—En realidad, usted tiene un poco la culpa en las contrariedades que me está haciendo soportar este matrimonio... porque si no hubiera conocido a usted sería menos difícil.
La señora de Aymaret movió graciosamente la cabeza sin responder.
—Me gustaría—añadió el marqués con seriedad—, recibir una esposa de su mano.
—Es muy delicado eso... Jamás me atreveré a arrostrar semejante responsabilidad... nunca osaría designarle una persona... aun cuando su nombre estuviera para caerse de mis labios.
—¿Qué quiere usted decir con eso?
—Nada.
—¿Piensa usted en alguien?
—En nadie.
—¡No es usted sincera en este punto!
—¡No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo ruego... ¿Es complaciente su amigo Fabrice?... ¿Sería amable conmigo si tuviese necesidad de pedirle algún favor? ¿Qué cree usted?
—Estoy seguro de que sí... Pero es necesario que bajemos aquí; de otro modo la corriente nos arrastraría por encima de la esclusa.
En efecto, el riachuelo caía en el Orne a poca distancia, franqueando un pequeño dique. El salto de agua se dividía en dos brazos, de los cuales uno daba movimiento a un molino instalado en la orilla. He ahí el motivo de paisaje que Fabrice bosquejaba cuando la señora de Aymaret y Pierrepont se le juntaron.
Después de los cumplimientos de usanza, la señora de Aymaret, ruborizada—por nada se ruborizaba esta mujer adorable—, habló al pintor de su pretensión, que el artista acogió con la mejor voluntad.
—Será para mí un placer—dijo a la vizcondesa—, dar consejos a la señorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado un poco el estudio de la acuarela... ¿La señorita de Sardonne copiaba ya la naturaleza o únicamente la muestra?
La señora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle nada sobre aquel particular.
—¿Y qué hora preferiría la señorita de Sardonne para sus lecciones?
La señora de Aymaret interrogó a Pierrepont con una mirada.
—Creo—respondió el marqués—, que la señorita Beatriz no tiene durante el día más que, una hora libre... es aquella en que mi tía duerme la siesta después del almuerzo.
—Perfectamente; entonces ésos son nuestros momentos.
La propiedad de la vizcondesa hallábase frente del molino: los dos amigos la acompañaron hasta la portada y volvieron a los Genets haciendo comentarios sobre los atractivos de aquella encantadora criatura; mas de Beatriz no hablaron ni una sola palabra.
VI
el secreto de pedro
Fabrice presentó aquella noche misma sus servicios a la señorita de Sardonne, quien pagó su atención con una de aquellas hermosas sonrisas que tan de tarde en tarde iluminaban con dulzura tanta sus trigueñas mejillas. Deseó el pintor ver algunos de los bosquejos por Beatriz comenzados, mostrándoselos ésta con cierto aire de confusión; eran copias directas de la naturaleza misma que el artista no halló desacertadas. Convinieron, pues, en que a contar del día siguiente al de la entrevista empezarían de nuevo, y durante la siesta de la baronesa, los interrumpidos estudios sobre la acuarela, bajo la dirección de Fabrice.
Imposible era poner en práctica proyectos tales sin contar de antemano con el no fácil beneplácito de la señora de Montauron, encargándose el marqués de empresa tan de por sí escabrosa, y éralo ella tanto, que tía y sobrino estuvieron a punto de reñir con este motivo ligera escaramuza. La baronesa creía que bajo las inesperadas artísticas aficiones de su lectriz emboscábase una intentona de emancipadora rebelión, y ya que no pudiese oponer un formal veto sin manifestar al desnudo su celoso despotismo, desahogó su mal humor presentando un diluvio de objeciones.
—¡Es gracioso que esa señorita se permita disponer de su tiempo sin mi permiso!—dijo a su sobrino.
—Perdone usted, tía, no dispone sino de aquel que buenamente le deja usted libre.
—¡Es que puede hacerme falta a cada momento!
—¡Vamos, tía! ¿para qué puede usted necesitarla mientras se halla usted durmiendo?
—¡Sí, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a mi lado para proporcionarme el placer de verla embadurnar papel de marquilla!
—¡La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi buena tía... y ésta es tan inocente!
—¡Sí, inocente!... ¡por supuesto!... ¡qué tontísimo eres!... yo estoy segura de que Fabrice gusta a... a su señoría... No puede negarse, la verdad que es hermoso, con la más peligrosa de las hermosuras... la hermosura tenebrosa de los hombres de inteligencia... y luego, eso, el prestigio del talento... ¿Crees tú que esos cotidianos tête-à-tête entre maestro y discípula no han de traer sus consecuencias?
—Sí, tía, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la señorita de Sardonne.
—¡Muy bien! ¡Me gusta! ya verás cómo esas dichosas lecciones nos van a proporcionar un disgusto.
Así, después de haber dado rienda suelta a su enfado, se resignó la anciana dama a que Beatriz tomase lecciones de acuarela: por ende todos los días, entre una y dos de la tarde, instalábase la huérfana en una silla al lado de Fabrice para dibujar a la vista de éste, ya un paisaje, ya un motivo de arquitectura, si bien por atendibles razones de decencia, nunca se apartaron de debajo de las ventanas del castillo, donde, por otra parte, encontraban suficiente tema de estudio, ora aquel señorial edificio, ora en las rientes circunvecinas campiñas.
Entretanto había llegado la apertura de la caza, y esta novedad trajo a los huéspedes de los Genets otro elemento de animación y de placeres. Las señoritas de la colonia se ensayaban en este género de sport, con gran desesperación y terror grande de los cazadores serios. Pierrepont era, según inapelable sentencia de su tía, el encargado de iniciar y moderar los venatorios ímpetus de aquellas jóvenes Dianas, dándole en sus funciones no escaso trabajo Mariana de La Treillade, quien, para la caza, como para otras muchas cosas, mostraba singularísimas disposiciones. Debemos confesar, a fuer de sinceros, que el marqués se ocupaba con predilección marcada de aquella señorita desde que descubriera cómo aquellos grandes y cándidos ojos encubrían tesoros de precoz perversidad, porque la verdad es que esta mezcla picante divertía su incurable dilettantismo.
La señora de Montauron, que estaba siempre en acecho, ojo avizor y oreja al viento, cayó en la eterna trampa de las apariencias, interpretándolas a la medida de sus deseos. Resolvió en vista, coger al vuelo eso que ella denominaba, el momento psicológico, y firme en sus propósitos hizo cierta mañana comparecer al marqués en la hora habitual de sus audiencias secretas. Al inexorable mandato acudió inquieto y receloso Pierrepont, porque bien, le decía su claro instinto que su tía iba a ponerlo, sin escape alguno, entre la espada y la pared.
—¡Amigo mío!—rompió la baronesa con aire de triunfo—, me parece de más preguntarte si te has decidido. Tus procederes con la señorita de La Treillade son, por dicha mía, bastante significativos; así, pues, recibe mi enhorabuena.
—Tía, ¡cuantísimo siento tener que desengañar a usted! Cierto es que la señorita de La Treillade me interesa... porque, a pesar de su extremada juventud, es una excelente actriz... pero, con franqueza, nunca me casaré con ella.
—¡Cómo! ¿qué quiere decir eso?—preguntó la baronesa roja de cólera.
—Escúcheme usted, tía.
Y Pedro le contó sin omitir punto ni coma la conversación que cierta mañana sorprendiera desde las ventanas de Fabrice, entre la señorita de La Treillade y su institutriz.
—Si antes no le había contado esto—añadió—, ha sido porque me costaba trabajo causar a usted semejante desilusión.
Desconcertada un instante bajo el golpe de tal desencanto, la baronesa recobró pronto su sangre fría y con agrio tono repuso a su sobrino:
—Después de todo, yo no veo en eso más que niñerías... baladronadas de muchacha que juega a la señora... apostaría que a pesar de eso no dejará de ser con el tiempo una honrada y amable esposa.
—¡Es posible! pero no quiero exponerme a la prueba—objetó Pedro.
