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Honor de artista

Chapter 15: XII
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About This Book

A nobleman and last scion of his family confronts pressure from a wealthy relative to contract an advantageous marriage that will restore the household's standing. Torn between a cultivated life of social pleasures and a growing conviction about honor and taste, he discusses his doubts with a painter friend while moving through salons, entanglements, and rivalries. The narrative traces the tensions between personal freedom, public reputation, and artistic sensibility, showing how social expectation, vanity, and duty compel characters to weigh compromises that test their principles and reshape intimate and social relationships.

Algunos de sus camaradas de círculo, alucinados por su imperturbable aplomo y sus grandes bienes de fortuna, concluyeron por considerarlo cual un espíritu fuerte de primera magnitud, y él mismo acabó por creerlo así también.

Sin embargo, y a pesar de sus prédicas, los gastos de representación del señor de Grèbe tomaron tal vuelo en los últimos tiempos, que su tío le prometió no sólo desheredarlo, sino lo que es más, ponerlo en tutela a menos de entrar en mejor vía, y por esta razón decidió contraer matrimonio con Mariana de La Treillade, a quien por otra parte proponíase espantar en manera extraordinaria.

Julio Grèbe era un joven de veinticinco a veintiséis años, pequeño de estatura pero bien formado y de una elegancia ultra-británica: lo que le desfavorecía mucho era un par de ojos muy saltones, azules pálidos y cuya expresión era casi siniestra a veces, otras semiapagada. Tenía resuelto andar, caminando con las piernas en arco, cual si aun a pie, estuviese montado a caballo.

Y en esa triunfal apostura adelantábase por el salón de Mariana de La Treillade, a quien saludó con una ligera e irónica inclinación de cabeza, depositando en las hermosas manos de su prometida una enorme caja de chocolatines: la manera de hacerle la corte fue este día bastante singular, pues consistió en comer, a los atónitos ojos de aquellas señoritas, una cantidad disparatada de las susodichas golosinas, y estimulado por las risas de admiración de la interesante galería, perseveró con su aire siniestro y frío en tan culto juego hasta verle el fondo al descomunal cartucho, no sin que abrigara serias inquietudes acerca de sus probables consecuencias, pero había espantado a aquellos serafines: era, pues, dichoso.

Las bodas se efectuaron tres semanas después de la historiada proeza en la iglesia de San Agustín, y como la joven pareja se pusiera de acuerdo para no llevar a cabo el reglamentario viaje de novios, se instalaron la noche misma de sus nupcias en el hotel que Marianita había hecho comprar a su marido, calle Monceau, hotel cuyo arreglo presidió ella misma dando muestra en el mobiliario y tren de su proverbial buen gusto, porque no era esta cualidad la que precisamente faltase a Mariana.

Un gabinete colgado de seda azul con botones de oro precedía a la alcoba de la joven desposada. En él se detuvo al regreso de la iglesia, tiró su albornoz, descubrió la adorable cabeza y se dejó caer en un sillón cual si se sintiese cansada y aburrida de las ceremonias del casamiento; entretanto su marido se calentaba los pies junto a la chimenea. Había parecido todo el día más glacialmente desdeñoso, y aun en este momento, a solas con su joven y encantadora esposa, en los umbrales de la cámara nupcial, no tenía para su mujer otras caricias que una sonrisa burlona en sus labios y en sus ojos una perversa mirada.

—Querida mía—le dijo de pronto—, ¿sois del viejo régimen?

—¿Viejo régimen?... perdón... no comprendo.

—Os pregunto, querida, si tenéis la simpleza de tomar en serio las viejas rutinas sociales, las tontas convenciones de nuestros padres... ¡y en especial el matrimonio!

—¿A dónde vamos a parar, amado Julio?

—A ponernos de acuerdo desde el principio, ¡alma mía!, y para eso es necesario que antes nos conozcamos... En cuanto a mí voy a deciros claramente lo que soy... Os habrán contado probablemente que yo era un libertino, un depravado, un don Juan... nada de eso, amiga mía... no soy más que un hombre de mi época, desprendido de toda clase de preocupaciones... un hombre que puede someterse a las costumbres, y a su tío... pero no me enajena la independencia.

—¿Y qué más?—interrogó Mariana con una sonrisa indiferente y burlona que no dejó de desconcertar a su marido.

—¿Y qué más?... pues es muy sencillo... he querido deciros que podéis contar con mis más sinceros sentimientos... pero que no debéis de esperar esas ternezas... es decir, las costumbres de uso en un matrimonio de aldea.

—¿Y después?—continuó la joven con su misma sonrisa graciosa e impasible.

—Y después... que para sentar desde luego los precedentes de esta independencia que reclamo... os pido permiso para ir a dar una vuelta al círculo... por supuesto, si eso no os contraría demasiado.

—Eso no me importa nada, amigo mío.

—Debo añadir que entraré probablemente un poco tarde... hacia la madrugada.

—¡Tanto mejor!—repuso ella.

—¡Bueno!—continuó el baróncito, tomando su sombrero—. ¡De acuerdo!... ¿Me permitís que os dé un beso en la mano?

—¡Con mucho gusto!—y le tendió la suya enguantada.

Julio Grèbe salió con aire de triunfador, ganando la calle por la escalera privada de su departamento.

Era éste un golpe de efecto que meditaba desde hacía mucho tiempo y del que esperaba cosechar inmarcesible gloria, porque eso de ir a pasar su noche de boda en casa de su amante no podía ser más fin de siglo, nada podía dar más evidente testimonio de su desprecio hacia la estrecha moral del vulgo.

Bajó Julio fumando, por la avenida de Messina, dio algunos pasos por el bulevar Haussman en dirección a la calle d'Argenson, donde vivía su amante que lo aguardaba, mas se paró de pronto... De veras... lo abandonaba el valor; fuese que la enormidad de la villana acción que cometía, despertase su conciencia embotada, fuese que la tranquila ironía de Mariana lo inquietara, fuese que realmente estuviese enamorado de su mujer, ocultando su afecto por un estúpido y torcido amor propio, lo cierto es que renunció a llevar más lejos su indigna fanfarronada y tomó de nuevo el camino de la calle Monceau. Después de tan corta ausencia, le sería fácil hacer pasar, la cosa como una simple broma.

Ya en su casa, entró sonriendo en el gabinete donde había quedado su mujer; las lámparas ardían todavía, pero Mariana no estaba; después de haberla llamado con discreción, penetró en el dormitorio débilmente alumbrado, mas vio sorprendido que no había nadie; subió corriendo a las habitaciones de miss Brown. Miss Brown tampoco estaba; no atreviéndose a interrogar a la servidumbre, salió de nuevo y fue a tomar noticias al hotel del parque Monceau donde vivía la señora de La Treillade. Mariana no había parecido por allí; entonces volvió a su domicilio y pasó la noche paseándose en el gabinete de su esposa desde las doce hasta las siete de la mañana, a cuya hora tuvo el gusto de verla entrar pálida y yerta de frío, envuelta en un abrigo de pieles.

—¿De dónde venís?—le preguntó con voz ahogada.

—Vengo de pasear mi libertad como vos paseáis la vuestra.

—¡Me parece bien!—gritó el barón.

—¿No es verdad?—repuso fríamente Mariana.

—¡Pero es que no ha sido más que una broma!

—Una broma ha sido también la mía.

—¿Por quién me tomáis?—preguntó al fin, rojo de cólera.

—Os tomo por un pobre hombre desenterrado... Vamos, idos a dormir... ¡Vamos, idos!

Mariana le mostró la puerta y él salió mansamente... Estaba espantado.

—Querido—decía Julio algunos días después en tono confidencial a su amigo Pierrepont—, sabes que si yo soy fin de siglo, ¡mi mujer lo es aún más que yo!

—Me admiras, Julio—respondió Pierrepont.

XII

el palco del teatro francés

Dos meses después del casamiento de la señorita de La Treillade con el barón Julio Grèbe, Fabrice y su mujer, acompañados de los señores de Aymaret, fueron una noche al teatro Francés.

Ocupaban aquel grande y conocido palco de escena que la administración del establecimiento se reserva, cediéndolo de cuando en cuando a los amigos de la casa, y ese palco es tanto más buscado cuanto que de él depende un saloncito colocado enfrente del otro lado del corredor.

Eran las nueve y media y acababa de levantarse el telón para dar principio al segundo acto de Mademoiselle de la Seiglière, cuando la atención que Beatriz y la de Aymaret prestaban a la pieza, fue bruscamente interrumpida por la estruendosa entrada que efectuaban tres o cuatro personas en el palco opuesto al que ocupaban nuestras conocidas, quienes reconocieron en seguida a la baronesa de Grèbe, por su familia de La Treillade, escoltada de su fiel institutriz y seguida del marido y del marqués de Pierrepont.

Estas señoras y caballeros parecían estar de muy buen humor, tanto, que la exuberancia de sus demostraciones levantaron en la sala algunos murmullos de descontento.

