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Historia de una parisiense

Chapter 13: IX
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About This Book

The narrative follows a young Parisian woman carefully educated by a devoted mother who seeks to secure for her a marriage that combines moral worth and social distinction. As salons and family connections bring several admirers — a wealthy baron with an impressive dowry offer, a graceful count, and discreet acquaintances whose intimacies complicate appearances — the plot traces courtship, social maneuvering, and maternal anxieties. Through episodes of gossip, inquiries, and formal alliances the work examines tensions between outward splendor and inward virtue, the pressures of matchmaking, and the costs of equating marital success with financial and social advantage.

En virtud del proverbio persa: «No te prodigues y te amarán», las visitas del conde de Lerne eran en general consideradas por las damas como pequeñas fiestas por aquéllas que eran favorecidas. La gracia de su persona, su talento, sus habilidades, y aun el tinte un poco vivo de sus costumbres, hacíanlo un personaje particularmente interesante. Fue, pues, para la señora de Maurescamp una verdadera contrariedad que en su primera visita hallase en su casa tan poco atractivo, y sobre todo, que se encontrase con Monthélin instalado bajo un pie de intimidad casi comprometedor.

Sin darse cuenta de cómo podría explicarse con el señor de Lerne sobre un asunto tan delicado, esperó, sin embargo, impaciente el miércoles siguiente, esperando encontrarle en la recepción de su madre. Pero al llegar a casa de la condesa tuvo el desagrado de saber que Jacobo tenía un fuerte dolor de cabeza que le retenía en la cama. Con razón o sin ella, creyó ver en esta circunstancia un acto de desdén, o cuando menos de mal humor para con ella. El aprecio de aquel joven de una vida tan poco ejemplar había llegado a serle repentinamente tan necesario, que la idea de dejarle por un tiempo indeterminado bajo una mala impresión, le era insoportable. En circunstancias excepcionales era mujer de resolución; reunió todo su valor, y tomando aparte a la condesa, le dijo:

—Pues bien, querida señora, creo que verdaderamente, he desesperado demasiado pronto de poder convencer a vuestro hijo... Anteayer vino a mi casa, y como no es muy visitador, creo que tenía algo serio que decirme... que quería hablarme del gran asunto del matrimonio. Desgraciadamente, yo no estaba sola... Lo siento mucho, sobre todo, si un buen pensamiento le hubiese llevado.

—Nada más probable, hija mía, pero, gracias a Dios, eso no es irreparable, si queréis, ¿cuándo podrá encontraros, si llega a desear visitaros nuevamente?

—Si llega a desearlo...—replicó la señora de Maurescamp arrugando su frente en signo de reflexionar...—Pues bien, veamos... mañana a la tarde... después de comer... Justamente... mañana a la tarde no salgo...

—Yo lo informaré, y estad segura de que os adora.

La señora de Maurescamp pasó la mañana del día siguiente arrepentida amargamente del paso que había dado; su alma delicada y solitaria le reprochaba su avance. Si el señor de Lerne no venía, ¡qué mortificación! Si venía, ¿no tendría derecho para creer en una cita? ¿No llegaría a figurarse que la cuestión del casamiento no era más que un pretexto para encubrir una provocación audaz?

La tarde llegó; después de comer, el señor de Maurescamp jugaba un rato con su hijo Roberto en el pequeño salón botón de oro, de su mujer, y en seguida iba, como era su costumbre, a fumar un cigarro al boulevard.

Juana continuó ejecutando febrilmente en el piano, una serie de valses y mazurcas, mientras que su hijo, vestido de blanco y con cinturón punzó, daba saltos con su aya inglesa y Toby. Oyendo abrir la puerta, dejó repentinamente de tocar; era un sirviente.

—¿Recibe la señora condesa?

—Sí, ¿quién está ahí?

—El señor conde de Lerne, señora.

—Hacedle entrar.

Alzó a su hijo y le dio un beso, en seguida, sentose gravemente en un sillón teniéndolo en sus brazos como las madonas tienen a su bambino.

Jacobo de Lerne, al entrar, contempló aquel cuadro de santidad, que hubiera podido hacerle creer, al menos así se lo figuraba Juana, que las circunstancias eran más serias e importantes que lo que podría haberse imaginado. Sin embargo, pareció que no se había sorprendido, ni mostrose contrariado; púsose a acariciar a Roberto, cual si no lo hubiese llevado otro objeto. Después de algunos minutos, la señora de Maurescamp tomó el partido de mandarlo a acostar, puesto que no servía para otra cosa.

El niño acababa de salir, cuando una fuerte ráfaga de viento sacudió las persianas del salón.

—¡Ah! ¡Dios mío!—exclamó Juana—, ¿oís? es una verdadera tempestad y nieva también, ¿verdad?

—¡Nieva mucho!—dijo Lerne—. Es muy agradable estar al lado de vuestro fuego, con un tiempo semejante...

—Cuando os digo—replicó Juana riendo—que sois un hombre casero.

—¡Ah! ¡en eso estamos! Pero, señora, decidme al fin, ¿por qué deseáis tanto que me case? Tan, original idea no, puede ser vuestra... Si he comprendido bien el otro día, es mi madre quien os la ha sugerido.

—Sí, ciertamente.

—¡Ah!—dijo—, es mi madre.

Quedose pensativo, después de un instante:

—Siento—añadió—no poder hacer lo que mi madre y vos deseáis, pues ya lo he dicho, no quiero casarme.

—¿Porque no hay en el mundo ninguna mujer digna de vos? Ya es sabido.

—¡Por Dios, señora, permitidme explicaros...! Vos sabéis que en materia de religión las gentes que menos la practican son las más exigentes y más austeras. Con nada están satisfechas. Yo, os dicen ellas, si yo creyese, ya lo veríais... haría esto y lo otro... en fin, la perfección... Pues bien, yo soy lo mismo en materia de casamiento... Lo comprendo de tal manera, que creo que nadie es capaz de comprenderlo como yo... Esta es la razón por que no me caso.

—¿Cómo lo comprendéis? Veamos—dijo la joven en un tono de una ligera ironía.

—Os reiríais de mí, si os lo dijese.

—Creo que no. Ensayad.

—Pues bien, señora, el matrimonio es para mí el amor por excelencia... Puede ser que el amor en el matrimonio sea un sueño, pero es el mejor de los sueños, y si alguna vez se realiza, aunque sea a medias, no debe haber en el mundo nada más agradable y elevado. Es el único que merezca verdaderamente el nombre de amor, porque es el único también al que la idea religiosa le da algo de eterno... El divorcio, de que se habla tanto este año, me desagrada por eso... Porque le quita al matrimonio el sentimiento de lo infinito... Ese sentimiento puede ser una traba para las almas vulgares o para los mal casados. Pero imaginaos dos seres que se han elegido antes de unirse, que se conocen bien, que se estiman, en fin, que se aman, y pensad cuánto debe añadir a su felicidad la certidumbre de su duración sin fin. Es un camino encantado el que siguen aquellos dos seres. Viendo con arrobamiento que se pierde en los horizontes sin límites donde el cielo se confunde con la tierra... ¿Os fastidio, señora?

—No—dijo Juana.

—Pues bien—añadió el señor de Lerne—, no me imagino una existencia más completa que la de esos viajeros, que son al mismo tiempo dos amigos. Su ser es doble. Todos sus sentimientos son más vivos, sus alegrías mayores; sus penas disminuyen. Si son inteligentes, como supongo, llegarán a serlo más. Si son honestos, serán mejores. Por su íntimo contacto, por el cambio continuo, por la tierna emulación y el deseo mutuo de no desmerecer uno de otro. En estos tiempos de perturbaciones por que pasamos, habría soñado más que nunca en una unión de una intimidad sin igual entre dos seres igualmente generosos y delicados, apoyándose y fortificándose el uno al otro, para conservar a la vez el corazón elevado y los gustos puros... Para mantenerse fieles a sus antepasados, en cuanto al honor y a los viejos maestros, en cuanto al arte y poesía. Para admirar juntos lo que es eternamente bello y despreciar lo que no lo es, para refugiarse en las alturas como en un arca y hablar allí de todo lo que conmueve el corazón o el pensamiento de esta hora de los siglos, ¿Qué más os diré?... para poner en común su creencia... o sus dudas. Para pensar alguna vez juntos en Dios, creer, buscarlo y llorarlo... ¡Ya veis, señora, que todo esto es puramente locura!

La actitud de Juana, mientras escuchaba al señor de Lerne, era encantadora; un poco inclinada hacia adelante, mirábale con sus grandes ojos admirados, cual si viese surgir ante ella una fuente de delicias, y sus labios se entreabrían como para beber en ella.