—¡Nadie te fuerza, hijo mío! pero si pretendes casarte con una niña criada en una cueva, con una niña que nada haya visto ni oído y que lleve a la cámara nupcial el candor de la cuna, eres más inocente de lo que yo conjeturaba.
—Tía, no creo realmente manifestar ridículas exigencias, pidiendo a mi futura mujer principios más sólidos que los de la señorita de la Treillade, para quien los niños son polichinelas molestos, verdugos de la belleza... y en cuanto a las escandalosas historias, a las pocas decentes bromas, a los eróticos equívocos con que aquella señorita esmalta sus conversaciones con sus amigas, sé de sobra que por desdicha, es hoy moneda corriente entre señoras de alta sociedad, y aun, lo que es peor... entre solteras... Pero, si me caso, es precisamente para no oír en mi casa lo que escucho en la de cualquier cortesana... Todo lo contrario, deseo para siempre olvidar ese tono, ese lenguaje de que me siento harto hasta el fastidio... ¡Quiero respirar un poco de aire puro en mi hogar!
—Amado mío—replicó con cierta dulzura la baronesa, en quien el firme y serio acento de Pierrepont causó efecto—, esos sentimientos te hacen honor ciertamente... si tantas prevenciones guardas contra las jóvenes del día, bien puedes ir pensando en renunciar al matrimonio... porque, dime, ¿en qué parte del mundo vas a encontrar una señorita que no sea un puro misterio?
—¡Tía, francamente! antes de correr el riesgo de casarme con un misterio como la señorita de La Treillade, preferiría mil veces meterme en la Trapa... pero, en fin, si es imposible, como el otro día me decía usted, tomar las mujeres a prueba, no creo que lo sea encontrar alguna que ofrezca ciertas garantías... alguna que especiales circunstancias... una educación particular... aquélla, por ejemplo, que se adquiere en la desgracia... hayan puesto de relieve sus méritos... y cuyo pasado constituya una seguridad para el futuro.
La vieja dama echó furtivamente torcida y equívoca mirada a su sobrino, y frunciendo sus pálidos labios objetóle con agridulce tono:
—¡Sí, sin duda! puede encontrarse la joya que deseas... pero debo antes observar que las niñas criadas en la escuela de la adversidad, generalmente no tienen un cuarto.
—¡Tía, el dote para mí es cuestión secundaria!
—¡Claro está!... ¡Eres tan rico!... ¡tienes gustos tan sencillos!... verdad es que, según toda probabilidad, serás mi heredero... pero me permitirás te recuerde que tendrás que esperar mucho tiempo... Mi padre murió de ochenta y cinco años, de lo que puede deducirse que yo tengo aún treinta por delante... y no te ocultaré que mi intención es ésa...
—¡Tía!—exclamó Pierrepont con acento de sentido reproche.
—¡Bien!, te ofendo... tienes razón... estas decepciones me ponen de mal humor... ya hablaremos de nuevo... ¡ahora vete!
Y Pierrepont se retiró, besando antes a la baronesa en las dos manos.
Una vez sola, levantóse aquélla bruscamente de su sillón y dio algunos pasos por su gabinete, aspirando con descomunal ira el frasco de inglesas sales, mientras que se entregaba para su corpino a este aproximado monólogo:
—¡No hay duda! Piensa en ella... ¡Como que ya yo lo había barruntado!... ¡Claro, sus atenciones para con ella!... ¡Su distraída indiferencia hacia las demás!... ¡Sus perpetuos aplazamientos!... ¡Nunca lo hubiera creído capaz de semejante locura!... ¡Qué absurdo!... ¡Qué absurdo tan culpable!... ¡Primero, quitarme a esa muchacha que ha llegado a serme indispensable!... Después, imponerme la carga de mantenerlos, porque los desafío a que vivan si yo no los ayudo... ¡Están frescos!... Pero, ¿se entienden?... ¿Se han puesto de acuerdo?... ¿Es tiempo todavía de parar el golpe?... ¡Eso es lo que ante todo necesito averiguar!
Llamó, presentándose una doncella.
—A la señorita Beatriz, que venga.
Aproximóse la baronesa a su tocador, humedeció su frente y mejillas, por la emoción enrojecidas, y volvió a sentarse, con una falsa sonrisa en los labios, cuando Beatriz entró.
—Señora...
—¡Escúchame, hija mía!... Esta pasada noche reflexionaba... pensaba en ti... pensaba que yo era para ti todo lo que debo ser... todo lo que quiero ser... Soy una anciana enferma... Esa es mi excusa... Tus cuidados, tus buenos oficios me son preciosos, no lo oculto... sería para mí contrariedad muy grande verme privada de ellos.
—Pero, señora, yo absolutamente pienso...
—Sé lo que vas a decir... no piensas abandonarme, y eso me encanta... Sin embargo, si defecto hay en el mundo que me sea antipático y del cual trate de preservarme con el mayor cuidado, es el egoísmo... y la noche pasada me preguntaba a mí propia si el valor extremo que concedo a tu compañía no argüía un poco de aquella pasión con respecto a ti... Así, pues, hija mía, me ha parecido conveniente decirte que de ninguna manera pretendo confiscar tu vida en mi provecho... Eres bonita, hija mía, y a pesar de la adversidad que con tanta injusticia te ha herido, no es imposible, ni mucho menos, que algún pretendiente aspire uno u otro día a tu mano...
—Señora, aseguro a usted...
—¿Que esta circunstancia no se ha presentado todavía, vas a decirme?... ¡Sea! pero puede ofrecerse de un momento a otro... Aquí, como en París, recibo mucha gente, y nada tendría de particular, que el día menos pensado saliese al paso un hombre de gusto y de corazón... (espéralo sentada, se dijo para sí la baronesa). En fin, lo que en resumen quiero decirte es que, si el caso llega, no obstante el sacrificio que tu ausencia fuese para mí, ten la seguridad de que yo nunca sería un obstáculo... Muy al contrario, en mí hallarás el más decidido apoyo... Permitiéndome poner una sola condición, que te parecerá, creo, muy natural... Y es que me prometas no comprometerte a nada sin prevenirme de antemano.
—Señora, ése es mi deber, y puede usted estar segura de que jamás faltaré a él.
—¡Bueno, hija mía! permíteme un beso.
Beatriz se levantó y le presentó la frente.
—¡Ah!—prosiguió la baronesa haciendo seña a la huérfana de que se sentara de nuevo, y cual si de pronto hubiera venido a su memoria un detalle olvidado por azar...—Aun tengo que decirte algo... por más que la precaución sea inútil... Al dejarte entera libertad en la elección del hombre que escojas para marido, queda dicho, sin embargo, que hago una excepción: mi sobrino Pedro.
Al oír estas palabras, tan rápida y profunda fue la turbación de la lectriz, que pareció imposible a la baronesa hacerse la inadvertida.
—¡Oh! ¡compréndeme, hija! ¡No des mal sentido a mis palabras! No hay en ellas nada de depresivo para ti... Por otra parte, nada tampoco tengo que decir de tu comportamiento personal... Es irreprochable... Y no ignoro que eres, por tu nacimiento y tus particulares prendas, digna de mi sobrino... Y aun ve si soy sincera: añado que, a mi entender, Pedro, al menos hasta ahora, no piensa en ti más de lo que tú piensas en él... Pero, al cabo, es deber de una madre... ¿no soy yo como una madre para ti?... es deber de una madre prever aun lo imposible cuando entra en juego el interés y la dicha de sus hijos... ¡Sé bastante generosa para escucharme hasta el fin!... Pues bien, si alguna vez pudiese entrar en la cabeza de mi sobrino y ceder a la tentación del atractivo que el fruto prohibido tiene para los vividores hastiados como él, me creeré en la imperiosa obligación de oponerme, por todos los medios posibles a la realización de su capricho... Voy, hija mía, a ponerte al corriente de nuestros secretillos de familia. ¡Tan grande es la confianza que me inspiras!... Mi sobrino Pedro no tiene sino... una insignificante fortuna, que basta apenas, aun sumadas las larguezas que yo agrego, que basta apenas, decía, a persona de su nombre y aficiones, para llevar pasablemente y con cierto decoro su vida no ejemplar de soltero... Supón que en una hora de locura se case con una muchacha sin dote... es la estrechez... la miseria... y, lo que es peor, a la larga un detestable hogar... porque mi sobrino, ya su capricho satisfecho, concluiría por tomar aborrecimiento a la mujer que lo habría reducido a una premiosa existencia... Verdad que hasta ahora es el heredero de mi fortuna, mas en primer lugar no he muerto... y puedo vivir todavía muy bien una treintena de años. (¡Tal era su ardiente deseo!) Y, en segundo, si Pedro se casa contra mi voluntad, no solamente tendría que dejar de contar conmigo en vida, sino lo que es más, declaro inapelablemente que lo desheredaría, sin titubear un solo minuto... ¡Por cierto que anda por ahí un sobrino de mi marido que, si tal sucediera, se daría con una piedra en los dientes!... Ahora, hija mía, que te he abierto mi corazón, como sentía necesidad de hacerlo, sólo me queda dirigirte una súplica... Ya te he dicho cuan satisfecha estoy de tus atenciones y de tus cuidados... ¿Tendré la satisfacción de saber que por tu parte concedes alguna estima a lo poco que en tu obsequio he hecho hasta ahora?
