brazos y estamentos de las diversas provincias, y en muchas partes la idea de que era preciso fundir de nuevo «esta campana rota de la Monarquía», según las palabras citadas, comenzaba á inclinar los ánimos á la revolución. Estos momentos críticos escogió D. Juan para poner en completo olvido las Cortes de Castilla, para no cumplir con los fueros de aquella Cataluña que tanto le había amado, y para permitir que el pueblo de Madrid, tan favorecedor suyo, en lugar de aquella abundancia en que le tuvo Valenzuela, padeciese hambre continua. Así, jamás una revolución general había estado tan próxima en España, ni hubo nunca Ministro más aborrecido que D. Juan. Las mismas esperanzas que había hecho concebir, ahora empujaban el odio y lo acrecentaban.

D. Juan perdió la Corona que ambicionaba con su propio Gobierno, cuando él siendo acertado y patriótico pudiera traérsela á las manos; la muerte, que le sobrevino tan pronto, no hizo más que apresurarle el desengaño. Tuvo tiempo, sin embargo, de tocarlo en sus propias obras. Como no ponía su atención sino en lo que se hablaba de él y en lo que contra él se hacía, supo que el pueblo le aborrecía, y que los Grandes, conjurados casi todos contra él, no cesaban de invitar á Doña Mariana á que volviese de pronto de Toledo, y con ayuda de ellos derrocase al bastardo Príncipe. Comprendió que todos le faltaban, hasta el Rey mismo, viniendo también infundados recelos á atormentarle. Porque hecha la paz de Nimega, el Rey, que se hallaba en los diez y siete años, determinó contraer matrimonio. Hizo cuanto pudo D. Juan por desbaratar este intento, temiendo que á pesar de la mala salud del Rey, le diese Dios sucesión para su daño. Desbarató el que estaba ya hablado con Doña Mariana, hija del Emperador y no hizo nada por lograr el de la Infanta heredera de Portugal, que tan lisonjeras esperanzas prometía de reunir otra vez los reinos. Por último, con propósito de evitarlo, á la última hora propuso D. Juan mismo el de Doña María Luisa de Orleans. Era hermosa esta Princesa y de dulce fisonomía, que daba á entender angelicales sentimientos; vió D. Carlos su retrato y prendóse de ella; dentro de aquel alma, abatida por los dolores penosos del cuerpo, no había lugar para otro sentimiento que el amor, no ardiente y licencioso, sino más bien fraternal, pero constante. Así, desde que vió los retratos, no apartó un momento su atención de este matrimonio.

Alarmóse D. Juan al ver cuán seriamente tomaba el Rey sus burlas, y procuró estorbar tal matrimonio, propuesto por él con más empeño que ninguno, y en esta lucha con el amor del Rey, perdió el poco afecto que ya éste, arrepentido de lo que había hecho con su madre, le tenía. El casamiento se efectuó, dejando al Embajador francés no poco resentido, y poco después el Rey, sin tener cuenta con las órdenes de D. Juan, alzó el destierro al duque de Osuna y al Príncipe de Astillano, diciendo con desusada firmeza: «aunque él se oponga, basta que yo quiera para que se haga.» Y con efecto, ya no consultaba el Rey sus determinaciones sino con el duque de Medinaceli y un cierto D. Gerónimo de Eguía, que de escribiente había llegado á secretario del despacho, y entendía mucho en los asuntos públicos.

Por algunos meses estuvo el Rey tan animado, que se llegó á esperar un desarrollo afortunado de su naturaleza. Comenzó á mostrar no sólo firmeza, sino ira y resolución muy grandes. Barrionuevo cuenta que cierto día tiró la espada, y estuvo á punto de matar á un paje porque contradijo levemente sus órdenes.—Fué un fuego fatuo aquel aliento y resolución; pero duró lo bastante para hacer temblar á D. Juan por su poderío. Susurrábase ya que la Reina madre había de venir para asistir á la entrada de la nueva Reina, y los enemigos de D. Juan se mostraban alegres y confiados, al paso que él se hallaba solo, sin un amigo apenas que le diese consuelo. Procuró divertir al Rey con comedias y fiestas que le daba ya en el Pardo, ya en la Zarzuela, esquivando llevarlo á Aranjuez, porque no estuviese tan cerca de su madre; mas no consiguió por eso recobrar su afecto. Trajo de Salamanca en tal extremidad para que le sostuviese, á un catedrático de la Universidad, por nombre Fr. Francisco Relux, muy partidario suyo en otro tiempo, elevándole al cargo de confesor del Rey. Pero éste se puso contra él al punto, llevándose antes de la conveniencia que presta el ir tras el vencedor, que de la gratitud que le exigía el seguir la suerte del vencido. Nadie dudaba ya que al llegar la nueva Reina, el resentimiento que tenía el Embajador de su nación con D. Juan y la vuelta de la Reina madre le derribasen, cuando el peso de los cuidados, de los temores, de las esperanzas burladas, la ambición y la ira de consuno postraron al bastardo en el lecho, de donde no se levantó jamás. Murió, dicen, de tercianas; otros dicen de veneno; pero, sin duda, el verdadero mal fueron sus pasiones desordenadas. Mostró la mayor conformidad en los últimos momentos, y sus funerales se confundieron con el regocijo á que se entregaba toda la corte por la próxima llegada de las dos Reinas. En la muerte de D. Juan termina, naturalmente, el primer período de la vida de Carlos II.

LIBRO DÉCIMO

SUMARIO

Vuelta de Doña Mariana á la corte.—Muerte de Valenzuela.—La reina Doña María Luisa.—Fiestas á su llegada.—Intrigas en la Corte.—Afrentas de los extraños.—Ministerio de Medinaceli.—Cuestión de Alost.—Guerra con Francia.—Flandes: pérdida de Luxemburgo.—Cataluña: defensa gloriosa de Gerona; hazañas de los miqueletes.—Bombardeo de Génova.—Treguas.—Más intrigas en la Corte; caída de la camarera y el confesor.—Miseria del reino.—Sosiego del Rey.—Caída de Medinaceli y Ministerio de Oropesa.—Lira.—Nuevas disposiciones.—Hostilidades de franceses, moros y filibusteros.—Liga de Augsburgo.—Muerte de la Reina.—Nuevo matrimonio del Rey.—Intrigas de Lira; su caída.—Guerra.—Flandes: batallas de Valcourt y de Fleurus.—Pérdida de Mons y de Hall; batalla de Nerwinde.—Italia: batallas de Saluces, de Coni y de Marsalla.—Cataluña: disturbios de los naturales; pérdida de Camprodón; recóbrase esta plaza; pérdida de la Seo de Urgel; bombardeo de Barcelona; pérdida de Rosas; disgusto de Cataluña; batalla funesta del Ter; pérdida de Palamós, Gerona, Hostalrich y otras plazas; levántanse de nuevo los miqueletes; sus hazañas; sitios de Hostalrich y Palamós; defensa de Barcelona y su pérdida.—Hostilidades de los infieles.—Paz de Riswich.—Intrigas de la Corte durante la guerra.—El cojo y la perdiz.—Caída de Oropesa.—Influjo de la nueva Reina.—Privanza de Montalto.—Gobierno de los Tenientes generales. Agrávanse los males del Rey.—Artificios del conde de Arcour, Embajador de Francia.—Pretensiones á la sucesión.—Partido alemán y partido francés.—Favor de Portocarrero.—Nueva privanza de Oropesa.—Motín de Madrid.—Tratado de repartimiento.—Supuestos hechizos del Rey.—Debates sobre la sucesión.—Pide el Rey consejos.—Su testamento.—Su muerte.

