De repente se levantó; en el reloj de la Universidad acababan de sonar las cinco y media.
—¡Qué horror!—exclamó—; me voy.
—No, no te vayas aún... espera...
—Imposible, necesito llegar a mi casa antes que mi madre.
El actor se había puesto en pie, abriendo los brazos, y la joven se precipitó en ellos.
—Adiós, Roberto, adiós... no me olvides...
Él la besaba enternecido; ella, vencida por su pasión y la triste solemnidad de aquella despedida, le besaba también.
—Adiós—dijo—, escríbeme, consuélame asegurándome que esta entrevista no será la última.
—¿Y te marchas así, sin prometerme lo que tanto deseo?...
Ella procuró desasirse; él la retenía por un brazo: así, forcejeando, llegaron a la puerta. Allí volvió a estrecharla contra su pecho apasionado, besándola en la nuca, detrás de las orejas, sobre los párpados... Mercedes desfallecía.
—¡Oh, déjame!
—¿Consientes?
—No puede ser.
—¿Nunca?...
—¡No!... ¡Jamás!...
—¿Por qué?...
—Porque... ¡Quién sabe! No hay ocasión.
Lo dijo irreflexivamente, por no disgustarle con una negativa rotunda.
—No importa—repuso el actor—; yo la buscaré. Ahora habla... Mercedes, ¿es cierto lo que dices?... ¿No me engañas?
Sus ojos relampagueaban de felicidad, y el deseo, ese deseo todopoderoso que amasó con carne humana las entrañas del globo, agitaba sus labios convulsivamente. La muy Deseada, temblando de miedo, huyó del salón, y Roberto, que la tenía sujeta por un brazo, la siguió casi a rastra. En la calle se despidieron.
—Vete tranquila—dijo Alcalá—; pronto nos veremos; yo inventaré un medio... no sé cuál... ¡uno!... Adiós.
—Adiós, sí... no me olvides.
Permanecieron algunos instantes perplejos, mirándose a los ojos, oprimiéndose mutuamente las manos, hasta lastimarse. Luego se separaron, de golpe, para abreviar la duración de aquel martirio.
—Acuérdate de mí, de lo que me has prometido...—murmuró Roberto.
—Sí, sí... adiós...
Y se fué satisfecha de dejarle contento, pero segura de que la terrible ocasión en que el actor pudiese reclamarla el cumplimiento de lo prometido, no llegaría nunca.
Poco después de volver Mercedes a su casa, llegó doña Balbina; parecía muy fatigada y muy triste, y aquella noche la joven oyó que su madre se levantaba varias veces, con propósitos, sin duda, de sorprenderla hablando con Roberto por la mirilla de la escalera. Era, pues, indudable que Balbina Nobos, a pesar del chasco sufrido en la iglesia de Antón Martín, continuaba creyendo en la verdad del anónimo.
Paulatinamente el recuerdo de aquel incidente fue borrándose; doña Balbina se convencía de que la autora de la terrible carta acusatoria se equivocó o mintió al escribirla, y la dulce tranquilidad de los caracteres pacíficos reapareció en sus ojos. Los días se deslizaban sin emociones: días monótonos, tediosos, desdibujados, que huían sin dejar recuerdos. Mercedes iba por las mañanas al Conservatorio, algunas tardes recibía la visita de Nicasia y de Carmen Vallejo, y las cartas que, por mediación de sus primas, la enviaba Roberto; y aunque su existencia no había variado, parecía más alegre que antes, más resignada con su suerte, cual si presintiese la curación inminente de todos sus pesares.
Roberto, entre tanto, la escribía asiduamente, procurando que en Mercedes la ausencia no resfriase el fuego del amor. Algunas de sus cartas eran muy concisas, como para obligarla a desear en aquel estudiado laconismo la llegada de otras mayores y más dulces; a veces pulsaba la cuerda apasionada de los juramentos, bordando un porvenir de placeres sin guarismo: él se retiraría del teatro para estar más libre y andarían siempre juntos viviendo, a despecho del matrimonio, la existencia incongruente y desigual de los amancebados; otras pulsaba el plectro voluptuoso de los recuerdos, hablándola de su pasado, de sus ya lejanas alegrías, de sus riñas olvidadas con besos, de sus paseos nocturnos a través de Madrid; el bullicioso Madrid de las siete de la tarde, con sus esquinas invadidas por obrerillas y estudiantes enamorados que se saludan... Y siempre concluía recomendando que no le olvidase y tuviera la seguridad de que habían de unirse muy pronto.
Una tarde llegó Carmen Vallejo a casa de Mercedes más temprano que de costumbre; llevaba el semblante risueño y en los ojos la expresión zaragatera y feliz de quien es portador de buenas noticias. Balbina Nobos salió a recibirla, y Carmen la saludó y besuqueó con inusitado apasionamiento.
—Doña Balbina—dijo la joven—, vengo en representación de mi madre y de Nicasia, a solicitar de usted un favor.
—¿De mí?—repuso la anciana; y su rostro revelaba la admiración del que jamás se creyó investido de potestad alguna.
—Sí, señora, de usted...
—Que deje usted ir a Mercedes al teatro mañana, domingo, por la tarde.
Doña Balbina palideció, luego sus mejillas se colorearon fuertemente, acusando esa terrible lucha interior que experimentan los débiles constreñidos a responder negativamente a lo que de ellos se solicita.
—Eso es imposible—repuso bajando los ojos—, usted lo sabe: ni Pedro ni yo queremos que Mercedes vaya sola a ninguna parte...
Carmen Vallejo la interrumpió:
—¡Pero si no saldría sola... vendría usted con ella!...
—¡Oh, eso ya es diferente!
—Vamos mi madre, Nicasia, usted, Mercedes y yo...
—Siendo así, no hay inconveniente... Mercedes decidirá.
La joven, que vislumbró en todo aquello la mano de Roberto, aceptó la idea con entusiasmo.