Todo París se ocupaba hacía algún tiempo de la intimidad de Pierrepont con la joven baronesa de Grèbe, y en cuanto al barón, enteramente domado, fascinado e hipnotizado por su mujer, había concluído por formar parte de la numerosísima cohorte de maridos de que rebosa el mundo y de los cuales no sabe uno si compadecer la ceguera o admirar la complacencia. Aun para los que desconocían los escabrosos detalles de estas relaciones públicas del marqués con la tierna recién casada, la circunstancia precisamente de la extremada juventud de su cómplice, le daba un aire de criminal corrupción de menores que causaba universal repugnancia. Fue esta grave falta nuevo motivo de tristeza para sus amigos de otros tiempos, que veían degradarse bajo sus ojos, de escándalo en escándalo, esta noble, delicada y caballeresca figura que tanto los había hechizado en otros tiempos.

Mucho tiempo hacía que Beatriz y su amiga ni pronunciaban siquiera el nombre del marqués, cuando sufrieron la contrariedad de encontrarse con él y Mariana cara a cara en una función del teatro Francés. No tardaron en advertir que a su vez fueron reconocidas, considerada la expresión de fisonomía de los vecinos y el incesante jugar de los anteojos; Mariana se expresaba con viveza, pareciendo mostrar decidido empeño en llamar la atención del marqués sobre el palco de Fabrice.

En el entreacto Jacques, a quien un trabajo urgente llamaba a casa, se retiró, seguido del vizconde, que se fue al círculo a jugar su indispensable partida de bésigue. La señora de Aymaret debía acompañar a Beatriz a su domicilio al concluir el espectáculo.

En los mismos momentos en que los dos maridos abandonaban la sala, Pierrepont, pareciendo obedecer contra su voluntad una orden de Mariana, se levantaba y salía de su localidad. Beatriz, que tras del abanico no cesaba de mirarlo, sintió que el corazón se le saltaba del pecho, y aun tuvo que ponerse sobre él la mano para contener sus violentos latidos.

—¿Qué tienes... qué te ha dado?—le preguntó la vizcondesa.

—¡Estoy segura de que viene a vernos!

—¡Qué disparate!... ¿Estás loca?

—¡Ya lo verás!

Tres o cuatro minutos después tocaron ligeramente la puerta del palco. La señora de Aymaret se levantó a abrir y Pierrepont entró.

Saludó cortésmente pero con frialdad, y echó a su alrededor una mirada como extrañando encontrar solas a las dos damas.

—¿Pues qué, se ha ido Jacques?—les preguntó.

—Sí—respondió la vizcondesa—; acaba de irse.

—¡Oh!... ¡qué fastidio!... ¡qué fastidio!—añadió Pedro ocupando con cierta extraña torpeza el asiento que le ofrecían, con torpeza tal que se le cayó el anteojo de teatro, recogiéndolo con risas tan exageradas que chocaron a aquéllas damas—. Estaba encargado de trasmitirle una misiva... una misiva... a ese buen Jacques... pero no dudo de que la señora Fabrice tendrá a bien servirme de intermediaria... y naturalmente obtendrá de su marido cuanto le pida...

La incorrección del lenguaje del marqués, el balbuciente acento con que acompañara sus palabras, lo descompuesto de su gesto y modales, no escaparon a las jóvenes amigas, que convinieron dolorosamente para sus adentros en cómo eran una verdad los hábitos de intemperancia que se le atribuían a aquél.

—He aquí el caso—continuó Pierrepont, mientras las señoras escuchaban con verdadero estupor—. Todo el mundo se ocupa del retrato de miss Nicholson que Fabrice acaba de terminar... una obra maestra según dicen... la baronesa Grèbe está encaprichada de tener uno también... pintado por la mano del grande artista... pero según parece... está recargado de trabajo... rehusa clientela... hay que aguardar turno... hacer antesala... y yo quisiera uno... un retrato... de la mujer de mi joven amigo... por intermedio, repito, de la señora Fabrice.

Ni la índole de la petición, ni las formas con que fuera hecha, eran asuntos que pudiesen complacer a Beatriz.

—Mi marido—respondió aquélla con glacial desdén—jamás me consulta acerca de los modelos de mi agrado... Nunca hablamos de cosas que se refieren a su profesión.

—¡Ah!... ¿según parece... la señora de Fabrice nos niega su apoyo... en este particular?

—Sí, señor, lo niego—replicó Beatriz levantándose con dignidad—. Elisa, permite que me sirva de tu cupé; volverá dentro de veinte minutos.

Pasó altivamente delante de Pierrepont, abrió la puerta del palco y entró en el salón de enfrente poniéndose su abrigo de pieles. La señora de Aymaret había venido a ayudarla; diéronse la mano y Beatriz se fue.

Pierrepont de pie, inmóvil, mudo, asistía en la penumbra del palco a esta breve escena. Por fin, decidióse a ir al encuentro de la vizcondesa que permanecía en el saloncito; la interesante dama se había sentado en un diván y respiraba con dificultad cual si una mano de gigante le oprimiera el corazón. El marqués paróse delante de ella, agitadas las manos por un ligero temblor, encendidas la frente y las mejillas, porque la cólera había acabado por trastornarlo, y siempre balbuciente ensayó formular una disculpa.

—A usted se lo puedo decir... con el respeto debido... mi intención no ha sido... No entra en mis costumbres, usted sabe, insultar a una señora... no creo que me he hecho acreedor... a su enfado... Por lo demás, ahora es ya asunto a debatir entre hombres... En cuanto a usted... me permito evocar recuerdos... que supongo...

De pronto callóse, como advirtiese que la señora de Aymaret ocultaba su rostro entre las manos y que las lágrimas escapaban de sus ojos, humedeciendo sus guantes.

Hubo dos o tres minutos de silencio; en seguida el marqués, pálido como un cadáver, le dijo en baja, aunque firme voz:

—¿Por qué llora usted?

La vizcondesa no le respondió sino con una explosión de sollozos.

—¡Ah!... lo sé—replicó el marqués, sacudiendo tristemente la cabeza—; llora por causa mía... llora por causa del hombre a quien ha honrado con su amistad... con su estima... y a quien contempla hoy caído en la última degradación... pero si le causo lástima... si le causo horror... ¿de quién fue la culpa sino de esa miserable mujer que acaba de irse?

—¡Señor de Pierrepont!

—¡Nada de nuevo le digo, señora... nada!... El cambio singular que se ha efectuado en mi vida es tal vez un enigma para todo el mundo menos para usted... Es imposible que usted... ya que no los demás, no adivine la causa verdadera...

—Algunas veces... sin duda—murmuró la vizcondesa—, esa idea ha pasado por mi cabeza... Pero, ¿cómo aceptarla?... ¿Cómo suponer que una decepción, por amarga que ella sea, haga caer a un hombre...?

Titubeó un momento.

—¡Tan bajo!...—dijo Pierrepont, terminando la frase—. ¡Pero, por Dios, señora, usted ha sido mi confidente... en esa terrible hora de mi vida! Tenga usted en cuenta, pues, lo que ha debido ser para mí ese desengaño a que se refiere... A esa edad en que el destino del hombre está en suspenso, es casi siempre una mujer quien lo decide... quien lo convierte en bueno o en malo... Cuanto a mí, esa mujer fatal ha sido su amiga de usted... Tal cual ella se me aparecía entonces, con su temible belleza y sus supuestas virtudes, era a mis ojos como el viviente símbolo de la dicha que yo soñaba en el seno de un hogar respetado... Yo había cifrado todo mi porvenir, toda mi vida en ese ensueño de que ella era la inspiradora... Usted sabe todos los obstáculos que nos separaban, usted conoce todas las objeciones, todas las resistencias que debía yo arrostrar o vencer... Usted sabe que estaba pronto a todas las abnegaciones, a todos los sacrificios... No ignora que lo aceptaba todo, las privaciones, las estrecheces, la sujeción, el trabajo... con tal que fuera mi mujer... Sabe, en fin, cuánto la amaba... con qué loca ternura... casi santa, me atrevo a decirlo así... Y cuando ella ha burlado un amor semejante, le admira a usted que me haya convertido en un insensato y que la llame una miserable.

—Señor de Pierrepont, le compadezco con toda mi alma... pero, ¿es digno de usted, de su buen sentido, de su rectitud, llamar miserable a una mujer porque ha rehusado casarse con usted?

—¡No la trato de miserable porque haya rehusado casarse conmigo... sino porque durante meses y años ha alentado mi pasión, porque me ha hecho creer que la compartía... y porque mintió, en fin!... Vamos a ver, señora, ¿cree usted que soy un niño? ¿cree que pude engañarme con respecto a su actitud, a sus miradas, a su acento, a su silencio mismo? Pues que, ¿todo eso no estaba diciendo que me amaba? ¡Vamos, que usted misma estaba persuadida y todo eso no era más que mentiras y fría coquetería!... Y es que entonces, a pesar de mi escasa fortuna, para ella que no tenía nada, era yo un partido... pero el día en que un pretendiente más rico se le presentó, arrojóse en sus brazos sin mirar que me partía el corazón.

