Quísose guardar sigilo, pero no pudo evitarse que al punto supiesen el Emperador y el Rey de Francia lo decretado. Protestó el primero con una altivez que acabó de irritar contra él á todos los Grandes y nobleza y pueblo; el segundo, aleccionado en la pasada experiencia, con mucha templanza. Ya parecía resuelta la cuestión y asegurada la paz de Europa, aunque, á decir verdad, no era fácil que se evitase la guerra, cuando el Rey presunto de España murió en Bruselas á la edad de seis años, en 8 de Febrero de 1699. Supúsose que de veneno, y al menos así lo creyó su padre, porque en un manifiesto que publicó con este motivo decía «que la estrella fatal que perseguía á cuantos eran obstáculo al engrandecimiento de la casa de Austria, había hecho que su nieto muriese de una ligera indisposición, que solía atacarle sin peligro, antes de que estuviese nombrado heredero de España». No hay que decir con tales sospechas, la impresión que la muerte del Príncipe causaría en estos reinos. Restablecióse el crédito del partido francés con acrecentarse el odio al austriaco, y como Arias Mon, destituído del Gobierno del Consejo de Castilla por causa de Oropesa, y don Francisco Ronquillo, á quien habían quitado el cargo de Corregidor de Madrid, vinieran á ponerse al lado de Harcourt y Portocarrero, éstos juzgaron llegado el momento de hacer nuevos esfuerzos. El más temible de sus enemigos era Oropesa, que aunque inconsolable por la muerte de su protegido el de Baviera, no había tardado en buscar nuevas banderas, acogiéndose otra vez á las de la casa de Austria. No tardó en sentirse su hábil mano en éstas. El partido austriaco se mostraba de nuevo poderoso; el Rey consintió en que se llamase á Madrid al Príncipe de Hesse-Darmstad, con doscientos caballos imperiales que habían servido en Cataluña durante la última guerra, no con otro objeto, sin duda, que con el de intimidar al pueblo, harto parcial ya de los franceses. No había tiempo que perder, y Harcourt y su partido obraron á punto de evitar que con aquellas disposiciones entrase en los unos el temor, en otros la desconfianza, y sucumbiese su causa.
Olvidada de día en día la administración pública con tales contiendas, ya no era que se hiciesen mal las cosas, sino que nada se hacía, y todo quedaba abandonado á la ventura. El Gobierno de los Tenientes generales había caído por sí solo en una especie de desuso, modo inaudito de caer gobernantes. El duque de Montalto y el Condestable no sonaban ya en la política; únicamente el Almirante, más ambicioso que ninguno de sus compañeros, continuaba influyendo y trabajando por influir más todavía. Oropesa y Portocarrero, sin ser ninguno de ellos Ministro, eran los que más importancia tenían en la Corte, y la Reina, ya unida con uno de ellos, ya combatiéndolos á los dos, no deseaba otra cosa sino conservar su funesto crédito y predominio. Como la muerte de Carlos estaba evidentemente tan próxima, nadie disputaba el honor de ser su favorito, sino el de serlo con el futuro Rey, para lo cual pretendía cada cual que se eligiese á su antojo. Por lo mismo, nadie se cuidaba ya, cual en otro tiempo, de que en Madrid no faltasen bastimentos, aunque faltasen en todo el reino, y como hubiese malísimas cosechasen estos años, llegaron á padecerse aquí la escasez y el hambre. No se necesitaba más para promover una sublevación tanto tiempo hacía contenida por el antiguo hábito de obedecer de los infelices ciudadanos. Achacaban la falta al conde de Oropesa, que como Presidente de Castilla debía cuidar de los mantenimientos, y por dondequiera se oían denuestos contra él, acusándole también de que comerciaba con su mujer en trigo y en aceite, beneficiando la carestía.
Tampoco dejaban de oirse quejas contra el Rey, harto injustas por cierto, porque el infeliz no era posible que atendiese á más dolores que los que lentamente iban consumiendo su vida. «De todo aquesto, ¿qué se le da al Rey?», decían ciertos cantares de entonces, después de enumerar cuantas miserias padecía el pueblo. Y Harcourt y sus amigos, para que no pudiera dirigirse contra ellos igual pregunta, y con el objeto también de acusar con sus hechos los de sus adversarios, repartían á manos llenas las limosnas, y afectaban una caridad nimia, que el Tesoro de Francia pagaba y el pueblo agradecía pródigamente. Servíalos en esto don Francisco Ronquillo, que como Corregidor que había sido, conocía mejor que nadie las necesidades y la gente á quien había que excitar y contentar según viniese á cuento. Y no es mucho suponer que el mismo Ronquillo fuese quien preparó los sucesos de que vamos á dar cuenta, demasiado útiles y bien aprovechados para pasar por casuales é imprevistos. Ello es que cierta mañana de Abril, estando en la Plaza el Corregidor, que lo era D. Francisco de Vargas, atendiendo á los deberes de su oficio, uno de sus alguaciles maltrató por pequeña ocasión á una verdulera. Desatóse ella en injurias contra el Corregidor, y la gente que presenciaba la escena tomó al punto una actitud tan hostil, que el de Vargas juzgó prudente retirarse. Siguióle la gente con insultos y amenazas, y en un momento el espacio que media entre la Plaza y el Arco de Palacio se vió lleno de hombres y mujeres, que acudían á porfía de todos los extremos de la ciudad gritando: ¡Viva el Rey! ¡Pan! ¡Pan! ¡Muera Oropesa! La multitud no se detuvo en el Arco, sino que llegó hasta los mismos balcones del Alcázar, redoblando sus gritos. Oyólos el Rey con más amargura que cólera, sin saber qué partido tomaría en el trance. Súpose que Vargas había estado para morir á tronchazos y pedradas, y que se amenazaba con peor suerte á Oropesa.
Creció el miedo, y el cardenal Córdoba, el marqués de Leganés, el conde de Benavente y otros muchos Grandes que acudieron al punto á Palacio, no sabían qué aconsejar ni qué hacer ellos mismos. La Reina, con alguna más presencia de ánimo, se determinó á salir al balcón, y habló á los amotinados diciéndoles que el Rey dormía; pero que no bien despertase le comunicaría sus quejas. «Ya hace mucho que duerme y es tiempo de que despierte»—respondieron agrandes voces. Entonces, se asomó el Rey al balcón; pero no por eso cesaron los clamores. El peligro arreciaba, y el conde de Benavente, que disfrutaba de algún favor en el vulgo, se ofreció al fin á hablarle, saliendo fuera de Palacio. Sus palabras templadas, pero más acaso las inteligencias que tenía con los insurrectos, lograron acallar el tumulto y que el gentío ofreciera retirarse, con tal de nombrar Corregidor á Ronquillo y no castigar á ninguna de las cabezas del desorden. Consintió el Rey en ello; llamóse á Ronquillo á Palacio, y acompañado del conde de Benavente salió á caballo por la Plaza, llenándolos á ambos la multitud de vítores y bendiciones. Si esto no bastara para probar que uno y otro estaban y entendían secretamente en el motín, de todo punto podrían demostrarlo ciertas palabras del conde de Benavente, que volvieron á encender la confusión calmada. «El Rey os perdona—les dijo—; pero en cuanto á la carestía no puede él remediarla, y será bien que os dirijáis al Presidente de Castilla.» No fué menester más. El vulgo, desatado, dejó desierta en un instante la Plaza de Palacio, y se encaminó á las casas de Oropesa, situadas enfrente de Santo Domingo.