—¿A qué teatro iremos?—preguntó.
—A la Zarzuela. Representan Marina. Las entradas las ha regalada Mariano Cortés. ¿Le conoces?...
—Un muchacho periodista, amigo nuestro. Nos dió cinco billetes, sobraban dos y nos acordamos de ustedes...
Hablaba de prisa, con la volubilidad de quien se halla bajo el influjo de una gran emoción.
—¿No te sientas?—preguntó Mercedes.
—No, vuelvo a casa, tengo mucho que estudiar y que coser... ya ves lo que traigo; el vestidillo de todos los días... Vaya, abur.
Balbina Nobos, muy ufana del satisfactorio desenlace de aquel incidente, sonreía esforzándose en borrar el disgusto que su anterior negativa hubiese causado a la joven.
—Usted dispensará—decía—; pero como Pedro es así... tiene un carácter... Yo deploro...
—Calle usted, doña Balbina, lo que usted dice está muy en razón. Todas las madres, en el lugar de usted, harían otro tanto...
Mercedes y su madre acompañaron a Carmen hasta el recibimiento.
—La función—dijo la joven—empieza a las cuatro y media: nosotras vendremos por ustedes a las cuatro.
—¿Aquí?—preguntó Mercedes.
—Aquí o en otro sitio.
—Mi hija dice bien—repuso la anciana—; preferible sería que nos citásemos en la calle... Pedro, ¿comprende usted?... es así, tan caprichoso... Lo más insignificante le incomoda...
Y añadió:
—Si supiese que habíamos ido al teatro solas y a entrada general... ¡nos mataba!
—Entonces—dijo Carmen—nos reuniremos a las cuatro en punto, en el Pasaje del Comercio, que es lugar poco transitado.
—Bien.
—Y si algo imprevisto las impidiese a ustedes salir, tengan la precaución de avisarnos.
Ya de acuerdo, se separaron. Cuando Mercedes y su madre volvieron al gabinete, doña Balbina exclamó:
—Creo haber hecho bien admitiendo la invitación de Carmen; realmente, no había motivo para rechazarla... Sin embargo, temo decírselo a tu padre; como ha sucedido lo que ya sabemos... ¿qué opinas tú?
—Que no debe usted decirle nada—repuso Mercedes resueltamente—; papá es muy raro; según el estado de sus nervios, el proyecto puede gustarle o enfurecerle, y encuentro humillante y ridículo renunciar a una tarde agradable por obedecer un capricho estúpido. ¿Es censurable lo que vamos a hacer?... No: pues obremos con arreglo a lo que, según nuestro criterio, es legal y discreto.
—Bueno, bueno—contestó la anciana pensativa—, no diremos nada...
Sin embargo, su carácter refractario al disimulo, débil y acostumbrado a obedecer durante treinta años de matrimonio, no podía aceptar la responsabilidad de ninguna determinación: lo desconocido la infundía horror: temía que hubiese fuego en el teatro, o que un coche la atropellara al salir del espectáculo, o que ocurriese cualquier otro desdichado accidente por el cual don Pedro averiguase que ella se propasó a hacer algo sin pedirle antes opinión y consejo. Esto le parecía imperdonable y, conforme el tiempo pasaba, más crueles eran las mordeduras de su conciencia y más apremiante su necesidad de confesarle a Gómez-Urquijo cuanto tenía pensado y dispuesto. Durante la cena doña Balbina, aunque con gran trabajo pudo reprimirse: Mercedes la observaba con inquietud y ella evitaba sus miradas, comprendiendo que su delito era tanto mayor cuanto más tardase en descubrirlo. Después de comer, Mercedes se retiró a su habitación y Gómez-Urquijo y doña Balbina al despacho. Don Pedro leyó algunos periódicos y luego se puso a escribir; la anciana le atisbaba desde un rincón, no sabiendo cómo componérselas para echar fuera de una vez lo que tan indigestado traía. De pronto se atrevió:
—Tengo sueño—dijo—; voy a dormir... Hasta mañana...
—Adiós—repuso don Pedro sin levantar los ojos.
Al llegar a la puerta, Balbina Nobos se detuvo y volvió sobre sus pasos, exclamando con aire ingenuo:
—¡Ah, ya olvidaba lo que más presente tenía!... ¿Sabes, Pedro, que mañana por la tarde Merceditas y yo iremos a la Zarzuela?... Nos han invitado.
Gómez-Urquijo irguió su poderosa cabeza y miró a la anciana con ojos penetrantes. El recuerdo de Roberto Alcalá había pasado como un relámpago por su frente.
—¿Quién?—dijo.
Balbina Nobos comprendió que si no disfrazaba la verdad don Pedro no la concedería el permiso deseado, y replicó suavemente:
—Me ha invitado doña Inés, la madre de Carmen Vallejo. Hoy, cuando salí a comprar unas trencillas que necesitaba, la encontré. Estuvimos charlando tonterías, me dió muchos recuerdos para ti y me dijo que la habían regalado cinco billetes para la Zarzuela... que si quería ir. Creo que representan Marina. Su invitación fue tan espontánea que la acepté.
—¿Quiénes van?
—Ella y sus dos hijas, Mercedes y yo.
—No me gusta esa familia.
—A mí tampoco... Mas como sólo se trata de ir al teatro... ¿Qué te parece?...
—Bueno—repuso don Pedro—, que vayas...—Y siguió escribiendo, arrastrado por el vértigo de su concepción, facilitando con sus distracciones de artista los designios fatales del Destino.
Al día siguiente, domingo, a las cuatro de la tarde, Mercedes y su madre llegaron al Pasaje del Comercio casi al mismo tiempo que doña Inés y sus hijas.
—Por mi gusto—dijo Nicasia—ya estaríamos zancajeando por las calles desde hace una hora, pero, imposible... Mi madre, a pesar de sus años, tarda en emperejilarse más que una coqueta.
