Mercedes se puso muy colorada: tenía reparo en confesar que no la dejaban salir sola a la calle y que jamás había hablado con un hombre.
—Nosotras—agregó Nicasia con esa despreocupación que infunde la inocencia de las niñas o la impudicia de las cortesanas—hemos tenido muchos novios...
Los progresos musicales de Mercedes eran tan rápidos, que bien pronto figuró entre las alumnas más aventajadas de la clase. Carmen Vallejo, que no era envidiosa, le aconsejaba:
—Tú debías seguir nuestro ejemplo y dedicarte al teatro. Tienes muy bonita voz, eres guapa... Yo, el año próximo, ingresaré en la clase de declamación...
Mercedes movía la cabeza tristemente.
—A mí también me gustaría ser actriz.
—¡Oh, no puedo!
—¿Por qué?
—Porque... no me dejarían mis padres.
—Tonta... a tu madre la convences en seguida, y a tu padre... ¡quién sabe!... sobre todo, los verdaderos artistas, los artistas de corazón, no deben acatar más dueño que su propio instinto, y seguir resueltamente por donde ese instinto les dirija...
—¿Y a ti, te dejan?—preguntó Mercedes preocupada.
—Sí. Mi madre no aplaude nuestra determinación, pero tampoco se opone a ella. Además, contamos con la protección de un pariente, que es actor.
—¡Ah!
—Sí, un primo nuestro, Roberto Alcalá... de quien tal vez has oído hablar...
—En efecto...—dijo Mercedes—, creo que estuvo un día en casa, hablando con mi padre...
Cuando se tienen pocos años, se intima pronto. Pocos meses después de conocerse, la tres amigas parecían hermanas; se lo habían dicho todo, sus secretillos más recónditos, sus esperanzas más atrevidas. Mercedes estuvo en casa de Carmen y de Nicasia, éstas no tardaron en devolver la visita, y doña Balbina y la viuda de Vallejo tuvieron, con este motivo, ocasión de renovar su antigua amistad. Todo ello contribuyó a reforzar el cariño que unía a las tres jóvenes y, como eran casi vecinas, siempre estaban las unas en casa de la otra o viceversa, repasándose las lecciones de música o enseñándose bordados o labores en marquetería, a las que Carmen, especialmente, era muy aficionada.
Todo esto ocurría a espaldas de Gómez-Urquijo, que vivía apartado de la realidad, sumido en el mundo fantasmagórico de sus quimeras novelescas... Y así Mercedes, insensiblemente, sin procurarlo, iba dejando el buen camino, empujada por la mano omnipotente del Destino impenetrable...
Una tarde, saliendo del Conservatorio, doña Balbina, contra su costumbre, se quejó de que «las niñas» caminaban muy de prisa.
—Más despacio, más despacito—repetía—; no puedo seguiros...
Mercedes hizo un gesto de disgusto y no respondió.
—¿Por qué no sales sola?—preguntó Carmen bajando la voz.
—No me dejan.
—¿Lo has intentado alguna vez?
—No.
—Pues importa que lo procures; Nicasia y yo te ayudaremos... ¡Qué diablo!... Las madres, cuándo van siendo viejas, suelen ponerse muy cargantes...
Pocos días después, las dos hermanas fueron a visitar a Mercedes: iban con la pretensión de llevársela a su casa para que viese una mantelería que estaban bordando.
—Volvemos en seguida—dijo Carmen a doña Balbina—; Mercedes puede venir así, conforme está: ya ve usted que nosotras, como vivimos tan cerquita, tampoco nos hemos vestido...
La anciana no supo qué responder; Gómez-Urquijo había salido...
—Bueno—dijo—, id pronto y volved en seguida. Ya sabéis que os estaré mirando desde el balcón...
Y, en efecto, Mercedes se fué. Era la primera vez que salía sola a la calle. Tenía veintiún años. La joven continuaba estudiando el piano asiduamente, y cuantos más progresos realizaba, mayores encantos musicales descubría, y más grandes eran las perplejidades y los conturbadores anhelos de su espíritu.
Esta peligrosa epifanía sentimental que inicia la música, la remató la literatura poco después. Mercedes nunca había reparado en que llevaba el apellido de un gran hombre; desde muy pequeñita estaba acostumbrada a ver artículos de su padre en todos los periódicos y revistas ilustradas, que publicaban el retrato de Gómez-Urquijo, juzgándole de distinto modo y estudiando extensamente sus novelas y sus triunfos escénicos; aquello, siendo tanto, le parecía insignificante y vulgar, como todo lo cotidiano; y por esto, sin duda, jamás tuvo el antojo de leer los libros de su padre hasta que un día...
Gómez-Urquijo y su mujer habían salido dejando a Mercedes sola, junto al piano, que despertaba en ella tantas aspiraciones vagas, tantos deseos sin nombre. Por aquella época la posición económica de don Pedro había mejorado notablemente, y el infatigable escritor ocupaba un pisito tercero en la calle Jacometrezo, con tres balcones desde donde se veía un trozo de la Red de San Luis, con su alegre baraúnda de transeuntes y de vehículos, y por los cuales se entraban, con las bocanadas del viento, los alegres murmullos de la gran ciudad.
Aquella tarde Mercedes se aburría, con una murria tan sui géneris, tan absurda, que acabó por indisponerla consigo misma. Se fastidiaba de oír las eternas lamentaciones de Chopín y los valses perversos de Waldteufel, y cerró el piano; después se cansó de bordar, no acertaba a combinar los colores de un ramillete que tenía entre manos, se pinchaba los dedos y arrojó el bastidor a un rincón; luego, aburrida también de ver las gentes que iban y venían por la calle, lanzó un suspiro de despecho y de ahogo, y cerró el balcón. Todos sus pensamientos se resumían en un «me aburro»... desesperante, que empujaba a su espíritu hacia peligrosos horizontes desconocidos. Era «el cuarto de hora» de los conflictos psicológicos, «la hora azul» de los grandes cataclismos sentimentales, de las terribles revelaciones...
Mercedes abrió el despacho de su padre, aquel santuario donde ni ella ni doña Balbina penetraban casi nunca. En los armarios aparecían amontonados centenares de volúmenes; en las paredes había multitud de retratos de actrices y de escritores amigos de don Pedro; sobre la mesa yacían varios libros; uno de ellos estaba sobre la carpeta, con la plegadera entre las hojas. Mercedes se acercó a la mesa y cogió el libro, Eva, la novela más célebre de Gómez-Urquijo. Durante algunos instantes estuvo inmóvil, hojeando el volumen con aire indeciso, respirando el ambiente de aquella habitación impregnada de un fuerte olor a tabaco. De súbito sus ojos chispearon, todo su cuerpo se estremeció y sus mejillas se arrebolaron de vergüenza: acababa de llegar al desenlace de una escena de amor cuya circunstanciada descripción devoró rápidamente, presintiendo que a la vuelta de cada hoja iba a descubrir algo que la revelase ese recatado misterio eleusíaco de la vida, tormento eterno de todas las vírgenes.
Mercedes había abierto el libro por una de sus últimas páginas, aquéllas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de la narración.
Eva era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor, ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre la carne, siempre frágil, y el honor... Y, finalmente, la caída, la dulce y espantosa caída, con sus noches de insomnio preñadas de terribles quimeras...
Todo esto lo releyó Mercedes con la torcida fruición del niño que hojea por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura fué para ella un tósigo.