Guando hubo cesado de hablar, vio a la joven secar furtivamente una lágrima que corría por sus mejillas. Turbado él mismo, por un movimiento irreflexivo de simpática atracción, le tendió la mano.

Juana retiró suavemente la suya tomando un aire circunspecto.

—Perdón—dijo el joven—, creía que éramos amigos.

—Todavía no—articuló ella.

—¿No tenéis confianza? ¿Parezco yo un hombre que os hace la corte?

—Cada uno tiene su modo de hacerla—dijo ella con imperceptible sonrisa.

—Confesad que la mía sería singular.

Púsose a jugar con mano febril con algunos objetos que había sobre la mesa; sus ojos se detuvieron en una fotografía del pequeño Roberto; tomola y contemplola atentamente.

—Es lindo mi hijo, ¿no es verdad?

—¡Precioso! ¿Por qué lo tomasteis en vuestros brazos cuando yo entré?

—No sé, por casualidad.

—No, no fue el acaso... Queríaisme decir con ello: Si vienes como amigo, enhorabuena; si vienes como enamorado, he aquí mi respuesta.

—Es verdad... ¿No os parece buena?

—Ninguna otra puede ser mejor—replicó Jacobo cuya voz temblaba un poco—; y si algo me admira—prosiguió con extraña animación—, es que las mujeres, en el momento de caer, no las detenga con más frecuencia el recuerdo de sus hijos... ¿Creen ellas que no llegará un día en que sus hijos sepan por las habladurías de la gente, su conducta ligera o culpable? Y el hombre que no respeta a su madre, ¿qué queréis que respete en el mundo? Faltándole el respeto a su madre, todo le falta, todo se desmorona... Ya no existe para él el mundo moral... Desde que no tiene fe en su madre, no la tiene en nada. Su vida es un desencanto eterno, y si las mujeres pudiesen ver lo que pasa en el corazón de un hijo desgraciado, en el momento que llega a saber... a sospechar de su madre...

El señor de Lerne se detuvo oprimido por un sollozo.

Hizo el movimiento desesperado de un hombre que no puede contener sus impresiones, volvió la cabeza y cubrió sus ojos con sus manos.

Juana, como todo el mundo, había oído hablar de la juventud demasiado ligera de la condesa de Lerne; y comprendió.

Hubo un momento de penoso silencio. La señora de Maurescamp dejó violentamente su sillón y avanzando dos pasos tendió la mano al joven.

Jacobo se levantó de su asiento, sus ojos se encontraron, estrechó con fuerza la mano que se le tendía, saludó y salió.

Aquella brusca partida dejó inmóvil por un instante a la señora de Maurescamp; dio algunos pasos inciertos por el salón, y en seguida dejose caer en un confidente, entregada a la más profunda meditación, sosteniendo con la mano su cabeza y enjugando a intervalos las lágrimas que caían lentamente de sus ojos. ¿Por qué lloraba? En la turbación en que aquella escena la había dejado, no se daba cuenta ella misma de sus lágrimas.

El sonido del timbre en el vestíbulo hízola repentinamente contraer sus cejas; algunos momentos después la puerta se abrió para dar paso al señor de Monthélin.

—He sabido por el señor de Maurescamp que no salíais hoy y me he atrevido...

—Sois muy amable... Acercaos al fuego, pues.

Una mirada había bastado al señor de Monthélin para conocer que Juana había llorado. No era la primera vez que sorprendía un síntoma igual, en una mujer abandonada de su marido, y tenía por costumbre, no sin razón, augurar de ahí, favorablemente respecto a sus pretensiones.

Justamente en esos momentos, el señor de Maurescamp, desertando del cuerpo coreográfico, hacía ostentación de sus relaciones con una amazona americana, Diana Grey, cuya aparición en el circo de Invierno había sido uno de los acontecimientos de la estación. Desde algunos días se la veía conducir alrededor del lago un par de caballos negros, cuya procedencia nadie ignoraba. El señor de Monthélin creyó, pues, que aquella circunstancia debía tener alguna relación secreta con el estado de tristeza en que veía a la señora de Maurescamp.

El sobrenombre grotesco con que Jacobo de Lerne había gratificado al señor de Monthélin puede hacer creer al lector que este personaje tenía algo de ridículo, pero nada menos que eso. Era, en efecto, un seductor muy serio y muy peligroso. Tenía para con las damas el prestigio singular de los hombres de buena fortuna; y parecíale menos vergonzoso el ser seducida por él que por algún otro. Era bien formado, alto y valiente, y sin tener lo que se llama talento, poseía, a fuerza de aplicación y gusto por su oficio, una habilidad temible para adivinar las ocasiones y aprovecharse de ellas. Sabía mejor que nadie, que hay en la vida de las mujeres esas horas de enervación y de presión moral, horas, por decirlo así, sin defensa, de las que un hombre de penetración y atrevido sabe sacar terribles ventajas. Es así como se explica que mujeres distinguidas lleguen a ser algunas veces presa de la más vulgar de las galanterías.

El señor de Monthélin, que en su estrategia alrededor de la señora de Maurescamp, esperaba hacía mucho tiempo esa hora fatal con una paciencia y asiduidad felinas, juzgó que había llegado al fin. Después de algunos instantes de conversación banal, a la cual Juana prestaba una atención distraída y lánguida, acercó su silla al confidente donde estaba recostada y,

—Apenas me escucháis—dijo—. ¿Qué tenéis?

—Nada.

—¿Habéis llorado?

—Puede ser.

—¿No soy vuestro viejo amigo, para recibir la confidencia de vuestras penas?

—Yo no tengo penas... No sé lo que tengo...

Tomole con firmeza las dos manos acercándose más y mirándola fijamente.

—¡Pobre hija mía!—dijo a media voz—, ¡si supieseis cuánto os amo!

Al mismo tiempo sintió Juana que el brazo de Monthélin rodeaba su cintura. Despertose como de un sueño, levantose y rechazándole violentamente exclamó:

—¡Ah, mi pobre señor! Si supieseis qué mal momento habéis elegido.

No había como equivocarse sobre el acento de su voz y la expresión de su semblante, el sentimiento que la animaba era claramente el del desdén más frío e implacable. El señor de Monthélin debió convencerse de que aquella ocasión habíala olfateado mal. Sólo le quedaba hacer una retirada honrosa.

—Creo—dijo—que el señor de Lerne sale de aquí... Vamos ¡él se venga, es en buena guerra!

—Tomó su sombrero, se inclinó profundamente y ganó la puerta.

Juana, al quedarse sola, comprendió por primera vez, el peligro real y odioso que había corrido casi inconscientemente. Diose cuenta de que en pocos días, tal vez en algunas horas, por desalientos, por indolencia, habría llegado a ser, sin amor, sin amistad, sin excusa, la víctima inerte y estúpida de aquel cobarde libertino. Comprendió cuan cerca se había hallado del borde de aquel abismo y lo lejos que de él se hallaba en aquel momento. Díjose que las lágrimas que había derramado eran lágrimas de felicidad; y como transportada de alegría, echando hacia atrás con sus dos manos su abundante cabellera, murmuró:

—¡Estoy salvada!

VII

Es inútil decir a nuestros lectores, y sobre todo a nuestras lectoras, que desde aquella tarde, y sin más explicaciones, se estableció una amistad regular y de las más estrechas, entre Juana de Maurescamp y Jacobo de Lerne.

Juana entró desde entonces en una nueva faz de su vida, llena de delicias. Sentíase renacer; volvía a tener ilusiones, creencias, y esos impulsos entusiastas que habían encantado su juventud; recobraba sus alas. Veía realizado su sueño en aquel sentimiento que la ligaba para siempre al señor de Lerne. Sus almas habíanse tocado en un momento dado, en puntos tan sensibles y delicados, que habían quedado como imantadas. No tardaron en convencerse ambos de que sólo vivían en aquellos momentos en que se hallaban juntos. Comprendíalo ella en la radiante expresión de Jacobo, así que la veía, en la tierna expresión de su voz, en la presión suave y respetuosa de su mano. Veía su empeño en encontrarse con ella siempre que podía, sin comprometerla, y estábale reconocida, tanto por sus demostraciones como por sus escrúpulos. Notaba que sus gustos habían cambiado y que se había hecho mundano para complacerla, más que todo, por su lenguaje y maneras reservadas para con ella. Jamás una palabra de galantería, pero sí una confianza absoluta y la deferencia lisonjera de elevar la conversación cuando se dirigía a ella, demostrándole de ese modo tan galante, sin decirle una palabra, que con ella no podía hablarse vulgaridades como a las demás, porque estaba mucho más arriba de todos y de todas.