Doña Inés sonreía: era una mujer de mediana estatura, muy gruesa, con ojos azules que debieron de ser hermosos y que ogaño miraban trabajosamente bajo sus párpados caídos, y un semblante fofo, marchitado por el hastío. Después, las cinco mujeres echaron a andar, bajando la cuesta de la calle Montera: las dos ancianas iban detrás; delante caminaban las hermanas Vallejo, llevando en medio a Mercedes.
—¿Qué te parece esto?—preguntó Carmen en voz muy baja.
—Hasta ahora—repuso Mercedes—me parece bien, pero no lo comprendo.
—Más te gustará cuando lo entiendas.
—¿Y Roberto?
—Esperándonos.
—¿Dónde?
—En la Zarzuela. Él, que según la inventiva que va despuntando parece un escritor de novelones por entregas, es único autor de este enredijo, del cual Nicasia y yo somos simples ejecutoras...
Nicasia reía a carcajadas; su hermana la ordenó severamente que bajase la voz.
—No seas estúpida—dijo—, la menor indiscreción puede echar por tierra todas nuestras cábalas.
Y añadió dirigiéndose a Mercedes:
—Mi primo, que no ese Mariano Cortés de que antes hablé, es quien me ha dado los billetes para la función de esta tarde. De las cinco entradas, ¡fíjate bien!... tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea. No se lo he dicho a doña Balbina por no alarmarla... El plan de mi primo se reduce a que nuestras madres y una de nosotras ocupen los asientos de anfiteatro principal, y tú y yo, verbigracia, los de platea. De este modo, durante los entreactos, las cinco estaremos reunidas, pero en cuanto empiece la representación, como ellas no pueden vernos, yo me quedo en mi localidad y tú y Roberto os vais a charlar por donde bien os parezca; siempre que vuelvas a mi lado antes de que baje el telón, para que el enredo no se descubra...
Mercedes se había quedado un poco triste.
—Todo eso es muy bonito—dijo—, pero el desenlace no es seguro; porque si mi madre no quiere separarse de mí...
—Nada es inevitable, pero abrigo esperanzas muy verosímiles de no equivocarme. Tu madre y la mía se entienden perfectamente y charlan, sin aburrirse, de sus achaques y de «sus tiempos...» Además, yo demostraré deseos de estar contigo, si advierto en ella alguna repugnancia insistiré, suplicaré, y ya sabes que doña Balbina no sabe negar ningún favor. Tengo también la evidencia de que mi madre, inocentemente, nos ayudará; y, últimamente, si la tuya se obstina en perseguirte durante el primer acto, puede cambiar de opinión al segundo o al tercero... Cuatro mujeres pidiendo lo mismo, molestan mucho.
Cuando llegaron a la Zarzuela, ya las puertas del coliseo estaban abiertas y por ellas iba entrando ese público numeroso, abigarrado y vocinglero que acude a los teatros los domingos por la tarde. Las tres jóvenes se detuvieron esperando a que sus madres se acercasen.
—¿Quién tiene los billetes?—preguntó doña Inés.
—Yo—repuso Carmen—: síganme ustedes...
Entraron abriéndose paso a través de la multitud. Al llegar al vestíbulo, Carmen se detuvo.
—Advierto a ustedes—dijo—que nuestros asientos no están juntos: tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea.
Balbina Nobos no comprendía bien, presa del aturdimiento que acomete a los espíritus tímidos cuando penetran en un sitio público. Carmen tuvo que repetir el nombre y distribución de los asientos.
—¿Entonces, cómo vamos a repartirnos?—preguntó su madre.
—Muy fácilmente: usted, doña Balbina y Nicasia, por ejemplo, ocupan las localidades de principal, y Mercedes y yo las de platea...
El público que seguía entrando, las empujaba de un lado a otro, magullándolas, impidiéndolas hablar.
—¡Cuánto siento que estemos separadas!—dijo doña Balbina.
—Es cierto; pero en los entreactos nos reuniremos... Yo había advertido este inconveniente, pero como los billetes son de favor, no quise decirle nada al pobre muchacho que me los dió.
Y añadió, haciendo con la cabeza un ademán expresivo:
—Conque, ¿vamos?...
Todas la siguieron, sumergiéndose entre aquella multitud que subía por las escaleras, oscilando, retorciéndose sobre sí misma en los peldaños, como una enorme serpiente de carne humana, todos los espectadores avanzaban empujándose, agarrándose unos a otros, sosteniéndose mutuamente, hombro con hombro, pecho con espaldas, en virtud de un equilibrio inexplicable. Los peldaños retemblaban bajo el peso de tantos pies, el humo lanzado por los fumadores infestaba el ambiente, el calor asfixiaba, excitando, y los hombres aprovechaban aquellas apreturas para pellizcar a las mujeres: algunas se defendían gritando; otras se abandonaban, arqueando las caderas, ofreciéndose espontáneamente al voluptuoso martirio... Y era imponente el sentimiento magnético animador de tantos cuerpos que se buscaban sin conocerse, estrujándose, lastimándose, y que luego seguían direcciones diversas sin conservar de aquellas fugitivas uniones ningún recuerdo. Mercedes acercó sus labios al oído de Carmen Vallejo.
—¿Y Roberto?—preguntó.
—No sé, por ahí andará.
—Por más que miro, no le veo...
Cuando llegaron al anfiteatro principal, Carmen entregó a su madre los tres billetes de sus asientos.
—Ahora—dijo—, Mercedes y yo vamos a platea.
Doña Balbina quiso detenerlas.
—Esperen ustedes, aún es temprano.
—No lo crea usted, han tocado el primer aviso.
Habían entrado en el anfiteatro y la joven se acercó a la delantera.
—¿Ve usted?—añadió—, los músicos ya ocupan sus sitios; esto empezará en seguida. Ea, adiós...
Un acomodador se acercó exclamando:
—¡Tengan ustedes la bondad de dejar libre el paso!
Balbina Nobos comprendió que era preciso ceder: el director de orquesta acababa de sentarse en su silla.
