—Eso creo yo...
Y lo creía instintivamente, sin razón alguna, como sienten los hechizos del pecado las grandes pecadoras innatas; aleccionada, tal vez, por su padre, cuyos libros la enseñaron a ver en lo prohibido el milagroso e inagotable manantial de las ilusiones.
Hablando así bajaban por la calle Salud, en dirección a la del Carmen.
—En último caso—dijo Roberto—yo no sentiría que esto se supiese, si tú...
—¿Qué?
—Si tú... me quisieses mucho.
—¿Cómo?—dijo Mercedes riendo—. ¿No estás seguro de mi cariño?
—No.
—¿Qué te falta, pues? ¿Qué pruebas de amor necesitas?...
—¡Muchas!... ¿Acaso he recibido algún testimonio convincente, irrecusable, de tu amor?... Sí, Mercedes, aunque tarde, he llegado a persuadirme de que tú, poco más o menos, eres desconfiada y previsora como todas.
—¿Por qué dices eso?...
—¡Oh!...
El calló, encogiéndose de hombros.
—¿Tienes ganas de reñir?
—Tengo ganas de que hablemos francamente.
Ella le miró de hito en hito, no sabiendo cómo rehuir el turbión que la amenazaba. Desde hacía poco tiempo los deseos de Roberto se impacientaban, su obstinación era mayor, sus ataques más rudos, y Mercedes temía aquellas trifulcas que siempre arrancaban de su virtud, y en beneficio de su amor, nuevas concesiones.
—¿Cómo quieres—prosiguió Roberto Alcalá—, que ponga yo confianza en una mujer que no la tiene en mí?... Porque reconocerás que sigues usando conmigo casi los mismos miramientos que empleabas los primeros días. Hoy, como entonces, he de robarte los besos, y... o eres una hipócrita actriz consumada en el arte del fingimiento, o mis caricias son un suplicio para ti.
Llegaron a la calle del Carmen, atravesando por Rompe Lanzas hacia la de Preciados, y continuaron bajando la cuesta de Capellanes.
—¿Qué quieres de mí?—preguntó Mercedes.
—Todo...
—¿Todo?
—Sí, eso es... una prueba muy grande, una especie de lazo irrompible que te impida ser de nadie... ¡De nadie, más que mía!... Pues siguiendo como hasta aquí, resulta que yo te he dado mi corazón sin que tú me hayas hecho entrega del tuyo.
La había cogido fuertemente por un brazo, mirándola con ojos glotones, acercando su rostro al de ella como para morderla; mientras la joven se estrechaba contra la pared, vacilante, mareada por aquel vaho de pasión.
Continuaron hablando: él iba exaltándose; ella volvió a preguntar:
—¿Qué quieres de mí?...
—Quiero que seas mía.
—Cuando nos casemos.
—¡Cuando nos casemos... o antes!—gritó el actor—; mi pasión no soporta condiciones... ¡ni aun aquéllas que concibió la repugnante previsión de la mujer amada!...
No pudo seguir hablando, tan grande era su exaltación. Mercedes también callaba, sobrecogida de temor. Su primer impulso, al oír las atrevidas exigencias de Roberto, fué de indignación y protesta; pero muy luego se tranquilizó, recordando que tiene algo de axiomático y de fatal el hecho de que los hombres, cuando lograron ser muy queridos, consiguen de sus amadas todos los favores. Los dos se habían detenido inconscientemente delante de un portal; luego reanudaron su paseo.
—No te extrañe de este arrebato mío—dijo Roberto—; realmente, hoy cuento tantos motivos para desesperarme, como ayer, pero es que los recuerdos van siempre en traílla: por eso la exaltación provocadora de los grandes crímenes está formada por ideas y pasioncillas pequeñas, insignificantes en sí mismas, como los torrentes son el terrible y devastador resultado de muchas gotitas de lluvia...
Iban a dar las ocho.
—Es muy tarde—dijo Mercedes—, vámonos a casa, no quiero sufrir por un desagradecido como tú nuevos disgustos.
El regreso lo emprendieron por la solitaria calle de Tetuán, buscando la de Jacometrezo. Continuaban disputando. Cuando llegaron a la calle Mesonero Romanos, esquina a la de Abada, se detuvieron para despedirse.
—Es necesario que seas mía—murmuraba él.
—Yo no soy esclava de nadie.
—¿No?...
—No... nunca...
—Sin embargo, yo lo quiero...
Volvía a acercarse a Mercedes, alentando sobre ella, como queriendo abrasarla en una atmósfera de fuego. Mercedes, en efecto, concluyó por sentir que aquel deseo la producía un malestar físico.
—Sepárate—murmuró—; me haces daño... me ahogo...
Roberto Alcalá, reprimiéndose con gran esfuerzo, dió un paso atrás.
En aquel instante resonó hacia el fondo de la calle un confuso estruendo de voces, desde la más baja a la más tiple, que gritaban a la vez. El tumulto iba en aumento: eran vendedores del Heraldo de Madrid que se acercaban pregonando algún acontecimiento sensacional. Subían corriendo desalados, llevando en la mano los periódicos extendidos para mejor atraer la atención de los transeuntes, y repitiendo todos el mismo pregón:
—¡El Heraldo, con los detalles del crimen de la calle Pozas!...
Aquel crimen, referido ya por los periódicos de la mañana, pertenecía al número de los llamados «pasionales». Un cajista que había matado por celos a una cantadora de café...
Los vendedores pasaban corriendo y voceando emocionados, cual si realmente fuesen portadores de una gran noticia.
—¡Heraldo, Heraldo de Madrid, con todos los detalles del crimen de la calle Pozas y las últimas declaraciones del asesino!...
Y había algo muy triste en aquel pregón que arrastraba por las calles de Madrid el recuerdo de un crimen, y que los vendedores repetían con ahinco, ganosos de allegar dinero, como si el charco de sangre que derramó una puñalada de celos, fuese para ellos arroyo santo que, como el Darro o el Jordán, acarrease también pepitas de oro.
Aquel vocerío, en virtud de una inexplicable asociación de ideas, aumentó la rabiosa exaltación de Roberto.
—Nosotros concluiremos así—murmuró—; tú en el cementerio, yo en presidio.
Mercedes quiso sonreír.
—¡Tonto!
Pero él había vuelto a sujetarla por un brazo y la zarandeaba bravío. Algunos transeuntes curiosos volvieron la cabeza.
—¿Serás mía, no es cierto?... ¡Júramelo! Y agregó exasperado:
—Si no accedes a mi deseo, juro que, desde hoy, todo concluye entre nosotros.
Mercedes, a quien el dolor y la vergüenza apretaban la garganta, rompió a llorar.
—No me quieres—murmuró.
—Sí, te quiero... y por lo mismo exijo tanto, porque mi cariño lo merece todo.
En el reloj de una farmacia próxima, uno de esos relojes siniestros que parecen destinados a medir la agonía de los enfermos, sonaron las ocho y media.
—¡Ah!—exclamó Mercedes asustada—me voy corriendo; es muy tarde y mi padre no puede tardar... Adiós...
—Adiós—repuso Roberto con su británica frialdad habitual.
—¿Estás enfadado conmigo?...
—No... ¿para qué?... Estoy convencido de que debemos separarnos.
Ella deseaba marcharse, pero no se atrevía a dejarle así, tan irritado. Al fin, haciendo un violento esfuerzo, echó a correr, murmurando:
—Hasta mañana...
Después, cuando llegó a la esquina, se volvió para verle a través de sus lágrimas, pero Roberto ya había desaparecido.
La joven pasó una noche horrible, llorando, calenturienta, releyendo las cartas del actor, aquellas ardientes cartas que la brindaban los bienes de una pasión inextinguible...
Al día siguiente, cuando fue al Conservatorio, Mercedes entregó a Carmen una carta para Roberto. Estaba tan fuera de sí, tan pálida y con los párpados tan enrojecidos por las lágrimas y el no dormir, que Carmen Vallejo se asustó.
—¿Qué tienes?—dijo—; ¿estás enferma?
—Peor—repuso Mercedes—: estoy muriéndome; he reñido con Roberto.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Por qué?...
—Por una tontería... dice que no le quiero... ya ves... ¡decir que no le quiero!...
Y lloraba. Carmen se echó a reír.