Gómez-Urquijo había procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la realidad; describió el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo, pero, generalmente, más bien malo que bueno; y todas sus esperanzas, todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados allí, a guisa de légamo funesto. Gómez-Urquijo era pesimista; creía que la tierra es un mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de desengaños, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde salieron... Y a esto obedecía el criterio sombrío de don Pedro: el autor de Eva se rebelaba contra la muerte; le parecía absurdo y contrario a la noción de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el anónimo desesperante de lo pretérito; y por eso, para aminorar la visión fatídica del no ser, Gómez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con perfiles que recordaban la fúnebre filosofía de los epicúreos: amemos; el amor es el único enemigo invencible de la muerte, el consolador bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de sentir el opio embriagador del deseo... ¿Para qué sufrir? ¿Por qué no enmascarar bajo poéticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es una novela que se escribe: hoy puede redactarse un capítulo triste, mañana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.
La joven pasó toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y funestas enseñanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que, como Galileo, sentía trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se echó encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendió el quinqué y continuó leyendo.
Todo la sorprendía; allí vió pasiones jamás presentidas por su columbino candor de doncella y escenas de un subidísimo color naturalista que simultáneamente la avergonzaban y seducían. La ética predicada por Gómez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegría, algo triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen en sus últimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, decía el autor de Eva, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos sugestionar por las vagas incertidumbres del mañana; la melancolía es el credo inútil, infecundo y estúpido de los vencidos... Gómez-Urquijo entonaba en aquellas páginas del mejor de sus libros, una canción brillantísima en honor del amor y de la risa: Eva era el prototipo de la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una creación sobrehumana, puramente artística, bella y fecunda como la Eva milagrosa del Génesis, que llevó en sus ovarios los gérmenes de toda la especie humana; libertina como Semíramis, voluptuosa como Cleopatra, con esa voluptuosidad ponzoñosa, insaciable, que atormenta las entrañas de las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena, incestuosa como Mesalina, cruel como Herodías... y a ratos también, esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantísima como Raquel... Eva lo reasumía y abreviaba todo: las virtudes, los heroísmos, las abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergüenzas femeninas; era, pues, un símbolo; símbolo admirable digno de parangonarse con las creaciones inmortales del paganismo.
Mercedes leía ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer fantástica, hermana suya, puesto que también parece mediar cierto secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo bien concreto de lo mucho y mal definido que ella sentía.
Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos históricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiración de los artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales; la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al principio y luego se rinde y más tarde persigue y acosa al burlador, al inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en voluptuoso miraje a la imaginación de la gozadora adolescencia, emborrachándola con la sinfonía de sus juramentos y de sus besos y el sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama, que olvida y que ríe... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a querer y a reír...
¡Amar, reír!... Gómez-Urquijo insistía continuamente sobre estos dos conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme leía, iba quedándose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho indiscutible que tenía a cometer locuras y a ser dichosa.
Aquella noche Mercedes durmió con la novela de su padre debajo de la almohada, procurando que nadie la viese, con la vergüenza y el temor de la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.
Como Mercedes no pertenecía al número de esas mujeres frías y volubles que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el alcance que sobre ella podían tener las sensaciones. Primero leyó Eva, luego Cabeza de mujer, y ambos libros causaron en ella un efecto abominable: por sus páginas conoció las hechicerías de lo vedado y la inanidad de cuanto hasta allí estimó bueno y digno, por tanto, de imitación; allí aprendió que el hastío es la carcoma implacable del matrimonio; que el marido es algo monótono, insípido, como una cena servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo prohibido oculta la mitad más preciosa y duradera de sus encantos, no querrían casarse nunca...
Cabeza de mujer era un estudio perfecto de la psicología femenina, en cuanto hay en ella de pequeño; las envidias, las veleidades, los caprichos del momento, amores de salón, pasiones efímeras de coqueta que languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras Eva reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto sobre el cual la mano habilísima del novelista trazó la sinfonía admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus impaciencias, sus citas y demás misterios clásicos que forman los adorables prolegómenos de la suprema posesión.
Mercedes sentía que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo con estremecimientos eléctricos a los diversos matices del himno pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante, tenían su misma sangre, sus mismos nervios. Gómez-Urquijo había puesto en todas igual temperamento, lo que no es de extrañar, pues el escritor se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos análogos.
La joven se reconoció retratada en los libros de su padre. Ella, con sus cortos cabellos negros y fuertes, su rostro pálido, sus ojos de obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se parecía a Eva, la gran apasionada, incansable derrochadora de placeres, que murió abandonada después de servir de embeleso a muchos hombres; y recordaba también a Matilde, la protagonista de Cabeza de mujer, aquella caprichosa incorregible que renunció a su marido y a sus hijos por beber champagne con un adorador que no la interesaba....
Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipócritas y mudables, aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos, zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto sojuzgador del ángel malo. Eran adúlteras porque sus esposos eran vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua sobreexcitación de sus nervios así lo exigían; pero siempre interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre artistas... Y Mercedes las quería y hubiese deseado emularlas, rivalizar con ellas, ser una de tantas....
Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visión de un mundo, escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendió las suaves emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol, caminando bajo los árboles y por entre los flexibles herbazales que se enredan a sus pies, invitándoles a caer; y la voluptuosa melancolía del crepúsculo, con sus pájaros adormilados arrullándose entre el boscaje, sus campiñas despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche, sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fría en la superficie inmóvil de los pantanos... Y conocía también las emociones de los amoríos urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas serviciales que ejercen tercería, ofreciéndose a llevar y traer cartas, o poniendo su casa a disposición de los que no pueden exhibir su pasión públicamente; las entrevistas en los cafés poco concurridos de los arrabales, los paseos en coche... Y además las cartas, las horribles cartas hinchadas de juramentos hiperbólicos y de promesas soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los desdenes, los celos; y luego las escenas más íntimas. Aquellas tardes invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios, esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a poco la siniestra profecía de Malthus. A través de los cristales de la ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las paredes, los muebles abocetan tímidamente sus suaves panzas de raso o felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmóviles y tristes como telarañas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una sensación de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el fondo de la habitación aparece el lecho; no como aquéllos de en tiempo del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeñas son odiosas por parecer construídas exclusivamente para dormir o gustar el placer de prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito, amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre cuyos pliegues la mundana previsión del tapicero colgó una lamparilla eléctrica.
Todo esto lo sabía Mercedes y más aún... Conocía los detalles, los refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aquí y allá por la impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer las camisas de seda, tan suaves, ciñéndose y modelando las curvas del cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesión; y los besos en la nuca, tan afrodisíacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un cosquilleo magnético que llega a los riñones... Y luego aquellas horas de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con el ánimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultáneo tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del hombre más grave, más lento; el de la mujer más rápido, más febril; pero avanzando simultáneamente cual si entre ellos mediase también una corriente simpática...
Tales lecturas causaron en el carácter de Mercedes una honda revolución que no advirtieron en los primeros momentos ni doña Balbina ni Gómez-Urquijo: tornóse más irritable, más desigual, más voluntariosa; las lecturas habían prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales; dormía poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fué más profunda, y pasaba largos ratos en el balcón, recapacitando en la monotonía de su existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y pensando que todos ellos tendrían, como los hombres y las mujeres de los libros, sus amores y su citas.
Su padre, el talentoso autor de Eva y de Cabeza de mujer, lo había dicho. «La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre, a gusto del autor». Y Mercedes renegaba de que en todas las páginas de su historia el Destino fuese escribiendo los mismos párrafos.
A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doña Balbina, tan buena, tan resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minoría de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido después: y entonces el matrimonio le parecía algo absurdo, una institución monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrán de odiarse el día de tornaboda; una especie de duelo a muerte que sólo puede terminar con la desaparición de uno de los dos adversarios. Y Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de enviudar, no se casarían nunca.
Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua excitación: siempre, sin saber por qué, esperaba algo nuevo, anormal, que sobrevendría fatalmente y de sopetón, en forma de ser viviente o de noticia o de carta, pero que llegaría al fin, cuando más descuidada estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su ilusión nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes continuamente, a todas horas, de un telegrama que jamás venía, de una carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acudía al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaños por días, siempre se dormía conforme, fortalecida por su convicción inquebrantable de ser dichosa, murmurando:
—Vendrá mañana...
Así vivía, abrazada a un ensueño sin nombre.
De algo de esto habló Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir del Conservatorio; mas ellas, que habían leído muy poco, no supieron qué decir.
—En los libros—afirmó Carmen—los autores escriben muchas tontunas. Tú, de todos modos, necesitas un novio.
Y añadió bajando la voz para que Nicasia no la oyese.
—Otro día te contaré lo que hace tiempo me sucedió con Luis...
—¿Cómo?—exclamó Mercedes sorprendida de aquella revelación que no esperaba—¿tienes novio?
—Sí.
—¿Cómo no me lo habías dicho, hipócrita?
—¡Qué sé yo!... Es amigo de Roberto; un novio muy guapo, muy decidor, que me da muchos besos...
Y empezó a reír estrepitosamente. Mercedes no hizo ningún gesto: aquello le parecía muy lógico, muy corriente, pues, según ella recordaba haber leído en las novelas de Gómez-Urquijo, todos los hombres y las mujeres que se quieren deben dormir juntos.
Carmen, amohinada por esta impasibilidad, preguntó:
—¿No te gustaría a ti también, tener un novio que te besase?...
Y Mercedes repuso con esa inconsciencia con que sostienen los mayores absurdos morales las mujeres que prostituyeron su alma antes de violar la virginidad de su cuerpo:
—¡Es natural!...
Por aquella época Gómez-Urquijo recibía bastantes visitas, de literatos, actores y artistas jóvenes y ambiciosos que iban solicitando la ayuda del afamado novelista.
Don Pedro, que madrugaba con el sol, estaba visible únicamente por las mañanas: sus amigos podían verle sin preámbulos, pero los desconocidos no podían pasar sin cumplir esos requisitos sociales que son la parte teatral que envuelve y da prodigioso realce a la vida exterior de los grandes hombres. Primeramente tenían que presentar su tarjeta o la cartita de recomendación que trajesen, y luego sentarse en el recibimiento, sobre un largo banco de gutapercha donde Gómez-Urquijo les dejaba aburrirse quince o veinte minutos, dándoles a entender con tan larga espera que estaba muy ocupado y que aquellos momentos de audiencia eran para él verdadero sacrificio.
Mercedes, apartando disimuladamente los cortinajes que cubrían la puerta del comedor, procuraba atisbar, sin ser vista, a los recién llegados. Algunos iban dos y tres veces: a éstos ya les conocía, designándolos mentalmente por la particularidad física o por el detalle de su indumentaria que más la impresionase, y así decía:—El hombre del bigote rubio; el joven del gabán claro...—Pero otros, los menos afortunados, pasaban de refilón, como sombras, para no volver. Generalmente eran jóvenes mal vestidos, de rostros pálidos y ojos brillantes agrandados por las emociones mentales.
Entre los individuos que más asiduamente frecuentaban la casa de Gómez-Urquijo, estaba don Pablo Ardémiz y Roberto Alcalá, el primo de las hermanas Vallejo; un actor joven que había estrenado varios dramas de don Pedro y por quien éste sentía gran afecto.
Era un mozo como de treinta años, de mediana estatura, elegante y atildado, pero sin que ni su elegancia ni su atildamiento pecasen de ridículos; grave sin orgullo, cortés sin afectación. Llevaba el rostro primorosamente afeitado y el negro pelo caprichosamente abullonado sobre las sienes, lo que imprimía a la cabeza cierta originalidad artística; sus ojos azules miraban con la imperturbable quietud del hombre corrido que sabe y disimula muchas cosas, y por sus labios delgados vagaba la expresión indefinible, ambigua, de los actores expertos acostumbrados a fingir continuamente expresiones contrarias. Era, pues, muy simpático, con una simpatía que dimanaba, principalmente, de la perfecta ecuanimidad de su espíritu y de lo bien que se armonizaban el comedimiento de sus palabras y la británica corrección de sus gestos.
A Roberto Alcalá y a don Pablo Ardémiz les conoció Mercedes simultáneamente, una tarde en que Gómez-Urquijo les invitó a cenar. Era la primera vez que la joven comía con gente extraña. Don Pedro ocupaba la cabecera; Roberto estaba a su derecha, Ardémiz a su izquierda, y junto a don Pablo, doña Balbina. Felipa, la criada, iba y venía desde la cocina al comedor, algo aturdida por la presencia de los dos nuevos invitados.
Bajo el torrente luminoso derramado por la lámpara suspendida a cierta altura sobre la mesa, los rostros de los comensales surgían con poderoso relieve. Don Pedro, con su ancha frente pensativa, sus ojos graves de mirar penetrante, su nariz aguileña, de alas movibles que la inspiración y el coraje hinchaban fácilmente, su semblante enjuto y su cabellera blanca y artísticamente abarquillada sobre las sienes, como las coquetonas pelucas de los antiguos cortesanos. Roberto, siempre solícito y atento a las menores variantes de la conversación, clavando en Gómez-Urquijo la tranquila mirada de sus ojos azules, algo ensombrecidos por esas ojeras violáceas características de los trasnochadores sempiternos... Mercedes lo observaba todo.
Don Pablo Ardémiz era un hombre sesentón, alto y grueso, un poco calvo, con labios abultados y entreabiertos de viejo lascivo; su encanto principal consistía en la voz; una vocecilla algo estropeada, quizás, por los abusos del vino y del amor, pero afable; simpática, dulce y dotada de una tonalidad o dejo de irresistible seducción; y hablaba despacito y quedamente, subrayando las palabras con guiños o ademanes elocuentísimos que le erigían en príncipe del gesto. La vida de don Pablo era un misterio: nadie le conocía familia, ni empleo, ni bienes de fortuna... y, no obstante, vestía bien, frecuentaba los teatros y los salones patricios y fumaba de lo caro. ¿De qué vivía don Pablo?... Nadie pudo averiguarlo, y cuando alguien, en tono frívolo y de gorja, apuntaba la posibilidad de que alguna vieja rica y de gusto subvencionase las necesidades de Ardémiz, éste sonreía, exclamando:
—¡Oh señores, nada de eso!... Yo estoy mandado retirar... ya no puedo. Ustedes saben cuán enemigas son las mujeres de los párpados enrojecidos y de las manos trémulas.
Esto lo decía con acento persuasivo que no daba lugar a controversia; el acento resignado y alegre de los viejos galanes que salieron del mundo con la orgullosa pretensión de haber apurado todos sus goces.
Las figuras de don Pablo Ardémiz y de Roberto Alcalá, preocupaban poderosamente la curiosidad de Mercedes, quien no dejó de observarles durante toda la comida. Lo que más la seducía de ellos era la atmósfera viciosa que ambos respiraban: Roberto Alcalá, que vivía solo, sin otra ley que su capricho, entregado a los fáciles amoríos de la «gente de teatro», con amigos de buen humor y queridas graciosas que le ayudaban a disipar alegremente su dinero... Pensando así, la descompuesta imaginación de la joven veía a Roberto como Borgia, retozando a sus amadas sobre un colchón de violetas, después de bañarlas en un barril de Malvasía... Y don Pablo Ardémiz; que había llegado soltero a los sesenta años y cuya historia sería, por tanto, una interesante leyenda de amores: con su belfo colgante de viejo libertino, sus manos gruesas y velludas, sus ojos dominadores y penetrantes de hombre acostumbrado a contemplar mujeres desnudas, y su voz... aquella voz bajo cuyas modulaciones irresistibles hubieron de rendirse y caer las virtudes más salvajes necesariamente, fatalmente, con ese fatalismo ciego con que caen los cuerpos abandonados en el espacio. Viéndolo, sentía Mercedes la emoción de curiosidad y de miedo que deben de experimentar las vírgenes cautivas al recibir la primera visita del Sultán.