—¡Si supiera, señor, si supiera cuán injusto es usted!

—¡Se arrojó en sus brazos sin mirar que me partía el corazón!—continuó con exaltación creciente—, y todo lo que por mí pasó en ese momento, todo lo que he sentido de desencanto, de humillación, de dolor, de salvajes celos... ¿cómo no lo comprende usted? He pensado en darme la muerte... pero la vida que llevo es un suicidio como cualquier otro... con el descrédito y la vergüenza además.

—¡Señor de Pierrepont... cálmese, se lo ruego... cálmese!...

—Ha conseguido volverme loco... me ha hecho perverso en todo sentido... ¡Ah! le juro que ella misma ha de convencerse de lo que digo. ¡Ahora hace un instante, me negaba un favor baladí... y todo por ultrajar a esa mujer... que vale bien poco, es verdad... pero que, de cualquier manera que sea, es mejor que ella...! ¡Pues bien, o nos dará una satisfacción a la baronesa y a mí, o le mataré a su marido!... De todos modos lo aborrezco; un hombre honrado y todo lo que se quiera... pero a quien aborrezco, sí... ¡hará el retrato de mi amante o lo mandaré al otro mundo!...

—Señor de Pierrepont—exclamó la vizcondesa, oprimiendo el brazo del marqués—; por todo lo que más quiero y lo que más respeto; por todo cuanto hay de más sagrado, le juro... ¿me oye usted? le juro que Beatriz es inocente de lo que la acusa.

—¡Sin duda, se lo ha dicho ella!—murmuró Pierrepont sonriendo con amargura.

—¡Ay, Dios mío!—continuó la señora de Aymaret fuera de sí—. Pues bien, me lo ha dicho... me lo ha dicho todo... me ha confesado todo... me ha dicho que le ama a usted desde su infancia y que nunca ha amado a otro hombre sino a usted... me ha dicho que la idea de ser su mujer era la única de sus ilusiones... que le adoraba, en fin... y que la tía de usted la obligó a rehusar su mano de usted so pena de desheredarle... que por usted se ha sacrificado... que por usted ha sufrido el martirio... ¡Ahí tiene usted la verdad pura!... y le digo que será el último de los hombres si alguna vez hace que me arrepienta de la indiscreción culpable... culpabilísima... que acabo de cometer... únicamente para evitar una desgracia... para evitar el crimen que premedita usted.

El marqués la contemplaba con mirada incierta, aun dudando todavía, pero la confidencia que acababa de brotar del corazón y de los labios de la vizcondesa tenía tal sello de verdad, que por sí misma se imponía; así lo comprendió rápidamente el marqués, y tomando con efusión las manos de la de Aymaret, mientras se sentaba delante de ella abrumado y confuso:

—¿Es posible?...—le dijo—. Sí, yo sé que nunca falta usted a la verdad... ¡Oh! que Dios le premie el bien que me ha hecho usted... ¡Oh! ¡cuan agradecido le estoy!... ¡No me da usted la dicha, ay!... pero al menos me devuelve carácter y honra.

—¡Tomo nota de ello!—díjole la vizcondesa apretando la mano de Pierrepont, y le dio entonces detalles de las amenazas de que Beatriz había sido víctima por parte de la muerta baronesa, no habiendo ya razón para ocultarle esos particulares que Pedro demostraba avidez en conocer.

El movimiento de los espectadores de la sala les dio a entender que un acto terminaba.

—Mi querido señor—dijo al marqués la vizcondesa poniéndose de pie—, los dos tenemos necesidad de reposo... y todavía más de reflexión... por otra parte, deben empezar a inquietarse en el palco de enfrente por su ausencia.

Pierrepont hizo un gesto de soberana indiferencia.

—Vaya usted mañana a verme a las dos—concluyó la señora de Aymaret—. Tenemos que tratar una cuestión muy seria, el de la conducta a seguir respecto a Beatriz.

—Hasta mañana, pues, señora... y todavía una vez gracias mil... ¡Oh, gracias mil!

Y ganó la puerta del corredor mientras que ella entraba en su palco.

XIII

pasión

La prudente mujercita pasó una noche muy inquieta pensando las consecuencias probables o posibles de la grave revelación que se había visto obligada a hacer al marqués. Esta trascendental confidencia le fue arrancada por necesidad tan imperiosa que nada podía reprocharse en su fuero interno, no pudiendo caber duda alguna acerca de que el primero de sus deberes fuese evitar a cualquier costa y ante todo el peligro de un sangriento conflicto personal entre Pierrepont y Fabrice; pero no por eso deploraba menos haberse visto reducida a tan apremiante extremidad sin que pudiera ocultarse a su buen juicio que la fuerza de las circunstancias iban a poner a Beatriz, para el futuro, en una situación por extremo delicada con respecto al hombre que se hallaba en posesión del secreto de aquélla.

Dejar ignorado que Pierrepont lo conocía hubiese sido ilusoria presunción, porque Elisa no podía esperar que el marqués se condenase en lo sucesivo a la misma reserva que observara en el pasado, siendo imposible suponer tampoco que consintiese ahora en continuar soportando el desprecio de Beatriz sin intentar ante ella una justificación de su pasada conducta, aunque no fuese más que de aquella observada la noche anterior en el palco del teatro Francés. Y desde el momento que una explicación era inevitable, pensó acertadamente la señora de Aymaret que sería más decoroso y menos arriesgado hacerla ella misma a la interesada, descartando por ese medio a Pierrepont. En cuanto al nuevo sesgo que forzosamente iban a tomar las relaciones de Beatriz con el marqués, nada le pareció mejor a fin de prevenir todo peligro sino hacer un llamamiento a los sentimientos de honor que en los dos reconocía. Franca y recta nuestra vizcondesa, otorgaba generosa y tal vez excesiva confianza a los nobles y leales procederes; así, pues, dado este sentir, consideradas estas circunstancias, parecióle imposible que ningún expediente cualquiera pudiese dar el laudable resultado que perseguía.

Bajo la impresión de estas ideas fue que recibió al marqués cuando fue a casa de ella al otro día en la hora que la vizcondesa le había fijado. Pierrepont se presentó muy serio, y su hermoso rostro, aunque un poco alterado, no conservaba traza alguna de aquella perversa risa que se apoderara hacía tiempo de su semblante a guisa de mueca nerviosa.

—Asegúreme de antemano, querida amiga, que no he soñado lo que me confió usted anoche.

—Y no lo ha soñado usted... Ahora hablemos razonable y seriamente, si es posible. Le he libertado de una pesadilla que desgarraba su corazón... ha sido un poco a pesar mío, lo confieso... pero, en fin, creo que, eso no obstante, me guardará algún agradecimiento.

—Un agradecimiento infinito.

—Lo veremos... Hablemos claro. Posee usted ya el secreto de Beatriz; sabe usted que le ha amado mucho y que en lugar de haberle traicionado y sacrificado, como creía usted, ha sido ella, por el contrario, quien se impuso un verdadero martirio. Hoy tiene ya otras afecciones, otros deberes, y esté usted seguro de que no conseguirá apartarla de ellos, pero si abusa de mi forzada indiscreción, conseguiría turbar su tranquilidad... y a mí, señor, en premio del servicio que le he prestado, me sumiría en un abismo de dolor.

—Déme usted sus órdenes, dígame qué quiere que haga.

—Pierrepont, está usted para siempre separado de la mujer a quien un día pensó usted unirse, y que le amaba como usted la amaba... eso, no lo niego, es una gran pena, una gran desdicha, pero irremediable, consumada; no, no debe, pues, pensar en otra cosa que en poner a cubierto de un seguro naufragio aquello que aun todavía puede ser; honrosamente salvado; no le exijo que abandone París y que no vuelva a ver a Beatriz, no, eso sería demasiado... pero sí le ruego que la vea en lo sucesivo como a una mujer de la que nada hay que esperar fuera de la amistad y de la estima. Mucha firmeza necesitará usted, lo sé, para dar cumplimiento a mi súplica; ¿mas no me dijo usted ayer mismo que le había devuelto el carácter... y el honor?

—Señora, espero darle la prueba.

—Gracias mil—respondió la vizcondesa conmovida—, pero, para ayudarle en su propósito—añadió sonriendo—, me permitirá usted que tome algunas precauciones sugeridas por mi antigua experiencia... Entre todas las contingencias que podrían poner a prueba su tesón, hay una que preveo y que deseo evitarle... Le ruego que prescinda de toda explicación directa con Beatriz; yo la pondré al corriente de lo ocurrido hoy mismo y no tendrá más sino presentarse de nuevo en casa de Fabrice como si nada hubiera pasado. Le prometo que será bien recibido; no se le hará alusión alguna ni en cuanto al presente ni en cuanto al pasado, y usted me promete, ¿no es verdad? rehuírlas también por su parte... ¿me promete también no enternecerse?... ¿me promete, en fin, no ser para Beatriz más que un bueno y antiguo amigo como lo es para mí... y nada más?

