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Juanita La Larga

Chapter 41: XXXVI
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About This Book

La novela transcurre en un ambiente provincial andaluz y se concentra en la relación ambigua entre un hombre maduro y una joven, cuya familiaridad despierta cálculos y malentendidos que revelan diferencias generacionales y convenciones sociales. A partir de escenas cotidianas y recuerdos, el narrador reconstruye sentimientos contenidos, pequeñas intrigas y equívocos que ponen en evidencia la tensión entre el deseo, la prudencia y la reputación. El relato privilegia la observación minuciosa de paisajes, costumbres y gestos, y adopta un tono reflexivo que combina ironía discreta y sensibilidad descriptiva.

Si esta víbora te pica
no hay remedio en la botica;

la abrió con el temeroso ruido que produce la rodaja al encajar en el muelle, y se lanzó otra vez sobre su adversario; pero el bandido estaba ya falto de serenidad y quebrantado por el dolor del primer golpe. No supo ser certero y en balde abanicó el ambiente con su mortífero instrumento.

Don Paco, sereno y decidido, se apartó a un lado, brincó y salvó el bulto y sacudió otra vez tan fiero garrotazo en los lomos del de la carátula, que le hizo caer en el suelo boca abajo.

Tendido ya en el suelo el bandido, don Paco se ensañó algo, y sin compasión le dio cuatro o cinco palos más.

Como no se quejaba ni rebullía, don Paco le creyó muerto. Se agachó, no obstante, con precaución y le quitó de la mano la navaja.

En seguida llegó don Paco a donde estaba don Ramón, que le reconoció, y con viva efusión le dio las gracias.

Don Paco desató el cordel que mantenía a don Ramón amarrado.

—Alúmbreme usted con el candil—le dijo—. Voy a ver si ha muerto ese hombre.

A la luz del candil se llegó don Paco al que estaba boca abajo tendido por el suelo y le puso boca arriba. La carátula se le había caído.

Don Paco y don Ramón se quedaron absortos al reconocer a Antoñuelo.


XXXII

Por dicha no había recibido ningún garrotazo en la cabeza; pero estaba derrengado, molido y lleno de contusiones.

Seguro ya de que vivía, y por instigación del tendero murciano, que no se aquietaba hasta recobrar, en parte al menos, el dinero robado, don Paco registró a Antoñuelo y le encontró cuatro mil reales, que devolvió a su dueño.

Los otros ocho mil se los había llevado el compañero de Antoñuelo, el cual, por director y maestro en el arte, había tomado doble porción de botín.

Antoñuelo sentía agudos dolores; no formulaba palabra alguna, pero lanzaba gemidos lastimeros.

Don Paco se apresuró a salir de allí, volviendo cuanto antes al lugar con el libertado y el vencido.

La poderosa mula de don Ramón, aparejada aún con muy cómoda y ancha albarda, se hallaba en un corralejo o pequeño cercado contiguo a la casilla.

Sacó don Paco la mula, hizo que montase en ella su dueño y levantando después a Antoñuelo, que apenas se podía mover, y llevándole en peso con alguna dificultad, le plantó a las ancas. El cargó luego con el trabuco y la navaja, trofeos de su victoria, y echando delante la mula y su doble carga se dirigió hacia el lugar.

Al ir caminando daba infinitas gracias a Dios porque le había puesto en ocasión de castigar un delito y de evitar otros mayores, y porque le había proporcionado un medio de volver a la patria con justo motivo y sin ningún sonrojo.

Aunque caminaron despacio, llegaron al lugar entre una y dos de la noche, sin hallar a nadie en el camino.

Inquieto don Andrés por la suerte de don Paco, había enviado en balde a muchas personas para que le buscasen. También la tendera había enviado gente en busca de su marido. Todos con mal éxito se habían vuelto al lugar antes de medianoche.

Cuando mucho más tarde entraron en él don Paco y su comitiva, los villalegrinos estaban durmiendo.

Don Paco, procurando y logrando no llamar la atención, dejó a Antoñuelo a la puerta del herrador, su padre. Libre ya don Ramón del poco agradable socio de montura, se despidió de don Paco con nuevas y fervorosas manifestaciones de gratitud y se largó a su casa.

Don Paco se fue a reposar a la suya.

Como el médico estaba viejo y averiado y tenía no poco que hacer, don Policarpo ejercía también, con sentimiento del médico, la medicina y la cirugía. El herrador le llamó al punto para que curase a su hijo.

Don Policarpo le atendió muy bien y pronosticó que le curaría pronto, porque sus contusiones, si bien en extremo dolorosas, no eran de peligro ni daban que temer por su vida.

Apenas amaneció, don Policarpo, sabedor de que don Andrés estaba inquietísimo por la suerte de su amigo o como si dijéramos de su ministro, fue a casa del cacique, que se despertaba con el alba, y le pidió albricias y le dio la buena nueva de que don Paco había parecido. Como el boticario sólo había visto al magullado Antoñuelo y no sabía bien lo ocurrido, hizo su composición de lugar, y fantaseó y dijo a don Andrés que entre don Paco y Antoñuelo había habido una muy reñida pelea, sin duda por los bellos ojos de Juanita; que la pelea había sido en mitad del campo, durante la noche; que don Paco había quedado ileso y que el pobre Antoñuelo estaba tal que se lo podía comer con cuchara, pero que él, con su ciencia y sus cuidados, le sanaría muy pronto.

Don Andrés se holgó mucho de que hubiese vuelto sano y salvo el secretario del Ayuntamiento, que le era utilísimo y a quien profesaba más amistad que a nadie.

No por eso quiso llamar a don Paco ni ir a verle en seguida, turbando el reposo de que sin duda había menester; pero no creyó en el duelo o pendencia que don Policarpo había supuesto y contado.

Don Andrés, aunque muy estimulado por la curiosidad, se armó de paciencia y de calma y aguardó dos o tres horas antes de dar un paso para descubrir lo cierto.

Bien sabía él que el mayor amigo y confidente de don Paco era el maestro de escuela, y a eso de las ocho, cuando ya la escuela había empezado y don Pascual debía de estar en ella, don Andrés le envió a llamar a su casa.

El mozo que llevó el recado volvió diciendo que don Pascual había salido al rayar el alba, que no había vuelto aún, que los niños estaban dando la lección con el ayudante y que no bien volviese don Pascual y supiese que don Andrés le llamaba, iría a verle al punto.


XXXIII

Don Paco, después de vagar en la soledad por espacio de dos días y después de tantas penas, emociones y lances, anheló para desahogo confiarse por completo con alguien. ¿Y con quién mejor que con el maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso y tan excelente y desinteresado amigo, primero de Juanita y de él más tarde?

La mujer del alguacil fue, pues, a llamar a don Pascual de parte de don Paco.

Don Pascual vino y don Paco se lo contó todo. No le dio ninguna comisión ni embajada para Juanita; pero don Pascual, por una benévola usurpación de atribuciones y de empleo, se declaró él mismo y se nombró embajador, se fue a ver a Juanita que, desvelada y triste, se acababa de levantar y le refirió con fidelidad minuciosa los furores y penas de don Paco, sus celos, su desesperación, sus propósitos de suicidio o de extrañamiento perpetuo, y, por último, el combate de la casilla, el delito de Antoñuelo, los golpes que éste había recibido, así como su vuelta y la de don Paco a Villalegre.

Contó también que el tendero murciano y su mujer, con más impaciente furia, no se conformaban con callarse sin delatar a Antoñuelo y sin enviarle a presidio, si no se les devolvían en el término de tres días los ocho mil reales que no habían recobrado y que el cómplice de Antoñuelo se había llevado consigo.

Según informes adquiridos y comunicados por don Paco, Antoñuelo por nada del mundo diría el nombre y la condición del forastero que había cometido con él el delito.

Por otra parte, aunque Antoñuelo le delatase, de nada valdría esto para recobrar los ocho mil reales por medio de la Justicia, sin envolver en el proceso al hijo del herrador y condenarle y perderle.