Un día supo que había roto sus relaciones con Lucy Marry. Tal noticia, la encantó y la alarmó al mismo tiempo. Aquel sacrificio, hecho en honor suyo, ¿no la comprometería demasiado? Reprochose tomarle toda su vida, cuando ella no podía consagrarle la suya. Para tranquilizar su conciencia, resolvió heroicamente volver a impulsarle al matrimonio, empleando toda su elocuencia. Recordole en consecuencia, que su misión era casarle, que eso para ella era una cuestión de honor.

—Por otra parte—añadió—, cierta tarde me habéis expuesto unas teorías sobre el matrimonio, que me parecen muy edificantes; sería lástima que tan bello programa no se convirtiese en realidad, alguna vez siquiera en la vida.

—¿Pero no veis que trato de realizarlo con vos?

Ruborizose la joven mirándole con cierta timidez.

—Supongo que no temeréis nada, tengo a vuestro hijo entre los dos. Aunque no lo quisiera, no podría ser sino vuestro amigo, lo demás sería deshonrarme ridículamente a vuestros ojos y a los míos. Sería un verdadero tartufo... ya veis que es imposible...

—¡Gracias a Dios! Pero paréceme a mí imposible que la amistad pueda únicamente llenar la vida de un hombre. Considerome cruelmente egoísta en usurpar vuestra existencia por tan poco.

—Señora—contestó alegremente Jacobo—, no os aflijáis por eso; os aseguro que no soy digno de lástima. Tengo algo de místico, y en otros tiempos hubiera hecho como algunos jóvenes, que a consecuencia de ciertas tempestades de la vida, se encerraban en un claustro o en las Tebaidas del Port-Royal. Y por cierto que ellos no encontraban una amiga como vos. Os lo digo, seriamente, vos sois para mí, mi refugio y mi salvación. Hay todavía en mí un desborde de vida, del que he podido tomar mi parte, pero al fin, estoy saciado... Saciado hasta el extremo. Sentíame como sumergido en el fango... En una palabra, ansío un ideal elevado y aun austero, y lo encuentro en el sentimiento que experimento por vos; y este sentimiento, que es el amor, mucho me lo temo, es también una religión. Pero podéis estar tranquila, y sobre todo... sed feliz. Amadme un poco y no hablemos más de esto. Voy a leeros una página de vuestro querido Tennyson, el más casto de los poetas. No puede venir más al caso.

Otra noche, algunos meses después, era ella quien tranquilizaba al joven. Debía ella partir a la mañana siguiente con su madre y su hijo para Dieppe, donde iba a pasar algunos días. El señor de Lerne había ido a despedirse. Aunque la separación debía ser corta, no le fue dado dejar de sentirse emocionada y sin fuerzas. Temiendo manifestar demasiado sentimiento, llevó la reserva hasta mostrarse fría. Admirado de su actitud concentrada y algo burlona, el señor de Lerne púsose también silencioso y disgustado. Cuando se dieron la mano para despedirse, notó Juana en su mirada una singular expresión de inquietud y desconfianza.

—Apuesto—dijo la joven sonriendose—que adivino vuestro pensamiento.

—Veamos.

—Os preguntáis si no voy yo a decir a mi turno como aquella dama: «¡Adiós, imbécil!»

—Es cierto... y en verdad que tendríais razón para hacerlo, pero somos un par de locos.

—¡Ah! ¡Desgraciado! no digáis eso... no lo penséis siquiera... ¡Os estoy tan agradecida, por el contrario! ¡Os debo tanto, amigo mío!... Mirad, os voy a decir una cosa que os sorprenderá mucho... según creo, pero en fin, voy a decírosla... pues bien, vos me habéis salvado. ¡Sin vos, estaba perdida!... Ahora podéis estar seguro de que no deseo perderme con vos... ¡Ah, amigo mío, caeríamos de tan alto! Pensadlo bien... Seríamos mil veces más culpables que otros, nos envileceríamos... ¿No es verdad? Quedémonos, pues, donde estamos... Os amaré más, os estimaré, os bendeciré, amigo mío, desde el fondo de mi alma, y, ahora, adiós, querido imbécil. Escribidme.

Era así como se fortalecían mutuamente cuando se sentían débiles.

Empeñada en dar a sus relaciones un carácter cada vez más serio y elevado, la digna joven habíale pedido a Jacobo que le trazase un plan de estudios y lecturas. Decía que aquello era para que él no se aburriese demasiado a su lado. Jacobo pasó el tiempo de su ausencia ocupado en formarle una biblioteca en que los escritores del siglo XVII tenían una colocación especial, entre las obras de crítica moderna, y las numerosas colecciones de Memorias históricas. Esto fue el asunto de su correspondencia durante la permanencia de Juana en Dieppe. A su vuelta, consagrose a su biblioteca con ardor, y desde entonces hubo un lazo más entre ellos, el del discípulo con el maestro, porque el señor de Lerne, que era instruido y letrado, era para la joven un guía y un comentador, del mismo género. Desde entonces, sus conversaciones, sus admiraciones simpáticas, y aun sus discusiones sobre literatura o historia, añadieron mayor interés a su tierna intimidad.

VIII

Ese género de amistades reparadoras, que son el sueño de tantas mujeres mal casadas, o cuando menos de las mejor casadas, necesitan indudablemente para conservarse puras, de caracteres excepcionales, y también de ciertas circunstancias como las que habían ligado a Juana de Maurescamp con el señor de Lerne. Pero en fin, esos amores heroicos no carecen de ejemplos en el mundo, aunque el mundo no crea en ellos. El mundo no gusta de estos méritos que traspasan los límites comunes, que son los suyos. A más, los amores inocentes, son los que menos se ocultan; desdeñando la hipocresía, dan margen más fácilmente a la maledicencia. Nadie extrañará, pues, que la gente juzgase con su escepticismo e indelicadeza acostumbrada, las relaciones de una naturaleza tan pura como las que se habían establecido entre aquellos jóvenes.

El hombre menos capaz de comprender un afecto de esa especie, era ciertamente el barón de Maurescamp. Aunque fuese muy celoso, más por amor propio que por su amor a Juana, nunca se había ocupado de desconfiar de su amigo Monthélin, quien, sin embargo, tan cerca se había hallado de comprometer su honor, pero en cambio, con el tacto habitual de su cofradía, no dejó de abrir desmesuradamente los ojos, ante la intimidad irreprochable de su mujer con Jacobo de Lerne. Detestaba por instinto al joven, quien le era superior en todo sentido; muchas veces había sido su rival en las regiones del mundo galante, donde la distinción de la inteligencia y la elevación de los sentimientos conservan siempre su prestigio. Pareciole demasiado duro al señor de Maurescamp el tenerle por rival hasta en su interior conyugal, y hay que convenir en que si él no hubiese sido el menos recto y el más culpable de los maridos, su susceptibilidad en aquella ocasión habría sido de las más disculpables.

Juana habíase apercibido más de una vez del mal humor con que su marido soportaba las asiduidades del señor de Lerne, pero fuerte en su conciencia, habíase preocupado poco de ello. Sin embargo, durante su permanencia en Dieppe, varias veces intentó mostrarle las cartas que recibía de Jacobo, a fin de tranquilizarlo respecto al carácter amistoso de sus relaciones. Para convencerlo mejor, ingeniose tan bien varias veces para hacerlo permanecer en el salón entre ella y Jacobo, tratando de alejar de sus relaciones hasta la sombra de un misterio. Pero todos sus afanes estuvieron muy lejos de alcanzar el éxito que deseaba. El señor de Maurescamp no se encontraba bien; sentíase irritado del papel secundario que desempeñaba en tales ocasiones; encogíase de hombros, decía dos o tres bromas groseras y se marchaba. A pesar de todo, la verdad tiene tanta fuerza, que a veces sentíase inclinado a creer que sus relaciones eran en efecto puramente sentimentales. Pero no por esto sentía un odio menos reconcentrado y violento, y que no esperaba sino una ocasión para manifestarse.

Desgraciadamente, la ocasión no tardó en presentarse. Como lo hemos dicho ya, hacía cerca de un año que el señor de Maurescamp estaba enamorado de Diana de Grey, joven amazona americana, que entonces llamaba mucho la atención en París. Esta criatura, hija de un acróbata de baja esfera, y sumergida en el fango, no dejaba por esto de poseer la belleza pura y fresca del lirio. Pálida, delgada, elegante, de una perfección plástica, de una depravación singular, a la que unía la ferocidad anglo-sajona, reunía, pues, todas las cualidades apropiadas para subyugar a un hombre como el señor de Maurescamp. Así, pues, habíale inspirado una de esas pasiones terribles y serviles que son en general el privilegio de los viejos, pero que los jóvenes depravados experimentan algunas veces como anticipación hereditaria. Primeramente le había conquistado con su gracia y su fama, y acabó de subyugarle con los caprichos fantásticos con que lo atormentaba. Hay hombres que, como la mujer de Sganarelle, gustan de que se les castigue. El señor de Maurescamp era de este número, y fue al respecto, servido a su gusto por la graciosa americana. Si lo hubiese querido, habríale hecho pasar a latigazos por uno de esos arcos de papel, por donde ella pasaba todas las noches en el circo; pero prefirió hacerse regalar un lindo hotel en las cercanías del Bosque de Bolonia con todo lo necesario para vivir en él confortablemente. Mediante esta compensación, comprometiose a que, una vez terminado su compromiso, renunciaría a su carrera artística, y colmaría los votos del señor de Maurescamp.