—Señora, no lo dude usted un momento.
—Pues bien, hija mía, se te ofrece la ocasión—dijo la anciana dama con solemne acento—de mostrarme tu gratitud; empéñame tu palabra de señorita, y de señorita de noble clase, de que lo que te acabo de manifestar será para siempre un secreto a guardar entre las dos.
—Empeño a usted mi palabra.
—¡Eres un tesoro, hija mía!... dame un beso... ¿quieres decir abajo que no me aguarden para almorzar?... No me encuentro bien... Cuando me dejo dominar por mi desdichada sensibilidad, me pongo mala, de seguro... Di a Juan que me suba aquí alguna cosa ligera... Lo dejo a tú elección... Ya conoces mis gustos, hija mía.
—Muy bien, señora.
Y Beatriz abandonó el gabinete..
Si algo de práctico hubo, como no puede negarse, en la larga homilía de la baronesa, será preciso excusar a la señorita de Sardonne de que verdades tales y tales advertencias no fuesen de su agrado. Lo que sobre todo le había causado disgusto profundísimo, fue la falsa bondad, la cazurra malicia, la perfecta y cruel diplomacia con que esta vieja hada de la falacia la había envuelto y torturado, a fin de arrancarle como final objetivo el más doloroso de los sacrificios, sacrificio mayor todavía ahora por cuanto no escapaba a la penetrante mirada de la huérfana cómo el marqués, al mismo tiempo que no concedía a sus rivales otra cosa que las muestras de una fría urbanidad, reservaba para ella atenciones tan expresivas que rayaban casi en la ternura. La misma inquieta hipocresía de que la baronesa acababa de darle transparente testimonio, decía claro a Beatriz cuánto sospechaba la vieja dama acerca de las intenciones de su sobrino y cuánta rosada esperanza podía ella abrigar en su pecho... Y, sin embargo, ahora más que nunca se encontraba amarrada a su adverso destino, ya que no sólo había empeñado su leal palabra a la de Montauron, sí que también teñía Beatriz en sus amantes manos la suerte o la total ruina del hombre de sus predilecciones, porque conocía demasiado la huérfana a la baronesa para poner un solo instante en duda que, si Pedro se casaba contra la voluntad de su orgullosa tía, no dejaría ésta por motivo alguno de poner en práctica sus fulminantes amenazas; así, pues, veíase la joven sin ventura reducida a temer lo que anhelado había más en la vida, y ante el temor de verse expuesta, a prueba superior a sus fuerzas, rogaba al Cielo que su elegido jamás llegase a amarla.
Pero ya lo era... No había sido sin reñir violentos interiores combates que el marqués se hubiese abandonado a la pasión secreta que la señorita de Sardonne le inspirara; desde el primer día, deslumbrado por su resplandeciente hermosura, interesado por un inmerecido infortunio, púsose con prudencia en guardia contra un sentimiento cuyos peligros preveía; pero su indispensable asiduidad hacia su tía, poniendo casi diariamente a Beatriz ante su vista, habían concluído por derrotar tan sesudos propósitos. Su afición fue agrandándose al compás del tiempo, y con el transcurrir de los días llegó lentamente a ese fatal estado en que alma, corazón y sentidos llegan a absorberse en la incontrastable atracción hacia una mujer, ella sola, ella única, ella... A fuerza de verídicos, cúmplenos confesar que el ensueño que al marqués inspiraran los sombríos y profundos encantos de la hermosa lectriz, no tomó desde luego la forma de un meditado matrimonio; Pierrepont se hallaba muy lejos de ser un malvado, pero había vivido demasiado en el mundo y precisamente en ese mundo en que los crímenes de amor encuentran siempre complacientes jueces; además, la pasión tiene avasalladoras exigencias, y cuando la mujer entra en juego no hay nunca perfectos caballeros, presintiendo que sería de todo punto imposible obtener de la baronesa un consentimiento trastornador de todos sus planes, un momento se agitó en el alma de Pedro la idea de la seducción, pero ese fondo de honor y rectitud que formaban su carácter íntimo acabó por hablar, imponiéndose, y el amor quedó subsistiendo tan ardiente y más puro. La ejemplar conducta de Beatriz en la situación penosa y delicada que la desventura le había aparejado, tocaron el corazón del marqués en su más noble sitio, porque esta joven probada y purificada por la adversa suerte, esta joven seria, bella, casta, realizaba el ideal que él se había forjado de la mujer para llenar su hogar, para ser honor y encanto de su privado techo.
Su prolongada residencia en los Genets, aproximándolo aún más a la señorita de Sardonne gracias a cotidianas relaciones, fue exaltando su pasión de día en día, hasta ese punto en que ella puede ser rebelde y sorda a los argumentos de la razón, a los dictados del propio interés.
El de Pierrepont, en el asunto de su matrimonio, era por manera tan clara y evidente obedecer a su tía ciñéndose, a sus inspiraciones, que desconocerlo así habría sido demencia consumada, y como a aquél no se obscurecía esta circunstancia, la lucha que venía sosteniendo entre su pasión y su razón tomaba por estos días el más punzante y lúgubre aspecto. Decíale su buen sentido que, a ceder a sus íntimos sentimientos, concertaba un matrimonio de amor, corría el casi seguro riesgo de perder con las buenas gracias de su tía la fundada esperanza de su rica sucesión, y, en consecuencia, podría caer en estado de muy precaria fortuna, mensajera de duros sacrificios; no era un niño; sabía lo que cuesta el vivir; conocía de memoria cuán caras son las distracciones en la alta sociedad parisiense; caballos, teatros, lujo; sería necesario, pues, renunciar a todo eso, y lo que es peor aún, imponer a aquella que iba a ser su mujer privaciones idénticas.
¿Se amarían bastante en el futuro para que sus recíprocas ternuras viniesen a compensar todo lo que faltarles pudiera en presente y porvenir? Horas había en que así lo pensaba en la amante efusión de su alma, otras corrían en que la idea de sus gustos contrariados, de su porvenir sin esperanzas, de su mujer en la estrechez, lo clavaban desalentado en el umbral de sus resoluciones...
Tres días después de la entrevista que celebrara con su tía y en la cual entrevista había a medias librado a aquélla su secreto, tal vez por inadvertencia, quizás con intención, presentóse Pedro a mediodía en casa, de la vizcondesa de Aymaret. Encontró a esta señora leyendo en el terrado que se prolongaba entre la puerta de su salón, mientras que sus dos hijos de blondas cabelleras jugaban a sus pies.
—¡Dios mío! ¿qué sucede?—decía la vizcondesa a Pierrepont que la saludaba—; ¿qué hay?... ¡Qué pálido está usted!... ¿Está usted malo?
—¡Absolutamente!—replicó Pedro sonriendo—. Solamente vengo a pedir a usted un favor un tanto enojoso... ¿Podría hablar a usted un momento a solas?