—Bueno—repuso—, que vuelvan ustedes en seguida...
—Sí, sí... hasta luego.
—¡Cuidado con salir del teatro!...
—Quede usted tranquila...
Carmen echó a correr, arrastrando a Mercedes que no había osado desplegar los labios temiendo decir alguna candidez que descompusiese la maquiavélica urdimbre de todo aquel plan. Cuando las dos jóvenes llegaban al pasillo de butacas, encontraron a Roberto. Estaba muy pálido, con los ojos inquietos y azorados del luchador que va venciendo, pero que aun duda de la victoria.
—¡Todo ha salido a pedir de boca!—dijo Carmen; y agregó, señalando a Mercedes con un gesto—: ahí la tienes...
—Gracias—contestó Alcalá—, hasta después; volveremos a buscarte en seguida, antes de que caiga el telón.
Y salió precipitadamente, llevándose a Mercedes asida de un brazo, temeroso de volver a perderla. Atravesaron el vestíbulo y empezaron a subir las escaleras.
—¿Dónde vamos?—preguntó ella.
—Ahora lo verás.
Mercedes, instintivamente, sintió una violenta conmoción de terror. Llegaron al anfiteatro segundo.
—Al fin—murmuró el actor—, y por primera vez, vamos a estar solos, completamente solos tú y yo.
La arrastraba a lo largo de un pasillo obscuro, con un brazo vigoroso, amenazador, como el brazo irresistible de la fatalidad.
—¡Oh!... pero, ¿dónde me llevas?—exclamó Mercedes angustiada—; estoy ignorante de todo, Carmen nada me ha dicho.
—¡Naturalmente!... Porque Carmen no sabe que yo he comprado un palco para ti.
En el fondo del carrejo, un pasadizo sobre cuyo piso de tabla las pisadas retumbaban medrosamente, había un acomodador apoyado contra la pared, leyendo un periódico a la luz de una lamparilla eléctrica. Roberto Alcalá llegóse a él, presentando un billete.
—Palco proscenio, número...
—Sí, señor; éste es.
Y abrió una puertecilla, que los dos amantes franquearon sin detenerse y que luego el actor cerró por dentro. Mercedes de pronto, sin comprender apenas cómo pudo llegar allí, se encontró en un espacioso antepalco, especie de habitación rectangular, tapizada de rojo, e iluminada por un foco eléctrico. Al frente, separándoles del salón, había un pesado cortinaje de terciopelo, a través del cual penetraban el confuso murmullo de la muchedumbre que invadía el teatro y los acordes de la orquesta, que empezaba a ejecutar los primeros compases de la overtura; todo ello repercutía en los ángulos del antepalco revuelto, caótico, con un estruendo calenturiento. Pasada la primera impresión, Mercedes reparó algunos detalles: la alfombra era vieja, en la paredes había fechas y letreros obscenos que enrojecían las mejillas; a un lado aparecía un diván tentador, ancho y muelle. La joven tuvo la intuición neta de que allí estaba su perdición.
—Yo no puedo estar aquí, no debo estar aquí—murmuró dirigiéndose a la puerta—; vámonos.
—Roberto la contuvo suavemente.
—No temas—dijo—ninguna celada. He ideado este medio para que podamos charlar tranquilamente. Eso es todo.
Mercedes tiritaba de emoción y de frío.
—Pero pueden vernos... y venir.
—Aquí no puede venir nadie, y menos entrar sin permiso nuestro.
Después, como quien es muy dueño de sí mismo y no tiene prisa en extremar sus caricias, añadió:
—Desde el palco, que es muy hondo, veremos a tu madre y a mis primas, sin peligro de ser vistos. Acércate por aquí...
Y apartó el lado del cortinaje más inmediato a la pared. Mercedes obedeció.
—¿Ves?—dijo Roberto extendiendo el brazo—allí están.
—¿Dónde?...
—Allí, a la izquierda de la tercera columna, junto al pasillo...
Una multitud compacta invadía el salón: en los anfiteatros había centenares de cabezas que miraban fijamente al escenario. Los ojos de Mercedes iban de un punto a otro buscando vagamente el sitio indicado por el actor, mareados por aquella aglomeración de semblantes desconocidos. Luego ahogó un pequeño grito; acababa de ver...
—Sí, sí—murmuró—, tienes razón...
Allí, en efecto, estaban Balbina Nobos, doña Inés y su hija, embelesadas mirando el espectáculo; por sus labios vagaba una sonrisa de satisfacción y de júbilo, que demostraba cuan grandes eran su tranquilidad y su contento. Hacía calor: un vaho asfixiante formado por la unión de tantas personas respirando a la vez, ascendía del fondo de la sala como un eructo; en los palcos muchas mujeres se abanicaban balanceando suavemente sus abanicos de plumas; en los anfiteatros la muchedumbre ofrecía un aspecto barroco y chillón: sombreros, boinas, toquillas azules, capas con embozos amarillos, blancos y rojos, pañuelos multicolores... todo desordenado y en montón, como las prendas expuestas en el escaparate de un baratillo provinciano. En todas partes resonaban ruidos de pasos y murmullos de conversaciones sostenidas en voz baja, y que llenaban los ámbitos del salón con un amenazador zumbido de enjambre. Los violoncelos lanzaban al espacio sus notas melancólicas, largas y dolientes como gemidos. En el escenario Marina cantaba:
con su manto de bonanza
Dios sus olas ha pintado
del color de la esperanza...
—Ven—dijo Roberto empujando a Mercedes hacia el antepalco—; aprovechemos los instantes... ¡Te quiero mucho!...
De pie, junto al diván hondo y muelle como un lecho de recién casados, los dos amantes se abrazaron estrechamente, uniendo sus rodillas y sus labios.
—Roberto...
—¡Querida de mi alma!