En los primeros días de abril de 1877, esta singular persona tuvo la idea de estrenar su casa convidando algunos de sus amigos a un almuerzo. Ella misma hizo la lista de los convidados, y con gran disgusto del señor de Maurescamp, el nombre del señor de Lerne se hallaba también inscripto; conocíalo ella apenas, pero había oído hablar mucho de él, puesto que había dejado en la alta bohemia parisiense una reputación de amable compañero y de caballerosidad. Jacobo había roto completamente con la sociedad en que Diana Grey era una de las estrellas; pero temiendo, sin razón, herir la susceptibilidad de Maurescamp, si rehusaba la invitación de su querida, aceptó.

Diana Grey colocó al señor de Lerne a su derecha, y desde el principio del almuerzo, ocupose de él de una manera muy marcada. Jacobo hablaba perfectamente el inglés; y ella gozaba de conversar en un idioma que el señor de Maurescamp no tenía la ventaja de poseer. Jacobo hacía todo lo posible por substraerse a las amabilidades demasiado expresivas de su vecina y trataba de hablar en francés; pero ella no quería y volvía resueltamente a hablar en inglés, vaciando a su salud copas llenas de «pale ale», mezclada con Oporto. Al mismo tiempo lanzaba miradas despreciativas y provocadoras a Maurescamp, que se hallaba frente a ella en la mesa, y que estaba visiblemente contrariado.

Las mujeres de la especie de Diana Grey, toman represalias salvajes de los hombres que las compran.

El almuerzo fue un poco frío. La dueña de casa parecía la única que se divertía francamente. Cuando hubieron concluido, Jacobo de Lerne, pretextando una cita por negocios, se apresuró a substraerse a aquella situación enojosa.

Diana Grey, así que se hubo ido, encendió un cigarrillo, y tendiéndose en un diván a la americana bebió su Oporto. Apercibiose entonces de que Maurescamp estaba disgustado, y para componer las cosas, le dijo, con ligero acento:

—Mi gordo «boy», es muy interesante el amante de vuestra mujer... tengo un capricho por él, ¿sabéis?

—¿Estáis ebria, Diana?—dijo Maurescamp poniéndose muy encendido—. Estáis ebria, y os olvidáis de quien habláis.

—¿Porque hablo de vuestra mujer? ¿Pues no me habláis vos también de ella, querido amigo? Me habéis dicho que era un hielo... ¡Un hielo! ¡Ah, qué bueno! ¿y habéis creído eso? ¡pobre ángel! Es una cosa sumamente graciosa que todos los maridos crean que sus mujeres son de escarcha... ¡Pero nosotras sabemos que son todo lo contrario para sus amantes!

Y continuó arrojando bocanadas de humo de su cigarrillo por entre sus labios rosados.

—Está completamente ebria—dijo uno de los convidados a Maurescamp. Y es lástima, pues sin eso sería perfecta.

Una hora después, cuando todos hubiéronse ido, Diana confesó secretamente a Maurescamp, que en efecto, estaba ebria, y que por consiguiente, todo lo que había dicho, no debía tomarse en cuenta; después de lo cual pidió perdón y lo obtuvo.

Pero la señora de Maurescamp no obtuvo el suyo. Hacía ya mucho tiempo que su marido no la amaba, y mucho tiempo que había comenzado a odiarla. Porque en esa clase de desinteligencia, es raro que el desacuerdo se detenga en la indiferencia. Las odiosas y cínicas palabras proferidas públicamente por Diana eran, por otra parte, elegidas expresamente para exasperar al señor de Maurescamp. Sin tener mucha imaginación, tenía la bastante para figurarse a su mujer, que no había tenido sino frialdades y desprecios para él, abandonándose en brazos de otro a los vivos transportes de la pasión, y esa imagen, desagradable para cualquier otro, lo era en supremo grado para un hombre vanidoso, altanero, y tan engreído y sanguineo como era el señor de Maurescamp. No se detuvo a pensar que podía ser algo injusto el hacer depender el reposo, el honor y la vida de su mujer, de aquella habladuría de su querida en estado de embriaguez. Sentía rebosar en su pecho los sentimientos de despecho, celos, y odio que se condensaban hacía tanto tiempo contra su mujer y contra Jacobo de Lerne, y resolvió poner término a sus relaciones, vengándose a un mismo tiempo de ambos.

La ocasión para un duelo pareciole especialmente oportuna, los incidentes del almuerzo podían suministrarle un pretexto especioso, que tendría la doble ventaja de dejar el nombre de su mujer fuera de las querellas y asegurar a él la elección de las armas. Era hábil en el manejo de la, espada, y aunque bravo por naturaleza, no se sentía con humor de despreciar aquella ventaja.

IX

Bajó a los Campos Elíseos, mascando un cigarro apagado, viéndolo todo color de fuego.

Veinte minutos después entraba al Círculo y encontrábase allí con algunos de los convidados de la mañana; entre otros a los señores de Monthélin y Hermany. Encerrose con ellos en un saloncito reservado. Díjole que se consideraba ofendido por la actitud observada por el señor de Lerne en casa de Diana Grey, por su afectación en hablar en inglés, durante el almuerzo, sabiendo, como sabía, que él, el dueño de la casa, no entendía aquel idioma, y finalmente, por su conducta en general, impertinente y provocadora.

Los señores de Monthélin y Hermany, perfectos caballeros, aunque algo les faltara, no hicieron observación alguna contra la poca importancia de los cargos, comprendiendo que era únicamente un pretexto para ocultar otros más serios y legítimos.

El señor de Maurescamp añadió: que tenía por sistema terminar tal clase de negocios lo más pronto posible, para evitar la publicidad, y, sobre todo, la intervención tan terrible de las señoras. Rogó, por consiguiente, a aquellos señores que fuesen inmediatamente a verse con el señor de Lerne, y arreglasen aquel asunto que confiaba a su amistad.

El señor de Monthélin manifestó que su duelo con de Lerne le inhibía de aceptar la misión que quería confiársele. En consecuencia, el señor de Maurescamp pensó en otro de sus amigos, el señor de la Jardye, igualmente miembro del Círculo, y a quien Hermany fue a buscar en una sala contigua. El señor de la Jardye gustaba mucho de las ocasiones que le permitían darse importancia. Trató, sin empeño alguno, únicamente por la forma, de hacer oír algunas palabras conciliadoras; pero había sido de los que asistieron al almuerzo de Diana Grey, y acabó por declarar, que puesto que le tomaban su parecer, su opinión era que en aquella ocasión habían pasado al señor de Maurescamp cosas muy difíciles de tragar, y por consiguiente, estaba a las órdenes del señor de Maurescamp.

Mientras tanto, el señor de Lerne se hallaba muy lejos de imaginarse la fiesta que le armaban. Paseose tranquilamente por el bosque, según su costumbre, y a las diez entró en su casa. Encontrose con las tarjetas de la Jardye y Hermany bajo un sobre cerrado, con estas palabras escritas con lápiz:

«Venidos por asuntos personales del barón de Maurescamp.—Tendrán el honor de volver a las diez y media.»

No tuvo que reflexionar mucho para adivinar de lo que se trataba. Aunque ignoraba las infames palabras de Diana después de su partida, no había escapádosele la irritación de Maurescamp durante el almuerzo, y diose cuenta inmediatamente de la verdad de la situación. Maurescamp aprovechaba aquel primer pretexto que se le presentaba para satisfacer su odio de marido celoso, sin comprometer a su mujer.

Nada tenía que decir a esto. Escribió a sus amigos Julio de Rambert y Juan de Evelyn, inglés este último; hizo llevar las cartas inmediatamente y tuvo el gusto de verlos llegar algunos minutos después de haber recibido a Jardye y Hermany.

Dejó solos a los cuatro testigos y permaneció a su disposición en la pieza contigua.

El asunto era de los que no se disputan largo tiempo, porque todos los interesados saben que bajo motivos ostensibles se oculta otro, que es el verdadero, y que por común acuerdo todos saben que no puede ser discutido ni contestado. A los agravios alegados por los señores de Jardye y Hermany en nombre del barón, los señores Rambert y Evelyn contestaron en el de su cliente, que tales agravios eran imaginarios, pero puesto que el señor de Maurescamp se consideraba ofendido, el señor de Lerne, no podía dejar de inclinarse ante su apreciación. Los señores de Maurescamp y de Lerne, deseaban, a más de eso, que el asunto terminase lo más pronto posible, para evitar la publicidad.