La vizcondesa echóle sorprendida y curiosa mirada.
—¡Entremos!—replicóle después.
—¿Puedo cerrar las puertas?—preguntó el marqués.
—¡Ciertamente!
Pierrepont cerró las ventanas sentándose a algunos pasos de la vizcondesa.
—Cuando decía a usted el otro día durante nuestra navegación que desearía tomar mujer por elección de usted, declinó usted esa responsabilidad, pero al mismo tiempo creí comprender que un nombre estaba a punto de caer de sus labios...
—¡Es posible!
—¡Dígamelo!
—¡Nunca!
—¿Ni aun cuando yo rogara que tuviese usted a bien ofrecer mi mano a su amiga Beatriz?
—¿De veras?—murmuró la vizcondesa.
—No me permitiría jamás, vizcondesa, la broma más leve en asunto tan serio.
Un relámpago de intensa alegría iluminó de pronto el gracioso rostro de la señora de Aymaret, y lanzando un grito de contento, tomó vivamente las manos de Pedro, diciendo a éste:
—¡Ah! es usted un perfecto caballero.
—¿Quedamos, pues, en que se encarga usted de mi embajada?
—¡Ya lo creo!—replicó la encantadora vizcondesa saltando de gozo.
—Pero, puesto que es usted un poco confidente de la señorita de Sardonne, ¿no puede usted calcular cómo acogerá la misiva?
—Debo decirle con franqueza que no conozco absolutamente sus íntimos secretos... si los tiene... Pero, en fin, según lo que yo me imagino, quedaría más que sorprendida si su demanda de usted no fuera bien acogida.
—Usted sabe muy bien que no soy rico—añadió Pedro con cierta timidez.
—Para ella lo es usted... ¡pobre Beatriz!... y además...
Aquí interrumpióse de súbito y preguntó a Pierrepont:
—¿Qué dice de esto su tía de usted?
—No dice nada, porque nada sabe.
La señora de Aymaret se incorporó bruscamente en su silla.
—Pero, querido amigo, eso es muy grave... puede usted encontrar en su oposición un obstáculo invencible.
—Puede proporcionarme la oposición de mi tía una grave contrariedad, mas suscitarme un obstáculo invencible, no, porque desde el momento que he dado cerca de usted este paso es que estoy decidido a todo.
—Amigo mío, bien sabe usted que su matrimonio con Beatriz ha sido siempre mi más cara ilusión... pero soy demasiado amiga de usted para no preguntarle si ha reflexionado usted maduramente sobre las posibles consecuencias que para usted pueda tener su resolución.
—Todo lo he previsto, mi buena amiga... Es evidente que mi tía, que abriga sobre mí otros proyectos, se mostrará al principio muy irritada... Sin embargo, me parece que el cariño que me tiene no es grande, en tanto que es muchísimo su apego al nombre de familia, de que yo soy el único representante... Fundándome en esto, no desespero de traer a mi tía a la razón a fuerza de cariño y de buenos procederes... aunque no se me oculta que corro el riesgo de enajenarme su voluntad en el presente y quizás en el futuro... Faltaría a la verdad si no le confesase a usted que me sería doloroso renunciar a las esperanzas de mejor posición que por ese lado abrigo... pero aún es para mí más ingrato abandonar este proyecto de casamiento con su amiga de usted, en que fundo mi dicha... Todo lo que deseo es que la señorita de Sardonne acepte mis proposiciones dignándose concederme su mano, sin que entre en sus designios ser mañana la poseedora de una fortuna que puede muy bien escapársenos... ¿Puedo contar absolutamente con usted a fin de que le indique cuál puede ser nuestro porvenir si mi tía me deshereda?
—Ciertamente puede usted.
—Usted sabe mi fortuna personal... Usted sabe que es muy modesta... pues bien, que la señorita de Sardonne no lo ignore.
—Creo que Beatriz se preocupará bastante menos que usted de esos detalles... Tiene naturalmente gustos elegantes y distinguidos, porque es una gran señora... pero suelen ser las grandes señoras las que mejor saben llevar, si el caso se presenta, una vida modesta y sencilla... Sin embargo, déjeme usted reflexionar un poco.
Apoyó el brazo sobre el velador, dejando caer en la mano su adorable cabeza, y después de meditar un momento preguntó a Pedro, cubiertas de rubor las mejillas, si le causaría invencible sonrojo aceptar una no abrumadora ocupación que pudiera añadir a sus medios serios recursos. Aseguróle la vizcondesa que ella tenía amigos y parientes en importantes empresas financieras, y que no le sería difícil encontrar para él uno de esos empleos en que se pide más la respetabilidad que los conocimientos especiales. El marqués le dio las gracias, no sin enrojecer a su vez un poco, mostrándose cordialmente dispuesto a aprovechar sus buenos oficios.
—¿Y cuándo quiere usted que hable a Beatriz?
—Vizcondesa, lo más pronto posible, le suplico... le aseguro que hasta que conozca su respuesta estaré en angustias de muerte... Usted ve que a esta carta juego mi porvenir... es para mí un momento solemne... y, a pesar de sus seguridades de usted... qué sé yo... no tengo gran confianza... ¡tengo miedo!
—¡Hola, amiguito!—arguyó la de Aymaret riendo—. ¡Bueno, voy a darle una cita para mañana!
Acercóse a su escritorio y escribió este corto billete:
«Querida, quisiera verte un instante a solas, tengo algo que decirte. Mañana a las 10 estaré en tu casa. Mil besos.—Elisa.»
Entregó la esquela a Pierrepont, conviniendo con él en que al día siguiente se verían en una de las avenidas de los Grenets después de la entrevista con Beatriz.
Apenas de vuelta en el castillo, entregó Pedro a la huérfana, que se preparaba para la comida, la misiva de la señora de Aymaret; leyóla aquélla de prisa y no vio al pronto en su contenido nada de extraordinario, nada que pudiera distinguirla de esa correspondencia trivial que casi diariamente cruzaba con su amiga. Fue sólo aquella noche cuando Pedro le preguntó si había leído el billete que de Elisa él le trajera, que Beatriz advirtió la turbación y el desconcertado continente del marqués.
—¿Ha ido usted hoy a casa de la señora de Aymaret?—le preguntó la señorita de Sardonne.
—Sí... y aun hemos tenido una conversación muy larga... y muy interesante.
—¡Ah!—exclamó aquélla—, ¿y sobre qué?
—Acerca de usted misma.
Beatriz no respondió nada y se alejó dulcemente: se sentía en trance de muerte: había entrevisto de un golpe la verdad, y parecíale que el cielo se rasgaba para fulminarla con sus rayos.
El deber más penoso que la señorita de Sardonne debía llenar en servicio de la baronesa, era leerle a ésta por la noche, y a veces hasta muy tarde, en tanto la anciana dama no lograba dormirse; en seguida Beatriz se retiraba a sus habitaciones procurando a su vez conciliar el sueño, si lo conseguía la pobre enamorada: aquella noche no alcanzó ganarlo, que pasó sus mortales horas en mil veces leer y en comentar mil veces el billete de su fiel amiga; transcurrieron para ella lentos los instantes en cien veces decirse a sí misma que el momento de la terrible prueba no se hallaba remoto y que la conminatoria arenga de la señora de Montauron no fue más que el preludio de infernales torturas.
¡Luego era verdad!... Ese hombre que, de hacía tantos años, fuera el pensamiento de su pensamiento, la vida de su vida, había contra toda vislumbre de esperanza pedido al fin su mano, esa amante mano a quien tardaba posarse en la de él; y ella veíase forzada a rehusársela so pena de faltar a deberes sagrados de conciencia y de honor, a deberes sagrados no sólo ante ella misma sino también ante su propio amado. Pues qué, ¿no se le había advertido que al desposarlo causaba su ruina? Y ni aun decirle podía en qué fundaba su negativa, dándose a sí misma, proporcionando a él ese postrer consuelo; no podía, sin hacer traición a su palabra leal, sin arrastrarlo a fuer de caballero, a empeñar una querella de familia cuyos resultados serían funestos para su propio elegido.