Dos días después de muerto D. Juan, entró en Madrid en triunfo la reina Doña Mariana, acompañada del Rey su hijo (1679), que fué á buscarla á Toledo. Los Grandes más encarnizados enemigos suyos se apresuraron ahora á felicitarla, y el pueblo mismo, inconsciente como siempre, la vitoreó con entusiasmo. Olvidáronse las faltas de aquella mujer, de quien nunca se esperó cosa buena, comparándolas con las de D. Juan, que tantas esperanzas había hecho nacer en vano. Fué fortuna que ya que el pueblo y los mismos Grandes obrasen con tan escasa cordura, la Reina hubiese adquirido alguna, en el destierro y la expiación que había padecido. Mujer que aunque sin culpa había amenguado la honra del Trono poniéndose en lenguas del vulgo y que había traído á la nación á tanta anarquía, no podía ya intervenir con público provecho en el Gobierno. Conociólo la misma Doña Mariana, y apenas se ocupó en adelante sino en asistir á las ceremonias de la corte y practicar sus devociones, ó cuando más, en intrigas domésticas. No había puesto, sin embargo, en entero olvido lo pasado, porque su primera diligencia fué pedir al Rey que levantara el destierro de Valenzuela, y nunca dejó de instar en ello. Frustróse su deseo, á causa primero de la oposición del secretario Eguía, que veía en él un rival temible, y luego de la repugnancia del Rey, de modo que murió Valenzuela, desgraciadamente, sin tornar á España.

Había logrado con su afable trato que el Gobernador de Filipinas le sacase del castillo de San Felipe, donde al principio estuvo, y le permitiese vivir con holganza en Manila haciendo y representando comedias. Logró después que ya que no se le alzase el destierro, se le dejase pasar á Méjico, donde el Virrey, conde de Galve, hermano de su primer protector el duque del Infantado, le acogió cariñosamente. Con su amistad y una corta pensión que obtuvo, vivió allí algún tiempo ocupado, según se cuenta, en domar potros salvajes, hasta que uno de éstos, hiriéndole con una coz, le ocasionó la muerte. Vida y muerte extrañas en un hombre que tan alto había encaramado la fortuna; y hombre que no excita de sí tanto desprecio como lo excita la Monarquía, de que pudo ser por tantos años dueño. Más infeliz si cabe que la suerte de Valenzuela, era en tanto la de Doña María Eugenia de Uceda, su esposa. Debió ésta arrepentirse muchas veces de haber dado entrada con la Reina madre á su esposo; y mucho debió de padecer durante su privanza. Acabada esta, la persiguió el vengativo recuerdo de D. Juan tanto como á su esposo, privóla hasta de su dote, quitóla los gananciales en la confiscación de los bienes del marido, y la redujo á tan miserable condición, que andaba pidiendo limosna de puerta en puerta, recogiéndose de noche en un campanario. Algo debió de aliviarla la reina Doña Mariana cuando volvió á la corte; pero ello es que murió obscuramente sin que se sepa su último paradero. Todos motivos de remordimiento y de retiro para la reina Doña Mariana.

Fijábanse por entonces los ojos del pueblo en la nueva reina Doña María Luisa, que entró en Madrid á principios de Enero de 1680, y era digna en verdad de amor por sus virtudes, que excedían aún á su belleza. Dedicóse desde el primer momento á tranquilizar y cuidar al Rey, y éste la pagaba amándola tiernísimamente y proporcionándola continuos espectáculos, toros, comedias y farsas donde recrease su espíritu, presentando la corte por muchos días el propio alegre aspecto que en los mejores tiempos de Felipe IV. No había visto ningún auto de fe Carlos II, y con objeto de proporcionarle este placer, dispuso la Inquisición general en 1680 en que viniese á celebrar uno en Madrid la Inquisición de Toledo, y para mostrar en él todo su esplendor siniestro y su terrible grandeza, vino el tribunal de aquella división con todos sus familiares y allegados y los de Ávila, Segovia y demás iglesias comarcanas. Reuniéronse las causas de hasta ciento veinte de aquellos desdichados que tenía el Santo Oficio en sus cárceles, y se mandó levantar un teatro en la Plaza Mayor de Madrid, mucho mayor y mucho más ostentoso que aquel con que se obsequió en 1632 á Felipe IV. El Rey, como tan supersticioso, acogió con júbilo el propósito del tribunal, lo propio que la reina Doña Mariana; y la misma Doña Luisa, amable y bien intencionada, por no disgustar á su esposo hubo de poner buen semblante á aquel espectáculo odioso que se la preparaba. Pero fué mayor aún el júbilo en la grandeza y pueblo. Hiciéronse para esta función familiares del Santo Oficio los más de los Grandes y de los títulos ilustres de España; y los Alencastre, los de la casa de Aguilar, los de Zúñiga, Osorio, Pimentel, Pacheco, la Cueva, Silva, Mendoza, Fonseca, Moncada, Cardona, Guzmán, Fernández de Córdoba, la Cerda, Toledo, Portocarrero, Guevara y Manrique de Lara, hubieron de presentar nuevas pruebas de nobleza para alcanzar el honor de ser familiares del Santo Oficio, y acompañarlo con su cruz al pecho, en el ejercicio de sus venganzas.

Los del pueblo, por no ser menos que los nobles en aquella demostración, acudieron presurosos á formar, para escolta de los reos, una compañía llamada de soldados de la fe. Hízose la ceremonia de llevar los haces de leña donde habían de ser quemados los que parecían más culpables al Alcázar real, y allí se ofreció uno de ellos al Rey, que éste ordenó cuidadosamente fuese el primero que en muestra de su piedad se echase al fuego. Paseáronse ostentosamente por Madrid las cruces llamadas de la fe, llevando en tales procesiones el estandarte de la Inquisición el duque de Medinaceli, de Cardona y de Lerma, D. Francisco de la Cerda Enríquez Alfán de Rivera, declarado ya primer Ministro, y asistiendo en la guarda del tribunal el noble marqués de Pobar y Malpica con cincuenta alabarderos de su casa. Por fin llegó el día del auto, que fué en Madrid de universal regocijo; el pueblo discurría por las calles desde el amanecer gritando ¡viva la fe de Cristo! Los Grandes y los nobles aprovechaban tal ocasión para hacer alarde de la grandeza que poseían; el clero, numerosísimo y lujoso, acudía á presenciar su triunfo; los Reyes fueron de los primeros que aparecieron en la Plaza Mayor para no perder un punto del espectáculo; y hasta las damas hermosas de la Corte, no queriendo ser menos, llevaban bordados en los vestidos el hábito y las insignias de la santa Inquisición. Al propio tiempo que este concurso brillante y alegre llenaba el gran teatro levantado en la Plaza Mayor, veíanse en ella también los miserables que habían de ser condenados; jóvenes, ancianos y mujeres, en la flor de su edad muchas, otras que apenas llegaban á la adolescencia. Los que habían muerto en las cárceles estaban allí en estatua con las cajas de sus huesos, los pertinaces con mordazas en los labios, otros sin ellas, pero todos con corozas y los hábitos horribles que la Inquisición acostumbraba: espectáculo de penosa recordación, pero que bien merece alguna descripción, porque solamente así ha de comprenderse á qué punto de degeneración había traído el fanatismo religioso las ideas y los sentimientos de los españoles.