En cuanto a la elección de las armas, los testigos del señor de Lerne no estuvieron menos conformes. Jacobo les había confiado bajo el sello del secreto algo muy delicado. En principio habíales dicho: «Acepto la espada, lo acepto todo; pero vosotros sabéis que fui herido en el brazo derecho, cuando mi duelo con Monthélin; a consecuencia de esta herida, tengo un poco de debilidad en este brazo; es poca cosa, y tal vez depende del estado de la temperatura, pero, en fin, tal vez no me moleste en el terreno. No puedo valerme de este pretexto porque es visible. Me ven tocios los días tocar el piano con mano firme, y podrían creer que invento una escapada para librarme de la tizona de Maurescamp, que tira muy bien. Pero si podéis obtener la pistola, por medio de algún argumento honorable, sería muy conveniente para mí.»

Esforzáronse, en consecuencia, en demostrar a los testigos de Maurescamp, que, planteada como estaba la cualidad de ofensor y ofendido, quedaba en realidad dudosa entre los combatientes. La provocación dirigida por Maurescamp al señor de Lerne, a causa de un incidente cuya futilidad no podía desconocerse, ¿no tenía en sí un carácter excesivo que se asimilaba a una verdadera agresión? Parecíales entonces justo y conveniente que la elección de las armas recayese en aquel que había sido provocado, hasta cierto punto gratuitamente, o a lo menos que la elección se librase al azar. Los señores de la Jardye y Hermany contestaron con fría urbanidad, que no podía cuestionarse seriamente aquella transposición de papeles, en tan desgraciado asunto, y que la negativa persistente en reconocer los derechos de su cliente a su calidad de ofendido, equivalía por parte del señor de Lerne a una acusación de reparación, que no podía de ninguna manera entrar en sus intenciones. Los señores de Rambert y Evelyn no creyeron deber insistir más.

Discutiose mucho después sobre si los testigos del señor de Lerne obraban bien o mal.

Unos pretendían que, estando impuestos de su enfermedad, por ligera que fuese, no podían permitir el combate, en condiciones evidentemente desiguales: otros, más competentes, según parece, tienen como primer deber que observar religiosamente las instrucciones de su mandato, que les confía, en primer lugar, su honor, en segundo lugar su vida.

Fue, pues, convenido que el combate sería a espada y que a la mañana siguiente se encontrarían a las tres de la tarde, en Soignies, sobre la frontera belga.

Jacobo oyó sin emoción aparente el resultado de la conferencia; agradeció a aquellos señores sus buenas intenciones y sus esfuerzos; díjoles alegremente que esperaba salir bien, a pesar de esto, y dioles cita para la mañana siguiente a las siete en la estación del Norte.

Así que se quedó solo, tomó un aire serio justificado por las circunstancias. Por un sentimiento de delicadeza muy natural, pero excesivo, no había querido confesar ni aun a sus amigos el verdadero estado de su brazo herido: la verdad era que todo ejercicio violento, y sobre todo el de la esgrima, determinaban en aquel desgraciado brazo un malestar y un entorpecimiento que debían dar una gran ventaja a un tirador tan consumado como el señor de Maurescamp. El señor de Lerne pensó en esta circunstancia, con entereza, pero, aunque no se sintiese intimidado, ni se creyese un hombre muerto, no dejó de conocer, que iba, sin embargo, a afrontar un gran peligro.

Hizo sus disposiciones, en consecuencia. Por fortuna, su madre pasaba aquel día en el campo, amábala, aunque había sufrido mucho por ella; y considerose feliz en que la casualidad le evitase la contrariedad de su presencia. Pero faltábale pasar aquella misma noche por otra prueba tan dolorosa, o tal vez mayor que aquélla. La señora de Hermany daba un gran baile, y hacía mucho que habían convenido entre él y Juana encontrarse en él. Esa misma mañana habíanse renovado la promesa en el bosque.

Por más de una razón vio de Lerne que no podía dejar de ir al baile. Creía que su ausencia inquietaría a Juana si por acaso hubiesen llegado a sus oídos los rumores de duelo; su presencia y actitud la tranquilizarían. Pero, ante todo, parecíale que el buen nombre de su amiga le imponía aquel sacrificio heroico, y, a más, el señor de Maurescamp había tomado a su querida y no a su mujer como pretexto. Creyó, pues, que el mejor medio de asociarse a sus intenciones, y desconcertar al público, era mostrarse esa noche con la señora de Maurescamp en los mismos términos de siempre. Aunque haciendo un gran esfuerzo, hízolo como un deber de delicadeza.

X

Escribió dos cartas, una para su madre y otra para Juana, y a las once apareció risueño en el hotel de Hermany.

El dueño de casa, testigo de su adversario, abrió tamaños ojos a la aparición de aquel convidado inesperado; pero repúsose pronto y recibiolo ceremoniosamente, encontrando, como lo dijo después, que aquello era perfecto, irreprochable, y que probaba un estómago de privilegio. La rubia señora de Hermany, más bella, más misteriosa y más perversa que nunca, vio que el señor de Lerne buscaba a alguien en la multitud y, mirándole fijamente, le dijo breveniente: «Segunda puerta ala izquierda. En el invernáculo, bajo del tercer palmero a la derecha, y decid después que no soy buena...»

Jacobo saludó gravemente, y siguió la indicación. Penetrábase al invernáculo por dos arcadas de las cuales una estaba ocupada por la orquesta. El invernáculo era otro gran salón de cúpula, ofreciendo magnífico conjunto de enormes jarrones azules realzados por adornos de oro, dobles cajas de plantas, estatuas medio ocultas bajo el ramaje, divanes rodeados de taburetes, y banquillos esparcidos bajo los grandes abanicos de las palmeras, de los bejucos colgantes con sus pálidas flores color de cera, y de las hojas barnizadas y espesas corolas blancas de las magnolias. Un ambiente cálido de la zona tropical saturaba el aire, y de vez en cuando oíase salir un murmullo de colmena, que a veces se elevaba como para dominar los ecos bulliciosos de la orquesta.

En uno de estos grupos, bajo del tercer palmero, a la derecha, hallábase Juana de Maurescamp escuchando distraída a tres o cuatro suspirantes de distintas edades. Al apercibir a Jacobo esparciose por su semblante esa sonrisa plena que las mujeres reservan para sus hijos o sus amantes, y que los maridos ven raras veces. Aquella sonrisa bastó para tranquilizar a Jacobo y convencerle de que ningún ruido había llegado a los oídos de Juana.

A la llegada del conde de Lerne, los astros secundarios que habían girado a su alrededor se eclipsaron sucesivamente con un sentimiento mezclado de disgusto y deferencia; porque, aunque calumniando generalmente a Juana por sus relaciones con Jacobo, generalmente también sentían que había algo que tenían que respetar. Pero antes de quedarse solo con Juana, Jacobo había tenido tiempo de hacerse algunas reflexiones amargas; parado frente a ella, parecíale, tanto le había sorprendido su elegante belleza, que la veía por la primera vez. Llevaba con la castidad de Diana la moda indecorosa de aquella época, y mostraba fuera de su estrecha bata obscura, su busto casi entero y su brazos flexibles y puros. Sus negros cabellos, colocados algo bajos como los de las diosas, hallábanse algo torcidos simplemente en un rodete que caía sobre su nuca. Su cabeza, un poco echada hacia atrás, a causa de su peso, enderezábase un poco rígida en una actitud algo altiva y triunfante. Sentíase bella y gozábase de ello, dejando entrever la blancura de sus dientes, por entre la púrpura de sus labios ligeramente abultados. Al mirar a aquella criatura encantadora, animada por todas las gracias de la inteligencia y de la pasión, sintiose Jacobo animado por un impulso casi brutal de deseo, pesadumbre y enojo; habíala respetado, echose aquella violencia. ¡Había tenido aquel heroísmo loco! y ¿cuál era su recompensa?

Con la extraña rapidez de percepción que caracteriza a la mujer, creyó Juana sorprender algo de lo que pasaba, en la mirada riente y turbación del joven; un ligero rubor cubría su frente, hizo girar su abanico y levantando la cabeza con cierta timidez medrosa:

—¿Qué tenéis?—díjole—. ¿Por qué me miráis así?

—¡Estáis tan bella!—contestó Jacobo bajando la voz—. ¡Me hacéis mal!

—Eso pasará—dijo Juana riendo—. Vamos, amigo, nada más al respecto, ¿para qué? ¿volvéis al materialismo?

—Sí, pasablemente en este momento.

—Me entristecéis, ¿sabéis?

—Pero, en fin—dijo sentándose—, al fin no soy un puro espíritu.

—Pues bien, yo lo soy—dijo riéndose como una niña—, y estoy encantada de serlo; a más, es culpa vuestra.

En seguida, con tono serio y penetrado:

—¡Ah!—dijo—, si yo estuviese segura de que erais feliz, amigo mío, ¡cuan feliz sería yo también! En esto pensaba antes que llegaseis.

—¿Es usted verdaderamente feliz?—preguntole el joven con voz algo conmovida.

—¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!...—replicó ella con una graciosa efusión—: y por usted, puede vanagloriarse. Hay momentos en que me asusto de mi felicidad; paréceme que es demasiada. Imagínese—prosiguió bajando un poco la voz—: amo, soy amada, y todo esto sin remordimientos, en paz con el presente y sin ningún temor para el porvenir... porque, gracias a Dios y a usted, amigo mío, podré ver sin terror aparecer la primera arruga, que es el espectro y el castigo de los amores vulgares. Estoy segura de que envejeceré sin pena... casi con alegría... Porque, siendo menos joven tendré más libertad, estaré menos sujeta a las conveniencias, más cerca de usted... menos comprometedora, en fin... Así, por ejemplo, pienso con delicia que podremos viajar juntos... Y para eso hay que envejecer; pero, entretanto, si supiese cómo se han transformado para mí el mundo y la vida, desde que soy amada, como deseo serlo... Puede estar orgulloso del milagro que ha hecho. Parece que ha modificado, elevado, purificado mis instintos... todo mi ser... que me hubiese enseñado... ¿cómo lo diré? el origen divino de las cosas, enseñándome a ver, a comprender el lado bueno de todo lo que he dicho... de cuanto veo y cuanto siento... Así es que, gozando como nadie en el mundo, mis alegrías son celestiales... Placeres de los ángeles. Todo lo que pasa a mi alrededor aparéceme bajo una nueva luz, y todo revestido de una belleza desconocida para mí... Es una niñería, pero hace un momento que paseándome por el bosque miraba los árboles... que pasaban antes desapercibidos y decíame: «¡Qué cosa tan bella es un árbol, qué sólido es, qué elegante, cuan lleno de vida!...» No hay un solo objeto en la naturaleza, desde la más ligera hierba, que no me cause admiración, y me deje en éxtasis. Estoy segura... ¿no lo cree usted también? de que todas las cosas de este, mundo tienen dos fases, la una material y hasta cierto punto vulgar que es visible para todos; la otra, misteriosa e ideal, que es el secreto y la revelación de Dios, y la que veo con los ojos que es su obra de usted, amigo mío.

Mientras la escuchaba, sufriendo secretas agonías, la fisonomía de Jacobo había ido tomando una expresión dulce y seria.

—Sí—dijo al fin, lentamente y la voz algo alterada mirándola con una ternura infinita—, sí, debe haber un Dios y una vida mejor... y almas inmortales, puesto que hay un ser como usted...

—¿Pero, qué tiene? ¡Gran Dios!—exclamó de pronto.

Creyó que estaba indispuesto: habíase puesto repentinamente en extremo pálido, y su mirada, dilatada en el espacio, estaba fija como ante una aparición aterradora. Volviéndose bruscamente apercibió al señor de Maurescamp, apoyado en el marco de la puerta de entrada al invernáculo; mirábalos fijamente y sus ojos y facciones encendidas demostraban tanta cólera, que el señor de Lerne se levantó inmediatamente temiendo algún acto de violencia.

El señor de Maurescamp avanzó entonces a pasos mesurados, luchando evidentemente contra el desencadenamiento de sus pasiones; sin embargo, observado por todos, y bajo la impresión del silencio en que quedó todo el salón, consiguió moderar su impulso, y llegando donde estaba su mujer, díjole con voz ronca y contenida:

—Vuestro hijo está enfermo... Venid.

Juana dio un ligero grito, hízole algunas preguntas precipitadas, pero conociendo en su actitud y lenguaje que la enfermedad del niño no era sino un pretexto, siguiole sin añadir una palabra más.

El señor de Maurescamp, después de haber estado un momento en la Opera, había regresado al Círculo, y sabido allí por casualidad la presencia del conde de Lerne en el baile de los Hermany. Sabía que su mujer debía ir a él. Como no tenía ninguna delicadeza en sus sentimientos ni en su corazón, ni aun se le ocurrieron los motivos honorables que habían dictado el proceder de Jacobo. No vio otra cosa que un insolente alarde de que su mujer era cómplice, e inmediatamente se trasladó al hotel Hermany, sin ningún plan preconcebido, y sólo impulsado por un sentimiento de odio y de enojo que no debía detenerse ante ninguna consideración ni aun ante un escándalo público. Como se ha visto, gracias a una suprema inspiración, no lo fue tanto como se temió, pero sí lo bastante para empañar para siempre, en un minuto, el honor de su mujer y el suyo.

XI

Mientras se esparcía por los salones, entre cuchicheos y risas, la nueva de la desaparición de Juana, arrebatada por su marido, el señor de Maurescamp sentábase bruscamente al lado de su mujer en su cupé. Desde que no tuvo testigos dejó de hablar de su hijo. Aquel silencio y su actitud airada no podían dejar a la pobre mujer la menor ilusión. Sentíase atemorizada.

Sentía ese estupor de una persona herida por el rayo, en el esplendor de su existencia, en su honor, en su inocencia; la indignación de una mujer honesta públicamente insultada, el temor vago de una catástrofe desconocida, próxima y terrible. En su tribulación sin nombre, permanecía silenciosa, esperando que él hablase; pero en vano; y el trayecto bastante corto de la Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, se pasó sin que una palabra se hubiera cambiado entre ellos.

Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espíritu, naturalmente valeroso, del caos de sentimientos en que la primera sorpresa la había sumergido. Atravesó con paso firme, a la vista de tres o cuatro criados inmóviles, el gran vestíbulo sonoro de su palacio, y subió la escalera, silenciosa, pero llegado que hubo al primer descanso de la escalera de sus habitaciones, se apercibió de que su marido seguía adelante:

—Perdón—le dijo—; hacedme el gusto de entrar ahí, tengo que hablaros.

Dudó unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no gustaba de explicaciones, pues en realidad era un carácter violento, más bien que fuerte; el acento tranquilo de su mujer le imponía, aunque le irritaba. Siguiola, pues, pero con más enojo que antes.

Cerró la puerta, pasó al saloncito que estaba antes de su dormitorio y, volviéndose hacia el barón y mirándole:

—Y bien, ¿qué es lo que hay?—dijo.

—Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la mañana, eso es lo que hay.

Ella juntó sus manos haciéndolas chocar con estrépito, y continuó mirándole, con los labios entreabiertos como excitando.

—Hace mucho tiempo—replicó Maurescamp jurando e irritándose a sí mismo con la violencia de su lenguaje—; hace mucho que me están ustedes provocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridículo... eso va a concluir.

—Es usted un desgraciado loco—dijo Juana con dulzura—. Yo no tengo amante... pero sepamos... ¿qué es lo que quiere decir? ¿Ya a provocar en duelo al señor de Lerne?

—No hay que provocar, es cosa hecha—contestó con el mismo acento de fanfarronería grosera—; mañana nos batimos.

La joven volvió a juntar sus manos, y dejó oír un gemido sordo.

Su marido pareció apercibirse de su brutalidad, y prosiguió precipitando las palabras y casi balbuciente:

—Es claro que no tenía la intención de prevenirle... eso no entra en mis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... me precipita... Es él a más quien ha colmado la medida esta noche... Continuar haciendo la corte públicamente a la esposa cuando se bate al día siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.

—El señor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca—dijo Juana con energía—, al menos como usted lo comprende. Su honor, es usted quien lo ha comprometido; su duelo con el señor de Lerne sería una locura... una mala acción... un crimen... porque, se lo juro por Dios y por la vida de mi hijo... que jamás ha sido para mí otra cosa que mi amigo.

—¡Se entiende!—replicó Maurescamp en tono de burla—. ¡Vamos, creo que esto es ya bastante y aún demasiado! Y dio algunos pasos hacia la puerta.

Pero Juana, poniéndose delante:

—No, se lo suplico, no se vaya aún... ¡si supiese usted lo que es para una mujer... que ha sufrido, que a más ha luchado... resistido, pero que al fin ha permanecido honesta, pura, fiel, y que se ve no sólo sospechada, sino más todavía, condenada, castigada con este cúmulo de injusticia y de dureza! ¡Si supiese usted lo que pasa entonces por la cabeza de esta desgraciada! ¡Si supiese usted lo que podría hacer de mí, aunque no me agradezca nada tratándome... de imprudente, cuando más, como si fuese la causa de todo!