El afecto profundo y extraño, como de madre o como de hermana, que Juanita había sentido por Antoñuelo toda su vida, renació entonces con vehemencia en su corazón, olvidándose de los groseros agravios con que la había ofendido aquel mozo.

Juanita se propuso salvarle, lograr que se echase tierra al asunto y evitar su deshonra y su ida a presidio, aunque para ello fuera menester buscar los ocho mil reales en el mismo infierno.

A esta penosa agitación de Juanita se contraponía en su alma otra agitación dulcísima, otro sentir, en vez de aflictivo, delicioso y beatificante, que aumentaba y enardecía su amor al saberlo tan bien pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del dolor y del sobresalto que la conducta criminal de Antoñuelo y sus consecuencias le causaban, Juanita se juzgó venturosa, y sin duda lo era.

Sólo faltaba ya, y urgía y no daba un instante de espera, el desengañar a don Paco, el persuadirle de que ella era inocente, y el convencerle de que ella le amaba.

Ya don Pascual, en su largo coloquio con don Paco, había hecho esfuerzos para convencerle de la inocencia de Juanita. Don Pascual le aseguró que él conocía muy bien el noble y leal carácter de ella y cuan virtuosa y honrada había sido siempre en medio de la completa libertad en que había vivido, sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre a su lado.

Su madre había tenido que ir a las casas donde la llamaban a trabajar, dejando a Juanita con una criada o completamente sola cuando ni criada tenían. Juanita, además, sin que nadie la acompañase ni mirase por ella, había pasado de la niñez a la mocedad en medio de las calles y en trato y conversación con toda clase de personas.

Nadie, sin embargo, se le había atrevido, porque ella sabía hacerse respetar, y ni las personas maldicientes habían formulado nunca contra ella una acusación fundada que pudiera, en manera alguna, deslustrar su decoro.

Lo que don Paco había visto, lo que había causado su enojo y su desesperación no era, por consiguiente, culpa de Juanita, sino inmotivado atrevimiento de don Andrés, quien, si algo logró por sorpresa, fue rechazado violentamente en seguida.

Don Pascual sostenía, además, que Juanita no había provocado la audaz acometida de don Andrés, a la que daba por única causa el engreimiento del cacique y su convicción de que todo había de rendirse a su voluntad y ser propicio a su deseo.

No bien se enteró Juanita de todo esto oyendo hablar al maestro de escuela, procuró que terminase la visita y que éste se fuera.

Cuando se vio sola, sin hablar a su madre para no perder tiempo, tomó el pañolón, se lo echó de cualquier modo en la cabeza y se fue a casa de don Paco, escapada.


XXXIV

Llegó Juanita a la casa, llamó a la puerta y salió a abrirle la mujer del alguacil. Juanita le dijo:

—¿Está don Paco en casa? ¿Está levantado y solo? Necesito verle y hablarle sin tardanza.

—Solo y levantado está en la sala de arriba—dijo la mujer del alguacil.

Sin aguardar más contestación ni más permiso, Juanita apartó a un lado a su interlocutora, echó a correr, subió las escaleras, dejó el manto en un banco de la antesalita y entró destocada en la sala donde estaba don Paco.

La sorpresa y el júbilo de éste fueron indescriptibles, por más que estuviese receloso aún de que en los atrevimientos de don Andrés la coquetería de Juanita había entrado por algo. Agradecido a la visita no esperada, don Paco se mostró muy fino, pero disimuló su alegría y procuró poner el rostro lo más grave y severo que pudo.

—No estés enfurruñado conmigo—dijo Juanita, tuteándole por primera vez—. Yo estaba celosa de doña Agustina y enojada contra ti con tan poca razón como tú estás ahora enojado; yo quería darte picón. Soy leal. Confieso mi culpa y me arrepiento de ella. Es cierto; provoqué a don Andrés sin reflexionar lo que hacía. Perdónamelo. Me besó por sorpresa, pero lo rechacé con furia. Te lo juro; créeme; te lo juro por la salvación de mi alma; no le rechacé porque tú entraste, y más duramente lo hubiera rechazado yo si tú no entras. Vengo a decírtelo para que me perdones, porque te amo. Quiero que lo sepas: estoy arrepentida de haberte despedido y me muero por ti y no puedo vivir sin ti.

¿Qué había de hacer don Paco sino ufanarse, enternecerse, derretirse y perdonarlo todo al oír tan dulces y apasionadas frases en tan linda y fresca boca? No sabía, sin embargo, qué decir ni qué hacer, y, como generalmente ocurre en tales ocasiones, dijo no pocas tonterías.

—Apenas puedo creer—dijo—que no repares ya en mi vejez, que no pienses en que puedo ser tu abuelo y que me quieras como aseguras. ¿Pretendes, acaso, burlarte de mí y trastornarme el juicio? ¿Te propones halagarme con la esperanza de una felicidad que no me atrevería yo a concebir en sueños, para matarme luego desvaneciéndola?

—No, vida mía; yo no quiero desvanecer tu esperanza, sino realizarla. Yo quiero darte la felicidad, si juzgas felicidad el que yo sea tuya. Si no me desprecias, si me perdonas, si no me crees indigna, nos casaremos, aunque rabie doña Inés de que yo no sea monja, aunque don Andrés te retire su favor, aunque se nos haga imposible la permanencia en este pueblo y aunque tengamos que irnos por ahí, acaso a vivir miserablemente. No lo dudes; si fuese posible que don Andrés se prendase de mí hasta el extremo de querer casarse conmigo, yo le despreciaría por amor tuyo, aunque fueses tú mil veces más pobre de lo que eres; yo le cantaría la copla que dice:

Más vale un jaleo probé
y unos pimientos asaos
que no tener un usía
esaborío a su lao.

Don Paco, al oír esto, apenas pudo ya contenerse y ocultar su emoción. Un estremecimiento delicioso agitó sus venas, como si por ellas corriesen luz y fuego en vez de sangre. Estuvo a punto de echarse a los pies de Juanita y besárselos, pero aún se reportó y dijo:

—Quiero creer, creo en tu sinceridad de este momento. Mi modestia, con todo, me induce a temer que tal vez te alucinas, que tal vez tú misma te engañas, que tal vez te arrepientas del paso que das ahora. Eres tan hermosa, que puedes ambicionar cuanto se te antoje. Y don Andrés no es un usía desabono como el de la copla; es una persona inteligente, estimada y respetada por todos: mejor y mucho más joven que yo.

—Será todo lo que tú quieras; mas para mí tú eres el más inteligente, el más joven y el más guapo.

Todavía, escudado por su humildad, trató don Paco de ocultar que estaba ya satisfecho, que había depuesto su enojo y que sus recelos se habían disipado. Con menos seriedad, sonriendo y entre veras y burlas, dijo;

—Me fío de ti; conozco que hablas con el corazón. No, no piensas en engañarme; pero, sin duda, tú misma te engañas. Y para poner más a prueba la vehemencia y la firmeza del amor de Juanita, añadió luego:

—Es inverosímil que tú, si don Andrés, como parece evidente, está enamoradísimo de ti, le desdeñes y me prefieras y me ames ahora, cuando antes, que no tenías a don Andrés, era a mí a quien despreciabas. Pues qué, ¿ignoras que yo soy un pobre diablo, dependiente de él, y que él es poderoso, rico, respetado y temido aquí, estimado y favorecido por el Gobierno y caballero gran cruz con excelencia y todo?

—¿Y qué me importa a mí su excelencia? A ti y no a él debió el Gobierno dar la gran cruz, ya que todo lo bueno que se hace en este lugar eres tú quien lo hace.

Calló un momento y prosiguió con dulce risa, como quien de súbito tiene una idea que le agrada:

—Esta injusticia quiero remediarla yo; pero necesito antes que tú me proclames y me jures por tu reina. Sé mi súbdito fiel. Sométeteme. Júrame por tu reina y tu reina te premiará. Júrame.

Don Paco se sometió sin más resistencia. Se hincó de rodillas a los pies de ella y exclamó entusiasmado:

—¡Te juro!

