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Honor de artista

Chapter 12: IX
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About This Book

A nobleman and last scion of his family confronts pressure from a wealthy relative to contract an advantageous marriage that will restore the household's standing. Torn between a cultivated life of social pleasures and a growing conviction about honor and taste, he discusses his doubts with a painter friend while moving through salons, entanglements, and rivalries. The narrative traces the tensions between personal freedom, public reputation, and artistic sensibility, showing how social expectation, vanity, and duty compel characters to weigh compromises that test their principles and reshape intimate and social relationships.

«Señorita:

»Me permito decir a usted por escrito lo que me ha faltado valor para expresarle de palabra. Mi carta será corta. Respeto a usted demasiado para dirigirme a usted con frases de una admiración y de una galantería triviales. El único homenaje que me atrevo a rendirle, es poner mi destino en sus manos. No puede en adelante ser dichoso o desgraciado mi porvenir sino en virtud de lo que usted se digne resolver. ¿Bastará con que le diga que no hay uno solo de sus méritos, uno solo de sus atractivos, uno solo de sus sufrimientos de que no me sienta profundamente, perdidamente penetrado?

»Estimo a usted tanto, señorita, que me parece cometer una profanación al osar amarla. Pero, en fin, humildemente le ofrezco lo poco que yo soy. ¿Quiere usted ser la madre de mi hija?... ¿Nos rechaza a ella y a mí?

»De usted respetuosísimo servidor siempre y en todo caso,—Jacques Fabrice

Como el artista, después de haber cerrado la carta reflexionase acerca del medio más pronto y seguro para hacerla llegar a su destino, vio desde la ventana de su salón, que precisamente atravesaba Beatriz en aquellos momentos el patio de honor del castillo. Este patio, muy grande, se hallaba plantado en parte de césped y de árboles. Hermosos castaños formaban en un ángulo una especie de bosquecillo provisto de rústicas sillas. A ese bosquecillo solía venir Beatriz algunos mediodías a leer a sus anchas, cuando la baronesa la dejaba respirar. El pintor llamó a su hija que ocupaba una habitación contigua a la suya.

—¡Ven acá, alma mía!—le dijo—. Mira, la señorita Beatriz está allí sentada debajo de aquel árbol, junto a la capilla... Anda y entrégale esta carta de mi parte... ¡Anda, hija mía!

Un momento más tarde Fabrice seguía angustiosamente con la vista la marcha de la niña a través del patio. Al fin desapareció bajo la sombra espesa de los castaños. Interminables minutos transcurrieron; después Marcela salió del círculo de sombra y volvió hacia el castillo a cortos pasos. Fabrice creyó ver que la criatura tornaba con la carta en la mano; pasóse la suya sobre la frente helada, diciendo:

—¡Dios mío!

Y esperó inmóvil. Marcela entró.

—¡Toma, papá!—le dijo.

Y le devolvió el pliego que tenía en la mano.

Era, en efecto, el sobre de su carta, pero el sobre solo, abierto y medio desgarrado. En uno de sus ángulos estaba escrita con lápiz esta única palabra: «Mañana.»

Hubo una pausa.

—¿No te ha dicho nada ella?—le preguntó Jacques a la niña.

—Nada.

—¿Te ha dado un beso?

—No.

Todos los que aman, o los que amaron, se imaginarán fácilmente las imaginaciones, la fiebre, los súbitos transportes de esperanza, los repentinos golpes de desaliento que atenazaron el alma de Jacques Fabrice en las eternas horas que le separaban del mañana. Aquella noche vio como de ordinario a Beatriz en el salón; pero no pudo sorprender ni en su fría actitud ni en sus ojos impasibles de esfinge el menor signo que pudiera ayudarle a descifrar el enigma que encerraba esa palabra: «Mañana.»

¿Le escribiría ella? ¿le respondería de viva voz cuando viniese, según costumbre, a tomar su lección de pintura?...

Al día siguiente, mucho antes de la hora habitual, Jacques se hallaba en el sitio de la cita, ocupando el banco que había escuchado la conversación de la víspera. Beatriz llegó, respondió a su saludo con un ligero movimiento de cabeza, sentóse y púsose a preparar sus colores sin pronunciar una sola palabra; después, haciéndole seña de que se sentara:

—Señor Fabrice—le dijo con voz contenida, dulce y triste—; señor Fabrice, le estoy reconocida... muy reconocida... pero no debo ni quiero engañarle... puedo acordarle mi mano... pero temo que mi corazón desgarrado, marchito, ulcerado por la desgracia, no pueda devolverle todo lo que el de usted le da... Temo que los sinceros sentimientos de estimación y simpatía que experimento hacia usted, no respondan sino imperfectamente a los que tiene a bien consagrarme... Temo también que este paso que da, no sea para usted una desgracia.

—Señorita, nunca pude esperar encontrar en usted desde el primer momento la ternura infinita que usted me ha inspirado... No puedo confiar sino al tiempo, lo sé, a mis cuidados afectuosos, a mi adhesión apasionada, a su dicha, que la amistad se torne en afecto.

—Señor Fabrice, sólo debemos contar con el presente y debo decir la verdad... Cuanto al porvenir, todo lo que puedo asegurarle es que pondré de mi parte lo posible para ser una buena y honrada esposa, una madre cariñosa de su hija.

Jacques, los ojos húmedos por la emoción, tomó la blanca mano que Beatriz le tendía e intentó llevarla a sus labios, pero ella la retiró suavemente:

—¡Cuidado!...—dijo—; si cree que debe darme las gracias, démelas usted más tarde... Se nos vigila, muy de cerca cuando estamos en este sitio... y le suplico que no traicione nuestro secreto hasta tanto que haya puesto en antecedentes a... mi bienhechora—dijo la señorita de Sardonne con una sonrisa de extraña amargura al pronunciar esta última palabra.

—Pero, señorita—dijo el pintor—, ¿no es a mí a quien toca hablar sobre este asunto, con la que usted llama su bienhechora?

—Seguramente, eso será conveniente y aun necesario, pero me parece que debo prevenirla de antemano. Tengo mis razones.

—¡Dios mío! señorita, sabemos que vamos a encontrar de su lado una actitud un poco hostil... y, en ese caso, su entrevista va a causarle un verdadero disgusto... Permítame que se lo evite... o, al menos—añadió sonriendo—, que sufra yo las primeras descargas... Respeto mucho a la señora de Montauron, pero no le tengo miedo.

—Ni yo tampoco—afirmó Beatriz—. Si usted me ha visto sufrir con paciencia las humillaciones de una verdadera domesticidad, cualquiera que fuesen los motivos de mi resignación, esté usted seguro de que la bajeza no entraba para nada en ella... Muy mal me conoce usted, señor Fabrice, si cree...

La joven se interrumpió bruscamente; acababa la campana del castillo de dar los dos golpes indicadores de que la lectriz debía volver al lado de la baronesa.

—¡Voy!—dijo levantándose, y un centelleo de fiera brotó de sus pupilas.

Tendió de nuevo la mano a Fabrice, y se alejó.

El día en que la señora de Montauron impuso a Beatriz el sacrificio definitivo de su amor hacia Pierrepont, destruyó por el hecho el motivo único que tenía la huérfana para tolerar la mísera existencia que arrastraba al lado de la baronesa, y desde ese momento el disculpable sentimiento de sorda irritación que la joven nutría hacia su dura protectora habíase cambiado, en esta alma contenida pero ardientemente apasionada, en verdadero horror. La vista misma de la baronesa había llegado a hacérsele insoportable; su resolución de abandonarla estaba definitivamente tomada, y no aguardaba sino el momento de ponerla por obra; su primera idea fue, como hemos visto, llevar a cabo una especie de suicidio sepultándose en las austeridades de una de las más severas órdenes religiosas, y aun volvió, a hablar de nuevo a su amiga la señora de Aymaret sobre su próxima entrada en el Carmelo, esforzándose realmente en cifrar en el Cielo un amor para el que ya no quedaba esperanza alguna en la tierra; pero es menos difícil hacer un sacrificio que perseverar en él. Así, pues, la pobre joven encontraba en su natural apego al mundo, en su enérgica y floreciente salud, resistencias que le hacían muy dolorosa esa renuncia a todo... Y, sin embargo, ¿qué hacer? ¿adónde ir?

La carta con la declaración de Fabrice vino a sorprenderla en medio de estas indecisiones crueles. Muy admirada, sin embargo, y aun enojada por el paso que aquél había dado, quiso no obstante dar algunas horas a la reflexión; más de una secreta repugnancia tuvo que vencer, pero, en fin, en la extremidad a que se veía reducida, ¿cómo no aceptar ese refugio, después de todo honroso, que le abría una mano afectuosa y fiel? Para un náufrago de la existencia como lo era ella, la solución que se le presentaba era, si no la dicha, al menos la vida, y, sobre todo, el término cierto, seguro, de su pesada esclavitud.

Además, no ignoraba ella que la noticia de su matrimonio y consiguiente salida de la casa, era para la baronesa un trance horriblemente desagradable, y el solo placer de darle ese justificado mal rato venía a satisfacer la pasión más violenta que existe tal vez en la tierra; el odio de mujer contra mujer.