—¡Ah! basta—repuso el conde con dureza, procurando desasirse.

Pero ella le retuvo todavía, empujándole suavemente delante de sí, con ademán suplicante; recostose el barón en la chimenea con la actitud resignada del verdugo.

—Ya sabe usted—dijo Juana—, tan bien como yo misma, la historia de nuestro pobre menaje... Poco tiempo me amó usted, amigo mío... seguramente por culpa mía... yo no le agradaba... mis gustos no eran los suyos... todo lo que hacía... todo lo que a mí me gustaba, usted lo rechazaba... Me ha abandonado... buscó sus placeres, nada más natural... Conocía usted que nada podía decirle puesto que no tenía el poder de retenerle. Pero yo era más joven entonces, amigo mío, pues ya hace años de eso, y entonces, sí, corrí peligro, se lo confieso. Sola en el mundo, descorazonada, enervada, sin sostén... rodeada de malos ejemplos, entregada a malos consejeros, perseguida y casi pervertida por gentes que no sospecha... sí, hubo un momento en que me sentí sin corazón, sin virtud, y próxima a caer... Pues bien, es la amistad que me ha salvado... esta amistad de que me hace un crimen... El señor de Lerne ha sido para mí...

—¡Un hermano!—interrumpió el señor de Maurescamp con el mismo tono de ironía insultante.

—¡Sea!—replicó Juana animándose—, un hermano... si así lo quiere... Pero, en fin, él me ha salvado, esto es lo que hay de cierto. Cuando iba a tomar gusto por los placeres prohibidos, es él quien me ha vuelto al de los placeres permitidos... Y si su mujer no es hoy una mujer mundana, es quizá a él a quien lo debe usted... y quiere usted matarle, ¿es eso justo y honorable? Diga.

—Justo o no, haré lo que pueda; se lo prometo; vamos, déjeme.

—Pero ¡gran Dios! qué hombre es usted, si no me cree... y si creyéndome persiste en sus designios de odio y de venganza... No, no, no dejará de hacer usted un llamado a su razón, a su justicia y a su lealtad... No quisiera herirle, Dios lo sabe... pero en un interior como el nuestro, en una situación como la mía... ¿qué quiere que una joven haga de su tiempo, de su corazón, de su pensamiento y de su vida?... Usted tiene sus queridas... déjeme siquiera mis amigos... y puede estar seguro de que tendrá que elegir entre los amigos confesados, y los amantes ocultos.

—Pero, decididamente—exclamó el señor de Maurescamp—, ¿qué es lo que quiere usted? ¿qué me pide? Prentende, acaso, ¡esto sería demasiado fuerte! que vaya a tender la mano al señor de Lerne, excusarme con él, y pedirle que vuelva a reanudar sus relaciones con usted?

—Sí—contestó con energía...—eso es lo que le pido. Sin excusas, se entiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa, honorable y sensata... porque en realidad es el único medio de reparar el mal que ha hecho a su honor y al mío... Es el único medio de imponer a las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche, y a las que este duelo daría un carácter irreparable de verdad. Si es capaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene mucha fuerza, le creerán, y yo, amigo mío, si pudiera comprender lo agradecida que le quedaría, con cuán piadoso respeto se lo probaría, respetando en adelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado... ¿y quién sabe, también si esa acción generosa, no sería entre nosotros un nuevo vínculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidos por, la experiencia... y los pesares... ¿quién sabe si nuestros corazones no se unen?... ¡quién sabe! ¡bah! de usted dependería, se lo aseguro... llegar a ser para mí mi mejor, mi único amigo.

—Todo esto es muy bello, sin duda—dijo el señor de Maurescamp, enderezándose dentro de su corbata—, pero es puramente novela... ¡Siempre ese miserable espíritu de romanticismo que les pierde a todas!

—¡Ah, mi Dios!—replicó la pobre mujer, vertiendo lágrimas...—pues bien, ¿qué es lo que queréis? decid, ¿qué exige?... ¿que despida al señor de Lerne, que no le vea más?... ¿que le sacrifique esta amistad, y cuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo a hacerlo... viviré sola... viviré como pueda... a más, mi hijo crece... me ocuparé de él... él será mi amigo... Sí, así será... se lo juro, y cumpliré mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mío, no lleve a efecto ese duelo... No hay razón, no hay motivo para ello; es una monstruosidad, se lo aseguro. ¡Mire, se lo pido de rodillas!

Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.

—Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazón, con todas mis lágrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasión, no me desespere...

—¡Vamos, ahora es melodrama!—dijo Maurescamp, rechazándola.

—¡Ah, desgraciado!—exclamó la joven levantándose, y enjugando sus ojos; y tomándole violentamente las dos manos añadió con voz contenida:

—No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le diré que mate, sería demasiado decirle, pero usted me condena.

Y soltándole con ímpetu las manos:

—Puede irse—dijo—, ¡adiós!

El señor de Maurescamp salió.

Permaneció la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobré el tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando una mano por intervalos, con un movimiento de extravío. Fue sacada de aquel abatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su salón. Levantose inmediatamente. Era su camarera, anunciándole que la señora de Lerne deseaba hablar un momento con la señora baronesa.

—¡La señora de Lerne!

—Sí, señora... ¿Diré que la señora está un poco enferma? La señora no tiene buen aspecto.

—Hazla entrar.

La señora condesa de Lerne apareció, lívida, la mirada extraviada, todas las líneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desde luego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el paso rígido de un espectro y dijo clavándole la vista:

—¡Su marido se bate mañana con mi hijo!

—Lo sé—contestó Juana—; acaba de decírmelo.

—¡Ah!—replicó amargamente la anciana señora—. ¿Acaba de decírselo? ¡Es el acto de un cobarde!

—Sí, pero usted, ¿cómo lo sabe?

—Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hace poco, y que después ha oído toda la conversación de los testigos.

—¿Y usted sabe, señora—replicó Juana—, que no hay nada malo entre su hijo y yo?

A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en su tribulación, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:

—Pero, entonces—dijo—, ¿no hay pruebas?

—¿Pruebas de qué? ¡Puesto que no hay nada!...

—¿Y su marido no ha querido creerla?

—No.

—Entonces, ¿nada hay que esperar?

—¡Nada!

La señora de Lerne dejose caer en un sillón y quedó inmóvil, muda, inerte. Después de un silencio, Juana se le acercó.

—¿Su hijo está en su casa?

—Sí.

—¿Su carruaje está abajo?—insistió Juana—. Pues bien, partamos... iré con usted... quiero verle.

Mientras hablaba, cubría su cabeza con un velo y envolvíase en sus pieles.

La señora de Lerne se levantó indecisa.

—¿Es prudente lo que hace?

—¿Qué cosa peor puede suceder?—dijo Juana con un gesto de suprema indiferencia, induciéndola a salir.

La condesa vivía en la Avenida Montaigne. En un momento estuvieron allí. Mientras iban, impuso a Juana con palabras entrecortadas de todo lo que sabía, de la causa aparente del duelo, del nombre de los testigos, del arma elegida, de la hora y lugar de la cita.

Era cerca de la una de la mañana, y Jacobo terminaba sus últimas disposiciones, cuando vio con estupor abrirse violentamente la puerta de su biblioteca y dar paso a Juana.

—¡Ah, Dios mío!—exclamó—. ¡Usted... es posible!

—Sí, lo sabemos todo, su madre y yo—dijo Juana sofocada—, y he venido, he querido venir... aquí estoy.

—¡Mi madre también!...—murmuró Jacobo—. ¡Ah, qué contrariedad!... ¡Qué desagrado! Pero, ¡pobre amiga mía! ¿qué viene a hacer aquí? Se pierde.

—Lo sé—contestó dolorosamente dejándose caer en una silla—, pero he querido verle una vez más.

Y sollozaba.

—Querida señora... hija mía...—dijo él con dulzura; tomándole la mano—; reponeos; se lo pido, y volved pronto a su casa... Esté usted segura de que este duelo no tendrá consecuencias funestas... Entre dos hombres que saben tirar, y que son casi de la misma fuerza, un duelo no es más que un asalto sin peligro.

—¡Ah, le odia tanto!

Las lágrimas la sofocaron.

—De modo que esto ¡se acabó! ¡Se acabó para siempre! ¡Oh, qué injusticia! ¡Dios mío! ¡qué injusticia!

—Querida hija mía—repuso Jacobo—, retírese, se lo pido... ¿supongo que no tratará de quitarme la calma en este momento? ¿No es cierto?... Decidle a mi madre también, que le suplico que sea razonable, que no hay ni la sombra de un peligro, ni la sombra... si quiere dejarme tranquilo.