Fué fortuna para éste que el Almirante, con quien á la sazón estaba de acuerdo, siendo los dos jefes del partido austriaco, pudiera avisarle á tiempo, con un billete lo que pasaba. Á la verdad, no habían dejado también de oirse amenazadores gritos contra el astuto Almirante, aunque no tan continuos como contra Oropesa. La casa de éste fué en un momento entrada, á pesar de la resistencia armada que opusieron sus criados, y habiendo muerto algunos de los asaltantes, la muchedumbre destrozó los muebles y los echó por las ventanas; destrozó las pinturas y los papeles, y no hubo, en fin, exceso que no creyese poco para satisfacer su ira. Habíase refugiado Oropesa con el aviso del Almirante en casa de su vecino el Inquisidor general, y el terrible nombre de esta dignidad contuvo á las puertas de aquel asilo á la multitud, que no osó siguiera insultarlas. Aproximábase ya la noche y el tumulto no cedía, sin embargo, pidiendo todos á voces la cabeza de Oropesa, cuando el Cardenal de Córdoba y otros sacerdotes salieron de Santo Domingo con un crucifijo, y sus exhortaciones y las de Ronquillo, que ya debía tener por bastante lo hecho, lograron restablecer la calma y el silencio. Creían, sin duda, los del partido francés que con esto bastaría para que el Rey separase de nuevo á Oropesa; pero se engañaron, porque habiendo éste solicitado su retiro, á causa de que no se castigaba á los culpables en el alboroto, no quiso Carlos consentirlo, mandándole que permaneciese en la Presidencia. Entonces, sus adversarios celebraron una junta en casa de Portocarrero, donde después de oir la opinión del jurisconsulto Pérez de Soto, favorable al duque de Anjou, se acordó echar el resto en alejar á Oropesa de la corte. Fué entonces Portocarrero á ver al Rey, y prevaliéndose de su calidad cardenalicia y del influjo espiritual que en tal concepto tenía con el Rey, le obligó á decretar la vuelta de Oropesa á la Puebla de Montalbán, el destierro del Almirante á treinta leguas de la corte, y el nombramiento de D. Manuel Arias Mon, parcialísimo, como sabemos, del de Anjou, para la presidencia de Castilla. Quedó entonces el partido francés triunfante, y sin más apoyo el austriaco que la Reina, el conde de Frigiliana y de Aguilar y D. Antonio de Ubilla, secretario del despacho universal, que á falta de otros más calificados, llegó á ser uno de sus caudillos.
Un suceso singular, del cual se ha hablado mucho posteriormente, ocupaba á la sazón á nuestra corte. Eran los supuestos hechizos del Rey, cuyo recuerdo podría bastar para comprender á qué punto llegaba la fanática superstición de unos, y la hipócrita maldad de otros en aquella época. Ya hacía tiempo que el vulgo atribuía á hechizos las enfermedades del Rey. Viéndole dotado de entendimiento muy claro, de rectísima conciencia, de tanto amor á sus vasallos, sin que hiciese valer ninguna de estas calidades; no comprendiendo tampoco cómo desde la edad temprana hubiera podido padecer una flaqueza tan extrema que le impedía ejercitar su virtud, dió por cierto que algunos malos hechizos estaban apoderados de su persona. Á punto llegó el rumor que en tiempo del inquisidor Sarmiento y Valladares, el Tribunal Supremo de la fe llegó á intentar algunas averiguaciones. Suspendiéronse por respeto á la persona del Monarca, y así continuaron las cosas, hasta que en los principios de 1698, el mismo Carlos llamó al Inquisidor general Rocaberti y le rogó que indagase si él era ó no víctima de hechizos, como vulgarmente se creía. Oyólo Rocaberti con atención proporcionada á su ignorancia, que era grande, porque de pobre dominico se había visto elevado á tal categoría, más por intrigas que no por fama ó mérito como entonces se solía. Dió parte del asunto al Tribunal, cuyos Ministros, más sabios que él, se negaron á entender en cosa tan inverosímil y ridícula.
No se desalentó con esto Rocaberti, y á poco lo consultó con el Padre confesor Fr. Froilán Díaz, que no teniendo más luces que él, se conformó con sus opiniones y propósitos. Diéronse entonces ambos á cazar los tales hechizos, y no tardaron en saber, casualmente, que un cierto Fr. Antonio Álvarez Argüelles, vicario de un convento de monjas en la villa de Cangas, solía tener gracia particular para exorcizar endemoniados, y platicar con los mismos demonios, de quienes sabía curiosísimos secretos. Escribieron ambos al Obispo de Oviedo para que éste interrogase al vicario sobre los hechizos del Rey: pero aquel prelado respondió con desprecio que el Rey no tenía hechizos, sino flaqueza de ánimo y de cuerpo, y que antes que de exorcismos necesitaba de buenos consejos. Ni Rocaberti ni el confesor se avergonzaron con esta respuesta; llenos de fe se pusieron á buscar otros conductos por donde entenderse con el vicario, y lo lograron, entablándose una correspondencia entre los tres, fecundísima en puerilidades y absurdos y locuras, que asombra que pudiera seriamente seguirse. Notóse, sin embargo, que los demonios á quienes interrogaba el vicario Argüelles, no cesaban de hablar mal de los parciales de la casa de Austria, y principalmente de la Reina y del Almirante, sin perdonar á la Reina madre, por ser ya cosa del otro mundo, ni á ninguno de cuantos antes ó después habían abogado en contra de la casa de Francia. Y dando por ciertos los hechizos, solían proponer para el Rey remedios capaces de causar su muerte aunque estuviese robusto y sano, cuanto más en la situación en que se hallaba. Ni Rocaberti ni Froilán sospechaban por eso de los demonios ni de su interlocutor, y molestaban sin cesar al pobre Príncipe, haciendo las más de las cosas que aquéllos les prevenían, y excusando sólo las que manifiestamente eran dañosas ó impracticables.