La señora de Montauron acababa de dormir pacíficamente su siesta en su gabinete contiguo al salón, y como digería con dificultad, su sueño era premioso, por cuya razón despertaba siempre de terrible mal humor. Así, pues, apenas vio entrar a Beatriz:

—¡Me parece, amiguita—le dijo—, que prolongas mucho tus lecciones con el señor Fabrice!... He tenido tiempo de leer casi la mitad de mi diario... me están llorando los ojos... ¡Vaya! ¡toma! estaba en la gacetilla... pero no, prefiero el folletín... veamos qué sucede al cabo a esa divertida duquesa... a quien el autor hace hablar como a una lavandera... ¡Bueno! ¡Vayamos, lee! ¡Principia!

—Perdón, señora—replicó la joven con extremada cortesía—; ¿podría decir a usted antes cuatro palabras?

La baronesa la vio vagamente inquieta.

—¿Qué deseas?—le replicó con acritud.

—Señora, ¿me permite usted que le recuerde la conversación que tuvimos en secreto en su habitación de usted hace quince días? Usted tuvo a bien decirme que si alguna vez cualquier caballero, un hombre de corazón, me pidiese en matrimonio, no solamente no tendría que temer ninguna dificultad por parte de usted, sino que hasta podía contar con su más sincero concurso... Tales palabras, señora, son demasiado preciosas para que yo haya podido olvidarlas... ¿Tiene usted, tal vez, señora, la bondad de recordarlas?

A pesar de no ser la baronesa persona que con facilidad se desconcertase, esta vez quedó descorazonada al oír semejante exordio, y fue casi balbuceando que respondió a Beatriz:

—Pero, ¡es posible!... Sí, pude decir algo de lo que me indicas... pero con ciertas reservas...

—Es cierto, señora, estableció usted ciertas reservas. Puso usted a su bondadoso concurso dos condiciones: la primera fue que su sobrino de usted sería excluido del número de aquellos entre los cuales podía yo escoger marido... la he respetado; fue la segunda que no me decidiría en favor de nadie sin prevenir antes a usted... es lo que ahora efectúo.

—¡Bien! escucho.

—Señora—prosiguió la señorita de Sardonne con el mismo tono de correcta urbanidad—; la circunstancia que usted tuvo a bien prever y desear con respecto a mí, se presenta hoy.

—¡Ah!

—Y vengo a rogarle que acoja con benevolencia la súplica que... para honor mío, no tardará en presentarle el señor Jacques Fabrice.

—¿Te pide en matrimonio Fabrice?

—Sí, señora.

—Me parece que debiera haber empezado por dirigirse a mí... Eso es la educación rudimentaria.

—Así lo hubiera hecho, señora, pero ha juzgado inútil proporcionar a usted esa molestia sin conocer antes mis sentimientos personales...; que, después de todo, era lo que más le importaba.

—¿Y te satisface ese casamiento?

—Sí, señora; el señor Fabrice es una honrada persona y un hombre de talento cuyo nombre me sentiré orgullosa de llevar.

—Supongo que no ignoras a quién sucedes como esposa... su primera mujer fue una lavandera.

—Perdón, señora, era florista.

—¡Es lo mismo!... ¡en bonita sociedad te vas a meter!

—Me encontraré contenta en ella si soy tratada con consideraciones.

—¿De modo que me dejas plantada, así, sin más ni más, olvidando todo lo que he hecho por ti, desde el momento que te recogí como si fueses mi hija?

—Esté usted segura, señora, de que no olvido un momento ninguna de las singulares bondades que a usted debo desde el momento que tuvo a bien tomarme a su servicio.

Para que nada faltase a la baronesa, tenía el don de hacerse cargo rápidamente de los menores matices de lenguaje; de ahí que no le pasaran por alto ni una sola de las impertinencias corteses ni de las vengadoras ironías de que la venía haciendo blanco su lectriz. Sucedió en consecuencia, que al oír aquella última y sangrienta réplica, la de Montauron se levantó vivamente de su asiento, y si hubiese podido disponer de los rayos celestes, habría sido muy verosímil que la señorita de Sardonne no hubiese podido repetir el cuento. A falta de otro expediente, verdad es que podía despedirla de su casa cubierta de ignominia, y lo pensó, pero la reflexión no tardó en mostrarle los mil peligros que traería un escándalo. Las malas lenguas la acusarían de oponerse al puro egoísmo de un casamiento, por otra parte muy razonable para la huérfana, que era al mismo tiempo su protegida; de manera que la baronesa resolvió callarse y tener paciencia; puesto que de cualquier modo que fuese, la lectriz escapaba a sus garras, valía más, pues, por sensible que le fuese perderla, tomar su partido y darse siquiera el mérito, cubriendo las apariencias, de haber sido generosa hasta el fin... ¡Bueno! después de todo, ese estúpido matrimonio tenía su lado conveniente, puesto que libraba a la señora de Montauron per omnia sæcecula del terror de ver a su sobrino casado con esa muchacha en la ruina.

En virtud de estas diversas consideraciones, la belicosa conferencia entre la baronesa y la lectriz iba a tomar un sesgo bastante imprevisto, aunque perfectamente femenino. La señora de Montauron, que había dado muy agitada varios paseos por el gabinete aspirando su pomito de sales, posó la mano sobre el hombro de Beatriz, diciéndole:

—Querida niña, supongo que no te habrá sorprendido que mi primer ímpetu al saber que me dejas haya sido de mal humor... Porque yo siento mucho tu ida, aunque a ti mi contrariedad te tenga sin cuidado... ¡Vamos, hija mía, dame un beso!

La señorita de Sardonne pasó por este sacrificio, y al abrazarla, la baronesa, cuyo sistema nervioso venía estando en insoportable tensión, rompió en llanto; fue para ella un alivio.

—¿Sabes—preguntó a Beatriz a través de sus sollozos—cuánto gana por año?

—No le he preguntado, señora.

—Estos pintores, cuando llegan a adquirir fama, ganan lo que quieren... Serás rica, hija mía... ¡Esa es la verdad!

—¿Puedo decir al señor Fabrice que tiene usted a bien recibirlo?

—Sin duda.... a mi hora acostumbrada... pero es preciso que antes de casarse termine mi retrato... Dile que venga dentro de media hora.

Beatriz le presentó de nuevo sus mejillas y se retiró. Pronto encontró a Fabrice en el parque, haciéndole un breve resumen de su entrevista con la baronesa.

—Ya ve usted cómo la cosa ha pasado sin mayores inconvenientes y que la señora no me ha maltratado mucho.

—Es que sabía que estaba usted sólidamente apoyada por retaguardia—respondió el pintor riéndose—. Yo estoy obligado a guardarle más consideraciones, eso lo sabe ella muy bien, y temo que la tempestad que no ha hecho más que asomar para usted, estalle sobre mí.

—Debe, a no dudarlo, aguardar algunas impertinencias... pero, si en algo me estima usted, súfralas con resignación, a fin de no echar a perder las cosas, que no van saliendo del todo mal.

—Se lo prometo a usted, y aun desearía que la prueba fuese dura, puesto que por usted voy a soportarla.

—Muchas gracias... pero usted comprenderá que deseo, a ser posible, salir de esta casa sin escándalo.

Prolongóse aún un poco de tiempo la conversación entre ellos, y mientras paseaban por la avenida central del parque, Beatriz daba al artista algunos antecedentes sobre la persona de su tutor, a quien se proponía escribir en seguida y cuyo consentimiento no era dudoso; y habiendo llegado en esto la hora de sesión, para el retrato de la señora, Fabrice volvió al castillo, encontrándose momentos después cara a cara con aquélla.

La señora de Montauron ocupaba ya su sitial en el centro de la sala.

—Señora baronesa—comenzó el pintor—, la señorita Beatriz me ha dicho que tenía usted a bien aprobar la unión que tengo la audacia extremada de ambicionar... Mil gracias le doy a usted por mi parte, señora, con tanto mayor motivo cuanto que usted se priva en mi obsequio de una compañía, de una intimidad de quien nadie mejor que yo conoce el precio.

—¡Dios mío! ¿Qué quiere usted, señor Fabrice? Lo que hace la dicha de los unos constituye la desgracia de los otros... ¡Esa es la vida!... Siéntese usted. Hablaremos del particular mientras usted trabaja, puesto que eso no le molesta.

Fabrice se inclinó, instaló el caballete, tomó la paleta y se puso a pintar.

—Creo que necesitaremos dos sesiones todavía.

—¡En fin!—dijo la baronesa. Callóse un momento, y a poco empezó de nuevo—. ¡Bueno!... volviendo a nuestro casamiento, mi querido señor Fabrice, va usted a casarse con una persona de la que me veo obligada a hacer las mejores ausencias... Su conducta y comportamiento desde que está a mi lado han sido positivamente ejemplares, como habrá podido juzgar por usted mismo... Beatriz posee cualidades mil que yo aprecio infinito... y, a pesar de eso, si me hubiera usted hecho el honor de consultarme antes de ofrecerle su mano, quizás me habría visto obligada en conciencia a quitar a usted su idea de la cabeza.