Juanita, impulsada irresistiblemente por la idea rara que había concebido, apartó con gran rapidez el pañolillo, que llevaba al pecho, prendido con alfileres, sacó sus tijeras del bolsillo del delantal y se desabrochó dos o tres corchetes del vestido. Don Paco, siempre de hinojos, la contemplaba embelesado y curioso.

Ella introdujo los dedos por bajo el vestido y desató un listoncillo de seda azul que le ceñía al pecho la limpia camisa. Tiró de él y la sacó de la jareta, calada y bordada, trabajo primoroso de su diestra mano. Cortó, por último, con las tijeras un buen pedazo del listoncillo y se lo puso a don Paco en el ojal del chaquetón, afirmándolo con una lazada.

—Yo te concedo, en atención a tus altos méritos y servicios—dijo con solemnidad—, esta bonita condecoración, que vale mil veces más que la que tiene don Andrés, y te declaro mi caballero y gran cruz de la orden de los celos disipados. Por eso es azul el listoncillo, como las flores del romero.

Don Paco se levantó sin pizca de celos, porque todo se convirtió en amor, y dijo:

—Tú me citaste una copla; no quiero ser menos; voy a citar otra, aunque tenga que llamarte en ella no por tu nombre, sino como se llama la madre de tu santo:

Las flores del romero
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.

—Y si han de ser miel mañana, ¿no es mejor que lo sean en este mismo instante?

Don Paco se acercó a Juanita para besarla.

Ella le separó con suavidad y se esquivó poniéndose muy seria y exclamando:

—Déjame. No te llegues a mí. Respétame como a tu reina y como mi caballero que eres. Las flores del romero serán miel en su día; ahora, no. Ve mañana a mi casa, a las diez y media de la noche. Allí hablaremos con mi madre. Adiós.

Juanita se dirigió para salir hacía la puerta de la sala. Ya en la puerta, volvió la cara, miró a don Paco, se dio a escape más de treinta besos en la palma de la mano, sopló en ellos y se los envió a su amigo por el aire.

—De cerca y sin alas los quiero yo.

—Ya les cortaremos las alas. En cuantito no sea pecado mortal, los tendrás de cerca hasta que te hartes.

Y dicho esto, recogió el mantón en la antesala, bajó brincando por la escalera y se puso en la calle.


XXXV

En medio de su alegría por haberse reconciliado con don Paco, por estar segura de su amor y resuelta a casarse con él, aunque doña Inés y el cacique se opusiesen y tuvieran ella, su novio y su madre que ser víctimas de la cólera de tan poderosos señores, Juanita sentía profunda pena por la suerte de Antoñuelo. Su delito le daba horror y no quería volver a verle ni hablarle en la vida; pero le amaba aún con cariño de hermana y presentía que ello acibararía con algo como remordimiento las mayores venturas que pudiera alcanzar sí no evitaba que Antoñuelo fuera procesado, deshonrado públicamente y condenado a presidio. Con egoísmo amoroso, sólo del amor mutuo que don Paco y ella se tenían, había ella hablado con don Paco. Ya en la calle y separada de él, Juanita volvió a pensar en Antoñuelo y a cavilar en un medio de salvarle sin que nadie le diese auxilio y siendo ella su única salvadora.

Con este propósito se presentó en casa del tendero murciano, que la recibió estando con su mujer, doña Encarnación, solos en la trastienda.

No lloró Juanita, porque tenía muy hondas las lágrimas y rara vez lloraba; pero con acento conmovedor y apasionado les rogó que se callasen sobre lo ocurrido, prometiéndoles que en el término de seis meses ella les daría los ocho mil reales que el forastero se había llevado. Contaba para esto con la voluntad de su madre, de la cual estaba cierta de disponer como de su propia voluntad. Su madre tenía dado a premio dinero bastante para salir de aquel compromiso, y en el término marcado de los seis meses podía cobrar dicho dinero. Su madre, además, era propietaria de la casa en que vivían, y si bien la casa estaba fuertemente gravada con un censo, todavía podía producir, vendiéndola, muy cerca de los mencionados ocho mil reales.

Doña Encarnación habló antes que su marido, y dijo al oír aquellas proposiciones:

—Tú estas loca, hija mía, y yo supongo que ni tu locura será contagiosa ni se la pegarás a tu madre. Imperdonable estupidez sería que ambas os arruinaseis por salvar a un pillastre. Anda, déjale que vaya a presidio. Aquel es su término natural e inevitable. Si ahora le salvaseis, en seguida volvería a hacer de las suyas y a dar nuevo motivo para que le apretasen el pescuezo. Vuestro sacrificio no sólo sería inútil, sino también perjudicial.

—Los consejos de usted—contestó Juanita—, y perdone usted que se lo diga, son aquí los inútiles. Contra mi firme resolución no hay consejo que valga. No son consejos, sino dinero o crédito lo que yo necesito. Si tuviera yo en mi arca los ocho mil reales, los hubiera traído y se los hubiera dado a ustedes en cambio de un papel, firmado por ustedes, donde declarasen que Antoñuelo nada les debía y que no tenían contra él la menor queja.

No tengo dinero, peco estoy segura de poder reunirlo antes de seis meses. ¿Quieren ustedes firmar el documento de que he hablado desistiendo de toda queja contra Antoñuelo y recibir en cambio otro documento en que yo me comprometa a pagar los ocho mil reales? Este es el asunto, y no hay para qué andarse por las ramas. Conteste usted, don Ramón, y diga que sí o que no.

—Pues mira, Juanita—contestó el interpelado—, yo digo que no, porque no quiero ser cómplice de tu locura y porque un papel firmado por ti, que eres menor de edad, no vale un pitoche.

—El pagaré, aunque apenas tengo veinte años, valdría tanto como si yo tuviese treinta. Nunca he faltado a mi palabra escrita. Para cumplir el compromiso que contrajese me vendería yo si no tuviera dinero.

A don Ramón se le encandilaban algo los ojos, a pesar de que doña Encarnación estaba presente, y dejó escapar estas palabras:

—Si tú te vendieses, aunque en el lugar son casi todos pobres, yo no dudo de que tendrías los ocho mil reales; pero yo no quiero que tú te vendas.

—Ni yo tampoco—replicó la muchacha—. Lo dije por decir. Fue una ponderación. Los bienes de mi madre son míos; ella me quiere con toda su alma y hará por mí los mayores sacrificios. No dude usted, pues, de que dentro de seis meses tendrá los ocho mil reales que ahora me preste, sin necesidad de que yo me venda para pagárselos.

Doña Encarnación le interrumpió entonces diciendo:

—Juanita, nosotros tenemos tan buena opinión de ti, que estamos seguros de la sinceridad y de la firmeza con que prometes pagar; pero si dentro de seis meses no allegas los dineros, o porque tu madre, queriéndote mucho, no quiere darlos, o porque no os pagan vuestros deudores y no lográis vender la casa, tu sinceridad y tu firmeza nada valdrán pecuniariamente, aunque moralmente valgan mucho. Tu misma moralidad para este asunto de los dineros, en vez de ser una garantía, es un indicio claro del peligro que corremos, si te lo prestamos, de no volverlos a ver nunca.

—Sí, hija mía—interpuso don Ramón—; si en este caso me hipotecases tu inmoralidad en vez de hipotecarme tu moralidad, estaría yo más seguro de cobrar el dinero. Sería una prenda pretoria que daría ricos productos por mal que se administrase.

Juanita advirtió que el tendero murciano trataba de tomarle el pelo, valiéndose de una expresión que ahora se emplea en estilo chusco, y, como era poco sufrida, empezó a perder la paciencia y dijo bajando la voz, pero aguzando cada una de sus palabras como si fuese una lanceta:

—Es, déjese usted de bromas insolentes, tío marrano. Piense usted bien mi proposición y verá que le tiene cuenta. Si acude a la Justicia, quizá tendrá el gusto de ver en presidio a Antoñuelo; pero de fijo que no verá nunca los ocho mil reales. En cambio, si los da ahora por recibidos y acepta el pagaré que yo le firme, dentro de medio año o antes, y esto es tan claro como el sol que nos alumbra, recuperará sus ocho mil reales y además los intereses que me ponga por ellos, porque yo no quiero que me los adelante por mi linda cara.