Así transcurrió algún tiempo, hasta que los demonios se cansaron de pronto de hablar, y respondieron al vicario que no dirían palabra más si no era en Madrid, en la capilla de Atocha. Asombró al confesor y al Inquisidor tan extraña demanda, y si la dieron crédito no se sabe; pero ello es que no les pareció bien traer tan cerca del Rey persona que poseía el admirable privilegio de andar con los malos, de que á su juicio andaba aquél poseído. Negáronse á su venida, y continuaron carteándose con el vicario hasta la muerte del inquisidor Rocaberti, sin obtener otra cosa que nuevos embustes cada día. Pero este vicario y estos demonios tenían cierto olor francés que puso en alarma á los austriacos, no bien se susurró el caso en la corte. No era este partido menos rico en frailes y demonios que lo fuera su adversario, y antes de mucho se recibió en Madrid una información auténtica del Obispo de Viena, donde se contenían graves respuestas traídas por el demonio á la boca de unos energúmenos, á quienes él y su clero estaban exorcizando en la iglesia de Santa Sofía, sobre los hechizos del rey Carlos II. De ellas se deducía claramente que este Príncipe había sido hechizado por una mujer, de nombre Isabel, que vivía en Madrid, en la calle de Silva. Dió el Embajador imperial la información al Rey; pasó luego al Tribunal, y se hicieron inútiles pesquisas. Parecía ya indispensable exorcizar al Rey, y se llamó para ello de Alemania al mejor exorcista del imperio, por nombre Fr. Mauro de Tenda, capuchino de religión, y dotado de gran torrente de voz, con la cual atormentaba día y noche al Rey, llamando á voces á los demonios que se albergaban en su cuerpo. Empeoró mucho el Rey con el sobresalto, y como estaba en poder de demonios y exorcistas austriacos, era de temer cualquier extravío en su juicio que hiciese venir la Corona á poder del Archiduque. Entonces, un nuevo demonio, más audaz que los otros, se apoderó de una pobre mujer y la condujo al Palacio mismo, donde entró desgreñada y furiosa sin que nadie pudiese contenerla, hasta llegar á la presencia del Rey, el cual no halló más medio de librarse de ella que ponerse por delante un relicario que traía consigo. Interrogóse á este nuevo demonio, y acusó claramente de autores del hechizo á la Reina y al Almirante, de donde se supo ser este demonio francés. Irritóse la Reina; hizo que su marido apartase de su lado al Padre Froilán Díaz, y mandó que se le formase un proceso que duró mucho tiempo, y del cual resultó que él, como Rocaberti, no eran culpables sino por ignorantes y fanáticos. No de todos los cortesanos se pudo decir lo mismo; porque sin acusar de tan indigna farsa á ninguna persona determinada, parece fuera de duda que fué obra de los partidos, que con tanto encarnizamiento se disputaban la herencia de Carlos II.
La muerte estaba tan cercana del desdichado Príncipe, que no podía ya perdonarse ningún esfuerzo, y desde la primavera de 1700 á 1701, ni dentro ni fuera de España se habló apenas de otra cosa que de la resolución de este grande asunto. Luis XIV, viendo que en Madrid tenía ya recobrado lo perdido, comenzó á moverse por fuera con nuevo empeño. Persistía en el propósito de hacer entender á los españoles que tenían que darse á él ó someterse á la desmembración del reino. Para ello negoció un nuevo tratado de repartición con el rey Guillermo III en Londres. Disponíase en él que por muerte del Príncipe de Baviera pasasen al archiduque Carlos los estados que á aquél estaban asignados, añadiéndose la Lorena á los que debía recibir Francia, y dándole en cambio al poseedor de aquel ducado el de Milán. Y si el Archiduque no admitía el tratado en el término de tres meses, determinábase que toda su parte sería secuestrada, nombrando los aliados Príncipe que ocupase su puesto. Protestó el Emperador contra el tratado, y el Rey de España hizo fuertísimas reclamaciones en Londres y París, de cuyas resultas el marqués de Canales, nuestro Embajador, fué expulsado de Inglaterra y se rompieron las relaciones entre las dos Coronas. Aprovechóse el partido austriaco de esta nueva falta de Luis XIV, y puso en tal disposición el ánimo del Rey, que Harcourt tuvo que volverse á Francia, llamado por su Soberano. Ubilla ayudó poderosamente á la Reina. Prometióse á esta casarla con el heredero imperial, si lograba que fuese nombrado heredero el Archiduque, y Doña Mariana no sólo admitió el partido, sino que delató á su marido la promesa que le había hecho Harcourt de casarla con el Delfín, después que él muriese. Ya se habían dado órdenes á los Virreyes de Italia para admitir guarniciones imperiales, y el partido francés parecía del todo perdido. Estorbó lo de las guarniciones la amenaza que hicieron Francia é Inglaterra de declarar inmediatamente la guerra, y la habilidad de Portocarrero y los demás españoles que seguían el partido del duque de Anjou, puso definitivamente de su parte la victoria.
Porque en el verano de 1761, después de una excursión al Escorial, donde sintió algún alivio, cayó Carlos en el lecho de que no había de levantarse jamás. Instalóse Portocarrero en su aposento, y sin hablarle más que de cosas religiosas, logró ahuyentar á la Reina y á Ubilla y á todos sus parciales, incluso el confesor Torres Padmota y el inquisidor Mendoza, pues para la asistencia espiritual del enfermo traía ya él consigo dos frailes que suponía en olor de santidad. El Rey, que veía ya su muerte inmediata, entregó á Portocarrero el cuidado de su salvación, que fué entregar su Corona á la casa de Francia. Indújole el artificioso Cardenal á que hiciese testamento que él no quería; luego lo persuadió de que pidiese dictamen á los diferentes Consejos sobre el nombramiento de heredero. La mayoría del de Castilla, ganada ya, opinó porque fuese preferido el francés. En el Consejo de Estado fué la discusión muy viva. El duque de Medinasidonia, los marqueses de Villafranca, Maceda y el Fresno, y los condes del Montijo y de San Esteban, opinaron con Portocarrero en favor de la casa de Anjou; el conde de Frigiliana y Aguilar y el de Fuensalida se opusieron á ello, pidiendo que se convocasen unas Cortes generales del reino, donde se eligiese sucesor libremente. Apoyábanse en muy sólidas razones, en especial aquella de que no era fácil conciliar en ninguno de los pretendientes las distintas leyes de Aragón y Castilla. Desechó la mayoría todo pensamiento de convocar Cortes, y el de Frigiliana, levantándose conmovido, pronunció estas nobles palabras, dignas de más pura lengua: «hoy destruís la Monarquía.» Acordóse que el duque de Anjou debía ser nombrado heredero. Resistía, sin embargo, el Rey, y sabiendo Portocarrero que el Papa estaba muy irritado contra el Emperador, aconsejó que se sometiese á su decisión el caso. Gustó Carlos del Consejo, y la respuesta de Inocencio XII fué, como esperaba Portocarrero, favorable al francés.