—¿Puedo saber por qué, señora baronesa?

—¡Dios mío! porque el día que se case usted con ella esas mismas cualidades, algunas por lo menos, pueden convertirse en defectos... No soy yo por cierto la que le reprocharé el sentirse orgullosa de su nacimiento y de poner muy alto la estima de su nombre y de su propia persona... pero aun a mis ojos, muy indulgentes por cierto en esos particulares, la señorita de Sardonne exagera sus méritos... Tiene, y quede esto entre nosotros, más soberbia que Lucifer... Usted mismo lo va a experimentar si Dios no lo remedia, mucho me lo temo, mi querido señor... No voy hasta decir que menospreciará a su marido, que a nadie puede inspirar tal sentimiento, ¡no, señor!... pero una alianza como la que ella concierta, tan completamente honrosa por otra parte, está en demasiado abierta contradicción con las tradiciones, con las costumbres de su familia, y de nuestra sociedad, como para que la señorita de Sardonne no deje de sufrir, más o menos, en su fuero interno... ¡Ay! querido señor, sé tan bien como usted que bajo el punto de vista de la sana razón, todo eso es perfectamente absurdo... pero permítame que le diga que conozco mejor que usted las ideas que a ese respecto reinan en nuestro medio social... Muy poco han cambiado, créame usted, esos sentimientos desde la época de Luis XIV y de Saint-Simon... ¡Perdone usted! sé lo que va usted a decirme... ¡Va usted a hablarme de la revolución!... ¡Jesús! ciertamente ha habido la revolución... pero si la revolución ha podido arrebatarnos nuestros privilegios y aun nuestras cabezas, no ha podido quitarnos los beneficios de eso que ustedes llaman, si no estoy equivocada, atavismo... es decir, en viejo francés, la excelencia de una sangre que se ha destilado y refinado en nuestras venas de generación en generación por espacio de quinientos o seiscientos años... Y... esa sangre se revela a pesar nuestro, mi querido maestro, cuando se la mezcla con otra... más joven... más pura... ¡Dios mío! no digo lo contrario, pero que, en fin, ni es de la misma esencia ni del mismo color... Por consecuencia, no es el uso hoy, pese a la revolución, que una señorita de la nobleza se case con un industrial... un sabio... un escritor... un artista, sean cualesquiera sus méritos... Algunas veces, suelen verse señoras tituladas casarse con poetas o con artistas... pero ésas son princesas extranjeras... En Francia la cosa no tiene casi precedentes... Y no vaya usted a creer, mi querido señor Fabrice, que en tales procederes haya nada de depresivo para aquellos que son objeto de él... a nadie en el mundo le gustan más que a nosotros los escritores, los poetas y los artistas... Hacemos de ellos con el mayor gusto el ornamento de nuestras mesas, el interés y el atractivo de nuestros salones... pero no nos casamos con ellos... ¡Excúseme usted! va usted a decirme que somos menos difíciles en lo que se refiere a alianzas de nuestros hijos y que los casamos con señoritas más o menos bien nacidas con tal que sean ricas. A eso le responderé, en primer lugar, que no es en lo que mejor nos portamos, y, en segundo, que, según nuestras ideas, el varón ennoblece, principio, fíjese bien, que reposa sobre una acertada concepción de la naturaleza humana, porque hay en la mujer una delicadeza de instinto, una flexibilidad, una facilidad de asimilación, una plasticidad, por decirlo así... si me expreso mal, mi caro señor, repréndame usted sin embarazo... hay, decía, cualidades de flexibilidad que la hacen plegarse con prontitud a todas las condiciones de la vida social... Se podrá hacer una muy pasable duquesita de la hija de un cualquiera, pero, de ese mismo cualquiera no se hará nunca nada... Usted comprenderá fácilmente, mi caro maestro, que la palabra cualquiera significa en mi boca un hombre de dinero, no un hombre de talento... Estos tienen, por el contrario, algo de femenino en su naturaleza, que los pone al par casi casi con las mujeres más delicadas, más impresionables. Porque, no lo olvide, señor Fabrice, y ahora más que nunca habla a usted su leal amiga, no olvide que en nuestras largas sucesiones y selecciones de familia, no es únicamente la sangre la que se refina, como le decía hace un momento... es también la educación, el gusto, el tacto social... todos los sentidos, en fin, todas las facultades... De ahí esa superior distinción que le encanta en la señorita de Sardonne y que será para usted, por cierto, un grande encanto y un grande peligro... porque una complexión tan perfecta y tan exquisita, por decirlo así, se siente herida por una nada, se rebela por sólo un detalle... Créame, señor Fabrice, preste suma atención a estas nimiedades... Hay matices que parecen insignificantes, matices en los cuales usted ni siquiera se fija y que pueden parecer verdaderas monstruosidades a la señorita de Sardonne... Vaya un ejemplo... una bagatela... Usted me llama, a todo propósito, cuando me habla, señora baronesa... pues bien, esté seguro que esto crispa, los nervios de su futura esposa... porque es completamente incorrecto emplear esas dos denominaciones... o señora simplemente, o baronesa a secas... señora baronesa queda reservado o para el teatro o para la cocina... Y como ésta, mi buen señor, hay una infinidad de pequeñeces que pueden ser verdaderos escollos en su hogar de ustedes y acerca de los cuales le pondría en guardia si no temiera fatigarle.

—Si usted misma no lo está, señora, podría usted continuar—respondió con frialdad el pintor.

Pero a pesar de esta insinuación, la señora de Montauron no prosiguió, porque aunque Fabrice había conservado su sangre fría, comprendió la señora, considerada la palidez mortal que cubría el rostro del artista, que hubiera sido impertinente por demás avanzar aún en aquella senda, y la verdad es que más de una vez había tenido que invocar la imagen de Beatriz para no poner punto final a semejante inoportuno sermón, rayando con un trazo de pincel el retrato de su insolente modelo. Cuando un poco más tarde dio cuenta a la señorita de Sardonne de tan penosa entrevista, parecióle prudente no entrar en detalles y se contentó con decirle simplemente «que no parecía sino que la baronesa había puesto particular empeño en mostrarse desagradable en cuanto a la forma; pero en cuanto al fondo se ha limitado a hacerme comprender que yo era indigno de usted. Hemos concluído por estar de acuerdo, porque ésa es, en suma, mi opinión».

Sin embargo, la baronesa consiguió ampliamente obtener el fin que se propusiera: había hecho como esos insectos cuya picadura imperceptible, sin ser precisamente mortal al pronto, deja en el organismo una perturbación tan profunda como quizás incurable.

No fue en verdad, sin algún embarazo y aún con ligera angustia, que Beatriz fue al día siguiente a casa de la vizcondesa de Aymaret, a quien deseaba comunicar de viva voz su formal compromiso con Fabrice. Pero la señora de Aymaret no pareció ni admirada ni enojada, porque desde el día que vio cómo Beatriz rechazara las proposiciones de Pierrepont, quedó convencida, por el lenguaje un tanto equívoco y las semi-confidencias de su amiga, de que ella tenía algún oculto amor, y a fuerza de reflexionar vino a dar en la flor de que entre todos los huéspedes de los Genets únicamente Jacques Fabrice, gracias a su talento y a su renombre, podía justificar la pasión de que Beatriz parecía dominada. Las sospechas de la vizcondesa adquirían aún mayor cuerpo por esa intimidad que las lecciones de pintura habían establecido entre el artista y su amiga, acabando por creer la señora de Aymaret que la joven renunciara al convento desde el momento que se convenció de que su amor era correspondido por su parte, y, considerándose la señorita de Sardonne por demás afortunada en verse relevada de entrar en mayores explicaciones, dejó que su amiga perseverara en tales conjeturas.

En el curso de su recíproca conversación sugirió la vizcondesa a Beatriz una idea que ésta no titubeó en aceptar, y que le fue fácil imponer a Fabrice. Como se había hecho difícil para los futuros esposos la residencia en los Genets, dada la actitud asumida por la señora de Montauron, decidieron aquéllos que Beatriz tomaría pretexto de las atenciones a que la obligaba su próxima instalación para irse a París en la entrante semana, conviniendo en que residiría hasta la época de sus próximas nupcias en el convento de Auteuil, donde Marcelita se hallaba en pensión; y como la baronesa estudiaba por su parte el medio de verse libre de los gastos y molestias que siempre acarrean unas bodas, prestóse del mejor grado a los deseos de su ex lectriz.

Pocos días después de los sucesos que hemos relatado, el conde de Villerieux, tutor de la huérfana, vino a buscarla a los Genets a fin de acompañarla a París, en cuya ciudad se encontraba ya Fabrice con su hija; y no necesitaremos decir que la despedida de la señora de Montauron y Beatriz no fue cosa que llamase la atención por su cordialidad.

