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Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 2 cover

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 2

Chapter 4: ÉPOCA DE CARLOS V EL RENACIMIENTO CLÁSICO Y EL ERASMISMO. LA LÍRICA Y LA PROSA (PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVI, 1517-1554)
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About This Book

La obra ofrece un panorama detallado de la evolución de la lengua castellana y de su producción literaria durante la época de Carlos V, combinando historia lingüística, análisis de géneros y estudio de autores y obras representativas. Presenta observaciones sobre ortografía y vocabulario, ediciones y tradiciones manuscritas, cambios estilísticos y la influencia de corrientes humanistas y populares. Alterna exposición cronológica con exámenes textuales y críticas de fuentes, apoyándose en abundante documentación y notas bibliográficas para situar las manifestaciones literarias en su contexto cultural y social.

"No hay, no ha habido, ni habrá en la tierra pueblo que en una misma época presente en igual grado de desarrollo todas las ramas del árbol de la cultura...".

(Men. Pelayo).

ÉPOCA DE CARLOS V
EL RENACIMIENTO CLÁSICO Y EL ERASMISMO. LA LÍRICA Y LA PROSA

(PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVI, 1517-1554)

Literatura italiana.Poetas: Ariosto (1474-1533). Orlando Furioso (1516-1532). Rucellai (1475-1525). Michelangelo (1475-1564). Trissino (1478-1550). Molza (1489-1544). Vittoria Colonna (1492-1547). Berni (1498-1535). Bernardo Tasso (1493-1569). Aretino (1492-1557). Alamanni (1495-1556). Anníbal Caro (1507-1566). Tansillo (1510-1568).—Historiadores: Paolo Giovio (1483-1552). Guicciardini (1483-1540). Machiavelli (1469-1527), el Príncipe (1514-1518), Décadas (1515-1520), Historia de Florencia (hacia 1525). Vettori, Histor. de Italia (hacia 1527). Benedetto Varchi (1503-65). Benvenuto Cellini (1500-1571). Vasari (1511-1574).—Novelistas, moralistas, etc.: Bembo (1470-1547). Baldassare Castiglione (1478-1529), Cortigiano (1528). Bandello (1485-1561). Firenzuola (1493-1545). Giraldi Cinzio (1504-1573).—Dramáticos: Bernardo Dovizi (1470-1520), La Calandria (1513). Alamanni, Rucellai, Aretino, Machiavelli, Giraldi. Los Ingannati (1531). Cecchi (1518-1587).

Literatura francesa.Poetas: Clément Marot, Adolescence Clémentine (1532), Psaumes (1541-1543). Marguerite de Navarre, Poésies (1531-1547). Du Bellay, Défense et illustration de la langue française (1549). Ronsard, Odes (1550), Hymnes (1555), Mystères et Farces. La Pléyade.Prosistas: Calvin (1509-1564), Institutio (1536-1541), Sermones. La Boétie, Contr' un (hacia 1548-1550). Despériers, Cymbalum mundi (1538), Joyeux Devis. Rabelais, Pantagruel (1533), Gargantua (1535), 3.e livre (1546), 4.e livre (1552).—Humanistas: Budé (1468-1540). Turnèbe († 1565). Robert y Charles Estienne. Henri Estienne (1528-1598). Amyot (1513-1593). Erasmo (1467-1536).

1. En la época de Carlos V sazonan los frutos de las humanidades en los grandes maestros que comenzaron á florecer en la época anterior y en los que de nuevo en ésta florecen. Pero una no esperada empresa, á más de las ya emprendidas en Italia y América, se ofrece á los ojos de los españoles, que no les deja vagar para entregarse de lleno á los sosegados ocios de las letras, teniendo que empuñar la espada á la vez que la pluma. El Emperador desea emular el carácter de protector de la Iglesia católica, que le imprimió la corona de hierro de Carlomagno, y España, ganosa de aventuras, no olvidando su recién acabada cruzada contra el Islam en la misma patria, emprende otras dos de no menor empeño: la una contra los moros africanos, que habrá de extenderse después contra el poderío de los turcos, el único que en Europa puede hacer frente al español: la otra contra la naciente reforma luterana. Este grito de guerra contra todos los enemigos de la Fe católica, en que se aúnan las gloriosas ambiciones de Carlos V con las tradicionales costumbres de los españoles, ponen nuevo y más fuerte valladar al paganismo que consigo trae el renacimiento clásico, y al rechazar sus ideas anticristianas hace nacer en el pecho del Emperador y de España entera la contrarreforma, esto es, la reforma interna de la Iglesia, de las costumbres, mayormente de religiosos y eclesiásticos, ya comenzada en parte por Cisneros. El Emperador batalla sin tregua ni descanso con la corrompida y paganizada Corte romana, hasta lograr se convoque el Concilio de Trento (1545), en el que nuestros grandes teólogos, tan sobresalientes en aquel palenque del dogma y de la moral como nuestros capitanes en los campos de batalla, echaron los cimientos de la renovación de las costumbres harto mejor que no pretendía hacerlo el despicado é interesado Lutero con la befa y el escarnio, encenagándose más y más él mismo en lo propio que en los otros condenaba. Erasmo, el renacentista del Norte, que sentía como los protestantes la necesidad de la reforma eclesiástica, aunque sin abandonar, por verla relajada, la propia Fe, hubo de ser el dechado al cual miraron desde el Emperador hasta el último de los españoles en este nuevo renacimiento del Cristianismo, como le miraban cual á dechado del renacimiento clásico. Comúnmente hablando, los humanistas italianos, entrando en esta cuenta hasta los Cardenales y el mismo Sumo Pontífice, hallábanse tan desmoralizados y mancillados del paganismo anticristiano que abría nuevas brechas á la rotura de costumbres, que los nuestros no podían poner en ellos los ojos sin apartarlos al punto de asco. Erasmo, en cambio, se presentaba á la vez como humanista insigne y como verdadero reformador dentro de los linderos del dogma, sin la parte pagana ni el consiguiente enmollecimiento afeminado, antes alzando bandera por la renovación de las austeras costumbres de los viejos cristianos de otras edades. El humanismo erasmiano señoreó en España, por ser tan español, como española era la empresa que había tomado sobre sus hombros de defender á la Iglesia. Sólo así se explica el que toda persona culta, arzobispos, obispos, clérigos, religiosos y seglares, se hallasen de la noche á la mañana ser en España verdaderos erasmistas. Y como para que campee lo blanco necesario es que se dé lo negro, y para que resplandezca la luz menester es que haya sombra, tampoco ha de extrañar que hubiera en España no pocos antierasmistas, aunque fuesen los menos. Erasmo (1467-1536) es una representación histórica: representa y personifica el Renacimiento, no italiano, sino español; no pagano, sino cristiano. Fuera ó no más allá de donde la cristiana caridad aconseja que se llegue en las diatribas contra la parte gangrenada de la Iglesia, fuera ó no demasiado cruel cirujano al cortarla á cercén y sin piedad, gangrena había, y espantosamente hedionda, en el cuerpo de la Iglesia, y la literatura castellana de aquella época solfea sin duelo y satiriza con no menor saña que Erasmo los abusos de la gente eclesiástica. Que alzasen el grito los miembros gangrenados al sentir del cirujano feroz la legra desgarradora y la mano forzosamente pesada, nada tiene que asombrar. Erasmo, fuérase lo que se fuera, fué para los erasmistas españoles símbolo de sana y noble renovación, cifra de toda empresa grande y cristiana, por más que en su persona hubiese de los desfallecimientos y flaquezas, del sarcasmo cruel, de la mengua de tino y mesura que cual fruta del tiempo, recia y nada blandengue, como acaso sea la de hoy, igualmente se daba entre católicos y protestantes, italianos, alemanes y españoles. Fué Erasmo cabeza de un nuevo Renacimiento, más grandioso que el clásico, del cual no menos era para los nuestros adalid: del renacimiento eclesiástico. "Erudito insuperable—dice Bonilla en su excelente estudio Erasmo en España (New-York, París, 1907)—, comentarista sagaz, teólogo insigne, humanista consumado, literato de amenísimo estilo, de fina sátira, de profunda observación y delicado análisis. Sin reducir el humanismo á la forma, como la mayor parte de los renacientes italianos, y sin hacerlo consistir tampoco en frío dogmatismo, supo dar el justo matiz á su producción literaria, con tan buena elección y tan atinado criterio, que se acreditó de árbitro del buen gusto". Nadie le igualó en su tiempo como teólogo; pero fuélo cual lo hubieran sido en tiempo de Pericles ó en los jardines de Academo. "¿Qué representa, pues, Erasmo en la historia literaria del Renacimiento? El elemento de armonía y de concordia entre las tendencias extremas: la tolerancia y la paz, mezcladas con un sano escepticismo, no exento de cierta interior ironía. Erasmo es un creyente y al mismo tiempo censor severo del fariseísmo; su empeño constante es: cum elegantia litterarum pietatis christianae sinceritatem copulare". Pero, además, para los españoles y para Carlos V representaba Erasmo el renacimiento cristiano, bien hermanado con el renacimiento clásico. Como Ulrico de Hutten decía, Erasmo fué "el comentador más laborioso y sagaz de la Biblia, el restaurador de la verdadera religiosidad, el exterminador de la superstición, el descubridor de las supercherías de los papas, el restaurador de las buenas costumbres antiguas, desfiguradas por innovaciones inspiradas por la ambición y la codicia, el apóstol é introductor de la libertad y el adversario de los opresores tiránicos de la cristiandad". Por eso no pudo excusar la enemiga de los Bedas, Lees, Zúñigas y Escalígeros y de no pocos eclesiásticos italianos y algunos españoles, que se sentían heridos donde les escocía y no tenían suficiente grandeza de alma para comenzar por sí mismos y en sus propias casas la reforma, como la tuvieron la mayor parte de los eclesiásticos españoles. Por eso su eficacia en España fué mayor que no la de los renacentistas italianos; fué más íntima, más profunda, tocó más al fondo de la evolución que la influencia italiana. Halló, por lo mismo, mayor oposición que esta última y aparentemente fué menos duradera: pero el impulso estaba dado y no sólo señoreó el erasmismo en la época de Carlos V, sino que sus efectos dieron color á la, al parecer, contraria época de Felipe II.