La conversación la sostuvieron principalmente Ardémiz y Gómez-Urquijo. Roberto Alcalá charló poco, como hombre modesto que no tiene empeño en representar un papel principal.
Se habló de literatura, de teatros, de las últimas noticias sensacionales.
—Anoche aseguraban en Eslava—dijo Roberto—, que Claudio se había vuelto loco.
—¿Claudio?...—preguntó don Pedro—¿quién es Claudio?
—¡El pintor!...
—¿Claudio Antúnez?
—Sí.
—¿Es posible?—exclamó Gómez-Urquijo—; los periódicos nada dicen.
—No es extraño, porque la desgracia de nuestro amigo no corrió por Madrid hasta las primeras horas de la madrugada...
Discutieron extensamente los motivos provocadores de aquella locura.
—El trabajo—exclamó Gómez-Urquijo con su acento resuelto de polemista acostumbrado a imponerse—, el demonio devorador del trabajo es quien ha llevado al pobre Antúnez al manicomio.
—El trabajo y la mala vida—repuso Roberto—, las noches pasadas en vela, sus ambiciones insaciables de artista, el vino...
Mercedes escuchaba, pensando, sin saber por qué, en que Roberto Alcalá también estaba rodeado de iguales peligros.
—Yo creo—interrumpió Ardémiz—, que más que el trabajo y el vino ha influído en la locura de Claudio el amor.
—¡Ah! ¿Usted le conocía?—preguntó Roberto.
—Mucho.
—¿Y dice usted que andaba enamorado?
—Sí.
—¿De quién?...
Pablo Ardémiz, que advirtió los ojos penetrantes de Mercedes clavados en él, sonrió de un modo enigmático.
—Es casi un secreto—repuso—, un secreto que muy pocos conocen. Claudio Antúnez mantenía relaciones con una mujer casada.
—Es quien le ha destrozado la medula...
Alcalá y Gómez-Urquijo sonrieron, y Mercedes se mordió los labios, desesperada de no comprender el malévolo significado de aquella risa.
—Es un crimen horrible, un verdadero asesinato—prosiguió Pablo Ardémiz—; asesinato tanto más lamentable, cuanto que nadie puede castigarlo. Claudio ha muerto envenenado: le han envenenado con amor, y el amor es tósigo sutilísimo que no puede figurar en el informe de ningún médico forense.
Y añadió con expresión de fina ironía:
—De no ser así, muchas viudas inconsolables estarían en presidio...
Aquella noche Mercedes se durmió pensando en aquel Claudio Antúnez, a quien no conocía, en las mujeres criminales que saben matar amando, según afirmó don Pablo, a quien suponía muy ducho y versado en cuestiones de este jaez, y en que, durante la cena, había sorprendido a Roberto mirándola de soslayo y con particularísima afición.
Al día siguiente, momentos antes de entrar en clase, Nicasia se acercó a Mercedes, diciéndole bruscamente:
—Ya sé que anoche mi primo cenó en tu casa.
—Sí; ¿cómo lo sabes?
—Por el mismo Roberto. Nos ha dicho que eres muy guapa y que le mirabas mucho, ¿Es cierto?
Y como lo era, Mercedes se puso muy colorada y no supo qué responder.
Algunas mañanas después, estando Mercedes poniéndose los guantes y el sombrero para ir al Conservatorio, llamaron a la puerta. La joven, según costumbre, corrió al recibimiento y abrió. Era Roberto. El simpático actor saludó cortésmente y preguntó:
—¿Está don Pedro?
—Sí, señor... En su despacho. Pase usted.
Alcalá contemplaba a la joven sonriendo, y ella, que sentía en sus mejillas el calor de aquella mirada, no se atrevió a levantar los ojos del suelo.
—¿Dónde iba usted?—murmuró Roberto.
—A clase.
—¡Tengo unos deseos de decirla a usted un secreto!... Un secretillo muy interesante que sólo usted puede oír.
No hablaron más, sorprendidos por los lentos pasos de doña Balbina Nobos, que se acercaba.
Noches después, Mercedes y su madre fueron al teatro. Se representaba un drama de adulterio, y el papel de amante lo interpretó Roberto Alcalá. El joven actor apareció a mediados del primer acto, declamando un monólogo apasionadísimo que le conquistó muchos aplausos. Mercedes le escuchaba, presa de intensísima emoción, temiendo que se equivocase, y se rebullía en su butaca procurando que doña Balbina no advirtiese su nervioso temblor.
Al final del segundo acto, Alcalá representó una preciosa escena con la primera actriz, con la adúltera, arrobando a Mercedes, que le oía embelesada, como si aquel ardiente epitalamio fuese dedicado a ella...
Pasaron varios meses y llegó el invierno. Una tarde, al salir Mercedes de casa de Carmen para ir a la suya, encontró a Roberto en el portal. El joven actor lanzó un suspiro de satisfacción.
—¡Por fin!—dijo.
Mercedes le comprendió perfectamente y vió en su exclamación una prueba de amor, pues aquel encuentro también lo esperaba ella desde hacía mucho tiempo. Y, con una ingenuidad que encantó a Roberto, repuso:
—Sí, soy yo.
—Gracias.
—Gracias... ¿por qué?...
—Por haber venido. Este encuentro parece una cita...
Ella sonrió alegremente; su risa valía una afirmación.
—¿Dónde va usted?—dijo él.
—A mi casa. Es decir, antes he de ir a la calle Abada, ahí cerquita, a comprar unas agujas.
—¿Me permite usted acompañarla?
Y como Mercedes titubease, no sabiendo lo que las mujeres honestas deben responder a semejante proposición, Roberto agregó:
—Ea... pues... ya está dicho. ¡Me voy con usted!...
III
La juventud, garbo y apasionado temperamento de Mercedes, rindieron muy pronto a Roberto, inspirándole un capricho que, por lo consecuente y duradero, ofrecía los gayos visos de una legítima pasión. Adoraba su ingenio desigual, a ratos candoroso y a ratos descocado y mordaz; sus ardores desbordantes y sus anhelos desenfrenados de saberlo todo; y como hombre mundano a quien las decepciones enseñaron a no preocuparse del mañana, aceptaba muellemente el curso de los acontecimientos, olvidando los peligros a que se exponía y las graves consecuencias que acaso trajese aparejadas aquel cariño. Roberto, en fin, jamás pensó en que Mercedes fuese, ni su mujer, ni su querida; esto dependía del porvenir, de las circunstancias... tal vez de los merecimientos que la joven tuviese para ser manceba o ascender a la categoría de esposa.
Ella, por su parte, idolatraba a Roberto, aunque tampoco midió la dulce posibilidad de legitimar aquellos amores. Roberto era a sus ojos el más guapo de los hombres, el mejor conversador, el más irresistible, el más socaliñero. Todas las partes de su cuerpo le parecían dignas de especial cariño y atención: admiraba su frente, cortada por las arrugas que formaron las frecuentes contracciones de los músculos frontales; y sus manos, llenas de experiencia; y sus oídos, que hubieron de escuchar los voluptuosos juramentos de muchas mujeres enamoradas; y sus labios, acostumbrados a besar y a mentir. Comparando a Roberto con los galanes protagonistas de Eva y Cabeza de mujer, le hallaba superior a ellos y digno, por tanto, de coronarse vencedor en cualquier torneo pasional. Amaba sus palabras, sus gestos, la expresión burlona y ambigua de sus ojos azules, el color de sus trajes, el corte de sus pantalones... hasta el perfume de sus pañuelos... Únicamente le preocupaba el pasado de Roberto: aquella historia amorosa de quince años, poblada, acaso, de mujeres inolvidables.