Nada diremos por el pronto del efecto que causaron en el ánimo de Pierrepont las noticias que de Francia llegaban acerca de los acontecimientos que venimos narrando. Basta saber que las triviales cartas cambiadas entre los dos amigos a propósito del ya inmediato matrimonio, carecieron por completo de interés; la de Jacques fueron cuatro renglones a modo de simple notificación; la del marqués era, sea dicho en justicia, aunque breve, amistosa. Decía Pedro a su amigo que, por mala fortuna, habíase comprometido con su amigo lord S*** para dar con él una vuelta en su yacht por el Mediterráneo; pero que, sin embargo, contaba con estar de vuelta en tiempo oportuno para asistir a la ceremonia nupcial, encargándole al propio tiempo que transmitiera sus respetuosos parabienes a la señorita de Sardonne. Casi en los mismos días que esta carta, llegaba de Londres un rico brazalete dirigido a la hermosa desposada.

IX

gustavo calvat

Cuatro meses han transcurrido. Nos encontramos ahora en París, bulevar Malesherbes, en casa de la madre de Mariana de La Treillade, o, mejor dicho, de Mariana misma, quien tiene sus amiguitas personales a quienes recibe con entera independencia para charlar, según vocablo de su predilecta devoción. Y, en efecto, charla en esos propios instantes a más y mejor en amor y compañía de su inolvidable institutriz miss Eva Brown, de la gentil millonaria norteamericana miss Ketty Nicholson, de petrolesco olor, según detenidas observaciones de Pierrepont, sin que falte en el arcangélico coro aquella por siempre famosísima señorita de Chalvin, que se encabritaba como un caballito resabiado, según confesión de su misma interesante mamá, cuando en algo se le contrariaba. Estas señoritas, que se habían hecho amigas en los Genets, vuelven a encontrarse en París con recíproco placer de todas. Todas son elegantes, todas son bonitas, todas son muy blancas, la institutriz de marras inclusive, que, además de muy blanca, es muy sonrosada, ¡una manzanita! ¡Pero aventaja a todas también ese diablillo de Mariana! ¡Mariana! de puro rostro oval, mate blancura, grandes ojos en que voltejea la ironía y pequeños dientes de roedor.

Mariana se encontraba ya en París cuando el matrimonio de Beatriz, e historiaba a sus adorables amiguitas aquella ceremonia. Efectuóse en la iglesia de Passy, y Beatriz había querido que fuera muy sencilla a causa de su luto y de las pasadas desgracias de familia: además, hubo poca gente a causa de la estación, mediado de octubre, en que todo el mundo elegante está aún fuera de la gran ciudad. Sin embargo, Mariana había notado que entre los concurrentes había mucho cursi y conjeturaba magnánimemente que debían ser parientes del desposado... La señora de Montauron pretextó una violenta crisis reumática y tuvo a bien quedarse en su casa... enviando a los novios como regalo una docena de cubiertos de plata... ¡qué ruindad!... ¡y siendo tan rica!... El marqués de Pierrepont tampoco estuvo en la fiesta; se limitó a enviar un telegrama desde Malta, y su ausencia había llamado la atención, puesto que era el amigo predilecto de Fabrice... pero sin duda había temido que la desposada diera un espectáculo arrojándose a su cuello delante de la concurrencia... ¡Era tan tonto ese Pierrepont!... Estaba tan pagado de su persona y méritos, que se creía, el muy necio, que todas las mujeres estaban locas por él... A Marianita lo que más le chocaba en el mundo era un fatuo... Miss Eva y la señorita de Chalvin estaban de acuerdo... Únicamente miss Nicholson, aunque americana, tímida, ¡rara avis!, tomó mansamente la defensa del marqués... Mariana se enfadó... Era Pedro un hombre que ella no había podido soportar... Además lo aborrecía desde que con su charla había comprometido tan terriblemente a su prima la de Aymaret... verdad que a ésta no le importaba; muy al contrario, tenía como una especie de empeño en hacer ver que era amante de él... ¡Ya se ve, como es tan guapo!... ¡y tan caballero!... Y si no, aquí entre nosotras, añadía Marianita, ¿no ha hecho todo lo posible por comprometer también a la señorita de Sardonne antes de que se casara con el señor Fabrice que, por cierto, me parece un buen hombre...? ¿Y saben ustedes que ha montado bien su casa, calle Prony?... Elisa, precisamente la prima de Aymaret es quien lo ha dirigido todo... Fabrice quería hacer verdaderas locuras... me ha dicho que ella ha tenido que contenerlo... Francamente, no es rico... no tiene más que lo que gana con su trabajo... Verdad es que vende muy caros sus cuadros... ¡Y quisiera yo saber lo que le ha llevado a la baronesa por su retrato!... ¡También es cierto que yo en su lugar hubiera saldado la cuenta de lo lindo!... ¡Miren ustedes con una docena de cubiertos!

—¿Y el marqués de Pierrepont está siempre en Malta?—preguntó miss Nicholson.

—No, ahora creo que está, en Gythere.

—¿En Gythere?

—Sí, al menos yo lo he visto anoche en el teatro con una ella que tenía el tipo de aquel país.

—Pero, ¿es un calavera?—interrogó otra vez miss Nicholson poniéndose colorada.

—No... está de mal humor... ¡aburrido!—respondió Mariana.

Los informes de la señorita de La Treillade sobre la boda de Fabrice, aunque tan maliciosos en la forma, eran bastante exactos en cuanto al fondo, y nos dispensan de entrar en más detalles acerca del particular. También era exacto que el marqués de Pierrepont estaba de regreso en Francia hacía algunas semanas, pero no hizo más que pasar a uña de caballo por París, para presentarse en los Genets a su tía, impacientísima ya por su larga ausencia. Pocas fechas corrían desde que la señora de Montauron se había reinstalado en París y en su hotel de la calle Varennes, ocupando el sobrino su antiguo elegante entresuelo del bulevar Malesherbes, mansión no lejana del palacete en que respiraba Mariana de La Treillade.

La primera visita de Pedro fue para la señora de Aymaret, qué también habitaba por aquellas cercanías, parque Monceau: había prevenido de antemano a la vizcondesa, quien lo esperaba con cierta desazón, porque durante la ausencia del marqués, ni éste le había escrito ni ella se atrevió tampoco a hacerlo, no pudiendo olvidar que ella fue quien lo alentó en sus desdichados propósitos acerca de la señorita de Sardonne, que ella había sido su oficiosa mensajera para con aquella joven, que ella contribuyó en no escasa parte a la humillación que Pedro soportara, humillación que venía a hacer más punzante el efectuado enlace de Beatriz con Fabrice; por todas estas razones temió una escena de despecho, quizás de cólera y reproches, pero, por ventura de la interesante dama, su temor se hubo de disipar, por cuanto el marqués se presentó ante ella un poco pálido, es verdad, pero tranquilo, cortés y aun sonriente. Después de haber respondido casi alegremente a las preguntas sobre su viaje se dirigió a la vizcondesa:

—Querida amiga mía—le dijo—, aún voy a abusar otra vez de su amistad... Tengo que pedirle un consejo.

—No sé cómo después de lo pasado, es usted todavía tan magnánimo como para tomarme por consejera—replicó aquélla con tristeza.

—Siempre tendré un honor en que sea usted mi confidente... no sé qué línea de conducta debo seguir con Fabrice... No es para usted un secreto la estrecha amistad que nos unía de años atrás... Carezco de motivos fundados para romper mis relaciones con él... pero antes de ir a verlo quisiera cerciorarme de si mi presencia en su casa no sería un mal rato para él, para su mujer y para mí... En una palabra, ¿supone usted que la señorita de Sardonne, mejor dicho, la señora Fabrice... haya puesto en antecedentes a su marido acerca de los sentimientos que su mujer me inspiró en el pasado, y de las pretensiones que a la mano de aquélla abrigué?... Usted comprende que si es así...

—Excúseme usted si le interrumpo—exclamó la vizcondesa—, pero puedo dar a usted garantías a este respecto... Ayer mismo he visto a Beatriz, y como la conversación recayese sobre su regreso de usted, me dijo aquélla que, después de haber pensado mucho, había resuelto no hacer jamás aquella confidencia a su marido, porque consideraba que eso sería, de una parte, turbar gratuitamente su reposo, y, por la otra, faltar a la delicadeza por lo que a usted se refiere.

—Entonces, ¿cree usted que puedo presentarme en casa de ellos sin inconvenientes?

—Sin duda, y aun creo que los inconvenientes estarían en no hacerlo así, porque Fabrice no se podría explicar su abstención, buscaría la causa y caería en sospechas del cuál fuese ella, lo que para nadie sería una ventaja. Le aconsejo, pues, que poco a poco corte usted relaciones que por fuerza no le han de ser gratas, pero sin romperlas bruscamente.

—Tiene usted razón... Iré... Es más, voy a ir en saliendo de aquí... ¿cree usted que los encontraré en casa?... ¿La señora de Fabrice ha fijado un día de recibo?

—Sí, los lunes... hoy es martes... pero tiene usted seguridad de encontrar siempre a Fabrice en su taller... y probablemente también a su mujer, porque me parece que aquél está haciendo su retrato.

—¡Ah! ¡eso me interesará!