—No llores, borricota—exclamó—, mi primo dice eso porque te adora y está celoso de ti. Cuando Luis me quería mucho, decía lo mismo... ¡Vaya, veo que no conoces a los hombres!
—De todos modos—repuso Mercedes—, dale esa carta, llévasela tú misma... ¿eh?... tú misma; yo no puedo...
Carmen sonreía...
—Bien, bien...
—No dejes de hacerlo como digo. En esa carta le cito para esta noche, a la hora y en el sitio de costumbre. Necesito hablar con él a todo trance... Creo que si hoy no le veo, me muero...
Y agregó con una risilla que parecía en sus labios un iris de esperanza:
—Dile también... pero así, como por cuenta tuya, que le quiero mucho... mucho... que me has visto llorar por él...
El resto del día lo pasó Mercedes en su casa, junto al balcón, cosiendo y mirando al cielo; un cielo de otoño, lloviznoso y frío. Doña Balbina, feliz al verla tan juiciosa, estuvo más alegre y charladora que de ordinario. La serenidad, sin embargo, de la joven, no pasaba de ser aparente; pensaba en Roberto, en que ya habría leído la carta, en que iría a la cita... y permanecía alerta, escuchando los menores ruidos exteriores, obsesionada hasta el delirio por el presentimiento de que al fin iba a recibir aquello, que nunca llegaba...
Hija y madre estaban en el gabinete charlando, porque la noche se había echado encima y la escasa luz crepuscular no bastaba para seguir cosiendo. Mercedes no quería levantarse para ver la hora, temiendo que doña Balbina advirtiese su impaciencia y su inquietud. De pronto, en el reloj del comedor sonaron varias campanadas, y la joven, de un salto, se puso de pie.
—Me voy—dijo secamente.
—¿A dónde?
—A casa de Carmen; está esperándome. Son las siete.
—¿Las siete?—repitió doña Balbina escandalizada—, ¡ni las seis!...
Mercedes, recelando haberse equivocado, corrió al comedor: en efecto, eran las seis. Furiosa contra sí misma, volvió al gabinete, a seguir rellenando de monosílabos la distraída conversación de su madre.
—¿Y te atreves a salir con este tiempo tan desapacible?
—Sí.
—Yo, en tu lugar, no saldría...
—Bueno...
—Dime, ¿Carmen y Nicasia tienen novios?
—No sé; nada me han dicho.
—No comprendo que la madre de esas niñas les permita salir y entrar cuando bien les parece.
—Yo tampoco.
La supina vulgaridad de aquel diálogo determinaba en Mercedes un malestar físico, semejante a un vago dolorcillo de estómago. Se levantó y fué al comedor, creyendo que había pasado ya mucho tiempo; pero su impaciencia le engañaba y tuvo que volver al gabinete: eran las seis y cuarto. Doña Balbina continuó charlando, con esa conversación perezosa de las personas que encanecieron en la soledad.
—Yo reconozco que Carmen y Nicasia son dos muchachas muy buenas, muy hacendosas, pero... ¿qué quieres?... no me gustaría que fueses como ellas. Tú vales mucho, tienes mucho talento...
¡Sí, bonito talento!... El talento de vivir siempre encerrada, sin amigas, sin diversiones, envejeciendo estúpidamente entre las cuatro paredes de una casa pobre... ¡En eso consiste el talento y la bondad de las mujeres!...
Todo esto pensaba Mercedes, pero no quiso hablar, segura de que no la comprenderían. Además, ella sabía adónde iban encaminadas las preguntas de su madre, y aquellos torpes tanteos irritaban sus nervios. Cuando dieron las siete la joven se levantó.
—Hasta luego—dijo.
Y fue tan duro el acento de su voz y tan despótica la autoridad de su ademán, que doña Balbina Nobos la acompañó hasta el recibimiento y la dejó marchar sin atreverse a contradecirla.
Cuando Mercedes llegaba al zaguán, tropezó con don Pedro, que volvía de la calle. La joven sintió que todo su heroico valor desmayaba, y viendo a su padre tan alto, tan grave, envuelto en un largo gabán sobre cuyo cuello de pieles se abarquillaban las blancas melenas de su venerable cabeza apostólica, dió un paso atrás, huyendo del pasado que parecía haberse erguido ante ella súbitamente, impidiéndola salir.
—¿Dónde vas?—preguntó Gómez-Urquijo.
Mercedes no supo qué responder.
—¿Dónde ibas?—repitió colérico don Pedro.
—A casa de Carmen.
Las sonrosadas mejillas del anciano se arrebolaron, y por sus mejillas azules cruzó un relámpago de ira. Mercedes desfallecía: en aquel momento no vió a Roberto, sólo pensaba en don Pedro, que la miraba atentamente, con el entrecejo fruncido y unos ojos duros que la traspasaban el corazón.
—¿A casa de Carmen?—repitió Gómez-Urquijo—: ¿y quién es Carmen?
—Una amiga...
—Ya lo sé; lo que ignoro son los méritos que seguramente no tiene esa Carmen... para merecer la visita de una señorita como tú, a estas horas y con este tiempo. Vamos... echa escaleras arriba y olvida lo que acaba de suceder.
—¡Pero, papá... están esperándome!
—Pues dile a tu madre que te acompañe, que es obligación suya.
Y agregó con acento breve, que no admitía réplica:
—Vamos, sube...
Era imposible resistir, y Mercedes cedió: subía delante, mordiendo un pañuelo, haciendo esfuerzos titánicos para impedir que su dolor estallase en sollozos. Después oyó que don Pedro, dejándose llevar de su genio, aquel genio batallador que le había proporcionado tantas victorias y tantos disgustos, subía tras ella murmurando:
—Y es su madre, la imbécil de su madre, quien tiene la culpa de todo esto...
IV
Después de cenar Mercedes se retiró a su dormitorio fingiéndose aquejada de un violento dolor de cabeza; doña Balbina, juzgándose responsable, en parte, de lo sucedido y temiendo que don Pedro la abrumase con sus reproches, se fué a la cocina y Gómez-Urquijo penetró en su despacho y encendió el quinqué. Durante largo rato estuvo paseando por la habitación, con la vista fija en el suelo y las manos cruzadas a la espalda: luego se detuvo y tocó un timbre.
—¿Llamaba el señor?...—preguntó Felipa apartando los cortinajes de la puerta.
—Dile a mi mujer que venga.
Cuando Balbina Nobos llegó al despacho, don Pedro estaba de pie, junto a la mesa, con sus penetrantes ojos muy abiertos. Parecía más alto, más enjuto, y su gran cabeza proyectaba sobre la pared un perfil enorme: viéndole así, rodeado de libros y envuelto bajo el misterio de su larga levita negra, tan severo, tan triste, parecía un juez que acabase de firmar una pena de muerte. La anciana se acercaba temblando y sin ruido.
—¿Qué quieres?—preguntó.
—Quiero hablar contigo—repuso don Pedro—, decirte que así no podemos seguir... yo creí haberme casado con una mujer de carne y hueso, ¿entiendes?... y no con una muñeca de cartón...
Su voz tremolaba de un modo amenazador, agitada por la cólera. La emoción había arrebolado las pálidas y fofas mejillas de la anciana, pero fue una sensación que, como casi todas las de su alma cobarde, no llegó a traducirse en palabras.
—Hoy he sabido, por casualidad—prosiguió don Pedro—, que nuestra hija sale sola a la calle.
—Muy cierto—interrumpió Balbina—, pero va a dos pasos de aquí... ¡Figúrate!... Yo misma, desde el balcón, la veo doblar la esquina... Suele ir a casa de las hermanas Vallejo, dos muchachas muy buenas...
Gómez-Urquijo tuvo una sonrisilla forzada.
—Tú eres una insigne mentecata—dijo—que, por su gusto, canonizaría a todas las mujeres. ¿Conoces, acaso, los resabios y malas mañas íntimas de esas dos chiquillas? ¿Sabes lo que hace nuestra hija no bien dobla esa esquina hasta donde tú la acompañas con los ojos?...
Balbina Nobos, sintiendo la justicia y gravedad de aquellos cargos, humillaba la cabeza.
—¿Tú sabes—añadió Gómez-Urquijo levantando la voz—si a tu hija la espera un hombre en esa calleja maldita?... ¡Oh, hace mucho tiempo, más de un año, que en este mismo sitio indiqué los temores que me inspiraban ciertas preocupaciones anormales que descubrí en Mercedes, y no me hiciste caso porque tu alambicado cerebro de chorlito parece incapaz de meditar nada seriamente!...