Tomó el Inquisidor general, que era D. Diego Sarmiento de Valladares, juramento al Rey, de que perseguiría siempre á los herejes y apóstatas, y de que los entregaría al Santo Tribunal sin omisión ni excepción alguna; juramento humillante en quien lo daba, osado en quien lo pedía. Luego un fraile probó en el púlpito, con no pocas citas de autores paganos, la justicia de castigar á los infieles. Leyéronse las acusaciones y las sentencias de todos los condenados, y por último salieron para el brasero, para aquella sola ocasión levantado, en las afueras de la puerta de Fuencarral de que escribió en sus Memorias el marqués de Villar, hasta en número de cincuenta y uno, los treinta y dos en estatuas, los otros en persona, que eran trece hombres y seis mujeres y de ellas una madre con dos hijas. Los demás padecieron diferentes castigos, todos durísimos, en los días siguientes. Lícito es creer que la buena reina Doña Luisa no quedaría muy contenta del obsequio que se la hizo; y que harto más agradecería las otras fiestas de toros y comedias con que antes y después del auto se celebró su venida.

En tanto continuaban, muerto D. Juan, las intrigas de la Corte. Nacidas de la debilidad del Rey, como esta era mayor que la de ninguno de sus predecesores, tampoco se conocieron jamás tantas y tan penosas en España. Húbolas muy grandes antes de que el duque de Medinaceli fuese declarado primer Ministro. Pretendían este cargo, á la par que Medinaceli, el Condestable de Castilla, duque de Frías, D. Iñigo Fernández de Velasco y D. Gerónimo de Eguía, hombre de bajos principios y de menores talentos, el cual, favorecido ya con el cariño del Rey, y habiendo contribuído no poco á desacreditar á D. Juan, levantaba sus pensamientos á ocupar el primer lugar de la Monarquía.

Era el D. Gerónimo, de los Ministros más indignos que hubiese tenido España; pero poseía la fácil destreza de adular, y el arte de sufrir y disimular; uno y otro de gran poder en las Cortes, sobre todo en épocas de debilidad en la Corona y de disturbios entre los cortesanos. Así hizo tanto, que si no lograse la privanza, entretuvo por más de medio año al Rey con diversos pretextos, para que no nombrase primer Ministro y en el ínterin estuvo gobernando á su antojo la Monarquía. Apoyaba la Reina madre al Condestable, á Medinaceli el cariño del Rey, y Eguía contaba además de este con la ayuda del confesor, que no quería ver de primer Ministro á hombre que fuese muy poderoso. Después de muchas idas y venidas y de muchos sutiles manejos de los pretendientes, en los cuales tuvieron que tomar alguna parte las dos Reinas, quedó por Medinaceli la victoria.

Era este magnate bien reputado, de quien se creía que superaban los talentos á la ambición; mas otra cosa mostró su conducta. Halló abandonados de Eguía todos los negocios públicos, y que el francés bajo pretexto de que se dilataba la entrega de la ciudad de Charlemont, según lo pactado en Nimega, había enviado á Flandes unos siete mil caballos, que subsistieron á costa del país hasta que el duque de Villahermosa, no pudiendo como debiera vengar aquel insulto, accedió á sus pretensiones. Al propio tiempo amenazaba á Italia entrando en Cazal, tantas veces disputada, por medio de un tratado con su señor el duque de Mantua, y fué preciso enviar algún socorro á Flandes y á Italia por temor de nuevos atentados, aunque el dinero faltaba tanto, que apenas para el gasto diario de la Casa real se encontraba, pues aunque en los mismos días del matrimonio había llegado la flota de Indias ricamente cargada, todo se gastó en los festejos, y luego no se discurrió otra medida para remediar la Hacienda, que el bajar de nuevo el valor de la moneda, lo cual originó, principalmente en Toledo, grandes tumultos.

Medinaceli, para apartar de sí una parte de aquella responsabilidad inmensa, acudió al remedio, tan usado antes y después en España, de crear una junta de consulta, la cual se compuso del Condestable, el Almirante, el marqués de Astorga, el confesor y otros dos teólogos. Y mientras él se entretenía en consultar con aquella junta, Nápoles andaba afligida de salteadores; los filibusteros desolaron á Portobello, y poco después á Veracruz, y dominaron completamente los mares de América; los Gobernadores de las provincias obraban cada cual á su arbitrio, y entre otros el de Buenos Aires D. José Garro, echó de la colonia del Sacramento á los portugueses, comprometiéndonos en nuevas desavenencias; Francia nos amenazaba insolentemente con bombardear á la menor ocasión nuestros puertos; y por último, dentro de Madrid mismo hubo un gran tumulto, que causó por algunos días grande inquietud al Rey y á toda la corte. Un cierto Marco Díaz, de oficio comerciante, escandalizado al ver la mala administración de los regidores de la villa, que aplicaban en su provecho todos los subsidios que pagaba el pueblo, hizo muy ventajosas proposiciones, si se le daban las rentas del Rey en arrendamiento. Regocijóse el pueblo, que había de ganar mucho con las proposiciones de Marco Díaz; pero de parte de los interesados en el cobro de las rentas fué muy mal oído el propósito. Y sea que ellos mismos pagasen la muerte de Díaz, sea que él tuviese otro género de enemigos, el hecho fué que acometido camino de Alcalá cierto día por unos enmascarados, le dieron varias heridas mortales. Fué tanta la ira del pueblo de Madrid, que se temió que faltasen al mismo respeto del Rey. La Providencia, no contenta con esto, señaló aún con hambres, huracanes y desolaciones producidas por los elementos, los primeros meses del gobierno de Medinaceli.

En tales circunstancias se rompió al fin de nuevo la guerra contra Francia. Cada vez más soberbio Luis XIV con ver que era mayor nuestra debilidad cada día, nos pidió el condado de Alost y la antigua y noble ciudad de Gante, con otras varias, sobre las cuales suponía tener derechos que España, antiquísima y libre dominadora de la provincia, le disputaba. No contento con bombardear horriblemente á Luxemburgo, ejecutándolo contra la fe de todos los pactos y del derecho de gentes, llevó á cima sus atentados invadiendo las tierras de Alost y los demás estados con numerosas tropas. Hubieron de rechazar la fuerza con la fuerza algunas partidas de españoles, y Luis XIV tomó de esto pretexto para dar por comenzada formalmente la guerra. Y enviando al mariscal de Humières con numerosísimo ejército, sujetó á su dominio las plazas de Courtrai y Dixmunda, sorprendidas y sin prevención alguna. Luego propuso que devolvería estas plazas si se le entregaba Luxemburgo ó Pamplona.

Á tan insolente conducta no pudo corresponder España sino con declarar la guerra (1683); y cierto que si alguna vez había sido justa, ahora lo era, porque del honor no pueden prescindir jamás las naciones. Pero nunca tampoco se había comenzado debajo de tan malos auspicios. No teníamos medios de ofender ni de defendernos, y causa maravilla que no se perdiese más de lo que se perdió. Consta de los despachos de los Embajadores franceses, continuos espías de nuestras cosas, que en 1680 no habían guarnición ni municiones en San Sebastián, Pamplona ni Fuenterrabía, y que no había ejército en toda Navarra para mantenerla un mes contra Francia. La Vauguyon, uno de estos Embajadores, denunció á su corte que en 1682 no había hallado más que unas cuatro compañías con doscientos hombres inútiles en Vizcaya y las Castillas. Todas las provincias estaban lo mismo.