Habló Pedro en seguida de bailes, de teatros, y a poco se despidió de la señora de Aymaret. Al darle la mano le dijo ésta conmovida:

—¡Muy contenta de verle tan prudente!

—¡Señora, los viajes son un gran calmante!—contestó riendo, y partió.

Al cumplimentarlo la vizcondesa por su prudencia esperó provocar una expansión confidencial que mucho ansiaba, porque después de haber temido por parte de este enamorado con tanta crueldad desahuciado violentos transportes de enojos, creyó descubrir en sus claras intuiciones de mujer que, bajo aquella tranquilidad seca y fría, se ocultaba algo terriblemente alarmante, porque si esta indiferencia de Pierrepont era sincera, acusaba una ligera y casi despreciativa inconstancia que el bello sexo no admite en estos asuntos de corazón; pero con el íntimo conocimiento que del carácter del marqués poseía, temía más bien que esas apariencias glaciales encubriesen una de esas heridas tanto más terribles cuanto que no están sino cerradas en falso.

Diez minutos después Pedro entraba en casa de Fabrice; por la indicación de un criado subió directamente al taller del pintor con la antigua confianza de los pasados tiempos: llamó ligeramente, y alzando una cortina encontróse cara a cara con Beatriz, cuyos labios se entreabrieron para lanzar un grito apenas contenido merced a un duro esfuerzo; estaba sentada a pocos pasos del caballete de Fabrice, con un libro en una mano y acariciaba con la otra la suelta cabellera de Marcela, arrodillada a sus pies. En medio de aquella grande estancia sobriamente decorada tenía lugar una de esas escenas íntimas que admiramos en los viejos cuadros de los maestros flamencos donde las nobles alegrías del trabajo parecen aliarse con las más dulces ideas de dicha y de paz.

Jacques prorrumpió en una exclamación de alegría, corriendo hacia Pedro, a quien la cordial acogida del pintor certificó en seguida de la discreción de Beatriz. Gracias a la narrada circunstancia pudo el marqués cumplimentar con más libre espíritu a los recién casados, haciéndoles mil elogios de su instalación y excusándose de no haber podido asistir a sus bodas, retenido en Malta por una grave indisposición de su amigo lord S***. La mano de Beatriz posada sobre la cabeza de Marcela abríase y cerrábase convulsivamente, haciendo centellear al vario movimiento las piedras de sus sortijas, y éste fue el único signo de emoción que diera la hermosa desposada. Dio ésta las gracias a Pedro por el brazalete enviado de Londres, prenda que encontraba del mejor gusto, informándose después del sincero interés ¡la noble criatura! de la salud de la señora de Montauron y respondiéndole su sobrino que continuaba tan lozana como en sus mejores tiempos. Parece ocioso añadir que nadie creyó esto, ni aun el que lo afirmaba; pero, como a todos les tenía sin cuidado la baronesa, no se insistió sobre ese punto, y así, el marqués, después de prodigar sus alabanzas al esbozado retrato, que en efecto prometía ser una obra maestra, se despidió de los recién casados.

Y se retiró llevando impreso a fuego en su imaginación el cuadro de este interior honrado y venturoso, que es la idea perdurable de los hastiados vividores de su edad, hogar que él mismo había soñado con tan sincero ardor.

¡Ay! ¡qué engañosas son con frecuencia esas escenas de aparente dicha! ¡Cuántas veces al penetrar en la intimidad de un salón de familia, cuántas veces al pasar delante de la verja de alguna riente quinta, bañada por el sol, rebosando de flores, alegrada por la argentina risa de los niños, hemos dicho: ¡he aquí la dicha!... ¡Y cuántas veces nos hemos engañado!

Tal cual la vio, oyó y admiró Fabrice por la primera vez en el blanco salón de la baronesa, con su belleza de Musa y su voz grave y melodiosa, tal está Beatriz delante de él en estos momentos... Y Beatriz es su mujer: tiene allí, además, bajo su vista, cerca del corazón, su hija y su arte, es decir, todo cuanto ama en el mundo... y no es dichoso... Las venenosas insinuaciones de la señora de Montauron voltejean traidoras, implacables por su cabeza. Le parece advertir en los procederes de Beatriz hacia él algo así como una especie de tristeza resignada, una carencia de amante abandonado, cierta frialdad un tanto desdeñosa que parecen justificar las pérfidas profecías de la baronesa. Aunque aquella hermosa estatua le pertenezca, siente que no es suya, que hay en ella algo que se rebela, un fondo de ternura apasionada que no se entrega, que se guarda como en reserva. Y como le es imposible sospechar siquiera que en el corazón de su mujer tiene un rival, se culpa a sí mismo, y un poco también a lo que le rodea. Experimenta una inquietud indefinible, se vigila con penosa desconfianza a sí mismo; teme que haya en su lenguaje, en sus maneras, en sus hábitos personales algunas torpezas involuntarias que hieran los instintos delicados, los refinados gustos, la superior cultura de su aristocrática consorte, y al mismo tiempo tiembla por el vejamen que para ella puede ser el contacto con ciertas relaciones un poco vulgares que el oficio y el compañerismo imponen al artista.

Por desgracia, las aprensiones que asaltan a Fabrice no se hallan distantes de la certeza; aunque lo haya aceptado únicamente por desesperación, Beatriz ha entrado en casa del pintor como mujer honrada, con la más sincera resolución de sofocar todo sentimiento en contradicción con sus nuevos deberes, y decidida firmemente a identificarse con su marido; pero aunque estime sus talentos, hay en el arte del pintor algo de manual, un no sabía qué de mercantil que chocaba a esta altiva patricia. Nota también ella y nota con dolor, casi con ira, en los pequeños detalles de la vida común, ligeros solecismos de buen gusto, pecados veniales de ignorancia, faltas de menor cuantía contra ciertos principios, que denuncian en el pobre grande hombre las explicables lagunas de su educación primera, y las mujeres del temple y clase de Beatriz perdonan con más facilidad un vicio, tal vez un crimen, que una incorrección.

Conociendo Fabrice la pasión de su mujer por los ejercicios del sport, quiso que ella volviese a montar a caballo y aun él mismo se había dado a la equitación hacía dos o tres meses, acompañando frecuentemente a su mujer en sus paseos matutinos al Bosque. Jacques era un jinete atrevido y sólido, pero montaba mal, sin escuela y sin elegancia: su mujer se sentía avergonzada, y buscaba las más de las veces un pretexto cualquiera para no acompañarlo, prefiriendo privarse de su placer favorito antes que ver sonreírse al pasar su marido, a los correctos jinetes de la avenida de las Acacias.

Había más todavía: contábanse entre los íntimos del taller de Fabrice, cual acontece en todos aquellos, algunos aficionados y compañeros de juventud del pintor, formando más o menos en las filas del arte y de la literatura, cuyo tono y manera disgustaban extremadamente a Beatriz y era en vano que el artista pretextase su apremiante trabajo, era en vano que se esforzara en desalentar a estos parásitos contertulios, con especial a aquellos que se distinguían por sus procederes y maneras de bohemios. Contábase en el número de estos últimos, uno que, para desgracia de Jacques, se creía éste en el deber de tolerar; llamábase el tal Gustavo Calvat, era hermano de la primera mujer de Fabrice y, por consecuencia, tío de Marcelita; sus relaciones con el pintor remontaban a la época, ya lejana, en que los dos fueron discípulos de idéntico maestro en el mismo taller. El punto de partida era, pues, común, pero mientras Fabrice, por el no interrumpido esfuerzo y constante y austero trabajo, llegara poco a poco al ápice de su arte, Gustavo Calvat embotaba sus aptitudes y perdía lastimosamente el tiempo en palabras, proyectos, teorías, críticas trascendentales y elucubraciones estéticas que le conquistaban la admiración del bulevar de las Batignolles...

«Tú hablas mucho y dibujas poco», le decía sobriamente Jacques.

Calvat se llevó mucho tiempo buscando qué género de pintura podría convenir mejor a su siglo y a su talento, creyendo varias veces haberlo al fin encontrado. Durante un viaje por Italia, que hizo a costa de Fabrice, se había decidido con ardor por los pintores primitivos, y volvió no hablando sino de Duccio, Cimabue, Giotto, Tadeo Gaddi, el Massaccio y el Perugino, entonando himnos interminables a los mosaicos de San Miniato y a la simplicidad hierática de los bizantinos. «En esas fuentes frescas y puras era, según él decía con churrigueresca verbosidad, en donde debían vigorizarse las anémicas artes del siglo XIX. Él, personalmente, se hacía el apóstol y el precursor de un nuevo Renacimiento... porque él, Calvat, había penetrado por manera indestructible, la inspiración y los procedimientos de esos inimitables patriarcas de lo bello... ¿Y cuáles eran esos procedimientos?... La sinceridad... el candor... la fe... El artista debía principiar por borrar de un rasgo la historia del mundo, a contar del año 1400... olvidar redondamente que ha habido un Lutero, un Voltaire, que se ha tomado la Bastilla... era preciso no acordarse del 89... etcétera, etcétera... cerrar los ojos, recogerse en sí mismo... arrodillarse en espíritu en medio de un capítulo de viejos monjes del siglo XIV... Después abrir de nuevo los ojos y mirar al cielo piadosa, humildemente, cual un niño que reza su oración... Y entonces... entonces... tomar la paleta y pintar.» Y esto diciendo, trazaba en el aire con contorsiones de poseído el disparatado bosquejo de una obra maestra imaginaria. Era curioso, en verdad, ver a Gustavo desarrollar esta teoría dando a su cara de bohemio aires de vidente, mientras hacía muecas prerrafaélicas.

