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Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe cover

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

Chapter 38: XVI.
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About This Book

Un poeta andalusí reúne una leyenda ambientada en un valle del Hedjaz, donde un caudillo vencido busca retiro y penitencia en una gruta y allí se enfrenta a visiones y encuentros sobrenaturales. Dos huríes aparecen para revelar amores predestinados y largos designios temporales, mientras la narración despliega una cadena de aventuras encantadas, pruebas de valor y episodios de amor, pérdida y redención. La fábula entreteje lo humano y lo mágico, evocando pueblos y tiempos desaparecidos mediante imágenes poéticas y motivos tradicionales del imaginario árabe.

XII.

En efecto, levantóse el tapiz que cubria la puerta del retrete y apareció en el umbral el judío Absalon.

Al ver á la jóven junto al ajimez, libre de la cadena que la sujetaba al divan, la palidez de la muerte cubrió su semblante, y sus carnes se estremecieron de terror, que se hizo más y más perceptible á medida que Betsabé se aproximaba á él; quiso huir, pero un ademan imperioso de ella le contuvo á su pesar.

Los ojos de aquella incomprensible mujer, fijos sobre el judío, tenian una extraña expresion; su entrecejo estaba fruncido y la sonrisa de sus labios era cruel; Absalon tenia fija su mirada en la alfombra, su cabeza notablemente inclinada y sus brazos cruzados sobre el pecho. Su agitacion era cada vez más sensible y todo en él indicaba miedo y humildad.

—¿Desde cuándo, dijo al fin Betsabé, el buitre se humilla ante la alondra? ¿Por qué tiemblas, mi señor? ¿acaso no soy tu esclava?

La voz de Betsabé era opaca; sus palabras acentuadas penetraban una á una en el corazon del judío.

—¡Perdon! dijo con voz trémula arrastrándose á los piés de la jóven..... no he sido yo..... yo no he hecho más que obedecer á un poder superior.

—¡Vil verdugo de mujeres! exclamó Betsabé en un acento concentrado, ¡miserable mercader de sangre humana! ¡átomo ruin que piensas dominar los decretos del destino! ¡arrástrate, arrástrate á mis piés!

—¡Perdon! murmuró con voz sofocada el judío.

—¡Perdon! Tanto valiera que pretendieras ablandar con tu llanto de cocodrilo la piedra negra que Dios envió á Abraham con el arcángel Gabriel. ¡Oh! ¡yo tambien me he arrastrado ante tí pidiéndote compasion; tambien yo he bañado con lágrimas tus piés, y has sido tan inflexible como yo ahora que besas la orla de mi túnica! ¿Sábes tú, miserable, los raudales de odio que llena el corazon de un prisionero para su verdugo? ¿Sábes tú lo que es pasar las noches sin sueño, esperando siempre que aparezca el dia de la libertad y de la venganza?

Las manos de Betsabé jugaban entre tanto con la sortija de esmeralda de Salomon; el judío miraba fascinado el terrible talisman.

—¡Qué dulce es, Absalon, continuó ella, derramar gota á gota nuestro odio sobre la cabeza que nos lo ha inspirado! Se derrama lentamente como se ha adquirido; se goza en la agonía del terror del que nos ha aterrado: ¡oh! ¡por el Dios de Abraham y de Ismael! suplica á ese poder superior á quien obedeces. ¡Miserable poder! ¿qué mal habia hecho yo para que así me sepultárais en las desventuras y en la desesperacion?

Absalon unió su rostro al pavimento.

—Sí; era hermosa, y él era repugnante; me amaba y yo le aborrecia; vengóse de mi desden y me entregó en tus manos: pues bien, el destino te ha puesto en las mias; desde hoy probarás lo que es vivir en la soledad y en las tinieblas; sentir un alma divina en un cuerpo monstruoso; tener el corazon lleno de lágrimas, y devorarlas sin que nadie las vea correr ni las enjugue.

—Pero tú serás generosa, Betsabé, exclamó el judío; si me he visto obligado á retenerte cautiva, en cambio ¿no has sido servida como una reina? ¿no te he rodeado de todo cuanto puede ser grato á una mujer? Perfumes, flores, pájaros, alfombras, han venido para tí de las tres partes del mundo. Cuanto una sultana puede pedir á su capricho lo has tenido. Cuanto hay de espléndido y deslumbrador te ha rodeado; y si hubiera podido, hubiera arrancado de tu horóscopo el signo fatal que cubre tu nombre en el libro del destino.

