Conociéndolo este hombre por cuñado del pintor le entregaba las cartas dirigidas a la casa, y Calvat estudiaba cuidadosamente los sobrescritos. Aunque Fabrice no abría jamás las que recibía su mujer, no era verosímil que el marqués escribiera a Beatriz sin tomar excepcionales precauciones, y fue así que al cabo de algunos días llamó la atención de Calvat el gran número de las que llegaban en esta forma: «Señora Jacques Fabrice; para entregar a la señora vizcondesa de Aymaret»; y estimularon tanto más sus sospechas, cuanto que la letra parecía evidentemente contrahecha: decidióse a abrir una, y encontróse con que, efectivamente, era toda del puño de Pierrepont: he aquí su contenido:
«Querida Beatriz, sí, esta existencia de engaños y traiciones es indigna de nosotros y me complace que opines sobre este punto como yo... En tanto que esta situación se prolongue, nuestra dicha no será más que una vana ilusión, nuestro amor no será otra cosa que un continuo sufrimiento... ¿Y no hemos ya sufrido demasiado?... Cree firmemente que soy tan incapaz como tú de buscar frases hipócritas para engañar mi propia conciencia... Somos culpables, lo sé, pero, ¿qué crimen de amor pudo encontrar mayores excusas?... ¿Se cruzaron jamás entre dos corazones honrados y sinceros parecidas fatalidades?... Sí, somos delincuentes, pero somos también al propio tiempo víctimas de la contraria suerte... Sería realmente vergonzoso y criminal perseverar en esta vía de abominable duplicidad... ¡Huyamos, pues!... ¡Te lo ruego, alma mía, dígnate consentir!... Confía en mí... he tomado todas las medidas... Todo cuanto un hombre puede hacer, otro tanto haré yo para que tu destierro sea un destierro de encantos... ¡Te adoro!—Pedro.»
Cuando hubo terminado su lectura, crispóse la cara de Calvat con una sonrisa de réprobo; dobló la carta, empujó la verja y se dirigió al taller de Fabrice.
—Hola, ¿eres tú?... Creí que sería el marqués, quien quedó en venir hoy por la mañana.
—No, no es el marqués; soy yo—respondió Calvat—. Querido—prosiguió, bajando un poco la voz—, no me acusarás más de ser un borracho y un embustero, supongo... La casualidad me ha puesto en posesión de una carta que tiene mucho interés para ti... Como pariente y amigo tuyo, por grande que sea mi sentimiento... me es imposible dejar de entregártela... Convendrás conmigo cuando la hayas leído.
—No la leeré—replicó Jacques rechazando la mano de Calvat que le tendía la carta—. ¡Sal de aquí al instante, y te prohibo que vuelvas jamás a poner los pies en mi casa!
—Ya me volverás a llamar, y como no soy rencoroso, volveré a tu primera palabra. Esa carta es de Pierrepont dirigida a tu mujer. Ahí te la dejo.
La arrojó sobre la mesa y salió del taller.
Ya solo, el artista tuvo un momento de horrible duda. Inmóvil, petrificado, veía delante de sí la mesa, y sobre la mesa la carta.
Por fin marchó hacia aquélla, con paso de autómata, con paso de estatua. Tomó en sus manos los fatídicos renglones, titubeó todavía, hizo un movimiento como para rasgar la carta; después, con brusca decisión, la desplegó y la leyó.
Calvat, por su parte, al irse pasó por delante de la habitación donde Beatriz trabajaba sentada a su ventana, aproximóse vivamente y dijo:
—Señora; tengo el gusto de comunicarle que en el momento en que me es dado el honor de hablarle, su marido se ocupa en leer la última carta de su amante de usted... Buenos días.
Y se dirigió hacia la verja; pero cuando iba a cerrarla alguien lo hizo seña de que la dejara abierta; era el marqués que venía de la estación. Cruzaron un saludo. Calvat dobló la esquina de la calle inmediata y Pierrepont entró en la quinta.
Bajo el golpe de la tremenda noticia que acababa de dársele, Beatriz quedó fulminada; había oído las palabras de Calvat, pero al principio no dio distintamente con su sentido; después una luz terrible se hizo en su espíritu y comprendió... Una carta de Pedro estaba en manos de su marido... Y de una mirada advirtió como en un caos sombrío todo lo que podía salir en algunos minutos de los pliegues de aquella misiva: el deshonor, la vergüenza, la perdición, la muerte. Cerró los ojos y durante un momento no vio más que tinieblas surcadas por siniestros relámpagos. De pronto, pasos que sonaban en las calles del jardín la sacaron de su aturdimiento; miró al exterior y reconoció con terror indescriptible al marqués que, atravesando aquél, se dirigió al taller de Fabrice. Se levantó después súbitamente, extraviada, loca, sin reflexión, sin precisos designios, arrastrada por el terror de un conflicto inminente entre aquellos dos hombres; lanzóse fuera de su gabinete, con su labor de tapicería en la mano, y bajó corriendo los escalones del peristilo, dirigiéndose con precipitado paso hacia el taller donde Pierrepont acababa de entrar.
Beatriz se acercó a las cortinas que cubrían la entrada de aquél, levantó ligeramente una de ellas y se puso a escuchar hasta donde se lo permitía el latir desordenado de su corazón... Aún alcanzaba a ver lo que pasaba en el interior del taller.
Fabrice, en el momento en que Pierrepont entró, ocupábase en cargar dos pistolas, regalo precisamente de su amigo Pedro, y con las cuales tenía costumbre de tirar por vía de ejercicio en el jardín.