—Pues bien—dijo Juana levantándose—. Adiós, pues, adiós; mucho nos hemos querido, ¿no es verdad?

—Sí, hija mía, sí.

Mirolo algunos instantes sin hablar, y acercándose un poco:

—Sí—repitió.

Y presentándole su frente:

—Bésame ahí—dijo—, a fin deque, si mueres, tengas a lo menos eso.

Jacobo depositó un beso en los cabellos de Juana, y sosteniéndola con un brazo, condújola fuera de la habitación hasta las primeras gradas de la escalera.

—Pronto, a su casa—díjole besándole la mano precipitadamente.

Y alejose.

XII

La señora de Maurescamp volvió pronto a su casa, conducida por la señora de Lerne. Su ausencia había sido corta. Sus criados no vieron nada de extraordinario y su imprudente paso quedó ignorado de su marido.

Hacia las cinco de la mañana acababa de adormecerse, quebrantada por el cansancio y las emociones, cuando la despertó un ruido que se sentía arriba de su cabeza. Sentía pasos y roces sordos, sobre el piso; comprendió que su marido procedía anticipadamente a los preparativos del viaje.

Un momento después oyó el rodar de un carruaje por el patio, después bajo la bóveda de la entrada; había partido.

Levantose. Su cabeza ardía. Abrió una de las ventanas que daban al jardín y cruzó sus brazos sobre la baranda. El aspecto del cielo, de las nubes, de las paredes, de las primeras hojas, todo tomaba a sus ojos un aspecto extraño y fantástico. Escuchaba vagamente el alegre murmullo de una bandada de gorriones que saludaban el amanecer de una bella mañana de primavera.

Salió bruscamente de su contemplación para ir a presidir, como tenía por costumbre, el levantarse de su hijo y su arreglo matinal. Prolongó aquellos cuidados lo más posible, tratando de hacerse la ilusión de un estado de cosas regular y tranquilo.

Cuando la mañana avanzó, su soledad, en medio de las ansias que la devoraban, llegó a serle intolerable, y decidiose a llamar a su madre. Su ternura generosa había trepidado hasta entonces en hacerla participar de aquellas horas angustiosas. Pero sentía que perdía la cabeza. Informó, pues, a la señora de Latour-Mesnil de lo que pasaba, por medio de un billete que le envió con un expreso.

Si la madre de Juana hace mucho que no figura en las páginas de este relato, es porque no teníamos nada que decir que el lector no haya adivinado. Una palabra bastará, sin embargo, para llenar este vacío.

La señora de Latour-Mesnil se moría poco a poco, a causa del bello casamiento que le había hecho hacer a su hija. Sufría de una afección al hígado, complicada con graves desórdenes del corazón. Era en vano que Juana, no solamente no le hiciera reproches, ni aun le confiase nada. Era demasiado mujer, y demasiado madre; había sufrido demasiado ella misma, para que pudiera engañarse sobre la verdad de las cosas, y no se perdonaba la extraña ceguedad con que había entregado a su hija a un destino peor que el suyo.

Algunas madres se consuelan del amor oficial de sus hijas con la felicidad de contrabando que les conocen, o que les suponen. Tales consuelos no eran para la señora de Latour-Mesnil, y si algo podía, agravar más el dolor y los remordimientos de haber entregado su hija a una desgracia irreparable, era la mortal aprensión, de que tal vez la había entregado tan bien al deshonor.

Muchas habían sido sus perplejidades al respecto, y el solo día feliz que la pobre mujer hubiese tenido, en muchos años, era el reciente en que su hija, viendo su inquietud por su relación con el señor de Lerne, le había saltado al cuello exclamando:

—¡Mira como te abrazo!... no lo haría así, si fuese culpable. ¡No! ¡no me atrevería!

La señora de Latour-Mesnil, a quien el billete de su hija había dado la primera noticia sobre el duelo del señor de Maurescamp con el señor de Lerne, llegó a casa de su hija a eso del mediodía. Primeramente entre las dos mujeres hubo más lágrimas que palabras. Después de los primeros desahogos, sintiose Juana más aliviada al contestar a las preguntas reiteradas de su madre, refiriéndole lo que sabía sobre las circunstancias del desafío, los incidentes del baile, la escena entre ella y su marido y hasta su visita precipitada a casa de Jacobo.

Mientras hablaba con una volubilidad febril unas veces caminando, otras sentada, no dejaba de lanzar rápidas miradas alrededor de la chimenea. Ella sabía que el duelo debía efectuarse a las tres y media. A medida que la hora fatal se aproximaba, sentíase más agitada, pero hablaba menos; su andar maquinal de un salón a otro, se aceleraba; su semblante se encendía, y sus labios no hacían sino articular por intervalos algunas exclamaciones de niña:

—¡Oh mamá!... ¡mi pobre mamá!... ¡qué crueldad!... ¡qué injusticia!... ¡qué injusticia!... ¡Dios mío!

Su madre, alarmada por su estado de exaltación, se levantó y trató de llevarla a su dormitorio.

—Ven a tu cuarto, hija mía—decíale—, vamos a rezar.

—¿Rezar? ¡madre mía!—le dijo Juana con dureza—. ¿Y por quién quiere que rece? ¿Por mi marido o por el otro?... ¿Quiere que sea hipócrita o sacrílega?

—¡Ah! ruega por tu pobre madre, que tiene tanta necesidad de perdón—exclamó la señora de Latour-Mesnil arrodillándose y ocultando su frente entre las manos.

—¡Madre, madre mía!—dijo Juana levantándola con fuerza, y estrechándola contra su corazón. ¿Qué tengo que perdonarle? ¿no me he engañado yo también?

—Tú podías engañarte... ¡Pero yo!... yo, tu madre, tu consejera, tu guía; instruida por la vida. ¡Ah, cuán culpable he sido! ¡Cuán culpable en no haber elegido mejor para ti! Para ti tan digna de ser feliz, ¡pobre hija mía!... A ti, que eres tan honesta, ve a donde te he conducido.

—Pero soy siempre digna, madre mía—dijo Juana, distraída.

Repentinamente, mostrole con el índice la esfera del reloj. La señora de Latour-Mesnil vio que eran las tres; una sonrisa nerviosa crispaba los labios de Juana. Tomose del brazo de su madre y se paseó sin pronunciar una palabra. Suspiraba profundamente de tiempo en tiempo.

Después de algunos momentos:

—Probablemente ya todo habrá concluido—dijo—, porque para esas cosas son muy exactos, y duran poco tiempo, según dicen... pero lo que hay de terrible es que no sabremos nada hasta de aquí a dos o tres horas. He hecho una cosa, que quién sabe si la aprobará usted... pero, ¿a quién podía dirigirme para tener noticias? Me era imposible esperar hasta mañana, porque el señor de Maurescamp, naturalmente, no me escribirá... Por eso, le he rogado a Luis, el viejo sirviente del señor de Lerne, que me envíe un despacho, así que todo haya terminado.

La señora de Latour-Mesnil, anonadada, no contestó sino por un movimiento indeciso.

En ese momento sintieron el timbre del vestíbulo que daba a la habitación del conserje. Como la puerta del hotel había permanecido rigurosamente cerrada toda la mañana, aquel anuncio de una visita parecioles singular.

—¡Ya!—murmuró Juana, acercándose vivamente a una ventana que se abría sobre el patio—. ¡Ya! ¡es imposible!

Corrió la cortina y reconoció en el personaje que subía la escalera de la galería, a un maestro de esgrima, o más bien a un preboste nombrado Lavarede, que tenía por costumbre venir al palacio tres veces a la semana para tirar las armas con el señor de Maurescamp. Muy celoso de su habilidad en la esgrima, a pesar de frecuentar asiduamente la sala de armas, ejercitábase también en su casa, tal vez para no hacer sabedor al público de todos los secretos de su manejo.

La aparición de aquel hombre, en medio de los pensamientos que preocupaban a Juana y a su madre, las llenó de admiración y alarma. Interrogábanse en voz baja con inquietud, cuando un sirviente se presentó a la puerta del salón, y dijo:

—Señora, es el señor de Lavarede, el maestro de armas, que no sabía que el señor barón estuviese de viaje, y pregunta si el señor barón estará muchos días ausente, y si podrá volver pasado mañana.

—Decid que no sé, que se le hará prevenir.

El sirviente salió.

Después de algunos momentos de reflexión, la joven lo volvió a llamar.

—Augusto—le dijo—, deseo hablar al señor Lavarede... hazle entrar en el comedor, voy a bajar.

Y volviéndose a su madre:

—Venga conmigo—añadió—, quiero hablar dos palabras con ese hombre... después iremos al jardín... nos hará bien... hace muy buen tiempo... venga.