Betsabé meditó un momento; el judío dió cabida á una débil esperanza.

—¡Oh! es verdad, observó Betsabé, nada de cuanto grande y hermoso sueñe el capricho de una mujer, ha estado léjos de mí; has embellecido mi cárcel, como se embellece la jaula de un pájaro de rico plumaje para venderle mejor; mis cadenas eran de oro, ¡pero siempre cadenas! Sin embargo, sólo á un precio puedes comprar mi compasion.

—Pide, dijo anhelante Absalon.

—¿Sábes que puedo sepultarte en el abismo, sólo con quererlo?

—Sí, contestó trémulo el judío.

—¿Sábes que puedo condenarte á un hambre y un frio eternos?

—Sí, añadió aterrado el miserable.

—¿Que puedo reducirte á polvo como á esta porcelana?

Y Betsabé arrojó furiosa al suelo un magnífico jarron en cuyo pedestal se apoyaba.

—¡Perdon! gritó el judío pálido de espanto.

—Tú, sábio hebreo, prosiguió Betsabé, conoces la virtud de las yerbas; tienes filtros para enloquecer y para matar, tósigos que hielan la sangre sin que quede vestigio en la víctima; que abrasan el corazon y hacen saltar los ojos de sus órbitas; brebajes dorados y trasparentes como el vino, fragantes como la mirra y el aloe, dulces como el maná que Dios arrojó en el desierto sobre tu pueblo. Siempre llevas contigo algun pomo que encierra la muerte, y yo le quiero.

Absalon fijó en la jóven una mirada en que se retrataba la irresolucion.

—Si me das ese filtro, continuó Betsabé, en vez de convertirte en un reptil hediondo, en vez de entregar tu corazon á un fuego sin fin y tu alma á una agonía lenta y sin esperanza.....

El judío hundió la mano entre los pliegues de su hopalanda, y mostró á Betsabé un pomo de oro.

—Te condenaré al mismo suplicio que me has hecho sufrir, continuó Betsabé, arrancando el pomo de las manos del israelita. ¡Absalon! añadió tocándole con la esmeralda cabalística; ve á ocupar el sitio que yo he ocupado siete años; aprisiónete la cadena que me ha aprisionado; sírvante los esclavos que me han servido, y permanece así hasta que mi poder te haga libre.

Absalon se dirigió vacilante al divan y cayó sobre él aletargado, mientras Betsabé desprendia un tapiz de Persia pendiente del techo, que ocultó tras sus pliegues al divan y al judío.

XIII.

—¡Quién se opondrá ahora á nuestro amor! dijo Betsabé ocultando el pomo en su seno y rodeando sus brazos al cuello de Juzef; ven, amado mio, esposo mio. Te llevaré á mi alcázar, y te daré un arnés duro como el diamante y un caballo hijo del aire. Tú serás hoy el mejor caballero de Granada; los más fuertes caerán en el polvo al tocarlos tú, y las más hermosas quedarán cautivas en tu amor, que yo sola gozaré. ¡Qué hermoso dia va á ser este que ya alumbra el alba, y qué resplandeciente el sol que la sigue! Tú serás el rey entre ellos; yo la sultana entre ellas.

Y extasiada, delirante, abarcaba entre sus manos la cabeza de Juzef, y le bañaba en una mirada saturada de amor.

De repente la sangre subió á sus mejillas, apartóse bruscamente del príncipe, y envolviéndose en su velo, exclamó:

—¡No estamos solos!

XVI.

Y en efecto, el tapiz que cubria la puerta del retrete se alzó á impulsos de una mano indiscreta, y uno tras otro entraron tres hombres, cubiertos de hierro de los piés á la cabeza.

Eran los tres walíes.

Adelantábase Abu-Abdalá el de Málaga, abarcando con una mirada sombría el ancho retrete; llevaba plegado atrás el alquicel y su mano izquierda se apoyaba en la empuñadura de su espada. Tras él Abu-Yshac, dejaba entrever sobre el embozo de su alquicel su mirada de raposo, y Abu-Hassan, á guisa de guarda, apareció inmóvil en el cancel de la puerta. Betsabé, cubierta enteramente con el velo, blanca é inmóvil como una piedra, se veia en el centro del retrete tras Juzef, que esperaba severo á Abu-Abdalá.

—¡Por la Kaaba! dijo este en acento sombrío; ¿crees mancebo, que el hijo de mi madre no tiene más ocupacion que guardar tus amores con esa ramera?

Betsabé permaneció inmóvil. Juzef se tornó lívido y acortó la distancia que le separaba de Abu-Abdalá.