—¿Te gustan siempre esas armas?—le preguntó el marqués tomando y dejando en seguida sobre la mesa aquella que Jacques acababa de cargar.
—Encantado—respondió.
—¿Vas a tirar al blanco?
—Sí.
—¡Bueno! vamos a hacer una apuesta si quieres.
—Con mucho gusto.
—¿Estás hoy malo?... No tienes buen semblante.
—Sí, no me encuentro bien... acabo de tener una escena muy desagradable con Calvat.
—¡Ah!... precisamente salía cuando yo entraba.
—Ese miserable ha jurado a mi mujer un odio mortal.
—Sí, desde hace tiempo.
—Ahora mismo la difamaba de una manera horrible.
—Eso prueba que es un malvado y nada más.
—Lo he echado de mi casa.
—¡Bien hecho! aunque has tardado demasiado en hacer esa ejecución.
—Y, sin embargo, me ha turbado... esto no puedo decirlo sino a un antiguo amigo como tú lo eres... Sí, me ha turbado... Me ha dejado dudas...
—¿Dudas sobre una mujer como la tuya? ¡Vamos, Jacques, estás loco!
—Sí, ¿no es verdad?—replicó Fabrice—; tú la conoces bien... y aun antes que yo... Me responderías de su honor con el tuyo, ¿no es cierto?
—¡Absolutamente!
—Y harías bien... porque el tuyo y el suyo corren parejas...
Y poniendo la carta del marqués bajo la vista de éste:
—¡Lee!
Pierrepont retrocedió cual si delante de él se hubiese levantado un espectro. En seguida, tomando de sobre la mesa la pistola que acababa de colocar en ella y entregándola a Fabrice por el culatín:
—¡Mátame!—le dijo.
—No—replicó el pintor—, por lo menos no de esa manera.
Dio algunos pasos a lo largo del taller como para fijar sus ideas, después, volviéndose al marqués:
—¿Puedes, si quieres—le dijo—, explicarme algunos giros de tu carta cuya significación no alcanzo?... Invocas como excusas ciertas misteriosas circunstancias del pasado, ciertas fatalidades que pesaron sobre la señorita de Sardonne y tú... ¿Puedo saber a qué haces alusión?
Pierrepont relató brevemente lo que aconteciera en otros tiempos entre Beatriz y él, su recíproco amor, y cómo la señora de Montauron obligó por fuerza a la joven a rehusar la mano que él le ofrecía.
Después de una pausa de reflexión y de silencio, Fabrice le respondió:
—Tu sentimiento hacia la señorita de Sardonne te hará desear sin duda que este asunto se trate entre nosotros sin ruido, sin escándalo, a fin de evitar a ella una tacha de que yo deseo también ver a salvo mi nombre.
—Todo lo que me propongas con ese fin—respondió el marqués—, está aceptado de antemano.
—Un duelo con su acompañamiento ordinario de padrinos, etc., revelaría todo al público... Hace un momento me proponías que jugásemos una partida a la pistola... Acepto... Somos poco más o menos de la misma fuerza en esa arma... Aquel de nosotros que gane su vida... el que la pierda, pierde la existencia en el suicidio.
—¡Sea!... queda convenido—respondió Pedro.
—Cada uno de nosotros empeña su honor en que respetará esas condiciones.
—¡Queda convenido!—repitió Pedro.
—Ahora—continuó el pintor—, fuerza es que me resigne a hacer una súplica... Sé que esto es absolutamente incorrecto, y te ruego que me excuses. He aquí de qué se trata... Si me toca dejar a mi hija huérfana, no quisiera, al menos, dejarla sin recursos. Ahora bien, nada tengo, si se exceptúan cien mil francos que Nicholson me ha dado a cuenta por los recuadros, cantidad que, según convenio, tendría que devolverle si no termino mi trabajo... debe darme, además, el doble de aquella suma el día que entregue la obra concluída... No creo que podré acabarlos antes de cuatro meses... Te pido, pues, que si a mí me toca morir, me acuerdes ese plazo de que te he hablado... y no tengo necesidad de decirte que este convenio es recíproco.
Había en esta petición del desdichado artista algo tan conmovedor, que el marqués volvió la cabeza para ocultar la contracción casi convulsiva de su rostro.
—Será—dijo—como lo deseas.
El pintor guardó las pistolas en su caja y tomó algunos blancos.
—Conozco mucho estas armas. ¿Quieres que nos sirvamos de otras?
—¡Es inútil!—contestó Pedro—. Yo también he tirado frecuentemente con ellas. ¡Vamos!
Dejaron el taller y se dirigieron a esa avenida de los arrayanes de que tanto hemos hablado en el curso de nuestra narración. Recordará tal vez el lector que en uno de los extremos de la citada avenida existía una plancha de tiro: en frente, al lado opuesto, había un asiento rústico empotrado en la pared. Cuando Pierrepont y Fabrice se aproximaron a la placa para fijar los cartones, advirtieron a Beatriz sentada en el campestre banco: Beatriz trabajaba en su tapicería.
Los dos hombres cambiaron una mirada.
Uno y otro sabían que la avenida de los arrayanes era para Beatriz un lugar favorito de paseo y de retiro. Así, pues, no se sorprendieron de encontrarla allí, creyendo que únicamente la casualidad la había llevado a aquel sitio; pero su presencia durante la escena que se preparaba iba a dar a ésta un carácter trágico que impresionó vivamente a los dos, imponiéndoles al propio tiempo un disimulo de fisonomía y de lenguaje que en momentos semejantes era tan penoso como necesario.