2. Con lo dicho queda suficientemente declarado por qué en la época de Carlos V tampoco pudo penetrar en España el paganismo del renacimiento clásico, como había penetrado en Italia. El erasmismo ó el españolismo defensor de la Iglesia y reformador de las costumbres, que es todo uno, peleaba cabalmente contra la descreencia y desenfreno de costumbres que el paganismo traía consigo. Si por eso quieren decir algunos que no hubo en España renacimiento clásico, porque no lo hubo á la italiana, juntamente con renacimiento del paganismo, concedémoslo, y no fuera bueno lo hubiera habido. Primero, porque no era tan para apetecer tan dañina ponzoña. Segundo, porque sólo en pueblos entecos y amortecidos prende el virus y ponzoña traída de fuera, y España estaba en disposición de reaccionar contra ella, como reaccionó, robusta, cual se veía de vida nacional y enarbolando la bandera contraria á la del paganismo, entronizado en el mismo Vaticano. Tercero, porque imitar enteramente, copiar, tomar á zurrumburrun lo extraño, quédase para pueblos de menos valer. Bueno fuera que España no supiera más que copiar á Italia y tomar el renacimiento como ella se lo ofrecía. Los organismos sanos y recios aprópianse lo extraño, asimilándoselo, mudándolo en su propio ser, no tragándoselo como enfermo que ni sabe escoger ni mascar. España tomó del Renacimiento lo que debía tomar, dejando lo malo y apropiándose lo bueno conforme á su natural, bien así como no copió la pintura italiana ni la arquitectura italiana, sino que, empapados en estas artes italianas nuestros artistas, supieron crear la arquitectura plateresca y la pintura española. Así la literatura española inspiróse en la clásica é italiana, sin ser italiana ni clásica, sino genuinamente española. El Renacimiento fué, pues, en España español, como fué italiano en Italia, sin dejar de ser renacimiento clásico aquí y allá. Pero ¡qué diferencia, santos cielos! Italia, desgarrada ya de antiguo en jirones por sus propios hijos y los jirones en manos de gentes extrañas, se consolaba con sus artes, que la entretenían para no apesadumbrarse mirando á los que la tenían domeñada. Y esas artes, pintura y literatura sobre todo, eran propias de cortesanos que sirven á señores ajenos; eran de imitación, de hermosísima y á veces mejorada imitación, pero de imitación al cabo, de griegos y romanos. España, en cambio, de esclava ó medio esclava de los moros, había venido á ser señora de moros y cristianos: ¿cómo había de contentarse con serviles imitaciones? Los aceros de su celo contra la morisma hallaban nuevos campos donde emplearse: un nuevo mundo que evangelizar, un septentrión donde combatir las nuevas herejías, que por momentos brotaban como de inmunda gusanera; costumbres podridas que renovar en la misma cristiandad, hasta en Roma, su propia cabeza. La fe cristiana, arraigada y enardecida en los españoles por una cruzada de ocho siglos, robustecíase más y más en el fragor de tantos combates contra todos los enemigos de ella en el viejo y nuevo mundo. Este celo cristiano, verdadero ideal y verdadero título de la epopeya que emprendió la España del siglo xvi, la engrandeció tanto en sí y para cuantos la contemplaban, que los mismos resplandores paganos que el Renacimiento traía no la pudieron deslumbrar ni cegar, desapareciendo ensombrecida su personalidad artística entre ellos, como sucedió á Italia, sino que sobrepujándolos con los de sus propias hazañas y altísimos intentos, recogiólos en sí y apropióselos, para abrillantar más el arte y la literatura, que tamaña preñez de grandezas no podía menos de producir. Ni la más mínima de las ideas paganas que fuese contraria á nuestra religión hizo asiento en la cabeza de nuestros escritores; empapados, en cambio, todos ellos en la armonía elegante y ondulosa de la belleza clásica, fueron desesquinando y suavizando aquella ruda manera de pensar y decir de nuestros viejos guerreros medioevales, hiciéronse más sensibles á las delicadezas del trato social, afinaron sus sentimientos, ablandaron sus ásperas costumbres, hiciéronse, en una palabra, más humanos en la vida, en el pensar, en el sentir, en el expresarse, que son los verdaderos frutos del humanismo. La literatura y el arte en general tenía que ser tan pujante, tan propio y nacional como las demás manifestaciones del alma española en el momento de su entera madurez y el ideal cristiano de su política, en Europa y América, tenía que serlo no menos de su arte y de su literatura.

3. J. Gómez Ocaña, El Autor del Quijote: "Entonces, y desde mucho tiempo antes, España, los españoles, mejor dicho, tenían un ideal: la religión, y un carácter: el individualismo. El individualismo pulverizó á España en multitud de Estados pequeños, rivales entre sí, que vivieron muchas veces en guerra; la religión los unió para los efectos de la Reconquista y fué la base de la unidad española. El fervor religioso de los españoles se exaltó en la guerra de Granada, y parece que debió aquietarse después de vencidos los moros y expulsados los judíos; mas inmediatamente surgieron dos motivos para mantener excitado el celo religioso: la conquista de América y la Reforma. Merced á ella encontraron los sacerdotes y caballeros cristianos muchedumbres de indios que evangelizar ó de luteranos á quienes combatir".

Erasmo á F. Vergara (1527): "Hispania vestra quum semper et regionis amoenitate fertilitateque semper ingeniorum eminentium ubere proventu, semper bellica laude floruerit, quid desiderari poterat ad summam felicitatem ut nisi studiorum et eruditionis adiungeret ornamenta, quibus aspirante Deo paucis annis sic effloruit, ut caeteris regionibus quamlibet hoc decorum genere, praecellentibus vel invidiae queat esse vel exemplo".

M. Pelayo, Heterod., t. II, pág. 679: "Hubiéramos visto, en primer lugar, un pueblo de teólogos y de soldados que echó sobre sus hombros la titánica empresa de salvar con el razonamiento y con la espada la Europa latina de la nueva invasión de bárbaros septentrionales; y en nueva y portentosa cruzada, no por seguir á ciegas las insaciadas ambiciones de un conquistador, como las hordas de Ciro, de Alejandro y de Napoleón; no por inicua razón de Estado ni por el tanto más cuanto de pimienta, canela ó jengibre, como los héroes de nuestros días, sino por todo eso que llaman idealismos y visiones los positivistas, por el dogma de la libertad humana y de la responsabilidad moral, por su Dios y por su tradición, fué á sembrar huesos de caballeros y de mártires en las orillas del Albis, en las dunas de Flandes y en los escollos del mar de Inglaterra. ¡Sacrificio inútil, se dirá; empresa vana! Y no lo fué, con todo eso; porque si los cincuenta primeros años del siglo xvi son de conquistas para la Reforma, los otros cincuenta, gracias á España, lo son de retroceso; y ello es que el Mediodía se salvó de la inundación, y que el protestantismo no ha ganado desde entonces una pulgada de tierra, y hoy, en los mismos países donde nació, languidece y muere. Que nunca fué estéril el sacrificio por una causa santa, y bien sabían los antiguos Decios, al ofrecer su cabeza á los dioses infernales antes de entrar en batalla, que su sangre iba á ser semilla de victoria para su pueblo. Yo bien entiendo que estas cosas harán sonreir de lástima á los políticos y hacendistas, que, viéndonos pobres, abatidos y humillados á fines del siglo xvii, no encuentran palabras de bastante menosprecio para una nación que batalla contra media Europa conjurada, y esto, no por redondear su territorio ni por obtener una indemnización de guerra, sino por ideas de Teología..., la cosa más inútil del mundo. ¡Cuánto mejor nos hubiera estado tejer lienzo y dejar que Lutero entrara ó saliera donde bien le pareciese! Pero nuestros abuelos lo entendían de otro modo, y nunca se les ocurrió juzgar de las grandes empresas históricas por el éxito inmediato. Nunca, desde el tiempo de Judas Macabeo, hubo un pueblo que con tanta razón pudiera creerse el pueblo escogido para ser la espada y el brazo de Dios; y todo, hasta sus sueños de engrandecimiento y de monarquía universal, lo referían y subordinaban á este objeto supremo: Fiet unum ovile, et unus pastor. Lo cual hermosamente parafraseó Hernando de Acuña, el poeta favorito de Carlos V: "Ya se acerca, señor, ó ya es llegada | La edad dichosa en que promete el cielo | Una grey y un pastor sólo en el suelo, | Por suerte á nuestros tiempos reservada. | Ya tan alto principio en tal jornada | Nos muestra el fin de vuestro santo celo, | Y anuncia al mundo para más consuelo | Un monarca, un imperio y una espada". En aquel duelo terrible entre Cristo y Belial, España bajó sola á la arena; y si al fin cayó desangrada y vencida por el número, no por el valor de sus émulos, menester fué que éstos vinieran en tropel y en cuadrilla á repartirse los despojos de la amazona del Mediodía, que así y todo quedó rendida y extenuada, pero no muerta, para levantarse más heroica que nunca cuando la revolución atea llamó á sus puertas y ardieron las benditas llamas de Zaragoza".

M. Pelayo, Heterod., t. II, pág. 685: "España, que tales varones daba, fecundo plantel de santos y de sabios, de teólogos y de fundadores, figuró al frente de todas las naciones católicas en otro de los grandes esfuerzos contra la Reforma, en el Concilio de Trento, que fué tan español como ecuménico, si vale la frase. No hay ignorancia ni olvido que baste á oscurecer la gloria que en las tres épocas de aquella memorable Asamblea consiguieron los nuestros. Ellos instaron más que nadie por la primera convocatoria (1542), y trabajaron por allanar los obstáculos y las resistencias de Roma. Ellos, y principalmente el Cardenal de Jaén, se opusieron en las sesiones sexta y octava á toda idea de traslación ó suspensión. Tan fieles y adictos á la Santa Sede como independientes y austeros, sobre todo en las cuestiones de residencia y autoridad de los obispos, ni uno solo de nuestros prelados mostró tendencias cismáticas, ni siquiera el audaz y fogoso arzobispo de Granada, don Pedro Guerrero, atacado tan vivamente por algunos italianos. Ninguno confundió el verdadero espíritu de reforma con el falso y mentido de disidencia y revuelta. Inflexibles en cuestiones de disciplina y en clamar contra los abusos de la curia romana, jamás pusieron lengua en la autoridad del Pontífice ni trataron de renovar los funestos casos de Constanza y Basilea. Pedro de Soto opinaba á la vez que la autoridad de los obispos es inmediatamente de derecho divino; pero que el Papa es superior al Concilio, y en una misma carta defiende ambas proposiciones. Cuando la historia del Concilio de Trento se escriba por españoles, y no por extranjeros, aunque sean tan veraces y concienzudos como el cardenal Pallavicini, ¡cuán hermoso papel harán en ella los Guerreros, Cuestas, Blancos y Gorrioneros; el maravilloso teólogo don Martín Pérez de Ayala, obispo de Segorbe, que defendió invenciblemente contra los protestantes el valor de las tradiciones eclesiásticas; el rey de los canonistas españoles, Antonio Agustín, enmendador del Decreto de Graciano, corrector del texto de las Pandectas, filólogo clarísimo, editor de Festo y Varron, numismático, arqueólogo y hombre de amenísimo ingenio en todo; el obispo de Salamanca, don Pedro González de Mendoza, autor de unas curiosas memorias del Concilio; los tres egregios jesuítas Diego Láinez, Alfonso Salmerón y Francisco de Torres; Melchor Cano, el más culto y elegante de los escritores dominicos, autor de un nuevo método de enseñanza teológica, basado en el estudio de las fuentes de conocimiento; Cosme Hortolá, comentador perspicuo del Cantar de los Cantares; el profesor complutense Cardillo de Villalpando, filósofo y helenista, comentador y defensor de Aristóteles y hombre de viva y elocuente palabra; Pedro Fontidueñas, que casi le arrebató la palma de la oratoria, y tantos y tantos otros teólogos, consultores, obispos y abades como allí concurrieron, entre los cuales, para gloria nuestra, apenas había uno que no se alzase de la raya de la medianía, ya por su sabiduría teológica ó canónica, ya por la pureza y elegancia de su dicción latina, confesada, bien á despecho suyo, por los mismos italianos! Bien puede decirse que todo español era teólogo entonces. Y á tanto brillo de ciencia, y á tan noble austeridad de costumbres, juntábase una entereza de carácter, que resplandece hasta en nuestros embajadores Vargas y don Diego de Mendoza. ¿Cuándo ha sido España tan española y tan grande como entonces? Una serie de Concilios provinciales puso vigorosamente en práctica los Cánones del Tridentino, á pesar de la resistencia de los malavenidos con la Reforma. ¿Qué había de lograr el Protestantismo, cuando honraban nuestras mitras obispos al modo de fray Bartolomé de los Mártires, don Alonso Velázquez, don fray Lorenzo Suárez de Figueroa, fray Andrés Capilla, don Pedro Cerbuna, don Diego de Covarrubias, fray Guillermo Boil y el venerable Lanuza?".