—Se lo prometo, y creo no tener en ello gran mérito, porque lo que me ofrece me parecerá bien grato en comparación a lo que he sufrido.

—¡Sea en hora buena!... ahora le despido... Voy inmediatamente a su casa. Le he dado cita para hoy a mediodía.

—Pero, señora, puesto que usted me prohibe que me sincere ante ella, que me justifique a sus ojos, a lo menos que sepa...

—Lo sabrá todo... Si no le escribo vaya usted a verla cuando tenga por conveniente, pero con preferencia el lunes... es el día que recibe... y así se perderá entre mucha gente... eso será menos violento para usted y para ella... ¡Pero es tarde! ¡Me voy!... ¡Hasta otro día!

Y se separaron...

Todavía bajo el imperio de la dolorosa escena de la víspera no había podido aún Beatriz dominar sus angustias cuando recibió por la mañana el lacónico billete por el cual la señora de Aymaret la preparaba para tener con ella una importante entrevista. Después, al momento que la vio entrar, corrió la mujer del pintor al encuentro de su amiga preguntándole con grande inquietud:

—¿Qué hay?.... ¿qué ocurre?

—Hay en primer lugar que te traigo las excusas del marqués de Pierrepont, y además la seguridad de que en adelante no nos hará sonrojar la amistad que le profesamos.

—¿Es verdad lo que me dices?—exclamó Beatriz uniendo las manos en un transporte de grata sorpresa..

—Sí, hija mía; pero esa satisfacción la he comprado un poco cara... Siéntate, que voy a contarte mi historia.

Y le refirió la tormentosa conferencia que tuvo la víspera con el marqués en el saloncito del teatro Francés, sin omitir, por supuesto, el desenlace. ¡Había traicionado a Beatriz! Pero la había traicionado para defenderla contra injustas y crueles imputaciones, para volver la calma a un desdichado en la desesperación, en fin, y, sobre todo, para conjurar el inminente peligro de un deplorable desafío.

Beatriz, que la escuchaba con apasionado interés, no respondió sino cubriendo de besos la mano de su amiga.

Segura ya del perdón de aquélla, pasó la vizcondesa al terreno de las recomendaciones, de los consejos, de las súplicas, repitiendo bajo otras formas lo mismo que había dicho a Pierrepont, poniendo en antecedentes a su amiga de lo que conviniera con el marqués y procurando hacer comprender a aquélla, como Pedro por su parte lo comprendía también, que, al renunciar a lo imposible, al aceptar lo irreparable, encontrarían todavía algunos encantos en su recíproca situación, encantos sin duda melancólicos, pero puros y profundos en su misma poética nobleza. Fuera de eso no quedaba para Beatriz más que oprobio, degradación, sonrojo, y para la misma señora de Aymaret eternos remordimientos por una imprudencia tan involuntaria como imprescindible en evitación de mayores males.

Beatriz le dio las gracias con efusión, confesándole que en lo íntimo de su conciencia se alegraba de que Pierrepont supiera la verdad y que sería aún más dichosa si lo viese volver a la buena senda, asegurando a la vizcondesa que en cuanto a lo demás podía tener confianza en ella. «Hay—le dijo con entera buena fe y no sin un poco de altivez—pensamientos que nunca me asaltan... He sufrido mucho, y mucho me queda que sufrir todavía, pero aun cuando no tuviera principios tendría bastante orgullo, demasiado respeto a mí misma para ir a buscar el consuelo de mi perdido amor en una intriga galante.

Después de tan satisfactoria conferencia, la señora de Aymaret volvió a su casa y se tendió en un sofá durmiéndose con sueño de justo.

El día siguiente de estos sucesos era un lunes, y, por consecuencia, el de recepción en casa de Beatriz. No quiso aguardar Pedro más tiempo para dar un paso que lo atraía y lo inquietaba al mismo tiempo; encontró a aquélla rodeada de visitas, circunstancia que atenuó las dificultades de esta primera entrevista. Un apretón de manos bastante prolongado, un rápido cambio de profundas miradas fue toda la explicación que medió entre ellos.

Al abandonar la sala entró el marqués en el taller de Jacques, quien no pudo reprimir, al ver a su antiguo amigo, un movimiento de sorpresa y de embarazo.

—Querido maestro—le dijo sencillamente Pedro—, heme aquí de nuevo... semejante al hijo pródigo... En una palabra, he tenido graves disgustos... lanzándome para olvidarlos en una miserable vida de calavera... sin conseguir mi objeto... y vengo hoy a buscar ese olvido en el seno de mis antiguos amigos... no sin confesar que por ahí debiera haber empezado.

—Tú eres siempre bien venido, queridísimo Pedro—replicóle el pintor, dándole un prolongado y vigoroso apretón de manos—. Tu presencia me hacía falta y también tus consejos... y para reparar de seguida el tiempo perdido, voy a enseñarte un cuadrito que me está dando que hacer—y diciendo esto levantó un forro de sarga que cubría el caballete—. Para que no te equivoques—continuó—, principiaré por decirte que es el retrato de miss Nicholson; como ves, la pinto en figura de Hebe, y en el viejo estilo de nuestros padres, es un ensayo... Hebe se apresta a ofrecer la copa a los dioses... que están entre bastidores... ¿qué te parece?... ¡Yo la encuentro atroz!

—¡Es magnífico!—contestó el marqués, después de un minuto de examen.

—¡Vamos, tanto mejor! Pero hay todavía para diez sesiones... Tengo otra pelota en el tejado... pero ésta es la mar... figúrate que la primera vez que vino a verme descubrió el bueno de papá Nicholson, curioseando en mis cartones, el bosquejo de cuatro grandes recuadros representando las cuatro estaciones... se ha enamorado de aquéllos y quiere que se los pinte para su comedor de Chicago... Ya ves que nada se rehusan, en Chicago... Cuatro pedazos de pinturas de tres metros por dos... ¡como quien no dice nada!... «Pero, señor—le dije—, para dar a usted gusto tendría que consagrar exclusivamente a esa obra un año de vida... por lo menos... y francamente, mis medios no me lo permiten...» ¡Motivo de más para estimular al buen señor, que me ha ofrecido una fortuna!... ¡Y como al fin tengo mujer e hija, es ésta una ocasión para asegurarles su porvenir... por cuyo motivo he aceptado!

—¡Has hecho muy bien, y papá Nicholson tiene mejor gusto de lo que yo suponía!... ¿Y has empezado ya tus recuadros?

—No están más que esbozados... pero no puedo trabajar aquí... el taller es demasiado chico... Me veo obligado a aceptar la hospitalidad de un vecino hasta que vuelva a mi colgadizo de Bellevue, donde nos encontraremos a nuestras anchas los recuadros y yo. Hemos vuelto a alquilar la quinta del año pasado, y mi mujer, en consideración a este trabajo excepcional, me concede instalarse en el campo muy temprano este año. ¡Espero, mi querido marqués, que no aprovecharás otra vez nuestra residencia en el campo para hacernos una nueva rabona!

—Teme, por el contrario, verme aparecer con demasiada frecuencia en tu horizonte—respondió Pierrepont riendo.

Así se vieron restablecidas bajo el pie de la antigua intimidad, las relaciones amistosas de estos dos hombres. Fabrice no pudo ocultar a su mujer el contento que esto le causaba, y, por la tarde, durante la comida, como hablasen de ese particular, la mortificó inocentemente con sus embarazosas preguntas acerca de lo que ella pudiese saber o adivinar sobre las causas que originaron esta dichosa y repentina conversión de Pedro.

—Se me figura—dijo el pintor a Beatriz—, que tu amiga la señora de Aymaret es quien ha operado el milagro.

—Eso mismo me imagino yo—respondió Beatriz.

—Lo que me llama más la atención es que anteanoche en el teatro, sin ir más lejos, de todo tenía cara menos de penitente.

—¡Pues precisamente!—replicó Beatriz—. Fue a nuestro palco a ver a Elisa cuando ya nosotros nos habíamos ido, y aquélla le predicó un sermón sin paño.

—¡Qué atractiva personita! Mas Pedro echa la culpa de sus calaveradas a grandes disgustos que ha tenido... ¿Qué grandes disgustos han sido ésos?... ¿Tienes alguna idea?

Beatriz dio respuesta a su marido con un signo negativo de cabeza y en sus labios se dibujó indefinible sonrisa.

Pocos días después de estos incidentes, ocupábase la crónica escandalosa de París de una ruptura entre el marqués de Pierrepont y la baronesa de Grèbe. Estos rumores eran fundados. Habiendo decididamente rehusado aquél servir de intermediario con Fabrice para que éste hiciera el retrato de la joven dama a la moda, ésta lo despidió después de una violenta escena, y aunque mandó llamarlo al día siguiente por medio de un almibarado billete, Pedro fue inexorable, por más que el barón Julio, completamente domesticado ya, se hubiese tomado personalmente el trabajo de llevar por sí mismo la misiva.