En su desamparo, ni suficiente le pareció siquiera su habitual plegaria para pedirle fuerzas a Aquel que las otorga, y al romper el día salió del castillo atravesando las húmedas praderas, en busca de la iglesia, allá, en el límite del aún dormido bosque: momentos después habría podido vérsela en el templo rogando desolada con fervor de mártir que se apresta al supremo sacrificio.
Al volver, como siguiese la orilla del riachuelo, arrodillóse en sus márgenes, empapó en el agua el pañuelo y humedeció sus ojos abrasados por lágrimas de fuego: dos horas más tarde la señora de Aymaret entraba radiante de alegría en las habitaciones de la huérfana. Comenzaron por besarse según costumbre, después de lo cual, anticipándose Beatriz a la vizcondesa, le habló en estas palabras:
—¡Es singular! Cuando anoche recibí tu billete iba yo a escribirte rogándote que vinieras hoy a verme... tengo que pedirte un favor...
—¿Un favor?—repitió la señora de Aymaret sentándose a su lado.
—Sí... tú conoces personalmente al cura de San ***—y designóle una de las más aristocráticas parroquias de París.
—¿El padre D***? Seguramente, es mi confesor.
—Si no me engaño, ¿es superior de las Carmelitas de la calle d'Enfer?
—Sí.
—Te suplico que le escribas dos renglones recomendándome a su amabilidad: deseo ponerme al habla con él.
Alteróse el rostro de la vizcondesa, que interrogó a Beatriz con mirada inquieta.
—Sí, pero me parece que ni pensarás siquiera...—díjole con emoción a la huérfana su seductora amiga.
—¿En entrar en el Carmelo?—repuso aquélla—. ¿Y por qué no?... Hace tiempo que lo vengo pensando... mucho tiempo... ¿Qué mejor puedo hacer sino abandonar este mundo, para mí tan duro?... Perdóname, amada Elisa, si antes no te he hablado de mis proyectos... pero, en asunto tan grave como éste, no hay mejor consejero que uno mismo... En materias de valor y de vocación, cuando se consulta a un tercero es que se carece del uno y de la otra...
—¡Pero, por Dios, hija mía!... Tu vocación no la han hecho sino el desaliento y la desesperación... Arrastras aquí, al lado de tu falsa bienhechora, una existencia odiosa, sin esperanza probable de mejora... pero, ¿y si yo te trajera no sólo esa esperanza sino la certeza de un porvenir más dulce, más digno... un porvenir dichoso, en fin...? ¡Vamos! óyeme, escúchame... ya te he dicho que estoy encargada de una misiva para ti... ¿Quieres hacerme el favor de escucharme, repito?
—Bueno... habla, mas sea lo que sea aquello que vas a decirme, no alteraré en un punto mi resolución...
—Entonces, te encuentras decidida a causar la desdicha de un dignísimo caballero... Me refiero al marqués de Pierrepont, quien denodadamente pide tu mano.
Beatriz clavó en los ojos de su amiga una mirada fija, extraña, sombría, mezcla de sorpresa y desvarío.
—¡Dios mío!—balbució en sorda voz.
—Y bien, amada mía—prosiguió la señora de Aymaret estrechando las manos de la de Sardonne—; ¿no es eso mejor que el convento?
—Me hallo, como bien lo ves, totalmente turbada con lo que acabas de decirme... pero no te engañas acerca de la causa de mi emoción... Experimento sorpresa... gratitud... Siento muchísimo responder con una negativa a la generosa demanda del señor de Pierrepont... al honor que me dispensa... pero, como te he dicho, mis ideas van por otro camino... otros son mis sentimientos, y no pienso alterarlos.
—Había creído comprender, Beatriz, que tu decisión no era irrevocable.
—Cierto... debo reflexionar todavía.
—Entonces, ¿me autorizas para que responda al marqués que pensarás?... ¿que no debe perder esperanzas?
—Si le dijeses eso le engañarías.
—¡Cómo! ¿aun cuando no entraras en el convento rehusarías su mano? ¡Ah!—exclamó la vizcondesa—, ¡aquí hay gato encerrado!... ¡tú amas a otro! ¡Tú amas a otro!—repitió la señora de Aymaret sin sospechar qué torturas imponía a su amiga.
—Tal vez—murmuró Beatriz.
—¿No hay esperanzas, pues?
Beatriz respondió melancólicamente por un negativo signo de cabeza.
—¿No puedo saber quién es?
—¡Elisa, no insistas, te ruego!
—¡Bueno! ¡está bien!—replicó aquélla con vivacidad—, ¡antes eras más franca conmigo!... ¡adiós, hija!
Y se dirigió rápidamente a la puerta.
—¿No me das un beso?...—le preguntó la pobre Beatriz.
—¡Siempre! ¡no uno, mil!—replicó tiernamente la vizcondesa saltando al cuello de su amiga.
Besáronse largo tiempo deshechas en lágrimas, y, en medio de su efusión, cambiáronse todavía algunas palabras, recomendando Beatriz a Elisa que, por razones que brevemente le explicó, nada dijese a nadie, el marqués exceptuado, acerca de su proyectada entrada en religión.
La señora de Aymaret abandonó el castillo y tomó el camino de las Loges, fraguando en su cabeza el mejor plan para atenuar en lo posible el rudo golpe que aguardaba a Pedro, resolviendo al cabo en sus adentros, insistir sobre la entrada de su amiga en el Carmelo y dejar en la sombra esos misteriosos amores cuya semi-confidencia había logrado arrancar a Beatriz. No tardó la vizcondesa en divisar al marqués, quien lentamente se paseaba en la convenida alameda, y como aquél reconociese a su vez a la de Aymaret, se aproximó en seguida, no sin que la consternada fisonomía de la joven dama hubiérale ya tácitamente revelado cuál fuese su definitiva sentencia.
—¡Que no!—se anticipó a decir a su confidente. Esta le apretó con fuerza la mano poniéndose a caminar al lado de Pedro, mientras le decía agitada febrilmente:
—Nada de depresivo para usted... nada que pueda herir su dignidad... ¡Al contrario!... Se ha sentido conmovida hasta el llanto de lo que ella llama su generosidad de usted... Pero el caso es que ha tomado una gran resolución... Se va al convento... Entra carmelita... Sí, señor, carmelita... Mi sorpresa es tan grande como la de usted... porque yo sabía que era piadosa, creyente, pero no beata... Necesariamente la lleva a dar este paso esa vida miserable que arrastra al lado de su horrible tía de usted... dispénseme usted la palabra... Le he prometido guardar el secreto para con todo el mundo, excepción hecha de usted... Porque su tía de usted se pondría furiosa de perderla y Beatriz no la prevendrá hasta el último momento por miedo de que le juegue una mala pasada... Y ahora, amigo mío, si quiere usted tomar mi consejo...
Pero, al decir esto, se interrumpió a sí misma al notar la profunda palidez del marqués: paróse, pues, y tocándole en la espalda con su pequeña enguantada mano, díjole:
—¡Realmente lo siente usted mucho, amigo mío!
—¡Siento que mi existencia se desploma!—replicó Pedro, sonriendo con tristeza—. Escúcheme... crea usted que nunca olvidaré cuánto le debo... Pero, ¿está segura de que se va al convento?
—Me ha encargado ponerla en relaciones con el cura de San ***, que es, al mismo tiempo, superior del Carmelo.
—¿Está usted segura de que eso no es un pretexto? ¿Amará a otro?
—¿A quién?... eso es muy improbable.
—Pues entonces, ya es algo—añadió Pierrepont—, que su alma se encuentre libre.
—¡Sin duda alguna, amigo mío!—corroboró la de Aymaret—, y ahora, me parece que debería usted alejarse de ella un poco de tiempo.
—Es lo que pienso hacer.
—¡Sin embargo, hay un inconveniente! ¿Cómo va usted a explicar su partida a su tía en medio de este período de fiestas en su casa?