—Aunque me insultes llamándome tío marrano, me permitirás que al menos por tu linda cara te perdone el insulto. También me mueve tu linda cara, y no las mezquinas reflexiones que has hecho por mí, a prestarte los ocho mil reales si me prometes que tu madre ha de conformarse con el contrato. De todos modos, ya comprenderás tú, porque tienes sobrado talento, aunque eres inexperta, que yo corro mucho peligro al hacer el préstamo; que el daño emergente no es flojo, y que, por tanto, tampoco pueden ser flojos los intereses. No obstante, yo aspiro a que, en vez de llamarme marrano, me llames generoso y espléndido. Asómbrate.

Doña Encarnación, que hasta entonces había reprimido la cólera, sufriendo el insulto hecho al enclenque de su marido, por temor de andar a la gresca con Juanita y aun de quedar vencida y aporreada, no pudo ya contenerse al ver y al oír a su marido tan melifluo y tan predispuesto a ser dadivoso, y le interrumpió exclamando:

—No te derritas, hombre; no te vuelvas una jalea, no me obligues a que sea yo quien te llame tío marrano. Atiende a lo que haces, y ya que te expones tanto prestando los dineros, que sea con algún fruto.

—Yo no me derrito, yo atiendo a lo que hago—contestó don Ramón—; pero en vez de responder a las injurias con otras injurias quiero ser magnánimo y responder con favores y beneficios. Juanita, yo doy por recibidos los ocho mil reales que me robaron con tal que tú me firmes un pagaré, que vencerá dentro de seis meses, por la expresada cantidad, más un pequeño tanto por ciento.

—Mil gracias, señor don Ramón—dijo Juanita—. Escriba usted los dos documentos. Yo me llevaré, firmado por usted, el que me asegure que Antoñuelo quedará libre, y firmaré y dejaré en poder de usted el que declare que le soy deudora.

—Está bien. No hay más que hablar—dijo don Ramón. Y yendo a su escritorio redactó los dos documentos en un periquete. En el pagaré se comprometía Juanita a pagar, en el término de seis meses, la cantidad de diez mil reales.

—Ya ves mi moderación—dijo el tendero murciano al presentar a la muchacha el documento para que lo firmase—. Me limito a cobrarte sólo un veinticinco por ciento, a pesar del peligro que corro de quedarme sin mi dinero, porque, a despecho de todos tus buenos propósitos, no tengas un ochavo dentro de los seis meses y tengamos que renovar el pagaré, lo cual me traería grandísimos perjuicios.

—Ya lo creo—dijo doña Encarnación—; como que ahora andamos engolfados en negocios tan productivos, que ganamos un ciento por ciento al año. Créeme, Juanita: prestándote los ocho mil reales nos exponemos a quedarnos sin ellos, y además a perder otro veinticinco por ciento, o sea, otros dos mil reales, que hubiéramos ganado dando a los ocho mil más lucrativo empleo; pero, en fin, ¿qué se ha de hacer? Mi señor esposo pierde la chaveta cuando ve un palmito como el tuyo.

—Sea como sea—dijo Juanita—, agradezco a ustedes mucho el favor que me hacen. Y guardándose en la faltriquera el otro documento después de haberío leído y estimado que estaba bien, se despidió de los mercaderes y se fue a su casa.


XXXVI

Arrebatado yo por la corriente de los sucesos, por la importancia que les doy y por la rapidez con que quiero narrarlos, he descuidado la cronología. Está vaga y confusa y conviene fijarla un poco.

Nada más fácil. Baste decir para ello que el día de la fuga de don Paco acertó a ser Domingo de Ramos.

Como don Paco vagó todo aquel día y el siguiente, resulta que volvió a Villalegre al empezar el Martes Santo.

Son tales las preocupaciones y el embeleso de todos los habitantes de Villalegre durante aquella semana, que nadie hubiera notado ni la desaparición ni la vuelta de don Paco si no hubiera sido el personaje tan notable, tan activo y que por lo común andaba siempre en todo.

Lo que no se hubiese sabido, ni aun en tiempos normales, eran las causas de su ida y de su vuelta. Los celos siguieron sepultados en el más profundo silencio por los que los causaron y los padecieron: por don Andrés, Juanita y don Paco. Y los delitos de Antoñuelo y los medios que don Paco empleó para remediar unos y frustrar otros hubo interés en callarlos, y se logró que los callaran el tendero y su mujer, únicas personas a quienes interesaba decirlos.

Sólo se sabía que Antoñuelo había vuelto apaleado; pero, a pesar de los comentarios que se hacían, nadie atinaba con el motivo y pocos sospechaban quién había sido el autor del apaleo.

El tiempo aquel era el menos a propósito para que en Villalegre fijase el vulgo su atención en lance alguno, por extraordinario que fuese, de la vida real contemporánea. La atención general estaba embelesada y suspendida por la pasmosa representación simbólico-dramática que iba a verificarse durante cuatro días consecutivos, teniendo por actores a la mitad o quizá a más de la mitad de los hombres, y por espectadores a la otra mitad de ellos, a todas las mujeres y niños y a no pocos forasteros.

Las procesiones de Semana Santa empiezan el miércoles y terminan el sábado. Yo, pues, las he visto en mi niñez en otra población donde son muy parecidas a las de Villalegre, conservo de ellas el más poético recuerdo, por donde imagino que las personas que las censuran carecen de facultades estéticas o las tienen embotadas. Hasta la rudeza campesina de algunos accidentes presta a la representación de que hablo candoroso hechizo.

Acaso había accidentes o episodios en dicha representación en que lo sagrado y lo profano, lo serio y lo chistoso y lo trágico y lo cómico desentonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho sin duda muy bien en suprimir estas discordancias o salidas de tono; pero lo esencial de la representación, que consta de procesiones y pasos, sigue todavía y hubiera sido lástima suprimirlo; hubiera sido un crimen de lesa poesía popular.

A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfeccionar lo que se hace, aunque no niego que se presta al atildamiento y a la mejora, es menester andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lícito que yo me valga de un símil literario, lo que ocurre con un escrito en verso o prosa cuando el autor, por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba y marchita lo que escribió y lo deja mustio, lamido y sin espontaneidad ni gracia.

Conviene, además, para ver aquello con fruto y penetrar su hondo sentido, prescindir de refinamientos y de ideas de lujo y de exactitud indumentaria, adquiridas en ciudades más ricas y populosas. Sólo así, y reflexionándolo bien, se percibe lo sublime y lo bello de la verdad dogmática que bajo el velo del símbolo resplandece.

Menester es que no se arredre por lo áspero de la corteza el que anhele gozar del dulce alimento que para el espíritu ella cela y contiene.

La representación no se limita a ofrecer al pueblo un trasunto de la pasión y muerte de Cristo y de la redención del mundo, sino que en cierto modo abarca todo el plan divino y providencial de la Historia, como el famoso discurso de Bossuet.

Los seres humanos, sin duda, no se juzgan dignos de representar a los seres divinos, ni se creen idóneos para ello, y temen profanar la acción interviniendo en ella inmediatamente. De aquí que todos los momentos del alto misterio de la redención se figuren por medio de imágenes que se llevan en andas, y cuyos movimientos silenciosos y solemnes va explicando un predicador desde un púlpito erigido en medio de la plaza y que la muchedumbre rodea. Sólo hablan los seres humanos. Los sobrehumanos callan, salvo algunos ángeles que cantan lo que dicen.

Así, por ejemplo, el pregonero desde el balcón de las Casas Consistoriales lee en voz alta la sentencia que condena a Jesús a muerte afrentosa en una cruz, y entre dos ladrones, por enemigo del César y por otros muchos delitos.