Beatriz, sin embargo, sostenida por el horror mismo de la tremenda crisis y por la excesiva tensión nerviosa, continuaba trabajando en su bordado con gran calma aparente, devolviendo a Pierrepont con su sonrisa habitual el saludo de éste.
—Hermoso día—le dijo—, ¿no es verdad?
—Sí, un verdadero día de verano... Aprovechándolo, vamos a jugar Fabrice y yo un partido a la pistola.
—¡Ah! ¿cuál de los dos es más fuerte?
Pierrepont hizo un gesto de incertidumbre.
—Ahora vamos a verlo—respondió sonriendo.
Fabrice colocó en el banco, al lado de ella, la caja de caoba y un paquete de cartuchos.
Las armas de que iban a servirse eran pistolas Flobert, de gran calibre.
Los blancos o cartones de tiro estaban divididos, según práctica, en un número determinado de círculos concéntricos, desarrollándose alrededor de un punto mitad negro mitad blanco, punto que en el tecnicismo de los tiradores suele llamarse la mosca. La distancia de tiro era todo el largo de la avenida, es decir, veinticinco pasos próximamente. Delante de Beatriz, profundamente conmovida, bajo su aparente tranquilidad, acabaron los jugadores de fijar las bases de la partida.
Esta sería de siete disparos; el tiro era a voluntad; cada uno haría dos de aquéllos seguidos en las dos primeras entradas; en la tercera los disparos serían tres por cada lado sin solución de continuidad. Cada sector del blanco tocado por los tiradores daba a éstos el número de puntos determinados por el uso, número de puntos que, por otra parte, llevan siempre marcados los cartones. El círculo más lejano del centro, un punto; la mosca, siete.
Una moneda arrojada al aire indicó que Fabrice debía tirar el primero; rompió, pues, sus fuegos y alojó sus dos primeras balas en el interior del segundo círculo; Pierrepont, más inhábil esta vez, o menos dichoso, perdió una de sus balas en la plancha, la otra tocó el cartón. Este primer pase aseguraba, por consecuencia, cuatro puntos a Jacques y uno solo a Pierrepont.
—Me parece que me guardas consideración—dijo el pintor.
—De ningún modo—replicó Pedro.
Al segundo pase Fabrice metió sus dos balas en el tercer círculo. Pierrepont, después de aquél hizo dos y dos. Jacques tenía diez puntos contra cinco.
La tercera prueba le dio todavía una ventaja más considerable; con sus tres balas marcó doce puntos; tenía así veintidós contra cinco.
Pierrepont, cuya actitud revelaba una especie de descuido y desaliento, se preparaba a hacer sus tres últimos disparos; montaba su pistola, cuando un ligero rumor le hizo volver la cabeza y sus ojos encontraron los ojos de Beatriz, fijos en él con una expresión tal que aquella mirada penetró hasta sus huesos. El marqués comprendió instantáneamente cómo ella se daba cuenta de todo... todo lo sabía, y ese mirar desesperado, ardiente, suplicante, imperativo, lo conjuraba, lo exhortaba y le mandaba vivir y conservarse para ella. En momento alguno su sombría beldad tuvo poderes tales de fascinación. ¡Pedro se puso en el terreno, apuntó e hizo fuego! Con sus dos primeras balas atravesó el estrecho círculo negro que rodeaba el punto blanco central; su última bala se alojó en la mosca misma. Tenía, pues, veinticuatro puntos contra veintidós. Fabrice estaba condenado.
Y aun no se había disipado el humo del último disparo, cuando una estridente carcajada sonó en los oídos de los dos hombres estupefactos: Beatriz se había puesto de pie bruscamente, rígida, los ojos con expresión de espanto, abrasados por el siniestro relampaguear de la locura; balbuceó algunas palabras ininteligibles, luego estalló de nuevo su espasmódico reír, reír tan salvaje, reír tan continuo que parecía repetido en la circunvecina campiña por las deidades mismas de lo horrible. Viéndola tambalearse, Fabrice corrió a sostenerla, depositándola suavemente sobre el rústico asiento; sus risas callaron, poco a poco se agitaron sus miembros en los esfuerzos de la convulsión, y al fin yació desmayada.
—¡Nos había escuchado!... ¡Todo lo sabía!—murmuró el pintor como hablándose a sí mismo.
Tornóse a Pierrepont, inmóvil a dos pasos, pálido cual un cadáver en su ataúd.
—Te ruego—le dijo—que nos dejes solos.
El marqués dudó un momento indicándole con la mano a Beatriz tendida e inerte sobre el banco.
—¿Me crees capaz—le preguntó el pintor—de maltratar a una mujer, aun cuando sea tan indigna como ésa?
Fabrice entonces, recogiendo el pañuelo de su mujer, que había caído a sus pies, lo empapó en el agua de una fuente próxima y humedeció a Beatriz las sienes y el rostro. Al cabo de algunos minutos volvió en sí, paseó a su alrededor la confusa mirada, fijándola luego sobre su marido, y un sordo gemido, con el movimiento súbito de sus manos para cubrir los ojos, atestiguaron que volvía a la vida, que recobraba la posesión de la terrible realidad.
—Beatriz, si una explicación te es demasiado penosa en estos momentos, la aplazo.
—¡Oh, no... en seguida!—murmuró ella.
—Además, no será larga—añadió Fabrice—, porque, si no me engaño, todo lo sabes... Tus nervios te han denunciado... ¿Has oído, no es cierto, mi conversación con Pierrepont en el taller?