—Justamente la casualidad me proporciona una excusa, que me parece aceptará aquélla. Ayer, sin ir más lejos, he recibido carta de un amigo de Inglaterra, lord S... invitándome a ir a pasar con él dos o tres semanas en Batsford-Park. El convite tiene un carácter especial; se trata de una reunión de caza a que debe asistir un personaje de sangre real que se ha dignado designarme entre las personas que desearía lo acompañaran; me propongo, pues, partir mañana.
—¡Es lo mejor!—asintió, la señora de Aymaret.
Entretanto había llegado a la vista de las Loges; el marqués paróse un momento, y tocando la mano a la vizcondesa, le dijo con acento conmovido:
—No sé si tendré tiempo de ver a usted antes de mi partida... hasta la vista, pues... ¡mil y mil veces gracias!
—¡Dios mío! ¿gracias de qué?
—De su leal amistad... hasta la vuelta...
—¡Hasta la vuelta!
Y se alejó en dirección a las Loges, mientras que Pierrepont volvía al castillo.
So pretexto de una violenta jaqueca abstúvose aquella mañana la señorita de Sardonne de presentarse en el almuerzo, pero su ausencia no escapó a la suspicaz atención de la baronesa, como tampoco se le había ocultado la sombría preocupación de su sobrino. Conocía también ya que la señora de Aymaret tuvo aquella mañana y en hora inusitada cierta misteriosa entrevista con Beatriz; así, pues, relacionando estos tres incidentes y atando cabos, vino a caer en la cuenta de lo que pasaba, creyendo comprender que una parte de sus sospechas habíanse realizado, aunque sin poder discernir con claridad cuál había sido el resultado; era de entera evidencia para la señora de Montauron que su sobrino había dado un paso decisivo cerca de Beatriz... Pero, ¿con qué éxito?; lo ignoraba, y el averiguarlo era indispensable, por cuanto si el anonadamiento visible de su sobrino podía significar que había sufrido una negativa, pudiera argüir también que, hallándose al cabo por obra de Beatriz de la oposición y amenazas de su tía, meditaba el marqués sobre esos textos.
De un lado la certidumbre, del otro el temor de una escena enojosa, mantuvieron un día a la señora de Montauron en terrible agitación de espíritu; así que cuando en la velada comunicóle Pedro la carta de lord S... anunciándole que bajo la reserva de su aprobación contaba partir al día siguiente, la primera impresión de la baronesa fue la de un grande alivio, porque de cualquier lado que el asunto se mirase, esa precipitada fuga no significaba en puridad otra cosa sino la desesperación de un enamorado en derrota... Beatriz había sin duda alguna cumplido su palabra, y de ese cuadrante toda tempestad resultaba conjurada. En otras circunstancias, la señora de Montauron habría sujetado a muy severo examen el vínculo obligatorio de la invitación británica, pero, si en las actuales coyunturas la súbita ausencia de su sobrino desconcertaba algunos de sus planes contrariándola en ciertos respectos, veíase en cambio libre de obsesión tan pesada, que ante esa idea otorgó su permiso con relativa buena voluntad.
Por consecuencia, al día siguiente, bien de mañana, el marqués de Pierrepont tomaba el tren, acompañado de las caricias de su tía y de las maldiciones de aquellas señoritas.
VII
rivales
Cuando Pierrepont abandonó el castillo de los Genets en las circunstancias que acabamos de describir, hacía ya más de doce días que Fabrice también se hallaba de vuelta en París, súbitamente llamado por una indisposición de su hija Marcela, indisposición que dio cierto cuidado a las Hermanas de Auteuil, en cuyo instituto educábase la niña. La baronesa había visto con muy malos ojos la partida del pintor, por cuanto así se aplazaba indefinidamente la terminación de su retrato, de que ella, a justo título, se sentía no sólo cumplidamente satisfecha, sino hasta orgullosa, porque en él se veía, cual si se mirara en su espejo, con un no sabía qué de algo más que ese pícaro espejo le rehusaba obstinadamente, habiendo tenido el artista la galante condescendencia de otorgárselo.
Al día siguiente de su llegada a París escribió Fabrice a la baronesa que había encontrado a la niña restablecida, mas que le era forzoso prolongar la ausencia en dos o tres semanas, a fin de dar a la convaleciente, antes de volverla a la pensión, las distracciones que reclamaba su estado. Testigo Pierrepont del vivo descontento que causaba a su tía paréntesis tal, le sugirió la idea de apresurar la vuelta del pintor a los Genets haciéndolo acompañar de la enfermita, quien con los puros aires del campo lograría más pronto restablecimiento. Aunque gruñendo un poco, concluyó la señora de Montauron por dar el beneplácito, y como Pedro tuviera que pasar por París para ir a embarcarse en Boulogne, fue el encargado de trasmitir la invitación a Fabrice.
Cuando el marqués anunció a este amigo su viaje a Inglaterra, donde debía permanecer varias semanas, no pudo el artista dominar su extremada sorpresa.
—Pero, ¿y tus proyectos de matrimonio?—le preguntó.
—Mis proyectos de matrimonio, querido Jacques, han ido a juntarse con las nieves de antaño... El casamiento visto a la distancia se me había presentado como a otros hombres de mi edad bajo aspectos muy halagüeños... Pero, a medida que me aproximaba, fue tomando tales formas de esfinge y de quimera, que he acabado por desalentarme... Cuando he encarado de frente los inconvenientes, me he convencido de que no puedo vencerlos con mis medios... Rehuso, pues, y recobro mi libertad.
—Y tu tía, ¿qué dice?
—Mi tía... tiene paciencia... pero a ti te reclama a voz en grito, y para anticiparse a cualquier objeción te ruega que vayas con Marcelita, que hará allí buena provisión de salud corriendo en los bosques.
Aunque demostrando su agradecimiento, manifestó Fabrice dudas y empacho en admitir las ofertas de la baronesa. Pedro insistió: se pondría a la niña una doncella, con el exclusivo objeto de que la cuidase; el médico iría a verla diariamente... En fin, el artista, pareciendo tomar con esfuerzo una resolución ingrata, preguntó a Pedro si podía concederle media hora de atención para escucharlo.
—¡Media hora!... y una... cuantas quieras.
—Siéntate, entonces—le dijo Fabrice mostrándole un ancho diván que ocupaba uno de los ángulos del taller. Sentóse Jacques junto al marqués y comenzó así su diálogo, con voz turbada:
—Voy a ser sin duda indiscreto... Pero, ¿debo entender que, según me has dicho, abandonas los Genets libre de todo compromiso y aun toda idea que se refiera a matrimonio? ¿He comprendido bien?... ¿Es así?
—Has comprendido bien... así es.
—¡Pues bien!... me sorprendes... yo hubiera jurado que amabas a la señorita de Sardonne, y aun que pensabas casarte con ella.
—¡Singular idea!...—dijo fríamente Pierrepont—. No, te equivocas; conozco a la señorita de Sardonne desde su niñez y le tengo cierto afecto... Eso es todo... Sabes, además, que mi fortuna es escasa y que ella nada tiene... un matrimonio entre los dos sería una locura.
—Puesto que ahí están las cosas, voy a hacerte una franca confidencia. En la misma carta que se me participó que mi hija estaba indispuesta, se me decía también que ya se hallaba restablecida, y no hubiera regresado a París si no hubiese creído que debía aprovechar la ocasión para poner a mis relaciones de amistad con Beatriz un punto final. Quería romper, si ya era tiempo, la fascinación que sobre mí ejercía, considerándola no sólo peligrosa para mi reposo, sino, lo que es más, desleal hacia ti.
—Esos escrúpulos son dignos de tu caballerosidad, maestro queridísimo, pero son infundados... y si abrigas, como me parece comprenderlo, proyectos acerca, de la señorita de Sardonne, no tienes que temer, te lo repito, ninguna rivalidad por mi parte.
—Me dispensarás que te diga, caro marqués, que tus explicaciones no me satisfacen... La señorita de Sardonne es casi de tu familia, y nuestras conexiones de amistad son tales que no podrían abandonarme a mis proyectos acerca de aquella joven sin obtener de antemano tu aprobación.