Gobernaba la de los Países Bajos el duque de Villahermosa, D. Carlos de Guerrea Aragón y Borja, soldado de valor que había comenzado á servir en los puestos más bajos de la milicia, á pesar de su ilustre sangre, el cual levantó algunas tropas walonas, reorganizó las pocas españolas que tenía, y dispuso la defensa lo menos mal posible. Sin embargo, no pudo impedir que en el invierno de 1683 asolasen los franceses el Brabante, ni que Oudenarde fuese horriblemente bombardeada y destruída, ni que se perdiese la grande y fortísima plaza de Luxemburgo. Sostúvola valerosamente el Príncipe de Chimay con hasta dos mil hombres, en que había bastantes españoles, número desproporcionado á tan extensas fortificaciones como eran las de aquella plaza, y no la rindió sino al cabo de veinticinco días de trinchera abierta, después de haber apurado en salidas y defensas todos los recursos de la guerra.

Habíanos ofrecido socorros Holanda, ajustándose un tratado de alianza; pero apenas nos envió algunos, y más desde que con la pérdida de Luxemburgo vió abiertas sus fronteras á las armas de Francia. Así fué que no pudimos una sola vez parecer en campo en Flandes delante de los escuadrones franceses.

En tanto en Cataluña, no bien publicada la nueva guerra contra Francia, levantó Barcelona algunos tercios para defender la provincia. Entró en ella el francés el mismo año (1684) al mando del marqués de Bellefont, con cerca de veinte mil hombres; llegó á Bascara y de allí se encaminó á Gerona. Acudió al opósito el virrey duque de Bournonville, con el pequeño ejército que había podido juntar, incapaz de resistir al enemigo en campo abierto, y le disputó encarnizadamente el paso del Ter; pero no pudo impedir que lo esguazase y abriese trinchera delante de Gerona. Entonces el Duque se volvió á Barcelona para atender al socorro y al reparo y fortificación de las demás plazas. Colocó once cañones el de Bellefont en sus trincheras, y batió tan furiosamente á Gerona, que á los pocos días estaban abiertos por todas partes los muros y arruinadas muchas casas. Antes de dar el asalto, que parecía ya fácil, envió el francés un trompeta á la plaza ofreciendo honrosos partidos para la rendición, y amenazando de lo contrario con entrarla á fuego y sangre; pero el Gobernador D. Carlos Sucre y los vecinos, llenos de entusiasmo, se negaron á oir toda proposición de concierto. Entonces dió el francés un asalto general con todas sus fuerzas, y los de la plaza lo resistieron de modo, que después de largas horas de combate quedaron dueños de sus muros, bañados con la sangre de nueve mil enemigos y de cuatrocientos de ellos. Tres banderas que osaron los enemigos clavar en las brechas, fueron tomadas de los nuestros, y, desalentados y rendidos, abandonaron sus líneas después del asalto, retirándose en completo desorden.

Aprovecháronse de este decaimiento de los franceses el marqués de Leganés y Trinchería para caer sobre Bascara y traerse prisionera á toda la guarnición francesa. Pero en su retirada, todavía muy superiores en número á los nuestros, tomaron con ayuda de su armada, que era muy gruesa, el puerto de Cadaqués, y amenazaron á Rosas, aunque hallándola bien prevenida, continuaron retirándose hacia Camprodón, vivamente perseguidos por el infatigable Trinchería y sus miqueletes, como siempre, tomándoles convoyes, matando á los extraviados y causándoles infinitos daños.

Así acabó aquella campaña, y con ella la guerra por esta parte. También amagaron durante ella los franceses al país vascongado, pero no pasó de amago; y aunque llegaron á embestir á Fuenterrabía, no lograron fruto alguno, defendiendo los naturales con su ordinario valor la frontera. Bombardearon con poderosa escuadra á Génova, por castigar la antigua alianza que con España tenía aquella república. Hubiéranse aún apoderado de la ciudad á no ser por la valerosa defensa que hicieron en varios puestos tres mil soldados que el Gobernador de Milán envió á socorrerla. Fué esto parte para que, lejos de conseguir su propósito, tuvieran que reembarcarse con mucha pérdida; pero hicieron con sus bombas tremendo estrago. No hubo lugar á más, porque interviniendo el Emperador y Holanda, se ajustó en Ratisbona (1684) una tregua de veinte años por la cual tuvo España que dejar en depósito en manos de Luis XIV las plazas de Luxemburgo, Bovines y Chimay, recobrando las demás que había perdido. Génova, temerosa de los franceses, se reconcilió también con ellos debajo de las condiciones humillantes que éstos la impusieron, apartándose de la amistad antigua de España.

Lo mismo la guerra que la tregua se hicieron casi por sí solas, sin que la Corte tuviera ocasión de ocuparse de ellas. Porque á la verdad, si grandes eran los apuros de la Monarquía, mayor era la flojedad y la incapacidad política de Medinaceli. En lugar de atender á los peligros, ya que tomaba á su cargo los honores del Gobierno, no tardó en consagrarse enteramente á las intrigas en que ardía la Corte. Jamás jirones de poder y grandeza han sido más disputados ni por más pequeños medios. Figuraban ahora principalmente entre los contendientes frailes y mujeres; de ellos y ellas eran los instrumentos del primer Ministro y de los que procuraban sucederle; de ellos y de ellas los que empleaba todo el mundo para lograr sus planes. Señalábanse entre las mujeres la duquesa de Medinaceli, mujer de elevado talento y ambiciosa, que tenía dominado á su marido, y disponía de todo á su antojo, y la de Terranova, Camarera mayor de la Reina, dama de imperioso carácter, que apenas juzgaba por su igual á la Reina, ni reconocía derecho en nadie á competir con ella el influjo. De entre los frailes, era el principal el P. Reluz, confesor del Rey.

Hallábase un tanto en peligro la de Terranova, por andar disgustada con ella la Reina. No bien se traslució esto, comenzaron á disputarse ya el puesto la marquesa de los Vélez, la de Aytona, la duquesa de Alburquerque y otras muchas señoras principales, cada una apoyada por sus deudos y amigos. Declaráronse los duques de Medinaceli contra la de Terranova, que estorbaba todos sus propósitos, despreciando más que acatando su poder, y ella también se propuso derribarlos del mando. Y coaligados con la duquesa el P. Reluz, confesor del Rey, tan ingrato á D. Juan de Austria, y D. Gerónimo de Eguía, llegó á creerse que aquel suceso ocasionaría la caída del débil marido y la mujer ambiciosa. Tuvo el buen fraile una conferencia con el Rey, donde le probó con abundante copia de razones cristianas, que debía separar á Medinaceli y nombrar Ministro que fuese de su gusto; procuró llenarle de remordimientos, como llenaron sus antecesores en el cargo á Felipe III, y le amenazó seriamente con la eterna condenación, si no escuchaba sus consejos. Torpe empleo el que hacían aquellos frailes desalmados de su santo y consolador ministerio. En un Rey como Carlos no podía menos el confesor de lograr el efecto que esperaba; y no bien llegó Medinaceli, se apresuró aquél á darle sus quejas. Defendióse el Ministro como astuto y le aconsejó que para que más no le acongojase con aquellas predicciones terribles y anatemas, tomase confesor más blando. No oyó mal tampoco este consejo el pobre Príncipe, y vagando de una en otra incertidumbre, consultó el caso con Eguía, que, como aliado del confesor y de la camarera, parecía que hubiera debido esforzar los argumentos de aquél, perdiendo á Medinaceli. Pero éste Eguía no era hombre que se juzgase obligado con nadie sino consigo propio; y al ver al confesor y la camarera triunfantes, y al Ministro herido y decadente, prefiriendo al amigo poderoso el enemigo débil, se puso de repente de parte de Medinaceli, y aconsejó al Rey, como éste, que buscara confesor más blando y que jamás se entrometiese en las cosas de Gobierno. Entonces el P. Reluz fué separado del cargo de confesor, y la de Terranova, combatida por el Ministro y aun por la Reina madre, que recordaba en ella una de las más encarnizadas enemigas de su regencia, abandonada de Eguía y oprimida de tantos como por deudos ó amigos seguían el partido de las otras señoras que solicitaban su empleo, hubo de sucumbir. Ordenósela cortesmente que pidiese su retiro, cosa no vista jamás en damas de su empleo, que no solía acabar sino con la vida de las reinas ó la propia vida, y entró en su lugar la duquesa de Alburquerque, amiga de la Reina madre y del Ministro, mujer amable y de no vulgar talento.