El llanto anegaba los ojos de la joven; el actor, idiotizado repentinamente por la inesperada posesión de bien tan cumplido, no podía hablar y continuaba besándola los párpados, en la nuca, detrás de las orejas... hundiendo su rostro entre los cabellos enguedejados y aromosos de la muy Deseada.
Se habían sentado en el diván: ella pensativa, triste, la vista fija en el suelo y las manos cruzadas sobre la falda; él a su lado, muy cerca, rodeándola el talle con un brazo calenturiento que ardía.
—Tantas zozobras, tantas angustias—suspiró Mercedes—, y ¿para qué?... para separarnos dentro de un momento...
—¡Oh, de eso trataremos ahora—repuso el actor con arrebato—, de unir para siempre nuestros destinos!...
Empezó a hablar lentamente y con esa voz insinuante y queda que el espíritu de los artistas elige para sus grandes revelaciones, y alentando sobre el rostro de la Deseada como para aturdirla también con los viciosos cosquilleos de su aliento...
—Por fin estamos juntos y puedo decirte lo que tan guardado traigo en el pecho... lo que jamás hubieran podido decirte mis cartas...
Un dulce quebranto, una laxitud orientalesca iba apoderándose de Mercedes, relajando el vigor de sus músculos y emperezando sus facultades; veía los objetos rodeados de un nimbo neblinoso, los ruidos parecían llegar a su espíritu desde muy lejos, quebrando un ensueño. A su lado la voz de Roberto susurraba blandamente, como un aleteo de mariposa, destacándose del revuelto clamoreo de voces y de músicas que ascendían del escenario con ruidos ensordecedores de tempestad, y de aquel sempiterno murmujeo humano que llenaba la oquedad del teatro con un furioso zumbido de colmena.
Roberto hablaba recorriendo discretamente diversos momentos sentimentales, y lo hacía sin advertirlo, espontáneamente, impulsado por el arrebato de su pasión, que en tales momentos era grande y leal.
—¿Te acuerdas, vida mía, de nuestras primeras emociones?... ¡Ah!... ¿Por qué aquellos días venturosos no duraron siempre?... ¿Por qué no habíamos de vivir tú y yo, eternamentos juntos, según nuestros deseos?... Acércate, Mercedes; más, más... mucho más... que yo te sienta muy cerca de mí...
Ella desfallecía sofocada por el imán de la pasión, por aquel ambiente cálido saturado de perfumes y de olores acres, que atravesaba los cortinajes del antepalco, y por la extraña sensación de vértigo que en su ánimo causaba la lamparilla eléctrica derramando su luz lechosa sobre aquel siniestro rincón tapizado de rojo. De pronto sus nervios vibraron con sacudimiento histérico, recordando aquella alfombra raída, hollada por tantos pies, y aquel diván, innoble como un lecho de mancebía, sobre el cual, acaso, se habrían entregado muchas mujeres.
—¡Ah... me ahogo!—murmuró—¡déjame!...
Se puso de pie. Roberto Alcalá también se levantó.
—¿Cómo?... ¿Dejarte marchar cuando tantos trabajos me costó traerte hasta aquí?...
En su voz, insinuante y acariciadora, había un dejo colérico casi imperceptible, un leve acento duro, metálico, que inútilmente procuraba ocultar.
—Sí, déjame—repuso Mercedes—, tengo miedo de que mi madre nos sorprenda. Vámonos...
—Luego, cuando concluya el primer acto. Ahora no debemos temer ningún peligro, y para mayor seguridad tuya, asómate al palco y mira...
Mercedes entreabrió las cortinas, recibiendo en pleno semblante un bofetón de calor y de escándalo. Allá, muy lejos, entre un plantío de cabezas, vió a su madre, a doña Inés y a Nicasia, que miraban al escenario embobecidas. Después, como obedeciendo la orden de algún poderoso hechicero, hubo un momento de silencio, que precede a los interesantes momentos musicales, y en el espacio vibró la voz del tenor...
llanura del mar...
La voz animosa, vibrante, del desterrado que vuelve...
Mercedes dejó caer la cortina y se dirigió hacia Roberto, que la esperaba sentado en el diván. La joven, poseída súbitamente de inexplicable emoción, dejóse caer a su lado, sollozando.
—¡Oh, qué notas tan tristes!—dijo—; ¡cuánto daño me hace esa música!...
Aquella música, que recordaba haber oído cuando niña, despertó en su alma una turbulenta marejada de recuerdos: evocó sus primeras sensaciones, la casa donde nació, con sus habitaciones desamuebladas, tan tristes, tan pobres, y sus ventanas sin visillos, desde las cuales se oteaban vastos solares nevados, extendiéndose en suaves ondulaciones bajo un cielo de invierno; y vió a Mme. Relder, alta, engabanada, llegando siempre a la misma hora, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas... Y experimentó de nuevo les emociones musicales de aquel lejano entonces, los valses libertinos de Waldteufel que han rimado el loco regocijo de tantas bacanales carnavalescas; las melodías de Donizetti y de Verdi, los dos grandes hechiceros que aprisionaron en el pentagrama el espíritu doliente, supersticioso y quimérico del pueblo latino; y los nocturnos de Chopín, vagos, soñolientos, compendiando las armonías y los misterios del crepúsculo.
Roberto peroraba enardecido, soliviantando los nervios de la muy Deseada.
—Te necesito—murmuraba—, necesito de tu cuerpo para seguir viviendo... Calma, vida mía, con tus caricias, el incendio que tu belleza puso en mi sangre; dulcifica, con la miel de tus labios, el mortal amargor de los míos... Ven; no te defiendas, ven... ¡que te deseo!... Ven, ¡tengo sed de ti!...