Entonces, Carlos no resistió más, y llamando á Ubilla, en presencia de Portocarrero y de D. Manuel Arias Mon, le hizo que extendiera un testamento, nombrando por heredero en todos sus estados y señoríos al duque de Anjou, «reconociendo—decía—que la razón en que se funda la renuncia de las señoras Doña Ana y Doña María Teresa, Reinas de Francia, mi tía y hermana, á la sucesión de estos reinos, fué evitar el perjuicio de unirse á la Corona de Francia, y reconociendo que viniendo á cesar este motivo fundamental, subsiste el derecho á la sucesión en el pariente más inmediato, conforme á las leyes de estos reinos, y que hoy se verifica este caso con el hijo segundo del Delfín.» Nombró una Junta para que gobernara sus reinos durante la ausencia del de Anjou, compuesta de la Reina su esposa, Portocarrero, Montalto, Arias, Frigiliana, Benavente, el Inquisidor general Mendoza y D. Antonio de Ubilla como secretario. Y hecho esto, exclamó con los ojos llenos de lágrimas: «Dios es quien da los reinos.» Con que manifestó la repugnancia que le costaba el desheredar á su familia. Cerróse el testamento solemnemente, y Portocarrero y los suyos lo notificaron al punto al rey Luis, cerciorándose de que estaba dispuesto á tomar entera la herencia y á defenderla con las armas, á pesar de los tratados de repartimiento que había hecho. Pocos días después, Carlos se halló incapaz de entender en asunto alguno de gobierno, y expidió un decreto confiándolo en lo civil y militar al cardenal Portocarrero, hasta su muerte. Quiso éste por cortesanía que se le asociase la Reina; pero Carlos no consintió en ello, mostrando así que había llegado en sus últimos momentos á aborrecerla. Al fin, el día de Todos Santos de 1701, después de haber recibido muy devotamente los sacramentos, expiró el desdichado Carlos, repitiendo: «ya nada somos»: Príncipe, como dejamos indicado, digno de lástima y amor, no de odio y desprecio.
No hay que explicar largamente cómo quedaría la Monarquía. Ya en 1686 decía el economista D. Miguel Álvarez Osorio y Redín estas palabras: «Si todo no se desbarata, es imposible remediar esta Monarquía, si Dios no envía un ángel para libertarnos de esta confusión y cadena que labró la malicia». El conocimiento no faltaba; pero, ¿y el remedio del mal? Hallábalo entre otras cosas el buen Osorio, en «reducir el número de artesanos y mercaderes, porque además de defraudar las rentas reales, quitaban las ventas unos á otros». Es imposible imaginar mayor absurdo; pero tal andaban los estudios entonces. Hubo, sin embargo, un hombre, harto censurable como Ministro, D. Manuel de Lira, que siendo Presidente de Indias dirigió al Rey un memorial digno de eterna memoria, en el cual proponía francamente que se llamasen á España capitalistas extranjeros, que se les abriese el comercio de América, y que se les permitiese seguir su culto á cada uno, con tal que no fuese en público, concediéndoseles cementerios y otros privilegios que aún hoy se les disputan. Pero los sabios consejos de Lira, fundados en su mucha experiencia de viajes y negocios, no fueron oídos, y gracias que era poderoso, que si no la Inquisición hubiera dado buena cuenta de su persona. Á manos de la represión de este tribunal infausto había ya muerto todo género de filosofía, y tras esta ciencia matriz habían desaparecido todas las ciencias y artes. Alguno que otro poeta dramático de mediana importancia, y éste ó el otro lírico culto interrumpen de vez en cuando el silencio de nuestras letras. Mas sólo los eruditos florecen y dan algún honor á nuestra patria. Nicolás Antonio, Mondéjar, Ferreras y D. Juan Lucas Cortés ofrecieron á nuestra última decadencia el consuelo que tienen todas, que es el de rebuscar en lo pasado. Eran, sin embargo, varones dignos de otro tiempo y de otra patria.
CONCLUSIÓN
«Puede decirse—exclama el autor de un opúsculo atribuído al venerable Palafox—, que esta Monarquía la zanjó la sabiduría y gran juicio de Fernando el Católico, la formó el valor y celo de Carlos V, y la perfeccionó la justicia y prudencia de Felipe II.» En este punto la tomamos, y desde aquí la hemos seguido en su decadencia.
Un siglo ha bastado para comenzar y llevar al extremo la ruina de aquella grande España de Pavía y Otumba y Lepanto, de aquella inmensa Monarquía, que se levantó del suelo al juntar sus manos Isabel I y Fernando V. Cuando comenzamos á escribir, todavía los sucesores de estos grandes Príncipes llenaban el mundo con su nombre. Dueños de toda la redondez de la Península asomaban el brazo amenazador por encima del Pirineo, y desde la ciudadela de Perpiñán mantenían en respeto las llanuras de Francia. Con Nápoles al Mediodía y Milán al Septentrión tenían entre sus manos todo el centro de Italia, al paso que Génova y Mónaco bajo su dependencia y final conquistado, les aseguraban el dominio de la frontera marítima. El Mediterráneo, encerrado entre las dos penínsulas, itálica é ibérica, y la costa africana, donde levantaba la soberbia Orán su cabeza, y vigilado desde Sicilia, Córcega, Cerdeña y las Baleares por nuestras fortalezas y nuestros soldados, no estaba lejos de ser un lago de España. Por él corrían triunfantes y soberbios nuestros bajeles, numerosos todavía y casi siempre vencedores, mandados por los Príncipes de Italia, que ya que no pudiesen evitar nuestros hierros, se honraban con ser nuestros Ministros y servidores. Y desde España é Italia y el avasallado mar por donde una y otra se comunicaban, ardía en deseos la Monarquía de extenderse hasta recoger y unir todas sus vastas posesiones de Europa. La Waltelina se veía amenazada, el Austria occidental en tratos de cesión, la Alsacia á punto de quedar avasallada, la Suavia feudataria. No parece que se necesitase más que de un esfuerzo para que nuestras banderas se abriesen camino desde la Waltelina al Luxemburgo, dominando ambas orillas del Rhin, y poniendo en comunicación á Milán con Bruselas, y con el Franco-Condado. Tan gigantescos propósitos, que hoy parecen quimeras, no lo eran entonces todavía. La nación, aunque cansada, se sentía con fuerza para tanto, y ¿quién sabe si lo habría llevado á término á hallarla el siglo xvii con un Fernando V, como halló un Felipe III, á su cabeza?
Aún vivía el gran conde de Fuentes D. Pedro Enríquez de Acevedo, émulo, al decir de los franceses, del gran Enrique IV, tan buen soldado como él y harto mejor político; aún vivían los viejos tercios del duque de Alba; aún honraban nuestro nombre en las batallas y en los consejos el buen marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo, y aquel D. Gómez Suárez de Figueroa, á quien llamó su siglo gran duque de Feria; aún el otro Duque que mereció ser llamado Grande, D. Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, y el ilustre marqués de Bedmar, D. Alfonso de la Cueva, eran dignos de haber heredado títulos dados por Fernando V y Carlos I y Felipe II. ¿Que no podía esperarse todavía de tales Ministros, y capitanes y soldados? Verdad es que el fanatismo religioso iba estrechando mucho al talento español y estorbaba no poco sus nobles alardes; verdad es que estaba empeñada la Hacienda y que no había industria, ni comercio, ni agricultura que proporcionase tanto oro como se necesitaba; verdad es que la despoblación era grande, que la obra de la unidad nacional estaba muy atrasada, y que la extensión de nuestro imperio y la separación en que se hallaban unas de otras provincias hacía la defensa difícil y fácil la ofensa, de modo que podía llamarse débil y flaco por su grandeza misma. Pero todo lo habrían vencido, sin duda, con buen gobierno y espera, hombres tan grandes y poder tan inmenso como la nación tenía, y riquezas como las que se sacaban ya del Nuevo Mundo. El caso es que no nos convenían ya tan gigantescos propósitos; que aun abierto el gran camino que se pretendía entre Milán y Bruselas, no era posible mantenerlo abierto por mucho espacio; que nuestro interés político estaba en encerrarnos en España, Italia y sus islas, y cerrando la boca del estrecho con la conquista de la España transfretana y el dominio de sus dos orillas, hacernos absolutos señores del Mediterráneo. El caso es que debíamos preferir á extender nuestra dominación por Europa y hasta á asegurar nuestros dominios más importantes, el curar las llagas interiores de la Monarquía, reponer la Hacienda, reformar la administración, terminar la obra de la unidad política, y levantar la industria, el comercio y la agricultura, cosas en que al aparecer no se pensaba.
Faltas antiguas que se hacían más peligrosas á medida que más tiempo continuaban, hijas de los fundadores de la Monarquía, nacidas con ella y en ella envejecidas, de que hemos tratado extensamente en otra parte. Pero equivocada ó no en sus propósitos por lo grande de ellos y de sus medios y recursos, todavía era España á principios del siglo xvii, no ya una gran nación, sino la primera de las naciones. Nuestros mayores enemigos no osaban sospechar que fuese tan rápida y tan grande como fué su ruina. Verdad es que el italiano Campanella decía ya en tiempo de Felipe II estas palabras: «La Monarquía española no puede subsistir por mucho tiempo, porque además de tener por enemigas á todas las demás naciones, tiene sus pueblos y provincias desparramados por ambos mundos en Italia, Flandes, África y las Indias.» Pero otro italiano como él, Juan de Botera, opinaba hacia el propio tiempo que España, por lo mismo que tenía desparramados sus dominios, era más fuerte y de más duración y grandeza. «La grandeza—decía—en todo el cuerpo compuesto de miembros desunidos, la medianía en la mayor parte de los miembros, hacen que tenga España todas las ventajas que pueden tener las naciones: ser agrandes para poder resistir á los enemigos extranjeros, y medianas para que no las destruya la corrupción. Lo que necesita es tener fuerzas marítimas para tener siempre en comunicación las diversas partes del imperio.» Túvolas España temibles en los días de Felipe II, y aun por todo el reinado de su hijo. Y así no ha de causar maravilla que Enrique IV preguntase al Embajador de éste, D. Iñigo de Cárdenas, con mal encubierto recelo: «¿por ventura quiere hacerse vuestro Rey señor de todo el mundo?»
Nadie menos capaz que el buen Felipe III de abrigar tan altos intentos ni de ejecutarlos, y he aquí el principio del rápido descendimiento que hoy nos espanta todavía. «Tiene—decían á su padre sus maestros y servidores—todas las partes de Príncipe cristiano, es muy religioso devoto y honesto. Vicio ninguno no se sabe.» Y ello es cierto que no se le conoció en su vida un solo galanteo, recompensándole bien el cielo, pues le dió en su mujer única Doña Margarita siete hijos, de los cuales le sobrevivieron cinco: D. Felipe que le sucedió, D. Carlos, que murió en edad robusta; el infante cardenal D. Fernando; Doña Ana que fué Reina de Francia y Doña María, prometida del Príncipe de Gales, luego Reina de Hungría y Emperatriz de Alemania. Trataba á su mujer y á sus hijos con singular amor y dulzura. Y bien puede decirse con Virgilio de Malvezzi, su historiador: «que se recontara entre los mejores hombres á no haber sido Rey.» Mas por ser tan cristiano y tan buen hombre puso en desprecio las armas, cimiento de la grandeza, garantía del honor y estímulo de todos los sentimientos altos y nobles. Decía á sus hijos viéndolos con rosarios en las manos: «Hijos míos, esas son las espadas con que habéis de defender el reino.» Frágiles armas como se vió luego para disputar dominios de este mundo á las naciones extrañas, que se repartieron los nuestros. Por ser también tan cristiano y tan buen hombre ocupó todas las horas que le dejaban libres sus oraciones en sostener que la madre de Dios fué concebida sin pecado. Escribió sobre ello á las Universidades y á los obispos, y aun ofreció al Papa hacer un viaje á pie á Roma, porque se declarase de fe su piadosa creencia, como al fin se ha declarado al mediar el siglo xix. Y cuando oía rezar á sus hijos «Santa María, sin pecado concebida», exclamaba lleno de júbilo: «Así lo creo, hijos míos, así lo creo.» Ha de decirse que este fué el pensamiento dominante de su vida. Dejola con la satisfacción de haber adquirido para España hasta doscientos nueve santos, y entre ellos muchos famosos como San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jesús, San Raimundo de Peñafort y San Ignacio de Loyola. Pero en cambio sobre su tumba misma y en tan pocos años de reinado pudo escribir Céspedes de Meneses estas lastimeras palabras. «El grave empeño y diversiones de sus riquezas y tesoros, carga de pechos y gabelas, arbitrio infausto y detestable de la moneda de vellón, conspiración de los moriscos, larga invasión de sus rebeldes, parecen que amagan seguros males al imperio y que es lícito argüir del nuevo Príncipe español que ha venido á ser reparo ó á ser testigo de su ruina.»
No fué el nuevo príncipe Felipe IV reparo ni testigo; fué tal que por sí solo la hubiera traído, aun cuando no estuviese comenzada. De tal manera obró, que habiendo venido á reinar en 1621, ya en 1629 pudo advertir el holandés Juan Laet la decadencia de esta Monarquía aunque no describiendo bien sus causas; y todos los gabinetes extranjeros ó sabían ó sospechaban ya nuestra flaqueza. Acaso no ha juzgado nadie á Felipe IV como un autor contemporáneo suyo en ciertas Memorias históricas sobre la Monarquía de España, que corren impresas en el Semanario Erudito. «Murió, dice, con universal llanto de los españoles, por su piedad suma para con ellos y por las grandes prendas que como hombre particular tuvo, y como Príncipe empezó á descubrir cuando la satisfacción precisa del tributo inevitable le imposibilitó el que las practicase.» Rey que murió de sesenta años cumplidos, y reinó cuarenta y cuatro nada menos, está juzgado con estas palabras. Fué un hombre particular hasta que al borde de la tumba se acordó de que era Rey, y eso para morirse de remordimiento más pronto que nos conviniera. De hombre particular si tuvo buenas cualidades, y su amor desenfrenado á los placeres, su ociosidad y lascivia no pudieran como tal deshonrarle, al modo que lo deshonran, siendo Rey, que este es oficio que á cambio de tanta satisfacción requiere alguna mortificación de los apetitos y pasiones. Castigó Dios su liviandad disputándole tenazmente hasta el mísero varón que quedaba de dos matrimonios dilatados. Vió morir cuando daba las mayores esperanzas, entrado ya en la adolescencia á su hijo D. Baltasar, y luego á D. Felipe Próspero; y se salvaron D. Carlos y dos hijas para traernos la guerra de sucesión.
Sólo fué afortunado D. Felipe en sus hijos bastardos. Además del famoso D. Juan se conocieron de ellos un D. Francisco de Austria, que murió de ochos años; Doña Ana Margarita, que fué monja en la Encarnación de Madrid; D. Alfonso de Santo Tomás, que fué obispo de Málaga; un D. Carlos ó D. Fernando, nombrado con el apellido de Valdés, general de artillería en Milán; D. Alonso de San Martín, obispo de Oviedo, habido en una dama de la Reina, y D. Juan Cosio, llamado fray Juan del Sacramento, predicador célebre en aquella era. Así la religión abrigó á un tiempo á cuatro hijos de Rey, avergonzados de serlo. Solo reconoció Felipe IV á D. Juan, y esto, no porque fuese más digno ni porque el Rey amase más á su madre, sino por virtud del Conde-Duque de Olivares, que tuvo vergonzoso interés en ello. El suceso es de los que más demuestran cuál era la privanza del Conde y cómo andaba la corte de España.
No había tenido hijos Olivares y, viéndose en tanta grandeza, lamentaba profundamente que no hubiese quien le sucediera en ella, si no era su sobrino D. Luis de Haro, á quien ya aborrecía. Recordó entonces que allá en sus mocedades, tratando él de por mitad con otro, con una señora fácil en galanteos, nació un hijo que no se supo á quién atribuirlo. Creció el niño, y llegando á mozo se halló sin nombre, con que rogó á don Francisco Valcárcel, que era el que con más publicidad galanteaba á la madre que se permitiese usar del suyo, lográndolo después de muchas súplicas á la hora de la muerte. Con el nombre de Julián Valcárcel pasó de soldado á Milán y á Flandes aquel mozo, y luego volvió á Madrid, señalándose dondequiera por sus desenvueltas costumbres. Aquí en Madrid fué donde el Conde-Duque puso los ojos en él, determinándose á reconocerle por hijo. Y para que no fuese de tanto escándalo y cubrir su infamia con la del Rey, persuadió á este que reconociera á D. Juan el hijo de la Calderona. Tal fué el origen ruin de aquella preferencia. El Conde-Duque no sólo reconoció á Julián Valcárcel por hijo, que fué aquel D. Enrique Felipe de Guzmán, presunto Presidente de Indias, sino que para casarlo con la hija del Condestable hizo deshacer con frívolo pretexto el legítimo matrimonio que tenía ya contraído con una dama de regular calidad, prestándose á tal infamia el Obispo de Ávila, en quien el Papa delegó la decisión del pleito y consintiendo luego el Condestable en el nuevo matrimonio, sobre vil, adulterino.
No fué D. Juan de Austria en adelante más moderado que su padre en lascivias; quedaron á su muerte tres hijas naturales en otros tantos conventos de España y Flandes. Y hasta el valeroso infante D. Fernando pagó tributo á la flaqueza de la época y á su extraña condición que no le permitía ser casado ni clérigo, dejando una hija ilegítima que se llamó Doña Mariana. Fué este reinado, como el de Felipe III, modelo de fanatismo religioso, modelo de lascivia. La culpa fué en mucha parte del Conde-Duque; llegó su audacia hasta el punto de justificarla en el Príncipe con agudas é ingeniosas razones. Porque habiéndole reprendido el Arzobispo de Granada, maestro que había sido del Rey, por las salidas nocturnas que con él hacía el de Olivares, le contestó éste que de Felipe III, cuyas omisiones se acusaban, aunque tan virtuoso y esclarecido, de criarse tan á solas le procedió el no saber vivir sin otro. «Y como yo, añadía, no quiero á S. M. para mí sino para todos, no querría que dejase de conocer tanto mundo como tiene á su cargo. Y así no le suplicaría yo que se quedase en casa si le viera inclinado á salir con la moderación y templanza proporcionada á su persona. Que á otro fin no creo que lo intentara, ni osaría yo aconsejárselo porque V. S. I. lo dejó tan bien doctrinado, que desde luego empezaran los peligros de persuadirle cosas injustas.» La sátira podía ser buena, pero la doctrina era detestable. Y no fueron más castos, ni mejores en suma que Olivares los demás Ministros de Felipe IV.
Consérvase aún inédito un memorial burlesco que se supone presentado por la villa de Madrid al Rey, cuando salió de ella á la jornada de Cataluña, en el cual se hallan curiosos datos sobre aquéllos, y el estado que tuviesen entonces las cosas públicas. «Sirve, se dice en él, á V. M. la villa con tres mil hombres cuyos sueldos, bien pagados, han repartido entre si los regidores; cualquiera valdrá por diez en la facción de los sacos, según van ejercitados en los vecinos de Madrid. Parécele á la villa que si tan grandes desgracias las causan nuestros pecados han de cesar por la enmienda que no es poco principio la confesión que V. M. y el Conde-Duque han hecho de sus dos hijos. Libres se hallan los vasallos de dares y tomares y V. M. y el Conde-Duque; porque V. M. no tiene ya más que pedirles, ni el Conde ya más que quitarles. Volverá V. M. victorioso porque Dios N. S. es enemigo de grandes, y muy amigo de humildes, y España está ya por tierra. Ejecutan los Ministros resoluciones de apóstoles, y las exceden, que aquellos se desembarazaron para seguir á su maestro de las redes, y ellos para servir á V. M. no se embarazan con ellas, y mas las llevan tendidas pescando hombres y dinero. Si son bienaventurados los que no vinieren ni entendieren y creyeren, todos venimos á serlo con creer que hay ejércitos sin verlos. Al marqués de Leganés se dé título de marqués de Tarragona, y conde de Barcelona, que siendo cosa suya está seguro que no la pierda, y siendo ajena, la conquistará sin sangre, con solo la de su primo el Conde-Duque. Hágase una junta por si faltare dinero de D. Francisco Luzón, D. Lorenzo de Ulloa, Bernardo González y Diego de Salas, que ellos dirán cómo se adquiere dinero para lucir y triunfar sin rentas.» Cuando murió Felipe IV, era natural todo estuviese en peor estado todavía; los Ministros y altos empleados no eran ni más honrados ni más sabios; los ejércitos eran menos visibles, la moralidad no era mayor, nuestras fuerzas no podían ser más humildes.
Entonces hizo Dios que viniese la Monarquía á poder de Doña Mariana de Austria, mujer de menos cualidades y de tantos vicios como su marido; y como dejase la Monarquía el infeliz Carlos II, no tenemos que decirlo nosotros cuando poseemos relaciones de los escritores contemporáneos cuál fuese á la sazón el estado de España: mejor que nosotros lo diríamos, lo acentuó un escritor contemporáneo con estas palabras: «Hallábanse, los reales erarios, sobre consumidos empeñados; la real hacienda vendida; los hombres de caudal unos apurados y no satisfechos, y otros que de muy satisfechos, lo traían todo apurado; los mantenimientos al precio de quien vendía las necesidades; los vestuarios falsos como exóticos; los puertos marítimos, con el muelle para España, y las mercadurías para fuera, sacando los extranjeros los géneros para volverlos á vender beneficiados; galera y flotas pagados á costa de España, pero alquilados para los tratos de Francia, Holanda é Inglaterra; el Mediterráneo sin galeras ni bajeles; las ciudades y lugares, sin riquezas ni habitadores; los castillos fronterizos, sin más defensa que su planta, ni más soldados que su buen terreno; los campos sin labradores; la labor pública olvidada; la moneda tan incurable, que era ruina si se bajaba, y era perdición si se conservaba; los tribunales achacosos; la justicia con pasiones; los jueces sin temor á la fama; los puestos como de quien los posee habiéndolos comprado; las dignidades hechas herencias ó compras; los hombres tan vendidos en pública almoneda que solo faltaba la voz del pregonero; letras y armas sin mérito y con desprecio; sin máscara los pecados y sin honor los delitos; el real patrimonio sangrado á mercedes y desperdicios; los espíritus apegados á la vil tolerancia, ó á la violenta impaciencia; las campañas sin soldados ni medios para tenerlos, los cabos procurando vivir más que merecer; los soldados con la precisa tolerancia que pide traerlos desnudos y mal pagados; el francés como victorioso, atrevido; el Emperador defendiendo con nuestros tesoros sus dominios; y finalmente, sin reputación nuestras armas; sin crédito nuestros Consejos; con desprecio los ejércitos y con desconfianza todos»[30]. ¡Cuadro elocuente y completo al cual es imposible añadir pincelada alguna! Carlos II no puede decirse ya que vivió ni reinó; no hizo más que agonizar en el Trono al tiempo mismo que agonizaba la Monarquía. De Felipe III á quien se llamó el Piadoso y Felipe IV el Grande y Carlos á quien algunos llaman el Deseado, apenas puede decirse quién fuera más funesto á la Monarquía.
Y contemplando esta misteriosa sucesión de reyes á cual más ocasionados al daño por diversos motivos, si uno por fanatismo, el otro por liviandad y por enfermedad el otro; y viendo que entre los privados consejeros y Ministros de aquellos reyes no hubo tampoco ninguno que no contribuyese con sus golpes á la demolición de la Monarquía; recordando al avaro duque de Lerma, al ambicioso de Uceda, al galán de Olivares, al imbécil de D. Luis de Haro; á Nithard, á Valenzuela, á D. Juan de Austria, á Oropesa, todos igualmente ineptos, ó flojos, sin que ni un Sully, ni un Richelieu, ni un Mazarino viniese por azar á entender en nuestras cosas, el ánimo se suspende y llega á creer en que la ruina de España estaba decretada por Dios. Del seno de esta historia desdichada brota sin querer tal idea. No era Luis XIII rey más estimable ni más apto que Felipe III; no era Doña Ana de Austria mujer más hábil que Felipe IV, ó Doña Mariana; no era el mismo Luis XIV, tan digno como lo hicieron los sucesos del título de grande. Pero todos ellos tuvieron grandes Ministros; y de grado ó por fuerza, por amor ó por convencimiento, todos acertaron á tomar de entre sus vasallos, ó los extranjeros, los más capaces de hacer feliz á la Francia. Por eso fué feliz. En España no se ve un solo Ministro con cualidades de hombre de Estado, y, con esto solo, podría explicarse nuestra ruina. Faltó en todos, según el economista Osorio y Redín, el don de consejo; que pobremente explicó Campomanes diciendo que debía consistir en tener establecidos métodos constantes de aprovechar útilmente las personas. El don de consejo que faltó en España fué el que tuvo Sully y el que han poseído tantos Ministros extranjeros: el de advertir las necesidades públicas á tiempo y aplicar á ellas los oportunos remedios. No tuvimos en el poder un solo hombre que así fuera, al paso que abundaban otra casta de hombres funestísimos á la república que hoy llamamos hombres de Gobierno; capaces de oprimir, de vejar, de contener; incapaces de administrar, de favorecer, de remediar, de atender al bien público.
Ni son solo los malos gobernantes los que vienen á dañarnos, y el tener cabalmente hombres muy grandes las naciones enemigas de España, cuando nosotros los teníamos tan pequeños, sino que acuden también á precipitar nuestra ruina casuales sucesos. Felipe IV nos deja una minoría desastrosa, cuando ni en siglos antes ni hasta siglos después se ha visto otra en España, y Carlos II muere sin sucesión por dar lugar á una nueva dinastía y á una guerra sangrienta. Con la España austriaca pereció la verdadera, la antigua, la grande España de los Reyes Católicos, no quedando más que el odio que á causa de lo pasado nos han profesado hasta ahora unánimemente los extranjeros. Tan grande fué el temor que les infundimos en la prosperidad, que no parece sino que dudaban en dar crédito á nuestra ruina; á la manera que el león herido en las selvas todavía espanta con las convulsiones de la agonía, y aún su cuerpo desangrado infunde ira y miedo. No juzgaban á España bien muerta por más golpes que descargaban á mansalva en su exánime cuerpo. «Nación, dice Schiller, temible mucho después de serlo; aborrecida y acosada mucho después de merecerlo.» Por ventura, ¿no será más temible nunca, ni merecerá más el odio extranjero?
Es difícil. La decadencia de España coincidió desgraciadamente con la constitución definitiva de la Europa; con el sistema de su equilibrio, con los grandes descubrimientos y adelantos científicos, con la generación de todos los intereses, de todos los principios, de todas las necesidades que hoy tiene el mundo. El siglo xvi y la primera mitad del XVII, no pueden ser considerados sino como el fin de la edad media y el principio de la edad moderna. Hoy día la grandeza de España sería un acontecimiento de inmensa importancia capaz de trastornar por sí solo la situación política del mundo, al paso que no puede realizarse sin firmes, jigantescos esfuerzos, que hagan adelantar á la nación en pocos años, lo que ha atrasado en algunos siglos. Los monarcas que sucedieron á Carlos II, aunque no tan enfermos como él, ni tan disolutos como Felipe IV, ni tan fanáticos como Felipe III, estuvieron lejos de alcanzar las altas calidades de Fernando V, Carlos I y Felipe II, y de tener su fortuna. Puestos en el Trono contra la voluntad de Europa y de una parte muy considerable de la Monarquía, encadenados al capricho de la Francia que los había engendrado, y á la cual debían sus personales grandezas, absolutos en una nación sin unidad ninguna, copistas serviles en un pueblo enteramente original y de peculiarísimas costumbres y necesidades, tímidos en el bien como en el mal, sin graves defectos el peor, con pocas cualidades el mejor de ellos, no han hecho más que prolongar el estado de decadencia á que nos trajo la dinastía austriaca. Tal vez no han aparecido durante un siglo nuestras flaquezas tan á los ojos del mundo; pero es porque los nuevos monarcas no eran ya tenidos por bastante temibles para que las demás naciones se ocupasen en averiguarlas. Á la España de Carlos II no se la podía negar su importancia; era preciso arrancársela á jirones.
La España de los últimos Carlos estaba como olvidada, y no se reparaba en ella sino cuando se movía perezosamente para acabar de perder la antigua gloria de nuestras banderas en África y Gibraltar, ó para entregarse en brazos del extranjero, como en el pacto de familia y en los tratados de Bayona. Los últimos reyes de la casa de Austria perdieron el Portugal, el Brasil y la Holanda que nos habían traído. Sus sucesores, que no han sabido traerle á la Monarquía una pulgada más de tierra, dejaron que ella se hiciese pedazos entre sus manos, unos con más, otros con menos culpa, todos por ser harto pequeños para conservar los restos de nuestra grandeza, y restituirnos algo del antiguo honor y poderío.
No presenta la historia ejemplo de una desmembración de territorios tan inmensa como España ha padecido durante los reinados de la casa de Borbón: ni la caída del imperio romano la ofreció semejante. De los dominios de esta vil Monarquía de Carlos II, cuya dolorosa pintura terminamos, se han formado todavía en Europa los reinos de Bélgica y de Nápoles, gran parte del de Cerdeña, y del llamado Lombardo-Véneto. En América, el imperio de Haiti y diez repúblicas: Méjico, Guatemala, Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay, la Plata, Chile y Santo Domingo[31], sin contar con los inmensos territorios de la Florida, la Luisiana, Tejas y California, que hoy se cuentan entre los de la Unión Americana, ni las innumerables posesiones que nos ha quitado la Inglaterra, porque en Asia y África y América y en la Europa misma, apenas se puede dar un paso sin tropezar con nombres españoles, que señalan provincias y fortalezas de aquella enemiga afortunada. Ni es este el mayor de los males que nos haya originado la pequeñez de miras y la capacidad de nuestros últimos reyes. Lo que nunca podrá deplorarse bastante será el íntimo decaimiento del carácter nacional, de aquella noble y altiva naturaleza que podía ser oprimida y desaprovechada, pero que hacía aún de la española una de las razas más respetadas, aunque más calumniadas y aborrecidas del mundo. Cosa debida sin duda á la indiscreta importación de leyes y costumbres y necesidades extranjeras, que quebrantaron las tradiciones, y trastornaron los sentimientos, y arrancaron la antigua fe, y entibiaron la dignidad antigua de nuestra raza. Ni puede decirse que hayamos ganado mucho en bienestar material, porque no se halla hoy menor diferencia de España á Inglaterra ó Francia en esta parte que hubiese en los días de Carlos II; ni es comparación que pueda hacerse sin tener en cuenta el movimiento progresivo de las otras naciones en artes, industria, comercio y bienestar público.
Con la guerra de la Independencia, donde el antiguo carácter español se mostró de repente tan poderoso como en sus mejores días; con la última guerra de sucesión, donde también se ha empleado en las opuestas pretensiones algo de la fortaleza y esfuerzo moral del siglo xvi; y con los sacudimientos revolucionarios que han esparcido nuevas ideas, y leyes y necesidades por todas partes, desenvolviendo una gran actividad y un anhelo fructífero de trabajo y de adelantos materiales, se ha inaugurado un nuevo período histórico para España; período decisivo, cuya responsabilidad no podrá menos de espantar á todos los que sintiéndola, en sí, como hijos de esta época, consagren algún culto al deber y el patriotismo, aquellas nobles ideas por las cuales vivieron y murieron nuestros padres. España puede ser todavía una gran nación continental y marítima, uniéndose pacífica y legalmente con Portugal su hermana, comprando ó conquistando á Gibraltar tarde ó temprano, y extendiéndose por la vecina costa de África. Pero también puede quedar reducida á nulidad vergonzosa, ejecutándose en todo ó en parte, y antes y después, aquel funesto pensamiento de los Bonapartes que era traer al Ebro la frontera francesa y dando á Portugal la Galicia, repartir la Península entre dos Coronas casi iguales en poderío. La sabiduría del Trono, el patriotismo de la nación, el espíritu de libertad y de gloria pueden lograr lo primero. La imbecilidad de los que manden y el envilecimiento de los que obedezcan pueden traernos á lo segundo. Y no hay tanto que esperar como se piensa, porque el mapa de Europa va á constituirse de nuevo. ¡Ay de los que no sustenten bien sus intereses! ¡Ay de los que queden perjudicados en ellos y tengan que esperar, para resarcirse, á una nueva recomposición de este mapa europeo que con tantos defectos es hoy el mismo poco más, poco menos, que dejaron construído las guerras de principios del siglo XVIII y señaladamente las que originó la sucesión de Carlos II! No se ha de hacer una Europa distinta cada día.