En los primeros tiempos inmediatos a la reconciliación de Pierrepont con Beatriz, tuvo la señora de Aymaret el gusto de ver que las recíprocas relaciones de aquéllos tomaban el carácter que ella les había asignado con atinada prudencia. La vizcondesa notaba en la mutua actitud de Pedro y de su amiga, en su miradas, en su lenguaje, tan leal franqueza, tan tranquila paz, aun cierta alegría misma que le parecieron del mejor augurio, pues se echaba de ver en sus procederes ese contento de las personas que se encuentran satisfechas en una situación dada sin aspirar a salir de ella. En realidad, encontrábase todavía bajo la influencia de la impresión primera, que era para los dos la de un inmenso alivio, porque Beatriz no tenía ya sobre su pecho aquella pesadumbre de verse acusada y condenada por el hombre que era para ella todo en el mundo, y Pierrepont, por su parte, a quien el aparente desdén de Beatriz había tan profundamente lastimado en su sensibilidad, y, justo es decirlo, también en su orgullo, no sentía tampoco sus heridas desde el momento que se sabía amado. Fueron, pues, estos momentos de deleite que dieron a ellos, al menos por algún tiempo, la ilusión de apacible y duradera dicha.

Poco a poco fue el marqués volviendo a sus antiguas costumbres, frecuentando el taller de Jacques, donde encontraba casi siempre a Beatriz, sobre todo durante las sesiones para el retrato de miss Nicholson, con cuya amable persona había intimado mucho la mujer del pintor. La señora de Aymaret, a quien la joven americana inspiraba también decidida simpatía, solía acompañarla cuando su padre no podía hacerlo. Miss Nicholson preparábase por estos tiempos a abandonar la Francia después de dos años de residencia en ella, y ya sabemos las mil ocupaciones que una señorita tiene antes de dejar una ciudad como París, razón por la cual no podía asistir diariamente a casa del artista; pasáronse, pues, tres o cuatro semanas antes que el retrato hubiese recibido con la última pincelada la firma del maestro, sin que, por otra parte, pareciese mostrar deseo de verlo terminado la bella interesada, quien manifestaba en las largas y fatigosas sesiones una paciencia verdaderamente angelical, sobre todo si el marqués de Pierrepont se encontraba presente. No dejó la señora de Aymaret de parar su atención sobre este detalle, cayendo en la cuenta de que el sonrosado encantador semblante de la joven, parecía aún más encantador y más sonrosado cuando Pedro se dignaba dirigirle la palabra, pero para desdicha de la pobre Ketty nada presagiaba que el marqués tuviese la intención de pasar a mayores.

Al mismo tiempo de lo apuntado, hizo la señora de Aymaret otras observaciones que le dieron mucho que pensar decidiéndola a llevar a la práctica ciertos diplomáticos planes. Habiendo ido la americana a despedirse de la vizcondesa en la víspera de su partida para New York, vía Havre, resolvió aquélla aprovechar la oportunidad y poner los cimientos del proyecto que hacía algunas fechas venía acariciando: claramente advirtió que miss Nicholson deseaba hacerle alguna confesión, circunstancia que llenó de gozo a la de Aymaret, quien, por su parte, estaba decidida a pedírsela a aquélla. Ketty le contó paulatinamente a Elisa, con esa mezcla de pudor y de intrepidez, que es uno de los hechizos de las de su raza, que sentía una tierna inclinación por el marqués, pero que, al mismo tiempo, estaba convencida de que aquél era totalmente indiferente hacia ella, por cuya razón partía desesperadamente. La señora de Aymaret trató de rehacer un poco su moral, ofreciéndole quedar hecha cargo de sus intereses, puesto que hacía tiempo que pensaba casar a Pedro, quien de su lado había encargado a ella, en quien tenía ilimitada confianza, que le designara persona de su agrado; así, pues, Elisa lo inclinaría hacia Ketty, cuidando, por supuesto, de dejar a salvo la dignidad y delicadeza de ésta.

—Pero entendámonos, niña mía—añadió la vizcondesa—; si consigo expedirlo para Chicago, ¿puedo estar segura de que encontrará buena acogida por su parte de usted, no es eso?

Miss Nicholson respondió con un gesto expresivo acompañado de cierta expresión que a nuestra lengua podríamos traducir por ¡caramba!, arrojándose en seguida al cuello de la vizcondesa, a quien cubrió de besos, para salir después con su aire marcial, la frente radiante, cual si ya reposaran en ella los elegantes florones de la corona de marquesa.

La verdad era que las relaciones de Pedro con la mujer del pintor tomaban de día en día, merced a las facilidades del taller, un aire de intimidad que no entró en las previsiones de la vizcondesa y que comenzaba a preocuparla seriamente. Los recíprocos procederes de Pierrepont y Beatriz ofrecían ciertos síntomas acerca de los cuales nunca se engaña el fino olfato femenino. A la abierta actitud de los primeros días, habían sucedido timideces, cortedad, largas y profundas miradas, prolongados silencios, ensueños, mal humor constante; era visible que se buscaban, y que al mismo tiempo temían encontrarse; era visible que en sus más insignificantes palabras había algo de tierno y de vibrante; no ignoraba la de Aymaret que sus conversaciones personales, directas, eran muy raras, y que aun parecían querer evitarlas en lo posible, de lo que venía a deducir, con harta razón la vizcondesa, que procuraban ponerse en guardia contra la tentación de las efusiones, de los recuerdos, de las mutuas ternuras; no los creía culpables, y les hacía justicia, pero, un contacto tan íntimo y tan familiar entre ellos, ¿no podría ser prueba demasiado fuerte que al fin diera al traste con sus resoluciones por firmes y sinceras que fuesen? ¿No se encontraban de nuevo en presencia el uno del otro exactamente como en otros tiempos, al lado de la señora de Montauron? ¿No podrían despertar paulatinamente y con el mismo ardor que en pasada época esos íntimos sentimientos, haciendo aún más sensible la ya grande antipatía de Beatriz por su marido?

La de Aymaret contaba con que la ausencia de Jacques y su mujer en el campo podría aflojar los lazos de esta peligrosa intimidad, alejando al marqués de Pierrepont, a quien no gustaba salir de París; pero pronto perdió esta ilusión, porque, pretextando aquél el vivo interés que le inspiraba la obra gigantesca que Fabrice había emprendido, iba con frecuencia a la quinta de Bellevue, donde generalmente se quedaba a comer. Cuando la señora de Aymaret los encontraba allí, observaba que él guardaba siempre, ante Beatriz la misma reservada actitud, pero veía que palidecían cuando se daban la mano, advirtiendo que comenzaba a surgir en sus pechos el huracán de la pasión; la vizcondesa se decía que si tal estado de cosas se prolongaba era suficiente la más leve combinación de la suerte, el incidente de por sí más trivial para desencadenar las olas de amor tanto tiempo acumuladas, agitadas y comprimidas en aquellos dos corazones.

Profundamente alarmada en su conciencia, en su honradez, en su amistad, comprendió pronto que sólo una medida radical y heroica podía contener a Pedro y Beatriz, en esa mancha fatal a los abismos, y fue entonces cuando le asaltó la idea de casar a Pierrepont con miss Nicholson, concierto que tendría además la ventaja de alejar a aquél de Francia por largo tiempo.

Restaba que los interesados ratificasen este proyecto; miss Nicholson hallábase conforme de antemano, pero era necesario vencer la doble oposición del marqués y de Beatriz, oposición tanto más insuperable cuanto que podía apoyarse en razones especiales; nada tenían que reprocharse; manteníanse escrupulosamente en los límites de la honrada amistad que la señora de Aymaret, la misma señora de Aymaret les había recomendado. ¿Por qué, pues, atormentarlos? ¿Por qué arrebatarles este inocente consuelo que venía a compensar un tanto sus pasados sufrimientos? ¿No acusarían a su amiga de gratuita y tiránica importunidad? ¿No corría el riesgo de enajenarse para siempre la preciosa afección de aquellos dos interesantes seres?

Una circunstancia imprevista vino a poner fin a las indecisiones de la señora de Aymaret; su marido el vizconde, debilitado por todo linaje de excesos, había caído de algún tiempo atrás en un estado de anemia alarmante, y los médicos le prescribían una prolongada residencia en Glion, a orillas del lago de Ginebra; naturalmente, su mujer se prestaba a acompañarle, era necesario, pues, tentar un último esfuerzo.

Para hacerlo así marchó una mañana a Bellevue; cuando llegó a casa del pintor, dijéronle que Beatriz se hallaba en el jardín, probablemente en el taller de su marido. Este taller se encontraba a alguna distancia del caserío de la quinta, y no encontró en aquél sino a Jacques, trabajando concienzudamente en sus recuadros, que prometían ser verdaderas maravillas.