Después de haber hecho una Anunciación, de estilo bizantino, y una Santa Familia, sobre fondo de oro, quedó desazonado, cobrando horror a los primitivos (había de qué). Pasó después a imitar los maestros venecianos... luego la escuela flamenca y holandesa que tanto se aproxima a la naturaleza... después pintó la naturaleza, misma... ¡Este fue el último crimen, porque sus obras, que nunca fueron buenas, concluyeron por ser aborrecibles!

Fabrice procuró en vano hacerle comprender que el arte de ninguna manera consiste en servilmente copiar a la naturaleza, la que en sí misma es inerte y muda, sino en reflejar sobre ella las ideas que su contemplación sugiere a nuestra mente, prestándole un algo de esa alma que nosotros poseemos y de que ella carece; pero Calvat al oír tan exactos y atinados razonamientos, rompía en indignación, apostrofando a su cuñado de ser pintor de damiselas, de paisajista de corte, enviándolo por fin a esa repulsiva fosa común del ya difunto idealismo, es decir, la Academia.

Jacques, por íntima complexión bondadoso, reía a más no poder de la gárrula charla de Gustavo y de su pintura por el método de las gesticulaciones, mas lo que no le perdonaba fácilmente era el desorden de su vida, que entera se deslizaba en cafés y cervecerías, y aun más lo disgustaba el perverso espíritu de envidia, la hostilidad maldiciente con que denigraba a todo lo que valía más que él. A pesar de todo, Fabrice continuaba acogiendo amistosamente a este triste pariente y aun sacándolo de muy repetidos aprietos monetarios, y se conducía así porque en su piedad de hombre honrado consideraba que aquél era el hermano de su primera mujer, criatura que, si enojosa en vida, reposaba ya en la huesa, después porque Calvat tenía un mérito siempre grande a los ojos de un padre; el de amar a su hija divirtiéndola al mismo tiempo, porque con sus tendencias y aficiones a la mímica, le representaba escenas de Guignol, imitaba el grito de diversos animales y los sonidos de varios instrumentos: era, en suma, un farsante que, con sus mil arlequinadas, arrancaba a la niña esas infantiles carcajadas que suenan tan gratas en los paternos oídos.

Desde el primer momento este joven avejentado, gritón, charlatán, maltrecho de traje y no limpio de persona, con nariz como pico de ave carnicera, pegajoso bigote, dudosas uñas y marcado olor a tabaco y cerveza, inspiró a Beatriz la más profunda antipatía. Cierto es que se había sentido conmovida ante las razones de sentimiento en que su marido fundaba su tolerancia, mas no por eso dejaba de ser para ella una contrariedad de las más fuertes tener que sufrir a la continua el trato y la presencia de semejante documento.

Calvat vio por su parte con muy malos ojos el matrimonio de Fabrice con esta gran dama, cuyos desdenes presentía, y que iba a ser un fiscal implacable de sus habituales inconveniencias, y además le molestaba que ahora cada vez que iba a ver a su sobrina tenía que ponerse paquete. ¡Trascendental motivo de rencor! Aparte del cual inspirábale Beatriz esa aversión odiosa que sentía por todo lo que fuese superior, a él, ora en el orden físico, ya en el moral e intelectual. Por último, se sentía inquieto en el único honrado sentimiento que le restase, temiendo que la nueva esposa de su cuñado no le arrebatara la afección de Marcelita a quien, en su entender, alejaría de él poco a poco la altanera madrastra.

Por todas estas comprensibles razones, tanto Calvat aborrecía a Beatriz cuanto ésta lo despreciaba, y la mutua antipatía de estos seres, unidos por diabólico designio, no podía menos de crecer más, y más emponzoñarse con el transcurso del tiempo.

X

confidencias

Debe reposar sobre algún principio científico, será tal vez un fenómeno de sugestión, ese afecto constante, seguro y marcado de todos los maridos hacia el hombre que sus mujeres aman. El pobre Fabrice no debía escapar a esa fatalidad: desde el regreso de Pierrepont mostraba por él aún más efusiva amistad que en los mejores tiempos del pasado, lo que quizás explicaba, el deseo de ganar para Beatriz la compañía de un tan consumado y brillante hombre de mundo cual era el marqués. Habiendo mostrado éste una muy natural reserva en renovar sus visitas a la joven pareja, el pintor le dirigió reproches y lo mortificó a este respecto de una manera hasta enojosa; de todas las involuntarias torpezas en que incurrir pudo ante los ojos de su mujer nuestro pintor, no fue ésta la que menos dejó de chocarle, porque olvidando que Jacques ignoraba en absoluto el recíproco secreto de ella con Pierrepont, vio en la insistencia de su marido para atraer al marqués al domicilio conyugal una falta de tacto, una inhabilidad peligrosa, y lo que es más, un rasgo de maldad con respecto a ella. ¡Cómo! ¡cuando ella misma agotaba voluntad y valor por expulsar para siempre de su alma el pensamiento de ese hombre, que tanto había amado, era su propio marido quien se lo traía de la mano imponiéndole su presencia turbadora!

Fue ésta una nueva inculpación que formuló contra Jacques y que, como las otras, no tenía tampoco fundamento alguno de justicia, mas cuando una mujer tiene la desgracia de no amar a su marido, encuentra siempre motivo para atenuar a sus propios ojos la sin razón que su conciencia íntima reprueba, y al proceder así obra de buena fe, porque para su alma ulcerada todos son sufrimientos, para su enfermo corazón todas son heridas.

Era, sin embargo, tan elevado el temple de carácter de Beatriz, que ni un momento pasó por su mente la idea de ceder a la tentación, abusando de la vulgar ceguera de su marido; persistió, pues, en la conducta que de antemano se había trazado al prever, más o menos tarde, la vuelta de Pierrepont, y fue para ella tanto menor dificultad tenerlo a distancia, cuanto que Pedro procuraba, por su parte, altivo y desdeñoso, mantenerse lejos de Beatriz, prefiriendo los reproches del marido al desprecio de la mujer.

Fabrice, sin embargo, aunque sintiendo amargamente la frialdad sombría en que su mujer se encerrara, no desconfiaba vencerla a la larga en fuerza de generosas y delicadas atenciones. Después de haber consentido y mimado de todas maneras durante el invierno a su ingrato ídolo, le tomó para el verano una linda quinta entre Meudon y Bellevue, cuya quinta tenía, entre otras ventajas, la de aproximarla a su amiga la señora de Aymaret, quien pasaba el estío de aquel año en Versalles. La mansión, con frecuencia habitada por pintores, era bastante sencilla, pero dominaba el radiante valle del Sena, mientras que a sus espaldas desarrollábase el siempre grandioso panorama de París. La planta baja se abría sobre un vasto jardín que bajaba hasta el río en suave pendiente a través de bosquecillos y malezas llenas de gracia en medio de su abandono un tanto agreste: próximo a la casa cierta especie de colgadizo, grande y acristalado, servía a Jacques de taller. En la parte baja del jardín una espaciosa avenida rectilínea, bordeada de arrayanes entrelazados, parecía por su grandioso estilo ser el resto de un parque de cualquier antiguo castillo, y un camino público, profundamente encajonado, corría por de fuera. Esta avenida se encontraba limitada en sus dos extremidades por muros muy elevados contra uno de los cuales habíase puesto un blanco, y en frente, al otro lado, un asiento rústico; era nuestra alameda, en fin, un lugar particularmente retirado y solitario que hacía las delicias de la mujer del pintor. Allí pasaba cierto día Beatriz sus ensueños, y era una ardiente mañana de julio, a fines, cuando vio aparecer en el recodo del vecino sendero a la vizcondesa de Aymaret, que le dijo en festivo tono:

—¡Estaba segura de encontrarte en la alameda de los suspiros!

En seguida, después de haberla besado:

—Vengo a darte una noticia... bastante inesperada... La pobre baronesa, que se lisonjeaba de tener treinta años por delante...

—¡Qué!—exclamo Beatriz tornando violentamente el brazo de su amiga.

—Se murió anoche, hija mía, de un ataque de gota al corazón... Pierrepont me envía un telegrama encargándome que te lo prevenga...

La señora de Aymaret se interrumpió; Beatriz, cubierto el rostro de palidez mortal, la miraba con aterradora fijeza... débil contorsión plegó sus labios, apoyó la espalda contra los arrayanes, pero sus rodillas se doblaron y cayó desplomada.