—¿Tú habrás tenido muchas novias?—decía.
—Sí...—replicaba Roberto sonriendo—, como todos los hombres... Soy uno de tantos.
—¿Bonitas?
—Bonitas y feas... pero más bien feas que bonitas; lo malo abunda.
—¿Cómo se llamaban? ¿Hubo alguna tocaya mía?...
—No... sí... no recuerdo...
Otras veces ella decía, avergonzada de su propio candor:
—Como eres un pillo muy grande, supongo que esas mujeres serían para ti algo más que novias... Algunas descenderían a queridas...
Él negaba débilmente, satisfecho de que le juzgasen hombre peligroso. Mercedes insistía.
—¡No seas hipócrita, dime la verdad! ¿Las quisiste mucho?
—Psch... regular...
—No.
—¿Por qué?...
A veces Roberto, aturdido por aquel interrogatorio desesperante, se negaba a responder; mas ella le acometía exasperada, celosa, cogiéndole por un brazo, que atenaceaba cruelmente entre sus dedos crispados.
—¡No, no—repetía—, quiero saberlo todo! Como tú conoces mi historia, necesito yo averiguar la tuya. Tengo derecho a ello, me perteneces...
Continuaba mareándole, preguntándole por su pasado con ese afán de los espectadores curiosos que, habiendo llegado tarde a una función bonita, molestan a sus vecinos rogando les expliquen las primeras escenas.
Estas conversaciones ocurrían en la calle, antes de cenar, entre siete y ocho de la noche. Todos los días Mercedes iba a su clase del Conservatorio acompañada de las hermanas Vallejo, y a veces también de doña Balbina; pero nunca veía a su novio, porque Alcalá se levantaba muy tarde.
Las citas eran después. A la primera campanada de las siete, Mercedes dejaba su costura o lo que estuviese haciendo, y se levantaba resueltamente para marcharse.
—¿Dónde vas?—decía doña Balbina.
—Ya lo sabe usted: a casa de Carmen y de Nicasia, que están esperándome.
—Pero... niña...
—¡Vuelvo en seguida!...
Y salía vestida de cualquier modo, abrigándose el cuello con una vieja toquilla azul de su madre, queriendo demostrar con el estudiado abandono de su indumentaria que no iba lejos. Bajaba la escalera rápidamente, haciendo crujir los peldaños bajo la contracción de sus piececitos impacientes, atronándolo todo con el ris-rás de sus enaguas almidonadas; y ya en la calle, de una carrera, sin detenerse a cobrar aliento, llegaba a la de Mesonero Romanos; allí la esperaba Roberto, con el sombrero muy calado sobre las cejas, envuelto en su rica capa color verde-mar adornada de caprichosos bordados, y midiendo el ándito de la acera con el paso mesurado del hombre que espera.
Doña Balbina intentó oponerse a aquellas libertades que consideraba impropias de la honestidad y posición social de su hija, pero no tuvo fuerzas para imponer su autoridad, Mercedes la dominaba, como en otro tiempo Gómez-Urquijo la había sojuzgado y vencido. Alarmada por los consejos de don Pedro, la sencilla mujer procuró granjearse la confianza de Mercedes, conocer sus deseos, descubrir sus secretillos mejor velados. Tarea imposible, la hija tenía más entendimiento, más conversación, más recursos imaginativos y más perspicacia que la madre; no hubo, por tanto, entre ellas combate posible, y cuantas veces doña Balbina acometió sus difíciles operaciones de exploración y sondeo, quedó vencida y desautorizada para mucho tiempo.
—¿Qué quiere usted que guarde oculto?—decía la joven—; ¿no sabe usted, minuto por minuto, el monótono empleo que doy a las horas de mi vida?
—¡Oh!... Ya supondrás que mis preguntas van enderezadas a tu bien; yo celebraré tus venturas... yo te consolaré si tienes penas... ¿Por qué no había de ser tu madre tu mejor amiga?...
Mercedes solía no responder y la conversación quedaba en tal punto; pero a veces dejaba traslucir parte de sus verdaderos sentimientos, hallando sabroso divertimiento en ir examinando la impresión que sus confesiones reflejaban sobre el rostro ingenuo de la anciana.
—No tengo pesadumbres—decía—, ni desengaños, ni ambiciones locas... sino algo que es bastante peor que todo eso... Sufro una pesadumbre, madre... una sola pesadumbre que parece el espíritu de lo malo, la esencia refinada de todas las melancolías; una tristeza que suma, a la roedora comezón de las grandes ambiciones, el dejo desdeñoso de los desengaños incurables... Sí, estoy triste, muy triste; como si mi corazón hubiese abrigado todos los anhelos y sufrido todas las desesperanzas. Diríase que lo he visto todo y que todo me hastía. ¡Me aburro, madre, me aburro siempre!... Cuando toco el piano, cuando bordo, cuando voy por las calles camino del Conservatorio, cuando duermo... porque mi sueño tiene también la inmovilidad, la pesadez del aburrimiento... ¿Usted nunca se ha aburrido así?...
A Balbina Nobos, horrorizada por los abismos morales que descubría en su hija, poco le faltaba para llorar, y antes de responder titubeaba, examinando su vida, su serena existencia de mujer honrada, soñolienta y monótona como un bostezo. Sí, ella también se había aburrido muchos días, tantos, que entre todos podían formar largos años de tedio mortal...
Mercedes, que leía en la frente de su madre como sobre un libro, agregaba:
—Sí, seguramente habrá usted tenido horas de murria, pero declare que, si las sufría con resignación, fue por mi padre, pues los sufrimientos y abnegaciones de usted redundaban en beneficio suyo, y mi padre era el único norte de sus pensamientos. Usted vivía para él y él para usted. Las tristezas y los triunfos eran comunes; su recuerdo llenaba y embellecía las soledades de usted, y las sonrisas de la esposa remediaban, como por ensalmo, sus quebrantos... Realizabais, en suma, el adorable imposible de uno ser dos y dos ser uno... Pero, ¿y yo? ¿Qué tengo? ¿A dónde voy? ¿Qué puede amenizar la horrible vacuidad de mis horas?...
Entonces recordaba aquel remedio milagroso que esperaba de cualquier sitio: de un telegrama que no recibía, de una carta o de un ser que nunca llegaban... Si, hallándose en su habitación, oía sonar el timbre de la puerta, una voz interior que siempre mentía, exclamaba: «Ahí viene». Si iba por la calle, una emoción magnética inexplicable la acometía de súbito, obligándola a pensar en su casa y en aquel enviado extraordinario, murmurando: «¿Habrá llegado?»... Mercedes insistía en esto, explicando elocuentemente el suplicio de los ilusos que, como ella, viven esperando oír la voz de un ensueño; y eran tan apasionadas sus frases y tan sincero su dolor, que doña Balbina, aun sin comprender la gravedad y miga psicológica de todo aquello, concluía por echarse a llorar.
Aunque la anciana no presumía las relaciones de su hija con Roberto Alcalá, la repugnaban las salidas nocturnas de Mercedes.
—Eso no está bien—decía—; ninguna mujer soltera y celosa de su buen nombre anda sola por la calle, y menos de noche... ¡Ah, si tu padre lo supiese!...
Pero la joven se sublevaba, reclamando con acento imperioso su derecho a ser feliz; ya que todo el día estaba trabajando como una vieja cargada de obligaciones, justo era que por las noches buscase en la sociedad de unas amigas vecinas un ratito de inocente solaz.