Pierrepont se inclinó con gravedad, y prosiguió Fabrice:
—Pero antes de darlo es preciso que conozcas mis sentimientos... Fórmanlos elementos bastante heterogéneos... unos un tanto honrosos... otros que lo son menos... Juzga con tu propio criterio... Puedo jurarte que en mis relaciones cotidianas con Beatriz, ya en el salón de tu tía, ya durante nuestras diarias lecciones de acuarela, me sentía a cada, instante más influído por la simpatía, la estimación y el respeto que aquélla me inspiraba; así como por su conducta y dignidad en soportar sus sufrimientos, porque es imposible hacer cara a la desventura con más altiva resignación; es imposible mantener con mayor decencia ni mayor decoro una situación tan ambigua, delicada y peligrosa... Podría también jurarte sin remordimientos que la idea de rescatar a aquella noble criatura de la especie de abismo a que el infortunio la ha arrojado, ha tenido en mis determinaciones parte muy principal, porque hay en esa idea atractivos infinitos... Pero, en fin, ante todo y desde el primer momento ha sido su hermosura la que me ha conquistado. Acabas de decirme que conoces a la señorita de Sardonne desde su infancia, y sin duda por eso, por el hastío que engendra el hábito, no te das cuenta de cuan grande es su belleza... ¡Oh! ¡es fascinadora!... Tiene el puro, serio, y un tanto trágico, encanto de Urania... y de Musa también; es su voz, armoniosa y grave; encanta oírla leer; durante nuestras sesiones para pintar el retrato de la baronesa, mil veces me ha asaltado la loca idea de traerla a mi casa para hacerla el hada de este taller en que nos encontramos... que por la magia de su presencia resplandecería cual otro paraíso... Si hubiese conocido a la señorita de Sardonne en la alta posición social en que nació, todo eso no habría pasado de un ensueño pasajero de artista... uno de esos ensueños que con tanta frecuencia nos asaltan... porque nosotros somos generalmente muy aristócratas en nuestros amores... La mitad de nuestra vida la pasamos por ministerio de la imaginación en muy altas esferas, en muy escogida compañía... Vemos con harta frecuencia a las grandes damas en medio de los esplendores de sus palacios, y entrevemos a las diosas tronando sobre sus solios de nubes... Y aun es una de nuestras grandes decepciones, de nuestros grandes dolores caer de pronto desde esas doradas alturas encima de las ronzas de la tierra... Ahí tienes por qué, precisamente en estas cuestiones de matrimonio, son tan graves nuestros errores y tan profundos nuestros desencantos... ¡Ay! ¿quién lo sabe mejor que yo?... Pues bien, te decía que si hubiese encontrado a la señorita de Sardonne en todo el brillo de su nacimiento y de su fortuna, conozco demasiado las leyes y las costumbres sociales como para que ni un momento se me hubiera ocurrido aspirar a su mano... Pero, en fin, la veía desgraciada y pobre... y al menos, si no en otro, en el camino de la riqueza me encuentro ya... Aquellas circunstancias venían a acortar la distancia entre nosotros... Podía al menos ofrecerla una posición independiente... dar a su hermosura un marco digno de ella... y poco a poco me dejaba ganar por una tentación tan poderosa, precisamente cuando me pareció observar que tu amistad hacia la señorita de Sardonne tomaba el carácter de más serios sentimientos... Desde ese momento mi línea de conducta estaba trazada... ponerme en fuga...
—Carísimo maestro—interrumpió Pierrepont—, eres un niño grande... Todo eso me lo debiste contar... allá... en los... Genets... así te habrías evitado un viaje de ida y vuelta.
—Si diera rienda suelta a mi deseo—replicó el pintor—, ¿podría contar, querido marqués, con tu simpatía y tus buenos consejos?
—Simpatía desde luego... Cuanto a consejos, son siempre muy delicados en estas materias... Yo no quisiera verte dar un paso en falso... Ante todo es necesario saber si la señorita de Sardonne participa de tus ideas.
—Las ignora absolutamente—repuso el pintor.
—¿Estás seguro? ¿En vuestras largas conversaciones durante la lección de pintura no se te ha escapado nunca alguna palabra que la haya puesto en sospecha?
—Nunca. Era vuestro huésped.
—Eres un caballero. En adelante, por lo que a mí se refiere, quedas en completa libertad de hacer lo que te plazca. No debo ni puedo oponerme a que la señorita de Sardonne sea dichosa contigo si ella así lo estima.
—Pero, tú que la conoces de hace tanto tiempo, ¿crees que acogerá mi demanda, si me atrevo al fin a presentársela?
—En cuanto a eso, no sé qué decirte... ¡Es un carácter tan misterioso!... Dicen que en su tiempo tuvo idea de entrar en el convento... Pero eso tal vez fuera a falta de cosa mejor.
—¿Y tú tía?
—Mi tía se encuentra muy bien con su lectriz... Así es que por su parte no debes aguardar muchos entusiasmos... pero no tiene ninguna autoridad legal sobre Beatriz, quien depende en ese punto únicamente de su tutor, cierto antiguo amigo de su padre, amigo por añadidura muy indiferente... De modo que concluirá por decir amén a lo que a ella se le antoje.
Hubo un corto silencio.
—¿Crees—preguntó Jacques—que Beatriz querrá a mi hija, que se portará bien con ella?
—¿Por qué suponer lo contrario?
—¡Es verdad!... ¿De manera que tu tía me permite que lleve la niña a los Genets?
—No sólo lo permite, lo desea.
De nuevo quedaron en silencio.
—Y bien, querido maestro, ¿es cuanto deseas que yo te diga?
—Eso es todo... Te estoy sumamente agradecido... ¿Quieres darme tu dirección en Inglaterra?
Pierrepont se levantó, y escribiendo dos líneas en una de sus tarjetas, la entregó a Fabrice.
—¡Ahí tienes! Batsford-Park, Moreton in Marsh, Woorcester... ¡Adiós! ¡Hasta la vista!
—¿Te vas esta tarde?
—Esta tarde... sí... ¡Ea, hasta la vista!
Diéronse la mano y se separaron.
Únicamente por un esfuerzo de voluntad y altivez pudo el marqués seguir hasta el fin la narrada conversación que fue para él interminable suplicio, y tanto, que más de una vez tuvo que hacer un llamamiento a su razón para no acusar a Fabrice de verdugo, despiadado e irónico... En vano le había afirmado el artista con palmaria sinceridad que Beatriz ignoraba su pasión; ¿qué sabía el pintor? Las mujeres tienen en esos asuntos un don de doble vista sorprendente, y sobre todo con los pobres de espíritu a la manera de Jacques Fabrice; tal vez la causa verdadera de la negativa que Pierrepont había sufrido estribaba en ese amor que ella vislumbraba y que se sentía inclinada a compartir desde el momento que se le confesase.
Dada la reputación que Jacques disfrutaba, era notorio que la puerta de las grandes riquezas quedaba abierta para él, y, en ese caso, podía contar con una pingüe renta para lo sucesivo: quizás era ése el mayor atractivo para una muchacha criada en el lujo y ahora sumida en enojosas privaciones a que le tardaba poner fin.
En suma, aun haciendo lo posible para persuadirse de que sus temores eran quiméricos y de que su rival encontraría a Beatriz tan inflexible como se le presentara Pedro a él mismo, no podía éste defenderse contra las angustias punzantes ni las locas injusticias de los celos.
Casi se sentía inclinado a reprochar el leal comportamiento de Fabrice ante cuya lealtad veíase obligado a inclinarse, cuando él se hubiera creído dichoso en poderle arrojar al rostro cualquier sangriento ultraje.
Era, pues, ¡ay!, con sentimientos vecinos al odio que se alejaba del amigo de su juventud.
Este, por su lado, guardaba de la conferencia una impresión equívoca y penosa, porque el lenguaje cortés y la casi impasible fisonomía del marqués no habían sido parte a disimularle la especie de embarazo y de frialdad con que aquél acogió su confidencia.