La vizcondesa lanzó un ligero grito, titubeó un momento, mas advirtiendo que se hallaba demasiado lejos de la habitación para ser oída, arrodillóse delante de la joven desmayada e hízole respirar su frasquito de sales, prodigándole al mismo tiempo dulces palabras. Beatriz volvió lentamente a la vida, y mientras se levantaba desconcertada y atónita:

—¿Qué he tenido?—murmuró en débil voz.

Un pliegue sombrío obscureció su nítida frente de diosa y la sangre agolpóse a sus mejillas.

—¡Ah! ¡ya me acuerdo!

—¿Quieres que vaya y llame a tu marido?

—No... No... además, sería inútil... Está en París... ¿Tienes ahí el telegrama?

—Tómalo.

Beatriz lo leyó, e inclinando con desaliento la cabeza:

—¡Oh! ¡Dios mío... esto es ya lo último!—dijo en casi imperceptible tono.

Y como la señora de Aymaret la mirase con estupor:

—¿Me crees loca?—continuó...—¿No te explicas la emoción que me causa la muerte de esa mujer?

—No... no te comprendo... ¡pero absolutamente!

—¡Bueno! pues vas a comprenderme; pero prométeme que lo que voy a decirte quedará para siempre entre las dos.

—Te lo prometo... pero me das miedo... ¿qué es esto?... ¿qué hay?

—Hay, mi querida Elisa, que yo amaba al marqués de Pierrepont... lo amo de toda mi vida... y si rehusé su mano es porque la tía me juró que lo desheredaba si se casaba conmigo... y hoy ha muerto... ¿entiendes?... ha muerto algunos meses después de mi matrimonio con otro... si hubiese esperado este poco de tiempo sería su mujer... ahora me encuentro separada de él para siempre... ¡y lo amo más que nunca!

Ocultó el rostro entre sus manos y rompió a llorar.

Para la señora de Aymaret, que hasta este instante mismo continuaba creyendo que Beatriz se había casado con Fabrice por un arrebato de amor, fue esta revelación tan nueva, tan imprevista, que en el primer momento no pudo responder a su amiga sino con vagas exclamaciones de admiración y lástima.

—¡Ah! ¿pero es posible?... ¡Pobre amiga mía!... ¡Pobre amada mía! ¿Cómo no me lo habías dicho antes?

Beatriz le contó entonces brevemente lo que había pasado aún no hacía un año entre ella y la baronesa de Montauron, el juramento que ella empeñara, juramento que la muerte rompía ahora.

—Y aun cuando hubiese podido comunicarte mi secreto, no lo hubiera hecho... te conozco. Lo habrías contado todo al marqués, éste hubiera roto con su tía y vendríamos, hoy a estar en el mismo caso... ¡Su ruina estaría consumada, teniendo yo tal vez un día que sufrir sus reproches!... ¡No, eso no!... Mi única falta ha sido haber abandonado mi primera inspiración de entrar en el convento en lugar de contraer este desdichado matrimonio, engañando a un hombre honrado.

—Pero—arguyó la señora de Aymaret—, a ese hombre honrado, que es al mismo tiempo un hombre de corazón y un hombre de talento, ¿no puedes amarlo un poco siquiera?

—Lo he procurado... pero no puedo... Juzga mi situación—replicó Beatriz con suma viveza.

Y entonces puso a su amiga en antecedentes de sus primeros disgustos domésticos, de sus decepciones continuas, de sus repulsiones secretas. La señora de Aymaret afectó chancear acerca de estas pequeñas miserias comparándolas con los dolores realmente trascendentales de la vida, exponiendo con mucho acierto a Beatriz que para borrar esas ligeras faltas de educación de que adolecía Fabrice, le bastaría con dar a éste, poco a poco, y como en broma, algunas lecciones de perfecta corrección, que, a no dudar, su marido recibiría con buena, voluntad.

El verdadero dolor para Beatriz estaba en ese perturbador amor que, a pesar suyo, la siguiera a su hogar, perturbador amor que la desalentaba en todos sus propósitos emponzoñando su existencia, ilegítimo afecto de que era necesario denodadamente hacer el sacrificio.

—¡Muy fácil de decir!—replicó su amiga.

Entonces la señora de Aymaret, tomando un tono confidencial, le hizo entender que ella tuvo necesidad de hacer un análogo, hacía algunos años, y que le constaba ser difícil, mas no imposible, llevarlo a cabo...

—¡Y confesarás, amada mía, que yo hubiese tenido más excusas que tú!

—¿Y de qué medio te has valido?—interrogó Beatriz, a quien esta misteriosa revelación le interesaba—¿Has dejado de verle?

—Amada mía, eso de dejar de verse no son más que palabras cuando se vive en la misma esfera social... No... pura y simplemente he cambiado mi amor en amistad... De esta manera el corazón no lo pierde todo...

Beatriz la miró de hito en hito.

—¡Ese es Pierrepont!—le dijo con voz muy baja.

—De esto hace cuatro años—prosiguió la vizcondesa—. No recuerdo quién distintamente... pero se parecía algo al que has nombrado... Por otra parte, puedes estar tranquila... no me quería a mí tanto como a ti... porque a mí no se me insinuó para casarme...

Beatriz titubeó un momento, pero al cabo atrajo hacia sí tiernamente a su amiga, besándose las dos en medio de abundantes lágrimas.

—¡En fin! procuraré—afirmó Beatriz—; me ayudarás con tus consejos y tu ejemplo... pero tú eres una valerosa y prudente mujercita, y yo soy un pobre ser débil y despechado... No hay mal que por bien no venga: siquiera ahora tengo el consuelo de poder hablar contigo de todas estas cosas... ¡pero por Dios ni una palabra al marqués de lo que te he confiado!...

—¡Si cometiese semejante falta—replicó la señora de Aymaret riendo—, no sería una prudente mujercita!...

Caía la tarde y las dos amigas se despidieron.

Pero Elisa vino a ver a Beatriz con frecuencia hasta tanto que pareció ésta a la vizcondesa más calmada. Sin embargo, a pesar de las tiernas exhortaciones de la señora de Aymaret, era imposible que Beatriz no se sintiese profundamente turbada por las reflexiones que forzosamente había de sugerirle la muerte de la señora de Montauron; era imposible que en adelante no le pareciesen todavía más pesados sus deberes, todavía más amargas sus contrariedades.

XI

«fin de siglo»

No habiendo dejado la señora de Montauron disposiciones testamentarias, venía a ser su legítimo heredero el marqués de Pierrepont, quien por este hecho reunía en sus manos una renta de más de cuatrocientos mil francos.

Pasó Pedro el primer período del luto cazando en los Genets y regresó a París hacia fin de octubre instalándose en el hotel de la calle Varennes, que perteneció a su tía, pero conservando al propio tiempo su entresuelo del bulevar Malesherbes, detalle que hacía sonreír a las señoras... Fue el marqués, aun en los tiempos de su relativa pobreza, personalidad muy buscada en el alto mundo parisiense por cuanto su gracia caballeresca, su dignidad personal, su galantería discreta, hicieron de él el prototipo de la más correcta distinción.

Sorpresa, y sorpresa ingrata produjo, pues, verlo reaparecer en la escena donde era tan conocido y apreciado, con procederes mucho menos irreprochables. Ya el pasado invierno, después de su vuelta de Londres, notáronse cambios singulares en las costumbres de Pierrepont, pues se le vio con frecuencia en el teatro ocupando el segundo término de un palco de escena en compañía de señoritas, muy agradables sin duda alguna, pero con las cuales no es uso mostrarse en público, una vez pasados los días de la adolescencia.

Este particular, como puede recordarse, no escapó a la mirada de la señorita de La Treillade, ¡penetrante y adelantada criatura! Mostróse igualmente Pierrepont cabalgando sin aprensiones en las avenidas del Bosque al lado de ciertas amazonas que no blasonaban de virtuosas, lo que no dejó de admirar también, mucho más tratándose de un hombre que hasta entonces conquistara con justicia la reputación de discreto y decente. Y aun se decía más: se decía que nuestro personaje había contraído en Inglaterra un vicio, no tan raro en aquel país como lo es en cualquier otro fuera de las islas. Al menos el vizconde de Aymaret, juez competente en estas materias, aseguraba a su mujer que ese diablo de Pierrepont trajo de por allá una afición un tanto desmedida al Jerez y al brandy.

Las dos personas que en París se interesaban por el marqués, a saber: Beatriz y la señora de Aymaret, estaban consternadas con la divulgación de tales desfavorables hablillas, pero habían acabado por engañarse a sí mismas, conviniendo que aquellas voces no eran más que el despecho de la envidia impotente.