Y añadía resueltamente, fiada en la protección de Nicasia y de Carmen:
—Déjeme usted y no me atormente. ¿Qué pido yo? ¿Qué placeres me proporciona usted? Yo no voy a reuniones, ni al teatro; mi padre, absorto en sus quehaceres, no se ocupa de mí... usted tampoco... ¿Para qué vivo, pues? ¿Para tocar el piano y repasar la ropa sucia?... ¡Donoso porvenir!... Creo que debía usted proteger estas inocentes diversiones mías, supuesto lo mucho que me quiere, y procurar que mi padre las ignore, porque ni él ni yo tenemos la condición sufrida y un choque entre ambos podría ser funesto para todos...
Hablando así, su hermosa cabeza afectaba una expresión batalladora que parecía ceñirla en una oriflama de combate: los negros rizos de su frente se encrespaban temblando, cual si el coraje los retorciese sobre sí mismos; el nervioso fruncimiento de su nariz se acentuaba, las mejillas palidecían, y bajo el doble arco de las cejas brillaban sus ojos de obsidiana, negros y duros... Y Balbina Nobos bajaba los suyos, cohibida por el irresistible poder magnético de aquella mirada grave y despótica de Gómez-Urquijo, el mismo entrecejo autoritario, la misma voluntad de hierro que la había tiranizado durante treinta años de matrimonio...
De este modo doña Balbina, temiendo provocar un disgusto entre padre e hija, y no hallando en la conducta de ésta nada muy reprensible, aceptó como buena y aun necesaria la repetición cotidiana de aquellos paseos, ocultándolos y convirtiéndose así en cómplice inconsciente de Mercedes.
Estas condescendencias maternales las aprovechaba la joven hábilmente para ver a Roberto, y las pequeñas dificultades que había de vencer para salir sazonaban su amor con un encanto inexplicable.
Roberto siempre acudía puntualmente al lugar de la cita y, arropado en su capa, empezaba a pasear la calle de Mesonero Romanos, pero sin asomarse nunca a la de Jacometrezo, temiendo que desde los balcones de su cuarto doña Balbina le columbrase. Generalmente, el tiempo era desapacible; la luz de los faroles reflejaba sobre el empedrado húmedo y el aire que ascendía del fondo de la retorcida calleja como un eructo de cloaca, venía impregnado de un fuerte olor a tierra mojada. Los hombres pasaban embozados hasta los ojos; las mujeres, todas obrerillas que salían del trabajo, iban de prisa, arrebujadas en sus mantones, y Roberto las miraba fijamente, recelando siempre la eventualidad de una sorpresa. Después llegaba Mercedes, corriendo y mirando hacia atrás, y había tanto sobresalto y tanta felicidad en sus ojos, que algunos transeúntes volvían la cabeza. Las palabras de su saludo, aunque vulgares, acariciaban los oídos del actor como un arpegio.
—Ya estoy aquí—decía.
—Gracias, mujer...
Se cogían del brazo y juntos echaban a andar hacia la calle Abada: ella, contenta por haber venido sobreponiéndose a obstáculos, en su concepto enormes; él feliz también, sintiendo sobre su brazo el brazo de la eterna Deseada, con su cabellera corta y fuerte, y los negros ojos brillando febriles sobre sus pálidas mejillas de hebrea.
La pasión de Mercedes iba exaltándose paulatinamente. Si a Roberto hubiese podido recibirle en su casa, con la prosaica tranquilidad que aburre las horas de los noviazgos por conveniencia, seguramente le hubiese amado menos. En los libros de su padre aprendió a querer lo prohibido, lo anormal, lo peligroso, todo aquello que el espíritu de Gómez-Urquijo había sentido como nadie y descrito con prodigiosos refinamientos de observación, colorido y relieve... Por eso quería a Roberto con ardor expansivo que trascendía a las calles que paseaban y a la esquina donde solían detenerse a echar el párrafo de despedida; y quería todo aquello porque Roberto Alcalá, a fuer de actor meritísimo, sabía dar encarnación real y palpitante a cuantas engañosas visiones novelescas ella amaba... Las mujeres tienen predilección por los artistas en general, y muy especialmente por los actores; sin duda porque en ellos, como en el alma femenina, todo es superchería y fingimiento.
Los domingos, Roberto trabajaba en el teatro por la tarde; Mercedes sólo podía verle un instante por la mañana, durante la misa de doce; pero aquello no era casi nada; la joven iba siempre con su madre y el actor tenía que conformarse con verla desde lejos: una mirada ardiente, dulce, venenosa, que arrojaba sobre ella como un venablo, a través de aquel ambiente impregnado de olor a incienso y por encima de una multitud de devotos arrodillados.
Durante aquellas entrevistas cotidianas, Roberto Alcalá practicaba difíciles operaciones de observación y análisis; su cariño crecía y se impacientaba, y comenzaba a sentir deseos vehementísimos de triunfar pronto.
«El amor—dice Balzac—tiene sus grandes hombres desconocidos, como la guerra tiene sus Napoleones, y la poesía sus Andrés Chénier, y la filosofía sus Descartes...» Roberto Alcalá atesoraba alguna de estas cualidades que poseen los fuertes conquistadores de corazones femeninos. Insensiblemente, para no asustar a Mercedes, pero también sin interrupción ni vacilaciones que la permitieran recobrarse de sus sorpresas y derrotas, iba avanzando, domeñando su levantisca condición y descubriendo el verdadero temple de su virtud.
Cierta noche cogió entre sus manos una de Mercedes y empezó a acariciarla.
La joven retiró el brazo.
—No me toques—dijo.
—¿Por qué?...
—Porque... no está bien.
Roberto pareció admirarse.
—¿Cómo?—dijo—. ¿De suerte que la mano, abandonada en señal de cariño, es un crimen... y dada fríamente y en señal de despedida, es una cortesía? ¡Bonita lógica!...
Y como aquel sofisma, realmente tenía las tranquilizadoras apariencias de una verdadera razón, Mercedes se dejó convencer y entregó su mano: una manecita suave, regordetilla, salpicada de hoyuelos, que prometía muchas caricias.
Otra vez, en un arrebato de pasión, cogió a Mercedes por el talle violentamente; ella bajó la cabeza para huir un beso de Alcalá y, con esa propensión instintiva que las hembras tienen a la defensa, procuró desasirse.
—¡Déjame!...
—¡Oh!... Eres brutal...
Mas él se impuso por la fuerza.
—Sí—dijo—, soy brutal... Lo soy porque tu belleza, cegándome, me obliga a serlo. ¡Ojalá puedas inspirarme siempre igual pasión! El día en que me veas correcto, respetuoso, indiferente a tus seducciones, hablando contigo fríamente, sin ocurrírseme coger entre mis manos las tuyas y sin que a mis ojos alumbre el vicioso resplandor de los deseos, puedes jurar que todo ha concluído entre nosotros...
Estas conversaciones ofrecían puntos de vista muy notables; pues en algunas ocasiones, mientras Roberto retorcía sus frases, inventando tropos y lindezas para no decir crudamente algo que lastimase el virginal recato de Mercedes, ella, sabiendo de antemano adonde iban encaminadas tan sutiles retóricas, reía por dentro, segura de conocer todo y más de cuanto el actor pudiese decir.
Una noche encontró Mercedes que Carmen, Roberto y otro individuo a quien no conocía, estaban esperándola. La joven pareció muy sorprendida.
—Es—dijo Carmen—que necesito ir a la calle del Almirante en busca de cierta amiga que ha de entregarme unos bordados. He citado a mi novio aquí, para que vayamos todos juntos y le conozcas...
Seguidamente, sin advertir el gesto de disgusto que contrajo el semblante de Mercedes, procedió a la presentación.
—Luis Herrera, mi novio... Uno de nuestros desocupados más simpáticos...