M. Pelayo, Heterod., t. II, pág. 687: "Una sólida y severa instrucción dogmática nos preservaba del contagio del espíritu aventurero, y España podía llamarse con todo rigor un pueblo de teólogos. ¿Cuándo los hubo en tan gran número y tan ilustres? Desde el franciscano Luis de Carvajal y el dominico Francisco de Vitoria, que fueron los primeros en renovar el método y la forma, y exornar á las ciencias eclesiásticas con los despojos de las letras humanas, empresa que llevó á feliz término Melchor Cano, apenas hay memoria de hombre que baste á recordar otros, ni siquiera á los más preclaros, de aquella invicta legión. Pero por el enlace que con nuestro asunto tiene, no hemos de olvidar que fray Alonso de Castro recopiló en su grande obra De haeresibus cuantos argumentos se habían formulado hasta entonces contra todo linaje de errores, y disputó, con tanta sabiduría jurídica como teológica, de justa haereticorum punitione; que Domingo de Soto, cuyo nombre (gracias á Dios) suena todavía con elogio, gracias á su tratado de filosofía del derecho (De justitia et jure), trituró las doctrinas protestantes de la justificación en su obra De natura et gratia; que el cardenal Toledo impugnó más profundamente que ningún otro teólogo la interpretación que los luteranos dan á la Epístola á los romanos; que fray Pedro de Soto, autor de un excelente Catecismo, hizo increíbles esfuerzos con la pluma y con la enseñanza para volver al gremio de la Iglesia á los súbditos de la reina María; que el eximio Suárez redujo á polvo las doctrinas cesaristas del rey Jacobo y el torpe fundamento de la Iglesia anglicana, y que el obispo Caramuel, océano de erudición y de doctrina y verdadero milagro de la naturaleza, convirtió en Bohemia y Hungría tal número de herejes, que, á no verlo confirmado en documentos irrecusables, parecería increíble y fabuloso. Pero bien puede decirse que entre todos los libros compuestos aquí contra la Reforma no hay uno que, por la claridad del método y de la exposición, ni por la abrumadora copia de ciencia teológica y filosófica, ni por la argumentación sobria y potente, iguale á la del jesuíta Gregorio de Valencia, De rebus fidei hoc tempore controversis. ¿Quién lee hoy este libro, uno de los más extraordinarios que ha producido la ciencia española? ¿Quién el elegante y doctísimo tratado de don Martín Pérez de Ayala, De divinis traditionibus? ¿Quién las obras del padre Diego Ruiz de Montoya, fundador de la Teología positiva, y á quien siguieron y copiaron muchas veces Petavio y Tomasino? Pero digo mal: es en España donde no se leen, que fuera de aquí no hay teólogo que no se descubra con amor y veneración al oir los nombres de Molina y Bañez, de Medina, de Suárez y de Gabriel Vázquez. La sola historia de las controversias De auxiliis bastaría para mostrar la grandeza de la especulación teológica entre nosotros. No sólo nació en España la ciencia media y el congruísmo, sino también el sistema de la gracia eficaz, que llaman tomista por haberle defendido siempre los dominicos, pero que fué creación de Bañez en oposición á Molina".

4. Cuanto á la ciencia, el descubrimiento del Nuevo Mundo trajo á España mejoras que luego pasaron á Europa. Los físicos de hoy eran médicos entonces. ¿Qué hicieron los físicos españoles por la ciencia? Los dos textos de la historia de la ciencia que se han estudiado en Europa son los de Montucla y Saverien: el primero desconoce enteramente nuestra historia; el segundo no nombra á ninguno de nuestra patria en la historia de la navegación. Fuimos molestos á los europeos y creyeron científico correspondernos de esta manera. En ciencia de la navegación y astronomía, España hizo más que todo el resto de Europa; verdad es que aquí no hubo la astrología, brujería y hechicería que hubo en Tréveris, donde, en tres años, fueron procesadas 6.500 personas; en Flandes, donde, en un año, 800; en Ginebra, en tres meses, 500; en Francia, donde, según informe del Parlamento en tiempo de Francisco I, había 100.000 brujos, y el Inquisidor general se lamentaba de no tener tiempo ni bastar el Santo Oficio para quemarlos. Nicolás Remy se jactaba de haber hecho morir á 900. Los médicos creían en las enfermedades astrológicas é infernales, y escribían libros que jamás fueron imitados en España; y los Tribunales se negaban á juzgar á los astrólogos y brujos por no arriesgarse á su mal influjo, y les hacían entrar de espalda en la sala para evitar su mirada. De 1513 á 1819 hubo en las Inquisiciones de Toledo solamente 287 causas de hechicería, mientras que hubo 891 de judaizantes, 738 de blasfemia y 547 de palabras escandalosas.

Morejón, en el prólogo de la Historia Bibliográfica de la Medicina en España, dice que "somos más ricos que ninguna nación de Europa en ilustradores de Hipócrates, en monografías de pestes y tifus ptiquiales: que un español fué el primero que describió el croup; que otros fijaron el verdadero método de curar la lue sifilítica, introduciendo las preparaciones del oro y el método de prescribir el mercurio, el guayaco y otros remedios; que á los españoles se debe la introducción de la quina, de ese árbol de la vida, como le llama Torti; la del chocolate, el pensamiento de las cuarentenas, el establecimiento de los hospitales militares, el origen de la Medicina legal, las figuras anatómicas de seda del aragonés Tabar, la circulación de la sangre, la descomposición del agua, el uso de los eméticos y purgantes en las frenitis y hemotisis biliosas, muchos años antes que los aconsejara Stoll; las hospitalidades domiciliarias á mediados del siglo xvi, dos antes que en Francia é Inglaterra; la institución de la Medicina patológica en Zaragoza por los Reyes Católicos en el siglo xv, y en Valladolid y en Salamanca poco tiempo después; el sistema de la curación de los locos en Valencia y Zaragoza; la introducción en la Terapéutica de las aguas minerales artificiales por Gutiérrez de Toledo en el siglo xv, etcétera, etc. Pero cuanto á lo que la ciencia debe á España en el siglo xvi, ha tratado Felipe Picatoste, Apuntes para una Biblioteca científica española del siglo xvi. Madrid, 1891.