Hizo ella un signo afirmativo.
—¿Sabes, entonces, por qué razones he querido evitar el escándalo de un duelo?... ¿Sabes que, para salvarte de toda tacha personal, y que, además, podría caer de rechazo sobre mi inocente hija?...
Beatriz repitió su signo de afirmación.
—Como comprenderás, esta precaución resultaría completamente ilusoria si salieses de casa de tu marido el tiempo que me resta de vida, porque eso equivaldría a revelar al público lo qué a mí y a ti nos importa tanto ocultarle. Esta situación será para los dos extremadamente difícil, sabiendo lo que uno y otro sabemos y teniendo que tolerarla por tres o cuatro meses; mas, puesto que yo tendré valor para sufrirla, también tú tienes que tenerlo.
—Me someteré a lo que quieras.
—Para confortarte durante ese trance tienes el consuelo de pensar que pronto serás dueña de tus acciones... y que pronto también podrás entregarte al hombre por cuya salvación hacías votos mientras que nos batíamos.
Beatriz no respondió.
—Para acabar—añadió Fabrice—, creo que no tengo que imponerte un plan de conducta durante ese breve período;... Supongo que no olvidaréis ni tú ni el marqués de Pierrepont el respeto que se debe a un hombre cuyos días están contados.
Y, una vez pronunciadas estas palabras, la dejó dirigiéndose al taller.
Beatriz permaneció todo el día en aquella fatal avenida, ya caminando inconscientemente, ya sentándose anonadada sobre el banco... Pero, ¿era realmente ella la que allí se encontraba?... ¿Era ella la causa de todos estos horrores?... ¿Era ella, Beatriz, la que acababa de recibir, y mereciéndolo, ¡ay!, el sangriento ultraje que le dirigiera su marido... y que no había osado negar?... Porque era evidente que durante el combate en que aquél jugaba su vida contra la de otro hombre, no era por su consorte por quien ella temblaba... Era notorio para su conciencia que había cometido el crimen, en un arrebato de pasión, de afirmar la mano temblorosa del marqués, y que, al ver a su marido bajo el imperio de una sentencia de muerte, su primera sensación fue la de una alegría feroz... Ella supo entonces, la desventurada criatura, como otras tantas lo supieron antes, hasta qué grado la pasión puede falsear y pervertir las almas más nobles y más puras, cuando se la deja reinar en absoluto sobre la razón, la voluntad y el honor.
XV
honor de artista
Han pasado varias semanas. Corre el mes de agosto. Beatriz y Pierrepont no han vuelto a verse. Por un escrúpulo que los dos comparten han evitado toda comunicación por escrito. Beatriz sabe únicamente que, contra su costumbre, el marqués pasó el verano en París, y aquélla presume que Pierrepont aguarda sus órdenes.
Cierta mañana Pedro recibe de su amante este billete:
«Te conjuro a partir para Glion. La señora de Aymaret está allí todavía. Confíaselo todo. Dile que me otorgue su perdón, que el dolor me vuelve loca, que la espero.»
Algunas horas después el marqués partía para Suiza. Al día siguiente estaba en Glion, y dos después, la vizcondesa, cuyo marido hallábase restablecido, llegó a París trasladándose en seguida a Bellevue. Al verla entrar en su salón, la mujer del pintor lanzó un débil grito: «Elisa», y juntó sus manos dirigiéndole una mirada suplicante. La señora de Aymaret le abrió los brazos, arrojándose en ellos Beatriz con sollozos desgarradores.
—¡Gracias! ¡gracias!—le dijo ésta—. ¡Hacía dos meses que no lloraba!
Y cuando se hubo calmado un poco:
—¿Te lo ha dicho todo?
—Todo.
Hizo que la vizcondesa se sentara.
—¡Bueno!... ¿Y qué piensas tú? ¡Yo ya ni pensar puedo!
—Piensa—respondió la señora de Aymaret que es necesario tocar todos los resortes para salvar la vida de tu marido.
—¡Eso es imposible... él no querrá!
—¿Quién no querrá?
—¡Él... mi marido!
—¿Por qué?
—¡Porque ha empeñado su palabra!
La señora de Aymaret tomó un acento severo, casi rudo.
—Beatriz—le dijo—, si pudiera siquiera imaginarme que miras sin horror la perspectiva de tu próxima viudez, rompería contigo mi amistad para toda la vida.
—Escúchame—le replicó Beatriz—, ese horrible sentimiento que me prestas... lo he experimentado... lo he experimentado mientras jugaban sus vidas... mientras sus dos existencias estaban en peligro... y me ha perseguido... no me ha abandonado en mucho tiempo a pesar mío... Ahora... sin duda Dios no me ha dejado todavía completamente de su mano... porque ha permitido que haya podido vencer esa espantosa tentación... Ahora te juro que daría mi vida por salvar la de ese desdichado...
—¡Lo amas!—exclamó la vizcondesa.
—¡No lo amo!... ¡pero me inspira tanta lástima!... ¡tanta lástima!... ¡Es tan poco acreedor a esta larga agonía que viene sufriendo!... ¡Y la soporta con tanto valor!... ¡Y tanta mansedumbre!... ¡Soy su prisionera!... podría torturar mi alma... martirizarme... y nunca... salvo el primer momento, no ha tenido para mí una palabra de reproche, una expresión amarga... Me trata como en pasados tiempos... ¡Tanto, que hay momentos, cuando me habla, cuando me sonríe, que me parece que nada ha pasado, que me encuentro únicamente bajo la presión de una pesadilla!