—¡De rodillas, esclavo!, gritó con voz que la cólera hacia convulsiva.

—¡De rodillas! rugió Abu-Abdalá echando mano á la empuñadura de su espada. ¡De rodillas! ¿y ante quién?

—Ante vuestro señor, contestó Betsabé adelantando un paso y echando el velo á su espalda.

Sea que un poder misterioso la rodease, sea que su radiante hermosura deslumbrase á los walíes, Abu-Abdalá retrocedió, Abu-Yshac dejó caer el embozo de su alquicel, y Abu-Hassan abrió los ojos de una manera extraordinaria.

Juzef les contemplaba pintada en su semblante la ira, y blandiendo el venablo, como el toro que moja la arena y la arroja á sus ijares, mientras mide el sitio donde ha de herir.

Betsabé adelantó aún más, hasta ponerse entre el príncipe y los walíes; la luz de una lámpara cercana, venciendo la todavía débil claridad del alba, que penetraba por el ajimez, inundaba con un pálido resplandor su frente erguida en un ademan de soberbia amenaza; un frio desden aparecia en la expresion de su boca entreabierta, y su mirada severa y fija se posaba poderosa en los walíes.

—Sois necios, imprudentes y atrevidos, dijo lentamente Betsabé marcando cada una de sus palabras; quereis vengar un ultraje, y en vez de procuraros una fuerte alianza, la haceis imposible dando oídos á vuestro insensato orgullo y mordiendo la mano que os puede proteger, manchais la sola bandera que debe flotar entre vosotros el dia del combate. Idos. Devorad vuestra rabia. Los Zegríes son mejores que vosotros, puesto que saben conquistar los favores de un rey; los Zenetes no se trocarian por los que tienen en la lengua el veneno de la serpiente, la envidia en el corazon y la espada mohosa y adherida á la vaina. ¡Idos!

XV.

Ninguno de los tres walíes retrocedió ante el despreciativo mandato de Betsabé; la contemplaban fascinados; casi no habian oído sus palabras.

—¡Idos! repitió con más fuerza la jóven.

—No, por el Coran, dijo Abu-Abdalá, en cuyos ojos se mostraba el fuego de un entusiasmo salvaje; no saldrémos de aquí sin haber aplacado tu enojo, sultana, sin que hayas dirigido á tus siervos una mirada de paz. No, tú no eres la ramera esclava del judío; tú eres una hurí que Dios nos envia para alentarnos en nuestra empresa. Las palabras de tu boca fortalecen el corazon; la mirada de tus ojos es un raudal de delicias que arrastra al alma consigo.

Cada frase de admiracion del africano, hacia aparecer más y más sombrío el semblante del príncipe; Betsabé permaneció impasible.

—¿Cuántas lanzas has traido contigo Abu-Yshac? dijo al fin tras un momento de silencio la jóven.

—Quinientas, contestó el walí.

—¿Y tú? añadió Betsabé dirigiéndose á Abu-Hassan.

—En la falda de la sierra Elvira, me esperan trescientas.

—Y yo puedo hacer que hoy cuando el sol medie su carrera lleguen mis gentes á Granada, añadió Abu-Abdalá.

—Pues bien, tú Abu-Yshac, serás el caudillo de esta empresa. Hoy á la hora de adohar, tu gente dividida en tres tercios, entrará en Granada por las puertas de Bib-Lachar, de Bib-Ataubin y de Bib-Al-bolut. Mi señor es el vuestro, añadió la jóven señalando al príncipe, pero ni una voz por él, ni una mirada, ni una señal de inteligencia. ¡Idos! En la joyería de Absalon hallareis un tesoro. Tomadlo y haced con él la guerra. En sus caballerizas hay tres caballos; cabalgad en ellos, y asistid á las fiestas encubiertos.

—¿Y quién hará que nuestras gentes lleguen á la hora convenida, si nosotros asistimos á las fiestas? observó Abu-Yshac.

Betsabé le llevó á la ventana y le mostró los esclavos que esperaban.

—Maksan y los suyos, dijo entonces la jóven contestando á la pregunta del walí.

—¿Y serán fieles?

—Como el puñal á la mano. Idos.

Los tres walíes salieron por donde habian entrado. Betsabé asió al príncipe, y se perdió con él á través de una puerta cubierta por un tapiz.

El retrete quedó solitario y silencioso. Sólo de vez en cuando se escuchaban profundos gemidos en el divan donde Betsabé habia arrojado á Absalon.