Como la vizcondesa le manifestase su admiración:

—¡Magnífico!—exclamó el artista alegremente—. Repite usted lo que Pedro me decía hace un momento, y cuando sus apreciaciones de usted coinciden con las de aquél, hay motivo para estar contento.

—¿Está aquí Pierrepont?

—Sí, da con Beatriz una vuelta por el parque... me parece que han ido a la avenida de los arrayanes... ya usted sabe el camino.

—Voy allá... hasta luego, amigo mío. Y marchóse por el sendero que atraviesa la parte baja del jardín... Corrían por esos días los postreros de abril, y a través del follaje, aún claro en esa época, pudo distinguir a Pedro y a Beatriz que caminaban lentamente uno al lado del otro. La señora de Aymaret oyó a pesar suyo algunas de las palabras que en tenue voz cambiaban los interlocutores, y aun cuando en tal tono dichas, nada tenían, en verdad, ni de misteriosas ni de confidenciales... y, sin embargo, cuando se vieron en presencia de la vizcondesa sus rostros revelaron confusión.

Después de algunas palabras indiferentes:

—Señor Pierrepont—dijo la de Aymaret—, ¿tendría usted la amabilidad de dejarme un momento a solas con Beatriz?... Pero, antes de que se vaya usted, ¿por cuál tren piensa regresar a París?

—Por el de las tres y veinte, probablemente.

—¡Excelente!... ¡Es también, el mío!... Volveremos juntos si usted quiere.

—¡Con mucho gusto, señora!

—Iré a buscarle al taller dentro de algunos minutos.

Una vez alejado Pierrepont, abordó Elisa sin ambages el asunto a debatir con Beatriz; se guardó bien de hacerle ni el más leve reproche, acusándose a sí misma de haber sido ligera, imprevisora, mala consejera, proponiéndose ahora, antes de alejarse por muchos meses, reparar su imprudencia imperdonable; sabía que entre su amiga y el marqués nada existía de criminal, pero, al fin, en sus revelaciones, advertíase un algo de incorrecto, de equívoco, porque aquella sinceridad de los primeros tiempos, vano fuera ocultarlo, había desaparecido, y era imposible suponer que en adelante pudiesen continuar, sin alterar ya la tranquilidad o la estima de Beatriz, ya el honor de su propio marido; era, pues, de necesidad urgente poner remedio a ese estado de cosas, y el único remedio eficaz no podía ser otro sino el inmediato matrimonio de Pierrepont.

Aunque evidentemente conmovida Beatriz ante esta insinuación inesperada, la acogió sin protestas y hasta sin objeciones. Quizás en el fondo de su alma turbada, empezaba a desconfiar de su propia constancia deseando así que una mano potente viniese a salvarla de esa lucha que cada día más presentábase a ella como más dolorosa, como más imposible. Autorizó, pues, a la señora de Aymaret para que indicase al marqués cómo ella, Beatriz, deseaba su matrimonio, pidiéndole únicamente a su amiga que en lo sucesivo nunca le hablase de Pedro, ni jamás le advirtiera, si debía partir, la época de su viaje.

—Antes te quería—le dijo con sencillez la vizcondesa—, ¡ahora te venero!

Y la dejó en la avenida de los arrayanes marchando al taller en busca de Pedro.

—Tenemos todavía—dijo a éste—, como una media hora antes que pase el tren... ¿Quiere usted que vayamos a esperarlo a la estación de Meudon a guisa de paseo?

—¡Qué idilio!—respondió alegremente el marqués levantando los ojos al cielo.

Se despidieron de Fabrice, y un instante después, haciendo el camino que baja de Bellevue a Meudon, la señora de Aymaret exponía a Pedro la delicada comisión de que para él le había encargado Beatriz.

La frente de Pierrepont se cargó de nubes, pero, aunque manifestando tan extrema sorpresa cuanto viva impaciencia, era demasiado recto para no reconocer que la situación que ocupaba entre Jacques y su mujer prestábase, aunque injustamente, a las más perversas interpretaciones, mostrándose en extremo sensible a la idea de comprometer a Beatriz, y más todavía, a la de arrojar sobre el limpio nombre de su amigo una tacha de infamia, porque era visto que Pedro profesaba a éste un real sentimiento de cariño y aun de respeto, y rechazaba con horror la idea de traicionar vilmente la confianza del honrado y grande artista. Añadió así, magnánimamente, la necesidad de hacer más frías las relaciones que podían dar lugar a fundadas sospechas, y aun convino en que, efectivamente, el matrimonio era el más seguro medio de romper para siempre con el pasado... Pero, ¿por qué la América?... ¿Por qué miss Nicholson mejor que cualquier otra?

La señora de Aymaret consiguió vencer esta última trinchera revelándole el secreto culto que le rendía la linda millonaria, clase de lisonja a que todo hombre es siempre sensible.

—Pero, en fin—dijo Pedro, ya completamente arriado el pabellón—, ¡no es cosa de irse esta noche misma!... ¿Supongo que me concederá usted algunos días para arreglar mis asuntos?

—No muchos, mi querido amigo, porque yo me voy dentro de ocho y no quiero dejarlo a usted a mi retaguardia.

—Su confianza de usted me encanta... ¡Pero, en fin, sea! me iré con el próximo vapor que sale del Havre... porque, francamente, no puedo hacer el viaje a nado... Vamos, ¿quiere usted que le dé mi palabra?

—No estaría de más.

—Está dada.

—¡Muchas gracias!... recuerde usted que no debe prevenir a Beatriz el momento de su partida.

—¡Por supuesto!... pero podré despedirme de ella sin decirle nada, supongo.

—Eso sí... ¡claro está!—respondió la vizcondesa.

En esto llegaban a la estación, al mismo tiempo que el tren, y como nadie más que ellos ocupasen el coche que los conducía a París, convinieron en los términos de la carta que al día siguiente mismo se proponía la señora de Aymaret escribir a miss Nicholson, anunciándole la próxima salida de Pierrepont para América.

La vizcondesa estaba tan admirada como encantada del rápido y relativamente fácil triunfo con que terminara su doble campaña, diciéndose a sí misma, no sin fundamento, que la débil resistencia opuesta por sus dos enamorados amigos, atestiguaban con victoriosa elocuencia cómo ellos mismos estaban en el fondo convencidos de la irregularidad y de los peligros de la recíproca situación.

La señora de Aymaret escribió a Beatriz aquella misma noche en encubierta forma, a fin de darle detalles sobre su conferencia con Pierrepont. Los subsiguientes días, mientras se entregaban a los preparativos del viaje, recibió con frecuencia la visita del marqués, a quien puso en antecedentes acerca de la persona y familia de aquella que aceptaba por esposa, antecedentes que, como es natural, interesaban vivamente a Pedro, viendo la vizcondesa en la curiosidad de su amigo nueva garantía de su firme resolución, que, por otra parte, afianzaba suficientemente la empeñada palabra de caballero tan cumplido.

La señora de Aymaret debía ponerse en camino con su marido y sus hijos el primero de mayo, que era un martes; fue la víspera a Bellevue con intento de despedirse de Beatriz, a quien halló profundamente triste, aunque resignada, sabiendo allí por boca de su misma amiga que Pierrepont había estado en la quinta aquella mañana y participado a Jacques sus proyectos de viaje.

El marqués debía partir dentro de tres o cuatro días, el sábado 6 de mayo, día fijado para la salida del vapor a cuyo bordo tenía ya su pasaje, prometiendo a la vizcondesa en su visita de despedida que desde Nueva York le pondría un telegrama anunciándole su llegada, y como se pusiese de pie para dejarla, la amable señora le presentó sus frescas mejillas cubiertas de rubor, diciéndole simplemente:

—Bese a su hermana.

Al día siguiente, la vizcondesa salió para Suiza.

Hasta el viernes, víspera de su partida, titubeó el marqués acerca de si volvería o no a Bellevue, pero al fin decidióse a hacerlo, visto que no acertaba con el tono a que debía ajustar su carta de adiós a Beatriz; escribió a ella varias, mas encontrólas todas secas por demás o en demasía tiernas, y acabó por quemarlas. Llegado que fue a casa del pintor franqueó la puerta dirigiéndose en derechura al taller donde encontró a Beatriz, presente su marido, ocupada en una labor de tapicería.

—Querido, vengo a darte un apretón de mano... porque no sé si volveré a verte antes de mi escapada a América... ¡Estoy tan ocupado!

—¡Cómo! ¿tan pronto te vas?—preguntó Jacques interrumpiendo su trabajo—; ¿quién te corre, hijo?... ¡Ah! ¡ah!... Estoy en el secreto... ¡Fíate de mujeres para que guarden uno!

—¡Oh, eso está todavía en el aire... no son más que proyectos!... Lo único real es el viaje.