Doña Balbina quiso hablar:
—Yo te aseguro...
—¡Tú no puedes asegurarme nada!
—Permíteme...
—Te niego todo permiso. Tú miras y no ves, oyes y no entiendes, discurres y no tienes conciencia de tus pensamientos... No eres una mujer como las demás, eres... ¡lo que antes dije!... ¡Una muñeca de cartón, inconsciente, sorda y ciega!...
Balbina Nobos rompió a llorar: su débil voluntad de esposa amante y solícita estaba acostumbrada a doblegarse continuamente a la voluntad de don Pedro y a considerar sus menores antojos como órdenes inapelables; había vivido durante treinta años sin albedrío, sin deseos, casi sin noción de su propia personalidad, entregada a merced del hombre amado, ufana de sacrificar su alma consciente en el altar de su amor; y de pronto, al oír que Gómez-Urquijo la insultaba por aquel mismo anonadamiento a que su carácter dominador la condenó no tuvo bríos para rebelarse, ni discurrió una sola frase que la sirviese de escudo, y su dolor, un dolor infernal de ángel precito que repentinamente parecía volcar sobre su historia un cántaro de hiel, rompió en sollozos, como estallan generalmente las grandes crisis morales de los débiles.
—¡Ay, Pedro, Pedro...—murmuró—, no me maltrates así!...
Y fué a sentarse sobre una silla, cual si sus piernas no pudiesen aguantar la gravedad de tantas pesadumbres. Gómez-Urquijo, en pie delante de ella, continuó atormentándola, flagelándola el rostro con sus palabras, sibilantes y crueles como latigazos.
—Hace más de treinta años que nos casamos—dijo—y la labor literaria por mí realizada durante este tiempo, inspira vértigos... La pasión de la gloria es la terrible pasión inspiradora y directora de mi vida; ella presidió mis pensamientos, hacia ella fueron encaminados todos mis afanes... A ella sacrifiqué los deseos de mis padres, que querían dedicarme a más tranquila y positiva ocupación, y los placeres de mi mocedad y las comodidades de mi vejez... por ella, por esa gloria que al fin he rendido, lo perdí todo y estoy pobre aún y obligado a continuar defendiendo, con mi trabajo, el abrigo y el pan de nuestros últimos días... Y ahora, de súbito, veo que mi hija, el único tesoro positivo que conquisté en el combate epopéyico de mi juventud, va a perderse también... ¿Y por qué?... ¡Porque su madre no sabe guardarla!...
Balbina Nobos lloraba, secándose los ojos con una esquina de su delantal. Don Pedro prosiguió colérico, agitando sus brazos en el aire con varonil fiereza:
—¿Es posible que la gloria, que me quitó tantos bienes, me arrebate también a Mercedes?... ¡Qué bofetón para mis canas!... ¡Cómo gozarían mis enemigos viendo que mi hija, esa creación de mi espíritu y de mi carne, arrojaba sobre un apellido por cuya popularidad y ennoblecimiento tanto he luchado, una mancha imborrable! ¡Cuánto reirían, qué epigramas tan sangrientos compondrían a mi costa!...
El orgullo del artista se aunaba al cariño del padre, su exaltada imaginación meridional consideraba inminente aquella catástrofe y hablaba de ella como si ya hubiese sucedido.
—¿Qué sería de nosotros si una noche Mercedes se fuese para no volver? ¿Qué sería de mí al saber que respiraba un hombre que podía jactarse de haber tenido en sus brazos a la hija de Gómez-Urquijo, a esa criatura que simboliza mi sangre y mi historia?...
Avanzaba hacia doña Balbina, agitando sobre su cabeza su brazo irritado.
—¡Ah, imbécil, imbécil! Tú serás la perdición de todos...
Balbina Nobos tuvo un gesto instintivo de defensa; el movimiento del toro moribundo que, acosado por su matador, levanta por última vez la cabeza.
—¿Yo?—gritó espantada.
—Tú, sí... tú serás la perdición de Mercedes.
—¡Y tú también!...
Lo dijo con tal firmeza, que Gómez-Urquijo vaciló.
—Tú eres tan responsable como yo de lo que suceda—prosiguió la anciana—; ¡los dos, los dos, los dos!...
—¿Estás loca?...
—¡No, no estoy loca!... Tal vez tu responsabilidad sea mayor que la mía. Tú corrompiste a Mercedes, ¡eso es!... yo también estoy cansada de sufrir en silencio, como los animales que no saben hablar...
Tenía los ojos brillantes, y sobre sus mejillas, coloreadas por la indignación y el sufrimiento, corrían dos regueros de lágrimas. Don Pedro la escuchaba perplejo, casi con terror. Ella continuó:
—Tus errores son más difíciles de corregir que los míos... Tú eres el verdadero corruptor de Mercedes, su verdadero iniciador... ya que tus libros la enseñaron lo que nunca debió saber... Por tanto, eres el principal causante de cuantas desgracias sobrevengan... ¿Lo oyes?... ¡Tú, tú... y nadie más que tú!...
Era la primera vez que la madre se rebelaba en la esposa; pero inmediatamente, extenuada por su propio esfuerzo, se tapó el rostro con ambas manos y continuó llorando.
Entonces hubo una escena horrible, una de esas tragedias sin sangre que no se olvidan nunca. Don Pedro se había dejado caer sobre el sillón, sollozando, maldiciendo de sí mismo, renegando de su obra.
¡Ah!... Los artistas, pensando siempre en lo bello, rara vez se acuerdan de lo bueno; la naturaleza hizo a muchos de ellos impotentes, y la sociedad les condenó a eterna pobreza; son seres desequilibrados, malditos, que no debían casarse nunca. Los pintores, los literatos, los músicos, también son actores, puesto que se erigen en intérpretes de la realidad y a fuerza de explicar lo que otros ven y sienten, concluyen por vivir apartados del mundo, sin verdadero carácter, convertidos en melancólicos polichinelas de la vida.
—¡Tienes razón, tienes razón!—repetía don Pedro—: yo emponzoñé el alma inocente de Mercedes con el dulce veneno que mi espíritu perverso derramó en millares de páginas; yo he caldeado su fantasía y encendido la antorcha voluptuosa de los deseos; en vano pretendo dominar ahora la ensoberbecida marejada de sus pasiones; la juventud es invencible y en ella «una fuerza superior», como dijo la desposada de Corinto, «ha levantado la piedra»... ¡Es verdad!... Yo la he corrompido, yo soy su seductor... Es un drama horrible... un drama incestuoso como el de Lot poseyendo a sus hijas...
Y se retorcía las manos desesperado, recordando los artículos que críticos eminentes escribieron contra la dudosa moralidad de sus libros, y que él refutó bizarramente y con más elocuencia que buena fe. Pero ya era inútil defenderse, el daño estaba hecho. Gómez-Urquijo comprendió que los elementos más diversos se conjuraban en contra suya, como obedeciendo a los nefastos designios inexplicables del Destino: Carmen, Nicasia, Roberto, hasta el mismo Pablo Ardémiz con sus trazas de viejo truhán y Mme. Relder, que en mala hora despertó en Mercedes la afición a la música, todos eran enemigos que llegaban, como salteadores en cuadrilla, a arrebatarle su última ilusión.
Ante aquella perspectiva siniestra, Gómez-Urquijo dejó caer los brazos con el abandono del hombre que se rinde, experimentando una sensación que su espíritu levantado no conocía: la sensación de su propia debilidad y pequeñez.
Hubo un largo intervalo de silencio durante el cual el reloj continuó rimando, con su tic-tac devorador, el siniestro desfile de lo que no vuelve. Doña Balbina atisbaba al anciano por entre los pliegues de su delantal. Nunca le había visto así, tan abatido, tan poco seguro de sí mismo, y su conciencia empezaba a acusarla de haberle tratado cruelmente; ella debía haber puesto más tiento en sus observaciones, más urbano comedimiento en sus ataques, y no aniquilarle, arrojándole de pronto a la cabeza el mundo de sus libros; aquellos libros escritos con tanto cariño y defendidos con tanto celo. Entonces Balbina Nobos se acercó a don Pedro.