—¡Es que, a pesar de todo, te ama, querida mía, y en ese caso aún no está todo perdido!
—No es que me ame... ¿Cómo quieres que sea eso?... No, es que recuerda el pasado, y se venga de mi orgullo, de mis preocupaciones de clase, de mis miserables desdenes... es que quiere probarme cómo un simple artista sabe sufrir y morir como un caballero.
—¿Cuánto tiempo queda aún para que expire el término fatal?
—¡Nada sé, porque, si no puede aplazarlo, puede anticiparlo... todo dependerá del período que dure su trabajo... en cuanto lo termine se matará de seguro!
—¿Y a qué altura está en su tarea?... ¿tú no lo sabes?... ¿No vas nunca al taller después del suceso?
—Hace algunos días hice un supremo esfuerzo de voluntad y volví a él... Allí me siento y bordo a su lado... él me deja hacer... me dirige una palabra de cuando en cuando... una palabra indiferente... ¡Oh, qué terrible cosa!
El corazón de Beatriz se abrió de nuevo y lloró largo rato en silencio.
—Te preguntaba, hija mía—repitió la señora de Aymaret—, si está muy adelantada su obra.
—Muy adelantada... el pobre no descansa un minuto... desde el amanecer se pone al trabajo... ¡estoy admirada!... ¿Cómo se puede tener cabeza y valor para ocuparse de nada con semejante preocupación?... ¡Yo ni siquiera lo comprendo!
—¿Y él parece estar tranquilo, dices?
—Sí, parece estar tranquilo... pero encanece rápidamente.
—¡Oh! es necesario salvarlo—exclamó la vizcondesa poniéndose en pie—. ¿Tú me das plenos poderes, no es verdad? ¿Apruebas de antemano cuanto intente con ese fin?
—¡Todo... absolutamente todo... y con toda mi alma, Dios mío!
—¡Pues bueno! escribe a Pierrepont, a quien daré una cita para mañana.
Beatriz se sentó en su mesa de escribir y trazó a vuela pluma estas breves líneas:
«Al marqués de Pierrepont.
«Todo lo que Elisa te pida, te lo pido yo también de rodillas.»
Al día siguiente aquél, por indicación de la señora de Aymaret, presentóse en casa de ésta. La vizcondesa presentóle la carta en seguida.
—¿De qué se trata?—interrogó Pedro con gravedad después de haber leído.
—Se trata de que Fabrice no efectúe su suicidio cuando llegue la hora... ¿Podemos contar con usted para ese objeto?
—¿Y lo duda usted?... Es como si propusiera usted a un asesino libertarlo de su propia conciencia... Pero, ¿qué puedo yo hacer en esto?... No puedo imaginármelo...
—Según mi opinión, hay que vencer dos obstáculos para llegar a nuestro fin: primero, el punto de honor de la palabra empeñada que liga a Fabrice... ¿No podría devolverle esa palabra y en términos tales que él consintiese en aceptarla?
—Estoy pronto... pero...
—¿Teme que rehuse?
—Lo temo... sin embargo, voy a intentarlo, y con toda sinceridad, según va usted a verlo.
—No esperaba menos de usted... El segundo inconveniente que tendríamos que dominar es la convicción en que debe estar Fabrice de que si sobrevive le encontrará siempre entre su mujer y él... porque ha de estar creyendo que ella y usted aguardan su muerte para efectuar un matrimonio... Pues bien, el único medio de desengañarlo es volver a nuestro antiguo plan de casamiento con Ketty, poniéndolo por obra en el más breve período de tiempo posible. ¿Consiente usted?
Después de una pausa para reflexionar.
—Su amiga de usted—preguntó Pierrepont—, ¿desea ese matrimonio?
—Desea y aprueba todo lo que pueda sacarla del infierno en que está metida.
—¡Pues bueno! obedezco... me iré mañana... si no hay vapor en nuestros puertos marcharé a tomar uno en Inglaterra... Esta noche le mandaré la carta para Fabrice... se la entregará usted en tiempo oportuno... Adiós, señora...
Estrechó efusivamente con sus dos manos la mano de la vizcondesa y se retiró.
Dos días después se embarcaba en el Havre con rumbo a los Estados Unidos.
La señora de Aymaret había recibido el día antes la carta que él dirigía a Fabrice. Iba abierta; leyóla la vizcondesa y quedó satisfecha de su contenido; pero decidió no entregarla al pintor sino el día que pudiera participarle al mismo tiempo las bodas de Pierrepont, esperando que así el artista sería más accesible a sus ruegos.
Beatriz fue de idéntica opinión, y en cuanto al casamiento del marqués, acogió esta noticia con bastante indiferencia.