Pero ella no le oía; soñaba... Aquello era la repetición exacta de lo que los libros de su padre la enseñaron; Roberto era el hombre, el amor mismo, que pide y suplica y se arrastra, ofreciendo cuanto tiene por alcanzar de la mujer amada el supremo bien; Roberto no mentía; su pasión relampagueaba en sus ojos, se estremecía febril en sus manos, tremolaba en su voz; Roberto era el bien amado por quien ella suspiró tanto tiempo, el hombre desdibujado y anodino con quien bailaba inconscientemente cuando niña escuchando los valses de Waldteufel, el galán que suspiraba con Donizetti y con Verdi, el amador misterioso entre cuyos brazos se adormecía escuchando los voluptuosos nocturnos de Chopín, cargados de sombras crepusculares... Y era también el actor que vió en el teatro rindiendo la virtuosa altivez de tantas mujeres, y que en aquel supremo instante representaba en honor suyo cuanto ella había leído y deseado; el amante irresistible que arrastró a Eva y a Matilde por la pendiente de la tentación, y que Gómez-Urquijo, el prodigioso novelador de los amores sensuales, la enseñó a querer...
Roberto Alcalá continuaba hablando con creciente arrebato.
—Los años pasan, Mercedes de mi alma, la juventud no vuelve... No consientas que tu pasión exclame: «Basta»... cuando la mía repite «¡Siempre, siempre!»... Yo quiero ser feliz... ¡Ayúdame tú!...
¡Quiero ser feliz!... Aquel grito, aquel amor a la vida sugerido por el horror que inspira la muerte, es el grito eterno de la humanidad renegando de la fatídica maldición que la condena a encanecer y sucumbir, el mismo sentimiento que Mercedes había invocado algunos meses antes, discutiendo con su padre, cuando éste quería negarle su derecho a ser dichosa.
—Yo también quiero ser feliz—exclamó la joven—, vivir consagrada a ti, morir amándote... es la pesadilla ineluctable de todas mis horas...
—Cede, pues... ven...
—No... nunca.
—Me lo prometiste.
—Lo sé, pero... estaba loca... ignoro lo que dije... ¡Déjame!...
—Luego—repuso el actor con voz agonizante—; espera aún...
Y otra vez reanudó su discurso, esa peroración tierna, ardiente, argumento único de eterno poema de todos los amores. De nuevo sintió Mercedes que las fuerzas la abandonaban: Roberto era el galán invencible de todos los dramas, el seductor irresistible de todas las novelas; el iniciador...
—Yo pagaré con pródiga largueza tus favores—murmuró el actor—enloqueciéndote sobre mi pecho al revelarte el hito de las voluptuosidades supremas... Ven... ¿Para qué resistes si al fin has de pertenecerme?...
Una voz varonil cantaba desde el escenario:
tú serás mi eterno amor...
Aquello era una conflagración irresistible de tentaciones; la virtud de Mercedes agonizaba; Roberto seguía hablando, acariciándola, besándola los párpados, la nuca... El ambiente del antepalco llegó a ser sofocante, la joven se ahogaba... El actor la cogió por las muñecas...
En aquel momento resonó en el salón una tempestad atronadora de aplausos, y por los pasillos del teatro voces y pasos de gentes que salían en tropel. Había terminado el primer acto. Mercedes, vuelta a la realidad bruscamente, se levantó.
—Vámonos—dijo—, vámonos en seguida, corre... mi madre está esperándome.
—No... ¡imposible!... ¡Tú quieres perderme!...
Corrió hacia la puerta, pero el actor, viendo el inminente fracaso de sus planes, la cerró el paso.
—No te dejo salir—dijo—, porque si tú sales... no vuelves.
—Sí, vuelvo... te lo prometo, te lo juro.
—No, no vuelves... y entonces te he perdido para siempre.
Mercedes rompió a llorar, desesperada de ser tan débil. Luego dirigióse hacia la parte anterior del palco, levantó los cortinajes y miró: gran parte del público había salido dejando grandes hileras de asientos vacíos; doña Balbina no estaba... La joven se volvió hacia Roberto mirándole con ojos que lucían con el siniestro fulgor de las desesperaciones infinitas.
—Se ha marchado—dijo.
—¿Qué te importa nadie?—repuso Alcalá—; piensa en mí, en mí solo; yo debo ser tu amor y tu rey...
Ella avanzó hacia la puerta, él la sujetó por los brazos y empezaron a forcejear.
—Cobarde, cobarde—repetía la Deseada—, abusas de mí...
Luchando, cayeron sentados sobre el diván, y Roberto, que no había perdido ni un momento su sangre fría, empezó otra vez a hablar con nuevo ardimiento y ternura. Ella le escuchaba jadeando, casi vencida, pensando en que las heroínas novelescas no suelen resistirse tanto... Paulatinamente, aquel ruido de pasos que iban y venían por los pasillos del teatro fue disminuyendo, conforme aumentaba en el salón la bullente batahola de conversaciones y de gritos; las puertecillas de algunos palcos fueron cerradas violentamente; los espectadores se apresuraban a recobrar sus localidades: el segundo acto iba a empezar.
—El daño ya está hecho y es irreparable—decía Roberto—: hazte cuenta de que rompiste para siempre con el mundo y que me perteneces.
—¡Oh, esto es horrible!...
—No tanto como supones.
—¡Sí, es espantoso!... Pobre madre; ahora, creyéndome perdida, estará llorando por mí... ¡Madre mía, madre mía!...
—¡Ah!... Compadeces sin razón a tu madre y no te apiadas de mí, que sufro tanto.
—Ella es vieja... una pobre vieja que todo lo esperaba de mí...
—Y tú una ilusa, que sacrificas al yerto pasado de tu madre el brillante porvenir de tu juventud...
El teatro, de repente, había quedado silencioso: la representación continuaba. Roberto siguió hablando, ora ponderando briosamente sus anhelos de ser dichoso, ora discurriendo melancólicamente acerca de lo irremediable, de lo que no vuelve...
—Quiéreme, Mercedes—repetía—, quiéreme que la vida es corta...
—¿Y después?
—¿Después?... ¡Siempre igual!... Los dos unidos... tú, viviendo para mí... yo, para ti... en un abrazo eterno.