El aludido se inclinó. Era un muchacho de veintitrés años, alto y delgado, con grandes ojos azules muy tristes, encajados en un rostro complaciente que reía siempre, no bien le miraban, con una sonrisa que parecía haberse enfriado en sus labios. Mercedes saludó ceremoniosamente, y Luis Herrera volvió a inclinarse, procurando no ser antipático, pues sabía que la joven amaba a Roberto y el cariño que una mujer profesa a un hombre envuelve cierto desprecio para los demás.
Los cuatro permanecieron inmóviles, formando un grupo, esperando la orden de ponerse en camino.
—¿Qué? ¿Vamos?—preguntó Carmen.
—Está lloviznando—repuso Mercedes—: además, es tarde; son las siete y minutos, y yo a las ocho he de estar en casa; tenemos poco tiempo...
—Sí, mujer; yo también necesito volver temprano... Todo se reduce a correr un poquito.
Mercedes miró a Roberto Alcalá con ojos interrogadores, pidiéndole consejo.
—Bueno—repuso el actor—, atajando por aquí hacia la calle de la Montera, llegaremos en seguida a la del Barquillo, y antes de una hora podemos estar de vuelta. La lluvia es lo de menos...
—Ea, pues—interrumpió Luis—, no perdamos tiempo.
Todos echaron a caminar prestamente, siguiendo el itinerario trazado por Roberto.
—¿Has visto?—musitó Mercedes—; estos mentecatos han venido a estropearnos la noche...
Carmen y Luis Herrera iban delante, charlando alegremente, despicándose: de vez en cuando ella rompía a reír estrepitosamente, echando la cabeza hacia atrás, y él la pellizcaba el brazo o las caderas, como queriendo castigarla.
—¡Qué loca!—exclamó Mercedes sobrecogida por aquel nervioso contento.
Y agregó sin poder contenerse:
—¡Cualquiera creería que son amantes!
Roberto Alcalá se encogió de hombros, significando que aquello era natural y que no le importaba.
Cuando cruzaban la plaza del Rey, Carmen vió a su amiga: una madrileña neta, bajita, delgada, con mucho negro y mucha luz en los ojos.
—Adiós, Lola, en busca tuya íbamos... ¿Y los bordados?
—Mañana te los daré; la señora que había de traérmelos me envió esta tarde un recado, diciendo que está enferma.
Mientras las dos mujeres hablaban, Roberto y Luis Herrera saludaron al individuo que acompañaba a Dolores.
—Adiós, Juanito...
—¡Hola, queridos!...
—¿Dónde vas?
—¿Qué sé yo? ¡Por ahí!... Por donde van las mujeres y el humo...
Era un joven de mediana estatura, elegante y simpático, de nariz aguileña y ojos acerados de mirar muy firme.
—Pues nos hemos topado por una casualidad—exclamó Dolores dirigiéndose a los hombres.
—¿Por qué?—dijo Luis.
—Porque hoy—interrumpió Romero—habíamos resuelto ir a las Ventas. Pero como Lola es una burguesita que siempre, después de almorzar, tiene el aristocrático vicio de dormir la siesta... ¿Pueden ustedes creer que se ha levantado hace un momento?
—Calla, parlanchín.
—¡Contento me tienes!—repuso Juanito—. ¡No me hagas hablar!...
No deseaba otra cosa.
—¡Que se sepa!—exclamaron todos.
Se habían detenido en la acera del Circo de Price, acercándose cuanto podían a la pared para resguardarse de la llovizna que continuaba cayendo.
—¿Para qué?—repuso Juanito—; mi cuento cabe en dos palabras; un cuento viejo, muy triste y muy humillante para mí... Conviene advertir que esta tarde, precisamente, Dolores, antes de dormirse, había jurado quererme mucho, idolátricamente, y que yo la creí... Pasó una hora. Viendo que no despertaba, la llamé. Ella continuaba tendida en un diván, alentando blandamente; una leve sonrisa embellecía sus labios entreabiertos, y su rostro tenía esa placidez que debe de producir la suprema bienandanza. No obteniendo contestación, me senté a su lado, movido repentinamente por el capricho de arrullar su sueño con un canto de amor...—«Dolores, Lola de mi alma, ¿te acuerdas?...» Se lo fui recordando todo: dónde nos conocimos, nuestras primeras impresiones, los primeros balbuceos de nuestra pasión...
—¡Qué embustero!—interrumpió la joven—, ¡qué modo de inventar... no le hagan ustedes caso!...
Juanito continuó:
—Aburrido de aquel inútil discurso, me levanté y empecé a pasear la habitación, murmurando de vez en cuando: «Lola, niña mía, ¿no oyes? ¿No presientes que soy yo quien te llama?...» Y ella, nada... ¡sin despertar!
Todos reían. Romero prosiguió con aire grave y sentado.
—De repente, al acercarme a un lavabo para arreglarme delante del espejo... no recuerdo qué, dejé caer inadvertidamente sobre el mármol una moneda de plata... Y entonces Lola despertó bruscamente, frotándose los ojos, sobresaltada por aquella voz misteriosa que acababa de susurrar en sus oídos la canción irresistible del oro.—«¿Qué sucede?—dijo mirándome—. Creí que me llamabas...»
—Por eso, desde hoy—concluyó Juanito—, no creo que haya mujeres que amen desinteresadamente...
Todos celebraron el sabroso pique de la ocurrencia. Después las tres parejas, obedeciendo a una indicación de Carmen, emprendieron el regreso por la calle Infantas.
—¿Quién es ese muchacho?—preguntó Mercedes a Roberto en voz baja.
—Es Juanito Romero; una bala perdida de Madrid...
—Y Dolores, ¿es novia suya?
—Probablemente, será su querida...
Mercedes y Roberto iban delante, caminando lentamente, trabados del brazo. De pronto Alcalá volvió la cabeza para ver a su amigos que iban muy lejos.
—Mira qué juntitos vienen ésos—dijo—, parece que van besándose...
Y agregó bruscamente:
Mercedes, asustada, le miró de hito en hito abriendo desmesuradamente sus ojos luminosos.
—¿Te has vuelto loco?—repuso.
—No... Pero te quiero mucho y la felicidad de ésos me causa envidia. Vamos... ¿quieres?...
Se inclinaba hacia la joven, disponiéndose a cumplir su oferta. Mercedes se retiró, acercándose cuanto pudo a la pared.
—Estate quieto... No me ofendas confundiéndome con estas mujeres de todo el mundo.
Pero Alcalá empezaba a perder la cabeza, mareado por el loco deseo que en él encendían las esquiveces y hermosura de la Deseada.
—No seas hipócrita—dijo—; si tú me quieres, necesariamente debes comprender la legitimidad de mi deseo. Se besan los padres y los hijos, se besan los esposos, se besan las amigas, se besan los que se quieren... y yo, adorándote con toda el alma, ¿por qué no he de besarte también?
Mercedes le miró enternecida, subyugada por la voz doliente del actor, aquel galán apasionado, irresistible, que había visto en el teatro arrollando la virtud de tantas mujeres.
Atravesaban la calle Fuencarral y siguieron la de San Onofre; al llegar a la de Valverde torcieron a la izquierda; en aquel momento la esquina les ocultaba a los ojos de sus amigos.
—Dame un beso—exclamó Roberto sujetando a Mercedes por las manos.
Ella sofocó un grito.
—No, aquí no... Pueden vernos...
—No temas... vienen muy detrás... ¡Acércate!...
Y cogiendo a la joven por el cuello, obligóla a derribar la cabeza hacia sí y la besó en los labios. Luego se apartó, echándose a reír para disimular su atrevimiento. Mercedes siguió caminando sin levantar la vista del suelo; tenía los ojos brillantes, su cuerpo temblaba, y una ola de sangre, que era todo un poema de candor ofendido, arreboló su pálido semblante de hebrea: no supo decir más; el pudor es el lenguaje de las mejillas.