El predicador exclama entonces:

—Calla, falso pregonero; calla, viperina lengua, y oye la voz del ángel, que dice....

En seguida aparece en otro balcón de la casa mejor que está enfrente del Ayuntamiento el niño de seis o siete años más bonito, más inteligente y de más dulce voz que en el lugar hay; y primorosamente vestido de ángel, con tonelete de raso blanco bordado de estrellitas de oro, con refulgentes y extendidas alas y con corona de flores, canta una sencilla y sublime contraesencia, que comienza diciendo: «Esta es la justicia que manda hacer el Eterno Padre....»

Luego explica, con enérgica concisión que no se opone a la claridad, los misterios de la encarnación y de la redención, cuando en la plenitud de los tiempos se une el Verbo increado con la humana naturaleza, glorificándola y haciéndola digna del cielo, padeciendo en ella y por ella, a fin de lavar sus culpas.

Sólo hechos meramente naturales, en que intervienen personajes secundarios, son representados por hombres.

Hay uno, no obstante, que es muy trascendental y que también los hombres representan. Es la prefiguración, el reflejo profético del sacrificio del Hijo por el Padre; es el sacrificio de Isaac por Abrahán en la cumbre del monte Moria, y que otro ángel impide. El monte está representado en medio de la plaza por un tablado cubierto de verdura. Abrahán e Isaac no hablan; sólo accionan. Cuando Abrahán tiene ya levantada la cuchilla para sacrificar a su hijo, el ángel le detiene cantando un romance. Isaac recibe entonces la palma del martirio, que ostenta en las procesiones de los días siguientes. Abrahán sacrifica un cordero, según los antiguos ritos.

Los principales personajes del Antiguo Testamento discurren en la procesión silenciosos y solemnes, como si la Historia Sagrada tomase cuerpo y apareciese ante nuestros ojos en visión ideal. ¿Qué daña a la mente infantil y a la rústica buena fe que no se ajuste con exactitud esta visión a la verdad arqueológica, y que en ella no se desplieguen el lujo y la pompa, si la imaginación del vulgo los pone allí con creces? A su vista aparecen, y van pasando, Elías, Ezequiel, Daniel, Isaías, Amós y los demás profetas, así como los reyes, jueces y príncipes: Melquisedec, David, Moisés, Salomón, y qué sé yo cuántos más. Todos llevan el rostro inmóvil de la carátula, y en las potencias, aureola o nimbo que coronan sus cabezas, inscrito el nombre de cada uno. Distínguense, además, por los atributos que en sus manos tienen: David lleva el arpa; Salomón, un modelo del templo, y Moisés, las Tablas de la Ley.

Como los profetas hicieron vida áspera y penitente, y no se cuidaron mucho del primor y de la elegancia en el vestir, se llaman los ensabanados, porque sus túnicas y mantos están hechos con sábanas. Y, por el contrario, los monarcas y grandes señores se engalanan con todo el lujo que pueden, llevando por túnica los mejores vestidos de sus mujeres o de sus novias, y por mantos las colchas más ricas de las camas, por lo cual se llaman los encolchados.

Conforme va pasando cada procesión, que suele permanecer tres o cuatro horas en la calle, se ejecutan pasillos, que casi siempre explica un nazareno cantando una saeta.

Para prevenir y llamar la atención del público hacia cada pasillo, otros dos o tres nazarenos hacen sonar las trompetas con melancólico y prolongado acento. Así, pongo por caso, cuando los evangelistas van escribiendo en unas tablillas lo que pasa y unos judíos tunantes vienen por detrás haciendo muchas muecas y contorsiones y les roban los estilos, los evangelistas, resignados y tristes, abren entonces los brazos y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra vez para dar el pasillo por terminado.

Cosas hay de cierto primor artístico y de bien inspirada delicadeza. Así la cruz que llevan en andas, grande y negra, como de ébano bruñido con remates primorosos de plata, sin Cristo en ella, que ya se supone resucitado y en el cielo, de la que penden siete anchas cintas verdes, blancas y rojas, de los tres colores de las virtudes teologales. Del extremo de cada cinta va asido un niño o un grupo de niños, representando todos en su conjunto y muy lindamente los siete sacramentos de la Santa Iglesia.

Otros niños con vestiduras talares y con alas de querubines llevan en sus hombros el arca de la alianza, como recuerdo de la ley antigua, anterior a la Buena Nueva y la ley de gracia.

En fin, para mi gusto todo está tan bien, que si no fuera por el temor de que me tildasen de impertinente y de extenderme demasiado en descripciones impropias de este lugar, seguiría relatando sin cansarme y con deleite artístico cuanto se representa en Villalegre en aquellos cuatro días.

Baste indicar aquí que el Viernes Santo, al anochecer, se celebra el santo entierro, en el que no parecen ya las figuras simbólicas de los personajes de la antigua ley; sólo hay nazarenos, hermanos de Cruz, llevando cada cual a cuestas la suya y haciendo gala de que sea pesada y grande, y soldados romanos y no pocos judíos, convertidos ya, en prueba de lo cual llevan en las manos sendos rosarios y van rezando devotamente. Hay, por último, muchos hombres y niños piadosos que alumbran el entierro con velas.

Pero la procesión más solemne y conmovedora es la que se verifica el Sábado Santo, desde las nueve de la mañana hasta mediodía.

En ella sale únicamente la imagen de María Santísima de la Soledad, que es como el paladión de la villa y que se custodia y venera en el templo más antiguo que existe allí, al otro extremo de la nueva parroquia, en la cumbre del cerro que domina la población, en la Acrópolis, como si dijéramos, y al lado del abandonado castillo del duque, desde donde éste salía con su mesnada a combatir a los moros fronterizos y a entrar en algarada por las tierras granadinas.

Aquella imagen es una obra maestra del arte cristiano en la época de su mayor florecimiento en España. Es cierto que se puede decir que el escultor no hizo más que la cabeza y las manos; el pensamiento puro y celestial y el medio por cuya virtud puede convertirse en acción el pensamiento.

Pero aquellas manos y aquel rostro son de admirable belleza. Aquel rostro parece divino, combinándose en él la expresión del dolor más profundo y la humilde conformidad con la voluntad del Altísimo. Los ojos de la Virgen son hermosos y dulces; el llanto los humedece. En las mejillas de la imagen hay dos o tres lágrimas como el rocío en las rosas.

En el resto de la imagen no se advierte forma ni dibujo de cuerpo de mujer. Todo está cubierto de un riquísimo y extenso manto de terciopelo bordado de oro.

El artista, al representar el Eterno femenino, la fusión en el dolor de las dos excelencias de la mujer, como virgen y madre, se diría que huyó de lo corpóreo y sólo quiso prestar forma visible al espíritu.

Sobre los adornos y bordados de la túnica de la Virgen se ven las empuñaduras de las siete espadas que le traspasan el pecho.

En la procesión del Sábado Santo, todos los personajes del Antiguo Testamento y los judíos y los soldados romanos se desvanecen y se eclipsan ante la divina imagen de la Virgen. Sólo la acompañan el clero y la muchedumbre piadosa con innumerables velas y cirios encendidos.

Con devoción y recogimiento anda la procesión el camino marcado; pero apenas vuelve y entra de nuevo en su iglesia, todas las campanas de la villa tocan a gloria con estruendoso repique; un toro de cuerda muy bravo sale a la calle, y los aficionados lo lidian y capean; en la cárcel se da libertad a un preso, que hace de Barrabás, y en varios sitios a propósito, donde hay poco peligro de matar a nadie, se ahorcan sendos Judas, o sea, grandes muñecos de trapo, rellenos de estopa y de triquitraques, contra los cuales disparan tiros los mozos que tienen escopeta, hasta que los Judas arden dando muchos triquitracazos y tronidos. De esta suerte terminan con el regocijo de la resurrección del Señor las interesantes fiestas de Semana Santa.


XXXVII

Todo estaba revuelto aquel día en la parte baja de la casa del cacique. Se entregaba la gente a diversos trabajos para preparar una gran fiesta que había de realizarse al otro día, Miércoles Santo. La procesión, preámbulo de las otras, y que debía ser en dicho miércoles por la tarde, era dirigida y costeada todos los años por el señor don Andrés Rubio, hermano mayor de la más importante Cofradía.

Habían de salir en esta procesión tres obras maestras de escultura, tan pesada cualquiera de ellas que para llevarlas en andas por las calles era menester un ejército de nazarenos.

La primera escultura representa al Señor de la Pollinita; Jesús cabalga sobre el humilde animal y entra triunfante en Jerusalén.

El pueblo, compuesto de gran número de nazarenos, de soldados romanos y de judíos, debía marchar delante de la referida imagen con palmas y con grandes y frondosas ramas de olivo.

Después, precedida de todos los ensabanados, encolchados y jumeones que se pudiese, tenía que salir la Cena, cuyo peso es enorme, pues consta la imagen completa de trece figuras de tamaño natural, y de la mesa, que algo pesa también y que va cubierta y adornada de flores, de las más exquisitas frutas que desde el otoño han podido conservarse hasta aquel día con el mayor esmero, y de un elevado y complicadísimo ramillete de dulces, donde echa el resto el más listo e ingenioso de los confiteros.

En pos de la Cena, y precedida también de mucha gente, había de salir la Oración del Huerto, donde Cristo ora de rodillas; un ángel que quiere estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de un olivo, ofrece a Cristo el cáliz de la amargura, y los discípulos yacen por tierra dormidos.

Terminada la procesión, el señor don Andrés tenía que echar el bodegón por la ventana y dar de cenar a los apóstoles, a los profetas, a los antiguos personajes bíblicos, a la plebe de Jerusalén, a los nazarenos y a la guarnición romana.

Las tres obras de escultura de que hemos hablado estaban ya expuestas al público el martes, no en las iglesias, sino en una inmensa sala baja entapizada de rojo damasco, adornada de cornucopias, flores y verdura, e iluminada por la noche con profusión de velas de cera.

Para cuidar de todo esto había elegido don Andrés a Juana la Larga, quien en los dos días del martes y del miércoles apenas podía salir de casa de don Andrés e ir a la suya, a no ser a la hora de recogerse a dormir.

El miércoles, singularmente, el trabajo de Juana era atroz. Ella debía condicionar para toda aquella tropa la espléndida cena de vigilia. Habría potaje de garbanzos con espinacas; como principal plato de resistencia, bacalao en sobrehúsa; y como plato ligero o de chanza delicada, una exquisita alboronía, que pudiese celebrar, si resucitase, el mismo famoso cocinero de Bagdad, que la inventó, dándole el nombre de la bella Alborán, sultana favorita del califa Harun Al Raschid, héroe de Las mil y una noches, princesa a quien dicho cocinero tuvo la honra de dedicarla.

Claro está que para postre no habían de faltar los ineludibles pestiños y que había de abundar el vino para apagar la sed que causa la sal conservada en el bacalao, a pesar del remojo, y al picante de las mil ristras de guindillas y de cornetas que en tal día se consumen.

Se esperaba, además, que llegase a tiempo de Málaga mucho cazón fresco, que Juana guisaría y haría servir a todos, o bien solamente a los apóstoles, profetas y reyes, si no llegaba cazón suficiente para el vulgo.

Por último, Juana había prometido hacer un plato de su invención, con el que la gente menuda se chupa por allí los dedos de gusto; plato que tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe en lo humano, el milagro del pan y peces, pues con dos docenas de huevos y media hogaza para pan rallado se hartan cien hombres, gracias al sabroso ajilimójili en que ella rehogaba las livianas tortillas después de haberlas frito, y en cuyo caldo se remoja pan y se convierte en sopas, que se engullen con deleite. A este plato de su invención Juana dio el nombre de hartabellacos.

Prometía la cena del miércoles ser muy divertida, amenizándola con sus chistes un criado muy gracioso que tenía don Andrés y que hacía en todas las procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrón y galante antes de dar la sacrílega lanzada y ciego después, que persigue al lazarillo, el cual se le escapa y le hace en las procesiones mil burlas y perrerías.

Lamentan algunas personas, pero yo no puedo menos de aplaudirlo en vez de lamentarlo, que el señor obispo haya prohibido desde hace mucho tiempo que salga en las procesiones otro personaje que salía antes, mil veces más cómico que Longino. Era este personaje José, el hijo de Jacob, porque, según decía el vulgo, no era ni fu ni fa. No era ensabanado, porque, como primer ministro y favorito que había sido de Faraón, no podía vestirse pobremente con sábanas. Y no era tampoco encolchado, porque iba sólo con la túnica y no llevaba colcha, o sea, manto o capa, a fin de indicar que la mujer de Putifar se había quedado con ella. El que hacía de José solía ser el más chusco de los campesinos, que aparentaba asustarse al ver muchachas bonitas en los balcones, y ya se tapaba los ojos para no verlas, ya huía haciendo contorsiones y dando chillidos.

Menester es confesar que hizo muy bien el señor obispo en prohibir la aparición de esta figura, dado que sea exacto lo que se cuenta y que no se exageren los melindres y chistes del fingido casto José. Comoquiera que ello sea, el punto se puede pasar por alto, porque no es de los esenciales en esta historia.

Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola y sin su madre casi los dos días enteros y tuvo que esperar hasta las diez de la noche del Miércoles Santo para poder hablar a su madre con reposo.

Por eso Juanita había citado a don Paco en casa de ella para media hora después, para las diez y media.

Ahora me incumbe referir aquí, sin más digresiones, los casos memorables en que intervino Juanita hasta que llegó dicha hora.


XXXVIII

Don Andrés Rubio, en medio del jaleo y trastorno que había en su casa, estaba tranquilo sin mezclarse en cosa alguna. Sus dependientes y criados, con la hacendosísima Juana a la cabeza, cuidaban de todo y se esforzaban a porfía para que saliese con el mayor lucimiento.

Como la casa era tan espaciosa que a no ser por su sencilla rustiquez y carencia de adornos arquitectónicos, pudiera pasar por palacio, don Andrés, refugiado en sus habitaciones del piso principal, se sustraía al bullicio, y, según he indicado ya, estaba tranquilo.

Enciéndase, con todo, que esta tranquilidad no era mental, sino corpórea. Mentalmente el cacique estaba agitadísimo. Por medio del maestro de escuela, a quien había hecho venir y con quien había hablado, sabía ya cuanto el maestro de escuela sabía.

Don Pascual, creyendo hacer un bien a sus amigos, había revelado a don Andrés los celos y la desesperación de don Paco, causa de su fuga; lo que a don Paco había ocurrido en sus dos días de campo; el amor de Juanita, tan enamorada de él como él de ella, y el sentimentalismo de Juanita en favor de Antoñuelo y su deseo vehemente de salvarle hallando los ocho mil reales para tapar la boca del tendero murciano.

Hasta aquí sabía don Pascual, y hasta aquí supo don Andrés, sin llegar a saber lo del pagaré ni la visita de Juanita a don Paco, que fueron sucesos posteriores y que don Pascual ignoraba. Don Andrés, por experiencia propia, no era muy inclinado a creer en la virtud de las mujeres. No tenía tampoco motivo alguno para hacer de Juanita una excepción honrosa. Al contrario, la juzgaba desenvuelta, provocativa y educada en plena libertad por una madre ordinaria e ignorante, de la clase más baja de la sociedad y antigua pecadora más o menos arrepentida.

Como hombre a quien la elevada posición no venía de abolengo, porque su padre y él se habían levantado por saber y esfuerzos sobre la plebe a que pertenecían, don Andrés, sin poderlo remediar, y más bien a causa que a pesar de su entendimiento, tenía peor opinión de la gente menuda que aquellos que desde tiempo inmemorial o después de una larga serie de antepasados ilustres descuellan entre el vulgo. Suelen estos atribuir la superioridad que tienen y el acatamiento que se les da a circunstancias dichosas: a haber nacido donde han nacido; a una ficción social y legal de que en lo íntimo de su alma no pueden jactarse. De aquí que sean modestos en el fondo y que por naturaleza consideren igual o superior a ellos a la más ínfima y cuitada criatura humana. Por el contrario, don Andrés, como no pocas otras personas que por ellas mismas se encumbran, se sentía muy superior a cuantos prójimos le rodeaban. Y como él era, además, inteligente escrutador del valer propio, y se encontraba, aunque apenas osaba confesárselo, con no pocos defectos o vicios, no podía menos de atribuir o de conceder muchísimos más a cuantas personas miraba en torno de él, dominándolas y humillándolas.

Así predispuesto y valiéndose de los datos que ya tenía, trazó don Andrés en su mente el carácter de Juanita y compuso a su manera la historia de la muchacha.

Para explicarse el empeño que ella formaba en salvar al hijo del herrador, dio por cierto que había sido muy prematuramente su amiga. Y en el amor de Juanita a don Paco no vio más que el plan de casarse con el hombre más importante que después de él había en la villa.

Ambos planes repugnaban extraordinariamente al cacique. Querer salvar a Antoñuelo, aunque Antoñuelo fuese su pariente más o menos lejano, le parecía detestable y absurda aberración. Lo que convenía era la condenación de Antoñuelo para escarmiento de otros pícaros y para seguridad y descanso de las personas pacíficas y honradas. Don Andrés había censurado siempre la compasión malsana que los criminales suelen inspirar en nuestro país y había apludido la impaciente severidad con que los yanquis linchan sin escrúpulo a quien la justicia anda reacia en dar el merecido castigo.

El casamiento de don Paco con Juanita le parecía aún mayor monstruosidad. Acaso en un principio Juanita gustaría de don Paco, pero pronto sentiría la desproporción de edad, porque la de don Paco era triple que la de ella, de suerte que don Andrés preveía y deploraba proféticamente que Juanita acabaría por poner en ridículo al ilustre secretario del Ayuntamiento y por hacerle muy desgraciado. Por otra parte, don Andrés temblaba al pensar en el furor de doña Inés cuando descubriese que Juanita, con su hipocresía y sus embustes, la había estado engañando, y que en vez de meterse monja se casaba con don Paco, y daba por madrastra a ella, enlazada ya con la familia más noble de toda aquella comarca después de la familia del duque, a la hija ilegítima de una mondonguera.

Doña Inés, si tal cosa se realizase, sería capaz de tener un ataque de rabia o de estallar como una bomba.

Calculaba don Andrés que él podía prestar dos muy importantes servicios: uno, a doña Inés, impidiendo que su padre la avergonzase casándose con una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro a don Paco, abriéndole los ojos, para que al fin comprendiese que Juanita no le quería sino por interés, y que él no debía casarse con ella por ser indigna de su cariño.

El desengaño sería cruel para don Paco; pero don Andrés se disculpaba la crueldad recordando aquello de «quien bien te quiere te hará llorar» y lo otro de «la letra con sangre entra».

Al prestar estos dos servicios no se le ocultaba a don Andrés lo mucho que él se exponía. Se exponía, por una parte, a que doña Inés llegase a saber que él quería seducir o había seducido a Juanita, lo cual enfurecería a doña Inés por dos razones: porque contrariaba sus planes místicos de que Juanita fuese monja y porque deslucía o manchaba el amor, sin duda platónico, con que el propio don Andrés la estaba, hacía más de siete años, complaciendo, tal vez poetizándole la vida y consolándola de tener un marido tan perdulario. Y se exponía, además, a que don Paco no quisiese aguantar la lección, prescindiese de todos los favores que le debía y le buscase camorra.

Don Andrés no se arredraba ante la previsión de un duelo. Manejaba bien la espada y la pistola, y don Paco no sabía de esgrima y jamás había tomado una pistola en la mano; pero bien podía don Paco, como lugareño que era y nada acostumbrado a perfiles y a ceremonias, perder un día la cabeza y rompérsela a él, porque tenía la mano pesada y manejaba bien el garrote, de lo cual, aunque pacífico, había dado ya diversas pruebas, además de la que salió tan cara a Antoñuelo.

La primera vez huyó don Paco porque se juzgaba desdeñado de Juanita y razonablemente no podía darse por ofendido ni de que ella favoreciese a otro, ni tampoco del amante favorecido.

El caso era muy diferente; don Andrés, aunque no lo sabía, sospechaba que Juanita y don Paco se verían o se habrían visto y estarían de acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que a él hiciera Juanita sería una infidelidad de esta, y para don Paco un agravio, que probablemente no se resignaría a sufrir y del que resolvería tomar venganza.

A pesar de tales inconvenientes, don Andrés no se arredraba. Se sentía picado de que a él, omnipotente en Villalegre, se le desdeñase de aquel modo. El mismo desdén estimulaba más su deseo. Hasta por amor propio quería a toda costa triunfar de Juanita. Ardua era la empresa, pero él no se la figuraba tan ardua. Juanita había coqueteado con él y le había provocado. Era cierto que, cuando la besó en la antesala, ella le rechazó con furia; pero ¿no fue, acaso, furia fingida porque entró don Paco y le vio entrar ella? Don Andrés dio por seguro que fue furia fingida.

«Ya veremos—decía para sí—si me rechaza donde y cuando esté ella segura de que no entrará don Paco a interrumpirnos.»

A pesar de su momentánea rivalidad, don Andrés quería de corazón a don Paco, reconocía todo su mérito, apreciaba todos sus servicios y distaba mucho de querer hacerle el menor daño. Lejos de eso, lo que anhelaba era desengañarle en sazón y oponerse a su absurda boda.

De todos modos, a fin de precaverle contra el peligro de que don Paco no gustase de ser desengañado, y de que en un instante de celosa locura llegase al extremo de apelar al garrote, don Andrés, que de ordinario no llevaba armas, tomó un pequeño revólver de seis tiros y se lo guardó en la faltriquera.

Antes de salir de casa, a eso de las diez de la mañana, habló don Andrés con el criado de mayor confianza y más listo que tenía. Era su secretario, su ayuda de cámara, su confidente favorito y al mismo tiempo su bufón, porque tenía mucho chiste: baste decir que hacía de Longino en las procesiones.

Don Andrés, recomendándole el más profundo sigilo y la mayor cautela, hubo de hablarle así:

—Deseo y necesito tener una entrevista a solas con cierta persona, que de seguro no querrá venir a mi casa, al menos la vez primera, aunque después aprenda el camino y venga con gusto. Posible es también que dicha persona se niegue a recibirme si yo directamente, o valiéndome de ti, pido a ella que me reciba. Importa, pues, que tú te dirijas a la criada de dicha persona y ganes su voluntad, con presentes o comoquiera que sea, para que ella hable con su ama y la convenza y la incline a darme la cita. Quiero que esto sea en todo el día de hoy o en el de mañana, hasta las nueve de la noche. Durante este tiempo la ocasión es propicia y conviene no perderla. Acaso ocurra que la persona que yo pretendo me cite no se preste a confesar que accede a la cita y gusta de aparentar que yo, por traición de su criada, entro, a pesar suyo, en su casa y la sorprendo. Para que nadie se entere, porque no quiero disgustar ni ofender a nadie, debe ser la cita, y debo ir yo a ella, después de anochecido.

—¿Y quién es la persona que ha de citar a vuecencia y que gasta tanto melindre?—se atrevió a preguntar Longino.

—Pues la persona—contestó don Andrés bajando más la voz—es Juanita la Larga.

Muy sorprendido se mostró Longino al oír esto, lo cual agradó sobre manera a don Andrés, porque era prueba evidente del misterio y del disimulo con que él hasta entonces había perseguido a la muchacha. Cuando Longino no había sospechado lo más leve, era indudable que nadie en el lugar lo sospechaba, y que el secreto hasta entonces se había guardado entre don Paco, él y ella.

Muy satisfecho Longino del encargo delicadísimo que su señor acababa de confiarle, prometió hacer prodigios de destreza para que nada se divulgase y para que todo se lograse. Informó, además, a su amo de que Rafaela, la criada de ambas Juanas, a quien él conocía, era muy callada, muy lista y muy experimentada, porque frisaba ya en los cincuenta años y la había corrido en su mocedad, y si bien la Fortuna siempre le había sido adversa, ella sabía dónde le apretaba el zapato.

—Otro gallo le cantara—dijo Longino—y no estaría de fregona si la Fortuna no fuese tan caprichosa y tan ciega.

Terminado este coloquio, todavía antes de salir de casa tuvo don Andrés otra conversación interesante.

Quien habló con él fue una mujer que entraba a verle con frecuencia y que le traía y llevaba recados de la señora doña Inés López de Roldán, sin duda para los negocios y obras de caridad que ellos trataban y hacían juntos.

La interlocutora de don Andrés, ya comprenderá el lector que fue Serafina.

Venía a decirle que su ama quería hablar con él y que le rogaba que fuese a su casa a la hora de la siesta.

Tan preocupado estaba don Andrés que, por más que el menor deseo de doña Inés fuese para él soberano mandato, se excusó de ir por la multitud de quehaceres que le agobiaban y sólo prometió ir a la tertulia por la noche.

Para que doña Inés se entretuviese en su soledad o en compañía de Juanita la Larga, dio don Andrés a Serafina dos bellísimos libros devotos que acababan de reimprimirse en Madrid, y que el librero Fe le enviaba, sabedor de las inclinaciones ascéticas y místicas de la señora principal de Villalegre. Eran estos dos libros Tratado de la tribulación, de fray Pedro de Ribadeneyra, y La conquista del reino de Dios, de fray Juan de los Angeles.

Serafina dio a entender a don Andrés que su ama tenía grandísima curiosidad de saber quién había apaleado a Antoñuelo y por qué motivo. Y juzgando don Andrés que la verdad era el mejor disimulo en este caso, contó a Serafina, para que se lo refiriese a su ama, que don Paco, después de haber vagado por extravagancia y capricho, descubrió el secuestro del tendero murciano, y que para libertarle, y aun para defender la propia vida, tuvo que apalear al hijo del herrador, sin conocerle hasta después, porque llevaba carátula. Todo se explicaba así con la misma verdad, y don Andrés alejaba de la mente de doña Inés hasta la menor sospecha.


XXXIX

Juanita, después de haber declarado su amor a don Paco y después de tener por seguro que no procesarían a Antoñuelo, se puso tan contenta y se aquietó de tal suerte, que desistió de todo propósito de venganza contra doña Inés, a pesar de lo mucho que doña Inés la había molido. Se arrepintió también de su prolongado disimulo y se propuso, sin retardarlo ya más que hasta el día siguiente, miércoles, entre diez y once de la noche, hacer público su noviazgo y su futuro casamiento con don Paco.

Hasta entonces tenía ella una vaga esperanza de poder preparar el ánimo de doña Inés, a fin de evitar su enojo; pero si esto no se lograba, Juanita estaba decidida, contando con la decisión de don Paco, a arrostrar el enojo de doña Inés y el de todo el mundo y a hacer su gusto casándose, aunque ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar por insufrible el pueblo de Villalegre, perdiendo la posición que en él gozaban.

A Juana la había visto un breve instante; pero confiaba tan poco en su circunspección y en la serenidad de su juicio, que no se atrevió a decirle nada ni a informarla de sus proyectos de repente y sin preámbulo alguno. Aguardó, pues, hasta el día siguiente, cuando su madre volviese ya de casa de don Andrés después de concluido su trabajo, a la hora en que había citado a don Paco, para que él también hablase a su madre y los tres se pusiesen de acuerdo.

Entre tanto, Juanita creyó prudente y decoroso no ver a don Paco, y violentándose, le impuso la condición de que no la buscase ni tratase de verla. Juanita tenía tantos negocios que arreglar y tantas cosas en que pensar y que hacer, que no quería que por lo pronto la distrajesen de ello sus amores. Era Juanita devotísima de la Virgen de la Soledad, y subió a la iglesia que está cerca del castillo y donde se venera su imagen a darle gracias por los beneficios ya recibidos y a rogarle fervorosamente para que le fortaleciese en sus propósitos, que ella creía santos y buenos.

Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana de la villa. La parte alta, donde está el castillo y la antigua iglesia, se hallaba aquel día muy solitaria.

Juanita oró largo rato en el templo, casi desierto. Al salir de él tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse con don Andrés, que la había espiado, que la había visto subir, que la había seguido, y que la aguardaba a la puerta.

Grandes fueron la desazón y el sobresalto de la muchacha. Aunque ella creía haber disipado todos los celos de don Paco y haberle inspirado confianza bastante para que no la vigilara, todavía temió que don Paco, o la viese en compañía de don Andrés o supiese por alguien que iba en su compañía, y aunque contra ella no formase queja, acabase por ofenderse de la obstinación con que don Andrés la perseguía y rompiese con él de una manera estruendosa.

Su desazón y sus temores se acrecentaron al ver que don Andrés se acercó a ella; la acompañó mientras bajaba la cuesta, la requebró con más fervor que respeto, le recordó los besos de la antesala y le hizo las más atrevidas proposiciones. Como don Andrés ignoraba el concierto de Juanita con el tendero murciano, venció su repugnancia a dejar impunes ciertos delitos, y entre otras ofertas, hizo a Juanita la de dar los ocho mil reales para que no fuese acusado Antoñuelo.

—Ya no necesito el dinero, señor don Andrés—dijo Juanita—. Don Ramón ha recuperado lo que se le debía y ha prometido callarse. Ahora yo suplico a vuecencia que me deje y no me persiga, y que no me ofenda proponiéndome lo que no puede ser. Y si vuecencia no se retrae de seguirme por mí respeto, porque yo se lo suplico con humildad, retráigase por el temor de ofender a personas que le son queridas.

—Yo no temo que esas personas se ofendan.

—Pues yo sí lo temo. Temo que se ofenda mi señora doña Inés, a quien bien quiero y a quien debo mil favores. Y temo más aún que se ofenda don Paco, quien..., fuera disimulo, ya es tiempo de que lo sepa vuecencia si no lo sabe..., es mi novio.

—¿Y cómo—dijo don Andrés—recelas tú que don Paco se escape otra vez y se vaya a vagar por esos andurriales?

—Mucho me pesaría—replicó Juanita—de que hiciese tal cosa; pero en esta nueva ocasión no sería eso lo que él haría, sino algo que yo lamentaría mil veces más. Yo quiero que él y vuecencia, a quien debe él tantos favores, sigan siendo buenos amigos. Para ello es indispensable que se reporte vuecencia y no me falte.

—Al contrario—dijo don Andrés sonriendo con sonrisa algo forzada—. Quien me falta eres tú. Dame una cita para verte en tu casa a solas y ya verás cómo no te falto. Todo será con recato y sigilo. Nada sabrán ni don Paco ni doña Inés, y no tendrán de qué quejarse ni de ti ni de mí.

Llegaban en esto a la plaza, después de haber bajado la cuesta. Juanita, sin hacer atención a las últimas palabras de don Andrés, y temerosa de que la vieran con él, porque allí había mucha gente, exclamó con cierta angustia:

—Por amor de Dios, señor don Andrés, déjeme vuecencia en paz y no se comprometa ni me comprometa.

Don Andrés conoció sin duda que tenía razón la muchacha; cedió a su súplica y se apartó de ella. Juanita volvió sola a su casa, afligidísima, descorazonada y humillada al ver cuan poco respeto infundía.

Era mayor su humillación al considerar que en aquellos dos días últimos hasta el idiota de don Alvaro, a pesar de los sofiones de que había sido objeto, había vuelto a las andadas, mostrándose con ella insolente y atrevido.

Luego que entró Juanita en su cuarto, cerró los puños con cólera, se echó boca abajo en la cama y sollozó con; amargura.