—Perdóname—dijo—; comprendo que hice mal hablándote así y entrometiéndome en asuntos que no entiendo. ¿Qué puede alcanzárseme a mí de si tus obras son malas o buenas?... Seguramente son excelentes, cuando a mí, que soy muy torpe, me gustan tanto... ¡No hagas caso!... Yo tengo un geniecillo venenoso, arrebatado... y cuando me disparo soy terrible. Luego me pesa, te lo juro, y por castigarme sería capaz de darme de cabezadas contra la pared. Perdóname, Pedro... Pedro... di que me perdonas...
Le acariciaba, le besaba los cabellos, y eran simultáneamente risibles y conmovedoras las súplicas de aquella pobre vieja que, siendo una cordera, se acusaba formalmente de ser una loba.
—No te desesperes—agregó—; no te pongas así... Nuestra hija es dócil y volverá al buen camino si, como no creo, ha llegado a separarse un ápice de él. Tiene fácil remedio. Afortunadamente, nada ha sucedido. Vaya, consuélate y perdóname... oye, Pedro, abrázame tú también...
Gómez-Urquijo la abrazó.
—Te perdono—dijo—; ya sabes que no puedo alimentar contra ti rencor ninguno; pero déjame solo, necesito reflexionar.
Balbina Nobos se marchó y don Pedro continuó sentado, inmóvil, los ojos fijos sobre su mesa de trabajo, mirando instintivamente un libro, Eva; la novela que había puesto en manos de Mercedes las llaves de la vida.
A la mañana siguiente, muy temprano, Gómez-Urquijo penetró en el dormitorio de su hija. Mercedes acababa de levantarse. Las emociones de la víspera, el sufrimiento y la falta de sueño, habían acentuado los rasgos de su semblante: tenía la nariz más aguileña, los labios más finos, el color más quebrado, los ojos más brillantes y agudos, el pelo más negro, desigual y voluntarioso, cubriendo la frente con un casco de endrina. Al ver a su padre, la joven se levantó prestamente del silloncito que ocupaba.
—Le esperaba a usted—dijo.
—¿A mí? ¿Para qué?...
—¡Oh!... Para escuchar lo que tuviese usted que decirme. ¿No desea usted hablar conmigo?...
—Sí, en efecto.
Aquel recibimiento, un poco altanero, había desconcertado a Gómez-Urquijo quien, durante la noche, estuvo ideando un plan de reconciliación y de paz. Mercedes le miraba fijamente, y en la expresión de sus ojos y en la firmeza de su voz vibraba la confianza que tiene en sí mismo aquél que adoptó una resolución inquebrantable.
—Anoche—dijo don Pedro sentándose—te causé un disgusto muy grande.
—Mayúsculo, sí... un disgusto enorme.
—Tú a mí también.
—¿Sí?...
—¡Naturalmente!
—¿Por qué?... La conciencia no me acusa de nada... Yo salía en busca de una amiga... eso fue todo.
—Puesta la cuestión así, como tú la presentas—replicó el anciano—, parece, realmente, que pequé de injusto y arrebatado; pero tú misma reconocerás que abonan mi conducta muchas y muy poderosas razones disculpadoras...
Hubo una pausa durante la cual Mercedes permaneció cruzada de brazos, sondeando al anciano con sus ojos imperturbables de hebrea, secos y duros.
—Al sorprenderte anoche en el portal—continuó don Pedro—mi sensible corazón de viejo padeció el choque de una emoción extraordinaria. Yo, hija mía, fuí siempre un hombre sencillo, un hombre bueno que vivió dedicado en cuerpo y alma a su familia y al trabajo; en mi existencia no hay enredos novelescos ni incidentes dramáticos, ni viajes peligrosos, ni nada de eso que forma la entretenida historia de los aventureros; mi pasado sólo encierra un drama, un espantoso drama que preside todos los capítulos de la vida: la tragedia de mis luchas artísticas, de mi combate por la gloria y por el bienestar de los seres que habían ligado el sosiego de mi porvenir a las incertidumbres de mi corta suerte: primero trabajé por tu madre; cuando naciste tú, mis afanes se triplicaron y continué batallando por ella y por ti... Sí, Mercedes, por ti más que por ella... ¡yo no sé qué tiene el amor de los hijos que nos roba del corazón la pasión de la mujer!...
Los ojos de la joven habían dulcificado su expresión; la voz de Gómez-Urquijo resonaba tranquilamente, dulce y acariciadora como sonrisa maternal.
—A ti, que eres ya mujer, y mujer discreta—prosiguió don Pedro—, puedo confiártelo todo. Hace quince o veinte años, mi hogar lo componían una mujer y una hija; y como entonces mis luchas eran todavía muy grandes y la niña muy pequeña, yo no veía el mañana, absorto en la preocupación devorante de que el hoy no anocheciese sin abrigo y sin pan. Pero los años fueron pasando y la niña creciendo; llegó día en que empecé a recoger el merecidísimo premio de mis afanes, y a disfrutar algunas horas de reflexión, de vida interior, y, al verte granadita, llena de gracia y tocando los dorados umbrales de la juventud primera, pensé en tu porvenir, que iba a ser el consuelo de mi vejez, y en asegurarte una posición independiente y decorosa. Desde entonces, hija mía, me dediqué a ahorrar, a guardar con tesón de avaro los pingües beneficios que ya me reportaba mi trabajo, ¡y todo para ti!... ¡Ya comprenderás la dosis tan grande de cariño que necesita sentir un hombre tan desequilibrado y despilfarrador como yo, antes de resolverse a ser económico!... Mi vida, por tanto, es una cadena no interrumpida de privaciones, afanes y sacrificios; para mí no reservé nada, para vosotras fué todo; mi dinero, mi respetabilidad... y hasta me huelgo del prestigioso renombre de mi apellido porque lo llevas tú y es tu mejor gala...
Continuó hablando, insistiendo con pasmosa elocuencia y brío en la generosa renuncia que siempre hizo de sí mismo, y lo estrechamente ligadas que ella y doña Balbina estuvieron a la historia de sus luchas y de sus menores pensamientos.
—Cuando quería describir los celos de un marido burlado, procuraba convertirme de narrador en protagonista, en víctima, y me sugestionaba pensando que tu madre podía engañarme; y si quería pintar la desesperación de un padre, me torturaba imaginando que tú ya eras joven y que un miserable calavera te seducía... Erais, pues, mis colaboradoras más asiduas, las modelos que inspiraron mis creaciones mejores...
Mercedes escuchaba atentamente, curiosa de conocer las intimidades de aquel gran artista y de averiguar la génesis de los libros que tan trascendental revolución habían causado en su alma.
—Todo esto—agregó don Pedro—te ayudará a comprender mi arrebato de anoche. Yo vivo lejos de la realidad, en el mundo engañoso de las ficciones artísticas, pero vivo para vosotras y creyendo que vosotras vivís también para mí... Y de pronto, al volver a mi casa, a esta casa que es toda mi ilusión, mi preocupación única, me sorprendes tú saliendo de ella para lanzarte a la calle, de noche, lloviendo... Yo te pregunto:—«¿Dónde vas?»... Te veo desconcertada, repito mi pregunta y respondes:—«A casa de Carmen»... ¡¡A casa de Carmen!!... ¿Quién es esa mujer que tiene influjo suficiente para arrancarte del hogar que yo sostengo para ti?...
Iba exaltándose, levantando la voz.
—Al verte salir me enfurecí sospechando que aquélla no sería tu primera escapatoria, y la naturalidad de tu contestación confirmó mi sospecha. «¡Voy a casa de Carmen!»... Me lo dijiste con acento ingenuo que demostraba que a esa mujer la ves todos los días... Y además, eran las siete de la tarde, la hora del misterio, la hora en que la juventud inocente se cita a la salida de los talleres... Y temí que tú también acudieses a una cita...
Hablando así Gómez-Urquijo, clavó en su hija sus ojos inquisitivos y poderosos de taumaturgo; ella sostuvo la mirada con bizarría, pero sus mejillas se colorearon ligeramente.
—Confiesa que no me equivoqué—agregó don Pedro.
—Se equivocó usted—repuso Mercedes con acento resuelto.
—Pues, a pesar de tu negativa, creo que muy cerca de allí, tal vez en la calle Mesonero Romanos donde vive esa... Carmen, que te sirve para escudo de amoríos, había un hombre esperándote, y que ese hombre era Roberto Alcalá.
Mercedes había recobrado su aplomo y continuó negando rotundamente.
—Se engaña usted—decía—; no hay nada, absolutamente nada, de lo que usted supone.
—¿Lo juras?
—Se lo juro a usted.
—Entonces, ¿por qué no viene Roberto a verme?
—Lo ignoro.
—¿Es, acaso, novio de Carmen?
—Tampoco lo sé.
—¿No has hablado de esto con ella?
—No.
—¡Es increíble!
—Tal vez, pero es así.
Negaba con tanta firmeza, que Gómez-Urquijo se reconoció desorientado.
—Haces mal en disimularme la verdad—dijo—; yo soy el único hombre que te quiere desinteresadamente, el único que sueña contigo y que daría su vida por verte dichosa...
Después, olvidando la larga historia de sus polémicas literarias, empezó a hablar de moral llanamente, rellenando su peroración de lugares comunes. El matrimonio es el estado perfecto del hombre; la mujer nació para vivir en su casa, consagrada al cuidado de su esposo y de sus hijos; la mortificación y amansamiento de las malas pasiones asegura la pureza del espíritu; la obediencia, la humildad y el sacrificio de sí mismo, son el verdadero manantial inagotable de toda virtud; no debe hacerse secretamente aquello que no pueda confesarse en público; el encanto de lo prohibido es la gran añagaza inventada por el pamplinero genio del mal para mancillar a los limpios de corazón...
Mercedes parecía escucharle atentamente, y por sus finos labios vagaba una sonrisa desdeñosa casi imperceptible.
—¿Y es usted quien, olvidado de lo que ha escrito, se atreve a predicarme todo eso?—exclamó.
—¿Qué dices?
—Digo, que otras veces afirmó lo contrario de lo que ahora sostiene... y tengo para mí que si entonces cometió error fué inconscientemente, dejándose llevar de su temperamento, como verdadero artista que no sabe fingir; mientras que ahora se equivoca a sabiendas, proclamando útil y bueno lo que siempre tuvo en poco.
Fué la suya una oración extraordinaria, grito avasallador y vibrante de la juventud que quiere reivindicar sus derechos.
—¡Usted pretende que yo sea dócil y humilde, y que reniegue de mi imaginación y asesine mis deseos y haga caso omiso de mi voluntad!... ¡Y a eso llama usted ser buena!... ¡A no tener entendimiento, ni corazón, ni fantasía, ni conciencia del propio mérito; a ser una bestezuela, una pobre máquina que come y duerme y sufre sin quejarse!... ¿Cree usted que mis aspiraciones se reducen a repasar la ropa y amamantar los hijos del hombre que la casualidad me dé por esposo?... ¿Para eso me engendró usted, para sufrir las impertinencias de un individuo que, por el mero hecho de haberme dado su nombre, ya puede atormentarme legalmente?... ¡Ay, padre, padre!... ¿Es posible que quiera usted emplear conmigo la moral que, según usted mismo, labra la infelicidad de tantas mujeres? ¡No, eso sería absurdo y monstruoso!...
Y añadió, lanzando un grito vehemente de pasión, cruzando las manos sobre el pecho en ademán de irresistible súplica, deshecha en lágrimas:
—¡ Yo quiero gozar de la vida, padre mío, antes de que las ilusiones mueran en mí! ¡Necesito ser feliz!... Usted, que llegó a viejo, sabe, por propio y amargo convencimento, que la juventud no vuelve...
¡Quiero ser feliz!... Aquél era el grito inspirador de Eva y de Cabeza de Mujer, el grito traductor de esa fiebre de goces que arrastra hacia el pecado a tantos millones de mujeres. Don Pedro escuchaba admirado, vencido por los irrefutables argumentos que Mercedes aducía en defensa de las doctrinas que él propaló en sus libros, y holgándose secretamente de recibir el incienso de tan gallarda peroración.
Gómez-Urquijo miraba a su hija sin pestañear, presa de estupefacción supina y cual si nunca hubiese reparado bien en ella. Mercedes tenía el carácter y hasta los mismos rasgos fisonómicos de sus hermanas Eva y Matilde. Era la mujer que él soñó, con su cabellera negra y crespa, sus ojos profundos, su nariz aguileña de alas inquietas, sus labios finos y su semblante místico, enjuto y pálido; y luego el cuerpo, nervioso, flexible, de talle largo y de caderas poderosas... La mujer, ardiente, veleidosa, simoníaca, que cree y duda y sueña con viajes y amoríos fantásticos; la mujer que va de aquí para allá, según las oscilaciones del capricho, corriendo siempre hacia lo ignorado, como insaciable mariposa enamorada del misterio, y que cruza por el mundo riendo y cantando, borracha de alegría, prodigando sus encantos, cual una bacante que, por equivocación del Destino, hubiese nacido en occidente, muchos siglos después de extinguirse los últimos cánticos entonados en loor de las retozonas deidades del gentilismo...
Mercedes continuó hablando, defendiéndose gallardamente con los argumentos que aprendió en los libros de su padre, sofocando a Gómez-Urquijo quien, convertido en crítico de sí mismo, la acometía tibiamente. Mercedes era irresistible; don Pedro se batía en retirada, desconcertado, huyendo ante aquella hija, engendro demoledor de su carne y de su fantasía.
—¡Oh padre mío!—exclamaba la joven—; ¿es creíble que usted, autor de tantas mujeres iguales a mí, no me comprenda?... Usted ha dicho que la vida es una novela que se escribe... ¡No sea usted cruel! Deje usted que la novela de mi vida la escriba yo a mi gusto...
Hablando, hablando, arrebatada por el fuego de su inspiración, Mercedes abrió su alma. Ella amaba todo: las escenas campestres, con sus amaneceres primaverales, recortando sobre un cielo de púrpura las copas de esmeralda de los árboles cubiertos de rocío; sus praderas salpicadas de flores odorantes; sus misteriosas espesuras habitadas por ruiseñores que trinan saludando la aparición del lucero vespertino: y sus arroyuelos corriendo por entre una doble hilera de espadañas y juncos; reflejando sobre su temblequeante superficie la luz de los astros y acariciando las orillas con un suave glu-glu somnífero: y amaba también la existencia febril de esas ciudades populosas que exigen del individuo derroches continuos de energías y en donde se envejece muy de prisa; Madrid, París, Londres... con sus bailes, sus teatros, sus hipódromos y sus casinos devoradores de fortunas; esos pueblos modernos, grandes por sus industrias, su cultura y sus vicios, en los cuales las cortesanas van por las tardes en coche a buscar a los agiotistas gananciosos que salen de la Bolsa; que tienen capitalistas que ponen una fortuna en la cola de un caballo, y príncipes que se suicidan por bailarinas, y hetarias que han devorado millones; pueblos gigantescos que, vistos desde lejos, aparecen a los ojos de la imaginación como algo fantasmagórico, incongruente, disparatado, como una pesadilla...
Mercedes soñaba con estas múltiples y abigarradas fases de la vida, y las quería de un modo intuitivo, infinitamente más tentador y peligroso que el conocimiento personal y directo de la misma realidad.
—Todo eso—replicó don Pedro con voz grave—es literatura... literatura malsana. Yo quiero que seas buena.
—Yo también.
—Honrada.
—¿Y qué?
—Fiel, limpia, hacendosa y sin tacha, como tu madre lo ha sido.
—¡Como mi madre!...
Su acento fue insultante; Gómez-Urquijo la miró de un modo terrible.
—Nadie mejor que usted sabe—añadió la joven—que mi pobre madre es una mujer vulgar. ¡Yo no soy así... no puedo serlo!... ¡Llevo sangre de usted!...
Hubo una pausa.
—No importa—repuso don Pedro vencido—; procura imitarla; la virtud nunca es vulgar. De lo contrario seré capaz de recurrir, para castigarte, a los procedimientos más duros: a la reclusión, al destierro...
—¿Y mi felicidad?
—¡Loca!... Búscala en un pacífico término medio. Las mujeres de mis libros sólo hubieran podido ser fieles y dichosas casándose con hombres como yo, superiores... ¡Y es muy difícil hallar hombres así!...
—Necesito ser feliz—repitió la joven obstinadamente—, lo necesito antes de llegar a vieja... ¡No lo olvide usted!
Gómez-Urquijo se cruzó de brazos, mudo, no sabiendo qué argüir contra aquella sed implacable de placeres. Cuando don Pedro salió del dormitorio, Mercedes quedaba muy orgullosa, convencida de haber derrotado a su padre completamente.
Después de aquella conversación, Mercedes no volvió a salir sola: su madre la acompañaba al Conservatorio, luego iba a buscarla y era tanta su asiduidad y vigilancia, que hasta las ocasiones de expansionarse con sus amigas la robaba. Al principio la joven intentó sublevarse y romper tan odiosa tutela, pero sus esfuerzos fueron vanos, porque doña Balbina tenía el apoyo de Gómez-Urquijo y aquella protección la autorizaba y fortalecía.
—No soy yo quien hace esto—exclamaba cuando su tierno corazón maternal no podía resistir las súplicas insinuantes de Mercedes—; es tu padre... tu padre ordena y dispone; mi misión queda reducida a obedecerle ciegamente... Háblale tú; yo no me atrevo...
Después, compadecida de tanto rigor, agregaba:
—Los viejos están aquejados de manías y tu padre tiene las suyas. Esto pasará: ten paciencia... Por ahora hemos de conformarnos. Si supiese que te dejaba sola un momento, era capaz de matarme. ¡Ah, qué furioso se puso cuando te sorprendió yendo a casa de Carmen!... ¡Lo que me dijo!... Nunca le he visto así. Creí que me pegaba...
Mercedes acabó por resignarse con su suerte; pasaba los días mano sobre mano, sin ganas de reír ni de llorar, sumida en una embrutecedora melancolía. Cuando iba al Conservatorio, apoyada en el brazo de su madre, caminaba lentamente, con los ojos fijos en el suelo, segura de que sus movimientos de convaleciente, tardos, perezosos y débiles, no habían de llamar la atención de los hombres, y que holgaba que ella mirase a ninguno. En pocas semanas perdió la afición hacia todo lo que reclamase algún esfuerzo; no cosía, ni bordaba; las faenas domésticas la inspiraban horror, los libros la aburrían y los nocturnos de Chopín yacían olvidados, empolvándose sobre el atril del piano abierto. Siempre tenía frío, ganas de sentarse donde hubiese poca luz, para arrebujarse en su mantón y dormir. Diríase que en ella había muerto toda esperanza de redención; era un pajarillo enfermo, una pobre vencida que se entregaba... Balbina Nobos llamó la atención de don Pedro acerca de esto, el anciano no hizo caso.
—Eso—dijo—es una crisis aguda de sentimentalismo y de mala crianza, que desaparecerá con las primeras auras primaverales. Sigue mis consejos: a las muchachas conviene tratarlas, según las circunstancias, con cierto rigor...
Terminaba el mes de noviembre y llegó el invierno, con sus temporales de granizo y nieve y sus horribles tardes cargadas de bruma. Algunas veces, después de clase, Carmen y Nicasia Vallejo, burlando con anuencia de doña Balbina las órdenes de Gómez-Urquijo, que había prohibido terminantemente aquellos visiteos, iban a casa de Mercedes y éstos eran los únicos momentos en que la joven charlaba y reía. Carmen y su hermana solían llegar por la tarde, cuando más probabilidades tenían de no encontrarse con don Pedro; Mercedes, que ya las esperaba, salía a recibirlas y las tres entraban en el gabinete corriendo, empujándose, muy ufanas de atropellar los deseos del jefe de la casa; después se ponían a charlar junto a la chimenea, refiriendo en voz baja chistosos secretillos que luego reían a carcajadas, pellizcándose, dándose azotes, jugueteando como pajarillos que se espulgan bajo un rayo de sol.
Aprovechando los momentos en que doña Balbina las dejaba solas, Mercedes y sus amigas hablaban de Roberto.
—¿Le has visto?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hoy por la tarde, yendo al Conservatorio.
—¿Qué dice?
—Que te quiere mucho; las dificultades acicatean su cariño y anda loco por tus pedazos.
—¿Cómo está?
—Muy bien; tan simpático y pisaverde como siempre.
Y Carmen añadía, sacando del bolsillo una carta:
—Toma: esto me dió para ti...
Mercedes guardaba el papelito prestamente y entregaba otro a su amiga, y de este modo, gracias a la filantrópica tercería de la futura actriz, los dos amantes continuaban comunicándose asiduamente.
Aquellas cartas ejercían sobre Mercedes influjo extraordinario: si eran tristes, su abatimiento aumentaba y la acometían deseos perentorios de morir; si alegres, su corazón se entreabría a la esperanza de que sus males obtendrían rápido y felicísimo remedio; pero sufría mucho si las cartas eran ardientes y en ellas Roberto evocaba los dulces recuerdos de su noviazgo: los apretones de manos, los juramentos, las íntimas emociones que él sentía cuando ella le miraba abrasándole en el incendio de sus ojos, los besos enterrados furtivamente bajo los ricillos locos de su nuca perfumada... y reforzaba cada una de estas evocaciones con un «¿te acuerdas?»... hechicero, desesperante.
En aquellas últimas semanas había aumentado la exaltación del actor. «Necesito verte a todo trance—decía—; no puedo vivir sin ti...»
Mercedes contestaba procurando calmarle, aconsejándole que tuviese juicio y esperanza en que pronto habían de llegar para ellos tiempos mejores. Estas razones, no obstante, eran insuficientes: Roberto se impacientaba, no quería esperar más.
«Si no sales a verme—decía—, iré a tu casa; las iras de tu padre no me importan. Ten presente mi deseo y obra en consecuencia; ya sabes que no me arredran los obstáculos y que por llegar a ti soy capaz de cometer el disparate más peligroso.»
Mercedes, no sabiendo cómo eludir aquel tan grave compromiso, consultó a Carmen Vallejo.
—Yo no puedo salir—dijo—, y, por otra parte, no quiero que venga; el carácter de mi padre es muy violento, y de la conversación que Roberto tuviese con él no había de resultar nada bueno. Por tanto, lo mejor es inventar un pretexto que obligue a mi madre a salir, y la tenga fuera de casa dos o tres horas.... Durante ese tiempo Roberto y yo podíamos vernos...
—¿Dónde?
—¡Oh, en cualquier sitio!...
—Lo difícil—murmuró Carmen pensativa—es sacar a doña Balbina de aquí.
Las dos jóvenes permanecieron silenciosas, meditando. Mercedes exclamó:
—Me ocurre un idea, una invención novelesca que seguramente reportará excelentes resultados.
Y agregó, tras un momento de vacilación, durante el cual procuró definir y coordinar bien sus pensamientos:
—Esta misma noche puedes escribir un anónimo dirigido a doña Balbina Nobos, diciéndola que cierta persona que la conoce muy bien y vela por su tranquilidad y mi porvenir, la espera mañana, a las cuatro de la tarde, en un lugar muy distante... la iglesia de Antón Martín, por ejemplo... para confiarla revelaciones de gran interés. De este modo, si mi madre cae en el garlito, mientras va y espera a la autora del anónimo y vuelve, pasarán más de dos horas...
—Lo malo sería que se lo dijese a tu padre.
—No, no hay cuidado; el caso es demasiado grave para que haga nada sin antes hablar conmigo: la conozco muy bien.
—¿Y si no traga el anzuelo?—interrumpió Carmen—; las viejas son muy ladinas.
—Todo es posible, pero no lo creo. Eso depende también del interés que tú sepas prestarle al anónimo. Escribe cuanto quieras y desliza entre líneas algo muy sugestivo, muy alarmante: di que Roberto viene a cantarme de noche mil acarameladas lindezas por la mirilla de la puerta; o que una tarde nos vieron en cierto lugar sospechoso y que hay una vieja que nos protege... Cuenta, en fin, lo que gustes, con tal que sea muy verosímil. Ese pretexto es el mejor que podemos inventar, pues a mi madre, tratándose de mí, los dedos la parecen huéspedes y anda siempre con la barba sobre el hombro, creyendo que cualquier día, como en las narraciones árabes acontece, voy a desaparecer por el cañón de la chimenea en brazos de un caballero volador.
Carmen Vallejo pasó por todo.
—Bien—dijo—, lo haré según deseas, aunque no con la premura que supones. Antes he de ver a mi primo y explicarle nuestro plan, para que él, a su vez, me determine el día, hora y sitio en que habéis de reuniros.