Después de esto no le habló más que de sus recuadros, cuya grandiosa composición admiraba, arriesgando algunas ligeras críticas de detalle, que el artista admitió algunas veces, discutió otras con su bondad y modestia usuales; una media hora transcurrió en esta conversación, en la cual la mujer del pintor apenas tomó parte, continuando con taciturno aire, inclinada su cabeza de diosa, la labor de tapicería que la ocupaba, tal cual fugaz palabra de vez en cuando dicha, tal cual veloz mirada rebosando de sombras lanzada sobre el rostro del hombre que se iba.

Cuando Pierrepont hubo dado a Jacques su adiós postrero, levantóse ella, diciendo al marqués con voz conmovida, seca, vibrante:

—Le voy a acompañar.

El marqués se inclinó, y juntos salieron del taller; a pesar de no estar sino a principios de mayo, el día había sido abrumador de calor y una tormenta estalló sobre París a mediodía; la lluvia que cayó a torrentes había cesado ya, pero el cielo estaba aún nebuloso, la atmósfera cargada. Se aspiraba ese fuerte olor que las lluvias de estío hacen brotar de la yerba, de las hojas y de las flores, y rosas, lilas y acacias saturaban el aire con sus acres perfumes. Beatriz y Pierrepont se pasearon lentamente durante algunos minutos en el parque sin pronunciar palabra, parándose de tiempo en tiempo para echar una distraída mirada sobre el lejano panorama de París, sobre el cual el sol poniente lanzaba a intervalos a través de las rotas nubes siniestros resplandores de incendio.

Beatriz de pronto, como quien toma una brusca resolución:

—¡Márchese, se lo ruego!... Pero antes quiero darle algo para ella.

Y se dirigió con rápido paso hacia la quinta. Su departamento personal, compuesto de un gran salón, gabinete y dormitorio, ocupaba toda la planta baja. La habitación de Jacques y de Marcela estaban en el primer piso.

Beatriz subió los tres o cuatro escalones del peristilo, y volviendo la cabeza dijo a Pedro: «Vuelvo al momento», entrando en seguida en el salón.

Pierrepont, desconcertado al pronto, aguardó algunos instantes, pero al fin se decidió a seguirla; la habitación estaba casi a obscuras, cerradas las persianas para preservarse sin duda contra el fuerte calor; el marqués pudo, sin embargo, advertir que Beatriz no estaba allí; se presentó un momento después llevando un estuche en la mano.

—Es su brazalete—le dijo en débil voz—; el brazalete que me envió usted de Londres cuando mi casamiento... Entréguelo de mi parte a su prometida... ¡Quiero que mi sacrificio sea completo!

Pierrepont intentó darle las gracias, pero su voz se ahogó en su garganta; puso la mano en la mano que ella le tendía.

—¡Adiós!

—¡Adiós!—respondió.

Y aun no se oyó acabar este fatal vocablo, cuando cayeron el uno en los brazos del otro, en olvido la tierra y los cielos, enloquecidos, arrastrados por esos huracanes de pasión que tornan veloces honor de varón, virtud de mujer, en flores marchitas, en muertos follajes, en huecas palabras.

XIV

la apuesta

El despertar de una mujer honrada y altiva que sucumbe al impulso funesto de una pasión prohibida es un desolador despertar, pero si raras veces sucede que no se arrepiente de su falta, es todavía más raro que no persevere en ella, porque en primer lugar la caída es tan honda que hácese imposible remontar la pendiente, luego porque ya, el error cometido, perdióse todo, menos el amor; el amor es el único que sobrevive, lo único que resta, y al amor es necesario asirse, como la última tabla que sobrenada en el mar de aquel moral naufragio.

Y la mayor parte de las que cayeron se abrazan al postrer madero con una especie de violencia desesperada. Se entiende, por supuesto, que nos referimos aquí a las mujeres de temple superior, no a esas otras para quienes amar es un simple pasatiempo mundano.

Después de lo ocurrido entre Pierrepont y Beatriz no había ya ni que hablar siquiera del viaje de aquél: hasta discutir el punto les pareció ocioso y no lo hicieron, pero no podía prescindirse de explicar este repentino cambio de ideas a las personas a quienes pudiera interesar. Miss Nicholson había sido informada por la señora de Aymaret del viaje del marqués, pero con tantas reticencias que la joven americana no hubiera podido admirarse de una decepción; mas, ¿cómo justificar ante la vizcondesa aquella traición a la palabra dada, traición que despertaría necesariamente en la perspicaz señora sospechas fundadísimas?

Pierrepont tuvo que resignarse a escribirle una carta trivial en la que tomaba como pretexto para aplazar su partida graves e imprevistos asuntos, pero la vizcondesa tan no creyó sus asertos que ni aun le contestó siquiera. Tampoco buscó las aclaraciones de Beatriz, quien por completo entregada a su delirante pasión, mostróse casi indiferente a la dura afrenta que argüía tal silencio. En cuanto a Fabrice, admitió fácilmente que Pedro abandonaba un viaje hacia el cual nunca lo viera muy inclinado.

Y entonces principió para los dos cómplices esa existencia turbada, mezcla de embriagueces y de amarguras, de olvidos y de remordimientos, de secretas concupiscencias y de terrores secretos que es la vida misma de los amores culpables. Podían, por fin, hablar sin reserva del pasado, confiarse todo lo que recíprocamente habían sentido y sufrido el uno por el otro, borrar los últimos lineamientos del terrible equívoco que por tanto tiempo los tuvo separados, y los mismos transportes de la pasión eran descoloridos detalles comparados al hechizo de estas mutuas confidencias, de estas horas de ternura. Pero sus entrevistas íntimas no eran frecuentes; lo eran aún menos que antes de su común falta; la inocencia había huido y observaban con la angustiosa atención del que delinque; observaban y observaban, y todavía no observaban lo bastante. Jacques era de natural tan generoso y confiado, estaba tan acostumbrado desde su temporada en los Genets a la intimidad de Pierrepont con Beatriz, se hallaba tan absorbido en el trabajo gigantesco que traía entre manos, que ni remotamente sospechaba la traición de que venía siendo víctima; pero un ojo por desventura más desconfiado, más penetrante, velaba en lugar del artista desdichado.

La antipatía de Gustavo Calvat hacia su cuñada Beatriz había ido de más en más creciendo por efecto de sus cotidianos rozamientos y de los mal disimulados desdenes de aquélla; había ido de más en más creciendo hasta el punto que hoy era no ya aversión, sino irreconciliable odio; tampoco simpatizaba Calvat con el marqués de Pierrepont, quien lo trató siempre con altanera frialdad. Aunque el pintor continuase, bondadoso como era, recibiendo al taimado aprendiz en su casa y ayudándolo pecuniariamente, no podía pasar inadvertido para aquel ente que estorbaba, que no era con tanta frecuencia invitado a comer, que Beatriz, que se ocupaba mucho de la educación de Marcelita, evitaba el dejar a la niña a solas con él, y ante tales procederes, que Calvat consideraba verdaderos ultrajes, no había venganza que no se encontrase pronto a esgrimir contra aquella que paso a paso lo iba desalojando de una casa que él consideraba como suya.

A fin de ahorrar tiempo había encargado Jacques a su cuñado de algunos secundarios detalles en la grande obra que lo ocupaba, y Calvat aprovechaba esta circunstancia para presentarse más que de costumbre en el taller del pintor, so pretexto de ofrecerle sus servicios, y cuando éstos holgaban íbase a fumar en el jardín o a acechar por fuera de la quinta el paso de Marcelita.

Cierto día, como volviese de dar un paseo por el parque con la niña, entró bruscamente en el taller, y después de asegurarse de que Fabrice estaba solo, le dijo de repente:

—¡Querido, tengo que hablarte!

—Habla—replicóle el pintor prosiguiendo tranquilamente su trabajo.

—Me causa pena tocar este punto, pero me parece que no harías mal en que Marcelita volviese a su colegio de Auteuil. Es la hija de mi hermana y eso me impone ciertos deberes.

Fabrice bajó lentamente los escalones del andamiaje sobre que pintaba, y mirando fijamente a Calvat:

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Quiero decirte que Marcela está aquí en malísima escuela, y que no debe permanecer por más tiempo en ella.

—¿Por qué?

—Mi querido Jacques—replicó Calvat—, siento mucho abrirte los ojos y destruir tus ilusiones acerca de tu princesa... Pero... pero puesto que lo quieres, sea... ¿Sabes la pregunta que hace un momento me dirigía la niña a propósito de su excelente madre, de su irreprochable maestra? «Tío—decíame—, ¿se dan besos los caballeros y las señoras cuando no son marido y mujer?» «Algunas veces...—le respondí—en ciertas ocasiones... ¿Por qué me preguntas eso, Marcelita?...» «Porque ayer tarde, después de comer, cuando volvía a dar las buenas noches a papá en la sala, vi que el señor de Pierrepont besaba a mamá.»