Ella había reclinado su cabeza en el hombro de Alcalá, recibiendo sobre sus rojos labios entreabiertos los besos del actor...
—Quiéreme, amada mía, ya que atravesamos la edad de los ensueños y del amor, de todo eso tan exquisito y que huyo tan prestamente...
Hasta ellos llegaba la voz clara, fresca, vibrante, magnética, del tenor, que cantaba:
¡Adonde váis huyendo
las ilusiones!...
Roberto y Mercedes se miraron con ansia infinita, comprendiéndose, sintiendo que sus almas acababan de besarse enajenadas por el mismo encanto musical. Aquél era el grito eterno, desgarrador, de la juventud que se despide. La muy Deseada entornó sus párpados... El tenor cantaba con voz doliente como un sollozo:
A beber, a beber, a hogar
el grito del dolor...
Y el coro respondía briosamente:
A beber, a beber, a apurar
la copa del licor...
En todo aquello había amores, celos, esperanzas marchitas, despecho, lágrimas, algo eléctrico que flagelaba la espalda, produciendo una sensación de frío en la raíz de los cabellos...
—Ven, ven—murmuraba Roberto—, soy yo quien te llama...
Mercedes languidecía abandonándose entre los brazos del actor, todo se confabulaba en contra suya: la música, la atmósfera asfixiante del antepalco, el papel rojo que cubría las paredes, la blandura de aquel diván provocador de tantos obscuros vencimientos... La joven no hallaba ninguna razón firme a que asirse; los libros la enseñaron a ser frágil; Roberto consumaba el incesto monstruoso que comenzó Gómez-Urquijo...
—¡No puedo más!—murmuró—. ¡No puedo más!...
El público palmoteaba electrizado, pidiendo la repetición de la última escena.
—Ven, ven...—repitió Roberto.
En la oquedad del salón silencioso volvió a resonar la voz del tenor, lanzando aquel grito enervante, desgarrador, de la juventud que se despide:
¡Adónde váis huyendo
las ilusiones...!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y fué...
V
Aquella noche Mercedes la pasó delirando: su frente y sus manos ardían, tenía los labios secos y los ojos abrillantados por la fiebre; poseída de una terrible exaltación nerviosa, se revolcaba sobre el lecho destapándose, buscando la frescura de las sábanas, barbotando un monólogo disparatado que revelaba el incoherente trajín de su cerebro.
—Palco... esa puerta... déjame... ¡Oh, qué ruído, qué calor, cuánta gente!... ¡Me ahogo, me ahogo... abrir la puerta!...
Doña Balbina, sentada en un sillón, junto al lecho, la escuchaba sin responder, para no aumentar su exitación, según Gómez-Urquijo la había aconsejado. Luego, merced a unos pediluvios de agua hirviendo, la enferma se recobró mucho, dejó de hablar, y momentos después dormía tranquilamente. A la mañana siguiente despertó bien, extrañando que la hubiesen oído soñar en voz alta.
Los días desfilaban uniformes, tediosos, borrando los unos el desabrido recuerdo que dejaron los otros, trayendo idénticas desdibujadas emociones; largos, soporíferos, como modulaciones de un mismo bostezo... Balbina Nobos nada llegó a saber de lo ocurrido en la Zarzuela, el delirio de Mercedes lo achacó el médico a un enfriamiento, y aquel incidente, como tantos otros, fué olvidándose. Todas las mañanas Mercedes iba con su madre al Conservatorio y por las tardes recibía a Carmen Vallejo, quien siempre era portadora de una carta de Roberto; cartas apasionadísimas, desesperadas, terribles, que quemaban los dedos.
Pasaron quince días.
La tarde de un sábado, víspera de Carnaval, doña Balbina se hallaba en el comedor, cosiendo junto a la ventana, aprovechando las postreras claridades del crepúsculo; Mercedes estaba en el despacho copiando una lección de música; Gómez-Urquijo y Felipa habían salido; un reposo triste pesaba sobre las habitaciones silenciosas, con sus muebles obscuros y sus puertas cubiertas por cortinajes inmóviles; la lluvia porraceaba sobre los cristales, y en el cañón de las chimeneas el viento gemía con estentóreos lamentos y agudos ronquidos de gigante moribundo. De pronto la casa retembló sacudida por un violento portazo. Balbina Nobos levantó la cabeza y escuchó... La lluvia, impulsada por el viento, repiqueteaba furiosa sobre los cristales; el reloj del comedor proseguía impasible, tic-tac, tic-tac...
—No será aquí—pensó; y siguió cosiendo.
Luego, por efecto de una misteriosa concatenación de ideas, recordó los amores de Mercedes, sus tristezas, el anónimo que una mano desconocida escribió prometiendo revelarla secretos gravísimos... y de nuevo volvió a preocuparla aquel portazo que continuaba resonando dentro de su cráneo. Alarmada repentinamente, se levantó y fue al despacho: Mercedes no estaba allí: sobre la mesa y por el suelo, como arrojados en un acceso de coraje, yacían varios papeles de música; la anciana inspeccionó el dormitorio de la joven y recorrió todas las habitaciones repitiendo angustiada: «¡Niña, niña!»... Y volvió a encontrarse en el recibimiento, delante de aquella puerta que tan violentamente habían cerrado momentos antes.
—No está...—murmuró Balbina.
Su tímido corazón se resistía a admitir la posibilidad de una gran desgracia: su hija volvería...
—Habrá ido a casa de Carmen...
Aquello fué para ella un rayo confortable de esperanza, y admitió complacida lo mismo que en otra ocasión la hubiese disgustado.
—Pero, ¿cómo no me lo habrá dicho?...—agregó.
Permanecía inmóvil en medio del recibimiento, temblando ante el pavoroso misterio de aquella puerta cerrada. Era inconcebible que Mercedes hubiera salido exponiéndose a que Gómez-Urquijo la sorprendiera; por la memoria de Balbina Nobos pasaron revueltos nombres de personas y recuerdos de episodios ya olvidados: Roberto Alcalá, la representación de Marina y las palabras incoherentes que Mercedes pronunció durante su delirio... «Palco, déjame, esa puerta...»