Aquella noche Mercedes se acostó feliz, columpiada por la ilusión de que muy pronto Roberto y ella, a despecho de los obstáculos que les separaban, podrían abrazarse. Al día siguiente supo por Carmen que todo estaba arreglado.
—Acabo de verle—murmuró la joven—; estaba aguardándome con Luis a la salida del Conservatorio. Dice que pasado mañana te espera, a las cuatro de la tarde, en el Café de la Universidad.
La noticia era tan grande, tan superior a toda excelsitud que Mercedes no comprendió bien.
—A ver, a ver—dijo—, repíteme eso, que es muy bonito...
Doña Balbina andaba trasteando por las habitaciones interiores y Carmen pudo satisfacer las dudas de su amiga.
—El Café de la Universidad—dijo—está en la calle San Bernardo y tiene una puertecilla a la travesía de Pozas, que es por donde debes entrar. Mi primo espera en un saloncillo situado a la derecha de los billares: es un rinconcito muy obscuro, muy cuco, a donde Luis me ha llevado algunas veces. Y, a propósito de mi novio: me ha dado recuerdos para ti, para «la prisionera», como él dice.
Mercedes sonreía conmovida y satisfecha de que las personas que andaban por el mundo no la hubiesen olvidado.
—¿Según eso—dijo—, tú escribirás hoy el anónimo?
—Hoy, sí, en cuanto llegue a casa; y esta misma noche lo echaré al correo.
Mercedes tenía los ojos arrasados en lágrimas. Carmen Vallejo exclamó:
—¿Ves, tontísima, cómo con ingenio y perseverancia no hay dificultad que no se orille?... Todo lo que nos sucede es muy interesante, muy divertido; algo que podrá referirse dentro de algunos años: ten paciencia; considera que los que llegaron a viejos sin hacer nada notable, no merecían el honor de haber nacido.
Al día siguiente, poco antes de almorzar, el correo trajo una carta para doña Balbina Nobos. Aquello era extraordinario; la anciana no recibía jamás correspondencia de ningún sitio.
—Señora—dijo Felipa—, aquí hay esto para usted...
Y la presentaba un sobre. La carta era del interior. Mercedes, para no menoscabar con su presencia la buena impresión de su mentira, se había retirado... Durante el almuerzo la joven miró disimuladamente a su madre, que estaba muy ensimismada y con los ojos enrojecidos, como si hubiese llorado. Era indudable que el anónimo había surtido efecto. A la hora de costumbre, Gómez-Urquijo se marchó; doña Balbina estuvo largo rato en el comedor, sentada delante de su taza de café; luego entró en su dormitorio. Mercedes, que estaba en el salón distrayendo su impaciencia con los valses de Waldteufel, la oía ir y venir por sus habitaciones, hablando entre dientes y abriendo y cerrando el armario donde guardaba sus ropas. Momentos después apareció vestida modestamente, llevando un sencillo velo sobre la cara.
—Hasta luego—dijo.
Mercedes se volvió hacia su madre, admirándose con naturalidad pasmosa.
—¿Dónde va usted?
—A ver una amiga.
—¿Quién?...
—Esta, doña... tú no la conoces... he sabido que está enferma...
Tartamudeaba; su carácter ingenuo era refractario al fingimiento. La joven, entre tanto, procuraba pensar en algo muy triste para no reír.
—Felipa viene conmigo—añadió doña Balbina—; tú no salgas, porque volveré en seguida; antes de media hora...
Iban a dar las cuatro: Mercedes comprendió que su madre exageraba la prontitud de su regreso y que si Carmen la había citado, según tenían convenido, en la iglesia de Antón Martín, doña Balbina no podría volver antes de las seis.
No obstante, para contestar a la recomendación de su madre, afectó un aire muy compungido, muy indiferente:
—¿Dónde quiere usted que vaya?—murmuró.
En cuanto Balbina Nobos y Felipa salieron, la joven corrió a su cuarto y empezó a vestirse con la celeridad de la actriz que acaba de recibir el segundo aviso del traspunte. Las enaguas, la falda, el gabán, todo de cualquier modo; las botitas sin abrochar, el corsé desajustado, el corpiño abierto, dejando entrever los encajes de la camisa; el sombrerito lo llevaba en la mano y se lo puso rápidamente al pasar por delante de un espejo; y sin perder instante salió, cerrando la puerta de golpe, guardóse la llave en el bolsillo y echó escaleras abajo, recogiéndose las faldas con una mano, requiriendo con la otra los corchetes mal prendidos.
Al llegar a la calle miró a todos lados, cerciorándose de que nadie la espiaba, y satisfecha de su examen dirigióse resueltamente hacia la calle de Andrés Borrego, por donde fue hasta la del Desengaño. Iba de prisa, la vista fija en el suelo, procurando pasar desapercibida.
Con estos sobresaltos cruzó por delante de San Martín, siguió la calle Luna y continuó por la de San Roque hacia la del Pez. Era un día frío, triste, lloviznoso; uno de esos días en que los madrileños andan muy despacio, deteniéndose en frente de todos los escaparates, reparando en todas las mujeres y con los paraguas abiertos, queriendo inútilmente preservarse de una llovizna que, por lo sutil, parece niebla, una niebla densa que moja como un aguacero, y en que los aleros de los tejados recortan sobre las calles húmedas grandes franjas de un cielo plomizo, uniforme, como una bóveda de ceniza. Mercedes avanzaba velozmente, sin advertir que tenía los pies húmedos y las faldas salpicadas de barro. Al llegar a la calle del Pez hubo de refugiarse en un portal, esperando a que pasase un individuo amigo de don Pedro; luego reanudó su camino ocultándose el rostro con un pañuelo, temiendo siempre algún encuentro desagradable, y siguió por la calle Pozas pensando que allí habían asesinado a una cantadora, cuyo crimen oyó pregonar la última tarde que habló con Roberto...
Al entrar en el Café de la Universidad, Mercedes tuvo un momento de indecisión, recelando el misterio de aquel lugar que no conocía: lentamente, sus ojos deslumbrados iban habituándose a la obscuridad: estaba en una especie de recibimiento limitado por tabiques de madera que medían, aproximadamente, dos metros de altitud; al frente vió una puertecilla, a la derecha otra, en cuyas hojas había dos óvalos de cristal esmerilado; a la izquierda y bajando algunos peldaños, estaba el café; vasto salón rectangular, con su piano en el centro y sus largas hileras de veladores, insinuándose tímidamente bajo el melancólico resplandor que penetraba por algunas ventanas enrejadas.
Mercedes continuaba inmóvil, recordando las señas que Carmen la había dado. Un camarero se acercó preguntando:
—¿Busca usted a algún caballero?
La joven sintió que una oleada de sangre refluía a sus ojos.
—Sí—balbuceó—, dijo que esperaba aquí... ignoro si ha venido o si se habrá marchado.
Entonces el camarero abrió la puertecilla de la derecha, exclamando con aire indiferente:
—Pase usted.
Mercedes atravesó un saloncillo rectangular, a la hila de cuyas paredes había largos banquillos forrados de rojo, y veladores que abocetaban en la penumbra sus formas blancas: andando casi a tientas, se aproximó a uno de ellos y tomó asiento.
—¿Qué desea usted?...—dijo el mozo.
Ella palideció, recordando que no llevaba dinero.
—Nada... esperaré a que venga ese señor...
El camarero dió media vuelta y se marchó sin responder; era un hombrecillo regordete, moreno, de rostro impasible, con ojuelos inteligentes y cariñosos que inspiraban confianza. Entonces Mercedes, algo más tranquila, pudo reparar el aspecto del saloncito en que se hallaba: era una habitación que, ni hecha adrede, podía ofrecer mejores condiciones de aislamiento, seguridad y misterio: el piso era de tablas; un piso desigual, sucio, por donde pasaron seguramente muchas generaciones de enamorados clandestinos; en el centro del local había una especie de columna que soportaba un techo renegrido por el humo y el polvo, y a la izquierda una ventanita arrojaba dentro del salón un chorro de luz triste y fría.