Pedro, después de haber meditado sobre ese capítulo, acabó por explicarse tal reserva merced a una razón que parecía verosímil: sin duda hubo al principio de parte de Pierrepont, dados sus antecedentes y opiniones, disgusto y extrañeza al considerar cómo un nombre de los humildes orígenes de Jacques se atrevía a poner sus ojos en una joven de elevada cuna, que era al mismo tiempo casi una parienta del marqués, porque ya en más de una ocasión, aun en medio de su franca amistad, había advertido Fabrice cómo tras del amable dilettantismo de Pedro asomaba en ocasiones una punta de protección aristocrática, cual si su amigo pretendiese arrogarse con respecto a él el papel de Mecenas. El artista sonreía, como un sabio y un justo que era, absolviendo esas debilidades radicadas en la levadura humana, pequeñeces al fin que excusaba de buena voluntad por cuanto conocía cuan grande y noble fuese, a pesar de ellas, el alma de su amigo.
En la tarde misma de aquel memorable día de la entrevista, escribió Fabrice a la señora de Montauron dándole gracias por sus atenciones, y al día siguiente llegaba a los Genets acompañado de su hija Marcelita.
VIII
marcela
Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda niña de cinco años, que tenía la misma frente serena y seria de su padre, cautivando, además, por el gentil donaire de su graciosa personita. La señora de Montauron declaró ex cáthedra que tenía aire de española.
—Y no es extraño—añadía la señora—, porque usted también, Fabrice, tiene tipo español... ¿Está usted seguro de no serlo?... Recuerdo haber visto en San Sebastián, hace dos o tres años, un torero que tenía con usted extraordinario parecido.
—Eso es muy lisonjero para mí, señora, pero crea usted firmemente que mi único parentesco con aquel diestro, es la común descendencia de Adán.
La sociedad de invitados de los Genets se había, renovado en parte durante la ausencia del pintor, pero el personal femenino, aunque un poco más frío por la ausencia de Pierrepont, era siempre numeroso y brillante.
Las mujeres en general, en su necesidad de conceder tiernas demostraciones, aprovechan presto la ocasión de otorgarlas a algo o a alguien; así, pues, Marcela no tardó en atraer sobre su monísima figura las cariñosas efusiones de que tan pródigo es el sexo bello; únicamente entre los habitantes del castillo, la señorita de Sardonne mostró hacia la criatura lejanía e indiferencia, dirigiéndole como al paso breves palabras, en tono brusco, distraído, casi enojado, sin que tuviera con el padre durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una frase cariñosa para la niña: el mismo angelito sentía esa especie de menosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeñosa. Jacques ignoraba en absoluto la tremenda prueba por que acababa de pasar la de Sardonne, prueba cuyas amarguras desgarraban todavía su alma con toda la crueldad de una pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternura paternal, acusó a la huérfana de insensibilidad, de vano orgullo, de sequedad de alma, preguntándose si sus mismos sentimientos serían jamás comprendidos por aquel corazón de acero, diciéndose también que, de continuar persiguiendo su ensueño amoroso, comprometía la dicha de su hija, ¡el adorado encanto!
En estas incertidumbres transcurrió para él la primera semana después de su vuelta a los Genets.
Cierta hermosa mañana del fin de septiembre hallábase el pintor sentado en un banco del parque, aguardando a Beatriz, que aquel día tardaba un poco en venir a dar su lección; Marcela corría y jugaba delante de él, y a cada instante interrumpía su juego, llegándose a besar a su padre, porque este querubín guardaba para Fabrice ternuras de mujer enamorada. Ella le hacía el nudo de la corbata, ella sacudía el polvo de su traje, ella le echaba al cuello un pañuelo de seda para preservarlo de la húmeda brisa. Descubrió la niña, en medio de su incesante ir y venir, algunas tempranas violetas ocultas entre la yerba, y haciendo un ramito las colocó en el vestido del artista; después sentóse, y abrazando con mimo a su padre:
—¿Te encuentras bien, papá?—le preguntaba—: yo me encuentro muy bien... ¿Verdad que es bonito el campo?
Esta escena íntima tenía desde hacía algunos minutos un mudo testigo; la señorita de Sardonne había salido del castillo llevando en la mano su caja de colores, y sin ser advertida habíase aproximado al tierno grupo; paróse un momento, avanzó de nuevo, y con aquella voz cadenciosa y grave que estremecía al pintor hasta el fondo del alma:
—¿Se quieren ustedes mucho?—preguntó.
—Somos todo el uno para el otro—replicó Fabrice poniéndose de pie.
Clavó sobre él una mirada inquisitiva, y volviéndose a la niña:
—¿Quieres mucho a tu papá?—le dijo.
La niña, cortada por la presencia de su enemiga, respondió con un sencillo gesto poniéndose la mano sobre el corazón.
—¡Monísima!... dame un beso... ¿Quieres?
Admirada la niña, acercóse lentamente; entonces Beatriz la tomó en brazos, la puso de pie sobre el banco y la abrazó contra su pecho cubriéndola de besos.
Estas caricias apasionadas por parte de una persona tan avara de expansiones conmovió a Fabrice hasta lo íntimo del corazón, como si esos cariños hubiesen sido concedidos a él mismo, y todos sus temores, todas sus ansiedades se desvanecieron al soplo de esos besos. Adivinó todo el calor de alma que la altiva joven disimulaba por una especie de pudor bajo sus heladas apariencias, y su pasión, un momento en derrota, lo ganó de nuevo por entero.
Marcela volvió al castillo y Beatriz se puso a la obra bajo la vista del maestro.
Acababa de dibujar una especie de chalet, cubierto por una enredadera que servía de habitaciones al jardinero. Fabrice examinó el diseño, le hizo una ligera corrección y, devolviéndoselo:
—¡Qué amable ha estado usted con mi hija!—le dijo.
—¡Admira a usted eso!
—No, seguramente... pero...
—Sí, le admira... lo he leído en sus ojos... Sé muy bien que hasta ahora no había mimado a su hija de usted... Excúseme usted... soy algunas veces tan distraída... suelo estar tan preocupada... Me decía usted, señor Fabrice, que eran ustedes todo el uno para el otro... ¿Hace mucho que esa pobre niña perdió a su madre?
—Poco más de cinco años.
—¿Se casó usted muy joven?
—Sí, muy joven.
—¿Y ese angelito no tiene más parientes que usted?
—Tiene un tío... hermano de su madre.
—Es religioso, ¿no es verdad? ¿En los Oiseaux, me parece?
—No, señorita, en la Asunción d'Auteuil.
—¡Ah! sí, conozco... allí se está muy bien... es un paraíso... Pero, ¡Dios mío! Señor Fabrice, qué mal está mi enredadera... se diría de estuco... no tiene aire... ¡Decididamente, esto no marcha!... Pierdo la fe, señor Fabrice.
—No tiene usted razón, señorita... aseguro a usted que ha hecho serios progresos.
—Sí, pero nunca seré pintora... no tengo talento... ¿no es verdad?
—Perdón—respondió el pintor con su habitual sinceridad un poco ruda—. Tiene usted un muy cumplido talento de aficionada.
—Sí, pero no es un talento que en rigor pudiera proporcionarme recursos para vivir.
—Podrá usted conseguirlo... pero para eso habrá que conceder más tiempo al estudio.
—¡Más tiempo!—murmuró Beatriz.
Y precisamente al decir eso dio dos golpes la campana del castillo.
—¡Me llaman!—exclamó aquélla, guardando con prisa su dibujo en la caja—. ¡Más tiempo!... ¡Ya ve usted si es fácil!... ¡Ya ve usted cómo puedo disponer de mis horas!
—¡Su vida de usted no es por cierto dichosa!—añadió Fabrice echando a la huérfana una mirada de tierna compasión.
—Señor Fabrice—le replicó aquélla bajando la voz y con una energía extraordinaria—, no importaría nada ser sólo desgraciada... Lo que es terrible es sentir cómo va una volviéndose perversa.
Y se dirigió casi corriendo hacia el castillo.
Fabrice no tardó en seguirla; una vez en sus habitaciones paseóse largo tiempo de arriba abajo, torturado por supremas incertidumbres; después se sentó delante de una mesa, tomó una pluma y escribió la siguiente carta: