XXI
Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de la carta, que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.
Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera sido grande, pero menor su estimación del valor de Juanita que el que era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que Juanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver que ella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no le amaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Paco estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se oponían a la boda y que la hacían aparecer a toda juiciosa previsión como fuente de disgustos y de males.
De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de mortificación de amor propio por el desamor de Juanita; de admiración y aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño hacia ella, así por la noble franqueza con que exponía las causas que justificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con que procuraba suavizarlo.
Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y la subsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor para rasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardó ambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.
Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a Juanita, o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta tibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas, ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.
Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o entibiar su fervorosa pasión, resolvió no volver a poner los pies en casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en la plaza.
Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho de la conversación de don Paco, se afligía del aislamiento y deploraba el sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma, cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo y la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía repetidas veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en el siguiente soliloquio:
«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy a tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor que me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de tonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar, siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición, aspirando a ocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón. Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate el querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar la envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía mi súbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarme antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña Inés López de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo. Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yo en casarme con él, y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía, otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué fin recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces en compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nos daba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de los pobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sin hallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos. Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocente que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese y hasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosa de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella, sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de mamá, y después, que yo me había apoderado de los dos, de uno para el gusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las mil chucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin par chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doña Inés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarse conmigo, porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos los ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importa que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo me sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no le daría hijos, porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y de Sara no se repite.»
Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos, discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba:
«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razón y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Y ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma, no está bien que me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oído decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre también de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada de volver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales; y nada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no gane posición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, para tamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio: salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito de percal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia o inocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputación de santa.»
Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada que estaba, y luego proseguía:
«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que me complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!, ¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizá sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no escandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior he de parecer como una beata pobre; mas ¿por qué he de privarme del placer de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de lavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielos santos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oí contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces, la indignación que le causó, cuando servía en Córdoba a una marquesa, el averiguar, estando él en la cocina, que llevaban a dicha señora un enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué harías tú—le preguntó una chica—si tu mujer emplease también un lebrillo por el estilo?" "Pues yo—contestó él—agarraría una vara y la pondría negra a varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga un misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y la mayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he de dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello con el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta, que, escondida entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocer que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado olor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recita don Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba una esclavina
debajo llevaba otra
que valía una ciudade.»
Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus melancolías y soltaba una carcajada.
—¿De qué te ríes, niña?—le dijo una vez su madre—. Pues no es cosa de risa lo que nos está sucediendo.
—Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.
Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho, sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.
Pasaron muchos meses.
El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí mismo, sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la más repentina y milagrosa conversión, deteniendo a aquella joven y simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.
XXII
Su rehabilitación costó a Juanita largo tiempo, y además no pocos sacrificios, trabajos y esfuerzos de voluntad.
Fue lo más duro para ella el tener que vivir, sobre todo al principio, en soledad completa.
Se aburría, y a menudo recelaba que iba a enfermar de ictericia. No podía ni quería retroceder y charlar de nuevo y reanudar amistades con las mozuelas que antes había tratado, las cuales, ofendidas ya, le darían acaso mil sofiones; ni menos podía intimar, aunque lo desease, con las hidalgas y con las hijas de los labradores ricos, que se preciaban de señoritas y que huirían de ella, así por la humilde posición de su madre como por su ilegítimo nacimiento y por la mala fama que le habían dado en el lugar, y que entre todos sus habitantes cundía.
Juanita tuvo que perder hasta la amistad y el trato de Antoñuelo. Y esto no sólo para no seguir dando pábulo a la maledicencia, sino también porque Antoñuelo estuvo muy tonto y ella se vio en la precisión de despedirle con cajas destempladas y para siempre.
Dos días después de haber predicado el padre Anselmo su famoso sermón, Antoñuelo volvió de sus correrías. Entonces no se hablaba en el lugar sino del escándalo que Juanita había dado y de la severa y merecida lección que del padre Anselmo había recibido.
Ya en la plaza, ya a la sombra de algunos álamos que están en el altozano, cerca de la iglesia, y donde se reúne y platica la gente moza, varios amigos y conocidos embromaron pesadamente a Antoñuelo por el papel desairado y ridículo que suponían que había hecho reverenciando, sirviendo y adorando casi como una deidad a una mozuela que le desdeñaba y que aceptaba, quién sabe hasta qué punto, los regalos y el amor de un rival dichoso.
Las relaciones entre Juanita y Antoñuelo tal vez parecerán inverosímiles a quien piense someramente en ello; pero yo creo que son más naturales y frecuentes de lo que se imagina.
Desde la infancia habían vivido en la mayor intimidad Antoñuelo y Juanita.
Con cortísima diferencia, tenían la misma edad, y podía asegurarse que se habían criado juntos. El era zafio, mal educado, travieso y atrevido; tenía pocos alcances y una voluntad tan realenga, que ni a su padre se sometía; peto en estos mismos defectos se fundaba la amistad de Juanita hacia él. Juanita había adquirido y conservaba tai imperio sobre aquel muchacho, que lograba que la respetase, temiese y obedeciese como un perro a su amo.
A ella no se le pasó jamás por la imaginación el querer a Antoñuelo como una mujer quiere a un hombre. Y él, como por una parte la tenía por un ser superior y por otra parte sus instintos amorosos eran vulgarísimos, procuraba emplearlos y satisfacerlos en más fáciles objetos, y sin darse cuenta de ello, e ignorando su esencia y su nombre, consagraba a Juanita un afecto puro, ideal y platónico. Sentimientos tales, si bien se recapacita, no son extraños al alma de los más vulgares sujetos. Todos o casi todos los hombres tienen sed, tienen necesidad de venerar y de adorar algo. El espiritual, el sabio, el discreto, comprende con facilidad y adora a una entidad metafísica; a Dios, a la virtud o a la ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino confusamente lo que es ciencia, lo que es virtud y lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese afecto, en él casi instintivo, a un ídolo visible, corpóreo, de bulto.
Juanita era este ídolo para Antoñuelo. Juanita era también su oráculo. El oía con religioso respeto sus advertencias y amonestaciones, y de buena fe se prometía y prometía al pronto tomarlas para pauta de su conducta. Siempre que Antoñuelo se hallaba en la presencia de Juanita, se sentía avasallado por su influjo, deslumbrado por su superior inteligencia y ligado a la voluntad de ella. Por desgracia, no bien Antoñuelo se hallaba ausente de Juanita, el influjo bienhechor desaparecía, y los instintos brutales y las malas pasiones acudían en tropel y desataban o rompían las ligaduras y arrojaban al olvido los buenos consejos y preceptos que Juanita le había dado. Antoñuelo, lejos de la fascinación y del encanto que casi milagrosamente le habían conservado como ser racional, se convertía en un estúpido y en un perdido.
A pesar de la ineficacia, por falta de duración, de su poder purificante sobre el alma de Antoñuelo, Juanita le quería, se interesaba por él y sentía halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera momentáneamente.
Para dar una idea exacta de la inclinación de Juanita hacia aquel mozo, diré que se parecía a la que yo he visto que tienen ciertas grandes señoras ya por un alano, ya por un mastín corpulento y poderoso que hay en casa de ellas, que inspira terror a las visitas, que parece capaz de derribar a un hombre de un manotazo y de destrozarle de un mordisco, y que, sin embargo, se echa con la mayor humildad a las plantas de su ama y siente inexplicable placer si ella con su blanca mano le toca la cabeza o con el pie le sacude o le pisa.
En la ocasión de que vamos hablando, las feroces burlas de sus camaradas habían transformado a Antoñuelo; su domesticidad y mansedumbre habían desaparecido: ya no era perro, sino lobo.
Traía muy estudiado el discurso, si puede llamarse discurso lo que iba a decir; y a fin de que no se le borrara de la memoria o se le enmarañara en el caletre, deseaba descargarse de él como quien suelta un peso y decirlo sin preámbulos. La ocasión se presentó propicia a su deseo.
Juana estaba en la cocina, y Antoñuelo halló sola a Juanita cosiendo en la sala. Venía él con el entrecejo fruncido y con marcadas señales en toda la cara de muy terrible enojo. Apenas se saludaron él y ella, Antoñuelo dijo:
—Vengo a quejarme de ti, a decirte que me has engañado. Por culpa tuya he estado haciendo el tonto, y no quiero hacerlo más.
—Pues, hijo mío—dijo ella riendo—, yo no sé cómo te las compondrás para no seguir haciendo el tonto. Lo que yo sé es que no tengo la culpa de que lo hayas sido hasta ahora, y menos sé aún en qué y cuándo te he engañado.
—Me has engañado fingiéndote santa, para que yo, embaucado, te adorase, cuando no eres santa, sino una mala mujer. Por todo el lugar no se habla de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y de que te mantiene y te viste.
—¿Y has creído tú esas calumnias? ¿Y en vez de defenderme y de enfurecerte contra los calumniadores te enfureces contra mí? Juanita dejó escapar irreflexiblemente estas últimas frases. Luego se reprimió y procuró enmendarlas. Creía bruto a Antoñuelo, pero no lo creía cobarde.
Si dejó de defenderla fue, no por cobardía, sino por maliciosa necesidad que acepta lo malo como cierto. De todos modos, más valía así. Mucho hubiera contrariado a Juanita que por sacar la cara por ella hubiera reñido Antoñuelo, resultando tal vez de la riña heridas o mayores desgracias, que hubieran empeorado la situación.
Juanita añadió entonces:
—Bien pensado, hiciste bien en no defenderme. He sido imprudentísima. Los que no me conocen tienen algún fundamento para acusarme. Las apariencias me condenan. Yo me resigno y perdono a los que me acusan. Perdónalos tú también, pero no los creas. Tú, que me conoces de toda la vida; tú, que sabes con qué pureza de afecto, con qué ternura de hermana te he querido y te quiero aún, no debes, no puedes creer esas infamias; pues qué, ¿no comprendes que yo soy capaz de querer a don Paco por el mismo estilo que a ti te quiero?
—Esa es grilla, esa es grilla—replicó Antoñuelo—. Tú, con tus sutilezas y mentiras, quieres volverme tarumba; pero no lo conseguirás. Te burlas de mí porque me crees bobo. No quiero callar. Aunque me pongas el dedo en la boca, te morderé y no callaré. En adelante no quiero ser tu juguete. Quien te conozca, que te compre. Me han abierto los ojos. Ya te conozco. Eres una tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor que tú.
La última frase la decía Antoñuelo para desafiar también la cólera de Juana, que entraba en la sala de vuelta de la cocina.
—¡Ay niña, niña!—dijo Juana—. ¡Qué paciencia la tuya! ¿Por qué aguantas los insultos de este animal de bellota, las coces de este mulo resabiado?
—Señora—replicó Antoñuelo—, mire usted lo que dice y no se desvergüence conmigo, si no quiere que me olvide yo de que es mujer y le ponga las peras a cuarto o la emplume, como merece.
Al oír esto Juana ya no contestó palabra, pero se precipitó sobre el que tan atrozmente la ofendía Juanita se interpuso entre su madre y el mozo, a fin de evitar la lucha.
—Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas más en tu vida. Para mí has muerto. Quiero olvidar hasta el santo de tu nombre. No tengo que darte cuenta de mi conducta. Nada me importa ni me aflige el ruin concepto que formes de mí. Vete.
Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre su madre y el mozo, recelosa de que se empeñasen en un combate tragicómico, fue empujando con suavidad a Antoñuelo hasta la puerta de la calle. Ella misma levantó el picaporte, abrió la puerta y echó de su casa al amigo de toda la vida. Al hacer esto, en el rostro de Juanita se mostraba más bien la tristeza que la cólera; Antoñuelo, al mirarla tan digna, amainó en su furor, no persistió en sus improperios, y se fue cabizbajo y silencioso.
XXIII
Al disgusto de vivir aisladas ambas Juanas se añadía otro no menor y más positivo.
Al principio se difundió tanto la idea de que Juana había llevado su complacencia inmoral hasta ser tercera de su hija, que la llamaban menos para trabajar en las casas principales por el temor de que fuese ella la propia Celestina resucitada y tratara de pervertir a las Melibeas de dichas casas. No obstante, y como ya he dicho, aquella malísima situación se fue poco a poco suavizando. Además, eran tan notorios y tan irreemplazables el arte y la inspiración de Juana para dirigir una matanza, para hacer arrope, piñonate, empanadas y tortas, y para preparar festines, que las personas de gusto y de medios desecharon los recelosos escrúpulos, y, poniéndoles el correctivo de estar a la mira y ojo avizor para que Juana no ejerciese sus presuntas artes proxenéticas, siguieron llamándola a trabajar a sus casas; y los ingresos y rentas de Juana, que habían disminuido, volvieron a su estado normal, aunque no se aumentaron.
El recogimiento y la austeridad de Juanita al fin surtieron efecto. La idea que el padre Anselmo concibió de que había logrado convertir a aquella pecadora incipiente y de atraer al aprisco a la ovejita descarriada antes que cayese entre las uñas y la boca del lobo, fue adquiriendo resonancia y eco entre el vulgo. Juanita fue, pues, mirada, si no como paloma sin mancilla, como Magdalena arrepentida y penitente, no de la culpa, sino del conato.
Transcurrió más de un año antes que Juanita, a fuerza de ingenio y de fatigas, lograse resultado tan brillante.
La rígida doña Inés era la más difícil de ablandar. No quería creer en la virtud de la muchacha, y sospechaba que era todo hipocresía.
Cuando llegaban a oídos de Juanita noticias de la terca incredulidad de doña Inés y de que la sospechaba de hipócrita, Juanita decía para sí: «No es mal sastre el que conoce el paño»; y sin arredrarse seguía por el camino que se había trazado.
Llegó en esto el invierno, y doña Inés quiso vestir a todos sus niños con buena ropa de abrigo; Juanita alcanzaba ya alta reputación de costurera. Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del lugar era una chapucería cursi si se comparaba con las confecciones de nuestra heroína, que estaba al corriente de las últimas modas de París, que recibía los figurines y que, ajustándose a ellos, sin encadenar servilmente su fantasía a una imitación minuciosa, ideaba, trazaba, cortaba y hacía trajes para las mujeres, dignos de figurar en los salones de la corte y de ser descritos por Montecristo o por Asmodeo, y para los niños y niñas no inferiores por su gracia y por su chic a aquellos con que la prole de un milord opulento o de un banquero inglés se engalana.
Ruego al lector que me dé entero crédito y que no imagine que son ponderaciones andaluzas, o que mis simpatías hacia Juanita me ciegan. Lo que digo es la verdad exacta, pura y no exagerada. Yo he estado en Villalegre, he visto algunos trajes hechos por Juanita y me he quedado estupefacto. Y cuenta que yo tengo buen gusto. Todo el mundo lo sabe.
En fin, doña Inés se dio a pensar y a repensar en lo muy preciosos que estarían sus niños con los trajes que Juanita les hiciese; venció la repugnancia que sentía contra ella, la llamó a su casa y le encomendó trajes para todos, según la edad y el sexo de cada uno.
Fue Juanita a casa de doña Inés tan pobre y modestamente vestida como si saliese de un beaterio, y tan modosita en el hablar, en la voz y en los modales, que parecía, sin visos ni asomos de afectación, una criatura seráfica.
Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle o de ponerle entornadas las puertas del corazón de doña Inés, la cual sabía mucho y pensaría y diría en su interior.
—Si no lo finge, en verdad que es muy buena esta muchacha; y sí lo finge, sabe más que Cardona: es admirable su fingimiento.
Así, doña Inés se predispuso ya favorablemente.
Su favor valía mucho, y doña Inés acertó a cobrárselo por instinto. También hay su poco de gorronería en los grandes y poderosos de la tierra. Viene o propósito esta sentencia, porque doña Inés pagó el trabajo de Juanita en la tercera parte de lo que valía, aun en aquel lugar donde se trabaja barato, y pagó las otras dos terceras partes en el favor tan deseado y apetecido que empezó entonces a alcanzar la linda costurera.
Los niños, con los trajes hechos por Juanita, salieron tan bien vestidos el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, que daba gloria verlos, y la gente los miraba y los seguía en la calle. La vanidad maternal de doña Inés quedó muy satisfecha. Ni la propia Cornelia se ufanó más cuando enseñaba a sus Gracos. Pero doña Inés fue más allá de Cornelia: no se contentó con lucir a sus hijos, sino que se propuso competir con ellos y aun superarlos en indumentaria, y decidió que Juanita también la vistiese.
Juanita se prestó a todo con el mejor talante y prodigioso acierto e hizo a doña Inés corsés y varios trajes.
Nacieron de aquí la confianza y alguna familiaridad, hasta donde es lícito y decoroso que la familiaridad se entable entre una dama principal y una trabajadora plebeya; pero al fin, como doña Inés tenía que mostrarse a Juanita en paños menores para probarse corsés y vestidos, ¿qué mucho que la confianza naciese y creciese?
Juanita supo después, con lentitud y por sus pasos contados, darse tal maña, que doña Inés, que ya le había confiado su cuerpo para que lo vistiese, empezó a confiarle también y a descubrirle su espíritu, aunque sólo hasta cierto punto, porque el espíritu de doña Inés, según pensaba Juanita, acaso con malicia sobrada, tenía más conchas que un galápago y jamás se desnudaba y se descubría por completo.
Juanita tenía una voz melodiosa y clara y sabía leer muy bien, lo cual es bastante raro, dando a lo que leía entonación y sentido. Pronto atinó a mostrar a doña Inés que ella poseía habilidad tan útil, y no tardó doña Inés, que se fatigaba algo leyendo, en tomar a Juanita por lectora.
Claro está que doña Inés, que era mística muy elevada en sus pensamientos y un tanto cuanto asceta, aunque más en lo especulativo que en lo práctico, hacía que Juanita le leyese vidas de santos y libros devotos y morales como Monte Calvario, Gracias de la gracia, Gritos del infierno, Espejo de religiosos, Casos raros de vicios y virtudes y Estragos de la lujuria.
Era doña Inés aficionadísima a disertar y a convencer a sus oyentes y contradictores cuando disertaba. Si por algo se dolía de haber nacido mujer, era por no poder transformarse en predicador o en catedrático.
Juanita supo con tanto pulso seguirle el humor, que no se callaba ni lo aceptaba todo desde luego, sino que impugnaba algo sus tesis y discursos para darle ocasión de que hablase más y desplegase su elocuencia, a la cual acababa por ceder, reconociéndose vencida. De esta suerte se alegraba y se exaltaba el ánimo de doña Inés, corroborando la creencia que ella tenía en su virtud persuasiva y en su saber y talento, y haciéndole creer, además, que después de ella, aunque a muy razonable distancia, no había en todo Villalegre, salvo quizá el padre Anselmo, persona más talentosa y más sabia que Juanita.
La privanza de esta con doña Inés llegó al fin a su colmo.
En presencia de cualquier persona, Juanita seguía atendiéndola con el mayor respeto y dándole el tratamiento de su merced; pero en momentos de expansión, una vez que Juanita la oyó atentísimamente, impugnó sus razones y terminó por ceder a ellas, doña Inés, entusiasmada, se allanó hasta el extremo de mandarle que cuando estuviesen las dos solitas la tutease.
Estas prodigiosas conquistas de la paciente y despejada muchacha le prestaron desde luego confianza en sí misma, y pudieron darle mucha honra, sí ella entendiese que la necesitaba; mas apenas le dieron material provechoso, que era de lo que más necesidad tenía.
Pensaba doña Inés que no había mejor ni más espléndida paga que su afecto. Suponía tal la elevación de alma de Juanita, que hubiera sido injuriarla ofrecerle dinero. Un ochavo más que doña Inés le hubiese dado sobre el jornal que de ordinario ganaba, hubiera parecido una limosna. No era delicado socorrer a Juanita como a una pordiosera.
Y después de estos razonamientos tan juiciosos, como doña Inés no pagaba a Juanita sino lo que cosía, y no le pagaba, para no humillarla, ni las horas que empleaba leyéndole libros ni el tiempo que perdía escuchando sus disertaciones, resultaba doña Inés, por obra y gracia de lo mirada que era, tenía lectora y auditorio y acompañante de balde.
XXIV
La gloriosa servidumbre en que Juanita había llegado a ponerse, si no era útil, era molesta en extremo, porque la amistad de doña Inés no podía ser más exigente ni más imperativa. Y mientras más rebosaba entusiasmo y ternura, más se recrudecía también en exigencia y en imperio.
Había días en que no le quedaba a Juanita ni hora libre ni momento de sosiego. Doña Inés la llamaba y se valía de ella para todo.
En los lugares, al menos hace algunos años, pues no sé si habrán variado las costumbres, nunca salía una señora principal de visita o de paseo sin llevar a una acompañante. Juanita tuvo, por consiguiente, a más de leer y de escuchar disertaciones, que acompañar a doña Inés en sus visitas y en sus paseos. Y cuando a esta se le antojaba de súbito visitar o pasear y no tenía a Juanita en casa, iba a buscarla a la suya, haciéndose acompañar hasta allí por Serafina.
En los paseos rara vez leía o hacía leer doña Inés; pero, convertida en filósofa peripatética, disertaba de lo lindo, siempre sobre religión, moral, menosprecio del mundo, alabanza del recogimiento y de la conversión interior y aspiraciones a lo sobrenatural y divino.
Conviene que se sepa que doña Inés tenía un carácter tan dominante, que no se aquietaba ni se satisfacía como no decidiese y gobernase cuanto hay que decidir y gobernar.
Ella designaba el nombre que había de recibir en la pila bautismal cada villalegrino que naciese; ella decretaba, después de estudiar aptitudes, capacidades y recursos, el oficio que cada cual había de aprender y ejercer, y ella escogía marido para cuantas niñas casaderas vivían en el pueblo y pertenecían a familias merecedoras por algún título de su atención y cuidado.
El concepto que formaba doña Inés del universo visible y de cuantas cosas hay en él y en él se sustentan, era concepto más pesimista que el del propio Schopenhauer; pero el de doña Inés estaba dulcificado por dos potencias benéficas y fecundas que había en su alma. Ella podría ser, o era, más o menos pecadora. Yo no he llegado a ponerlo bien en claro, de suerte que, al ir escribiendo esta historia, lo probable es que lo deje turbio o nebuloso. De cualquier modo que fuese, y sin escudriñar los secretos de doña Inés en lo tocante a la conducta, aseguro con evidencia que ella, en lo teórico, sin afectación ni mentira, tenía la más acendrada fe religiosa. Con esta fe, y con las otras dos consoladoras y divinas virtudes que de ella nacen, doña Inés iluminaba el mundo, hermoseándolo con celestiales resplandores.
Toda deformidad moral, todo vicio, toda dolencia, la fealdad física, las enfermedades, la miseria, el dolor y la muerte se despojaban en su pensamiento de horror y de amargura al considerar que deben sufrirse por el amor de Dios, y desvanecerse y disiparse, como la oscuridad de la noche cuando aparece la aurora, ante la esperanza de lo trascendente y de lo ultramontano. Para doña Inés, este mundo en que vivimos era un valle de lágrimas y un transitorio lugar de prueba, indispensable camino para otra vida mejor. La presente, pues, aunque fuese muy mala, no era nunca mala, ya que en ella, si se padecía con resignación, mientras más se padeciese, mejor y más abundante cosecha se recogía y se atesoraba de frutos que no se corrompen y de riquezas que nadie roba. Y como doña Inés no gustaba de quedarse atrás en nada, sino de adelantarse en todo, y ser también importante cosechera de los mencionados frutos y riquezas, muy candorosamente estaba persuadida de que padecía o había padecido mucho ejerciendo y luciendo su paciencia, compitiendo un poquito con Job y granjeándose los medios de ir al cielo derechita, sin tropezar en rama, ya se entiende que contando con la misericordia de Dios, que le perdonaría sus pecados, si los tenía, pues, según ya he dicho, no lo sabemos.
La otra potencia de que se valía doña Inés, sin estudio, espontánea y sencillamente para blanquear y hasta para dorar la tenebrosa negrura de su concepto schopenhaueriano del mundo, era el sentimiento vivísimo y atinado, fuente inexhausta de puros deleites, con que percibía su alma toda belleza, tanto espiritual cuanto corpórea. Llamar a esto buen gusto me parece poco. El buen gusto, por lo general, es pasivo y estéril. En doña Inés alcanzaba actividad creadora. La visión de la belleza concebida por doña Inés relucía en las profundidades de su alma y creaba allí otro universo ideal, semejante al exterior universo, salvo que de él todo mal y toda mengua habían sido expulsados.
Como se ve, no era doña Inés mujer adocenada, sino persona memorable, o dígase digna de la historia, por lo cual me complazco yo en ponerla en la mía.
Doña Inés, y perdone el pío lector si me repito, a pesar de sus ocho vástagos, estaba aún muy guapa; en lo mejor de su edad, bien cuidada, alimentada y vestida.
El asomo de rivalidad que brotó en su alma, el día de la intempestiva y pomposa aparición de Juanita en la iglesia, había desaparecido enteramente, merced a la humildad de la muchacha y a la sumisión con que la acataba y servía. Desechados así los celos, la mente y el corazón de doña Inés dieron entrada franca al afecto y a la admiración de la bondad, del talento y de la hermosura de que Juanita estaba dotada.
No había primor en Juanita que doña Inés no advirtiese, celebrase y ponderase. Llegó a notar, a pesar del pobre pañolito con que se cubría la chica espalda y pecho, la admirable perfección de toda aquella sana y virginal estructura. De su rostro no quiero ni puedo decir más sino que le parecía el de un ángel. Y, por último, ponía en Juanita casi, casi tanta discreción, ingenio y bondad como en ella misma. En suma, doña Inés miraba y estudiaba a Juanita como el sabio crítico, buen gramático y mejor estético mira y estudia un bello poema, o como el gran conocedor y perito en las artes plásticas mira y estudia una obra maestra de escultura.
Cualquiera imaginará que, llegadas las cosas a este punto, Juanita podría apoderarse de la voluntad de doña Inés y hacer de ella lo que le diese la gana; pero sucedió lo contrarío. Frecuentemente recelaba Juanita que se le iba a acabar la paciencia, y allá en sus adentros decía: «Peor está que estaba.» A fin de que se comprenda el fundamento que tenía Juanita para decir «que estaba peor», pondré aquí uno de los discursos que doña Inés, con frecuencia, le dirigía:
—Hija mía—exclamaba—, hay en las condiciones y circunstancias que han de influir en tu destino cierta contradicción que puede ser causa de mil desventuras. Por tu belleza, por tu talento y por la elevación moral de tu alma mereces casarte con un príncipe, dechado de todas las perfecciones. Por tu desventurado nacimiento, por la clase humilde a que perteneces y por la pobreza que te obliga a residir en este lugar, tendrás que quedarte soltera o tendrás que casarte con un labrador rudo y zafio. Si te quedas soltera, de continuo te verás expuesta a los tiros de la envidia y a las emponzoñadas mordeduras de la calumnia, y te rodearán, además, groseras seducciones, a alguna de las cuales quién sabe si cederás en un momento de flaqueza, porque todas somos débiles y ninguna puede estar segura de no tropezar y de no caer si en un solo momento la deja Dios de su mano y no la sostiene con su gracia. Pues no digo nada si, movida por la vanidad o por pasiones más tiernas y propias de tus verdes años, y cegada por ellas hasta desconocer la ruindad del sujeto que te enamora, te casas al fin con un hombre de tu clase, con algún palurdo de esta tierra. ¡Qué desgracia la tuya entonces! ¡Pronto llegaría el desengaño! Vaya..., me horrorizo de pensar en ello. Sería una profanación. Sería un sacrilegio nefando. ¿Cómo entregar tanto tesoro a quien sería incapaz de comprenderlo y de saber lo que vale? En mi sentir, sería locura semejante a la de echar ramilletes de flores, en vez de paja y cebada, en el pesebre del mulo, o la de derramar perlas en la pocilga del marrano en vez de un celemín de bellotas. Por otra parte, hija mía, ¿cuántos disgustos, desvelos y cuidados no vendrán sobre ti con el matrimonio? Quiero prescindir de que tu marido acaso sería pobre; y si era también torpe y holgazán, tendrías que matarte trabajando para mantenerle; y quiero prescindir de los sobresaltos y penas que te darían tus hijos, si los tenías. Lo más espantoso..., aunque no lo sé por experiencia, me horripilo de imaginarlo..., es si descubrías en tu consorte vicios y miserias que le hiciesen aborrecido y que hasta asco te causasen. Acudiría entonces a tu espíritu, ¡obsesión diabólica!, un pensamiento pertinaz que puede conducir a los mayores pecados. Figúrate tú que pensase y discurriese como ser racional y filantrópico la turquesa en que se forman las balas: ¡qué desesperación no tendría de que la empleasen tan en perjuicio de la Humanidad! Pues no es menor la rabia de la esposa que, cuando va a ser madre, recela que ha de dar al mundo como copias exactas de la ruindad o de la perversidad de su marido. Tan horrible pensamiento la inclinará a ser infiel o la arrastrará a la locura.
Esto, con adornos y variantes, era lo que decía doña Inés casi de diario a su amiga y acompañante, sentando premisas, pero sin sacar por lo pronto consecuencia alguna.
Otras veces le describía con viveza y con sombríos colores la corrupción de nuestro siglo, el bajo nivel en que estaban las almas, las mezquindades y maldades del mundo y lo agradable y lo conveniente que sería retirarse de él, en vista de que no puede satisfacer ninguna de nuestras nobles aspiraciones.
Afirmaba doña Inés que ella había deseado y deseaba siempre buscar un santo retiro; pero ya que no podía ser por las mil obligaciones que había contraído y que le era indispensable cumplir por enojosas que fuesen; porque tenía hijos que criar y educar, marido de que cuidar y hacienda que ir conservando y mejorando, a fin de transmitirla a los que habían de heredar un nombre ilustre, que deslustrarían al quedar huérfanos y abatidos por la villana pobreza.
En resolución, doña Inés quiso persuadir a Juanita, y me parece que hasta logró persuadirse ella misma, de que deseaba ser monja, de que por imposibilidad no lo era y de que hacía un sacrificio en no serlo.
De todo ello acabó por deducir y por declarar, como lógica solución, que Juanita debía huir de los peligros, miserias y adversidades de esta sociedad corrompida, la cual no merecía gozar de su presencia, y que debía refugiarse en el claustro mientras permaneciese en la tierra, ya que la tierra no la merecía y ya que por su valer, para el cielo, sin duda, estaba predestinada.
A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones de doña Inés, Juanita distaba más cada día de hallar peligroso el mundo (maldito el miedo que le tenía ella), no lograba persuadirse de que la sociedad fuese tan viciosa y tan mala, ni de que el enamorarse y el casarse pudieran acarrear tamañas desventuras. De aquí que no tuviese la menor inclinación ni vocación a la vida monástica. Pero como a doña Inés se le había puesto en la cabeza que ella fuese monja, y cuando formaba un plan era punto menos que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se veía muy apurada.
A cada momento sentía el conato de echarlo todo a rodar y de declarar a doña Inés que Dios no la llamaba por el camino por donde ella quería que fuese. Se contenía, no obstante, a fin de no armar la de Dios es Cristo, de no perder en un minuto cuanto había conseguido trabajando más de un año y de no verse de nuevo en guerra con los poderes constituidos y con toda la población que respetaba y obedecía a dichos poderes.
Juanita no dijo que sí; no aceptó lo del monjío, pero no dijo que no; pronunció frases vagas o se calló y bajó la cabeza.
Tomando doña Inés para regla de interpretación el refrán de «quien calla otorga», dio por sentado que Juanita estaba decidida a entrar en un convento, y ya, en su fantasía entusiástica, se la representaba santa, cuya vida se intercalaría en las ediciones futuras del Año Cristiano. Doña Inés dio parte de este triunfo al padre Anselmo, quien se llenó de piadoso júbilo, y aun se sintió lisonjeado al prever que él figuraría en la vida de la nueva santa como el instrumento de que se valía el Cielo para convertirla y glorificarla.
XXV
Por dicha no se apresuraba doña Inés para que el plan del monjío de Juanita se realizase, y así le daba tiempo de apercibirse a la rebelión con fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo de sus intereses y proyectos.
Si bien doña Inés sentía y confesaba que iba a hacer un inmenso sacrificio al desprenderse de Juanita, única mujer que la comprendía en el mundo y que podía ser su compañera, en manera alguna quería prescindir de este sacrificio, que le daría honra entre los mortales y que Dios lo tendría en cuenta para pagárselo en el cielo. Persistía, pues, con firmeza en su plan, pero lo retardaba, y mientras lo retardaba lo iba completando en sus pormenores, consultándolo todo con el padre Anselmo.
Decidió doña Inés pagar ella el dote de Juanita. Sobre lo que vacilaba aún era sobre el convento en que debía ponerla. Después de haber desechado muchos, pensó en uno que hay en Ecija, con cuya abadesa se carteaba, porque era allí donde se hacían los célebres bizcochos de yema imitados por Juana la Larga. Afirmaba doña Inés que toda persona que tenía buen paladar reconocía al punto la imitación de Juana, porque carecía del quid divinum que hay en los legítimos, prestándoles tan soberano sabor, que si con grosero y material supuesto pudiésemos imaginar que los querubines, cuando bajan a la tierra con algún mensaje de arriba, tienen el capricho o se allanan a comer algo, sin duda que no comerían otra cosa que los tales bizcochos de yema hechos por las mencionadas monjas.
A despecho de tan importantes motivos, no sabemos por qué doña Inés desistió de que Juanita fuera al convento de Ecija, y hubo de fijarse al fin en las Comendadoras de Santiago, en Granada, donde, si no se hacen aquellos peregrinos e inimitables bizcochos, se hacen los mejores almíbares de toda Andalucía. Mientras trazaba y preparaba doña Inés todo esto en favor de Juanita, de quien se había declarado protectora y directora, su cariño hacia la protegida y la discípula iba creciendo más y más, dando de sí raras muestras y combinándose en él lo sagrado y lo profano.
Un día estuvo doña Inés tan sentimental, que deshizo el peinado de Juanita, admiró su abundante, undosa y suave mata de pelo, la besó varias veces, calificó de horrible desacato el que las manos rudas e impuras de un campesino lograsen tocarla y enredar los dedos en ella, y se la figuró ya como cortada al pie del altar el día en que Juanita profesase, rogándole que para entonces se la legase a ella, porque ella la conservaría como reliquia del más subido precio.
Juanita agradeció mucho esta lisonjera petición de doña Inés, y, casi con lágrimas de gratitud en los ojos, prometió a doña Inés que la mata de pelo sería suya cuando se la cortase.
Merced a tantas entrevistas y confidencias de las dos amigas, Juanita estaba casi todas las tardes en casa de doña Inés, no yéndose de su lado o de su casa hasta pasada la hora en que solían venir los señores de la tertulia.
Algunos de estos veían a Juanita en la antesala, y como allí estaba sin cubrirse la cabeza y sin ocultar y dar sombra a la cara, con el mantón muy echado hacia adelante, según el recato y el beaterio lo exigen, Juanita, sin poderlo evitar, no les parecía saco de paja, y a menudo la miraban por estilo pecaminoso.
Quien más se adelantó en esto fue el propio amo de la casa, el señor don Alvaro Roldán, que era muy tentado de la risa. En varias ocasiones, hallando a Juanita sola, la requebró con más fervor que chiste y finura, y Juanita, que veía en aquel caballero sujeto a propósito para descargar su mal humor, le respondía siempre con feroz desabrimiento o con sangrienta burla. Y como don Alvaro ni por esas se desengañase y se atreviese un día a dar a la muchacha una palmadita en la cara, ella le dijo mirándole de arriba abajo con desprecio y enojo:
—Las manos quietas, señor don Alvaro. Conténtese usted con tocar el violón, y a mí no me toque. ¡Pues no faltaría más! ¿Será menester que me queje yo a doña Inés de la insolencia de usted? Para que una mocita decente esté tranquila en esta casa, ¿necesitará la señora atar a usted con una cadena al lado del mono?
Don Alvaro, que era tímido, blandengue y avezado a la servidumbre, receló que Juanita armase un alboroto, le cobró miedo y desistió de su amorosa empresa.
Había al mismo tiempo, ya se entiende que en otras ocasiones y apartes, otro personaje más emprendedor y menos asustadizo. Fue este el propio y respetado cacique de Villalegre: el excelentísimo señor don Andrés Rubio.
También don Andrés, que no faltaba nunca a la tertulia, encontró no pocas veces a Juanita, ya en la antesala, ya en los corredores, ya en la escalera, ya en el zaguán cuando ella se iba.
Don Andrés había admirado mucho a Juanita el día en que ella se mostró imprudentemente tan engalanada en la iglesia, y había conservado de ella muy buena impresión. No la defendió en la tertulia por no contradecir a doña Inés y por no censurar indirectamente la excesiva severidad del padre Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero allá en su interior no vio nunca malicia en lo que Juanita había hecho, y se limitó a calificarlo de inoportuna ligereza, de que la madre era más culpable que la hija. De suerte que don Andrés no creyó en su arrepentimiento y en su deseo de ser monja.
Don Andrés conocía el carácter de doña Inés y daba por evidente que doña Inés, así como en un principio había hecho víctima a Juanita de su enojo, imaginándosela, aunque en cierne, una desaforada pecadora, después, trocado el enojo en estimación, admiración y cariño, se proponía, con el mejor intento y por su manía de gobernarlo y de arreglarlo todo, hacer víctima a Juanita empujándola a la santidad por un camino que ella no tenía ganas de seguir.
Así predispuesto, don Andrés empezó por mirar a Juanita con cierta benigna curiosidad cuando casualmente pasaba cerca de ella y la hallaba sola. Después, sin reflexionar en lo que hacía, don Andrés y quién sabe si la muchacha misma, ya que hasta la más inocente suele dejarse guiar por endiablados instintos, prestaron auxilio a la casualidad y la convirtieron en providencia, hallándose casi todos los días y pasando tan cerca de ella, que casi tropezaban o se tocaban.
Es natural que Juanita no se escondiese ni huyese, porque ni ella era medrosa ni don Andrés era el bu ni una fiera.
Don Andrés era un caballero muy bien educado, pulcro y finísimo, soltero, que no había cumplido aún cuarenta años, y verdadero amo y señor de Villalegre, donde hacía ya ocho años que reinaba con lo que podemos calificar de despotismo ilustrado.
No me incumbe aprobar ni reprobar aquí el despotismo, aunque sea con ilustración, ni mostrame partidario o adversario del cacicazgo. Yo tomo y empleo el vocablo en cierta acepción, como generalmente se emplea, aunque siento que contenga implícita una injuria para las poblaciones en que hay cacique, porque es suponerlas salvajes, y no quiero calificar de tales a los de Villalegre. Desecho, pues, la suposición implícita y acepto y empleo los vocablos de «cacique» y «cacicazgo» como los más usados y adecuados para expresar la condición de don Andrés y el poder que en Villalegre ejercía. El había heredado este poder de su padre y luego le había mejorado y engrandecido mucho, ayudado por la actividad y variadas aptitudes de don Paco, y aun por los consejos e inspiraciones de doña Inés, quien, según se decía, ya con malicia, ya con sencillo aplauso, era la ninfa Egeria de aquel Numa.
El, antes de retirarse al lugar después de la muerte de su padre para cuidar de la hacienda y hacer vida de labriego, desengañado y harto del estruendo de las grandes ciudades y de sus pompas vanas, había pasado mucho tiempo en Madrid, en cuya Universidad había hecho sus estudios, y hasta había viajado algo por Francia, Italia e Inglaterra.
Era, por tanto, don Andrés un cacique archiculto y como hay pocos. Y conviniendo yo en esto con mi entusiástico amigo el diputado novel, afirmo que si todos los caciques fueran como don Andrés, sería gran ventura que cada pueblo tuviese su cacique; todo en cada pueblo estaría bien aseado y mejor cuidado; daría gusto andar por sus paseos y por sus caminos; el maestro de escuela no se moriría de hambre, y se gozaría de tan ordenada libertad, que el boticario podría ser impunemente, como don Policarpo, brujo y ateo, sin que por esto se suprimiesen ni dejasen de celebrarse con devoción, entusiasmo y regocijo hasta las más candorosas procesiones, aunque hubiese en ellas judíos, soldados romanos, Longinos con lanza y lazarillo después de quedarse ciego, paso de Abrahán y apóstoles y profetas.
Todas estas tradicionales, artísticas y pintorescas manifestaciones de la piedad religiosa encantaban más a don Andrés que al más sencillo devoto de todos los habitantes de Villalegre, y por su gusto no se suprimía nada, sino que se aumentaba y se mejoraba bastante.
Tal era el cacique don Andrés Rubio, inclinado a admirar todo lo bello y candoroso. ¿Cómo, pues, no había de admirar también a Juanita, dejándose llevar de su irreflexiva admiración a modo de quien se desliza y cae sin sentir por un suave declive?
XXVI
Era ya a mediados del mes de enero, y hacía todo el frío que puede hacer en aquel clima tan benigno.
La tertulia de doña Inés estaba más animada y concurrida que nunca, sobre todo los jueves, día de gran recepción. En la sala había una hermosa chimenea de campana, sobre la cual, así como en la puerta de la casa, relucía el escudo de armas de la familia. En el hogar, saliente y no empotrado en la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos y la leña de encina y de olivo.
Abundaban allí los muebles cómodos, y nunca faltaba, por lo menos, una mesa de tresillo.
De diario eran tertulianos constantes el padre Anselmo y don Andrés. Y lo era, así mismo, el médico, ya bastante viejo y chapado a la antigua, hombre de pocas palabras, pero sapientísimo tresillista, que solía hacer el cuarto en la mesa cuando doña Inés jugaba. A fin de tener esta satisfacción honrosa, y tal vez para ganar algunos reales, porque se jugaba a diez por cada cien tantos, y él ganaba casi siempre, se violentaba el médico hasta el extremo de afeitarse un día sí y otro no, y dejar en la antesala la capa y el sombrero, sin entrar con la capa sobre los hombros, cuando no embozado y con el sombrero encasquetado hasta las cejas, según solía entrar en las demás casas donde iba de visita. ¡Tan profundo era el respeto que doña Inés le inspiraba!
Los jueves la concurrencia era mucho mayor y solía haber dos y aun tres mesas de tresillo. Venían el alcalde, cuatro o cinco de los mayores contribuyentes y el tendero murciano don Ramón, que era la persona más acaudalada del lugar después de don Andrés. Venían, por último, don Pascual, el maestro de escuela, y don Policarpo, el boticario.
Doña Inés había mostrado cierta repugnancia a que el boticario viniese; pero don Andrés había conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al boticario la cartilla para que no se desmandase ni dejase escapar alguna barbaridad impía o librepensadora. Don Andrés le dijo que él respetaba como nadie la libertad de conciencia y de enseñanza; pero que si quería gozar de la tertulia de los señores de Roldán, debía ser como los catedráticos pagados por el Gobierno, que si son prudentes y juiciosos, se guardan sus impiedades para mejor ocasión, y en la cátedra, que es su tertulia de doña Inés, son muy comedidos y procuran no decir nada que ofenda las creencias de quien los paga o de quien los recibe.
El boticario, que tenía mucha gana de ir a la tertulia, aceptó las condiciones, y siempre que fue se dejó el libre pensamiento en su casa, aunque no pudo dejarse ni quiso cortarse su endiablada y taumatúrgica uña.
Durante mucho tiempo fue doña Inés la única señora que en la tertulia había. Parecía aquello un club de caballeros con una señora presidenta.
Hacía poco tiempo, no obstante, que se había introducido una sorprendente novedad.
A la tertulia de los jueves primero, y más tarde a las de diario, asistía otra señora. Era esta la noble viuda doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua, matrona de treinta y pico de años, aunque lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y mejor parecer, y con veintiocho o treinta mil reales de renta sobre poco o más o menos.
No era menester ser un lince para comprender que doña Inés, cuando consentía que hubiese otra dama en su tertulia, y aun gustaba de ello, era porque había decidido y decretado casarla con su padre, don Paco.
Doña Agustina estaba tan satisfecha de aquella inusitada distinción y tan agradecida y sumisa a doña Inés, que sin dificultad recibiera en su corazón, como la blanda cera recibe el sello, el nombre, la imagen y el afecto de la persona que doña Inés quisiese grabar en él. Y era tanto más fácil este grabado cuanto que don Paco no sólo estaba muy de recibo, sino que tenía hermosa presencia y la merecida reputación de ser el hombre más entendido y discreto de Villalegre. Además, doña Agustina—y doña Inés lo sabía de buena tinta—estaba harta de viudez y de tener el corazón vacío o como tabla rasa y lisa, y deseaba hallar algo digno de que en él se grabase.
Tal vez para buscarlo se componía y se atildaba con esmero, y hasta había ido a varias ferias y romerías en otras poblaciones; pero todo había sido en balde y no había hallado hasta entonces sujeto que le petara.
Doña Inés esperaba con fundamento que le petaría don Paco. Y como necesitaba para esto que don Paco la viese, hablase con ella y estuviese muy fino, doña Inés, que antes de concebir este proyecto de boda no se empeñaba mucho en que viniese su padre a la tertulia, le excitaba ahora y casi le mandaba, con el desenfado imperatorio tan propio de ella, que no dejase de venir ninguna noche.
Don Paco obedecía y venía, de suerte que de diario Juanita le veía entrar, cuando ella estaba en la antesala, si bien don Paco, desdeñado y despedido, no se detenía a hablar con ella y pasaba de largo, limitándose a decir buenas noches.
Juanita contestaba al saludo con fingida indiferencia; pero a hurtadillas miraba a su antiguo pretendiente, y cada vez que le miraba le encontraba mejor. El tinte de melancolía que se mostraba en su semblante le hacía parecer más digno y más hermoso. Juanita imaginaba, ufanándose, que el amor de él, aunque mal pagado, había ennoblecido y hermoseado su alma y sus facciones, desterrando de ellas aquella vulgar expresión que solía tener antes, cuando él, exento de amor sublime y poco venturoso, lucía su ingenio diciendo chuscadas a menudo chocarreras.
Así, y no muy poco a poco, sino de prisa, reconoció Juanita que el aprecio y la amistad que siempre le había inspirado don Paco se convertían en amor, y que el amor aumentaba a pesar de tener más de medio siglo su objeto.
Influía muchísimo en este aumento el recelo que Juanita tenía de perder a su desdeñado adorador, de que este acabase por sanar de su pasión desgraciada y de que al fin cediese a las insinuaciones o casi mandatos de su hija.
Dice un precepto vulgar: «Lo que no quieras comer déjalo cocer.» Pero apenas hay hembra que cumpla con tal precepto cuando se aplica a cosa de amores. Juanita no lo hubiera cumplido aunque no hubiera amado ya a don Paco. La consolaba y la hechizaba tener aquella víctima constante y ver arder aquel corazón, cual perpetuo holocausto, en aras de su hermosura. Aun cuando ella no hubiese aceptado el sacrificio, se hubiese afligido mucho de que viniese doña Agustina y le robase el corazón sacrificado. Mayor era aún la aflicción de Juanita al notar que el sacrificio de don Paco le era cada día más agradable. Tentaciones tenía a menudo de detener a don Paco cuando pasaba por la antesala, de decirle que se arrepentía de haberle escrito la carta despidiéndole y de encomendarle que no entregase a doña Agustina el corazón, porque ella le quería para sí y le cuidaría con más regalo y mimo que ninguna otra mujer de la tierra.
Cuando Juanita veía pasar por la antesala a doña Agustina, que iba muy pomposa a la tertulia, la sangre del valiente oficial de Caballería que circulaba en sus venas se alborotaba toda, y necesitaba ella del dominio que tenía sobre sí para contener sus ímpetus y no arañar a doña Agustina. Otras veces, recordando ciertas mañas, usos y costumbres que había tenido en su venturosa y libre niñez, sentía el prurito de agarrar a aquella señora y, según solía hacer in tilo tempore con otras niñas de su edad y aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena mano de azotes.
Pero si Juanita era brava, también era discretísima; y firme en sus propósitos de ser prudente, se refrenaba y se vencía. Por coincidencia, y aunque ella no hubiese leído el soneto de Lope, concebía imágenes pastoriles y acaso se figuraba a doña Agustina como a una mayorala o rabadana que llevaba en pos de sí, atado con un cordón, el manso que ella, la zagala Juanita, había cuidado con esmero, dándole de su sal a puñados. Y entonces se le antojaba decir a doña Agustina: «Suelta el manso, que es mío; déjalo en libertad, y verás cómo viene a mí.