Apenas tuvo tiempo de terminar estas palabras, cuando Fabrice, agarrándolo por el cuello, casi hasta ahogarlo:

—¡Miserable!—le dijo—, ¡estás ebrio!... ¡Vete! ¡Vete de mi casa!

Y lo empujó, arrojándolo fuera del taller.

—¡Pobre tonto!—murmuró Calvat haciendo una repugnante mueca.

—¡Te he dicho que te vayas!—añadió Jacques marchando hacia su cuñado.

Este hizo un signo amenazador de cabeza y se retiró seguido por la mirada de Fabrice, que no le quitó la vista hasta que le vio franquear la verja.

Vuelto al taller, intentó maquinalmente el pintor reanudar su trabajo, pero la voluntad lo abandonaba; nublada la vista, inerte la mano, puso con desaliento sobre la próxima mesa paleta y pinceles, y sentándose sobre el borde de aquélla dióse a cavilar... Sí... Calvat es un miserable... un alma degradada por los desórdenes y la pereza... capaz de todo por satisfacer sus envidias y sus odios... detestaba a Beatriz... siempre la había perseguido con su sorda malevolencia... ahora ya incidía en la calumnia abierta... Esto era palmario... Pero Jacques se decía al mismo tiempo que su mujer, de la cual continuaba tan apasionado cual en el día mismo de sus nupcias, no cesó nunca de manifestar hacia él frialdades de hielo, marmóreas resistencias... Esas frialdades radicaban sin duda en su íntima complexión... mas... Y entonces las pérfidas insinuaciones de la señora de Montauron venían a clavar sus dientes de acero en el alma del desventurado artista. ¡Qué de veces creyó él descubrir en su altiva consorte, esos sentimientos de desdén, de disgusto, de enojo, de arrepentimiento, de que le hablara en cierta conversación memorable la difunta baronesa!... Y esa idea de que Beatriz no lo amaba era para el pintor una tortura dantesca, sólo un momento ahogada en el febril trabajar... Pero, en fin, porque amase más o menos a su marido no dejaba de ser Beatriz quien Beatriz era... ¡Beatriz!... esa casta y altanera criatura a quien él vio sufrir con tanta nobleza su infortunio, a quien él vio rechazar con virtud tanta los protervos consejos, las falaces tentaciones de la suerte adversa... ¡Oh, sí, no había duda! si a él no lo amaba, el honor y el deber eran para ella un culto, y de esos dioses jamás renegaría... Cierto que su simpatía por Pierrepont era manifiesta y evidente, pero, ¿la inocencia de esa propensión no la proclamaba suficientemente esa misma tácita publicidad de que Beatriz la revestía? ¿no se explicaba, sin esfuerzo alguno, por afinidades de nacimiento y de educación, de tradiciones de familia y comunes recuerdos?... ¿El mismo marqués no era citado como viviente símbolo de la más caballeresca lealtad?... ¿Cómo, entonces, infamar a los dos con la sospecha de una duplicidad tan abominable, de una traición tan baja?... y eso por las imputaciones de un ser como Calvat, bajo la fe de una delación que tenía todas las viles apariencias de cualquier carta anónima... Porque las palabras que Calvat tuvo la villanía de poner en labios de Marcelita, Jacques estaba seguro de que la niña jamás las pronunció... y ese indigno Gustavo había contado de antemano con la impunidad, convencido; cual se hallaba, de que Fabrice nunca interrogaría a su hija acerca de tan difíciles capítulos.

Sumido estaba aún el artista en estas crueles cavilaciones, cuando la cortina de antigua tapicería que cubría la puerta del taller abrióse de pronto dejando ver el fresco y lindo rostro de Marcela.

—¿Te incomodo, papá?

—No, hija mía—respondió éste cubierto de densa palidez.

—¿Puedo entrar?

—Sí, mi vida.

Y entró la niña, con un aro en la mano, presentando a su padre la frente.

—¿Estás triste, papá?

—¿Por qué he de estar triste?

—¡Como no trabajas!

—Descanso un poco. ¿Tú has estado corriendo?... ¡Estás roja como una amapola!

—No, papá, vengo de dar mi lección de piano con mamá.

—¿Es buena contigo tu mamá?

—Muy buena.

—¿Tú la quieres mucho?

—Mucho... pero a ti más que a ella... Me voy a jugar... pero bajo los árboles... no al sol... no tengas cuidado.

Iba a salir; Fabrice la llamó.

—¡Ven, alma mía!... voy a preguntarte una cosa... ¡Ven, corazón mío!

Tomó la cabeza de Marcelita entre sus manos y mirándola fijamente:

—Marcelita... vas a decirme... una cosa...

—¿El qué papá?

Titubeó algunos segundos; en seguida, bruscamente, sonriendo con amarga sonrisa:

—Quiero que me des otro beso... ahora anda... anda a jugar... nena mía... corre.

Y Marcelita se fue corriendo.

Cuando desapareció, el artista, cuyo carácter era firme cual la roca, enjugó, sin embargo, una lágrima. Después se levantó, tomó su paleta y púsose a pintar.

Al día siguiente experimentó la sorpresa de ver a Calvat entrar en el taller.

—¿Cómo te atreves a presentarte en mi casa?—le preguntó con amenazadora gravedad.

—Querido—respondió Calvat en tono de sumisión—, he consultado con la almohada... vengo a presentarte mis excusas... No estaba ayer ebrio como me dijiste un poco rudamente, y aun añado que no falté a la verdad... Pero he hecho mal, convengo, en venir a repetirte un cuento de niño que debió afectarte profundamente, y que podía ser, que era seguramente, un embuste. He reflexionado y estoy persuadido de que Marcelita ha inventado la historia que me contó. Los niños, tú lo sabes, son grandes embusteros, y sus invenciones tienen con frecuencia ese aire de malicia socarrona y de falsa inocencia que es fácil de advertir en la broma de tu hija... Con más, que nada se adelantaría con interrogarla... porque, en ese caso, sostenga la niña su mentira o la retire, se queda uno como estaba... Por consecuencia, me parece lo mejor pasar por alto la falta de la niña, olvidar mi exceso de celo... bastante comprensible, por otra parte... y darme la mano.

La justificación alegada por Calvat no dejaba de ser fundada, y, además, llevaba al alma atormentada del pintor algunos fulgores de bonanza.

—¡Bueno, pase!... pero te prevengo que en lo sucesivo no quiero oír ni una sola palabra reticente acerca de mi mujer... ¡ya lo sabes!

Sin embargo, desde el día que la duda se posó en su espíritu, no pudo Jacques, por grande que fuera su imperio sobre sí mismo, impedir que algo traslucieran Beatriz y Pedro de la obsesión que lo atribulaba, y se penetraron de que eran objeto de una tal vez involuntaria vigilancia; resolvieron, pues, de común acuerdo, hacer aún más raras sus entrevistas íntimas, y obstáculos tales puestos a su pasión, dieron por resultado que ésta se hiciera todavía más imperiosa, más absorbente. Jamás llegaron a verse fuera de la quinta de Bellevue, porque Beatriz opuso una resistencia invencible a todas las combinaciones que Pierrepont le presentó para facilitar sus citas a solas. ¡Era culpable, es cierto! pero aun en su falta conservaba esa elevación de alma que desprecia los ruines expedientes de la galantería vulgar, y excepcional hubiese sido que en las condiciones de existencia que les habían creado los acontecimientos, no hubieran buscado para suplir a sus habladas ternuras el medio fatal de escribirse. Con este error contaba Calvat.

Como el lector habrá previsto, no afectó aquel villano el arrepentimiento de su delación, y no se excusó con Fabrice sino para procurarse de nuevo entrada en la casa y vigilar más de cerca a aquella que había resuelto perder. Calvat era un infame, pero no era un tonto, y poseía, sobre todo, esos rastreros gustos de polizonte que son casi siempre sintomáticos en los bohemios de su cuño. Ya antes que Marcela le hubiese dirigido la terrible interrogación, terrible en su candor mismo, que el adocenado aprendiz apresuróse a llevar a su cuñado, había aquél entrevisto, con esa malignidad y esa penetración del odio, los lazos que unían al marqués con Beatriz, pero comprendió que se perdería a sí mismo si después de sus cuestiones con el pintor no presentaba a éste en la ocasión primera la prueba irrefutable del delito.

Convencido por una serie de deducciones naturales de que los dos amantes debían escribirse, se aplicó a descubrir sin descanso sus medios de correspondencia. Los frecuentes y largos paseos de Beatriz en la avenida de los arrayanes le parecieron equívocos, conjeturando que sus cartas habrían de cambiarse por cima del poco elevado muro que cercaba el jardín de la parte del camino; pero su vigilancia en aquellos contornos resultó baldía. ¿Se escribirían sencillamente por el correo? Calvat, para cerciorarse, se impuso la costumbre de hacer centinela ante la verja de la quinta a la hora que llegaba el cartero.