Resumen de algunos hechos notables de la ciencia española en el siglo xvi[1]: Acosta (José) y Fernández de Oviedo (Gonzalo), crean la Física moderna del globo sin tener imitadores, hasta que más de medio siglo después escribe Vanerio. Acosta descubrió mucho antes que Gasendo y Gilbert las líneas sin declinación. (1526-1589). Alava y Viamont (Diego de), aplica las Matemáticas á la Artillería y demuestra, por medio de la experiencia, los errores de Tartaglia respecto de los alcances de las piezas. (1590). Arfe y Villafañe (Juan), fija en la Junta de ensayadores (1585) los procedimientos científicos para el ensayo de los metales y de la moneda. Arias Montano, estudia detenidamente algunas plantas y se anticipa en sentar los principios y efectos de la presión atmosférica. (1594). Barba (Álvaro Alonso), sentó los principios de la Metalurgia y del beneficio de los metales con tal exactitud, que fueron adoptados en toda Europa. (1580). Barroso (Vicente), modifica las antiguas bombas de madera para la extracción del agua en los buques. (1545). Cano (Juan Sebastián del), primer navegante que dió la vuelta al mundo. Fué premiado con la cesión de la veintena real, con una pensión de 500 ducados de oro y uso de escudo con un emblema alegórico. (1522). Cedillo Díaz (Juan), corrigió los mapas y cartas de marear; inventó varios instrumentos matemáticos, entre ellos un nivel y el trinormo, y dió nuevas reglas para calcular la posición de los astros. (1590). Ciruelo (Pedro), escribió el primer curso completo de Matemáticas, dando la norma á sus sucesores, y reformó la teoría de la refracción astronómica. Refutó los errores supersticiosos de la Astrología. (1508). Collado (Luis), fué uno de los primeros escritores de Artillería, é impuso su obra y sus principios en Italia. (1586). Colón (don Fernando), fundó su magnífica Biblioteca en Sevilla. (1524). Corcuera (fray Rodrigo), inventa una brújula de variación. (1548). Córdoba (Alonso de), corrige las tablas astronómicas con tal acierto, que las usan los astrónomos italianos. (1508). Córdoba (don Fernando de), causó con su saber la admiración de Francia é Italia, hasta el punto de que la Universidad de París dudó si era el Antecristo ó si tenía parte con el demonio. (1480). Cortés (Martín), estudia el decrecimiento de los intervalos entre los paralelos mucho antes que Eduardo Wright y Gerardo Mercator. Presenta la teoría de la diversidad del polo magnético y el polo terrestre cuarenta años antes que Livio Sanuto. Escribe uno de los primeros tratados de Navegación, que se impuso en Inglaterra durante un siglo. (1551). Cosa (Juan de la), suscita, por sus conocimientos en Geografía y Marina, los celos de Colón, y traza su magnífico mapa, reproducido en Francia en nuestros días. (1500). Chacón (Pedro), informa y toma la parte principal y más activa en la corrección del Calendario, mandada por Gregorio XIII. (1570). Díaz (Manuel), escribió un tratado de Astronomía en chino, que ha sido el texto en este Imperio por espacio de dos siglos. (1596). Escrivá (Pedro Luis), fué el primer escritor de Fortificación moderna en Europa. (1540). Escrivano (Juan), fué el primero que trató de apreciar la fuerza elástica del vapor en relación con el volumen de agua, y anunció las grandes aplicaciones de este flúido. (1600). Esquivel (Pedro), aplicó la triangulación á la Geodesia, emprendiendo el trabajo geográfico más grande de todo el siglo xvi. (1566). Esteve (Pedro Jaime), determinó la clasificación y nomenclatura de más de 50 plantas del reino de Valencia. (1552). Falero (Francisco), escribió la segunda obra sobre el arte de navegar. (1535). Fernández de Enciso (Martín), fué el primero que redujo á reglas y preceptos el arte de la navegación y presentó un cuadro geográfico de América. (1519). Fernández Raxo (Francisco), crea en Zaragoza un Colegio para el estudio de las ciencias. (1578). Firrufino (Julio César), escribe el tratado más completo de Artillería de su siglo y hace observaciones nuevas é inventa procedimientos é instrumentos que perfeccionan esta ciencia. (1620). Fragoso (Juan), exploró botánicamente el reino de Sevilla, y clasificó y dió á conocer varias plantas. (1572). Francés (Miguel), después de ser un distinguido catedrático de la Universidad de París, fué consultado por la de Bolonia sobre ciertas dudas en la medida del tiempo, y las resolvió tan acertadamente, que esta Universidad le dió el nombre de Aristóteles español. (1558). Garay (Blasco de), hace varios inventos mecánicos, entre ellos el de las paletas para el movimiento de los buques y de las ruedas de los molinos. (1540). García de Céspedes (Andrés), inventa y construye gran número de instrumentos de Matemáticas y Astronomía, corrige las tablas de don Alfonso y de Copérnico, y reforma las cartas de marear y el mapa de América. Además hizo el Islario ó Atlas de las islas más completo en aquel siglo, y propuso á Felipe II la creación de un Observatorio astronómico en El Escorial. (1596). Guillén (Felipe), inventó en 1525 la brújula de variación y fué premiado con una pensión por el Rey de Portugal. Hernández (Francisco), exploró botánicamente el reino de Sevilla y estudió las producciones de Nueva España. (1570). Herrera (Juan de), inventó un nivel, un aparato de longitud y otro de latitud. Propuso al Rey la creación de la Academia de Matemáticas, institución nueva en Europa. (1530-1597). Isla (Lázaro de la), propuso al Rey la creación de una Escuela de Artillería, de que fué director; inventó los cartuchos de pergamino en vez de los de cotonía y un procedimiento para incendiar los buques. (1590). Labaña (Juan Bautista), trazó el magnífico mapa de Aragón, reproducido en las mejores colecciones de Europa. (1590). Laguna (Andrés), propone y consigue la creación del Jardín Botánico de Aranjuez, anterior á los de París y Montpeller; expone el modo de propagación de los helechos, y explica los sexos y la fecundación de las plantas fanerógamas. Además perfeccionó la Botánica, estudiando y describiendo gran número de plantas, y combatió muchas supersticiones. (1499-1560). López (Eduardo), escribe su viaje á África hasta las fuentes del Nilo. Los viajeros de nuestros días confirman todas sus observaciones. (1578). López de Velasco (Juan), redacta las instrucciones para la observación de los eclipses de sol y de luna de 1577, 1578 y 1584, dando á estas observaciones una importancia y una extensión que no volvieron á tener hasta últimos del siglo XVIII. Martín Población (Juan), escribió su obra sobre el astrolabio, que se adoptó como única en Francia. (1547). Medina (Pedro), escribió su tratado de Navegación, que se impuso durante todo el siglo en Francia é Inglaterra. (1545). Micó (Francisco), exploró botánicamente Cataluña, Castilla y Extremadura, y descubrió más de 30 plantas, mereciendo los elogios de Dalechamp y que Linneo dedicara á su memoria un género de plantas. (1560). Molina Cano (Juan Alfonso de), presentó nuevas relaciones geométricas para la resolución de los problemas. (1598). Monardes (Nicolás), crea un Museo de ciencias naturales de los más antiguos de Europa; estudia y da á conocer las producciones botánicas de América, y combate muchas preocupaciones de Medicina. Sus obras fueron traducidas en todas las naciones. (1493-1578). Muñoz (Jerónimo), hace la nivelación de los ríos Castril y Guadahardal con gran exactitud; observa la nueva estrella Casiopea, deduciendo la imposibilidad del sistema aristotélico; sus observaciones son admitidas por los astrónomos franceses y por Tico-Brahe. Inventa el planisferio paralelográmico, y demuestra los errores de Tartaglia en el cálculo de las trayectorias. (1566). Nebrija (Antonio), rectifica las medidas longitudinales romanas y mide un grado de meridiano. Indica la conveniencia de un sistema de pesas y medidas en que se relacione el volumen y el peso, reforma introducida por el sistema métrico. (1500). Núñez (Pedro), inventó el instrumento llamado nonius, que usan todos los aparatos de precisión de nuestro siglo; corrigió á Oroncio Fineo en muchos teoremas geométricos y en la demostración de las retrogradaciones; descubrió nuevas propiedades de las loxodromías, y resolvió el problema del menor crepúsculo, que se ocultó al gran Bernouilli, casi dos siglos después. (1537). Osorio (Antonio), inventa unas armaduras magnéticas para acrecentar el poder del imán. Oviedo (Juan de), hizo la nivelación de los ríos Guadalquivir y Guadalete y los planos para su comunicación. (1595). Pereira (Benito), rechazó toda imposición que no fuera de la observación y el propio juicio en materia de ciencias. Trató de unir la Física y las Matemáticas, y refutó los errores astrológicos. Sus obras fueron reproducidas en toda Europa. (1576). Pérez de Oliva (Fernando), idea por primera vez la aplicación del magnetismo á la comunicación de personas ausentes. (1497-1533). Piña (Vasco de), corrigió las tablas de Copérnico, aplicándolas al cálculo de las declinaciones del sol, referidas al meridiano de la isla Dominicana, y construyó las tablas desde 1583 á 1880. Poza (Andrés de), propuso varios medios para calcular la longitud, principalmente por medio de las distancias de la luna á las estrellas zodiacales. Río Riaño (Andrés de), inventó un instrumento para conocer la variación de la aguja y determinar la longitud. Conoció los errores de refracción y otras causas en el orto y ocaso de los astros. Rivero (Diego), inventa la bomba de metal para extraer el agua de los buques. Fué premiado con 60.000 maravedís y una pensión vitalicia. Rogete, construye los primeros y mejores telescopios de que hay noticia en la historia de la ciencia. Rojas Sarmiento (Juan), inventó un astrolabio fundado en una nueva proyección de la esfera; astrolabio que sustituyó al de Tolomeo en Francia é Italia. San Martín (Andrés de), demostró los errores de las tablas astronómicas, fundado en que no se correspondían con los movimientos celestes. Santa Cruz (Alonso de), construye las cartas esféricas; inventa los primeros instrumentos para determinar la longitud geográfica, y traza la carta de las variaciones magnéticas, precediendo á Halley en siglo y medio. Sarmiento de Gamboa (Pedro), inventó y construyó un instrumento para hallar la longitud por medio del plenilunio y del orto del sol. Sarzosa (Francisco), corrigió las tablas de los movimientos celestes. Su obra fué aceptada en Francia é Italia y usada por Tico-Brahe. Sepúlveda (Juan Ginés de), propuso, con Pedro Chacón, la reforma del Calendario. Tobar (Simón), redactó anualmente los catálogos de plantas como se hace hoy en los más célebres jardines botánicos; descubrió varias plantas, y corrigió la construcción de instrumentos matemáticos. Urdaneta (Andrés de), fué el primero que estudió los ciclones. Zamorano (Rodrigo), introdujo en las tablas astronómicas las correcciones que exigía la reforma del Calendario; creó un Museo de ciencias naturales y un Jardín Botánico. Zúñiga (Diego de), explicó y defendió el sistema de Copérnico treinta y un años antes que el padre Foscarini, á quien se atribuye esta gloria.

Celebración de las Juntas de Yelves y Badajoz para determinar los límites astronómicos de las conquistas y descubrimientos españoles y portugueses. Estas Juntas tuvieron, según demuestra Humboldt, una gran influencia en los progresos de la Astronomía. Creación de las cátedras libres en la Universidad de Salamanca, disponiéndose que no se exigiesen títulos para explicar las de Matemáticas, y que su número pudiese ser ilimitado mientras hubiese personas notables para ello. Creación en la misma Universidad de la cátedra de Luz y Magnetismo, primera de este género. Elección de la Cruz del Sur para sustituir á la estrella polar en el hemisferio austral, hecha por los marinos españoles y confirmada por el progreso de la Astronomía. Los Reyes Católicos crean la Casa de Contratación de Sevilla, verdadera Universidad científica y Cuerpo consultivo, único en Europa. (V. Chaves, Alonso). Proposición del gran premio para el cálculo de la longitud, que consistía en 6.000 ducados de renta perpetua y 2.000 de renta vitalicia. Hicieron oposición á este premio astrónomos de toda Europa. Fué el primero de su género. Holanda, Francia é Inglaterra le imitaron uno y dos siglos después.

5. Recordemos con Bonilla los más insignes erasmistas españoles. "El famoso secretario del Emperador, Alonso Valdés (¿1490-1532), á quien el humanista valentino Pedro Juan Oliver llamaba erasmicior Erasmo; su hermano el reformista Juan de Valdés (¿1501-1541), autor probable del Diálogo de la lengua y del Diálogo de Mercurio y Carón; Juan Francisco de Vergara (1492-1557) y sus hermanos Bernardino Tovar y Francisco de Vergara; Luis Núñez Coronel, secretario del arzobispo de Sevilla don Alonso Manrique de Lara; el benedictino fray Alonso de Virués y su hermano Jerónimo; el insigne arzobispo de Toledo, don Juan Alonso de Fonseca; el de Sevilla, don Alonso Manrique de Lara; los Arzobispos de Santiago y de Bari; el obispo Cabrero; el valenciano Pedro Juan Oliver, comentarista de Pomponio Mela; el catalán Vicente Navarra; Sancho Carranza de Miranda, adversario primero, ferviente admirador después, de Erasmo; su hermano Bartolomé Carranza de Miranda, arzobispo de Toledo; Juan Maldonado, vicario general que fué del Arzobispado de Burgos y elegantísimo latino; Juan Luis Vives (1492-1540); Alonso Fernández de Madrid, arcediano de Alcor (1474-1559); los hermanos Pedro y Cristóbal Mejía; el abad Pedro de Lerma y su sobrino el cancelario de la Complutense Luis de la Cadena; Francisco de Vitoria; Diego Gracián de Alderete; Fernando Alonso de Herrera, el autor del raro libro Breve disputa de ocho levadas contra Aristótil y sus secuaces (1517); Cristóbal de Villalón; el secretario Juan Pérez; el maestro Álvar Gómez de Castro (1515-1580), á quien no debe confundirse con el caballero Álvar Gómez de Ciudad Real (1488-1538); el humanista y pedagogo sevillano Alonso García Matamoros; Lope Alonso de Herrera, hijo del mencionado Fernando; los reformistas Juan Ponce de León, Julián Hernández, el maestro Blanco (García Arias), el doctor Juan Egidio y Francisco de Encinas; Luis Mejía, Bernardo Pérez, Juan Justiniano, Juan Martín Cordero, Juan de Jarava, Francisco Thamara, Fernando Ruiz de Villegas, Lorenzo Palmireno, Francisco Sánchez de las Brozas y otros de menos renombre, como Bartolomé Ferrer, Santiago de Cadenas, Alfonso Henríquez, Morillón, etc., etc., así eclesiásticos como seglares. Influyó el erasmismo hasta en la esfera literaria, porque se transparenta en los escritos de Gil Vicente, de Bartolomé de Torres Naharro y de Cristóbal de Castillejo. Puede decirse que, en la primera mitad del siglo xvi, no había en España una persona culta, desde el Emperador hasta el último vasallo; que apenas existía un humanista de gusto, desde el Primado hasta el último y más oscuro teólogo, que no participase, en grado más ó menos perceptible, del fervor erasmista".