Alentada por su amiga, abrigaba algunas esperanzas, por remotas que fuesen, de salvar a su marido, escapando ella misma a tormentos morales en que temía dejar la razón, y por esta causa vigilaba con anhelante interés los más pequeños actos, las más insignificantes palabras de Jacques. Era el corazón de Beatriz, a pesar de su orgullo aristocrático y de sus vanidades mundanal, demasiado noble, demasiado generoso, para mostrarse insensible a la actitud firme, magnánima, heroica del artista enfrente de la muerte; y en su admiración, mezclada de profunda, lástima y quizás de sentimientos más tiernos todavía, ella no recordaba sino para sonrojarse los mezquinos reproches que allá en su fuero interno había alimentado contra su marido; admirábase de haberlo hasta tal punto desconocido, de haber tan injustamente cerrado los ojos ante las luminosas cualidades del hombre y del artista para fijarse sólo en algunas miserables imperfecciones de detalle. La misma personalidad física del pintor se le representaba bajo una nueva faz, sintiéndose herida por la dignidad natural de su andar, que traía a la memoria la marcha al mismo tiempo potente y ligera de los grandes felinos; se sentía herida por el brillo resplandeciente de su frente, por la enérgica acentuación de su tranquilo rostro, al cual sus cabellos, ya hoy ligeramente emblanquecidos, revestían de una extraña y suave aureola; se le aparecía, en fin, transfigurado cual si los pensamientos que lo ocupaban y lo sostenían en aquellos días supremos lo hubiesen envuelto en un nimbo de sobrenaturales resplandores.
Pero el tiempo volaba; fue el 20 de julio cuando Pierrepont y Fabrice juraron su tremendo compromiso, y el plazo de cuatro meses acordado al pintor expiraba por ende el 20 de octubre. Asomaba la primera semana del luctuoso mes cuando Beatriz advirtió con terror que los grandes recuadros destinados a América hallábanse a punto de ser terminados, y lo hubiesen estado con anterioridad si Jacques no hubiese más que nunca querido justificar en esta postrer obra suya la reputación del concienzudo y probo artista que la fama pública le había discernido, y no quedaban por hacer sino ligeros retoques, hasta el punto de que ya el apoderado de míster Nicholson en París viniera a entenderse con el pintor acerca del mejor modo y forma de mandar las telas a su destino.
A medida que el pavoroso término avanzaba, las angustias de Beatriz hacíanse más incesantes, más intolerables, más mortales. Devorada por la fiebre, en espera día y noche de cualquier siniestro ruido, de cualquier trágico espectáculo, impulsaba la triste Beatriz a la señora de Aymaret con desesperada impaciencia a que diese el paso supremo de que dependía su última esperanza, mas la vizcondesa, prevenida ya por Pierrepont de que su matrimonio se efectuaría en próxima fecha, quería esperar para presentar su súplica al pintor así que el suceso se realizase. Al poco tiempo Pierrepont le enviaba un periódico americano en que se daba de aquél noticias detalladas, y entonces la vizcondesa no titubeó más.
Desde su vuelta, en sus frecuentes visitas a Bellevue, más de una vez se había encontrado la señora de Aymaret con Fabrice, y aunque éste no pudiese dudar que aquélla conociese el secreto de Beatriz, jamás se cruzó entre ellos ni la sombra de una alusión sobre este resbaladizo asunto, pero una mañana la vio entrar inopinadamente en su taller. Profesaba el artista una sincera estima a la joven señora, y adivinando en la actitud a la vez turbada y resuelta de aquélla, el particular que la trajera, tomó un aire grave.
—¿Viene usted a hablarme, señora?—le dijo.
—Sí, tengo que hablarle... pero no me desaliente de antemano... sea bueno y complaciente conmigo, se lo ruego.
—Con usted, señora, es bien fácil ser complaciente—respondió Fabrice sonriendo con tristeza—. Vamos, hable usted.
Y le acercó una silla por cuanto advirtió que la vizcondesa estaba a punto de desfallecer.
—Señor Fabrice—comenzó aquélla después de un breve silencio—, me he enterado hoy de una cosa que me parece que tal vez le interese saber...
Y le entregó con la mano temblorosa la última carta que había recibido de Pierrepont acompañada del periódico americano en que se daba cuenta de su matrimonio.
Después de haber leído el pintor estos dos documentos, los devolvió fríamente a la señora de Aymaret.
—Gracias—le dijo el pintor con seca cortesía.
—Señor Fabrice—continuó aquélla cada vez más desconcertada y más conmovida—, tengo que entregarle aún otra carta... Le está personalmente dirigida.
—Veamos, señora.
Tomó en sus manos la misiva; era aquella que Pierrepont le escribió antes de su partida: véanse aquí sus términos:
«Antes de abandonar la Francia por mucho tiempo, aun para siempre si tú lo eliges, te relevo con la mayor sinceridad de la palabra que me has empeñado, rogándote en nombre de tu hija, suplicándote una y mil veces que conserves tu vida.
»Si la suerte me hubiese a mí condenado y si tú me devolvieses mi palabra con la lealtad con que yo te devuelvo la tuya, te aseguro que ni un momento titubearía en aceptarla.—Marqués de Pierrepont.—Al señor Jacques Fabrice.»
El pintor leyó una y otra vez, y aun volvió a leer con atención suma estas líneas, y, una vez al cabo de su contenido, se disponía a entregarla a la señora de Aymaret.
—Pero—arguyó ésta—, es para usted... debe usted guardarla.
—¡Sea!—replicó el pintor.
Esperó un momento la vizcondesa, y viendo siempre a aquel impasible y mudo:
—Señor Fabrice—le dijo estrechando las manos del artista—, ¿me dejará usted partir sin concederme una frase de esperanza?... Ya su honor está a salvo... ¡Tenga usted piedad de su hija!... ¡Tenga piedad también de la pobre culpable!... ¡Ha sufrido y sufre tanto!... ¡Ha expiado y expía con tanta usura su pecado!... ¡Y si aun me atreviera a añadirle algo!...