De repente la anciana sintió frío, frío de cuartana y miedo de hallarse sola en aquella casa, con sus muebles obscuros y sus puertas adornadas por severos cortinajes inmóviles; miedo de la lluvia que repiqueteaba en los cristales y de aquel viento gemebundo que aullaba en las chimeneas con estertores agónicos, y de aquel viejo reloj que marcó la hora de su casamiento treinta y dos años antes y que había devorado su vida...
Balbina Nobos volvió al comedor, sentóse junto a la ventana y esperó. La noche había cerrado completamente; en el hogar de la cocina el carbón crujía lanzando chispas que derramaban sobre las bruñidas cacerolas fugaces reflejos sangrientos...
Pasó más de una hora. Felipa no venía, Mercedes tampoco. ¿Qué significaba aquello?...
De repente, el timbre de la puerta vibró.
—¡Ahí está!...—exclamó Balbina Nobos, pensando en su hija y corriendo hacía el recibimiento—: ¡Ahí está; es ella!...
Abrió. Era Gómez-Urquijo.
—¿Vienes solo?...—dijo.
Había tantas lágrimas en sus ojos y tanta emoción en su voz, que don Pedro experimentó el vago presentimiento de algo terrible.
—Sí, solo...—repuso—: pues, ¿a quién esperas? ¿Y Mercedes?
—No está—murmuró la anciana desfalleciendo.
—¡No está!...—repitió don Pedro, pálido.
—No; ha salido.
—¡Ha salido!...
—Sí...
—¿Dónde?
—No sé.
—¡Es raro!...
—Sí... sí... en efecto...
Y agregó, temiendo que el anciano se enfureciese:
—Pero... volverá pronto... habrá ido a casa de Carmen...
Callaron, temblando bajo la repentina intuición de una desgracia.
—¡¡Mentira!!—gritó de pronto don Pedro—: tú nada sabes... ella nada te ha dicho, ¡no mientas!...
La había cogido por las muñecas arrastrándola hacia el salón.
—¿Dónde estabas tú?—repetía—: ¿cómo ha salido Mercedes de aquí?... ¡Habla! ¡Imbécil, imbécil!...
Tenía la convicción inquebrantable de que Mercedes se había fugado, y ante aquel mazazo brutal que sobre su vejez descargaba la fatalidad, su rostro adquirió la expresión angustiosa, horrible de esos colosos de piedra condenados, por caprichos del arquitecto, a soportar sobre sus frentes un peso enorme.
Balbina Nobos lo refirió todo: ella estaba en el comedor, cosiendo; de pronto oyó un portazo que parecía haber resonado en el piso inferior; luego se levantó y registró la casa sin hallar a Mercedes. No sabía más...
—Pero... ¿a qué viene eso?...—exclamó—, crees que nuestra hija...
—¡Sí, sí... lo creo... lo creo!...
—¡¡Pedro!!
—Creo que nuestra hija se ha ido... ¡para siempre!...
Gómez-Urquijo corrió hacia el recibimiento, enloquecido, queriendo salir a la calle para pedir socorro... Pero se detuvo.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?—preguntó.
—¡Oh, bastante... más de una hora!...
—¡Una hora!...
Volvió a la sala retorciéndose los brazos, mesándose el cabello, maldiciendo de sí mismo. Después avanzó sobre su mujer con el puño levantado, poseído de salvaje frenesí, abofeteándola con aquella misma mano que trabajó para alimentarla y vestirla durante tantos años.
—¡Imbécil, imbécil!—repetía.
Luego, anonadado por la catástrofe que destruía de golpe la mejor ilusión de su vida, sintió que aquel bárbaro coraje se revolvía contra sí mismo.
—¡Oh ambición... quimera torturadora de mi alma!... ¡Gloria maldita que convertiste mi existencia en delirio inacabable de triunfos efímeros y de pesadumbres sin cuento!... Tú me arrebataste todo: juventud, descanso, porvenir, familia... ¡Todo lo di por ti, que eres humo; todo por nada!...
Balbina Nobos le oía, llorando hilo a hilo: las lágrimas son el lenguaje favorito de las mujeres sencillas que no saben hablar y sienten mucho. Gómez-Urquijo siguió perorando: el desdichado se reconocía autor principal de aquella gran tragedia; él había corrompido, a su hija, él poseyó su alma, y aquel incesto abominable lo continuaba otro hombre...
—¡Yo fuí, yo fuí!—repetía.
Inconscientemente los dos ancianos, movidos por el deseo de ver el último sitio donde Mercedes estuvo, penetraron en el despacho. Buscaban un rayo de luz que los orientase; acaso un consuelo... Sobre la mesa, y como fruto nefando de todo cuanto en ella se escribió, había una carta. Doña Balbina lanzó un grito. Gómez-Urquijo rasgó el sobre y acercándose a la ventana vió unos renglones horribles que compendiaban toda la filosofía de sus libros.
«Querido padre...»
Hubo una pausa. La carta iba dirigida a su verdadero autor.
—Yo no puedo leer—murmuró el anciano cuyos cabellos parecían más blancos—: me ahogo; lee tú...
Y doña Balbina, más curiosa, leyó:
«Querido padre: Causas de las cuales no es usted responsable, me obligan a separarme de su lado. Perdone usted el daño que le causo y procure olvidarme. Yo le dejo a usted como usted abandonó a mis abuelos; es una ley cruel contra la que es inútil rebelarse. La vida, usted lo ha dicho, es una novela que se escribe; permítame usted, por tanto, redactar la mía. Quiero aprovechar las ilusiones, la juventud, todo eso tan hermoso que no vuelve; ¡quiero ser feliz, padre mío...! Dele usted un beso a mi madre. Adiós...»
Barcelona.—Abril, 1900.