La joven permanecía inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de su gabán, extrañando que la hubiesen dejado tan sola; y su cuerpo nervioso empezó a sentir la penetrante humedad de aquel local desamparado. El resto del café estaba desierto, silencioso, con una quietud somnífera de establecimiento provinciano. Pasó tiempo y Mercedes se impacientaba, temiendo que Roberto no viniese. En el reloj de la Universidad, un viejo reloj que tiene una campana muy triste, dieron las cuatro y media... La joven continuaba absorta en sus cavilaciones e hilvanando con los asuntos más trascendentales las ocurrencias más pueriles; pensaba que su madre ya estaría aburriéndose sobre algún banco de la iglesia de Antón Martín, y que en aquel sitio donde ella estaba, tan malsano, y tan triste, habría muchas arañas: arañas de patas flexibles, grandes, negras, de ésas que crecen entre la humedad de los lugares obscuros...
De pronto Mercedes volvió la cabeza, mirando a la ventana, por donde acababa de pasar la silueta de un hombre; luego oyó que abrían violentamente la puertecilla del café y casi al mismo tiempo apareció Roberto.
Mercedes se levantó, el actor corrió hacia ella y ambos se abrazaron estrechamente, sin poder hablar, con un apasionamiento real en que la carne no intervenía. Roberto la besaba en la nuca, embriagándose con el suave aroma de aquellos ricillos perfumados, murmurando:
—¡Por fin, por fin!...
Ella se abandonaba entre sus brazos, trémula, perdida, sintiendo que por sus mejillas resbalaban lágrimas ardientes como brasas. Después fueron a sentarse en el rincón más obscuro del saloncillo y de modo que la columna les ocultase la puerta. El camarero que acababa de servirles café preguntó distraídamente, como por mera fórmula:
—¿Quieren ustedes que encienda el gas?...
—No—repuso Alcalá—; ya te avisaré...
El mozo se marchó, sonriendo con una risilla aburrida y triste, recordando que todos los enamorados contestaban lo mismo.
—¡Por fin—repitió Roberto—, por fin estamos juntos!...
Ella le miró atentamente a través de sus lágrimas, queriendo orear y robustecer con su imagen sus recuerdos.
—Has sufrido mucho—dijo—; ¡ingrato, ingrato!... ¿Cómo has podido vivir tantas semanas sin verme?... La última vez que hablamos nos separamos riñendo; ¿te acuerdas?...
—Sí.
—¡Cuánto he llorado!... Carmen, la pobrecita, me consolaba: es muy generosa, muy noble... una amiga excelente a quien debemos querer mucho...
Mientras hablaba, oprimía inconscientemente entre sus manos las manos vigorosas del actor. Roberto, suavemente, atrajo sobre su hombro la cabeza de la muy Deseada y empezó a besar su frente y aquellos labios que le decían tantas ternezas y aquellos párpados que tanto habían llorado por él...
—Juntos los dos—repetía—, otra vez...
En su anhelo de decirlo todo, Mercedes charló muchas tonterías; refirió prolijamente cómo su madre había salido, fiada en la autenticidad del anónimo, y cómo ella se vistió en un santiamén.
—Al entrar aquí—agregó riendo—recordé que no traía dinero... ¡Hijo, qué apuros!...
Después, con súbito arrebato, exclamó:
—¡Ya sabes que a las seis menos cuarto, o antes, he de estar en casa!... Avísame tú cuando deba marcharme, porque yo estoy loca...
Roberto no respondió. Continuaba acariciando las suaves manecitas de la Deseada, besando sus párpados, aspirando su aliento, adormeciéndose con el vaho amoroso de sus vestidos, esclavizado por el misterioso hechizo de aquella carne joven no poseída aún. En los vasos, él café humeaba enfriándose.
—¿Me quieres?
—Con toda mi alma...
—¡Ah, Roberto... Roberto mío... no me dejes nunca!...
En el reloj de la Universidad dieron las cinco; cinco campanadas tristes, quejumbrosas, que repercutieron tímidamente en los ángulos del saloncillo obscuro, advirtiéndoles a los amantes que el momento siniestro de la separación llegaría muy pronto. Entonces el actor pareció sacudir su dulce modorra.
—Aprovechemos los momentos—dijo—hablando seriamente.
Rápidamente, con el acierto, claridad y concisión del que ha estudiado bien lo que va a decir, expuso la historia de sus amores y la desesperada situación en que ambos estaban colocados. Ella enumeró los disgustos que erizaban de espinas sus días, las sospechas y temores que desde hacía tiempo atrás venían alarmando la curiosidad de sus padres y la grave discusión que tuvo con don Pedro.
—¡Nos separarán!—añadió—; nos separarán... ¡y no ha de tardar mucho!
—Lo sé... lo sé...
—Y eres tú—agregó—la responsable de cuanto sucede.
—¿Yo?...
—Tú misma. Recuerda nuestra última conversación, mis súplicas... tus negativas... ¡Oh, te juro que aquella tarde sufrí mucho y que me separé de ti resuelto a no volver!...
Ella se estrechó contra él tiritando de emoción y de frío, feliz de hallarse a su lado. Roberto continuó:
—Estas entrevistas, que por lo mismo que sólo se consiguen venciendo gravísimos obstáculos no pueden tener fácil repetición, son horribles, porque exasperan nuestros legítimos deseos de comunicarnos a todas horas... Piensa que el tiempo corre velozmente, que muy pronto llegará el instante cruel de la separación... ¿Qué será, entonces, de nosotros? ¿A qué nuevos ardides apelaremos para vernos?
—Sí... ¡tienes razón!...
Sus ojos se llenaron de llanto. Roberto prosiguió acariciándola mientras hablaba.
—Si hablases con mi padre... diciéndole la verdad... toda la verdad—exclamó ella.
—¡Oh!... tu padre es muy orgulloso; además estará justamente irritado conmigo por la solapada conducta que seguí en este asunto, y su contestación sería negativa.
—¡Es cierto!...
A ella también le repugnaba aquel procedimiento que tenía algo de confesión y de súplica; por otra parte, su genio revolucionario experimentaba ante toda legalidad ese malestar que sufren los espíritus desequilibrados en los caminos anchos y perfectamente rectos.
—Quiéreme mucho, deposita en mí tu confianza, abandónate a mis consejos...—murmuró el actor.
Se lo decía muy quedamente, al oído, como para no asustarla, y rozando su piel sonrosada con sus labios ardientes. Mercedes temblaba, midiendo el perverso alcance de aquellas marrullerías insidiosas.
—Como ya te dije la tarde memorable de nuestra riña—añadió Alcalá—, necesito recibir de tu amor una prueba muy grande.
—Muy grande... ¡Oh! si no fuese más que muy grande, te la daría... Pero exiges de mí un imposible.
—¡Imposible!... Una palabra odiosa que los verdaderos amantes han borrado con sus locuras del santo diccionario de las pasiones...
Mercedes le miraba absorta con los ojos muy abiertos, atraída por ese abismo en cuyo fondo los gnomos de la tentación cantan con voces irresistibles de sirena. De pronto se rehizo.
—¡Nunca, eso... no sucederá jamás!... Todo me lo prohibe: mi deber, mi decoro, mi apellido... ¡ah, no puedo mancillar tan infamemente el apellido de mi padre!...
Roberto Alcalá repuso con su voz suave, aquella voz fascinadora que tan hábilmente sabía modular en los grandes momentos dramáticos.
—¿No es cierto que me quieres?...
—¡Sí; te quiero más que a nadie!...
—Ése es tu error... Te quieres a ti misma más que a mí, pues me sacrificas cruelmente a tu deseo y a tu deber... Dos conceptos que tiranizan tu espíritu, que son tus verdaderos amantes, los verdaderos señores de tu albedrío... Ellos gobiernan tu alma y tu cuerpo; a mí sólo me otorgas lo que ellos permiten que me des... Y es necesario que entre nosotros ocurra algo irremediable... que nos una para siempre a despecho de los hombres y de la ley.
—No quiero... no quiero oír... ¡Me vuelves loca!
Hablaron mucho, dirimiendo la eterna cuestión hacia donde convergen las ilusiones y los deseos de todos los amantes: Roberto razonaba pausadamente, luciendo la serena confianza de los fuertes; Mercedes respondía con monosílabos, pensando que su vencimiento era algo inevitable, que tarde o temprano había de llegar.
—¿Por qué los hombres—murmuró—sólo pueden querer así?...
—Porque el amor que no desea es pasión incompleta y deforme: es amistad, es simpatía... ¡todo!... menos verdadero amor. ¡Desconfía de los cariños que el crimen asusta!