—¡Oh! no, señora, no prosiga usted... es suficiente con lo que me ha dicho... Me conmueve su interés hacia mí y los sentimientos que lo han inspirado... mas comprenderá que, cuestión tan grave como la que tratamos, no puede resolverse en un momento de enternecimiento... Permítame que medite sobre estos puntos con la calma que es de razón... Mi trabajo está ya terminado... aún puedo disponer de algunos días... Mi intención, que puede usted comunicar a su amiga, es consagrarlos a hacer un corto viaje al extranjero... una excursión a Suiza... Insisto más que nunca ahora en mi resolución, porque tengo necesidad de la ausencia para fijar mis ideas... Pienso partir mañana...
La vizcondesa clavó en él una mirada inquisitiva, Jacques púsose en pie tomando entre sus manos una de las de la dama...
—Hasta la vista, señora—le dijo; luego, con la voz levemente conmovida—: ¡Adiós, hija mía!
La vizcondesa salió, pero antes paróse un momento en el umbral del taller para enjugar sus lágrimas que arrasaban sus ojos; por fin, dirigióse con rápido, paso hacia las habitaciones de Beatriz: ésta, que esperaba el resultado de la entrevista paseando febrilmente por las alamedas del jardín, corrió al encuentro de Elisa desde que la viera aparecer, e interrogándola angustiosamente:
—¿Y bien?
—¡Tengo esperanzas!—le contestó su amiga.
—¿Es posible?—contestó Beatriz y arrastró a aquélla al salón.
La señora de Aymaret relatóle entonces todos los detalles de su entrevista con Fabrice, procurando persuadirla y persuadirse a sí propia de que la impresión que le había producido era favorable, pero la noticia del viaje repentinamente proyectado por su marido, aterró a Beatriz.
—¡Eso es el suicidio!—dijo a su amiga con sorda voz.
—¿Y la de irse si está decidido a darse la muerte?—objetó la de Aymaret.
—¿Quién sabe?... Por evitar tan tremendo espectáculo a su hija... Tal vez por evitármelo a mí misma... Quiere ser generoso y magnánimo hasta el fin...
—Te aseguro—le dijo la señora de Aymaret—que el lenguaje que ha usado me ha parecido sincero... Antes de fijar su decisión en asunto tan grave quiere reflexionar con tranquilidad, lejos de las recuerdos, de las emociones que pudieran perturbar sus ideas...
Aquí llegaban de su conversación, cuando fueron interrumpidas por Marcelita, que entró en la sala como un torbellino; presentó sus frescas mejillas a la señora de Aymaret, y volviéndose a Beatriz le preguntó toda sofocada:
—¿Es verdad que papá se va?
—¿Quién te ha dicho eso?
—Enriqueta, a quien le ha prevenido que le haga su equipaje.
—Sí, se va mañana... su trabajo lo ha fatigado mucho... los médicos le recomiendan un poco de distracción.
—No quisiera que se fuese—dijo la niña—, si lo permites voy a ayudar a Enriqueta para que no se le olvide nada.
—Yo misma voy dentro de un momento... anda, hija mía.
Marcelita se fue corriendo. La señora de Aymaret se levantó para marcharse.
—¡Si te imaginases cuánto estoy sufriendo!—le dijo Beatriz—. No se hace un movimiento, no se pronuncia una palabra en esta casa que no sea para mí un martirio... ¿y vas a dejarme sola?
—Sí, te dejo, hija mía... pero mañana, desde muy temprano, me tendrás aquí. Debo dejaros solos en estas últimas horas... Os abandono a la inspiración de vuestros corazones... ¡Hasta mañana!
Se besaron, y la vizcondesa se alejó.
Beatriz subió a las habitaciones de su marido para vigilar los preparativos del viaje. La doncella le participó que Fabrice había ido a París, pero que volvería para comer.
La mujer del pintor pasó el resto del día vagando por el jardín. Hacia la noche entró en el taller. El vacío que habían dejado los terminados recuadros daban un aire de abandono, de soledad, de tristeza solemne. Beatriz permaneció allí hasta la caída de la tarde pensando en cuanto una grande inteligencia, una grande alma dejara allí de su pensamiento, de dolores.
De pronto una idea le asaltó: todo había acabado; la pretendida excursión de Jacques a París no era más que un pretexto; su marido no volvería; voló a sus habitaciones; Jacques había vuelto.
Se sirvió la comida. Fabrice se hallaba tranquilo, pero más serio, más distraído que de costumbre, y al mismo tiempo más hablador; diríase que tenía miedo al silencio. Hablaba del decrecimiento de los días, de la hermosura de aquellas otoñales tardes, de la belleza de los paisajes suizos, de la impotencia del pintor para fielmente reproducirlos.
Después de la comida bajaron al jardín. Aunque ya en sus comienzos el otoño, la noche era templada y magnífica bajo un cielo tachonado de estrellas. Había aún claridad suficiente y Marcelita corría tras de su aro por las angostas calles que rodeaban la fuente. Placíale a la niña dar esta muestra de habilidad a su padre, quien, sentado en un banco, la miraba... ¡y de cuando en cuando también miraba al cielo!... Beatriz, anonadada, habíase sentado también a algunos pasos de distancia, oculta entre la sombra de los árboles.
Al cabo de un instante, Fabrice exclamó:
—¡Marcela!
—¿Qué, papá?—y vino corriendo.
—Tengo miedo que te resfríes... es necesario irse a dormir...
—¿En seguida?
—Sí, te lo ruego, vida mía.
—Bueno, me voy, papá.
—Dame antes un beso...—y tomó a la niña entre sus rodillas.
—¡Así me gustan las niñas!... ¿Tú me prometes ser siempre buena, es verdad?
—Te lo prometo.
—¿Aun cuando yo no esté ya aquí... aun cuando esté fuera?
—Sí... pero, ¿por qué te vas, papá?
—¡Tengo tanta necesidad de reposo, pobre nena mía!
—¿Por qué no me llevas contigo?
—¡Ay, si pudiera!...—murmuró Fabrice.
—¡Anda, llévame, papacito!
—¡No es posible, alma mía!... ¡Anda... vete a dormir!...
—¿Te vas por mucho tiempo?—continuó la niña.
—Por... alguno... Todavía no lo sé fijo... ¡Anda... anda a dormir, hija mía!
Jacques dio un beso a aquel querubín.
—Presente o ausente—le dijo—, me querrás siempre... te acordarás de mí, ¿no es cierto?
—Siempre... siempre... te lo prometo.
Lo dejó, para ir a dar un beso a Beatriz; en seguida, volviendo a su padre, a media voz:
—¡Papá! ¡estás llorando!
Detuvo a la niña por la mano; hubo un silencio; después Fabrice con grave acento:
—¡Ama también a tu madre!
Y la niña se alejó pensativa entrando en la casa.
Al instante mismo Fabrice oía un gemido, y Beatriz, saliendo de las sombras, se echó a sus plantas, sobre la arena de la avenida.
—¡Te suplico, Beatriz!—le dijo en tono de dulce reproche procurando levantarla.
—¡Ah!—exclamó la sin ventura a través de sus lágrimas—, ¡el Cristo perdonó!
—Y yo te perdono... ¿No acabas de oír lo que he dicho a mi hija?... No ignoro cuánto has sufrido en estos últimos tiempos... y hay además en la vida circunstancias en que la indulgencia se impone... Levántate... Siéntate a mi lado.
Desconcertada, estupefacta, se sentó en el banco al lado del marido.
—Beatriz—le dijo—, te doy mi perdón... ¿Qué más deseas? Habla.
—¡Deseo... que vivas, Dios mío!
—¿Estás segura?... ¿Estás bien segura de que no me despreciarías mañana si yo cediese a tus ruegos?
—¿Despreciarte?... ¿Por qué?... Pues que, ¿no sé que eres libre, que te han devuelto tu palabra?
—¿Y no te dirías alguna vez, Beatriz, que otro en mi lugar se habría mostrado más escrupuloso sobre el punto de honor?
—¡Pero, por Dios, no acabes de matarme... ten piedad de mí!... ¡Esto es horrible!... ¡Yo que te amo tanto, Dios mío!... y que ni aun me atrevo a decírtelo... porque creerías que miento para salvarte de la muerte... y, sin embargo... aquí delante de Dios... te juro que te amo... ¡oh! te lo juro.
Y deshecha en lágrimas levantaba desesperadamente sus brazos al tachonado cielo.
Hubo un largo silencio solamente turbado por el rumor de sus gemidos... Luego Fabrice, con voz hondamente conmovida:
—¡Te creo!
Ella tomó sus manos.
—Sí, esa palabra que tanto ansié de tus labios... al fin la he oído... y el corazón me dice que es sincera... ¡Me amas!... ¡Oh cielos, desatad sobre mí vuestros rayos!... ¡que ni aun por eso os negaría mi adoración!... ¡mi adoración por este momento tanto tiempo anhelado!... ¡tanto tiempo soñado!
Ella besaba sus manos llorando.
—Beatriz—le dijo, desasiéndose suavemente—, todo esto era para mí tan imprevisto.... que ya ves... he perdido la calma... casi la razón... Deja que me recoja un poco en mí mismo, te lo ruego... Desconfiarías con fundamento de mi resolución tomada bajo el imperio de emoción semejante... Ven, vuelve a tu gabinete... Vendré a buscarte dentro de un momento y entonces hablaremos seriamente.
Beatriz se apoyó en el brazo que él le ofrecía y la condujo hasta el primer escalón del peristilo, y como aquélla dudase en separarse de él, Jacques la atrajo hacia sí y besó sus cabellos.
—¡Hasta dentro de un momento!—le dijo.
Beatriz se sentó en el salón cerca de una ventana abierta mientras se alejaba por el jardín. Paseóse Fabrice en él largo tiempo, a lento paso. A veces su silueta se desvanecía entre los árboles, y entonces de pie, aterrado, hasta que su sombra salía de las tinieblas... Hacía algunos minutos que lo perdiera de vista; de pronto un relámpago siniestro iluminó los vidrios del taller, y el ruido de una detonación rasgó el silencio de la noche.
La triste esposa extendió los brazos, dio un grito y cayó desplomada.
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Fue la señora de Aymaret mandada a buscar en seguida, quien encontró sobre la mesa del taller, y entregó a Beatriz, estos cuatro renglones:
«Beatriz, hubiera querido evitarte este duelo... pero habría creído ser débil al ceder... Sí, creo que tu corazón al fin se ha abierto al mío, creo que me amas... Pero, ¿continuarías amándome mañana?... ¿Debiendo mi vida al hombre que me ultrajó tan cruelmente?... Lo dudo, y muero.»
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La verdadera causa del suicidio de Jacques Fabrice, jamás se sospechó. Los diarios anunciaron que el desdichado artista había muerto por accidente, descargando sus pistolas en vísperas de un viaje.
Beatriz entró en religión en los Benedictinos de Auteuil, donde ella misma pudo acabar la educación de Marcela, cumpliendo así piadosamente las últimas voluntades del artista.
FIN