6. Todas las grandezas españolas del siglo xvi debiéronse á la raza, por aquel entonces sana, entera y como llegada á su cabal madurez y bien encauzada en la reventazón juvenil de sus ardimientos y bríos por reyes tan notables como Fernando, Isabel y Carlos V. La raza aquélla daba de sí capitanes y maestros de capitanes, teólogos y maestros de teólogos, conquistadores y estadistas, prosistas y poetas, santos y fundadores religiosos. Lo que de sí no dió la raza, sino que le vino de fuera, es la dinastía que subió al trono de la recién unida España, y la política que los reyes de esa dinastía abrazaron, lo cual es mucho de considerar, si queremos entender las raíces que desde los mismos Reyes Católicos echó en la nación el mal, que, creciendo poco á poco, la fué carcomiendo y socavando, haciéndola ya amenazar ruinas y estragos á la muerte de Felipe II, y derrumbándola del todo con fragoroso estruendo á la muerte de Carlos II. Dos causas principales en el orden político hallo yo de la decadencia de España. La sustitución del absolutismo real á la monarquía templada por verdaderas Cortes, cual hasta los Reyes Católicos rigió en Castilla y Aragón, y el desplazamiento, que por la unión de estos dos reinos, y no con el de Portugal, y mucho más después, por la ambición de Carlos V por triunfar en Europa, llevó al destino político español, inclinándole hacia Italia y Europa, en lugar de hacerle caer hacia el Atlántico y América.

Los Reyes Católicos aprovecharon el soplo imperialista de absolutismo que el Renacimiento traía consigo como venido de la Roma imperial y de la imperial Bizancio, no de la democrática Grecia, para aplastar á los nobles, que andaban divididos. El absolutismo arranca, pues, de los Reyes Católicos; pero sin Renacimiento, sin aquel soplo histórico que en cada era trae sus ideas y las siembra en todas partes, aquel absolutismo, por ser español de raza, se hubiera mitigado, no se hubiera hecho agudo, según es de democrática é independiente la raza hispana. Vino, sin embargo, la casa de Borgoña, francesa por naturaleza y origen, y el absolutismo francés señoreó hasta hoy la política española. Los vocablos palaciegos que trajeron lo dicen bien claro: son vocablos absolutistas, centralistas. Con Felipe I el Hermoso, sólo de la casa de Austria por su padre el archiduque de Austria y emperador de Alemania, Maximiliano I, á quien casi no conoció, y de hecho de la casa francesa de Borgoña, nacido en los Estados de su madre, heredero de ellos siendo niño y que hablaba francés y franceses eran los oficios de su casa, vino su Guardia de Corps, ó Guardia borgoñona, sus gentileshombres ó camareros, vino la Orden suprema del Toisón, que los nuestros dijeron después Tusón; vinieron el bureo, el chapeo y el manteo; vinieron el meson, el acroy, el cadete y el contralor; vinieron el grefier, el fruitier, el busier, el potagier, el furrier, el guarda-mangier, el costiller, el sumiller de Corps. Para ser de la Guardia borgoñona era menester hablar walón y ser borgoñón; en francés se escribían, y aún se escriben, los nombramientos oficiales de Caballeros del Toisón, que sustituyen á los de Santiago del Espada. La cruz de Borgoña ó aspas de San Andrés irán en lugar de los castillos y barras en las banderas españolas por mar y tierra. Su hijo Carlos sólo querrá llamarse Carlos V, no Carlos I; ambicionará el Imperio de Alemania, y aunque las Comunidades le pidan no se ausente de Castilla, él se irá adonde le llama su ambición, y ahogará en un cadalso la independencia española. Todo el imperialismo romano se le mete en el cuerpo al Rey de Romanos, que no conoce otra ley que su capricho, conforme al Derecho romano ó imperial. Las Cortes tienen que callarse y someterse por primera vez á la servidumbre, siendo expulsados de ellas, contra la antigua constitución nacional, los grandes y prelados que griten contra los saqueos de Chievres y los demás llamados flamencos, cuando, al salirle á saludar Cisneros, no sólo no le recibe, sino que por toda muestra de agradecimiento le envía por otro la desvergonzada palabra de que se retire á su diócesis: con él se va la España independiente. Cisneros muere al oir tamaña palabra, y con él muere la España que fué. Si el rey don Fernando el Católico hubiera seguido siendo único rey de España, en vez de suceder á sus padres doña Juana, según la infausta voluntad de la Reina Católica, expresada en su célebre testamento, la historia moderna hubiera sido otra de lo que ha sido. "No faltaron personas señaladas, dice Mariana, que, no embargante esta disposición de la Reina, aconsejaban al Rey se tuviese por legítimo sucesor de aquellos reinos, pues descendía por línea de varones de la Casa Real de Castilla; que éste era el camino más derecho y más firme, que la vía de la administración; que los pueblos le amaban mucho... El Rey, sin embargo, en este punto estuvo tan sobre sí, con estar ofendido de su yerno en muchas maneras y la Princesa tan impedida y tener el camino muy llano para apoderarse de todo, el mismo día que falleció la Reina salió á la tarde, y en un cadahalso que se armó en la plaza de aquella villa, mandó alzar los pendones reales por doña Juana, su hija, como Reina propietaria de Castilla, y por el rey don Felipe como su marido". Esta condescendencia de la reina Isabel con el amor filial y esta magnanimidad de Fernando, trajeron al trono de España á la casa de Austria, con todas sus consecuencias de guerras y política en Europa, que si pusieron en manos de España la hegemonía del continente y del mundo, le acarrearon á la postre la más espantosa ruina y el descrédito y leyenda negra por la que todavía sigue menospreciada y acoceada de las demás naciones, á causa de haber seguido al emperador Carlos V en su política de reducir á sus rebeldes súbditos alemanes y levantar bandera en pro del Catolicismo y contra la Reforma. Á ser Fernando sucesor de Isabel en Castilla, los reyes españoles, en vez de gastar las fuerzas nacionales baldía y desdichadamente en Europa, hubiéranlas dirigido hacia África y América, robusteciéndose el solar español, en vez de desangrarse la nación por ajenos intereses. Sacrificio de la raza hispana en el altar de la cristiana civilización fué éste al que la llevaron los Austrias, jamás reconocido por la Europa, que deseaba romper con la Iglesia. Alemania, los Países Bajos, Inglaterra, Francia, todas las naciones tocadas del Protestantismo, juraron acabar con ella. La destrucción de la armada invencible por las borrascas del mar del Norte zanjó el poderío de Inglaterra y apresuró la independencia de Flandes. La política anticatólica de Richelieu y Mazarino, las alianzas de Francia con el turco y protestantes acabaron con el poderío militar de la casa de Austria. El maquiavelismo ó política pagana, que revivió en Italia con el Renacimiento, puesto en práctica por las naciones enemigas de España, triunfó al cabo en Westfalia, hundiendo para siempre, juntamente con la hegemonía española, la política cristiana tradicional. Vencida así la nación que defendía el Catolicismo y la política cristiana, Europa volvió de lleno al paganismo; la política pagana, de la fuerza bruta, del imperialismo, del interés material, gobernó la historia moderna y sigue gobernando la historia contemporánea, dando como naturales frutos el imperio napoleónico y el imperio germánico, con su desapoderado militarismo, que se extiende á las demás naciones y revienta al cabo en la horrible guerra europea de nuestros días. Caída nuestra nación, pudo ya preguntar con desprecio M. Masson lo que suelen repetir nuestros famosos europeizantes: "¿Qué se debe á España? Y en diez, en veinte siglos, ¿qué ha hecho por la civilización europea?" La supina ignorancia que supone en el autor francés semejante pregunta sube de punto cuando la oímos de labios de españoles, no de varones maduros, que tienen bien tanteado el valer real de nuestra raza, que conocen lo que España fué, que tienen bien asentado juicio sobre la vida, la religión, la política, sino de ciertos mozos que con el tiempo acaso ganen á dichos varones, pero que todavía no han tenido espacio bastante sino para pasear de sobrepeine ojos y pensamiento sobre las cosas y hojear algunas revistas y libros de los que hoy andan de moda, que son los extranjeros, pues para apechugar con viejos librotes españoles forrados de pergamino habrían de descalzarse los guantes, retraídos á la soledad, y son todavía de los que no saben vivir á solas y no salen de los salones, tertulias y Ateneos. Son los mismos mozos que repiten no hubo Renacimiento en España, y á poco que les apuréis, os lo dirán más claro: porque en España no entró la Reforma. Como si hubiera entrado la Reforma en la Italia del Renacimiento y como si, fuera de Melanchton, se diera entre los reformadores algún verdadero discípulo del Renacimiento. Son los mismos que pretenden dar vida á España con lo que llaman europeización, esto es, desespañolizándola, porque, para ellos, todo lo español es y ha sido siempre pésimo, y hay que hacer una España que no sea española. El que serenamente lea la historia y desapasionadamente dé su fallo, hallará, por el contrario, que las causas de nuestra decadencia son precisamente europeas y nada españolas, y que españolas y nada europeas fueron las causas que á nuestra nación le dieron el poderío y valer, que Masson y dichos mozos desconocen tuviera jamás, pero que eternamente reconocerá la civilización y la historia. El absolutismo y el haber terciado en la lucha de la Reforma cosas son que vinieron de fuera. España se había sabido gobernar de otra manera harto más democrática, conforme á su temperamento independiente. El absolutismo romano cuajó en la raza germánica, desde los francos de Carlomagno hasta los franceses de Luis XIV, desde el germánico feudalismo hasta el germánico militarismo de hoy. No hubo jamás pueblo más enemigo de lo feudal que el español, ni pueblo más rebañiego que el germánico, alma de la moderna Europa; advirtiendo que Francia, cuna de todo absolutismo, es un pueblo germano y nada mediterráneo. España, con todos los aceros de su madura virilidad, sacrificó en el siglo xvi su espíritu independiente á la noble idea, á la que el europeo Carlos V la arrastró, de defender en Europa la justicia y salir por los fueros del derecho, sofocar las rebeldías germánicas y restaurar la pureza de costumbres, manchadas por el paganismo italiano. Aplastó además el poder de moros y turcos, que, cual nuevos bárbaros, amagaban arrasar la civilización europea, y llevó la civilización á inmensas comarcas, levantando ciudades, abriendo Universidades y no haciendo desaparecer á los indígenas, como después lo hicieron los ingleses dondequiera que llevaron sus almacenes de comercio y Compañías explotadoras á título de colonizar y civilizar pueblos salvajes. Agotada España en tan gloriosas empresas, vencida por la Europa rebelde y pagana, hablará ésta en son de befa, por boca de M. Masson y de los europeizantes españoles, preguntando qué debe la civilización á España y echándonos en cara la leyenda que ellos forjaron como adversarios y de cuyos feos hechos fueron ellos cabalmente los que en América y Europa fueron actores.