Al llegar a la calle Desengaño, Mercedes y Carmen se despidieron rápidamente de sus acompañantes, dirigiéndose hacia la de Jacometrezo, por el callejón de los Leones. En aquel instante, don Pablo Ardémiz salía de un portal. Mercedes bajó la cabeza, ocultándose el rostro con su toquilla y el anciano pasó sin saludar.
—Creo, sin embargo—murmuró la joven—, que ese viejo marrajo me ha visto...
Y agregó, mirando a su amiga:
—Tengo calor. ¿Cómo estoy?
—Muy colorada. Parece que te has embadurnado el rostro de bermellón.
Luego se despidieron, citándose para el día siguiente, a la hora de clase.
La joven atravesó el portal de su casa corriendo, subió las escaleras sin descansar y llegó a su cuarto sofocadísima, ahogándose. Su madre la recibió.
—¿De dónde vienes?
—De casa de Carmen. Hemos estado examinando unos bordados preciosos que ha hecho Dolores, una amiga suya... ¿Ha venido papá?
—No...
Doña Balbina la miraba deletreando la verdad sobre el rostro de Mercedes con sus inocentes ojuelos de mujer sencilla. Después la pasó la mano por la cabeza y por los hombros.
—Sí...—repuso Mercedes vacilando.
—Estás mojada; cualquiera creería que vienes de muy lejos.
—No, es que llueve bastante. Carmen ha venido conmigo hasta aquí... Al salir de su casa vimos a don Pablo Ardémiz... El pobre iba tan absorto en sus cavilaciones, que no me reconoció...
Las mutaciones que iban turbando el ánimo de Mercedes eran de tal consideración y cuantía, que doña Balbina, a pesar de la poquedad de sus alcances, llegó a entrever la existencia amenazadora de un grave y peligroso secreto que exigía resolución perentoria.
No sintiéndose capaz de hacer nada por sí, doña Balbina visitó a su confesor, don Fernando Almonacid, varón entrado en años, doctísimo, bueno y muy ducho en toda clase de asuntos mundanos; mas como la anciana no supo concretar bien sus preguntas, ni puntualizar la situación moral de Mercedes, y Almonacid no era hombre que juzgase por impresiones, la consulta resultó inútil, limitándose doña Balbina a deplorar su corta suerte y los recelos que la inspiraba el incierto porvenir de aquella hija, y a escuchar de labios de don Fernando análogos consejos a los que en otro tiempo le dió Gómez-Urquijo: que observase a Mercedes, que ganase su confianza, que descubriese los íntimos anhelos de su alma, o con sutiles raposerías de diplomático o con halagos... y otras discretas observaciones de este jaez.
Los meses, sin embargo, iban transcurriendo sin que ningún acontecimiento rompiese la monotonía de aquel hogar; el tiempo continuaba ejerciendo sobre los espíritus sublevados su bienhechora acción sedante, y como Gómez-Urquijo parecía curado de sus antiguos temores, y doña Balbina por nada del mundo se hubiese atrevido a revelarle los suyos, todo fue aquietándose y borrándose bajo el manto del olvido pacificador.
Así fue pasando aquel invierno y llegó el verano, con sus cálidas noches cuajadas de estrellas.
Por aquella época adquirió doña Balbina la convicción de que Mercedes y Roberto Alcalá estaban en relaciones.
Una noche fueron ella y Mercedes al circo de Price para ver a Tik-Nay, el payaso inimitable, que sabía dibujar con sus donaires una sonrisa sobre los labios más tristes.
En el callejón de butacas encontraron a Roberto, que inmediatamente se acercó a saludarlas. Hablaron un momento.
—¿Y don Pedro?—preguntó el actor.
—Bien—repuso doña Balbina—; los volatines le aburren y no quiso acompañarnos. Luego vendrá. Y usted, ¿no tiene hoy función?
—No, señora; afortunadamente...
Y se separaron; durante el primer entreacto volvieron a reunirse y doña Balbina advirtió que, a pesar de hallarse Roberto con varios amigos en un palco muy distanciado de las dos sillas que ellas ocupaban, no apartó en toda la velada sus ojos de Mercedes.
Noches después volvieron a encontrarle en el pórtico de Apolo, momentos antes de comenzar la segunda función. Entonces Balbina Nobos recordó que durante el día Mercedes había demostrado gran interés en ir al teatro, y que aquel encuentro bien podía ser una cita.
—Yo no tenía ganas de salir—exclamó la anciana queriendo disculpar la modestia con que ella y su hija iban vestidas—, pero Mercedes empezó a decir que estaba triste, que se aburría, y como es muy testaruda... fué necesario complacerla.
Roberto miró a la joven sonriendo, orgulloso de que tuviese tanto interés en verle.
—Por eso vamos a una localidad modesta—añadió doña Balbina—; creo que nuestros asientos son de anfiteatro principal.
—A eso, precisamente, voy yo—repuso Roberto.
—A ver, mamá—dijo Mercedes—¿qué número tienen nuestras localidades?
Balbina Nobos le entregó los billetes, murmurando:
—Míralo tú... yo no veo bien...
—Tenemos el tres y el cinco...
—Yo, el siete—dijo Roberto.
—¡Qué casualidad!—exclamó la joven—; entonces estaremos juntos y me alegro,.. Dos mujeres solas no tienen representación en ningún sitio...
Continuó hablando, queriendo desvanecer una sombra de tristeza y disgusto que había endurecido momentáneamente los cariñosos ojuelos de su madre.
Aquella noche experimentó Mercedes impresiones de nuevo y regaladísimo sabor. Balbina se había sentado a su izquierda, Roberto a su derecha, y los tres muy juntos, porque todos los asientos estaban ocupados. Mercedes sentía que las manos viciosas de Roberto la pellizcaban disimuladamente las caderas, y que las rodillas del actor buscaban las suyas: luego, para hablarse, tenían que hacerlo quedamente y aproximando mucho sus cabezas: entonces sus alientos se confundían, los cabellos de la joven rozaban la frente de Alcalá, y ambos sentían sus cuerpos estremecidos por un voluptuoso calofrío magnético. Cuando salieron del teatro, doña Balbina creyó ver que Roberto entregaba a Mercedes un billetito plegado en varios dobleces.
En los días siguientes doña Balbina Nobos habló largamente con su hija, batallando por obtener la confesión de aquellos amores. Mercedes estuvo impenetrable. Juró no haber visto a Roberto Alcalá más que una sola vez, en casa de Carmen; negó que estuviesen citados en Apolo, y hasta tuvo valor y disimulo suficientes para asegurar que aquel hombre no le interesaba... Doña Balbina no creyó tales asertos, pero hubo de conformarse y dar el incidente por terminado, segura de quedar siempre vencida.
Con la llegada del otoño volvieron a abrirse las clases del Conservatorio, y Mercedes y Roberto pudieron reanudar sus citas nocturnas. La joven refirió al actor las sospechas de doña Balbina y los inconvenientes que había de vencer para salir. Su relato fué muy conmovedor, muy exagerado.
—Mi madre cree que somos novios y ha querido obligarme a confesar la verdad.
—¿Y qué hiciste?
—Negarlo todo.
—Muy bien... porque seguramente será hostil a nuestros amores.
Aunque quería mucho a Mercedes, sin saber por qué se ufanaba de mantener su cariño en el misterio: temía la formalidad de las relaciones oficiales, los inconvenientes que acaso ofreciese Gómez-Urquijo a la continuación de aquel noviazgo, o, en caso contrario, el matrimonio que llegaría tranquilamente, por sus trámites contados, asesinando su ilusión entre dos artículos del código civil...