Sin embargo, fuerza era convencerse, porque apenas de regreso en París, desvanecido por su inesperada fortuna, el heredero de la señora de Montauron acentuó de modo tan escandaloso sus deslices, que aun sus más ardientes devotos tuvieron que confesar la extraña y desfavorable metamorfosis que en la conducta y el carácter de aquél se efectuara; nunca fue Pedro un puritano, es cierto, pero siempre se le veía llevar a sus aventuras galantes aquella delicadeza moral que ellas reclaman, y que consiste, para el hombre de honor, en ocultar al público sus debilidades en asuntos de amor, y con mucho más motivo que sus debilidades sus vicios, mientras que ahora parecía como si el marqués pusiera empeño en desafiar la opinión. Tal vez en consideración a ese menguado propósito pregonaba a la luz del día sus relaciones con cierta comiquilla que merced a las larguezas del tardío calavera arrastraba en el Bosque uno de los mejores equipajes de París, y aun se añadía que no era ésta la mayor de sus locuras, comenzando a prestársele detalles de vida y costumbres que informaban los más deplorables caracteres. Hablábase entre dientes, por los salones, de ciertas cenas semanales donde se reunían con el marqués y sus amigos esas mujeres sin principio que París ve girar cual estrellas errantes entre los confines de la buena sociedad y de la sociedad dudosa, no faltando quien asegurara que de aquellas personas, algunas eran llevadas a tan orgiásticos festines por sus mismos maridos, lo que hace de tales entes el más cumplido elogio.

Contábanse en desdoro de Pierrepont otras imprudentes excentricidades del mismo jaez que no hace al caso precisar aquí, y que sin herir por incurable manera el honor de aquél, levantaban en torno de su nombre, hasta entonces tan respetado, ciertos lamentables rumores de desestimación.

Beatriz y la señora de Aymaret se hallaban demasiado mezcladas al movimiento parisiense para que no se les ofreciera la ocasión de verificar por sí mismas, ya en el Bosque, ora en el teatro, los desórdenes que con tanta imprudencia a la vista de todos desplegaba el marqués, y además la vizcondesa estaba en autos a estos respectos por su propio marido, consuetudinario comensal de las famosas citadas cenas, mientras que el portavoz para con Beatriz era Gustavo Calvat, a quien sus jocosidades de bohemio, aunque menospreciado, divertido, introducían en los teatros y en los cafés de periodistas donde ávidamente recogía los escándalos corrientes del París a la moda. Nunca habían existido entre Pierrepont y aquel ejemplar, a quien Pedro encontraba de continuo en el taller de Fabrice, grandes simpatías, por cuya razón ponía Calvat esmeradísimo empeño en poner de relieve, sobre todo delante de Beatriz, a fin de mortificarla, las calaveradas del marqués, adivinando las secretas solidaridades de ésta con un hombre nacido en su misma clase social. Pero, lo que más indiscutiblemente acusaba a Pierrepont ante los ojos de las jóvenes amigas, era ese completo y absoluto alejamiento de aquél hacia ellas, cual si el marqués hiciera por el hecho una tácita confesión de su indignidad; jamás aparecía por el taller de Fabrice, con grande aflicción del pintor, que tan sinceramente estimaba a aquel antiguo compañero del combate y de la ambulancia.

No era de extrañar su proceder con Jacques, puesto que Pedro había renegado de la mayor parte de sus antiguas relaciones: veíasele, sin embargo, de vez en cuando en el mundo, puesto que lo encontramos, hacia mediados de diciembre, en el saloncito privado de Mariana de La Treillade, si bien es cierto que una circunstancia especial lo llevaba a ese elegante santuario de la malicia, puesto que Pierrepont venía a felicitar a Marianita por su próximo matrimonio. Sí, al fin esta linda joven se casa, se casa con el barón Julio Grèbe, hijo de un acaudalado banquero de París. Julio es ya heredero por línea directa de una docena de millones de francos, y espera suceder a su tío en igual suma redonda.

En el momento en que Pierrepont se presenta, la señora de La Treillade va a salir, muy ocupada con la instalación de su hija, y ruega a aquél que la dispense si lo deja solo con su hija y miss Eva.

—Señorita—le dice sentándose y afectando un aire de gravedad bastante equívoco—, permítame que le dirija las más respetuosas felicitaciones... Se casa usted con uno de mis mejores amigos... un perfecto caballero... y una excelente persona de quien hará usted cuanto usted quiera.

—No sé—responde Mariana, mirándolo de lleno con sus grandes ojos burlones—, no sé si es tan arreglado como usted dice, pero, en todo caso, le da un ejemplo que debiera usted imitar... ¡pone a tiempo un punto final!

—Pero, desgraciadamente, no a todos se presenta tan propicia ocasión como lo es ésta.

—Y note usted—continúa Mariana—, que es bastante más joven que usted.

—¡Sí, pero yo soy muy joven para mi edad, señorita!

—¡Así se dice al menos!

—Y bien dicen... mientras que él, Julio, es casi un viejo para la que tiene.

—Eso me encanta; no podría usted hacerme mayor elogio... Yo soy de un natural tan suave, tranquilo y sensible, que un marido demasiado vivo de carácter me haría sufrir mucho.

—Estoy tan convencido, desde hace mucho tiempo, de lo que me dice usted, señorita, que hasta me he permitido poner en antecedentes sobre el particular a mi joven camarada.

—¿Cómo así, mi querido amigo?

—Como usted lo oye... «Amado Julio—le he dicho... ¡tan íntima es nuestra amistad!...—He tenido el gusto de conocer a la señorita de La Treillade en casa de mi tía, durante una temporada de campo... con ese motivo tuve la ocasión de estudiarla, descubriendo en ella una dulzura, una sensibilidad, y permítame la expresión, señorita... un candor... que exigen los mayores miramientos.

—Señor de Pierrepont, no sé realmente cómo darle las gracias por sus bondades conmigo...

—No hacen más que principiar, señorita... ¡si usted tiene a bien alentarlas!

—Pues bien, las aliento... ¿Continuará usted visitándome después de casada?

—Todos los días, si me lo permite usted.

—Todos los días sería demasiado fatigoso para usted... porque nosotros vamos a vivir en la calle Monceau, y es un poco lejos de su horrible calle Varennes.

—Perdón, señorita, pero, además del hotel de la calle Varennes, conservo el entresuelo del bulevar Malesherbes.

—¿Para qué, amigo mío?

—Para tener el honor de continuar siendo vecino de usted.

—¡De veras!... ¡si usted supiera cómo me divierte eso!

—A mí tampoco me contraría, señorita, se lo aseguro a usted.

Este chispeante diálogo, que parecía hacer las delicias de la candorosa institutriz, en aquellos lugares presente, fue interrumpido por la súbita y bulliciosa irrupción de dos o tres jóvenes amigas que invadieron el saloncito de Mariana. El fresco rostro de miss Nicholson tomó los colores de una rosa de Bengala cuando advirtió que Pierrepont se encontraba allí, pero, desdichadamente, al marqués no se le antojó prolongar su visita, por cuya razón se puso en retirada, no sin haber antes dado la mano a Mariana, que le dijo:

—Creo que no será la última vez... ¡espero que cumplirá usted su palabra!

—¡Oh! ¡de eso esté usted bien segura, señorita!

Después de los besos de ordenanza, las señoritas de Alvarez y de Chalvin, que acompañaban a miss Nicholson, preguntaron con insistencia a la de La Treillade si se había ya fijado la época del casamiento.

—Sí—respondió Mariana—, se ha decidido que se efectúe el 5 de enero, así como a manera de aguinaldos para mí... o, mejor dicho, para mi marido...

—¿Creerás, querida, que aún no conozco a tu marido?—dijo la señorita de Chalvin—, ¡y tengo una curiosidad!

—¡Glotona!—replicó Marianita—, pues bien, relámete... va a venir... lo estoy esperando...

—¡Dicen que es seductor, amada mía!

—¡Seductor!... ¡aun me parece poco!...

Un momento después la puerta se abría para dejar paso al barón Julio Grèbe, conocido por los gomosos de su laya por «Fin de Siglo»; era este el sobrenombre que él se daba, llevándolo con más orgullo que un título, en razón a que sus amigos llamábanlo familiarmente por tan simbólico apodo.

Era nuestro barón hijo único y mimadísimo por su mamá, que vivió en éxtasis delante de él desde el momento en que abrió los ojos a esta pícara vida; tiernamente hubo de sonreír aquella buena señora al saber las primeras calaveradas de su niño, contribuyendo por su parte; con laudable empeño, a hacer de su pimpollo el insoportable señorito que retratando vamos. Para conservar en sociedad este original la prepotencia a que lo habituaron en familia, decidió buscar una actitud, un algo que lo distinguiera de los demás mortales, y a falta de otros méritos, nada encontró mejor que admirar o, más bien, según su lenguaje, espantar a sus contemporáneos, haciendo los más cínicos alardes de la más necia perversidad. Algunas nociones remotísimas de Darwin, recogidas por aquí y por allí a salto de mata, compaginadas a la diabla con ciertas confusas pinceladas de Schopenhauer, proveyeron a nuestro baroncito de una descabellada teoría nihilista, que predicaba impertérrito de círculo en círculo y de salón en salón, declarándose en todas materias, literatura, política, artes y sobre todo en moral, tan escéptico, cansado, aburrido, desengañado y desalentado, tan corrompido y tan caduco, tan hastiado de las viejas tradiciones, tan en liquefacción, en fin, que pronto sería necesario recogerlo con cuchara. Tales eran las pretensiones del «Fin de Siglo», quien, no conservando las creencias del pasado y siendo demasiado tonto para penetrar las del porvenir, había acabado por no tener ninguna.