7. La lírica y la prosa llegan á su perfección en la época de Carlos V merced á la maravillosa fusión de lo popular y nacional con lo erudito y humanístico greco-romano. Verdad es que luchan y andan separadas las dos escuelas líricas, la nacional y la italiana; pero en entrambas el lirismo llega á colmo y á menudo sin querer se compenetran. Sobresalen en la italiana Boscán, Garcilaso, Hurtado de Mendoza, Cetina y Francisco de Figueroa, que no han de ser sobrepujados en adelante. En la escuela nacional brillan, armonizado lo popular con lo clásico, Castillejo, Gregorio Silvestre, Sebastián Horozco. Más tarde llegarán fray Luis de León y Herrera, con la más perfecta armonía de entrambas escuelas. La dramática perfecciónase en sus tres direcciones de la época anterior, la de la Celestina, la de Juan del Enzina ó autos religiosos y la de Torres Naharro ó farsas profanas, sobresaliendo Carvajal, Lope de Rueda, Juan de Timoneda y Villegas Selvago. Los prosistas son legión, brillando entre otros Oviedo, los dos Valdés, Guevara, Delicado, el B. Ávila, el B. Orozco, Laguna, Villalón, Venegas, Granada, Mejía, Montemayor, Azpilcueta, Enzinas, Ocampo, Morales, A. Torquemada, Seb. Horozco, A. Villegas, Las Casas, Gómara, Estella y el autor del Lazarillo, si no lo es Horozco. La mayor parte escribieron en son de reforma y mejora de las costumbres, fueron espíritus críticos y varios de ellos satíricos. El fruto principal del erasmismo en los autores de la época del Emperador fué, efectivamente, aquel espíritu crítico y satírico que la lectura de Erasmo infundió en ellos. ¿De dónde lo sacó Erasmo? Sin duda de Luciano de Samosata. Aquellas galerías satíricas en las que van pasando todo linaje de personas vivas y difuntas y hasta los dioses, con todas sus necedades, verdadera comedia humana y divina de los tiempos del paganismo, vuelven á reproducirse en el Diálogo de Mercurio y Carón, de Juan de Valdés; en el Crotalón, de Cristóbal de Villalón, y en el Lazarillo de Tormes, desenvolviéndose dramáticamente la comedia de la sociedad del siglo xvi, con la misma variedad, ingenio y gracia, con la misma fuerza dramática que en los diálogos y tratados del gran satírico griego. Fué ésta la corriente más puramente helénica que llegó á España, y debióse, sin género de duda, á Erasmo, de quien la tomaron nuestros erasmistas. No había de agotarse su vena, y en ella bebió después Cervantes, cuyo Coloquio de los perros es enteramente lucianesco y tiene claros recuerdos del Mercurio y Carón y del Crotalón; no menos se la apropió Quevedo, cuyos Sueños son un Luciano revivido, y cuyo espíritu es el de un español Luciano. Los que niegan el Renacimiento en España podrán decir si sin ese espíritu lucianesco y erasmiano hubieran podido escribirse tales obras, de las mejores de nuestro siglo de oro.

8. M. Pelayo, idólatra del clasicismo, da á entender que la lírica italiana triunfó fácilmente en España de la lírica nacional. Cierto que sepultó los metros antiguos de origen extraño; pero de los castizos, ni fácil ni difícilmente llegó á triunfar. Lomas Cantoral, Figueroa y Espinel siguieron los pasos de Boscán y Garcilaso; pero sin abandonar los metros castellanos, los verdaderamente castizos, que los autores de la época de los Reyes Católicos sacaron del pueblo en villancicos, cantares y coplas. Y lo que más es: estos tres autores son mejores líricos sin comparación, cuando versifican en metros castellanos que cuando siguen la moda italiana. Que, fuera de esto, fuesen autores que casi caminaban solos por el nuevo sendero, pruébase, no sólo por los que conocemos que seguían el camino trillado, sino por el hecho notable de que, á pesar de declararse Montemayor, en su Diana, imitador de Sannazaro, "tanto entre las poesías que intercaló en aquella pastoral, en prosa, como en un tomo de rimas que más tarde dió á luz, se encuentran á menudo, como observa Ticknor, composiciones castellanas, y de lo mejor que salió de la pluma, pertenecientes á la escuela nacional. Las mismas observaciones pueden hacerse respecto á los otros autores de aquella época. Luis Barahona de Soto tampoco era partidario exclusivo de la escuela italiana, aunque en su obra principal de Las lágrimas de Angélica imitó decididamente al Ariosto. Y Rufo, que procuró seguir las huellas del Petrarca, tenía, sin embargo, un ingenio eminentemente castellano, que lo arrastró, á pesar suyo, por el camino de los antiguos escritores de su patria. Mayor es aún el número de poetas líricos contemporáneos, como Damián de Vegas y Pedro de Padilla, que son enteramente nacionales en su estilo y entonación; pero lo mejor de esta clase es El Cancionero, de López Maldonado, poeta que, unas veces con gracia y donaire, y otras con ternura y melancolía, fué siempre intérprete fiel de los sentimientos é instintos populares". Llega el teatro con Lope, ingenio castizamente español, y la lírica nacional toma mayores vuelos en las tablas que la italiana. El gusto por los romances entre los mayores ingenios llega á colmo. Y Góngora, en su primera época; Lope, después Quevedo, hacen letrillas, romances, quintillas, villancicos, etc., que vencen, no ya en valor estético, á las composiciones italianas, que esto es más claro que la luz, sino hasta por su muchedumbre. Olvídanse Boscán y Garcilaso; tiénense como cosa vieja, y señorea de nuevo la moda de los versos castellanos y más allegados á los populares que nunca. ¿Dónde está el triunfo de la lírica italiana? Los metros italianos entraron á enriquecer el caudal nacional; pero éste, con su tonalidad propia, quedó dueño del campo. Siempre se harán sonetos y tercetos; pero las coplas castellanas, las quintillas y el romance flotarán para siempre en la lírica castellana.

La verdadera épica castellana está en los romances, que comenzaron á publicarse en pliegos sueltos á principios del siglo xvi, y después en colecciones ó Romanceros. Así pudieron salvarse por la imprenta algunos pocos de los más antiguos, llamados romances viejos, aunque no lo sean más que el siglo xv. La verdadera lírica castellana está igualmente en las coplas y cantares, que también comenzaron á imprimirse en el siglo xvi, aunque no se hayan hecho sobre ellos los estudios que se han hecho sobre el Romancero. Esta poesía lírica popular hállase desparramada por los libros de aquel siglo, esperando que algún crítico la junte en libro aparte. Dos colecciones principales se conocen: el Cancionero de Upsala, Venecia, 1556, y el Cancionero musical de los siglos xv y xvi, hallado en la Biblioteca Real y publicado por Francisco Asenjo Barbieri, Madrid, 1890, llamado por lo mismo Cancionero de Barbieri. Añádase la Colección de poesías de un Cancionero inédito del siglo xv, existente en la Biblioteca de S. M. el Rey, Madrid, 1881, por Alfonso Pérez Nieva. Pero, fuera de estas colecciones, hállanse los cantares populares desparramados en los demás Cancioneros conocidos, á veces como tema de inspiración entre los versos de nuestros poetas de los siglos xv, xvi y xvii, á menudo glosados por ellos, algunas veces recordados en las comedias y aun en los romances de aquel tiempo, otras apuntados tan solamente, como en el tratado de música de Salinas, donde hay bastantes coplas sueltas para confirmar la doctrina que expone y en otros libros de música y canto. Había que juntar todas estas riquísimas perlas en un solo libro, anotando la procedencia. Cuando esto se haga se verá cuánta razón tenían los poetas de la escuela poética nacional para preferirla á la recientemente venida de Italia. El valor estético de esta lírica popular es tan grande como el de la épica popular del Romancero. Basta abrir por cualquier parte los Cancioneros de Barbieri y de Upsala. Los mayores esfuerzos de los poetas eruditos, aunque se llamen Góngora y Lope, no alcanzan á la naturalidad virginal, á la sinceridad de sentimiento, al candor de expresión de estas coplas populares. En el mismo Cancionero d'Herberay, sieur des Essarts, de mediado el siglo xvi (Gallardo, I, 451), hállanse trozos populares como éstos: "Soy garridilla é pierdo sazón | por malmaridada, | tengo marido en mi coraçón, | que á mí agrada". "Si desta scapo, sabré contar, | non partiré dell aldea | mientras viere nevar. | Una moçuela de vil semeiar | fizome adaman de comigo folgar, | non partiré dellaldea | mientras viere nevar". "Que non es valedero | el falso del amor, | que non es valedero, non". "La ninya gritillos dar, | no es de maravillar". De la misma manera hállanse á manta por doquier coplas populares. "En el campo la galana, | ¡juri á mí! | en el campo la vi". Conocidas son las Coplas de Antón Vaquerizo de Morana, las de Tan buen ganadico | y más en tal valle | placer es guardalle. Villancicos los hay á porrillo, como "No te tardes, que me muero, | carcelero, | no te tardes, que me muero". "Si no te dueles, señora, de mí, que muero por ti, | ¿quién se dolerá de mí?" "Pásesme, por Dios, barquero, | de aquesa parte del río, | duélete del dolor mío". "Romerico, tú que vienes | donde mi señora está, | las nuevas della me da". Y un sinfín de letrillas glosadas ó por glosar, como: "Taño en vos, pandero mío, | taño en vos y pienso en al". "Tus cabellos, niña, | mi cadena son, | cárcel son tus ojos | y el alcaide amor". "Aunque más os quiera | mis males contar, | no me dan lugar". "Duélenme los ojos | de mirar bajo; | si los alzo y miro, | dicen que mato". "Para mí son las penas, madre; | para mí, que no para nadie". "La que me robó mi fe, | sin tocarme en el vestido, | la morena morenica ha sido, | la morena morenica fué". "Los ojos por quien suspiro, | que han de remediarme espero; | aunque si los miro muero | y muero si no los miro". "Venturas y dichas son, | que los unos las saben y los otros no". "En el monte la pastora | me dejó: | ¿dónde iré sin ella yo?" "Arrojóme las naranjicas | con las ramas de blanco azahar; | arrojómelas y arrojéselas, | y volviómelas á arrojar". "Aquel caballero, madre, | tres besicos le mandé, | cresceré y dárselos he". "Yo me levantara, madre, | mañanica de San Juan". "Miraba la malcasada | que miraba la mar cómo es ancha y larga". "Guárdame las vacas, | Carillo, y besarte he; | si no, bésame tú á mí, | que yo te las guardaré". "Son tan lindos mis cabellos, | que á cien mil mato con ellos". "Libres alcé yo mis ojos, | señora, cuando os miré; | libres alcé yo mis ojos | y captivos los bajé". "Donde sobra el merecer, | aunque se pierda la vida, | bien perdida, no es perdida". "Besábale y enamorábale | la donzella al villanchón, | besábale y enamorábale, | y él metido en un rincón". "Pídeme, Carillo, | que á ti darte me han, | que en casa del mi padre | malaborrecido me han". "¡Ah!, galana del rebozo, | ¿no diréis | á cómo vendéis la onza | del chispirrichape | que tenéis?" "Criéme en aldea, | híceme morena, | si en villa me criara, | más bonica fuera". "No puedo apartarme | de los amores, madre, | no puedo apartarme". "Esta cinta es de amor toda, | quien me la dió | ¿para qué me la toma?" "En aquella peña, en aquélla, | que no caben en ella". "Abúrrete, zagal, | pues la zagaleja es tal". "Si queréis comprar romero, | de lo granado y polido, | qu' aun agora lo he cogido". "Madrugáballo el aldeana, | ¡cómo lo madrugaba!" "Lo que demanda | el romero, madre, | lo que demanda | no se lo dan". "Di, pastor, ¿quiéreste casar? | Más querría pan, más querría pan". "Ve do vas, mi pensamiento, | invidia tengo de ti, | pues verás el bien que vi, | sin sentir el mal que siento". "De piedra podrán decir | que son nuestros corazones: | el mío en sufrir pasiones | y el vuestro en no las sentir". "Vencedores son tus ojos, | mis amores, | tus ojos son vencedores". "Madre, lo que no queréis | vos á mí no me lo deis". "Ninguno cierre las puertas, | si amor viniere á llamar, | que no le ha de aprovechar". "Dime, Juan, por tu salud, | pues te picas de amorío, | si es mal de amor el mío". Basten estas muestras, dejando al lector saboree las dos colecciones dichas, que no he abierto para recordar estos ejemplos. Por ellas echará de ver cómo la huera bambolla, la fría sequedad, el postín declamatorio, que algunos creen ser cualidades de la lírica castellana, no lo son de la verdadera, que es la popular, sino de la imitada y extraña de los poetas renacentistas. El que no sienta en lo hondo de sus entrañas esta lírica popular, que no suelen mencionar los literatos, no sabe realmente lo que es lírica, no sabe más que pedantear con fríos sonetos.

Respecto de la lírica popular española ha escrito Ticknor (t. III, pág. 233): "Tal vez la dificultad misma de satisfacer el gusto popular en aquello que se miraba con tanto respeto y veneración fué causa de que la poesía llamada "á lo divino", sin adherirse estrictamente á las formas antiguas, se apegase más á ellas y ofreciese cierta semejanza con las más naturales y primitivas inspiraciones del antiguo ingenio nacional. Generalmente es pintoresca, como en las canciones ya citadas de Ocaña á la llegada de la Virgen á Belén y huída á Egipto; á veces hasta ruda y grosera, recordando los villancicos que los pastores cantaban en los antiguos autos de Navidad; pero siempre, hasta cuando pasa á ser mística y se contamina con el mal gusto, respira el verdadero espíritu de la fe católica, impreso en este ramo de la lírica española con más fuerza que en ningún otro de los cultivados posteriormente. Ni está marcada con menos vigor la parte profana, si bien con atributos del todo diferentes; en los géneros populares, sobre todo, tiene frescura, sencillez y aun á veces cierta rusticidad. Algunas de las "canciones" cortas, que tanto abundan en ella, y no pocas "chanzonetas", al paso que comienzan de una manera tierna y sentida, acaban con una chanza ó rasgo epigramático. Los "villancicos", "letras" y "letrillas" conservan con toda fidelidad el sello del carácter nacional y retratan con escrupulosa exactitud los sentimientos é ideas populares. Comúnmente tratan un suceso común y vulgar, ó bien ponen en escena un pensamiento trivial; ya es una muchacha inocente y candorosa, revelando á su madre la pasión que siente en su pecho, y que el pudor, por otra parte, la obliga á ocultar; ya una mujer de más años y experiencia pidiendo el remedio de un amor que no puede dominar; ya una doncella feliz y afortunada, que se goza en su cariño, mirándole como la luz y gloria de su existencia. Muchos de estos juguetes líricos son anónimos, y pintan las pasiones y sentimientos de las clases más humildes de la sociedad, de cuyos corazones brotaban tan espontáneamente como los antiguos romances, con los que generalmente van mezclados y á los que se parecen mucho. Sus formas son, por lo común, antiguas y muy pronunciadas; á veces se advierte en ellos cierta intención picaresca y maliciosa, aunque no reñida con la pasión y la ternura, que explica su origen y constituye una poesía singular y desconocida en todos los demás pueblos del mundo. Por otro lado, en la parte profana de la poesía lírica, menos popular y más infiel á las tradiciones patrias, se nota más variedad de intención, y el pensamiento está casi siempre formulado en metros italianos. Los sonetos, sobre todo, fueron mirados durante este período con extravagante idolatría, y su número llegó á ser inmenso y superior al de todas las demás composiciones de la lengua; pero desde el soneto hasta la oda grave y formal en estancias regulares de diez y nueve ó veinte versos cada una, todos los géneros posibles se encuentran: el solemne y majestuoso, el imponente y serio, el festivo, agradable y risueño".

M. Pelayo, Estud. Propaladia, CXLV: "Durante la primera mitad del siglo xvi coexistieron dos escuelas dramáticas: una, la más comúnmente seguida, la más fecunda, aunque no ciertamente la más original, se deriva de Juan del Enzina, considerado, no solamente como dramaturgo religioso, sino también como dramaturgo profano, y está representada por innumerables autores de églogas, farsas, representaciones y autos. Todas las piezas anónimas del códice grande de la Biblioteca Nacional, pertenecen á esta escuela, y pertenecen también las del Cancionero de Horozco, las de la Recopilación en metro, de Diego Sánchez de Badajoz, y, en general, todas las que tratan asuntos del Antiguo y Nuevo Testamento, misterios y moralidades y también las que describen sencillas escenas pastoriles, como la Comedia de Pretea y Tibaldo, del comendador Perálvarez de Ayllón, ó la Égloga Silvana, de Luis Hurtado de Toledo. La otra dirección dramática, que produjo menor número de obras, pero todas muy dignas de consideración, porque se aproximan más á la forma definitiva que entre nosotros logró el drama profano, nace del estudio combinado de la Celestina y de las comedias de Torres Naharro, sin que por eso se niegue el influjo secundario del teatro latino... y el de las comedias italianas. Suelen reconocerse, aun á simple vista, por su mayor extensión, por la división en cinco jornadas, por la versificación en coplas de pie quebrado, por el uso del introito y del argumento puestos en boca de un zafio y deslenguado pastor. Y penetrando más en su contenido, se ve que son, ó quieren ser, pinturas más ó menos toscas de la sociedad de su tiempo, y que con más ó menos fortuna aspiran sus autores á presentar caracteres ó caricaturas, á tramar una acción interesante, avivada con episodios jocosos y á sacar partido de las intrigas de amor y celos, fondo común del teatro secular en todos tiempos". El primero de estos precursores de la comedia de enredo y de la de costumbres es Cristóbal de Castillejo, en su único drama medio conocido Constanza, de desenfrenado cinismo é inmoralísimo. Menor lo ofrecen y menos sal que Castillejo, las dos groseras comedias de Jaime de Huete, Tesorina y Vidriana: "Quamvis non Torris digna Naharro venit", que se lee al final, y se ve claramente que le imita. Igualmente la Comedia Radiana, de Agustín Ortiz (hacia 1525); la Comedia Tidea, del beneficiado de Covarrubias, Francisco de las Natas (1550), pieza celestinesca por el asunto, pero escrita á la manera de Naharro; la Comedia Clariana (1522); el Auto de don Clarindo, por Antonio Díez (1535); la Farsa Salmantina, del bachiller Bartolomé Palau, de costumbres escolares (1552) y otras. Pero son mucho más aventajados observadores del natural y menos directos discípulos de Naharro, Luis de Miranda, en su Comedia Pródiga (1554), aunque deba mucho á la Comedia d'il figliuol prodigo, de Cecchi; y Miguel de Carvajal, en su Josefina (1540?), ambos de Plasencia.

9. Del trato de los españoles en Italia vinieron desde fines del siglo xv y durante el xvi la mayor parte de los vocablos italianos que tiene el castellano, sobre todo los de milicia y artes, que son los más; los náuticos llegaron probablemente antes, de Génova á las costas de Levante; algunos, pocos, son más modernos. Cuanto al lenguaje literario de esta época, los estudios clásicos, las traducciones y el estar de moda el latín hacen que se prefieran los vocablos más claramente latinos y que se introduzcan otros nuevos del latín, del griego y del italiano. Pero, por otra parte, los mismos estudios que despertaron la atención hacia el arte popular en la época anterior despiértanla en ésta hacia el habla del pueblo, apreciándola más y más y aun teniéndola por dechado del puro castellano. Hay, por tanto, lucha entre el habla vulgar y el latinismo; pero, así como en la época anterior vencía el latín, tiende ahora á vencer el vulgar. Clarifícase el lenguaje, asentándose como posos lo que antes lo enturbiaba. Los groseros latinismos de Lucena, de Mena, Santillana, y de casi todos los pasados escritores, del mismo Rojas, ya no se hallan en este período; el hipérbaton exagerado ha desaparecido; el período se ha contorneado y recibido del influjo clásico toda la libertad que sufre nuestro romance. En una palabra, el habla literaria toma del clasicismo, que antes la enturbiaba, lo que más le cuadra y tiene por norma el vulgar del pueblo, aunque dando todavía preferencia en este vulgar al elemento latino y aun tomando bastantes voces eruditas de prestado, y menospreciando como plebeyas y groseras las hasta entonces no llevadas á los escritos. El estilo alcanza en prosa y verso la serenidad y naturalidad del helenismo y la dulzura del habla toscana, siendo cuan clásico lo lleva el ingenio español; no es, sin embargo, todavía tan nacional y recio como lo será en tiempo de Felipe II. La norma del lenguaje literario en el siglo xvi fué el habla de Toledo, según los escritores de aquel siglo, como lo había sido desde los tiempos de Alfonso X. De hecho los más famosos escritores son de aquella región: Rojas, Horozco, Cervantes, y antes los Arciprestes de Talavera y de Hita.