Creyóse afirmado con este triunfo el de Medinaceli; pero no tardó en desengañarle su caída. La intriga y la envidia y la baja ambición, desencadenadas siempre en derredor de los tronos mal ocupados, donde se asientan personas débiles ó de inteligencia escasa, no dejaban ahora de agitarse un punto. Era natural que la Reina madre quisiese ver acomodados en destinos públicos á los que la habían acompañado en la desgracia, sin que por eso hubiera de usurpar el poder; pero lejos de tolerarlo los cortesanos que solicitaban aquellos destinos, alborotaban la corte diciendo que el Rey estaba otra vez en tutela. No se pagaba á nadie, porque no había con qué; los empleados de virtud y valía se negaban á asistir en sus puestos por no poder vivir en ellos con la honra ilesa, dado que no era posible contar con los sueldos; hubo algunos á quienes fué preciso obligarlos á continuar por fuerza. Y, sin embargo, jamás se han disputado tanto ni con tanto encarnizamiento los empleos. Dió esto lugar á que el de Medinaceli, falto de dinero, no atreviéndose á pedirlo al reino reuniendo Cortes, y sin medios de procurárselo, sacase á pública subasta casi todos los empleos, llegando á ser uso lícito lo que fué abuso hasta entonces. Los pocos destinos que no se vendían se daban por motivos indignos: tal vez á la mujer adúltera ó á la hermana deshonrada para el hombre abyecto que de ellas se valía, tal vez al objeto de aplacar una saña; como cuando, separada del cargo de camarera la duquesa de Terranova, se dieron á su yerno y nieto el duque de Hijar y al de Monteleón, al uno el Virreinato de Galicia, y al otro el Toisón de oro. Y si alguna vez se daba al mérito un empleo, era entonces cuando mayores quejas se suscitaban, como se vió en la provisión del Virreinato del Perú, que se hizo en D. Melchor Navarra y Aragonés, hombre de claro saber y virtud, aunque de cuna humilde; cargo pretendido por el marqués de Santa Cruz, que si no estaba destituído de mérito, no tenía tanto como el nombrado, pero que contaba en su apoyo numerosa familia y amigos. Todos, con razón y sin razón, combatían al Ministro: si él era malo, malos eran los más de los que lo combatían; ansiaba cada cual suplantarle y hacer lo mismo que él, y para eso voceaban mucho el bien del Estado.

El Rey, entregado en tanto al reposo que necesitaba su espíritu, sin fuerzas siquiera para conllevar las horas de despacho, disfrutaba de los días más felices de su vida en el regazo de su buena esposa Doña María Luisa de Orleans. Esta, llena de santos deseos y dotada, aunque de débil complexión, de más energía que su marido, no dejaba de aconsejarle lo que juzgaba bueno y justo. Pero ni su corazón ni su cabeza eran á propósito para aquellas miserables luchas; y así, oyendo tantas quejas y viendo tantos males, pidió, al fin, al Rey que separase á Medinaceli, sin pensar en quién había de sucederle. Semejantes causas movían á desear la ruina del Ministro á la Reina madre, aunque, á la verdad, tampoco faltasen en ella razones de interés propio. Andaba sentida de que Medinaceli no la pagase sus pensiones, teniéndola reducida á no poca estrechez y penuria. Juntóse también contra el Ministro, y era el principal móvil de su ruina, porque aspiraba á sucederle, el conde de Oropesa, que, para indisponer á Medinaceli con el Rey, se valió de su criado Vivanco, hombre cándido y bien intencionado, introducido por él en el cuarto del Rey. Logró primero de éste que lo nombrasen Presidente de Castilla, desde cuyo puesto comenzó á cercenar las facultades del Ministro, é hizo tanto contra él, que el Rey, aconsejado al propio tiempo por su esposa y por su madre y anhelando mejor gobierno, determinó, al fin, apartar de sí á Medinaceli, comenzando á hacer á éste públicos desaires, á fin de que pidiese su retiro. Mas el de Medinaceli no se dió por entendido. Lejos de eso, intrigaba con más ardor que nunca por conservar el mando, cuando recibió orden del Rey para que se retirase al lugar de Cogolludo (1685), privado de todos sus empleos.

Entonces entraron á gobernar de consuno el conde de Oropesa y D. Manuel de Lira. D. Manuel Joaquín Garcí-Alvarez de Toledo y Portugal, conde de Oropesa, era segundo de la casa de Braganza, de origen bastardo, aunque él no lo fuese; hallábase en la flor de su edad y había figurado no poco en las turbulencias de los últimos años, distinguiéndose por sus claras luces y la destreza y disimulo con que logró sostenerse no mal quisto entre D. Juan y Valenzuela y Medinaceli y todos los potentados, hasta que á él le llegó la ocasión de serlo. Dábase por muy devoto, gobernaba hermandades y favorecía iglesias, todo muy á propósito para medrar en aquella época, y tenía también mujer muy intrigante y ambiciosa que le ayudase en sus miras y que le asistiese con sus consejos. Fué primero Gentilhombre, luego Consejero de Estado, por último Presidente de Castilla, desde donde logró derribar á su bienhechor Medinaceli. Una vez conseguido, por aparentar poca parte en lo que era obra de sus manos, no quiso tomar el nombre de primer Ministro, contentándose con el que tenía de Presidente de Castilla, ni gobernar solo, porque otros llevasen las culpas aunque fuese él solo quien gobernase. De aquí nació el que nunca se hallasen tantas personas como ahora entendiendo en los negocios públicos, y aún que compartiese el de Oropesa el Gobierno con D. Manuel de Lira.

Era éste ya, por influjo de Oropesa, Secretario de Espado y del despacho universal, hombre, si de antiguos servicios en los ejércitos y negocios políticos, probo y diestro, de ambición grande, como entonces se usaba. Lo más notable de este Ministro fué que se atreviese á proponer se permitiese la vuelta á España de los judíos, practicar secretamente sus ritos, y tener cementerios á los demás extranjeros, como uno de tantos medios de proteger el comercio y la industria en España. Mas con tales ideas, hubo contra él desde el primer día cierta oposición que llegó á ser declarada guerra más adelante. Lira no recordó cuánto le debía á Oropesa sino para aborrecerle más, aunque no desembozándose al principio, porque éste con sus relaciones y hechuras, y más con sus devociones y buen ingenio, era omnipotente en el ánimo del rey Carlos. Prestaba éste entonces alguna más atención que solía á los negocios; preguntaba por todo y de todo quería enterarse, y gustaba mucho de la facilidad con que ponía á su alcance las cosas el favorito. No lo apartaba de su lado, y Oropesa hallaba nuevos pretextos para encubrir sus propias obras en la voluntad del Rey. No tardó, sin embargo, en alarmarse de verle tan inclinado á los negocios, y entonces discurrió, á lo que se cuenta, una traza funestamente ingeniosa. Buscaba á propósito los más difíciles, y en lugar de aclarárselos, lo confundía en ellos hasta hacer que los aborreciese de nuevo. Entretanto, suprimió plazas en los Tribunales y Secretarías; reformó el consejo de Hacienda; abolió empleos militares inútiles, ordenando que se recompensase con empleos civiles á los que habían servido bien en las armas; rebajó ciertos sueldos, y ordenó que no se empleasen más que á los cesantes por orden de antigüedad y servicios. Publicó, además, en materia de Gobierno reglamentos y órdenes no destituídos de conocimiento; otros, equivocados, como el prohibir la entrada de mercaderías extranjeras por impedir que saliera el oro, y aún que las usasen las personas de la Casa real, para dar ejemplo. Hubo nuevos autos de fe de mercaderías, como aquellos que señalaron los principios de Felipe IV, y se abolieron ciertos impuestos gravosos, compensando con réditos á los que tenían hipotecados por adelantos al Tesoro tales impuestos.

Mandó también Oropesa que se persiguiese enérgicamente á los bandidos que infestaban el reino, prohibiendo el uso de armas de fuego cortas, con que favorecían sus crímenes, y tuvo particular cuidado en que no faltasen en Madrid los abastos, aunque faltasen comestibles en toda España. Singular privilegio en Madrid, cuando tan poca centralización política tenía la nación; pero no por eso menos cierta. Juzgaban entonces los Ministros que era contentar á Madrid tener contento á todo el reino, sin duda, porque sólo las quejas de Madrid llegaban á oídos del Rey, y su miseria era la notada y conocida sólo. Quiso también Oropesa rebajar los gastos de la Casa real, y aunque no pudo por la oposición que halló en los cortesanos, fué loable pensamiento. Mas no hubo tiempo de formar grandes esperanzas sobre Oropesa, aunque hubiese muchos loables pensamientos entre los suyos. La Condesa, su mujer, tras de ser tan dada al influjo como la de Medinaceli, su antecesora, era más dada á la codicia, y el mismo Conde no era ni más recto ni menos inclinado que los que le precedieron al provecho propio y de sus amigos. Viéronse en Madrid, como antes, crímenes duramente castigados en unos, no en otros, por ser criados ó deudos de los amigos del Ministro. Sospechóse luego que en el abasto de la carne, más cara que lo que era razón, y á cargo de unos negociantes llamados los Prietas, tenía que ver la mujer del Ministro, realizando de acuerdo con ellos enormes ganancias. Notóse, en fin, con escándalo, que cuando la Superintendencia de la Hacienda, como tan aniquilada, pedía persona de gran conocimiento, el de Oropesa, prefiriendo su interés particular al de la Corona, puso en tal puesto al marqués de los Vélez, su primo, ya Presidente de Indias.

Era el Marqués hombre de gran bondad, pero de talento cortísimo, y todos sus negocios los dejaba á cargo de un cierto García de Bustamante, criado suyo y antes paje, sin más talento que una bachillería agradable, pero con deseos ya de primer Ministro. Este, hallando establecido por el de Medinaceli, que también fué Presidente de Indias, el arbitrio de vender todos los empleos y beneficios de aquellas provincias, lo continuó y acrecentó de modo, que hasta las magistraturas y los obispados se vendieron en almoneda. Pronto hubo corredores de estos últimos empleos que públicamente ejercían su oficio, señalándose entre ellos el marqués de Santillana, indigno de su nombre. Estos corredores, después de entenderse con el de Bustamante en su particular, compartían con la marquesa de los Vélez la ganancia. No tardaron en salir á subasta los indultos por medio también de corredores; lo que ellos no hacían, lo hacía de por sí, ajeno á la vergüenza, Bustamante. Pretextábase que el dinero que se sacaba era para el Estado; pero no era sino para este vil agente y los suyos. Ni se contentó Bustamante con tener riquezas; quiso tener honores proporcionados, y logró de Oropesa, con universal escándalo, primero plaza en el Consejo de Hacienda, y luego en el de Indias. Tantos desmanes levantaron á todo el mundo contra Oropesa, dando pretexto á sus émulos y envidiosos para censurarle y combatirle.

Había traído á ser confesor del Rey á un Fr. Pedro Matilla, hombre obscuro y de pocas obligaciones, con ambición y sin talento: también al uso. El objeto fué asegurarse del Rey; pero le salió tan mal la cuenta como á otros de sus predecesores. Matilla, viéndose con tanto poder, convirtió el agradecimiento en odio, y comenzó á combatirle sin tregua. Aumentó una burla de Oropesa la saña del confesor. Instaban todos á aquél para que dejase la Presidencia del Consejo y quedase sólo de primer Ministro; era el intento debilitar su poder para destruirle; mas colorábase con que atendiendo á ambos cargos no podía despachar bien ninguno de ambos. Andaban á la verdad muy retrasados los negocios, y el Rey mismo, convencido y aconsejado por el confesor, le propuso que dejase la Presidencia, dando el encargo de proponérselo al confesor mismo. Conocía Oropesa la celada, y procuraba evitarla á toda costa; sospechaba ya el odio del P. Matilla, y para probarlo y burlarse de su credulidad, respondió á sus razonamientos, que bien querría dejar la Presidencia; pero sería en persona tan apta como él, y no en otro. Hubo de resignarse humildemente el confesor á esta honra, creyendo que de verdad se la ofrecía el Ministro, y éste, triunfante, contó el suceso al Rey, sazonado con los chistes de su conversación, que era muy celebrada. El Rey comenzó con aquello á desconfiar del confesor, diciéndole en la primera ocasión que se vieron: «¿por ventura sois vos quien ha de ser Presidente de Castilla?» Y el confesor desde entonces juró perder al Ministro.

Halló de su parte al D. Manuel de Lira, al Cardenal Arzobispo de Toledo, al viejo Almirante de Castilla, á los duques de Arcos y del Infantado y otros señores principales, y todos trabajaron tanto, que Oropesa tuvo al fin que dejar la Presidencia al Arzobispo de Zaragoza D. Antonio Ibáñez. Tuvo traza el confesor de indisponer con éste al Ministro, cuando todo se lo debía. El nuevo Presidente se unió con los enemigos del Ministro, aliándose también con el Condestable, cada día más sediento del poder que le robó Medinaceli; hombre al decir de un contemporáneo «tan negado á hacer bien con su amistad, como capaz de hacer mucho daño siendo enemigo». Los sucesos vinieron á ayudar á todos estos conjurados en sus empresas contra el Ministro.

No dejaba Francia de hacernos afrentas. El haber procesado en uso de nuestro natural derecho á algunos contrabandistas franceses, fué motivo para que Luis XIV enviase al almirante d'Estrée á Cádiz con una poderosa armada (1686), la cual apresó algunas naves, exigió quinientos mil escudos, y hubo que prometerle entera satisfacción para evitar el bombardeo que amenazaba. Orán se vió afligida con un trágico suceso. Gobernaba allí D. Diego de Bracamonte, uno de los capitanes de caballería que acompañaron á D. Juan de Austria en Torrejón y Guadalajara, hombre de temerario valor y muy esclavo de la cólera. Como llegaron los moros en asombrosa multitud delante de aquella plaza, comenzando á talar los jardines y huertas del contorno, salió á ellos imprudentemente el Bracamonte con sólo ochocientos hombres. Pusiéronle los enemigos una celada fingiendo huir, y Bracamonte, enfurecido, cayó en ella, donde perdió la vida peleando valerosísimamente, con todos sus soldados, menos cincuenta que lograron abrirse camino por entre los montones de cadáveres enemigos y volver á la plaza. Hubiérase perdido ésta, á atacarla inmediatamente los infieles, y de todos modos ella misma habría abierto las puertas al enemigo, á no sobrevenir el duque de Veraguas con algunos bajeles. Alguna más fortuna tuvimos en Melilla, donde fueron rechazados los moros por D. Francisco Moreno, su Gobernador, aunque él también perdió valientemente la vida. Súpose que ambas jornadas habían sido movidas y dirigidas por los franceses.

Ni eran ajenos éstos tampoco á las piraterías de los filibusteros, cada día más audaces. Á Scott, David, Manfield y Morgán sucedieron Olonnés, Monthars, Miguel el Basco y Grandmont, todos á cual más osados y sanguinarios. Grandmont llegó á apoderarse de Veracruz y asolar las cercanías de Cartagena. En 1685 se apoderó de Campeche, con daño inmenso de nuestra parte. Por los años de 1647 llevó Luis XIV al último punto los ultrajes. Mandó á su marina que hiciese arriar bandera á nuestras naves en reconocimiento de feudo y vasallaje por las provincias de Flandes, que poseíamos, y juzgaba tributarias de su Corona. Herían tantas afrentas el orgullo de la nación, vivo todavía; ¿y cómo no habían de herirlo? Murmuraban todos del Ministro que las toleraba, y éste, no menos airado que los otros, y deseando también librarse de sus invectivas, se resolvió á tomar venganza en la guerra. No era tiempo. Pusiera el mal Ministro más cuidado en el Gobierno; reformara abusos sin cometerlos; acopiara tesoros que no había; juntara y disciplinara ejércitos que no se hallaban; buscara capitanes de experiencia; fortificara bien las fronteras, que después de todo esto bien podía emprenderse la guerra, no antes, so pena de padecer sin fruto nuevos descalabros. ¿No bastaban las costosas experiencias de los últimos años para conocer que tal como estábamos de Hacienda y de milicia, era locura pensar en la guerra? ¿No habían dicho los sucesos pasados que, aun en alianza con otras naciones, todo el daño era para los débiles y todo el provecho para los fuertes? ¿No valía tanto padecer afrentas en el gabinete como en los campos de batalla? Nada de esto pudo en Oropesa. Púsose de acuerdo con el Papa, que estaba muy resentido de Francia; con el Emperador, su irreconciliable enemigo; con el príncipe Guillermo de Orange, que aspiraba á quitar el trono de Inglaterra al rey Jacobo, fiel aliado del francés; con los duques de Saboya y de Baviera, ofendidos de las altiveces de Luis XIV, y con todos los Príncipes del Imperio, reunidos en la dieta de Ratisbona. Dificultó algo la conclusión de la liga el escrúpulo de haber de coaligarse España con los protestantes, y señaladamente con el de Orange, contra un Rey católico como lo era el de Francia; pero hubo á mano mercedes bastantes con que ganar á teólogos para que desvaneciesen el escrúpulo en favorable dictamen. Formóse entre todos la liga llamada de Augsburgo; todos tenían casi iguales pretextos de queja por las infracciones continuas que hacía Luis XIV de los tratados de Munster y de Nimega y por la soberbia con que, fiado en su poder, trataba á los demás pueblos. Comenzó á recoger sus frutos Guillermo de Orange, desembarcando con un ejército de holandeses y apoderándose, entre las aclamaciones del pueblo inglés, del trono que ocupaba el débil Jacobo. No dió tiempo la rapidez del suceso para que Luis XIV llegara á impedirlo; y conociendo la tempestad que iba á caer sobre él, reforzada aún la liga con el poder de Inglaterra, quiso ganar la delantera comenzando por su parte las hostilidades. Envió un poderoso ejército al Rhin, que, sin previa declaración de guerra, porque todo era intriga de gabinetes hasta entonces, se apoderó de muchas plazas del Imperio (1668). En seguida publicó de por sí la guerra contra España; el Emperador y la dieta de Ratisbona le declararon á él enemigo del Imperio; Holanda, el nuevo rey Guillermo de Inglaterra y el duque de Saboya le declararon también la guerra, y en un pronto se llenó Europa de armas y de sangre.

Necesitábase, en tanto, en España dinero para otra guerra que Francia nos declaró, y Oropesa no se atrevió ó no quiso convocar las Cortes del reino; contentóse con donativos que principalmente de Italia vinieron cuantiosos, y con las ordinarias trampas y anticipos, en que se cifraba el gobierno de nuestra Hacienda. Crecieron los apuros y con ellos las quejas y los pretextos contra Oropesa; éste se defendía trayendo al Rey de acá para allá en cazas de lobos y jabalíes y en diversiones todavía pomposas de comedias y toros, impidiéndole que oyese á sus enemigos. Carlos, cada día más postrado de cuerpo y de espíritu, se olvidaba de todo en brazos de aquella buena María Luisa, que era para él una hija y una hermana, siempre á su lado llorando con él cuando no podía traerle la sonrisa á los labios. Así, distrayendo al Rey, por no molestarlo con cuitas, apoyaba involuntariamente la Reina á Oropesa. Quiso Dios que éste perdiese pronto aquel apoyo.

Á principios de 1689 murió en Madrid la reina Doña María Luisa, díjose que envenenada, pero sin algún fundamento. Verdad es que el no tener sucesión traía ya alarmados á todos los españoles, y confiado al francés en heredar el Trono: «si parís, parís á España; sino parís, á París», decía una copla que entonces corría por el pueblo. Achacábanla algunos la falta, y esto, á pesar de sus virtudes, traía disgustados á los que preveían el daño que había de seguirse. Pero los más juzgaban que la impotencia procedía del Rey, y, de todos modos, no era tan execrable crimen para intentado por nadie, aun entre los que más desearan ver otra mujer en el regio tálamo. El noble amor de la patria y la humanidad no dictan tal género de remedios á los males públicos. Con María Luisa se fué de los labios del Rey la última sonrisa.

Deseoso de tener sucesión, y conociendo también las cuestiones sangrientas que de no tenerla habían de seguirse, se apresuró á buscar nueva esposa; pero como su corazón no podía ya inclinarle á otra mujer, dejó la elección al gusto del Emperador, el cual, por consejo de la Emperatriz, que amaba mucho á Doña María Ana de Neoburgo, hija del elector palatino, sin contar para nada con la conveniencia de nuestro Rey y de nuestra nación, puso los ojos en ella y la señaló para reina de España. Sometióse el infeliz Carlos II á la elección del Emperador, y se llevó á cabo el matrimonio, manifestando D. Carlos, en los principios, cierta curiosidad pueril por conocer á su nueva mujer, que luego se convirtió en melancólica indiferencia. La verdad es que ni él amó nunca á su nueva mujer, ni ella hizo más que acortar sus días con pesares sin cuento. Vino á España, con gran pompa (1690), escoltada de las poderosas escuadras aliadas, y, desde luego, comenzó á hacer notar sus defectos. Era soberbia, imperiosa, altiva; la capacidad moderada, el antojo sin moderación ni límite, la ambición de atesorar grande, no menor la de tener parte en el manejo del gobierno, así en las resoluciones árduas como en la provisión de mercedes, cargos y honores. Llevaba con tal impaciencia cualquier cosa que se opusiese á su voluntad, que hasta con el Rey prorrumpía en desabrimientos muy pesados y en injurias que Carlos, flaco y enfermo, sufría con tolerancia, por no saber con vigor excusarlo, haciendo lo que ella quería, muchas veces aunque repugnara á su entendimiento. Para colmo de desgracias padecía accidentes terribles que la ponían á las puertas de la muerte cada hora, obligando á tratarla con no menor cuidado y recelo que al Rey. Lo primero que hizo fué ponerse á la cabeza del partido contra Oropesa, que había descuidado poner á su disposición el Gobierno; adelantóse D. Manuel de Lira á ofrecerla todo su influjo, é hizo de él instrumento y confidente, guardándolo para su primer Ministro. La guerra de intriga se hizo entonces más empeñada que nunca. El de Lira, perdido de amores de sí, con el favor de la Reina y los muchos que ayudaban sus planes, no hallaba ya obstáculo que le pareciese grande. Su nacimiento, que había sido muy humilde, le aguijoneaba para llegar más alto, y todo lo encubría y adornaba con cierto desinterés y limpieza, pues no se sabía de él que hubiera robado el Tesoro como los otros. Costosa honradez la de aquel hombre que dejaba hacer á los demás el daño, mirándolo aún de buen ceño, con tal de parecer más limpio entre tantos manchados, y que si no tomaba oro de las arcas públicas tampoco lo necesitaba, porque para sí sabía adquirir buenos sueldos, y á sus amigos les pagaba en hábitos, títulos y graduaciones, trayendo á tal vileza los honores, que no parecía cosa honrada tenerlos. Soltóse Lira descaradamente contra el Conde, y por dondequiera le injuriaba y desacreditaba. Tenía el Rey entre tantas flaquezas, la de no poder callar ningún secreto; así, cuanto le decía su mujer contra Oropesa se lo contaba á éste, y cuanto éste le aconsejaba para defenderse del predominio de su mujer, lo ponía en oídos de la Reina; llegaba Lira, y le hablaba contra Oropesa; entraba luego Oropesa, y le hablaba contra Lira, y el Rey les comunicaba en secreto sus mutuos informes.

Parecía la Corte casa de vecindad; el Gobierno, juego de mujercillas y de rameras. La Reina madre, aunque tan quejosa de Oropesa, menospreciada por su nuera, se puso de parte de aquél y dilató algo su caída, influyendo en el ánimo del Rey, que ya por sí le amaba tiernamente, y no se resolvió á separarlo. Pero tantos combates habían hecho ya en él no poca mella. Dábalo á conocer el que después de haber dejado Oropesa la Presidencia para ser primer Ministro, por más instancias que ahora hacía, dilataba el declararlo por tal, siendo cosa en que tanto le hubiese instado antes. Lira se creía de todos modos vencedor, cuando los sucesos de la guerra, que mal sostenida por Oropesa, daba tantos argumentos contra éste, que usaban él y la Reina y el confesor y el Presidente de Castilla y todos los de su partido, vinieron á derribarle impensadamente á él mismo antes que á su contrario, habiendo empezado las hostilidades con poco empeño por la parte de Flandes en 1689.

El Príncipe de Valdek, que mandaba á los holandeses, derrotó en Valcourt al mariscal Humières, causándole alguna pérdida, y lo demás de la campaña se empleó en choques poco importantes. Mas en la siguiente etapa fueron tremendas las operaciones. Hizo Lira de modo que fuese á gobernar los Países Bajos el marqués de Gastañaga, D. Francisco Antonio de Agurto, grande amigo y parcial suyo, hombre sin mérito ni valor, aunque con vanidad muy grande, sosteniéndolo contra el dictamen de todos en aquel empleo. Gastañaga, ocupado sólo en hacerse reverenciar de los pueblos que gobernaba, disipando en insensatos alardes de lujo y de riqueza cuantos tesoros venían á sus manos, no pensó en acopiar soldados ni recursos con que hacer ventajosamente la guerra. Sin embargo, reunió alguna gente, y la envió á juntarse con el ejército del Príncipe de Valdek. Encontróse este ejército con el de los franceses que mandaba el mariscal de Luxemburgo en los campos de Fleurus. Peleó algunas horas, haciendo prodigios de valor la caballería española; sostúvose medianamente la infantería alemana y holandesa, y al fin, los nuestros, abandonados de los aliados, después de hacer horrible carnicería en los enemigos, tuvieron que abandonar el campo; con que quedó la victoria por los enemigos, no sin igual pérdida de ambas partes. Tal fué, que ni unos ni otros quedaron en disposición de emprender nuevas operaciones.

En 1691 había resuelto Luis XIV el sitio de Mons, plaza importantísima de los españoles, disponiendo las cosas con gran sigilo. No lo tuvo tanto que no comprendiese su intento el Príncipe de Orange, ya Rey de Inglaterra, el cual se lo participó al marqués de Gastañaga en las conferencias celebradas en la Haya, para disponer las cosas de la nueva campaña, rogándole dijese el verdadero estado de Mons, á fin de atender entre todos á su mejor resguardo y defensa. Respondió Gastañaga soberbiamente que Mons estaba harto segura en sus manos, asegurando que había dentro hasta doce mil hombres y todas las municiones de boca y guerra que necesitaba para un largo sitio. Fiaron en esto los aliados, y vieron sin inquietud que se acercase á sitiarla el rey Luis acompañado de todos sus Ministros y Generales, y hasta ciento diez mil soldados con doscientas piezas de artillería, ejército el más poderoso que se hubiese visto en aquellos parajes. Pero el marqués de Gastañaga había faltado á la verdad en todo. La guarnición de Mons no llegaba á seis mil hombres, y aunque su Gobernador, el conde de Berges, se defendió esforzadamente, tuvo al fin que ceder, falto de todo, á los veinticinco días de trinchera abierta. Sorprendió la pérdida á los aliados que, lentamente, como tan confiados, preparaban el socorro, y el Rey de Inglaterra, irritado contra Gastañaga, escribió al infeliz Carlos II cuanto mal pudo discurrir de su conducta. Gastañaga, por su parte, escribió también á Lira implorando su protección, y éste, lleno de vanidad como todos, y confiado en la debilidad de Carlos, tuvo audacia para contestarle diciendo que mientras él se hallase en el despacho, aunque en Flandes no quedara más que una almena, sería él Gobernador de ella. Fué dichoso azar, cuando no obra de la soberbia de Gastañaga, que llegase la carta á manos del Rey de Inglaterra, el cual, ardiendo en ira, se la envió á nuestro Soberano con los comentarios que han de suponerse.