10. Lo del lenguaje literario en la época de Carlos V tratólo ya por entonces Juan de Valdés en el Diálogo de la lengua. Pregúntanle sobre la ortografía, vocablos y estilo que guarda en sus cartas, y respóndeles que su dechado es el habla vulgar: "He aprendido la lengua latina por arte y libros, y la castellana, por uso: de manera que de la latina podría dar cuenta por el arte y por los libros en que la aprendí, y de la castellana no, sino por el uso común de hablar; por donde tengo razón de juzgar por cosa fuera de propósito que me queráis demandar cuenta de lo que está fuera de toda cuenta". Tacha á Lebrija de no haberse aprovechado de todo el léxico vulgar castellano: "parece que no tuvo intento á poner todos los vocablos españoles, como fuera razón que hiciera, sino solamente aquéllos para los cuales hallaba vocablos latinos ó griegos que los declarasen". Insiste en lo vulgar: "para considerar la propiedad de la lengua castellana, lo mejor que los refranes tienen es ser nacidos en el vulgo". Esto de apreciar el habla vulgar y tenerla por dechado de la literaria es la primera novedad de esta época. Así como en el reinado de los Reyes Católicos comenzóse á apreciar la literatura vulgar, así ahora hácese otro tanto con el habla. Sin embargo, no se saca de este sano principio cuanto se sacará después, porque el renacentismo lo refrena, y así dice: "es mi opinión que la ignorancia de la lengua latina que en los tiempos pasados ha habido en España ha sido muy principal causa para la negligencia que habemos tenido en escribir la lengua castellana". Dice bien, pues los estudios latinos del Renacimiento despertaron la atención sobre el estudio del habla vulgar, que nadie había antes hecho. Así Nebrija y Hernán Núñez, que aprenden y enseñan griego y latín, luego caen en la cuenta de que también el castellano puede aprenderse y enseñarse, y escribe el uno Diccionario y Gramática y recoge el otro refranes. Con todo, seguía creyéndose que el latín había de ser la norma á la cual el castellano se ajustase: "No apruebo lo que hacen los que, queriendo conformar la lengua castellana con la latina..., porque tengo por mejor, para conservar la gentileza (el casticismo) de mi lengua, hacer desta manera, que si...". "Porque os apedrearían aquellos notarios y los escribanos (de Valladolid), que piensan levantarse diez varas de medir sobre el vulgo, porque, con saber tres maravedís de latín, hacen lo que vos reprehendéis". Y el mismo Valdés cae en lo de apreciar más, cuanto al habla, la opinión de los doctos y renacentistas: "Huélgome que os satisfaga; pero más quisiera satisfacer á Garcilaso de la Vega con otros dos caballeros de la Corte del Emperador". Y menosprecia al vulgo, único maestro del habla: "Es la más recia cosa del mundo dar reglas en cosa donde cada plebeyo y vulgar piensa que puede ser maestro". Véase cómo luchan las dos tendencias: "Bien sé que el latín quiere m, y que, á la verdad, parece que está bien; pero como no pronuncio sino n, huelgo ser descuidado en esto: y así, por cumplir con la una parte y con la otra, unas veces escribo n (antes de p y b) y otras m". Vuelve al sano principio: "Esto hago, con perdón de la lengua latina, porque, cuando me pongo á escribir en castellano, no es mi intención conformarme con el latín, sino explicar el concepto de mi ánimo de tal manera, que, si fuera posible, cualquier persona que entienda el castellano, alcance bien lo que quiere decir". Cuanto á vocablos, solían los escritores todavía menospreciar muchos por vulgares: "Y esos vocablos que vos no queréis usar, ¿úsanlos otros?—Sí usan; pero no personas cortesanas ni hombres bienhablados". En cambio, en habiendo sinónimos, prefieren los claramente latinos: "Yo uso siempre del latino, que ya casi los más lo entienden"; con lo que da á entender no ser de pura cepa vulgar. Los eruditos introducían voces nuevas greco-latinas: "De la lengua griega deseo introducir éstos, que están medio usados: paradoja, iranizar, idiota, ortografía.—Larga nos la levantaríades á los que no sabemos griego ni latín, si, por introducirnos nuevos vocablos, nos pusiésedes necesidad de aprenderlos.—Por vuestra vida, que me consintáis usar destos vocablos; pues si bien miráis en ello, fácilmente los entenderéis". Bien se ve aquí la comezón erudita por la lengua que está de moda: entonces, el griego y el latín; hoy, además, el francés y el inglés. "De la lengua latina querría tomar estos vocablos: ambicion, excepcion, docil, supersticion, obyeccion". De este jaez se introdujeron muchos que hoy corren ya por castizos, pero que poquísimo se usan en el vulgo. Todos estos principios del criterio lingüístico y las cualidades consiguientes del habla literaria vense claramente en Granada, los Valdés, Guevara, Ávila y Villalón, los mejores prosistas de la época, en quienes domina el gusto renacentista. En todos ellos el castellano tiene toda la amplitud del período clásico, que encaja en el genio del romance; el vocabulario es castizo, pero castizo-latino, podemos decir. Con dificultad se hallará la riqueza de voces de origen no latino que después se emplearon en el reinado de Felipe II. Y es que todavía señorea el patrón clásico, y, al escribir, se están acordando los escritores del latín. Por eso, comparado Granada con León, es más aguado, menos colorista ni brioso, más pobre su vocabulario; puede verterse casi literalmente al latín, ya cuanto á las voces, ya cuanto á la construcción. Todavía es Villalón más turbio y parecido á los de la pasada época en muchos trozos, aunque en otros se allegue más al vulgo, cuando dialoga llanamente. La lucha de las dos tendencias es en este autor más turbulenta por ser más helenista. Los Valdés han suavizado su decir con el roce del melodioso toscano, y aun por ablandarlo como nadie, empobrecen el vocabulario: son los Moratines de la época, el colmo del refinado gusto; han pulimentado toda esquina; dejan correr el habla como sesga fuente que mana; no detienen al lector con voces que brillen por el color ó la fuerza; todo es igual y parejo. Montemayor y Boscán en la prosa, Boscán y Garcilaso en el verso, han adelgazado el habla con la misma finura toscana, la han convertido en música. Pero hay algo de frío en esta blanda y suave frescura, falta fuerza de la tonalidad castellana, pujante y colorista, que vemos en la prosa del Lazarillo y en el verso de Sebastián de Horozco y de Castillejo, los cuales anuncian ya el castellano más castizo y nacional de los escritores del reinado de Felipe II. El estilo llega á la perfección clásica, aunque no á la perfección propia del realismo español. Véase en el más acabado estilista de la época, en Juan de Valdés: "Para deciros la verdad, muy pocas cosas observo, porque el estilo que tengo es natural y sin afectación ninguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, á mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación". Es el canon helénico, y lo pone realmente, como nadie, en práctica al escribir. Pero nótese bien, con naturalidad y sin afectación caben variedad de estilos. Valdés, y generalmente los escritores de esta época, tanto prosistas como poetas, prefieren la llaneza ésta cuasi olímpica y sosegada; los de la época siguiente, con la misma naturalidad y carencia de afectación, tienen más del vigor y del color propios del realismo castellano, son más nacionales en estilo y lenguaje, más recios, de pincel más valiente; difieren de los de la época de Carlos V, como el Greco difiere de Pacheco, como la escuela española, que arranca del Entierro del Conde de Orgaz, difiere de la escuela italiana, aunque sea del mismo Tiziano, con ser el que más se nos allega en vigor y colorido. Véase el canon de mesura helénica en Valdés: "Todo el bien hablar castellano consiste en que digáis lo que queréis con las menos palabras que pudiéredes, de tal manera, que, explicando bien el conceto de vuestro ánimo y dando á entender lo que queréis decir, de las palabras que pusiéredes en una cláusula ó razón no se pueda quitar ninguna sin ofender á la sentencia ó al encarecimiento ó á la elegancia". Cierto, y el mismo canon repite y practica Cervantes; pero ¿quién duda de que la valentía del pincel de Cervantes y la riqueza de su vocabulario popular realza, rebulla y nacionaliza más sus escritos que no el encogido y puramente clásico é italiano de Valdés con los suyos? Y otro tanto se diga de los contemporáneos del uno comparados con los del otro. "En todas las lenguas del mundo hay unos que escriben mejor, más propia y galanamente que otros, y por esto, los que quieren aprender una lengua de nuevo, deberían mucho mirar en qué libros leen, porque siempre acontece que, así como naturalmente tales son nuestras costumbres cuales son las de aquéllos con quien conversamos y platicamos, de la mesma manera es tal nuestro estilo cuales son los libros en que leemos". He aquí el porqué de la diferencia del estilo y del lenguaje entre las dos dichas épocas. Los escritores del tiempo de Carlos V tenían puestos los ojos más en el latín y en el italiano, y en esos libros leían; los del tiempo de Felipe II, más nacionales, pasado ya algún tanto el hervor renacentista, los tenían puestos en el habla vulgar, buscaban la propiedad para decir en vulgar lo que hallaban en los clásicos, y más en la Biblia, ya que, como veremos, á los escriturarios romancistas se debe la nacionalización mayor del habla y estilo, y sacaron de las entrañas del habla popular la fuerza y el color en los vocablos, la soltura y concisión en el estilo, que sus antecesores no habían visto, por no leer este libro nacional del decir plebeyo y aquellos otros tan recios y realistas de la Biblia. Valdés tacha á Juan de Mena de latinizante desaforado en vocablos y estilo: "Dan todos comúnmente la palma á Juan de Mena, y á mi parecer... yo no se la daría, cuanto al decir propiamente, ni cuanto al usar propios y naturales vocablos, porque, si no me engaño, se descuidó en esta parte mucho, á lo menos en aquellas sus Trecientas, donde, queriendo mostrarse doto, escribió tan escuro, que no es entendido, y puso ciertos vocablos... que por muy latinos no se dejan entender á todos, como son: Rostro yocundo, fondon del polo segundo y ciñe toda la esfera, que todo esto pone en una copla, que todo, á mi ver, es más escribir mal latín que buen castellano". Otro tanto dice de La Celestina. La demasía en la afición al clasicismo puede verse en El Escolástico, de Villalón. Lo que maravilla es que la lengua castellana, llevada y traída por cien naciones de Europa y América, mezclándose en los tinelos de Italia como en los albergues de Flandes, en las mazmorras de Argel como en los bodegones tudescos, con todo linaje de hablas, chapurreada en Roma y Amberes, en París y Nápoles, destrozada por americanos cobrizos y negros africanos, campease tan limpia y castiza entre nuestros escritores y entre nuestros soldados, en labios de galeotes y trajineros, sin enturbiarse con tanto aluvión de lenguas como pasaban sobre ella por todos los rincones del mundo. Débese, sin duda, á la pujanza señoreadora del espíritu español en aquel siglo, á la robustez de la raza, que así como no se deja inficionar del descreimiento pagano de Italia, de la herejía de Alemania ni del mahometismo africano, así tampoco permite que su habla se mancille ni empañe: antes sacando del fondo popular nuevos aceros, se acrisola y nacionaliza, se enriquece y se arrea, se ennoblece y doblega, lo mismo para expresar las más altas elucubraciones platónicas de Grecia y místicas del Cristianismo, como las más rastreras y rufianescas de pícaros, jaques y hembras del partido. Tan verdad es que el idioma en cada siglo y nación pone de manifiesto la entereza ó decaimiento del pueblo que lo habla, espejándose en él su espíritu y cualidades más clara y transparentemente que en los libros de historia y aun en las obras de arte y de literatura. La misma pujanza de la raza se echa de ver en la fonética del castellano, que durante aquel siglo se mudó, abandonando algunos sonidos muelles y delicados y tomando otros tan recios y briosos, que frisan en broncos y desapacibles. Pero esta mudanza no acabó de hacerse hasta fines de siglo.